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domingo, 23 de agosto de 2026

A pesar de nuestros miedos y cobardías tenemos que definirnos por Jesús porque El además sigue confiando en nosotros para seguir sembrando la semilla del Reino

 




A pesar de nuestros miedos y cobardías tenemos que definirnos por Jesús porque El además sigue confiando en nosotros para seguir sembrando la semilla del Reino

Isaías 22, 19-23; Salmo 137; Romanos 11, 33-36; Mateo 16, 13-20

No siempre es fácil definirnos en la vida, porque las cosas son más complejas que lo que aparentemente se nos pueden ofrecer y nos entran nuestros miedos, nuestras personales consideraciones si lo que vamos a decir cae bien a todos, las influencias que recibimos de lo que nos rodea o de quienes dirigirnos en una dirección determinada según los intereses de cada uno. Decimos, es verdad, que somos libres y que cada uno tiene su opinión y se expresa como quiere, pero quizás no siempre actúa con esa auténtica libertad porque son muchas las presiones que puede también recibir en un sentido o en otro; también está nuestra propia debilidad o nuestra poca madurez para tener ideas claras, para hacer opciones que puedan comprometer nuestra vida. Definirnos sobre algo es bastante complejo en muchas ocasiones.

¿Será eso lo que de alguna manera les está planteando Jesús? Ya llevan un tiempo con él en una cercanía que otros no tienen, un día habían optado por seguir a Jesús, tras la invitación del propio Jesús o desde inquietudes que sentían en su corazón. Algo podían ellos ir sintiendo ya dentro de sí sobre lo que Jesús estaba significando en medio del pueblo y para sus propias vidas; veían también las respuestas diversas que se iban dando al mensaje de Jesús, desde quienes se entusiasmaban con sus palabras o con los signos que realizaba hasta lo que hacían oposición frontal al mensaje de Jesús desde sus distintas posiciones, en algunos casos muy interesadas. Y entonces surge la pregunta de Jesús.

Están ya un poco fuera del territorio palestino porque están en la región de Cesarea de Filipo, muy al norte, en el nacimiento del Jordán y en las fronteras con Fenicia. A Jesús les gustaba llevar a los discípulos más cercanos a lugares apartados donde no hubiera tanta presión de la gente que los seguía y no les daba tiempo ni para comer, como en algún momento se dice, y es ahí donde los cuestiona.

Primero que manifiesten lo que ellos escuchan que la gente piensa de Jesús. Una pregunta más fácil de responder porque se trata de hacer como se dice ahora una lluvia de ideas recogiendo las opiniones que conocían de la gente. ‘¿Quien dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Un profeta como no lo ha habido nunca igual, vienen a decirle, porque recuerdan a los antiguos profetas, o recuerdan a Juan que recientemente había aparecido en las orillas del Jordán, del que algunos de ellos habían sido también discípulos.

Pero Jesús no se quiere quedar en esas generalidades y la pregunta va directa a lo que ellos puedan pensar. ‘Y vosotros, ¿quien pensáis que soy yo?’ La respuesta no surge ahora tan espontánea; podemos imaginar como se miran los unos a los otros a ver quien es el primero que se atreve a hablar. Y será Simón Pedro el que se adelantó tomando la iniciativa y poco menos que la representación del pensamiento de todos. ‘Tú eres el Mesías, el ungido de Dios, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Una profunda afirmación de fe que incluso Jesús le dirá que no lo está diciendo por si mismo, sino porque el Padre se lo ha revelado en su corazón. Una profunda afirmación de fe que va a provocar una promesa de Jesús, porque ahí está la roca sobre la que se va a fundamentar la Iglesia, esa nueva familia de los hijos de Dios que se está constituyendo en la medida en que se va haciendo más presente el Reino de Dios. ‘Eres la roca sobre la que edificaré mi Iglesia y el poder del maligno no podrá contra ella… en tus manos están las llaves del Reino, en torno a esta roca se va a formar, se va a entrelazar una nueva unión, una nueva comunión…’

Son cosas muy importantes las que aquí escuchamos, es el comienzo de algo nuevo como nueva tiene que ser nuestra vida desde ese encuentro vivo con Jesús. Aquí estamos proclamando lo que es nuestra fe, pero también lo que tiene que ser nuestro camino de ahora en adelante. Aquí al proclamar nuestra fe nos estamos manifestando también con humildad porque solo desde la fuerza del Espíritu de Dios en nuestro corazón. podremos proclamarla y podremos vivirla.

Cambien tenemos nuestros miedos y nuestras dudas, también rebrotarán muchas veces nuestras cobardías y nuestros tropiezos, como Pedro a quien vemos hoy haciendo esta hermosa confesión de fe; pero es el Pedro que quería quitarle de la cabeza a Jesús la idea de su subida a Jerusalén con todo lo que allí podría suceder; es el Pedro que se siente pequeño y pecador cuando ve las maravillas de Dios que se realizan en Jesús como cuando la pesca milagrosa; es el Pedro que en un momento querrá utilizar las mismas armas del mundo para defender a Jesús como cuando sacó la espada de la violencia en el Huerto de los Olivos; el Pedro que se había quedado dormido cuando Jesús los invitaba a la vigilancia; el Pedro que se quedaba extasiado en los momentos de gloria, pero que recularía cuando alguien le dijera que él también era de los que estaban con Jesús.

Son también nuestros miedos y nuestras dudas, nuestras debilidades y nuestras tibiezas, pero los que tenemos que tenemos que seguir confiando en Jesús, dejándonos conducir por su Espíritu, poniendo todo nuestro empeño en seguir sembrando en los surcos de la vida esa nueva semilla del amor. Jesús quiere seguir confiando en nosotros, ¿qué respuesta le damos? ¿Llegaremos nosotros a definirnos por Jesús y por el evangelio?


lunes, 10 de agosto de 2026

No seamos una fruta que nos guardamos para nosotros mismos sino generosamente sembremos la semilla que generará abundantes frutos de vida

 


No seamos una fruta que nos guardamos para nosotros mismos sino generosamente sembremos la semilla que generará abundantes frutos de vida

2 Corintios 9, 6-10; Salmo 111; Juan 12, 24-26

Supongamos que alguien ha tenido especial cuidado en cultivar una planta porque quería sacar un fruto maravilloso que poco menos que fuese único; lo ha logrado aquel fruto es la joya de su corona, y como todo fruto tiene una semilla en su corazón; pero quiere conservar ese fruto, guardarlo como signo y señal de su trabajo, dedicación y esfuerzo.

Claro aquel fruto podría ser alimentación de alguien y como todo alimento produce vida; o la semilla de aquel fruto podría sembrarse de nuevo que se multiplicaría en nuevos frutos generadores de mucha vida; pero aquel de quien estamos hablando no quiere ni una cosa, ni otra, solo guardar su fruto como perenne testimonio de su esfuerzo y llamarla así sabiduría; pero sabemos en lo terminan unos frutos a los que no dejamos que de una forma o de otra sean transmisores de vida; se pudrirá y secará, nadie tendrá beneficio de vida porque a nadie alimentará y perderá todo su sentido y valor.

¿Podría ser así nuestra vida? ¿Nos podrá suceder algo así que por el sentido que le hayamos dado a nuestra vida al final quedemos sin ningún fruto de vida? ¿Nos queremos guardar tanto que al final no somos generadores de ninguna vida? ‘El que se ama a si mismo, se pierde’, nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Nos amamos tanto que no queremos gastarnos y al final podremos ser un adorno muy bonito pero nos hemos perdido porque hemos perdido el sentido de nuestro vivir que es dar vida.

Nos habla Jesús de la semilla sembrada en tierra para que sea fecunda. ‘En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Es lo que vemos en Jesús y con ello encontramos el significado de pasión y de su muerte; es lo que nos está enseñando que tiene que ser nuestra vida. Por eso o podemos guardarnos para nosotros mismos; por eso nuestro auténtico testimonio es el del servicio, el de la entrega, el de amor con todo el sentido del amor verdadero.

Algunas veces lo olvidamos o nos confundimos; amamos porque nos sentimos complacidos con alguien que hace algo por nosotros, pero no somos los que hemos tomado la iniciativa de comenzar a darnos, de poner generosidad en nuestra vida, de olvidarnos de los beneficios que podamos obtener porque lo importante es lo que yo pueda enriquecer a los demás. Algunas veces decimos que amamos, pero en el fondo somos unos profundos egoístas, porque no prima el desinterés, el altruismo verdadero, la generosidad sin esperar nada a cambio.

Hoy la liturgia nos ha propuesto este texto del evangelio cuando estamos celebrando a san Lorenzo mártir. Al pensar en san Lorenzo siempre nos acordamos de la parrilla donde fue quemado en su martirio, pero el martirio de san Lorenzo fue mucho más allá de eso. Mártir significa testigo, y es lo que no podemos olvidar, su testimonio pasaba por la generosidad. Era diácono de la Iglesia de Roma con el Papa Sixto III y como tal era el encargado de ejercer la caridad en nombre de la Iglesia con los pobres y necesitados, alimentándolos en sus necesidades. Y ese fue su testimonio grande de fe y de amor, que le llevaría luego al martirio dando su vida quemado en la hoguera porque un día había dicho que la riqueza de la Iglesia eran los pobres a los que alimentaba.

La generosidad desde el amor era el sentido de su vida y su testimonio que lo hacía testigo de una fe que envolvía y empapaba toda su vida. ‘Y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’, como nos diría Jesús en lo que hemos escuchado hoy del evangelio. Y generosidad es olvidarse de si mismo para pensar en el otro, para regalar amor. Y la generosidad, dice san Pablo, produce frutos en quien es generoso. Y lo es en la medida de esa generosidad. La generosidad beneficia, pues, tanto al que recibe la ayuda, como al que la ofrece. La generosidad es desprenderse de la semilla para recibir el premio de la cosecha, que multiplica el valor de la semilla.

La generosidad no se guarda nada para si mismo. Nos estará hablando de la grandeza de nuestro espíritu porque es exigencia y consecuencia de nuestra condición humana, de ese sentido social de todo ser humano: algo, pues, esencial al género humano de manera que nos atrevemos a afirmar que no ser generoso nos hace inhumanos. Por eso nos decía san Pablo: ‘El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará’.


lunes, 27 de julio de 2026

Una semilla que nos parece insignificante que germina en silencio y nos dará hermosa planta con sus frutos, así en nuestra vida hemos de hacer germinar nuestros valores

 


Una semilla que nos parece insignificante que germina en silencio y nos dará hermosa planta con sus frutos, así en nuestra vida hemos de hacer germinar nuestros valores

Jeremías 13, 1-11; Salmo : Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 13, 31-35

¿Tú crees que con esa mezquindad o esa menudencia vas a poder conseguir algo que sea verdaderamente importante? Le decimos a quien viene con ilusión por hacer algo pero los medios de los que dispone parecen ridículos porque consideramos que con esos medios no va a poder llegar a ninguna parte. O es lo que pensamos de nosotros mismos cuando nos confían una misión que parece que se sale de nuestras posibilidades porque nos sentimos pobres de medios y pequeños, porque quizás pensamos que para eso no valemos y que entonces no merece la pena ni intentarlo. Pensamos que para hacer algo importante nosotros tenemos que considerarnos unos genios, pero vemos que no lo somos, o que necesitamos grandes medios para lograrlo. Así nos descartamos a nosotros mismos, porque no nos valoramos, como comenzamos también a descartar a otros o descartar proyectos que nos parece que no valen la pena.

¿Es así cómo tenemos que pensar o es la manera de actuar en lo que tenemos entre manos? Somos tan insignificantes, pensamos, que ni quisiera nos atrevemos a imaginar las posibilidades que tendríamos de llevar adelante cosas que realmente merezcan la pena. Pero hoy Jesús en el evangelio nos da una lección.

Sigue hablándonos Jesús en parábolas para que entendamos lo que es el Reino de Dios pero también para que lleguemos a comprender lo que de nuestra parte podemos hacer pero al mismo tiempo otro misterio de gracia para poder realizarlo. Vayamos por partes. Nos habla Jesús por un lado de una semilla tan insignificante como la mostaza, o de ese pequeño puñado de levadura que mezclamos con la masa y que se va a diluir de tal manera que al final ni lo vemos pero que va a fermentar la masa. La insignificante semilla de la mostaza que nos puede dar una planta bien frondosa y con gran diferencia entre el tamaño de la semilla y de la planta que luego va a surgir. Como dice Jesús hasta los pájaros podrán anidar entre sus ramas. ¿Tenemos que descarta esa semilla por lo insignificante? Cualquier semilla que vayamos a sembrar siempre será algo menudo que se nos escurre entre los dedos pero que tiene la virtualidad de que al germinar nos puede dar una hermosa planta en la que se multiplicarán los frutos.

Creo que el mensaje que nos quiere dar Jesús es bien significativo de cara a nuestra propia vida y lo que nosotros nos valoramos a nosotros mismos o en referencia a las obras que hemos de emprender que siempre comenzarán por lo pequeño, muchas veces ocultándolas como cimientos bajo tierra que los ojos no verán pero de donde podremos conseguir obras maravillosas y de gran valor. ¿Podemos decir entonces que nosotros no valemos, que somos poca cosa y en consecuencia que no nos atrevemos a comprometernos a algo nuevo y distinto? Tu pequeño grano de arena se puede convertir en un elemento fuerte que dé cimiento a lo que hemos de emprender.

Pero hablábamos también de enterrar como se entierra un cimiento o como se entierra una simiente, una semilla; allí en lo oculto va a germinar sin que nosotros sepamos como ni veamos quizás ese proceso. Allí en lo secreto de la masa con la que se ha mezclado la levadura surgirá la fermentación necesaria en ese proceso de darnos un buen pan. Misterio, podíamos decir, de lo secreto y de lo escondido, que ya no depende del sembrador o de quien amasa la harina. Es su proceso de germinación o de fermentación que no depende ni del sembrador ni de quien realiza el amasijo.

¿No podemos pensar en ese actuar del Espíritu divino que va a dar consistencia a aquello que emprendemos y con admiración muchas veces de nuestra parte porque no nos creíamos capaces de ello van a surgir obras maravillosas? Como creyentes que somos hemos de saber reconocer ese actuar de Dios y dejarnos conducir por El; está es cierto nuestra responsabilidad que manifestaremos en nuestra disposición y en nuestro arrojo y valentía para aceptar una responsabilidad que nos confían, para emprender una tarea que vemos con esperanza cuanto bien va a producir. No nos queremos apoyar en nuestro orgullo personal, aunque aceptamos nuestra responsabilidad y ponemos de nuestra parte nuestra disponibilidad; dejemos que la gracia de Dios actúe en nosotros y se manifieste en aquello que intentamos hacer.

Y un proceso y otro se va realizando en lo oculto y en el silencio. No es necesario hacer ruido para realizarlo, solo al final va a sonar la melodía armoniosa de los frutos obtenidos; no tiene que gritar nuestro amor propio que se convierte en orgullo, sino que en el silencio de la humildad haremos que fructifiquen nuestras obras, porque a quien único tenemos que dar gloria es a Dios que nos confía tales tareas y pone tantas posibilidades en nuestras manos.

viernes, 24 de julio de 2026

Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 


Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 Jeremías 3, 14-17; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23

¿Dónde encontrar una tierra buena, una tierra perfecta, donde no se encuentre en su extensión pedruscos que rompan la uniformidad de su llanura, hierbas o zarzas que puedan surgir en medio de los sembrados, rincones más secanos que mermen la intensidad de vida de las plantas allí sembradas? Una tierra buena no es la que está totalmente exenta de cosas que impidan su cultivo, sino aquella tierra que se cultiva, que se labra, que se abona, que podríamos decir abre sus fauces para recibir la lluvia o cualquier humedad que ayude a su fecundidad. Es el agricultor el que prepara esa tierra para que sea buena, para que en ella podamos sembrar con la esperanza de alcanzar buenos frutos un día.

Hoy escuchamos el comentario y explicación que Jesús hace a petición de sus discípulos más cercanos de la parábola con que había hablado a la multitud. Y nos habla, sí, de esa tierra buena, pero no está dejando entrever que es una tierra que tenemos que preparar para que no se quede en un sequedal ni en una tierra infértil, para que no se deje envolver por esos abrojos ni ocultar por esos pedregales. Necesitará esfuerzo y trabajo, necesitará cuidado y preparación, necesitará una atención constante para evitar esos peligros que la puedan acechar.

Pero como bien nos da a entender Jesús en la explicación de la parábola está hablándonos de esas actitudes necesarias en nuestra vida como de esa apertura del corazón para acoger esa semilla de la Palabra de Dios que se siembra en nosotros. Es la tarea que nos queda por delante, es la tarea que tenemos que emprender; no es cuestión de destinos ni de cosas irremediables que suceden porque sí como si todo dependiera de una fatalidad. Está nuestra decisión tomada con libertad que dará nobleza a lo que hacemos, porque en ello ponemos nuestra voluntad para enfrentarnos a esas situaciones desagradables y encontrar soluciones a los imponderables que nos vayan apareciendo.

Pensamos, pues, en la tierra de nuestra vida y en la tierra de nuestro mundo, con lo que somos y con lo que hacemos, con lo que nos sentimos tentados a tomar caminos fáciles de simplemente dejarnos arrastrar o donde con voluntad firme emprendemos ese camino de esfuerzo y de superación. Muchas veces nos aparece también un mar de dudas, nos sentimos inseguros, creemos que no sabemos encontrar soluciones, nos sentimos turbados por tantas cosas dispares que suceden en nuestro entorno; malas hierbas que nos ahogan, que nos pueden quitar la voluntad, pedregales que nos hacen daño bajo nuestros pies pues queremos las cosas fáciles aunque no tengan raíces, aunque les falte sentido profundo a lo que hacemos y al final tenemos el peligro de quedarnos las manos vacías porque esos no eran los caminos que teníamos que escoger.

Tenemos que labrar bien la tierra de nuestra vida dándonos cuenta de qué es lo fundamental y lo esencial para no quedarnos en superficialidades, para no dejarnos encantar por esos cantos de sirena que nos ofrecen músicas placenteras pero que nos desviarán de nuestras metas y de los caminos auténticos que nos pueden llevar a alcanzarlas. Arrancamos rutinas y comodidades que no nos dejan salir del estar haciendo siempre lo mismo, arrancamos dudas y miedos que nos hacen sentirnos inseguros, arrancamos caprichos que nos hacen individualistas e insolidarios, arrancamos desconfianzas que nos impiden trabajar al unísono con los demás que quieren alcanzar las mismas metas que nosotros, arrancamos todos esos nubarrones que oscurecen la vida y nos hacen ver de forma turbia a los demás y cuanto nos rodea, arrancamos esas luces que nos parecen brillantes pero que al final son opacas de nuestros orgullos y de nuestro amor propio.

Es una buena tarea la que tenemos que realizar para preparar esa tierra buena, pero es la manera en que puedan florecer un día los frutos donde aparecerá más bondad en lo cotidiano, más generosidad gratuita, más capacidad de perdonar, más compromiso con los demás, especialmente con quienes más lo necesitan, más don de sí. Se van a generar más espacios de vida alrededor porque se construye comunidad, se contagia esperanza. Porque cuando la Palabra arraiga de verdad, no solo nos vuelve más humanos… humaniza el mundo y construye Reino.

¿Cómo cultivar nuestro corazón para que sea fértil? Cuidando una escucha real, con tiempos de silencio, profundidad y encuentro con Dios, meditando la Palabra, dejándonos cuestionar por ella, arrancando abrojos, revisando qué nos está comiendo por dentro, preocupaciones excesivas, egoísmos, estilos de vida poco solidarios, y haciendo camino de fe con otros, en comunidades que sean espacios de vida y crecimiento.


sábado, 18 de julio de 2026

Nuevas han de ser nuestras actitudes en la construcción de un mundo nuevo según los valores del Reino de Dios no apagando la mecha humeante de lo bueno de cada persona

 


Nuevas han de ser nuestras actitudes en la construcción de un mundo nuevo según los valores del Reino de Dios no apagando la mecha humeante de lo bueno de cada persona

Miqueas 2, 1-5; Salmo 9; Mateo 12, 14-21

Cuando en la vida encontramos dificultades, parece que todo son problemas, quizás nos sentimos acosados por nuestro entorno o no somos considerados como nosotros desearíamos, todo son trabas a aquello que queremos realizar, variadas son las reacciones que pueden surgir en nuestro interior, o nos enfrentamos y hacemos la guerra a todos los que se ponen en contra nuestra, o tenemos la tentación de tirar la toalla y abandonar porque no merece la pena una vida así llena de luchas o de gente en contra, o aunque nos sintamos débiles y zarandeados continuar con fidelidad nuestro camino silenciosamente quizás para no hacernos notar mucho pero pensando que no nos podemos quebrar o dejar vencer porque a otros no les guste lo que hacemos. Son momentos difíciles, de mucha fortaleza interior, de un convencimiento pleno de la verdad de lo que decimos o de lo bueno que queremos realizar. No es cabezonería sino fidelidad a nosotros mismos.

Hemos venido escuchando en el evangelio cómo ciertos grupos de influencia entre los judíos, como eran los fariseos o los maestros de la ley, aunque en ocasiones veremos en este mismo actuar a los saduceos o incluso a los herodianos, rechazan la misión de Jesús. Hemos escuchado preguntas y repreguntas intentando cogerlo en sus palabras para tener de qué denunciarlo, hemos visto como tratan de desprestigiar la acción de Jesús diciendo a la gente que lo que Jesús hace es por obra de Satanás, ya están tramando incluso darle muerte o quitarlo de en medio. Y nos dice que cuando Jesús se entera de todo eso se fue a otra parte. No entró al juego de lo que ellos pretendían, ni usó de su poder para destruirlos – cuántas veces nosotros pensamos cuando alguien nos hace la guerra o nos lleva la contraria que ojalá viniera un rayo del cielo y los partiera por medio, tendríamos que compararnos con el actuar de Jesús. – sino que se fue a otra parte pero allí no dejó de seguir cumpliendo con su misión. Nos dice el evangelista que las multitudes le seguían, El curaba a muchos, pero no quería que le dieran publicidad para no soliviantar más a sus enemigos. Aun no había llegado su hora, como en otro momento diría.

El evangelista como comentario a este actuar de Jesús. recuerda lo dicho por el profeta. ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones’.

No se puede quebrar la caña cascada, no se puede apagar la mecha vacilante. Puede parecer que la luz no termina de iluminar, mantengamos la encendida y ayudemos a que se reavive; esa caña que parece cascada todavía nos puede servir como soporte. Es nuestra debilidad que tenemos que fortalecer, es eso poquito que ahora se nos permite realizar. No importa porque siempre será semilla de algo bueno que puede resurgir.

No es valorado por todos de la misma manera o en todo no quiere ser asumido por los demás, eso poquito bueno que aun puede quedar ahí no lo podemos eliminar, sino que tenemos que quizás partir de eso pequeño para seguir construyendo algo más grande y mejor. Siempre podemos encontrar incluso en aquellos que pueden parecer nuestros enemigos o nuestros adversarios algo bueno y positivo que nos sirva de enlace, que sea punto de apoyo, que podemos transformar para que se convierta también en semilla y signo del Reino de Dios.

En este mundo de descartes, en que nunca parece que sabemos reconocer algo bueno en lo que hacen nuestros adversarios y cuando tenemos la oportunidad vamos destruyendo y haciendo tabla rasa de lo que anteriormente se haya hecho – muchos ejemplos tenemos en la vida social y política que nos rodea -, nosotros no podemos actuar de esa manera, porque Dios en cada corazón siempre siembra algo bueno y tenemos que saber descubrirlo como semilla del Reino de Dios.

¿Serán otras las actitudes que nosotros tengamos en la construcción de este mundo nuevo según los valores del Reino de Dios?

domingo, 12 de julio de 2026

La semilla tiene que germinar, es su función y la manera de multiplicar la vida y es la acogida que nosotros tenemos que hacer

 


La semilla tiene que germinar, es su función y la manera de multiplicar la vida y es la acogida que nosotros tenemos que hacer

Isaías 55, 10-11; Salmo 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

Aunque estaban en la playa en la orilla del lago y lo más apetecible fuera dedicarse a pescar sin embargo no desaprovecha je sus la oportunidad para sembrar. Ha salido de casa y se ha venido al lago; es fácil imaginar el cuadro de Jesús sentado en medio de la gente, los pescadores primero que estarían haciendo sus labores de reparación de redes o preparativos para la próxima jornada pero pronto será una multitud considerable la que se reúna en torno a El para escucharle; será necesario aprovechar alguna de aquellas barcas para subirse y desde ella hablar de modo que todos pudieran escucharle.

Ha venido a estar con los hijos de los hombres; como ya se había anunciado desde antes de su nacimiento venía para ser el Emmanuel y así le vemos allí donde la gente está, en su vida de cada día, con sus necesidades o con sus deseos y sueños, con sus problemas o con sus soledades, allí donde hay sufrimiento deteniéndose junto al camino o yendo en búsqueda del que sufre en soledad, dejándose conducir por quienes quieren llevarle allí donde está la necesidad o los signos de muerte, o dejándose estrujar por la gente que le rodea y quiere estar cerca de El, permitiendo la astucia de quienes buscarán caminos extraordinario para llegar a sus pies aunque tengan que romper el tejado; para todos quiere tener una palabra y un gesto de vida.

Habla con sencillez para poder llegar al corazón de todos y todos puedan comprender cuando hay un mínimo de apertura en el corazón que para todos sin exclusión es ese Reino de Dios que está anunciando y que llega ya. Les habla en parábolas, imágenes, comparaciones que ayudan a comprender, que reflejan la situación que hay en el corazón pero que nos enseñan a prepararlo para escuchar mejor pero sobre todo para llevarlo a la vida. Nos habla Jesús a partir de cosas de nuestra vida ordinaria, de lo que hacemos o contemplamos alrededor nuestro o en nosotros mismos cada día. Porque de eso es lo que se pretende, que ese mensaje sea semilla sembrada en el corazón que transforme nuestras vidas. No vamos a escuchar bellos relatos o la narración de historias extraordinarias que nos impacten pero nos sigan dejando en nuestra ensoñación.

Hoy nos habla de un sembrador y de una semilla que serán de verdad lo importante por quien hace la siembra por una parte y por la semilla que ha de germinar y fructificar; claro que nos hablará de una tierra donde caiga esa semilla y por ahí suelen venir las aplicaciones que hacemos de la parábola. Con detalle nos da las diversas situaciones en que puede caer esa semilla que tiene que germinar, que viene a ser una hermosa descripción de lo que puede ser nuestra vida o de las actitudes que nosotros tomemos.

La tierra endurecida del camino por tantos pasos que en una dirección u otra continuamente lo están atravesando y que permiten que la semilla se penetre en la tierra quedando al albur de los pájaros que ven la ocasión de encontrar para ellos un alimento; los pedregales de los terrenos no cultivados que no tienen tierra apropiada para poder enraizar la nueva planta; en terreno cultivados al tiempo de la fecundación de la semilla serán los abrojos y los zarzales los que ahoguen con sus ramajes las nuevas plantas que van germinando; pero nos hablará también de la tierra buena y bien trabajada que acogerá esa semilla ayudándola a germinar, crecer y darnos cosecha.

Es la descripción que Jesús nos hace ¿para que entendamos sin entender? ¿para que miremos con los ojos sin ver? ¿para que sigamos teniendo embotado y endurecido el corazón y no lleguemos a dar el paso de conversión? La semilla tiene que germinar, esa es su función y la manera de multiplicar la vida y esa es la acogida que nosotros tenemos que hacer.

¿Qué nos está diciendo Jesús con esta parábola? Que prepararemos una tierra buena, que preparemos el corazón de la mejor manera y que nuestras posturas cerradas y endurecidas a nada nos llevan; que vayamos haciendo buenos surcos en la tierra de nuestro corazón limpiando de todas esas actitudes, posturas, negatividades, superficialidades y rutinas de vida fácil y sin profundidad, malquerencias y desconfianzas que lo malean, orgullos que se convierten en piedras de tropezar y ramajes de vanidades que lo envanecen y nos hacen perder el verdadero sentido de la vida, para que pueda en verdad enraizar esa semilla de la Palabra de Dios en nosotros y pueda finalmente dar fruto.

El Señor conoce nuestra condición, llena de debilidades por una parte y tan torpes tantas veces para mantener una continuidad en nuestra respuesta porque nos dejamos cautivar por muchos cantos de sirena que nos distraen, por eso nos recibirá con el fruto, poco o mucho, que llevemos en nuestras manos, porque valora nuestra perseverancia, sabe de nuestras luchas y de nuestros retrocesos en tantas ocasiones. ¿Será el ciento, el setenta, o el treinta? ‘Venid, benditos de mi Padre…’ nos dirá porque para nosotros tiene el Reino prometido, porque hemos intentado acoger y vivir en ese reino a pesar de nuestras torpezas y debilidades, porque El está viendo el amor que hayamos puesto en nuestro corazón.


miércoles, 25 de febrero de 2026

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

 


Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

Jonás 3, 1-10; Salmo 50; Lucas 11, 29-32

‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación…’ así ha comenzado el texto del evangelio que hoy se nos ha ofrecido. Signos y pruebas que siempre estamos pidiendo, razonamientos y explicaciones que se repiten y al final no terminamos de sentirnos convencidos, porque de alguna manera por mucho que veamos o que nos expliquen seguimos quizás encerrados en nosotros mismos y en lo que queremos palpar por nuestras manos. Otra tiene que ser nuestra disposición ante la Palabra de Dios que llega a nuestros corazones, porque no nos quedamos solamente en razonamientos humanos.

Jesús habla de Jonás, que se siente interpelado en su propio interior por la misión que se le confía y cuya palabra y vida será igualmente interpelación para aquella gente de Nínive a la que es enviado que se convierten al Señor al escuchar su palabra. Figura que tiene que convertirse para nosotros también en una interpelación porque muchas veces nos sucede algo semejante a las primeras acciones que ha de realizar el profeta.

Jonás no quería aceptar aquella misión que el Señor le había encomendado, quiso huir, se embarcó en dirección contraria a la que debía de tomar para ir a Nínive, tenía miedo por la incapacidad que sentía en si mismo, no pensaba que iba a ser escuchado; por eso se embarca en otra dirección, pero los signos del cielo le hablan a través de aquella tormenta que no deja avanzar el barco, el ser arrojado al mal como culpable de aquellas desgracias a las que se veían abocados los que navegaban con él – pensemos en la mentalidad propia de la época aunque hoy nos cueste entender -, la imagen del cetáceo que se lo traga pero que lo devolverá vivo a la playa a los pocos días, y el asumir al final la misión que tenia que realizar.

¿No buscamos muchas veces escapes, disculpas, refugiándonos en nuestros miedos que nos hacen cobardes ante acciones y compromisos que tendríamos que asumir, pero de los que tratamos de escaquearos? Por eso digo Jonás también es un signo para nosotros, una interpelación ante nuestros miedos y cobardías. Es lo que nosotros tendríamos que ser por el testimonio de nuestra palabra y nuestra vida para los demás en donde tantas veces no terminamos de comprometernos.

Es este camino de ascensión de nuestra vida en esta cuaresma que estamos queriendo vivir pero donde no terminamos de dar los pasos que tendríamos que dar, no terminamos de programarnos bien en lo que realmente tendría que ser nuestra cuaresma. Cuántas disculpas nos buscamos o cuantas cosas hacemos solo en apariencia para cumplir pero sin llegar a una aceptación profunda de los pasos que tendríamos que dar para alcanzar de verdad la pascua.

La palabra de Dios que es una llamada fuerte e insistente para nuestra vida es al mismo tiempo una palabra de esperanza que trata de insuflar en nosotros ese ánimo y ese empuje que necesitamos. El profeta fue escuchado aunque le pareciera difícil que aquel pueblo lo hiciera, el profeta fue de verdad un signo de salvación para aquella gente, sus palabras y predicación no cayeron en saco roto sino que hubo respuesta; es la esperanza que hemos de tener que esa semilla que sembramos puede germinar y un día dar fruto.

No podemos caer en derrotismos de que todo está perdido y a la gente de hoy ya no le interesa lo que nosotros podamos ofrecer. Quizás la gente está más hambrienta y sedienta de lo que nosotros podamos imaginar; lo que nos sucede es que no sabemos ofrecer esa agua que calme tanta sed, o no nos queremos comprometer y buscamos mil disculpas.

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán. Es lo que tiene que ser nuestro aliento para nuestro compromiso y para ser de verdad misioneros en medio del mundo, este mundo concreto en que vivimos, y que está deseoso de la luz.

viernes, 30 de enero de 2026

No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

 


No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Salmo 50; Marcos 4, 26-34

No es lo mismo pasividad que saber estar pero dejar hacer. El pasivo se desentiende, no se preocupa pase lo que pase, de alguna manera es como si pensara que las cosas vienen solas y de forma automática. Pero cuando sabemos estar cumplimos con nuestra responsabilidad en lo que nos toca, mantenemos una vigilancia para ser consciente de lo que sucede, pero dejamos hacer, confiamos en las responsabilidades de los otros, cada uno en su lugar, pero también contemplamos el misterio de lo que recibimos como regalo, pero también el misterio de las personas que asumen sus responsabilidades, toman  parte en lo que les corresponde y son capaces también de desarrollarse como personas.

Hoy Jesús nos ofrece una parábola en que se nos ofrece la contemplación de ese misterio en lo que sucede sin que él intervenga; en este caso se nos hace contemplar la capacidad de la semilla por si misma de germinar y producirnos vida, nos hace ser agradecidos porque en ello estamos contemplando los dones de Dios en nosotros mismos y también en cuantos nos rodean. El labrador ha sembrado la semilla, ahora el campo florece por si mismo para que al final podamos recoger frutos. Descubrimos la acción de Dios y no pretendemos ocupar su lugar, con respeto y gratitud contemplamos.

Podemos pensar, como siempre hacemos cuando reflexionamos sobre esta parábola – recientemente la hemos meditado también – en la fuerza que por si misma tiene la semilla y en ella vemos la Palabra de Dios, sembrada en nosotros o que nosotros también tenemos que sembrar en los campos de la vida. Y tenemos que dejar que esa semilla actúe por dentro, en nosotros mismos o en quienes la queremos sembrar. Nuestra tierra que somos nosotros tenemos que estar dispuestos a acoger esa semilla y a dejar hacer en nosotros; si no la echamos en saco roto esa semilla un día germinará vida en nosotros o en aquellos donde la hemos sembrado. Es el actuar de Dios pero es la respuesta del hombre, que no es pasividad, que es dejarnos hacer por el Espíritu del Señor.

Pero me lleva a pensar esta reflexión que me estoy haciendo en la semilla sembrada en los demás. Tenemos que hacer que esa semilla también germine y dé su fruto, pero tenemos que saber respetar el ritmo de las personas. Nos pasa en todos los aspectos en los que tratamos de trasmitir algo a los demás, ya sea la tarea educativa que tengamos que realizar o ya sea la labor apostólica que podemos realizar. Queremos respuestas prontas, queremos que la gente cambie poco menos que de forma automática, queremos que lo que le indicamos a alguien sobre lo que tiene que hacer, ya desde el momento lo realice con toda perfección. Dejemos hacer, dejemos que cada uno dé sus pasos, sepa superar las montañas que tiene que atravesar o llegue a tener fuerza para dejar atrás cosas que quizás le perjudiquen. Nos volvemos impacientes e intransigentes. Creo que la parábola en eso también nos está dando lecciones.

Maravillémonos de ese actuar de Dios y seamos agradecidos por la paciencia que en su misericordia tiene con nosotros, porque no siempre sabemos dar la respuesta adecuada. Pero no nos durmamos. Tratemos de seguir creciendo por dentro, aunque nadie lo vea, pero iremos logrando esa madurez humana y cristiana que todos necesitamos. Vayamos dando esos necesarios pasos de nuestro crecimiento espiritual. Seamos esa tierra abonada y preparada para recibir esa semilla que produzca en nosotros frutos de santidad. Ojalá pudiéramos llegar a decir con la prontitud de María que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios.

miércoles, 28 de enero de 2026

La parábola del sembrador no es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida

 


La parábola del sembrador no es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida

2 Samuel 7, 4-17; Salmo 88; Marcos 4, 1-20

Pudiera parecer una escena de película con una escenografía bien preparada donde pareciera que cada detalle, cada movimiento está previamente dispuesto para dejarnos no sólo impresionar sino envolver por la dulzura y la paz que nos trasmiten sus escenas. Pero no se queda en eso lo que pretende transmitirnos hoy el evangelio. Es algo de suma importancia y algo maravilloso que se desarrolla con sencillez, tal como siempre se presenta Jesús, allá en Cafarnaún en las orillas del lago.

Poco a poco la gente había oído hablar de Jesús, escuchado por parte de muchos su mensaje que luego como pólvora se iba difundiendo en ese hermoso boca a boca como se transmiten las cosas buenas y ya no había momento en que Jesús no se encontrará rodeado de gente, no solo del lugar donde estuviera en ese momento sino venida de distintos lugares, que querían escucharle. Jesús camina entre la gente, va allí donde hacen su vida y su trabajo, como le vemos acudir también a donde la gente se reúne para orar y escuchar la Ley y los Profetas, las sinagogas. Un lugar propicio para reunirse la gente es allí donde van a comprar su pescado de los pescadores llegados del lago y donde la gente hace su convivencia y sus encuentros, ¿no sucede así en nuestros mercados que no solo se reducen a las compras que vamos a realizar sino a los saludos y a los encuentros, a las charlas y conversaciones?

Hoy es tanta la gente que se apretuja en torno a Jesús que decide subirse a una de aquellas barcas aun meciéndose en las olas del lago, para desde allí enseñar al pueblo que le escucha. No se presenta Jesús como un doctor de la ley o como aquellos escribas encargados de enseñar las Escrituras al pueblo con palabras doctas y en cierto modo repetitivas que no calen en la conciencia de los que escuchan. Ya dirán más tarde que Jesús no enseña como quien habla de palabras aprendidas de memoria, sino que se maravillan de su enseñanza, porque nadie ha enseñado como Él.

 Y sus palabras son sencillas porque les habla de lo que ven hacer o hacen ellos mismos en sus trabajos en el campo, les habla del sembrador que sale a sembrar a voleo la semilla en medio de sus campos. Una semilla sembrada así no toda caerá en la misma tierra con igual condiciones, semillas que caen en la tierra surcada y preparada pero semillas que se desbordan de los campos preparados por caminos endurecidos por el paso de personas y carruajes, en los pedregales que se forman alrededor o en medio de los zarzales y malas hierbas nacidas por doquier.

¿Desconcertará que el sembrador tenga aparentemente tan poco cuidado como que la semilla caiga en esos diferentes terrenos exponiéndose que no germinan debidamente, se seque la plata que surja por falta de raíces y humedad, o simplemente sirva de alimento a los pajarillos del cielo? Pero la intención de Jesús es clara. No niega la efectividad en sí misma que tiene la semilla, pero si nos pone en atención para que cuidemos ese terreno donde vamos a sembrarla.

Como les explicará luego a los discípulos más cercanos, aquel grupo que se había ido forjando en torno a Jesús, la semilla es el alimento de la Palabra de Dios, pero no siempre tenemos buen estómago para alimentarnos, no siempre tenemos oídos abiertos para escucharla ni tenemos las debidas disposiciones en nuestro interior para hacer que de fruto en nosotros. Nuestras preocupaciones y nuestros agobios, los afanes con que vivimos tan esclavizados por lo material que pone una coraza en nuestras vidas, la superficialidad con que vivimos que nos impide profundizar en lo que escuchamos, los intereses por los que luchamos que le están dando un sentido a nuestra vida influenciados por lo sensual, lo que me dé satisfacciones prontas aunque luego me dejan con mal sabor en la boca, las ínfulas de vanidad en las que nos envolvemos que nos hacen buscar brillos de oropeles olvidándonos donde están los verdaderos valores por los que tendríamos que luchar.

Dejemos que Jesús se siente en la barca en medio nuestro. Abramos nuestros oídos para no perder palabra, pero abramos nuestro corazón para que esa semilla de verdad se enraíce en nosotros y lleguemos a dar fruto. Cada uno sabemos las distracciones que tenemos en el corazón y hemos de saber evitarlas. Seamos campo bueno, seamos tierra buena. No es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida.


lunes, 26 de enero de 2026

Una semilla nos alimenta, pero una semilla germina también para hacer multiplicar los frutos, sembremos que algún de vuelta llegará de nuevo a alimentarnos a nosotros

 


Una semilla nos alimenta, pero una semilla germina también para hacer multiplicar los frutos, sembremos que algún de vuelta llegará de nuevo a alimentarnos a nosotros

2Timoteo 1, 1-8; Salmo 95; Marcos 4,26-34

Una semilla nos alimenta, pero una semilla también multiplica la vida, al germinar da inicio a nueva vida, a nuevas plantas que multiplican sus semillas, multiplican sus frutos. Es muy enriquecedora la imagen que se nos proyecta que tiene un hondo reflejo en nuestra vida, en lo que hacemos, en el fruto que damos, en el valor de nuestra vida y de nuestros actos; nada, pues, nos puede parecer insignificante porque su apariencia sea muy sencilla y elemental, como lo son muchas semillas, porque todo tiene una riqueza explosiva en su interior, no para destruir sino para crear vida.

Jesús en su pedagogía infinita y en su sabiduría divina nos deja repetidas veces en sus parábolas la imagen de la semilla, esparcida por el sembrador en los distintos campos de la vida aunque en no todos se va a recoger el mismo fruto, pero hundida pacientemente en tierra con la esperanza de que un día germinará, mezclada quizás con la cizaña de las malas hierbas que podrían poner en peligro sus frutos, en la insignificancia de una grano de mostaza que se nos escapa entre los dedos, pero que un día ha de producir fruto.

Dos parábolas nos propone hoy Jesús en el evangelio, de esa semilla que enterrada en tierra que el agricultor, sin que él mismo sepa cómo, pacientemente espera que un día germine para darnos una nueva planta que a su vez produzca sus frutos, y del insignificante grano de mostaza que llegará a darnos una planta en cuyo ramaje hasta los pájaros pueden hacer su nido.

Ya sabemos, porque Jesús nos lo ha explicado en otras parábolas que esa semilla nos está hablando de la Palabra de Dios, y también podemos decir, ¿por qué no?, de todo lo bueno que nosotros podamos hacer o podamos decir que cual buena semilla es sembrada en el corazón de la vida. Habiendo celebrado ayer el domingo de la Palabra de Dios claro que podemos insistir en la eficacia que tiene esa semilla porque en ella está el germen de Dios. No dejemos caer esa semilla en tierra infecunda porque endurezcamos nuestro corazón ni nos hagamos oídos sordos ante su proclamación. Tengamos fe en la eficacia de la Palabra de Dios en nuestra vida por eso con tanto amor tenemos que escucharla y plantarla en nuestro corazón. No dejemos que el viento se lleve esas páginas de la Palabra de Dios sino que sepamos apoyarnos en ella para hacer de verdad fructificar nuestra vida.

Pero como también decíamos vayamos nosotros también sembrando semillas de vida por los campos de la existencia que vamos atravesando. Es esa buena palabra que hemos de tener siempre en nuestros labios para irla sembrando allá por donde vayamos. también en nuestro interior la vida nos ha hecho ir acumulando una sabiduría desde la reflexión que de las cosas y de los acontecimientos nos vamos haciendo; tenemos más sabiduría dentro de nosotros de lo que podemos imaginar, hemos de saber limpiar de la paja de las superficialidades todo eso que en nuestro interior rumiamos; de ahí surge el buen consejo que podemos dar, esa orientación que podemos poner en los oídos y en el corazón de los que están a nuestro lado, esa respuesta reflexiva que podemos dar ante cualquier cuestión que se nos plantee, ese punto de vista distinto que podemos ofrecer en cualquier diálogo o discusión.

No temamos sembrar esa buena semilla que también nosotros llevamos en nuestro corazón, será como una semilla sembrada a voleo que el viento trasladará de un sitio a otro y que puede ir cayendo en la tierra buena de muchos corazones que estén esperando esa luz orientadora para sus vidas. No sabemos hasta donde puede llegar, no nos importe, sembremos lo bueno con constancia que será semilla que se multiplique y que ahora no sabemos pero con el tiempo quizás podamos recoger una hermosa cosecha. Alguna vez podrá llegar de nuevo a ti después de haber recorrido amplios mundos esa semilla que un día sembraste y que a la vuelta también podrá ayudarte a ti. Os confieso que me ha sucedido en la vida. No dejemos de sembrar.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

 


Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

Números 24, 2-7. 15-17ª; Salmo 24; Mateo 21, 23-27

Esto se va a pique, nos dice el agorero de turno, aquel que tiene siempre los ojos oscuros para anunciarnos fracasos y caídas, y es como un jarro de agua fría que nos echan encima para ahogar ilusiones y esperanzas. Será en los problemas de cada día, en la familia, en el trabajo, con los negocios, porque vemos que las cosas no marchan y ya no tenemos imaginación para encontrar salidas; será la situación que vemos a nuestro alrededor, y vienen las añoranzas, los recuerdos de otros tiempos que nos parecieron mejores, la pendiente por la que nos parece que discurre nuestra sociedad. Será muchas veces la mirada pesimista que echamos sobre nuestra iglesia, sobre la religión, sobre la fe de la gente donde primero vemos lo negativo, los fallos, los errores, las cosas de otros tiempos que podrían tener sentido en sus circunstancias concretas pero a las que le echamos la culpa de todo lo negativo que podamos ver hoy.

¿Y no hay una palabra de esperanza, una palabra o un gesto que nos haga renovar ilusiones, alguna luz que esté brillando en algún lugar y es como un rescoldo que un día puede encender una gran llama luminosa? Cuidado que los cristianos nos metamos también esa espiral de derrotismo, de pesimismo, de dramatismo ante las situaciones y eso nos paralice o nos haga encerrarnos más en nosotros mismos. Cuidado que con el tema de la fe y de la religiosidad comencemos a buscar refugios donde nos encerremos porque allí nos pueda parecer que estamos más seguros y perdamos esa vitalidad que necesitamos y que sería el mejor testimonio de vida que podamos ofrecer.

No es un optimismo que se distancie de la realidad lo que hemos de buscar; no es un optimismo porque cerremos los ojos a los tropiezos que en la vida podamos encontrar y hacer como si no existieran. La realidad está ahí y tiene sus sombras, pero también hay luces, también hay salidas, no nos puede faltar la esperanza. Dios nos va poniendo señales que tenemos que saber distinguir, habrá personas a nuestro lado que su testimonio es un estímulo para nosotros, hay semillas que germinan y hacen brotar plantas nuevas que florecerán y tenemos la esperanza que un día nos darán fruto.

Quizás hay muchas semillas silenciosas a nuestro lado, pero que en el silencio de la tierra donde fueron enterradas están germinando. Hay mucha gente silenciosa, callada, anomia que sigue haciendo muchas cosas buenas; nos puede parecer que es una viejita que ya no sabe hacer otra cosa que ir a la Iglesia y rezar, pues ahí hay una semilla, ahí se está regando una planta, de ahí aun en medio de las espinas de la vida brotará una flor. Tenemos que saber descubrirlo, palparlo en tantos a nuestro lado a los que quizás no les prestamos atención, que podrían incluso parecernos un estorbo, pero que sin embargo son un estímulo, son un río de gracia y de vida que todo lo va renovando.

No seamos ciegos, no nos hagamos preguntas incongruentes, sepamos distinguir el actuar de Dios, no andemos siempre buscando donde tropezar o donde hacer tropezar a los demás, sepamos descubrir esa palabra buena que nos llega algunas veces no sabemos de dónde pero que nos ayuda, sepamos siempre ir bendiciendo porque es una manera de ir haciendo presente a Dios en la vida de aquello o aquellos que bendecimos.

Por una parte hoy en la Palabra de Dios hemos visto la bendición para el pueblo de Israel peregrino por el desierto pero de quien había sido llamado para maldecir, y por otra vemos la actitud renuente de los fariseos de Jerusalén que ni quieren reconocer la autoridad de Jesús ni tampoco la misión que el Bautista había realizado en el desierto del Jordán. Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción de Dios y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para nuestra vida. No seamos nunca ni negativos ni catastrofistas.


jueves, 27 de noviembre de 2025

Miremos con ojos luminosos nuestro entorno para apreciar esas pequeñas semillas de bondad que muchos van sembrando para hacer florecer un mundo nuevo

 


Miremos con ojos luminosos nuestro entorno para apreciar esas pequeñas semillas de bondad que muchos van sembrando para hacer florecer un mundo nuevo

Daniel 6, 12-28; Dn 3,68-74; Lucas 21, 20-28

Nos conviene recordar experiencias por las que hemos pasado, quizás muchas veces difíciles o dolorosas, porque seguramente desde una lectura serena de lo que hemos vivido siempre podemos sacar una lección, siempre podemos recordar un rayo de luz que en aquellos momentos mantuvo viva nuestra esperanza y nos ayudó a atravesar aquel mar de confusiones. La historia, no solo en los grandes acontecimientos, sino quizás en esas pequeñas historias de cada día que nos ha tocado vivir es una gran maestra para nuestra vida.

Hace unos años, y podemos decir que en el mundo entero, pasamos por una situación difícil como fue la pandemia del COVID con todas sus consecuencias de confinamientos y restricciones; aunque teníamos que estar confinados y los movimientos que podíamos realizar eran pocos sin embargo aparecieron muchos signos de solidaridad y aun con la lejanía física sin embargo de cercanía entre unos y otros que nos ayudó a atravesar aquel vendaval. Aquellos aplausos de todas las tardes desde nuestros balcones y ventanas, aquellas canciones espontáneas que escuchábamos cada uno desde su estancia, eran señales de que no nos dábamos por vencidos y había una esperanza de salir con bien de aquella situación.

En muchas ocasiones difíciles de la vida ante catástrofes naturales o provocadas quizás por nuestras violencias, siempre surgen almas solidarias que se dan y se sacrifican, que despiertan la conciencia de los demás y de la sociedad en tantos movimientos solidarios que de una forma o de otra van surgiendo y reclamando algo nuevo y mejor, que hacen que no perdamos la esperanza; siempre sacaremos a flote lo mejor de nosotros mismos que muchas veces llevamos demasiado oculto para mitigar dolores y sufrimientos, para compartir allí donde nada tienen. Son semillas bonitas de humanidad que no dejamos de sembrar, y aunque nos parezcan gestos demasiado pequeños o sencillos, tendríamos que aprender a valorarlos más.

Ahí nosotros los cristianos, los que nos decimos seguidores del evangelio de Jesús, quienes queremos construir en nuestro mundo el Reino de Dios porque eso es lo que pretendemos con el anuncio del evangelio, tendríamos que ser ejemplares y ser los primeros que demos esas muestras de esperanza. No nos podemos sentir derrotados cuando contemplamos la realidad de nuestro mundo en el que aparecen demasiadas sombras, algo podemos hacer, una semilla podemos sembrar, un compromiso tendría que haber en nuestra vida.

No podemos permitir ese camino de decadencia que algunas veces observamos a nuestro alrededor, no nos podemos quedar en lamentaciones por lo mal que están las cosas. Tenemos que poner mano a la obra. Tenemos que ser sembradores de esperanza en medio del mundo que nos rodea. Por mucha que sea la tarea que tenemos entre manos y las responsabilidades de las que tenemos que dar cuenta, siempre tiene que haber ese momento en que sembremos de verdad esperanza por nuestros gestos.

El evangelio nos inspira y nos impulsa. Nos pone en camino. Hemos de saber escuchar la voz de Jesús que así nos habla y quiere sembrar esa buena semilla en nuestro corazón. El evangelio de hoy nos pudiera parecer excesivamente apocalíptico por las destrucciones que nos anuncia y por los malos momentos que se nos dice que podemos pasar; pero el verdadero sentido apocalíptico no es al anuncio de lo malo, sino la esperanza que quiere suscitar en nuestros corazones.

Por una parte nos dice que se acercan días terribles, pero al mismo tiempo casi nos dice que levantemos nuestra cabeza que se acerca la liberación.  ¿Dónde están esas señales de liberación? Tratemos de mirar con ojos luminosos nuestro entorno y veremos a mucha gente que hace muchas cosas buenas, a mucha gente que ora al Señor ante esas situaciones, pero orar al Señor es dejarnos iluminar por El, orar al Señor es ser conscientes de esa realidad dura que está a nuestro alrededor, pero orar al Señor nos lleva al compromiso, a que nosotros comencemos a sembrar esas pequeñas semillas que nos van a hacer florecer en un mundo nuevo y mejor.

viernes, 3 de octubre de 2025

Escuchemos esa Palabra que se nos anuncia como en verdad lo tiene que ser para nosotros, Palabra de Dios que nos está hablando hoy a nuestra vida concreta

 


Escuchemos esa Palabra que se nos anuncia como en verdad lo tiene que ser para nosotros, Palabra de Dios que nos está hablando hoy a nuestra vida concreta

Baruc 1,15-22; Salmo 78; Lucas 10,13-16

Es como si me lo hicieras a mí. Es la reacción que solemos tener cuando sentimos que se ofrende, por ejemplo, a alguien a quien nosotros queremos mucho; son las reacciones que tenemos cuando nos ‘tocan’ a nuestra madre, por decirlo de alguna manera, y salimos en su defensa, porque es nuestra madre, y lo sentimos como algo que nos hacen a nosotros mismos; es también una reacción cuando hay una amistad profunda entre dos personas que se sienten muy unidas de manera que casi las cosas de uno son como si fueran de los dos. ‘Me estás ofendiendo a mi’, les decimos y eso no lo puedo aguantar. Por extensión así nos afectan las cosas de nuestro pueblo y son las reacciones que tenemos muchas veces entre pueblos vecinos, donde defendemos lo nuestro, las cosas de nuestro pueblo como si tocaran cosas nuestras personales.

Es lo que nos está expresando Jesús de la recepción o no que se haga de sus palabras, pero sobre todo de aquellos que como enviados suyos nos traen la buena nueva del Evangelio. De ahí nace también la valoración y el respeto que los cristianos tenemos por nuestros pastores, porque los vemos como enviados de Jesús para ofrecernos la gracia de la salvación.

Este texto intercalado aquí en el evangelio en la valoración que se está haciendo de la acogida al evangelio que se tiene en algunos lugares de Galilea, tiene también esa amplitud más abierta y universal en referencia a los que son los enviados de Jesús para el anuncio del evangelio; cosa que, por supuesto, tendría que hacernos pensar en la acogida que hacemos del mensaje de Jesús en nuestras vidas, la importancia que le damos a la Palabra de Dios y cómo hacemos que sea semilla plantada en la buena tierra de nuestro corazón para hacerle dar fruto.

Como decíamos, en este texto se parte de la respuesta que están dando al anuncio del Reino de Dios en algunos lugares de Galilea. Hemos visto cómo la gente acogía la palabra y la enseñanza de Jesús, cómo se entusiasmaban por escucharle y por estar con El, cómo cuando contemplaban los milagros que Jesús hacia curando a los enfermos o expulsando a los demonios ellos sabían ver un signo de la presencia de Dios en medio de ellos. ‘Dios ha visitado a su pueblo’, exclamaban en muchas ocasiones.

Pero bien contemplamos en algunas ocasiones que esos entusiasmos eran pasajeros; ya Jesús nos había señalado en la parábola del Sembrador, como no siempre la tierra estaba preparada para recibir la semilla, y la caída en el borde del camino se la comían las aves del cielo y lo daba fruto, la caída entre pedregales o zarzales pronto se secaba por falta de buena tierra donde enraizarse esa nueva planta del Reino de Dios que iba brotando en los corazones de quienes la escuchaban. No siempre se recogía el fruto al ciento por uno.

Es lo que ahora detectamos en este texto en relación a aquellos pueblos de Corozaín y Betsaida, en los alrededores del lago de Tiberíades o en el propio Cafarnaún. Muchos milagros había realizado Jesús en aquellos lugares, mucha había sido su presencia cuando caminaba aquellos caminos de Galilea, pero no siempre dan fruto; pronto se secaba aquella planta del Reino de Dios, porque pronto olvidaban las acciones de Dios en medio de ellos.

Es la queja de Jesús, es la nueva invitación que está haciendo Jesús, es la persistencia de la presencia y predicación de Jesús en aquellos lugares. Pero no lo podemos mirar como hechos acaecidos en la lejanía de los tiempos y lugares. Somos nosotros hoy los que escuchamos esa Palabra de Dios, en medio de nosotros también se están realizando esos signos de Dios que no siempre sabemos descubrir; también nosotros muchas veces nos ponemos críticos ante el anuncio que nos hace la Iglesia o ante la invitación que nos hacen nuestros pastores; tantas veces damos la vuelta, no queremos escuchar, no nos dejamos interpelar, ponemos nuestros ‘peros’ y nuestras pegas, nos hacemos oídos sordos.

¿Escucharemos esa Palabra que se nos anuncia como en verdad lo tiene que ser para nosotros Palabra de Dios que nos está hablando hoy?