lunes, 2 de enero de 2017

Los buenos deseos de felicidad que hemos vivido estos días no pueden quedarse en palabras sino que tengo que poner mi parte para hacer felices a los que me rodean

Los buenos deseos de felicidad que hemos vivido estos días no pueden quedarse en palabras sino que tengo que poner mi parte para hacer felices a los que me rodean

1Juan 2,22-28; Sal 97; Juan 1,19-28
Volvemos al ritmo ordinario de la vida de cada día después de las grandes celebraciones de estos días, aunque aun nos quede la Epifanía del Señor o día de Reyes. Todos, con un sentido o con otro, hemos celebrado estos días de fiesta con mucha alegría y regocijo.
Nos habrán servido como creyentes para una renovación de nuestra fe y vivir unos especiales días de compromiso desde nuestro amor; para todos han sido días de especiales encuentros llenos de buenos deseos y de muchas promesas. La palabra ‘feliz’ quizá ha sido una de las más repetidas en estos días, ya porque hayamos vivido días de mucha felicidad o porque en nuestros buenos deseos es lo que queremos para todos ya porque sea la fiesta de la navidad o por el año que comienza.
Volvemos al ritmo ordinario ¿y todo eso se acaba y se olvida? Nos podría suceder. Unos días como un paréntesis, pero que quizá solo nos queden recuerdos o regalos que hayamos recibido que al final no sabemos bien donde situarlo en lo que es la vida de cada día. Como un regalo que nos hicieran y que parece que no tuviera mayor utilidad y lo guardamos en el baúl de las cosas que no usamos porque quizá nos parezca que no necesitamos.
No quiero parecer pesimista con todo esto que voy reflexionando en este segundo día del año. Me hago la reflexión para mi mismo y os la ofrezco en esta página así como me está saliendo espontáneamente, pero con el deseo – y volvemos con los deseos – de que no nos suceda así. Que la navidad que hemos celebrado no sea un paréntesis en la historia de nuestra vida que cuando lleguen otra vez estas fechas volvamos a abrir y repetir de la misma manera y nuestra vida siga con la misma frialdad.
Que esos bonitos deseos que hemos expresado sean algo más que deseos que se lleve el viento porque en verdad cuando decimos a los demás que le deseamos un momento feliz, es como si le dijéramos yo voy a poner de mi parte todo lo que sea necesario para que tú seas feliz. Un deseo que tiene que ser un compromiso. Sí, quiero que seas feliz y yo voy a hacer que seas feliz.
Y haremos felices a los demás cuando nuestros encuentros sigan siendo intensos todos los días, todas las veces que nos encontremos; haremos felices a los demás si voy a ser positivo en la manera de ver a las personas y siempre voy a valorar lo bueno que hay en los que me rodean e incluso voy a decírselo; haremos felices a los demás si sabemos estar a su lado, si vamos a seguir teniendo detalles con esas personas que amamos o que comparten su vida con nosotros; haremos felices a los demás si siempre vamos a ir por la vida con alegría y optimismo, encendiendo luces de ilusión en los que están a nuestro lado, si reparto sonrisas, si le doy verdadera alegría a mi vida y me muestro de forma sincera con los demás.
Cada uno piense eso positivo que puede hacer y póngase a hacerlo. No damos recetas, abrimos cauces y caminos y cada uno ha de hacer valer su creatividad porque cada uno tenemos nuestras circunstancias concretas y también hemos de tener en cuenta las circunstancias de los demás.
Y ¿sabéis una cosa? Con esa forma de actuar queriendo, como decimos, hacer felices a los demás, estaremos haciendo presente a Jesús. Como nos decía Juan en el evangelio ‘en medio de vosotros hay uno que no conocéis…’ En medio de nosotros está el Señor y muchas veces no lo reconocemos ni lo hacemos reconocer. Con esa alegría de nuestra vida estaremos expresando también que lo conocemos y que queremos llevarlo a los demás. Es Jesús el que nos da la verdadera alegría y con su alegría haremos felices a los demás. No son solo palabras o deseos, es algo concreto que queremos llevar y compartir con los que están a nuestro lado.

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