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sábado, 15 de febrero de 2025

Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

 


Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

Génesis 3,9-24; Salmo 89; Marcos 8,1-10

En medio de esta algarabía de la vida necesitamos sentarnos. ¿Cómo es que digo que necesitamos sentarnos cuando hay tantas cosas que hacer? Precisamente por eso. Sentarse es comenzar a tomarse las cosas con calma; cuando estamos en nuestras carreras de acá para allá porque hay mucho que hacer al final nos damos cuenta que quizás no estamos haciendo nada sino dando vueltas y vueltas sobre lo mismo.

Sentarse es detenerse a reflexionar, a pensar con serenidad, a ordenar muchas cosas en nuestra cabeza, dentro de nosotros mismos; el desorden no ayuda a encontrar salidas sino que nos iremos tropezando con una cosa y otra y estaremos en el mismo sitio; hoy como nunca tenemos tanta información accesible, tantas noticias o tantos acontecimientos, tantos pensamientos o ideologías que están al alcance de la mano, que ya no sabemos en qué creer, como reaccionar, qué es lo verdaderamente importante y primordial y nos podemos perder en lo accesorio.

Sentarse es ponerse a contemplar las cosas con cierta distancia, buscando perspectivas nuevas y distintas, porque cuando lo tenemos todo en la punta de la nariz se disturba, se difumina, se llena de confusión, y hemos de tener claridad de visión.

Allí estaba toda aquella multitud y ya eran conscientes de que estaban hambrientos; llevaban quizás varios días con Jesús desde que salieron de sus casas, venían con sus necesidades, con sus ansias de algo nuevo, con sus desesperanzas buscando una nueva esperanza para sus vidas que parecía que la Palabra de Jesús les podía dar, pero podían añadirse problemas nuevos, ahora que además de la pobreza con que vivían habitualmente por llevar varios días siguiendo a Jesús no tenían ya ni provisiones para el camino.

Y Jesús les manda sentarse. Pero quizá ya Jesús lo está haciendo con sus discípulos más cercanos, se forma como un consejo alrededor de Jesús, se están preguntando qué es lo que tenían que hacer, cómo alimentar a aquella multitud; y pueden surgir diferentes soluciones, no tienen donde comprar pan para tanta gente, quizás no cuentan con medios, pero quizás la gente está esperando algo más. ¿Qué esperaríamos nosotros en esa situación?

Y surge por medio la solución del amor. Alguien tiene unos pocos panes, luego aparecerá quien tiene también algo de pescado, y se pone a los pies de Jesús. Nos sentamos para escuchar, para escucharnos a nosotros mismos y ver nuestras posibilidades; nos sentamos para pensar qué es lo que puedo hacer con lo poco que tengo si lo pongo a disposición; nos sentamos para despertar nuevos y buenos sentimientos porque quizás podemos comenzar a ver las cosas de distinta manera.

Necesitamos sentarnos en la vida, pero quizás no solo nosotros solos, que también nos viene bien porque nos hace encontrarnos con nosotros mismos. Pero necesitamos sentarnos, en este caso tenemos que decir, con Jesús. Su presencia y su Palabra será luz para nosotros, su presencia y su palabra nos interroga por dentro y nos hace plantearnos las cosas de distinta manera, su presencia y su Palabra nos abre caminos despertando en nosotros una nueva disponibilidad. Sentarnos con Jesús y hacer silencio, no necesitamos decirle muchas cosas, El nos conoce y nos comprende mejor que nadie, pero eso silencio nuestro es entrar en sintonía y nos es difícil conectar con esa sintonía de Dios si estamos con demasiados ruidos dentro de nosotros.

¿Qué podemos encontrar cuando nos sentemos y lo hagamos con Jesús como nos está diciendo hoy el evangelio? Aquel día la multitud comió y hasta sobró comida. ¿Qué nos sucederá a nosotros ahora? ¿Sabremos como Iglesia también sentarnos y hacerlo en silencio para entrar en esa sintonía de Dios? ¿Temeremos quizás ese descampado, ese desierto, al que nos ha llevado Jesús para que nos sentemos en silencio? Cuidado cuales fueran nuestros intereses, incluso como Iglesia, para actuar según la sintonía de Dios porque si nos hemos sabido sentar como nos pide Jesús, podemos seguir con nuestras confusiones que no nos harían en verdad signos de Dios y de su Reino en medio del mundo. ¿Quizá tendremos luego que ir a otra parte como hicieron entonces Jesús y los discípulos?

viernes, 14 de febrero de 2025

No olvidemos nunca el evangelio que tenemos que trasmitir, no buscamos entretener con bonitas historias, sino un mensaje de vida y de esperanza para un mundo nuevo

 


No olvidemos nunca el evangelio que tenemos que trasmitir, no buscamos entretener con bonitas historias, sino un mensaje de vida y de esperanza para un mundo nuevo

Hechos de los apóstoles 13, 46-49; Salmo 116; Lucas 10, 1-9

Decimos de primeras que el conferenciante es ameno y entretenido si nos cuenta muchas anécdotas como historias que nos entretienen más allá del mensaje que nos quiere trasmitir. Pero no son historias contadas como anécdotas amenas o cuentos entretenidos los que nos dicen la verdad del mensaje, tenemos que ir a algo más hondo para ver si sus palabras nos convencen, sus palabras siembran en nosotros nuevas esperanzas o nos abren camino de algo mejor. Tendrá que hacerlo de manera que suene agradable quizás a nuestros oídos o a la sensación que vayamos sintiendo, pero tenemos que ver la hondura de lo que se nos quiere trasmitir. Podemos encontrarnos palabras amenas pero palabras vacías que nada nos dicen.

Hoy nos habla el evangelio de aquel envío que Jesús hace de los setenta y dos discípulos para que vayan haciendo un anuncio de la Buena Noticia de Jesús por aquellos pueblos y ciudades de Galilea; no hace pocos días hemos escuchado también el envío de los doce apóstoles que Jesús había elegido también con la misma misión. ¿Qué han de anunciar? No van a contar historias, no van a hablar de cosas aprendidas que hayan leído previamente en algún libro, no van simplemente a contar a las gentes que Jesús hace milagros, cura enfermos o da la vista a los ciegos.

Ellos van a despertar esperanzas de que algo nuevo está llegando, que el Reino de Dios está cerca, y van como testigos de quien es realmente esa buena noticia para todos. Van a estar con las gentes allí donde están y donde viven, por eso habitarán en sus casas cuando les den hospedaje y recorrerán los caminos de aquellos pueblos. Y han de ir dejando señales de su paso, señales de que el Reino de Dios es posible, porque es posible un mundo nuevo; por eso irán con la autoridad de curar enfermos, porque el mal hay que irlo arrancando de los más hondo de ellos mismos. ‘Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, en ella y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Hoy se nos ofrece este evangelio porque estamos celebrando la fiesta de dos grandes misioneros de Europa en su tiempo, como fueron san Cirilo y san Metodio, patronos también de Europa. Y esta celebración viene a recordarnos esa vocación misionera que tiene todo cristiano. Todos estamos llamados a anunciar el Evangelio. Y cuando hablamos de esa misión no es solo para pensar en que tenemos que llegar a tierras lejanas, que también, sino cómo tenemos que ser misioneros en el día a día de nuestra vida allí donde estamos.

Por otra parte en Europa estamos necesitando de una nueva Evangelización porque en la Europa cristiana que fue misionera de nuevos mundos estamos viendo cómo se van perdiendo esos valores del evangelio y estamos llegando a una descristianización de nuestras costumbres y nuestra manera de vivir; no solo estamos sufriendo una atonía espiritual invadidos por el materialismo de la vida, sino que cada vez estamos más lejos de esos valores que nos proclama el evangelio, hay el peligro de que incluso la Iglesia pierda ese sentido de signo del Reino de Dios que tiene que ser en medio del mundo, y es necesario un nuevo anuncio del Evangelio.

No es solo cuestión de que contemos historias y la nueva evangelización no es solo contarnos los milagros que Jesús hizo y se nos cuentan en el evangelio, sino que la palabra y el testimonio que demos tiene que ser en verdad signo de ese Reino de Dios que queremos anunciar y construir en nuestro mundo. Es algo que tenemos que trasmitir no solo con nuestras palabras sino con la manera cómo nosotros nos acercamos a ese mundo que nos rodea para despertar esa nueva esperanza que el mundo necesita.

Hoy nos hablan las palabras de Jesús de esa nueva manera de estar en medio de nuestro mundo, no haciendo alarde de grandes cosas sino que a través de lo pequeño y lo humilde, incluso con una pobreza de medios, hagamos despertar esa nueva esperanza, esa nueva alegría de la vida. ¿En qué busca la gente que nos rodea y como esa alegría de la vida? Muchos sucedáneos buscan en las cosas de las que se valen y que puedan darle placer o puedan hacerlos sentirse en fiesta, pero que les llevan muchas veces a un vacío existencial.

No es ese el camino por donde nosotros queremos llegar, porque eso Jesús nos habla de nuestra disponibilidad y de nuestra generosidad, que no busquemos bastones o apoyos humanos sino que busquemos esa fuerza que el Espíritu pone en nuestro interior para poder dar ese testimonio que nuestro mundo necesita. No podemos entretenernos en el anuncio del evangelio en cosas efímeras y que pronto se diluyen y puedan dejar un vacío en nosotros sino en lo que verdaderamente da profundidad, da auténtica alegría a nuestras vidas.

No olvidemos nunca el verdadero mensaje del evangelio que tenemos que trasmitir. No buscamos entretener con bonitas historias, sino dar un mensaje de vida y de esperanza para hacer un mundo nuevo.

jueves, 13 de febrero de 2025

Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

 


Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

Génesis 2,18-25; Salmo 127; Marcos 7,24-30

No somos racistas, decimos y lo repetimos muy fuerte y muy claro no sé si en el fondo para justificarnos de algún resabio que nos queda por dentro en algunas actitudes o posturas que podamos mantener en relación a los que nos vienen de fuera. En nuestra tierra con tanta gente que nos llega del exterior, ya sea por turismo o por inmigración, de una forma legal o también de esos que llamamos inmigrantes ilegales porque llegan a nuestras costas en pateras y de muy mala manera, algunas sentimos cosas que se hablan con comparaciones entre el trato que le damos a unos o a otros, ya sea de los que nos dejan su dinero o de los que tenemos que ayudar, que no sé si esos comentarios dejan mucho que desear en referencia lo que primero decíamos en nuestra reflexión. Pero creo que son cosas, palabras y frases que decimos, actitudes o posturas que pueden reflejar algo y tenemos que revisar de alguna manera. ¿Cómo actuar?

Me estoy plateando toda esta reflexión desde el evangelio que hoy escuchamos y que no sé si siempre sabemos darle una buena interpretación. Jesús está fuera del territorio de Israel, o de aquellos lugares donde más se habían asentado los israelitas; está ya en territorio de Fenicia donde ya no todos son judíos sino que hay muchos cananeos, de aquellos que allí estaban asentados cuando llegaron los judíos desde su peregrinar por el desierto en su liberación de Egipto.

Jesús intenta pasar desapercibido. Su misión, como misión divina, que tenía su carácter universal porque para todos era la salvación que venía ofreciéndonos, sin embargo estaba reducida al territorio de Israel. Pero la misericordia de Dios de la que venía a ser signo en medio de nosotros estaba presente en su corazón. Nos cuesta entender algunas veces que Jesús no quisiera escuchar a aquella mujer cananea que suplicaba por su hija enferma, pero su corazón estaba abierto porque con ella entra en diálogo. Y esto es un punto importante. Hay expresiones que nos resultan duras como el hablar de perros, pero tenemos que entender el lenguaje que utilizaban los judíos para  hacer referencia a quienes no fueran de su raza o su religión. Y de aquel diálogo surgirá el milagro del amor porque la fe de aquella mujer era sincera, como hará luego notar Jesús. ‘Por eso que has dicho, ya el demonio salió de tu hija’, le dirá.

Nos surgen también en ocasiones, influenciados por el ambiente o por lo que escuchamos expresiones o sentimientos que pudieran poner en duda la calidad de nuestro amor. Quizás muchas veces nos encerramos en nuestros criterios, ponemos por delante lo que nos parece que pudieran ser nuestros intereses, y surgen así esas actitudes o esas palabras negativas que podamos emplear. Pero ¿no necesitaremos, como lo hizo Jesús, entrar en diálogo con aquellos que nos puedan parecer diferentes para descubrir por ejemplo lo duro del sufrimiento por el que están pasando, o los buenos sentimientos que ellos también pueden tener?

¿Qué sabemos que hay detrás de esas personas, de esas manos tendidas en búsqueda de ayuda? ¿Qué conocemos de sus historias o del sufrimiento que sido su recorrido para llegar hasta donde ahora están? Cuando conocemos de verdad al que está delante de nosotros quizás tendiéndonos su mano o con unos ojos suplicantes podrían cambiar nuestras actitudes y nuestras posturas. No podemos encerrarnos en nuestros propios criterios o en nuestros prejuicios; los prejuicios sabemos que siempre los realizamos cuando no tenemos un conocimiento de verdad de la realidad. Sólo así podrá surgir el milagro del amor que primero que nada tiene que realizarse en nuestros corazones. Solo así podremos ser signos en verdad de ese amor de Dios que tenemos que ser en medio del mundo.

También esas personas tienen derechos a esas migajas de amor que han de desprenderse de la mesa de nuestra vida. Es algo más que una migaja lo que tiene que salir de nuestra vida cuando en verdad nos sentimos envueltos por el amor y la misericordia del Señor. Tenemos que ser verdaderos señales con nuestra vida, con nuestras actitudes, con lo que hacemos de lo que es el amor de Dios.

miércoles, 12 de febrero de 2025

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

 


Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

Génesis 2,4b-9.15-17; Salmo 103; Marcos 7,14-23

Son cosas que vamos observando en la vida y que tras reflexión nos hacen pensar en lo que es realmente importante, lo fundamental. Las apariencias engañan. Podemos contemplar por ejemplo un edificio de rica y bella factura exterior pero que cuando traspasamos sus puertos lo encontramos inservible y lleno quizás de miseria; podemos contemplar a nuestro paso personas bella y elegantemente vestidas, pero cuando estamos a su lado por ejemplo no soportamos el desagradable olor que despiden unos cuerpo que no están limpios; podemos contemplar personas que se nos presentan, como solemos decir, con mucha labia, presentándose como expertos en todo porque de todo opinan, pero que cuando las escuchamos con atención nos damos cuenta de su vacío interior. Así podíamos pensar en muchas cosas que se ocultan tras una fachada de vanidad y ostentación que de nada sirve.

Es en lo que nos quiere ayudar a pensar hoy Jesús en el evangelio. Nos hablará en fin de cuentas de esa necesaria profundidad interior que será la que dará verdadera grandeza a nuestra vida y no nos podemos quedar en superficialidades ni en apariencias, no podemos contentarnos con un rígido legalismo ni con un ritualismo vacío que al final nos hará vivir como en un sin sentido.

Habían comenzado, como escuchamos ayer, preguntando por la falta de pureza de sus discípulos porque no se lavaban las manos antes de comer el pan. Por eso habla Jesús que no es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino la maldad que tenemos en nuestro interior. ‘Escuchad y entended todos, les dice, nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’.

Cuando llegan a casa los discípulos le preguntan sobre el sentido de sus palabras. Estaban acostumbrados a escuchar las enseñanzas de los maestros de la ley influenciados por aquella corriente de los rigoristas fariseos que iba teniendo su influencia que la ley había que cumplirla a rajatabla y sin hacer preguntas, por así decirlo, porque eso sería lo que manifestaría una fidelidad a la Ley y a los profetas.

Y Jesús les explica detalladamente el sentido de lo que les está diciendo. Lo que necesitamos es una autenticidad en la vida, una congruencia entre lo que hacemos y lo que en verdad vivimos. No nos podemos contentar con cumplir unas normas o unos preceptos si luego en el día a día de nuestra vida nuestro corazón está muy lejos de Dios y de lo que en verdad quiere Dios de nosotros.

También nosotros tenemos que preguntarnos y hacerlo con sinceridad. ¿No andaremos algunas veces también en unos cumplimientos rituales pero con un vacío interior muy peligroso? Las superficialidades harán que al final todo se quede en nada y porque al final no saboreamos con gusto aquello que hacemos, que solo lo tomamos como una obligación que se convierte como una carga impuesta, terminaremos de dejar de hacerlo todo.

Es la pendiente por la que hemos caminado muchas veces que nos lleva poco a poco a ese debilitamiento de nuestra fe, a esa pérdida de convicciones, a esa tibieza espiritual que terminara en un frío vacío. Las cosas tibias que no tratamos de darles calor desde lo más profundo terminan convirtiéndose en piedras de hielo. ¿No será así cómo hemos llegado a esa indiferencia religiosa que contemplamos cada vez más en nuestro entorno?

Y Jesús nos recuerda que lo que hemos de tener limpio de verdad es el corazón, porque es de ahí, de dentro de nosotros mismos de donde surge toda la maldad. Nos escudamos muchas veces en las influencias que podamos recibir del ambiente que nos rodea; es cierto que el ambiente no nos ayuda gran cosa sino que se convierte en una tremenda tentación, pero en esa pendiente caemos porque nosotros no nos sentimos seguros dentro de nosotros sino que más bien estamos llenos muchas veces de malos sentimientos.

Es lo que tenemos que cuidar. No somos egoístas porque lo sean los que están a nuestro lado, sino porque hemos dejado enfriar el amor en nuestro corazón y pronto comenzamos a pensar mas en nosotros mismos que en los demás. Porque no nos hemos sabido controlar interiormente pronto surgirán los orgullos y las envidias, la soberbia de la vida y la vanidad, los resentimientos y los rencores. Como nos deja sentenciado Jesús ‘lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre’, y nos señala cosas muy concretas de nuestros malos sentimientos.

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, profunda espiritualidad son lo que nos llevará a una grandeza de vida.

martes, 11 de febrero de 2025

No gastemos tantos esfuerzos en nuestras comunidades en vanidades que nada tienen que ver con los valores del Evangelio del que tenemos que impregnarnos

 


No gastemos tantos esfuerzos en nuestras comunidades en vanidades que nada tienen que ver con los valores del Evangelio del que tenemos que impregnarnos

Génesis 1,20–2,4ª; Salmo 8; Marcos 7,1-13

Esto siempre se ha hecho así, habremos escuchado en más de una ocasión, o acaso también nosotros lo hemos dicho y argumentado más de una vez; ¿por qué se ha hecho así?, podríamos preguntar, y ¿por qué tenemos que seguirlo haciendo igual si podría haber otra forma mejor? Costumbres arraigadas en la manera de ser y de hacer de la gente, tradiciones que en cierto modo se convierten en leyes, rutinas de hacer las cosas de la misma manera porque nadie les abrió los ojos para ver que se puede hacer de distinta manera y tendrá más efectividad y por eso seguimos haciendo lo mismo.

Nos sucede en muchos ámbitos de la vida, en los trabajos, en las cosas de la casa, en la manera de ver las situaciones, en cerrazones mentales que les impide buscar algo nuevo y mejor; hasta no hace muchos años me encontré personas y con un cierto nivel incluso cultural que no querían la máquina de escribir, y muchos menos podrían pensar en los teclados de un ordenador, porque ellos escribían a mano como lo habían hecho siempre. Cuánto le ha costado a mucha gente, por ejemplo, entrar en el mundo de la informática desde hacer solo lo que desde niños le enseñaron a hacer.

Pero no me estoy planteando esto solamente desde esas cosas podríamos decir materiales en donde podemos contemplar ese avance de la vida, sino quiero referirme mejor a esos planteamientos sobre el sentido de la vida, por ejemplo, y ahí podría entrar toda una forma de pensar y en consecuencia de actuar, que se puede traducir en unos planteamientos o condiciones éticos y morales o que se va a manifestar en la trascendencia que le podemos dar a nuestra vida, con lo que entramos en todo lo que hace referencia a la religión y la forma de expresarla.

Una fe que se nos ha ido trasmitiendo y también descubriendo en lo más hondo de nosotros mismos, una fe que nos ha dado un sentido a nuestra vida cuando vamos descubriendo todo lo es ese plan de Dios para el hombre, para la humanidad, una fe que vamos plasmando en unos principios que rigen nuestra vida y en una forma de relacionarnos con ese Dios a través del culto. Hay cosas que son esenciales en si mismas pero hay formas de expresarnos que con consecuencia de lo que vivimos en unión y comunión con los demás.

El pueblo de Dios tenía lo que era la ley Mosaica, la ley de Moisés, desde aquella manifestación de Dios en el Sinaí y la expresión de lo que era la voluntad de Dios. Era lo que había constituido aquel pueblo unido en una misma fe, pero al mismo tiempo se habían ido forjando unas expresiones propias de un momento o una situación determinada; pero con el paso del tiempo se habían ido como acumulando expresiones o manifestaciones propias de un momento determinado pero que no tenían que ser ley o norma universal para siempre. Era lo que aquellos que se consideraban más fieles a la ley de Moisés querían imponer y conservar; surgieron así aquellos movimientos religiosos sociales de los fariseos, los saduceos y otros grupos que se habían ido constituyendo como dominantes y dirigentes del pueblo de Dios.

Pero la presencia y el mensaje de Jesús significaban un aire renovador, un aire nuevo porque Jesús quería que nos centráramos en lo que era lo fundamental y no nos quedáramos en las vanidades de las apariencias que a nada conducían. Son los enfrentamientos que comienzan a surgir con Jesús. Hoy nos aparecen protestando, por así decirlo, porque los discípulos de Jesús no cumplían con aquellas tradiciones que ellos decían que habían recibido de sus antepasados.

Aparece el tema de la purificación que se había convertido en algo formal y externo, pero que no llegaba profundamente al corazón. Lavarse las manos o comer con manos limpias era lo que mantenía puro el corazón, según ellos, pero Jesús quiere hacernos comprender que la pureza no está en lo exterior sino la tenemos en el interior del corazón. ‘¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?

Era lo que siempre se hacía, pero no llegaban a plantearse donde estaba la verdadera pureza que tendría que haber en la vida. Una norma higiénica para evitar quizás contagios y sobre todo en un pueblo errante por aquellos desiertos se había convertido en ley de purificación; lo que podía ser una imagen que nos hablara de algo profundo, se había quedado en convertir la imagen en ley. Y así Jesús les hace ver que en muchas otras cosas habían introducido sus normas y costumbres anulando la ley del Señor que era muy anterior que todo aquello y más importante y esencial. Pero era algo que les costaba aceptar, por lo que se resistían a la novedad del evangelio de Jesús.

No nos quedemos en pensar y juzgar la actitud de aquellos fariseos o de las gentes en los tiempos de Jesús y pensemos y reflexionemos por donde van realmente nuestros caminos. ¿No nos habremos llenado también de unas tradiciones y costumbres que algunas veces desvirtúan toda la novedad del evangelio de Jesús? ¿Dónde hemos puesto el evangelio? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida? ¿Nos estaremos dejando impregnar de verdad por los valores del evangelio o aun seguimos con nuestras vanidades y apariencias? Creo que gastamos mucho esfuerzo muchas veces en nuestras comunidades en vanidades que no son lo esencial del evangelio.

lunes, 10 de febrero de 2025

Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

 


Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

Génesis 1,1-19; Salmo 103; Marcos 6,53-56

Hace unos años en un viaje que hice a un país donde no había estado cuando ya nos acercábamos al punto de destino desde la altura podíamos contemplar los paisajes que se extendían a nuestros pies de una gran belleza y recuerdo me llamó la atención unas tierra cultivadas que ofrecían también gran belleza pero que no podía distinguir realmente lo que se cultivaba allí, haciendo mil cavilaciones en mi cabeza sobre lo que podía ser; fue necesario descender por supuesto para el aterrizaje y pisar tierra para poder distinguir y saber realmente lo que estaba viendo en la altura.

Digo esto como ejemplo de la necesidad que tenemos en la vida de aterrizar, no quedarnos cómodamente en la cabina de nuestro viaje, de nuestras ideas y pensamientos sobre cómo tendrían que ser las cosas, sino que necesitamos a pie de tierra conocer bien la realidad. Será cómo se pueden despertar en nosotros los mejores sentimientos, donde nuestro compromiso tendría que manifestarse con mayor rotundidad, y hacer que aflore en nosotros lo mejor de nuestro amor, lo mejor de nosotros mismos para llegar a esa realidad con la que nos encontramos. ¿No andaremos demasiado en la placidez del viaje de nuestros sueños y por eso de alguna manera nos desentendemos de cuanto a nuestro alrededor?

Nos habla hoy el evangelio de que tras aquella travesía por el lago, donde habían vivido, es cierto, hermosas experiencias de la presencia de Cristo, desembarcaron al llegar a Genesaret, ‘apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas…’ Y nos detalla el evangelista cómo Jesús se desenvuelve en medio de aquel mundo de dolor, donde todos querían tocar al menos la orla de su manto y quienes lo lograban se sentían curados.

¿Qué es lo que podemos contemplar en Jesús? Su misericordia. Ante el dolor, amor y vida. Es la medicina que Jesús va repartiendo. Es lo que irá transformando aquel mundo de sufrimiento en un mundo de vida y de esperanza. Son las señales del Reino de Dios que así se manifiesta.

Cuando vamos llenos de Dios nuestra mirada se transforma; cuando hemos puesto de verdad a Dios en el centro de nuestra vida - ¿no decimos que creemos en el Reino de Dios, que es Dios el que tiene que reinar en nuestra vida, en la vida del hombre, en nuestro mundo? – nuestra mirada será ya distinta porque tienen necesariamente que aflorar los ojos de la misericordia. Porque Dios es el centro de nuestra vida comienza ya a ser también el centro al que se dirigen nuestras miradas, el centro de nuestro corazón, el hombre, la persona en esa realidad en la que vive, y sobre todo nuestro corazón se decantará por aquellos que se sienten atormentados por el sufrimiento y el dolor, sean quienes sean, sea cual sea su dolor y sufrimiento.

Es lo que vemos hacer a Jesús. La misión que nos confiará a nosotros también cuando nos envíe. Recordamos que cuando envió a sus apóstoles les dio autoridad sobre todo espíritu inmundo, y ellos fueron curando a cuantos sufrían a su alrededor. Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan. Y es que todavía queda mucho de nuestro ego apegado al corazón y no le hemos dado lugar a esa presencia de Dios que nos centra de verdad. Nos cuesta y nos duele quizás que el viento nos llegue a la cara y por eso rehusamos salir de nuestros refugios, mientras tantos a nuestro lado siguen navegando en ese mar de sufrimiento.

Quizás seamos nosotros los primeros que tenemos que acercarnos a Jesús para tocar la orla de su manto y nos cure de nuestras cegueras o de nuestros inmovilismos. Pero tenemos que querer, tenemos que dejar que la sombra de Jesús se pose sobre nosotros para que nos podamos llenar de luz.

domingo, 9 de febrero de 2025

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

 


Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Salmo 137; 1Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11

¿Por qué si yo sé que de ahí no se saca nada tengo que volver a intentarlo de nuevo? Es el estado de desánimo en que nos vemos envueltos ante los fracasos de la vida; no se puede, ahí es imposible, de ahí no se puede sacar nada. Y en ocasiones nos cruzamos de brazos, nos vamos para otra parte, buscamos otras cosas. Todo se nos vuelve oscuro y lo damos por imposible.

Hoy Jesús nos quiere hacer pensar, porque actitudes así no son positivas para la vida, porque no podemos darnos por vencidos ante las dificultades que se nos presentan, porque la sensación de fracaso es mala compañera para hacer los caminos de la vida, porque no nos podemos acobardar, porque también los caminos de nuestra vida cristiana tienen sus altos y bajos y Jesús nos está enseñando que tenemos que remar hacia delante, mar adentro, aunque nos parezca tormentoso ese mar o nos parezca que no podemos sacar fruto y una y otra vez tenemos que seguir echando las redes.

Vayamos por partes en el evangelio. Junto a la orilla del lago la gente se reúne en torno a Jesús porque quieren escucharle. Ya no es la sinagoga, ahora es allí donde la gente está, donde hace su trabajo, junto a los pescadores que repasan sus redes después de una noche de trabajo, donde la gente ha venido quizás es búsqueda de ese pescado que necesitan para su comida, allí donde está la vida de la gente. Es importante el detalle.

Para que todos puedan mejor escucharle se sube a una de aquellas barcas que está meciéndose en la orilla; desde allí todos pueden verle y pueden escucharle. Y nos dice el evangelista que se puso a enseñarles. Ahora no es tan importante para nosotros lo que Jesús en aquel momento les dijera, son importantes los gestos y detalles.

Cuando terminó de hablar les pide a los pescadores que remen de nuevo mar adentro para echar de nuevo las redes. La barca es la de Simón Pedro; quizás con desconcierto, porque quizás lo que en ese momento necesitaban más era descansar hace caso sin embargo a Jesús; pero hay una queja, por así decirlo, ellos han estado toda la noche bregando intentando coger algo y no han conseguido nada; son esos días malos en que las cosas no salen, pero Jesús les está pidiendo que de nuevo echen las redes. Y Pedro dice que sí, que porque Jesús lo dice, en su nombre echará de nuevo la red. ¿Quizás podríamos pensar para hacerle ver a Jesús que no hay nada y que de pesca son ellos los que entienden? Podríamos pensarlo, pero parece que en el fondo Pedro no termina de pensar así, porque en su nombre, en nombre de aquel a quien ha visto curar a los enfermos y expulsar a los demonios, va a echar la red. Confianza tiene que haber en el corazón.

La redada de peces es tan grande que llamarán a los compañeros de las otras barcas para que les ayuden a recoger la red, pero Pedro más que sorprendido se siente sobrecogido porque un misterio grande está descubriendo. ‘Apártate de mi, que soy un hombre pecador’, le dice a Jesús. Pero para El Jesús tiene una misión, ‘serás pescador de hombres’.Y serán capaces de dejarlo todo para seguir a Jesús.

Jesús nos está diciendo que vayamos allí donde está la vida, donde están los sufrimientos, donde están las ansias más profundas de los corazones, allí donde caminamos y hacemos la vida de cada día; Jesús no se quedó ni en la sinagoga ni en el templo, fue allí donde los pescadores, donde están los hombres y mujeres del pueblo con sus trabajos y sus negocios, a la plaza pública, al mercado, por así decirlo; entre ellos se mezcla, sus mismos instrumentos de trabajo utiliza, de las cosas que les suceden cada día les habla, porque hablará del sembrador o de la mujer que limpia la casa, de los que hacen los negocios buscando sus ganancias y de los que muchas veces se sienten fracasos porque sus terrenos de llenan de cizañas, y se pondrá junto al paralítico con sus muletas o su camilla, o se detendrá junto al ciego del camino.

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús. Metámonos en esas fragosidades de la vida, en esos mares que a veces se hacen tenebrosos y en los que pueden aparecer tormentas; no pretendamos que siempre sea el camino fácil y vamos a obtener la cosecha al cien por cien, pero tenemos que sembrar la semilla, esparcirla por el mundo que aunque algunos la pisoteen siempre habrá alguien que le deje sembrar en su vida. Es la tarea de los cristianos, es el camino en el que nos pone Jesús, es la pesca que tenemos que realizar porque nos quiere pescadores de hombres aunque no sea fácil, finalmente nos dirá que El siempre está con nosotros.

¿Seguiremos cruzados de brazos? ¿Seguiremos entretenidos en lo que nos parecen mares en calma tras el muro de nuestros templos? ¿Seguiremos entretenidos en remendar nuestras redes cuando hay tantos mares que surcar, tantos lugares a donde ir a esparcir la semilla? ¿Seguiremos con nuestros miedos y cobardías, con nuestros temores y nuestras rutinas de lo que siempre hacemos porque nos parece que no se puede hacer otra cosa, con nuestros entretenimientos piadosos sin llegar a un compromiso de verdad con ese mundo que está ahí a nuestro lado?

No sigamos por el camino trillado que nos lleva de nuestra casa a la iglesia para cumplir y volvemos de nuevo a nuestras cosas sin atrevernos a mirar la realidad que nos circunda, porque quizás a veces nos da miedo o produce intranquilidad. Algo nos está fallando a los cristianos, algo nos está fallando en nuestras comunidades y en nuestra iglesia.

sábado, 8 de febrero de 2025

Ojalá sepamos estar con Jesús, aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús

 


Ojalá sepamos estar con Jesús, aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús

 Hebreos 13,15-17.20-21; Salmo 22; Marcos 6,30-34

Nos gusta volver a encontrarnos con los amigos, con aquellas personas que nos aprecian y nos aman; es la alegría que sentimos cuando volvemos a encontrarnos con el amigo que hace tiempo no veíamos, es el bonito reencuentro de las familias que muchas veces a causa de trabajos y ocupaciones estamos lejos, pero deseamos volver a encontrarnos con ellos; y en nuestro reencuentro recordamos cosas y compartimos lo que ha sido nuestra vida en la ausencia, nos contamos lo que hacemos o lo que son nuestros proyectos, contamos cómo nos va y lo que quizás ansiábamos volver a encontrarnos. Aun cuando estemos cercanos y casi nos veamos todos los días siempre buscamos el momento para estar con el amigo, con la persona que apreciamos, siempre tenemos tiempo para ellos.

Hoy nos dice el evangelio que ‘los discípulos volvieron a encontrarse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’. Recordamos que en la lectura del evangelio en días anteriores vimos cómo Jesús los había elegido y dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos los había enviado a hacer un anuncio del la Buena Nueva del Reino de Dios. Ahora es la vuelta, el reencuentro después de la tarea. Y Jesús busca la manera de querer llevarlos a un lugar apartado para estar a solas con ellos y que descansaran. ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco… Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer’.

Estar a solas con Jesús. Tenemos que aprender a estar a solas con Jesús, simplemente para eso, para estar con El. Como dos amigos que se sientan juntos y quizás no necesitan decirse muchas cosas, sino simplemente estar con el amigo. Irá surgiendo la conversación de forma espontánea, habrá momentos de silencio en que solo con la mirada o con sentir la respiración del otro nos es suficiente.

Ya me diréis que eso lo hacemos en la oración, cuando vamos a rezar. Pero, con sinceridad preguntémonos, ¿sabemos estar en silencio con Jesús? Seguro que cuando vamos a rezar ya llevamos nuestras oraciones preparadas, seguro que ya llevamos una lista de cosas de las que queremos hablarle a Dios, o mejor, cosas que queremos pedir, y será por nosotros o será por nuestros seres queridos, o será por la situación que vemos en el mundo. Eso está bien, pero hagamos silencio, dejemos a un lado todas esas cosas por las que vamos a pedir y hagamos silencio para escuchar, para sentir su presencia, para disfrutar de estar con el Señor.

Seguro que nos sentiremos mejor, porque nos sentiremos más llenos de Dios. Con nuestros rezos muchas veces lo que queremos es que Dios haga las cosas como nosotros las vemos, pero tenemos que aprender a ver nosotros las cosas como las ve Dios.Y para eso necesitamos silencio, escuchar, estar. Y allí en nuestro corazón comenzaremos a sentir algo nuevo y distinto. Como decían los discípulos de Emaús que recordaban que cuando Jesús les hablaba comenzaron a sentir arder su corazón.

Fijémonos en un detalle más de lo que nos narra hoy el evangelio. Cuando llegaron al lugar, cuando estuvieron con Jesús comenzaron a ver algo distinto, porque se encontraron que allí había mucha gente con sus preocupaciones, con sus ansias de estar con Jesús también, con sus enfermedades y con las cosas que les atormentaba en el corazón. Y nos dice el evangelio que Jesús se puso a escucharles y a hablarles, porque estaban como ovejas sin pastor.

Muchas veces interpretamos que lo que Jesús había planeado con los discípulos se había venido abajo y no pudieron tener ese descanso programado. Creo que aquel estar con Jesús les hizo ver las cosas de manera distinta; en la continuación del evangelio veremos que los discípulos serán los que se preocuparan de que no tienen que comer y que hay que hacer algo. Y es a lo que los impulsa Jesús; buscarán los recursos aunque no los tengan y todos saldrán de aquel momento con algo nuevo en sus vidas.

Ojalá sepamos estar con Jesús. Aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús.

viernes, 7 de febrero de 2025

Lo bueno del pasado un estímulo para el camino de fidelidad que hacemos, los errores cometidos un motivo de reflexión para enderezar la vida

 


Lo bueno del pasado un estímulo para el camino de fidelidad que hacemos, los errores cometidos un motivo de reflexión para enderezar la vida

Hebreos 13,1-8; Salmo 26; Marcos 6,14-29

A todo todos nos sucede, hay cosas del momento presente que nos traen recuerdos del pasado; es bueno, hemos de reconocerlo, recordar cosas positivas de nuestra vida, no para llenarnos de orgullos que nos hagan creernos los mejore y subirnos en pedestales que nos hagan estar por encima de los demás, sino para reconocer de lo que somos capaces valorar lo que es bueno y sentirnos con ello estimulados a seguir nuestro camino aunque algunas veces nos exija esfuerzos.

Pero también nos puede suceder que acontecimientos o reflexiones que nos hagamos en el presente sean como un aguijón que nos pincha en la conciencia por cosas que hicimos y que no fueron buenas; todos cometemos errores en la vida, tenemos tropiezos, hacemos lo que no es bueno porque no somos santos, porque hay mucha debilidad en nuestra vida, porque algunas veces nos habremos cegado con cosas que nos hicieron tropezar. Ahora no sentimos interrogados por dentro y puede surgir la mala conciencia o el arrepentimiento; debe ser lección aprendida para que no volvamos a tropezar.

¿Le estaba sucediendo a Herodes con lo que estaba escuchando de aquel nuevo profeta de Galilea? Jesús se había ido dando a conocer, causaba admiración en las gentes y como siempre las noticias corren; a los oídos de Herodes llegó la noticia. ¿Quién era aquel profeta del que tanto hablaba la gente? Las opiniones de la gente eran diversas, pero en su interior sentía algo especial; ¿sería Juan, el profeta del desierto y del Jordán que él había mandado matar?

Esto le da ocasión al evangelista para narrarnos este episodio completando así la presentación de lo que había sido la figura del Bautista y ofreciéndonos el testimonio supremo de su vida. Juan ya estaba en la cárcel; aunque se dice que Herodes sentía admiración por Juan, instigado por la mujer con la que convivía lo metió en la cárcel porque le decía que no era lícito que viviera con la mujer de su hermano.

Se cruzan las ambiciones, las envidias, las cobardías, la maldad de los corazones heridos que tienen conciencia de que obran mal y el justo sufre las consecuencias. Cuántas veces nos sucede, como se dice, paga el justo por el pecador. Pero Juan era fiel a su sentido moral de la vida y consciente de su misión profética de preparar para la venida del Señor un pueblo bien dispuesto. No puede callar, aunque esto le lleve a la cárcel y posteriormente a la muerte. ¿Seríamos capaces nosotros de mantener una fidelidad así a unos valores y a unos principios? Cuántas veces callamos.

Y la ocasión directa viene en una fiesta que ofrece Herodes a sus invitados y la hija de Herodías baila para Herodes. Vienen las promesas entusiasmadas que luego serían difíciles de cumplir cuando hay verdaderos principios. Pero esta ocasión la cobardía lo invadió todo. La petición de Salomé instigada por su madre será la cabeza de Juan Bautista. Herodes se vio cogido por su palabra y sus promesas y el miedo a quedar mal ante sus invitados. Quedar mal ante los que nos rodean, dar la cara cuando es necesario un testimonio, cuanto nos cuesta. Y Juan fue decapitado. El testimonio de la sangre y de la vida entregada como signo de una fidelidad a una fe y a una misión.

Decíamos que de los hechos de la vida tenemos que aprender, aun cuando hayamos errado y tropezado. De este proceso del corazón de Herodes también tenemos que aprender. ¿Qué es lo que realmente guía nuestra vida? ¿Sobre qué fundamentamos lo que verdaderamente nos hace felices? ¿Hasta dónde llega la fidelidad a nuestra conciencia, a nuestra responsabilidad, a la misión que tenemos que desempeñar en la vida? ¿Cuánto dependemos de lo que pensamos que es la opinión o la valoración que la gente haga de nosotros y de nuestros actos? ¿Seremos capaces de reflexionar seriamente de lo que ha sido el proceso de nuestra vida para comenzar a actuar de manera distinta?

jueves, 6 de febrero de 2025

Tenemos que arriesgarnos más a salir a hacer el anuncio del evangelio y dar signos y señales del Reino de Dios, porque ese fue el mandato de Jesús

 


Tenemos que arriesgarnos más a salir a hacer el anuncio del evangelio y dar signos y señales del Reino de Dios, porque ese fue el mandato de Jesús

Hebreos 12,18-19. 21-24; Salmo 47;  Marcos 6,7-13

Una buena noticia, solemos decir, corre como la pólvora, una vez que se enciende no hay quien la pare; pero para no hacerlo tan violento me gustaría decir que es como un buen perfume, tan pronto se destapa el frasco su fragor lo envuelve todo. El bien se difunde por si mismo, decían los clásicos, no lo negamos, pero puede suceder también que nos hagamos oídos sordos y no queramos escuchar. Por otra parte quien posee ese don precioso no se lo puede guardar para si mismo, esperando que sean los otros quienes vengan a buscarlo, que si no tienen noticia de él tampoco sabrán a donde acudir, sino que quien posee esa inmensa sabiduría tendría que ir a regalarla a los demás.

¿Será eso lo que hacemos los cristianos? Tenemos hoy el peligro de quedarnos muy satisfechos con lo que tenemos pero nos lo guardamos de puertas adentro; ¿seremos acaso como aquel servidor a quien se le confió un talento y lo guardó y lo enterró por miedo a perderlo y no lo puso a negociar?

Hablamos hoy mucho de nueva evangelización y no sé lo que estamos entendiendo por esa nueva evangelización; quizás nos cuidamos de tener de iglesia adentro muy bonitas celebraciones, celebramos muchas fiestas de santos y hacemos muchas novenas, nos cuidamos mucho nosotros dentro de nuestro circulo pero no nos estaremos arriesgando a salir, como nos dice el Papa Francisco, a las periferias para llevar ese mensaje del evangelio que de verdad transforme nuestro mundo; quizás nos cuidamos mucho de puertas adentro para que no se nos vayan los que tenemos y no sé realmente si lo que le estamos ofreciendo es ese evangelio comprometido que nos anuncia Jesús.

Pero ¿salimos a llevar?, ¿salimos a buscar?, ¿salimos a compartir la sabiduría que nosotros tenemos con el evangelio?, ¿salimos a contagiar esos valores del evangelio desde nuestras vivencias y nuestro testimonio? Confieso que me preocupa, y me preocupa por mi mismo que no sé si lo sabré estar haciendo.

Es claro lo que hoy nos dice el evangelio. Aun no eran muchos los que con fidelidad seguían a Jesús. No es solo aquellas multitudes que en ocasiones se reunían sino que se trataba de aquellos que estaban más cerca de Jesús y que querían vivir lo que Jesús les estaba enseñando. En este caso son solo doce los que Jesús ha escogido; pero Jesús los envía de dos en dos para que fueran anunciando también la llegada del Reino de Dios como Jesús había venido haciendo, y nos dice que les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, o sea, que tenían que dar también las señales de ese Reino de Dios, hacer los signos que Jesús realizaba transformando el mundo que le rodeaba alejándolo del mal.

Jesús los envía y ellos partieron, salieron a anunciar esa Buena Noticia, y nos dice el evangelista, que iban realizando aquellos signos para los que Jesús les había dado poder. No se quedaron al lado de Jesús, se pusieron en camino; más tarde vendrán contando cómo les había ido en aquella misión que Jesús les había confiado. Igualmente en otro momento nos dirá el evangelista que envió a setenta y dos con esa misma misión. ¿No nos dice esto nada para nuestras posturas, para esa nueva forma de evangelizar que tenemos que realizar hoy en nuestro mundo?

No digo que no se haga nada porque la Iglesia en el mundo de hoy está dando muchas señales de la vivencia del Reino de Dios, pero sí es cuestión de preguntarse si con solo doce apóstoles se pudo salir por el mundo para transformarlo, con todos los que hoy nos decimos que creemos en Jesús ¿qué es lo que estamos haciendo? ¿Por qué no hay esa transformación de nuestro mundo? ¿Faltará un testimonio más auténtico de  todos los cristianos de hoy en medio del mundo?  Creo que son cosas que tendrían que hacernos pensar y decidirnos a comenzar a dar respuestas.

miércoles, 5 de febrero de 2025

El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

 


El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

Hebreos 12,4-7.11-15; Salmo 102;  Marcos 6,1-6

Si es el hijo del carpintero… fue la reacción, tenemos que decir que totalmente ordinaria y normal, de la gente de su pueblo. Hasta ellos había llegado la fama de lo que Jesús venía haciendo en Cafarnaún y los distintos pueblos y aldeas por toda Galilea; la fama de sus milagros, la gente que se entusiasmaba y se iba detrás de Jesús, sus enseñanzas que entusiasmaban a la gente porque les parecía escuchar algo nuevo, o algo dicho de una manera distinta a como estaban acostumbrados. Y la fama había llegado hasta Nazaret y ahora lo tenían en medio de ellos. ‘¿De donde saca esa sabiduría?’

¿Dónde habrá aprendido este muchacho tanto?, decimos también en nuestros pueblos y en nuestros ambientes cuando alguien destaca. Como nos conocemos de siempre ahora nos sentimos quizás asombrados, pero sabemos que siempre surge algo más. Hay un orgullo de pueblo cuando destaca alguien de los nuestros y podemos tender a ponerlo como el que no va más; nadie ha salido de nuestro pueblo como este; aunque también aparecen por debajo, disimuladamente quizás al principio, ciertas desconfianzas, buscamos segundas intenciones, tratamos de recordar cosas reales o imaginarias muchas veces, socavamos el prestigio cuando nos pueden hacer sombra, y ya sabemos cuando somos cuando nos dejamos arrastrar por esas malicias y desconfianzas.

Conociéndonos no nos extraña la actitud desconfiada de la gente de Nazaret. Nos sucede con mucha facilidad entre nosotros, vamos de la euforia y el entusiasmo a la descalificación y a las envidias con una velocidad de vértigo. Siempre tenemos nuestros peros y nuestras pegas. Es lo que le estaba pasando a la gente de Nazaret con Jesús. Lo conocemos de siempre, sabemos quien es su familia, es el hijo del carpintero. Y ya Jesús dirá que un profeta nunca será bien mirado en su pueblo.

Y siente pena Jesús por la falta de fe su gente. Allí ha venido a anunciar con toda claridad, con palabras del profeta como nos narrará san Lucas este mismo episodio, lo que era su misión, la tarea evangelizadora que quería realizar. Su Palabra y su presencia querían ser siempre buena noticia para todos, porque eso como se nos dirá en otra parte anuncia la amnistía del Señor, el año de gracia del Señor. Pero no lo aceptaban porque simplemente era el hijo del carpintero.

Nos tiene que hacer pensar en nuestra aceptación personal de esa Buena Noticia, esa aceptación del Evangelio que nos anuncia Jesús. ¿Qué filtros ponemos por medio cuando escuchamos las palabras del Evangelio? El peor filtro es ya no ser capaces de escuchar el evangelio como una buena noticia; nos lo damos por sabido, no nos significa nada nuevo, vamos llevando por delante nuestros prejuicios, sí, nuestras previas interpretaciones, porque recordamos esto y lo de más allá, nos acordamos lo que en otro momento escuchamos o nos explicaron, y ha perdido la frescura de la novedad con que tenemos que escucharlo.

Pero además hemos de decir y reconocer que el Evangelio, es cierto, nos llega a través del texto escrito, pero el evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado. Es el evangelio hecho testimonio en la vida de tantos testigos. Y es el evangelio que tanto nos cuesta aceptar, recibir, escuchar. La gente de Nazaret no escuchaban entonces el mensaje porque era el hijo del carpintero a quien tenían delante; también nosotros vemos a tantos como el ‘hijo del carpintero’ que ya nada nos dice porque decimos que lo conocemos de siempre.

Cuánto nos cuesta aceptar el testimonio de los demás, cuánto nos cuesta ver las cosas en las que se manifiestan esos testigos delante de nosotros. Son filtros que vamos poniendo a la Palabra de salvación que Jesús nos ofrece. Hay muy bonitos testimonios a nuestro lado que tenemos que saber descubrir, porque a través de ellos el Señor nos habla. ¿Aprenderemos de una vez por todas a dejarnos sorprender por el evangelio?

 

martes, 4 de febrero de 2025

Descubramos a Jesús en quien nos sale al encuentro y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra, vuelve su mirada hacia el borde del camino y nos llama

 


Descubramos a Jesús en quien nos sale al encuentro y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra, vuelve su mirada hacia el borde del camino y nos llama

Hebreos 12, 1 – 4; Salmo 21; Marcos 5, 21-43

Supongamos que tenemos que hacer una petición de algo que consideramos muy importante para nuestra vida; ya procuraremos preparar con todo cuidado la solicitud, las palabras que vamos a decir en nuestra petición o la instancia a presentar si ese es el camino; buscaremos quizás los más expertos que nos puedan aconsejar, nos valemos de las influencias que podamos conseguir de personas que desde su situación privilegiada pongan su mano, intercedan por nosotros si ese es el caso, o cuidaremos mucho la forma de presentarnos ante quien nos pueda atender en dicha solicitud. No iremos con las manos vacías y de cualquier modo.

¿Será esa la manera de proceder cuando acudimos a Dios desde nuestras necesidades o problemas? Creo que en este aspecto tenemos muchas cosas que revisar; con atención tenemos que leer, escuchar, empaparnos del evangelio que hoy se nos ofrece. ¿Qué necesitaríamos en verdad?

El evangelio es claro. Escuchémoslo desde el corazón y con mucha atención porque nos dice cosas importantes. Repasemos las situaciones que se nos describen. Un hombre, que en cierta manera era importante, era el jefe de la sinagoga, tiene una niña que está muy enferma y acude directamente a Jesús. Y Jesús se ofrece para ir directamente a su casa para darle vida a su niña. Por otra parte una pobre mujer, anónima entre la multitud de manera que pasa desapercibido incluso en la situación de la enfermedad que padece que en cierto modo oculta, pero que no sabe a quien acudir y se va directamente a Jesús, sin preparar palabras ni peticiones, pero con una certeza que le da su corazón desde la fe que la mueve; solo con tocarle el manto piensa ella que es suficiente.

Vendrán criados con malas nuevas para el jefe de la sinagoga, porque piensan que ya nada hay que hacer, pero Jesús le dice a aquel hombre que solo le ha pedido fe, ‘basta que tengas fe’. Aquella mujer, que nada dice, pero que se atreve a tocar a Jesús pero que ahora le está costando dar la cara cuando Jesús pregunta que quien le ha tocado, incluso con la aglomeración de gente a su alrededor, cuando se atreve a dar el paso adelante, tímida pero agradecida, Jesús le dirá que su fe le ha curado.

La única instancia necesaria ha sido la de la fe. Ni discursos con muchas palabras ni influencias de nadie que puedan aparecer como poderosos, sino la humildad del que se siente pobre y necesitado y con esa fe y con esa humildad acude a Jesús. No hacen falta antesalas porque todo va a suceder a pie de calle, no será necesario acudir ni al templo ni a la sinagoga, Jesús que se baja de la barca y allí lo aborda aquel hombre, Jesús que camina por la calle entre el remolino de gente que lo apretuja por todas partes. Pero la fe mueve montañas, como nos dirá Jesús en otra ocasión.

Y nosotros que nos cansamos de hacer largos rezos, nosotros que acudimos a la intercesión de todos los santos, nosotros que rodeamos de esplendor nuestro culto, nosotros que vamos con nuestras ofrendas por delante o al menos con nuestras promesas de no sé cuantas cosas haremos después, cuantas de alguna manera instancias que preparamos;  y Jesús nos dice que basta que tengamos fe, Jesús que se deja abordar por los necesitados o sale a su encuentro dejando que lo apretuje la gente o tiren de su manto, Jesús que se pone en camino allí donde falta la vida porque quiere hacer que la recuperemos, Jesús que no le importa que se rían de El porque está diciendo cosas que la mayoría influenciada por costumbres o rutinas no sabe comprender.

¿Aprenderemos a encontrarnos con Jesús? ¿Sabremos descubrirle en quien sale a nuestro encuentro en la vida y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra que nos anima, vuelve su mirada hacia quienes estamos al borde del camino, nos llama para que vayamos hasta El?

¡Qué hermoso es el evangelio! ¡Qué buena noticia nos trae Jesús! Dejémonos sorprender, comencemos a ver las cosas con los ojos de Jesús, despertemos de verdad nuestra fe y que sea la que mueva esas montañas de rutinas que paralizan nuestra vida.

 

lunes, 3 de febrero de 2025

Cuando hemos sentido el amor de Dios en nosotros ya nuestra manera de vivir no puede ser igual, es el testimonio que tenemos que dar

 


Cuando hemos sentido el amor de Dios en nosotros ya nuestra manera de vivir no puede ser igual, es el testimonio que tenemos que dar

Hebreos 11,32-40; Salmo 30; Marcos 5,1-20

¿Y eso que tiene que ver conmigo? Quizás alguien nos salió con esa reacción cuando le presentamos un proyecto en el que considerábamos que estaba bien que se implicase, o cuando le contamos algo por lo que él no sentía ningún interés, o cuando era algo en lo que no quería implicarse porque no le interesaba, porque quizás fuera en contra de lo que eran sus planes o proyectos, o le pedía o exigía algún esfuerzo que no quería realizar. Como se suele decir, una forma de tirar balones fuera, una forma de no quererse implicar o complicar la vida.

Son reacciones que nos encontramos en la vida, y ya no es solo cuestión de trabajos que ofrezcamos o queramos emprender, sino quizás en cosas de mayor hondura; por ejemplo cuando hacemos planteamientos que significan ver las cosas de otra manera, otro sentido de la vida, una profundización que no queremos realizar porque preferimos vivir de forma superficial, y también hay que decirle cuando planteamos cuestiones que atañen a la fe, la religión, la Iglesia, el ser cristiano.

¿Le interesará al mundo que nos rodea el mensaje del evangelio? ¿Se sentirán cómodos ante posturas que tiene que tomar la Iglesia en las situaciones que vivimos hoy? Por una parte está el rechazo que nuestra sociedad hace de lo suene a espiritual o religioso, el rechazo que se tiene ante la Iglesia, la fe, o el ser creyente, pero también hemos de reconocer que incluso entre nosotros los cristianos no siempre hay una buena acogida al mensaje de la Iglesia, al mensaje del evangelio y muchas veces lo tachan de radical y no sé cuantos epítetos le ponemos.

De eso me hablarás otro día, nos dirán como le dijeron a san Pablo en el Areópago de Atenas cuando habló de Jesús y de la resurrección. Muchos también nos dan largas, muchas veces también nosotros los cristianos damos largas para no implicarnos ni complicarnos. Cuántas disculpas nos inventamos continuamente, que si no tenemos tiempo, que ya nos es suficiente con lo que hacemos ¿para qué vamos a complicarnos más? No siempre nos vamos a encontrar con el mejor caldo de cultivo para el anuncio del evangelio, pero a ese mundo nos ha enviado Jesús, y ahí en ese mundo, aunque no nos comprendan, tenemos que seguir hablando del amor de Dios que sentimos en nuestras vidas.

Es lo que se nos plantea en el evangelio de hoy. Jesús en esta ocasión llegó a una zona que era algo así como la periferia de Palestina, un territorio donde no abundaban los judíos, eran la región de los gerasenos. Ya hemos escuchado lo sucedido; un hombre poseído por un espíritu inmundo que habitaba entre las tumbas, que tenía aterrorizada a aquellas gentes y con el que Jesús entra en diálogo. De entrada el rechazo del maligno a la presencia de Jesús. ‘¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?’ Su nombre es legión, porque son muchos y cuando Jesús libera a aquel hombre de su mal, será la piara de cerdos la que se precipita en el mal. Pero el  hombre ha quedado liberado de su mal.

Las gentes acuden ante lo sucedido, pero en lugar de sentirse agradecidos de alguna manera al ver a aquel hombre curado, lo que le piden a Jesús es que se marche a otros lugares. No solo aquel hombre poseído por el espíritu del mal había rechazado a Jesús – ‘¿qué tienes que ver con nosotros?’ – sino que serán las propias gentes del lugar las que tomen la misma postura. Sin embargo aquel hombre quiere seguir a Jesús y Jesús no se lo permite. ‘Vete a tu casa, a los tuyos y anuncia lo que Dios ha hecho contigo por su misericordia’.

¿Encontraremos un paralelismo con lo que veníamos antes reflexionando? El evangelio era rechazado pero allí quedaba un testigo del evangelio. ‘Cuenta lo que Dios ha hecho contigo’. ¿No será lo que nos está pidiendo Jesús con este evangelio? Ya sabemos lo que muchas veces nos vamos a encontrar pero eso no nos puede hacer dimitir de nuestra misión. Ese mundo adverso, ese mundo de rechazo y ya bien sabemos donde lo tenemos porque lo tenemos muchas veces en casa, necesita unos testigos. Tenemos que ser esos testigos. Lo que hemos visto y oído no lo podemos callar, como nos dirán san Juan en sus cartas. Somos testigos y los testigos no pueden callar, ahí tenemos que dar el testimonio de nuestra vida. Cuando hemos sentido el amor de Dios en nosotros ya nuestra manera de vivir no puede ser igual. Es el testimonio que tenemos que dar.

domingo, 2 de febrero de 2025

Mensajeros de una Buena Noticia, misioneros y testigos de una nueva luz que nos llena de esperanza queremos ser de manos de María de Candelaria

 


Mensajeros de una Buena Noticia, misioneros y testigos de una nueva luz que nos llena de esperanza queremos ser de manos de María de Candelaria

Malaquías 3, 1-4; Salmo 23; Hebreos 2, 14-18; Lucas 2, 22-40

Necesitamos quien nos traiga buenas noticias. Encendemos cualquier noticiero – permítanme la palabra – sea radio o televisión, sea prensa escrita o sea Internet en sus numerosas redes, ¿y qué es lo que escuchamos, lo que vemos, lo que se nos comunica?, sin querer ser pesimista ni negativo muchas veces dan ganas de cerrarlo todo; violencia, guerra, corrupción, acritud, manipulaciones, muertes, accidentes… son cosas que se repiten. Necesitamos escuchar cosas agradables y que entusiasmen por la vida. Nos daría otro sentido de vivir.

¿Será hoy para nosotros y para nuestro mundo un mensaje de esperanza el que se nos ofrece desde la Palabra de Dios? De entrada, desde nuestra fe, tenemos que decir que eso no lo podemos poner nunca en duda. Sin embargo muchas veces nos cuesta escucharlo. Tenemos el peligro y la tentación de irnos por las ramas. Es necesaria una buena escucha como también un buen anuncio que tenemos que hacer al mundo que nos rodea. El evangelio – buena noticia – tiene que seguir siendo luz en nuestra vida y en nuestro mundo.

El profeta nos ha anunciado un mensajero, un mensajero que nos trae noticias de paz, de restauración, de algo nuevo que va a comenzar. Hablaba el profeta en sus tiempos que no eran fáciles, fueron tiempos de restauración para el pueblo de Israel después del cautiverio de Babilonia y había mucho nuevo que realizar. Era necesaria una restauración de la alianza. De eso nos habla el profeta.

Pero en nuestra lectura creyente tenemos que ir más allá; por una parte esos anuncios proféticos tienen una resonancia siempre mesiánica, y nosotros los aplicamos a Jesús. Pero la resonancia de las palabras del profeta tiene que seguir traspasando los tiempos y a través de Jesús tiene que llegarnos a nosotros, en el hoy que estamos viviendo. Por eso siempre es Palabra de Dios para nosotros hoy. No es Palabra de otro tiempo sino para el hoy de nuestra vida. ¿No decíamos que necesitamos mensajeros que nos trajeran buenas noticias, anuncios de algo bueno para el hoy de nuestra vida?

La celebración de hoy, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, la situamos en ese momento del misterio de Jesús en que como todo primogénito varón fue presentado al templo para cumplimiento de la ley. Pero en ese marco sucede algo inédito; no es un sacerdote el que recibe a Jesús en el templo sino unos ancianos que vivían con la esperanza de encontrarse un día con el Mesías de su Señor.

Allí está el anciano Simeón con su esperanza y con su fe bien madurada con el paso de los años. Solo unos ojos de fe podían descubrir en aquel niño, que no se diferenciaba de otros tantos niños que eran presentados al Señor en el templo, al que era el esperando y el deseado de las naciones y que venía para ser luz de todos los pueblos. Por eso sus cánticos de alegría y de acción de gracias, sus ojos habían podido contemplar al que venía como Salvador. Un anciano, un hombre sencillo, un hombre que podía pasar desapercibido entre tantos, pero el hombre de fe que veía cumplidas sus esperanzas.

Es consciente el anciano de lo que significaba el ser el Mesías del Señor; signo de contradicción dirá que va a convertirse en medio de las gentes aquel niño, como luego lo veremos cumplido a lo largo del evangelio; hablará de espadas de dolor que atraviesan el alma, como le va a suceder a María, pero no decae la alegría y la esperanza, algo nuevo en verdad estaba comenzando. Y a su alegría y alabanza se une también otra anciana que lleva muchos años sirviendo a Dios en el templo y que no paraba de hablar de aquel niño a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel.

Sí, es el anuncio que hoy nosotros escuchamos también. Despertemos y maduremos nuestra fe a ejemplo de aquellos sencillos y humildes ancianos para saber descubrir también las maravillas de Dios, las maravillas que Dios quiere seguir haciendo en el hoy de nuestra vida y nuestro mundo. No podemos perder la esperanza, atentos hemos de estar como aquellos ancianos para ver las señales de Dios. Son señales que se van a realizar en nuestra vida, son señales que nosotros por nuestra forma nueva de actuar tenemos que ser en medio del mundo.

A ese mundo que hoy vivimos y del que tantas veces nos quejamos porque no hace sino traernos malas noticias nos ha enviado Jesús para que seamos mensajeros, para que seamos testigos, para que realicemos esas señales del Reino de Dios. Cuando nos confió la misión, como tantas veces hemos escuchado, no tiene también poder y autoridad para realizar esas señales. No desconfiemos de lo que podemos ser capaces, de lo que tenemos que hacer, porque es la misión que se nos ha confiado.

Hoy necesariamente tenemos que mirar también a María. En sus brazos fue llevado el Niño Jesús al templo y en sus brazos se nos presenta hoy a nosotros recordándonos donde está la luz. Por eso esta celebración está también rodeada de signos con las candelas que encendemos y portamos saliendo incluso de nuestros templos para iluminar los caminos del mundo. Pero no es solo algo ritual que realizamos, sino que tiene que ser signo que demos en nuestra vida de ese Reino de Dios.


¿Qué significará hoy llevar esa luz encendida en nuestras manos en la celebración y ritos de este día? Tenemos que pensarlo y dar respuesta aunque nos cueste, pero no podemos dejar apagar esa luz. Mal signo estaríamos siendo. Como decíamos miramos a María, y nosotros los canarios de manera especial la miramos en nuestra querida advocación de la Candelaria, como la celebramos en nuestra tierra. Ella fue la primera misionera que llegó a nuestra tierra en su imagen aparecida en las playas de la isla.

Que ella pues nos impulse a esa tarea misionera de ser mensajeros, de ser portadores de luz, de ser testigos en medio de nuestro mundo. Seguro que si nos dejamos inspirar por quien estaba llena del Espíritu Santo podremos descubrir esas nuevas formas de ser mensajeros hoy.