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martes, 18 de agosto de 2026

Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

 


Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30

Ya hasta nos dice que cuando vayamos a viajar vayamos ligeros de equipaje. No sé si os habrá sucedido o lo hemos contemplado, en un aeropuerto, en una estación de viajeros sea cual sea el medio de transporte que vayamos a utilizar a alguna persona que corre hacia el punto de encuentro o de salida de su viaje arrastrando maletas y equipajes, bolsos y paquetes por todos lados que ya no sabe cómo llevarlos o colgarlos incluso de sus brazos o de donde sea y que le hace ir dando traspiés y tropezando con todo en la dificultad de poder caminar ligero. Nos puede parecer incluso hasta cómico pero es una triste realidad con que tropezamos en la vida.

¿No será así cómo nosotros de alguna manera andamos por la vida? Cuántas cosas vamos acumulando, de cuantas cosas nos vamos envolviendo, cuánta avaricia tenemos que reconocer en el fondo llevamos en nuestra vida. Que no nos falte nada, nos decimos, y andamos agobiados a ver cómo podemos ganar más porque queremos tener de todo; y lo malo es que en ocasiones ni lo disfrutamos, sino solo por el placer de decir que tenemos no sé cuantas cosas, o no sé cuántos ahorros, pero que no queremos tocar porque algún día nos podrá faltar. Aquel hombre rico del que nos habla Jesús en una parábola que tuvo una gran cosecha y agrandó sus bodegas para guardar todo aquello que había cosechado y ya pensaba que tenía la vida resuelta porque tenía muchos bienes acumulados y ya ni siquiera tendría que trabajar.

Es lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio; y todo partió de aquel joven rico que venía con buena intención buscando la manera de alcanzar la vida eterna, pero que al planteamiento de Jesús de guardar sus tesoros no en estas bodegas terrenales donde nos lo pueden robar o la polilla carcome los guardemos en el cielo. Pero como hemos reflexionado recientemente aquel joven se marchó triste porque era rico y le parecía que si se desprendía de cuanto poseía ya no tendría dónde apoyarse en la vida, ya no tendría seguridad en su vida.

Por eso hoy Jesús nos habla de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos. No está condenando Jesus la posesión de unos bienes que necesitamos en el vivir de cada día; tendríamos que recordar el mandato de Dios en el paraíso de dominar la tierra para hacerle producir sus frutos; tendríamos que recordar la parábola de los talentos donde se nos pide cómo tenemos que desarrollar lo que somos y lo que tenemos, nuestros valores y nuestras capacidades porque todo ha de tener su rendimiento; condena Jesús en aquella parábola al que guardó el talento bajo tierra para no perderlo pero no fue capaz de ponerlo en valor.

Lo que hoy Jesús nos está queriendo hacer reflexionar es la utilización que nosotros hacemos de esos medios materiales que podemos obtener con nuestro trabajo y con el desarrollo de lo que tenemos y somos. Y es que lo que no nos vale es la actitud egoísta del que lo quiere acaparar todo, del que solo busca la acumulación de una riquezas por una parte muchas veces solo en beneficio propio, pero muchas veces también sin saberle sacar jugo para nuestro disfrute. Es la codicia la que nos hace daño porque nos encierra en nosotros mismos, porque nos viste de vanidad, porque son peldaños que queremos aprovechar para elevarnos sobre pedestales, porque es el juego que nos lleva a la prepotencia y al poder para elevarnos por encima de los demás, porque es la que nos crea una coraza de insolidaridad que endurece nuestro corazón.

Qué importante es que tengamos esa disponibilidad con lo que somos y con lo que tenemos que nos lleve al compartir, que nos valga para tender puentes que nos acerquen y nos ayudan a enriquecernos mutuamente, porque ya no solo seremos capaces de desprendernos de esos bienes materiales que tengas sino que aquello que somos lo disponemos para ese mutuo enriquecimiento porque yo tambien me veré beneficiado de los buenos valores de los demás.

Jesus le responde a Pedro que anda un poco preocupado porque ellos lo han dejado todo por seguir al Maestro con aquello de que recibirán cien veces más. Y es que si yo soy generoso me voy a encontrar con la generosidad de los demás, si yo pongo mis valores en juego para el bien de la comunidad esa riqueza a la que aportan también con generosidad los demás también me enriquecerá a mi. No podemos olvidar que tenemos que ser semillas de bien allá donde estemos y al final florecerá ese campo de la vida. Aprendamos a ir ligeros de equipaje, como decíamos al principio, porque solo así podremos hacer esa hermosa siembra en la vida.


sábado, 30 de agosto de 2025

No dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y desarrollando nuestros valores, alejando toda clase de agobios para mantener siempre la paz

 


No dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y desarrollando nuestros valores, alejando toda clase de agobios para mantener siempre la paz

1Tesalonicenses 4, 9-11; Salmo 97; Mateo 25, 14-30

No todos somos iguales ni tenemos que ser iguales, porque seríamos como una estampa repetida. Es la variedad y al mismo tiempo la riqueza de la vida. Cada uno con nuestros valores y nuestras cualidades y así mutuamente nos enriquecemos y enriquecemos la vida. El desarrollo de cada uno no es querer ser igual al otro, es hacer que eso que yo soy se enriquezca y llegue a su plenitud; no es copiar ni simplemente imitar, aunque lo que veamos en los demás nos estimule, nos impulse a ser nosotros mismos, no una copia, no una repetición; no es sentirnos clonados de los demás sino alcanzar la plenitud de mi propio ser, en lo que soy y en lo que valgo por mi mismo. Esa variedad será, como decíamos, la riqueza de la vida, la riqueza del mundo en el que vivimos.

En esto me hace pensar la parábola que nos propone hoy el evangelio. El rey que al marchar de viaje confía sus bienes a sus servidores, dando a cada uno según su capacidad, como incluso nos dice la parábola. Cada uno según su capacidad ha de negociar aquellos talentos que se les han confiado, un día han de rendir cuentas. Pero como nos dice la parábola uno no fue capaz de negociar nada, le parecía tan poca cosa lo que había recibido que simplemente optó por no perderla. Así se presentó ante su señor a la hora de rendir cuentas, y reconoce que no ha hecho nada, no había sido capaz de realizar la función que le habían encomendado, porque aquellos les fueron confiados para que les sacaran rendimiento. No era solo cuestión de guardarlos.

Creo que nos puede ayudar a reflexionar sobre muchas cosas, empezando por la valoración que hemos de hacer de nosotros mismos, sin comparaciones y sin envidias, reconociendo lo que somos y valemos aunque nos creamos pequeños, pero aunque pequeños tenemos nuestra función, tenemos nuestro lugar, tenemos nuestra responsabilidad de la que no nos podemos escaquear. Y aquello que somos o que tenemos hemos de saberlo cultivar. 

No nos valen las falsas humildades, no nos valen los recelos ante lo que los demás tienen, han recibido o han conseguido con su esfuerzo y su trabajo. Nos entretenemos mirando a los demás y no nos miramos a nosotros mismos, no somos capaces de ponernos a trabajar en lo nuestro para obtener su fruto.

Ya nos decía san Pablo hoy en la carta a los tesalonicenses que no dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y alejando de nosotros toda clase de agobios para mantener siempre la paz. Las comparaciones, las envidias y las desconfianzas nos paralizan, no nos dejan pensar ni en lo que nosotros somos por nosotros mismos y menos nos ayudarán a desarrollar con responsabilidad nuestra tarea. 

No podemos estar pensando que los talentos de los otros son más valiosos o importantes. Nadie es más importante que los demás, todos tenemos el mismo valor y la misma dignidad y así  no hemos de temer presentarnos ante los demás, no haciendo alardes ni poniéndonos condecoración, con la verdad de lo que somos, pero también con la humildad de los que queremos poner nuestro grano de arena y queremos caminar con los demás. La hondonada de la pereza en la que caemos nos hará olvidarnos o dejar de lado lo que son nuestras propias responsabilidades.

Se nos está ofreciendo, con este texto de la Palabra de Dios hoy, un momento propicio para examinar nuestra vida y reconocer nuestros valores, pero un momento también para ver hasta donde hemos cultivado nuestra vida, hasta donde hemos hecho crecer nuestra vida y lo que somos, hasta donde somos conscientes también que nuestros valores enriquecen a los demás, estamos haciendo florecer ese jardín de la vida donde todos podamos sentirnos de forma más agradable porque estaremos construyendo y haciendo florecer ese hermoso jardín de la vida. 

Que resplandezcan en consecuencia esos valores del Reino de Dios, que tiene que ser nuestra tarea y compromiso desde la escucha y el seguimiento de Jesús.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Un denario al final de la vida por nuestro trabajo que en la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, sino es el gozo de Dios

 


Un denario al final de la vida por nuestro trabajo que en la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, sino es el gozo de Dios

Jueces 9,6-15; Salmo 20; Mateo 20, 1-16a

Yo ahora estoy de vacaciones, a mi ahora que no me molesten, que este tiempo es para mi y no pienso dar golpe, nos dirá uno; otro nos dirá que ya está jubilado, que bastante ha trabajado en la vida, y para que va a andar ahora con preocupaciones; otro nos hablará que tiene su ‘paguita’, que bastante le costó conseguirla – aunque tendríamos que ver con que artimañas – y que ya el trabajo no es para él; otros están soñando y contando el tiempo que le falta para la jubilación porque bien se merece un descanso con todo lo que ha trabajado en la vida. Así podríamos seguir fijándonos en tantos que han llegado a una situación en la vida en la que reina la pasividad, el dejarse arrastrar por los días, en un vacío del que al final incluso nos van a decir que qué vida más aburrida.

Y yo realmente me pregunto ¿qué sentido tiene una vida así? ¿Eso es realmente vivir y gozar de la vida? ¿No tenemos nada que aportar a la vida con nuestros años, con nuestra experiencia, con la riqueza de espíritu, sabiduría, que hayamos podido acumular en nuestro interior?

‘¿Qué hacéis ahí ociosos todo el día?’ se pregunta aquel buen hombre que está buscando trabajadores para su viña. Es la parábola que hoy nos ofrece Jesús. No solo en la mañana al comienzo de la jornada, sino en diversas horas del día saldrá a la plaza y a los que va encontrando los va invitando a trabajar en su viña. Ya ha ajustado lo justo con los primeros contratados, aunque luego veremos realmente el pago que les ofrece a todos.

La parábola, es cierto, sugiere que aquellos que están en la plaza querían trabajar pero nadie les había contratado. Pero esa pregunta que hace aquel que va buscando trabajadores para su viña nos puede sugerir muchas más cosas; creo que nos puede estar planteando ese sentido que le damos a la vida y a nuestro trabajo; lo veremos luego en la valoración que hará aquel buen hombre del trabajo de todos, aunque fueran a trabajar en distintas horas. Era algo más que una remutación económica, aunque es cierto que con nuestro trabajo nos ganamos la vida, obtenemos unos medios para valernos y para tener una vida digna.

Pero el trabajo es mucho más. Estamos contribuyendo con nuestras posibilidades y capacidades a la vida de nuestro mundo. Podríamos decir quizás que no somos indispensables, pero sí que podemos pensar que ese grano de arena que yo estoy poniendo con mi trabajo, sea en lo que sea, o sea a la hora que sea de nuestra vida es importante para el bien de ese mundo en el que vivimos y vivimos interrelaciones los unos con los otros. De ahí cómo hemos de amar nuestro trabajo, cómo hemos de disfrutar con lo que hacemos, como sentimos el gozo que aquello que nosotros hacemos puede hacer felices a los demás. Hacemos una pelota, por ejemplo, y nos puede parecer insignificante, pero ¿habremos pensado en lo feliz que se a sentir un niño el día que juegue con esa pelota?

Nuestra vida en la pasividad no tiene sentido ni valor, no podemos andar dormidos por la vida porque decimos que ahora nos toca descansar, esa riqueza interior que hemos acumulado a través de nuestros años, nuestras luchas, nuestros logros, nuestras experiencias es algo que le debemos también a ese mundo que nos rodea y con ellos lo hemos de compartir.

¿Un denario va a ser el usufructo de lo que realicemos? En la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, es algo mucho más intenso porque es llenarnos del gozo de Dios.

miércoles, 21 de agosto de 2024

Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

 


Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

Ezequiel 34, 1-11; Salmo 22; Mateo 20, 1-16

Forma parte de la naturaleza del ser humano el ir plasmando su ser en la obra que realiza con sus manos, el trabajo; y cuando hablo de lo que realizamos con las manos no reduzco el concepto solamente a lo que pueda ser el trabajo manual, sino que estoy queriendo expresar lo que podríamos decir todo lo que sale del ser del hombre, del ser de la persona.

Trabajo es lo que realizamos manualmente pero es también todo lo que podríamos llamar lo brotado de su inteligencia y de su ingenio, de donde surge todo lo que es el pensamiento del ser humano, y en consecuencia podríamos decir la filosofía pero es también lo que de manera artística realiza, como puedan ser las artes plásticas pero también la belleza de pensamiento expresado en la poesía. En todo ello vamos dejando la impronta de nuestro ser, brotarán las iniciativas y la creatividad y con ello queremos dejar tras nosotros un mundo mejor y más bello.

El hombre o la persona ociosa que nunca tiene ganas de hacer nada diríamos que está cortándole las alas a su espíritu; esa falta de actividad y de creatividad anula algo importante de su ser con lo que ve mermado también su propio desarrollo personal. Es cierto que podemos necesitar algún periodo de inactividad pero como una recarga de baterías, una recarga de fuerzas para continuar produciendo esa plenitud de su vida. El ocioso no entenderá de plenitud ni de búsqueda de algo más y mejor, simplemente se deja arrastrar por la vida, es lo que decimos habitualmente lo que hacemos es vegetar, pero aun así haríamos un mal uso de la palabra, porque también los vegetales nos producen flores y nos dan frutos.

En cualquier estadio de la vida en que nos encontremos tenemos esa posibilidad de hacernos crecer a nosotros mismos con nuestro propio trabajo dándole un sentido y una plenitud a nuestra vida; y es que en cualquier estadio de nuestra vida tenemos que saber disfrutar de nuestro trabajo que nos dignifica y nos enriquece, y no hablo solo de unos beneficios materiales que podamos obtener como fruto de nuestros trabajos, sino de una riqueza espiritual que le da una nueva dignidad y grandeza a nuestra propia vida.

Hoy la parábola que nos ofrece el evangelio nos habla de aquel propietario que salió de mañana bien temprano a buscar trabajadores para su viña; y nos habla cómo en las distintas horas del día siguió saliendo en búsqueda de más operarios, de manera que casi a última hora de la tarde, cuando se encuentra a algunos que aun andan sin trabajo, les pregunta que cómo es que han estado ociosos todo el día. Algo les faltaba a aquellas personas, a los que, aunque parezca una hora tardía, envía también a su viña.

Muchas explicaciones y comentarios nos habremos hecho o se nos ha ofrecido en otras ocasiones sobre esta parábola. Quiero seguir por esta línea de pensamiento que hemos venido desarrollando; en cualquier hora de nuestra vida tendremos siempre la oportunidad de darle un desarrollo a nuestra vida.

Aunque tengamos siempre que obrar en justicia para que todo el mundo sea remunerado debidamente por lo que realiza para una vida con dignidad, no solo tenemos que pensar en esa remuneración material o económica, sino que cada uno tenemos que considerar la grandeza y la dignidad de lo que es nuestra trabajo, la riqueza y no solo en lo material que adquiere nuestra vida porque cuanto realizamos nos lleva a un crecimiento y a una plenitud de nuestro ser.

Así qué gozosos hemos de sentirnos en el desarrollo de nuestro trabajo, sea cual sea, porque siempre nos estará haciendo ver la dignidad de la persona. Disfrutemos de nuestro trabajo, sintámonos complacidos en la obra que sale de nuestras manos donde estamos plasmando, como decíamos, todo nuestro ser.

No lo miremos como una carga que no nos queda más remedio que soportar, sino como algo que sale de lo más profundo de nuestro ser; como el artista que se siente complacido en la obra de arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, porque estamos contribuyendo a la verdadera riqueza y belleza de nuestro mundo, que Dios ha puesto en nuestras manos para que continuemos la obra de la creación.

sábado, 3 de febrero de 2024

No podemos mirar alrededor y viendo cuanto hay que hacer en la vida sin embargo desentendernos porque ahora es mi tiempo para mí

 


No podemos mirar alrededor y viendo cuanto hay que hacer en la vida sin embargo desentendernos porque ahora es mi tiempo para mí

1 Reyes 3, 4-13; Sal 118; Marcos 6, 30-34

Un día la preguntaba a un amigo a qué dedicaba su tiempo. Me habló enseguida de su trabajo, que tenía la suerte de estar empleado, que tenía sus horas y en consecuencia recibía su remuneración. Hasta aquí, bien. Pero seguí insistiendo en la pregunta, pero ¿a qué más cosas te dedicas? Y me respondía que cuando terminaba su trabajo venía para su casa, también pasaba ratos con los amigos, pero que tenía su tiempo para el relax y el descanso. Yo seguía insistiendo, quizás de pesado, si acaso en su tiempo libre no había pensado que podía hacer algo más, implicarse en alguna cosa, prepararse para algo más en la vida; pero él se daba por satisfecho con lo que tenía y con lo que hacía, que tampoco tenía grandes o nuevas aspiraciones, y que ya estaba bien con sus horas de trabajo, que su tiempo lo quería para él.

Y yo pensaba, con todo lo que hay que hacer en la vida; cuántas cosas a nuestro alrededor, aunque nadie nos lo pida, podríamos hacer y que podríamos hacer que nuestra sociedad sea mejor; en cuántas cosas podríamos participar, en cuántas cosas pondríamos la ilusión de algo mejor, de algo nuevo no solo para nosotros sino también para los que nos rodean. Pero ya nos sentimos cansados y agobiados con nuestro trabajo ordinario y pensamos que nada más necesitamos hacer. ¿Es que no sentimos inquietud porque nuestra sociedad sea mejor? ¡Qué miedo tenemos a implicamos! Porque implicarse seguramente significaría complicarse.

Comienzo con este pensamiento mi reflexión de hoy sobre el evangelio. ¿Qué es lo que vemos hacer a Jesús?

Hoy nos habla el evangelio de la vuelta de los discípulos que Jesús había enviado a predicar con su misma misión. Le cuentan cómo les ha ido, y entonces Jesús toma la iniciativa de querer llevarlos a un lugar apartado para descansar; para descansar que significaría seguramente compartir todas aquellas experiencias que habían vivido y en ese compartir se reflexiona y se aprende desde lo mismo que hemos hecho. Y es que si seguían donde estaban no podrían tener esos tiempos de relax, vamos a llamarlos así. ‘Eran muchos los que iban y venían, nos comenta el evangelista, que no tenían tiempo ni para comer’. Como diría alguno, ojo al dato.

Pero cuando llegan a aquel lugar que Jesús se había escogido se encuentran con una multitud esperándolos. Habían adivinado, podríamos decir, a donde se iba Jesús con aquellos discípulos más cercanos, y por sus medios, buscándose sus propios caminos lograron adelantarse a la llegada de Jesús.

Habían hecho su trabajo, podríamos pensar, y si allí se habían dirigido era para descansar. ¿Qué hacer? ¿Despedir a aquella gente porque ahora no era el momento? Es que hoy no toca, nos decimos muchas veces; es que están fuera de horario, nos dicen en alguna ocasión; es que ahora tenemos que dedicarnos a otras cosas, vuelva usted mañana, es algo que con frecuencia escuchamos, o acaso nosotros decimos también.

Y nos dice el evangelista que ‘al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas’.

No había tiempo ni para comer, ahora venían buscando el descanso, pero ‘Jesus se puso a enseñarles’. ¿Cómo podría Jesús desentenderse  de aquellos a los que contemplaba ‘como ovejas que no tienen pastor’? ¿Podemos mirar alrededor y viendo cuanto hay que hacer en la vida y sin embargo desentendernos porque ahora es nuestro tiempo? ¿Cuál es el verdadero trabajo al que estamos llamados?

No podemos seguir con las manos vacías; no las llenamos solo porque cumplamos con unas obligaciones, cosa que tenemos que hacer también. Pero hay unos valores que tenemos que desarrollar, hay algo bueno que podemos compartir, hay algo enfermo que podemos sanar, hay una alegría más que podemos poner en nuestro mundo, hay una ternura que repartir. No nos crucemos de brazos contemplando la hermosa tarea que podemos desarrollar.

domingo, 19 de noviembre de 2023

Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

 


Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1 Tesalonicenses 5, 1-6;  Mateo 25, 14-30

Trabajamos y queremos obtener unos beneficios, bien porque la semilla que echamos en la tierra queremos que germine, que crezca y madure para obtener unos frutos, bien porque el trabajo que hacemos queremos que sea debidamente remunerado, bien porque el negocio que emprendamos queremos que tenga éxito y al final podamos obtener unos rendimientos. Queremos, es cierto, que el trabajo sea productivo, que la vida no se nos esterilice y al final nos veamos con las manos vacías.

No todos, es cierto, estamos en el mismo trabajo, no todos tenemos las mismas cualidades y valores, no todos valemos para todo sino que, vamos a decirlo así, cada uno ha de encontrar su camino donde vaya realizando su vida según su propia capacidad, y en consecuencia también serán distintos los rendimientos. 

Lo que realmente ganamos no es que tengamos unos beneficios económicos que sean mayores que los de los demás, sino que la mayor ganancia es la realización de la propia vida en aquello que ha sido capaz de hacer y de vivir. Esto nos plantea, entonces, que no nos podemos quedar ociosos, esperando el fruto de los otros, sino que tenemos que saber hacer fructificar su vida, que además va a tener repercusión en el mundo en el que vive.

Creo que de esto es de lo que nos quiere hablar hoy Jesús con la parábola que nos propone que tantas veces hemos escuchado y reflexionado. Una vez más detengámonos en ella y escuchémosla como palabra de vida para nosotros. Un hombre que al irse de viaje confía sus posesiones o sus riquezas, como queramos verlo, a aquellos servidores suyos que fielmente han estado siempre junto a él. Reparte de manera desigual, pues a uno dará cinco talentos, a otro dos y finalmente al tercero solo un talento. ‘A cada uno según su capacidad’, nos dice la parábola. Y marchó de viaje.

A la vuelta va a pedir a sus servidores que le rindan cuenta de lo que han hecho con aquellos talentos. Ya la parábola nos fue diciendo como tanto el de los cinco talentos como el de dos, pusieron a rendimiento aquellos talentos. El que recibió solamente uno tenía miedo de perderlo - ¿quizás que los negocios salieran mal y se quedara sin nada? – por eso en lugar de negociar, de trabajar lo que hizo fue enterrar el talento. Ya hemos escuchado la reacción de aquel hombre. Alaba a quienes les han sacado rendimiento a lo que le habían confiado cada uno en su medida, mientras no valorará los miedos del tercero, que no lo ha perdido, pero tampoco le ha sacado rendimiento.

Todos entendemos muy bien el sentido de la parábola. ¿La vida que Dios ha puesto en nuestras manos? ¿La responsabilidad que tenemos con el mundo en el que vivimos y donde no podemos hacer dejación de nuestras obligaciones? ¿El descubrimiento de cuáles son en verdad nuestros valores y capacidades sin tener que estar mirando de forma desconfiada o recelosa a las capacidades que puedan tener los demás? Muchas preguntas que tendríamos que hacernos sobre nuestras actitudes y nuestros verdaderos valores por los que tenemos que luchar, o que tenemos que desarrollar.

Lo importante es la actitud que tengamos ante nuestras responsabilidades o las tareas que se nos confían. Claro que hemos de obtener un rendimiento, pero no todos tienen que ser por igual. Cada uno tiene que valorar sus propias capacidades, cada uno ha de saber hacer resaltar sus propios valores; no todos vamos a ser ‘premio Nóbel’ por los grandes descubrimientos que podamos hacer en el camino de la ciencia, pero sí todos somos ‘premio Nóbel’ por la fidelidad con que realizamos lo que tengamos que hacer aunque sea pequeño, aunque no tenga el relumbrón que otros puedan tener. El premio, podíamos decirlo así, lo vamos a tener en nosotros mismos, en nuestro interior, en la satisfacción de la fidelidad de lo que realizamos.

Es esa faceta tan bonita de la vida en la que nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo y donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena. No andaremos nunca con recelos ni desconfianzas porque uno tiene más y otro tiene menos, porque uno es capaz de hacer grandes cosas y otro será el servidor fiel de las cosas pequeñas pero que son parte también de ese conjunto que entre todos estamos construyendo.

Es una invitación a la vigilancia y un aliciente para la esperanza. Todos tenemos que estar atentos para tener el aceite suficiente y que necesitamos para mantener encendida la lámpara, como escuchábamos el domingo pasado. 

Todos tenemos la esperanza de que al final vamos a escuchar la voz que nos llama y nos invita a participar del Reino del Padre, ya sea porque hayamos hecho grandes cosas o ya sea simplemente porque hemos ofrecido un vaso de agua, pero porque lo hicimos, porque mantuvimos esa fidelidad en todo momento vamos a escuchar esa invitación a estar con El para siempre en su reino del cielo.


viernes, 10 de noviembre de 2023

Cuando trabajamos y realizamos nuestras responsabilidades tenemos que pensar en algo más que engrosar nuestra bolsa, pensemos en el bien que podemos hacer a los demás

 


Cuando trabajamos y realizamos nuestras responsabilidades tenemos que pensar en algo más que engrosar nuestra bolsa, pensemos en el bien que podemos hacer a los demás

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8

Dicen que dinero ajeno no nos duele, pero que cuando toca nuestros bolsillos, sobre todo si nos vemos en peligro de tener que poner de nuestra parte, ya procuramos una buena administración, porque no queremos salir perjudicados. Posturas así traen fácilmente en torno muchas corruptelas, porque siempre queremos arrimar el ascua a nuestra sardina, como dice el dicho popular.

Y por otra parte cuanto empeño ponemos cuando están en juego nuestras ganancias, nuestros intereses económicos, o todo aquello que nos pueda dar brillo o prestigio. Muy interesados somos en lo material, porque decimos que sin ello nada podemos ser o hacer en la vida, olvidando quizás lo que le puede dar verdadera grandeza al hombre. Con astucia andamos en lo material, pero no tenemos quizás la misma inquietud en lo que nos eleva como persona. En la historia de la vida tenemos cuantos se matan por trabajar para tener de todo, y como dicen que no les falte nada a sus hijos, pero quizás se olvidan de otros valores que seria lo mejor que pudiéramos transmitir.

¿Qué es lo que yo en verdad busco en la vida? Podemos vernos envueltos en ese sentido materialista de la vida y nos dejamos arrastrar por esa pendiente de lo que todos hacen sin plantearnos seriamente un sentido más elevado de nuestra existencia. No significa que olvidemos nuestras responsabilidades, que hagamos dejación de esas tareas que van ocupando muchos espacios de nuestra vida. También ese mundo en el que vivimos es responsabilidad nuestra, porque Dios lo ha puesto en nuestras manos y con nuestra tarea y con nuestro trabajo, sea cual fuere, estamos contribuyendo al desarrollo de nuestro mundo, a ser continuadores de la obra de la creación que Dios inició y que, repito, ha puesto en nuestras manos.

Hoy Jesús nos ha propuesto en el evangelio una parábola que a muchos puede en cierto modo desconcertar. Habla de un mal administrador que al final trata de arreglar las cosas, pero para no verse él en peligro de quedarse en la calle. Si antes había sido usurero en el trato con aquellos con los que hacía negocios, ahora dándose cuenta de su error trata de enmendarlo. Quiere además poner humanidad en el trato con los demás, cosa que quizás en su usura no había tenido, porque se iba a sentir que la humanidad iba a ser dura con él. 

Algunas veces no terminamos de entender esos arreglos que hace en los recibos de los deudores de su amo, pero hemos de entender la manera habitual de actuar de quienes eran administradores. Los recibos de entrada iban cargados de fuertes intereses, que en nada beneficiaban al amo, sino que era la parte que ellos pretendían ganar con sus negocios. Lo que ahora está rebajando por el camino de esos intereses que eran sus ganancias, a las que de alguna manera renuncia, esperando que un día con él tengan compasión. Es la astucia que alaba el amo al que tenía que rendir cuentas.

Muchas cosas tendríamos que plantearnos para nosotros mismos en el sentido en que ha ido nuestra reflexión, pero aquí podríamos recordar lo que en otros momentos Jesús nos ha dicho, que no guardemos tesoros donde la polilla los corroe o los ladrones nos podrían arrebatar, sino guardemos tesoros en el cielo donde tendrán premio sin fin. Como nos dice Jesús en otro momento despójate de lo que tienes y véndelo para compartirlo con los pobres.

Aquello que tenemos, aquello que hacemos o que ganamos, ¿habremos pensado seriamente alguna vez cuanto puede beneficiar a los necesitamos que nos rodean? Quizás muchas veces solo pensamos en engrosar nuestra bolsa y aparece nuestro egoísmo e insolidaridad. ¿Le damos valor a lo que hacemos siendo conscientes que con nuestro trabajo estamos contribuyendo también al bien de los demás?

martes, 11 de julio de 2023

Dejarlo todo por seguir a Jesús es algo más que desprendernos de algunas cosas porque busquemos esa profunda espiritualidad que necesita nuestra vida


 

Dejarlo todo por seguir a Jesús es algo más que desprendernos de algunas cosas porque busquemos esa profunda espiritualidad que necesita nuestra vida

Proverbios 2, 1-9; Sal 33; Mateo 19, 27-29

‘Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’,  una pregunta que parece interesada, una pregunta hecho según los parámetros de nuestro mundo, donde lo que hacemos tiene una retribución, porque el trabajo que realizamos aunque en sí mismo sea una realización de la propia persona, sin embargo lo hacemos porque con lo que alcancemos por ese trabajo, las retribuciones que recibamos van a contribuir a nuestra propia vida para vivir dignamente. En fin de cuentas es un intercambio desde lo que nosotros ofrecemos con nuestro trabajo con lo que recibimos por lo realizado para bien nuestro y de los nuestros. Lo cual también es digno y entra en juego la justicia en nuestras mutuas relaciones.

Claro que esa pregunta tiene un contexto, cuando hoy la escuchamos en el evangelio en esta fiesta de san Benito, pero también por el momento mismo en que fue expresada y por quien fue expresada. En los momentos previos a este episodio Jesús les había estado hablando a los discípulos cómo tenían que liberarse de todo tipo de codicia, había acaecido el hecho del joven que quería alcanzar la vida eterna y quería seguir a Jesús, pero cuando Jesús le pide que tiene que despojarse de todo buscando el tesoro del cielo, lo abandona y no sigue a Jesús porque era muy rico. Y es en este contexto donde Pedro se pregunta qué es lo que van a recibir ellos que ya lo habían dejado todo por seguir a Jesús.

Nos está haciendo recapacitar Jesús sobre el desprendimiento con que hemos de vivir nuestra vida. Cuando hablamos de desprendimiento fácilmente lo relacionamos a riquezas, a posesiones, a cosas de nuestro entorno que si seguimos apegadas a ellas van a ser una rémora que nos frene el seguimiento de Jesús. Primero que nada tenemos que hacernos una escala de valores en todo eso que es nuestra vida, en esas cosas que poseemos o en esas riquezas que atesoramos. ¿Somos más felices porque estemos rodeados o apoyados en tantas cosas? No pueden ser nunca lo primero de nuestra vida, porque además serán como un imán al que apegamos el corazón; cuando nos sentimos arrastrados por un imán perdemos hasta la libertad porque será lo que nos arrastre y nos domine. No pueden ser, pues, nuestro tesoro por el que lo demos todo.

Pero, ¿son solo esos bienes materiales, esas riquezas o esas posesiones de lo único que tenemos que desprendernos? Hay ocasiones que tenemos otros apegos en el corazón que nos hacen más daño. Y tenemos que pensar en tantas rutinas de nuestra vida que nos llevan a hacer las cosas sin razón ni motivación; tantos descontroles que hay en nosotros donde no tenemos la fuerza de voluntad para superarnos, o para arrancarnos de esas cosas que se han convertido en vicios de nuestra vida; tenemos que pensar en ese amor propio y orgullo que nos domina y que nos ciega, que nos vuelve exigentes con cuanto nos rodea y hasta nos llena de violencias; tenemos que pensar en esas inseguridades que tenemos en el corazón porque no somos capaces de forjar nuestra voluntad, esas desganas con que vivimos la vida, esa falta de ilusión y de alegría que nos vuelve amargos e insufribles para los que están a nuestro lado. Así podríamos pensar en muchas cosas y cada uno sabe cual es su piedra de tropezar.

¿No tendríamos que comenzar por ahí? Es necesario que logremos esa madurez de nuestra vida, que sepamos darle profundidad a lo que vivimos y a lo que hacemos arrancándonos de tantas superficialidades que nos llenan de vanidad. Sepamos buscar esa verdadera sabiduría de nuestra vida. En verdad lo habremos dejado todo por seguir a Jesús cuando busquemos esa profunda espiritualidad que El quiere que tengamos en nuestra vida. Mucho nos hace pensar.

lunes, 1 de mayo de 2023

Tenemos una luz que nos viene del Evangelio que hace resplandecer en todo su esplendor lo que es la vida de los hombres y el trabajo que sale de sus manos

 


Tenemos una luz que nos viene del Evangelio que hace resplandecer en todo su esplendor lo que es la vida de los hombres y el trabajo que sale de sus manos

 

En el ámbito civil se comienza el mes de mayo con una fiesta reivindicativa en el día del trabajo, que también hay que reconocer cada una ha interpretado su sentido y ha celebrado desde sus convicciones en ocasiones y desde intereses siendo con un matiz político en gran parte de las ocasiones. No le quitamos, por supuesto, el sentido positivo que tienen este tipo de celebraciones pues todo lo que sea por una mayor dignidad de las personas y como medio para ello también de la actividad que realiza siempre es bueno. Muchos avances también de tipo social a lo largo de los años se han ido consiguiente dada la visualización de esta fiesta del trabajo y del hombre trabajador. La dignidad de la personas siempre es algo que tenemos que perseguir, pero tendríamos que considerar a la persona en lo que vale en sí mismo y en toda la amplitud de lo que es su existencia.

A mediados del siglo XX la Iglesia quiso poner también su aporte en esta celebración y es como nació una nueva fiesta de san José desde esa perspectiva del trabajo, la fiesta de san José Obrero, como comúnmente se le llama. Algo tenemos que decir nosotros también en este campo, también nosotros podemos y tenemos que proclamar esa dignidad del trabajo humano, que ha de pasar necesariamente por una humanización de esa tarea, una humanización del trabajo. No somos, por supuesto, unas máquinas llamadas a producir; por medio está la dignidad de toda persona que en nuestra antropología cristiana la elevamos más que cualquier otro paradigma que desde el mundo se pueda proclamar.

Cuando hablamos de la persona estamos hablando de una criatura de Dios, alguien que ha sido creado por Dios, porque de Dios nos viene la vida, pero que por la gracia de Dios nos convierte además en hijos de Dios. Una dignidad que tenemos que considerar en toda su amplitud y profundidad y que va a marcar también lo que sale de las manos del hombre en su capacidad creadora, en su capacidad de desarrollar su vida y plasmarse en las obras que salen de sus manos.

Creados a la imagen y semejanza de Dios, con esa inteligencia que Dios nos dio pero también con esa capacidad de decidir, esa voluntad que es capacidad de amar nos sentimos no solo constructores sino creadores porque desde Dios con nuestras capacidades estamos continuando la obra creadora de Dios en el desarrollo de nuestro trabajo.

Es entonces cuando nos damos cuenta de la grandeza de nuestro trabajo, el valor de nuestro trabajo. Será duro y costoso porque todo lo que entraña crear vida nos supera y nos exige esfuerzo, como nos supera y nos exige esa capacidad de amar que tenemos en nosotros desde esa dignidad de personas. El que se siente de verdad creador, sea cual sea la actividad que realice, después del esfuerzo realizado va a sentir una satisfacción hondo, va a experimentar un gozo inmenso en el alma cuando contempla lo que ha creado.

Es la perspectiva bonita con la que tenemos que mirar nuestro trabajo, es la satisfacción que sentimos en lo que hemos realizado, es el disfrute incluso de la misma tarea que vamos realizando aunque nos sea costosa. Una nueva y bella mirada que nos obligará a no dejar infructuosos esos talentos que hemos recibido. Una nueva y luminosa mirada a nuestro trabajo con el que estamos sembrando semillas de vida que van a fructificar en bien de la propia humanidad.

Claro que tenemos que hacer que el trabajo sea humano, nunca esclavizante, ni lo podemos sentir como un peso que queremos quitar de sobre nuestros hombros. Nos exige cuidar esas condiciones del trabajo, nos exige cuidar nuestra dignidad al tiempo que cuidamos también esa capacidad de producir que es como llena de vida al mundo en el que vivimos. Un trabajo que realizaremos siempre para bien de la humanidad, pero un trabajo con el que queremos dar gloria a Dios que de tales posibilidades nos dotó. Por eso los cristianos hablamos de la santificación del trabajo, que con la gracia de Jesucristo también ha sido redimido

Tenemos una luz que nos viene del Evangelio que hace resplandecer en todo su esplendor lo que es la vida de los hombres y lo que es la obra que sale de las manos de los hombres. Demos gloria al Señor por ello.


jueves, 10 de noviembre de 2022

Andemos vigilantes para encontrar lo que da verdadera hondura a la vida hundiendo nuestras raíces en lo que de verdad vale

 


Andemos vigilantes para encontrar lo que da verdadera hondura a la vida hundiendo nuestras raíces en lo que de verdad vale

1Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17, 26-37

¿Qué nos sucede con el devenir de la vida? Podríamos decir que vivimos absorbidos por el vértigo de la vida; ahí están nuestras preocupaciones de cada, sus tareas, sus responsabilidades, lo que es la vida misma, trabajo, preocupaciones familiares, la economía que nos quita el sueño porque por mucho que trabajemos parece que no nos llega a nada lo que ganamos, pero solo en cuanto a nuestras responsabilidades como más especiales, sino que es la vida misma con sus momentos de relax y de descanso, como pueda ser todo lo referente a la alimentación, el encuentro con los demás, la fiesta o los momentos duros de la enfermedad e incluso la muerte de seres querido.

Todo parece una carrera que no nos da ni tiempo para pensar en algo más, todo nos va absorbiendo en esa materialidad de las cosas que hacemos, que nos cuesta encontrar el momento para elevar nuestro espíritu y encontrar algo que nos trascienda, y lo que tenga un tinte más espiritual o lo dejamos en un segundo plano o lo olvidamos y vivimos como si nada de eso existiera. Nos decimos cristianos y creyentes, pero lo dejamos tan en segundo plano que ni nos planteamos un sentido para todo lo que hacemos, ni llegamos a pensar en algo más allá o más arriba que nos eleve y nos trascienda, creyentes pero sin darle un sentido desde lo creyente, desde nuestra fe a lo que hacemos o a lo que vivimos.

Necesitamos romper ese ritmo tan vertiginoso, necesitamos romper esa carrera tan espiral que parece que nunca acaba sino que cada día se nos agranda más, para pensar sencillamente que todo esto un día se detiene y nos vamos a encontrar con algo en lo que nos habíamos olvidado de pensar.

‘Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Asimismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se revele el Hijo del hombre’.

Quiere hacernos pensar Jesús. Qué despreocupados andamos con nuestras ocupaciones, qué distraídos con la rutina de cada día, con qué facilidad olvidamos la dimensión espiritual de la vida. Como decíamos, creyentes pero sin darle un sentido creyente a la vida, a lo que hacemos. Terminamos por caminar como en un sin sentido, terminamos con un vacío interior porque al final nada nos satisface, porque todo o se convierte en una rutina, o en esa loca carrera por tener más, por llegar a más cosas, por olvidarnos de todo enfrascados en nuestras ocupaciones pero no nos hemos sentido crecer por dentro, le ha faltado lo que le da calor y color a la vida que vivimos.

Es una tentación fácil en la que todos podemos caer, una pendiente muy resbaladiza. Tenemos que pensar más en el sentido de nuestros actos, encontrar la verdadera responsabilidad de nuestra vida, que no solo es hacer cosas, sino ser capaz de vivir con intensidad y hondura todo aquello que hacemos. y es hondura la vamos a encontrar en ese sentido espiritual que tiene nuestra vida, nos parece que nos eleva y es así, pero también dará verdadera hondura a lo que hacemos, haremos hundir las raíces de la vida en lo que de verdad vale.

Hoy nos está hablando Jesús de que hemos de andar vigilantes para que no perdamos ese sentido de la vida. Llegará en un momento que menos pensemos el final de nuestra vida, ¿y qué es lo que tenemos en nuestras manos? ¿Qué riqueza habrá en nuestro corazón? ¿Cómo nos vamos a presentar ante Dios?

miércoles, 17 de agosto de 2022

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

 

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

Me siento muy satisfecho y muy honrado con que usted me haya permitido trabajar en su obra. Es quizás la reacción que con humildad y sinceridad alguien puede hacer porque, por ejemplo, un artista muy importante lo haya llamado a colaborar en la obra artística que estaba realizando. No va a aparecer su nombre quizá en ningún lado, porque la obra llevará el nombre de su autor, pero sí ha sentido el gozo de poder trabajar al lado y con las orientaciones de personaje tan importante. Esa persona por todas esas cosas disfrutaba de su trabajo, y poco le importaba que su remuneración quizás fuera mínima. Era fundamentalmente el gozo de lo que hacía, en lo que participaba, de la obra que estaba realizando.

Esto puede ser un caso extremo, pero si nos podría ayudar a preguntarnos si nosotros disfrutamos con lo que hacemos. Demasiado vemos el trabajo como una carga consecuencia del pecado, demasiado lo vemos como algo duro y agobiante, demasiado nos quedamos embrutecidos con lo material y lo costoso y no sabemos disfrutar de aquello donde estamos plasmando nuestro ser, porque el trabajo siempre es creador de algo nuevo, es expresión de lo que llevamos en el alma. Y el artista disfruta en su creación, aunque sea costoso, le exija esfuerzo y dedicación, pero allí está plasmando su vida.

‘Nosotros hemos pasado el calor y el bochorno del día’, se quejaban aquellos viñadores contratados, porque les parecía sentirse minusvalorados porque a ellos se les pagara igual que los que habían venido a la ultima hora. No habían disfrutado de su trabajo, no habían sabido descubrir esa vena creadora que tiene todo aquello que realizamos, donde plasmamos nuestro ser, nuestra vida, lo que somos y lo que somos capaces de realizar. Nos mueven solo los intereses, y no descubrimos la belleza de la vida y la belleza también de lo que es nuestro trabajo. No disfrutamos de la vida. ¿No es lo que tendríamos que hacer como el artista que disfruta de la creación de su obra?

Me surgen estas reflexiones desde la parábola que nos ofrece el evangelio. Nos habla del viñador que salió a la plaza a buscar jornaleros para su vida; a todos fue invitando en las distintas horas del día; no importaba ya la hora, ni siquiera la producción en sí misma como una riqueza de la que obtener beneficios. Importaban las personas, importaba el trabajo que realizaran, fuera a la hora que fuera, no importaba la tardanza a incorporarse al trabajo, sino la dicha de poder tener un trabajo; era la felicidad para el trabajador, como era la felicidad también para el que contrataba a aquellos jornaleros para su viña. Y el viñador estaba satisfecho y pagaba con generosidad el trabajo realizado.

Importa escuchar la voz del que nos llama a la tarea; importa la respuesta que damos con entusiasmo en cualquiera que sea la hora en la que la escuchamos. Algunos piensan que cuando ya son las horas de la tarde y se está terminando el día, cuando ya estamos quizás en el atardecer de la vida y nos parece que se nos está acabando la vida, para qué vamos a emprender algo nuevo, para qué vamos a emprender una tarea, y nos olvidamos de la riqueza de esa obra que puede salir de nuestras manos, de nuestro quehacer. En todo momento podemos sembrar una semilla o acudir a una vendimia; en todo momento puede salir una obra hermosa de nuestras manos.

Disfrutemos de la vida, disfrutemos del trabajo, seamos capaces de darnos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora, y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos. Aunque ya estemos en el ocaso de la vida. Es lo que yo intento seguir haciendo a mis años, quiero seguir sembrando buenas semillas en el campo de la vida.

viernes, 27 de agosto de 2021

Busquemos ese sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna

 


Busquemos ese sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96;  Mateo 25, 1-13

Los ritmos de trabajo de la vida muchas veces se vuelven vertiginosos y nos vemos tan absorbidos por el día a día de la vida, de las responsabilidades, de los trabajos que parece que si no viviéramos sino para trabajar; terminamos porque no disfrutamos del trabajo y de lo que hacemos, pero es que no disfrutamos de la vida.

Eso nos hace olvidar también en muchas ocasiones de darle como más profundidad a la vida, de poner metas e ideales que nos eleven, y aunque no dejamos de cumplir con nuestras responsabilidades hay el peligro de que al final nos sintamos vacíos, porque nos falta algo que le de sabor a lo que hacemos y a lo que vivimos. Parece incluso que hayamos perdido la alegría de la vida absorbidos por lo que vamos haciendo cuando nos olvidamos de lo principal.

Olvidamos detalles en nuestras relaciones con los demás que nos hagan más humanos, pero olvidamos detalles que nos den sentido y profundidad a nuestro ser. A veces nos parece que los engranajes de nuestra vida no funcionan con la suavidad que tendrían que funcionar y parece como que chirrían. ¿Faltará un aceite que facilite ese rodar de la vida con un sentido nuevo? No es cuestión solamente de estar, de pasar los días o de realizar unos trabajos, necesitamos algo más. Necesitamos algo que nos ilumine por dentro y también nos haga ver todo con un nuevo color. Pudiera ser que al final nos sintiéramos como cansados de la vida misma porque no la hemos sabido saborear en profundidad.

Necesitamos tener aceite suficiente en nuestra alcuza, en el depósito de nuestro corazón para que esa luz se mantenga siempre encendida. Hoy Jesús en el evangelio nos propone una parábola que habremos reflexionado muchas veces. El hecho de que la hayamos escuchado muchas veces no tendrá que impedirnos que en verdad la escuchemos con la novedad de la buena noticia que se nos quiere trasmitir.

Conocemos la parábola, una doncellas que según las costumbres de la época salen al recibir al esposo de la amiga que viene para la boda; dadas las circunstancias han de llevar lámparas encendidas para iluminar primero el camino y luego la sala de la boda; la tardanza del novio hizo que se quedaran adormecidas o que por otra parte se consumiera el aceite de las lámparas que cuando había que avivarlas ya no tenían el aceite necesario. Necesitaban un nuevo aceite que había que ir con prisas a buscarlo, pero ahora fueron algunas de aquellas doncellas las que llegaron tarde cuando la puerta estaba cerrada. Ya no pudieron disfrutar de la fiesta de la boda porque se quedaron fuera.

Nos quedamos fuera de la fiesta de la vida, como decíamos antes, quizás demasiado absorbidos por las mismas tareas que nos ocupan. Lo que nos sucede tantas veces cuando no le damos importancia a lo que verdaderamente tiene importancia, cuando descuidamos ese aceite y esa luz que dé color y sabor a lo que vivimos, cuando nos hemos olvidado de esos detalles que nos den mayor humanidad a nuestras relaciones, cuando aunque muy atareados vivimos muy superficialmente pensando solo en lo material o en las ganancias que podamos obtener, cuando pensando tanto en la vida presente nos hemos olvidado de darle trascendencia a lo que hacemos o cuando absorbidos por lo material hemos olvidado el sentido espiritual de nuestra vida, cuando quizá vivimos sí unas prácticas religiosas destinadas al cumplir por cumplir pero no le hemos dado profundidad a nuestra fe y a nuestra relación con Dios.

¿Cuál es el aceite que tendríamos que buscar? ¿Qué sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna? cultivemos y profundicemos en nuestra fe.

jueves, 15 de julio de 2021

Vayamos a estar con Jesús, para quedarnos en silencio, para gozarnos de su presencia que nos inunda con su inmensidad, para sentir de nuevo la paz

 


Vayamos a estar con Jesús, para quedarnos en silencio, para gozarnos de su presencia que nos inunda con su inmensidad, para sentir de nuevo la paz

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30

El que está cansado busca descanso; nos vemos agobiados por los muchos trabajos y responsabilidades y ya andamos buscando un tiempo para descansar; otras veces los agobios nos vienen como consecuencia de las responsabilidades que hemos tenido que asumir, por los problemas que nos presenta la vida cada día, por la tensión que se origina quizás en nuestra convivencia con los demás y nuestras mutuas relaciones y queremos tener un tiempo de serenidad y de paz, donde un poco recapitulemos y ordenemos en nuestro interior cuanto nos sucede y volvamos a tener un espíritu fresco para seguir afrontando el día a día de nuestra vida.

Todos necesitamos de ese tiempo de descanso, de relax, de volver a recuperar nuestras fuerzas físicas, pero sobre todo volver a sentirnos con verdadera paz interior. Tenemos que saber encontrar esos momentos, ese saber detenernos en esa loca carrera con que vivimos la vida y hacer que nuestro espíritu se serene. Es la fuerza interior que necesitamos, es la verdadera hondura que hemos de saber darle a la vida, es como el motor reparado que hace que todo funcione mejor en nosotros.

A eso nos está invitando hoy Jesús con sus palabras del Evangelio. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Es lo que hace con sus discípulos más cercanos; en algún momento el evangelio nos dice que se los lleva a un lugar apartado para descansar, porque no tenían tiempo ni para comer. Pero en otros momentos lo veremos caminando casi por los limites de Galilea porque quiere estar a solas con los discípulos más cercanos para hablar más relajadamente de todo cuanto está sucediendo en el anuncio del Reino que están realizando.

‘Venid a mi…’ nos dice. ‘Encontraréis vuestro descanso…’ Cansados y agobiados y El será nuestro alivio. Y es que estando con Jesús aprendemos de El, estando con Jesús llenaremos nuestro espíritu de esa paz que mana de su presencia; estando a solas con Jesús le escucharemos mejor y El nos hablará al corazón; estando con Jesús nos iremos impregnando de su vida, de su mansedumbre, de su humildad y de su ternura.

No es solo el descanso físico que ya encontraremos formas para recuperar esas fuerzas de nuestro cuerpo; es la paz interior que necesitamos, es la serenidad de nuestro espíritu, es el irnos impregnando más y más de su amor. Tenemos que aprender a ir a Jesús para estar con El. Es cierto que queremos mantener viva nuestra fe, que hacemos nuestras oraciones de cada día, pero necesitamos algo más. Hacer nuestras oraciones algunas veces se reduce a recitar unas fórmulas de oración aprendidas o ritualmente prescritas muchas veces en la carrera de la vida y con la premura del tiempo que vivimos habitualmente. Y es otra cosa lo que necesitamos, como decíamos, estar con Jesús.

Y estar con Jesús no es medir el tiempo con los minutos de un reloj, estar con Jesús no es meramente cumplir para decir que hemos rezado, estar con Jesús no es contentarnos con hacerle una serie de peticiones con los mejores buenos deseos porque queremos pedir quizá por todos aquellos que queremos o nos han pedido una oración. Estar con Jesús, es eso, estar, quedarnos en silencio quizá, hacer silencio en nuestro interior y escuchar, gozarnos de una presencia que nos inunda con su inmensidad y que nos hará que al final podamos sentir esa nueva paz en nuestro espíritu.

jueves, 1 de abril de 2021

Tres detalles como grandes signos de lo que es la entrega y el amor de Jesús por nosotros, se quita el manto… se ciñe una toalla… y seca los pies con la toalla que se había ceñido

 


Tres detalles como grandes signos de lo que es la entrega y el amor de Jesús por nosotros, se quita el manto… se ciñe una toalla… y seca los pies con la toalla que se había ceñido

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’.

Así comienza el evangelista Juan el relato de cuanto sucedió aquella tarde y aquella noche durante la cena de Pascua. Ha llegado la hora del amor más supremo; no es la hora de la muerte sino de la vida, es la hora del amor. ‘Los amó hasta el extremo’.

Los discípulos habían preparado con todo esmero y amor todo lo necesario para la cena pascual según las indicaciones que Jesús les había dado. Y el evangelista ahora se pone trascendente, podíamos decir, nos deja relucir toda su altura teológica en lo que nos va a relatar. Pero Juan no nos relata lo que los otros evangelistas nos han relatado de la Institución de la Eucaristía, como tampoco los otros evangelistas nos relatan este episodio que nos trae Juan, el lavatorio de los pies.

Es todo un signo y un gesto profético el que Jesús realiza, que va más allá de lo que ritualmente tenía que estar previsto que era ofrecer agua para las abluciones y purificaciones previas, el gesto del dueño de la casa que ofrece agua a sus huéspedes como ya vemos en otras ocasiones del evangelio en donde se hace mención a ello. Este gesto de Jesús tiene un valor simbólico muy grande, a la manera de aquellos signos proféticos que vemos en el Antiguo Testamento que realizaban los profetas y que el mismo gesto se convertía en un mensaje.

En pocas palabras nos lo trasmite el evangelista. ‘Estaban cenando… y Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido’. Tres detalles que nos pueden pasar desapercibidos porque pareciera que todo se centra en el hecho de que Jesús realizara la labor de un sirviente, de un esclavo lavando los pies de los discípulos; pero en torno a ello están esos tres detalles como grandes signos de lo que es su entrega y su amor, se quita el manto… se ciñe una toalla… y seca los pies con la toalla que se había ceñido.

Un desprenderse primero de lo que ahora no necesita, va a emprender una tarea y nada puede constreñirlo para que no pueda realizarla debidamente; pero como va a emprender una tarea se ciñe, como el trabajador que va a realizar un trabajo, como el soldado que va a emprender una batalla. Me vais a permitir un recuerdo familiar, mi abuelo usaba un ceñidor muy lago que todas las mañanas antes de salir al campo a sus tareas se ceñía y lo hacía con todo cuidado y esmero; yo como niño no entendía lo de aquel ceñidor y el esmero con que mi abuelo se lo ceñía. Con el paso de los años lo he llegado a entender.

Es un gesto muy importante el que Jesús está realizando; comienza el momento de su entrega, llegó la hora del amor, decíamos antes; va a emprender una tarea y una batalla porque es la lucha de la vida sobre la muerte, del amor para vencer al odio y al pecado. Una imagen de su entrega, de su sangre derramada, de su cuerpo entregado que veremos por otra parte cuando los otros evangelistas nos hablan de la institución de la Eucaristía que hoy también estamos celebrando. Y con aquella toalla ceñida completa toda la obra de su servicio; ha lavado los pies de los discípulos y se los seca con la toalla que se había ceñido.

Luego nos dirá que si El, ‘el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros’. Pero tenemos que copiar todo su gesto primero porque no podemos ir darnos por los demás si no somos desprendidos; como Jesús que se quitó el manto, de cuantas cosas tenemos que despojarnos. Pero como Jesús hemos de ceñirnos para la tarea y para la batalla. Es la lucha contra el mal, contra el odio, contra el desamor y la insolidaridad, contra todas esas actitudes que se meten en el corazón del hombre y que nos llenan de maldad, que nos vuelven discriminatorios y racistas, que envuelven nuestro mundo de sombras.

Pero en esa batalla la victoria está de nuestra parte, no podemos ir de antemano ya como derrotados sino que creemos en la fuerza del amor y sabemos que podremos lograr un mundo mejor, un mundo en paz, un mundo en que sepamos aceptarnos y respetarnos, un mundo en que nos amemos todos y porque nos amamos de verdad no hacemos distinciones de a quien le ofrecemos nuestro amor.

Nos ceñimos para la lucha y para la victoria e iremos lavando los pies y secándolos con la toalla que nos hemos ceñido, como Jesús, porque será nuestro corazón lleno de amor el que va a hacer aflorar una vida nueva en aquellos que se sienten amados. Fíjate en la sonrisa que aflora en el rostro de quien descubre en un momento determinando que es amado por alguien y tenido en cuenta. Es lo que tenemos que hacer surgir con nuestra toalla ceñida.

Porque creemos en Jesús y nos sentimos amados de Jesús nuestra tarea ha de ser siempre ir sembrando esperanzas, encendiendo luces, suscitando actitudes nuevas en el corazón de los demás. Aunque los que nos rodean no se lo crean, porque hay gente que cuando ve la situación de pobreza, de dolor, de desesperanza, de angustias y de odios que hay en nuestro mundo parece como que ya se sienten derrotados e incapaces de intentar algo nuevo y mejor en bien de los demás.

Se ha envenenado su corazón de tal manera que ya no creen posible construir un mundo nuevo y así se llenan de amarguras y de violencias interiores. Hoy una persona me rechazó ese mensaje de optimismo y esperanza que como semilla envío cada día a mis amigos en las redes sociales. Pero no importa, sigo creyendo que con Jesús tenemos asegurada la victoria de que podemos hacer cada día el mundo un poquito mejor.

En la Eucaristía tenemos nuestra fuerza. Para eso en un día como este quiso Jesús instituir el Sacramento de la Eucaristía. Hoy la celebramos con fuerza, con ganas, con mucha fe, esta Eucaristía que se va a prolongar a través de todo el triduo pascual, porque la celebración de mañana viernes en la pasión y la muerte de Jesús es como una prolongación de este día y que tendrá su culminación el día de la Pascua al celebrar la Resurrección del Señor.

Hoy nos queremos quedar – lo haremos al menos virtualmente ya que en las circunstancias en que estamos no todo lo podremos hacer presencialmente – junto a Jesús en la Eucaristía para caldear nuestro corazón en su amor, y así aprendamos a despojarnos, pero también sobre todo a ceñirnos en esa tarea tan hermosa que tenemos entre manos, llevar su amor a nuestro mundo para hacerlo mejor. ‘Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’, termina diciéndonos Jesús.