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lunes, 31 de agosto de 2026

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

 

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

1Corintios 2, 1-5; Salmo 118; Lucas 4, 16-30

Cuando nos cambian el ritmo de aquello a lo que estábamos acostumbrados y que hacíamos casi como una rutina se nos vienen abajo nuestros ritmos, nos sentimos desconcertados y nos cuesta entrar en la nueva dinámica. Son las pruebas psicotécnicas que se emplean en muchas ocasiones para, precisamente eso, ponernos a prueba en nuestra capacidad de respuesta, nuestra posible reacción y si somos capaces de asumir el nuevo ritmo, por ejemplo, que se nos presenta. Pero sin entrar en esas pruebas técnicas son muchas veces las pruebas que la misma vida nos presenta y ante lo que tenemos que saber reaccionar con madurez por una parte, pero también estando abiertos a lo nuevo que se nos puede ofrecer y que mejoraría nuestra vida. Algunas veces nos cuesta aceptar esos cambios, nos ponemos incómodos y tenemos la tentación de ponernos en una actitud interna de rechazo ya sin saber bien por qué.

¿Será algo así lo que estamos viendo en este comienzo de la vida pública de Jesús en su presentación en Nazaret en el evangelio de san Lucas que ahora comenzamos a leer de forma continuada? Ya fue una sorpresa que al acudir Jesús aquel sábado a la sinagoga después de los primeros recorridos que ya había hecho por otros pueblos y aldeas de Galilea se haya ofrecido a hacer la lectura del profeta y su comentario. Era tarea del encargado de la sinagoga pero que él podía ofrecer a quien por allí se acercase y tuviera esa disponibilidad. Se ha escogido un texto del profeta Isaías; habla de la manifestación del Espíritu del Señor en aquel que había de venir en una clara referencia al Mesías esperado.

Ya conocemos el texto que hemos escuchado muchas veces. Habla de quien con la fuerza del Espíritu del Señor viene a iniciar un tiempo nuevo de liberación; habla de los enfermos e impedidos que recobraran vida y salud, pero habla también de otra liberación más profunda de todos aquellos que se sienten oprimidos y sin libertad; habla del tiempo nuevo del año de gracia del Señor. Claras referencias a los tiempos mesiánicos que todos estaban anhelando. Y es tajante el comentario de Jesús. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

¿Sorpresa? ¿Alegría y esperanza renovada? ¿Admiración por quien había pronunciado tales palabras? Ellos lo conocían bien, allí se había criado, era el hijo de José el carpintero, por allá andaban aun sus parientes… ¿Dónde había adquirido aquella sabiduría? ‘Todos expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca’.

Jesús no se queda en esas palabras porque El está hablando de un tiempo nuevo, de algo nuevo que no era lo de siempre. Ellos habían oído de las cosas maravillosas que Jesús había hecho en otros lugares, bien sabemos cómo vuelan las noticias y eso que entonces no había las redes sociales que hoy tenemos, pero ya estaban pensando en sentirse los primeros beneficiarios de aquel poder que parece que se manifestaba en uno que era de su pueblo. Pero Jesús viene a decir otra cosa, busca a aquellos que tienen que ser liberados de sus esclavitudes y de sus males, pero no tiene que ser en lo de siempre, en los de siempre, en los lugares de siempre. Les recuerda que el profeta Elías atendió a una viuda que precisamente no era judía, y que el profeta Eliseo curó de la lepra precisamente a quien se podía considerar un enemigo porque era sirio.

Aquí se cambian los ritmos y los esquemas. Un día alabará Jesús la fe de un centurión romano que era gentil y del que dice que no ha encontrado en nadie en Israel con tanta fe como él; curará a la hija de la mujer de Fenicia, a quienes los judíos consideraban como los perritos y lo hará precisamente por su fe; se dejará tocar por los leprosos o por quienes eran considerados impuros como la mujer de las hemorragias que toca la orla de su manto. Algo nuevo va a suceder, algo nuevo quiere realizar Jesús. La gente de Nazaret no lo soporta porque lo considera como un desplante y terminarán porque quieren arrojar a Jesús por un barranco.

Pero esto que estamos viendo en el evangelio ahora me hace pensar en situaciones que podemos estar pasando en estos días. Cuando hablamos de necesidades, de problemas o de carencias ¿en quienes estamos pensando habitualmente? ¿En los pobres de siempre, esos que aparecen todas las semanas por Cáritas, en esa gente de nuestro entorno que sabemos también que tienen problemas para llegar a final de mes, solo en esas personas cercanas a nosotros?

Creo que nuestra mirada tiene que ir más allá. ¿No habremos escuchado alguna vez que ahora los emigrantes que de una forma o de otra están llegando junto a nosotros nos van a quitar el trabajo o los beneficios sociales que necesitan los que son de aquí? Nos quejamos de que esos recursos tengamos que gastarlos en esos que nos han aparecido de la noche a la mañana y que no son precisamente de los nuestros porque además nos parece una invasión y aquí ponemos no sé cuantas características.

El evangelio que hoy hemos escuchado ¿no nos estará pidiendo o planteando ese cambio de chip, ese cambio de ritmo, esa mirada distinta porque es también una exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano? Son cosas que tenemos que pensar, que analizar, ante las que tenemos que abrirnos viendo nuevas perspectivas.

‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.


miércoles, 5 de febrero de 2025

El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

 


El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

Hebreos 12,4-7.11-15; Salmo 102;  Marcos 6,1-6

Si es el hijo del carpintero… fue la reacción, tenemos que decir que totalmente ordinaria y normal, de la gente de su pueblo. Hasta ellos había llegado la fama de lo que Jesús venía haciendo en Cafarnaún y los distintos pueblos y aldeas por toda Galilea; la fama de sus milagros, la gente que se entusiasmaba y se iba detrás de Jesús, sus enseñanzas que entusiasmaban a la gente porque les parecía escuchar algo nuevo, o algo dicho de una manera distinta a como estaban acostumbrados. Y la fama había llegado hasta Nazaret y ahora lo tenían en medio de ellos. ‘¿De donde saca esa sabiduría?’

¿Dónde habrá aprendido este muchacho tanto?, decimos también en nuestros pueblos y en nuestros ambientes cuando alguien destaca. Como nos conocemos de siempre ahora nos sentimos quizás asombrados, pero sabemos que siempre surge algo más. Hay un orgullo de pueblo cuando destaca alguien de los nuestros y podemos tender a ponerlo como el que no va más; nadie ha salido de nuestro pueblo como este; aunque también aparecen por debajo, disimuladamente quizás al principio, ciertas desconfianzas, buscamos segundas intenciones, tratamos de recordar cosas reales o imaginarias muchas veces, socavamos el prestigio cuando nos pueden hacer sombra, y ya sabemos cuando somos cuando nos dejamos arrastrar por esas malicias y desconfianzas.

Conociéndonos no nos extraña la actitud desconfiada de la gente de Nazaret. Nos sucede con mucha facilidad entre nosotros, vamos de la euforia y el entusiasmo a la descalificación y a las envidias con una velocidad de vértigo. Siempre tenemos nuestros peros y nuestras pegas. Es lo que le estaba pasando a la gente de Nazaret con Jesús. Lo conocemos de siempre, sabemos quien es su familia, es el hijo del carpintero. Y ya Jesús dirá que un profeta nunca será bien mirado en su pueblo.

Y siente pena Jesús por la falta de fe su gente. Allí ha venido a anunciar con toda claridad, con palabras del profeta como nos narrará san Lucas este mismo episodio, lo que era su misión, la tarea evangelizadora que quería realizar. Su Palabra y su presencia querían ser siempre buena noticia para todos, porque eso como se nos dirá en otra parte anuncia la amnistía del Señor, el año de gracia del Señor. Pero no lo aceptaban porque simplemente era el hijo del carpintero.

Nos tiene que hacer pensar en nuestra aceptación personal de esa Buena Noticia, esa aceptación del Evangelio que nos anuncia Jesús. ¿Qué filtros ponemos por medio cuando escuchamos las palabras del Evangelio? El peor filtro es ya no ser capaces de escuchar el evangelio como una buena noticia; nos lo damos por sabido, no nos significa nada nuevo, vamos llevando por delante nuestros prejuicios, sí, nuestras previas interpretaciones, porque recordamos esto y lo de más allá, nos acordamos lo que en otro momento escuchamos o nos explicaron, y ha perdido la frescura de la novedad con que tenemos que escucharlo.

Pero además hemos de decir y reconocer que el Evangelio, es cierto, nos llega a través del texto escrito, pero el evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado. Es el evangelio hecho testimonio en la vida de tantos testigos. Y es el evangelio que tanto nos cuesta aceptar, recibir, escuchar. La gente de Nazaret no escuchaban entonces el mensaje porque era el hijo del carpintero a quien tenían delante; también nosotros vemos a tantos como el ‘hijo del carpintero’ que ya nada nos dice porque decimos que lo conocemos de siempre.

Cuánto nos cuesta aceptar el testimonio de los demás, cuánto nos cuesta ver las cosas en las que se manifiestan esos testigos delante de nosotros. Son filtros que vamos poniendo a la Palabra de salvación que Jesús nos ofrece. Hay muy bonitos testimonios a nuestro lado que tenemos que saber descubrir, porque a través de ellos el Señor nos habla. ¿Aprenderemos de una vez por todas a dejarnos sorprender por el evangelio?

 

domingo, 26 de enero de 2025

Una buena noticia que nos hace un anuncio de paz, de libertad, de misericordia y de perdón, de fraternidad y de armonía para un mundo nuevo que se cumple hoy

 


Una buena noticia que nos hace un anuncio de paz, de libertad, de misericordia y de perdón, de fraternidad y de armonía para un mundo nuevo que se cumple hoy

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Salmo 18; 1Corintios 12, 12-30; Lucas 1, 1-4; 4, 14- 21

Si ahora mismo por los carriles de las noticias del mundo saltase el anuncio de que la guerra de Ukrania, por ejemplo, ha terminado porque se ha llegado a un acuerdo de paz, seguro que todos los canales de información, todos los informativos de todos los medios de comunicación, como se suele decir, echarían chispas con la noticia para hacerla llegar a todas partes; habrían manifestaciones de alegría, parecería que se nos quitaba un peso de encima por lograr la ansiada paz; son las manifestaciones que hemos visto estos días con los anuncios de tregua en otros lugares, o son las reacciones de una forma de otra ante las diferentes noticias que a cada momento se van produciendo en el mundo. Las buenas noticias siempre nos traen alegría y esperanza, igual que las sombras nos desilusionan y llenan de preocupación. Ojalá recibiéramos buenas noticias que nos llenen de esperanza en este mundo de tantas sombras.

Sin embargo tenemos una buena noticia en nuestras manos que desgraciadamente hacemos pasar desapercibida y a la que parece que no le damos tanta importancia. Se anuncia un tiempo de paz, de libertad, donde todas las deudas van a ser perdonadas, donde todos han de ser respetados y valorados de la misma manera, donde nadie puede ser discriminado por nada, donde han de comenzar a haber unas relaciones más armoniosas entre todos porque han de sentirse hermanos… es el año de gracia del Señor. ¿Qué nos estará sucediendo?

Lo acabamos de escuchar, como lo escucharon entonces los habitantes de Nazaret en la sinagoga aquella mañana. La gente de Nazaret se sintió sorprendida, cuando además se les decía que allí se estaba cumpliendo aquel anuncio que había hecho el profeta y que ahora repetía con su presencia aquel hijo de su pueblo que se había ido convirtiendo en el profeta de Galilea. ¿Supresa? ¿Admiración? ¿Alegría? ¿Se sentirían paralizados ante la buena noticia que estaban escuchando? La noticia iba ya corriendo de boca en boca y estaba llegando a todos los rincones de Palestina; pronto enviarían desde Jerusalén a quienes estuvieran atentos a aquellos movimientos que en Galilea iban surgiendo.

Serían los pequeños y los sencillos, los que en su pobreza se sentían más oprimidos, o los que por sus sufrimientos estaban como paralizados en la vida, aquellos que se sentían ciegos y desorientados o incluso excluidos de hasta sus propias familias los que con mayor esperanza estaban recibiendo aquella buena noticia. Serán los que luego lo aclamarán, reconocerán que un gran profeta ha aparecido en medio de ellos, los que sentían que Dios les visitaba y caminaba entre ellos. Los que se sentían seguros en si mismos y desde sus situaciones de privilegio no sabían de carencias sino que más bien se aprovechaban de los demás eran los más temerosos y desconfiados ante aquella buena nueva y pondrían obstáculos de todo tipo para que no se realizase lo anunciado.  Pero a todos servía de interrogante, en todos, sin embargo, sembraba una nueva inquietud que era esperanza para muchos.

A nosotros en estos momentos también se nos dice que esta Escritura se cumple hoy entre nosotros. ¿Nos lo llegaremos a creer? ¿Será posible todo ese mundo nuevo que se nos describe en el hoy de nuestra vida? ¿Por qué seguiremos desconfiando? ¿Por qué no terminamos de creernos esa buena noticia que llega para nosotros hoy? ¿Acaso tendremos miedo a lo que nos compromete, a esas actitudes nuevas que hemos de tener, a esa manera nueva de ver las cosas, a esos caminos de reconciliación que hemos de emprender reconociendo también nuestros errores, a esa misericordia de la que hemos de llenar nuestro corazón para acercarnos de manera nueva a los demás?

Que haya paz y armonía, que tengamos un mundo nuevo y mejor, que sepamos entendernos y trabajar juntos, que seamos capaces de encontrar esos caminos de encuentro y de reconciliación no depende de factores externos, no depende de que otros nos lo den hecho, depende de nosotros, de ti y de mi, de lo que cada uno vayamos haciendo transformando nuestro corazón, haciéndolo vida en nosotros aunque nos cueste. Llega el año de gracia, pero hemos de querer ese año de gracia, hemos de aceptar ese año de gracia. Quien viene a ofrecernos la más hermosa libertad – libertad para los oprimidos – no restará nunca nuestra propia libertad para aceptar o no aceptar.

Sintamos la alegría de la Palabra que se nos proclama, pero escuchémosla con sincero corazón para plantarla en nuestra vida y acampe entre nosotros. Es el camino del mundo nuevo que Jesús nos ofrece. Es la gran noticia que escuchamos y que hemos de hacer correr por el mundo. Lástima que le demos tan poca importancia y no nos hagamos eco entre aquellos con los que convivimos cada día de esa buena noticia del evangelio que recibimos. Escuchamos esa buena noticia ¿y seguiremos nosotros siempre con lo mismo anclados en viejas noticias?

 

sábado, 13 de mayo de 2023

No podemos quedarnos anestesiados en las nubes de nuestros inciensos mientras no salgamos con arrojo y valentía a hacer el anuncio del evangelio

 


No podemos quedarnos anestesiados en las nubes de nuestros inciensos mientras no salgamos con arrojo y valentía a hacer el anuncio del evangelio

Hechos 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

Me vino a la mente un episodio del Quijote, nuestra obra cumbre de la literatura española, en la que se nos narra que mientras don Quijote y Sancho cabalgaban por aquellos pueblos de la Mancha en sus cabalgaduras, los perros les salían al paso ladrándoles; resultaba incomodo y allá Sancho trataba de espantarlos para que se apartaran del camino pero sobre todo para no sentirse herido en sus oídos por los ladridos de los perros; a lo que don Quijote le decía que los dejaran, porque si ladran es que cabalgamos. Se hubieran quedado resguardados en la posada sin echarse a los caminos y no hubieran sufrido los ladridos de los perros.

Nos pasa así. Algunas veces queremos quedarnos al abrigo de nuestros nidos calientes, antes que lanzarnos al camino lleno de peligros y donde tenemos que sufrir todo tipo de inclemencias. El que tiene algo que hacer, no se puede quedar resguardado en su casa por el mal tiempo que haya sino que tiene que aventurarse a salir enfrentándose a esas inclemencias.

Pero no quiero hablar aquí de inclemencias metereológicas sino más bien de esa contraposición que nos vamos a encontrar los cristianos cuando nos lanzamos al mundo con el mensaje del evangelio. Nos gustaría quedarnos quizá enfervorizados y envueltos en el perfume de los inciensos en nuestros templos en bonitas celebraciones, antes que enfrentarnos a la tarea del anuncio del evangelio en el mundo. Es que nos vamos a encontrar un mundo difícil, pensamos, un mundo adverso que no quiere recibir ese mensaje, y buscamos refugio en lo cómodo, donde no encontremos oposición, donde solo recibamos los halagos de los que son fieles de siempre.

Pero la luz no se puede ocultar debajo de un celemín, tenemos que ponerla en alto, en el lugar donde pueda iluminar aunque tenga que sufrir los embates de un mundo que dice no necesitar de esa luz, que tratará de apagarla y diluirla, incluso de manipularla. Es la tarea que nos espera y Jesús no nos dice que sea fácil, porque ya nos anuncia que si El sufrió rechazo y persecución el discípulo no es mejor que su maestro y con ese rechazo también tenemos que contar.

Ya Jesús nos promete su presencia y la fuerza de su Espíritu, que nos iluminará y nos dará fuerzas, que pondrá palabras en nuestros labios y fuerza en el corazón. Nos olvidamos a veces los cristianos de este anuncio y de esta promesa de Jesús. Cuando nos encontramos con la dificultad, con la oposición y el rechazo nos sentimos hundidos y derrotados. Pero si ladran es que cabalgamos, como decía el Quijote. Sí hay ese rechazo es porque nuestro testimonio les está hiriendo, porque la luz que presentamos les hace ver la realidad de su error, porque el anuncio de evangelio que hacemos está pidiendo una transformación del corazón que no se está dispuesto a realizar.

Quitamos de en medio los testigos y nos parece que podemos vivir tranquilos. Así piensa nuestro mundo aunque tenga muchas otras formas sibilinas de expresarlo. Pero nosotros no hemos de temer, con valentía tenemos que seguir presentando el mensaje del evangelio que es el que en verdad va a transformar nuestro mundo.

Cuidado nosotros no andemos reculando y buscando refugios. Nuestra presencia tiene que ser combativa, tenemos que arriesgarnos a salir al encuentro de ese mundo que nos rodea y que está necesitando esa luz. Cuidado no nos refugiemos en nuestros nidos de tranquilidad, porque hacemos en año nuestros templos unas celebraciones muy enfervorizadas. Pero cuidado no sean un humo que se diluye en lugar de una luz que provoque y un fuego que nos queme por dentro. Seguramente queremos quedarnos tranquilitos ahí donde no nos van a ladrar.

Tengo que decirlo, porque es algo que de alguna manera estoy palpando y me inquieta por dentro. Muchos están queriendo volver a unos tradicionalismos que con el concilio Vaticano II habíamos superado, nos estamos quedando en demasiadas novenas en nuestras iglesias por decir algo y de alguna forma que englobe muchas cosas que estamos rescatando. Muchos monaguillos muy bien envueltos en sus ropajes con muchos ritualismos que nos pueden distraer del auténtico mensaje del evangelio que no terminamos de anunciar.

¿De dónde estamos arrancando con arrojo y valentía para llevar la Buena Nueva a los pobres de nuestro mundo, para liberar a todos los oprimidos y proclamar de forma auténtica el año de gracia del Señor? ¿Estará en verdad llegando la Iglesia al mundo real que nos rodea?

domingo, 30 de enero de 2022

La Iglesia no puede olvidar su misión profética para proclamar la palabra de vida y de salvación aunque no sea lo políticamente correcto para parte de la sociedad

 


La Iglesia no puede olvidar su misión profética para proclamar la palabra de vida y de salvación aunque no sea lo políticamente correcto para parte de la sociedad

Jeremías 1, 4-5. 17-19; Sal 70; 1Corintios 12, 31 - 13, 13; Lucas 4, 21-30

Los cambios de humor, vamos a llamarlo así, son frecuentes en las reacciones de las personas y de los grupos. En un momento sentimos simpatía y antipatía; en un momentos parece que estamos de acuerdo y que nos gusta lo que nos dicen, y al momento siguiente cambiamos de opinión y aquella persona ya no nos parece tan buena; basta que sintamos un desaire, que se diga una palabra que no cae bien o que se malinterpreta, que no se haga lo que quiere todo el mundo sino que se quiera actuar desde unos principios de rectitud y ética, que nos lleven la contraria a lo que son nuestros intereses y que parecía que aquella persona iba a responder a esos planteamientos nuestros pero vemos que hay otra cosa en su planteamiento u otras exigencias, para que cambiemos, para que el amor y simpatía que sentíamos al principio lo cambiemos por odio y hasta por afanes de destrucción. 

Cuántas veces lo habremos podido sufrir, o cuántas veces hemos visto esas reacciones en nuestro entorno; cuántos que antes parecían muy amigos, de la noche a la mañana en uno todo se transformó en odio.

Es lo que pasó aquella mañana en la sinagoga de Nazaret, pero sigue pasando en la Iglesia cuando se quiere ser fiel de verdad a los valores del evangelio, es lo que sigue pasando en nuestra sociedad por ejemplo contra la Iglesia porque sigue predicando y enseñando según sus principios y según el evangelio.

Pero recordemos primero lo que hoy nos ha narrado el evangelio que es continuación exacta del proclamado el pasado domingo. Jesús estaba en su pueblo Nazaret, había ido el sábado a la sinagoga y había hecho la lectura del profeta. Su comentario había sido – con él hemos comenzado hoy la proclamación del evangelio de este domingo – ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’. Y nos dice el evangelista que manifestaban su aprobación y admiración ante las palabras de Jesús. Estaba allí su orgullo de pueblo, porque era uno de los suyos, allí había vivido, era el hijo del carpintero, y por allí quedaban algunos parientes.

Pero quizá por ahí, por esos orgullos y en el fondo los deseos que podían tener de sacar provecho, es por donde anda todo. Pronto verán que Jesús no está por su labor. Porque sea su pueblo allí no va a haber preferencias. Ya había manifestado con la lectura del profeta que las preferencias estaban en los pobres que serían evangelizados y los oprimidos que serían liberados. Pero no era una liberación como ellos pensaban. Jesús había hablado del ‘año de gracia del Señor’, para significar como comenzaba algo nuevo y distinto.

En los anuncios de Jesús no había nada de aquellas revanchas y venganzas que podían estar anidándose en su corazón para verse liberados de la opresión de los romanos. Es más Jesús está anunciando una preferencia porque esa gracia del Señor llegue a todos y por eso recuerda los episodios de Elías y Eliseo donde dos extranjeros serán los que se ven agraciados, la viuda de Sarepta y Naamán el sirio.

Y es entonces la reacción de las gentes de la sinagoga de Nazaret. Jesús les recuerda que un profeta nunca es bien mirado en su tierra. La admiración del principio se transforma como tantas veces sucede. Querrán despeñarlo desde la colina por un barranco, aunque Jesús pasa en medio de ellos sin que pudieran hacer nada.

Recordamos lo que escuchábamos al profeta Jeremías sobre su propia vocación. ‘Te consagré: te constituí profeta de las naciones. Tú cíñete los lomos: prepárate para decirles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo…. Desde ahora te convierto en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce, frente a todo el país…’

Es la misión y es la tarea de todo profeta. Es la misión y es la tarea profética que la Iglesia tiene que realizar en medio del mundo. No siempre es fácil. Hay el peligro de comenzar a medir las palabras para decir lo políticamente correcto, como se dice ahora. Estamos cuidando demasiado lo que la Iglesia tiene que hacer o tiene que decir para no disgustar a ciertos sectores de la sociedad que luego dirán y manipularán, que luego querrán arrimar el ascua a su sardina, pero si la Iglesia no se deja manejar, van a caer sobre ella. Y esto está pasando.

No son los criterios del mundo, aunque ahora se hable tanto de mayorías, los que tienen que guiar la actuación de la Iglesia. Porque la mayoría de la gente dice, porque la mayoría de la gente opina, escuchamos decir, pero no es ese el criterio de fidelidad a la Palabra de Dios y al mensaje del evangelio por lo que la Iglesia tiene que conducirse. Y en medio de todo eso estamos con el testimonio valiente que hay que dar, aunque no les guste a algunos. Es duro y es difícil, pero la misión profética que tenemos como cristianos y como Iglesia no la podemos ignorar ni dejar a un lado.

‘Tú cíñete los lomos… no les tengas miedo… Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’ que nos dice el profeta.  ‘Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino’.

domingo, 23 de enero de 2022

Jesús nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros los que hagamos con los signos nuestra vida ese anuncio y construyamos el año de gracia en el hoy de nuestro mundo

 


Jesús nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros los que hagamos con los signos nuestra vida ese anuncio y construyamos el año de gracia en el hoy de nuestro mundo

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1Corintios 12, 12-30; Lucas 1, 1-4; 4, 14- 21

Los que tienen la tarea o la misión de hablar en público saben que muy importantes son las primeras palabras que pronuncie, los gestos que pueda realizar porque todo son los signos o señales por las que va a captar la atención de quienes le escuchan. Es también la seguridad con que ofrecemos nuestra disertación porque eso de alguna manera va dando autoridad a nuestras palabras y se prestará atención al mensaje que queremos ofrecer, pero será también la autenticidad de nuestra vida la que certifique nuestras palabras. No es tarea fácil.

Aquella mañana en la Sinagoga de Nazaret al menos se estaba despertando curiosidad porque quien hacía la proclamación del profeta era un hijo de aquel pueblo y por allá andaban sus parientes y sus amigos; ‘y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan’; venía pues precedido de cierta fama porque ya en sinagogas de otros pueblos también había ofrecido su enseñanza y se decía que acompañaba de signos el mensaje que trasmitía del nuevo Reino de Dios que anunciaba. ‘Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él’.

Una profecía mesiánica es lo que se había proclamado con el texto de Isaías escogido; era el anuncio de una esperanza que hasta entonces no había tenido cumplimiento y una vez sus espíritus suspirarían porque pronto se cumplieran esas promesas. Era deseo de todos la llegada del Mesías tantas veces anunciado, y que ahora aquel profeta que había aparecido por las orillas del Jordán allá junto al desierto anunciaba como ya inminente. ‘En medio de vosotros está y no le conocéis’, les había repetido mientras había invitado a la gente a bautizarse para preparar los caminos del Señor tan inminentes. Pero era algo que volvían a escuchar una vez más.

Por eso ahora todos estaban atentos a sus palabras. Y las palabras de Jesús son breves. ‘Y él comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’. Todo lo anunciado por el profeta allí se estaba cumpliendo. Era una buena noticia, la noticia más esperada, pero por eso mismo no terminaban de creérsela. Era la buena noticia de la llegada del tiempo nuevo, el tiempo de la amnistía y del perdón, era el año de gracia del Señor.

Una buena noticia para todos aquellos que se sintieran esclavos y oprimidos; una buena noticia para los ciegos que recobraban la vista, o los sordomudos que podían oír y hablar; una buena noticia porque el tiempo de la liberación comenzaba, ellos que se sentían oprimidos y abandonados hasta de Dios, ahora estaban bajo la opresión de los romanos que los dominaban. El tiempo de la gracia comenzaba. Allí estaba el que venía lleno del Espíritu del Señor para anunciar esa buena nueva a los pobres y cuántos se sentían oprimidos. Era el ungido y el enviado del Señor.

Pero como tantas veces sucede las noticias más grandiosas manifestadas y expresadas así de manera sencilla parecen difíciles de creer, la asamblea de Nazaret se llenaba de asombro ante las palabras de Jesús y no terminaban de creérselo. Querían otros signos, querían otras señales, no terminaban de comprender que las señales estaban delante de sus ojos; cuántas veces nos cegamos ante lo más evidente.

Pero esta palabra que hoy estamos escuchando no fue solo palabra nueva, buena nueva para las gentes de Nazaret de aquellos tiempos, sino que sigue siendo buena nueva hoy, sigue siendo evangelio hoy. Así tenemos que escucharla. También hoy, ahora mismo, se nos dice: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’. Es el hoy de la Palabra de Dios que tanto nos cuesta escuchar y aceptar. Nos es más fácil darles explicaciones de que fue entonces, de que fue para aquellas gentes y aquel lugar, que aceptar que es Palabra de Dios que se nos proclama en el hoy de nuestra vida.

Oprimidos y esclavos, ciegos o paralizados en las circunstancias que vivimos en el hoy y ahora de nuestra vida a nosotros se nos hace también el mismo anuncio. Así andamos, con preocupaciones y problemas, con situaciones de la vida que parece que cada día se complican más, con un mundo revuelto sobre el que siguen resonando muchos tambores de guerra y de violencia, con tanta gente a quienes vemos esclavizados en una variedad tan grande de apegos, de vicios, de maldad, de vanidad y de apariencias, de orgullos y resentimientos que conducen tantas veces a la violencia.

Ahí, en medio de todas esas cosas que también envuelven nuestro corazón, porque no son solo cosas que puedan sufrir otros sino que las llevamos clavadas en nosotros mismos, escuchamos hoy este anuncio del evangelio. Puede comenzar un tiempo nuevo, puede comenzar una nueva era para la humanidad, muchas cosas quizá tendrán que transformarse como los ciegos que comienzan a ver o los inválidos que comienzan a caminar, puede ser un año de gracia del Señor ese mundo nuevo que tenemos que empeñarnos en construir no dejándonos arrastrar por derrotismos, por insolidaridades que nos encierren en nosotros mismos.

Es Jesús que nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros los que hagamos con nuestra vida ese anuncio nuevo, para que seamos nosotros los que construyamos ese año de gracia, para que seamos nosotros los que hagamos una nueva humanidad. Los signos y señales tienen que aparecer en nuestra vida; los cristianos no nos podemos ocultar; tenemos que mostrar esos signos nuevos del Reino de Dios.

lunes, 30 de agosto de 2021

Tenemos que estar dispuestos a ponernos en camino para arrancarnos de lo que nos oprime y nos angustia aceptando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece

 


Tenemos que estar dispuestos a ponernos en camino para arrancarnos de lo que nos oprime y nos angustia aceptando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece

1Tesalonicenses 4, 13-18; Sal 95; Lucas 4, 16-30

Todos sabemos que el ritmo de las lecturas de la Palabra de Dios en medio de la semana en el tiempo Ordinario es distinto al ritmo del Evangelio que escuchamos los domingos. En los domingos son tres ciclos dedicados enteramente a los evangelios sinópticos; este ciclo estamos escuchando en el evangelio de los domingos a san Marcos, salvos los últimos cinco domingos que se leyó el capítulo 6 del evangelio de Juan; ya ayer retomamos de nuevo a san Marcos. Sin embargo en medio de semana hasta ahora hemos venido escuchando a san Mateo y hoy tomamos el evangelio de Lucas a partir del capítulo 4 con el episodio de la sinagoga de Nazaret, que hoy se nos ha proclamado, comenzando así el camino del evangelio, repito, de Lucas que tiene unas características muy especiales.

Hoy nos dice el evangelista que Jesús fue a su pueblo de Nazaret donde se había criado y el sábado según su costumbre fue a la sinagoga para la proclamación y escucha de la Ley y de los Profetas. Según su costumbre, nos dice, lo que había hecho en todos sus años de juventud hasta que había partido para el anuncio de la Buena Nueva del Reino por todos los rincones. Ahora va, y es Jesús el que hace la lectura, en este caso del profeta Isaías. Cuando termina de proclamarla y todos esperaban su comentario todo lo que viene a decir es que aquella Escritura se estaba cumpliendo ahora y allí. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

Ya escuchamos, la gente se sorprende, en principio se siente orgullosa que sea uno de su pueblo el que ahora proféticamente este anunciando el Reino de Dios por todos los rincones, pero como sucede siempre en pueblo pequeño comienzan las desconfianzas porque a El siempre lo han conocido desde pequeño y por allí andan sus parientes y no es sino el hijo del carpintero, ¿de dónde saca todo esto?

Jesús ha proclamado un texto de Isaías que anuncia un tiempo nuevo de liberación y de salvación; vendrá la libertad para los oprimidos, los que se ven con muchas limitaciones en su vida sentirán que todo cambia y es como que los ciegos recobran la vista, los leprosos son curados con todo lo que eso significaba y los inválidos podrán caminar. Es el año de gracia del Señor, es el año de la gran liberación, es el jubileo universal donde todo ha de cambiar. Y eso comienza aquí y ahora, les dice. Hoy se cumple, en El se cumple porque El es quien está lleno del Espíritu del Señor enviado a anunciar esa buena nueva a los pobres y oprimidos.

Son palabras que despiertan la esperanza porque es un mundo nuevo el que va a comenzar; son palabras comprometedoras porque quienes van a creen en esas palabras han de emprender un camino nuevo, porque es una vida nueva la que se les ofrece. Pero muchas veces nos sucede que aunque andemos muy oprimidos y esclavizados parece que nos cuesta salir de esa situación, cuando significa que nosotros tenemos que ponernos en camino. Cuántas veces los israelitas peregrinos por el desierto, porque el camino de liberación que estaban recorriendo les resultaba costoso y duro, anhelaban volver a los puerros y a las cebollas de Egipto, aunque eso significase seguir viviendo bajo la opresión y la esclavitud.

¿La gente de Nazaret pensaba que todo se les iba a dar con demasiada facilidad? Como les dice Jesús, estáis pensando por qué no hago aquí los milagros que habéis escuchado que he hecho en Cafarnaún y en otros sitios. Pero dirá el evangelista que allí no hizo milagros por su falta de fe. Escuchaban las palabras de Jesús pero no terminaban de creer, escuchaban las palabras de Jesús pero les costaba ponerse en ese camino de liberación; muchas cosas oprimían sus corazones, muchas angustias inundaban sus vidas, muchas decepciones les hacían perder la esperanza, pero había que querer salir de esa opresión o de esa angustia; era necesario querer ponerse en camino. Y ese paso no lo daban, por eso lo rechazaron y hasta quisieron tirarlo por un barranco.

Esto nos tiene que hacer pensar para nuestra vida. ¿Cómo acogemos nosotros ese mensaje de liberación que se nos ofrece? ¿Estaremos dispuestos a ponernos en camino para ir arrancando de nosotros todo eso que nos oprime y nos angustia, todo eso que crea dependencias en nosotros y nos llena de limitaciones? ¿Preferiremos los puerros y las cebollas de Egipto aunque eso signifique seguir en ese estado de esclavitud? Cuántas veces decimos, es que esto se ha hecho siempre así, porque no queremos hacer el esfuerzo de cambiar para vivir algo nuevo y con eso estamos rechazando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece.

martes, 6 de julio de 2021

Jesús quiere arrancar el mal de lo más hondo de nosotros para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz

 


Jesús quiere arrancar el mal de lo más hondo de nosotros para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz

Génesis 32, 23-33; Sal 16; Mateo 9,32-38

Lo había anunciado con palabras del profeta en la sinagoga de Nazaret. Jesús ha venido para dar libertad a los oprimidos. Por eso proclamaba el año de gracia del Señor; el año de gracia era aquel en el que las deudas quedaban condonadas y los que carecían de libertad eran liberados. Los signos que va realizando Jesús son la señal, la muestra de esa liberación.

En el evangelio se habla con frecuencia de los endemoniados, o sea, de aquellos que estaban poseídos por el espíritu del mal; el que está poseído o dominado, sea de la forma que sea, no es libre para hacer lo que desea; la posesión significa ese dominio que se ejerce sobre algo o sobre alguien; poseído por el espíritu del mal, se sentirá impelido a hacer las obras del mal, como el esclavo que no puede hacer sino lo que su amo le mande hacer. El poseído no puede ser él mismo, no podrá expresar lo que son sus verdaderos sentimientos, no podrá actuar con verdadera libertad, no podrá tener su proyecto de vida personal, no podrá dejar de hacer aquello que no quiere hacer. Y no es eso lo que Dios quiere para la persona, creados a imagen y semejanza de Dios, lo que significa con capacidad de conocimiento y de decisión.

Creo que tenemos que entender muy bien lo que el evangelio quiere expresarnos cuando nos muestra a Jesús expulsando demonios. Con la misma autoridad con que Jesús expulsa a los demonios – aunque como vemos en el evangelio de hoy hay quienes quieren negarle esa autoridad a Jesús – le veremos por otra parte no solo curando a los enfermos sino sobre todo perdonando a los pecadores. Todo es signo de esa liberación que Cristo quiere realizar en nuestra vida. Nos quiere Jesús liberados, que nada ni nadie nos domine ni nos esclavice; por eso quiere arrancar el mal de lo más hondo de nuestro corazón para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz.

Seamos conscientes de esa liberación que necesitamos en nuestra vida, porque bien sabemos cómo el mal nos domina tantas veces en nuestra vida. Cuántas veces nos sentimos inclinados al mal y nos parece que no podemos liberarnos de esa inclinación; cuántas veces nos cegamos en nuestro interior con las diferentes pasiones y nos parece que aunque quisiéramos no podemos superar ese momento que nos llena de maldad; cuántas veces el orgullo o el amor propio nos dominan de tal manera que ya no sabemos actuar bien con los demás sino que nos aparece la malquerencia, la envidia o el resentimiento, los deseos de venganza o la violencia, y nos convertimos ciegamente en destructores de los otros.

Cuánto tendríamos que analizar en nuestra vida para darnos cuenta de esas esclavitudes de las que dependemos. Claro que también tendríamos que pensar en esas esclavitudes que nosotros imponemos a los demás cuando no les dejamos ser ellos mismos, cuando manipulamos y tratamos de dominar de la manera que sea a nuestros semejantes. Nosotros no podemos ser signos del dominio del mal, sino signos de liberación para los que nos rodean.

Jesús llega a nosotros con su compasión y con su misericordia; parecemos muchas veces esas ovejas descarriadas que andan a la deriva en la vida sin pastor. Es lo que nos expresa hoy el evangelio cuando nos habla de aquellas multitudes que acudían a Jesús, que le llevaban a sus enfermos, pero que Jesús en su compasión sentían lástima de ellos como andaban como ovejas sin pastor. Y ya nos damos cuenta que no se refería solamente a aquellas gentes que contemplamos en esas hermosas páginas del evangelio, sino que nos está mirando hoy, a nosotros y a nuestro mundo.

‘Las mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’, termina diciendo Jesús. Una oración que tenemos que elevar a Dios pero también una misión que hemos de asumir para ser esos signos de liberación para cuantos nos rodean.

domingo, 3 de febrero de 2019

El mensaje liberador de Jesús tiene que interpelarnos, hacernos salir de nuestras comodidades, hacernos buscar caminos nuevos por donde salir a llevar la buena noticia de Jesús a todos


El mensaje liberador de Jesús tiene que interpelarnos, hacernos salir de nuestras comodidades, hacernos buscar caminos nuevos por donde salir a llevar la buena noticia de Jesús a todos

Jeremías 1, 4-5. 17-19; Sal 70; 1 Corintios 12, 31 - 13, 13;Lucas 4, 21-30

¿Nos gustan las sorpresas? Hay a quienes les gustan las sorpresas porque es una novedad que parece que le da una vitalidad nueva a la vida como hay también a quienes no; un acontecimiento inesperado, una noticia que nos dan y que nosotros no esperábamos, el anuncio de algo que va a suceder de manera inminente y de lo que no nos podemos librar, un fenómeno natural que pudiera convertirse en una catástrofe que pudiera hacernos daño, algo que es tan impactante que hasta pudiera cambiarnos la vida, la manera de pensar, la forma de hacer las cosa, los derroteros por donde pueda ir la sociedad cambiandolo todo… según sea la sorpresa nos gustará o no nos gustará, nos sentiremos como impulsados a una lucha nueva o sentiremos que todo lo que teníamos previsto se ve trastocado y hasta nos puede producir incomodidades.
De ahí que la reacción ante la sorpresa puede ser distinta porque podemos sentir admiración al principio cuando se nos está ofreciendo algo nuevo y pensamos que se pueden abrir esperanzas nuevas en la vida, o cuando nos damos cuenta cómo se han trastocado todos los planteamientos que teníamos en la costumbre de lo que ya hacíamos hasta casi como una rutina, nos podremos sentir incómodos o pueden aparecer brotes de rechazo en nuestro interior que se pueden manifestar de mil maneras y hasta de forma violenta.
El que Jesús fuera a la sinagoga de su pueblo Nazaret y se pusiera en pie para hacer la lectura de la Ley o el Profeta les sorprendía y al tiempo les llenaba de un orgullo patrio, aunque ya habían llegado noticias hasta ellos de lo que hacía y enseñaba en otros lugares. Era uno de ellos y les llenaba de orgullo. Hoy han leído al profeta Isaías con palabras de profundo sentido mesiánico y el comentario que Jesús hace a aquel texto cuando todos los ojos estaban puestos en El les sorprende. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de escuchar’.
¿Quién puede atreverse a hacer una afirmación tan categórica? Estaban acostumbrados a las explicaciones habituales que hacían los maestros de la ley que por tan repetidas ya hasta les sonaban huecas. Y ahora Jesús se atribuye autoridad casi de profeta para hacer esta afirmación tan rotunda. ‘Hoy se cumple esto que acabáis de oír’. No son anuncios de futuro, sino que son palabras que hablan de un hoy, aquí y ahora. La sorpresa tenía que ser grande. Como se dirá en otro lugar, ¿dónde ha aprendido estas cosas? Si El no es otro que el hijo del carpintero; ahí está su familia, ahí están sus parientes que todos conocemos. La sorpresa y también el desconcierto va en aumento.
Pero más sorpresa se va produciendo en ellos cuando van asimilando el mensaje que Jesús quiere transmitirles. Con las palabras del profeta les está queriendo hacer ver ese tiempo nuevo y ese mundo nuevo que por la fuerza del Espíritu El anuncia ahora tiene que comenzar a realizarse. Es una Buena Nueva la que se anuncia y se anuncia para los pobres, para los oprimidos, para los que se sienten esclavizados de alguna manera, para los pecadores.
Llega el tiempo de la amnistía y del perdón, es el tiempo de la gracia, el año de gracia, pero ese perdón y gracia es para todos, tiene un carácter universal. No es solo para ellos que se han considerado siempre el pueblo elegido de Dios sino que esa gracia será para todos. Y les recuerda lo sucedido en tiempos de Elías y Eliseo, dos grandes profetas. La gracia de Dios llegó para una viuda que no era del pueblo de Israel, era fenicia, era pagana, era de Sarepta de Sidón, tierras de la gentilidad. De la misma manera la curación del leproso por parte de Eliseo fue precisamente también en otro gentil, Naamán, el sirio. Mucho les quería estar diciendo Jesús con estos dos testimonios.
Si en una primera sorpresa la presencia de Jesús y la lectura del profeta con su primer comentario les había producido admiración, ahora todo se está transformando y será la ira la que aparecerá en aquellas gentes que quieren incluso despeñarlo por un barranco. Pero Jesús pasó en medio de ellos sin que pudieran hacerle nada.
Se suele comentar que este texto de la presencia de Jesús en la sinagoga de Nazaret, que está inseparablemente unido al que escuchamos el pasado domingo, es algo así como un texto programático de lo que iba a ser el actuar de Jesús. Ya decíamos que era también como una epifanía, una manifestación de Jesús a su pueblo señalando claramente su misión. Las palabras y el actuar de Jesús no vienen como a edulcorar nuestros oídos con palabras que sean de nuestro agrado. La misión salvadora de Jesús es la que es, y así se ha de manifestar jesus. A lo largo del evangelio contemplaremos esa sorpresa y admiración que se va produciendo en algunos, pero veremos también el rechazo de otros que consideran poco menos que heréticas y blasfemas las palabras y el actuar de Jesús. Este texto, podemos decir, es también anuncio de pascua, porque es anuncio de vida y de pasión, de muerte pero también de resurrección porque es lo que Jesús ha de realizar y de cómo se ha de manifestar esa salvación que nos trae y que es una salvación universal, para todos.
También nosotros hoy tenemos que situarnos con toda sinceridad ante este texto de la Palabra de Dios. Ese ‘hoy’ que Jesús anunció no fue solo para otro tiempo, sino que es el aquí y ahora de la salvación para nosotros y para este mundo de hoy. Tenemos que sentirnos hoy directamente interpelados por estas palabras de Jesús. Esa buena nueva que se nos anuncia, esa liberacion y salvación que Jesús nos trae nos pide una respuesta. Una respuesta en un sí con toda nuestra vida a ese ofrecimiento salvador que nos hace el Señor, pero que también ha de convertirnos a nosotros en signos de esa salvación para todos.
El evangelio de Jesús es una novedad que llega a nuestra vida para ponernos en camino, para hacernos salir de nuestras rutinas y comodidades, para arrancarnos de un estilo de religión cómoda y donde nos quedamos siempre en lo mismo, en unos ritos que realizamos, en unos cumplimientos rutinarios, o en unos méritos que vamos conquistando con algunas cosillas que vamos ofreciendo. Ese mensaje liberador de Jesús tiene que interpelarnos, hacernos salir de nuestras comodidades, buscar caminos nuevos por donde salir a llevar esa buena noticia de Jesús a todos.
Esa Buena Nueva de Jesús no nos puede dejar con los brazos cruzados sino que nos hace arremangarnos para ponernos en camino de anuncio de Evangelio para todos. Es lo que hoy nos pide la Iglesia en nombre de Jesús. Dejémonos sorprender por su Palabra.




domingo, 27 de enero de 2019

Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor


Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1 Corintios 12, 12-30; Lucas 1,1-4; 4,14- 21
Todos habremos visto en más de una ocasión a gente llorando de emoción y de alegría. ¿Por qué llora esa mujer? nos preguntamos quizás cuando le hemos dado una buena noticia a alguien y se emociona tanto, y tanta es su alegría que prorrumpe en lágrimas como si le hubieran comunicado la mayor desgracia. Y es que no se llora solamente de tristeza o cuando lo pasamos mal por algún motivo, se llora también de alegría, de emoción.
Una buena noticia inesperada, el anuncio de un acontecimiento importante que quizás esperábamos pero que no terminaba de acontecer, la celebración gozosa de algo importante para nuestra vida que cala hondo en emoción en nosotros, nos hace prorrumpir en lágrimas. Algo grato, bueno, que nos llena de alegría y lo expresamos con nuestras lágrimas de emoción. Dejamos fluir nuestras lágrimas, sacamos a flote nuestras emociones, expresamos a través de estos signos los sentimientos más hondos de nuestra alma.
Algo así le estaba pasando al pueblo reunido cuando Nehemías convocó a la gente, levantando un estrado alto en medio de la plaza, para leerles el texto de la Ley, la Escritura Santa. habían pasado por momentos difíciles cuando se vieron lejos de su tierra, lejos del Templo del Señor, y lejos de su ciudad santa y sin poder escuchar la Ley del Señor. Ahora cuando están rehaciendo de nuevo sus vidas allí en medio de ellos y con toda solemnidad a pesar de su pobreza se proclama de nuevo la Palabra del Señor, y el pueblo se emociona y llora de alegría. ‘No hagáis duelo ni lloréis porque hoy es un dia consagrado al Señor… No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’. Y les invita a hacer fiesta, expresado también en los banquetes de fiesta que han de celebrar.
Era la alegría por el reencuentro con la Palabra del Señor, que nos tendría que hacer pensar a nosotros si en verdad sentimos ese mismo gozo y esa misma alegría cuando se nos proclama la Palabra del Señor. Miremos nuestras caras cuando cada domingo o cada día acudimos a la celebración del Señor; miremos nuestras caras cuando se nos está haciendo la proclamación de la Palabra de Dios y tenemos que reconocer que muchas veces más que alegría mostramos aburrimiento y que nuestras mentes en esos momentos están en otro lugar.
Mucho tendría que hacernos pensar esta Palabra que hoy se nos está proclamando y cuáles son nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra atención mientras se nos hace la proclamación. Hablamos con el que está a nuestro lado mientras nos habla el Señor por medio de su Palabra, no nos importa llegar tarde y quizá mientras se están haciendo las lecturas nosotros vamos visitando todo los altares de nuestra devoción haciendo caso omiso a lo que se  nos está proclamando y acaso siendo también motivo de distracción para el resto de personas que están en el templo.
Pero este texto que estamos comentando nos sirve hoy de introducción, por así decirlo, al texto del evangelio que se nos ha proclamado. Jesús, después de haber recorrido ya muchos pueblos y aldeas de Galilea haciendo los primeros anuncios del Reino, llega a su pueblo de Nazaret y el sábado va a la sinagoga al momento de la oración. Es invitado o El se ofrece a proclamar el texto del profeta y hacer su comentario, pues el encargado de la Sinagoga podía invitar a alguien a que hiciese esa proclamación y comentario; Jesús venía ya con la fama de su predicación por distintos lugares y siendo un hijo de aquel pueblo es invitado a hacerlo.
El texto escogido para su proclamación es del profeta Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’. Todos en la sinagoga tenían fijos los ojos en Él, nos dice el evangelista, esperando sus palabras, su comentario.  ‘Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
El comentario es breve y muy concreto. Lo anunciado allí se cumplía. Allí estaba el Ungido del Señor. Y aunque empleamos la palabra en castellano, venía a decirles que allí está el Mesías del Señor. El ungido del Señor era el Mesías; y allí se estaba señalando su misión. Enviado para anunciar una Buena Noticia.
¿Cuál era esa Buena Noticia, ese Evangelio que se estaba anunciando? Llegaba el dia de la liberación, de la salvación. Una buena noticia que tenía que llenar de alegría a los pobres, a los oprimidos y esclavizados, a los ciegos y a cuantos estaban llenos de ataduras en su cuerpo o en su espíritu. Era el momento del perdón, de la gracia, de la amnistía. era el momento de estrenar una nueva libertad, una nueva vida liberada de toda atadura. Era el día del Señor, el año de gracia del Señor.
Era la misión de Jesús, lo que a través de signos y señales iría realizando en su caminar aquellos caminos de Palestina; era el anuncio de gracia, el anuncio del Reino de Dios que comenzaba y que había que creer. Era el momento de la Salvación en que se iba a establecer una nueva Alianza que será sellada no ya con la sangre de los toros y de los machos cabríos sino en la Sangre del Cordero, en la Sangre de Cristo derramada por nosotros para traernos la vida y la salvación.
Aunque litúrgicamente estamos desde hace dos semanas en el tiempo llamado Ordinario, podemos decir que sigue siendo Epifanía, porque sigue manifestándose solemnemente Jesús, el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu del Señor, el que venía a proclamar al Año de Gracia del Señor.
Recogiendo la imagen que comentábamos al principio nos tenemos que preguntar con qué alegría nosotros estamos recibiendo esta Buena Noticia. ¿Lloraremos de alegría y haremos fiesta porque se nos anuncia esta Buena Noticia? Y aquí tenemos que concluir con qué actitudes nuevas nosotros tenemos que disponernos siempre a escuchar la Palabra de Dios.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Los cristianos y la Iglesia hemos de ser buena noticia que despierte alegría en el mundo de hoy que ha perdido el sabor del evangelio


Los cristianos y la Iglesia hemos de ser buena noticia que despierte alegría en el mundo de hoy que ha perdido el sabor del evangelio

1Corintios 2,1-5; Sal 118; Lucas 4,16-30

Me vais a permitir que comience hoy mi reflexión con recuerdos de mi niñez. Eran otros tiempos, eran otras las comunicaciones; para que llegara noticia de algo se necesitaba tiempo, mucho tiempo en ocasiones, porque no hay había los medios de comunicación que hoy tenemos.
Recuerdo cómo estábamos pendientes todos los días del cartero, sobre todo quienes tuviéramos familiares en el extranjero; en mi caso mi padre y mis hermanos estaban en Venezuela, allá en aquellos tiempos que la forma normal de viajar era en barco, en que se tardaban muchos días, semanas incluso en ocasiones, para cruzar de Canarias a Venezuela. Como decíamos estábamos pendientes de la carta que nos pudiera llegar de Venezuela, y cuando el cartero nos la traía todo eran muestras de alegría, lágrimas de emoción por recibir noticias de los familiares que estaban allá en lugares lejanos. La alegría de las noticias y en especial cuando eran buenas.
Traigo a la memoria estos recuerdos pensando en la alegría de las buenas noticias recibidas, la alegría de la buena noticia de la que nos habla hoy el evangelio. ‘A los pobres se les anunciará la Buena Noticia’, es el mensaje principal hoy del evangelio.
Jesús había acudido a su pueblo y el sábado fue con todos a la sinagoga como era la costumbre. Ya llegaban noticias de Jesús y de lo que hacia en otros lugares, justo es que se le ofreciera el hacer la proclamación de la Palabra y su comentario. Se proclama el texto de Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor’. Y ya vemos todo el comentario de Jesús. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
Llega el tiempo de la Buena Noticia que ha de ser anunciada a los pobres; buena noticia para los oprimidos y carentes de libertad, buena noticia para los ciegos y todos los que ven limitada su vida con múltiples discapacidades, buena noticia para los que nada tienen y para los que parece que han perdido toda esperanza.
¿Cómo no se van a ver sorprendidos y con una alegría nueva que nace en sus corazones? Una buena noticia de libertad, una buena noticia de una vida distinta, una buena noticia porque se terminan los sufrimientos y angustias, buena noticia porque llega un año de gracia del Señor; es el año, el tiempo del jubileo, del júbilo porque todo va a cambiar y ha de comenzar todo de nuevo alejando esas angustias y esas opresiones. Y Jesús les dice que ha llegado ese hoy, ese hoy en que se comienza a cumplir todo lo que esa buena noticia nos anuncia.
Sin embargo las gentes de Nazaret no acaban de entender; andan con sus prejuicios no solo metidos en sus cabezas sino también en sus corazones. Ansiosos quizás de buenas noticias, pero eran otras cosas o de otra manera lo que esperaban. Les faltó apertura del corazón, les faltó fe en sus corazones. Y rechazaron al que les traía la buena noticia, al que era la Buena Noticia.
Dos planteamientos se me ocurre hacerme ahora mismo. Primero a mi propia vida, ¿cómo recibo y acojo yo esa buena noticia que es el Evangelio para mi? Y segundo de cara a esa buena noticia que tenemos que llevar y que tenemos que ser en medio de nuestro mundo de hoy. ¿Sabremos anunciar esa buena noticia? Decimos que estamos empeñados en una nueva evangelización de nuestro mundo que ha perdido el sabor del evangelio. ¿Cómo estamos los cristianos, la Iglesia siendo buena noticia para nuestro mundo de hoy? ¿El anuncio que hacemos despierta alegría en quienes lo escuchan?

miércoles, 13 de julio de 2016

Sintamos la pobreza y la oscuridad en que vivimos, dejemos a un lado nuestros orgullos y podremos sentir ese amor de Dios nos dignifica y nos engrandece

Sintamos la pobreza y la oscuridad en que vivimos, dejemos a un lado nuestros orgullos y podremos sentir ese amor de Dios nos dignifica y nos engrandece

Isaías 10,5-7.13-16; Sal. 93; Mateo 11,25-27

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Es la oración espontánea que surge del corazón de Cristo para dar gracias al Padre que así se está manifestando a los pequeños y a los sencillos. Solo el corazón que busca con humildad podrá encontrar a Dios. Los engreídos, los que se creen que se las saben todas, los que tienen el corazón henchido por el orgullo no podrán alcanzar el misterio de Dios.
Si estamos hablando del misterio de Dios pareciera que solo los entendidos, los que están llenos de sabiduría podrían en sus elucubraciones intelectuales podrían vislumbrar y descifrar ese misterio. Es cierto que tenemos que utilizar esa inteligencia con la que Dios nos ha creado a su semejanza y ahí entraría ese estudio que pudiéramos hacer de las cosas de Dios. Pero aun así Dios en su inmensidad nos sobrepasa y si podemos encontrarnos con ese misterio de Dios es porque Dios se nos revela, Dios se acerca a nosotros para dársenos a conocer.
Pero no intentemos buscar a Dios y tratar de comprenderlo como si fuera a imagen nuestra, porque en eso erramos tantas veces queriéndonos hacer un Dios a nuestra imagen y así nos creamos una imagen falsa de Dios, y tenemos el peligro de convertir en ídolos de nuestra vida esas mismas cosas que utilizamos aquí en la tierra. Son los que viven el politeísmo de tener muchos dioses y a cada dios, por así decirlo, le asignamos algunas de esas nuestras realidades terrenas como hacían los antiguos.
Miremos el evangelio y veamos cómo Dios se nos manifiesta en Jesús, su Hijo, pero miremos el evangelio y contemplemos quienes son los que verdaderamente abren su corazón a Dios cuando escuchan y aceptan a Jesús, cuando ponen toda su fe en El. Los que se manifiestan hambrientos de Dios en su pobreza podrán palpar ese misterio de Dios que se hace amor y viene a llenar sus vidas.
Los profetas habían anunciado que los pobres serian evangelizados, como recordaría Jesús en aquel texto proclamado en la sinagoga de Nazaret, porque a ellos, los que nada tienen, los que se sienten oprimidos y faltos de libertad, los que en su pobreza e ignorancia van como ciegos en la oscuridad de los caminos de la vida será a los que se va a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios. Para ellos será el año de gracia, en ellos se va a manifestar la misericordia de Dios que les sana y les abre sus ojos para que puedan contemplar y disfrutar de ese amor de Dios, serán que se van a llenar de la luz de Dios.
Sintamos nuestra pobreza y la oscuridad en que vivimos, dejemos a un lado nuestros orgullos y nuestros ‘saberes’, abramos nuestro corazón con humildad sintiendo quizá el peso de muchas cosas que nos llenan de amarguras y de tristezas, y podremos sentir esa presencia de Dios, ese amor de Dios que nos salva, nos dignifica y nos engrandece, nos llena de luz y de vida nueva cuando sintamos que Dios es en verdad el único Señor de nuestra vida.