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jueves, 16 de julio de 2026

Jesús nos dice que tomemos su yugo, el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabarán nuestros desánimos y cansancios

 


Jesús nos dice que tomemos su yugo, el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabarán nuestros desánimos y cansancios

 Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Salmo 101; Mateo 11, 28-30

Estoy cansado, hemos dicho más de una vez como lo escuchamos también a muchos a nuestro alrededor. ¿Cansado? ¿por el esfuerzo? ¿por el trabajo? ¿por el camino realizado? ¿por las responsabilidades que hemos tenido que asumir? Normalmente cuando hablamos de cansancio estamos haciendo referencia a ese cansancio físico de nuestro cuerpo, pero bien sabemos que hablamos de cansancio por algo más, nuestro estado de ánimo que se nos va para el piso, cansancio que es también desilusión e impotencia, cansancio que es consecuencia de los agobios de la vida, cansancio que es soledad en nuestras luchas o incomprensión de los que nos rodean, cansancio que es desorientación y caminar sin rumbo, sin metas, sin objetivos, sin saber a donde vamos.

Y ¿cómo nos recuperamos de esos cansancios? Del físico sabemos que deteniéndonos en esas tareas para recuperar esas fuerzas gastadas, pero ¿y del otro tipo de cansancio? ¿dónde encontrar ese animo perdido? ¿dónde encontrar esa paz que necesitamos para encauzar bien nuestro camino? Mucho depende de cómo seamos capaces de afrontar esos problemas que nos agobian; ¿será necesario un cambio de nuestra mente para no sentirnos derrotados de antemano? ¿será importante comenzar a creer más en nosotros mismos y en nuestra capacidad para seguir el camino emprendido? Los derrotismos nada ayudan; saber que hay una posibilidad porque también una capacidad en nosotros mismos, nos puede hacer ver las cosas de otra manera; unas nuevas actitudes por nuestra parte creo que nos allana la solución de los problemas que podemos encontrar.

Hoy Jesús en el evangelio nos está haciendo una hermosa invitación. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré...´ ¿Estaría Jesús notando en sus discípulos ese cansancio porque aun con las palabras y los signos de Jesús no veían realizadas tan pronto como deseaban sus expectativas? Unas palabras que tendrán que seguir recordando sus discípulos cuando vengan los momentos difíciles, como será cuando llegue la hora de la pasión y de la pascua, y se sientan entonces desalentados encerrándose en si mismos. Como tenemos que recordarlos nosotros en el camino de nuestra vida.

Un día nos dirá el evangelista que Jesús sentía lástima de aquellas muchedumbres que le seguían porque andaban como ovejas sin pastor; ovejas sin pastor en sus pobrezas y en sus deseos de salud, ovejas sin pastor porque andaban desorientados sin nadie que les ofreciera nuevas esperanzas, ovejas sin pastor porque se sentían un pueblo pobre y oprimido desde muchas circunstancias difíciles que vivían no solo por la opresión extranjera sino también por la manipulación de sus dirigentes.

Y Jesús les dice ‘Venid a mí… y yo os aliviaré’. Jesús se nos está ofreciendo como nuestro descanso. Desde el principio se nos ha anunciado la llegada de una buena noticia, y esa buena noticia la tenemos en Jesús. Con sus signos y milagros ya nos ha ido manifestando que en verdad es la luz y la vida nueva para nuestra existencia. A ello tenemos que dar respuesta, y expresando en un cambio de actitudes y posturas que con Jesús todo es distinto. Y ¿qué nos dice Jesús que vamos a encontrar en El que será en verdad alivio y descanso para nuestra vida? En una palabra podríamos decir, ser como Jesús.

Por eso nos dice que aprendamos de El, que aprendamos de su corazón; es todo un cambio de vida, un cambio de actitudes, el nacimiento de una confianza y de una esperanza. ¿No nos ha pedido desde el principio conversión? ‘Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas…’ ¿Qué significan estas palabras? Tomar su yugo es caminar sus pasos. Esas actitudes negativas y de desesperanza que tantas veces nos aparecen en nuestra vida tenemos que desterrarlas de nosotros. ¿Qué nos suele suceder cuando estamos cansados y agobiados? Pensemos en nuestras reacciones, la acritud que envuelve nuestra vida, la violencia con que reaccionamos, el mal carácter que nos aflora desde el primer momento, el rechazo con que vamos caminando de cuanto nos rodea y hasta de nosotros mismos, el amor propio que aflora y nos hace agresivos con cuanto nos rodea.

Jesús nos dice que tomemos su yugo, que tomemos el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabaran nuestros desánimos y cansancios. Cuando caminamos con humildad, reconocemos es cierto nuestra pobreza y nuestra pequeñez, pero comenzamos a confiar, confiamos a ver las cosas de otra manera, comienza a despertarse en nosotros la esperanza; cuando llenamos nuestro corazón de mansedumbre qué distintas son nuestras reacciones y nuestras relaciones con los demás, con qué fuerza interior nos estamos sintiendo. Como nos decía el profeta ‘Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú’. El Señor es nuestra fuerza y nuestra paz. Y Jesús nos dice que su yugo es llevadero y su carga es ligera. ¿Cómo no lo va a ser si El es nuestra fuerza y camina con nosotros?

domingo, 5 de julio de 2026

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón




 ‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón

Zacarías 9, 9-10; Salmo 144; Romanos 8, 9. 11-13;Mateo 11, 25-30

Problemas en lo personal o familiar que nunca faltan, una sociedad en la que entre tantos conflictos, tensiones, manipulaciones de todo tipo de los que se creen poderosos no sabemos en qué vamos a terminar, violencias y guerras que generan enfrentamientos de todo tipo y una sensación de falta de paz entre grupos o entre pueblos que se van convirtiendo en una espiral que cada vez se agranda más, y nos preguntamos cuándo va a acabar todo esto, qué podemos hacer, quisiéramos ir quitando de en medio a quienes provocan todos estos conflictos metiéndonos nosotros también en esa misma espiral, cuando cambiará nuestro mundo para que podamos tener paz de verdad.

Son inquietudes, conflictos interiores, interrogantes que nos planteamos a los que quisiéramos dar solución; ¿unas leyes que impongan un nuevo orden social? ¿Solamente desde fuera, desde una reformas que llamaríamos estructurales es como vamos a hacer que nuestro mundo sea mejor? Y todo eso lo metemos también en nuestra oración, en nuestra petición a Dios que todo esto se acabe, que nos libere de esos conflictos y tensiones, y hasta nos preguntamos ¿dónde está Dios que permite todas estas cosas? Pero, como sabemos, los caminos de Dios son distintos. Es el cambio de nuestro corazón lo que hará posible ese mundo nuevo que tanto deseamos.

Hoy nos habla el profeta de unos tiempos nuevos, de un nuevo rey que aparecerá sobre la tierra, pero que viene montado en un asno, en la humildad de un burrito. Es el Mesías que llega desarmado,  no viene montado en un caballo de guerra, no viene rodeado de ejércitos ni exhibe los símbolos del poder humano, sino que su fuerza es la humildad y su autoridad es la paz. Así se nos manifiesta Jesús y no es solo imagen de lo que va a ser su entrada en Jerusalén sino en ese día a día del Jesús cercano que incluso se mezcla con publicanos y pecadores, de su corazón misericordioso que va siempre derramando paz y perdón.

Jesus bendice al Padre porque ha revelado sus secretos a los pequeños, y pequeños son los que tienen un corazón abierto, los que saben recibir, los que se dejan enseñar, corregir y acompañar, los que tienen siempre sus oídos disponibles para escuchar. Por eso dice que los que se creen sabios y poderosos, que ya no necesitan que nadie les enseñe ni nadie pueda hacer algo por ellos porque se sienten autosuficientes son apartados de esa revelación de Dios. ¿Quiénes eran los que escuchaban y seguían a Jesús reconociendo la mano de Dios en El? Lo vemos repetido a lo largo de todo el evangelio.

Por eso Jesús nos invita a ir a El; no nos va a enseñar una doctrina ni nos va imponer unas nuevas leyes. Simplemente Jesús ofrece su corazón porque en él sí vamos a encontrar nuestro descanso. No nos dice Jesús que ya no vamos a tener problemas porque todo se nos resuelve ni van a dejar de haber conflictos en nuestro alrededor, pero sí Jesús va a llenarnos de su mansedumbre y de la sencillez de su humildad para que afrontemos de una manera nueva todo cuanto nos pueda suceder. 

Nuestra oración será pedirle al Señor que nos quite ese problema, que nos curemos de esa enfermedad, que desaparezcan de nuestro entorno todos esos que nos crean conflictos o nos están haciendo daño, pero el Señor nos está diciendo que pongamos una mansedumbre como la suya en nuestro corazón para que aun en medio de todo eso que nos sucede no nos falte la serenidad y la paz en nuestro corazón. Nos cuesta entenderlo a veces porque parece que Dios no nos escucha aquello tan prioritario para nosotros que le pedimos, pero El nos está dando algo mejor que es esa paz que necesitamos en lo más hondo de nosotros mismos.

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón. Su yugo es llevadero, nos dice, porque su yugo, lo que nos une es el amor y el amor nunca nos esclaviza, el amor nos hace sentir las personas más libres del mundo, porque nos sentimos amados y en consecuencia perdonados, pero nos empapa de un amor que se va a derramar por todos los poros de nuestra vida para envolver en el perfume de ese amor a cuanto nos rodea.

El descanso del alma no es la ausencia de problemas o conflictos, dificultades o incluso tropiezos, sino es sentir que nos sentimos abandonados en Dios, envueltos de su amor ya nada nos puede separar de Él porque nos sentimos inundados de su Espíritu que nos transforma y nos hace vivir una nueva vida y aun en medio de las tormentas de la vida el corazón encuentra una morada firme en la que permanecer y desde la que amar.


sábado, 7 de febrero de 2026

Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

 


Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

1 Reyes 3, 4-13; Salmo 118; Marcos 6, 30-34

Siéntate tranquilo ahí un rato y descansa, habremos dicho a alguien o nos han dicho a nosotros mientras andamos agobiados con nuestros trabajo, en un corre y corre sin parar por lo mucho que tenemos que hacer, o por lo que nos exigen quizás las circunstancias de la vida; nos sentimos responsables y no queremos dejar de hacer todo lo que podamos, nos quita el sueño, nos quitan hasta las ganas de comer. Pero quizá llega alguien a nuestro lado y con gran sabiduría nos invita a descansar, a parar en nuestra actividad, como dicen ahora a desconectarse, hoy lo llaman también vacaciones, lo necesitamos, ya llegará el momento de reemprender nuestra tarea.

Y esto tenemos que reflexionarle y aplicárnoslo en todas las tareas de la vida; son nuestras responsabilidades familiares, son las responsabilidades laborales, son los compromisos que quizás hemos adquirido con la sociedad en la que vivimos a la que dedicamos nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, será todo lo que hacemos por nuestro crecimiento personal, nuestra formación, nuestros estudios, el tiempo que le dedicamos a una actividad intelectual o a la vida social.

Es necesario encontrar esa serenidad del espíritu, para rumiar aquello que estamos haciendo, para despertar nuevas inquietudes, para tensar nuestro espíritu recargando las baterías; no podemos dar si nos hemos vaciado tanto que ya no nos queda animo en nuestro interior para seguir realizando nuestra labor, hemos de hacer crecer la temperatura de nuestro termómetro espiritual porque con todas esas cosas que nos van agobiando y llenando nuestro tiempo se nos puede enfriar la intensidad de nuestra vida espiritual y caer en una tibieza que pudiera ser muy peligrosa.

Por aquí va el mensaje del evangelio hoy. Jesús había escogido a doce que envió a hacer el anuncio del Reino por distintos lugares; ahora es el momento del regreso y ahí está el entusiasmo de los discípulos por la misión realizada; y Jesús les invita a irse a un sitio donde estén solos, sin el ajetreo de la gente que ni les daba tiempo para comer, para descansar. Allá se van a un lugar apartado para estar con Jesús. ¿Un intercambio de experiencias decimos hoy a nuestras reuniones pastorales? ¿No será algo más? ¿Un ahondar en esa experiencia de estar con Jesús para sentirse renovados y continuar con la intensidad necesaria?

Llamémosle como queramos llamarlo, tenemos muchas posibilidades o tener que saber buscar y encontrar los momentos; todos lo necesitamos. Hemos hablado de esa necesaria espiritualidad que ha de haber en nuestra vida como cimiento de cuanto tenemos que realizar; necesitamos conectar con el Espíritu del Señor, y para eso necesitamos silencios, necesitamos de momentos de tranquilidad y paz para poder escuchar por dentro, para vernos con toda claridad a nosotros mismos y para renovar esas motivaciones que tenemos para nuestra lucha, para nuestro trabajo apostólico, para poder ser en verdad misioneros del mensaje de Jesús en el mundo en que vivimos.

Necesitamos los cristianos que queremos vivir nuestro compromiso de más momentos de silencio para encontrar la serenidad para nuestra vida; necesitamos de momentos de escucha interior porque por fuera ya estamos oyendo continuamente muchas palabras; es algo más que ese torrente de palabras lo que necesitamos escuchar; es necesaria una predisposición por nuestra parte.

Nos está diciendo Jesús: ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco’. ¿Nos iremos en la barca con El?  ¿O comenzaremos a darle largas como tantas veces, porque como decimos no tenemos tiempo? Os aseguro que no será un tiempo perdido.

martes, 20 de enero de 2026

Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

 


Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

1 Samuel 16, 1-13; Salmo 88; Marcos 2, 23-28

No podemos confundir la baranda del camino que sirve para apoyarnos y evitar peligros con el mismo camino; nuestros pies han de ir pisando seguros por el camino, nunca por encima de la baranda. Y muchas veces nos confundimos y le damos más importancia a las cosas circunstanciales que simplemente tenemos como ayuda que a lo que es verdaderamente lo fundamental, lo que tiene que ser esencial en nuestra existencia. Las cosas están a nuestro servicio, no nosotros al servicio de las cosas. Las normas nos marcan aquellas pautas que nos sirven para no desviarnos, pero tenemos que ir a lo fundamental y nosotros los cristianos tenemos como fundamental la Palabra de Dios. No es ya la pauta de nuestra vida, sino lo que da sentido a nuestra vida. Qué importante entonces que nos envolvamos de evangelio, nos empapemos de evangelio porque no puede ser una cosa externa sino algo que eche raíces en lo más hondo de nosotros.

No es un camino fácil, el discernir de verdad lo que el Señor quiere de nosotros, lo que el Señor nos dice, lo que es en verdad su Palabra, que entonces será siempre para nosotros una palabra salvadora, una palabra de salvación. Pero le hemos hecho tantos añadidos que luego consideramos fundamentales que al final nos crea confusión. Por eso abrimos nuestro espíritu a su Espíritu que es el que verdad nos guía allá en lo más hondo del corazón.

En la palabra de Dios que hoy escuchamos tenemos dos muestras de ello. Por una parte Dios ha confiado al profeta Samuel para que elija a un nuevo rey para su pueblo. En sus criterios humanos, incluso con toda su visión profética, según van apareciendo los distintos hijos de Jesé piensa el profeta que tiene delante el elegido del Señor, sin embargo el espíritu divino lo va guiando para que descarte a aquellos que a él humanamente le parecen los mejores, hasta que llega el más pequeño, al que han enviado lejos a cuidar de sus rebaños, pero que es el elegido del Señor. Dios no mira los ojos, no se queda en lo externo, sino que mira el corazón. ¿Sabremos hacerlo?

Por otra parte tenemos en el evangelio la exigencia ‘según la ley’ de guardar el descanso sabático y los fariseos se quejan de que los discípulos de Jesús ‘no están cumpliendo la ley’. ¿Qué será más importante? ¿El cumplimiento formal de la ley, salga el sol por donde salga como se suele decir, o el bien del hombre, el bien de la persona? Una ley o norma que en su origen tenia como función el bien de la persona cuidando el descanso de los que trabajaban que también se convirtió en ocasión para la alabanza del Creador, pero que se había convertido en algo inviolable aunque no se buscara el bien de las personas. ¿En qué tenemos que fijarnos? Dios quiere siempre el bien del hombre, y eso es lo importante en lo que  hemos de fijarnos porque con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios.

Fijémonos que de los diez mandamientos solo tres se expresan como una forma de alabar y bendecir a Dios, pero cada uno de los restantes mandamientos buscan el bien de la persona, cuidando nuestra propia dignidad en la rectitud con que hemos de vivir pero al mismo tiempo con el respeto a las personas que están a nuestro lado a las que de ninguna manera podemos hacer daño, sino más bien mostrar nuestro amor y nuestro respeto. Con ello, pues, estaremos mostrando la gloria de Dios, bendiciendo al Señor nuestro Dios.

Buscad el Reino de Dios y su justicia, nos dirá el evangelio en otro momento, que lo demás se nos dará por añadidura.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Busquemos un motivo hondo para nuestro camino de adviento preguntándonos qué esperamos o a quien esperamos, porque será distinto el sentido de nuestra espera Isaías 40, 25-31; Salmo 102; Mateo 11, 28-30 Siguen avanzando los días y sigue avanzando el camino de adviento que vamos realizando; como bien sabemos es un camino de espera, todos andamos ansiosos porque llegue la Navidad, pero no para todos es el mismo sentido de la espera porque quizás no esperamos lo mismo; aunque nuestra sociedad se ha contagiado de ese sentimiento de la espera que nació en los creyentes que querían darle cada año un sentido nuevo y cada vez más intenso a la Navidad que íbamos a celebrar, sin embargo podíamos decir que ha habido una manipulación de esos sentimientos aprovechándolo cada uno para sus intereses. Mucho pesa en estos momentos ese ambiente comercial y de consumo al que todos nos sentimos tentados y en el que muchos quieren hacer su negocio. No es malo que muchos busquen un rendimiento a sus esfuerzos y trabajos, pero lo malo es perder el sentido grandioso que tendría que tener para nosotros la navidad que se acerca. ¿Qué esperamos? Quizás tendríamos que comenzar preguntándonos, porque depende de lo que esperemos así le daremos sentido a nuestra espera. Es importante este planteamiento para que encontremos entonces el verdadero sentido que tendríamos que darle a nuestras celebraciones cristianas. Muchas veces solo esperamos cosas y todo parece que lo centramos en los regalos que tengamos que hacernos o recibir, el buen ambiente de fiesta con buenas comidas que hagamos en estos días, o que la suerte nos visite para que nos traiga grandes premios que pareciera que sería los que nos solucionarían todos los problemas que tenemos. Pudiera ser que al final nos sintamos desencantados porque ni fueron los regalos que esperábamos, ni logramos el buen ambiente en nuestras comidas y la fortuna no nos visitó. ¿Dónde se nos queda todo? Qué bonito y qué distinto es cuando esperamos a alguien; el encuentro personal será siempre más enriquecedor si ponemos buena disposición por todas partes; el encuentro personal nos hace crecer en humanidad y nos lleva a descubrir lo que mejor puede hacernos felices. Es la espera de la madre del hijo que hace tantos años marchó a otros lugares y ahora vuelve al hogar; es la espera del amigo con que tanto vamos a compartir y que nos hace disfrutar del calor del cariño y de la presencia de aquel a quien mucho apreciamos; es la espera del reencuentro de quienes por las razones que fueran andaban distanciados y ahora recuperan una amistad que se había deteriorado; es la espera de aquel con quien nos sentimos a gusto y que su presencia nos llena de paz porque nos comprende al mismo tiempo que nos anima y levanta de nuestros decaimientos. ¿Qué esperamos nosotros en este Adviento o a quién esperamos? Ahí está la raíz y la motivación verdadera para darle un sentido hondo a este Adviento como va a tener un sabor nuevo la Navidad que vamos a celebrar. Esperamos no algo sino que esperamos a Alguien, con más amor que una madre, como al Pastor que viene en búsqueda de las ovejas perdidas y por eso viene a mi encuentro que tantas veces ando sin saber ni por donde camino, como quien viene a ser nuestra paz y nuestro descanso porque en la mansedumbre de su corazón vamos a encontrar nuestro descanso, que viene con los brazos abiertos que nos ofrecen reconciliación pero que al mismo tiempo nos impulsará a vivir también esa reconciliación con los demás. Es lo que hoy nos está diciendo el profeta con aquellas palabras que levantaban la esperanza en el pueblo de Israel que esperaba al Mesías, y lo que Jesús mismo nos quiere decir en el evangelio. ¿Qué estamos cansados y agobiados? Vayamos a El que nos ofrece descanso en el refugio de su corazón. ¿Qué andamos desorientados en la vida como ovejas que no tiene pastor y perdidos por los arrabales por los que nos ha arrastrado nuestro orgullo y nuestra ambición, o el materialismo de la vida que nos hace esclavos de las cosas que al final han dejado un vacío en nuestro espíritu? sentémonos a los pies de Jesús como aquellas multitudes en la ladera del monte de las bienaventuranzas o como María de Betania que supo escoger la mejor parte. Cuando llegue el día de Navidad entonces nos encontraremos de verdad con Dios en aquel niño recién nacido y recostado en un pesebre en el portal de Belén. Nuestra mirada será otra y las motivaciones para la fiesta de navidad serán mucho más hondas porque nos vamos a encontrar con Dios de manera especial en cuantos nos vayamos encontrando por los caminos de la vida, sea cual sea su condición, porque en ellos veremos siempre unos hijos de Dios.

 


Busquemos un motivo hondo para nuestro camino de adviento preguntándonos qué esperamos o a quien esperamos, porque será distinto el sentido de nuestra espera

Isaías 40, 25-31; Salmo 102; Mateo 11, 28-30

Siguen avanzando los días y sigue avanzando el camino de adviento que vamos realizando; como bien sabemos es un camino de espera, todos andamos ansiosos porque llegue la Navidad, pero no para todos es el mismo sentido de la espera porque quizás no esperamos lo mismo; aunque nuestra sociedad se ha contagiado de ese sentimiento de la espera que nació en los creyentes que querían darle cada año un sentido nuevo y cada vez más intenso a la Navidad que íbamos a celebrar, sin embargo podíamos decir que ha habido una manipulación de esos sentimientos aprovechándolo cada uno para sus intereses.

Mucho pesa en estos momentos ese ambiente comercial y de consumo al que todos nos sentimos tentados y en el que muchos quieren hacer su negocio. No es malo que muchos busquen un rendimiento a sus esfuerzos y trabajos, pero lo malo es perder el sentido grandioso que tendría que tener para nosotros la navidad que se acerca.

¿Qué esperamos? Quizás tendríamos que comenzar preguntándonos, porque depende de lo que esperemos así le daremos sentido a nuestra espera. Es importante este planteamiento para que encontremos entonces el verdadero sentido que tendríamos que darle a nuestras celebraciones cristianas. Muchas veces solo esperamos cosas y todo parece que lo centramos en los regalos que tengamos que hacernos o recibir, el buen ambiente de fiesta con buenas comidas que hagamos en estos días, o que la suerte nos visite para que nos traiga grandes premios que pareciera que sería los que nos solucionarían todos los problemas que tenemos. Pudiera ser que al final nos sintamos desencantados porque ni fueron los regalos que esperábamos, ni logramos el buen ambiente en nuestras comidas y la fortuna no nos visitó. ¿Dónde se nos queda todo?

Qué bonito y qué distinto es cuando esperamos a alguien; el encuentro personal será siempre más enriquecedor si ponemos buena disposición por todas partes; el encuentro personal nos hace crecer en humanidad y nos lleva a descubrir lo que mejor puede hacernos felices. Es la espera de la madre del hijo que hace tantos años marchó a otros lugares y ahora vuelve al hogar; es la espera del amigo con que tanto vamos a compartir y que nos hace disfrutar del calor del cariño y de la presencia de aquel a quien mucho apreciamos; es la espera del reencuentro de quienes por las razones que fueran andaban distanciados y ahora recuperan una amistad que se había deteriorado; es la espera de aquel con quien nos sentimos a gusto y que su presencia nos llena de paz porque nos comprende al mismo tiempo que nos anima y levanta de nuestros decaimientos.

¿Qué esperamos nosotros en este Adviento o a quién esperamos? Ahí está la raíz y la motivación verdadera para darle un sentido hondo a este Adviento como va a tener un sabor nuevo la Navidad que vamos a celebrar. Esperamos no algo sino que esperamos a Alguien, con más amor que una madre, como al Pastor que viene en búsqueda de las ovejas perdidas y por eso viene a mi encuentro que tantas veces ando sin saber ni por donde camino, como quien viene a ser nuestra paz y nuestro descanso porque en la mansedumbre de su corazón vamos a encontrar nuestro descanso, que viene con los brazos abiertos que nos ofrecen reconciliación pero que al mismo tiempo nos impulsará a vivir también esa reconciliación con los demás.

Es lo que hoy nos está diciendo el profeta con aquellas palabras que levantaban la esperanza en el pueblo de Israel que esperaba al Mesías, y lo que Jesús mismo nos quiere decir en el evangelio. ¿Qué estamos cansados y agobiados? Vayamos a El que nos ofrece descanso en el refugio de su corazón. ¿Qué andamos desorientados en la vida como ovejas que no tiene pastor y perdidos por los arrabales por los que nos ha arrastrado nuestro orgullo y nuestra ambición, o el materialismo de la vida que nos hace esclavos de las cosas que al final han dejado un vacío en nuestro espíritu? sentémonos a los pies de Jesús como aquellas multitudes en la ladera del monte de las bienaventuranzas o como María de Betania que supo escoger la mejor parte.

Cuando llegue el día de Navidad entonces nos encontraremos de verdad con Dios en aquel niño recién nacido y recostado en un pesebre en el portal de Belén. Nuestra mirada será otra y las motivaciones para la fiesta de navidad serán mucho más hondas porque nos vamos a encontrar con Dios de manera especial en cuantos nos vayamos encontrando por los caminos de la vida, sea cual sea su condición, porque en ellos veremos siempre unos hijos de Dios.

lunes, 15 de septiembre de 2025

El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

 


El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

Timoteo 2,1-8: Salmo 27; Juan 19,25-27

Cuando llegamos de nuevo a casa, quizás después de largo tiempo ausentes, o quizás después de malas rachas que hayamos soportado en los avatares de la vida, quizás cansados después de un largo y agotador día de trabajo, o sencillamente porque hemos salido y hemos andado entretenidos en la vida, lo primero que saboreamos probablemente sea el olor de la madre, quizás aspiramos su perfume – cada uno tiene su característico olor – o escuchamos su sonrisa que suena a música, nos llega el olor que se desprende de la cocina, o sentimos el rumor de sus pasos, echamos de menos sus caricias y su abrazo o acaso su hombre sobre el que descansar; aunque estuviera ausente sabemos que es su casa y disfrutamos de su acogida o de sus palabras de consuelo en nuestros llantos, de su silencio que sin embargo nos hace sentir su presencia aunque ahora sea de forma misteriosa, o su mirada siempre llena de comprensión, lejos de reproches, con su paciencia infinita para esperarnos aunque tardáramos en llegar. Es el sabor de hogar, es el cariño de una madre que nunca nos falta, es la acogida de los brazos siempre abiertos, es la mirada comprensiva pero que en silencio nos hace superar nuestros cansancios. Necesitamos de la presencia de esa madre, aunque solo sea de una forma espiritual o virtual porque no siempre sea posible esa presencia física a nuestro lado.

Hoy Jesús nos regala una madre, nos regala a su madre. Desorientados y sin saber que hacer o como iban a terminar todo aquello, perdidos porque no encontraban salida y casi les parecía todo un fracaso, escondidos y temerosos porque a ellos podía pasarle lo mismo, buscando refugio sin saber a qué atenerse o donde podrían encontrar quien los acogiera a ellos que parecían unos perdidos y fracasados, así andaban los discípulos; solo uno se había atrevido a seguir la comitiva hasta el calvario porque quien se había aventurado al principio a llegar hasta el patio de la casa del Pontífice, todo lo había resultado peor porque al final había negado conocerle, cuando tanto había confiado Jesús en El haciéndole promesas que ahora parecía que no se podían cumplir.

Y allí estaba, al pie de la cruz, junto a aquellas pocas mujeres que se habían arriesgado a acompañar a María. Allí estaba quien seguía manteniendo su amor por Jesús aunque no supiera en qué iba a terminar todo a pesar de los anuncios y promesas de Jesús. Como se diría siempre de él era el discípulo amado. Y había recibido un regalo.

Necesitaban el olor de una madre, necesitaban quien abriera el corazón para acogerles ahora que estaban tan desesperanzados, necesitaban aquella sonrisa y aquella mirada que les sabía al perfume de un ramo de rosas. Y Jesús les había hecho aquel regalo. No era solo para aquel discípulo que se había arriesgado a llegar hasta el calvario, aunque él fuera quien directamente escuchara las palabras y las promesas de Jesús. ‘Ahí tienes a tu madre’. Era a Juan a quien se lo estaba diciendo, pero en Juan estaban todos los discípulos, todos los que querían seguir manteniendo su amor por Jesús, quienes a pesar de andar tan perdidos seguían añorando el perfume y la presencia de una madre.

¿Nos sentiremos allí representados? Porque el evangelio no es para uno solo, las buenas noticias tienen que difundirse y todos participar de la alegría que reciben con ellas. Aunque Juan fuera el que se la llevara a su casa, era para nosotros, era para todos. La Iglesia seguiría sintiendo la añoranza de una madre, la necesidad de tener una madre a su lado, y desde entonces allí estaría María. Todo el verdadero discípulo de Jesús lo comprende, porque todo verdadero discípulo de Jesús tiene que saber lo que es la acogida, no solo por sentirse acogido, sino porque estaría siempre con los brazos abiertos para recibir y para acoger. ¿Cómo no iba a hacerlo con aquel regalo que desde la cruz Jesús les estaba haciendo?

Nosotros también queremos recibirla en nuestra casa. Nosotros también queremos estar junto a ella al pie de la cruz, porque sabemos que ella va a estar siempre a nuestro lado cuando estemos en nuestra cruz, en nuestra soledad, con nuestro corazón perdido, en nuestros miedos y cobardías, en las veces que caminemos sin rumbo. Y aquí podemos pensar y podemos decir muchas cosas. Dejemos que fluya el corazón, que se derrame nuestro amor también por María. Es la Madre, nuestra madre. No la podemos dejar. La que siempre nos a hacer disfrutar del perfume de su vida. De ella aprenderemos además a ser siempre acogedores, a ir mostrando ese lado de la ternura de nuestro corazón.

jueves, 17 de julio de 2025

En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 


En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 Éxodo 3, 13- 20; Salmo 104; Mateo 11,28-30

Vivimos en un mundo de agobios, siempre a la carrera, siempre hay algo más que hacer, se nos acumulan los problemas, no sacamos adelante los objetivos que nos pretendemos y nos sentimos en ocasiones derrotados. Tengo un amigo, por cierto he de reconocer que muy responsable y trabajador, pero que sin embargo con frecuencia cuando nos encontramos y podemos hablar un rato siempre me habla de lo cansado que está; es un cansancio, es cierto, físico por la intensidad del trabajo que realiza, pero observándolo me parece entender que no es solo lo físico cuando habla de su cansancio, sino de ese agobio con que vive la vida, en la que parece que algunas veces faltan objetivos y metas claras que levanten el espíritu, algo en su interior que le agobia y en consecuencia le cansa.

¿Cómo encontrar salida a esa situación? ¿Qué ha de hacer para que se sienta realizado con lo que hace y en esa satisfacción sienta un necesario descanso para su espíritu? ¿Necesitamos a alguien a nuestro lado que nos haga sentirnos bien, que nos abra nuevos horizontes, que nos dé razones o motivaciones para disfrutar de lo que estamos haciendo? Necesitamos una liberación interior que rompa tensiones, que nos haga encontrar paz, que nos haga descubrir el valor y el sentido de la vida también en esa trascendencia espiritual que le hemos de dar a nuestro ser. Los agobios nos quitan serenidad, nos impiden encontrar paz, no nos dejan disfrutar de cuanto bello sale de nuestras manos.

Fijándonos en el relato de la primera lectura, podemos decir que Moisés se había venido a aquellas montañas lejos de Egipto porque no soportaba lo que a su pueblo le estaba sucediendo; había tenido sus reacciones incluso violentas pero no le habían servido para nada y se había venido al desierto. Allí pasa los días con aquella familia que le ha acogido y que ahora es también su familia, y con el cuidado en aquellas montañas de los ganados que le servían para sustento. Pero en medio de todo eso había tenido una experiencia extraordinaria, en aquella zarza ardiendo y que no se consumía.

Supo escuchar la voz de Dios que se le manifestaba en medio de aquella tormenta de su vida y le confiaba una misión. Había de volver a Egipto, pero ahora iba con la experiencia de Dios en su vida. Sus luchas seguirán, pero tendría la suficiente fortaleza y serenidad al mismo tiempo para superar todos aquellos obstáculos que se le iban presentando para crear ese pueblo libre y nuevo que Dios le mandaba conducir hasta una tierra prometida. Aquella experiencia del Horeb fue fundamental. En su corazón comenzó a sentir una nueva paz aunque el trabajo ahora sería más engorroso y complicado.

En el mismo sentido, podríamos decir, escuchamos hoy la Palabra de Jesús que nos invita a ir hasta Él quienes andamos cansados y agobiados. Volvemos con lo mismo, cansancio, agobios, agotamiento, falta de paz en el corazón, desorientación porque en ocasiones parece que andamos perdidos. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…’ nos dice Jesús. ¿En nuestro agobio necesitamos alivio? ¿En nuestros cansancios necesitamos una paz que nos haga descansar de verdad? ¿En nuestras desesperanzas por hallarnos perdidos necesitamos encontrar un camino o una luz que nos ilumine el camino? ‘Venid a mí…’ nos dice Jesús.

No se van a acabar nuestros trabajos, nuestros problemas no se van a resolver de forma mágica, el cansancio persistirá porque es el esfuerzo el que en parte lo motiva, pero con Jesús todo va a ser distinto. En Jesús sentiremos paz en el corazón, serenidad en la vida para encontrar vías de salida, nos sentiremos fuertes porque nos sentimos motivados, porque tenemos metas, porque se abren otros horizontes, porque comenzamos a ver las cosas de forma distinta.

Es Jesús que camina a nuestro lado pero que al mismo tiempo es el camino; es Jesús que nos hace saborear las cosas de manera distinta porque está poniendo sal en nuestros labios para que la vida no sea insípida y desagradecida; en Jesús vamos a encontrarnos con la verdad porque Él es la Verdad y la Sabiduría de nuestra vida. Vemos las cosas más claras porque sentimos paz en el corazón, los nudos de la vida se irán desatando porque tenemos esa serenidad del espíritu para encontrar la forma de desenredarse.

Nos daremos cuenta que las cosas no son tan duras como las pintan porque ‘su yugo es llevadero y su carga es ligera’. El ha puesto nuevas alas en nuestros pies y en nuestra vida.


sábado, 8 de febrero de 2025

Ojalá sepamos estar con Jesús, aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús

 


Ojalá sepamos estar con Jesús, aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús

 Hebreos 13,15-17.20-21; Salmo 22; Marcos 6,30-34

Nos gusta volver a encontrarnos con los amigos, con aquellas personas que nos aprecian y nos aman; es la alegría que sentimos cuando volvemos a encontrarnos con el amigo que hace tiempo no veíamos, es el bonito reencuentro de las familias que muchas veces a causa de trabajos y ocupaciones estamos lejos, pero deseamos volver a encontrarnos con ellos; y en nuestro reencuentro recordamos cosas y compartimos lo que ha sido nuestra vida en la ausencia, nos contamos lo que hacemos o lo que son nuestros proyectos, contamos cómo nos va y lo que quizás ansiábamos volver a encontrarnos. Aun cuando estemos cercanos y casi nos veamos todos los días siempre buscamos el momento para estar con el amigo, con la persona que apreciamos, siempre tenemos tiempo para ellos.

Hoy nos dice el evangelio que ‘los discípulos volvieron a encontrarse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’. Recordamos que en la lectura del evangelio en días anteriores vimos cómo Jesús los había elegido y dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos los había enviado a hacer un anuncio del la Buena Nueva del Reino de Dios. Ahora es la vuelta, el reencuentro después de la tarea. Y Jesús busca la manera de querer llevarlos a un lugar apartado para estar a solas con ellos y que descansaran. ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco… Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer’.

Estar a solas con Jesús. Tenemos que aprender a estar a solas con Jesús, simplemente para eso, para estar con El. Como dos amigos que se sientan juntos y quizás no necesitan decirse muchas cosas, sino simplemente estar con el amigo. Irá surgiendo la conversación de forma espontánea, habrá momentos de silencio en que solo con la mirada o con sentir la respiración del otro nos es suficiente.

Ya me diréis que eso lo hacemos en la oración, cuando vamos a rezar. Pero, con sinceridad preguntémonos, ¿sabemos estar en silencio con Jesús? Seguro que cuando vamos a rezar ya llevamos nuestras oraciones preparadas, seguro que ya llevamos una lista de cosas de las que queremos hablarle a Dios, o mejor, cosas que queremos pedir, y será por nosotros o será por nuestros seres queridos, o será por la situación que vemos en el mundo. Eso está bien, pero hagamos silencio, dejemos a un lado todas esas cosas por las que vamos a pedir y hagamos silencio para escuchar, para sentir su presencia, para disfrutar de estar con el Señor.

Seguro que nos sentiremos mejor, porque nos sentiremos más llenos de Dios. Con nuestros rezos muchas veces lo que queremos es que Dios haga las cosas como nosotros las vemos, pero tenemos que aprender a ver nosotros las cosas como las ve Dios.Y para eso necesitamos silencio, escuchar, estar. Y allí en nuestro corazón comenzaremos a sentir algo nuevo y distinto. Como decían los discípulos de Emaús que recordaban que cuando Jesús les hablaba comenzaron a sentir arder su corazón.

Fijémonos en un detalle más de lo que nos narra hoy el evangelio. Cuando llegaron al lugar, cuando estuvieron con Jesús comenzaron a ver algo distinto, porque se encontraron que allí había mucha gente con sus preocupaciones, con sus ansias de estar con Jesús también, con sus enfermedades y con las cosas que les atormentaba en el corazón. Y nos dice el evangelio que Jesús se puso a escucharles y a hablarles, porque estaban como ovejas sin pastor.

Muchas veces interpretamos que lo que Jesús había planeado con los discípulos se había venido abajo y no pudieron tener ese descanso programado. Creo que aquel estar con Jesús les hizo ver las cosas de manera distinta; en la continuación del evangelio veremos que los discípulos serán los que se preocuparan de que no tienen que comer y que hay que hacer algo. Y es a lo que los impulsa Jesús; buscarán los recursos aunque no los tengan y todos saldrán de aquel momento con algo nuevo en sus vidas.

Ojalá sepamos estar con Jesús. Aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús.

martes, 21 de enero de 2025

Dejémonos de superficialidades y apariencias, busquemos el sentido de las cosas, lo que en verdad valore a las personas, siempre lo que busca la mayor dignidad

 


Dejémonos de superficialidades y apariencias, busquemos el sentido de las cosas, lo que en verdad valore a las personas, siempre lo que busca la mayor dignidad

Hebreos 6,10-20; Salmo 110; Marcos 2,23-28

Caminando uno por esos mundos de Dios, como solemos decir, nos encontramos con cosas sorprendentes que al final no terminamos de entender por qué se hicieron así o cual sería en verdad su motivación. Podría uno pensar en muchas cosas, pero en este caso pienso en una ciudad que quien nos guiaba nos señalaba una fachada de un edificio y nos decía que tras aquellas paredes monumentales de su frente no había posibilidad alguna de hacer ningún tipo de vivienda por lo poco que tenia de profundidad; no había ningún tipo de vivienda ni nada que pudiera tener alguna utilidad, todo se quedaba en fachada.

Me hace pensar en si algo así nos pueda suceder a nosotros con nuestra vida, incluso con algunas cosas que regulamos para nuestra vida social; todo fachada, pero nada en el interior, todo apariencia pero nada de profundidad en la vida; todo normas y preceptos para decir que tenemos bonitas leyes, pero nada que en verdad esté en servicio del hombre, en servicio de la persona. ¿Hacemos las cosas solo para que sean bonitas? Tenemos sí que cultivar la belleza, pero la belleza será mayor cuando lo que buscamos es el bien de la persona, de toda persona y en nada queremos perjudicar a nadie. Quizás muchas veces estamos buscando tanta perfección de las cosas en si mismas, que nos olvidamos de las personas que tendrían que ser las beneficiadas de aquello que hacemos.

El pueblo de Israel se preciaba de tener las mejores y más sabias leyes de todos los pueblos. Así se manifiestan incluso los textos de la Escritura sagrada; era el orgullo de aquel pueblo el pensar en la sabiduría de sus leyes, porque en su fe sentían que habían sido dictadas por Dios a Moisés. Pero queriendo perfeccionarlas tanto la habían llenado de preceptos y de normas cuyo cumplimiento algunas veces se podía convertir en un suplicio cuando lo hacían con radicalidad.

Contados estaban hasta los pasos que podían dar el sábado para poder dar cumplimiento perfecto al descanso sabático. ¿Qué sentido tenía en su origen aquel precepto sabático del descanso? Primordialmente era el tener tiempo para el culto a Dios, pero al mismo tiempo, y no era de menor importancia, el lograr el descanso de las personas de sus trabajos, para que no cayeran en una esclavitud de ese mismo trabajo. Pero lo habían convertido todo en un precepto religioso tan radical que ya no importaba la persona para su descanso o para su relación con Dios sino era el cumplimiento en si mismo midiendo hasta lo más mínimo lo que pudieran o no pudieran hacer.

De ahí nace la cuestión que le plantean a Jesús los fariseos cuando ven que los discípulos de Jesús mientras van atravesando los sembrados cogen algunas espigas, para abrirse paso o también para echarse a la boca unos granos que mitigase la fatiga del caminar. ¿Era aquello un recolección de la cosecha, un segar aquellos trigales y en consecuencia un trabajo? Seguro que veremos con buenos ojos que tratasen de mitigar su cansancio o incluso sus ganas de echarse algo a la boca mientras iban de camino, porque lo importante eran aquellas personas con su fatiga y su caminar. ¿Había simplemente que cumplir la ley por cumplirla? ¿No sería eso una fachada sin contenido de profundidad detrás?

No podemos hacer las cosas simplemente porque queden bonitas o por quedar nosotros bien con lo que hacemos. Este pueblo, les decía el profeta y les recordaba Jesús, me honra con los labios pero su corazón está bien lejos de mí. Es lo que nos sucede cuando nos quedamos en la fachada, cuando nos puede por encima de todo la vanidad, cuando hacemos las cosas simplemente por cumplir, cuando no le hemos dado verdadera profundidad a nuestra vida.

Busquemos el sentido de las cosas, busquemos lo que en verdad valore a las personas, busquemos siempre lo que nos hace vivir con mayor dignidad y con mayor plenitud, busquemos lo que nos hace grandes desde el corazón, busquemos lo que da verdadero sentido a nuestra vida y autentico valor a lo que hacemos. El valor no está en unas ganancias, el valor no son unos adornos que se quedan como oropeles, el valor no está en un brillo que pronto se va a desvanecer, el valor no está en lo superficial. Busquemos lo que tiene que ser el verdadero tesoro del corazón. El evangelio nos ayuda a encontrarlo, porque nos ayuda a encontrarnos con las personas; es el mejor camino para finalmente encontrarnos con Dios.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Qué distintas hacemos las cosas cuando caminamos desde el amor, vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar por El, otra será nuestra alegría

 


Qué distintas hacemos las cosas cuando caminamos desde el amor, vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar por El, otra será nuestra alegría

Isaías 40, 15-31; Salmo 102; Mateo 11, 28-30

Estoy cansado, no puedo más. ¿Lo habremos dicho alguna vez? ¿Lo habremos escuchado a gente a nuestro alrededor? Cansados porque mucho es el trabajo y duras sus condiciones, muchas las cosas que hacer y no sabemos de donde sacar el tiempo, nos sentimos presionados porque hay que sacar las cosas a tiempo porque la vida es una loca carrera, porque nos sentimos débiles, porque estamos enfermos y nos sentimos sin fuerzas.

Pero ese cansancio puede venir de más allá, de otras situaciones, del ambiente que nos rodea o de las desganas que sentimos en nuestro espíritu; porque hemos perdido la ilusión o ya no tenemos metas por las que luchar y entonces el trabajo se hace cansino, sin sentido; porque nos hemos ido quemando en la vida con fracasos, contratiempos, incomprensiones, desmotivación porque no se valora lo que hacemos o no se nos tiene en cuenta; porque los problemas se nos amontonan y hasta hemos perdido la esperanza, porque hay en nosotros cosas que nos desestabilizan y quitan claridad a nuestra mente para saber por donde vamos ni por qué hacemos las cosas; porque la sociedad en la que vivimos parece en ocasiones que va sin norte y todo es confusión…

Cuando Jesús nos dice hoy en el evangelio que vayamos a El los que estamos cansados y agobiados está saliéndonos al encuentro, saliendo al encuentro de esta sociedad nuestra, en aquel momento de la historia de su presencia allí en los caminos de Galilea y Palestina, pero también en el hoy de nuestra historia, de nuestra vida concreta donde también se manifiesta ese cansancio, ese agobio y esa desesperanza.

No podemos tomarnos estas palabras de Jesús como unas palabras bonitas como si fueran solamente una hermosa página literaria. Su Evangelio, su buena noticia nos quiere alcanzar hoy ahí donde estamos con nuestros cansancios y con nuestros agobios; cada uno sabemos cómo nos encontramos, cada uno hemos de escucharlas directamente dichas para nosotros.

Y es que Jesús ha venido para poner luz en nuestra vida, Jesús ha venido para responder a esas situaciones concretas que cada uno vivimos, Jesús ha venido para ser nuestra salvación, y salvarnos es sacarnos de esas situaciones donde nos sentimos hundidos, donde hemos perdido la ilusión y la esperanza, donde nos encontramos con nuestros problemas, donde estamos con nuestros cansancios concretos.

Por eso escuchar el evangelio, escuchar el mensaje de Jesús es pensar en nuestra vida, en nuestra situación, en las cosas que hacemos o que tenemos ganas de hacer, en las cosas que nos cansan y que nos aburren y ver qué quiere Dios de nosotros, qué nos quiere decir en concreto la Palabra de Dios, de qué en concreto necesitamos sentirnos salvados. No es algo etéreo que veamos tan espiritual y sobrenatural que le hagamos perder el sentido nuevo de humanidad que Dios quiere dar a nuestra vida.

Cuando Jesús nos está diciendo que vayamos a El, que aprendamos de El, que en El encontraremos nuestro descanso no es simplemente para que nos encerremos en nuestras iglesias con nuestros rezos y con nuestros cantos – que también tenemos que hacerlo – sino para que empecemos a caminar un camino nuevo, el que nos va trazando con su Evangelio, que será una nueva manera de mirar y de ver las cosas, ver nuestro trabajo, ver nuestra familia, ver las cosas que hacemos, ver esa sociedad en la que estamos y comencemos a sembrarla de nuevos valores, comencemos a empaparla de un nuevo sabor y sentido, a encontrar nuevas motivaciones para nuestras luchas y para nuestros esfuerzos, a llenar de una nueva alegría, entusiasmo e ilusión nuestra vida y lo que hacemos, a tener una nueva y trascendente esperanza.

Es la mansedumbre de su corazón, es la ternura que aprendemos de El, es la nueva paz que sentimos en nuestro espíritu, es ese sentido de sencillez y de humildad con que hacemos las cosas. Qué distintas hacemos las cosas cuando las hacemos con amor y por amor; qué fortaleza interior sentimos para superar cansancios, desilusiones, fracasos, contratiempos, rutinas. Es otra nuestra vida. Vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar con El.

sábado, 7 de septiembre de 2024

Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

 


Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

1Corintios 4, 6b-15; Salmo 144; Lucas 6, 1-5

No dejamos que el agua corra montaña abajo buscando su propio camino porque todo lo arrasaría a su paso y de nada nos serviría la fuente de la que nace o la lluvia que nos la hace caer de las nubes; tratamos de encauzarla, buscarle cauces, para poder mejor aprovecharla y a todos nos beneficie; es cierto que la naturaleza en su mismo ha ido creando unos cauces, llamémoslos barrancos por las que circulan esos arroyos, o finalmente ríos que van fecundando con su humedad los campos por los que cruzan; luego nuestra inteligencia y nuestro buen hacer han ido creando esos cauces que nos la transporten para nuestro consumo humano y para todos los beneficios que pueda producir en la naturaleza.

Así ha sido también el transcurrir de la humanidad; nuestra convivencia ha ido creando unos cauces también, llamémosla normas de conducta o códigos éticos, que encauzan toda la actividad humana para lograr también entre la humanidad esa armonía de la que nos es ejemplo la propia naturaleza. Nos vamos imponiendo unas normas o unas leyes que vengan a facilitar ese entendimiento y esa buena convivencia queriendo basarnos en el respeto y la valoración de la persona, que será siempre lo importante. No es rigidez que nos imponemos desde el capricho sino desde un mutuo consentimiento buscando siempre por encima de todo el bien de la persona. Ninguna de esas normas que nos impongamos para nuestra mejor convivencia puede ir nunca en contra del bien de la persona.

Sin embargo, sabemos también que muchas veces nos volvemos exigentes y hasta tratamos de imponernos los unos a los otros, no porque pongamos el bien de la persona por encima de todo, sino que da la impresión que la norma es la que está por encima, dándole una sacralidad  que al final nos convierte en esclavos de esa norma o de esa ley. ¿Por qué hay que hacer esto? Quizás nos preguntamos y simplemente respondemos porque lo dice la ley. Pobre razonamiento que nos damos que le hace perder su sentido más genuino.

Y es una tentación que hemos tenido en todos los tiempos, pero que también podemos seguirla sufriendo hoy, cuando incluso tratamos de imponer una forma de ver la vida desde una ideología o desde una forma de pensamiento muy personal, que olvida cual es el verdadero sentido que siempre ha de tener toda norma de convivencia. Cuánto necesitamos suavizar los engranajes de nuestra vida para que no chirríen nuestros encuentros.

Y vemos en el evangelio que le plantean algunas cosas en este sentido. Está por una parte, por ejemplo del ayuno al que se sometían los discípulos de Juan o de los fariseos, mientras Jesús no es eso lo que le está pidiendo a sus discípulos. Pero viene también el otro planteamiento en torno a lo que era el descanso sabático; algo que se había de alguna manera impuesto en la ley de Moisés para que no olvidaran nunca el culto que debían de darle a Yahvé a quien habían de reconocer como el único Dios y Señor de sus vidas, y que también una forma de respetar y valorar la vida de las personas a las que también había de dársele un necesario descanso en medio de sus tareas.

¿Qué tenía que ser lo importante? Por una parte el reconocimiento del Señorío de Dios sobre todas las criaturas, es nuestro Hacedor y Creador, pero también el valor y el respeto de la dignidad de toda persona que merecía y necesitaba también su descanso. Pero aquello, olvidando su sentido más genuino, se había convertido en una norma implacable de extrema rigidez de manera que pareciera que ya no se pudiera ni ayudar a una persona que lo necesitara. Recordamos como los fariseos estaban muy atentos a ver si Jesús curaba en sábado, o como echaban en cara al paralítico que había sido curado un sábado porque cargara su camilla de regreso a su casa.

Jesús viene a recordarles que el bien de la persona estará siempre por encima de todo, y por el cumplimiento escrupuloso y riguroso de la ley no se podía dejar de ayudar a quien lo necesitara o dar de comer al hambriento aunque fueran los panes que estaban sobre el altar como ofrendas al Señor.

¿Buscaremos siempre el bien de la persona, dejando fluir la misericordia y la compasión, como el mejor suavizante que facilite las mutuas relaciones  y haga verdaderamente humano nuestro trato con los demás?

domingo, 21 de julio de 2024

Encontremos ese momento para estar con Jesús, escucharle en nuestro corazón, disfrutar de su presencia, sentirnos renovados en el espíritu porque El está con nosotros

 


Encontremos ese momento para estar con Jesús, escucharle en nuestro corazón, disfrutar de su presencia, sentirnos renovados en el espíritu porque El está con nosotros

Jeremías 23, 1-6; Sal. 22; Efesios 2, 13-18; Marcos 6, 30-34

‘Mira, estás estresado, estas viviendo una tensión muy fuerte, mejor te vas unos días a descansar y luego hablamos’, quizás hemos dicho alguna vez a alguien que venía con sus agobios y problemas, no sabíamos por donde hacer algo por él, y pensamos que lo mejor es que tuviera ese tiempo de descanso para que él mismo se aclarara y luego poder hablar para encontrar soluciones. Es lo que le dice el padre al hijo que está viviendo un momento malo y no hay por donde hablar, y le dice ‘vete, duerme esta noche, y mañana estarás más tranquilo y podemos hablar’. Muchos ejemplos de situaciones así podíamos seguir poniendo en las relaciones de la pareja y del matrimonio, en los problemas de los amigos, en la tensión del trabajo cuando las cosas no salen y parece que todo puede ir al fracaso.

¿Es esa la solución y los protocolos técnicos que podamos tener para esos casos? Nos hablarán los sicólogos, nos hablaran los asistentes sociales, los consejeros matrimoniales, los asesores en recursos humanos… para todo tenemos protocolos y respuestas, que en esta reflexión no entro a valorar.

Solo quiero fijarme en este pasaje del evangelio que este domingo se nos propone. Jesús había enviado a los discípulos a hacer el anuncio del Reino e incluso les había dado autoridad, como en otros momentos hemos reflexionado, para curar enfermos y para expulsar demonios. Es el regreso de la misión que Jesús les había encomendado, vienen contentos por lo que han realizado en nombre de Jesús, pero sabe El que después de aquella actividad necesitan un descanso. Además eran tantos los que iban y venían que nos les daban tiempo ni para comer. ‘Vamos a un sitio aparte, a un lugar desierto, para descansar’.

¿Tú, duerme y descansa ahora que luego hablamos? No es eso lo que quiere Jesus. ‘Vamos’, dice, porque El va con ellos; vamos a un lugar apartado, pero será un lugar, al menos es lo que pretende, donde podamos estar juntos, donde podamos disfrutar de nuestro descansa, donde podamos tener tiempo de compartir. Vamos, que yo estaré con nosotros.

Podíamos recordar otro pasaje del evangelio donde Jesus invita a los que están cansados y agobiados a ir con El, porque en El encontrarán su descanso, a ir con El, porque de su mansedumbre han de aprender para mantener la paz en el corazón, porque en El nos vamos a sentir fuertes frente a todos los embates, frente a todos los agobios y carreras, frente a todas las luchas que habremos de mantener, porque no es que no nos dejen ni comer, es que no nos dará cuartel ni descanso ese mundo que tenemos enfrente y del que no nos podemos desentender.

No es el descanso solo de meternos dentro de nosotros mismos y quizás querer olvidarnos de todo, es el descanso de estar con Jesus porque en El encontraremos la fuerza que necesitamos, recargamos nuestras pilar como decimos tantas veces; pero no es algo externo que venga a nosotros sino que será Dios mismo el que estará dentro de nosotros; es inundarnos de Dios, dejarnos empapar de Dios y de su Palabra, dejarnos conducir por Dios porque su espíritu estará con nosotros inspirando y haciendo nueva nuestra vida. El es nuestra paz, como nos decía san Pablo. El es el Pastor que en verdes praderas nos hace recostar y repara nuestras fuerzas, como decíamos en el Salmo.

No es aislarnos para nadie nos moleste, mientras resolvemos nuestras cosas, sino abrir nuestro espíritu de manera distinta para que sea el espíritu de Dios el que inhabite en nosotros; no es aislarnos para olvidarnos de ese mundo que nos rodea con sus problemas y con sus aspiraciones, sino aprender a tener una mirada distinta para conocerlo mejor y para también para mejor darle una respuesta. Solo lo podremos haces desde Dios, solo lo podremos hacer si aprendemos a hacerlo con la mirada de Dios.

En aquella travesía que hicieron entonces los discípulos con Jesus para encontrar aquel lugar apartado y de silencio no tuvieron tiempo de muchas cosas, porque al llegar a aquel sitio se encontraron que ese mundo estaba esperándolos. Y Jesús no se desentiende, se puso a enseñarles y a curar a sus enfermos; y los discípulos tuvieron ya con la fuerza de lo que habían estado con Jesús que comenzar a realizar también su tarea. Ya escucharemos en próximos domingos la continuación de este relato del evangelio.

Quedémonos aquí, o mejor, vayamos con Jesús, porque El quiere que estemos con El. Encontremos, sí, ese momento para estar con Jesus, para escucharle en nuestro corazón, para disfrutar de su presencia, para sentirnos renovados en el espíritu porque sabemos que El está con nosotros.

Que el domingo, día del Señor, día para ir y estar con el Señor de manera especial como El nos llama, sepamos aprovecharlo; no lo convirtamos en un cumplimiento que despachamos en unos minutos; mucho más tendría que ser nuestro encuentro con el Señor y su Palabra en la Eucaristía dominical, el prepara para nosotros una mesa, nos unge con perfume y nos ofrece una copa que rebosa. ¿Sabremos disfrutar de ese banquete del Señor que nos ofrece el Señor? Es mucho más que los protocolos de la vida nos puedan ofrecer.

jueves, 18 de julio de 2024

¿Para qué agobiarnos y volvernos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Nos dice Jesús que busquemos en El nuestro descanso

 


¿Para qué agobiarnos y volvernos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Nos dice Jesús que busquemos en El nuestro descanso

Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Salmo 101; Mateo 11, 28-30

Tú no agaches la cabeza, no permitas que nadie esté sobre ti… consejo y recomendación que escuchamos y que no estaría mal si es que queremos salvaguardar nuestra dignidad de personas y nadie es mejor que otro, pero, hemos de reconocer, algo en lo que hemos de tener cuidado porque bien sabemos que junto a unas palabras nobles en su origen pudiera pronto aparecer la acritud que deriva fácilmente en violencia.

Y es que vivimos con mucha acritud en nuestras relaciones entre unos y otros; parece como si no pudiéramos salvaguardar nuestra dignidad o reclamar por nuestros derechos si no lo hacemos con esa acritud y con esa violencia. Y yo diría que es una lástima que actuemos así porque con esas actitudes perdemos todos nuestros derechos.

Vivimos con excesiva tensión, lo vemos en nuestras relaciones con los más cercanos y queridos a nosotros, pero pareciera que es la pauta o la manera de relacionarnos en general en la sociedad. Y nos vamos contagiando los unos a los otros; es demasiado fuerte la acritud y violencia sobre la que vamos fundamentando todas nuestras relaciones sociales; cualquier discrepancia – y tendríamos que decir que sería normal que existan distintas maneras de ver las cosas – termina en enfrentamiento y al que discrepa con nosotros ya poco menos que lo estamos viendo como un enemigo.

Podemos ser adversarios porque tengamos distintos planteamientos sobre cualquier aspecto de la vida, pero no tenemos que considerarnos unos enemigos irreconciliables donde nos sea difícil entablar un diálogo para llegar a puntos comunes, es más, si podemos destruimos todo lo que nuestro adversario haya podido levantar. Miremos lo que pasa en la política y en la sociedad.

Hoy Jesús en el evangelio nos invita a que no vivamos agobiados; bien sabemos lo que son las consecuencias, no hay quien hable con nosotros cuando estamos en tensión, perdemos la serenidad y la calma, aflora esa violencia de la vida. Y es difícil en nuestro mundo de prisas, todo lo queremos tener al instante, no sabemos esperar, pronto nos ponemos en tensión por cualquier cosa; a la manera de la informática en que estamos acostumbrados a tocar una tecla y automáticamente nos sale todo, así queremos hacer en la vida; hemos de aprender coger el ritmo de la vida que nos haga disfrutar de lo que vivimos, de lo que hacemos, de lo que nos vamos encontrando en los demás, de lo que la vida nos ofrece.

Pero con nuestros agobios y carreras parece que no tenemos tiempo ni paciencia para nada, y de la misma manera que nos ponemos de mal humor un día que nos falla el ordenador, no funciona tan rápido como queremos el móvil, o tenemos problemas con la tablet, surge el malhumor y la tensión, reaparece nuestra acritud con todo el que esté a nuestro lado, nos llenamos de violencias y queremos machacar a todo el que se nos atraviese en el camino.

Y Jesús nos habla de mansedumbre y de humildad, de serenidad para saber encontrar el descanso y de una paz que de alivio a todas nuestras tensiones. El va por delante enseñándonos. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas…’ ¡Qué hermosas palabras que nos llenan de paz el corazón! Tenemos que rumiar y saborear sin prisas estas palabras de Jesús.

¿Para qué agobiarse? ¿Para qué nos volvemos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Muchas veces decimos que tenemos que saber encontrar tiempo para nosotros mismos. Aquí nos lo está diciendo Jesús, que encontremos nuestro descanso. Tenemos que saber dejarnos guiar, que seguro que vamos a encontrar muchos vericuetos que nos llevan a encontrar la paz.

Por eso nos dice Jesús que su yugo es ligero, es liviano; cuando pensamos en un yugo estamos pensando en algo pesado que va a caer sobre nosotros e incluso nos quitará la libertad de movimientos; y es todo lo contrario, porque el yugo nos guía y nos conduce, nos hace evitar malos caminos, nos da seguridad para alcanzar la meta que buscamos, hará que el surco de nuestra vida sea recto y pueda darnos las plantas de los buenos frutos.  Es lo que podemos alcanzar cuando nos dejamos conducir por Jesús, por algo nos dirá en otro momento que es el Camino, y la Verdad, y la Vida.