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viernes, 18 de septiembre de 2026

Necesitamos desacomodarnos y desinstalarnos de una vez por todas porque es necesario hoy ponernos en camino de lugar en lugar para llevar la buena noticia de Jesús

 


Necesitamos desacomodarnos y desinstalarnos de una vez por todas porque es necesario hoy ponernos en camino de lugar en lugar para llevar la buena noticia de Jesús

1Corintios 15, 12-20; Salmo 16; Lucas 8, 1-3

Caminando de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad; una vida itinerante y es que las buenas noticias no se pueden quedar estancadas. Era la invitación que Jesús continuamente hacía, había que prepararse para poder recibir una buena noticia, pero una buena noticia que no se podía quedar estancada en quienes la recibían, las noticias son para comunicarlas, y para poder comunicarlas hay que ponerse en camino, salir, no quedarse en el sitio, había que desacomodarse porque si nos quedamos cómodos en donde estamos la noticia no podrá correr de boca en boca; por eso pedía Jesús conversión, que era ese desinstalarse de quedarnos plácidamente donde estamos para disponernos a algo nuevo que nos va a traer esa buena noticia. Jesús dirá cuando quieran que El se quede allí más tiempo, que es necesario ir a otros lugares, que otros sitios y otros pueblos están esperando también que les llegue esa buena noticia.

Creo que si pensamos un poquito en todo esto que vamos diciendo muchos nuevos planteamientos tendrían que salir para nuestras vidas, porque nos cuesta desinstalarnos, salir de esa comodidad de quedarnos donde estamos o en lo que hacemos; con qué facilidad nos entra una modorra espiritual, nos quedamos adormilados, nos contentamos con cuidar lo que ya tenemos, y al final terminamos envejeciéndonos. Y digo envejeciéndonos no solo porque cada vez nos vamos poniendo más mayores, sino porque la falta de vitalidad, de compromiso nos envejece en nuestra fe, nos hace perder esa energía espiritual tan necesaria en tantos momentos de la vida.

¿Qué nos está sucediendo en la mayoría de nuestras comunidades cristianas, en la mayoría de nuestras parroquias, y tenemos que reconocerlo en el conjunto de la Iglesia? Nos hemos envejecido. Miremos quienes quedamos en nuestras parroquias, quienes son los que habitualmente participan en la misa dominical que tendría que ser hermosa expresión de la vitalidad de la vida de una parroquia; ¿quienes nos quedan o quedamos? personas mayores, la juventud ausente, la mayoría con un conformismo de cumplir y ya está, poca vitalidad que nos lleve a hacer nuevas cosas, a buscar nuevos caminos, a emprender nuevas iniciativas para hacer llegar el mensaje del evangelio a más gente. ¿No tenemos tiempo y siempre estamos ocupados o nos cuesta salir de la modorra de nuestra rutina para dedicar parte de nuestro tiempo para reunirnos, para tener iniciativas que nos lleven a hacer un anuncio más explícito del evangelio?

Nos dice hoy el evangelio que acompañaban a Jesús en aquel caminar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, aquellos discípulos más cercanos que habían estado desde el principio con Jesús, un día a doce de ellos los va a constituir en grupo especial, en apóstoles, pero también algunas personas entre ellas algunas mujeres que alguna gracia habían recibido de Jesús; allí estaba ‘María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios’ como nos comenta el evangelista y que en varios momentos más veremos muy cerca de Jesús, pero también algunas otras mujeres, ‘Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes’. Eran el apoyo de Jesús y el grupo que en torno a Él se había formado, porque incluso nos habla de algunas que ayudaban con sus bienes.

Es bonito este resaltar el evangelista a este grupo que camina con Jesús. Un momento en nuestra reflexión para aprender a valorar esos pequeños grupos, demasiado reducidos en la mayoría de las ocasiones, pero en muchos casos mujeres sencillas pero con una disponibilidad grande para el servicio que realizan muchas tareas en nuestras comunidades y parroquias. Algunas veces, hemos de reconocer, que pareciera que descansa en ellas toda la vida y la actividad de nuestras parroquias.

Tenemos, es cierto, que tenerlas en cuenta y valorarlas, pero no nos podemos quedar ahí, solo en esas personas. La comunidad ha de tener más vida, muchos más tendríamos que despertar de una vez por todas para salir de nuestra modorra y de nuestra comodidad, para saber ponernos en camino, porque muchos son los lugares y son las situaciones donde es necesario hacer ese anuncio del Evangelio, llevar esa buena noticia.


miércoles, 2 de septiembre de 2026

Siempre en camino, en actitud de servicio, en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos, porque a ellos también ha de llegar la Buena Noticia del Reino

Siempre en camino, en actitud de servicio, en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos, porque a ellos también ha de llegar la Buena Noticia del Reino

Corintios 3, 1-9; Salmo 32; Lucas 4, 38-44

Supongamos que tenemos la buena suerte de recibir un regalo, que no esperábamos ni acaso habíamos soñado en tenerlo, algo sin embargo que nos hacía mucha ilusión y que va a significar algo maravilloso para nosotros; es normal que saltemos de alegría, que en el gozo de lo que hemos recibido hagamos fiesta en la que de alguna manera u otra poco menos que nos convertimos en protagonistas; probablemente se nos suba el ‘ego’ y ahora todo lo veremos maravilloso porque llegamos incluso a dar la impresión que nos lo habíamos ganado, que teníamos nuestros méritos y nos insuflamos tanto orgullo que poco menos que las alabanzas se vuelven para nosotros, y aunque muchas veces decimos que si nos sacamos la lotería o alguna de tantas cosas en las que no nos perdemos de jugar decíamos que lo íbamos a repartir y todas esas cosas de una generosidad orquestada, al final nos encerramos en nosotros mismos de una forma avara y codiciosa. ¿Qué estaríamos denotando de nuestros valores o de nuestro sentido de la vida? No digo que todos seamos así y así actuemos siempre, pero es cierto que es una tentación que sufrimos y nos puede hacer perder el rumbo de nuestra propia madurez humana.

Hay algo en el evangelio de hoy que nos puede pasar desapercibido y que tendría que ser pauta de lo que significa nuestro encuentro con Jesús y con la fe. Nos dice el evangelista que cuando salió Jesús de la sinagoga fue a casa de Simón Pedro. Una indicación más o menos clara que sería la casa de Pedro en Cafarnaún el punto de encuentro o de arranque de toda la predicación de Jesús por Galilea. Ya en otro momento nos dirá cuando nos envía a predicar que en la casa donde entremos allí nos quedemos si nos reciben bien. Desde una casa, desde un hogar va a irradiar el anuncio del Reino que hemos de hacer por todas partes.

Pero en la casa de Simón le indican que la suegra de Simón está en cama con fiebre. Jesús, como no podía ser menos, se acerca a ella y tomándola de la mano la levanta, curándose de aquella fiebre. ¿Y cual es la reacción, y es en lo que quiero fijarme en estos momentos? No lo dice pero suponemos la alegría de todos por la recuperación, lo mismo que la suegra de Simón Pedro, pero aquella mujer no se queda en el momento festivo sino que se puso a servirlos.

Nuestro paso por el encuentro con el Señor siempre tendrá que derivar en el servicio, no hay mejor manera de celebrarlo ni de hacer fiesta por lo que significa ese encuentro. Y es que Jesús cuando nos sale al encuentro no es para que nos quedemos en nosotros, en lo que hemos recibido, los beneficios que significa para nosotros. Jesús siempre nos está poniendo en camino. No nos podemos quedar como quería Pedro extasiados en lo alto de la montaña porque allí se está bien, tenemos que bajar al llano, tenemos que volver a nuestros caminos aunque luego haya momentos en que nos resulten dificultosos y de nuevo oscuros. Es la bonita actitud que nos está enseñando hoy la suegra de Simón.

En las actitudes y en lo que hace el mismo Jesús estamos viendo el mismo detalle. Mucha gente se había aglomerado en aquella tarde noche a la puerta de la casa y a todos y a cada uno quiso acercarse Jesús. Nos habla de cómo imponía las manos a los que se acercaban y a todos les iba dando nueva vida. Pero Jesús no se queda ahí; desde el amanecer se había ido al descampado para su oración al Padre y cuando vienen de nuevo a buscarlo El les dice que tiene que llegar a otros lugares porque en esos otros sitios también había de anunciarse el Reino de Dios. Siempre en camino, siempre en actitud de servicio, siempre en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos porque a ellos también tiene que llegar la Buena Noticia.

¿Será esa nuestra manera de actuar? ¿Estaremos siempre en esa disponibilidad de servicio? ¿Será esa también nuestra manera de hacer el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios en medio de nuestro mundo? ¿Pensaremos también en otros, de los que no están cerca o no vienen, a los que tenemos que hacer también el anuncio? No nos podemos contentar con los que ya estamos, los de siempre, los que también hayan dado una respuesta de fe, sino que como nos decía el Papa Francisco tenemos que ir a las periferias.

¿No nos estaremos encerrando mucho en nuestros templos, en nuestras celebraciones bonitas, en el rescate de nuestras novenas y devociones, en nuestras cofradías y hermandades, en nuestras fiestas tradicionales y nos falta ese impulso misionero? Algunas veces cuando contemplo algunos programas pastorales me entran esos miedos, me interrogo por esa inquietud misionera que ha de tener la Iglesia, y qué es lo que estamos haciendo.


jueves, 9 de julio de 2026

no son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y generosidad

 


No son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y nuestra generosidad con los hacemos el anuncio del Reino

Oseas 11, 1-4. 8c-9; Salmo 79; Mateo 10, 7-15

La vida no depende solamente de los medios materiales que tengamos; son necesarios porque además vivimos en un mundo excesivamente mercantilista y a todo le ponemos precio y para todo parece que necesitaríamos esos medios materiales. pero vivir es algo más; hacer por la vida no se reduce a que tengamos o no tengamos medios materiales, porque estamos nosotros, con nuestro ser, nuestros valores, nuestras capacidades y muchas veces sin un duro podemos hacer maravillas. Es lo que nosotros nos implicamos desde lo más hondo de nosotros mismos. Y esto podemos decirlo, aunque muchas veces nos cueste comprenderlo y hacerlo, de todos los aspectos de la vida.

Parto de esa experiencia humana que tendríamos que saber trasladar a lo que es la vida de la Iglesia y su acción pastoral; muchas veces decimos que nos vemos con las manos atadas para tantos proyectos que quisiéramos realizar porque decimos que no tenemos medios. ¿Dónde están las personas y su compromiso? ¿Dónde está el dejarnos en verdad conducir por el Espíritu? Es a lo que nos quiere conducir hoy el evangelio.

Ayer escuchábamos cómo escoge a doce de entre todos sus discípulos para que sean los Apóstoles, sus principales enviados, como imagen además de lo que será el envío que nos haga a todos. Y con los poderes, como decíamos ayer, que les da han de ir realizando lo mismo que Jesús para hacer el anuncio del Reino de Dios y mostrar las señales de que nos ha llegado el Reino de Dios.

Pero hoy Jesús nos da unos detalles para cómo realizar esa misión. Y nos envía sin nada, quiere que vayamos desprendidos, por eso ni dinero en el bolsillo ni túnicas de repuesto, solo unas sandalias y un bastón para el camino. Han de ir con la disponibilidad del corazón pero también abiertos a lo que puedan recibir. Por eso les dice que se queden en la casa donde los reciban. No van desde el poderío ni desde las distancias de sentirse ricos y poderosos, van con la humildad de la pobreza y de los que saben que dependen no de sí mismos sino en este caso de los demás, de allí donde los reciban, y por supuesto del Espíritu del Señor que es su fortaleza y su sabiduría.

Nos tiene que hacer pensar, es cierto, en nuestros grandes proyectos pastorales y de lo que llamamos el prestigio de la Iglesia que queremos conservar; pero el prestigio y el valor ni está en las grandes obras, ni en la presentación ostentosa de la presencia de la Iglesia. De cuántas vanidades y orgullos nos tenemos que desprender para ser en verdad esa Iglesia de Jesús tal como vemos en aquella primera comunidad que se reunió en torno a Él.

Pero también nos lo tenemos que pensar a la hora de lo buenos que tenemos que hacer a los demás, de la semilla que tenemos que ir sembrando en nuestro mundo, de ese compromiso con que hemos de vivir nuestra vida alentada por el espíritu de la fe. No podemos, no somos capaces, no sabemos qué hacer, no tenemos medios… son cosas que nos decimos y tras las que nos escudamos y al final terminamos sin hacer nada. ¿Dónde está nuestro amor? ¿Dónde está nuestra disponibilidad y la generosidad de nuestro corazón? 

Muchas cosas tenemos que pensar y revisar, muchas decisiones serias y valientes tenemos que tomar, mucha confianza hemos de poner en el Señor.


martes, 7 de julio de 2026

Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

 


Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

Oseas, 8, 4-13; Sal. 113; Mateo 9, 32-38

Vemos a alguien caminando a nuestro lado, como suele decirse, con la lengua fuera por el cansancio ante el esfuerzo que tiene que realizar o la intensidad de lo que está haciendo, y más en días como los que estamos pasado por nuestros lares de intenso calor, nos hace sentir compasión y lástima y si de nuestra parte estuviera les ayudaríamos en lo que fuéramos capaces. Normalmente nuestro corazón se conmueve cuando vemos el sufrimiento de los demás, salvo que fuéramos unos desalmados.

Es la imagen que quiere ofrecérsenos en el texto del evangelio que hoy escuchamos. Jesús recorre pueblos y aldeas en aquellos caminos de Galilea siempre con el mismo anuncio del Reino de Dios que llega y para el que hemos de estar preparados; las gentes escuchando las palabras de Jesús y contemplando los signos que realiza le siguen, sienten como se enardecer sus corazones y parece que renace en ellos la esperanza; se sienten desorientados porque los mensajes que han venido recibiendo no siempre les llegan al corazón ni parece que responden a sus expectativas; parece como si fueran llevados de un lado para otro en medio de un mar embravecido o unas corrientes que no les llevan a ninguna parte. Es lo que Jesús les quiere hacer constatar. Parecen ovejas sin pastor que a ninguna parte son conducidas.

No todos, como suele suceder siempre saben leer el mensaje que Jesús quiere transmitirles, algunos se harán sus propias interpretaciones interesadas, porque están sintiendo que lo que jesús les anuncia y les propone va a exigir un cambio en sus vidas; recordemos que siempre Jesús comienza su predicación invitando a la conversión, a abrirnos a ese cambio y transformación total que tienen que darle a su existencia. 

Que un hombre poseído por el mal y encima con tantas limitaciones en su vida como la sordera o el no poder hablar sea curado de su mal viene a significar cómo nuestros oídos están sordos por tantas cosas o tantos apegos o intereses y tenemos que abrirnos a algo nuevo que se nos está ofreciendo; son los signos del Reino de Dios que nos están pidiendo la vivencia de otros nuevos valores, el desgarro de nuestro interior de todas esas malas voluntades, la apertura para poder encontrarnos con esa luz nueva que quiere iluminar nuestras vidas, pero para muchos eso puede significar perder los papeles, perder las influencias, tener que comenzar de nuevo al recorrido, y eso cuesta y es difícil; por eso querrán atribuir las obras de Jesús al espíritu del mal para crear confusión en los demás.

¿No andaremos nosotros también con esas sorderas que nos hacen escuchar lo que nos interesa? ¿No nos sentiremos en muchas ocasiones confundidos y desorientados por esa lucha interior que sostenemos cuando vemos donde está la luz pero preferimos las luces opacas de nuestras rutinas de siempre?

Jesús nos dice que la mies es abundante pero que los operarios son pocos; está contemplando esas multitudes ansiosas de algo nuevo pero a quienes no siempre llega ese mensaje de salvación. ¿Cómo es ese mundo que nos rodea? ¿Seguirá habiendo en el fondo el deseo de algo y mejor, algo que eleva nuestros espíritus y nos traiga metas de gran altura? A pesar del gran vacío que podríamos contemplar en muchos a nuestro alrededor, sin embargo hay ansia de algo mejor aunque muchas veces no se sepa definir bien lo que queremos. 

Ahí tendríamos que estar nosotros para decir la palabra oportuna, para ofrecer una novedosa orientación para la vida de los que nos rodean, para convertirnos nosotros también en una señal para los que están a nuestro lado y puedan discernir a dónde se tienen que dirigir, para despertar deseos de querer escuchar esa buena nueva del Evangelio. Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos en medio del mundo?


domingo, 21 de junio de 2026

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

 



Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

Jeremías 20, 10-13; Salmo 68; Romanos  5, 12-15; Mateo 10, 26-33

Cuando estamos convencidos de algo lo defenderemos a capa y espada – es una forma de decir – porque nada ni nadie nos puede quitar ese convencimiento. Encontraremos razones y motivos que den fuerza a nuestras palabras, nos valdremos de todos los argumentos, pero defenderemos esa verdad. Experiencias tenemos en personas que nos rodean, capaces de darlo todo por ese convencimiento, y quizás en más de una ocasión nos habremos visto así defendiendo nuestra verdad.

Sin embargo nos queda por dentro una duda o una pregunta, ¿tendremos esos convencimientos tan fuertes? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? ¿Y si se ponen en peligro aquellas cosas que poseemos o acaso hasta se pudiera llegar a poner en peligro nuestra vida? ¿Mostraremos así con valentía nuestro convencimiento?

Pareciera que yo pongo duda incluso a esas afirmaciones un tanto categóricas con las que he comenzado esta reflexión. Pero me remito a lo que es nuestra vida, a nuestras actitudes y a nuestros valores, porque quizás muchas veces nos dejamos arrastrar, nos cuesta ir a contracorriente, si todo el mundo vive así, ¿por qué yo voy a ser distinto? Son quizás tentaciones que nos acechan.

Y podemos pensar en la rectitud de nuestra vida como podemos estar pensando también en lo que es el mundo de nuestros negocios, de nuestras ganancias y de lo que no queremos que sean perdidas, de nuestros principios morales, y por supuesto tendríamos que estar pensando en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana desde los valores del Evangelio que Jesús nos propone para vivir el Reino de Dios. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?

Porque nos entran los miedos cuando vemos que el mundo que nos rodea pasa de religión, del evangelio, de los valores cristianos, que no todo el mundo piensa lo mismo, que muchos incluso nos van a la contra y estarán incluso sacando a flote de manera interesada nuestras debilidades para desprestigiarnos, para quitarle valor a nuestro anuncio, para seguir queriendo sostener nuestra sociedad sobre unos valores bien distantes de los que nosotros queremos proclamar desde el evangelio. Y nos cuesta nadar a contracorriente frente a ese mundo para proclamar con valentía nuestros valores para la construcción de nuestra sociedad.

Nos sentimos débiles en muchas ocasiones e inseguros porque también poco nos hemos preocupado por fundamentar bien nuestra fe, por vivir unas intensas experiencias de Dios que nos llenen de fortaleza, porque parece que nos faltan argumentos, pero lo que realmente nos falta es confianza en la palabra de Jesús que nos promete la asistencia de su Espíritu. Y vamos entonces queriendo compaginar todo para no enfrentarnos con los que nos presentan otra manera de sentir y de vivir, y nos hacemos cobardes y timoratos. En este corto texto del evangelio por tres veces nos dice Jesús que no tengamos miedo.

En la primera lectura hemos escuchado las consideraciones que se hace el profeta Jeremías que se ve acosado por todas partes, pero como finalmente terminó confesando ‘el Señor es mi fuerte defensor…’ Se siente fuerte y no se amilana, no se cruza de brazos, sigue proclamando con valentía su misión profética, aunque encuentre el rechazo de los que están a su alrededor.

Es a lo que nos está invitando Jesús, pero también nosotros tenemos en muchas ocasiones la tentación de buscar nuestros refugios, de hacernos nuestras rebajas a la hora de compromiso para quedarnos tranquilos y no se tan estridentes frente a nuestra sociedad; pero Jesús nos dice que lo que nos dice en secreto tenemos que proclamarlo desde la azotea.

¿Nos refugiamos quizás en rezos y en un cristianismo muy encerrado en el culto y en las devociones pero con poca trascendencia en todo lo que es la vida social del entorno en el que vivimos? Un cristianismo muchas veces meramente sociológico apoyado en tradiciones o costumbres ancestrales, que se puede manifestar en expresiones artísticas, hemos de reconocer, de indudable valor, pero que finalmente terminamos convirtiendo en fiesta de interés  ‘turistico’ para que vengan a visitar nuestro pueblo.

¿Qué estamos haciendo de nuestra religiosidad? ¿Qué estamos haciendo del evangelio que vivieron y nos trasmitieron esos santos a los que ahora celebramos con nuestras romerías? ¿Qué tendrá que ver todo eso con un auténtico evangelio?

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por Él ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio? ¿Cuáles tendrían que ser las actitudes, las posturas, los compromisos con los que un cristiano hoy tiene que anunciar a Jesús? Son preguntas serias que nos tenemos que hacer y busquemos respuestas en el evangelio.

Más tendríamos que hacer los cristianos un camino sinodal en el que juntos reflexionemos el Evangelio para encontrar el mejor modo de hacer el anuncio hoy ante nuestro mundo. Confieso que a mi también me cuesta.


sábado, 9 de mayo de 2026

No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

 


No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

Hechos 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

Ya lo decía el principio del evangelio de san Juan, la luz quiso brillar para disipar las tinieblas, pero las tinieblas no la quisieron recibir, querían prolongar el reino de la oscuridad y de la muerte. ¿Por qué los que aman y hacen el bien no son comprendidos, es más, muchas veces son rechazados y hasta perseguidos? El que hace el bien pone al descubierto lo que es obra del maligno y a nadie le gusta verse denunciado por las obras del mal que realiza, no solo trata de ocultarlas o disimularlas sino que muchas veces incluso nos las querrá presentar como buenas. Es la gran confusión en que vivimos en nuestra sociedad, es el rechazo de las obras de la luz, es el embrollo en que queremos meter todas las cosas porque siempre buscamos fallos y debilidades para quitar el brillo y el resplandor de lo bueno.

¿Nos tiene que desanimar todo esto? ¿Hará que temamos aparecer con nuestros resplandores de luz cuando queremos anunciar la buena nueva de Jesús? Podremos decir que somos débiles y también pecadores, pero no podemos ocultar el brillo de la bueno, no podemos dejar de anunciar la buena nueva de Jesús, no tienen por qué hacernos callar.

Jesús en aquella conversación de sobremesa después de la cena pascual, que sonaba a despedida, a ultimas recomendaciones, a hacerles sentir que su presencia nunca nos fallará, que nos prometerá la fuerza del Espíritu que nos lo enseñará y recordará todo pero que también va a ser nuestra fuerza interior para mantenernos en nuestra fidelidad y también para hacer anuncio del evangelio, les hace ver a los discípulos también las dificultades en que se van a encontrar. Si lo rechazaron a El, el discípulo no es mayor que su maestro y lo mismo también nos vamos a encontrar ese rechazo. Son las palabras que hoy le escuchamos a Jesús.

Palabras que sostuvieron el ánimo de los discípulos y de aquellos primeros momentos de la Iglesia que realmente no fueron fáciles, pero son las palabras que siguen sosteniéndonos a nosotros hoy que tampoco tenemos fácil hacer el anuncio del evangelio de Jesús. Palabras de Jesús que tienen que dar claridad a nuestra mente al tiempo que fortaleza al corazón para discernir en cada momento la situación en la que nos encontramos, lo que necesita ese mundo que nos rodea, y la fuerte voluntad por nuestra parte para seguir en nuestro compromiso como discípulos de Jesús que han sido enviados al mundo con una buena nueva que traería la verdadera alegría y paz a nuestro mundo.

Nos tenemos que sentir seguros en el Señor. No vamos desde nuestra valentía personal, no son solo las cualidades que nosotros podamos tener para hacer de la mejor manera posible nuestra acción pastoral, es la confianza que sentimos en el Señor porque El es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es la presencia del Espíritu del Señor que guía e inspira nuestras iniciativas y toda nuestra actividad.

Una tarea que comenzamos haciendo allí donde estamos, con nuestra familia y con la gente que nos rodea, que como nos anuncia hoy Jesús no siempre nos comprenderán ni nos aceptarán. No importa que en ocasiones resultemos incómodos, porque eso significa que llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios; no importa que nos digan que también nosotros somos pecadores, eso ya lo reconocemos, pero sentimos el amor de Dios en nuestra vida que ha sido misericordioso con nosotros y eso nos hace que con mayor coraje queramos dar nuestro testimonio. Pero la luz no se oculta debajo de la mesa sino que se pone en alto para que ilumine a todos.

Limpiemos, es cierto, la pantalla de nuestra vida, para que se refleje la luz verdadera. Es lo que tenemos que hacer. Es el compromiso de la fe que hemos puesto en Jesús.

sábado, 25 de abril de 2026

Llamados nos sentimos a dar testimonio ante los que nos rodean de la Buena Noticia de Jesús, alegría y paz para nuestra vida y salvación para todo el mundo

 




Llamados nos sentimos a dar testimonio ante los que nos rodean de la Buena Noticia de Jesús, alegría y paz para nuestra vida y salvación para todo el mundo

1Pedro 5, 5b-14; Salmo 88; Marcos 16, 15-20

Celebramos hoy a san Marcos, evangelista, decimos, o podemos decir también, el hombre del Evangelio. Es lo que nos ha dejado, su gran mensaje, el Evangelio de Jesús. Así comienza su relato, ‘comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios’, pero en el mismo sentido lo termina recordándonos el mandato de Jesús, ‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’.

¿Qué es el evangelio? ¿Qué significa decir evangelio? Buena noticia. Cuando decimos evangelio de Jesús estamos diciendo ‘buena noticia de Jesús’, y Marcos nos está diciendo que es el Mesías, el Cristo (por eso se emplea la palabra Jesucristo), verdadero hombre – nos contará lo que hizo y lo que dijo, nos expresa todo lo que fue su existencia – pero al mismo tiempo nos está diciendo que es el Hijo de Dios. Buena noticia como nos dirá al final que hemos de proclamar a toda la creación; y concluirá diciéndonos que ‘ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. Quien ha recibido esa buena noticia no puede menos que comunicar, transmitir a los demás.

Es la consideración que nos está ofreciendo san Pedro en su carta, pidiéndonos humildad porque así nos hacemos gratos a Dios y Dios se nos manifestará. Es la acogida humilde que hemos de hacer a esa buena noticia de Jesús.  ‘Sed humildes bajo la poderosa mano de Dios, para que él, os ensalce en su momento…’ En El nos confiamos porque en El nos sentimos amados, es la gran noticia, el amor de Dios que nos tiene como hijos y cuenta con nosotros aunque no siempre seamos buenos hijos. Es el mejor y más hermoso regalo que podamos recibir. Lo necesitamos, porque nos sentimos débiles, lo necesitamos porque además nos vemos zarandeados por el maligno que nos tienta de mil maneras y quiere apartarnos del camino que hemos emprendida, que nos agobia con mil pensamientos y mil cosas que nos distraen o que nos pueden hacer perder la paz. Pero en el amor de Dios nos sentimos seguros. ‘Descargad en él todo vuestro agobio, porque él cuida de vosotros’.

Cuando experimentamos todo esto en nuestra vida ¿no nos vamos a sentir en paz? ¿No es esta una gran noticia para nosotros? Es la buena noticia de Jesús que llega a nuestra vida y nos llena de paz, como nos pone en camino de algo nuevo que hemos de vivir. ‘Y el Dios de toda gracia que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de sufrir un poco, él mismo os restablecerá, os afianzará, os robustecerá y os consolidará’, continúa diciéndonos el apóstol. Nos hemos de sentir fuertes en el Señor. Y con esa alegría tenemos que seguir anunciando esa buena noticia a los demás. No nos podemos callar.

Es el mensaje que yo estoy recibiendo en lo hondo de mi corazón en esta fiesta del Evangelista san Marcos que hoy celebramos. Como Él nosotros hemos de hacernos también mensajeros del evangelio, pero no como algo aprendido porque así nos lo hayan enseñado sino como algo vivido y experimentado en nuestro corazón. Miremos las diversas situaciones por las que habremos pasado a lo largo de nuestra vida, no siempre fáciles, también con nuestros agobios o momentos de decaimiento, como en otros momentos en que se ha hecho experiencia viva en nosotros ese amor de Dios. Como nos sigue diciendo el apóstol Pedro tenemos que ‘dar testimonio de que esta es la verdadera gracia de Dios’. Recordemos y reavivemos esas experiencias vivas de fe que hemos vivido en nuestra vida. De ello tenemos que ser testigos en medio del mundo.


lunes, 13 de abril de 2026

Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo con arrojo y valentía el anuncio del nombre de Jesús

 


Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo con arrojo y valentía el anuncio del nombre de Jesús

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Salmo 2; Juan 3, 1-8

¡Cómo ha cambiado esa persona!, habremos dicho quizás más de una vez cuando hemos visto a alguien que conocíamos con un estilo de vida, pero que ahora lo vemos distinto. ¿Qué le han hecho?, pensamos; ¿qué es lo que le ha llevado a esta transformación de la vida? Y como siempre somos tan dados a no pensar muy bien y a andar con la sospecha por delante ya estamos pensando en manipulaciones que alguien ha ejercido sobre esa persona, presiones que no sabemos bien por qué motivo y hasta empleamos aquello del lavado del cerebro sin saber bien ni lo que decimos. Pero seguramente notaremos que no es un cambio superficial, que no es el quita y pon de un ropaje o de una máscara para dar la impresión de algo que realmente no sea, algo profundo hay en esa persona que no terminamos de desentrañar. ¿Experiencias del espíritu que en nuestro materialismo no somos capaces de entender?

Si leemos con atención el evangelio nos iremos dando cuenta de cómo son aquellas personas que de forma muy cercana seguían a Jesús. No negamos la confianza que habían puesto en Jesús, pero no dejaban de ser tan humanos como todos cada uno con sus propias debilidades. Había entre ellos, como es muy normal suponer aunque lo vemos reflejado en muchos momentos, sus ambiciones y sus caprichos quizás ocultos, no dejaban de rondar por sus cabezas lo mismo que a casi todos en Israel con sus deseos de liberación llamémosla política porque quería liberarse de lo que consideraban una opresión de los romanos, había sus luchas por estar por encima de los otros, por los primeros puestos y eran sueños que les hacían en muchas ocasiones enfrentarse entre ellos, miedos y cobardías como le vemos que en el momento crucial del prendimiento todos le abandonan y huyen, o como la negación incluso de quien había sido ya preconizado por Jesús para ser una piedra fundamental de aquella nueva comunidad, y así tantas cosas; en la cruz estaba Jesús solo con una pocas mujeres entre ellas su madre, y solo el llamado discípulo amado, los demás bien lejos y escondidos.

Pero ahora en los Hechos de los apóstoles no parecen los mismos, han sufrido cárceles pero ellos no tienen miedo, les prohíben hablar en nombre de Jesús pero ellos dicen que no pueden callar lo que han vivido, lo que han visto y oído y tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres, hoy les vemos orando después de la prisión de algunos para mantenerse firmes y seguir haciendo el anuncio que saben que Jesús les ha confiado. ¿Qué ha sucedido en ellos para ese cambio?

Hemos escuchado también hoy en el evangelio aquel encuentro de Nicodemo con Jesús a quien va a visitar incluso de noche, dada su condición de maestro en medio de Israel que no quería quizás que le vieran con Jesús pero que andaba también en un camino de búsqueda. Y Jesús le dice una cosa muy clara, aunque siempre nos ha costado entender. Para vivir el Reino de Dios hay que nacer de nuevo. Ya había pedido Jesús desde el principio de su predicación conversión para creer y aceptar la buena nueva que se les iba a anunciar. Ahora tajantemente Jesús habla de un nuevo nacimiento. Difícil de entender cuando ya somos viejos, como le dice Nicodemo. Pero Jesús no se retracta de sus palabras. Nacer de nuevo por el agua y por el espíritu.

Ahí está la clave. No por nosotros mismos por mucha voluntariedad que queramos poner porque siempre seguiremos siendo débiles y aparecerán nuestros cansancios, solo por la fuerza del espíritu se puede realizar ese cambio, ese nuevo nacimiento. Y esto es fundamental. Claro que cuando escuchamos estas palabras pensamos en el bautismo, pero no nos podemos quedar en un rito porque entonces no tendrían sentido las palabras de Jesús. Es lo profundo que el espíritu del Señor realiza en nosotros que nos hace ser distintos, que nos hace tener una nueva vida.

Es lo que hemos venido diciendo de la transformación de los Apóstoles. Habían recibido la fuerza del espíritu, pronto celebraremos Pentecostés. No es la cosa de un día, o de una celebración, es el dejarnos transformar por el espíritu del Señor, el que hizo de aquellos hombres cobardes y ambiciosos los que ahora no temen persecuciones y con arrojo y valentía seguirán haciendo el anuncio del Evangelio, por muchas que sean las prohibiciones y persecuciones.

¿Nos sentiremos nosotros transformados así? Andamos como llorones muchas veces quejándonos del mundo adverso que nos ha tocado vivir; un mundo como el de todos los tiempos, porque siempre las tinieblas han rechazado la luz, pero ahí está la fuerza del espíritu del Señor con nosotros para continuar con esa luz encendida y nada podrá contra ella. Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo el anuncio del nombre de Jesús.

sábado, 11 de abril de 2026

Despertemos, vivamos la alegría de nuestra fe en nuestras celebraciones, ha de notarse en nuestra vida para contagiar, para trasmitir, para comunicar, es nuestra tarea de cristianos

 


Despertemos, vivamos la alegría de nuestra fe en nuestras celebraciones, ha de notarse en nuestra vida para contagiar, para trasmitir, para comunicar, es nuestra tarea de cristianos

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Salmo 117; Marcos 16, 9-15

Hay noticias que no podemos callar. Cuando son buenas noticias mucho más, enseguida nos apresuramos a compartirlas con quienes tenemos cerca o con quienes mantenemos un aprecio especial. Dicen que las malas noticias corren como un reguero de pólvora, y será así probablemente porque hacen mucho ruido, pero pronto se esfuman como el humo. Pero una buena noticia deja huella; tengo un recuerdo en mi mente desde que era niño cuando mi madre recibía carta ya de mi padre o de mis hermanos que estaban en el extranjero, pronto llamaba a las vecinas para compartir la alegría de haber recibido cartas tomándose un buen café.

¿No será eso lo que nos está diciendo hoy la Palabra de Dios en este tiempo y en esta octava de Pascua que estamos celebrando? Hemos ido escuchando distintos momentos de aquellas manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos; siempre queda como una coletilla el encargo de ir a comunicarlo a los demás, o la impaciencia en algunos casos por correr al encuentro con los otros para comunicarles lo que habían vivido.

El evangelista Marcos es mi escueto en la narración de la resurrección de Jesús y los acontecimientos que siguieron; hoy hemos escuchado como un resumen que hace de aquellos distintos momentos, ya fuera a las mujeres que fueron al sepulcro, a María Magdalena, a los discípulos que estaban encerrados en el cenáculo a los que echa en cara su falta de fe, o a los que habían marchado a Emaús. Pero hoy también termina el relato con el envío de Jesús a sus discípulos por todo el mundo con el encargo de hacer el anuncio de esa buena nueva, el evangelio. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’.

Es nuestro compromiso de Pascua, es más, es lo que tiene que surgir espontáneo en nuestra vida cuando de verdad hemos vivido la Pascua. No se puede quedar todo en unas bonitas y solemnes celebraciones; cargamos demasiado el aspecto de la solemnidad con el peligro de que perdamos la intensidad de la vida, lo que tiene que brotar de manera espontánea de nuestro corazón cuando estamos viviendo de verdad lo que celebramos, lo que es nuestra fe. La celebración podíamos decir que es como el ramillete de flores de todo aquello que es el centro de nuestra fe y de nuestra vida y que vamos a ofrecer como una acción de gracias al Señor; una fiesta que hacemos con la que queremos alabar a Dios por tanto que nos ha regalado y que lo centramos en el misterio de Cristo.

Pero la celebración es también Palabra que recibimos que alimenta nuestra vida y que nos pone en camino; la celebración vivida así no se puede quedar en el momento en que nos reunimos – y es importante este aspecto de que nos reunimos porque no es una cosa que hacemos nosotros solos – sino que luego ha de prolongarse en el día a día, en cada momento de nuestra vida; y cuando todo eso lo estamos viviendo con toda intensidad se nota, se contagia, se trasmite, se comunica a los demás.

No nos podemos quedar inertes e impasibles tras ese momento intenso de encuentro vivo con Cristo, a partir de ahí somos otros, a partir de ahí tiene que haber otro movimiento en nuestra vida; tenemos que salir presurosos a compartir el café con los demás llevándoles la buena noticia que hemos recibido.

Hoy el evangelio nos recuerda que ese es el encargo de Jesús por si acaso lo olvidamos, aunque son cosas que no se pueden olvidar cuando tan intensamente lo hemos vivido. ¿Seremos capaces de hacerlo así? Tristemente hemos de reconocer que no siempre los cristianos actuamos de esa manera, que nuestras vida cristiana es demasiado amorfa, poco intensidad le damos a nuestras celebraciones, parece que nos falta esa alegría de la fe. Desde unas celebraciones rutinarias no podemos esperar otra cosa que una vida cristiana rutinaria. ¿No tendremos que despertar ya de una vez?

sábado, 14 de febrero de 2026

Nos sentamos poco a la vera del camino para simplemente hablar con los que pasan, a la puerta de la casa para charlar amigablemente del Reino de Dios con los que en ella habitan

 


Nos sentamos poco a la vera del camino para simplemente hablar con los que pasan, a la puerta de la casa para charlar amigablemente del Reino de Dios con los que en ella habitan

Hechos 13, 46-49; Salmo 116; Lucas 10, 1-9

¿Cuál va a ser en definitiva nuestra reacción final si nos hemos ofrecido voluntarios para hacer una tarea que nos parecía, por decirlo así, interesante, pero que cuando nos la confían nos hablan de que no es una tarea fácil, que no vamos a contar con demasiados medios o recursos para llevarla a cabo y ya de antemano nos dicen que vamos a toparnos con una oposición bien encontrada? ¿Tiraremos la toalla si tan difícil nos lo ponen? ¿Intentaremos seguir adelante? ¿Buscaremos por nuestra parte nuevas iniciativas, recursos, lo que sea necesario para que realmente se realice y no quede por cuenta nuestra, por nuestra dejadez, el posible fracaso?

Realmente la cuestión es inquietante. ¿Cómo se sentiría aquel grupo de discípulos a los que Jesús les está confiando una misión en la que les dice que además de que hay mucho trabajo y son pocos los que se comprometen con ese trabajo, los envía como corderos en medio de lobos?

Tenemos que pensar que esa es la tarea y la misión que Jesús nos está confiando a los que creemos en El, la misión que le confía a la iglesia que tiene que quitar de sí toda imagen de triunfalismos para darnos cuenta que el anuncio del evangelio en el mundo en que hoy vivimos no es tan fácil. Además Jesús nos está pidiendo por parte nuestra una disponibilidad total pero también la conciencia de que no hemos de actuar a la manera de cómo actúan los hombres de este mundo. De entrada nos está diciendo que vayamos con nuestra pobreza, vacíos y liberados de todo signo de grandeza o de prepotencia para, a partir solo de unos medios o recursos humanos, realicemos esa tarea y esa misión cuya efectividad no va a surgir de esos más o menos importantes medios humanos con los que podamos contar.

De mucho tenemos que aprender a despojarnos. Porque Jesús incluso se quitó el manto para ceñirse solo con una toalla cuando se puso a lavar los pies de los discípulos. Y es lo que hoy tenemos que hacer, es la misión de la Iglesia hoy en medio de nuestro mundo. No podemos aparecer rodeados de esplendores de grandezas o de riquezas cuando vamos a anunciar el evangelio; sería una imagen que no casa con el espíritu del Evangelio que tiene que ser anunciado, tiene que ser buena noticia para los pobres.

Tenemos que aprender a sentarnos humildemente en una pobre silla o banqueta con los de la casa para hablar sosegadamente, amigablemente, para hacer el anuncio del mensaje que llevamos.

Nos sentamos poco en el camino para simplemente hablar con los que pasan, nos sentamos poco a la puerta de la casa para charlar amigablemente con los que en ella habitan. Es lo que nos está diciendo Jesús, que entremos allí donde nos abren la puerta, comamos lo que nos ofrecen y a ellos, teniendo en cuenta lo que es en verdad sus vidas, le hagamos el anuncio del Reino de Dios. No nos pide discursos, sino conversaciones, no nos pide grandes recorridos, sino que seamos capaces de detenernos a la vera del camino con quien pasa o con quien nos encontremos o simplemente nos sentemos a tomar un café.

¿Será eso lo que verdaderamente está haciendo la Iglesia, estaremos haciendo nosotros o andaremos más preocupados de organizaciones y de planes de trabajo cuando el trabajo es eso que nos va saliendo cada día al paso? Hoy hablamos mucho de una nueva evangelización pero nos preocupamos poco de esos encuentros personales, organizamos muy bien nuestros horarios de culto y celebraciones de nuestras fiestas, pero nos olvidamos del caminar del día a día, a pie de calle, o sentados alrededor de la mesa del comedor para tener una amigable charla donde trasmitamos esa paz que nos viene a traer el evangelio.

Y ya sé que no es una tarea fácil, porque no siempre habrá quien nos escuche o en muchas ocasiones sintamos el rechazo, como ovejas en medio de lobos que nos dice hoy Jesús. Pero eso no tiene que impedir que sigamos haciendo el camino porque tenemos que seguir haciendo el anuncio de la buena nueva de Jesús.

miércoles, 14 de enero de 2026

Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

 


Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

1Samuel 3, 1-10. 19-20; Salmo 39; Marcos 1, 29-39

Las señales de Dios se van manifestando. La aparición de Jesús haciendo aquel primer anuncio de la llegada del Reino de Dios fue un rayo de esperanza para aquellos  pueblos. Las tinieblas pujaban por permanecer pero la luz se va abriendo paso en aquellos corazones. Se sorprenden con las palabras de Jesús, se sorprenden con los signos que realizaba y que manifestaban que Dios estaba con El. Era su presencia, su cercanía, sus palabras, los signos que se manifestaban en su vida. Quería estar cerca de todos y se dejaba llevar allí donde hiciera falta.

Hoy nos dice el evangelista que después de salir de la sinagoga, allí donde había liberado de su mal a aquel hombre poseído por un espíritu inmundo, los primeros discípulos, aquellos que primero han escuchado su llamada y ya le siguen de cerca, Santiago y Juan a los que había invitado a seguirle para ser pescadores de hombres, se llevan a Jesús a casa de Simón y de Andrés y le dicen que la suegra de Simón está enferma, está en cama.

¡Qué hermosa sintonía de aquellos primeros discípulos que viendo lo que hace y enseña Jesús le cuentan también de sus incidencias familiares o de sus vecinos! Algo en lo que es necesario detenernos en nuestra reflexión. Somos los discípulos de Jesús, al menos nos gloriamos de llamarnos cristianos, pero ¿hasta dónde llega nuestra sintonía y nuestra sensibilidad en nuestro trato con el Señor? ¿Le hablamos a Dios de lo que vemos y de lo que palpamos a nuestro alrededor?

Por distintas circunstancias, confieso, que estos días he caminado por distintos rincones de mi pueblo, con ese crecimiento demográfico de la población, las nuevas viviendas que se van promoviendo y levantando por distintos sitios y pensaba en qué medida los que nos llamamos cristianos sentimos inquietud por esas poblaciones que parecen tan alejadas de Dios, tan alejadas de la vida de la Iglesia, aunque estén viviendo casi a sus puertas. ¿No nos hará falta un mayor sentido misionero a los que nos sentimos más cercanos de la Iglesia para hablarle a Dios de esas gentes, pero para hablarle a esa gente de que el Reino de Dios está cerca? La verdad, os digo, que sentía una inquietud en mi interior que me hacía preguntarme a mí mismo por muchas cosas.

Y siguiendo con el comentario del evangelio vemos cómo Jesús se acerca a aquella mujer, la toma de la mano y la levanta. Y aquella mujer que estaba postrada en su enfermedad, inmediatamente se puso a servirles. Postrados y encerrados en nosotros mismos es la peor enfermedad, que nos vuelve pasivos, que nos hace insolidarios, que nos hace pensar solo en nosotros mismos y agrandamos incluso los males que nos envuelven quizás buscando una compasión. ¿No necesitaremos esa mano de Jesús que nos levante y nos ponga en camino de servicio? Seguro que nos sentiremos sanados desde lo más hondo y se acabará toda pasividad e insolidaridad, se descorrerán esos nubarrones que oscurecían nuestra vida y nos sentiremos con una vitalidad nueva. ¿Dejaremos que Jesús tienda su mano sobre nosotros y nos levante? ¿Seremos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciéndole el anuncio del Reino de Dios?

No quiero alargarme en el comentario. Al anochecer se agolpan muchos a la puerta para que Jesús los cure. A la mañana siguiente lo buscarán porque seguirán con sus deseos de estar con El. Jesús se había retirado al descampado para orar. Pero Jesús les dice que hay que ir a otros sitios, porque a todos ha de hacer aquel anuncio del Reino de Dios.

Después de estar con Jesús y escuchar su Palabra, ¿sentiremos nosotros deseos de ir a otros sitios para hacer también a todos ese anuncio del Reino de Dios?


miércoles, 7 de enero de 2026

El evangelio del Reino de Dios sigue siendo una buena noticia hoy para nosotros y para nuestro mundo para despertar una esperanza que a veces tenemos perdida

 

El evangelio del Reino de Dios sigue siendo una buena noticia hoy para nosotros y para nuestro mundo para despertar una esperanza que a veces tenemos perdida

1Juan 3, 22 – 4, 6; Salmo 2; Mateo 4, 12-17. 23-25

Las malas noticias nos aterran, aparecen los miedos y todo se nos vuelve turbio, nos sentimos envueltos por temores y de alguna manera nos encierran en nosotros mismos; no queremos que a nosotros nos suceda lo que escuchamos, nos sentimos defraudados y hundidos ante eso sucedido que no es bueno y nos hace perder ilusiones y esperanzas. Pero las malas noticias están ahí, porque ahí están cuantas cosas nos suceden que no son buenas o alguien pudiera estar dañando. Con malas noticias nos es difícil caminar, porque todo nos resulta un peso demoledor y al final lo que hacemos es ir arrastrándonos sin mucha esperanza.

Pero las buenas noticias nos alientan  y despiertan esperanza; en eso positivo que nos está llegando como noticia vemos que es posible alcanzar aquello que soñamos, que podemos avanzar, que podemos hacer algo distinto, nuevo y bueno; las buenas noticias ponen alegría en el corazón y dan ligereza a nuestros pasos y a cuanto queremos emprender, porque sabemos que ahí cerca está lo que nos prometen o con lo que soñamos.

La aparición de Jesús por Galilea fue en si misma una buena noticia para aquellas gentes tan acostumbradas a rutinas y a sombras, algo nuevo se despertaba en sus corazones porque veían que las promesas mesiánicas de los profetas estaban más cerca de cumplirse. Es lo que Jesús proclama, una buena noticia del Reino de Dios que está cerca, y es en lo que se convierte la misma presencia de Jesús con los signos de ese nuevo Reino de Dios que El va realizando.

Nos dice hoy el evangelista que dejó Nazaret y se estableció en Cafarnaún; era como el centro de Galilea, una ciudad importante en todos los sentidos y su misma situación la convertía en una encrucijada de caminos; entrada a Palestina por el norte conectaba con el camino de Damasco y con todo lo que se llamaba la media luna que conectaba con los pueblos más orientales. Es importante y significativo el lugar escogido.

Aunque establecido en Cafarnaún recorre sin embargo los pueblos y aldeas de toda Galilea y todos los lugares va haciendo el mismo anuncio, la buena nueva de que el Reino de Dios estaba cerca; una buena noticia, evangelio que diremos tomando la palabras más griega, que no eran solo palabras, los anuncios que Jesús hacía sino las señales que realizaba, los signos de ese reino nuevo donde había de desaparecer el mal; las múltiples curaciones que Jesús iba realizando en todos aquellos enfermos que le traían era el signo de ese mundo nuevo.

Y con esa buena noticia a la gente se le abrían las puertas de la esperanza. Acudían de todas partes, nos dice el evangelista; Jesús quería llegar a todos y de ahí sus recorridos y cómo lo veremos siempre en la cercanía de la gente sobre todo de los que sufren, pero también era alguien con los brazos abiertos, con el corazón abierto para acoger a cuantos llegaran hasta El fuera cual fuera su situación. Enfermos en sus cuerpos y enfermos en su espíritu, quienes se sentían solos y abandonados o quienes se sentían discriminados y apartados incluso de la vida de la sociedad, atormentados quizás por el mal de sus vidas o confundidos por lo que contemplaban sentían perdida toda ilusión y toda esperanza.

La presencia de Jesús era una brisa fresca que daba ansias y deseos de caminar, era un faro de luz que iluminaba para ayudar a encontrar un sentido y un valor a cuanto sucediera, por eso el evangelista recuerda al profeta. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, una luz nueva y grande les brilló’. Y cuando hay luz dan más deseos de caminar, cuando hay luz encontramos el sentido y el valor de todas las cosas incluso de aquellas que nos desconciertan y nos hacen sufrir. Ese evangelio, esa buena noticia del Reino de Dios que Jesús proclamaba es ese rayo de luz y de esperanza que se enciende en medio del pueblo.

Y nosotros ¿sentimos estas palabras como realizadas también en nosotros? ¿Seguiremos sintiendo que el evangelio del Reino es también una buena noticia para nosotros y para el  hombre de hoy?

sábado, 3 de enero de 2026

Estamos llamados como Juan a ser voz en medio de nuestro mundo que prepare también los caminos del Señor, con nuestra vida ser evangelio para los demás

 


Estamos llamados como Juan a ser voz en medio de nuestro mundo que prepare también los caminos del Señor, con nuestra vida ser evangelio para los demás

1Juan 2, 29 – 3, 6; Salmo 97; Juan 1, 29-34

Hemos venido contemplando y celebrando todo el misterio de la Navidad. Contemplamos ese momento maravilloso en que Dios nace hecho hombre en el niño que contemplamos en Belén. Contemplamos su pequeñez y su humildad, contemplamos su pobreza que nace, podíamos decir, en medio de un camino, mientras María y José se dirigen a Belén - ¡cuántas cosas  nos tendría que recordar este detalle que estamos resaltando! -, contemplamos al niño al que se busca su muerte y tendrá que salir errante como un refugiado camino de Egipto.

Hemos contemplado su gloria, el resplandor de los ángeles y del cielo cuando anuncian a los pastores el nacimiento de este niño que es el Salvador o cuando cantan diríamos que con toda la creación la gloria de Dios que nos trae la paz porque a todos sigue Dios amando, aunque para muchos pase desapercibido ese canto. Pudiera parecer que esas estrellas se van apagando, aunque aún tengamos que ver la de la Epifanía, como se van difuminando las luces de nuestros adornos de navidad y al final nadie sabrá que hemos celebrado el nacimiento del Salvador del mundo. ¿Hasta dónde llegará nuestro testimonio?

Pero la liturgia, para nosotros los cristianos que queremos seguir más de cerca todo este misterio de la Navidad, sigue erre con erre repitiéndonos y anunciándonos una y otra vez quién es ese Niño que hemos contemplado en Belén. Aunque haya pasado una semana aun no se ha acabado la Navidad, aunque para el creyente en Jesús casi tendríamos que decir que cada día y siempre tenemos que seguir viviendo el espíritu y el sentido de la navidad en nuestra vida.

Una vez más nos aparece la figura del Bautista, en lo que van siendo ya sus últimas apariciones en el Evangelio. Lo que hoy se nos relata es un hecho sucedido ya después del Bautismo de Jesús, aunque aún nos quedan días para celebrarlo cuando culminemos este tiempo de la Navidad. En torno a Juan permanecen los que le siguen escuchando fielmente. Y a ellos señala directamente quién es Jesús, aquel que de su mano había querido recibir aquel bautismo haciéndose uno con el pueblo que necesitaba preparar los caminos del Señor.

Pero el Señor ya está en medio de ellos. Es lo que viene a señalar Juan en esta ocasión. ‘Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’.

Claramente  nos lo está señalando. ‘El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y les recuerda lo que ya les había dicho. Él no lo conocía pero ahora él ha podido contemplar todo el misterio de Dios. Él había hablado de quién venía detrás de él pero que estaba delante suyo porque existía desde siempre. No lo conocía pero esa era su misión, ‘bautizar con agua para que sea manifestado a Israel’, preparar los caminos del Señor como había anunciado el profeta. Si ahora podía anunciarlo era porque se le había revelado en su corazón. ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y eso lo había contemplado cuando lo bautizó con las aguas del Jordán. Allí se había visto la gloria de Dios.

Es lo que a nosotros también se nos revela y se nos recuerda. No nos quedamos en lo infantil que tantas emociones quizás nos haya producido. Necesitamos también saber maravillarnos en las cosas de Dios y tal como Él quiere manifestárnoslas. Todo ese misterio de Belén con todos esos detalles que tantas veces hemos recordado necesitamos también revivirlos en nuestro corazón. Pero hemos de dar un paso adelante para reconocer todo el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús y lleguemos así a una fe madura y a una fe comprometida con el sentido y los valores del Evangelio. Porque es el evangelio total de Jesús el que tenemos que escuchar para que maduremos nuestra fe, para que lleguemos a ser esos cristianos comprometidos en medio del mundo.

¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? Quizás tengamos también que reconocer como lo hacía Juan que nosotros quizás no habíamos llegado a conocerle de verdad; pero a lo largo de nuestra vida cuántos impulsos, cuántas revelaciones hemos sentido en nuestro corazón que nos llevaban a esa confesión de nuestra fe en Jesús.

Ya son cosas que no podemos echar en el olvido sino que han de dejar una marca en nuestra vida, y de ello tenemos que dar testimonio; estamos llamados también como Juan a ser voz en medio de nuestro mundo que prepare también los caminos del Señor, con nuestra vida tenemos que ser evangelio para los demás, también como Juan tenemos que señalar a Jesús que es nuestro único Salvador, la única Salvación para nuestro mundo.