viernes, 6 de mayo de 2016

Vivamos siempre la alegría de la fe y la satisfacción de la semilla que cada día sembramos porque lo hacemos con esperanza

Vivamos siempre la alegría de la fe y la satisfacción de la semilla que cada día sembramos porque lo hacemos con esperanza

Hechos 18,9-18; Sal 46; Juan 16,20-23a

Sigue insistiéndonos Jesús en la alegría que tiene que haber en nuestra vida.  ‘Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’. Y nos habla de la mujer que va a dar a luz en medio de los dolores del parte, pero que cuando ha nacido la criatura su corazón se llena de una alegría que nadie le puede quitar.
Es la alegría grande que sentimos siempre en nuestro corazón por el don de la fe. Es la alegría grande por la semilla sembrada aunque haya sido con dolor. Es la alegría y la satisfacción gozosa por el bien que hayamos hecho, por el deber cumplido, por la buena obra que hayamos realizado, por el gozo compartido, por el sufrimiento aceptado y  vivido como una ofrenda de amor.
Muchas veces nos cuestan las cosas. No siempre es fácil. Es necesario esfuerzo y mantener la constancia en la voluntad para llevar adelante esa obra buena que queremos realizar aunque nos cueste muchos sacrificios. Mantenernos en fidelidad frente a tantas cosas que nos tientan al desánimo, a tirar la toalla, a abandonar porque vemos que son muchas las dificultades no es fácil. Más aun cuando quizá no vemos respuesta, no se nos valora aquello que hacemos y no ya solo por los contrarios sino quizá muchas veces dentro mismo de nuestro grupo o nuestra comunidad.
Muchas veces nos sucede como aquello de la parábola que sembramos buena semilla y no podemos recoger fruto, o más bien vemos que en medio de nuestro trigo aparecen las malas hierbas, la cizaña que envenena nuestra cosecha, y podemos sentir la tentación de arrancarlo todo, como aquellos obreros de la parábola; pero hemos de saber tener paciencia, la paciencia que Dios tiene continuamente con nosotros que no siempre damos buena respuesta,  no siempre quizá damos los frutos que se nos pide, pero Dios sigue confiando, Dios sigue esperando nuestra buena respuesta.
Por eso hoy nos está señalando Jesús que no nos puede faltar en nuestro corazón la alegría en medio de las dificultades que nace de la esperanza. Al final nuestra alegría será completa. No lo veremos en plenitud en esta vida, pero nosotros sabemos darle trascendencia a lo que hacemos y sabemos que caminamos a una vida en plenitud, a una felicidad en plenitud que solo podremos encontrar en Dios, en la plenitud de su vida.
Pero mientras ahora vamos caminando sepamos sentir la satisfacción de todo eso bueno que logramos o que al menos intentamos. Que no nos falte nunca esa alegría en nuestro corazón que se refleje también en nuestro semblante. Nuestra sonrisa alegrará también el corazón de los que sufren a nuestro lado. Ya está bien de semblantes serios en el rostro de tantos cristianos que parece que van amargados por la vida. Eso no tiene ningún sentido en un cristiano que vive hondamente su fe. ¿Será que falta la esperanza y por eso no hay alegría y paz también en los momentos que no son tan fáciles? Recordemos aquello que decían los santos, ‘que un santo triste es un triste santo’.

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