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martes, 22 de septiembre de 2026

Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

 


Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Salmo 118; Lucas 8, 19-21

Hay hechos o palabras que algunas veces de entrada nos desconciertan porque parece que no están en la onda de lo que nosotros esperábamos, de lo que podría ser lo justo o lo correcto según los parámetros que habitualmente utilizamos para juzgar lo que nos sucede en la vida, pero que sin embargo pueden ser cosas que tras el primer impacto nos abren a nuevos horizontes, a nuevos planteamientos, a una nueva manera de ver la realidad.

Esto nos sucede en cosas que nos suceden en la vida o en nuestros encuentros con personas que de alguna manera nos sirven de revulsivo para nuestra realidad, con personas de una manera de actuar ciertamente profético no porque sean anuncio de cosas futuras como algunas veces entendemos lo del sentido profético, sino que nos hacen ver la realidad de una manera distinta y nos hacen plantearnos la vida de cada al futuro de una forma nueva.

Es lo que nos puede suceder con el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece, o como nos sucede tantas veces cuando con espíritu abierto recibimos el evangelio, esa buena noticia que Jesús quiere ofrecernos. Si es evangelio no es para que sigamos con viejas noticias o maneras de ver, sino que en verdad tiene que ser novedad en nuestra vida. Es el sentido de la palabra misma, pero que no se queda en la palabra sino en el mensaje que nos quiere transmitir.

Hoy el evangelista comienza narrándonos que María y los familiares de Jesús vienen en su búsqueda, quieren acercarse a Él con la dificultad de toda la gente que rodea a Jesús que viene a ser como una barrera para ese acercamiento. El evangelio muchas veces nos habla de esas aglomeraciones que se forman en torno a Jesús, cómo la gente se apretujaba alrededor de Jesús porque todos querían estar cerca, todos querían escucharle, todos querían sentir el beneficio de su presencia. Nos habla de las multitudes que de todas partes salen al encuentro con Jesús allí por donde va, de los que le rodean haciendo que aquella pobre mujer se contentara con tocar la orla del manto de Jesús, de los que se apretujaban a su puerta haciendo que quienes llevaban a aquel paralítico rompieran el techo para hacerlo descender hasta los pies de Jesús. Es lo que ahora sucede cuando María y sus hermanos, como se dice en el lenguaje del evangelio, quieren llegar también hasta Jesús.

Le llevan la noticia a Jesús y en lugar de abrirles paso para que puedan llegar hasta Él nos dice algo que en principio nos deja desconcertados. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ ¿No los reconoce Jesús? Quiere decirnos algo más, quiere abrirnos nuevos horizontes, quiere hablarnos de una nueva familia. ¿No nos había dicho ya el evangelio que no por la carne o por la sangre se iba a comenzar a ser familia de Dios, hijos de Dios, sino por la fuerza del Espíritu en quienes creen en El? Es lo que ahora nos está diciendo Jesús. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

‘Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’, nos dice. Ese escuchar es algo más que oír unas palabras; ese escuchar es ponerse en camino para algo nuevo y distinto; ese escuchar es un sentido nuevo para la vida, para nuestras relaciones, para lo que somos y para lo que hacemos, para una nueva manera de mirar al que está a nuestro lado, para sentir que entramos en una nueva relación con los demás de manera que nadie es ajeno o está distante de nuestra vida, para derribar barreras que nos aíslan o abismos que nos distancian porque hemos borrado todas las distinciones y alejado de nosotros todo tipo de discriminación, para una nueva forma de hacer camino en la vida.

No es solo dejar que las palabras entren por nuestros oídos, es hacer que queden sembradas en el corazón, es sentir que son siembra en nuestra vida que le da una nueva fecundidad, es comenzar a quitar la dureza de nuestro corazón para que esa semilla quede bien sembrada, es quitar pedruscos y abrojos de caprichos o de vanidades para hacer que en verdad germine como en tierra buena, es comenzar a sentir que estamos en el mismo campo que entre todos tenemos que mejorar, es apreciar que aunque no tengamos la misma sangre sin embargo hay unos nuevos lazos que nos unen porque comenzamos a amarnos de verdad.

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Se preguntaba Jesús, pero nos está hablando de una nueva familia. ¿Estaremos convencidos nosotros que tenemos que ser esa nueva familia de Jesús no solo porque digamos que creemos mucho y tenemos mucha fe sino porque comenzamos a llevar a la vida ese sentido del Reino de Dios del que nos habla Jesús?


martes, 21 de julio de 2026

Nace una nueva familia, la familia de los que hacen la voluntad de Dios, aquellos que han nacido de Dios porque en El han puesto su fe, ‘creen en su nombre’

 


Nace una nueva familia, la familia de los que hacen la voluntad de Dios, aquellos que han nacido de Dios porque en El han puesto su fe, ‘creen en su nombre’

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 84; Mateo 12, 46-50

Siempre me llamó la atención y me gusto un texto de uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento que aunque sea muy breve de alguna manera es como una alabanza a una amistad verdadera pero que de alguna manera nos está hablando de la nueva relación que tiene que haber entre todos, una relación tan hermosa como la relación familiar, cuando hay amor verdadero. ‘Hay amigos que son más afectos que un hermano’, nos dice el referido texto. Se suele decir que los amigos son la familia que uno escoge, no porque no tenga importancia esa familia a la que nos unen lazos de sangre, sino porque cuando hay amistad verdadero y eso es decir amor verdadero los lazos que se crean es hacernos como una nueva familia.

Creo que esto nos puede dar pauta para comprender el texto que hoy se nos ofrece en el evangelio. La familia de Jesús, ‘su madre y sus hermanos’ como dice el texto sagrado entendiendo en esta palabra de hermano el sentido de la relación familiar pues para el sentir hebreo los que son de una familia son como hermanos, están queriendo hablar con Jesús. A María, la madre de Jesús, la vemos aparecer contadas veces en el evangelio en la vida pública de Jesús, salvo en esta ocasión la veremos luego en el momento supremo de la cruz. ¿Se quedó María en Nazaret rodeada del resto de la familia? Aunque en la visitas de Jesús a Nazaret no se hace mención de María, pues la única referencia es decir que era el hijo del carpintero y que allí estaban sus hermanos y parientes, es probable que allí estuviera y desde allí siguiera las andanzas de Jesús en su predicación.

En esta ocasión la vemos que se acerca a Jesús, quiere hablar con Él, aunque luego el evangelio no nos dé ninguna otra referencia a ese encuentro. Pero valdrá esta presencia para Jesús hablarnos de algo importante. ‘¿Quienes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús y extendiendo su mirada por todos los presentes y en ellos seguramente todos los que le seguían y ponían su fe en El les dice: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’. No es un rechazo ni una minusvaloración de la familia formada por aquellos a los que nos unen los lazos de la sangre. Pero Jesús está ampliando su mirada.

Ya al principio del evangelio de Juan se nos habla de una nueva filiación nacida desde la fe que hemos puesto en Jesús. ‘A cuantos le recibieron, le dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. No son, por así decirlo, títulos humanos, razones humanas, sino que están en la voluntad de Dios. Y ahora nos está diciendo Jesús que su madre y sus hermanos, quienes han de considerarse en verdad su familia son aquellos que hagan la voluntad de Dios. Nace una nueva familia, la familia de los que hacen la voluntad de Dios, aquellos que han nacido de Dios porque en Él han puesto su fe, ‘creen en su nombre’.

Y creer no es solo una palabra, creer es una vida, una nueva forma de vivir, una nueva relación no solo con Dios sino con todos los que son hijos de Dios de quienes tenemos que sentirnos hermanos. Una nueva humanidad, porque es una nueva manera de ver y de sentir nuestra relación con los demás. Y ahora sí tenemos que decir que somos más afectos que un hermano, porque es así como tenemos que vernos y relacionarnos.

Todo esto muy bonito y mucho tendría que hacernos pensar. Tendría que hacernos pensar para examinar si en verdad, nosotros que nos llamamos cristianos y decimos que hemos puesto nuestra fe en El es así como vivimos. ¿Nos queremos de verdad los cristianos? ¿Los que venimos a la Eucaristía cada semana en verdad nos sentimos una comunidad, nos sentimos verdadera familia? Llega el momento de la paz y entusiasmados - ¿o algunas veces quizás con miradas que ponen distancias? – nos damos la paz con todos los que están a nuestro alrededor, pero cuando salimos de la Iglesia ¿seguimos manteniendo el mismo afecto o acaso aquello de que si te vi no me acuerdo? Desde que salimos de la puerta, comenzamos a mantener de nuevo las distancias. Pero ¿no nos decía Jesús que teníamos que ser su familia porque hacemos la voluntad de Dios? Alguna incongruencia se nos está escapando por ahí.


martes, 27 de enero de 2026

Desde la escucha de la Palabra vamos a ser como una gran familia que nos amamos y sentimos en comunión, cercanos los unos de los otros y preocupados siempre por los demás

 


Desde la escucha de la Palabra vamos a ser como una gran familia que nos amamos y sentimos en comunión, cercanos los unos de los otros y preocupados siempre por los demás

2 Samuel 6, 12b-15. 17-19; Salmo 23; Marcos 3, 31-35

De todo cuanto nos sucede podemos sacar siempre una lección, incluso de aquellos sucesos de la vida que nos pueden venir con crespones negros; nuestra tendencia es valorar las cosas positivas que nos sucedan, y por supuesto que siempre tenemos que valorarlas porque además se pueden convertir en estímulos para nuestro camino, pero también de un error podemos aprender, nos damos cuenta que lo que hicimos nos lleva al fracaso y trataremos de evitarlo en otra ocasión, pero no solo eso quizás cuando estamos en esos momentos difíciles, en esos momentos negros nos damos cuenta de quien en verdad está a nuestro lado, quienes son los verdaderos amigos que se preocupan por nosotros, pero aun cuando nos viéramos en la soledad más terrible podemos descubrir nuestra fortaleza interior, esa capacidad que tenemos de regenerarnos, de volver salir a flote, de redescubrir los verdaderos valores que nos van a dar sentido a nuestras vidas.

Serán momentos de reflexión que tenemos que hacernos con serenidad, quitando amarguras, tratando de ver resquicios de luz; no tenemos por qué deprimirnos porque sabemos que podremos salir adelante como en otras ocasiones quizás lo hemos hecho, y si somos creyentes sabemos que hay quien no nos deja solos y de alguna manera Dios se va a hacer presente en nuestra vida. Por eso comenzaba diciendo que de todo cuanto nos sucede siempre podemos aprender algo. Desarrollemos esa sabiduría de nuestro espíritu.

Jesús en su sabiduría divina va anunciando el Reino de Dios y cómo hemos de vivirlo desde la realidad de lo que viven cada día, pero aprovechando también las lecciones que podemos aprender de la misma naturaleza o del suceder de las cosas; de ahí surgen esas hermosas parábolas que nos va proponiendo para que entendamos cómo hemos de hacer crecer el Reino de Dios en nosotros. Está la fuerza del Espíritu de Dios que actúa en nosotros, pero está también lo que nosotros somos capaces de hacer, la manera como respondemos a esa llamada al Reino de Dios que Jesús nos hace.

Se vale Jesús incluso de lo que ocasionalmente le va sucediendo o sucediendo en su entorno. Ahora está rodeado de una multitud que le escucha hablar del Reino de Dios; no nos dice el evangelista qué es lo que en ese momento estará diciendo Jesús de cómo hacer realidad, hacer presente el Reino de Dios en nosotros, pero llegan algunos a anunciarle que allí está su madre y su familia que quieren verle.

Jesús no rechaza que quieran verle y estar con Él pero hace ver a los que le están escuchando ese nuevo sentido de comunión y de amor que tiene que haber en los que le sigan, en los que quieran vivir el Reino. ¿Veis a mi madre y mis hermanos? Podríamos decir que Jesús les dice a los que le escuchan, pues así tenemos que ser quienes escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Quien lo hace, viene a decirles, es mi madre, es mi hermano, es mi hermana… vamos a ser como una gran familia que nos amamos y nos sentimos en comunión, que estamos cercanos los unos de los otros y nos preocupamos siempre de los demás.

Allí está María la que un día merecerá la alabanza de aquella mujer anónima por ser la madre de Jesús, allí está María la que un día escuchó la voz de Dios y la plantó en su corazón, allí está María que porque escuchó esa voz del Señor corrió presurosa a la montaña donde sabía que había de servir, allí está María la que siempre estará pendiente de cuanto suceda porque no quiere el sufrimiento de nadie y ante el mal momento que están pasando aquellos novios en las bodas de Caná porque falta el vino intercederá ante Jesús aunque no haya llegado su hora, es María la que está como madre allá en el Cenáculo cuando los discípulos esperen ansiosos la promesa de Jesús. Ahí seguimos sintiendo a María enseñándonos a decir Si, y a sentirnos también los esclavos del Señor, aunque sabemos que somos hijos, porque queremos que la Palabra de Dios también se cumpla en nosotros.

    Es lo que les viene, nos viene a decir Jesús como en aquella ocasión que le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban. Tenemos que ser como esa familia, y de María aprendemos la gran lección como de tantos hermanos nuestros a través de la historia u hoy también en nuestro entorno han sabido escuchar la Palabra del Señor y plantarla en su corazón. Mereceremos así también la alabanza de Jesús si así lo hacemos, porque también en cuanto nos va sucediendo en la vida, como decíamos al principio, la Palabra del Señor también está hablándonos.

martes, 23 de septiembre de 2025

Una nueva familia con unos nuevos lazos de amor que crean una nueva comunión cuando llegamos a vivir con toda intensidad el Reino de Dios

 


Una nueva familia con unos nuevos lazos de amor que crean una nueva comunión cuando llegamos a vivir con toda intensidad el Reino de Dios

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Salmo 121; Lucas 8, 19-21

Los vínculos de la sangre son algo muy profundo y muy precioso en la vida de las personas; algo que cuidamos con esmero y cariño porque de esos vínculos nacen  los lazos del amor más sublime y hermoso; no podemos, por supuesto, permitir que esos lazos se desgasten y se destruyan porque la familia es algo fundamental en el crecimiento de la persona, en ella nacemos y crecemos, en la convivencia familiar nos formamos y aprendemos de la vida y será un gran estímulo y hasta soporte para los avatares de nuestra existencia.

Pero sabemos bien que no son los únicos, que desde el amor, el afecto y la amistad también podemos crear vínculos muy profundos que pueden incluso sustituir aquellos vínculos de la sangre si algún día se rompieran. En el camino de la vida vamos estrechando esos vínculos nacidos del afecto y de la amistad en los que llevamos a una profundidad y madurez también admirable.

Ya se nos dice en un versículo de los libros sapienciales que ‘hay amigos que son más afectos que un hermano’. Todos seguramente habremos tenido la experiencia de sentirnos con otras personas que no son de nuestra sangre sin embargo con relaciones más hermosas y profundas que las que sostenemos como la misma familia; no tenemos la misma sangre pero los sentimos junto a nosotros como una familia, como hermanos. Son esos vínculos que incluso pueden ir más allá de la amistad y que van creando una comunidad de amor en la que verdaderamente nos sentimos como hermanos.

Es lo que hoy nos quiere decir el evangelio, es lo que Jesús quiere crear en nosotros con la vivencia del Reino de Dios. No son ya las obligaciones que podemos sentir en nosotros en razón de la sangre y de la carne, sino que será un nuevo sentido de comunión, los sentimientos de una nueva familia de la que entramos desde nuestra fe y nuestro amor a formar parte.

A algunos les puede resultar desconcertante, si no lo entendemos bien, el pasaje que hoy nos ofrece el evangelio. Jesús está rodeado de mucha gente como siempre a la que está proclamando la Palabra de Dios, el anuncio del Reino. Muchas veces hemos visto cómo la gente se aglomera en torno a Jesús; en ocasiones hemos visto que la gente no puede ni siquiera entrar en la casa donde está como cuando le traen al paralítico al que terminarán descolgando por el techo; en la orilla del lago Jesús se valdrá de la barca de Pedro para desde ella anunciar el Reino a la gente aglomerada en la orilla.

Hoy quieren llegar a Jesús su Madre y los parientes que quizás han venido desde Nazaret. ‘Tu madre y tus hermanos te buscan’, le anuncian a Jesús. En la palabra hermano podemos entender esos vínculos familiares tan intensos en que todos se sienten de la misma familia y se consideran como hermanos. Se lo anuncian a Jesús, y pareciera que Jesús no hace caso, no le da importancia. Pero Jesús estará proclamando algo muy importante. ¿Quiénes son para Él su madre y sus hermanos? No se queda en la relación de la sangre, El nos mira con una mirada más amplia, el nos hace entender esa nueva relación que tiene que haber entre nosotros en la medida en que escuchamos la Palabra de Dios y acogemos el Reino de los cielos que nos anuncia Jesús.

‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús y mira en su derredor. Allí está la nueva familia, allí están los que han venido ansiosos por escuchar la Palabra de Dios. Podríamos decir, hablando en un lenguaje quizás meramente humano, que Jesús se debe a aquellos que han venido a escucharle. Pero es que nos está diciendo más, allí están las señales del Reino de Dios que está anunciando, allí están todos aquellos que quieren escuchar la Palabra de Dios, que quieren hacer presente en sus vidas el Reino de Dios que está anunciando Jesús. ‘Estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón’. Ya lo diría también en otra ocasión cuando aquella mujer anónima en medio del pueblo entona alabanzas para la madre que trajo al mundo a tal hijo, ‘Dichoso el vientre que te llevó, dichosos los pechos que te amamantaron’. Pero Jesús dirá ‘más dichosos aun los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón’.

Esa es la nueva familia de Jesús, esa es la familia que nosotros tenemos que ser, esos son los lazos de amor que entre nosotros hemos de crear, ese es el Reino de Dios que hemos de vivir. 


martes, 28 de enero de 2025

Ha sido para mí como una madre… es para mí como un hermano… amigos más afectos que un hermano… El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre

 


Ha sido para mí como una madre… es para mí como un hermano… amigos más afectos que un hermano… El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre

Hebreos 10,1-10; Salmo 39; Marcos 3,31-35

Ha sido para mí como una madre… es para mí como un hermano. Son expresiones que probablemente habremos empleado alguna vez cuando estamos con una persona, que aun sin ser familia, a la que tenemos un afecto especial. Personas que han sido cercanas a nosotros en la vida, que no nos ha faltado su compañía en momentos importantes, o en momentos que han sido trascendentales en nuestra existencia. Nos acompañaron en momentos de soledad, en momentos tormentosos quizás de la vida, que tuvieron para nosotros palabras verdaderamente orientadoras, que nos mostraron su cariño, no siempre necesariamente con palabras, pero sin con los hechos, con su presencia, con su ayuda. Hay una familia en la vida que no siempre es la familia de la carne y de la sangre, sin menoscabar en nada lo que significa la familia carnal, pero con la que hemos contado y seguiremos contando. Ya dice la Escritura en los libros de la Sabiduría que ‘hay amigos que son más afectos que un hermano’.

¿Por qué saco a colación todo esto? Son cosas que necesariamente hemos de saber valorar, pero viene a cuento con lo que hoy nos presenta el evangelio. Se hacen presentes allí donde está Jesús enseñando a la gente, realizando algunos signos quizás, su madre y sus familiares. En el lenguaje semítico empleado por el evangelio la expresión es que le anuncian a Jesús que allí están su madre y sus hermanos.

¿Tuvo más hermanos Jesús? Ya sé que esté es un punto de batalla en ciertas interpretaciones que se hacen muy literalmente de los evangelio en ciertos sectores de algunas iglesias cristianas y que son aprovechadas muchas veces para confundir a la gente y atraerlos a sus caminos. No es una manera muy leal de anunciar el evangelio de Jesús. Nosotros siempre hemos interpretado que esta expresión de ‘hermanos’ en el lenguaje semítico se aplica a todos los que son familiares cercanos; el concepto y sentido de familia no es tan reductivo como en occidente tenemos de alguna manera sino que se amplia a todo el ámbito familiar. Todos sin embargo tenemos quizás la experiencia de tener primos que algunas veces son más queridos para nosotros que los propios hermanos por distintas circunstancias de la vida. Pero no es la cuestión que más nos importa hoy al comentar el evangelio.

Cuando le anuncian a Jesús la presencia de María, su madre, y sus hermanos Jesús se hace la pregunta. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y nos dice el evangelista que volviéndose a todos los que le rodeaban y como queriendo envolverlos a todos en un mismo abrazo el mismo Jesús nos responde. ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

¿Está negando Jesús la importancia de su madre y de su familia como queriendo dejarlos a un lado? Jesús lo que está haciendo es darnos una nueva amplitud, con una nueva universalidad y fraternidad, que tiene que hacer que en verdad nos sintamos unidos desde una misma fe pero desde esa escucha que hacemos de la Palabra de Dios.

El ejemplo, por decirlo así, lo tenemos en María. El Verbo de Dios se encarna en su seno para ser la madre de Jesús, para ser la madre de Dios, porque ella antes ha plantado la Palabra de Dios en su corazón. No es solamente lo que luego al final de la visita del ángel responderá María, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, sino que en el camino de María había estado como plan de su vida, como trayectoria de su vida, el buscar siempre lo que era la voluntad del Señor. ¿Por qué, si no, el ángel la llama la agraciada de Dios, la que ha encontrado gracia ante Dios? Porque era lo que María siempre estaba buscando, conocer la voluntad de Dios, escuchar la Palabra de Dios en su corazón. Es lo que realmente la ha convertido en la Madre de Dios.

Hoy precisamente la carta de los Hebreos, escuchada como primera lectura, nos habla de lo que fue la voluntad del Hijo de Dios desde su entrada en el mundo. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Esa búsqueda de la voluntad de Dios, esa aceptación de la voluntad de Dios en nuestra vida, esa escucha de la Palabra de Dios plantándola en nuestro corazón es lo que nos hace hijos de Dios. Así nos lo dice el principio del evangelio de san Juan. ‘Estos nos han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’.

¿Cómo, entonces, nos hacemos en verdad esa familia de Dios? Mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de Dios, como nos dice hoy Jesús en el evangelio. Es así como nos hacemos hermanos los unos de los otros, es así como entramos a formar parte de esa nueva familia; será así, desde la escucha de la Palabra de Dios, cómo comprenderemos que somos hermanos y como tales tenemos que tratarnos, amarnos, es la trayectoria que también nosotros hemos de seguir en nuestra vida. Así tenemos que sentirnos, así tenemos que amarnos.


domingo, 9 de junio de 2024

Queremos ser nosotros la familia de Jesús, llenarnos de su paz, rebosar de amor, sentirnos hombres nuevos, para comenzar a hacer un mundo nuevo

 


Queremos ser nosotros la familia de Jesús, llenarnos de su paz, rebosar de amor, sentirnos hombres nuevos, para comenzar a hacer un mundo nuevo

Génesis 3, 9-15; Sal. 129; Corintios 4, 13–5, 1; Marcos 3, 20-35

‘Mira tú, ese muchacho, por lo que le ha dado’. Así pensamos alguna vez, o hemos escuchado el pensamiento de alguien, cuando vemos que alguien cercano a nosotros, vecino o familiar quizás, se ha dedicado a cosas que nos parecen extrañas, porque quizás en lugar de buscarse un trabajo con el que forjarse un futuro, se dedica a ir por ahí complicándose la vida, porque quiere ayudar a todo el mundo, porque se implica en cualquier batalla reivindicativa ante problemas que hay entre el vecindario o en la comunidad, y vemos que quizás unos lo aprecian, pero otros no lo ven con tan buenos ojos y andan sembrando desconfianzas incluso entre aquellos a los que ha ayudado ese muchacho, como decíamos. ‘Mira tú por lo que le ha dado’.

¿Pensarían así los vecinos de Nazaret cuando se enteraron de las andanzas de Jesús? ¿Pensarían así los familiares y vecinos que le conocían de toda la vida, porque allí se había criado? Ya sabemos, por otra parte, que no fue muy exitosa su visita a Nazaret. No nos extraña pues esos primeros párrafos en que tras presentarnos como la casa se le llenaba a Jesús de gente de manera que ni podían comer tranquilos, ahora aparecen por allí unos familiares que quieren llevarse a Jesús porque eso no es vida, no anda en sus cabales. Pero nada pudieron hacer.

Y Jesús sigue rodeado de aquella gente sencilla que se siente dichosa de escucharle; por eso andan allí metidos en su casa. Pero no todos piensan lo mismo. Han llegado unos emisarios de Jerusalén, representantes de aquellos partidos que se sentían o creían poderosos en medio del pueblo. No se sienten tranquilos con lo que escuchan de Jesús y lo ven un peligro. Hay que buscar la manera de desprestigiarle.

¿Qué Jesús cura a los endemoniados? No podían admitir que aquello era obra de Dios, liberar a cuantos se sentían oprimidos por el mal; era lo que Jesús realmente iba haciendo cuando ayuda a la gente a que realizara una transformación de sus corazones. El mal no es algo que nos domine de fuera, aunque hay muchas cosas que pueden ser opresión pero siempre procede de la maldad de los corazones, sino que tenemos que descubrir ese mal que tenemos dentro de nosotros y del que tenemos que librarnos.

Es algo que cuesta, pero cuando lo vamos logrando nos sentimos transformados, porque nos llenamos de una nueva paz, de un nuevo sentido y valor para la vida. Es lo que Jesús va realizando en los corazones con esa palabra salvadora que nos anuncia. Es así como se va realizando de verdad el Reino de Dios, porque no será el mal el que nos domina, sino que Dios es el verdadero Señor de nuestra vida y con El sentimos la paz.

Pero esa liberación no les convence a aquellos venidos de Jerusalén que vienen sembrando cizañas de desconfianza. Lo que hace Jesús, vienen a decir, lo hacer con el poder del príncipe de los demonios. ¿Quién los puede entender en su propia contradicción? Y escuchamos hoy a Jesús como quiere hacerles comprender donde está esa verdadera liberación que viene de Dios. Es el actuar de Dios en nuestras vidas, es la fuerza del Espíritu del Señor.

La gente sigue apretujada junto a Jesús, porque no escuchan a aquellos sembradores de cizañas. Alguien más quiere llegar hasta Jesús. Ahora no son unos familiares cualesquiera, son su madre y sus hermanos, que tampoco pueden llegar por la aglomeración de la gente. Es lo que le anuncian a Jesús. ‘Fuera están tu madre y tus hermanos que andan buscándote’.

Y ahora Jesús nos dice algo muy importante. No niega la valoración de la familia, de su madre y parientes que están allí porque quieren estar a su lado también. Jesús nos abre horizontes, porque nos dice que todos podemos ser su familia. Estos son mi familia, mi madre, mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.

Queremos ser nosotros esa familia de Jesús. Queremos dejarnos impregnar por esa palabra salvadora que nos libera, nos sana y ya no es solo de nuestros males físicos sino de ese mal que se nos puede meter por dentro, nos llena de gracia, nos hace hijos, nos hace hermanos de Jesús.

Dejémonos liberar por Jesús, dejémonos sanar por esa Palabra de vida. Nos llenaremos de su paz, comenzaremos a rebosar de amor, nos sentiremos en verdad unos hombres nuevos, comenzaremos a hacer un mundo nuevo, comenzaremos a actuar a la manera de Jesús aunque también nos puedan decir que no estamos en nuestros cabales, como san Juan de Dios seremos los locos de Dios por el amor.

lunes, 25 de septiembre de 2023

Cuidemos que nunca seamos obstáculo para los demás para que puedan acercarse a su Palabra y seamos todos en verdad esa familia de Jesús porque la plantemos en el corazón

 


Cuidemos que nunca seamos obstáculo para los demás para que puedan acercarse a su Palabra y seamos todos en verdad esa familia de Jesús porque la plantemos en el corazón

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Sal 121; Lucas 8, 19-21

Es lo que suele suceder cuando hay aglomeraciones de personas porque todos quieren ver, porque todos quieren estar en primera fila para poder escuchar mejor, y vienen los empujones, y el no dejar pasar, y los que llegan más tarde que quieren abrirse paso pero no pueden, y se crea una cierta intranquilidad, y no basta ya solo la buena voluntad, sino que de alguna manera porque afloran nuestros egoísmos y nuestros orgullos no queremos dejar pasar a nadie, y de alguna manera esa aglomeración se convierte en un estorbo para los que en verdad quieren llegar.

Pasaba así en torno a Jesús, la gente se apretujaba junto a Él porque todos querían escucharle directamente, porque querían tocarle, porque ansiaban estar junto a Jesús; pero otros no podían llegar. Les pasó a aquellos hombres que traían en una camilla a un paralítico para que Jesús lo curara, pero las puertas de la casa estaban atascadas y no podían entrar; ellos querían llegar hasta Jesús porque lo que deseaban era la salud de aquel inválido; tuvieron el ingenio de subirse al terrado para descorrer algunas tejas y por allí bajar al enfermo hasta Jesús. Jesús se admiró de la fe de aquellos hombres manifestada en esa solidaridad para hacer llegar al paralítico hasta los pies de Jesús.

Era lo que estaba sucediendo ahora. Habían venido su madre y sus hermanos, en esa expresión tan semítica para referirse a los familiares de Jesús. No podían entrar porque era mucha la aglomeración en torno a Jesús y le mandan recado. 'Tu madre y tus hermanos están fuera'. Jesús quiere resaltar algo importante. No es un desprecio a la madre y a los hermanos, como de entrada pudiera parecer si no llegamos a entender bien las palabras de Jesús. ¿Quiénes eran su madre y sus hermanos? Todos los que querían escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón.

Ya nos está diciendo, como aparecerá en otro lugar del evangelio, que María es la primera que ha plantado la Palabra en su corazón. Se había proclamado a sí misma la esclava del Señor dispuesta a que se realizara en ella cuanto la Palabra decía, y la Palabra se hizo carne en sus entrañas y ella se convirtió en la madre de Dios. Son los que escuchan y los que plantan la palabra de Dios en su corazón los que son la verdadera familia de Jesús. Y es el primer mensaje que estamos recibiendo para nuestra vida.

Pero también esta Palabra que ahora estamos escuchando, ahora estamos tratando de meditar y reflexionar me interroga en muchas más cosas. Quiero admitir y dejar por sentado nuestra buena voluntad y nuestros deseos de escuchar la Palabra de Dios para plantarla en nuestro corazón. Pero quiero fijarme en lo que está sucediendo en aquel momento con este pasaje que estamos reflexionando. En torno a Jesús había muchos que querían escucharle, por eso habían venido incluso de lejos y ahora se aglomeraban en torno a la puerta porque querían estar con Jesús.

Admitimos, es cierto, la buena voluntad, como nosotros queremos tenerla también y también somos muchos, vamos a pensarlo así, los que rodeamos a Jesús, los que nos acercamos a nuestras comunidades porque queremos escuchar la Palabra de Dios. Con buenos deseos y con buena voluntad rodeamos a Jesús. Me temo una cosa y es lo que ahora me hace pensar. ¿Seremos los que nos parece que estamos más cerca de Jesús, de la Iglesia, de alguna manera obstáculo para que otros se acerquen a Jesús?

No es una pregunta trivial, es algo serio lo que nos tenemos que plantear. ¿Seremos obstáculo para que otros se acerquen, formamos barrera en torno a Jesús y de alguna manera impedimos que los demás sientan el gusto de venir también y poder acercarse a Jesús? Es donde tenemos que analizar nuestras actitudes y posturas, las vanidades y apariencias con que a veces vamos por la vida o vamos por nuestra propia iglesia incluso en aquellas cosas buenas que queremos hacer, ese orgullo de aquellas cosas que hago pero por eso mismo se pueden convertir en obstáculo para que otros tengan también deseos de creer, ese testimonio débil que ofrecemos porque algunas veces ofrecemos una apariencia negativa que no atrae sino que puede convertirse en repulsa para los demás...

Creo que da para pensar mucho, analizar nuestras posturas y las apariencias que damos, la imagen que ofrecemos, que pueden transformarse en rechazo para los demás, como algunas veces también estamos ofreciendo nuestro rechazo a los que nos parece que están más lejos que nosotros y así andamos también con nuestros prejuicios y descalificaciones.

¿Con la humildad con que nos acercamos seremos en verdad esa madre, ese hermano de Jesús que escucha y planta la Palabra de Dios en nuestro corazón?


domingo, 4 de julio de 2021

Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

 


Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

Ezequiel 2, 2-5; Sal. 122; 2Corintios 12, 7-10; Marcos 6, 1-6

Alguna vez puede sucedernos que tenemos un proyecto preparado con el mayor entusiasmo y dedicación con el que uno piensa que aquello puede ser la gran solución a graves problemas o situaciones para las que hasta entonces no se había encontrado salida o quizás pocos realmente se habían preocupado por resolver dicha situación y nos encontramos con el rechazo de frente, bien porque gente interesada no cree que esa sea la solución que quizás pueda afectar a sus intereses personales, bien por antipatías personales que tratan de desprestigiarnos. Nos sentiremos mal seguramente, podemos reaccionar con un abandono a su suerte de aquellos planes propuestos, heridos por el amor propio nos podremos poner guerreros y llenarnos de violencias, o nos sentiremos fracasados, por mencionar algunas posibles salidas.

¿Creemos de verdad en esos proyectos o en esos planes? ¿Nos sentiremos con la responsabilidad de llevarlos adelante contra todo viento o marea? ¿Nos volveremos algo así como unos quijotes que luchamos algunas veces casi sin saber contra quienes luchamos? ¿Seremos capaces de arriesgarnos a lo que pueda venir y seguir adelante con esos planes que tratan de mejorar alguna situación?

Nos encontramos en la vida con gente luchadora, que no como quijotes, sino como unos auténticos profetas luchan por unos ideales y por unas metas, tienen claros sus objetivos en la vida, buscan la manera de llevar adelante aquello que ellos consideran justo, y eso lo podemos ver en muchos aspectos de la vida. Serán quizás unos incomprendidos y muchas veces se sentirán solos, pero siguen adelante con arrojo y valentía luchando por poner ese grano de arena, que algunos no aceptan, pero que ellos saben que pueden mejorar nuestro mundo, nuestra sociedad.

¿Cómo se sentiría Jesús cuando fue a su pueblo, donde se había criado, Nazaret, y al intentar enseñar en la sinagoga como ya venía haciéndolo en otros lugares se encontró con el rechazo de su gente, de sus convecinos, incluso quizás de algunos familiares? No es extraño esto que digo de los familiares porque ya nos dice el evangelio en otro lugar que en una ocasión su familia pretendió llevárselo con ellos porque decían que no estaba en sus cabales. ¿Sentiría sensación de fracaso? Ya nos dice el evangelista que se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro.

Era el hijo de María y de José el carpintero; por allí andaban sus hermanos y familiares; ellos no habían visto que asistiera a ninguna escuela rabínica para aprender y tener algún título para enseñar. ¿Qué autoridad y qué sabiduría era esa?

Pero ya nos dice el evangelista para cerrar este episodio que siguió enseñando por los pueblos de alrededor. Jesús tenía claro cual era su misión profética. Reconoce con el dicho popular que ningún profeta es bien mirado en su tierra, que solo en su tierra lo rechazan y no lo aceptan. El anuncio del Reino de Dios no podía dejar se realizarse. Como profeta no podía callar, aquello que había recibido del Padre. Y empleamos esta expresión de profeta para referirnos a Jesús sin mermar ni un ápice lo que era el ser y la misión de Jesús.

Como nos dirá en otros momentos del evangelio El no nos trasmite otras cosas sino lo que ha recibido de su Padre, es el enviado del Padre. Como se nos dirá en otro momento tanto fue el amor que Dios nos tenía que nos envió y nos entregó a su Hijo único, nos dio a Jesús. El Verbo de Dios que era la luz de los hombres, aunque los hombres la rechazasen, porque las tinieblas tratan de rechazar, de ahogar la luz. Y la luz no se puede ocultar debajo del celemín, sino que hay que ponerla bien alto para que ilumine a todos los de la casa.

Con Jesús nosotros desde nuestro bautismo – para eso fuimos ungidos – hemos sido hechos sacerdotes, profetas y reyes, porque así nos configuramos con Cristo para ser como El. Por eso tenemos también que tener muy claro cuál es nuestra misión en medio del mundo. El mundo necesita profetas y es lo que tenemos que ser en verdad los cristianos en medio del mundo. No lo podemos olvidar. Aunque no nos acepten o nos rechacen; aunque seamos unos incomprendidos y hasta perseguidos por realizar esa misión. Pero tenemos que reconocer que tenemos medio abandonada esa misión profética. Como tenemos que saber descubrir y apreciar a esos profetas, aún sin fe, que en medio de nuestro mundo luchan por causas justas, que no son nuestros contrincantes en la lucha por un mundo mejor, sino que en todo lo bueno que haga un mundo más justo hemos de saber colaborar.

Es la misión de la Iglesia que no puede olvidar, de la que no se puede escaquear. Necesitamos en verdad una Iglesia profética en medio del mundo de hoy para que pueda realizar en verdad la misma obra de Jesús. A alguien le escuché decir en una ocasión hablando de la oración por las vocaciones al Sacerdocio ante la escasez de sacerdotes que más bien tendríamos que pedir al Señor por la abundancia de vocaciones de profetas. Es lo realmente necesitamos en la Iglesia, profetas auténticos que miren con los ojos de Dios nuestro mundo y nuestra sociedad para traernos la Palabra de Dios que nos ilumine y nos transforme. Es lo que hizo Jesús. Es nuestra tarea y nuestra misión.

martes, 26 de enero de 2021

Como María, la madre de Jesús, y sus hermanos queremos ver a Jesús para estar con El y empaparnos de su presencia

 


Como María, la madre de Jesús, y sus hermanos queremos ver a Jesús para estar con El y empaparnos de su presencia

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 3, 31-35

El episodio que nos narra hoy el evangelio tiene los rasgos de algo muy normal y al mismo tiempo refleja una gran humanidad. Es normal que una madre se interese por donde está su hijo, como le va en las tareas que ha emprendido, quiera tener noticias de El o vaya a buscarlo o a verle cuando se entera que está cerca. Jesús había marchado de Nazaret y se había establecido en Cafarnaún; desde allí iba de un lugar para otro haciendo el anuncio del Reino y no hay datos por el relato del evangelio que nos hable de su madre y de su familia como siguiéndole allá por donde vaya haciendo el anuncio del Reino. Esporádicamente aparece casi al comienzo en las bodas de Caná – ambos estaban invitados a la boda -, ahora en esta búsqueda de Jesús, y solamente más tarde la veremos en Jerusalén a la hora de la Pascua. Por eso digo entra en lo más normal y con los rasgos de humanidad que sabe vivir una familia.

Sin embargo aparentemente pareciera que hay un choque y casi como que Jesús no quisiera en esos momentos hablar de su madre y su familia ni incluso atenderlos. Y digo aparentemente, porque si nos ponemos a profundizar en las palabras de Jesús estaremos viendo la profundidad del testimonio que nos quiere ofrecer de su madre.

‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús dirigiéndose a los que le traían el recado pero también a todos los presentes. Y nos dice el evangelista que señalando con su mano a todos los presentes viene a hacer esta afirmación. ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

No niega Jesús lo que significan su madre y sus hermanos. Cuando en otra ocasión una mujer anónima en medio de las gentes grite a pleno pulmón en alabanzas para la madre que lo parió, Jesús afirmará entonces que dichosos son los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón, la cumplen en su vida. Dichosa era María, sí, porque era la madre de Jesús, porque era la Madre de Dios, pero más dichosa aun porque así acogía ella la Palabra de Dios en su vida.

¿No fue María la que plantó la Palabra de Dios en su corazón, porque de Dios se sentía la humilde esclava del Señor y quería que se realizase en ella, se cumpliese la Palabra del Señor? Ahora podemos afirmar lo mismo con las palabras de Jesús, María es la que hace lo que es la voluntad de Dios. Entonces, de alguna manera, nos la está poniendo como ejemplo, como modelo para nosotros para que así plantemos en nuestra vida la Palabra de Señor y así seremos la familia de Dios.

Es la reflexión que surge para nosotros en nuestro interior ante esta Palabra de Dios que hoy se nos proclama. ¿Somos nosotros en verdad la familia de Jesús porque así aceptamos y acogemos en nuestra vida la Palabra de Dios? Como María y los hermanos y las hermanas de Jesús, queremos ir también nosotros a estar con Jesús.

Estar con Jesús, qué cosa más importante; qué cosa más necesaria para nuestra vida. Estamos a su lado y nos gozamos de su presencia, estamos muy cerca de El y nos bebemos sus palabras, no queremos dejar perder ninguna de sus palabras, queremos escucharle atentamente, masticar y saborear cuanto nos dice, sentir la alegría de su mirada llena de ternura pero que llega a lo más hondo de nosotros mismos desnudándonos por dentro, disfrutar conociéndole más y más pero al mismo tiempo sintiendo como se corren muchos velos de nuestro corazón y nos conocemos más sintiéndonos cada vez más impulsados a parecernos a El, a vivir como El, a llenarnos de su vida y de su amor.

Es muy importante para nosotros ese saber estar con Jesús, porque solamente cuando estemos con El desde lo más profundo, podremos ponernos en camino para esa misión que nos confía, para que vayamos a hablar de El a los demás, para que trasmitamos con toda sinceridad y valentía el evangelio, la buena nueva de la salvación que nos trae Jesús. Nos sentimos nosotros salvados porque nos sentimos inundados de su amor, pero sentimos que no nos podemos quedar quietos porque eso tenemos que transmitirlo a los demás.

martes, 21 de julio de 2020

Somos nosotros en verdad si seguimos a Jesús y le escuchamos esa nueva familia de Jesús


Somos nosotros en verdad si seguimos a Jesús y le escuchamos esa nueva familia de Jesús

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 84; Mateo 12, 46-50
Yo creo que todos más o menos pueden tener la experiencia, ya porque sea algo que hemos vivido por nosotros mismos o por lo que contemplamos en la vida de cosas semejantes que podemos ver en los demás. Hay afectos que muchas veces podemos sentir por otras personas que son más intensos que los que podamos sentir por nuestra propia familia, digamos, de sangre. La convivencia y relación estrecha, unos ideales comunes o una visión de la vida, un trabajo en común en el que ponemos toda nuestra pasión nos hace sentirnos unidos, hace sentir una comunión espiritual muy intensa.
Te quiero como un hermano solemos decir a un amigo al que nos sentimos muy unidos, porque con él quizá compartimos cosas que no compartimos con los propios familiares, porque la convivencia y la amistad ha sido muy estrecha, y no hablo aquí de los afectos y sentimientos que se puedan sentir desde otros campos como pueda ser la sexualidad. 
No nos han de extrañar entonces las palabras de Jesús hoy en el evangelio en el que nos habla de una nueva familia, no ya desde los lazos de la carne y de la sangre, sino de algo más profundo como pueda ser la fe que ponemos en Jesús, que ponemos en la Palabra de Dios para hacerla centro de nuestra vida.
Jesús había marchado de Nazaret cuando comenzó a hacer el anuncio del Reino de Dios. Había establecido como centro de su actividad Cafarnaún en las orillas del mar de Galilea, pero su actividad era itinerante porque iba de pueblo en pueblo por todas aquellas aldeas de Galilea haciendo el anuncio del Reino. Le veremos en ocasiones subir a Jerusalén en las distintas fiestas que en torno al templo se celebraban a lo largo del año, y sobre todo la pascua. Pero se había rodeado de un grupo de discípulos que le seguían a todas partes y con los que constituyó el grupo de los apóstoles a los que había de enviar de manera especial a hacer el anuncio del Reino. La presencia de María y los parientes de Jesús – hermanos como se solía decir habitualmente entre los judíos – solo aparecen de forma ocasional como es este caso que hoy nos narra el evangelio.
Cuando llega María y los hermanos, como probablemente no se podían acercar a El con facilidad por la gente que se aglomeraba siempre a su alrededor, le avisan a Jesús de que allí están su madre y sus hermanos que lo buscan. Y es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’
Era lógico, podríamos decir, que en primer lugar se fijara en quienes estaban a su alrededor, aquellos que le seguían fiablemente y siempre estaban con El, aquellos que con gusto escuchaban su Palabra y trataban de ser buenos discípulos que seguían al maestro.
‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre…’
Allí estaban sus discípulos, allí estaban los que cada día le escuchaban, allí estaban aquellos que querían seguirle realizando en su vida todo lo que Jesús les enseñaba. Eran su nueva familia, era la nueva familia que Jesús estaba constituyendo, era la nueva comunión de amor que estaba creando. Eran en verdad la familia de Jesús. Somos nosotros en verdad si así seguimos a Jesús y le escuchamos esa nueva familia de Jesús. Algo nuevo estaba comenzando. Unos nuevos caminos de amor y de comunión se tenían que estar abriendo si en verdad aceptamos el Reino de Dios.
¿Significa eso que Jesús no consideraba a María, su madre, ni la relación que tenia con aquellos que se decían sus hermanos, sus parientes? No hay rechazo a la familia. De María El mismo llegará a decir que es dichosa porque ha escuchado la Palabra de Dios y la ha puesto en práctica. Recordamos el episodio de la mujer que grita en alabanzas a la madre que parió tal hijo, refiriéndose a Jesús y a su madre. Más dichosa es María por su fe, más dichosa es María por su escucha de la Palabra de Dios, más dichosa es María porque siempre quiso ser la esclava del Señor para que en ella se cumpliera la Palabra de Dios. Ya Isabel cuando la saluda le dice que es dichosa, feliz, bienaventurada porque creyó y porque en ella se está cumpliendo, realizando lo anunciado por el Señor.
Aprendamos de María a ser esa familia de Jesús porque como ella plantemos en nuestro corazón la Palabra de Dios.

martes, 28 de enero de 2020

Una nueva relación, una nueva comunión que a todos nos hace sentirnos familia de una manera especial


Una nueva relación, una nueva comunión que a todos nos hace sentirnos familia de una manera especial

2Samuel 6, 12b-15. 17-19; Sal 23;  Marcos 3, 31-35
Somos conscientes de que las relaciones primarias y básicas de toda persona están en la familia en la que hemos nacido y donde  nos hemos criado, allí donde hemos crecido como personas en esa hermosa relación de amor entre padres e hijos, entre hermanos y también con el resto de la familia más cercano. Ese hogar que ha sido caldo de cultivo de esos valores de los que nos hemos impregnado y donde hemos aprendido a relacionarnos y a comunicarnos y que nos ha ayudado en ese crecimiento humano y espiritual.
Pero somos conscientes también  que hay otro entorno que ha ampliado ese campo de relación y que muchas veces tiene una riqueza extraordinaria que nos hace establecer unos vínculos tan fuertes en muchas ocasiones como aquellos que tenemos en el seno de la familia. Son los amigos, son esas personas cercanas a nosotros a los que miramos de una forma especial, de manera que aunque no hayan vínculos de carne y sangre sin embargo los vínculos son tan estrechos que con ellos nos sentimos como si fueran de la misma familia. Es una apertura hermosa que nos tendría que hacer mirar al mundo con otros ojos y que tendría que ser un camino de esa nueva fraternidad que entre todos los seres humanos tendríamos que establecer. Ya la Sagrada Escritura nos dice en los libros sapienciales que ‘hay amigos que son más afectos que un hermano…’
Con estos preámbulos de reflexión que nos estamos haciendo no nos han de resultar extrañas las palabras que escuchamos hoy a Jesús en el Evangelio. Estaba Jesús como siempre rodeado de gente que venia a escucharle y que a gusto se sentían con El apretujándose en su entorno para no perder ni una sola de sus palabras y para sentir el calor de su amor y cercanía. Y nos dice el evangelista que llegaron su madre y sus hermanos. No es necesario extendernos excesivamente para entender que la palabra hermano entre las gentes de aquella época y más en un mundo semita hace referencia a todos los familiares cercanos.
Le comunican a Jesús, ante la imposibilidad de poder llegar por si mismos a sus pies, que allí están su madre y sus hermanos. A algunos les podría parecer extraña la reacción y respuesta de Jesús pero creo que estamos en camino de entenderlo. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y derramando su mirada en torno en todos aquellos que le escuchaban exclamó: ‘Estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen…’
No rechaza Jesús la presencia de María, su madre, y demás familiares que le buscan. Pero Jesús nos está abriendo horizontes cuando nos anuncia el nuevo Reino de Dios; Jesús nos está hablando de esa nueva fraternidad que tenemos que aprender a vivir, donde en verdad todos nos sintamos hermanos; no han de ser solo los vínculos de la sangre los que nos han de unir, sino que han de haber otros vínculos de amor, de amistad, de cercanía, de fraternidad que nos han de hacer entrar en una nueva relación. ¿No ha de ser el amor nuestro distintivo? Pero no es un mero amor romántico o de bonitas palabras, sino que ha de ser otra relación más honda, más concreta, más palpable que nos ha de hacer sentirnos hermanos.
No perdamos de vista nunca lo que es el eje fundamental de la predicación de Jesús, el Reino de Dios; ese Reino de Dios que viviremos sintiendo que Dios es el único Señor de nuestra vida, pero donde todos hemos de sentirnos hermanos, donde hemos de cultivar esos valores del Reino que nos harán entrar en esa nueva relación que entre unos y otros ha de existir.

martes, 24 de septiembre de 2019

Cuando plantamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, llenos del Espíritu comenzamos a ser distintos, porque vivimos la verdadera comunión en el amor



Cuando plantamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, llenos del Espíritu comenzamos a ser distintos, porque vivimos la verdadera comunión en el amor

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Sal 121; Lucas 8, 19-21
‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Así vinieron a decirle a Jesús. Era mucha la gente que se agolpaba a su alrededor porque todos querían estar cerca de El y todos querían escucharle. No está claro en el evangelio que María siguiera todos los pasos de Jesús en su deambular por los caminos y aldeas de Galilea. Un día Jesús había dejado su pueblo y su casa para establecerse en Cafarnaún. Imagen quizá de lo que El pedía a sus discípulos a los que quisieran seguirle. Más tarde sabremos que está también en Jerusalén cuando ha subido a la Pascua, a su Pascua. Vendría ahora desde la cercana Nazaret, o ya se habría establecido más cerca de Jesús, también en Cafarnaún. Solo el evangelista nos dice que María estaban fuera y querían ver a Jesús.
¿María quiere ver a Jesús y también escucharle? Ella era la que un día había dicho sí para plantar la Palabra de Dios en su corazón. ¿María quería ahora también escuchar a Jesús? ¿Por qué no? Nos atrevemos a considerar que no era como una visita protocolaria de la madre que quiere saber cómo van las cosas de su hijo; claro que las visitas de una madre nunca son protocolarias sino que siempre tienen el sentido hondo del amor del corazón de una madre.
Aunque hoy es al revés muchas veces hacemos las visitas de los hijos protocolarias cuando van a visitar a la madre o al padre que quizá sigue solo en casa o ya no está en la casa sino que habremos buscado un sitio donde hagan por ellos lo que nosotros decimos que en los agobios de la vida no tenemos tiempo de hacer. Y salen así esas visita, sí tenemos que decir, protocolarias de unos minutos de vez en cuando para quedar bien.
Los pasajes del evangelio cuando los escuchamos con verdadera apertura del corazón nos van sugiriendo muchas cosas en nuestro interior, ya que en fin de cuentas es la Palabra de Señor que nos habla y nos habla a nuestra vida concreta. Aunque parezca que nos distraemos de lo que pueda ser lo principal del mensaje, sin embargo siempre hemos de estar atentos a cuantos nos va sugiriendo el Señor allá en lo  hondo del corazón. Es la Palabra que tenemos que escuchar, que plantar hondamente en nosotros para que dé frutos con esa disponibilidad del corazón siempre para lo que nos pida el Señor.
Vayamos de nuevo el relato del texto. No habían podido llegar hasta Jesús y se lo anuncian a Jesús. Y Jesús mirando en su entorno, viendo todos aquellos que allí están también con deseos de escuchar la Palabra del Señor nos señala algo nuevo. ¿Quiénes son su madre y sus hermanos? Allí están, los que quieren escuchar la Palabra, los que quieren llevarla en el corazón, los que no la abandonan sino que harán todo lo necesario para que dé fruto. ‘Estos son mi madre y mis hermanos’.
No es un rechazo a María y a sus hermanos, a su familia que allí está queriendo verle, queriendo escucharle también, estar con El. Es señalar que como María se convirtió en su madre por esa apertura a Dios, por ese querer escuchar a Dios – allá en el silencio de su casita de Nazaret así la contemplamos cuando llega el ángel a ella de parte de Dios – si nosotros entraremos a formar parte de esa nueva familia si tenemos también esa disposición para escuchar a Dios.
Nace una nueva familia. ‘No es por la carne ni por la sangre’, como diría el evangelio de Juan, sino cuando dejamos que el Espíritu de Dios llegue a nosotros para hacernos hijos de Dios. Y dejar que el Espíritu llegue a nosotros es abrir nuestro corazón para escucharle, para dejarnos conducir por El,  inspirarnos, decimos, o lo que es lo mismo dejarnos inundar por el Espíritu, nos hacemos uno con El y así comenzamos a ser hijos de Dios.
Y es que cuando plantamos así la Palabra de Dios en nuestro corazón nuestra vida tiene que ser distinta. Hay en nosotros la verdadera unidad del amor, la verdadera comunión.