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jueves, 17 de septiembre de 2026

Ni pongamos nosotros una fachada para impresionar ni dejemos de ver lo que hay tras la apariencia de aquel con quien nos encontramos que nos puede estar gritando pidiendo amor

 


Ni pongamos nosotros una fachada para impresionar ni dejemos de ver lo que hay tras la apariencia de aquel con quien nos encontramos que nos puede estar gritando pidiendo amor

1Corintios 15, 1-11; Salmo 117; Lucas 7, 36-50

Con qué facilidad nos dejamos impresionar por las fachadas; según vemos el aspecto de la fachada ya estamos pensando lo que puede haber por dentro, y con qué facilidad nos equivocamos; y no estoy pensando en fachadas de edificios que también nos pueden llevar a muchas decepciones, sino las fachadas que algunas veces nosotros mismos nos creamos para impresionar a los que nos ven dando una apariencia de lo que no somos y por ahí andan todas nuestras vanidades y apariencias buscando prestigios o haciendo manifestaciones de influencias y de poder, pero es también el juicio que nos hacemos de las otras personas y la fachada en la que nos fijamos puede ser su apariencia de sencillez o de pobreza, puede ser su raza o el color de su piel, o sean tantos prejuicios que nos hacemos fácilmente de los otros, de las fachadas que nos creamos o de las fachadas que hemos de desmontar para aprender a descubrir lo que realmente es la persona. Y aquí sí que tendríamos que hacer un repaso muy grande y muy importante de nuestros prejuicios, de las actitudes de prepotencia con que nos presentamos y juzgamos y de tantas cosas que tendríamos que revisar en nuestra vida.

La situación en la que nos hace pensar hoy el evangelio surge cuando Jesús es invitado por un fariseo muy principal en el pueblo y estando a la mesa sin saber por qué ni por donde ha podido aparecer una mujer se postra a los pies de Jesús, lavando sus pies con sus lágrimas, derramando caros perfumes y creando una situación de incomodidad entre todos los comensales. Allá está el anfitrión de aquella casa además de pasarlo mal por la situación que inesperadamente se les ha presentado preguntándose si en verdad Jesús es o no es un profeta para darse cuenta de que aquella mujer es una pecadora.

Pero Jesús ve mucho más allá de la apariencia de aquella mujer pecadora como también lo que hay detrás del pensamiento de aquel hombre. Y Jesús propone una pequeña parábola, de los dos deudores y quien estaría más agradecido si se le condonan sus deudas para hacer recapacitar al fariseo del valor de aquella mujer que además está realizando los signos de la hospitalidad que el anfitrión de la casa no supo hacer. En aquella mujer sobre todo hay mucho amor. Lo están manifestando sus lágrimas que son signo de un arrepentimiento, aquel perfume que derrama sobre los pies de Jesús y aquellos besos con los que le manifiesta su respeto y su amor.

Será una gran deudora, pero Jesús no está allí para pasar cuentas; es un corazón arrepentido y lleno de amor y eso es lo que importa porque es lo que está ya haciendo grande a aquella mujer. No es la prepotencia de un banquete con todos sus signos de opulencia, sino el amor que lleva a mover el corazón de Dios. Ahí están sus palabras que no van a ser comprendidas y como siempre pasadas por el tamiz de su manera de ver las cosas de Dios - ¿quien puede perdonar pecados sino Dios?, se preguntan porque les parece que Jesús se está atribuyendo un poder que según ellos no tiene-; pero la medida de Dios no es a la manera de la medida de los hombres. Lo que mira Dios es nuestro corazón para ver si encuentra amor.

¿Seremos capaces de una vez por todas de mirar más allá de esa fachada ante la que nos quedamos tantas veces? Detrás de ese rostro que contemplamos siempre hay una vida, ¿seremos capaces de preguntarnos y de interesarnos por ella? Detrás de ese rostro puede haber unos problemas o una cadena de sufrimientos ¿podemos acaso imaginárnoslos? Detrás del color de la piel de ese emigrante, haya llegado como haya llegado a nuestras costas o a nuestra tierra ¿no podemos pensar que hay unas familias con toda su carga de pobreza pero también de angustia porque no saben nada de él, si ha llegado o no a nuestras costas cuando tantos se quedan en la travesía del mar? ¿Seremos capaces de ver la capacidad de amor que hay en esos corazones o la soledad que nos está pidiendo a nosotros unas migajas de amor?


miércoles, 15 de julio de 2026

Olfato para percibir el actuar de Dios, mirada creyente y contemplativa para leer que en lo pequeño y en lo sencillo también se nos manifiesta Dios

 


Olfato para percibir el actuar de Dios, mirada creyente y contemplativa para leer que en lo pequeño y en lo sencillo también se nos manifiesta Dios

 Isaías 10, 5-7. 13-16; Salmo 93; Mateo 11, 25-27

Algunas veces parece que solo vemos lo que tenemos, como solemos decir, en la punta de la nariz, lo que más brilla o lo que nos llama la atención por lo portentoso o nos parece más maravilloso, igual que ponemos filtros desde nuestros intereses o nuestras ambiciones, aquellas cosas que más nos complacen o simplemente de lo que nos produce envidia de lo que vemos en los demás.

Tener una mirada objetiva también nos cuesta, limpiar los filtros de nuestros ojos para ver con claridad no es fácil, pero no podemos olvidar que hemos de tener sin embargo ojos de discernimiento para saber descubrir lo mejor que quizás no está en eso aparatoso que nos encandila, para ir más allá de esos intereses o ambiciones, para saber escuchar con el corazón o ver lo maravilloso de las cosas pequeñas.

Estamos haciéndonos una reflexión en principio desde unas categorías o unos valores humanos que nos ayudan a ese crecimiento y maduración como personas en lo que todo tendríamos que estar empeñados. Pero como creyentes hemos de saber dar un paso más. Es a lo que nos está invitando Jesús hoy en este pasaje del evangelio. Jesús está haciendo una lectura orante con lo que está sucediendo con su presencia, con los signos que realiza y con la Palabra que anuncia, con la respuesta incluso que va encontrando y que hace sentir la acción de Dios en medio de su pueblo.

Le escuchamos cómo da gracias al Padre que se está revelando en los sencillos y que son precisamente los pequeños y los sencillos los que están más abiertos al misterio de Dios. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños…’ Muchos comentarios nos hemos hecho en diversas reflexiones sobre estas palabras de Jesús. No los que aparentan más sabios son los que se abren al misterio de Dios; los pequeños y los sencillos desde su pobreza y su humildad tendrán, podríamos decirlo así, mejor olfato para percibir el misterio de Dios que se revela.

Una hermosa lección para nuestra vida para que aprendamos a tener esa mirada de Jesús y sepamos ver en lo pequeño y lo sencillo, los que nos puede parecer humilde e insignificante un signo de esa llamada de Dios; que sepamos discernir lo que sucede alrededor, los acontecimientos de la historia de cada día, lo que escuchamos desde las noticias que recibimos o de lo que comparten con nosotros, para no dejarnos impresionar fácilmente ni dejarnos confundir, para mantener nuestra propia serenidad, para sacar todo lo bueno que podamos. Llegar a percibir como en lo pequeño de la vida cotidiana se va manifestando el actuar de Dios.

No es pues una mirada cualquiera, una mirada superficial, es una mirada con hondura que nos hace trascender con mirada contemplativa la realidad; por eso decíamos que no nos podemos quedar en lo que está en la punta de la nariz, ni solo lo que brilla o nos pretenden quizás imponer; necesitamos en la vida ser reflexivos y contemplativos, no perder la serenidad y la paz porque nos dejemos arrastrar por las prisas y las carreras de la vida, ir rumiando serenamente lo que vemos o nos va sucediendo. Es también una apertura a una trascendencia espiritual para no quedarnos solo en lo material que por muy bueno que sea nos puede también confundir, una apertura al misterio y a lo sobrenatural para llegar a descubrir la presencia de Dios en nuestra vida.

Que tengamos ese olfato, como decíamos, para percibir esa presencia de Dios, que tengamos esa mirada luminosa para ver el actuar de Dios, que tengamos esa sensibilidad para leer esos signos de los tiempos que en nuestra historia nos ayuden a descubrir lo que Dios quiere.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Como María nosotros sintamos también que Dios se ha fijado en nosotros para que podamos realizar las maravillas de Dios

 


Como María nosotros sintamos también que Dios se ha fijado en nosotros para que podamos realizar las maravillas de Dios

1 Samuel 1,24-28; 1S 2,1.45.6-7.8abcd; 1,46-56

Sentir que se han fijado en nosotros cuando queríamos pasar desapercibidos, conscientes de nuestra pequeñez y de nuestra pobreza, y se han fijado en nosotros porque confían en nosotros y nos van a hacer participar en lo que podrían ser grandes proyectos es algo que nos llena de gozo el alma, diríamos que utilizando el mejor sentido de la palabra nos sentimos orgullosos y nos sentimos impulsados a manifestar nuestro agradecimiento a quien ha tenido ese detalle, que no es nimio, con nosotros. Como solemos decir, le estaremos eternamente agradecidos. Forma parte también de nuestros valores humanos, en que sintiéndonos pequeños, al mismo tiempo nos sentimos engrandecidos.

¿No es esto lo que hace prorrumpir a María en este magnifico canto – por algo lo llamamos ‘magnificat’, aunque sea su primera palabra en latín – con el que reconoce las maravillas de Dios, pero reconoce ante todo que Dios ha puesto sus ojos en ella? A cualquier persona que le sucediera algo semejante no se lo podría creer.

Por eso cuando María en Nazaret recibe la visita angélica que le trasmite los planes de Dios, conociendo también por boca del ángel las albricias que se están produciendo en las montañas de Judea, se pone en camino al encuentro de su prima Isabel. ¿Solamente por prestarle sus servicios sabiendo que es una mujer anciana en tales circunstancias y ella joven puede ayudarle? No negamos esta prontitud de María en su generosidad y en su amor que siempre estará atenta allí donde haya una necesidad para poner su mano y su actuación con también la veremos en las bodas de Caná, pero es también la necesidad de María de desahogar su corazón  ¿y con quien mejor que con su prima que también se ha visto beneficiada en su maternidad por las acciones de Dios?

Cuando algo grande y maravilloso oprime nuestro corazón con el gozo de lo acontecido, trata de expandirse como una explosión y a comunicarse y empapar de esa alegría a cuantos le rodean; es lo que hace María, es el sentido del cántico de María que hoy nos ofrece el evangelio y que también nosotros también tantas veces hemos utilizado en nuestra oración y en nuestra acción de gracias a Dios.

Se ha fijado en la pequeñez de su esclava y el Poderoso ha realizado en ella obras grandes. Como un río que se desborda viene a inundarnos la gracia y la misericordia del Señor transformándolo todo. Es una riada de misericordia que todo lo transforma y que hará brotar con vigor nueva vida. Es la presencia de Dios en medio de nosotros derramando su misericordia.

Cuando ahora en las vísperas de la Navidad vamos nosotros también a cantar este cántico de María, porque vemos las cosas maravillosas que a través de María Dios quiso realizar para nosotros, pero es que estamos sintiendo que esa mirada de Dios también se ha vuelto sobre nosotros y sobre nuestro mundo. Es cierto que nos sentimos pequeños y pecadores, pero nos sentimos amados de Dios, y sentimos que Dios sigue actuando en nosotros y por nosotros quiere también llegar a los demás. 

Pensemos en que a pesar de nuestro pecado también hemos podido realizar muchas cosas buenas, aun se mantiene vivo el amor de Dios en nuestro corazón, muchos quizás han podido incluso acercarse a Dios; el Señor sigue contando con nosotros, sigue volviendo su rostro sobre nosotros y quiere derramar su misericordia y su paz en nuestros corazones. Lo necesitamos, pero necesitamos también reconocerlo, como María, y dar gracias, entonar este cántico de María también nosotros con corazón agradecido al Señor.

Y una cosa más hemos de decir, celebrar la navidad significa también que Dios sigue volviendo su rostro sobre nuestro mundo. Hagamos visible para nuestro mundo esa misericordia del Señor a través de nuestro amor.

domingo, 5 de enero de 2025

La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús para hacernos a nosotros también hijos en el Hijo de Dios

 


La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús para hacernos a nosotros también hijos en el Hijo de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús, como la mirada que nos lleva a conocer a Dios es a través de Jesús, que es revelación de Dios, que es Palabra de Dios, Palabra del amor de Dios para la humanidad. En Jesús hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones celestiales, como nos dice la carta a los Efesios, hemos sido elegidos y amados, y estamos llamados y predestinados a ser sus hijos. Hijos de Dios en el Hijo, en Jesús que nos hace participes de la vida de Dios por la fuerza de su Espíritu.

Es el mensaje maravilloso de la Navidad que seguimos viviendo y celebrando. Es la Sabiduría de Dios que nos llena de vida, que se hace luz y salvación, que se hace verdad y se hace gracia, que nos revela todo el amor de Dios que nos engrandece y nos hace hijos; es la participación en el misterio de Dios, Palabra de Dios que se hace carne y que planta su tienda entre nosotros, como estamos viviendo en la Navidad. Mucho más allá que en la cueva de Belén Dios quiere plantar su tienda en nosotros cuando nosotros le recibimos y le acogemos, porque a aquellos que le reciben les da el poder ser hijos de Dios, como escuchamos hoy en el mensaje del evangelio.

Nos encontramos hoy ante una de la páginas más bellas y profundas del evangelio; es lo que llamamos habitualmente el prólogo del evangelio de san Juan donde se nos está revelando y ofreciendo como en un hermoso resumen toda la teología del misterio de la Encarnación. San Juan no nos narra el misterio del nacimiento de Jesús con la tradición de los otros evangelistas, pero sí nos está expresando todo ese misterio del Dios que existiendo desde toda la eternidad quiere encarnarse y hacerse hombre para ser nuestra Sabiduría y nuestra Salvación, nuestra Luz y nuestra Vida, gracia que nos salva y que nos redime, gracia que tenemos que acoger porque al encarnarse Dios en nuestra carne a nosotros nos eleva para hacernos también sus hijos.

Aparecen en medio de la sombras de nuestra vida, como las tinieblas que rechazan la luz, que no quieren recibir la luz, pero nos abre el camino para que finalmente nos dejemos envolver por esa luz, nos dejemos inundar por esa gracia, podamos alcanzar también la vida.

Es el camino de la redención, el camino de la Salvación que Dios nos está ofreciendo. Es el camino de sabiduría que se abre ante nosotros cuando acogemos su Palabra. Esa palabra que nos revela lo más profundo de Dios, igual que con nuestras palabras estamos manifestando lo que llevamos dentro de nosotros mismos, expresamos nuestros pensamientos o nuestros deseos, reflejamos lo que somos y lo que sentimos, estamos diciendo nuestro propio yo, así nos revela Dios en su Palabra lo más profundo de su ser.

Como nos dice es la Palabra por la que se hizo todo cuanto ha sido hecho, la Palabra de la creación, pero es también la Palabra que ilumina cuanto existe y nos da el sentido de todo, Palabra que es revelación, y es también la Palabra que nos levanta y nos redime ofreciéndonos la gracia y el perdón, es Palabra de Salvación. ‘Basta una sola palabra tuya, le decía el centurión a Jesús, y mi criado quedará sano’. ¡Qué bien lo expresaba la fe de aquel centurión romano! Es la Palabra que en Jesús llega a nosotros para levantarnos y para salvarnos, para inundarnos del amor de Dios y para hacernos hijos de Dios.

No terminamos de considerar lo suficiente tanta maravilla, tanto amor, tanta gracia. Por algo nos decía san Pablo que en Jesús hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales. Hoy nos invita el apóstol a dar gracia a Dios, que es reconocer humildemente toda la maravilla del amor de Dios. ¡Bendito sea Dios que así nos ha enriquecido con tanta gracia! ‘Santificado sea tu nombre’, bendito sea el nombre del Señor, como decimos en el padrenuestro.

Pero nos enseña también cuál ha de ser nuestra mejor oración. Que nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprender cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a sus santos.

¿Será así nuestra oración? ¿Será esa la forma en que bendecimos a Dios y pedimos la sabiduría de su Palabra? ¿Cuál es la esperanza que tenemos en nuestro corazón y la verdadera riqueza que buscamos para nuestra vida?

 

lunes, 29 de abril de 2024

Disfrutemos y valoremos la presencia de quien nos ama y quiere habitar en nuestro corazón amando nosotros con el mismo amor


Disfrutemos y valoremos la presencia de quien nos ama y quiere habitar en nuestro corazón amando nosotros con el mismo amor

Hechos de los apóstoles, 14, 5-17; Sal. 113; Juan 14, 21-26

Hay algo que podríamos decir misterioso pero que al mismo tiempo es enormemente reconfortante y es cómo podemos sentir a nuestro lado a aquellas personas que amamos aunque físicamente no estén con nosotros. Es el misterio del amor y de la amistad. Yo sabía que estabas conmigo, le decimos al amado, le decimos al amigo cuando hemos pasado quizás por momentos difíciles y físicamente nos sentíamos solos, pero al mismo tiempo no nos sentíamos solos porque sabíamos que quien nos amaba estaba con nosotros. Tenemos que aprender a disfrutar y a valorar esa presencia espiritual de quien nos ama y a quien amamos.

Esto es en cierto modo lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Nos pide amor y nos garantiza el amor, un amor que no serán solo palabras bonitas sino expresar con aquello que hacemos ese amor que tenemos. ‘El que sabe mis mandamientos y los guarda, nos dice hoy Jesús, ese me ama; y al que me ama, lo amará mi Padre y lo amaré yo, y me mostraré a El’. Garantía del amor, amamos y nos sentimos amados, pero aun nos dice más ‘me mostraré a El’, podemos conocerle como nadie le ha conocido. Entremos en esa órbita del amor y qué distinta se vuelve nuestra vida.

Muchas veces nos encontramos con gente que duda de Jesús, a nosotros también muchas veces nos entra también la debilidad de esa duda, y miran a Jesús desde la distancia, como si solo fuera un personaje histórico que tuvo su valor e importancia en aquel momento, pero que ahora nos queda lejos, se hace difícil entrar en esa necesaria comunión con El que desde la fe podemos considerar. No podemos mirar a Jesús de esa manera, es necesario algo más, tenemos que dejarnos cautivar por su amor, comprender que su mensaje es un mensaje de vida para nosotros y en El encontraremos siempre el sentido y el valor de nuestra vida. Y eso lo podremos hacer cuando, como decíamos, entremos en la orbita del amor.

Pero no será ya como quien siente una presencia virtual, como ahora tan frecuentemente decimos, sino que será más íntimo y más profundo. Por eso nos insiste Jesús, ‘el que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a El y haremos morada en él’. Dios que mora en nosotros. Nos había dicho al principio del evangelio que ‘la Palabra se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. No ya solo nos referimos al misterio de la Encarnación de Dios en el seno de María, sino que nosotros mismos por nuestro amor seremos esa morada de Dios. Y con nosotros tendremos al ‘Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

¿No decimos que por el Bautismo somos morada de Dios y templo del Espíritu Santo? Se supone cuando le damos el sí del Bautismo le estamos dando el sí del amor, y todo nuestra vida, entonces, tiene que ser una respuesta de amor al amor que Dios nos tiene. Mucho tenemos que revisar en ese camino del amor; mucho tenemos que considerar cuando así nos sentimos amados de Dios.

 

lunes, 1 de enero de 2024

Navidad, María, paz, tres palabras que se encadenan y nos comprometen con un anuncio para el hoy de nuestro mundo, Dios vuelve su rostro sobre nosotros para darnos la paz

 


Navidad, María, paz, tres palabras que se encadenan y nos comprometen con un anuncio para el hoy de nuestro mundo, Dios vuelve su rostro sobre nosotros para darnos la paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Navidad, María, paz, tres palabras que como en cadena vienen a situarnos en la celebración de este día. Junto a ello no podemos ignorar el momento presente con el inicio de un nuevo año, que nos hará aterrizar también en la vida concreta de cada día y en las circunstancias concretas que vivimos en nuestro mundo.

Sí, seguimos celebrando la navidad, hoy es su octava, que además seguimos queriendo vivir con la misma solemnidad; así nos lo ofrece la liturgia para nuestra celebración y en consecuencia para nuestra vida. Es el misterio del Emmanuel, porque no podemos dejar de llamarlo misterio, porque es algo que en mente humana, con nuestros racionalismos, parece que no cabe, que Dios haya querido hacerse uno como nosotros y así lo hemos contemplado en su nacimiento en Belén, que venimos celebrando, queriendo seguir viéndonos envueltos por esa presencia y por ese amor.

Pero no podemos celebrar el misterio de la Navidad sin contemplar a María; es la madre que quiso tener Dios para encarnarse, para hacerse hombre, ‘nacido de una mujer’, como nos recuerda san Pablo. Esa mujer llena de gracia, como la llama el ángel, que se siente mirada y escogida por Dios, envuelta y poseída por Dios para ser la agraciada del Señor que encima Dios nos quiso regalar como madre. Es la Madre de Dios, y no terminamos de contemplar las maravillas que Dios realiza en ella y admirarnos con ella que es sentir el impulso de ponernos también a cantar la gloria de Dios, como lo hizo María. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, que ha realizado obras grandes…’

Escuchamos hoy en relato del evangelio, completando lo escuchado en la noche de la Navidad que el ángel del Señor llevó la buena noticia a unos pastores que guardaban sus ganados en los campos de Belén. ‘Os anuncio una gran alegría, os ha nacido un Salvador…’ No es el anuncio de algo hipotético, no es un anuncio como las profecías que hacían los profetas que eran siempre para un tiempo futuro, es el anuncio de un hoy, de un ahora, de un momento presente. ‘Hoy, en la ciudad de David…’ les anuncia de forma concreta el ángel. Allí está el Salvador, no para otros tiempos, no para un tiempo futuro. Es el anuncio concreto que nosotros también recibimos en el hoy de nuestra vida. ‘Hoy nos ha nacido un Salvador’.

Y los ángeles comienzan a cantar la gloria del Señor, no podría ser de otra manera. Allí, en el hoy concreto de sus vidas, en el hoy concreto de nuestra vida recibimos nosotros también ese anuncio. Es la gloria del Señor que nos viene a traer la paz. Paz a los hombres de buena voluntad, paz a los hombres porque nos ama Dios. Es el regalo de Dios. Es el gran signo de la Navidad. Es el anuncio que escuchamos para el hoy de nuestra vida. Qué importante es la paz, la paz que tenemos que aprender a sentir en el corazón, la paz que vamos a vivir en nuestras relaciones humanas para que verdaderamente sean humanas, la paz que tenemos que construir en nuestro mundo, sordo quizás a ese anuncio de paz.

La paz que tiene que hacer que callen las armas y los cañones, la paz que destierre violencias y enfrentamientos, la paz que nos tiene que llevar al encuentro y al entendimiento, la paz que tiene que poner serenidad en el corazón para mantenernos en caminos de rectitud buscando siempre el bien y la justicia, la paz que nos tiene que hacer sentirnos bien con nosotros mismos, la paz que hará resaltar los mejores sentimientos, los mejores deseos que llevamos en el corazón, la paz que nos hará sentir el palpitar de la vida allá en lo más hondo, la paz que nos mantiene en la integridad para realizarnos como personas, la paz que nos hace sentir la armonía de la vida en nosotros, con los otros y con la naturaleza que nos rodea, la paz que nos hará caminar caminos de plenitud.

Es la paz que nos trae el Salvador. Así lo cantaron los Ángeles y así queremos nosotros cantarlo con nuestra vida en el hoy de nuestra historia. No todos parece que hayamos escuchado esa Buena Noticia que hoy sigue anunciándosenos. Seguimos resistiéndonos y no terminamos de dejar que esa Buena Nueva sea para todos hoy porque siguen sufriendo la falta de esa paz. Y ese es el compromiso de los que creemos en Jesús, de los que celebramos la Navidad; mientras no hagamos realidad ese compromiso no hemos terminado de celebrar de verdad la navidad, tenemos que reconocerlo aunque nos resulte dure.

Dejemos que Dios vuelva su rostro sobre nosotros y nos llene y nos inunde de su paz. Comencemos nosotros también a volver nuestro rostro sobre los que están a nuestro lado para ir despertando en todos esos deseos de paz y todos comencemos a comprometernos más por lograrla para nuestro mundo. Sintamos también a nuestro lado a María, como Madre y reina de la paz.

viernes, 22 de diciembre de 2023

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, y también sobre la historia de nuestra vida, aprendamos a tener una mirada hacia los demás


 

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, y también sobre la historia de nuestra vida, aprendamos a tener una mirada hacia los demás

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8;  Lucas 1,46-56

‘¡Me está mirando!’, es la reacción de sorpresa de aquella persona humilde y sencilla que salió con sus convecinos al paso de alguien importante de paso por aquel lugar. Alegría, gozo, fiesta en aquellas gentes por el hecho de que aquel personaje pasara en medio de ellos, pero alguien le sucedió algo especial en su interior al paso de aquel personaje, se sintió mirada, no con una mirada cualquiera, una mirada que podríamos decir de corrida y de forma general como estaba mirando a todos, sino se dio cuenta que su mirada se posaba en ella. Algo sintió por dentro, ¿sorpresa? ¿Miedo quizás por lo que podría significar porque hay miradas que son aterradoras? ¿Alegría porque era como una mirada de predilección que iba a tener un significado posterior especial?

Así se sintió María. Desde que el ángel la había sorprendido en su casa de Nazaret, desde que escuchó el saludo del ángel que además la llamaba la agraciada ante de Dios – la llena de gracia, que dice el evangelio – Ella estaba sintiendo en todo momento esa mirada de Dios que se posaba en su corazón. No puede menos que desbordar de gozo su corazón y cantar los mejores cánticos de alegría y alabanza a su Creador. Como saltando por los montes, brincando entre las colinas, como decía el Cantar de los Cantares ella había hecho aquel recorrido de Nazaret a las montañas de Judea dejando oír su voz y su alegría por los caminos de Samaría y por las montañas de Judea.

Y si la música la llevaba en el corazón resonando como en un eco por la alegría que recorría aquellos caminos y solo la escuchaban los ángeles de Dios que la acompañaban, ahora en la confianza donde se siente querida y amada ese cántico salta a gritos en perfecta entonación que se convierten en la más hermosa melodía y que van a resonar fuerte entre los valles y las montañas con prolongación de los siglos hasta nuestros días para alabar y para bendecir al Señor. Es el cántico del Magnificat que hoy se nos ofrece en el evangelio y que se ha convertido también en el cántico de la Iglesia con el que cada tarde se bendice y se alaba también al Señor.

Alaba y bendice al Señor María porque ha mirado, se ha fijado en la humildad de su esclava y el poderoso ha hecho obras grandes en ella. Y recuerda María todo el camino de la misericordia del Señor que se ha ido manifestando siglo tras siglo con su pueblo cumpliéndose todas las promesas hechas por los antiguos profetas y que Dios un día hiciera a Abrahán, su siervo. Todo va a cambiar, un mundo nuevo va a resurgir, las promesas de Dios siempre se cumplen. No puede menos María que cantar al Señor. Dios había puesto sus ojos en ella adueñándose de su corazón.

¿No será eso lo que nosotros también hemos de sentir? La mirada de Dios ha estado siempre sobre nosotros, la mirada del Señor nos ha acompañado y ha sido nuestra fuerza y nuestra guía. Quizás sintiéndonos indignos quisiéramos ocultarnos de esa mirada de Dios, como le sucedió a Adán y Eva en el paraíso después de su pecado, pero Dios nos ha seguido buscando. ¿Se quería esconder Pedro cuando se sintió mirado por Jesús  en el patio del pontífice después de su triple negación? Lloraría Pedro su pecado – la tradición nos habla de los surcos que cruzaban su rostro marcado por el río de sus lágrimas -, pero tendría ánimos para porfiarle su amor y decirle que Jesús lo sabía todo y sabía que a pesar de todo él le amaba.

Recorramos la historia de nuestra vida que ha sido la historia de una mirada de amor de Dios sobre nosotros. Cuántas veces se manifestado una y otra vez la misericordia de Dios sobre nuestra vida en su mirada de amor. Podemos así levantarnos y dejarnos encontrar por Dios, por su gracia, sentir la ternura de su mirada, ver cómo se derrama una y otra vez la misericordia sobre nuestro corazón.

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, pero tan palpable también sobre la historia de nuestra vida, hemos de aprender a volver nuestra mirada hacia los demás. Que a través de nuestra mirada se siga derramando esa ternura de Dios sobre el corazón de cuantos nos rodean, porque el Señor también en nosotros quiere realizar obras grandes.

domingo, 1 de enero de 2023

Dios ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha enviado a Jesús, que es el Salvador que nos ha nacido, nuestra vida y nuestro mundo se hacen distintos y se llenan de paz

 



Dios ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha enviado a Jesús, que es el Salvador que nos ha nacido, nuestra vida y nuestro mundo se hacen distintos y se llenan de paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Pensemos en todo lo que nos puede decir una mirada cuando llega a nosotros en el momento que más lo necesitamos; nos sentimos solos en nuestra lucha, parece que nadie nos tiene en cuenta ni valora el esfuerzo que estamos realizando para salir adelante, el dolor nos oprime y el sufrimiento nos llena de angustia y hasta nos quita la paz del corazón, y cuando nos parece que más desesperados estábamos una mirada se vuelve sobre nosotros, nos está dando su asentimiento sin apenas movimiento perceptible, sentimos calor en aquellos ojos que parece que nos están diciendo que nos levantemos, que sigamos luchando, que está teniendo en cuenta todo aquel esfuerzo que estamos haciendo para salir adelante.

Es una verdadera mirada de bendición. Qué aliento sentimos en el corazón, que nuevos ánimos surgen en lo más profundo de nosotros y no tiraremos la toalla, seguiremos adelante cueste lo que cueste. Cuánto nos decía aquella mirada.

Hoy estamos celebrando esa mirada de Dios para nosotros que se convierte en bendición para nuestra vida. Recordamos cómo Dios le dice a Moisés allá en el Horeb que ha escuchado el clamor de su pueblo y responde enviándole a él. El nacimiento de Jesús es esa mirada de amor de Dios a la humanidad. Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único… que nos dirá el evangelio. Dios que vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede su paz, como decía la bendición del Libro de los Números que hoy escuchamos en la primera lectura.

Es la mirada de la ternura de Dios; es la mirada de la piedad y se vuelve compasión; es la mirada de la misericordia y nos inunda con su amor. Lo podemos sentir, lo podemos palpar, lo saboreamos en esa mirada de Dios, nos gozamos con su bendición y nos llenamos de una alegría que nadie nos podrá jamás quitar.

Como nos quiere explicar el evangelio, se asomó Dios al mundo y vio a aquellos pastores de Belén que pasaban la noche al raso cuidando de sus rebaños, y les envió el ángel de Dios que les anunciara que en los campos de Belén había nacido una flor, que iban a encontrar a un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre y era su Salvador. Y cuando los pastores sintieron sobre sí esa mirada de Dios en los ángeles que cantaban la gloria de Dios, en el ángel que les anunciaba lo ocurrido en Belén, se pusieron camino y encontraron tal como se les había anunciado.

Tenemos que aprender que hemos de ponernos en camino cuando sentimos esa mirada de Dios sobre nosotros. Son tantos los momentos en que Dios vuelve su rostro sobre nosotros, pero aunque andemos angustiados estamos distraídos y no sabemos leer las señales de Dios. Hemos de estar atentos para descubrir ese semblante que tanto nos puede decir. Nos está dando muchas señales el Señor y andamos preocupados de otras cosas y olvidamos lo principal. Queremos pasarlo bien y hacemos todo lo posible, pero nos olvidamos de la paz que hemos de llevar en el corazón. Podremos poner muchas pantallas de risas y de cánticos, de banderas que hablen de fiesta y de felicidad, pero nuestro corazón se ha adormecido y no terminamos de captar esas señales de Dios.

Despertemos y no dejemos de soñar, aunque nos parezca como un contrasentido. Despertemos de todas esos sucedáneos que nos adormecen para que no nos enteremos de lo que realmente nos pasa  - cuántos sucedáneos como drogas vamos metiendo en la vida para entretenernos – pero soñemos al mismo tiempo en algo bonito y hermoso, soñemos en lo maravilloso que podríamos hacer nuestro mundo si cambiaran un poquito esas actitudes negativas y de pasividad que nos envuelven en la vida, soñemos en esa felicidad y hermandad para todos porque eso no es un imposible, soñemos en que las sombras y las angustias no nos vencerán, porque detrás de todo estamos contemplando una mirada que nos levanta el ánimo, una mirada que se convierte en mano tendida, una mirada que nos hace sonreír en el alma, una mirada que nos está diciendo que Dios sigue confiando en el hombre, sigue confiando en nosotros para que hagamos que las cosas cambien.

Y nos ponemos en camino como los pastores de Belén, y confesaremos que Jesús es el Señor porque es el Salvador, el único salvador de nuestra vida y de nuestro mundo; nos ponemos en camino e iremos dando señales de ese mundo nuevo, de ese Reino de Dios porque Jesús es nuestro único Señor, la vida de nuestra vida. y nos ponemos camino para nosotros comenzar a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, para comenzar a mirar con mirada nueva a los que caminan en medio del dolor a nuestro lado, y en nuestra vida mirada sentirán el estímulo para ellos levantarse también, para ellos comenzar a caminar también. 

En esa mirada descubrirán la mirada y la bendición de Dios. Seamos para los demás esa mirada de Dios.

domingo, 27 de marzo de 2022

Una parábola que nos habla de la mirada misericordiosa de Dios y nos enseña a tener una nueva mirada hacia los hombres, nuestros hermanos, buscando caminos de reconciliación

 

Una parábola
que nos habla de la mirada misericordiosa de Dios y nos enseña a tener una nueva mirada hacia los hombres, nuestros hermanos, buscando caminos de reconciliación

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32

Algunas veces parece que nos duele que otros sean buenos y muestren un corazón misericordioso y compasivo con los demás; y es que muchas veces cuando le ponemos una marca a alguien, catalogándolo de una determinada manera, parece que esa marca es imborrable y por mucho que veamos que esa persona ha cambiado para nosotros sigue siendo la misma.

Es la dureza de nuestros juicios y condenas, es la malicia que ponemos en seguir marcando a alguien por un error, por algo que hizo mal en algún momento de su vida; como si nosotros hayamos sido siempre trigo limpio. Bien nos vendría recordar muchas veces aquello de Jesús cuando lo de la mujer adúltera que quien no tenga pecado que sea el que tire la primera piedra.

Siempre habrá alguien que recuerde, que saque de nuevo a relucir lo que sucedió con aquella persona en algún momento. Y cuidado que esas actitudes nos las encontramos alguna vez en personas que se tienen por buenas y piadosas. Bueno, era lo que sucedía en tiempos de Jesús, aquellos que se consideraban a si mismos los más puros serían los que andarían siempre recordando que los publicanos, las prostitutas, los pecadores siempre seguirían siendo los mismos y no merecerían la atención y el respeto de los demás, sino que había que alejarse de ellos, como se suele decir, como alma que lleva el diablo.

La motivación de la parábola que hoy Jesús nos ofrece está precisamente en la actitud de los fariseos y de los maestros de la ley que criticaban a Jesús porque se mezclaba con publicanos y pecadores. ‘Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Ya lo vemos en distintos momentos del evangelio que siempre están al acecho de lo que hace o dice Jesús.

Conocemos la parábola que hemos escuchado y meditado muchas veces y no es necesario repetirla de nuevo con todo detalle, aunque conviene releerla muchas veces - Lucas 15, 1-3. 11-32 - para escucharla de verdad en el corazón. El hijo que le pide su herencia a su padre y se marcha para vivir de mala manera. La vida dura e inhumana que tendrá que vivir cuando todo se acaba, y su ser capaz de levantarse para volver a la casa del padre.

Pero como bien sabemos la parábola no se acaba con la conducta negativa de ese hijo que se marchó de la casa del padre, sino que nos resaltará también la actitud negativa del hijo que parecía bueno, del que se quedó en la casa del padre, pero que su corazón estaba bien lejos de la actitud misericordiosa del padre que había recibido al que había marchado.

Es el orgullo y la envidia, es el desprecio y el resentimiento que invaden su corazón y le hace incapaz para la misericordia y el perdón. Tampoco él, como aquellos fariseos que no querían mezclarse con los publicanos, quiere mezclarse con su hermano que ha vuelto; para él seguirá siendo el hermano perdido, ya no lo llamará hermano; será un barrera que se interponga también con la actitud misericordiosa del padre para quien no tendrá sino quejas y reproches.

Pero en medio está el gran personaje, por así decirlo, de la parábola, el padre. El padre que siente el dolor de la ruptura de sus hijos, no solo es la ruptura de quien marchó de su casa y de su hogar, sino es el dolor del hijo que no sabe perdonar ni acoger como él lo está haciendo. Es el padre que espera paciente, que busca la manera de salir al encuentro, que corre gozoso al encuentro del hijo que vuelve, pero que va en búsqueda del hijo que con su actitud se quiere marchar, está creando barreras, sigue manteniendo un corazón endurecido e insensible.

Es el padre que nos está mostrando lo que es el amor de verdad, que no reprocha ni condena, que siempre espera y siempre está a la búsqueda, que tiene sensibilidad en su corazón para descubrir las tragedias que pueden están desarrollándose en el corazón de los hijos, ya estén lejos o ya estén físicamente cercanos, pero lejos de corazón como sucede con el hijo mayor.

Es la gran lección que nos está dando hoy Jesús, porque nos está hablando del amor misericordioso de Dios, que también a nosotros nos llama y nos espera, también viene en nuestra búsqueda y nos ofrece los brazos y abrazos de su amor. Porque ahí en esos hijos estamos retratados nosotros, porque muchas de esas posturas, actitudes y rupturas ha habido en muchas ocasiones en nosotros. Nos está enseñando a dirigir nuestra mirada a Dios y nos dejemos mirar por El, pero aún más que nosotros aprendamos también a tener una mirada como la de Dios. Nuestra mirada a Dios, repito, la mirada de Dios sobre nosotros, pero la nueva mirada que hemos de tener para los demás.

Es la mirada de la Pascua, es la mirada que vamos a recibir desde la cruz, como la mirada que nosotros elevaremos al que está levantado en lo alto; es la mirada con que hemos de bajar nosotros del Calvario y de la Pascua para ir al encuentro de ese mundo que nos rodea. Es una mirada que se hace oración porque invocamos la misericordia de Dios sobre nosotros y sobre nuestro mundo; pero es también una acción de gracias porque en esa mirada nos sentimos especialmente amados de Dios; pero es la súplica también por nuestro mundo roto por tantas miserias y tantas ambiciones, por tanta violencia y por tanta guerra, por tantos orgullos que nos dividen y crean barreras, es la súplica que se hace compromiso por la paz.

No olvidemos, como nos dice san Pablo, que tenemos que ser ministros de reconciliación.

sábado, 1 de enero de 2022

No nos puede faltar la presencia de María, la madre, imagen de la ternura de Dios, para con ella sentir cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede la paz

 


No nos puede faltar la presencia de María, la madre, imagen de la ternura de Dios, para con ella sentir cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede la paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

No podía faltar la presencia de una madre, no nos puede faltar. Qué necesaria es. No solo en el hecho de que en su vientre se gesta una vida, de su vientre nace un hijo, porque ahí no se acaba la función de la madre. Es la ternura de la naturaleza misma. Lo observamos hasta en los animalitos más elementales, como la madre cuida y alimenta, protege y se hace presente, da calor y cubre con sus alas como vemos tiernamente hasta en las aves.

Pero en el ser humano es mucho más, nos ha dado la vida y sigue siendo vida para sus hijos, porque sabe estar presente, porque cuida y porque protege, porque escucha y siempre está atenta no solo con los ojos de la cara sino con el corazón para entender y para saber más allá de las palabras que nosotros podamos decir o de los sentimientos que podamos expresar. Es la ternura de la vida, es la ternura del amor, es la ternura de Dios que El ha querido derramar de manera especial en la madre para que teniéndola a ella nunca sintamos el frío de la soledad, o el desgarro de la maldad que de otras partes nos pudiera llegar.

Y Dios quiso tener una madre, quiso nacer del seno de una madre, quiso sentir en sí mismo el calor del corazón de una madre. Por eso aunque siempre en todo el misterio del nacimiento de Jesús hemos visto la presencia de Maria, con la que Dios quiso contar, antes de concluir toda la solemnidad grande de la Navidad, en su octava, hoy celebramos a María, la Madre de Dios. Sabiamente tras la reforma litúrgica conciliar se recuperó para este día esta solemnidad de la Madre de Dios, que ya se venía celebrando el 11 de octubre, como conmemoración y recuerdo de aquel concilio que así la proclamó. Este es su lugar. Y es importante que así ahora la contemplemos y la celebremos en el mayor misterio y don de María, su maternidad divina.

Aunque los ángeles sólo le habían hablado a los pastores de un niño recién nacido envuelto en pañales, es allí junto a María donde encuentran a ese Niño que se les había anunciado como el Salvador. No podía faltar la presencia de la Madre, no podía faltar la presencia de María, como no nos puede faltar a nosotros en nuestro propio itinerario de fe.

Con María siempre iremos al encuentro con Jesús, siempre iremos a escuchar y a hacer lo que nos diga Jesús. Con María aprendemos a acoger la Palabra y a acoger a Dios, con María aprenderemos a saborear la ternura de Dios. Con María sentiremos el calor del amor y la intensidad de la vida porque de la ternura de su corazón de Madre aprenderemos a encontrar esas señales de amor que Dios va poniendo a nuestra vera en el camino de la vida. Pero con María aprenderemos también a ponernos en camino porque a todos hemos de saber comunicar las maravillas de Dios.

En esta fecha del primero de enero tenemos la coincidencia de varios hitos muy importantes en el camino de nuestra vida. Por una parte Navidad y la presencia de María como ya venimos comentando, pero al mismo tiempo en el ritmo de vida es el momento de cambio de hoja en el calendario que rige la vida de nuestra sociedad.

Es primero de año, lo que nos está hablando de un año que ya hemos dejado atrás con su propia historia, pero de un nuevo año que se abre camino ante nosotros y en el que tenemos que construir la historia de nuestro hoy. Momentos de recuerdos y recuentos del camino recorrido con lecciones aprendidas, con momentos con intensidad vividos y con todo eso que ha contribuido en el crecimiento y desarrollo de nuestra vida. Será momento de gratitudes, como de cosas a tomar nota y tener en cuenta para no cometer los mismos errores, como momentos para aprender de lo vivido ya fuera negativo o positivo.

Pero es momento de inicio de nuevas etapas y de buenos propósitos y deseos al tiempo que nos vamos trazando metas. Todos nos deseamos lo mejor, pero no nos podemos quedar en la buena voluntad ni en los buenos deseos, sino que tendrá que ser momento de compromiso y de poner cada uno de nuestra parte nuestro grano de arena o nuestra buena semilla porque será la manera de que nuestro año sea mejor. El año será lo que nosotros construyamos, con las circunstancias con que nos encontremos, y con el esfuerzo en que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos para que sea el resultado mejor. No es tarea fácil, porque son muchas las cosas que se conjuntan, pero eso no nos disculpa de nuestro esfuerzo y de nuestra tarea.

Y queremos un mundo de paz. Fue el cántico de los Ángeles de Belén, la paz para los hombres porque Dios los ama, y son los deseos que todos nos manifestamos cuando queremos que todos seamos muy felices. Sin esa paz, se vería realmente mermada nuestra felicidad y la felicidad de nuestro mundo. Una paz que construiremos desde la justicia, el amor y la verdad; una tarea de la paz en la que todos hemos de ser educados y todos hemos de prepararnos para construirla de la mejor manera.

A través del año habrá otras fechas en que la sociedad celebre el día de la paz y quiera expresar gestos de paz para manifestar su compromiso, pero sabiamente desde hace ya muchos año el Papa Pablo VI instituyó en la Iglesia esa Jornada de Oración por la paz en este primero de enero, comienzo del año. Es que la paz no es solo un deseo, sino un compromiso, pero también ha de ser un don que pidamos a Dios.

Que María, la madre y la reina de la paz, interceda por nosotros para que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz. Que esa mirada de Dios nos reconforte y nos haga sentirnos fuertes en su gracia para hacer de nuestro mundo un reino de paz.

domingo, 4 de julio de 2021

Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

 


Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

Ezequiel 2, 2-5; Sal. 122; 2Corintios 12, 7-10; Marcos 6, 1-6

Alguna vez puede sucedernos que tenemos un proyecto preparado con el mayor entusiasmo y dedicación con el que uno piensa que aquello puede ser la gran solución a graves problemas o situaciones para las que hasta entonces no se había encontrado salida o quizás pocos realmente se habían preocupado por resolver dicha situación y nos encontramos con el rechazo de frente, bien porque gente interesada no cree que esa sea la solución que quizás pueda afectar a sus intereses personales, bien por antipatías personales que tratan de desprestigiarnos. Nos sentiremos mal seguramente, podemos reaccionar con un abandono a su suerte de aquellos planes propuestos, heridos por el amor propio nos podremos poner guerreros y llenarnos de violencias, o nos sentiremos fracasados, por mencionar algunas posibles salidas.

¿Creemos de verdad en esos proyectos o en esos planes? ¿Nos sentiremos con la responsabilidad de llevarlos adelante contra todo viento o marea? ¿Nos volveremos algo así como unos quijotes que luchamos algunas veces casi sin saber contra quienes luchamos? ¿Seremos capaces de arriesgarnos a lo que pueda venir y seguir adelante con esos planes que tratan de mejorar alguna situación?

Nos encontramos en la vida con gente luchadora, que no como quijotes, sino como unos auténticos profetas luchan por unos ideales y por unas metas, tienen claros sus objetivos en la vida, buscan la manera de llevar adelante aquello que ellos consideran justo, y eso lo podemos ver en muchos aspectos de la vida. Serán quizás unos incomprendidos y muchas veces se sentirán solos, pero siguen adelante con arrojo y valentía luchando por poner ese grano de arena, que algunos no aceptan, pero que ellos saben que pueden mejorar nuestro mundo, nuestra sociedad.

¿Cómo se sentiría Jesús cuando fue a su pueblo, donde se había criado, Nazaret, y al intentar enseñar en la sinagoga como ya venía haciéndolo en otros lugares se encontró con el rechazo de su gente, de sus convecinos, incluso quizás de algunos familiares? No es extraño esto que digo de los familiares porque ya nos dice el evangelio en otro lugar que en una ocasión su familia pretendió llevárselo con ellos porque decían que no estaba en sus cabales. ¿Sentiría sensación de fracaso? Ya nos dice el evangelista que se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro.

Era el hijo de María y de José el carpintero; por allí andaban sus hermanos y familiares; ellos no habían visto que asistiera a ninguna escuela rabínica para aprender y tener algún título para enseñar. ¿Qué autoridad y qué sabiduría era esa?

Pero ya nos dice el evangelista para cerrar este episodio que siguió enseñando por los pueblos de alrededor. Jesús tenía claro cual era su misión profética. Reconoce con el dicho popular que ningún profeta es bien mirado en su tierra, que solo en su tierra lo rechazan y no lo aceptan. El anuncio del Reino de Dios no podía dejar se realizarse. Como profeta no podía callar, aquello que había recibido del Padre. Y empleamos esta expresión de profeta para referirnos a Jesús sin mermar ni un ápice lo que era el ser y la misión de Jesús.

Como nos dirá en otros momentos del evangelio El no nos trasmite otras cosas sino lo que ha recibido de su Padre, es el enviado del Padre. Como se nos dirá en otro momento tanto fue el amor que Dios nos tenía que nos envió y nos entregó a su Hijo único, nos dio a Jesús. El Verbo de Dios que era la luz de los hombres, aunque los hombres la rechazasen, porque las tinieblas tratan de rechazar, de ahogar la luz. Y la luz no se puede ocultar debajo del celemín, sino que hay que ponerla bien alto para que ilumine a todos los de la casa.

Con Jesús nosotros desde nuestro bautismo – para eso fuimos ungidos – hemos sido hechos sacerdotes, profetas y reyes, porque así nos configuramos con Cristo para ser como El. Por eso tenemos también que tener muy claro cuál es nuestra misión en medio del mundo. El mundo necesita profetas y es lo que tenemos que ser en verdad los cristianos en medio del mundo. No lo podemos olvidar. Aunque no nos acepten o nos rechacen; aunque seamos unos incomprendidos y hasta perseguidos por realizar esa misión. Pero tenemos que reconocer que tenemos medio abandonada esa misión profética. Como tenemos que saber descubrir y apreciar a esos profetas, aún sin fe, que en medio de nuestro mundo luchan por causas justas, que no son nuestros contrincantes en la lucha por un mundo mejor, sino que en todo lo bueno que haga un mundo más justo hemos de saber colaborar.

Es la misión de la Iglesia que no puede olvidar, de la que no se puede escaquear. Necesitamos en verdad una Iglesia profética en medio del mundo de hoy para que pueda realizar en verdad la misma obra de Jesús. A alguien le escuché decir en una ocasión hablando de la oración por las vocaciones al Sacerdocio ante la escasez de sacerdotes que más bien tendríamos que pedir al Señor por la abundancia de vocaciones de profetas. Es lo realmente necesitamos en la Iglesia, profetas auténticos que miren con los ojos de Dios nuestro mundo y nuestra sociedad para traernos la Palabra de Dios que nos ilumine y nos transforme. Es lo que hizo Jesús. Es nuestra tarea y nuestra misión.

viernes, 26 de febrero de 2021

Seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz

 


Seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz

Ezequiel 18, 21-28; Sal 129; Mateo 5, 20-26

La medida de la grandeza del hombre, de la grandeza de la persona es el amor. Podemos tener la tentación de que al pensar en grandezas busquemos riquezas o busquemos poder, busquemos reconocimientos o busquemos honores. Pero el amor nos hace grandes porque nos hace humildes, el amor nos hace grandes porque no nos buscamos a nosotros mismos sino que buscamos siempre el bien de los demás, el amor nos hace grandes porque nos hace tener la mirada que en verdad dignifica a la persona, nos dignifica a nosotros pero dignifica a los demás.

Hoy leía algo sobre un poeta que en sus bellas palabras nos venía a decir que el amor nos hace mirar al otro con la mirada de la divinidad. Es una mirada distinta cuando miramos con amor, como decíamos, no solo nos dignifica a nosotros sino que nos hace tratar con dignidad a los demás. Y esa es la maravilla del amor cristiano, en el que queremos copiar en nosotros lo que es el amor de Dios. Bueno, ya nos enseñará Jesús que tenemos que amar al prójimo como El nos ha amado.

Amar no es solo decirlo de palabras; el amor es algo que tenemos que construir día a día; el amor se va manifestando en pequeñas cosas, en pequeños detalles gestos que tenemos con los demás, en ese buen trato, en ese trato digno que con ellos tenemos. Por eso el amor verdadero evita todo tipo de violencia. Aunque el conjunto de los diez mandamientos nos expresa y manifiesta cómo ha de ser ese amor hecho también respeto por los otros, fijémonos que muchas veces cuando hablamos del amor un poco parece que lo redujéramos al quinto mandamiento, el ‘no matarás’, aunque luego nos lo tomemos demasiado literalmente y como no llegamos al hecho de quitar la vida a alguien ya nos quedamos tranquilos y satisfechos como si ya lo tuviéramos todo hecho.

Con una somera reflexión, aunque tenemos que intentar hacerla siempre lo más profunda que podamos, sin embargo nos damos cuenta como en ese no matar está englobado todo lo que pueda significar hacer daño al otro; y hacemos daño no solo porque le arranquemos la vida, sino que le podemos hacer daño con nuestras palabras, con nuestras actitudes, con nuestros gestos de desprecio o no valoración, con la poca sinceridad que nos mostremos en nuestras mutuas relaciones. Mira su dignidad y respétasela  y no le harás daño, es más te darás por él, buscarás el hacerle el bien, tratarás de hacer que la relación mutua sea agradable y amistosa, procurarás siempre su felicidad.

Es lo que nos enseña hoy Jesús en el evangelio; es lo que pide para nuestras mutuas relaciones; es la búsqueda del encuentro en todo momento para acogernos mutuamente; es el saber comprender que quizá en nuestra debilidad en un momento dijimos, hicimos o tuvimos algún mal gesto que nos pudiera distanciar y por eso hemos de saber buscar el reencuentro, tomando siempre nosotros la iniciativa de la reconciliación. Y en la búsqueda de la reconciliación hemos de saber tener la grandeza de la humildad para reconocer nuestro error y nuestra debilidad y saber pedir perdón, que bien sabemos cuanto nos cuesta.

Aunque muchas veces tratemos de disimularlo y en nuestro orgullo no somos capaces de agachar la cabeza cuando se ha producido un distanciamiento con el otro, sin embargo cuánto nos duele por dentro. Aunque la gente parece que se haya acostumbrado en ocasiones a vivir en esos distanciamientos. Qué lástima cuando entre hermanos o entre familiares andamos divididos y enfrentados hasta el punto de muchas veces negarse el saludo. Qué triste cuando vemos vecinos que por un mal momento que se tuvo en tiempos pretéritos, tan lejanos que ya ni saben ni recuerdan cuando comenzó esa situación, aún se mantienen las distancias, los resentimientos y rencores, el no hablarse aunque se viva pared con pared y todos los días nos los estemos encontrando casi a la puerta de la casa. Son situaciones dolorosas, pero de las que no se sabe salir.

Que seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz. ¡Cuánta falta nos hace!

 

domingo, 30 de agosto de 2020

Hemos de ponernos en camino de subida con Jesús a Jerusalén alejándonos de los criterios humanos y dejándonos iluminar por los valores del evangelio

 


Hemos de ponernos en camino de subida con Jesús a Jerusalén alejándonos de los criterios humanos y dejándonos iluminar por los valores del evangelio

Jeremías 20, 7-9; Sal 62; Romanos 12, 1-2; Mateo 16, 21-27

Ya quisiéramos nosotros que la vida transcurriera sin sobresaltos, vivida con toda serenidad, todo fluyera como una balsa de aceite. Queremos paz, queremos ser felices, queremos que todo marche bien. Pero cuando todo va marchando como sobre ruedas bien lubrificadas para seguir con la imagen del aceite, pero alguien nos recuerda que no siempre todo va a ser así, que tenemos que prepararnos porque pueden venir tiempos difíciles, no nos lo creemos, lo llamamos pájaro de mal agüero, y queremos quitarnos esos pensamientos de la cabeza. Pero siempre sinceros nos damos cuenta que la vida no está exenta de luchas y violencias, de contratiempos y de momentos en que todo se nos puede poner en contra.

Nos sucede en lo que es la vida de cada día con sus luchas y tormentas, aunque tengamos también muchos momentos de paz y de concordia, que todo hay que reconocerlo, pero nos sucede en nuestra vida espiritual, en nuestros buenos deseos de vivir una buena vida cristiana, y ya desearíamos tiempos como de cristiandad donde parecía que todo le marchaba bien a la Iglesia como si fuera de triunfo en triunfo. Algunas veces los mayores nos ponemos a añorar otros tiempos que nos parecía que las cosas eran más fáciles y en que creíamos que todos teníamos una fe igual, pero quizás subterráneamente las cosas no estaban marchando con esa imagen idílica que nos habíamos creado en nuestros sueños.

Y esto nos sucede, por ejemplo en este ámbito de la religión y de la Iglesia, porque quizá no hemos terminado de saber leer bien el evangelio teniendo muy presente todo lo que Jesús allí nos enseña. Hoy lo vemos en concreto en el texto que se nos ofrece en este domingo.

Parecía que todo era muy bonito; venían de allá casi a las afueras de palestina por el norte donde habían terminado por hacer una hermosa profesión de fe en Jesús. Quizá atravesando aquellas poblaciones de Galilea se encontraban con facilidad que la gente salía al paso de Jesús, quería seguirle y se reunían numerosos para escucharle. Parecían momentos de triunfo, aunque no están ocultos aquellos que comenzaban ya a tramar contra Jesús. Por eso Jesús comienza a hacerles los anuncios que les hace.

Van a subir a Jerusalén por la fiesta de la pascua y allí sabe Jesús que hay muchos de los principales del pueblo, fariseos, saduceos, maestros de la ley, sacerdotes y servidores del templo a los que no les gustan las palabras y los signos de Jesús. Jesús es fiel a su misión de anuncio del Reino de Dios y se sabe enviado del Padre con esa misión, pero van a atentar contra El. Es lo que les anuncia a los discípulos, la subida a Jerusalén no va a tener momentos fáciles sino todo lo contrario, porque terminarán entregándolo a manos de los gentiles para quitarlo de en medio, como lo están deseando. Pero los discípulos no entienden estas palabras de Jesús.

Como vemos Pedro se llevará aparte a Jesús para quitarle esas ideas de la cabeza, pero Jesús lo apartará poco menos que violentamente diciéndole que él no piensa como Dios sino como los hombres, que se quite de su vista porque está siendo una tentación para El que tanto le está costando también esa subida a Jerusalén. Tiene que descubrir cual es de verdad la visión de Dios, del Padre en quien Jesús se confía plenamente y para entender estas palabras de Jesús nuestra visión tiene que ser totalmente distinta.

Será difícil porque seguir a Jesús tiene sus exigencias. No es que Jesús quiera ponernos el camino duro, sino que tenemos que estar fortalecidos de verdad para esa dureza del camino que nos vamos a encontrar. Por eso hemos de tener fortaleza en nosotros mismos porque tenemos que saber negarnos, porque tenemos que saber asumir la cruz que tengamos que llevar, porque cuando nos entregamos en ese camino de Jesús que es camino de entrega y de amor, eso nos llevará a momentos dolorosos de saber negarnos a nosotros mismos porque lo que importa es esa entrega que estamos haciendo, ese bien que queremos para los demás y que queremos para nuestro mundo. Quizá tengamos que sacrificarnos en cosas que para nosotros parecerían buenas, pero lo hacemos con gusto porque amamos, como se sacrifica la madre por su hijo porque lo ama, se entrega el enamorado por su amada porque es el amor de su vida.

Pero pesa mucho en nosotros esa visión tan terrena de las cosas y de la vida. Tú piensas como los hombres, que le dice Jesús a Pedro. Seguimos muchas veces pensando con los criterios del mundo, y entonces tratamos de acomodarnos, de suavizar las cosas, de evitar lo que nos pudiera resultar duro, y así tenemos un amor descafeinado porque llegamos solamente hasta donde no tengamos que sacrificarnos mucho, hasta donde no perdamos nuestros poderes, hasta donde no tengamos que arrancarnos de nuestros apegos, hasta donde no tengamos que vaciarnos de nosotros mismos inclusive de aquellas cosas que poseemos. Cuando nos cuesta cambiar ese chip de nuestra mente, de nuestro corazón para tener el pensamiento y la mirada de Dios.

Y tenemos que reconocer que eso nos pasa en nuestro nivel personal, pero eso nos puede estar pasando como comunidad cristiana, nos puede estar pasando también en el ámbito de nuestra Iglesia. Siempre tenemos que estar en estado de conversión para que podamos ser en verdad esa iglesia verdaderamente misionera que vive y anuncia toda la radicalidad del evangelio de Jesús.