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martes, 1 de septiembre de 2026

El evangelio tiene que despertar algo nuevo en nosotros que nos sorprenda e interrogue aunque nos quedemos sin palabras, la palabra de Jesús es la única que vale y nos salva

 


El evangelio tiene que despertar algo nuevo en nosotros que nos sorprenda e interrogue aunque nos quedemos sin palabras, la palabra de Jesús es la única que vale y nos salva

1Corintios 2, 10b-16; Salmo 144; Lucas 4, 31-37

Hay cosas que nos dejan sin palabras; un hecho sorprendente, inesperado y maravilloso que sucede ante nosotros, una palabra que escuchamos que nos deja un interrogante en nuestro interior, un gesto o un detalle que observamos en alguien de quien no esperábamos que fuera capaz de hacer lo que hizo. Quedarnos sin palabras es no saber explicarnos por qué suceden tales cosas, la sorpresa que nos hace ver las cosas de otra manera a como nosotros pensábamos de siempre y para lo que parece que no encontramos razones pero que vemos que es distinto, algo que hace renacer de nuevo la ilusión y la esperanza porque encontramos una paz que no teníamos, porque nos sentimos sanados por dentro sin saber por qué ese cambio que se ha producido en nuestro interior… son interrogantes que se nos plantean, son preguntas de hasta dónde nos va a llevar esto nuevo que nos está sucediendo, son cuestionamientos de por qué hacíamos las cosas como las hacíamos y no habíamos caído en la cuenta de que podían ser de otra manera.

Claro que muchas veces no nos llevamos bien con esas novedades que nos van apareciendo porque casi queríamos seguir con la misma rutina de siempre, con lo que siempre se había hecho y no se nos había ocurrido que podía ser de otra manera; y puede surgir un rechazo, puede ser que queramos permanecer en nuestro conformismo de lo de siempre porque siempre se ha hecho así, o puede surgir el entusiasmo que nos hace buscar más y ponernos en camino hacia lo nuevo que se nos ofrece.

Son las reacciones que vemos que se van despertando en torno a Jesús, a su enseñanza y predicación y también a los signos que iba realizando como señal de que algo nuevo tenía que surgir. Están los que querían manipular el actuar de Jesús, como ayer contemplábamos en la sinagoga de su pueblo de Nazaret, donde al final pretenderán incluso despeñarlo por un barranco; hoy contemplamos cuando está enseñando en la sinagoga de Cafarnaún ante la admiración y el beneplácito de la gente que surge la voz discordante de aquel hombre poseído por un espíritu maligno que de alguna manera se enfrenta a Jesús. ‘¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.

Pero la autoridad de Jesús se sobrepone sobre esta reacción. Era la señal de lo nuevo que Jesús quería realizar en el corazón del hombre. ‘Jesús le increpó diciendo: ¡Cállate y sal de él!. Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño’.

Entonces el evangelista nos comenta que todos están asombrados preguntándose por aquella autoridad de la palabra de Jesús. Se quedaron sin palabras, como decíamos al principio. No era a lo que estaba acostumbrados, no era la forma de enseñar de los maestros de la ley o quienes en la sinagoga los sábados comentaran las lecturas de la ley y los profetas. No parecían palabras repetidas o aprendidas de memoria, sino que había algo que se estaba transmitiendo desde lo más hondo. Por eso se están preguntando quien era aquel Jesús. que de tal manera les hablaba y les enseñaba.

Y es aquí donde entramos nosotros. Porque no estamos simplemente aprendiendo una lección de historia recordando lo que en otro tiempo sucedió. Nuestra escucha del evangelio tiene que despertar algo nuevo y distinto en nosotros; tenemos que dejarnos sorprender, tenemos que abrirnos a esos nuevos horizontes que Jesús pone ante nuestra vida, tenemos que sentir como nueva esa palabra para que se convierta en palabra de vida para nosotros, tenemos que ponernos humildemente con nuestra realidad ante Jesús aunque nos sintamos incómodos, tenemos que reconocer esas influencias que recibimos de un lago y de otro que algunas veces nos hacen resistirnos ante la buena noticia del evangelio, la buena noticia que tiene que significar aquí y ahora Jesús para nosotros, tenemos que despojarnos de viejas visiones que nos seguirían encerrando en el conformismo y la rutina, tenemos que dejar a un lado el espíritu del mundo que nunca llegará a entender a Jesús para dejarnos envolver, como nos decía san Pablo, por el Espíritu de Dios que nos llena de sabiduría para llegar a saborear de verdad las cosas de Dios.


lunes, 8 de junio de 2026

Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

 


Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Jesús había comenzado anunciando la pronta llegada del Reino de Dios. Era una palabra alentadora y de esperanza lo que Jesús estaba anunciando. Algo nuevo y distinto tenía que suceder con la llegada del Reino; era el deseo más profundo que todos sentían desde su pobreza y desde el sentirse oprimidos porque se sentían sin libertad; vivían bajo la opresión de un reino extranjero que como suele suceder con los dominadores todo sería un expolio con sus impuestos que les llevaría a una miseria peor. Tiempos convulsos y sin esperanza; por eso escuchar ese anuncio era como un rayo de luz en el horizonte que traería algo nuevo.

Pero Jesús al hacer ese anuncio además pedía conversión para poder creer de verdad en lo que El les anunciaba; y conversión era un cambio total de planteamientos o de forma de vivir y hacer las cosas, porque de lo contrario no entenderían nunca lo que significaba ese Reino anunciado por Jesús. Por eso, no todos ni siempre entenderán, se les costará entender las palabras de Jesús.

Con los signos que va realizando va manifestando las señales de lo que era ese Reino de Dios, pero de igual manera la mayoría de las veces se quedaban en la materialidad del milagro realizado pero no llegaban a asumir la señal que eso significaba para sus vidas. Serán sus gestos y serán sus palabras las que lo Irán manifestando.

Hoy llega un momento – así nos lo compendia el evangelista – en que Jesús va a ir desgranando todas esas cosas en las que ha de manifestarse que el Reino de Dios ha llegado. Y hablará de dicha y de felicidad, como ya venían sintiendo de alguna manera en sus corazones en la medida en que crecía su esperanza. Pero las palabras de Jesús tomadas literalmente también desconciertan.

Llamará bienaventurados, o lo que es lo mismo, dichosos, felices a los pobres y a los que actúan con mansedumbre, a los que están llenos de sufrimientos o a los que nada tienen y tienen hambre, a los que se sienten inquietos en su interior insatisfechos por las situaciones que viven o lloran con los demás, a los que actúan remando a contracorriente porque nunca tendrán malicia en su corazón y a los que son incomprendidos. Y Jesús dice que para ellos es el Reino de Dios, que serán consolados y sentirán saciados tras su hambre o sus miserias, porque algún día alguien mostrará también compasión con ellos y tendrán una recompensa en el más allá por la bondad de su corazón. Pero, ¿no sería mejor obtener todo eso en el aquí y ahora para no vivir en esas angustias de la pobreza o con el sufrimiento de tantos a su lado? Somos los de lo inmediato, ¿de qué nos valen unas promesas para un mañana que aun es incierto? Quizás sean preguntas que nos hagamos.

Claro que pensamos así porque no hemos comenzado por lo primero que Jesús nos pedía cuando nos anunciaba la cercanía del Reino de Dios. Nos decía que teníamos que convertirnos para poder creer en el Reino de Dios, si no había ese cambio radical del corazón no llegaríamos a entender el Reino de Dios que Jesús nos anuncia. Por eso, porque nos falta esa conversión del corazón seguimos sin llegar a entender el mensaje de las bienaventuranzas.

Son unos valores nuevos los que tenemos que vivir; son unas actitudes nuevas que tenemos que poner en nosotros; es una manera nueva de entender la vida, de darle un valor nuevo y un sentido nuevo a lo que hacemos. Cuando comprendamos que no todo está en lo material que poseamos, que tiene que prevalecer la rectitud en nuestro corazón a pesar de que vayamos a contracorriente de lo que el mundo hace, que será esa inquietud que sentimos en nuestro interior la que nos llevará a nuevas posturas valientes sintiendo como propio también el sufrimiento de los demás, que será envolviendo el corazón de ternura y de compasión cómo haremos distintas nuestras relaciones con los demás, que será aprendiendo de la mansedumbre del corazón de Cristo cómo seremos capaces de comprender y hasta de perdonarnos, entonces comenzaremos a entender el mensaje de las bienaventuranzas, entonces sentiremos de verdad esa dicha y alegría que Jesús nos promete, aunque los momentos sean duros u oscuros.

¿Llegaremos en verdad a vivir el mensaje de las bienaventuranzas?

domingo, 3 de mayo de 2026

Buscamos sendas para no perdernos y encontrar sentido a la vida, pero Jesús nos dice que El es el camino, y la verdad, y la vida para llevarnos a la plenitud

 


Buscamos sendas para no perdernos y encontrar sentido a la vida, pero Jesús nos dice que El es el camino, y la verdad, y la vida para llevarnos a la plenitud

Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 1Pedro 2, 4-9; Juan 14, 1-12

En la vida queremos encontrar camino; podríamos decir que eso va inserto en el mismo sentido de la vida, porque haber encontrado ese camino es haber encontrado el sentido de la vida. Cuando queremos llegar a algo, a algún lugar o incluso al encuentro con los otros queremos saber cómo podemos llegar, cuales son nuestros pasos, qué es lo que tenemos que hacer, o lo que es lo mismo el camino que hemos de recorrer.

En nuestros terrenos humanos – y aquí podemos darle mucha amplitud a esta palabra – nos trazamos sendas o ponemos señales para tener la certeza de que no nos vamos a perder y podemos llegar a donde aspiramos. Algunas veces nos cuesta encontrarlo, no sabemos leer las señales, o se nos hace difícil hacer su recorrido, y nos quejamos del sin sentido de la vida porque quizás no podemos llegar a lo que ansiamos o soñamos. Y ya no se trata solamente de ir de un lugar a otro, sino de algo más profundo que es nuestro vivir.

Esto que lo podemos hablar de lo que hacemos cada día en la vida, y lo aplicamos al cumplimiento de nuestras responsabilidades, o a lo que es el desarrollo de nuestra vida con nuestros trabajos o con la expresión de todo lo que es nuestro vivir, no se nos puede quedar en lo que es la materialidad de la vida, sino que tiene que relacionarse con el sentido más profundo de nuestra existencia y cuando en verdad somos creyentes  en consecuencia de nuestra búsqueda de Dios y de lo que es su voluntad para nosotros.

¿Será algo así lo que Jesús nos está manifestando en el evangelio? Podríamos decir que en las palabras que hoy le escuchamos y que forman parte de aquella sobremesa, por decirlo de alguna manera, tras la ultima cena, viene a resumirnos todo lo que ha sido el sentido de su vida y lo que va a ser también el sentido de la nuestra.

Son momentos de despedida, de últimas palabras y recomendaciones, pero es el momento en que Jesús abre totalmente su corazón a sus discípulos. Trata de sembrar y mantener la esperanza, por eso no se deben de entristecer ni sentirse abandonados porque Jesús lo que quiere es tenernos siempre junto a El para que vivamos en El. Habla de las estancias del cielo que nos va a preparar que es decirnos como quiere llevarnos junto a Dios para vivir eternamente en El.

A los discípulos les cuesta entender y comienzan las preguntas y repreguntas. Quieren conocer al Padre, porque aun les parece poco lo que Jesús les ha hablado del Padre y es cuando Jesús algo así como que les recuerda todo lo que ha sido su vida que no ha sido otra cosa que manifestarnos lo que es el amor que Dios nos tiene. Por eso terminará diciéndoles que quien lo ha visto a El ha visto al Padre, que no hay otro camino para ir a Dios que Jesús; ‘nadie va al Padre sino por mí’, les dice.

Y es cuando Jesús hace esa maravillosa afirmación. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. En Jesús estamos encontrando ese sentido de nuestra vida y para llegar a esa plenitud de vida eterna que tantas veces nos ha prometido no tenemos que hacer otra cosa que vivir la vida de Jesús. No busquemos otras sendas, no busquemos raras señales, no nos distraigamos del camino emprendido, sigamos los pasos de Jesús. ¿No nos ha ido Jesús a lo largo de su vida manifestándonos lo que son las señales del Reino de Dios?

Ese ha sido su evangelio para nosotros, esa ha sido la buena noticia que nos ha querido trasmitir; en sus parábolas nos lo ha explicado cuando nos habla de semillas que se siembran para dar fruto o para hacer crecer la vida en frondosos árboles que nos acojan a todos igual que la mostaza permite que los pajarillos hagan en ella sus nidos, o en banquetes de bodas con todas sus características al que todos estamos invitados; en los milagros que realiza están los signos de lo nuevo que tiene que ir surgiendo en el corazón de los hombres cuando nos sentimos envueltos en el amor y la misericordia de Dios; en el mandamiento del amor que nos deja están los medios para la comunión y para el encuentro, para la compasión y la comprensión y misericordia con que hemos de tratar a los demás; en sus gestos de cercanía dejándose incluso apretujar por la gente en sus caminos está la muestra de cómo Dios quiere caminar con nosotros y así es el Emmanuel, el Dios con nosotros.

¿Entenderemos entonces lo que nos dice Jesús que El es el Camino, y la verdad, y la vida? Pero ¿entenderemos también que nosotros hemos de mostrar también al mundo que nos rodea esas señales del Reino de Dios en nuestra nueva manera de actuar, en esas actitudes nuevas con que hemos de vivir, y en tantos gestos y detalles con los que hemos de manifestar que vivimos la vida de Jesús y nos hemos envuelto de su sabiduría?

jueves, 16 de abril de 2026

Dar razón de nuestra fe desde la experiencia de Dios porque nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida

 


Dar razón de nuestra fe desde la experiencia de Dios porque nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida

 Hechos 5, 27-33; Salmo 33; Juan 3, 31-36

Cada uno habla de lo que sabe y de lo que es su vida, lo que son sus costumbres o lo que son sus ideales, de lo que es su sentido de vida y la manera de plantearse las cosas desde lo que vive; atrevidos hay que quieren hablar de lo que no saben, de lo que no tienen ni idea y tratan incluso de pontificar como si fueran unos expertos, cuando esas cosas quizás ni han entrado en su vocabulario; cuántos disparates nos encontramos en este sentido, pero además se lo creen que se lo saben todo y de todo pueden opinar. Claro que se puede opinar, pero hay que tener un poco de sentido común para al menos intentar enterarte de lo que estás hablando. Mucho de eso nos vamos encontrando en la vida.

Y nosotros, ¿de qué sabemos hablar? Es una pregunta seria porque en fin de cuentas se nos está planteando el sentido de nuestra vida. Y decimos que creemos y que somos cristianos, pero ¿lo somos con convencimiento? ¿Lo somos desde una experiencia viva de fe? ¿Lo somos solo por una rutina o una tradición pero sin plantearnos de verdad el sentido de nuestra fe? Sería algo que tendríamos que analizar muchos cristianos para ver hasta donde llega la madurez de nuestra fe. ¡Qué importante era aquel catecumenado que tenían que hacer los que se abrían a la fe antes de ser bautizados! Todo un camino de maduración, de interiorización, de formación para que hubiera un auténtico crecimiento para llegar a una madurez en la vida cristiana.

¿Seríamos capaces de hablar con todo sentido de Dios y de nuestra fe porque de verdad nos sentimos envueltos en la experiencia de sentirnos amados de Dios? Quien ha tenido de verdad esa experiencia de sentirse amado de Dios claro que puede hablar, y lo hará de una forma muy viva, de todo lo que significa nuestra fe, de todo lo que significa ser cristiano, porque además no serán solo sus palabras sino que lo estará reflejando en su vida. ¿Tendría que ser algo que reavivemos en nuestro propio interior para así reavivar nuestra vida cristiana?

Es la forma de dar razón de nuestra fe y del por que nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida. No podemos ir renqueando en las cosas de la fe por la vida. Solo podremos hablar con todo sentido de lo que ha sido nuestra experiencia vital. Y aunque nos decimos cristianos a muchos falta esa experiencia vital, que es mucho más que sabernos unas cosas de memoria. Por eso decían los apóstoles y los discípulos cuando quieren prohibirles hablar de Jesús porque como les decían habían llenado Jerusalén con sus enseñanzas. ‘Tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Su experiencia de fe era lo que habían vivido por sí mismos desde el contacto y escucha de Jesús durante su vida, pero sobre todo ahora desde la experiencia de la resurrección. ‘Lo que hemos visto y oído no lo podemos callar’.

‘El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio… El que Dios envió habla las palabras de Dios…’ nos decía el evangelio. Y terminaba concluyendo, ‘el que cree en el Hijo posee la vida eterna’. ¿Nuestra fe en Jesús nos hace poseer la vida eterna? ¿Podemos en verdad hablar de estas cosas desde nuestra experiencia de fe?


viernes, 13 de marzo de 2026

No nos preocupemos tanto de todos los mandamientos que hemos de cumplir sino del amor que dará sentido y valor a cuanto hacemos porque nos sentimos amados de Dios

 




No nos preocupemos tanto de todos los mandamientos que hemos de cumplir sino del amor que dará sentido y valor a cuanto hacemos porque nos sentimos amados de Dios

Oseas 14, 2-10; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

La vida está llena de normas, de reglamentos, de protocolos como dicen ahora, de preceptos y de leyes a las que tenemos que estar atentos en todo momento; por donde quiera que vayamos, por donde quiera que nos movamos tenemos que estar atentos a cómo hemos de circular por la vida, y cuando digo circular no me refiero a todas las normas y leyes de tráfico que hemos de tener en cuenta cuando nos ponemos en carretera, sino que serán las normas o estatutos para mantener una buena ciudadanía allá donde vivamos por ejemplo, serán la leyes fundamentales de un Estado o de una nación, o serán los reglamentos en cualquier sociedad o grupo al que deseemos pertenecer, serán las normas de buena convivencia en todo lo que sean nuestras relaciones sociales, hasta en la manera como hemos de sentarnos a la mesa para comer, por decir algo que nos puede parecer insulso pero que ahí está en nuestra vida social. ¿Qué es lo importante en todo eso? ¿A qué tenemos que hacerle caso o habrá algo que podamos dejar de cumplir?

Pero queremos quedarnos simplemente en todo lo que es ese entramado de nuestra vida social, sino que quizás tenemos que ir a algo más profundo con lo que vamos a manifestar nuestra identidad. ¿Pueden ser las normas éticas o morales a las que tenemos que atenernos para vivir todo lo que es la dignidad de la persona y la rectitud de una vida?

Me he entretenido en este preámbulo que nos puede valer también para plantearnos muchas cosas para entender la pregunta que aquel maestro de la ley le viene a hacer a Jesús, como escuchamos hoy en el evangelio. ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? Y entenderemos esta pregunta porque aparte de los mandamientos que vienen reflejados en los libros de la Ley, en el Pentateuco, que además se desarrolla en muchas cosas y detalles concretos que marcan la vida del pueblo de Dios, con el paso del tiempo desde la influencia de los diversos grupos religiosos los judíos se habían llenado de leyes y preceptos que al final incluso a los maestros de la ley les era difícil recordar y cumplir. De ahí la pregunta que la hace a Jesús, que podría ser también nuestra pregunta, que no en vano nos llenamos también de tantos cánones.

Podríamos decir que aquel maestro de la ley que le viene a preguntar a Jesús se debate entre la cantidad de leyes para saber qué es lo importante, pero la respuesta de Jesús podíamos decir que va por otro camino, aquello que verdaderamente va a dar calidad a la vida del hombre, a la vida del creyente. Por eso recordando literalmente Jesús lo que ya en el Pentateuco se decía nos lo viene a centrar todo en el amor. El amor a Dios sobre todas las cosas pero al mismo tiempo y con la misma intensidad el amor al prójimo.

No es algo para decir simplemente como aprendido de memoria, es algo que hemos de tener como el sentido de nuestra vida. De ahí podremos derivarlo luego todo, pero ahí tenemos que centrarlo todo. Porque además no parte del amor que nosotros podamos poner por nuestra parte, sino que siempre partirá del amor que Dios nos tiene. Con todo el corazón, con toda la fuerza de su Espíritu, con todo el pensamiento de Dios El nos ama. Porque Dios nunca  nos aparta de su pensamiento sabemos que nunca nos faltará su amor. Qué seguridad más grande sentimos en nuestro interior.

En esa onda nosotros hemos de entrar; y como el amor de Dios siendo muy personal y también muy directo a nuestra persona, a cada persona, porque nos ama como si fuéramos únicos, es también el amor que Dios tiene a todos y en consecuencia por ese camino nosotros también hemos de andar. Y ese amor vale más que todos los holocaustos y sacrificios, porque no son cosas lo que nosotros ofrecemos sino que nos ofrecemos a nosotros mismos, nos damos a nosotros mismos, porque eso es realmente el amor.

Si así estamos en el pensamiento de Dios que nos ama ¿también seremos capaces de tener en nuestro pensamiento a ese prójimo al que tenemos que amar? Ovala fuéramos capaces de hacerlo así, porque será la forma de comenzar a amar de verdad. Cuando te cueste amar a alguien ponla en tu pensamiento de la misma manera que Dios te tiene en su pensamiento.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

 


Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

Números 24, 2-7. 15-17ª; Salmo 24; Mateo 21, 23-27

Esto se va a pique, nos dice el agorero de turno, aquel que tiene siempre los ojos oscuros para anunciarnos fracasos y caídas, y es como un jarro de agua fría que nos echan encima para ahogar ilusiones y esperanzas. Será en los problemas de cada día, en la familia, en el trabajo, con los negocios, porque vemos que las cosas no marchan y ya no tenemos imaginación para encontrar salidas; será la situación que vemos a nuestro alrededor, y vienen las añoranzas, los recuerdos de otros tiempos que nos parecieron mejores, la pendiente por la que nos parece que discurre nuestra sociedad. Será muchas veces la mirada pesimista que echamos sobre nuestra iglesia, sobre la religión, sobre la fe de la gente donde primero vemos lo negativo, los fallos, los errores, las cosas de otros tiempos que podrían tener sentido en sus circunstancias concretas pero a las que le echamos la culpa de todo lo negativo que podamos ver hoy.

¿Y no hay una palabra de esperanza, una palabra o un gesto que nos haga renovar ilusiones, alguna luz que esté brillando en algún lugar y es como un rescoldo que un día puede encender una gran llama luminosa? Cuidado que los cristianos nos metamos también esa espiral de derrotismo, de pesimismo, de dramatismo ante las situaciones y eso nos paralice o nos haga encerrarnos más en nosotros mismos. Cuidado que con el tema de la fe y de la religiosidad comencemos a buscar refugios donde nos encerremos porque allí nos pueda parecer que estamos más seguros y perdamos esa vitalidad que necesitamos y que sería el mejor testimonio de vida que podamos ofrecer.

No es un optimismo que se distancie de la realidad lo que hemos de buscar; no es un optimismo porque cerremos los ojos a los tropiezos que en la vida podamos encontrar y hacer como si no existieran. La realidad está ahí y tiene sus sombras, pero también hay luces, también hay salidas, no nos puede faltar la esperanza. Dios nos va poniendo señales que tenemos que saber distinguir, habrá personas a nuestro lado que su testimonio es un estímulo para nosotros, hay semillas que germinan y hacen brotar plantas nuevas que florecerán y tenemos la esperanza que un día nos darán fruto.

Quizás hay muchas semillas silenciosas a nuestro lado, pero que en el silencio de la tierra donde fueron enterradas están germinando. Hay mucha gente silenciosa, callada, anomia que sigue haciendo muchas cosas buenas; nos puede parecer que es una viejita que ya no sabe hacer otra cosa que ir a la Iglesia y rezar, pues ahí hay una semilla, ahí se está regando una planta, de ahí aun en medio de las espinas de la vida brotará una flor. Tenemos que saber descubrirlo, palparlo en tantos a nuestro lado a los que quizás no les prestamos atención, que podrían incluso parecernos un estorbo, pero que sin embargo son un estímulo, son un río de gracia y de vida que todo lo va renovando.

No seamos ciegos, no nos hagamos preguntas incongruentes, sepamos distinguir el actuar de Dios, no andemos siempre buscando donde tropezar o donde hacer tropezar a los demás, sepamos descubrir esa palabra buena que nos llega algunas veces no sabemos de dónde pero que nos ayuda, sepamos siempre ir bendiciendo porque es una manera de ir haciendo presente a Dios en la vida de aquello o aquellos que bendecimos.

Por una parte hoy en la Palabra de Dios hemos visto la bendición para el pueblo de Israel peregrino por el desierto pero de quien había sido llamado para maldecir, y por otra vemos la actitud renuente de los fariseos de Jerusalén que ni quieren reconocer la autoridad de Jesús ni tampoco la misión que el Bautista había realizado en el desierto del Jordán. Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción de Dios y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para nuestra vida. No seamos nunca ni negativos ni catastrofistas.


viernes, 14 de noviembre de 2025

Aprendamos a detenernos, a no dejarnos arrastrar por la loca carrera de la vida, a saber leer cuanto nos sucede desde una mirada creyente, a darle un sentido a nuestro caminar

 


Aprendamos a detenernos, a no dejarnos arrastrar por la loca carrera de la vida, a saber leer cuanto nos sucede desde una mirada creyente, a darle un sentido a nuestro caminar

Sabiduría 13,1-9; Salmo 18; Lucas 17,26-37

La vida de cada día con sus afanes y preocupaciones, con el agobio de todo lo que tenemos que hacer, esas cosas ordinarias que hacemos como modo de vivir o como medios de subsistencia, los acontecimientos que se suceden ya en el ámbito cercano nuestro de la familia o de nuestro trabajo, el caudal inmenso de noticias que nos llegan por todos los medios y más teniendo hoy como tenemos a manos tantas redes sociales, nos hacen entrar en un ritmo tan vertiginoso que nos parece que no tenemos tiempo para vivir, muchas cosas se convierten como en rutinas de la vida que andamos y desandamos algunas veces ni siendo conscientes del todo de lo que hacemos y no somos capaces de detenernos a reflexionar o dar hondura, sentido y valor a lo que hacemos.

Nos sentimos absorbidos por la vida y hay el peligro de entrar en la superficialidad de hacer las cosas porque tenemos que hacerlas pero sin llegar a saborearlas y disfrutarlas, de sentir que en eso está nuestra vida y que tendríamos que buscar como otro forma para darle otra intensidad a nuestro vivir. Qué peligroso convertir en una rutina nuestro vivir.

¿Llegaremos a descubrir en cuanto nos sucede o hacemos señales de algo más? ¿Seremos capaces de leer esa vida que vivimos para escuchar una voz que nos pudiera estar hablando o llamándonos desde esas mismas cosas o desde nuestro interior? ¿Seremos capaces de darle una mayor trascendencia a lo que hacemos o vivimos o simplemente estamos cumpliendo con una función porque eso es lo que nos ha tocado vivir? ¿Podrá haber algo más que nos llene interiormente y nos haga crecer en humanidad como personas? Porque tenemos el peligro de que en esa carrera de la vida vayamos perdiendo humanidad, incluso para nosotros mismos que nos convertimos en máquinas.

Creo que esto nos quiere hacer pensar hoy Jesús. Toda la conversación  de Jesús parte desde aquellas preguntas que le hacían de si ya era la hora en que se iba a manifestar el Reino de Dios y con qué signos lo conoceríamos. Jesús nos invita a estar atentos a nuestra vida, que sepamos leer nuestra vida y cuanto nos acontece; podríamos encontrar señales hermosas que nos va dejando Dios de cómo se manifiesta y se hace presente junto a nosotros.

Habla de los tiempos de Noé en que la mayoría no supo ver las señales del cielo y solo se salvaron unos pocos que habían construido aquel arca; o nos habla de los tiempos de Lot donde parecía que la vida circulaba con toda normalidad, pero hubo un momento de transformación con lo que llamaban aquel fuego venido del cielo. Nos habla del que está en el campo o del que está en su casa con sus quehaceres; podemos sentir, tenemos que saber sentir esa presencia de Dios, esos signos que Dios va poniendo a nuestro lado en el camino de la vida y que nos llaman a algo distinto y mejor. Es lo que nos habla de la venida del Hijo del Hombre.

Es lo que tenemos que saber discernir en nuestra vida de cada día y ver esa acción de Dios en nosotros; pero nuestra fe se nos va enfriando, vivimos sin sentir esa presencia de Dios, no escuchamos la voz de Dios que de tantas maneras va a hablándonos al corazón. Vivimos en nuestra loca carrera de la vida pero ¿Dónde hemos puesto la fe? ¿En qué se nota en nuestra manera de vivir que somos unos creyentes, que queremos vivir un evangelio, que sentimos ese amor de Dios en nosotros y que tenemos que ser mensajeros de vida y salvación para el mundo que nos rodea? ¿No podemos dar la impresión de que vivimos sin Dios, sin necesitar a Dios, sin gozarnos de su presencia en nuestra vida?

¿Tendremos que aprender a detenernos, a hacer una parada, a ponernos a reflexionar, a saber leer la vida de manera diferente?

martes, 21 de octubre de 2025

Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…

 


Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Salmo 39; Lucas 12, 35-38

No todos entendemos quizás el vivir de la misma manera. Muchos parece que simplemente se dejan vegetar, o sea, respiran, caminan, el corazón mantiene su ritmo de pulsaciones, simplemente van dejando pasar lo que sucede delante de sus ojos, pero como una película de la que no nos sentimos actores; muchos que se dejan arrastrar por lo que salga, pasivamente van respondiendo quizás a unos estímulos o impulsos que les de la vida misma o los acontecimientos pero por si mismos parece que nada tienen que ofrecer; quienes se dejan arrastrar por lo que dicen o hacen los demás pero parece que no tienen opinión propia, reaccionan según las influencias que reciban pero además a tono con esas influencias sin enriquecer nada porque no ponen nada de su parte.

Pero hay quienes quieren construir su vida, no simplemente dejarse arrastrar ni influir, sino que provocarán iniciativas, ideas, planteamientos, pero además quieren darle sabor a su vida poniendo emoción pero poniendo sobre todo el vigor del amor, que los hace creadores, revolucionarios incluso, pero que no se quedan solo a ras de la tierra, aunque pisan con fuerza el suelo sobre el que caminamos, pero se elevan dando una trascendencia a su vida, a lo que hacen, que va más allá del tiempo presente o de un futuro inmediato porque tienen visiones de eternidad.

La vida no puede ser pasiva aunque estemos llenos de esperanza; la vida tiene que ser constructiva porque ahí está todo lo que cada uno puede aportar; pero en la vida tenemos que estar con los ojos abiertos porque también vivimos en una interrelación y hemos de estar atentos a lo vamos poniendo para hacerlo siempre con sentido, pero abiertos también a lo que sucede a nuestro alrededor, como también a cuanto llega a nosotros que siempre nos enriquecerá.

Pero en esta trascendencia espiritual que los creyentes, los cristianos que seguimos a Jesús, queremos darle a nuestra existencia vivimos en la esperanza de la llegada del Señor a nuestra vida; y no pensamos solamente en el momento final de nuestra existencia – en el que también tendremos que pensar – sino en el hoy de nuestra vida donde Dios llega a nosotros y se nos manifiesta, podríamos decir, de mil maneras.

Es el Señor que con la fuerza de su Espíritu viene a actuar en nosotros inspirándonos todo lo bueno que hemos de realizar, hablándonos al corazón allá en lo más hondo de nosotros mismos para lo que hemos de estar sintonizados en esa onda especial de Dios; es el Espíritu de Dios que está nosotros fortaleciéndonos en ese camino y haciéndonos sentir su gracia y su fuerza para vernos liberados del mal. ¿No nos ha enseñado Jesús a orar pidiendo que nos veamos liberados del mal y no caigamos en la tentación? Pero aunque lo decimos con mucha prontitud y fidelidad cuando rezamos el padrenuestro luego no estamos atentos y vigilantes cuando nos pueda venir la tentación, para poder superarla con esa fuerza del Espíritu de Dios que está en nosotros.

Hoy nos está hablando Jesús de esa necesaria vigilancia que tendría que haber en nuestra vida, porque la esperanza no es quedarnos con los brazos cruzados y medios dormidos esperando pasivamente lo que nos pueda venir o suceder. El que espera y porque lo hace ya predispuesto con esa seguridad que le va a dar esa esperanza, estará vigilante, estará atento para sentir la señal, para dar respuesta, para ese nuevo actuar.

Y el que está vigilante a causa de eso que espera no se mete en la boca del lobo, sino que si sabe que el lobo está cerca – y la tentación nos acecha en todo momento y por toda partes por donde menos lo esperamos – vigilará para no acercarse allí donde sabe que está el peligro; quien padece de vértigo evita ponerse frente a un abismo porque sabe que en esas circunstancias va a sentir con mas fuerza ese episodio del vértigo. ¿Estaremos haciendo eso en nuestra vida?

‘Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…’

sábado, 24 de mayo de 2025

¿Seremos capaces de una vez por todas los cristianos de dar la cara valientemente por nuestra fe en medio del mundo?

 


¿Seremos capaces de una vez por todas los cristianos de dar la cara valientemente por nuestra fe en medio del mundo?

 Hechos 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

En ocasiones nos sucede que no entendemos las cosas que nos suceden, las reacciones de personas que en principio se habían mostrado muy amigables y parecía que prometía una hermosa amistad, pero que en determinado momento cuando fueron conociendo nuestros criterios, nuestra manera de entender las cosas  muy diferente de lo que son sus planes de vida, aunque nosotros nos mostráramos dialogantes y amigables fueron como olvidándose de nosotros, haciendo un aparte y alejándose; nos rechazan porque no somos como ellos, nos rechazan porque nosotros otro sentido de la vida, les resultamos incómodos porque quizás nuestras posturas y actitudes son como una denuncia en su conciencia de que tendrían que ser de otra manera. Y todo queda bien cuando nos abandonan pero no se convierten en nuestros enemigos encarnizados.

He hablado de generalidades de la vida, pero tiene una aplicación muy concreta cuando andamos en los caminos de la fe, de la vida cristiana y de nuestra concepción del mundo y de la vida desde el evangelio, desde el seguimiento de Cristo. Es de lo que Jesús nos quiere hablar hoy en este evangelio que se nos ofrece. Claramente nos dice ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros’.

Y ¿por qué nos va a odiar el mundo? Somos del mundo y en el mundo estamos pero no podemos vivir a la manera del mundo. Es el testimonio claro que tiene que dar todo cristiano. Aunque nos rechacen, aunque vayan contra nosotros, aunque esto pueda significar luego que nosotros nos podemos sentir incómodos en medio del mundo. Son las persecuciones de las que nos habla la historia del cristianismo. Fue la historia de Jesús, como El mismo nos dice.

Es la responsabilidad con que tenemos que vivir nuestra fe. No queremos simplemente realizar unos actos bonitos que entretenga a la gente, que encandile y nos haga vivir en sueños alejándonos de lo que es la realidad de la vida, que nos llene de fantasías que vengan como encubrir brillos de poder y de dominio. El seguimiento de Jesús nos exige despojarnos de mantos y atarnos bien la cintura con la toalla con la que vamos a lavar los pies de los demás, con la que vamos a enjugar las lagrimas del sufrimiento que se derraman de muchos corazones, el seguimiento de Jesús nos hace bajarnos de nuestros caballos para ceder nuestro lugar a los heridos que encontramos por el camino, embarrarnos en los lodos del camino porque queremos ir tendiendo manos que levanten, que lleven a la piscina de la purificación, que ayuden a hacer el camino de los que se van arrastrando por la vida.

Un estilo de vida así choca, llama la atención, despierta sensibilidades que no todos están dispuestos a despertar, provoca a los que se sienten cómodos en sus rutinas de las que no quieren salir, molesta a los que quieren seguir envueltos en sus algodones o en sus vanidades porque les duele tener que ponerse el delantal del servicio, resulta incomodo porque nos recuerda el sonido de las monedas de nuestros bolsillos de las que no queremos desprendernos para compartirlas con los que menos tienen.

Por eso un verdadero cristiano va a resultar incomodo en medio de este mundo de vanidades y de orgullos, de individualismo y de insolidaridad. Pero lo peor está en que seamos los cristianos los que nos acomodemos al estilo del mundo, porque a ellos queremos parecernos. Hacen falta testimonios valientes, cristianos decididos dispuestos a dar la cara por nuestra fe, aunque nos rechacen o aunque quieran quitarnos de en medio, como está resultando hoy en nuestra sociedad en la que se quiere ningunear a la Iglesia, a la que se quiere achacar todos los defectos, a la que se quiere encerrar en las sacristías y no quieren que se palabra resulte fuerte en medio de la sociedad, que necesita también escuchar esa voz.

¿Seremos capaces de una vez por todas los cristianos de dar la cara valientemente por nuestra fe en medio del mundo?

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Qué distintas hacemos las cosas cuando caminamos desde el amor, vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar por El, otra será nuestra alegría

 


Qué distintas hacemos las cosas cuando caminamos desde el amor, vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar por El, otra será nuestra alegría

Isaías 40, 15-31; Salmo 102; Mateo 11, 28-30

Estoy cansado, no puedo más. ¿Lo habremos dicho alguna vez? ¿Lo habremos escuchado a gente a nuestro alrededor? Cansados porque mucho es el trabajo y duras sus condiciones, muchas las cosas que hacer y no sabemos de donde sacar el tiempo, nos sentimos presionados porque hay que sacar las cosas a tiempo porque la vida es una loca carrera, porque nos sentimos débiles, porque estamos enfermos y nos sentimos sin fuerzas.

Pero ese cansancio puede venir de más allá, de otras situaciones, del ambiente que nos rodea o de las desganas que sentimos en nuestro espíritu; porque hemos perdido la ilusión o ya no tenemos metas por las que luchar y entonces el trabajo se hace cansino, sin sentido; porque nos hemos ido quemando en la vida con fracasos, contratiempos, incomprensiones, desmotivación porque no se valora lo que hacemos o no se nos tiene en cuenta; porque los problemas se nos amontonan y hasta hemos perdido la esperanza, porque hay en nosotros cosas que nos desestabilizan y quitan claridad a nuestra mente para saber por donde vamos ni por qué hacemos las cosas; porque la sociedad en la que vivimos parece en ocasiones que va sin norte y todo es confusión…

Cuando Jesús nos dice hoy en el evangelio que vayamos a El los que estamos cansados y agobiados está saliéndonos al encuentro, saliendo al encuentro de esta sociedad nuestra, en aquel momento de la historia de su presencia allí en los caminos de Galilea y Palestina, pero también en el hoy de nuestra historia, de nuestra vida concreta donde también se manifiesta ese cansancio, ese agobio y esa desesperanza.

No podemos tomarnos estas palabras de Jesús como unas palabras bonitas como si fueran solamente una hermosa página literaria. Su Evangelio, su buena noticia nos quiere alcanzar hoy ahí donde estamos con nuestros cansancios y con nuestros agobios; cada uno sabemos cómo nos encontramos, cada uno hemos de escucharlas directamente dichas para nosotros.

Y es que Jesús ha venido para poner luz en nuestra vida, Jesús ha venido para responder a esas situaciones concretas que cada uno vivimos, Jesús ha venido para ser nuestra salvación, y salvarnos es sacarnos de esas situaciones donde nos sentimos hundidos, donde hemos perdido la ilusión y la esperanza, donde nos encontramos con nuestros problemas, donde estamos con nuestros cansancios concretos.

Por eso escuchar el evangelio, escuchar el mensaje de Jesús es pensar en nuestra vida, en nuestra situación, en las cosas que hacemos o que tenemos ganas de hacer, en las cosas que nos cansan y que nos aburren y ver qué quiere Dios de nosotros, qué nos quiere decir en concreto la Palabra de Dios, de qué en concreto necesitamos sentirnos salvados. No es algo etéreo que veamos tan espiritual y sobrenatural que le hagamos perder el sentido nuevo de humanidad que Dios quiere dar a nuestra vida.

Cuando Jesús nos está diciendo que vayamos a El, que aprendamos de El, que en El encontraremos nuestro descanso no es simplemente para que nos encerremos en nuestras iglesias con nuestros rezos y con nuestros cantos – que también tenemos que hacerlo – sino para que empecemos a caminar un camino nuevo, el que nos va trazando con su Evangelio, que será una nueva manera de mirar y de ver las cosas, ver nuestro trabajo, ver nuestra familia, ver las cosas que hacemos, ver esa sociedad en la que estamos y comencemos a sembrarla de nuevos valores, comencemos a empaparla de un nuevo sabor y sentido, a encontrar nuevas motivaciones para nuestras luchas y para nuestros esfuerzos, a llenar de una nueva alegría, entusiasmo e ilusión nuestra vida y lo que hacemos, a tener una nueva y trascendente esperanza.

Es la mansedumbre de su corazón, es la ternura que aprendemos de El, es la nueva paz que sentimos en nuestro espíritu, es ese sentido de sencillez y de humildad con que hacemos las cosas. Qué distintas hacemos las cosas cuando las hacemos con amor y por amor; qué fortaleza interior sentimos para superar cansancios, desilusiones, fracasos, contratiempos, rutinas. Es otra nuestra vida. Vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar con El.

domingo, 15 de septiembre de 2024

Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

 


Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

Isaías 50, 5-9ª; Sal. 114; Santiago 2, 14-18; Marcos 8, 27-35

Todos nos hacemos preguntas, algunas veces parece que nos vienen en cadena, otras surgen en un momento determinado casi por sorpresa, o no las hace la vida misma; preguntas sobre nosotros mismos, preguntas sobre aquellos que nos rodean, preguntas sobre esas personas que nos parecen importantes para nosotros; preguntas cuyas respuestas pueden tener sus consecuencias para nosotros, para lo que va a suceder y que quizás nos cuesta asumir; preguntas que nos dan miedo o que nos sorprenden, preguntas que pueden darle una vuelta a nuestra vida,  preguntas en fin sobre las que queremos encontrar una respuesta.

Hoy en el evangelio es Jesús el que hace unas preguntas, que en principio podrían parece inocentes, porque era recoger aparentemente las opiniones de los que les rodeaban; pero pregunta que poco a poco va comprometiendo, porque hay que dar una respuesta personal, pero respuestas que van a tener sus consecuencias, porque al final estará haciendo que los que se hagan las preguntas de donde están son los propios discípulos, o aquellos que quieren seguir a Jesús. Que todo puede ser al mismo tiempo un itinerario que nosotros también hemos de recorrer.

Primero pregunta Jesús sobre lo que piensa la gente del Hijo del Hombre; las respuestas son variadas según la percepción que la gente va teniendo de lo que hace Jesús, por eso le ven como un profeta, como un gran profeta como los grandes profetas antiguos, o como el recientemente martirizado Juan Bautista, con lo que también esas respuestas pueden tener algo de profecía.

Pero Jesús da un paso más, porque ahora pide una respuesta personal de aquellos que en este momento le rodean, sus discípulos más cercanos. Les impacta la pregunta ‘y vosotros, ‘¿quién decís que soy yo?’ La respuesta no pueden ser generalizaciones sino que tiene algo más personal y será Pedro el que se adelante a responder. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo’, el Hijo del Dios vivo. Otros evangelistas nos dejarán el comentario que hizo Jesús a esta respuesta de Pedro, que no la da por si mismo sino porque se lo ha revelado el Padre del cielo.

Pero Marcos, en el evangelio de hoy, hace que en esa pregunta y en esa respuesta veamos todo lo que tienen que ser sus consecuencias. El sentido del Mesías en Jesús es distinto. Por eso Jesús irá sacando consecuencias que ahora irán haciendo que sean los discípulos los que se interroguen por dentro y en cierto modo hagan una opción. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días’. No era esa la imagen que ellos tenían del Mesías a pesar de todo lo que Jesús les había enseñado y anunciado.

Aquello les impacta y les deja descolocados y como siempre será Pedro el que comience a hablar y actuar. Son interrogantes en el interior que no nos pueden dejar paralizados. Eso no puede suceder, eso no le puede pasar a Jesús con todo lo que la gente piensa de El y le busca y quiere seguirle. Pedro trata de convencer a Jesús, que no sé si será tratar de convencerse a si mismo de lo que Jesús les está planteando. Pero Jesús le rechaza, le aparta de su lado ‘¡Quítate de en medio!’, poco menos que le dice porque ‘eres una tentación para mí’.

Pero Jesús, ya dirigiéndose a todos, ¿dirigiéndose a nosotros quizás también?, nos vendrá a aclarar lo que va significar la fe que tengamos en El. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?’ No son solo palabras bonitas o aprendidas de memoria las que nos definen la fe que tenemos en Jesús sino que tienen que ser unas actitudes nuevas que hemos de tener en nuestro corazón.

¿Será así cómo nosotros queremos ser en verdad discípulos de Jesús? ¿Hasta dónde llega nuestra fe en El? Porque quizás estaremos muy entusiasmados cuando parece que son los buenos momentos, las grandes aclamaciones y los momentos de fervor, cuando quizás nos metemos en medio de una multitud entusiasta porque parece que todo es como una fiesta.

Cuando tenemos que ver la realidad que hay a nuestro lado, cuando descubrimos el sufrimiento de tantos, o cuando nos salen las cosas mal, cuando nos vemos envueltos en problemas que no parece que tengan solución, enfermedades que nos hacen sufrir en nuestros seres queridos o en nosotros mismos, cuando se nos hace difícil porque no todos nos entienden y parece que nadamos a contracorriente, cuando tenemos que comenzar a desprendernos de muchas cosas que llevamos demasiado apegadas en nuestra vida porque nos damos cuenta de que están muy lejos de los valores del evangelio, cuando tenemos que comenzar a compartir olvidándonos de nosotros porque vemos que hay otra gente con mayor necesidad, cuando tenemos que aceptar incluso a aquellos que no nos caen bien, ¿cómo reaccionamos? ¿Escuchamos y asumimos esas palabras que nos ha dicho Jesús de negarnos, de perder la vida, de tomar y cargar con nuestra cruz?

Preguntas, decíamos al principio, que algunas al final podrían sernos molestas. Preguntas que nos hace Jesús hoy y que nos hacen hacernos preguntas sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida. ¿Tememos las preguntas que nos hace el evangelio cuando lo escuchamos con corazón abierto?

jueves, 1 de agosto de 2024

Que crezca en nosotros la sabiduría de Dios porque nos quede ese buen olor, ese buen sabor de cuanto hemos aprendido del evangelio que da un sentido nuevo a la vida

 


Que crezca en nosotros la sabiduría de Dios porque nos quede ese buen olor, ese buen sabor de cuanto hemos aprendido del evangelio que da un sentido nuevo a la vida

Jeremías 18, 1-6; Salmo 145; Mateo 13, 47-53

En la red de los mares de la vida nos encontraremos variedad de peces. Como cuando echamos la red al mar para pescar, no solo vamos a encontrar en la red aquellos que más deseamos sino que enzarzados en la red encontraremos toda clase de peces, que unos nos servirán y otros no.

Es lo que nos vamos encontrando en la vida, en sus caminos, en nuestros encuentros, gente que nos parece bien y con quien estaremos más o menos en sintonía, pero también otros que piensan distinto o actúan en posturas bien contrarias a lo que son nuestros valores o nuestros principios. En ese conglomerado tenemos que navegar, tenemos que hacer nuestra vida, tendremos quizás que marcar nuestras diferencias porque queremos que brillen nuestros valores, pero no significa que dejemos de respetar a los que son de otra manera. En ese mundo tenemos que caber todos mientras nos guardemos el debido respeto y valoración, y sabiendo aprovechar también lo  bueno que pueda brillar en los demás.

Es la sabiduría con que tenemos que afrontar la vida, es la sabiduría que nos hace tener también una mirada amplia y llena de respeto, es la sabiduría con que aprovecharemos todo lo bueno que no significa que hagamos unas mezclas en las que al final todo nos parezca igual. No valen sincretismos de que todo vale, pero si tenemos que tener esa sabiduría para aprovechar todo lo bueno. No es fácil, podemos entrar en confusiones, si no tenemos los pies bien asentados en nuestros fundamentos podemos fácilmente deslizarnos de manera que al final no sabemos dónde estamos.

Nos ha venido Jesús hablando con distintas parábolas para irnos describiendo lo que es el Reino de Dios y los valores fundamentales de ese Reino de Dios. Nos ha hablado con distintas parábolas que nos hablan de la semilla, de las distintas respuestas del terreno donde ha sido sembrada, pero también de la maleza que se nos puede meter por medio, que sabemos bien que es una realidad, y que tenemos que saber sortear por una parte, o convivir con esa realidad intentando mantener la pureza de nuestra semilla y nuestras plantas, para que al final podamos obtener un fruto.

Hoy finalizando este capítulo donde el evangelista ha situado el conjunto de esas parábolas nos habla Jesús de la red arrojada al mar y en la que vamos a encontrar esa variedad de peces, aunque algunos tengamos que descartar porque no nos son válidos. Es lo que ahora hemos venido reflexionando y que de alguna manera resume lo que Jesús ha querido decirnos. Unas palabras, como lo son siempre las palabras de Jesús, que nos alientan en nuestro camino, en nuestras luchas, en nuestros esfuerzos por superarnos pero también por ser fieles a pesar de los vientos en contra que podamos encontrar. Nos agarramos fuerte a la luz para que no deje de alumbrarnos en el camino; así nos apoyamos en la Palabra de Jesús. Así vamos aprendiendo esa sabiduría del evangelio.

Por eso finalmente nos hablará del hombre sabio que sabe sacar del viejo arcón lo que es válido de verdad para nuestra vida, dejando a un lado lo que es inservible. Esa sabiduría que va creciendo poco a poco en nuestro interior, que es como ese poso que nos va quedando en el fondo lleno de los mejores sabores y olores después que en él hemos ido arrojando toda clase de sustancias. Habrá cosas que se diluyen y evaporan y parece que se olvidan porque ya no se tienen en cuenta, pero en el fondo ha quedado ese buen sabor, ese olor agradable que enriquece nuestra vida, es esa sabiduría de la vida que vamos adquiriendo con el paso de los años.

La sabiduría no está en los muchos libros que hayamos leído o estudiado, una biblioteca grande que hayamos formado con muchos tomos en lo que podríamos llamar estantes de nuestra vida, sino en ese conocimiento que en el fondo nos queda, podíamos decir que tomado de acá y de allá, y que nos da un sentido nuevo a cuanto hacemos o decimos.

Que crezca en nosotros esa sabiduría de Dios. Y ya sabemos cómo tenemos que hacerlo.


miércoles, 31 de julio de 2024

Estamos al tanto de la última tecnología de última generación, pero nos hemos dejado de preocupar por el tesoro de la buena noticia siempre nueva del evangelio

 


Estamos al tanto de la última tecnología de última generación, pero nos hemos dejado de preocupar por el tesoro de la buena noticia siempre nueva del evangelio

Jeremías 15,10.16-21; Salmo 58; Mateo 13,44-46

Hoy queremos estar a la última; nos enteramos que salió un móvil - celular dicen en otros sitios – de última generación, o cualquier otro aparato electrónico o de informática con no sé cuantas aplicaciones y mejoras – yo ya me he quedado obsoleto en estas cosas – y corriendo vamos a conseguirlo, cueste lo que cueste, porque no nos podemos quedar atrás, porque no podemos ser menos que el amigo que ya lo tiene y va luciéndose por todas partes. Cuánto interés ponemos en estas cosas, cómo somos capaces de gastarnos lo que no tenemos con tal de estar a lo último.

Se me ha ocurrido poner esto tan propio de nuestros días, porque de alguna manera es una traducción de las parábolas que nos propone hoy Jesús en el evangelio, el tesoro encontrado en el campo, o la perla preciosa que hemos descubierto; en fin de cuentas tenemos hoy todos esos ‘aparatejos’ electrónicos como un gran tesoro para nuestra vida en virtud de cuantas cosas nos ofrecen y de las utilidades que tienen en la vida de hoy. Aquellos de la parábola eran capaces, como nos dice Jesús, de vender cuanto tenían con tal de conseguir aquel tesoro. Claro que hoy no solo es todo eso de la tecnología, de la que hemos venido hablando, sino también pensemos que, como se suele decir, vendemos el alma al diablo por algunas satisfacciones, por cosas que decimos que nos hacen felices, o muchas veces por dar esa apariencia de poder y de grandeza que manifestamos en tantas cosas de la vida.

Pero Jesús nos está diciendo que quien encuentra un sentido para su vida es como quien está encontrando un tesoro; nos habla del reino de Dios, del reino de los cielos. Es el gran mensaje que Jesús nos está presentando desde el inicio de su predicación. Y ya nos decía desde el principio cómo tendríamos que desprendernos de muchas cosas para poder creer y aceptar esa buena noticia que El nos estaba presentando. Convertíos, nos decía, para creer en la Buena Noticia.

Y esa Buena Noticia era hablarnos del Reino de Dios; no era hablar de un reino nuevo que había de establecerse en Israel para recuperar su soberanía; era la imagen que los confundía, y cuando comprendían que Jesús no iba precisamente por ese camino muchos le rechazaron. Ese Reino de Dios que Jesús les anunciaba era algo mucho más hondo porque era algo que había de realizarse en lo más hondo de la vida; era descubrir un sentido nuevo de la vida donde el único Señor de nuestra vida sería Dios, por eso lo llamaba reino de Dios.

Pero es que cuando se descubría esto, se estaba descubriendo un sentido más grandioso de la persona, se estaba queriendo recuperar la verdadera dignidad y grandeza de la persona que no podía quedarse en apariencias ni vanidades, ni en ritos ni en cumplimientos. Por eso nos está hablando de que ese sentido tiene su raíz en el amor; desde el amor que Dios nos tiene y desde el amor que en consecuencia hemos de tenernos los unos a los otros. Y amarnos es respetarnos, y valorarnos, y buscar el bien de la persona y respetar siempre su dignidad, es engrandecernos por dentro desde la generosidad con que vivamos la vida y nuestras relaciones con los demás, es buscar la verdadera felicidad, la que nos llena de satisfacciones por dentro y que nos conducen a una plenitud.

Descubrir todo esto es en verdad descubrir un tesoro, y quien encuentra el tesoro lo querrá tener consigo siempre. Por él lo daríamos todo. Ojalá tuviéramos tanto interés por encontrar ese sentido de la vida, como tenemos interés por estar al día en las últimas tecnologías o las últimas cosas que se lleven en el momento presente, ya sean las modas, ya sea las músicas, ya sean las últimas cosas que nos salgan en las redes sociales.

¿Aprenderemos algún día a valorar en todo su sentido el evangelio? ¿Pondremos todo el interés del mundo por escuchar el mensaje de la palabra de Dios igual que estamos al tanto de la última canción o del último concierto que nos da el artista del momento? ¿Prestaremos la misma atención al mensaje de la palabra de Dios como el interés que mostramos por escuchar y seguir al último ‘influencer’, o como se diga, del momento?