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lunes, 28 de septiembre de 2026

Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 


Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 Job 1, 6-22; Salmo 16; Lucas 9, 46-50

Parece que no nos cabe en la cabeza de que en la vida no todos somos igualmente importantes; pronto nos hacemos nuestras escalas y jerarquías de quienes son los importantes y en consecuencia los poderosos, mientras los demás son los del montón que no tendrían que hacer otra cosa que estar bajo la dependencia de esos que se consideran más importantes o más poderosos; parece que eso fuera parte de nuestra condición humana dado que nos parece verlo siempre con toda normalidad.

De alguna manera todos tenemos la tentación aunque muchas veces tratemos de disimularla, pero nos gusta un escaño alto. Les pasaba también a los discípulos de Jesús que le oían hablar de un reino y ellos lo materializaban bastante buscando además el lugar que allí habían de ocupar, por lo que andaba en ocasiones a la greña entre unos y otros por estos motivos. Y el evangelista no nos oculta esas ambiciones y esas debilidades de los que siguen a Jesús, porque de alguna manera nos está retratando y es necesario que nosotros seamos capaces de reconocer que estamos en esa fotografía, porque además es ocasión para Jesús de dejarnos hermosas enseñanzas como hoy ocurre.

Han estado discutiendo entre ellos eso de la importancia o de quien va a ocupar ese primer lugar en el Reino de Dios. En una ocasión en que Jesús les pregunta de qué hablaban por el camino se sienten azorados porque reconocen que esos sueños están muy lejos de lo que Jesús quiere proponernos cuando nos habla del Reino de Dios. En esta ocasión Jesús va directamente al grano sabiendo cuales eran sus ambiciones y nos deja una hermosa lección. Pone a un niño pequeño en medio de ellos y les dice que quien no se haga como un niño pequeño no es digno del reino de Dios. Porque ‘el que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’, les dice.

En la cultura de la época un niño era poco considerado, poco tenido en cuenta, era considerado algo así como un incapaz al que no hay que tener en cuenta porque poco podría aportar, no sirve aun ni para el trabajo. Y Jesús habla de acoger a un niño, que es como acogerlo a Él. Ya estarían pensando los que le escuchaba ‘pero si tú eres el maestro’, ¿cómo vamos a comparar a un niño con su infantil ignorancia con el Maestro? Y Jesús termina afirmando ‘el más pequeño entre vosotros es el más importante’.

¡Cómo tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad! No importa que nos parezca pequeña, no importa que sea un ignorante o sea cual sea su condición, no importa ni el color de su piel ni su raza, no importa su lugar de origen o donde pueda ahora habitar, no importa que sea conocido y reconocido o que nos parezca, como decimos, un don nadie… creo que en esto tenemos que pensar mucho y analizar nuestras actitudes y comportamientos con toda crudeza y con todo detalle. Pero nos hacemos estas valoraciones de las personas, porque tenemos muchos descartes, porque ponemos muchas pegas y nos hacemos muchas comparaciones, porque seguimos viendo al otro como un contrincante que nos puede quitar lo que nosotros por costumbre o por lo que sea consideramos muy nuestro. En esta época con tanta movilidad de las personas de un lugar a otro creo que nos daría mucho que pensar.

Y en esa aceptación y respeto que hemos de tener hacia toda persona entraría también otra cosa que Jesús nos está señalando, la valoración de lo que hacen los demás. Nos creemos tantas veces los únicos porque somos los que sabemos hacer las cosas, y vienen las discriminaciones y como decíamos antes los descartes, viene el restar importancia a lo que puedan hacer los otros porque nadie lo puede hacer tan bien como yo, y vienen las desconfianzas y los rechazos que hacemos a lo que hacen los demás de bueno, porque nos creemos que eso es cosa nuestra y nadie puede hacerlo igual.

Santiago y Juan vienen a decirle a Jesús que a uno que no era de los del grupo pero que echaba demonios en nombre de Jesús se lo quisieron prohibir. ¿Cómo se atreve a invocar lo bueno en nombre de Jesús si no es del grupo de los discípulos preferidos de Jesús? ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque el que no está contra vosotros, estará a favor vuestro’. ¿Cuáles son nuestras posturas y actitudes en este sentido? Seguro que habrá muchas que mejorar.


martes, 11 de agosto de 2026

No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

 


No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Si no es nada más que un niño, habremos oído en alguna ocasión, o también hemos de tener la valentía de reconocerlo es también lo que nosotros hemos pensado y quizás manifestado, cuando hemos intuido o hemos visto que se le da opinión, o se le pide la opinión, por ejemplo, a un muchacho sobre cosas que quizás nos puedan afectar a todos. Y es que, aunque también nosotros tengamos ganas de opinar pensamos que hay que tener una cierta madurez, una prestancia o un prestigio – que quizás vaya acompañado de ciertas influencias de poder y no es necesario decir mucho – para poder participar, expresar una opinión o tomar una decisión sobre cosas que consideramos de importancia.

Realmente en nuestra sociedad vamos cambiando porque esto que estamos expresando así y refiriéndonos a estas situaciones o circunstancias era la forma de actuar, por ejemplo, en relación a la mujeres, o las fuerzas que se contrapesaban entre los poderosos por ser ricos y los que no lo eran a los que siempre se les ponía en otros escalones, y creo que todos nos entendemos.

Hoy Jesús nos está mostrando la novedad que suponía el evangelio, la buena noticia del Reino de Dios que Jesús iba proclamando. Siempre, en todos los tiempos, en todas las circunstancias históricas todos – y aquí no queremos excluir a nadie – hemos tenido deseos de grandeza, que significaba una preponderancia y también una prepotencia sobre los demás y nos buscamos mil razones para presentarnos de esa manera. Nadie quiere quedar por detrás, en un segundo plano, que no sea reconocido ni valorado y nos buscamos mil vanidades para alimentar nuestro ego y nuestro orgullo, para hacer salir nuestro amor propio y manifestarnos con esos prestigios que al final se quedan en vanidades.

Eran también las discusiones que tantas veces se traían de camino incluso los discípulos más cercanos de Jesús. Y son las preguntas que tantas veces le repiten a Jesús. Siempre andan buscando lo principal para saber a qué reglas nos atenemos y saber los límites mínimos con los que nos podemos contentar. ‘¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?’, vienen a preguntarle a Jesús.

Y es cuando Jesús nos da la gran lección. ‘En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí’.

Nos habla de un niño, que no era nada considerado en la sociedad de su tiempo; y nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños, y esto no es tarea fácil; fáciles pueden ser las palabras, pero hacerlas categoría de nuestra vida no es tan fácil; siempre estamos aspirando a dejar atrás nuestra niñez para que seamos considerados, todos queremos ser ‘grandes’, o sea poder comportarnos como mayores para tener nuestras opiniones y nuestros derechos y Jesús nos está diciendo que desmontemos todo ese tinglado que tenemos montado en nuestra cabeza para que comencemos a ser niños. No es tarea fácil, por eso Jesús nos habla de conversión. Porque el que se haga pequeño es el que será grande en el Reino de los cielos.

Por eso como dice a continuación tenemos que comenzar por acogerlos y respetarlos, cuidarlos y valorarlos, porque así tenemos que valorar a todos, también a los que nos parecen pequeños, a aquellos que en nuestra sociedad consideramos insignificantes, y mira que tenemos en nuestra mente una lista grande de todos esos que decimos que no valen. Recordemos simplemente como es nuestra mirada a los que están a nuestro alrededor, a quienes acogemos y a quienes no, con quienes no nos sentaríamos ni en la guagua ni por supuesto a nuestra mesa para compartir nuestra comida, a quienes saludamos en la plaza o a quienes dejaríamos o no entrar a nuestra casa. ¿Cuál es la lista secreta que todos llevamos en nuestra cabeza, o peor aún, en nuestro corazón del cual los excluimos?

Nos pone a continuación la parábola de la oveja perdida y herida que tenemos que buscar, para que en verdad le demos a nuestra vida el sentido del Reino de Dios, y termina diciendo que no es voluntad de nuestro Padre del cielo que se pierda ninguno de esos pequeños. ¿Será así cómo nosotros los buscamos?


miércoles, 15 de julio de 2026

Olfato para percibir el actuar de Dios, mirada creyente y contemplativa para leer que en lo pequeño y en lo sencillo también se nos manifiesta Dios

 


Olfato para percibir el actuar de Dios, mirada creyente y contemplativa para leer que en lo pequeño y en lo sencillo también se nos manifiesta Dios

 Isaías 10, 5-7. 13-16; Salmo 93; Mateo 11, 25-27

Algunas veces parece que solo vemos lo que tenemos, como solemos decir, en la punta de la nariz, lo que más brilla o lo que nos llama la atención por lo portentoso o nos parece más maravilloso, igual que ponemos filtros desde nuestros intereses o nuestras ambiciones, aquellas cosas que más nos complacen o simplemente de lo que nos produce envidia de lo que vemos en los demás.

Tener una mirada objetiva también nos cuesta, limpiar los filtros de nuestros ojos para ver con claridad no es fácil, pero no podemos olvidar que hemos de tener sin embargo ojos de discernimiento para saber descubrir lo mejor que quizás no está en eso aparatoso que nos encandila, para ir más allá de esos intereses o ambiciones, para saber escuchar con el corazón o ver lo maravilloso de las cosas pequeñas.

Estamos haciéndonos una reflexión en principio desde unas categorías o unos valores humanos que nos ayudan a ese crecimiento y maduración como personas en lo que todo tendríamos que estar empeñados. Pero como creyentes hemos de saber dar un paso más. Es a lo que nos está invitando Jesús hoy en este pasaje del evangelio. Jesús está haciendo una lectura orante con lo que está sucediendo con su presencia, con los signos que realiza y con la Palabra que anuncia, con la respuesta incluso que va encontrando y que hace sentir la acción de Dios en medio de su pueblo.

Le escuchamos cómo da gracias al Padre que se está revelando en los sencillos y que son precisamente los pequeños y los sencillos los que están más abiertos al misterio de Dios. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños…’ Muchos comentarios nos hemos hecho en diversas reflexiones sobre estas palabras de Jesús. No los que aparentan más sabios son los que se abren al misterio de Dios; los pequeños y los sencillos desde su pobreza y su humildad tendrán, podríamos decirlo así, mejor olfato para percibir el misterio de Dios que se revela.

Una hermosa lección para nuestra vida para que aprendamos a tener esa mirada de Jesús y sepamos ver en lo pequeño y lo sencillo, los que nos puede parecer humilde e insignificante un signo de esa llamada de Dios; que sepamos discernir lo que sucede alrededor, los acontecimientos de la historia de cada día, lo que escuchamos desde las noticias que recibimos o de lo que comparten con nosotros, para no dejarnos impresionar fácilmente ni dejarnos confundir, para mantener nuestra propia serenidad, para sacar todo lo bueno que podamos. Llegar a percibir como en lo pequeño de la vida cotidiana se va manifestando el actuar de Dios.

No es pues una mirada cualquiera, una mirada superficial, es una mirada con hondura que nos hace trascender con mirada contemplativa la realidad; por eso decíamos que no nos podemos quedar en lo que está en la punta de la nariz, ni solo lo que brilla o nos pretenden quizás imponer; necesitamos en la vida ser reflexivos y contemplativos, no perder la serenidad y la paz porque nos dejemos arrastrar por las prisas y las carreras de la vida, ir rumiando serenamente lo que vemos o nos va sucediendo. Es también una apertura a una trascendencia espiritual para no quedarnos solo en lo material que por muy bueno que sea nos puede también confundir, una apertura al misterio y a lo sobrenatural para llegar a descubrir la presencia de Dios en nuestra vida.

Que tengamos ese olfato, como decíamos, para percibir esa presencia de Dios, que tengamos esa mirada luminosa para ver el actuar de Dios, que tengamos esa sensibilidad para leer esos signos de los tiempos que en nuestra historia nos ayuden a descubrir lo que Dios quiere.

lunes, 10 de noviembre de 2025

No es cuestión de arrancar moreras para plantarlas en el mar, sino de ese cambio profundo de nuestras actitudes interiores para saber escuchar y aceptar la palabra de Jesús

 



No es cuestión de arrancar moreras para plantarlas en el mal, sino de ese cambio profundo de nuestras actitudes interiores para saber escuchar y aceptar la palabra de Jesús

Sabiduría 1,1-7; Salmo 138; Lucas 17,1-6

Todos podemos ser pequeños en la vida, o todos tendríamos que tener en muchas ocasiones las actitudes o comportamiento de los pequeños; que no se trata solo de números o de cuestiones de edad, sino que, como decíamos, tendrían que ser nuestras actitudes, la simplicidad y sencillez con que vemos o con la que actuamos en la vida, la malicia que quitamos de nuestra visión de la vida y de las cosas, la apertura y confianza con que nos mostramos en nuestras relaciones.

Pero, ya sabemos, hay tantas cosas que nos quitan esa inocencia, que meten la desconfianza en el corazón, que nos hacen poner una pizca de malicia en lo que hacemos, o nos enturbian los ojos para verlo todo negro y con desconfianza; cuantas cosas que nos hacen daño, y que no son cuestiones solamente de índole sexual, sino que lo encontramos en la falta de rectitud en la administración de aquello que tenemos entre manos, la poca responsabilidad con que se asume las tareas de la vida, las influencias que se hacen sobre unos y otros para mover los hilos de los intereses particulares, la falta de transparencia con que se vive la vida y cómo se ocultan aquellas cosas que nos pueden perjudicar, las posturas exigentes sobre los que creemos más débiles mientras le pasamos todo a los que son de los nuestros, la poca sinceridad con que se viven las mutuas relaciones y la falta de comprensión con los débiles o los que van tropezando en la vida.

Son tantos los escándalos que vamos contemplando a diario en nuestra sociedad, son tantas las manipulaciones, es tanto el daño que nos hacemos mutuamente, porque quizás los que podrían influir en la mejora de nuestra sociedad son los van comportándose con esa falta de rectitud y de alguna manera están incidiendo para que los demás hagan lo mismo, caigan también por esa pendiente resbaladiza.

Como se suele decir, hoy en el evangelio Jesús pone el grito en el cielo. Lamenta Jesús esas actitudes y posturas, ese daño que nos hacemos los unos a los otros y del que no siempre somos ajenos o están lejos de nosotros. Jesús nos está señalando las buenas actitudes que tendríamos que tener los que queremos optar por el Reino de Dios. Curar esos daños pero también prevenirlos, hacer examen meticuloso de la vida y tratar de enderezar esos caminos que tantas veces se nos tuercen, mostrar lo que es la verdadera compasión nacida de la misericordia y ayudar a los que vemos que pueden tropezar en la vida para que encuentren esa fortaleza que necesitan.

Y nos habla Jesús del perdón y de la corrección; nos habla Jesús de que mantengamos esa sencillez y pureza de corazón porque de lo contrario estaríamos destruyéndonos los unos a los otros. Es lo que nos va enseñando Jesús, pero que tantas veces nos damos cuenta que nos cuesta. ¿Tendremos fe y fortaleza interior suficiente para caminar esos caminos de rectitud y no dejar que se enraicé el mal dentro de nosotros?

Los discípulos cercanos a Jesús se dan cuenta de lo que les cuesta y les parece que no tienen suficiente fe para actuar conforme a las palabras de Jesús. Por eso le piden, como un día le pidiera aquel padre que se veía impotente ante lo que tenía que hacer con su hijo, que les aumentara la fe. Ha de ser también nuestra oración, para que nuestros ojos se llenen de claridad y nuestro corazón camine con humildad, reconociendo también nuestra debilidad.

‘Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecerá’, les dice Jesús. No es cuestión de arrancar moreras para plantarlas en el mar, sino de ese cambio profundo de nuestras actitudes interiores para saber escuchar y aceptar la palabra de Jesús. ¿Seremos capaces?


sábado, 4 de octubre de 2025

Reconocer lo que Dios va realizando en nosotros aunque nos consideremos pequeños y pecadores y abrir los ojos para ver las maravillas de Dios en los demás

 


Reconocer lo que Dios va realizando en nosotros aunque nos consideremos pequeños y pecadores y abrir los ojos para ver las maravillas de Dios en los demás

Baruc 4, 5-12. 27-29; Salmo 68; Lucas 10, 17-24

Quizás nos encomendaron una tarea que casi nos parecía una misión imposible, no nos creíamos capaces de llevarla a cabo, por la novedad de lo que se nos encomendaba, por lo poco acostumbrados que estábamos a situaciones así, porque quizás nos veíamos pequeños e incapaces de realizarla; pero a la vuelta de esa experiencia nos sentíamos contentos, porque vimos que fuimos capaces, que las cosas salieron mejor de lo que habíamos imaginado, pero es que además a la vuelta quien nos había confiado aquella misión se alegraba con nosotros por el éxito logrado, nos valoraba y felicitaba por lo que habíamos hecho. Seguramente que nos sentiremos llenos de orgullo y satisfechos en nuestro interior, porque la experiencia había sido para nosotros maravillosa.

He querido comenzar mi reflexión de hoy con esta experiencia, y ojalá fuéramos más valientes para emprender tantas cosas que son necesarias aunque las veamos difíciles, pero también ojalá sepamos valorar lo que nos pueda parecer insignificante pero que sin embargo ha llenado de satisfacción a quien lo ha realizado, demasiadas veces nos falta esa visión optimista y esa valoración que hagamos de las cosas sencillas, digo que he querido traer esta experiencia, porque en el texto del evangelio que hoy se nos propone es lo que realmente estamos viendo.

Los discípulos que habían sido enviados a hacer un preanuncio del Reino de Dios allí por donde había de ir luego Jesús, regresan contentos porque han visto como la semilla ha ido prendiendo en aquellos corazones y eran muchos los signos que lo manifestaban. Hablan de curaciones y de expulsión de demonios, pero sabemos que es como un signo de lo que se iba realizando en aquellos corazones.

Pero se encuentran con la acogida de Jesús, la valoración que hace de la obra realizada. ‘Veía a Satanás caer como un rayo del cielo…’ les dice. Pero lo importante es que ‘vuestros nombres están inscritos en el cielo’. Palabras ciertamente de valoración que hace Jesús de lo que han realizado sus discípulos; pero aun más, da gracias al Padre por las maravillas que Jesús ve realizándose a través de los pequeños y de los sencillos.

Es una acción de gracias al Padre, es cierto, que se revela a los pequeños y los sencillos, pero podemos decir también que es una acción de gracias porque en aquellos que se consideraban pequeños, sus discípulos, incapaces quizás de poder hacer ese anuncio del Reino de Dios, se están realizando las obras maravillosas del Señor. ‘El Señor hizo en mi obras grandes’, que diría María, que es también lo que de alguna manera Jesús les está invitando a reconocer a aquellos sus discípulos, a través de ellos también Dios realiza obras grandes.

Nos dice mucho para nuestra vida este texto del evangelio. Reconocer lo que Dios va realizando en nosotros aunque nos consideremos pequeños y pecadores; nos motiva a descubrir esas maravillas de Dios en nosotros, nos motiva a ser humildes pero también agradecidos porque Dios así se manifiesta en nosotros. Pero también nos abre los ojos para ver esas maravillas de Dios en los demás; cuántos signos de la presencia y del actuar de Dios hemos de saber descubrir en los demás; con ellos nosotros nos alegramos, con ellos y por ellos nosotros también damos gracias, de ellos también nosotros aprendemos. Son los signos y señales claras de que el Reino de Dios se está realizando en nosotros, de lo que además tenemos que contagiar a nuestro mundo.

En ese mundo nuestro tan lleno de recelos y de envidias, con tantas desconfianzas y también con tantas descalificaciones a lo que hacen los demás, nosotros tenemos que ser signos de algo nuevo, dar las señales de que vivimos en verdad el sentido del Reino de Dios.  ¿Aprenderemos de una vez por todas a saber valorar a los demás?

sábado, 16 de agosto de 2025

Quitemos filtros y prevenciones de la vida y podremos entrar en la órbita del Reino de Dios que se revela de manera especial a los pobres y sencillos de corazón

 

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Quitemos filtros y prevenciones de la vida y podremos entrar en la órbita del Reino de Dios que se revela de manera especial a los pobres y sencillos de corazón

 Josué 24,14-29; Salmo 15; Mateo 19,13-15

Cuando yo sea mayor… es la expresión que mas de una vez hemos escuchado a un niño o a un muchacho; parece que el niño no quiere ser niño siempre, se ve creciendo a si mismo y cómo su vida cambia en algunos aspectos, pero se compara con los mayores y quiere ser como ellos; sueños de libertad quizás, porque le parece que en su infancia no puede hacer todo lo que quiere o como lo quiere, sueños de una vida distinta en la que se sienta fuerte porque no quiere verse manipulado por nadie y le parece que lo que ahora le dicen sus mayores lo están manipulando y él quiere hacer las cosas a su manera y cuando le de la gana. Cuando sea mayor, y se ve poderoso y dominante, se cree que va a ser el dueño del mundo. No quiere seguir siendo niño. ¿No habrá aprendido lo que significa de riqueza la niñez como una piedra base para su madurez futura?

Claro que somos nosotros los mayores también los que tenemos que preguntarnos si sabemos lo que es la riqueza de la niñez, los valores que allí podemos encontrar, lo maravilloso que podemos descubrir si observamos atentamente lo que significa ser niño. ¿Seremos acaso nosotros también los que los descartamos y los queremos quitar de en medio como les estaba sucediendo a aquellos celosos discípulos de Jesús que pensaban que era una molestia la presencia de aquellos niños en el entorno de Jesús? Querían quitarlos de en medio.

Y Jesús les dice que no, que no impidáis que aquellos niños se acerquen a El. ¿Acaso será que Jesús quiere que nosotros nos acerquemos a El a la manera de los niños? No son barreras sino puentes lo que hemos de poner. Porque además Jesús nos dice que solo de los que son como niños es el Reino de los cielos. ¿Es un reino infantil? Cuidado que algunas veces infantilicemos la religión, la manera de acerarnos y relacionarnos con Dios. Cuidado con el lenguaje que usemos demasiado infantilizado que luego no nos va a servir cuando en verdad maduremos y necesitamos una manera madura de relacionarnos con Dios. ¿No nos sucederá que nos preocupemos mucho de acciones pastorales para los niños  pero luego no ponemos la misma intensidad para cuando no son tan niños o para cuando son adultos?

Con todo esto, sin embargo, parece que de alguna manera las palabras de Jesús nos desconciertan. Nos dice que de los que son como niños es el Reino de los cielos. Ya en otra ocasión nos dirá que la buena noticia hay que darla a los pobres; o que los que parecen que no saben nada por su condición humilde y pequeña, sin embargo será a los que se les revelará los secretos del Reino de Dios; y serán los aparentemente están mas lejos del sentido del Reino porque son pecadores a los que Jesús se acerca y los que mejores y más dispuestas respuestas van a dar a ese anuncio del Reino de Dios. ¿Paradojas?

Hoy nos habla de los niños, del candor y espontaneidad de los niños, de su disponibilidad siempre a flor de piel, de su sonrisa limpia, de los ojos que miran profundamente con curiosidad, de los que buscan y quieren aprender porque sus deseos de crecimiento no son solo de lo corporal sino de lo que mejor puedan aprender. Los niños no ponen filtros ni condiciones, los niños se acercan y juegan con todos sin distinción si nosotros no los hemos marcado antes con nuestras prevenciones. ¿No puede ser esa una base sólida para la construcción del Reino de Dios en nosotros? Con un corazón así limpio y generoso tenemos que aprender a acercarnos a Jesús.

No es ya cuestión de que los niños quieran parecerse a los mayores – y lo malo es que los contagiemos con nuestros filtros y pretensiones – sino que nosotros nos hagamos cono niños – despojándonos de tantas prevenciones con que vamos por la vida - para llegar a vivir en toda su intensidad lo que es el Reino de Dios.

martes, 12 de agosto de 2025

Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

 


Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

Deuteronomio 31,1-8; Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Todos, quieras que no, vamos buscando nuestro lugar en la vida, para eso nos esforzamos, nos preparamos, trabajamos para ir logrando ese lugar, ese puesto, ese prestigio; podemos luego darnos importancia, o sentirnos interiormente satisfechos de nuestros logros. No está mal, claro que tendríamos que ver nuestras mañas, nuestras aspiraciones, los empujones quizás que hemos dado para quitar delante de nosotros el que nos estorba, el que nos impide llegar a aquel lugar con el que soñamos; tendríamos, es cierto, que ver por qué lo buscamos o qué pretendemos.

Pero no queremos ser como ‘esos’, y pensamos a los que vemos a nuestro alrededor que nada importan ni significan, que según nosotros simplemente van arrastrándose por la vida sin conseguir nada, sin salir de sus pobrezas o nulidades como a nosotros quizás nos gusta pensar. Y nos hacemos comparaciones y no queremos ‘vernos en su pellejo’, porque nos parece que para nada valen, para nada sirven y no van a llegar a ninguna parte.

Ya nos estamos dando cuenta que en esas nuestras apetencias no todo era tan bonito cuando decíamos que queríamos buscar nuestro lugar en la vida. Cuántas comparaciones hacemos, cuantas descalificaciones, a cuantos arrimamos a un lado porque son tan pequeños, son tan insignificantes en la vida, que nada decimos alcanzarán. ¿Para nosotros los primeros puestos, los lugares de importancia?

Jesús viene a romper nuestros esquemas. De entrada ha tomado un niño y lo ha puesto en medio. ¿Qué hace un niño en una reunión de personas mayores? ¿Qué puede pintar allí? ¿Quizás para que nos haga los mandados? Pero Jesús viene a decirnos otra cosa. ‘¿Quién será el más importante en el Reino de los cielos?’ Una pregunta que parece que no dice nada. ¿A qué viene esa pregunta? Pero es lo que tantas veces han discutido y volverán a discutir entre el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús. Y Jesús lo quiere dejar muy claro. ‘Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí’.

Por eso ha puesto un niño allí en medio, en el centro. Hacernos como niños, pequeños como este niño; no eran tenidos en cuenta para nada los niños. Se le consideraba algo insignificante. Se acogía a los amigos, se acogía a las personas de bien, se acogía a las personas importantes, se acogía a los poderosos, pero ahora nos dice Jesús que hay que acoger un niño. Sus ángeles están viendo el rostro de Dios, nos dice.

Si el pastor que pierde una oveja en el campo se vuelve loco buscándola hasta que la encuentre, ahora nos dice Jesús que a ese pequeño e insignificante hay que acogerlo, hay que tenerlo en cuenta. Pero es que nos dice más, es que nosotros tenemos que hacernos así pequeños, como los inocentes niños, y entonces entenderemos la verdadera grandeza que hemos de buscar.

Pero nosotros seguimos con nuestras peleas y con nuestras ambiciones, seguimos buscando puestos y queriendo ascender en esa escalera que nos llevaría a los puestos de privilegio. ¿Dónde está nuestro espíritu de servicio? ¿No estaremos viendo esos codazos muchas veces también en nuestra iglesia? Las hermandades que quieren aparecer con toda pomposidad y gran número de afiliados; los puestos especiales en nuestras celebraciones porque nosotros vamos con nuestro bastón de mando o con nuestras medallas y nuestras túnicas y hábitos, los ropajes de colores que buscamos vestir para diferencias las diversas categorías o las carreras que hemos hecho.

¿Nuestra iglesia no tendría que leer con más atención este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece?

sábado, 1 de marzo de 2025

La sonrisa de un niño nos abra el camino para acoger el Reino de Dios en nuestra vida porque sea la sonrisa que reflejamos en nuestro rostro

 


La sonrisa de un niño nos abra el camino para acoger el Reino de Dios en nuestra vida porque sea la sonrisa que reflejamos en nuestro rostro

Eclesiástico 17, 1-15; Salmo 102; Marcos 10, 13-16

¿Has mirado alguna vez la sonrisa de un niño? Seguro que sí, pero como estábamos en ese momento más preocupados en cosas que considerábamos de más importancia, esa visión pasó como un relámpago por delante de nuestros ojos porque, en fin de cuentas, no eran sino unos niños que jugaban en su inocencia.

Niños que jugaban en su inocencia, así los vemos, son cosas de niños decimos y nos pasa desapercibida su sonrisa, su alegría, su mirada limpia y sin malicia, sus ojos que miran a nuestros ojos esperando algo y quizás porque no les prestamos atención, porque seguimos en nuestras cosas, se malogra esa sonrisa. A música celestial, y dicho en el mejor de los sentidos, tendrían que sonar en nuestros oídos risas y voces alegres que hablan o chillan sin predisposiciones ni prejuicios, sin malicias y sin desconfianzas, ofreciéndonos el regalo de alegría que tendría que hacernos olvidar tantos agobios que llevamos en la vida y que nos quitan la paz y nos impiden saborear las cosas que nos harían más felices.

Es el niño que en sus juegos se manifiesta como es, siempre confiado, siempre ofreciendo lo mejor, siempre dispuesto a estar con aquellos que considera sus amigos y con aquellos donde encuentra ternura, que tendrán sus más y sus menos con aquellos con los que juega, pero pronto se recuperará del enfado y seguirán siendo amigos, salvo que nosotros le hayamos maleado el corazón. Cuánto daño les hacemos cuando les contagiamos el actuar desde una vida interesada, cuando les hacemos perder la confianza, cuando los inducimos a poner distancias y desconfianzas, cuando los contagiamos de nuestras violencias. A veces no nos damos cuenta del escándalo que en ellos producimos, del daño que les hacemos cuando por nuestros ejemplos de egoísmo y de orgullo les hacemos perder aquella risa inocente.

Hoy en el evangelio vemos a Jesús rodeado de niños. Ellos saben bien ponerse al lado donde encuentran ternura y ofrecen al mismo tiempo su ternura. No es para ellos una señal de molestia el acercarse así espontáneamente como son donde saben que hay amor, ni nosotros tendríamos que ver como una molestia sus risas y sus juegos, su confianza y la manera como se acercan espontáneamente a nosotros. Pero por allá están los discípulos cercanos a Jesús – qué curioso que sean precisamente los discípulos más cercanos a Jesús – muy celosos del descanso de su maestro y no quieren que los niños le molesten, quieren quitarlos de en medio para no turbar el descanso de Jesús cuando su verdadero descanso eran aquellas risas y juegos inocentes.

¿Seremos así muchas veces no solo en lo que haga referencia a los niños de los que ahora estamos hablando, sino de que podríamos sentirnos molestos por la cercanía de los demás a nuestra vida? Cuantas veces pasamos de largo porque quizás nos molesten algunas cercanías que nos parecen exceso de confianza.

‘Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios…’ ¡Cuánto nos está diciendo Jesús! ¿Aprenderemos de una vez por todas a valorar a los pequeños? ¿Aprenderemos a valorar lo que nos parece pequeño y sin importancia porque son otras cosas a las que les damos más importancia? Tengo cosas más importantes que hacer, decimos tantas veces. Y esas cosas que consideramos importantes nos agobian, nos hacen perder la paz, hacen desaparecer la sonrisa de nuestros labios, crean distancias que luego son tan difíciles de superar.

Pero Jesús nos está diciendo también que ‘los que son como los niños – esos niños que pretendemos apartar a un lado – es el Reino de Dios’. ¿Es que no sabremos ver en la sonrisa de un niño las señales del Reino de Dios? Son alegría y cercanía, son los que van generando confianza y los que van siempre tendiendo puentes, son los que aprecian la ternura y la manifiestan de forma sencilla, son los que siempre se sienten amigos y hermanos de los otros para vivir la alegría de la vida. ¿No tendríamos que manifestar así las señales del Reino de Dios? Y terminará diciéndonos Jesús: ‘En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. ¿Nos haremos niños para acoger el Reino de Dios en nuestra vida?

Y dice que Jesús les bendecía. Ojalá nos sintamos bendecidos de Dios de la misma manera.

 

 

martes, 13 de agosto de 2024

Nuestra grandeza y la forma de resplandecer en nuestra dignidad de personas es cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o los que no son tenidos en cuenta

 


Nuestra grandeza y la forma de resplandecer en nuestra dignidad de personas es cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o los que no son tenidos en cuenta

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118;  Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Cosas de chiquillos, decimos algunas veces. ¿Acaso queremos decir que son cosas sin valor, que no tienen importancia, que son pasajeras? Las miramos como ocurrencias de niños, pero con expresiones como esta no nos estamos refiriendo solo a las cosas de los niños, sino que ahí solemos englobar a todo aquel que consideramos de poco valor, que no tiene unos razonamientos que nos convenzan, que de alguna manera los vemos como marginados en nuestra sociedad, y digo en nuestra sociedad, para referirme a nuestros círculos más cercanos donde solemos movernos, o en otro escalón de la vida social. Solemos con demasiada facilidad hacer nuestras distinciones y nuestras discriminaciones.

Estoy haciendo referencia a todo esto, que es una realidad en nuestra vida, en nuestras relaciones sociales, desde la pregunta que le hacen a Jesús y la manera que tiene de responder. Siempre andamos en la vida buscando las importancias, sí, lo importantes que somos, esos lugares encumbrados que nos gustaría alcanzar. Ya vemos que era la tentación que sufrían también los discípulos más cercanos a Jesús, porque muchas veces Jesús se los encontraba en medio de sus disputas sobre quien era el más importante, en una palabra, quien iba a tomar el mando después de Jesús. Y tras más de veinte siglos en la iglesia seguimos con lo mismo, ¿quién es más importante, quien va a tomar el mando cuando esto cambie? y soterradamente sigues nuestras luchas de poder que algunas veces se notan demasiado.

Ahora el evangelio simplemente dice que uno le pregunta ‘¿Quien es el mayor en el reino de los cielos?’ Y Jesús no responde con palabras sino con gestos. Llamó a un niño y lo puso en medio. Allí estaban en una conversación de mayores; ya era un atrevimiento que un niño interfiriera en una conversación de adultos, pero es que fue Jesús el que ‘llamó al niño y lo puso en medio… El que acoge a un niño como este… me acoge a mi’. Un niño que no tiene que estar entre los mayores, pero un niño al que hay que acoger como a cualquier otro ser humano que tengamos que acoger, pero es que nos dice más, ‘el que acoge a este en mi nombre’.

Los esquemas están cambiando y estaremos viendo a quien Jesús considera importante, al que considera el mayor. Pero igual que decíamos en aquella expresión con la que comenzábamos la reflexión que iba más allá de la referencia que se pueda tener con un niño, significando como nuestra acogida tiene que ser a todos, pero que en un espacio especial de acogida tienen que estar los que son considerados menores, menos importantes, dejados a un lado en nuestra sociedad.

No acogemos al otro por el tintineo que tenga en los bolsillos ni por la calidad del traje que lleve puesto, por la prepotencia con que se presente ante nosotros o por su brillante palabrería; acogemos a la persona, al hombre o mujer, sea quien sea, tenga la condición o la edad que tenga, porque siempre estamos valorando por encima de todo su dignidad como persona, y si algunos son nuestros preferidos, serán siempre los humildes y los pobres, los que habitualmente son menos considerados o nunca tenidos en cuenta.

Ahí está nuestra grandeza, ahí estaremos resplandeciendo como personas. Cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o de los que no son considerados. Por eso nos habla también de la búsqueda de la oveja perdida, mientras el resto se deja en el redil hasta encontrarla. No es rebajarnos, es alcanzar la mayor grandeza y dignidad.


sábado, 30 de diciembre de 2023

El testimonio de aquella anciana que servía al Señor en el templo noche y día es un reto para aprender a valorar a los pequeños y sencillos que con sus vidas nos hablan de Dios

 


El testimonio de aquella anciana que servía al Señor en el templo noche y día es un reto para aprender a valorar a los pequeños y sencillos que con sus vidas  nos hablan de Dios

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

El marco no dista mucho de lo que habitualmente sucede también en nuestros templos, en nuestras iglesias, como comúnmente decimos; no nos faltarán en nuestras celebraciones esas personas mayores, que prácticamente pasan casi todo su tiempo alrededor de nuestras Iglesias; personas buenas cargadas con el peso de los años, a las que ya no les obligan mayores responsabilidades familiares; personas muchas veces que viven solas, y que su momentos mejores de compañía es cuando vienen a nuestras celebraciones y que se apuntan a todo; que estarán pendientes de si hay que limpiar algo, colocar unas flores, adornar una imagen para una celebración o procesión; personas que no hacen daño a nadie, de una bondad natural, o aprendida también con el paso de los años.

Claro que cuando nos hacemos esta descripción tendríamos que hacer notar nuestros juicios, nuestras prevenciones, nuestras desconfianzas, o, al menos, la poca valoración que les damos. Otra tendría que ser nuestra mirada, otra tendría que ser la valoración que nosotros hiciéramos de esas personas.

Hoy nos encontramos, sí, en el evangelio, esta mujer anciana, de muchos años, y que muchos años se había pasado siempre alrededor del templo; era viuda, además nos hace notar el evangelista. Una mujer de una religiosidad grande, para ella todo su gozo era estar en el templo del Señor, era su servicio, era la manera de dar gloria a Dios; pero era una mujer de una mirada distinta, que sabía discernir muy bien donde estaba Dios, donde actuaba Dios.

Se unió también esa mujer al grupo que se había formado alrededor de aquel matrimonio con aquel anciano que hacía profecías tan maravillosas sobre lo que iba a ser aquel niño y también del sufrimiento de la madre. Hay sensibilidades que llaman los corazones. Y Ana se unió al cántico de alabanzas que había iniciado el anciano Simeón. Ella también alababa a Dios y hablaba del niño a cuantos aguardaban la liberación de Israel.

Un hermoso testimonio que nos ofrece hoy el evangelio con la presencia y la sensibilidad de esta anciana que viene a ser para nosotros también como un estimulo en esa búsqueda de Dios. Pero es también para nosotros como un reto que nos enseña a valorar esos gestos maravillosos que nos pueden ofrecen los que parecen pequeños e insignificantes. Ojalá supiéramos tener más en cuenta esas almas de Dios, que viven una religiosidad sencilla pero que en su humildad saben tener abierto el corazón a Dios.

Alejemos de nosotros esos orgullos de creernos sabios, de creemos que nosotros sí sabemos muchas cosas de Dios, esa vanidad en que muchas veces envolvemos nuestra vida y también nuestra religiosidad; sepamos ir a lo sencillo, sepamos tener esos pequeños gestos de valoración de los que parecen pequeños a nuestro alrededor pero que quizás con sus vidas nos están hablando mucho de Dios.

El texto del evangelio de hoy termina hablándonos de la vuelta de la Sagrada Familia a Nazaret. ‘Cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret’. Y nos resume en pocas palabras lo que fue el crecimiento de aquel niño. ‘El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él’.

jueves, 14 de diciembre de 2023

Necesitamos unas curas de humildad contemplando a quien era el más grande de los nacidos de mujer pero que dejaba adelantarse a los pequeños en el reino de los cielos

 


Necesitamos unas curas de humildad contemplando a quien era el más grande de los nacidos de mujer pero que dejaba adelantarse a los pequeños en el reino de los cielos

 Isaías 41, 13-20; Sal 144; Mateo 11, 11-15

Siguiendo con nuestro camino de Adviento la liturgia nos va delineando la figura de Juan Bautista, aquel que había sido preanunciado como el que venía a preparar los caminos del Señor y que venía con el poder y el espíritu de Elías para reunir a los hijos dispersos para preparar un pueblo bien dispuesto para la venida del Señor.

En la interpretación que iban haciendo de las Escrituras y de lo anunciado por los profetas tenían la esperanza que el profeta que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego, habría de volver antes de la llegada del Mesías. En cierto modo es a lo que hará referencia el ángel del Señor cuando se manifieste a Zacarías en la ofrenda del incienso en el templo anunciándole el nacimiento de un hijo que habría de tener una misión muy especial. Es a lo que ahora nos hará hoy referencia Jesús en el evangelio de que Elías ya ha venido, si querían admitirlo, haciendo referencia a la presencia del Bautista, como comentarán algunos de los que escucharon las palabras de Jesús.

Hoy Jesús nos quiere hablar de la grandeza del Bautista, como hará también en otros momentos del evangelio y que ya tendremos la oportunidad de comentar, pero al tiempo quiere señalarnos donde está la verdadera grandeza que nosotros hemos de buscar. ‘No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista…’ les dice, ‘profeta y más que profeta’ que dirá en otro momento, pero al mismo tiempo nos señala que ‘el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’.

¿Qué nos dirá Jesús en otros momentos cuando los discípulos andaban tan preocupados por los primeros puestos y quien iba a ser el más principal cuando faltare Jesús? El más pequeño es el más grande en el Reino de los cielos, y serán los primeros y los importantes los que sepan ser los últimos, hacerse servidores de todos. Hoy nos habla Jesús de la grandeza de Juan, pero una grandeza que también nosotros podremos alcanzar si sabemos hacernos pequeños, si sabemos hacernos los últimos y los servidores de todos.

Pero nosotros seguimos soñando con grandezas, con prestigios, con honores y con reconocimientos, con aplausos y con homenajes, y con la mejor buena voluntad hacemos muchas veces cosas muy buenas, pero calladamente estamos esperando el reconocimiento, la gratitud, el que nos lo tengan en cuentas, en que sean méritos que vayamos acumulando. No son esos los caminos del evangelio, no son esos los caminos de los que queremos seguir a Jesús.

Y con esos pensamientos dentro de nosotros, aunque tratemos de disimularlo, muchas veces sentimos violencia dentro de nosotros mismos, desde lo que nos gustaría alcanzar de reconocimientos o de valoraciones y el lugar que seguimos ocupando; nos cuesta pasar desapercibidos, queremos hacernos notar, sentimos unas cosquillas dentro de nosotros cuando vemos que otros son alabados y ensalzados y para nosotros no hay una palabra, una mueca al menos de reconocimiento, no queremos que nadie se nos adelante; qué duro se nos hace cuando quizás alguien echa tierra sobre nosotros que nos puede hacer perder prestigios, puestos de honor, o influencia sobre los demás.

No terminamos de asumir y aprender lo que es el camino de Jesús que no es otro el camino que nosotros hemos de hacer. Necesitamos unas curas de humildad. Miremos al Bautista, con sus pieles de camello, con sus langostas y miel silvestres (que no eran precisamente langostinos), y con la humildad de reconocer que no le importa menguar si el que crece es el Mesías que ha de venir.

Qué lección tenemos para nuestras actitudes desequilibradas, para los celos y las envidias que tantas veces se nos meten por dentro, para nuestras desconfianzas. Unas actitudes nuevas tienen que nacer en nuestro corazón.

miércoles, 19 de julio de 2023

Ojalá seamos nosotros, que por nuestro corazón humilde y sencillo, porque nos hemos hecho los pequeños siendo capaces de descalzarnos, recibamos esa revelación de Dios

 


Ojalá seamos nosotros, que por nuestro corazón humilde y sencillo, porque nos hemos hecho los pequeños siendo capaces de descalzarnos, recibamos esa revelación de Dios

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27

Oye, por favor, preséntame a esa persona, quizás habremos pedido alguna a algún amigo o persona conocida y de confianza cuando queríamos conocer a alguien al que hasta cierto punto considerábamos inalcanzable. Son recursos de los que nos valemos las personas  en nuestras relaciones, en nuestro deseo de alcanzar unos objetivos, en nuestro afán por llegar a donde quizá por nosotros mismos o por nuestros medios pensábamos que no podríamos llegar.

Es también la influencia que buscamos en alguien que tiene abiertas muchas puertas, muchos accesos a lo que consideramos personas importantes, a lugares de relevancia a donde quisiéramos llegar y situarnos. Es el buen amigo que nos puede ayudar, es la persona de influencia que puede alcanzarnos lo que nosotros no alcanzamos. Son situaciones en que nos podemos encontrar en la vida o que vemos que es la experiencia quizás de muchos en nuestro entorno.

¿Nos sucede así en nuestra relación con Dios? ¿Nos sucede en la posibilidad o no de poder tener un conocimiento de Dios? Así andamos también algunas veces; podemos convertir ese conocimiento de Dios en algo muy intelectual, podemos andar con nuestros razonamientos y nuestra búsqueda de pruebas y muchas veces lo hemos hecho, y muchas veces es lo que buscamos o encontramos que es lo que quieren muchos para intentar recorrer ese camino de la fe.

Jesús, el que es la revelación de Dios, el que en verdad conoce a Dios porque viene de Dios, nos viene a decir que es algo mucho más sencillo. Que no se trata solamente de la búsqueda que nosotros hagamos de Dios y el obtener esas pruebas palpables que nos abran el camino de la fe, sino que es algo mucho más sencillo.

Primero fijémonos en lo que hoy termina diciéndonos: ‘Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Y El en verdad quiere revelarnos a Dios, es la Buena Noticia, el Evangelio, que nos quiere trasmitir. Es la continua referencia que El está haciendo del Padre; es lo que finalmente vendrá a decirle cuando uno de los discípulos en la cena le dice ‘revélanos al Padre y eso nos basta’, respondiéndole que quien le conoce a El conoce al Padre, ‘porque nadie va al Padre sino por mí’.

Pero es que hoy nos dice algo maravilloso. Como decíamos antes, no es la búsqueda que nosotros queramos hacer de Dios, sino que es Dios el que quiere revelársenos, quiere dársenos a conocer. Y esto es lo maravilloso. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Si, Padre, así te ha parecido bien’. Y al Padre le ha parecido dársenos a conocer, solo que tenemos que formar parte de ese grupo de los pequeños y de los sencillos, porque es ahí donde se nos revela Dios.

Por eso serán los pequeños y los sencillos los que más cerca estarán siempre de Jesús. son los que le escuchan con gusto, son los que son capaces de admirarse por las cosas que realiza Jesús, son lo que en verdad entienden lo que dice Jesús porque llegarán a decir que ‘nadie habla como este hombre’, son los que nunca se pondrán a distancia como simples observadores sino que se arremolinaran junto a El de modo que necesita subirse a la barca para que no lo estrujen allí en la playa de Tiberíades, son los que caminarán a su lado apretujándolo por todas partes de modo que incluso alzarán la mano para atreverse a tocar su manto, son los que serán capaces de irse todo el tiempo que sea necesario detrás de Jesús aunque sea para encontrarle en los lugares más inhóspitos y más lejanos, son los que vendrán ansiosos porque querían estar con El y El ha llegado primero que ellos antes de Cafarnaún sin saber incluso cómo o por dónde ha venido, son los que tendrán un corazón y una mente abierta para escucharle aunque a veces haya cosas que no entiendan, pero ¿a donde van a acudir si solo Jesús tiene palabras de vida eterna?


¿Seremos en verdad nosotros los que recibamos esa revelación de Dios por nuestro corazón humilde y sencillo? Moisés fue capaz de descalzarse en el Horeb y recibió la revelación de Dios.

lunes, 17 de julio de 2023

Las palabras de Jesús son de ánimo y de consuelo, poniendo ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que hemos de seguir

 


Las palabras de Jesús son de ánimo y de consuelo, poniendo  ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que hemos de seguir

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1

Hay cosas que algunas veces nos desconciertan cuando hacemos una lectura ligera y superficial del evangelio. Escuchando lo que hoy nos dice Jesús, nos puede parecer inverosímil que quien viene a construir un mundo de amor y de paz, quien nos enseña a amar y a mantenernos siempre en unidad, hoy nos hable de división, nos hable de enfrentamientos incluso entre familiares, nos hable incluso de violencia. En una primera impresión nos quedamos como estupefactos, sin comprender.

Jesús no deja de hablarnos del amor y ese es el camino que hemos de seguir, Jesús no deja de hablarnos de paz, ya que así fue anunciado y proclamado desde su nacimiento para todos los hombres de buena voluntad. Pero es que quien opta por ese camino de Jesús no lo va a tener fácil, no todos van a comprender ese camino y lo que nosotros hagamos; otros serán los planteamientos que el mundo se haga sobre el sentido de vivir que chocan, y de qué manera, con el camino y los valores del Reino de Dios.

Claro que cuando vean que nosotros somos capaces de entregarnos por los demás olvidándonos incluso de nosotros mismos, no se va a entender y habrá muchos que tratarán de apartarnos de ese camino; cuando nos vean comprometidos seriamente por la verdad y por la justicia, como chocamos con el mundo de vanidad y de mentira en que muchos viven y nuestra vida se convierta en testimonio y denuncia de su mentira, claro que tratarán de hacernos callar porque les resultamos incómodos. Y así podíamos seguir pensando en la radicalidad de vida que nos exige el evangelio, que muchos verán como algo ilusorio o inútil y lucharán contra lo que ellos llamarán nuestros sueños.

Y eso lo vamos a encontrar hasta en los más cercanos a nosotros que tratarán de imponernos sus planteamientos o su sentido de vida. Resultaremos incómodos por nuestra rectitud, por nuestra manera de luchar por la justicia, por nuestro desprendimiento y la generosidad de nuestro corazón para darnos y para compartir. Pero quien quiere seguir el camino del evangelio, el camino de Jesús tiene que mantenerse firme y fiel a ese ideal, a esa opción que ha hecho de su vida. Y eso, es cierto, va a costar.

Y Jesús nos habla de unas exigencias. ‘El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mi no es digno de mi; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mi. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mi, la encontrará’.

Por eso, cuando hoy contemplamos a Jesús en ese diálogo intimo y cercano con aquellos discípulos que están a su lado y lo va instruyendo sobre el sentido del Reino de Dios, vemos cómo va desgranando esos consejos, va ayudándoles a descubrir ese camino con el que se van a encontrar que no siempre será fácil, pero al mismo tiempo sus palabras son de ánimo y de consuelo, poniendo  ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que han de seguir.

‘El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, les dice Jesús, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo’. Y le enseña el valor grande que van a tener esas pequeñas cosas que han de realizar cada día. Nada se pierde, todo tiene su valor, todo es importante. ‘El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, sólo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa’.

Son las palabras que necesitamos escuchar, las que darán hondura a nuestra vida, las que despiertan ilusión y esperanza en nuestros corazones, las que nos ponen en camino aunque algunas veces nos cueste entender y aceptar muchas cosas, pero las que nos darán seguridad a nuestra fe.

sábado, 29 de abril de 2023

Necesitamos aprender a confiar, despojándonos de soberbias y autosuficiencias, despertando la verdadera fe nuestra vida porque nos sentimos envueltos por el amor

 


Necesitamos aprender a confiar, despojándonos de soberbias y autosuficiencias, despertando la verdadera fe nuestra vida porque nos sentimos envueltos por el amor

1Juan 1, 5 — 2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30

Necesitamos en la vida aprender a confiar. Pero ¿en qué confiamos? ¿Qué nos merece esa confianza? Ahí está la sabiduría. El poderoso confía en su poder, el rico confía en sus riquezas, el que se cree sabio su autosuficiencia lo hace sentirse el ombligo del mundo, pero se nos acaba el poder, se nos gastan las riquezas, se diluye esa autosuficiencia de creer sabedores de todos porque pronto nos daremos cuenta de lagunas de nuestra vida, ¿en qué nos quedamos? Vacíos, indefensos, hasta nos sentimos inútiles. Por eso tenemos que saber tener esa sabiduría para encontrar lo que verdaderamente merezca nuestra confianza.

Son los pequeños, los sencillos, los que nada tienen los que entienden mejor lo que es la confianza; aprenden a fiarse y eso les dará más fortaleza espiritual para superar carencias y limitaciones, los hace humildes porque se han despojado de su autosuficiencia; en ese camino nos damos cuenta de la importancia de confiar porque aprenderemos apoyarnos en cosas que tengan verdadera hondura. Nuestro espíritu se eleva por encima de las materialidades dándonos cuenta de que somos más que un trozo de materia. Y aquí entramos en el ámbito de la fe que es dar nuestro voto de confianza, porque experimentamos como nadie lo que es sentirnos amados, aunque nos parezca que de tan pequeños que somos no tenemos ningún merecimiento.

Hoy vemos uno de esos momentos del evangelio en que Jesús llega a expresar incluso el gozo interior que le embarga, que le llena hasta rebosar. Podríamos decir que las palabras que escuchamos hoy a Jesús en el evangelio son como una canción. Da gracias al Padre porque los pequeños y los sencillos lo han escuchado y Dios a ellos se ha revelado. Eran de verdad los más dispuestos a la confianza, entonces, a creer. No estaba la autosuficiencia de los que se creen sabios o poderosos, por eso se fían, por eso confían. Y Jesús da gracias al Padre porque a ellos se revela de manera especial.

Pero nos continua diciendo Jesús que sigamos confiando a pesar de lo duro que nos pueda parecer el camino, a pesar de que notemos nuestros cansancios y nuestras debilidades. El se nos ofrece como nuestro descanso, El nos manifiesta también la mansedumbre y la dulzura de su corazón para que así confiemos totalmente en El. ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados… aprended de mi que soy manso y humilde de corazón… encontraréis vuestro descanso…el yugo no es tan duro’, es liviano porque está forrado del amor.

¿Cómo no vamos a creer? ¿Cómo no vamos a confiar? En El encontraremos la verdadera sabiduría, El será en verdad nuestra paz. El nos da confianza para que sigamos caminando a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, porque es Dios el que confía en nosotros, a nuestro lado está, nos hace sentir su amor, nos regala su perdón y nos envuelve con la fuerza del Espíritu. Quien se siente así amado confía, quien se siente así amado mantendrá firme su fe.

Un camino nuevo emprendemos donde vamos a hacer gala de nuestra confianza. Aprenderemos a confiar en los demás, aprenderemos a caminar juntos, aprenderemos a creer en las personas y darle nuestro voto de confianza aunque tantas veces nos cueste, no defraudaremos a los demás porque hemos aprendido a caminar de manera distinta; el amor que nos ha envuelto ha transformado nuestra vida y nuestra vida estará ya siempre hecha para el amor.