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sábado, 11 de abril de 2026

Despertemos, vivamos la alegría de nuestra fe en nuestras celebraciones, ha de notarse en nuestra vida para contagiar, para trasmitir, para comunicar, es nuestra tarea de cristianos

 


Despertemos, vivamos la alegría de nuestra fe en nuestras celebraciones, ha de notarse en nuestra vida para contagiar, para trasmitir, para comunicar, es nuestra tarea de cristianos

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Salmo 117; Marcos 16, 9-15

Hay noticias que no podemos callar. Cuando son buenas noticias mucho más, enseguida nos apresuramos a compartirlas con quienes tenemos cerca o con quienes mantenemos un aprecio especial. Dicen que las malas noticias corren como un reguero de pólvora, y será así probablemente porque hacen mucho ruido, pero pronto se esfuman como el humo. Pero una buena noticia deja huella; tengo un recuerdo en mi mente desde que era niño cuando mi madre recibía carta ya de mi padre o de mis hermanos que estaban en el extranjero, pronto llamaba a las vecinas para compartir la alegría de haber recibido cartas tomándose un buen café.

¿No será eso lo que nos está diciendo hoy la Palabra de Dios en este tiempo y en esta octava de Pascua que estamos celebrando? Hemos ido escuchando distintos momentos de aquellas manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos; siempre queda como una coletilla el encargo de ir a comunicarlo a los demás, o la impaciencia en algunos casos por correr al encuentro con los otros para comunicarles lo que habían vivido.

El evangelista Marcos es mi escueto en la narración de la resurrección de Jesús y los acontecimientos que siguieron; hoy hemos escuchado como un resumen que hace de aquellos distintos momentos, ya fuera a las mujeres que fueron al sepulcro, a María Magdalena, a los discípulos que estaban encerrados en el cenáculo a los que echa en cara su falta de fe, o a los que habían marchado a Emaús. Pero hoy también termina el relato con el envío de Jesús a sus discípulos por todo el mundo con el encargo de hacer el anuncio de esa buena nueva, el evangelio. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’.

Es nuestro compromiso de Pascua, es más, es lo que tiene que surgir espontáneo en nuestra vida cuando de verdad hemos vivido la Pascua. No se puede quedar todo en unas bonitas y solemnes celebraciones; cargamos demasiado el aspecto de la solemnidad con el peligro de que perdamos la intensidad de la vida, lo que tiene que brotar de manera espontánea de nuestro corazón cuando estamos viviendo de verdad lo que celebramos, lo que es nuestra fe. La celebración podíamos decir que es como el ramillete de flores de todo aquello que es el centro de nuestra fe y de nuestra vida y que vamos a ofrecer como una acción de gracias al Señor; una fiesta que hacemos con la que queremos alabar a Dios por tanto que nos ha regalado y que lo centramos en el misterio de Cristo.

Pero la celebración es también Palabra que recibimos que alimenta nuestra vida y que nos pone en camino; la celebración vivida así no se puede quedar en el momento en que nos reunimos – y es importante este aspecto de que nos reunimos porque no es una cosa que hacemos nosotros solos – sino que luego ha de prolongarse en el día a día, en cada momento de nuestra vida; y cuando todo eso lo estamos viviendo con toda intensidad se nota, se contagia, se trasmite, se comunica a los demás.

No nos podemos quedar inertes e impasibles tras ese momento intenso de encuentro vivo con Cristo, a partir de ahí somos otros, a partir de ahí tiene que haber otro movimiento en nuestra vida; tenemos que salir presurosos a compartir el café con los demás llevándoles la buena noticia que hemos recibido.

Hoy el evangelio nos recuerda que ese es el encargo de Jesús por si acaso lo olvidamos, aunque son cosas que no se pueden olvidar cuando tan intensamente lo hemos vivido. ¿Seremos capaces de hacerlo así? Tristemente hemos de reconocer que no siempre los cristianos actuamos de esa manera, que nuestras vida cristiana es demasiado amorfa, poco intensidad le damos a nuestras celebraciones, parece que nos falta esa alegría de la fe. Desde unas celebraciones rutinarias no podemos esperar otra cosa que una vida cristiana rutinaria. ¿No tendremos que despertar ya de una vez?

sábado, 24 de mayo de 2025

¿Seremos capaces de una vez por todas los cristianos de dar la cara valientemente por nuestra fe en medio del mundo?

 


¿Seremos capaces de una vez por todas los cristianos de dar la cara valientemente por nuestra fe en medio del mundo?

 Hechos 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

En ocasiones nos sucede que no entendemos las cosas que nos suceden, las reacciones de personas que en principio se habían mostrado muy amigables y parecía que prometía una hermosa amistad, pero que en determinado momento cuando fueron conociendo nuestros criterios, nuestra manera de entender las cosas  muy diferente de lo que son sus planes de vida, aunque nosotros nos mostráramos dialogantes y amigables fueron como olvidándose de nosotros, haciendo un aparte y alejándose; nos rechazan porque no somos como ellos, nos rechazan porque nosotros otro sentido de la vida, les resultamos incómodos porque quizás nuestras posturas y actitudes son como una denuncia en su conciencia de que tendrían que ser de otra manera. Y todo queda bien cuando nos abandonan pero no se convierten en nuestros enemigos encarnizados.

He hablado de generalidades de la vida, pero tiene una aplicación muy concreta cuando andamos en los caminos de la fe, de la vida cristiana y de nuestra concepción del mundo y de la vida desde el evangelio, desde el seguimiento de Cristo. Es de lo que Jesús nos quiere hablar hoy en este evangelio que se nos ofrece. Claramente nos dice ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros’.

Y ¿por qué nos va a odiar el mundo? Somos del mundo y en el mundo estamos pero no podemos vivir a la manera del mundo. Es el testimonio claro que tiene que dar todo cristiano. Aunque nos rechacen, aunque vayan contra nosotros, aunque esto pueda significar luego que nosotros nos podemos sentir incómodos en medio del mundo. Son las persecuciones de las que nos habla la historia del cristianismo. Fue la historia de Jesús, como El mismo nos dice.

Es la responsabilidad con que tenemos que vivir nuestra fe. No queremos simplemente realizar unos actos bonitos que entretenga a la gente, que encandile y nos haga vivir en sueños alejándonos de lo que es la realidad de la vida, que nos llene de fantasías que vengan como encubrir brillos de poder y de dominio. El seguimiento de Jesús nos exige despojarnos de mantos y atarnos bien la cintura con la toalla con la que vamos a lavar los pies de los demás, con la que vamos a enjugar las lagrimas del sufrimiento que se derraman de muchos corazones, el seguimiento de Jesús nos hace bajarnos de nuestros caballos para ceder nuestro lugar a los heridos que encontramos por el camino, embarrarnos en los lodos del camino porque queremos ir tendiendo manos que levanten, que lleven a la piscina de la purificación, que ayuden a hacer el camino de los que se van arrastrando por la vida.

Un estilo de vida así choca, llama la atención, despierta sensibilidades que no todos están dispuestos a despertar, provoca a los que se sienten cómodos en sus rutinas de las que no quieren salir, molesta a los que quieren seguir envueltos en sus algodones o en sus vanidades porque les duele tener que ponerse el delantal del servicio, resulta incomodo porque nos recuerda el sonido de las monedas de nuestros bolsillos de las que no queremos desprendernos para compartirlas con los que menos tienen.

Por eso un verdadero cristiano va a resultar incomodo en medio de este mundo de vanidades y de orgullos, de individualismo y de insolidaridad. Pero lo peor está en que seamos los cristianos los que nos acomodemos al estilo del mundo, porque a ellos queremos parecernos. Hacen falta testimonios valientes, cristianos decididos dispuestos a dar la cara por nuestra fe, aunque nos rechacen o aunque quieran quitarnos de en medio, como está resultando hoy en nuestra sociedad en la que se quiere ningunear a la Iglesia, a la que se quiere achacar todos los defectos, a la que se quiere encerrar en las sacristías y no quieren que se palabra resulte fuerte en medio de la sociedad, que necesita también escuchar esa voz.

¿Seremos capaces de una vez por todas los cristianos de dar la cara valientemente por nuestra fe en medio del mundo?

jueves, 3 de octubre de 2024

Constructores y signos de paz allí donde estamos con nuestra manera de ser y estar, sintiéndonos acogidos pero ofreciendo la solidaridad de nuestro corazón

 


Constructores y signos de paz allí donde estamos con nuestra manera de ser y estar, sintiéndonos acogidos pero ofreciendo la solidaridad de nuestro corazón

Job 19, 21-27; Salmo 26; Lucas 10, 1-12

Seguramente que todos andamos con la misma preocupación en estos días; se oyen muchos tambores de guerra que nos aceleran el corazón. Las noticias que continuamente vamos escuchando no son nada alentadoras y sentimos cómo la paz se está resquebrajando más y más. Nos sentimos quizás impotentes porque nos parece que no está en nuestras manos detener esa carrera loca, pero al mismo tiempo nos sentimos con la responsabilidad, porque realmente el mundo está en nuestras manos, de que algo tenemos y podemos hacer.

Como creyentes elevamos nuestra mirada y nuestra oración al cielo para pedir por la paz, es lo menos que podemos hacer, para que se muevan los corazones de quienes tienen en sus manos detener esta loca carrera, y que el Señor mueva los corazones en búsqueda de esa paz. Pedimos por esos lugares en guerra o que se ven amenazados y por tanto sufrimiento que se ve generando en derredor de esas situaciones.

Pero creo que no es solo eso lo que podemos hacer; son también nuestros corazones los que no sólo tienen que conmoverse, sino moverse para que seamos capaces también de dar nosotros pasos en la construcción de esa paz. Alguno podrá decirme y ¿qué puedo hacer yo, una insignificante persona escondida en el último rincón del mundo – vamos a decirlo así – para lograr esa paz para nuestro mundo que tanto necesitamos?

Un edificio, pongo un ejemplo, lo vemos en su conjunto, como podemos ver el mundo en su conjunto, y nos fijamos en las cosas más llamativas, como nos puede suceder ahora en la situación en que nos encontramos. Pero ese edificio está hecho de muchas, de múltiples y quizás pequeñas cosas y detalles que harán que ese conjunto tenga su fortaleza y su belleza; como solemos decir son los pequeños granos de arena que han ido construyéndolo, estarán sus cimientos, sus paredes y portales, sus herrajes y sus forjados, su puertas y ventanas, y así en pensemos, por ejemplo en nuestra propia casa, cuántas cosas ha necesitado para su construcción e incluso luego su mantenimiento; cada una de esas cosas, en su lugar, han sido importantes, porque son una parte de ese conjunto y sin las cuales no lo tendríamos.

Así nuestro mundo y nuestra vida, así el conjunto de la sociedad de la que somos parte y, aunque parezcamos pequeños, parte importante e insustituible, como aquel lugar donde convivimos o realizamos nuestras tareas, donde hacemos nuestra vida al lado de los que también caminan a nuestro lado. Pues, es lo que te quiero decir, ahí donde estás tienes que ser constructor de esa paz. Esa paz que tú construyas ahí donde estás va a ser raíz importante de la paz de ese mundo en el que vivimos. Ese tiene que ser nuestro compromiso. Ahí donde estamos no dejemos que suenen nunca tambores de guerra con nuestras violencias o nuestros malos modos. ¡Cuánto podemos hacer!

Y no me estoy alejando del evangelio que hoy se nos proclama, porque es a eso a lo que nos envía Jesús cuando nos envía a anunciar el Reino de Dios. Hemos escuchado que Jesús ha escogido a sus discípulos y apóstoles y los pone en camino para anunciar el Reino de Dios. Fijémonos en lo que les dice, en el encargo que les hace. En alguna ocasión nos hemos fijado como Jesús los envía sin nada, que no busquen esos apoyos materiales para hacer el anuncio, porque el anuncio que tenemos que hacer trasciende esos medios materiales.

¿Qué nos está diciendo Jesús? ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz… Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Un anuncio de paz, unos gestos de paz, dejándonos ser acogidos, compartiendo lo que nos ofrezcan, queriendo dejar siempre un gesto de paz en lo que ofrecemos o en la manera de estar; nuestra presencia, nuestra manera de estar tiene que ser ya en si mismo un anuncio de paz, un anuncio del reino de Dios. Es lo que tiene que reflejar nuestra vida, nuestras actitudes, nuestra acogida y nuestro dejarnos querer que es también importante, porque significa la humildad y la sencillez con que nos presentamos. Nada de arrogancias ni de orgullos, nada de vanidad ni autosuficiencia para poder sentirnos pobres con los pobres y cercanos y verdaderamente solidarios con todos los que sufren.

¿Será esa en verdad la señal que damos con nuestra vida los cristianos? ¿Será esa la imagen que da la Iglesia en medio de nuestro mundo? Muchas actitudes, muchas posturas, muchas cosas tenemos que revisar y transformar para que seamos en verdad señales del Reino de Dios en medio del mundo.

sábado, 6 de abril de 2024

Como cristianos tenemos que mirar a Cristo y a su Pascua, para experimentar en nosotros el paso de Dios por nuestra vida y así ser testigos de Evangelio ante el mundo

 


Como cristianos tenemos que mirar a Cristo y a su Pascua, para experimentar en nosotros el paso de Dios por nuestra vida y así ser testigos de Evangelio ante el mundo

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Salmo 117; Marcos 16, 9-15

¿Tan difícil es creer? Pudiera parecer una pregunta retórica sin embargo ante esa pregunta no todos van a responder de la misma manera. Desde los que te dicen que para ellos es fácil, porque solo significa aceptar unas tradiciones o unos mandatos para la vida y realmente no se hacen más planteamientos profundos, como que para decir que de verdad somos creyentes es necesario implicar la vida en esas verdades en las que decimos que creemos, pero también los que lo consideran algo irracional, supersticiones heredades de otros tiempos, de otras tradiciones pero que nos dicen que razonablemente el hombre de hoy no tiene por qué implicarse en una vida de fe, en una vida y prácticas religiosas, o que eso lo consideran como algo del pasado o algo meramente privado y allá cada uno con su fuero interno.

Claro que cuando nos lo estamos planteando así, no sé si todos comprenderán lo mismo en relación a lo que es creer, o si nos podemos quedar en una visión superficial de la fe. Y es que decir que tengo fe no es simplemente como un barniz externo que pongo a mi vida con unos ritos o unos cumplimientos sin que realmente esté convencido, sino que es algo mucho más hondo que le va a dar un sentido y un valor a la vida. Cuando me digo creyente y creyente cristiano es mucho más lo que tenemos que manifestar o lo que realmente tenemos que hacer vida nuestra.

Cuando hablamos de fe estaremos entrando en una visión, llamémosla así, de confianza, pero una confianza que estoy otorgando desde una experiencia previa de amor. Me siento amado de Dios, y más cuando lo miro todo desde la óptica de Jesús, y estoy dando una respuesta de amor poniendo mi confianza en quien sabemos que verdaderamente nos ama. Y me convenzo de ese amor desde lo que contemplo en Jesús, pero más aun desde lo que yo voy experimentando en mi propia vida de lo que es ese amor que Dios nos tiene que nos ha entregado a Jesús. En ese amor me siento transformado, en ese amor siento que la vida tiene un distinto sentido y valor, en ese amor me siento engrandecido a pesar de todas las limitaciones que yo sé que tengo en mi vida, porque me conozco y conozco mis debilidades.

Sin embargo, no siempre es fácil, me siento envuelto en esas mismas debilidades que no me dejan dar toda esa respuesta de amor que tendría que dar a todo el amor que de Dios recibo. Son muchos los cantos de sirena que tratan de arrastrarme encandilándome con otras cosas que parece que se nos presentan más fáciles o donde no tendríamos que realizar tanto esfuerzo para superarnos. Miramos a nuestro alrededor y vemos el sentido de vida de tantos envueltos en sus superficialidades y que parece que nada les preocupa y pareciera que todo les va bien, y nos sentimos tentados. Nos ponemos con nuestros razonamientos humanos donde todo nos lo queremos explicar de manera fácil, y nos llenamos de dudas y desconfianzas.

¿Dónde está, pues, nuestra fe? Como cristiano miro a Cristo y a su Pascua. Cuando estoy contemplando a Cristo estoy sintiendo un paso de Dios por mi vida, un paso de Dios que me está diciendo que me ama y solo me pide su amor. Pero muchas veces nos cuesta mirar la Pascua de Cristo; nos sentimos como desconcertados con su sufrimiento, son su pasión y su muerte y no terminamos de contemplar toda la luz que viene a resplandecer en la Pascua, al contemplar a ese Cristo crucificado.

Todavía muchas veces seguimos buscando solo al crucificado y no terminamos de contemplarlo vivo y glorioso, no llegamos a captar todo el sentido de la Pascua. Y eso se debe también a las influencias que recibimos de mundo, a las cobardías por las que muchas veces nos dejamos arrastrar cuando tendríamos que ser verdaderos testigos de resurrección.

Hoy el evangelio de Marcos, en su concisión y brevedad nos ofrece un resumen de aquellos momentos de la Pascua de los primeros discípulos. Cuanto les costaba creer que Jesús realmente había resucitado. No aceptaban el testimonio los unos de los otros. Ni creyeron a las mujeres que fueron al sepulcro, ni querían creer a aquellos discípulos que volvieron de Emaús con sus ricas experiencias de Cristo resucitado. Finalmente Cristo se les manifiesta allí en el cenáculo y aunque en principio también se sintieron sorprendidos, terminaron creyendo en Jesús. Jesús les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, pues no habían creído a los que lo habían visto resucitado.

Definitivamente desde aquella experiencia ahora sí se convierten en los testigos que han de ir por el mundo anunciando esa Buena Nueva. Es el mandato de Jesús. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’. Es el evangelio de la vida y de la salvación, es el evangelio del perdón y de la gracia, es el evangelio del amor de Dios, que no podemos callar. Como dirían más tarde cuando intentaban hacerlo callar y prohibirles hablar en el nombre de Jesús, dirán que no pueden callar lo que han visto y oído.

¿Nosotros podemos decir lo mismo también? ¿Es de esa manera que hacemos anuncio del evangelio? ¿Estaremos transmitiendo también lo que hemos experimentado en nuestra vida convirtiéndonos así en testigos de ese evangelio? Arranquémonos de una vez por todas de nuestras dudas y cobardías.

miércoles, 27 de marzo de 2024

Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

 


Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Las cosas hay que prepararlas bien. Sobre todo si son conmemoraciones de algo que ha sido importante para nuestra vida, que son parte de nuestra historia, que marcaron de alguna manera nuestra existencia. No puede caer en el olvido. Hay que recordarlo y celebrarlo. De la mejor manera. Con la mayor participación y con las mejores cosas.

Eran los días previos a la celebración de la Pascua. No era algo baladí en la historia del pueblo judío. Hacía siglos que la celebraban y para eso tenían unos ritos propios y seguirían celebrándolo. Estaba todo además muy predeterminado y preestablecido. Así lo había prescrito Moisés y se mantenía fijo el ritual en las Escrituras Santas. Era la comida de un cordero en familia, que era memorial y era anticipo de futuro, aunque no lo tenían muy claro. Pero estuvieran donde estuvieran había que celebrar aquella cena pascual, que así la llamaban. Y había que hacer todos los preparativos. Y en la buena hospitalidad judía se ofrecían las casas de las familias de Jerusalén para los que habían subido de todas partes a la pascua.

Y ahí está la pregunta de los discípulos. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ Y Jesús da instrucciones muy precisas, porque señala circunstancias muy concretas para que encuentren la casa y vayan a decirle de su parte ‘El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Probablemente algún pariente que tenían en la ciudad; aquel lugar va luego a convertirse en lugar importante, no solo en aquella cena, sino en los momentos siguientes en refugio, pero también más tarde como punto de encuentro para los primeros discípulos y la iglesia naciente.

Preguntan los discípulos pero termina Jesús haciéndonos también una pregunta. Nosotros también estamos en el momento previo para algo muy importante. También nosotros nos hemos de disponer para celebrar la Pascua. Y tenemos los motivos más grandes del mundo para prepararla bien y para celebrarla con hondura. Ya nos hemos preguntado hace unos días si en verdad Jesús va a venir a nuestra fiesta de pascua y aquello nos hacía pensar. Pero cuidado que ese interrogante siga pesando en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en nuestros ajetreos y no sea una pregunta en balde que a poco que nos olvidemos de ella.

Es cierto realmente que muchos son los preparativos que se tienen en estos días en nuestros templos y en nuestras comunidades. Como Marta, allá en Betania, también andamos ajetreados de acá para allá con muchos preparativos y parece que no tenemos tiempo ni para nosotros mismos. Y esos interrogantes tienen que seguir pesando en nuestro interior para que no nos durmamos o no nos entretengamos en lo que no es tan importante.

Sí, Jesús quiere venir a nuestra casa para celebrar la cena de pascua. Y no va a venir solo, viene con sus discípulos. Es algo muy significativo. Me preparo yo, preparo mi casa, pero tengo que tener las puertas abiertas, tengo que despejar la casa de muchas cosas que puedan ser obstáculo para que venga Jesús y para que vengan con sus discípulos, aquellos a los que ama, aquellos que son sus preferidos. ¿Quiénes son hoy esos preferidos del Señor? ¿Quiénes son hoy esos amados de manera especial por el Señor?

Tenemos que mirar nuestra casa, nuestro corazón, ese mundo que nos rodea, con sus problemas, con sus necesidades, con sus pobrezas, con sus guerras, con la gente que nos parece que anda desorientada de acá para allá, con esa gente que quizás no nos gusta tanto, con esos que quizás nosotros quitaríamos de en medio. ¿A quienes quiere Jesús que miremos? ¿A quienes quiere Jesús hoy, en esa vida concreta que vivo, que yo acepte y reciba también en mi casa para juntos celebrar la Pascua?


sábado, 12 de agosto de 2023

El grito de una humanidad doliente nos está pidiendo que la curemos, pero a veces parece que no somos capaces, ¿dónde está nuestra fe?

 


El grito de una humanidad doliente nos está pidiendo que la curemos, pero a veces parece que no somos capaces, ¿dónde está nuestra fe?

Deuteronomio 6, 4-13; Sal 17; Mateo 17, 14-20

A veces sucede; hay cosas que podríamos realizar y llega un momento que no somos capaces de realizarlas; cosas para que las que tendríamos que estar preparados, pero no sabemos por dónde hincarle el diente, como solemos decir, no sabemos cómo comenzar, encontrar un camino o una solución. Nos han confiado una tarea y no sabemos cómo comenzar a afrontarla. Buscaremos ayuda, buscaremos recursos, nos queremos valer de los que pensamos que pueden ayudarnos, pero se nos cierra cada vez más la salida.

¿Habremos perdido quizás confianza en nosotros mismos? ¿Se nos cierra la mente y no le encontramos salidas? ¿No sabremos descubrir los valores que hay en nosotros y que tendríamos que desarrollar? Nos preguntamos qué nos pasa, por qué no somos capaces, por qué hemos perdido esa confianza, por qué se nos embarulla el camino. Quizás nos falte algo hondo dentro de nosotros mismos que nos dé confianza, que nos dé certeza de que podemos realizarlo.

¿A quién vamos a acudir? ¿Quién puede ser nuestra fuerza y nuestra ayuda? El evangelio que hoy escuchamos puede darnos luz.

Cuando llega Jesús junto al grupo de los discípulos se encuentra con un gran alboroto. Lo primero ha sido un hombre que desesperado se postra a sus pies queriendo expresar a su manera su fe y su confianza. Tiene un hijo que sufre mucho, padece lo que parece una enfermedad incurable que ha conducido quizás a muchas cosas disparatadas. El hijo se ha arrojado incluso al fuego o ha querido ahogarse en una corriente de agua, el padre ha buscado por todas partes solución, ha acudido también en la ausencia de Jesús a sus discípulos que tampoco han podido hacer nada.

¿Cómo es posible tanto dolor y sufrimiento y nadie haya podido hacer nada por este hombre? Los discípulos de Jesús un día incluso habían recibido el poder hacer curaciones, pero ante lo que le han presentado nada han podido hacer. ¿Dónde está vuestra fe? Parece que clama Jesús. Y Jesús ha accedido a la petición de aquel hombre y el niño se ha visto liberado de todo mal.

¿Será quizás el clamor de una humanidad doliente que no encuentra caminos para salir de sus sufrimientos? Muchas promesas de una sociedad mejor se reciben por acá y por allá de mesianismos que aparecen en todos los tiempos prometiendo muchas cosas que pronto se olvidarán y nuestra humanidad sigue sufriendo, sigue reinando el hambre y la miseria, siguen las violencias destruyéndonos hasta las sueños que podamos tener de un mundo mejor, seguimos anclados en un mundo de falsedad y de apariencia, la vanidad sigue inflándonos por dentro aunque sigamos siempre con el mismo vacío. ¿Qué podemos hacer? ¿A quién vamos a acudir? ¿Qué respuesta está dando la iglesia a ese grito angustioso de nuestra humanidad? ¿Seguiremos diciendo que nada podemos hacer porque eso no nos toca a nosotros?

Y es aquí, sí, donde tenemos que preguntarnos por nuestra fe, ¿Hasta dónde llega nuestra fe? ¿Hasta dónde somos conscientes de la tarea que se ha puesto en nuestras manos y a la que tenemos que dar respuesta para hacer un mundo mejor? Son serias estas preguntas como serio tiene que ser el planeamiento que nos hagamos en nuestro interior, seria tiene que ser también la respuesta llena de compromiso para dar respuesta. Una fe como un grano de mostaza en su tamaño puede hacer posible que una montaña se traslade hasta el mar. Y con nuestra fe, ¿qué estamos haciendo? ¿No nos sentimos capaces de esa tarea que se nos ha confiado?


miércoles, 26 de julio de 2023

La iglesia no se puede quedar con la semilla guardada en el granero esperando que vengan a ella sino que tiene que salir a esparcirla por cada rincón de nuestro mundo

 


La iglesia no se puede quedar con la semilla guardada en el granero esperando que vengan a ella sino que tiene que salir a esparcirla por cada rincón de nuestro mundo

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9

Esta mañana evocaba la parábola y el evangelio de hoy. ‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago…’ Hermosa imagen. Había salido yo de casa también, en ese paseo mañanero de todos los días… un paseo que es algo más que ‘estirar las piernas’ como se suele decir, algo más que un ejercicio porque lo necesita mi salud, mi corazón, un paseo que me ayuda a salir, a ir más allá de esos lugares físicos por donde camino, un paseo para un encuentro con la vida, para contemplar cuanto me rodea, un paseo que me ayuda mirar los campos, las personas que están a mi alrededor, un paseo que muchas veces hago en silencio, pero me ayuda a sentir, a escuchar otro palpitar… Esta mañana llegué al parque y allí me senté… no me rodeó nadie, como a Jesús que tuvo que subirse a la barca para poder desde allí hablar a la gente, regalarles esta hermosa parábola.

Un sembrador que sale echando a voleo su semilla por los campos y caminos que atraviesa, una semilla que se va desparramando por endurecidos caminos igual que por zarzales o ásperos pedregales, una semilla que llegará también a tierra cultivada y preparada, una semilla que va germinando, va brotando, unas crecen pronto, otras se muestras raquíticas por la sequedad y dureza del terreno, otras que pronto se ven ahogadas por la maleza que les rodea, otras que solo servirán de alimento para los pajarillos del cielo que así pronto encuentran fácil alimento, pero una semilla que está llamada a dar fruto y por eso germina.

Miraba a mi alrededor, casas y caminos, campos de cosecha o campos abandonados, casas de puertas cerradas y casas abandonadas en el silencio de la soledad, gentes que pasaban por el camino, o gentes que allá estaban en sus quehaceres o sentadas placidamente también en la plaza y con sus entretenimientos.

¿Dónde está la semilla? ¿Dónde está el sembrador? ¿Penetrará en esas casas una buena noticia? ¿Llegarán a esas personas semillas de esperanza que despierten los corazones a una nueva vida? ¿Cómo se hará germinar la semilla en esos campos tan diversos? ¿Podremos ver el ir y venir de sembradores que lleguen también hasta esos rincones? ¿Cuáles son los deseos que se anidan en esos corazones, en esas personas afanadas en sus quehaceres, en esos que andan entretenidos pero distraídos por la vida porque parece que nada los hace pensar?

¿Llegará la voz de la Iglesia también a esos lugares que parecen lejanos y distantes o siempre estará esperando la Iglesia que sean ellos los que vayan hasta su lugar? El sembrador del que habla Jesús no se quedó en casa con la semilla en la mano esperando que aquellos terrenos vinieran a buscarla. Aquel sembrador salió, como Jesús que no se quedó sentado en la orilla del lago sino que se subió a la barca.

Yo también mientras tanto me había quedado sentado en mi banco en el parque, tampoco quizás había salido al camino para algo más que contemplar el campo, tampoco había salido para también esparcir la semilla. Algo he intentado hacer porque estos días precisamente se han cumplido quince años en que he querido estar regalando esta ‘semilla de cada día’; tengo la esperanza de que en algún corazón haya comenzado a germinar.

Cuando hoy escuchamos de nuevo esta parábola, que ya se nos ofreció en la liturgia de los pasados domingos, ¿estaremos sintiendo la urgencia de ser sembradores, de salir para seguir esparciendo esa semilla por los campos de la vida? Es un buen toque de atención que una vez más el Señor nos da.

Es una llamada a la Iglesia misma para que sea más misionera, para que salgamos de nuestros cómodos graneros donde guardamos el grano y vayamos al encuentro de nuestro mundo que espera y necesita esa semilla de vida que de alguna manera en nuestra comodidad nos estamos negando a regalar.

viernes, 30 de junio de 2023

Comencemos de verdad a dar las señales del Reino de Dios y que el anuncio de la Buena Noticia sea algo más que palabras, en nosotros está

 

Comencemos de verdad a dar las señales del Reino de Dios y que el anuncio de la Buena Noticia sea algo más que palabras, en nosotros está

Génesis 17,1.9-10.15-22; Sal 127;  Mateo 8,1-4

¿Alguna vez nos hemos encontrado en la situación de que alguien se acerque a nosotros para decirnos que en nuestras manos está, el que le resolvamos aquel problema que tiene, que él sí está seguro que nosotros podemos resolvérselo?

¿Qué hacemos si nos encontramos en una situación así? ¿No nos creemos que esté en nuestras manos la solución? ¿Dar la vuelta y volverle la espalda ignorando aquello que nos piden, pues vete a saber… como siempre sospechamos? ¿Intentamos encontrar alguna salida y ver lo que podemos hacer? Diversas reacciones podemos tener. ¿Cuál será la medida de nuestro corazón? ¿Por qué son esas seguridades en quien viene a pedirnos?

Jesús había estado enseñando en el monte; ya había reunido en torno a él un grupo de discípulos más cercanos que siempre le seguían que iba a ser como principio de aquel grupo, de aquella pequeña comunidad que iba creando. Les enviaría también a ellos a anunciar el Reino y curar enfermos. Ahora alguien, que quizás de lejos le había estado escuchado dada su situación de leproso que no podía mezclarse con los demás viene a decirle que si quiere El puede curarle; y Jesús lo tocó diciéndole, quiero, queda limpio, y al momento aquel hombre quedó curado.

¿Eran los signos del Reino de Dios que Jesús había estado anunciando? Se está manifestando claramente que la buena noticia llega a los pobres y a los que sufren; aquello anunciado por el profeta y proclamado en la sinagoga de Nazaret que era algo así como una proclamación programática de la acción del Mesías de Dios. ‘Los pobres son evangelizados’ y se están dando las señales de liberación y de salvación que anunciaba el profeta.

No me quiero quedar en lo acaecido aquel día al pie de la montaña cuando Jesús de nuevo baja a la llanura para el encuentro con los que sufren. Es que ese evangelio lo escuchamos hoy. Pero no como un relato bonito del que podemos hacernos hermosas consideración. Es evangelio hoy, es buena noticia hoy para este mundo, estos hombres y mujeres que vivimos en este momento concreto de la historia

¿A quien estará representando este leproso? ¿De quienes será signos hoy este leproso? Podemos ser tu y yo que también con nuestra lepra – ¡cuánto mal se sigue encerrando en nuestros corazones y del que tenemos necesidad de liberarnos! – nos acercamos a Jesús para decirle también ‘si quieres, puedes limpiarme’.

Pero es que podemos decir también que nosotros estamos en el lado de Jesús, porque a nosotros también se nos ha confiado una misión como Iglesia en medio de nuestro mundo donde también tenemos con urgencia que anunciar el Reino de Dios. ¿Podríamos ver representado en ese leproso a ese mundo que nos rodea y también se acerca para decirnos ‘si quieres, puedes sanarme’?

Ante nosotros, ante la Iglesia está ese mundo que tantas veces los describimos envuelto en tantos males, pero que muchas veces nos quedamos en eso, en hacer bonitas descripciones. Pero también se nos está diciendo en tus manos está, ¿y qué hacemos? ¿No estará el mundo esperando una respuesta de nuestra parte? ¿Tendremos miedo de tender nuestra mano para tocar al leproso? ¿Tendremos miedo de meternos en medio de ese mundo para comenzar, pero en serio, a hacer una transformación?

¿Cuándo comenzaremos de verdad a dar las señales del Reino de Dios y que esa buena noticia sea algo más que palabras?

domingo, 22 de mayo de 2022

Tenemos que escuchar la Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece, que es aliento y esperanza, nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón

 


Tenemos que escuchar la Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece, que es aliento y esperanza, nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón

Hechos 15, 1-2. 22-29; Sal 66; Apocalipsis 21, 10-14. 22-23; Juan 14, 23-29

Cuando en la vida, por las circunstancias que sea, sabemos que tenemos que separarnos de una persona que ha sido importante para nosotros, que ha influido en nuestra manera de ser o nos ha ayudado a descubrir lo hondo de la vida, surge lo que llamamos tristeza que es ese sentimiento que se adueña de nosotros porque ya no podemos volver a estar con esa persona, no podemos escuchar sus palabras y sus consejos cuando volvamos a encontrarnos con problemas o situaciones difíciles de la vida, no podremos gozarnos de su presencia que tantas seguridades nos ha dado en la vida. Por eso se nos hacen tan dolorosas las despedidas, porque además nuestro espíritu se llena de inquietud ante lo que nos pueda devenir en el futuro. Muchas veces no queremos ni pensar en esas posibilidades de despedidas.

¿Era el estado anímico de los discípulos en aquella cena pascual que sentían que Jesús se les iba y que se iban a quedar solos? ¿Será el estado anímico en que nos podemos encontrar muchas veces los cristianos en nuestras luchas y en nuestras tareas que nos parece sentirnos solos? A una cosa y otra creo que nos puede responder hoy el evangelio.

Los discípulos estaban a gusto con Jesús, no se querían separar de El. Se había creado ese vínculo de amor que crea comunión y que hace comunidad. Así se sentían seguros con Jesús, querían escuchar sus palabras, hacían cuanto estaba de su parte por no separarse de El. Sin embargo, las palabras de Jesús eran presagio de tiempos que no iban a ser fáciles. Ya les había hablado de traiciones y negaciones, habían vislumbrado lo que sería su soledad sin su presencia. ¿Quién les iba a explicar una y otra vez las cosas cuando tan cerrados de mente eran que parecía que nunca terminaban de entender las palabras de Jesús?

Y podríamos decir que a todo eso, punto por punto, Jesús va respondiendo con sus palabras. No les dejaba solos y que se las entendieran por su cuenta cuando nada comprendieran. Promete Jesús la presencia de su Espíritu que les acompañará, les hará comprender todas las cosas y pondrá palabras en sus labios y fuerza en su corazón cuando vinieran los momentos difíciles. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

Era cuestión de permanecer en su amor, porque eso los mantendría unidos – por eso su mandamiento era que se amaran los unos a los otros – pero era cuestión de mantenerse en el amor de Dios, porque así Dios se haría presente en sus corazones. ‘Vendremos y haremos morada en él’, les dice Jesús.

Y no les faltaría la paz en sus corazones. ¡Qué seguros se sentían con la presencia de Jesús a su lado! Ellos sabían ya que los principales del pueblo estaban buscando la manera de prender a Jesús, pero por ahora ellos se sentían seguros, porque Jesús estaba con ellos, y les parecía que no se iban a atrever y nada iba a pasar. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Con Jesús tendrían que sentirse seguros. Aunque cuando llegase el momento de la prueba vendrían las huidas y los escondites y los encierros. Lo dejaron solo en Getsemaní y se encerraron en el Cenáculo.

Después de la resurrección, aunque les costó aceptarla, se darían cuenta. Con la venida del Espíritu en Pentecostés todo cambiaría en ellos. Es el estado en que nosotros estamos o deberíamos estar. También tenemos nuestros miedos, también sentimos nuestras inseguridades, también a veces nos cuesta luchar y seguir caminando hacia delante, también nos parece sentirnos solos frente al mundo que nos rodea. Algunas veces nos vemos tan poquitos en nuestras celebraciones, en nuestras comunidades y vemos lo amplio que es el mundo que nos rodea y al que tendríamos que llevar la Palabra de Jesús.

También nos acobardamos, nos encerramos y refugiamos en lo de siempre, como se suele decir. Nos quedamos tan contentos y satisfechos porque todavía hay un grupito que viene a la Iglesia. Quizás cuando estamos reunidos en nuestras celebraciones o en algunos momentos importantes de la comunidad sentimos que se renueva nuestra alegría, pero tememos salir fuera, salir al encuentro de ese mundo que nos rodea, nos sentimos que no sabemos cómo actuar, qué palabra decir, cual es la Buena Nueva que tenemos que anunciar. 

Tenemos que escuchar esta Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece. Esa Palabra que es aliento y esperanza, esa Palabra que nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón. La promesa del Espíritu es para nosotros también; es el Espíritu el que está en medio de nosotros y sigue guiando a la Iglesia, es el Espíritu que nos hace conocer hoy la Palabra de Jesús para este hoy de nuestra vida, es el Espíritu que nos lanzará a la calle en Pentecostés, como escucharemos que lanzó a Pedro y a los Apóstoles a las calles de Jerusalén y a los caminos del mundo.

Reavivemos nuestra fe, sintamos esa paz y esa seguridad que nos da Jesús para que no vivamos acobardados, pidamos con fuerza que venga el Espíritu a nosotros, a nuestra vida, a nuestra Iglesia, a nuestro mundo. No es despedida para nosotros sino promesa de presencia nueva que nos llena de nueva vida.

miércoles, 14 de abril de 2021

No podremos hacer el anuncio de la buena nueva del amor de Dios para nuestro mundo si nosotros no comenzamos a amar también a ese mundo amado de Dios

 


No podremos hacer el anuncio de la buena nueva del amor de Dios para nuestro mundo si nosotros no comenzamos a amar también a ese mundo amado de Dios

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21

A veces vamos de buenos en la vida, pero nos creemos que ir de buenos es considerar que somos nosotros los únicos buenos, que todos los demás son malos, que el mundo es malo, y un poco como gallitos nos subimos en nuestros pedestales, pero sobre todo como apartarnos de ese mundo que nos puede contagiar con su mal. Vamos de ‘chicos chachis’, en expresión que usábamos en otras épocas que no sé como lo dirán las generaciones de hoy.

Pero mira la sorpresa que nos da hoy Jesús en el evangelio, en aquella conversación que mantuvo con Nicodemo que llevamos varios días comentándola. Resulta que ese mundo es amado de Dios. Esencialmente tendríamos que decir que si es amado de Dios es que es bueno, porque Dios no ama lo malo, no ama el mal; o si no lo queremos ver desde esa óptica no nos queda más que decir que Dios con su amor hace a ese mundo bueno. Y es tanto su amor, nos viene a decir, que entrega a su Hijo único para que todos se salven por él. ‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. Así nos dice radicalmente Jesús hoy en el evangelio. Esa es la gran Buena Nueva.

Esto quizá podría interrogar nuestras posturas y nuestras actitudes ante el mundo, al que tan fáciles y tan dados somos para juzgar y para condenar. ‘Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’. Podría parecer que nosotros le queremos enmendar la plana a Dios. Dios no juzga ni condena, sino que busca la salvación, pero nosotros comenzamos juzgando y condenando y luego vamos a ver si podemos conseguir algo y lograr salvar a ese mundo que ya vemos condenado.

Creo que esta es una carencia muy notable que tenemos en nuestra vida, la falta de amor. Porque aunque digamos que venimos poco menos que de redentores, nos sentimos unos enviados y unos misioneros que han de hacer un anuncio del evangelio, de la buena nueva de salvación, que oferte ese amor de Dios a nuestro mundo, tendríamos preguntarnos sinceramente si nosotros amamos, amamos con un amor real, no imaginario, a esos a quienes somos enviados, a quienes vamos a hacer ese anuncio del evangelio, con los que queremos trabajar en aras a esa nueva evangelización en la que decimos que estamos embarcados. Si no los amamos poco podrán hacer las palabras que podamos decirles para convencerles. Es por ahí por donde tendríamos que comenzar.

Amarles significará una nueva actitud hacia ellos, amarles será buscar de verdad una cercanía para poder sintonizar con ellos, amarles será ponernos a su lado y a su altura porque tenemos la tentación de queremos poner como en un escalón superior, caminar juntos compartiendo luchas y sufrimientos, haciendo nuestras también sus alegrías y sus esperanzas, orar por ellos empapando esa tierra que vamos a cultivar con nuestra intensa oración. Reconozcamos que no rezamos lo suficiente por ese mundo al que tenemos que amar porque también sabemos amado de Dios.

Luego seguirá diciéndonos en qué consiste ese juicio de Dios: ‘que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios’.

Somos nosotros los que no queremos la luz porque no se vea la mala calidad de nuestras obras, podríamos decir. El juicio de Dios es un juicio de misericordia, una invitación a la luz y a la salvación. Hay una invitación a acercarnos a la luz sin ningún temor. Queremos hacer las obras de la luz, queremos dejarnos iluminar por esa luz, queremos sentirnos amados de Dios y transformados por su amor.

viernes, 13 de marzo de 2020

Cuidemos la vida y el mundo para embellecerlo en frutos de valores que nos engrandecen y evitando la destrucción a que en ocasiones le sometemos con nuestra maldad


Cuidemos la vida y el mundo para embellecerlo en frutos de valores que nos engrandecen y evitando la destrucción a que en ocasiones le sometemos con nuestra maldad

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46
Cada día en mi paseo con mi perrito paso entre los viñedos de mi pueblo asentados en las cercanías de mi casa. A lo largo del año voy viendo todo el proceso que lleva su cultivo, preparando las tierras y liberándolas de toda maleza que pueda dañar el cultivo y desarrollo de la vida, pero contemplando también en su tiempo las podas que liberan de ramajes inútiles e innecesarios, pero también cómo en la medida que van surgiendo y creciendo los distintos brotes se sulfatan para liberarlos de dañinas plagas hasta ver brotar sus frutos en hermosos racimos cortados a su tiempo para llevar al lagar. En ocasiones son los propietarios quienes realizan su labor o en otras son personas que las han arrendado para cultivarlas, pero siempre con mimo y esmero esperando obtener los mejores frutos a su sacrificado trabajo. Pero siento la tristeza también de los terrenos abandonados, de las viñas no cuidadas y, podríamos decir, enterradas en medio de zarzales y de abrojos que las ahogan y no las dejan producir.
Confieso que me recuerda continuamente diversos momentos del evangelio como la parábola que hoy se nos ofrece. No habla también de un propietario de una vida que la preparó y la cuidó de la mejor manera posible, confiándola a unos viñadores para que continuaran el trabajo y le hicieran rendir los mejores frutos. Pero aquellos arrendadores se creyeron dueños en su ambición haciéndose oídos sordos para el rendimiento de cuentas a quien era el verdadero propietario.
Cuando escuchamos una parábola ya sabemos que no nos quedamos en la literalidad de lo que es la narración que se nos ofrece en ella, pero bien sabemos que todos los detalles que se nos ofrecen han de tener su traslación a lo que es nuestra vida concreta y a lo que es el meollo del mensaje que se nos quiere ofrecer. Así tenemos que hacerlo con esta parábola tratando de interpretar y entender muy bien lo que significa cada uno de los personas o en este caso hasta la misma propiedad de la viña.
Aquellos escribas y fariseos que escucharon de labios de Jesús la parábola bien entendieron su significado sabiendo que iba por ellos y por lo que ha sido toda la historia de Israel. Se sintieron aludidos, de manera que esto les motivaba más para tratar de eliminar a Jesús.
¿Nos sentiremos aludidos nosotros de igual modo? ¿Esa viña cuidada y preparada por aquel propietario que luego confió a aquellos viñadores no estará significando también la historia de nuestra vida? Ese regalo que Dios ha puesto en nuestras manos, como ha sido toda la creación para el servicio del hombre, de la humanidad, que Dios nos confía no solo para que la cuidemos en su primigenio estado sino que la desarrollemos y hagamos crecer llenando de vitalidad nuestro mundo, un mundo que no es solo exclusividad de algunos sino que es bien y riqueza para toda la humanidad.
¿Qué hacemos de nuestra vida?, nos preguntamos. ¿Qué estamos haciendo de nuestro mundo? Tenemos que interrogarnos nosotros y sentirnos interpelados por cuando sucede en nuestro mundo desde el mal uso, la mala administración que nosotros estamos haciendo de esa riqueza de la creación.
Con demasiado egoísmo tratamos nosotros nuestra propia vida, como toda la obra de la creación, porque nos adueñamos de ella como si fuera algo exclusivo nuestro que podemos hacer con ello lo que nos da la gana. Será el mal trato que le damos a nuestra propia vida cuando no solo no la cuidamos sino que la dañamos con tantos abusos que de ella hacemos. Podemos pensar en ese mundo de violencia en que nos vemos envueltos, como puede ser tantas cosas viciosas que dañan nuestra vida por el mal uso que hacemos de cuanto está en nuestras manos. Y pensamos, repito, en nuestra propia vida, pero tenemos que pensar en todo lo que hacemos con nuestro mundo que en lugar de embellecerlo muchas veces lo que hacemos es destruirlo.
Muchas más consideraciones podríamos hacernos al hilo de esta parábola, pero valgo esto para hacernos tomar conciencia de la responsabilidad con que hemos de tratar nuestra vida y la naturaleza de ese mundo que nos rodea y en el cual vivimos. ¿Qué dejaremos o cómo lo vamos a dejar para cuantos vienen después de nosotros? ¿Será como esas viñas maltratadas o descuidadas que a veces nos encontramos en nuestro entorno?

domingo, 1 de diciembre de 2019

Cuando iniciamos hoy el adviento ¿cómo le vamos a decir a nuestro mundo que Jesús es la verdadera Buena Noticia de salvación para nuestro mundo de hoy?


Cuando iniciamos  hoy el adviento ¿cómo le vamos a decir a nuestro mundo que Jesús es la verdadera Buena Noticia de salvación para nuestro mundo de hoy?

 Isaías 2, 1-5; Sal 121; Romanos 13, 11-14ª; Mateo 24, 37-44
Cuando llega este momento en que litúrgicamente la Iglesia comienza el tiempo de Adviento, que decimos preparación para la navidad y visto el ambiente que nos rodea en que parece que ya estuviéramos en navidad, iluminación extraordinaria y especial – navideña decimos aunque algunas veces no termino de entender la imágenes y los símbolos de los adornos luminosos - , las ‘campañas navideñas’ – y lo pongo también entre comillas - que se realizan por todas partes, las felicitaciones de navidad que ya se cruzan hoy no tanto por el correo postal cuanto por las redes sociales e Internet, el ambiente de fiesta y de preparativos con sus comidas, regalos con sus correspondientes compras y no sé cuantas cosas más, me surgen muchas dudas e interrogantes en mi interior sobre lo que realmente la gente busca en estos momentos y lo que nosotros decimos que le queremos ofrecer en esta fiesta que tendría que ser profundamente cristiana que es la navidad.
Decimos con facilidad Navidad, nacimiento de Cristo, venida del Señor, ¿realmente qué es lo que la gente busca y desea desde lo más hondo? Decimos Navidad, repito, como celebración de la venida del Señor – ahora Adviento como preparación para esa celebración – y en verdad ¿habremos despertado en ese mundo que nos rodea y que dice que celebra la navidad un deseo de esa venida del Señor? ¿Para qué? Y no quiero ser aguafiestas, pero si creo que tendríamos que buscar un verdadero y profundo sentido.
Si pensamos en aquella primera venida del Señor, el pueblo de Israel tenia detrás toda una historia, una historia de salvación, con unas esperanzas suscitadas desde antiguo y alimentadas por los profetas, que además en aquel momento histórico se traducían en unas apetencias y deseos de la llegada de un Mesías libertador que incluso devolviese su soberanía al pueblo de Israel. Desde sus situaciones de opresión, de falta de libertad, de carencia de paz, de pobreza en todos los sentidos que vivían, ansiaban y deseaban esa liberación. Es cierto que muchos no llegaron a entender la llegada del Mesías en Jesús y se vieron en cierto modo desbordados con su mensaje, que le llevaría incluso a la muerte.
Y nosotros hoy, nuestro mundo de hoy, ¿Cómo se encuentra en este sentido? ¿Qué expectativas tiene el hombre y la mujer de nuestro tiempo, del siglo XXI, de algo que les libere y les conduzca a un mundo futuro mejor? ¿Se encuentra concretado en la navidad que vamos a celebrar?
La problemática que vive nuestro mundo, las situaciones sociales que se viven en los distintos lugares, la misma destrucción que incluso vamos haciendo de nuestro mundo y nuestro planeta que tan a la orden del día está con lo del cambio climático, las crisis, los descontentos, las manifestaciones, las luchas que vemos aflorar en tantas personas, pero también en tantos lugares a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo, ¿nos pueden hacer pensar que en la Navidad que celebramos vamos a encontrar una respuesta, vamos a encontrar una luz, se nos va a ofrecer un camino de salvación? Con nuestra navidad ¿tenemos una buena noticia que ofrecer a ese nuestro mundo concreto con su problemática tan concreta?
Alguno me puede decir, bueno, ya el ambiente de fiesta hogareña con que celebramos la navidad, los buenos deseos que nos tenemos en esos días con las felicitaciones, los encuentros familiares y de amigos con sus comidas y con sus regalos, ese ambiente al menos en lo externo de paz del que queremos rodearnos, ya son cosas buenas que hacemos y ya eso es navidad. ¿Solo eso? ¿Pero ese mensaje va a calar hondo de nosotros de manera que no sean cosas de unos días sino que de alguna manera va a ser principio de una transformación que hagamos en nosotros y que ayudemos a hacer a los demás? Porque quizá cuando pasen estos días luego seguiremos diciendo ‘como era en el principio, ahora y siempre’, porque nada va a cambiar ni en mi vida ni en el mundo.
Algunos también me podrían objetar, bueno el mundo es el mundo y sigue sus ritmos y sus altibajos, y seguirán las ambiciones de tantos y la pobreza de muchos con las injusticias que siguen, pero en eso la navidad no tiene nada que hacer porque eso se queda en otro ámbito, son caminos distinto, son cosas de la vida. Eso es lo triste que podamos llegar a pensar así, que a los cristianos que celebramos el nacimiento del Salvador nos den igual esas situaciones y esa problemática de nuestro mundo y no seamos capaces de llevar a ese mundo que sufre con todas esas cosas una buena noticia que despierte la esperanza de que podemos hacer un mundo mejor.
Quizá los cristianos que queremos vivir con un poco más de intensidad la navidad nos llenamos la boca de palabras bonitas pero no hemos terminado de saber cómo llevar la Buena Noticia de Jesús al mundo que nos rodea. Y aunque quizá en muchos lugares la inmensa mayoría esté inclusos bautizados, el evangelio no ha llegado a calar en sus vidas, no se termina ni de entender ni de desear esa salvación que Jesús nos viene a traer que camuflamos quizá en algunas cosas bonitas que podamos hacer en momentos determinados.
No es solo un recuerdo lo que es la Navidad. Celebramos la venida del Señor, y del Señor que viene hoy a mi vida y a mi mundo, a esta sociedad en la que vivimos con sus problemas y sus anhelos. ¿Cómo le vamos a decir a nuestro mundo que Jesús es la verdadera Buena Noticia de salvación para nuestro mundo de hoy?
Este ha de ser el camino de Adviento que tenemos que emprender, despertando una auténtica esperanza en nosotros y en los corazones de los hombres y mujeres que nos rodean. No nos preparamos solamente para una fiesta con unas tradiciones que no queremos perder; cuidado que nos quedemos a veces solo en nostalgias de los que ya no están con nosotros; nos preparamos para algo más, es un anuncio más profundo el que tenemos que realizar y es también la esperanza del mundo futuro, de la venida del Señor también al final de los tiempos. Que nos mantengamos alerta, atentos, vigilantes, como tantas veces se nos va a decir en estos días, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

sábado, 25 de mayo de 2019

Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad


Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad

 Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21
Podríamos pensar algunas veces que porque somos creyentes, unas personas piadosas quizá, y queremos vivir con toda fidelidad nuestra vida cristiana y nuestro seguimiento de Jesús, ya todo tendría que salirnos bien, que los problemas tendrían que desaparecer, que a nosotros no nos puede pasar nada malo. Un poquito aquello del orgullo de sentirnos cristianos pero al mismo tiempo la seguridad de que nuestra vida va a discurrir siempre con toda paz y armonía, porque en algo tendría quizá que premiarnos el Señor ya que nosotros queremos ser buenos.
Y claro cuando nos surgen problemas y contradicciones quizá con aquellos que más cercanos están a nosotros y no nos comprenden, nos puede entrar el desaliento y un poco ponernos quizás contra Dios que así nos trata y no escucha nuestras peticiones y las cosas que le ofrecemos cada día.
Para algunos la tentación puede ser tan fuerte que pudiera ponerse en peligro su fe y su confianza en el Señor; casos podemos conocer de gente que por esas circunstancias adversas de la vida todo lo abandona y al final hasta nada quieren saber de religión ni de cristianismo. Claro que eso estaría demostrándonos la debilidad de nuestra fe, y también lo poco que quizá escuchamos la palabra del Señor. ¿Buscamos la vivencia de la fe solo como un remedio o una solución de nuestros males o nuestros problemas?
Pero no nos dice el Señor que por seguirle lo vamos a tener todo solucionado en la vida y no nos aparecerán problemas. Cuántas veces nos habla Jesús de las persecuciones incluso con que nos podremos encontrar. Cuando Pedro un día le dice qué es lo que les espera a ellos que lo han dejado todo por seguirle, Jesús además de decirle que todo aquello que han dejado lo van a ver multiplicado pero quizá en otro sentido, pero también les dice que no les faltarán persecuciones, pero que al final alcanzarán en su fidelidad la vida eterna. Tendemos a ir buscándonos premios por lo que hacemos, y cuanto más pronto nos aparezcan esos premios mejor.
Pero Jesús ya nos advierte que el siervo no es más que su amo, ni el discípulo mayor que su maestro. Y nos dice Jesús que si a El lo persiguieron, también nosotros vamos a encontrar persecuciones en nuestra vida. Nos habla de que el mundo nos odia, como le odiaron a El. Ya el anciano Simeón le anunció a María y a José allá en el templo cuando la presentación que aquel niño iba a ser signo de contradicción. Y ya lo vemos a través del evangelio la gente se va decantando ante El, unos le seguirán, alabarán sus palabras y su mensaje por tanta esperanza que va sembrando en sus corazones, pero otros se pondrán en contra, nunca querrán entender sus palabras y le llevarán hasta la Cruz.
Eso es lo que significa el mensaje de Jesús en medio del mundo, un signo de contradicción. Unos lo entenderán, otros se pondrán en contra. Eso es la Iglesia en medio del mundo, eso tenemos que ser nosotros en medio de los que nos rodean.
No es que busquemos la contradicción porque siempre nuestro mensaje, con nuestras palabras y con el testimonio de nuestra vida, tendría que ser un mensaje de esperanza, un rayo de luz en medio del mundo, pero ya decía el evangelio de san Juan desde el principio que las tinieblas no quisieron recibir la luz, la rechazaron; y es lo que vamos a encontrar nosotros en la medida en que seamos fieles de verdad al mensaje de Jesús.
No entenderán nuestro mensaje, sino que mas bien lo malinterpretarán, querrán hacernos decir cosas que no hemos dicho ni entran en nuestros principios, querrán arrimar siempre el ascua a su sardina, se van a creer en la posesión de la verdad absoluta y se mostrarán siempre enfrentados al mensaje del evangelio aunque muchas veces se haga de una forma muy sutil.
Pero eso nos obliga a ser fieles de verdad al mensaje del evangelio, a no tratar de hacernos rebajas para ganarnos a los otros, porque ese no es el camino. Tampoco tenemos que amoldarnos a los deseos del mundo, y esa es una gran tentación que sufrimos los cristianos y que padece también la Iglesia.
Cuidemos que no nos pongamos a hablar de tantas cosas que le interesan al mundo, y olvidemos el auténtico mensaje del evangelio. Es cierto que tenemos que preocuparnos por los problemas del mundo, pero nunca podemos obviar ni ocultar lo que es el mensaje del evangelio que es el que da verdadera vida al mundo. Hay quien denuncia que nos puede estar pasando eso también en la Iglesia de hoy y olvidemos el mensaje de Jesús. No nos importe ser signo de contradicción porque puede ser signo de nuestra fidelidad.