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domingo, 20 de septiembre de 2026

Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

 


Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

Isaías 55, 6-9; Salmo 144; Filipenses 1, 20c-24. 27A; Mateo 20, 1-16

¿Por qué siempre hemos de estar comparándonos los unos a los otros, sacando a relucir méritos o merecimientos, lo mejor que nosotros lo hacemos y siempre la inferioridad de los otros? Hemos convertido la vida en un tira y afloja, en una lucha competitiva para ver quién acaba primero la carrera y a la larga en buscar por los medios que sea el descalificar al otro porque al final ni lo consideramos digno de estar en esa competición.

No tendría que ser la vida una competición, porque aunque mucho hablamos de deportividad no es esa la manera habitual que empleamos para desarrollar lo mejor de nosotros mismos. Competencia en el sentido de que saquemos lo mejor de nosotros mismos para desarrollar la función que tengamos en la vida o ser nosotros mismos es una cosa, pero convertir la vida en una competición es bien distinto. Por eso andamos siempre con el reloj en la mano, no tanto para aprovechar nosotros el tiempo que no se nos pierde en superficialidades, sino para tener en cuenta y medir lo que hacen los otros, que siempre nos parecerá que no vale tanto como lo que nosotros hacemos.

Son los primeros pensamientos que me surgen al escuchar la Palabra de Dios que en este domingo se nos ofrece. Muchas veces habremos reflexionado sobre esta parábola de los obreros llamados a la viña en distintas horas del día. Una parábola que rompe esquemas sobre la forma cómo nosotros nos organizamos y medimos lo que hacemos. Una parábola que nos enseña cómo valorar el trabajo pequeño o grande que realizan los demás. Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña. Una parábola que nos hace mirar con ojos distintos a los que llegan a nuestro mundo y a nuestra vida en la hora del hoy manteniendo siempre por encima de todo su dignidad de personas y valorando que en esta hora que nos parece intempestiva sin embargo pueden hacer por nuestro mundo y por nosotros. Una parábola que nos está enseñando lo maravilloso que es el amor que nos tiene que hacer comprensivos y generosos abriendo siempre nuestros brazos con un sentido amplio y universal.

Los obreros de la primera hora quizás miraban mal a aquellos que se incorporan en horas distintas, al final protestarán porque a los últimos se les ha pagado igual que a los primeros que parecieran que se llevaron todo el calor y el bochorno del día. ¿No habrán también en nosotros esos sentimientos encontrados en relación a lo que hacen los demás porque nos parece que lo que hacemos nosotros sí vale y tendría que tener el reconocimiento de lo que hemos hecho?

Afloran a veces sentimientos negativos en nosotros cuando vemos tanta gente distinta a nuestro alrededor y nos aparecen incluso algunos resabios racistas en relación a los que vienen de otros países. Nos van a quitar el pan de nuestros hijos, dicen a veces algunos, como si el mundo fuera solo nuestro. ¿No tendría que decirnos a nosotros, como aquellos obreros de última hora de la parábola, que están ociosos porque nadie los ha contratado? Tanto que hablamos de la globalidad de nuestro mundo, tanto que hablamos de la dignidad de las personas y ¿por qué hacemos tantas distinciones que se convierten en discriminaciones?

Por eso decía que esta parábola nos va a enseñar a tener una mirada distinta y a provocar en nosotros unas nuevas actitudes para hacer que la vida sea más que una competición una colaboración entre todos, cada uno desde su tiempo y su lugar, para hacer que tengamos un mundo más humano, nuestras mutuas relaciones tengan más humanidad, y ciertamente aprendamos a ser verdaderamente solidarios los unos con los otros. Es el camino del amor que tendría que imperar en nuestra vida.

Ya nos recordaba el profeta que los planes de Dios son distintos y superiores a la mezquindad con que nosotros vamos caminando por la vida. Es la novedad que nos ofrece el evangelio que nos pedirá una vestidura nueva, unos odres nuevos para el vino nuevo, un hombre nuevo que se haya despojado de esas vestiduras viejas del egoísmo y la insolidaridad para vestir el traje de fiesta que siempre resplandece con las múltiples joyas del amor vivido en los mil detalles con que expresamos el amor a cuantos nos rodean, sean quienes sean, hagan lo que hagan. ¿Vestiremos ese traje del hombre nuevo de la gracia?


miércoles, 21 de agosto de 2024

Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

 


Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

Ezequiel 34, 1-11; Salmo 22; Mateo 20, 1-16

Forma parte de la naturaleza del ser humano el ir plasmando su ser en la obra que realiza con sus manos, el trabajo; y cuando hablo de lo que realizamos con las manos no reduzco el concepto solamente a lo que pueda ser el trabajo manual, sino que estoy queriendo expresar lo que podríamos decir todo lo que sale del ser del hombre, del ser de la persona.

Trabajo es lo que realizamos manualmente pero es también todo lo que podríamos llamar lo brotado de su inteligencia y de su ingenio, de donde surge todo lo que es el pensamiento del ser humano, y en consecuencia podríamos decir la filosofía pero es también lo que de manera artística realiza, como puedan ser las artes plásticas pero también la belleza de pensamiento expresado en la poesía. En todo ello vamos dejando la impronta de nuestro ser, brotarán las iniciativas y la creatividad y con ello queremos dejar tras nosotros un mundo mejor y más bello.

El hombre o la persona ociosa que nunca tiene ganas de hacer nada diríamos que está cortándole las alas a su espíritu; esa falta de actividad y de creatividad anula algo importante de su ser con lo que ve mermado también su propio desarrollo personal. Es cierto que podemos necesitar algún periodo de inactividad pero como una recarga de baterías, una recarga de fuerzas para continuar produciendo esa plenitud de su vida. El ocioso no entenderá de plenitud ni de búsqueda de algo más y mejor, simplemente se deja arrastrar por la vida, es lo que decimos habitualmente lo que hacemos es vegetar, pero aun así haríamos un mal uso de la palabra, porque también los vegetales nos producen flores y nos dan frutos.

En cualquier estadio de la vida en que nos encontremos tenemos esa posibilidad de hacernos crecer a nosotros mismos con nuestro propio trabajo dándole un sentido y una plenitud a nuestra vida; y es que en cualquier estadio de nuestra vida tenemos que saber disfrutar de nuestro trabajo que nos dignifica y nos enriquece, y no hablo solo de unos beneficios materiales que podamos obtener como fruto de nuestros trabajos, sino de una riqueza espiritual que le da una nueva dignidad y grandeza a nuestra propia vida.

Hoy la parábola que nos ofrece el evangelio nos habla de aquel propietario que salió de mañana bien temprano a buscar trabajadores para su viña; y nos habla cómo en las distintas horas del día siguió saliendo en búsqueda de más operarios, de manera que casi a última hora de la tarde, cuando se encuentra a algunos que aun andan sin trabajo, les pregunta que cómo es que han estado ociosos todo el día. Algo les faltaba a aquellas personas, a los que, aunque parezca una hora tardía, envía también a su viña.

Muchas explicaciones y comentarios nos habremos hecho o se nos ha ofrecido en otras ocasiones sobre esta parábola. Quiero seguir por esta línea de pensamiento que hemos venido desarrollando; en cualquier hora de nuestra vida tendremos siempre la oportunidad de darle un desarrollo a nuestra vida.

Aunque tengamos siempre que obrar en justicia para que todo el mundo sea remunerado debidamente por lo que realiza para una vida con dignidad, no solo tenemos que pensar en esa remuneración material o económica, sino que cada uno tenemos que considerar la grandeza y la dignidad de lo que es nuestra trabajo, la riqueza y no solo en lo material que adquiere nuestra vida porque cuanto realizamos nos lleva a un crecimiento y a una plenitud de nuestro ser.

Así qué gozosos hemos de sentirnos en el desarrollo de nuestro trabajo, sea cual sea, porque siempre nos estará haciendo ver la dignidad de la persona. Disfrutemos de nuestro trabajo, sintámonos complacidos en la obra que sale de nuestras manos donde estamos plasmando, como decíamos, todo nuestro ser.

No lo miremos como una carga que no nos queda más remedio que soportar, sino como algo que sale de lo más profundo de nuestro ser; como el artista que se siente complacido en la obra de arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, porque estamos contribuyendo a la verdadera riqueza y belleza de nuestro mundo, que Dios ha puesto en nuestras manos para que continuemos la obra de la creación.

domingo, 24 de septiembre de 2023

El Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar

 


El Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar

Isaías 55, 6-9; Sal 144; Filipenses 1, 20c-24. 27a; Mateo 20, 1-16

Vivimos en un mundo de productividad y eficacia; si estamos haciendo un trabajo, queremos ver resultados; si estamos desarrollando un negocio, queremos beneficios; si tenemos a alguien trabajando para nosotros, lo que queremos es que sea eficaz y produzca rendimientos; si emprendemos un proyecto, lo que queremos es que sea eficaz para ver sus resultados. Cuanto más sea la productividad mejores serán los beneficios y mejor pagados estarán los que trabajan. Son nuestras lógicas y razonamientos humanos y queremos hacerlo por un camino recto; son las leyes del mercado y de la economía que se nos impone en nuestras relaciones; son las metas por las que nos esforzamos, nos preparamos, y luego trabajamos buscando los mejores rendimientos.

Mucho no podremos decir en contra de todo esto; son también caminos de justicia en nuestro trato y relaciones y es la manera de que nuestro mundo avance. Pero ¿solo es ese el camino para que nuestro mundo avance? ¿Dónde está la humanidad, incluso cuando hablamos de justicia social, para que sea el hombre y la persona la que esté por encima de todas estas carreras de productividad, de eficacia, de economía? ¿Las personas van a valer sólo por su eficacia y su productividad? ¿No tendríamos que buscar por otro lado lo que es verdaderamente la dignidad de toda persona buscando quizás otros valores? Son cosas que tendríamos también que pensar. 

Hoy nos sorprende Jesús con la parábola que nos propone. Un hombre que busca jornaleros para su viña ya desde el comienzo del día, y a los que contrata los envía a su viña a trabajar por denario por su jornada. No vamos a buscar razones de eficacia o no de los que están trabajando o de que fuera mayor el trabajo de lo que se pensaba, pero aquel hombre vuelve a salir a la plaza a buscar jornaleros a distintas horas del día enviando obreros a trabajar. Cuando ya casi acaba el día, en la última hora, vuelve a salir y se encontrará gente que nadie ha contratado durante el día y también los envía a su viña. Hasta ahora nada tenemos que reprochar a ese viñador.

Es al terminar la jornada cuando comienza a sorprendernos, le dice al encargado que pague a los jornaleros el denario prometido, comenzando por los últimos que ha contratado. Cuando llegan los primeros reciben igualmente un denario, lo que provocará reclamaciones, porque se consideran mal pagados cuando les han dado a ellos que han trabajado todo el día con el bochorno del calor lo mismo que a los que llegaron a última hora.

Y aquí tenemos la clave en la respuesta que da aquel amo de la viña: 'Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?'

Aunque estamos viendo la respuesta de este buen hombre, quizás nosotros nos quedamos también con un cierto resabio en el corazón. ¿Qué nos está queriendo decir el Señor con la parábola? No es una lección de justicia social, es cierto, porque eso no es lo que pretende decirnos jesús. Está hablándonos de lo que es la bondad y la generosidad de Dios para con nosotros. Nos ha llamado también a su viña, a la vida, a esa misión y a esa función que tenemos que realizar con nuestra vida en nuestro mundo. Busca el Señor nuestra respuesta en la hora que nos llame, y bien sabemos que esas llamadas del Señor nos van llegando en distintos momentos de nuestra existencia.

Hay una cosa hermosa que nos ha dicho hoy el profeta de parte de Dios, 'porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes'.  Así es de grande y hermosa la generosidad del Señor para con nosotros.

Es nuestra vocación que no siempre descubrimos a primera hora, porque quizás nos hayamos podido pasar nuestra vida distraídos con tantas cosas diversas, pero fue en un momento determinado cuando escuchamos esa llamada y esa invitación del Señor. ¿Cuál es nuestro premio o nuestra ganancia? Poder vivir la vida y la gracia del Señor, en la hora que nos haya llamado. Lo importante es esa actitud de servir, de disponibilidad de nuestra vida que siempre tiene que haber en nosotros. 

No es cuestión de ir haciendo méritos, de ir apuntando los servicios que vamos prestando para al final recibir nuestra paga casi como si fuera una exigencia que le ponemos al Señor. Cuidado que también en nosotros los que andamos en la Iglesia con nuestros trabajos y nuestros compromisos, algunas veces también andamos haciéndonos nuestras cuentas de lo que hacemos. 'Mis planes no son vuestros planes', nos dice el Señor.  Sus medidas no son nuestras medidas. Si el Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar. 

Esto nos podría llevar a hacer más consideraciones sobre la actitud con que nosotros hemos de prestar los servicios en medio de la comunidad, en esa sociedad en la que vivimos, desde esas funciones sociales que podamos realizar o a las que nos comprometemos. ¿Nuestro afán es el servicio o buscamos una carrera de ascensos y de ganancias? 

Y podríamos llegar todavía a muchas más cosas y muy concretas en relación a las personas que se van incorporando a nuestro mundo, porque han tenido que venirse de sus países por la situación que allí vivían y ahora vienen buscando una vida mejor, pero a los que pareciera que siempre queremos poner en la cola, porque son los últimos que han llegado, porque seguimos manteniendo nuestras discriminaciones y desconfianzas, porque no los consideramos dignos de méritos como nosotros que sí somos de aquí de toda la vida. ¿Nos dirá algo el evangelio sobre esas actitudes larvadas que algunas veces mantenemos en nuestro interior?  

Algunas veces el evangelio nos desconcierta porque nos abre a otras perspectivas tan distintas de lo que son nuestras manera de pensar y nos cuesta aceptarlo. El evangelio es una buena noticia que nos interroga por dentro para que en verdad busquemos los caminos de Jesus.


miércoles, 23 de agosto de 2023

Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

 




Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20, 1-16a

Es cierto que tenemos que cuidar las relaciones que mantenemos los unos con los otros para saber actuar siempre con rectitud y justicia en todo lo que sea intercambio de nuestros servicios y trabajos, como aquello que es fruto de nuestro trabajo. Por eso decimos siempre que hemos de actuar en justicia y de alguna manera nos hemos establecido como unas normas o unas pautas de comportamiento que faciliten esa rectitud. Pero también es cierto que nuestras relaciones humanas van mucho más allá de un mercantilismo en ese intercambio con unos beneficios que consideramos justos pero también de la calidad de esas prestaciones que nosotros realizamos.

Pero también hemos de considerar que unas relaciones humanas, que nos ayuden a nuestro crecimiento como personas y a un enriquecimiento de nuestro espíritu van más allá de ese mercantilismo y hemos de entrar en unos parámetros de generosidad, de altruismo, de desinterés material y de gratuidad. Cuando entramos en el cultivo de valores así estaremos dándole más hondura a nuestra vida y podremos sentir las mayores satisfacciones en nuestro corazón. Es la satisfacción y el gozo interior por lo bien hecho que es lo que pondrá una verdadera alegría en nuestro espíritu. Ya no estaremos usando medidas materiales e interesadas porque lo que vamos logrando en nuestro interior es muy superior a todas las ganancias materiales que podamos obtener en la vida.

Es cierto que no todos lo entenderán porque muchas veces nos ciega el materialismo de la vida y el poder tener contante y sonante en nuestras manos esas ganancias que siempre en ese sentido se nos quedan en lo material y no llegarán nunca a darnos ese gozo interior del que pone como eje de su vida la gratuidad y la generosidad. No es fácil liberarnos de esos condicionamientos y necesitaremos un esfuerzo grande para estar por encima de todo eso y no seguir con nuestros apegos egoístas. Cuando andamos tras esos intereses terminaremos con un desastroso vacío interior, que al final nos hará estar mano sobre mano sin llegar a saber por donde emprendemos el camino.

De eso nos está hablando Jesús en la parábola que nos ofrece. Un hombre que busca jornaleros para su viña en la plaza en distintas horas del día, unos obreros que en principio están mano sobre mano mientras encuentran a alguien que los contrata. Una expectativas que se crean en su interior los que comenzaron la jornada desde el principio del día olvidando por cuanto han sido contratados. Finalmente aquella sorpresiva forma de actuar del dueño de la viña que a todos paga por igual.

A todos los surgen dudas; tomamos el relato demasiado al pie de la letra y queremos usar nuestros parámetros humanos; pero la parábola nos está queriendo hablar de lo que es la generosidad del corazón de Dios. No importan medidas ni tiempos, porque los tiempos de Dios son otros, las medidas de Jesús son bien distintas porque son nuevos los valores que nos quiere ofrecer. Hay otros valores más y mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo, aunque también es importante; la gratuidad eleva nuestro espíritu, los regalos de Dios sí que nos hacen sentirnos bien en el corazón.

Así está actuando Jesús con unos nuevos valores y entrará en juego la generosidad del corazón, entrará en juego la rectitud con que nosotros actuamos dejando a un lado intereses demasiado materiales y mercantilistas, y tendrá que resplandecer de manera especial la gratuidad, que tanto nos cuesta poner como medida de nuestro corazón. Así tendrá que ser nuestra manera de actuar; no es el interés por una recompensa, sino la generosidad del que se da y está siempre en actitud de servicio. Es el camino que Jesús va haciendo delante de nosotros y que nos enseña a recorrer nosotros también, aunque tantas veces nos resistamos. Con Jesús algo nuevo tiene que brillar en nuestra vida.

miércoles, 17 de agosto de 2022

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

 

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

Me siento muy satisfecho y muy honrado con que usted me haya permitido trabajar en su obra. Es quizás la reacción que con humildad y sinceridad alguien puede hacer porque, por ejemplo, un artista muy importante lo haya llamado a colaborar en la obra artística que estaba realizando. No va a aparecer su nombre quizá en ningún lado, porque la obra llevará el nombre de su autor, pero sí ha sentido el gozo de poder trabajar al lado y con las orientaciones de personaje tan importante. Esa persona por todas esas cosas disfrutaba de su trabajo, y poco le importaba que su remuneración quizás fuera mínima. Era fundamentalmente el gozo de lo que hacía, en lo que participaba, de la obra que estaba realizando.

Esto puede ser un caso extremo, pero si nos podría ayudar a preguntarnos si nosotros disfrutamos con lo que hacemos. Demasiado vemos el trabajo como una carga consecuencia del pecado, demasiado lo vemos como algo duro y agobiante, demasiado nos quedamos embrutecidos con lo material y lo costoso y no sabemos disfrutar de aquello donde estamos plasmando nuestro ser, porque el trabajo siempre es creador de algo nuevo, es expresión de lo que llevamos en el alma. Y el artista disfruta en su creación, aunque sea costoso, le exija esfuerzo y dedicación, pero allí está plasmando su vida.

‘Nosotros hemos pasado el calor y el bochorno del día’, se quejaban aquellos viñadores contratados, porque les parecía sentirse minusvalorados porque a ellos se les pagara igual que los que habían venido a la ultima hora. No habían disfrutado de su trabajo, no habían sabido descubrir esa vena creadora que tiene todo aquello que realizamos, donde plasmamos nuestro ser, nuestra vida, lo que somos y lo que somos capaces de realizar. Nos mueven solo los intereses, y no descubrimos la belleza de la vida y la belleza también de lo que es nuestro trabajo. No disfrutamos de la vida. ¿No es lo que tendríamos que hacer como el artista que disfruta de la creación de su obra?

Me surgen estas reflexiones desde la parábola que nos ofrece el evangelio. Nos habla del viñador que salió a la plaza a buscar jornaleros para su vida; a todos fue invitando en las distintas horas del día; no importaba ya la hora, ni siquiera la producción en sí misma como una riqueza de la que obtener beneficios. Importaban las personas, importaba el trabajo que realizaran, fuera a la hora que fuera, no importaba la tardanza a incorporarse al trabajo, sino la dicha de poder tener un trabajo; era la felicidad para el trabajador, como era la felicidad también para el que contrataba a aquellos jornaleros para su viña. Y el viñador estaba satisfecho y pagaba con generosidad el trabajo realizado.

Importa escuchar la voz del que nos llama a la tarea; importa la respuesta que damos con entusiasmo en cualquiera que sea la hora en la que la escuchamos. Algunos piensan que cuando ya son las horas de la tarde y se está terminando el día, cuando ya estamos quizás en el atardecer de la vida y nos parece que se nos está acabando la vida, para qué vamos a emprender algo nuevo, para qué vamos a emprender una tarea, y nos olvidamos de la riqueza de esa obra que puede salir de nuestras manos, de nuestro quehacer. En todo momento podemos sembrar una semilla o acudir a una vendimia; en todo momento puede salir una obra hermosa de nuestras manos.

Disfrutemos de la vida, disfrutemos del trabajo, seamos capaces de darnos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora, y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos. Aunque ya estemos en el ocaso de la vida. Es lo que yo intento seguir haciendo a mis años, quiero seguir sembrando buenas semillas en el campo de la vida.

miércoles, 18 de agosto de 2021

Siempre hay una hora donde podemos de nuevo comenzar a sembrar porque grande y amplio es el campo que tenemos ante nosotros

 


Siempre hay una hora donde podemos de nuevo comenzar a sembrar porque grande y amplio es el campo que tenemos ante nosotros

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20, 1-16a

¿A dónde voy yo a estas alturas?, pensamos algunas veces.  Bien porque nos parece que se nos ha pasado la hora, y ya llegamos tarde, bien porque pensamos qué es lo que podemos nosotros aportar si ya hay tanta gente que está haciendo cosas. Lo pensamos en referencia a nuestras actividades de la vida social, nuestra relación con los demás, o los compromisos que podríamos adquirir. Lo pensamos porque quizás ya nos creemos mayores y que nuestra hora se ha pasado, y que quizás ya nuestra vida se ha de reducir a ir viviendo sin más pero sin complicarnos demasiado las cosas. Lo pensamos en todo lo que significa el progreso de nuestra propia vida, en los deseos de superación que tendríamos que tener, en las cosas que podríamos mejorar en nosotros mismos o incluso en el desarrollo de valores que podemos tener ocultos ahí en nosotros y nos da pereza hacerlos salir a flote.

Muchas son las cosas que podríamos pensar en este sentido. Mucha puede ser la pasividad con la que vivamos, o quizá las cansancios que han ido apareciendo en la vida desde frustraciones de cosas no logradas, de fracasos en algunos momentos y ya pensamos que a dónde vamos a ir.

Hoy Jesús con su parábola en el evangelio nos da respuesta. Nunca podremos decir que es demasiado tarde, nunca podremos pensar que se nos pasó la hora; nunca nos podemos resignar a decir aquí no hay nada que hacer o yo no puedo aportar nada; nunca cabe la pasividad en la vida de quedarnos simplemente sentados en la plaza sin salir al encuentro de algo nuevo que siempre se nos puede ofrecer; nunca podemos pensar que ya es tarde para comenzar a esta hora; nunca nos podemos dejar envolver por actitudes pasivas ni por el conservadurismo que ya todo está hecho porque otros lo han hecho muy bien y yo nada puedo aportar. Siempre hay un momento para comenzar.

Es el hombre que salió a buscar jornaleros para su vida desde muy de mañana, pero que luego siguió saliendo en distintas horas del día e incluso cuando parecía que ya todo se iba a acabar, y siempre encontró a alguien nuevo que enviar a su viña. Para todos tenía su denario.

Pensamos en la vocación y la llamada que nos hace el Señor que puede ser a cualquier hora del día de nuestra vida, pero tenemos que pensar también en ese campo abierto que tenemos ante nosotros y en el que tenemos tanta semilla que sembrar. Un testimonio, una palabra, un gesto, una mano tendida hacia el otro lo podemos hacer o lo podemos dar en cualquier hora de nuestra vida.

Siempre hay en ti una buena semilla que sembrar, siempre hay la posibilidad de un campo abierto ante tu vida donde puedes realizar tu labor. No podemos andar con cobardías ni mezquindades, no nos podemos quedar en conservadurismos ni pasividades, no podemos ir enterrando talentos sin hacerlo fructificar, no podemos seguir parapetándonos tras nuestras comodidades que muchas veces son cobardías.

Lo hacemos por la gloria de Dios. Eso es lo importante. No nos podemos quedar en nuestros cálculos humanos para sacar nuestros rendimientos. No podemos andar con medidas ni contabilidades de lo que hemos hecho o dejado de hacer. Nuestro premio es el Señor. En sus manos nos ponemos con toda confianza porque ya es un gozo grande poder trabajar en la viña del Señor. Y el Señor sigue confiando en nosotros.

domingo, 20 de septiembre de 2020

La verdadera riqueza de las personas no está en lo material que acumulamos sino en la generosidad con que nos damos compartiéndonos a nosotros mismos

 


La verdadera riqueza de las personas no está en lo material que acumulamos sino en la generosidad con que nos damos compartiéndonos a nosotros mismos

Isaías 55, 6-9; Sal 144; Filipenses 1, 20c-24. 27ª; Mateo 20, 1-16

Todos trabajamos por algo. Cuando terminamos nuestra jornada queremos llevarnos a casa el fruto de nuestro trabajo con el que cubrir nuestras necesidades; jornal suele llamarse a esa ganancia que hemos tenido con nuestro esfuerzo y con nuestro trabajo de la jornada. Es cierto que los sistemas de pago suelen ser hoy de otra manera, pero todos queremos recibir el fruto del trabajo que realizamos. Pero ¿realmente todo lo hacemos por ese interés material o pecuniario o en la vida hacemos otras cosas no solo desde esos intereses económicos?

Hoy nos propone Jesús una parábola que creo que podría hacernos pensar en esos intereses, esas ganancias o esa riqueza de la vida que va más allá de lo material porque hay otros valores que engrandecen a la persona y son la verdadera riqueza de su vida. La parábola en si misma habla de algo tan normal como que un propietario que necesita jornaleros que trabajen en su vida, va a la plaza en la mañana, pero nos dice también en otras horas del día, incluso hasta el atardecer, a contratar quien vaya a trabajar en sus campos. Ha quedado con ellos en un denario y al final del día paga a sus trabajadores el denario convenido.

Pero es aquí donde está la paradoja de la parábola y donde tenemos que saber encontrar el mensaje que Jesús quiere transmitirnos. A todos ha pagado por igual, tanto los que comenzaron en la mañana, como los que llegaron a trabajar cuando casi caía la tarde, lo que va a motivar la protesta de los que trabajaron desde la mañana aunque con ellos había quedado en ese precio. No pretende la parábola darnos lecciones de justicia social o laboral, en eso realmente no entra. Lo que pretende es presentarnos la figura de aquel hombre que tiene otros valores, que no es el buscar más o menos el rendimiento en este caso de su dinero en el trabajo realizado por aquellos jornaleros sino mostrarnos la generosidad de su corazón.

Ya nos está manifestando unos valores humanos muy ricos en esa búsqueda de trabajadores en la plaza donde sabe que hay gente que está sin hacer nada y que necesita trabajar; no importa que sea a hora temprana, a media mañana o al caer la tarde. Allí hay gente con necesidad de trabajar que nadie ha contratado, como le responden cuando les pregunta que como es así que han estado todo el día mano sobre mano sin hacer nada. ‘Nadie nos ha contratado’, le responden y él los manda a su viña. ¿Le mueve solamente el sacar el trabajo adelante o hay un interés por la persona y por aquellos que están allí en su necesidad sin hacer nada?

Creo que esto tendría que hacernos pensar en el uso que nosotros hacemos de nuestros bienes, en cómo nosotros seríamos capaces de contribuir con lo nuestro y con nuestra generosidad a hacer algo bueno por los demás. Cuando medito en esta parábola siempre recuerdo la confidencia que me hacía en una ocasión un empresario que me decía que realmente él no tenía necesidad de volverse loco con nuevos proyectos o empresas, pero que lo hacía pensando en la gente a la que podía dar trabajo con eso nuevo que emprendía.

La parábola quiere ayudarnos a comprender la grandeza del corazón humano cuando lo llenamos de generosidad y somos capaces de pensar en los demás, cuando no nos encerramos en nosotros mismos y en nuestros propios intereses y ganancias y somos capaces de pensar que con lo que somos podemos contribuir mucho a hacer más felices a las personas que están a nuestro lado. Son esas personas generosas, altruistas, que dedican su tiempo, que desarrollan sus valores y cualidades, que son capaces de comprometerse para poner su granito de arena en hacer que ese mundo que les rodea sea cada día mejor.

Quizá esa salida de aquel propietario a la plaza en las distintas horas del día para buscar jornaleros para su viña sea una interpelación que se nos está haciendo preguntándonos qué es lo que hacemos con los brazos cruzados sin hacer nada. Ya sé que siempre nos escudamos en que no tenemos tiempo, que tenemos nuestras responsabilidades y cosas que hacer, que tenemos que atender a nuestras cosas o nuestras familias, que también tenemos nuestras aficiones, pero muchas veces son pantallas tras las que queremos ocultarnos para rehuir el compromiso.

Lo que necesitamos es querer, despertar de ese letargo en que nos adormilamos en nuestras rutinas, o levantarnos de esos miedos que nos paralizan. Serían tantas las cosas hermosas que podríamos realizar con lo que haríamos resplandecer nuestros valores, y con lo que lograríamos un mundo mejor y con gente más feliz. Que la verdadera riqueza de las personas no está en los bienes materiales que acumulemos sino en la generosidad con que nos damos por los demás compartiendo no solo nuestras cosas sino compartiéndonos a nosotros mismos.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Ante el regalo de Dios que nos llama en las distintas horas de la jornada de la vida y nos regala siempre su amor hemos de estar agradecidos


Ante el regalo de Dios que nos llama en las distintas horas de la jornada de la vida y nos regala siempre su amor hemos de estar agradecidos

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20,1-16
Hay personas que parece que tienen siempre la sospecha y la desconfianza detrás de la oreja; están prontos para juzgar intenciones de la gente viendo cosas ocultas que quizá no haya, pero que seguramente es lo que llevan en su corazón y no soportan la bondad o las cosas buenas que puedan hacer los demás; como decimos están siempre con la sospecha de los intereses que pudiera haber detrás.
Cuesta tener una convivencia pacífica con personas que están siempre con la sospecha y el juicio condenatorio, incluso de aquellas cosas buenas que puedan ver en los otros; no se tiene confianza, comienzan las reservas, se crean distanciamientos y a la larga así no se puede convivir. Parece que están siempre con la vara de medir en la mano y a la larga también los hace inaguantables.
¿Por qué tienes que juzgar si yo quiero ser bueno con todos por igual? Algo así le responde el dueño de la finca de la parábola a aquel que andaba por allá murmurando y protestando. Aquel buen hombre había salido de mañana, pero lo había hecho también luego en distintas horas del día, a la plaza a buscar jornaleros para su viña. No tuvo suficiente con los conseguidos a primera hora y por eso volvió en distintas horas del día siempre encontrando gente desocupada que no había encontrado quien los llamara a trabajar. A todos los envió a trabajar en su finca. Ya a primera hora había ajustado lo que les iba a pagar y como a todos al final les pagó por igual es cuando surgen las murmuraciones y desconfianzas.
Muchas enseñanzas podemos deducir esta parábola para el camino de nuestra vida. Dios cada día nos ofrece una oportunidad con la vida misma a la que le hemos de dar un valor y un sentido con lo que hagamos y con la manera de hacerlo. Ese trabajo en el que realizamos nuestra vida no lo podemos ver como una carga pesada sino como una oportunidad de creación. En lo que hacemos vamos dejando nuestra impronta, nuestro ser; con el trabajo nos realizamos como personas y nos dignificamos; con el trabajo nos abrimos a los demás y al mundo que nos rodea porque además podríamos decir que estamos siendo como una prolongación de la obra de Dios creador que la puesto en nuestras manos para que continuemos realizando esa tarea de creación.
Ante el regalo de Dios tenemos que saber ser agradecidos. Si es regalo es gracia, no es merecido por nuestra parte sino que es don del amor que Dios nos tiene. Tenemos que descubrir esos regalos de Dios en nuestra vida que nos llegan de tantas maneras. Nos creemos tan merecedores que no somos capaces de valorar la gratuidad del amor que Dios nos tiene para que aprendamos también a responder con amor.
Con esa misma generosidad también tenemos que ir repartiendo amor, arrancando de nosotros tantas desconfianzas que como malas cizañas crecen tantas veces en nuestro corazón. Hemos de saber regalar ese fruto bueno de la amistad, de la confianza, del aprecio, de la valoración también siempre de lo bueno que vemos en los demás. Si vamos con un corazón lleno de amor sabremos descubrir también el amor y las cosas buenas de los demás y lejos de nosotros estarán los recelos y las envidias, siempre estaremos con la mano tendida ofreciendo nuestra confianza y nuestra amistad. Qué bella sería la vida si fuéramos capaces de entender y de vivirla así.

miércoles, 22 de agosto de 2018

No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale



No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale

Ezequiel 34,1-11; Sal 22; Mateo 20,1-16

Siempre nos creemos merecedores de todo, nos creemos merecedores de algo mejor; no estamos contentos con lo que recibimos, no estamos contentos con la valoración que los demás hacen de nosotros; de alguna manera parece que nos sentimos injustamente tratados porque no nos tienen en cuenta como nosotros quisiéramos, no tienen en cuenta nuestras valores. Y aparece algo de vanidad, mucho también de orgullo, y vienen desavenencias y desconfianzas, surge la destructiva envidia.
Hoy se nos habla mucho de la autoestima, y está bien. Claro que tenemos que valorarnos, empezando por saber descubrir bien cuales son nuestros valores, nuestras cualidades, aquellas posibilidades que tenemos en la vida y desarrollarlo. Pero esa autoestima no está reñida con la sencillez y la humildad; esa autoestima no está en autocomplacencias y autosuficiencias que nos pudieran llevar a pedestales con los que queremos destronar a los demás. Nuestra autoestima no tiene por qué minusvalorar lo que son los otros, sino todo lo contrario tenerlos muy en cuenta, porque tendríamos que ser colaboradores los unos con los otros para hacer mejor las cosas, para hacer mejor nuestro mundo.
Pareciera que hay un conflicto de intereses entre la autoestima y la humildad, pero tendría que ser todo lo contrario. Humildad no es ponernos a menos, sino reconocer lo que en verdad somos, para valorar también lo que son los demás. La humildad no es autodestruirnos ni mucho menos, sino saber actuar calladamente sin aspavientos con aquello que somos, con lo que son nuestros valores y posibilidades. Autoestima no es darnos auto bombo, y en eso hay muchos que se confunden, porque lo que hacen es llenarse de vanidad y tratar de inflarse tanto que al final revientan en la realidad de lo que somos.
Me ha surgido toda esta reflexión sobre realidades de la vida, de lo que somos o de lo que algunas veces queremos aparentar, por abajo o por arriba, da igual, porque siempre puede ser vanidad, desde el pasaje del evangelio que hoy se nos propone. Pudiera parecernos que el evangelio quiere hablarnos de otras cosas, de que somos llamados a trabajar en la vida en cualquier momento o en cualquier circunstancia y hemos de estar siempre disponibles a escuchar esa llamada, pero me ha hecho pensar en todo esto lo que vemos al final de la parábola en la actitud exigente y displicente de los que protestan aunque le han dado justamente lo que habían acordado.
No pudieron resistirse aquellos obreros de la primera hora a compararse con los demás o con el trabajo que los otros habían hecho. Pero no eran capaces de apreciar la generosidad del dueño de la viña que en su corazón misericordioso quiso también valorar el trabajo de los que aparentemente habían hecho menos, habían hecho poco porque llegaron a última hora, pero con quienes quería ser generoso aquel buen hombre, quizá pensando en las necesidades que pudiera haber detrás y ocultas para la mayoría.
No podemos andar juzgando la generosidad del corazón de los otros; no podemos andar por la vida siempre haciéndonos comparaciones de los unos y los otros; no todos han tenido quizá las mismas oportunidades porque así es la realidad de la vida, pero con todos hemos de saber ser generosos no permitiendo que nos corroa por dentro la envidia o el amor propio herido. Cuidado con los pedestales a los que nos subamos.
Valorarnos, sí, tener nuestra propia autoestima, está bien, pero saber ir por la vida con sencillez y con humildad, poniendo siempre generosidad en nuestro corazón para saber valorar a los demás, ayudarlos a levantarse de momentos oscuros o de hundimiento por los que puedan estar pasando por la vida.

domingo, 24 de septiembre de 2017

El amor y la generosidad nos desconciertan pero no olvidemos que nuestras obras de amor tienen que signos provocadores de una nueva humanidad

El amor y la generosidad nos desconciertan pero no olvidemos que nuestras obras de amor tienen que signos provocadores de una nueva humanidad

Isaías 55,6-9; Sal 141; Filipenses 1, 20c-24. 27; Mateo 20, 1-16
En un mundo en que parece que cada uno va a lo suyo y nos encontramos con tantos que no se preocupan de los demás sino solo de sus intereses, y a lo sumo de las personas que caen bajo sus responsabilidad, nos desconcierta el encontrarnos con personas generosas que hasta se olvidan de si mismos en su deseo de ayudar y de compartir lo que tienen y lo que son con los demás.
No es solo ya el preocuparse de actuar de manera justa haciendo que cada uno tenga lo que en justicia se le debe, sino que van más allá en su generosidad. Personas desprendidas, que no miran por sus ganancias, que hacen suyo el sufrimiento de los demás, que no puede permitir desde la sinceridad de su conciencia que alguien pueda estar pasando necesidad si está de su parte ayudarle. Algunos lo llaman altruismo, o lo llamamos también solidaridad, pero todo es fruto del amor.
Y aunque algunas veces no lo veamos o no lo queramos ver hay muchas personas así en el mundo y que son los que realmente lo están haciendo mejor. Pero encontrarnos con personas así nos desconcierta cuando quizá sentimos en nuestro interior muchos ramalazos de egoísmo y cuando nos dicen que la caridad empieza por uno mismo. Es cierto que tenemos que amarnos porque de lo contrario no seriamos capaces de amar a los demás, pero la generosidad del que se olvida de sí mismo pensando siempre en los demás muchas veces nos deja descolocados.
Yo creo que, entre otros muchos mensajes que podríamos aprender de la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio, el sentido de la misma va por ese camino. Es la generosidad de aquel hombre que no solo se preocupó de que tuvieran trabajo – lo que es un acto también de justicia – aquellos obreros desocupados a cualquier hora del día que los encontrara en la plaza, sino el hecho de darle igualmente el salario digno para aquellas personas fuera la hora en que hubieran comenzado a trabajar. ‘¿Es que vas a tener envidia porque yo soy bueno?’, le responde a aquellos que le dicen que no es justo que les dé a todos igual, cuando les está dando lo que en justicia había contratado con ellos.
Son los caminos de Dios que muchas veces nos cuesta comprender. Ya nos decía en el texto de Isaías que nuestros caminos no son sus caminos y nuestros planes no son sus planes. Los planes y los caminos de Dios nos superan, y nos superan precisamente desde el amor. Es el Señor compasivo y misericordioso que tantas veces hemos escuchado en la Biblia y repetido con nuestros salmos.
Es el camino de la misericordia que tanto nos cuesta comprender y vivir. Es muy fácil emplear la palabra misericordia, pero ser misericordioso de verdad desde el corazón ya no lo es tanto. Pensamos en la justicia, pensamos en que lo pague el que lo hizo, y ponemos nuestros ‘peros’ y nuestras trabas para ser verdaderamente compasivos con los demás de manera que obremos con auténtica misericordia porque pongamos amor de verdad en el corazón y con ese amor seamos capaces de mirar al que ha errado o al pecador que ha hecho mal.
Cuantas veces habremos contrapuesto el amor, la caridad y la justicia preguntándonos cuál es más principal o más importante. No están reñidos el amor y la justicia ni mucho menos, pero el amor va mucho más allá cuando se nos ofrece la misericordia del perdón, la generosidad del que da más de lo que incluso en justicia merecemos, porque nos hace entrar en la plenitud de Dios que es Amor.
Si Dios es misericordioso y nos perdona, por qué nosotros los hombres tenemos que poner penitencias y reparaciones que lo que hacen es marcar con nuevos pesos en su conciencia al que ha hecho mal y se ha arrepentido. Ya nos enseña Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre es compasivo. Y ese es el camino de la perfección que nos propone.
Es el camino que hemos de aprender a vivir. Ya sé que esas cosas nos desconciertan como decíamos al principio porque quizá nuestra mirada turbia muchas veces nos hace sentirnos incapaces de actuar con esa generosidad; pero entrar en esa órbita del amor y de la generosidad, no nos hace olvidar la justicia, por supuesto, pero es que nos está regalando algo más de lo que ya en justicia merece toda la dignidad del hombre porque el amor nos está elevando a un estadio superior.
¿Seremos capaces de actuar siempre de esa generosidad? Probemos a poner mucho amor en el corazón, ese amor que nos hace respetar y valorar a toda persona, a reconocer su dignidad, a procurar siempre el bien, a buscar que toda persona pueda ser feliz porque se sienta amado y se sienta regalado con nuestro amor. Eso lo podremos hacer siempre con la fuerza del Espíritu del Señor que anima nuestra vida.
No olvidemos que siempre hemos de dar testimonio del amor pero es que nuestras obras de generosidad han de ser signos provocadores que nos recuerden que podemos hacer entre todos una nueva humanidad.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Apreciemos lo que es el don gratuito del amor que Dios nos tiene y correspondamos nosotros responsablemente con un amor semejante

Apreciemos lo que es el don gratuito del amor que Dios nos tiene y correspondamos nosotros responsablemente con un amor semejante

Ezequiel 34,1-11; Sal 22; Mateo 20,1-16

Hay gente que se extraña de que algo pueda ser gratuito. Estamos tan acostumbrados a pagar por todo que cuando viene alguien y nos regala algo sin saber nosotros por qué lo hace, entramos en desconfianzas, hay algunos que incluso no lo quieren aceptar, o buscamos la manera de pagárselo de algún modo. ¿Es que a todo tenemos que ponerle precio? ¿Es que no sabemos hacer nada de forma gratuita? ¿Nos humilla quizá el que alguien pueda regalarnos algo sin que nosotros hayamos hecho algo para merecerlo? Parece que tenemos que sentirnos obligados a pagarlo de algún modo cuando se nos ofrece algo gratuito.
Esto que nos sucede muchas veces en lo que son nuestras relaciones humanas, pareciera que tiene que ser una medida o una forma de actuar también en nuestra relación con Dios. El amor que Dios nos tiene es gracia, es algo gratuito, porque fue El quien nos amó primero. Así ya nos lo dice san Juan en sus cartas. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero’, nos viene a decir.
Pero nosotros parece que aun queremos ir como acumulando cosas buenas que hagamos para luego exigirle a Dios que nos ame y nos de su salvación. Acumulamos rosarios, acumulamos misas, acumulamos rezos y novenas, acumulamos y pareciera que quisiéramos llevar una contabilidad de todas las cosas buenas que hemos hecho para decir que merecemos la salvación. ‘Es que yo he hecho tantas cosas buenas…’ nos decimos, y estamos pensando quizá que puesto más alto o más bajo vamos a tener en el cielo según todas esas cosas que hayamos hecho. Olvidamos una cosa. La salvación nos la ganó Jesús, que fue el que se entregó y murió por nosotros para nuestra salvación. La salvación es gracia.
Todo esto me lo hace pensar la parábola que escuchamos hoy en el evangelio. Aquellos trabajadores que fueron llamados a distintas hora a trabajar en la viña. Al final del día todos recibieron un denario, aunque los primeros protestaron porque creían que merecían más porque habían estado todo el día; pero lo ajustado era un denario y un denario recibieron. Y nos quiere manifestar lo que es la bondad y el corazón misericordioso de Dios que nos ofrece su salvación; unos responderán a una hora, otros son llamados en otras horas que quizá nos pudieran parecer tardías, pero lo importante era la respuesta. A todos aquellos que respondieron se les dio el denario, signo de nuestra salvación. Como decíamos, no podemos andar contabilizando cosas para decir que merecemos más o menos, lo importante es la respuesta, y la respuesta fiel y llena de amor, porque lo demás es gracia, es regalo gratuito de Dios que así no ofrece la salvación.
No podemos decir que si no tenemos esas contabilidades a lo humano nos faltará estimulo. Es que estamos hablando de amor, y el amor siempre es un gracia, el amor siempre es gratuito, el amor es algo que ofrecemos desde lo más hondo de nosotros mismos porque queremos, porque queremos amar, porque queremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos. Por eso no nos puede faltar responsabilidad en nuestra vida para desarrollar todos nuestros valores, todas nuestras capacidades, porque además con ello estamos contribuyendo también al bien de ese mundo en el que vivimos.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Tenemos que ser por el testimonio de nuestro amor signos para los demás que les llamen a contribuir a la construcción del Reino

Tenemos que ser por el testimonio de nuestro amor signos para los demás que les llamen a contribuir a la construcción del Reino

 Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20,1-16
La parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio suele llamarse la de los obreros llamados o enviados la viña, pero ¿por qué no llamarla la parábola del dueño generoso? Creo que por ahí va el gran mensaje de esta parábola, su mensaje principal. Es la gratuidad del amor con que Dios nos ama. Y la salvación y la vida eterna que nos ofrece es un regalo de su amor. No nos salvan nuestras buenas obras, sino el amor gratuito y generoso de Dios. Un amor es cierto al que hemos de responder con nuestro amor.
Tenemos la tentación de ponernos a llevar una contabilidad de las cosas buenas que hacemos y poco menos que queremos llevar un libro de cuentas de nuestros méritos; es que somos muy humanos y demasiado en nuestras relaciones humanas andamos midiendo lo que hacemos y no siempre nuestras mutuas relaciones se basan en la gratuidad y la generosidad. El Señor nos va llamando en las distintas épocas de nuestra vida y hemos de ir dando respuestas de amor a esas llamadas del amor de Dios. Malo es, por otra parte, que nos pongamos a hacer comparaciones con nuestros hermanos de si hacemos más o hacen menos en esas tareas del amor.
La parábola habla de los jornaleros llamados a trabajar en la viña en las distintas horas del día. Agradecidos a Dios tendríamos que estar si somos de los llamados a primera hora y hemos sido capaces de mantenernos en fidelidad en todo momento a pesar del bochorno y de los agobios de la vida. Hemos de aprender a valorar con generosidad de corazón la respuesta que los demás puedan ir dando a esa llamada del Señor en la hora en que, por así decirlo, les haya tocado esa llamada. Contentos hemos de sentirnos amados por ese amor que Dios nos tiene y porque quiere contar con nosotros a pesar de que muchas veces tardamos en darle respuesta.
Hemos de pensar cada uno en ese lugar que el designio de Dios ocupamos en el campo del Reino de Dios; cada uno con sus valores y cualidades, sintiendo el regalo de gracia del Señor hemos de ir sabiendo trabajar en su viña. No todos ocupamos el mismo lugar ni tenemos las mismas responsabilidades, pero sí todos hemos de dar gloria al Señor con nuestro trabajo, hemos de contribuir al crecimiento del Reino de Dios en medio de nuestro mundo.
De alguna manera también hemos de convertirnos en signos para los demás que puedan hacerles descubrir esa llamada amorosa de Dios. El testimonio de nuestra vida, de nuestra entrega, de nuestro compromiso de amor ha de ser signo de ese amor de Dios, puede ser llamada del Señor para los demás. De ninguna manera podemos sentirnos recelosos del trabajo que el Señor a otros pueda confiar, sino que más bien hemos de ser estimulo, aliciente para los otros. Quizá podemos contribuir a que otros descubran esos valores, se abran a esos designios de Dios, lleguen a desarrollar todas esas cualidades que adornan su vida y siempre y en todo buscando la gloria del Señor.
Demos gracias a Dios que quiere contar con nosotros en los trabajos de su viña, en los trabajos de la construcción del Reino de Dios en nuestro mundo.