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lunes, 24 de agosto de 2026

Son muchos los que andan en caminos oscuros y necesitan escuchar la invitación de Felipe a Natanael ‘ven y lo verás’ para llegar a la experiencia de Jesús

 

Son muchos los que andan en caminos oscuros y necesitan escuchar la invitación de Felipe a Natanael ‘ven y lo verás’ para llegar a la experiencia de Jesús

Apocalipsis 21, 9b -14; Salmo 144;  Juan 1, 45-51

Alguna vez habremos discutido con alguien cuando ha querido mostrarnos algo que ha sucedido o él ha experimentado pero que a nosotros nos parece algo insólito y difícil de aceptar por lo que nosotros nos hemos negado a aceptarlo por muchas que fueran las razones que el amigo nos ofreciera para que le creyéramos; quizás el amigo cansado ante nuestras negativas, porque él además está muy convencido de la experiencia que ha vivido, ha terminado por decirnos, pues ven para que lo veas por ti mismo y te convenzas. ¿Llegaremos a ir aunque solo fuera por quitarnos de encima tal insistencia y tanta presión?

Algo así es lo que nos está contando hoy el evangelio. Estamos en aquellos primeros momentos de la predicación de Jesús donde se está dando a conocer a haciendo el anuncio de conversión para aceptar la buena noticia del Reino de Dios. Algunos han comenzado ya a seguirle de cerca, otros han venido atraídos por las invitaciones que han recibido y en el caso de Felipe ha escuchado la llamada de Jesús y se ha ido con El. Ha sido una experiencia impactante en su vida; ahora no puede hacer otra cosa sino estar hablando de lo que él ha vivido; se ha tropezado con su amigo Natanael y le anuncia que han encontrado a aquel del quien habla Moisés en la ley y los profetas, y le señala a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.

No está viendo las cosas claras Natanael, aunque se ve que es un hombre que conoce las Escrituras. Si Felipe le habla de que han encontrado al Mesías, ¿cómo va a ser simplemente el hijo de José, el carpintero, y además de ese pueblito de Nazaret? Es la reacción normal que siempre se tiene ante las cosas que nos puedan venir del pueblo de al lado – siempre nuestro pueblo será mejor como tantas veces nos sucede en nuestra vida pueblerina de cada día – pero además le parece inverosímil que suceda algo así sin que haya habido unos signos y señales venidos del cielo.

Ya a Felipe no le quedan más argumentos para convencerlo. Cansado de tanta réplica simplemente le dirá ‘Ven y verás’. Nos está diciendo algo con gran sabiduría Felipe porque el aceptar o no aceptar a Jesús va mucho más allá de unos convencimientos por unos razonamientos. Cuando Natanael se encuentra con Jesús se sorprende por el saludo y la acogida que es valorar algo bueno que hay en la vida de Natanael. Jesús habla de su rectitud y de su madurez. ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Se sorprende el bueno de Natanael por lo que le replicará de qué lo conoce. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’. Y ya Natanael no puede más. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Es un reconocimiento de fe que ha partido solo de una experiencia de encuentro con Jesús.

No vamos ahora a ponernos a hacer consideraciones de lo que pudiera significar o no esta frase de Jesús. Lo importante es que Jesús nos ha mirado antes de que nosotros quisiéramos ir a El. Nos conoce y quiere contar con nosotros, solamente tenemos que dejarnos mirar por Jesús, pero con sinceridad, con humildad, con apertura de corazón. No podemos poner vallas en nuestro alrededor, no podemos crear abismos de distancias, no podemos ocultarnos tras las hojas de la higuera, Jesús pasa nuestro lado y nos mira, y nos llama, y nosotros tenemos que abrir los oídos de nuestro corazón para escucharle, y nosotros tenemos que dejarnos conducir por aquellos que quieren llevarnos a Jesús.

Como ahora ha estado haciendo Felipe, como veremos en otra ocasión del evangelio en que los que están a nuestro lado en el camino nos estarán diciendo, vamos levántate que te llama, como aquel ciego del camino de Jericó. Lo que parecía que podían ser obstáculos – recordamos como querían hacerlo callar los gritos del ciego pidiendo compasión – sin embargo luego fueron los que lo ayudaron para que llegara a Jesús. Así nos sucede tantas veces. Porque necesitamos ir a tener esa experiencia del encuentro con Jesús. Aquel ciego que mencionábamos recobró la vista, a Natanael se le abrió un camino de luz porque terminó reconociendo a Jesús.

¿Qué podemos ofrecer de todo esto a los demás? ¿No tendremos que decir también ‘ven y verás’ para que otros vayan al encuentro con Jesús? Son tantos los que necesitan escuchar esa invitación.


jueves, 23 de abril de 2026

Creyendo en Jesús, Pan de vida bajado del cielo, nos sentiremos tan intensamente unidos a El que ya nada nos podrá separar del amor de Dios

 


Creyendo en Jesús, Pan de vida bajado del cielo, nos sentiremos tan intensamente unidos a El que ya nada nos podrá separar del amor de Dios

Hechos 8, 26-40; Salmo 65; Juan 6, 44-51

Cuando en la vida nos encontramos alguien que se acercado a nosotros con la mayor sinceridad y delicadeza, nos hemos sentido comprendidos por esa persona y en quien somos capaces de descargar lo más hondo o lo más pesado que llevamos en el alma, diríamos que se crea un vínculo tan intenso que ya no nos gustaría separarnos de ella, sentimos que es como luz que hemos encontrado en nuestro camino y se convierte para nosotros en un ser maravilloso que siempre admiraremos y hasta trataremos de imitar. Es así como nacen las grandes amistades que van a perdurar en nuestra vida y que no queremos que nada las destruya, sea cuales sean las tentaciones que suframos. Nos sentimos en una comunión maravillosa con esa persona que de alguna manera se convierte en un todo para nosotros.

He estado queriendo referirme a bellas y maravillosas experiencias humanas que enriquecen nuestra vida, pero que se convierten en una imagen de lo que Jesús quiere hoy ofrecernos en el evangelio. Nos está hablando Jesús de comunión que nos lleva a sentirnos muy unidos a El por la fe. Y es que eso es lo que ha tenido que significar en nuestra vida nuestro encuentro con Jesús por la fe. Por algo Jesús nos hablará de camino y de vida, nos hablará de luz y de salvación. Es lo que vemos en el evangelio que Jesús va ofreciendo a cuantos con El se van encontrando; por eso nos hablará por otra parte de la radicalidad con que hemos de seguirle de modo que, como nos dirá san Pablo, nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

Los signos, que nosotros habitualmente llamamos milagros, que Jesús va realizando nos van manifestando lo que ha de ser esa vida nueva que nace en nosotros tras nuestro encuentro con El. El encuentro con Jesús sana verdaderamente nuestra vida mucho más allá de la curación de una enfermedad o de la liberación de alguna dependencia. Es un nuevo caminar, es un nuevo vivir, es un nuevo sentido para nuestra existencia, es un sentirnos nuevos y distintos porque ya seremos un hombre nuevo. Es lo que nos va repitiendo a lo largo de todas las páginas del evangelio.

¡Qué importante que nos dejemos encontrar con Jesús! Es necesaria una apertura del corazón, es necesario aprender a despojarnos de todo lo viejo que hay en nosotros para que seamos esa criatura nueva. No es algo superficial ni ocasional que cuando pase el tiempo se olvida. Es una transformación profunda la que se realiza en nosotros. Una nueva creación se realiza en nosotros.

Claro que cuando tenemos esta experiencia tan profunda de un encuentro con Cristo que transforma toda nuestra vida, nos sentiremos en esa nueva vinculación con El, como expresábamos de aquellos nuevos vínculos que se crean con una amistad nueva. Nos sentiremos tan unidos a Jesús que ya no es solo copiar alguna de sus cosas en nosotros sino comenzar a vivir una nueva comunión con El. No nos querremos separar ya de Jesús por nada del mundo.

Por eso Jesús se nos está presentando con pan de vida porque comiéndole así a El nos sentiremos llenos de la vida de Dios, llenos de vida eterna. Y nos dirá Jesús, ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’. Porque creemos en El y a El nos queremos sentir verdaderamente unidos, tendremos la vida eterna. Una vida para siempre, una vida de una nueva comunión, una vida en la que nos sentiremos profundamente inmersos en Dios.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

 


Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todos sabemos por qué estamos aquí, todos sabemos lo que hoy celebramos. Hasta nuestros calendarios lo marcan, aunque no sabemos bien por qué motivaciones. Hoy es el miércoles de ceniza, que de alguna manera ha marcado costumbres y tradiciones al menos en los pueblos con una cierta influencia o resonancia cristiana.

Los cristianos decimos que comenzamos un camino que nos lleva a la Pascua y por eso mismo es como entrenamiento y preparación para lo que luego vamos a vivir. De ahí ese carácter en cierto modo de desierto que queremos darle que luego en la Palabra de Dios de estos primeros días, el primer domingo, nos va a recordar cómo Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto. Y recordaremos, por eso está marcada incluso en el número de los días que dedicamos a la Cuaresma, el peregrinar del pueblo hebreo por el desierto también como un aprendizaje y una preparación para la llegada a la tierra prometida. Por eso hablaremos de su sentido penitencial, de purificación, de conversión.

Pero me quiero detener a pensar en el significado que ha de tener la Cuaresma para nosotros en este mundo en el que hoy vivimos en su realidad más cruda. Qué buena nueva de evangelio ha de tener para mi hoy para que no se quede en algo que hay que hacer porque así lo dispone la liturgia de la Iglesia y en el que simplemente vamos a repetir en cierta manera lo que siempre hemos hecho. Y cuando pase la cuaresma y llegue la Pascua, cuando pasen esos días pascuales, ¿en qué se va a notar en nosotros que hemos vivido con sentido pleno esta cuaresma?

Pero de eso que vivimos nosotros tenemos que ser signo para el mundo que nos rodea, y pienso en ese mundo concreto que son nuestras familias o que es esa gente con la que convivimos en el barrio, en el trabajo, en nuestra vida social, en ese camino que hacemos todos los días. Para muchos quizás ya ni les sonará la palabra o no entenderán su significado; algunos lo verán como algo que hacen los cristianos piadosos con sus ritos o sus prácticas religiosas, pero que ellos se quedan al margen; algunos quizás lo considerarán algo lúgubre desde las posibles experiencias que han tenido o la manera de ver las cosas de la Iglesia. ¿Y no tendríamos que ser signo de un verdadero sentido de cuaresma para esa gente que nos rodea? ¿Qué tendríamos que hacer?

En fin de cuentas es evangelio lo que tenemos que trasmitir, porque si no estaríamos también nosotros fuera de honda. Y no podemos vivir todo esto solamente hacia dentro, que por supuesto tiene que partir de la renovación más honda de nosotros mismos, sino también ser un signo de algo nuevo y vivo para los que nos rodean, signos del amor de Dios que quiere hacerse presente, tenemos que hacer presente también en nuestro mundo de hoy.

Es el primer signo que tenemos que mostrar; por nuestra forma de vivir, por la alegría de nuestra vida, por la esperanza que manifestamos en lo que vivimos y hacemos tenemos que hacer presente que nos sentimos amados de Dios. ¿Alguna vez le hemos dicho así clara y tajantemente a alguien que te sientes amado de Dios? La tristeza y cada de acontecimientos con que muchas veces los cristianos vamos por la vida no es precisamente eso lo que reflejan. Rescatemos la alegría de nuestra fe porque nos sentimos amados de Dios. Aunque seamos muy pecadores, experimentemos fuertemente en nosotros que su misericordia no tiene fin. Y eso tenemos que reflejarlo también en nuestra cara.

Pero tenemos que decirles también a los demás que Dios los ama. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Directamente con nuestras palabras? También cuando sea necesario. Pero tenemos que mostrarnos nosotros para los demás como signos de ese amor de Dios. Y cuántos gestos podemos realizar en ese sentido.

Una de las prácticas con las que queremos expresar en la cuaresma, y siempre por supuesto, es la limosna, es el compartir con los demás. Ahí tenemos un hermoso signo que podemos realizar. Y no digo solo el dinero que podamos sacar de nuestro bolsillo – cuidado que algunas veces para la limosna buscamos la moneda más pequeña que tengamos en la cartera – sino en lo que con generosidad podemos compartir de nuestra vida con los demás, por ejemplo, tu tiempo, la compañía que puedes ofrecer a quien se siente solo, la visita a los enfermos y a los ancianos de tu entorno, la atención que prestamos a quien vemos tirado al borde del camino o en la acera pidiéndonos ayuda.

¿No podríamos programarnos nuestro tiempo cuaresmal para esas visitas, para esa atención a los que se sienten solos, para acercarnos de una forma distinta a los que vamos encontrando en nuestro camino, para tener una palabra amable de saludo con quien nos encontramos aunque no nos responda? ¿No será esa la reconciliación que Dios nos está pidiendo?

Podríamos hacer una cuaresma hermosa, y podríamos ser un buen signo del amor de Dios para los demás. Al final será de verdad pascua, que es el paso del Señor por nuestra vida y nuestro mundo.

sábado, 7 de febrero de 2026

Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

 


Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

1 Reyes 3, 4-13; Salmo 118; Marcos 6, 30-34

Siéntate tranquilo ahí un rato y descansa, habremos dicho a alguien o nos han dicho a nosotros mientras andamos agobiados con nuestros trabajo, en un corre y corre sin parar por lo mucho que tenemos que hacer, o por lo que nos exigen quizás las circunstancias de la vida; nos sentimos responsables y no queremos dejar de hacer todo lo que podamos, nos quita el sueño, nos quitan hasta las ganas de comer. Pero quizá llega alguien a nuestro lado y con gran sabiduría nos invita a descansar, a parar en nuestra actividad, como dicen ahora a desconectarse, hoy lo llaman también vacaciones, lo necesitamos, ya llegará el momento de reemprender nuestra tarea.

Y esto tenemos que reflexionarle y aplicárnoslo en todas las tareas de la vida; son nuestras responsabilidades familiares, son las responsabilidades laborales, son los compromisos que quizás hemos adquirido con la sociedad en la que vivimos a la que dedicamos nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, será todo lo que hacemos por nuestro crecimiento personal, nuestra formación, nuestros estudios, el tiempo que le dedicamos a una actividad intelectual o a la vida social.

Es necesario encontrar esa serenidad del espíritu, para rumiar aquello que estamos haciendo, para despertar nuevas inquietudes, para tensar nuestro espíritu recargando las baterías; no podemos dar si nos hemos vaciado tanto que ya no nos queda animo en nuestro interior para seguir realizando nuestra labor, hemos de hacer crecer la temperatura de nuestro termómetro espiritual porque con todas esas cosas que nos van agobiando y llenando nuestro tiempo se nos puede enfriar la intensidad de nuestra vida espiritual y caer en una tibieza que pudiera ser muy peligrosa.

Por aquí va el mensaje del evangelio hoy. Jesús había escogido a doce que envió a hacer el anuncio del Reino por distintos lugares; ahora es el momento del regreso y ahí está el entusiasmo de los discípulos por la misión realizada; y Jesús les invita a irse a un sitio donde estén solos, sin el ajetreo de la gente que ni les daba tiempo para comer, para descansar. Allá se van a un lugar apartado para estar con Jesús. ¿Un intercambio de experiencias decimos hoy a nuestras reuniones pastorales? ¿No será algo más? ¿Un ahondar en esa experiencia de estar con Jesús para sentirse renovados y continuar con la intensidad necesaria?

Llamémosle como queramos llamarlo, tenemos muchas posibilidades o tener que saber buscar y encontrar los momentos; todos lo necesitamos. Hemos hablado de esa necesaria espiritualidad que ha de haber en nuestra vida como cimiento de cuanto tenemos que realizar; necesitamos conectar con el Espíritu del Señor, y para eso necesitamos silencios, necesitamos de momentos de tranquilidad y paz para poder escuchar por dentro, para vernos con toda claridad a nosotros mismos y para renovar esas motivaciones que tenemos para nuestra lucha, para nuestro trabajo apostólico, para poder ser en verdad misioneros del mensaje de Jesús en el mundo en que vivimos.

Necesitamos los cristianos que queremos vivir nuestro compromiso de más momentos de silencio para encontrar la serenidad para nuestra vida; necesitamos de momentos de escucha interior porque por fuera ya estamos oyendo continuamente muchas palabras; es algo más que ese torrente de palabras lo que necesitamos escuchar; es necesaria una predisposición por nuestra parte.

Nos está diciendo Jesús: ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco’. ¿Nos iremos en la barca con El?  ¿O comenzaremos a darle largas como tantas veces, porque como decimos no tenemos tiempo? Os aseguro que no será un tiempo perdido.

martes, 6 de enero de 2026

Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 


Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 Isaías 60, 1-6; Salmo 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Ponernos en camino es imagen de la vida misma. Forma parte de nuestro mismo ser. ¿No podríamos decir que para eso tenemos dos piernas? Ya lamentamos quienes tienen atrofiados sus miembros de manera que no pueden moverse por sí mismos, no pueden caminar; les decimos de muchas formas aunque no todas son las más humanitarias, deficientes, inválidos, discapacitados, dependientes definiendo en cierta forma cómo se siente el que no puede ponerse en camino.

Desde que nacemos, podríamos decir, queremos caminar; qué alegría cuando un bebé llega a dar los primeros pasos iniciando así en cierto modo el camino de su vida. Ponernos en camino porque buscamos, queremos conocer, llegar a otros lugares o a otras personas, hacer la vida valiéndonos por nosotros mismos; ponernos en camino que desasirnos de muchas cosas para no sentirnos dependientes sino valernos por nosotros mismos; es una búsqueda y es un riesgo, abiertos a la sorpresa porque no sabemos bien lo que vamos a encontrar, pero con riesgo porque nos acechan los peligros; por eso hay quien tiene miedo, no quiere soltarse, quiere quedarse bajo la sombra de un paraguas que le proteja pero quizás porque no tiene metas, no se atreve a ir más allá de lo que tiene delante. Podríamos seguir diciendo muchas más cosas que a todos se nos pueden ocurrir, pero hoy se nos está diciendo que tenemos que ponernos en camino.

Aquellos Magos de Oriente, porque vieron una estrella se pusieron en camino, indagando lo que significaba, estudiando los anuncios antiguos, arriesgándose a un futuro incierto en ese camino que emprendían, sin temor a perderse. Pero para poder ver la estrella, no se quedaron solo mirando al suelo sino que se habían puesto a mirar a lo alto. Bien significativa la imagen. Buscaban el camino y la meta, pero miraban a lo alto para dejarse guiar por la estrella. Cuánto nos puede decir esta imagen.

Como nos dice el evangelio llegaron a Jerusalén y aquello fue una conmoción general. La sorpresa de la gente ante la comitiva que atravesaba la ciudad con aquella gente venida de lejos; Jerusalén fue siempre encrucijada porque la situación de Palestina entre el Oriente próximo y Egipto hacía que fuera un cruce de caminos, como lo vemos reflejado en la historia. Pero ahora era distinto porque preguntaban por un recién nacido rey de los judíos. Suspicacias en el palacio de Herodes que se creía grande y nadie le podía hacer sombra y la pregunta y búsqueda de aquellos Magos era inquietante. Sorpresa entre los Maestros de la Ley los Sumos Sacerdotes, porque les hizo revolver en las Escrituras para entender lo que podría suceder. Señalan el camino según las Escrituras, pero ellos se quedan a la expectativa de lo que pudiera ser.

Con el encargo – podríamos decir entrecomillas, como solemos expresarnos - de Herodes para que volvieran a decirle donde o como lo habían encontrado, de nuevo se ponen en camino. Y allí está la estrella que les guía y les conduce hasta donde está Jesús al que encontrarían como los pastores un día con María, su madre, pero ya no recostado en un pesebre. Le ofrecieron sus dones y cayendo de rodillas le adoraron. Era el reconocimiento de la luz que habían encontrado y que ahora se volverían a sus casas para llevar la noticia, como primeros portadores de evangelio, de buena nueva de salvación para todos.

Es nuestro ponernos en camino, el camino de nuestra vida y el camino de nuestra fe. ¿También tendremos que ponernos camino para buscar y para indagar, para encontrarnos con la luz y para llevar luego esa buena noticia a los demás? Es también nuestra tarea, es la búsqueda honda de nuestra vida; no podemos quedarnos encerrados siempre en lo mismo, no podemos estar como los que ya vienen de vuelta y no quieren saber nada, tenemos que arriesgarnos en nuestra búsqueda aunque ese ponernos en camino nos haga salir de allí donde estamos instalados, de lo que siempre se ha hecho porque siempre ha sido así como tantas veces decimos; tenemos que no temer lo que podamos encontrar porque siempre será una luz nueva para nuestra vida que nos pone en nuevo camino.

Nos hemos amodorrado en nuestra manera de vivir la fe y tratar de contentar a todos y a todo, pero no podemos quedarnos adormilados en el camino porque perderemos el rumbo y el sentido. Y eso nos está pasando a muchos cristianos que queremos seguir viendo en la comodidad de nuestras rutinas o viejas costumbres y ya el evangelio parece que ha dejado de ser novedad para nosotros; el evangelio siempre tiene que ser novedad porque es buena noticia, y las noticias son nuevas cada día.

Es una lástima que el árbol no nos permita ver el bosque; es lo que nos está sucediendo con esta fiesta de la Epifanía en la que tendríamos que contemplar ese gran regalo de Dios que se nos manifiesta – eso significa la palabra ‘epifanía’, manifestación – y la locura de los regalos que nos hacemos y creemos que tenemos que hacernos en este día nos hacen olvidar la grandeza y el sentido de esta fiesta y celebración.

¿Necesitaríamos arriesgarnos a ponernos en camino desde esta consideración? El profeta invita a Jerusalén a despertar para ver amanecer la gloria de Dios. ¿Nos postraremos también nosotros como todos esos pueblos para cantar la gloria del Señor?


miércoles, 10 de diciembre de 2025

Busquemos un motivo hondo para nuestro camino de adviento preguntándonos qué esperamos o a quien esperamos, porque será distinto el sentido de nuestra espera Isaías 40, 25-31; Salmo 102; Mateo 11, 28-30 Siguen avanzando los días y sigue avanzando el camino de adviento que vamos realizando; como bien sabemos es un camino de espera, todos andamos ansiosos porque llegue la Navidad, pero no para todos es el mismo sentido de la espera porque quizás no esperamos lo mismo; aunque nuestra sociedad se ha contagiado de ese sentimiento de la espera que nació en los creyentes que querían darle cada año un sentido nuevo y cada vez más intenso a la Navidad que íbamos a celebrar, sin embargo podíamos decir que ha habido una manipulación de esos sentimientos aprovechándolo cada uno para sus intereses. Mucho pesa en estos momentos ese ambiente comercial y de consumo al que todos nos sentimos tentados y en el que muchos quieren hacer su negocio. No es malo que muchos busquen un rendimiento a sus esfuerzos y trabajos, pero lo malo es perder el sentido grandioso que tendría que tener para nosotros la navidad que se acerca. ¿Qué esperamos? Quizás tendríamos que comenzar preguntándonos, porque depende de lo que esperemos así le daremos sentido a nuestra espera. Es importante este planteamiento para que encontremos entonces el verdadero sentido que tendríamos que darle a nuestras celebraciones cristianas. Muchas veces solo esperamos cosas y todo parece que lo centramos en los regalos que tengamos que hacernos o recibir, el buen ambiente de fiesta con buenas comidas que hagamos en estos días, o que la suerte nos visite para que nos traiga grandes premios que pareciera que sería los que nos solucionarían todos los problemas que tenemos. Pudiera ser que al final nos sintamos desencantados porque ni fueron los regalos que esperábamos, ni logramos el buen ambiente en nuestras comidas y la fortuna no nos visitó. ¿Dónde se nos queda todo? Qué bonito y qué distinto es cuando esperamos a alguien; el encuentro personal será siempre más enriquecedor si ponemos buena disposición por todas partes; el encuentro personal nos hace crecer en humanidad y nos lleva a descubrir lo que mejor puede hacernos felices. Es la espera de la madre del hijo que hace tantos años marchó a otros lugares y ahora vuelve al hogar; es la espera del amigo con que tanto vamos a compartir y que nos hace disfrutar del calor del cariño y de la presencia de aquel a quien mucho apreciamos; es la espera del reencuentro de quienes por las razones que fueran andaban distanciados y ahora recuperan una amistad que se había deteriorado; es la espera de aquel con quien nos sentimos a gusto y que su presencia nos llena de paz porque nos comprende al mismo tiempo que nos anima y levanta de nuestros decaimientos. ¿Qué esperamos nosotros en este Adviento o a quién esperamos? Ahí está la raíz y la motivación verdadera para darle un sentido hondo a este Adviento como va a tener un sabor nuevo la Navidad que vamos a celebrar. Esperamos no algo sino que esperamos a Alguien, con más amor que una madre, como al Pastor que viene en búsqueda de las ovejas perdidas y por eso viene a mi encuentro que tantas veces ando sin saber ni por donde camino, como quien viene a ser nuestra paz y nuestro descanso porque en la mansedumbre de su corazón vamos a encontrar nuestro descanso, que viene con los brazos abiertos que nos ofrecen reconciliación pero que al mismo tiempo nos impulsará a vivir también esa reconciliación con los demás. Es lo que hoy nos está diciendo el profeta con aquellas palabras que levantaban la esperanza en el pueblo de Israel que esperaba al Mesías, y lo que Jesús mismo nos quiere decir en el evangelio. ¿Qué estamos cansados y agobiados? Vayamos a El que nos ofrece descanso en el refugio de su corazón. ¿Qué andamos desorientados en la vida como ovejas que no tiene pastor y perdidos por los arrabales por los que nos ha arrastrado nuestro orgullo y nuestra ambición, o el materialismo de la vida que nos hace esclavos de las cosas que al final han dejado un vacío en nuestro espíritu? sentémonos a los pies de Jesús como aquellas multitudes en la ladera del monte de las bienaventuranzas o como María de Betania que supo escoger la mejor parte. Cuando llegue el día de Navidad entonces nos encontraremos de verdad con Dios en aquel niño recién nacido y recostado en un pesebre en el portal de Belén. Nuestra mirada será otra y las motivaciones para la fiesta de navidad serán mucho más hondas porque nos vamos a encontrar con Dios de manera especial en cuantos nos vayamos encontrando por los caminos de la vida, sea cual sea su condición, porque en ellos veremos siempre unos hijos de Dios.

 


Busquemos un motivo hondo para nuestro camino de adviento preguntándonos qué esperamos o a quien esperamos, porque será distinto el sentido de nuestra espera

Isaías 40, 25-31; Salmo 102; Mateo 11, 28-30

Siguen avanzando los días y sigue avanzando el camino de adviento que vamos realizando; como bien sabemos es un camino de espera, todos andamos ansiosos porque llegue la Navidad, pero no para todos es el mismo sentido de la espera porque quizás no esperamos lo mismo; aunque nuestra sociedad se ha contagiado de ese sentimiento de la espera que nació en los creyentes que querían darle cada año un sentido nuevo y cada vez más intenso a la Navidad que íbamos a celebrar, sin embargo podíamos decir que ha habido una manipulación de esos sentimientos aprovechándolo cada uno para sus intereses.

Mucho pesa en estos momentos ese ambiente comercial y de consumo al que todos nos sentimos tentados y en el que muchos quieren hacer su negocio. No es malo que muchos busquen un rendimiento a sus esfuerzos y trabajos, pero lo malo es perder el sentido grandioso que tendría que tener para nosotros la navidad que se acerca.

¿Qué esperamos? Quizás tendríamos que comenzar preguntándonos, porque depende de lo que esperemos así le daremos sentido a nuestra espera. Es importante este planteamiento para que encontremos entonces el verdadero sentido que tendríamos que darle a nuestras celebraciones cristianas. Muchas veces solo esperamos cosas y todo parece que lo centramos en los regalos que tengamos que hacernos o recibir, el buen ambiente de fiesta con buenas comidas que hagamos en estos días, o que la suerte nos visite para que nos traiga grandes premios que pareciera que sería los que nos solucionarían todos los problemas que tenemos. Pudiera ser que al final nos sintamos desencantados porque ni fueron los regalos que esperábamos, ni logramos el buen ambiente en nuestras comidas y la fortuna no nos visitó. ¿Dónde se nos queda todo?

Qué bonito y qué distinto es cuando esperamos a alguien; el encuentro personal será siempre más enriquecedor si ponemos buena disposición por todas partes; el encuentro personal nos hace crecer en humanidad y nos lleva a descubrir lo que mejor puede hacernos felices. Es la espera de la madre del hijo que hace tantos años marchó a otros lugares y ahora vuelve al hogar; es la espera del amigo con que tanto vamos a compartir y que nos hace disfrutar del calor del cariño y de la presencia de aquel a quien mucho apreciamos; es la espera del reencuentro de quienes por las razones que fueran andaban distanciados y ahora recuperan una amistad que se había deteriorado; es la espera de aquel con quien nos sentimos a gusto y que su presencia nos llena de paz porque nos comprende al mismo tiempo que nos anima y levanta de nuestros decaimientos.

¿Qué esperamos nosotros en este Adviento o a quién esperamos? Ahí está la raíz y la motivación verdadera para darle un sentido hondo a este Adviento como va a tener un sabor nuevo la Navidad que vamos a celebrar. Esperamos no algo sino que esperamos a Alguien, con más amor que una madre, como al Pastor que viene en búsqueda de las ovejas perdidas y por eso viene a mi encuentro que tantas veces ando sin saber ni por donde camino, como quien viene a ser nuestra paz y nuestro descanso porque en la mansedumbre de su corazón vamos a encontrar nuestro descanso, que viene con los brazos abiertos que nos ofrecen reconciliación pero que al mismo tiempo nos impulsará a vivir también esa reconciliación con los demás.

Es lo que hoy nos está diciendo el profeta con aquellas palabras que levantaban la esperanza en el pueblo de Israel que esperaba al Mesías, y lo que Jesús mismo nos quiere decir en el evangelio. ¿Qué estamos cansados y agobiados? Vayamos a El que nos ofrece descanso en el refugio de su corazón. ¿Qué andamos desorientados en la vida como ovejas que no tiene pastor y perdidos por los arrabales por los que nos ha arrastrado nuestro orgullo y nuestra ambición, o el materialismo de la vida que nos hace esclavos de las cosas que al final han dejado un vacío en nuestro espíritu? sentémonos a los pies de Jesús como aquellas multitudes en la ladera del monte de las bienaventuranzas o como María de Betania que supo escoger la mejor parte.

Cuando llegue el día de Navidad entonces nos encontraremos de verdad con Dios en aquel niño recién nacido y recostado en un pesebre en el portal de Belén. Nuestra mirada será otra y las motivaciones para la fiesta de navidad serán mucho más hondas porque nos vamos a encontrar con Dios de manera especial en cuantos nos vayamos encontrando por los caminos de la vida, sea cual sea su condición, porque en ellos veremos siempre unos hijos de Dios.

jueves, 16 de octubre de 2025

Tenemos que ser testigos que contagien, no obstáculos por nuestra incongruencia y vanidad que interfieran en el camino para el encuentro con Cristo

 


Tenemos que ser testigos que contagien, no obstáculos por nuestra incongruencia y vanidad que interfieran en el camino para el encuentro con Cristo

Romanos 3,21-30ª; Salmo 129; Lucas 11,47-54

Recuerdo una anécdota en la que se apremiaba a alguien a que llegara puntual a un lugar o a una cita donde debía ir, pero este le respondía que iba a hacer todo lo posible por llegar pero si la vaca no estaba en el camino; parece que en otra ocasión en que había intentado hacer ese recorrido no había podido hacerlo porque una vaca estaba suelta en el camino y era poco menos que imposible pasar por aquel lugar.

Traigo a colación este hecho en referencia a lo que nos está expresando hoy el evangelio. Son las palabras de Jesús contra los fariseos y maestros de la ley porque parecía que disfrutaban poniendo exigencias en sus comentarios y enseñanzas a la hora de trasmitir al pueblo creyente lo que era la ley y la voluntad del Señor. Ha partido este episodio de aquel momento en que un fariseo había invitado a Jesús a comer en su casa y en su interior estaba haciendo sus juicios porque Jesús no se había lavado las manos antes de comer; lo que podían ser una medidas higiénicas las habían convertido en leyes para dictaminar lo que era pureza que por la fe había de haber en sus vidas.

Jesús habla fuerte contra aquellos que vivían una fuerte incongruencia en sus vidas; menciona como ahora quieren justificarse con mausoleos levantados en honor de aquellos a los que habían perseguido y dado muerte sus padres. ‘¡Ay de vosotros, les dice, que edificáis mausoleos a los profetas, a quienes mataron vuestros padres! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron y vosotros les edificáis mausoleos’.

Es algo más que un mausoleo o no lo que nos quiere decir Jesús, es la incongruencia de sus vidas, a las que les falta una verdadera profundidad y sentido en aquello que realizan, muchas veces solo dejándose envolver por la vanidad, pero sin darle autenticidad a sus vidas. No podemos sentirnos muy lejos nosotros hoy de esas actitudes que muchas veces seguimos con aquello del cumplimiento externo, pero que sin embargo nos dejamos envolver totalmente nuestra vida por ese sentido del evangelio. Cumplidores, pero sin vivencia interior; apariencias pero sin un fondo profundo en la vida. Lo que hacemos muchas veces con nuestros actos religiosos que se quedan fríos, que se convierten en un rito formal, una costumbre o una tradición pero que no repercute en nuestras vidas, nuestras costumbres, nuestra manera de hacer las cosas, nuestras actitudes y posturas con los demás o con lo que hacemos que no llegamos a hacer vida.

Pero recogiendo la imagen con la que iniciábamos nuestra reflexión muchas veces esas formas incongruentes de vivir la religión o el ser cristiano se convierten en pantallas que encandilan, que oscurecen el camino para quieren realizar ese acercamiento a la fe y a la vida cristiana, pueden ser obstáculos para la fe de los demás.

Como creyentes tenemos que convertirnos en testigos, ofrecemos nuestra palabra que anuncia pero tenemos que ofrecer el testimonio de una vida que es lo que de verdad convence y contagia; pero quizás nuestras actitudes, nuestras vanidades, nuestra superficialidad puede ser ese obstáculo, como decíamos antes, esa vaca que está en el camino y nos entorpece y dificulta el que otros puedan transitar por ese camino. Es el ejemplo de nuestras vidas, es esa vivencia que nos convierte en testigos.

¿Estaremos siendo esos testigos o acaso por nuestro mal ejemplo somos obstáculos para que otros se encuentren con Cristo y puedan llegar a vivir su fe? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos, porque lo que se nos pide es esa congruencia en nuestras vidas porque será lo que contagia nuestra fe a los demás.

domingo, 28 de septiembre de 2025

Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

 


Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

Amós 6, 1a. 4-7; Salmo 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

¿Quiénes son los que tienen nombre en la sociedad donde vivimos? Los pobres y los que nada tienen  no ocupan páginas en los medios de comunicación, no son noticia. Recuerdo aquellos tiempos en que el ‘don’ como tratamiento de respeto a la persona solo se ponía delante del nombre de los personajes importantes por su influencia, su poder económico o su riqueza, su rango en una sociedad muy jerarquizada en razón de sus títulos, o su presencia como hombre fuerte e influyente de la sociedad por sus dominios o posesiones; a un pobre nunca se le llamaba por ejemplo ‘don José’, era simplemente el que vivía en tal sitio, o José o Pepe en el trato con sus iguales.

Pero es curioso que en este texto que nos ofrece hoy el evangelio, en esta parábola de Jesús no sea el rico el que tiene nombre sino el pobre, el pobre Lázaro, un mendigo a la puerta del rico pero que era ignorado por el personaje poderoso. ¿Será un signo del contraste que nos quiere proponer Jesús con la transformación que por el Reino de Dios se ha de realizar en nuestro mundo?

La parábola nos quiere enseñar muchas cosas, quiere reflejar muchas actitudes o posturas en las que nosotros podemos caer en la vida. Es fuerte el contraste entre la vida de aquel rico opulento que se lo pasaba banqueteando cada día, pero que era insensible a lo que pasaba a su puerta con aquel mendigo al que parece que únicamente la presta atención un perrito que le lame sus heridas. No es la condena de la riqueza en sí misma lo que pretende decirnos el evangelio sino las actitudes que tenemos en la vida y en consecuencia el uso que hacemos de aquellos medios que tenemos en nuestras manos.

Aquellos bienes que conseguimos a través de nuestro trabajo honrado no son en sí mismo malos, pues ya Dios puso toda la creación en la manos del hombre para que la trabajase y desarrollase. Pero es el camino que hacemos que lo convertimos en un camino de insensibilidad, como aquel hombre que no se daba por enterado de lo que sucedía a su puerta. Cuántas veces nosotros también cerramos los ojos para no ver o volvemos la mirada para otro lado para no sentirnos heridos en la sensibilidad que nos quede en el corazón; cuantas veces ensimismados en nosotros mismos no nos enteramos de lo que sucede a nuestro lado, no queremos ahondar en esos rostros que se cruzan con nosotros en la vida sino que seguimos caminando con nuestros prejuicios y prevenciones y no somos capaces de vislumbrar lo que hay detrás de esos rostros.

Apagamos la televisión o cambiamos de canal para no ver los desastres que asolan nuestro mundo con tantas violencias y tantas guerras; criticamos y juzgamos a quienes llegan a las puertas de nuestra sociedad calificándonos tantas veces de tan mala manera pero no vemos lo que hay detrás, las familias llenas de dolor y de miseria que quizás quedaron en su tierra para que estos como emigrantes lleguen hasta nosotros buscando una vida mejor, ¿habremos pensado en la tragedia que han vivido cuando han dejado su tierra arriesgándose a cruzar un mar, por ejemplo hablo de los que llegan a las costas de nuestras islas, que no saben si terminarán su travesía con vida mientras allá han quedado unas familias llenas de angustia?

La parábola que escuchamos hoy sigue haciéndonos pensar en muchas cosas. Pensemos en el vacío en que ha caído aquel rico, en esa imagen en que lo contemplamos en el abismo, en el que clama por un dedo mojado en agua que refresque su garganta, o porque vayan a anunciar a sus hermanos lo que a ellos les puede suceder siguiendo el mismo camino. Parece un abismo infranqueable, una situación de la que no se puede salir, unas soluciones que parece que no se encuentran tan fácilmente. Pero el evangelio siempre tiene un faro de esperanza para el hombre, el evangelio siempre es buena nueva, buena noticia de esperanza y salvación.

No es el camino la aparición de los muertos para tratar de convertirnos, como algunas veces nosotros pedimos también, sino que tiene que ser una apertura de la vida, una apertura de los oídos del corazón para escuchar la Palabra de Dios. Como se nos dice en la parábola, tienen a Moisés y los profetas que nosotros tenemos que saber interpretar bien.

Escuchemos el evangelio, dejémonos sorprender por esa buena noticia que nos anuncia esperanza y salvación, dejémonos transformar para que en verdad cambiemos nuestras actitudes y no vivamos ya solo pensando en nosotros mismos que es la tentación fácil que nos aparece, no vivamos encerrados en nuestra insensibilidad y nuestra insolidaridad sino que seamos capaces de darnos cuenta que cuanto tenemos no es solo en beneficio propio sino que tenemos que pensar en el bien de ese mundo y en el bien de cuantos caminan a nuestro lado.

No es un evangelio para sentirnos abrumados porque quizás hayamos tenido momentos en que no hayamos sabido hacer uso de la vida y cuanto somos y tenemos para caer el vacío de un sin sentido, sino para abrir puertas, para abrir nuestros oídos, para abrir nuestra vida a nuevas actitudes, a un verdadero encuentro sin prejuicios a cuantos caminan con nosotros en la vida.


jueves, 25 de septiembre de 2025

No nos basta decir que sabemos muchas cosas del evangelio e intentamos hacer lo que podemos; hace falta algo más que ‘buena voluntad’ para tener un encuentro vivo con Jesús

 


No nos basta decir que sabemos muchas cosas del evangelio e intentamos hacer lo que podemos; hace falta algo más que ‘buena voluntad’ para tener un encuentro vivo con Jesús

Ageo 1, 1-8; Salmo 149; Lucas 9, 7-9

A todos nos ha pasado de una forma o de otra; cosas que nos han pasado, palabras que hemos escuchado, accidentes que contemplamos en la vida, sueños perturbadores que en algún momento hemos tenido, personas con las que nos hemos encontrado o de las que hemos escuchado cosas que nos llaman la atención, se ha sembrado una inquietud en nuestro interior, nos hacemos preguntas a las que se nos hace difícil responder, la conciencia quizás comienza a ronronear en nuestro interior quizás por culpabilidades de cosas pasadas… pero ¿a final que ha significado eso en nuestra vida?

Podemos darle muchas respuestas, o acallarlo y dejarlo en lo más olvidado de nuestra conciencia para no tenerlo en cuenta, puede suceder que durante un tiempo no estemos tranquilos porque son cosas que no podemos quitar de nuestra cabeza, nos damos explicaciones que ni a nosotros nos convencen pero con las que queremos acallar esos gritos de nuestro interior, podemos echarlo todo al olvido y con el paso del tiempo aquello ha quedado como enterrado, pero quizás no hemos sabido dar un paso adelante para el que necesitábamos una valentía de la que nos parecía carecer, nos contentamos con ver las cosas de lejos pero no nos enfrentamos a ellas y la vida sigue rodando y rodando y seguimos igual, cuando quizás esas preguntas podían haber hecho si nos atrevíamos a dar respuesta a hacer algo que mejorara en lo más hondo de nosotros mismos.

Algo así se nos está planteando en el evangelio y quizás tendríamos que plantearnos cual es de verdad la actitud que tenemos ante el mismo evangelio, ante Jesús, y en el fondo todo lo que significaría nuestra religiosidad, nuestra relación con Dios, y en consecuencia nuestra vida que queremos llamarla vida cristiana. ¿Cuáles serían nuestras respuestas o las actitudes mantenemos sobre todo ello?

Partimos de las preguntas que se hacía Herodes ante lo que oía de Jesús. Eran cosas que le inquietaban. Se interrogaba y no sabía tampoco que respuesta dar. Le hablaban de Jesús, de su manera de actuar y de lo que enseñaba a la gente, de la respuesta que el pueblo estaba dando a aquella predicación de Jesús y los milagros que realizaba. En su mente se confundían muchas cosas. Un día había querido también escuchar a Juan a quien se decía que respetaba, pero influenciado por muchas cosas había terminado por degollarle. ¿Veía en peligro su poder? ¿Era incompatible lo que Juan enseñaba con la forma de vida de Herodes? La austeridad de Juan en el desierto hacía que estuviera muy distante con aquella vida de superficialidad, de lujos y de fiestas, de desenfreno e inmoralidades que se vivían en su palacio. Había también en su entorno quien quería quitarlo de en medio porque le molestaba lo que Juan denunciaba y enseñaba. Al final había pasado lo que tenía que pasar.

Ahora oye hablar de Jesús, de quien dicen que es un profeta, como los grandes profetas que ha habido en la historia de Israel; a él en su conciencia que le remuerde por lo que ha dicho le parece que Jesús es Juan que ha vuelto a la vida. Pero se seguían interponiendo los mismos obstáculos y aunque decía que tenía ganas de conocer a Jesús, nunca llegaría a un encuentro con El como para reconocerle como el Mesías y el Hijo de Dios.

Pero no nos quedamos en la consideración de lo sucedido con Herodes y sus inquietudes y sus relaciones frustradas tanto con el Bautista como con Jesús. Es que todo eso tenemos que verlo en nosotros mismos. Ante esos hechos que nos suceden en la vida y nos llenan de inquietud, ante esas palabras que escuchamos que tocan lo más hondo de nuestra conciencia, ante lo que vemos o escuchamos de la Iglesia, del evangelio que predica o del testimonio de tantos, ¿cuales son nuestras actitudes, nuestros deseos de búsqueda, las respuestas que vamos dando en la vida?

Porque muchas veces nos podemos poner a la distancia, para ver las cosas de lejos para no implicarnos, muchas veces nos hacemos oídos sordos o damos nuestras explicaciones que no son sino excusas, muchas queremos hacer nuestros arreglitos y como se suele decir ponemos una vela a Dios y otra al diablo, porque seguimos con nuestras rutinas o nuestras malas costumbres, seguimos dejándonos arrastrar ya sea por las pasiones o lo que salga en cada momento, pero no terminamos de dar el paso, no terminamos de abrir de verdad nuestros oídos para escuchar el evangelio, no terminamos de tener ese encuentro vivo con Jesús desde lo más hondo de nuestra vida.

Busquemos respuestas pero seamos valientes; dejémonos encontrar por la gracia, dejémonos encontrar por Jesús, dejemos que el Evangelio haga mella en nosotros, dejémonos iluminar por la luz.

No nos basta decir que sabemos muchas cosas de Jesús o del evangelio, que conocemos bien la Iglesia y que intentamos hacer lo que podemos; hace falta más que eso que llamamos ‘buena voluntad’, hacen falta decisiones firmes y valientes, hace falta abrir el corazón.

sábado, 12 de julio de 2025

‘No tengáis miedo’, nos dice, porque nos ha garantizado la fuerza y presencia del Espíritu que será nuestra fortaleza

 


‘No tengáis miedo’, nos dice, porque nos ha garantizado la fuerza y presencia del Espíritu que será nuestra fortaleza

Génesis 49,29-32; 50,15-26ª; Salmo 104;  Mateo 10,24-33

Algunas veces andamos por la vida acobardados y llenos de miedos; unos miedos que nos coartan a la hora de tomar decisiones, siempre andamos en la duda, la desconfianza, el pensar en el qué dirán, la inseguridad en nosotros mismos; algunas veces muchos actos de valentía aparente que manifestamos quizás hasta llenos de violencia son seguramente fruto de esa inseguridad interior y de esos miedos que persisten en nosotros pero que no queremos reconocer o no queremos que se hagan manifiestos; quizás nuestra inmadurez, la falta de haber fortalecido bien nuestra personalidad nos vuelva tímidos e inseguros, y reflotan nuestros miedos; hay que pensar las cosas y buscar un razonamiento, pero muchas veces las queremos pensar tanto que al final no tomamos ninguna indecisión, precisamente por ese miedo interior que mantenemos.

Hemos venido hablando en un plano meramente humano, pero tendríamos que plantearnos también estas preguntas en nuestra espiritualidad, en el campo de nuestra fe y de nuestro compromiso cristiano. ¿Qué tal somos? ¿Nos habrá faltado una profunda experiencia de índole religiosa, en el campo de nuestra fe y eso también nos vuelve inseguros, indecisos y cobardes? Hemos de masticar bien esas buenas experiencias de índole religiosa que hayamos tenido en la vida, pero que luego no nos sucede que como los discípulos en Getsemaní huyamos también y nos escondamos.

Por tres veces escuchamos en este corto texto del evangelio que hoy se nos ofrece que no tengamos miedo. Ante la tarea que tenemos ante nosotros con lo que Jesús nos ha confiado nos llenamos de miedos. ¿Seremos capaces de enfrentarnos a ese mundo hostil que nos rodea? ¿Tendremos palabras para responder a sus cuestionamientos que muchas veces se puedan convertir en enfrentamientos? Y si como nos dice Jesús que el discípulo no es más que su maestro, y si al maestro le hicieron lo que le hicieron ¿no tendremos miedo también a la cruz que también a nosotros se nos va a ofrecer?

‘No tengáis miedo’, nos dice Jesús. Tendremos palabras y tendremos fortaleza porque El nos ha garantizado que el Espíritu de Dios estará con nosotros y nunca nos dejará solos. No tengamos miedo a lo que nos puedan decir o a la oposición que podamos encontrar. No tengamos miedo porque Dios no nos deja de su mano, que valemos mucho más que los pajarillos que vuelan en los cielos y Dios cuida con detalle de ellos.

No tengamos miedo a obrar el bien y la justicia, no tengamos miedo a la verdad y mostrémonos con autenticidad y congruencia, no tengamos miedo a la entrega y al compromiso por una causa buena, no tengamos miedo a hablar del amor gratuito y generosos de Dios que hemos experimentado en nuestra y cuya experiencia hemos de saber compartir con los demás.

El mundo quizás nos está gritando de desconfianzas porque son muchas las incongruencias que encontramos, la vanidad y la falsedad con que se llenan las vidas, donde parece que ya no podemos creer en nadie, pero ante ese mundo nos mostramos con valentía porque tenemos que ser testimonio ante ese mundo de lo que es la verdad, de lo que es el verdadero amor, de lo que vale la sinceridad y la congruencia en la vida. Sin miedos, con valentía tenemos que dar nuestro testimonio, porque no hablamos de oídas, sino de lo que nosotros mismos hemos experimentado en nuestras vidas.

Pero no tengamos miedo a otras cosas que necesitamos y que algunas veces olvidamos en la vida. No tengamos miedo al silencio que nos hace bucear en nuestro interior, no tengamos miedo a esos momentos de soledad porque hacemos silencio de los ruidos que nos rodean pero porque queremos sintonizar con Dios para escucharle interiormente y para sentir y experimentar su fuerza; no tengamos miedo de ir a encontrarnos con su Palabra con la mente bien abierta, como abierto llevamos el corazón para escuchar lo que Dios quiere decirnos, lo que Dios quiera confiarnos. No tengamos miedo de sentirnos débiles ante Dios porque en El es en quien vamos a encontrar nuestra fortaleza, y le diremos que no nos deje caer en la tentación, que nos libre de todo mal, pero que nos libere también de nuestras autosuficiencias y vanidades, de nuestros orgullos y de nuestro amor propio, pero dejarnos purificar el corazón.

‘No tengáis miedo’, nos dice el Señor. ‘Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’. Confiemos.

viernes, 30 de mayo de 2025

Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

 


Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

Hechos 18, 9-18; Salmo 46;  Juan 16, 20-23a

Qué alegría se siente en los reencuentros. En imagen de mi infancia tengo grabadas imágenes de despedidas y de reencuentros que no se borran tan fácilmente. Es la despedida de un familiar, un hermano o el padre, que marchaba para América. En los años cincuenta para los canarios Venezuela era el punto de destino de tantos familiares nuestros que allí tuvieron que emigrar a causa de la pobreza que se vivía en nuestras islas. El acompañar al familiar hasta el muelle para verlo embarcar era la parte triste de la historia; cuando años más tarde aquel familiar regresaba cuánta era la alegría que se vivía en la casa familiar.

Al rememorar todo esto no puedo menos que pensar en la tragedia de los inmigrantes que llegan hoy a nuestras islas, siempre dolorosas y en momento trágicas como lo sucedido ayer mismo en quienes estaban a punto de abordar el mismo muelle que les recibía. Puede parecer ajeno este recuerdo al evangelio que pretendemos comentar, pero va con el ánimo que vivían los discípulos de Jesús en aquellos momentos de la última cena donde escuchamos las palabras que hoy nos ofrece el evangelio. Vaya como recuerdo hecho oración por quienes pasan por esta tragedia de la inmigración o emigración.

Hoy Jesús sigue abundando en esa tristeza por la que han de pasar los discípulos, pero también anuncia una alegría, como les dice, que nadie les podrá arrebatar. ‘Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’, les dice. Parece que les está adelantando una descripción del regocijo de aquellos que se sentían satisfechos por ver a Jesús clavado en una cruz, pero es también anticipo de lo que será la alegría de la pascua. ‘Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Me evoca aquel momento del encuentro con Jesús en la orilla del lago, que cuando todos llegaron a donde estaba Jesús, nadie le preguntaba nada porque todos sabían bien quién era.

Todo esto me hace pensar en la alegría de la fe que nosotros hemos de vivir, o mejor, en la alegría con que hemos de vivir nuestra fe y ser capaces de mostrarla al mundo que nos rodea. Muchas veces nos falta esa alegría a los cristianos, muchas veces a nuestras celebraciones les falta alegría, con lo que le estamos quitando un matiz importante para que en verdad sea una celebración. Qué lástimas nuestros rostros adustos en nuestras reuniones, muchas veces parece con cara de aburrimiento. Nos falta entusiasmo cuando nos reunimos para celebrar y proclamar nuestra fe. La alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios.

Nos dejamos envolver por un ambiente de pasividad y desgana; vamos por la vida como arrastrándonos y sin entusiasmo; parece que eso de ser cristiano o ser creyente es simplemente una pegatina que nos han puesto, pero no es algo que haya de verdad arraigado en nuestra vida; parece que hiciéramos las cosas por obligación y entonces se nos convierten en una rutina; no llegamos a contagiar, no sabemos trasmitir porque quizás tampoco lo estamos viviendo con toda intensidad dentro de nosotros mismos.

Es un desgaste que es peligroso; es una forma de no darle continuidad a nuestra fe, es el decaimiento que estamos viendo en nuestras comunidades poco entusiastas para los valores cristianos y que nos quedamos en unas fiestas tradicionales pero a las que les falta una verdadera hondura espiritual. ¿Llegaremos un día a despertarnos los cristianos y a vivir la alegría de la fe? Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos de alegría.


miércoles, 23 de abril de 2025

Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

 


Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Ni me daba cuenta que eras tú, nos ha pasado más de una vez. Ensimismados en nuestras cosas, absortos en lo que estábamos haciendo, alguien llegó y nos dijo algo, respondimos quizás con respuestas incongruentes, ni siquiera miramos a quien nos hablaba y si respondimos fue de una forma mecánica sin prestar atención ni a lo que nos decían ni a lo que nosotros mismos respondíamos; fue necesario que aquella persona nos mostrara quizás su impaciencia o desconcierto porque nos enterábamos de lo que nos decía, para entonces mirarla y darnos cuenta realmente quien era y que nosotros la conocíamos. Después de nuestra parte todo se quedó en disculpas que de nada ya valían.

De forma parecida caminaban aquellos dos discípulos rumbo a su pueblo con la decepción pintada en sus rostros y el desánimo desbordándose de su alma. Todas las esperanzas que tenían se habían venido abajo con lo sucedido aquellos días en Jerusalén; se habían quedado esperando si serían ciertos los anuncios que Jesús había hecho, pero ya sabían que el sepulcro estaba vacío, porque las mujeres habían ido bien temprano y así lo habían encontrado; les hablaban de apariciones de ángeles, pero ellos se lo habían tomado como visiones de mujeres.

Tan ensimismados iban en sus pensamientos que casi de entrada no prestan atención al que se ha puesto a hacer el camino con ellos y la pregunta de por qué iban con aquellas caras tristes, les habían relatado todo lo sucedido y como habían perdido las esperanzas.  Ni a la cara le habían mirado, estaban ellos para prestar atención a caminantes… pero aquel caminante al que habían sentido como un ignorante que no se había enterado de lo sucedido ahora se ha puesto a hablar y a dar explicaciones de lo anunciado en las Escrituras y del sentido de cuanto había sucedido.

Algo les estaba pasando, algo les estaba llegando por dentro que ahora sí mostraban interés por la conversación y sin saber aun quien les acompañaba, en su insinuación de seguir adelante en el camino, les habían pedido que se quedara porque en la noche los caminos son peligrosos. ‘Quédate con nosotros porque atardece…’ Y le habían convencido.

A la mesa estaban sentados, porque ellos le habían invitado a compartir su pan y los signos y gestos que realiza al partir el pan le abrieron los ojos. Aunque la noche era oscura, así había sido para ellos hasta ese momento, ahora había una luz y un resplandor especial. Reconocieron que era el Señor. Todo cambia y son ellos los que se ponen en camino para su vuelta a Jerusalén porque tienen que comunicar que Jesús había estado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan.

¿Estará Jesús caminando a nuestro paso y nosotros seguiremos ensimismados en nuestras cosas que ni le miramos a la cara ni lo reconocemos? Así vamos caminando por la vida. Nuestras preocupaciones, nuestros intereses, nuestras practicas religiosas incluso que no podemos dejar porque pareciera que nos falta algo, nuestras carreras o nuestros abatimientos y hay alguien que está a nuestro lado y no lo vemos. Abramos más los ojos en los caminos de la vida para ver con quien nos vamos encontrando. No demos por sabido que ya los conocemos, porque algo nuevo podemos encontrar en esas personas con las que nos cruzamos; y es que Jesús está viniendo a hacer el camino con nosotros y no terminamos de darnos cuenta.

¿Qué luz tendríamos que encender que fuera como una alarma que nos recuerda que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con la que nos cruzamos todos los días y ni siquiera le miramos a la cara incluso aunque le digamos buenos días? Pero es que muchas veces por no verlos ni los buenos días les damos y seguimos de largo. ¿Estará esperándonos ahí Jesús?

miércoles, 19 de febrero de 2025

¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

 


¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

Génesis 8,6-13.20-22; Salmo 115; Marcos 8,22-26

¿Cómo podrá encontrar el ciego el camino de la luz si no hay un lazarillo que le ayude a hacer el camino y encontrar la luz para sus ojos?

Sabemos que llamamos lazarillo al que acompaña al ciego en su caminar para ayudarle en la carencia de luz en sus ojos. Obras de nuestra literatura clásica nos han presentado con profusión esa figura y todos entendemos de lo que son sus valiosos servicios; aunque hoy disponemos de mejores medios de ayuda, aun contemplamos en nuestro caminar al ciego que va acompañado de su perro lazarillo, su perro guía que le previene de peligros, le facilita los movimientos y de alguna manera cuida de su amo ciego. Todos nos sentimos reconfortados con esa imagen.

Pero si nos entretenemos en comentar estos detalles es porque esa imagen puede decirnos mucho para la vida y su sentido. Porque además hoy el evangelio que se nos ha presentado en este día nos habla de la curación de un ciego, allá por la región de Betsaida que, como se nos dice en otro lugar del evangelio era la patria o lugar de nacimiento de Simón Pedro y su hermano Andrés.

Hemos escuchado los detalles del relato evangélico, cómo Jesús se lo ha llevado aparte y poniendo algo en sus ojos hará que poco a poco sus ojos vuelvan a la luz. Pero hay un detalle que nos puede pasar desapercibido; nos dice el evangelista que a aquel hombre ciego lo llevaron a Jesús. Recordamos también al ciego Bartimeo en Jericó que pedía limosna en el camino y tras sus gritos pidiendo ayuda al saber que pasaba mucha gente, Jesús les pide que se lo traigan, que lo ayuden a llegar a Jesús. En este caso también alguien ayudó a aquel ciego a llegar a Jesús.

Es importante la imagen. Es la pregunta que nos hacíamos al principio de esta reflexión. ¿Quién será el que ayude al ciego a encontrar el camino de la luz? ¿Llegaremos a ser ese lazarillo para tantos que están a nuestro lado necesitados de luz? ¿seremos los cristianos en verdad lazarillos que ayuden a nuestro mundo envuelto en tantas cegueras y oscuridades a encontrar la luz del Evangelio?

Es nuestra tarea y nuestra misión. Aunque primero seremos nosotros los cristianos los que tengamos que dejarnos envolver por esa luz de Cristo y su evangelio. En nuestras cegueras seguimos tantas veces porque teniendo la luz a nuestra mano no sabemos, no terminamos de dejarnos iluminar por el Evangelio; nos pasa muchas veces como aquellas doncellas del evangelio que no guardamos suficiente aceite para mantener encendidas nuestras lámparas, o dejamos que muchos tropiezos que se convierten en cegueras lleguen a nuestra vida y no terminamos de dejar que Jesús ponga su mano para lavarnos en el Siloé de su gracia. Cuidemos la limpidez de nuestros ojos, cuidemos no nos dejemos embaucar por luces fatuas que nada iluminan sino que más bien con sus guiños nos llevan a la confusión.

Pero importante el mensaje que quiere dejarnos el evangelio de hoy. Tenemos que ayudar a que los demás lleguen a Jesús, se encuentren con Jesús para que la luz vuelva a sus vidas. No siempre sabrán o podrán ir solos y necesitan quien les ayude. Nuestra palabra tiene que ser clara para hablar de Jesús a los demás, de que nosotros hemos encontrado la luz y con Cristo hemos encontrado el camino de la felicidad verdadera; nuestros gestos, nuestros detalles, nuestra manera de vivir tiene que ser un testimonio claro que hable a los demás de Jesús y de la luz que en El encontraremos siempre.

Es hermosa la buena voluntad de aquellos que llevaron aquel día al ciego de Betsaida hasta Jesús para que recobrara la visión de sus ojos. ¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Seremos capaces de hacerlo con nuestro mundo? ¿Qué testimonio estamos dando como cristianos y como Iglesia ante el mundo que nos rodea que les haga sentirse atraídos por el Evangelio?