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jueves, 7 de mayo de 2026

Despertemos los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y el gozo de nuestro amor del que nos sintamos envueltos y contagiemos a los demás

 


Despertemos los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y el gozo de nuestro amor del que nos sintamos envueltos y contagiemos a los demás

Hechos 15, 7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-11

En un buen ambiente de alegría y de fiesta no podemos menos que sentirnos contagiados por ese buen ambiente y mantener el tono de esa alegría; se dice que quien viene con cara de tristeza y de circunstancias a un lugar así donde todos están disfrutando de esa alegría viene a aguar la fiesta; tenemos que participar de esa alegría común y saber ponernos a tono porque nos sentiremos contagiados y hasta comenzaremos a ver nuestros problemas o nuestras situaciones personales de otra manera.

¿Estaremos muchos cristianos aguando la fiesta que tendría que ser la vivencia de nuestra fe y el sentirnos cristianos y amados de Dios? Primero decir que no siempre estamos manifestando nuestra alegría en medio de la vida y que nosotros tendríamos los mayores motivos para vivir esa alegría; somos cristianos porque nos sentimos amados de Dios, envueltos por su amor y en ese amor hemos de permanecer; claro que aguamos la fiesta también porque en muchas ocasiones no se nota tanto el amor como los ramalazos de egoísmo que aparecen en nuestras actitudes y posturas. Muchas veces somos cristianos tristes, de excesivas lágrimas y angustias lo que nos estaría convirtiendo en tristes cristianos, con lo que eso connota.

Hoy nos está diciendo Jesús que permanezcamos en su amor. No es un mandato, aunque en algún momento lo llamemos mandamiento del amor, es una consecuencia de vida cuando nos sabemos amados. ‘Yo os he amado’, nos dice Jesús, pero nos dice que es toda una corriente de amor que parte del amor de Dios ‘como el Padre me ha amado’, así llega ese amor a nosotros y en que hemos de permanecer.

¿Qué significa ese permanecer en su amor? Algunas veces interpretamos en que en determinados momentos tenemos que hacer algunas obras de amor; claro que ese amor se va a ir manifestando en lo que hacemos, pero no con cosas sueltas a las que queremos unir como en cadena, porque claro pensado así habrá momentos en que nos podríamos saltar esas acciones de amor. Es algo mucho más profundo. Quien se siente amado con un amor como el que Dios nos tiene le ha de parecer lo más natural del mundo amar también; nos sentiremos envueltos y empapados de ese amor para que lo único que se refleje de nuestra vida sea precisamente eso, el amor.

Tendríamos que sentirnos envueltos en ese buen ambiente, como decíamos al principio, de manera que tan contagiados nos sintamos que no sea otra cosa que amor lo que vaya fluyendo de nuestra vida. Y cuando fluye el amor qué lejos quedan las actitudes egoístas e insolidarias, qué tan espontánea surge de nuestro corazón la comprensión y el perdón, cómo apartamos de nosotros todo lo que sea resentimientos, recelos y rencores, posturas vengativas, perversas dobles intenciones, envidias, malas ambiciones que nos lleven al orgullo o a la malicia, a la violencia o a la malquerencia. Serían cosas que irían aguando nuestro amor, ese buen ambiente de comunión que entre nosotros tendría que haber.

Y termina diciéndonos hoy Jesús ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. ¿Será esa la alegría que envuelve nuestra vida de cristianos? Sería la alegría de nuestra vida que tendría que manifestarse de mil manera en todo momento, nuestro corazón siempre tendría que estar cantando, pero algunas veces no lo manifestamos ni en nuestras mismas celebraciones; si decimos celebraciones tendríamos que decir fiesta, pero de cuanto aburrimiento las llenamos a veces.

¿Cuándo despertaremos de verdad los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y del amor que con gozo vivimos?

 

viernes, 20 de marzo de 2026

Demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio del mundo, si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad

 


Demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio del mundo, si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

¿Habrás tenido alguna vez la experiencia de que alguien te resulta incómodo? Quizás al hacer esta pregunta en un primer momento te hace pensar en alguien con quien no te llevas bien, alguien que quizás en un momento determinado te hizo daño, pero quizás la incomodidad no es tanto por la otra persona sino porque en ti mismo hay una herida que no has sabido curar; es tu resentimiento, los celos quizás, la envidia que sientes dentro de ti lo que en verdad en esta situación te está haciendo que te sientas incómodo, pero quizás es incomodo por ti mismo porque no has sabido curar la herida.

He mencionado los celos y los envidias porque quizás estás viendo en la otra persona lo que tú no has sido capaz de conseguir y eso es más bien sentirte incómodo contigo mismo porque quizás te veas inútil o fracasado en sueños que has tenido pero que no has sabido cuidar y trabajar para dar esos pasos para alcanzar lo que aspirabas.

Y no es a estas situaciones a las que quiero referirme cuando hablo de sentirse incomodo ante alguien. El vernos en el espejo de los demás, pero viendo la rectitud con que andan esas personas por la vida, contemplando la capacidad de darse y desgastarse por los demás, el asumir unos compromisos en el trabajo por el bien y la justicia, es lo que verdaderamente nos resulta incómodo viendo quizás nuestra dejadez, lo insolidarios que somos que pasamos del sufrimiento de los otros o los ignoramos mirando para otro lado, nuestras cobardías, el poco compromiso que somos capaces de asumir. Nos damos cuenta de nuestra pobreza pero no queremos salir de ella porque nos puede parecer que perdemos privilegios o la capacidad de influencia que podamos tener sobre los otros.

Y en esa incomodidad que sentimos vienen las reacciones donde tratamos de tapar nuestros vacíos y queremos quitar de en medio a quien con la rectitud de su vida se está convirtiendo en una denuncia de nuestra desidia. Qué fáciles somos para socavar debajo de los pies del que hace el bien y vive con rectitud, con qué facilidad queremos echar sombras sobre ellos para que los demás desconfíen y no traten de imitar ese buen camino que están haciendo.

Es de lo que nos habla hoy el libro de la Sabiduría y que luego veremos reflejado en el evangelio en el rechazo que hacen de Jesús. Como decía el libro de la sabiduría los malvados quieren poner a prueba la lealtad y la rectitud del justo. ¿No nos suenan estas proféticas palabras a lo escuchado alrededor de la cruz de Jesús en el Calvario? Si es el Hijo de Dios que baje de la cruz y creeremos en El, decían los que crucificaban a Jesús.

En el evangelio de hoy vemos que hay momentos en los que Jesús no anda abiertamente porque sabe muy bien que ya andan rondando en torno a El buscando quitarle de en medio. Por eso nos habla el evangelio de aquella subida de Jesús a la fiesta de Jerusalén pero no abiertamente, aunque luego en Jerusalén y en el templo se dejará ver. Llevará a los comentarios de algunos que al ver cómo dejan actuar a Jesús piensan si acaso ya las autoridades religiosas han terminado por aceptar a Jesús. Pero no pudieron hacer nada; como dice el evangelista no había llegado su Hora. Ya Jesús en su momento señalará que ha llegado su hora.

Pero Jesús habla claramente, manifiesta lo que podíamos decir su identidad  y su misión. No todos lo comprenderán pero es fiel a su misión. Ya se nos había dicho que sería signo de contradicción, recordamos al anciano Simeón cuando la presentación en el templo. ‘A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado’.

Llega el momento de que nos preguntemos qué señal estamos dando nosotros de nuestra fe en Jesús tal como es nuestra vida. Tenemos que ser signos de Jesús en medio del mundo aunque el mundo no lo comprenda, aunque quizás para algunos podamos resultar incómodos. Lo importante es que nosotros no nos sintamos incómodos con nosotros mismos por la incongruencia de nuestra vida. Sanemos las heridas que puedan haber en nuestro corazón y demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio de nuestro mundo; si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad.

viernes, 26 de diciembre de 2025

El Niño que contemplamos en Belén lleno de los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido

 


El Niño que contemplamos en Belén lleno de los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido

Hechos 6, 8-10; 7, 54-59; Salmo 30; Mateo 10, 17-22

En medio del ambiente de alegría y de fiesta que vivimos en la Navidad, que además se prolonga con toda solemnidad durante toda la semana hasta la octava, para algunos pudiera resultar chocante, por decirlo de alguna manera, por cruentos estos de la Palabra de Dios que hoy se nos proclaman y la celebración de este día primero de la navidad. Se nos habla de sangre, de martirio, y se recogen los anuncios de Jesús de que no iba a ser fácil la vida de sus seguidores.

Sin embargo todo tiene su sentido. No todo es vivir la euforia de un momento de entusiasmo con aires de victoria; tenemos que saber afrontar la realidad de la vida. El mensaje del evangelio no es neutral, aunque tantas veces en nuestra sociedad se nos diga que la Iglesia no tiene que meterse en opiniones sobre los problemas de nuestra sociedad; se nos quiere poner en muchas ocasiones una mordaza, sobre todo por parte de quienes se ven reflejados en la luz de la Palabra que proclama la Iglesia. Ejemplos de ello tenemos muy recientes y los ha habido a lo largo de toda la historia.

La verdad del evangelio no se puede ocultar, el anuncio de algo nuevo para la vida de los hombres con todo lo que tenga que significar de conversión es algo que tiene que estar muy claro en lo que tiene que hacer la Iglesia, en lo que tenemos que proclamar los cristianos. Los paños calientes no llevan a una curación duradera y como se nos dirá en la Escritura santa ‘la verdad nos hace libres’, nos hace encontrar la verdadera libertad.

Por eso no nos han de extrañar las palabras de Jesús y que les escuchemos en medio de toda la alegría y esperanza que suscita la navidad, porque tenemos que estar preparados y fortalecidos para el camino que hemos de realizar. La alegría y la esperanza tienen que estar presente siempre en nuestra vida y en el testimonio que demos como cristianos. Pero sabemos que las piedras pueden llover sobre nosotros.

Por eso hoy la Iglesia nos presenta la figura del primero de los mártires, Esteban, uno de aquellos siete diáconos escogidos en la Iglesia primitiva para servir a los pobres. Su testimonio de servicio va acompañado por el testimonio y valentía de sus palabras que sus adversarios no pueden resistir. Es lo que se nos presenta en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Esteban tiene visión profética y es un verdadero testigo que no puede callar lo que ve y lo que vive. Y da testimonio con su sangre. No vamos a entrar en más detalles porque ya están suficientemente explicados en el texto sagrado.

Nos queda lo que ese testimonio nos está ofreciendo para nuestra vida. Demasiadas veces somos como camaleones que nos queremos ocultar vistiéndonos los mismos ropajes del materialismo y de la sensualidad de la vida que nos rodea. Somos cobardes para testimoniar con palabras claras la verdad que nosotros vivimos y que tenemos que convertirla en buena noticia para el mundo que nos rodea. Muchos son los temores que envuelven nuestra vida, porque no queremos nadar a contracorriente de lo que, como se dice hoy, tiene que ser políticamente correctos. Demasiadas acomodaciones hacemos no mostrando con claridad nuestro carácter, nuestra identidad y nos hacemos como uno de tantos. ¿Es así como pensamos que tenemos que dar testimonio de nuestra fe y de ese mundo nuevo del Reino de Dios que Jesús nos ha proclamado con plan para nuestra vida?

Jesús nos dice en el evangelio al tiempo que nos anuncia esas persecuciones que podamos sufrir que no hemos de temer, con nosotros está su Espíritu que nos dará fortaleza, que nos llenará de sabiduría divina para responder también con nuestras palabras. Escuchemos y hagamos vida en nosotros las palabras de Jesús.

El Niño que contemplamos en Belén lleno de todos los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser también punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido. Puede ser significativo para comprender mejor el sentido de esta fiesta.

jueves, 6 de noviembre de 2025

La alegría de Dios es perdonar, que nos contagiemos de esa alegría del cielo en la búsqueda de la oveja perdida o la moneda extraviada

 


La alegría de Dios es perdonar, que nos contagiemos de esa alegría del cielo en la búsqueda de la oveja perdida o la moneda extraviada

Romanos 14, 7- 12; Salmo 26; Lucas 15, 1-10

Nos encontramos a aquella persona, ¿un amigo? ¿Un familiar?, revolviéndolo todo como un loco. ¿Qué buscas? ¿Qué has perdido? Algo muy importante para mi; y daba vueltas y vueltas. Ya lo encontrarás, le decíamos; ¿qué es eso tan importante? Algun recuerdo pensamos, alguna cosa que compró un día y que significa mucho para él; por más que le decimos que ya podrá comprar otras cosas, que nada merece tanto esfuerzo y tanta locura, él nos sigue diciendo que sí es muy importante para él porque es algo único. No lo entendemos quizás y lo dejamos con lo que consideramos sus locuras.

Es de la locura que nos está hablando el evangelio. La locura de amor de un Dios por nosotros que nos envió y entregó a su Hijo. No siempre llegamos a entender en toda su hondura las parábolas que nos propone Jesús. Nos parece que aquella moneda que perdió la mujer en su casa en fin de cuentas no es de tanto valor; o nos parece que una oveja entre cien no significa gran cosa como que el pastor arriesgue su vida descolgándose incluso por barrancos para ir en búsqueda de aquella oveja perdida.

Pero la moneda era única para aquella mujer que barría la casa por todas partes; la oveja era única aunque tuviera noventa y nueve más en el redil para aquel pastor que así con tanto afán va a buscarla. Por eso su alegría, tanto de la mujer cuando encuentra la moneda extraviada, como el pastor cuando encuentra la oveja perdida; llamará a sus amigos y vecinos para decirle que la ha encontrado. No olvidemos que somos únicos para Dios.

¿Qué nos está queriendo decir Jesús? Somos únicos para El y siempre querrá nuestra salvación. Nos ama con un amor único e irrepetible. Aunque seamos lo que seamos, aunque seamos los pecadores más horribles del mundo, Dios sigue amándonos y buscándonos, sigue ofreciéndonos su perdón y su amor, quiere cargarnos sobre sus hombros como hace el pastor con la oveja herida.

Aquí podríamos preguntarnos muchas cosas, empezando por si nos gozamos en esa búsqueda de Dios y en ese nuevo encuentro con El. El padre hace fiesta cuando le hijo que se ha marchado y gastado todo de mala manera vuelve a casa. ¿Nos sentimos nosotros disfrutando de esa fiesta del amor y del perdón del Señor? Aquí nos preguntaríamos con qué sentido de fiesta celebramos el sacramento de la reconciliación y del perdón. ¿Saldremos con cara de fiesta tras ese encuentro de perdón? ¿Nos sentimos en verdad amados del Señor?

Pero a partir de esta reflexión que nos hacemos en torno a estas parábolas muchas más cosas tendríamos que preguntarnos. La motivación directa podemos decir por la cual Jesús nos propone estas parábolas son las criticas y comentarios de algunos porque Jesús se mezcla con aquellos que consideraban pecadores; les parecía que Jesús tenía que mostrarse con otro talante de dignidad. Pero Jesús con estas parábolas nos está diciendo que El va allí donde se ha extraviado el pecador y nos invita además a que nos alegremos por esas ovejas extraviadas que vuelve a traer al redil.  ¿Serán esas nuestras actitudes? ¿Nos alegramos con el pecador arrepentido? ¿Sentimos que su gozo en el reencuentro con el Señor es también nuestro gozo? ¿Seremos capaces de copiar en nosotros la alegría del cielo por un pecador que se arrepiente como nos dice Jesús hoy en el evangelio?

Y nosotros que seguimos pensando que hay personas que ya no tienen remedio, que no tenemos que perder tiempo con ellos porque nada vamos a sacar en limpio, que están tan llenos de pecado que tienen como una coraza que ya no atravesará la gracia divina. Porque esas cosas las seguimos pensando, porque en esas discriminaciones andamos, porque cargamos al pecador con su culpa al que dejamos marcado para toda la vida. 

Qué lejos estamos a veces del espíritu del Evangelio. Pero no podemos olvidar que con nuestras actitudes y nuestra manera de acoger a los demás tenemos que ser signos de la misericordia de Dios para nuestro mundo. Sepamos disfrutar del amor del Señor que tan misericordioso es con nosotros y que esa sea la forma cómo nosotros nos manifestemos con los demás. No olvidemos que la alegría de Dios consiste en perdonar y esa debe ser siempre también nuestra alegría. Es la buena noticia que recibimos y la buena noticia, el evangelio, que hemos de trasmitir para transformar nuestro mundo.

viernes, 30 de mayo de 2025

Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

 


Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

Hechos 18, 9-18; Salmo 46;  Juan 16, 20-23a

Qué alegría se siente en los reencuentros. En imagen de mi infancia tengo grabadas imágenes de despedidas y de reencuentros que no se borran tan fácilmente. Es la despedida de un familiar, un hermano o el padre, que marchaba para América. En los años cincuenta para los canarios Venezuela era el punto de destino de tantos familiares nuestros que allí tuvieron que emigrar a causa de la pobreza que se vivía en nuestras islas. El acompañar al familiar hasta el muelle para verlo embarcar era la parte triste de la historia; cuando años más tarde aquel familiar regresaba cuánta era la alegría que se vivía en la casa familiar.

Al rememorar todo esto no puedo menos que pensar en la tragedia de los inmigrantes que llegan hoy a nuestras islas, siempre dolorosas y en momento trágicas como lo sucedido ayer mismo en quienes estaban a punto de abordar el mismo muelle que les recibía. Puede parecer ajeno este recuerdo al evangelio que pretendemos comentar, pero va con el ánimo que vivían los discípulos de Jesús en aquellos momentos de la última cena donde escuchamos las palabras que hoy nos ofrece el evangelio. Vaya como recuerdo hecho oración por quienes pasan por esta tragedia de la inmigración o emigración.

Hoy Jesús sigue abundando en esa tristeza por la que han de pasar los discípulos, pero también anuncia una alegría, como les dice, que nadie les podrá arrebatar. ‘Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’, les dice. Parece que les está adelantando una descripción del regocijo de aquellos que se sentían satisfechos por ver a Jesús clavado en una cruz, pero es también anticipo de lo que será la alegría de la pascua. ‘Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Me evoca aquel momento del encuentro con Jesús en la orilla del lago, que cuando todos llegaron a donde estaba Jesús, nadie le preguntaba nada porque todos sabían bien quién era.

Todo esto me hace pensar en la alegría de la fe que nosotros hemos de vivir, o mejor, en la alegría con que hemos de vivir nuestra fe y ser capaces de mostrarla al mundo que nos rodea. Muchas veces nos falta esa alegría a los cristianos, muchas veces a nuestras celebraciones les falta alegría, con lo que le estamos quitando un matiz importante para que en verdad sea una celebración. Qué lástimas nuestros rostros adustos en nuestras reuniones, muchas veces parece con cara de aburrimiento. Nos falta entusiasmo cuando nos reunimos para celebrar y proclamar nuestra fe. La alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios.

Nos dejamos envolver por un ambiente de pasividad y desgana; vamos por la vida como arrastrándonos y sin entusiasmo; parece que eso de ser cristiano o ser creyente es simplemente una pegatina que nos han puesto, pero no es algo que haya de verdad arraigado en nuestra vida; parece que hiciéramos las cosas por obligación y entonces se nos convierten en una rutina; no llegamos a contagiar, no sabemos trasmitir porque quizás tampoco lo estamos viviendo con toda intensidad dentro de nosotros mismos.

Es un desgaste que es peligroso; es una forma de no darle continuidad a nuestra fe, es el decaimiento que estamos viendo en nuestras comunidades poco entusiastas para los valores cristianos y que nos quedamos en unas fiestas tradicionales pero a las que les falta una verdadera hondura espiritual. ¿Llegaremos un día a despertarnos los cristianos y a vivir la alegría de la fe? Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos de alegría.


viernes, 7 de marzo de 2025

¿De qué nos estará pidiendo el Señor que nos abstengamos o hagamos ayuno en nuestra vida de cada día para vivir el gozo de la presencia del Señor?

 


¿De qué nos estará pidiendo el Señor que nos abstengamos o hagamos ayuno en nuestra vida de cada día para vivir el gozo de la presencia del Señor?

 Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Parece normal que si estamos viviendo unos momentos agradables y felices en esos momentos no traigamos al presente situaciones que nos puedan resultar duras. Tratamos oportunamente de disfrutar el momento aunque sepamos que luego tendremos que afrontar situaciones que nos puedan resultar costosas, quizás puedan aparecer carencias que nos pueda imponer la vida o que quizás nosotros mismos nos imponemos en aras de conseguir luego algo mejor.

Cuando queremos alcanzar buenas metas quizás tengamos que pasar por el sacrificio y la renuncia, quizás no tenemos más posibilidades, pero sabemos que es el camino que nos ayudará en nuestro esfuerzo por conseguir lo mejor. El estudiante que quiere obtener los mejores conocimientos y las mejores notas al final, tendrá que renunciar a momentos de esparcimiento y de fiesta para poder estudiar; el que va a emprender una obra que es el sueño de su vida, para poder tener lo necesario para alcanzar renunciará a gastos en otras cosas que aunque buenas no son tan necesarias. Y así podríamos ponernos muchos ejemplos de la vida que pasan por ese sacrificio en aras de la meta que quieren alcanzar.

Hoy le vienen a plantear algunos porque sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan el Bautista o los seguidores de los fariseos. Jesús habla de que los amigos del novio cuando están en la fiesta de la boda de su amigo, tienen que participar de la alegría de esa fiesta porque además es la manera de sentirse unidos a El. Y así les pasa a los discípulos de Jesús, los que queremos seguir a Jesús, vivimos siempre en la alegría de su presencia y con ese sentido de fiesta. Qué lástima que algunas veces los cristianos vamos con cara de duelo incluso a nuestras celebraciones más festivas como tiene que ser siempre la liturgia; qué lástima que los cristianos no manifestemos más la alegría con que vivimos nuestra fe.

Jesús les dice, sin embargo, que podrán llegar momentos en que tengan que vivir en ese sacrificio. Así se considera el ayuno, es la renuncia a algo que necesitamos y que además nos gusta y saboreamos. Estamos en la cuaresma y hay algunos días que son especialmente penitenciales; es el momento de ofrecer algo de nosotros mismos, algo que nos cueste pero que ofrecemos con amor, como un signo y una señal de nuestro arrepentimiento pero también de que queremos algo mejor en nuestra vida.

Creo que tenemos que ir descubriendo el verdadero sentido que tiene que tener nuestro ayuno o nuestra abstinencia. Prescindir de algo que es gustoso para nosotros pero como señal de ese camino de superación que tenemos que hacer en nuestra vida. Muchas veces tenemos que decirnos ‘no’ en la vida, porque no todo nos lo podemos permitir, o porque quizás algo se nos presenta tentador como algo bueno pero nosotros sabemos que ese no es el camino de rectitud que hemos de vivir; y eso cuesta, y no siempre tenemos la voluntad firme para hacerlo y no dejarnos arrastrar por la tentación, y para eso tenemos que entrenarnos.

Sí, entrenarnos, aprender a hacerlo. El que realiza un entrenamiento por ejemplo para realizar un deporte tendrá que aprender unas técnicas, tendrá que desarrollar unas cualidades o unas costumbres, tendrá que dejar quizás malos hábitos o malas manera de hacer aquellas cosas, para aprender lo que es mejor, lo que hará de él ese buen deportista que logra metas y triunfos.

Eso en la vida. Siempre nuestro camino ha de ser un camino de superación y crecimiento. Y eso cuesta, y eso nos exige dejar a un lado los malos hábitos o rutinas de cómo hacíamos las cosas, eso nos está pidiendo unas renuncias, un decirnos no. ¿Estaremos entrenados para eso cuando todo nos lo permitimos, cuando no nos negamos de nada, cuando simplemente en la vida nos dejamos llevar?

¿No necesitaremos hacer ayuno de algunas cosas? El ayuno que nos está pidiendo el Señor va más allá de unos determinados alimentos. ¿No habrá en nosotros muchas rutinas de la vida de las que tendríamos que ayunar? ¿No tendríamos que ayunar de nuestro mal humor y de nuestros malos modos, de nuestras violencias y malquerencias, de nuestras envidias y resentimientos, de nuestras miradas despreciativas y de nuestras desconfianzas, de nuestras ganas de murmurar y de criticar y de andar siempre con nuestros juicios severos hacia los demás? ¿No tendríamos que aprender a ayudar de tantas vanidades con las que envolvemos la vida, de nuestros sueños de grandeza y buena consideración, de los aplausos que nos halagan? Miremos con atención muchas cosas concretas de nuestra vida de cada día y de nuestras relaciones con los que nos rodean.

Aprenderemos a decirnos no, absteniéndonos de carne o de golosinas los viernes, pero son de muchas más cosas de las que tenemos que abstenernos, hacer ayuno. Es algo que seriamente tenemos que plantearnos. Leamos con atención lo que hoy nos dice el profeta Isaías. Y todo eso con cara de fiesta porque siempre hemos de sentir la alegría de la presencia del Señor que nos ama y es nuestro salvador.

jueves, 30 de enero de 2025

Despertemos nuestra fe, demos testimonio de nuestra fe; con ella seremos luz para los demás, estamos llamados a ser luz en medio del mundo envuelto en tanta oscuridad

 


Despertemos nuestra fe, demos testimonio de nuestra fe; con ella seremos luz para los demás, estamos llamados a ser luz en medio del mundo envuelto en tanta oscuridad

Hebreos 10,19-25; Salmo 23; Marcos 4,21-25

Hace unos días por las redes me comentaba un amigo lo mal que lo estaban pasando porque con frecuencia fallaba la energía y se quedaban sin luz no solo durante horas sino muchas veces días enteros; me hablaba desde uno de esos países que se encuentran con grandes deficiencias de todo tipo y uno de los problemas que les afectaban para muchas cosas de su vida diaria era la falta de energía, la falta de luz. A quienes vivimos donde frecuentemente no tenemos esas dificultades nos cuesta entender esas carencias y comprender cómo se las pueden arreglar sin luz.

Quiero ir más allá de esa triste realidad y que de alguna manera nos sirva de ejemplo y de base para otra falta de luz que muchas veces podamos sufrir en nuestra vida. Luz podría ser los conocimientos y el saber, la cultura y lo que pueda elevar nuestra vida desde lo material a niveles más altos y de mayor espiritualidad; podríamos pensar en todo aquello que nos puede hacer encontrar un sentido y un valor a la vida porque caminar por la vida de esa manera sería como ir dando pasos de ciego y podría ser encontrarnos como sin un rumbo por donde encaminar nuestros pasos; y como creyentes podríamos pensar en la oscuridad y falta de trascendencia de nuestra vida cuando no tenemos fe.

La fe no es simplemente una tradición que recibimos o unas costumbres de cosas que estamos acostumbrados a hacer y si no las hacemos nos encontraríamos con falta de algo; la fe no son unos ritos que realizamos como unos amuletos en los que apoyarnos para quitar nuestros miedos; la fe no se da simplemente porque digamos que las cosas siempre han sido así y en nuestro pueblo todos somos cristianos y son cosas que todos hacen; la fe no son unas motivaciones sociales para tener unos días de asueto o de fiesta; la fe no es un barniz que adorne unos objetos o un vestido que nos podamos poner o quitar según nos convenga según las conveniencias sociales.

Estaríamos quedándonos en un aspecto muy superficial que como tal en si mismo no tendría sentido. Tenemos que descubrir toda la profundidad que va a dar a nuestra vida envolviendo y empapando de un sentido profundo cuanto hacemos o cuanto vivimos. La expresaremos con palabras, se hará fiesta en nuestra vida, tendremos unas expresiones para manifestarla y celebrarla, pero va a ser el cauce por el que gire toda nuestra existencia, nos haga comprender el mismo sentido de la vida y de cuanto hacemos, nos hará mirar de manera nueva entonces también a los que están a nuestro lado, elevará nuestro espíritu porque le dará un sentido espiritual a nuestra existencia, porque nos hace encontrarnos con el Dios que nos ha creado y nos ama, y se quiere hacer presente en nuestro corazón.

Sin esa fe que nos hace encontrarnos con Dios, que nos hace escuchar a Dios andaríamos como sin luz; es en Dios en quien encontramos el verdadero valor de nuestra vida, la mayor grandeza de la persona, el que va a dar sentido a cuanto hacemos, le dará hondura a nuestras alegrías y un valor y un sentido a nuestros sufrimientos, no porque Dios quiera nuestros sufrimientos, sino porque en El encontraremos esa fuerza para superarnos y para crecer, para poner esperanza incluso en ese dolor y para saber que al final del camino siempre vamos a encontrar una luz.

No escondamos nuestra fe. Como nos dice hoy Jesús en el evangelio ‘¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero?’ Despertemos nuestra fe, demos testimonio de nuestra fe; con ella seremos luz para los demás, estamos llamados a ser luz en medio del mundo envuelto en tanta oscuridad.

 

domingo, 19 de enero de 2025

A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… nos está faltando a los cristianos beber el vino nuevo del evangelio para contagiar la alegría de nuestra fe

 


A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… nos está faltando a los cristianos beber el vino nuevo del evangelio para contagiar la alegría de nuestra fe

Isaías 62, 1-5; Salmo 95; 1Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-11

A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… algo así, expresado de una forma muy espontánea aunque nos parezca lenguaje de cantina o de bodega, nos habrá sucedido más de una vez; estamos de fiesta pero no hay alegría, la cosa parece que está muerta, no hay entusiasmo, y como decimos en esas situaciones de la vida, anda pon un vaso de vino a ver si viene la alegría.

Entendemos que no es el vaso de vino el que da la alegría, sino que eso tiene que nacer de algo más hondo que lleve la persona en sí, pero somos las personas y parece que en muchas ocasiones es la sociedad; no sé si andamos cansados, ya todos venimos de vuelta de la vida aburridos quizás de ver que las cosas no marchan como nosotros quisiéramos, no sé si nos sentimos medio fracasados en nuestros intentos, pero parece muchas veces que vamos arrastrándonos por la vida, nos falta entusiasmo, nos falta ilusión, parece que ya no somos capaces de soñar, en una palabra, nos falta saborear la alegría de la vida; pero hay que encontrarla.

Sucede en muchos aspectos de la sociedad y así nos encontramos pueblos aburridos que están como muertos, instituciones u organizaciones sociales que han perdido la iniciativa y la creatividad, comunidades que se van envejeciendo y no solo porque parece que solo quedamos los mayores sino porque incluso a los jóvenes les falta ese impulso verdaderamente juvenil que ponga vida allí donde están o fácilmente dan un paso atrás o a un lado y se van por otra parte. ¿Nos estará sucediendo así también en la Iglesia, en nuestras comunidades eclesiales? Algo de eso se vislumbra también que sucede. ¿Cómo andan nuestras parroquias? Cada uno que analice allí donde está. A mi me preocupa. Parece que también tenemos que decir como en el evangelio hoy ‘no tienen vino’ y la fiesta se acaba.

Es lo que nos relata el evangelio hoy en este domingo ya del tiempo ordinario, una vez acabada la navidad. Casi  esta celebración de hoy es como una continuación de la fiesta de la Epifanía que hemos venido celebrando, porque también con este evangelio también hay una epifanía, una manifestación o presentación de Jesús a su pueblo en este primer signo del evangelio de san Juan. Y creo que tiene que ser una fuerte epifanía que venga a decirnos Jesús, a través de las palabras de María, ‘no tienen vino’.

La fiesta podía ser un fracaso y sería una vergüenza enorme para los novios, no haber tenido las necesarias previsiones para tener vino abundante para la fiesta, sabido es que esas fiestas solían además durar varios días. Nos da el detalle el evangelista de que Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la fiesta, y allí está también la madre de Jesús. Es significativo además y por lo que tendríamos que hacernos muchos interrogantes para nuestra forma de vivir como cristianos que esa primera aparición publica de Jesús en el evangelio de Juan en el comienzo de su predicación sea precisamente en algo tan humano como la fiesta de una boda. Es el Emmanuel, el Dios que viene a estar con nosotros, y se hace presente allí donde está la vida del hombre. Lo contemplaremos a lo largo del evangelio allí donde está el sufrimiento y el dolor, irá a la casa de Jairo, el jefe de la sinagoga o querrá ir a la casa del centurión a pesar de ser un pagano, se detendrá junto al ciego en las calles de Jerusalén o bajará hasta Betesda en el ultimo rincón donde hay un paralítico al que nadie ayuda, se detendrá junto al camino dejándose encontrar por el leproso o llamará al ciego que grita a su paso, se detendrá ante la higuera porque sabe que allí está alguien que quiere verlo, Zaqueo, o se dejará tocar ya sea por la mujer pecadora o por la hemorroísa que quiere al menos tocar el borde de su manto, se detiene junto a la orilla del lago subiéndose a la barca para hablar desde allí a la multitud, o irá a comer a casa de Simón, aunque sabe que es fariseo. Es el Dios que viene a estar con nosotros porque quiere darnos vida.

Hoy nos está diciendo a través del texto del evangelio de las bodas de Caná, que ya no nos vale el vino que tenemos o que está aguado y necesitamos no solo unos odres nuevos sino sobre todo un vino nuevo que es el que El quiere ofrecernos. No terminamos de aceptar ese vino nuevo del evangelio y por eso seguimos con nuestros cansancios, nuestro aburrimiento, nuestra falta de ilusión y esperanza, y con esa alegría enferma si acaso no muerta. ¿Nos estaremos muriendo de tristeza los cristianos? ¿Dónde estamos cantando con la vida de verdad esa alegría de la fe? ¿Qué es lo que está pasando en nuestras comunidades? ¿Qué pasa con nuestras celebraciones que siguen siendo aburridas y con falta de alegría y de ese entusiasmo que tendríamos que tener desde nuestra fe?

Tenemos que dejar que Jesús transforme el agua de las vasijas de nuestra vida en ese vino nuevo que solo en Jesús podemos encontrar. Es el vino nuevo que necesitamos para que recobremos esa alegría y entusiasmo de nuestra fe. Pero no olvidemos que tenemos que comenzar por ser nosotros vasijas nuevas, odres nuevos, porque en hombre viejo no podemos poner esa vida nueva, se derramará y se perderá el vino, y eso es lo que nos está pasando.

Vivamos y cantemos esa alegría de nuestra fe y conquistaremos el mundo. No necesita nuestro mundo contagio de tristezas y pesimismos, sino contagios de alegría y de vida nueva.

domingo, 15 de diciembre de 2024

Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

 


Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-3; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

En la vida siempre estamos a la expectativa de algo; salvo que vivamos de una forma pasiva, simplemente dejándonos arrastrar por lo que salga, siempre hay una inquietud de algo distinto, de algo mejor en el corazón. Malo es no tener expectativas, no tener esperanzas, que se nos hayan apagado las ilusiones. Una expectativa nos hace estar despiertos, porque la esperanza sería pobre si solo fuera algo pasivo.

Claro que no todos tienen las mismas expectativas. También es posible que nos confundamos y nos equivoquemos. Habrá cosas que nos ilusionan por su brillo, pero pronto quizás nos damos cuenta de que es hojarasca, que son oropeles, falsos oros. Nos podemos crear confusión, sobre todo desde las influencias externas que recibimos de acá para allá. Difícil mantener el equilibrio, pero es algo que tenemos que intentar, que necesita quizás un esfuerzo por nuestra parte, y algunas veces parece que no estamos por ese esfuerzo o por esa superación, sino de forma pasiva dejarnos arrastrar.

Miramos nuestra vida, miramos nuestro mundo, miramos la sociedad que nos ha tocado vivir o que entre todos hemos construido o estamos haciendo quizá cada uno queriendo tirar del ascua para su sardina, son muchos los intereses, son muchos los tira y afloja que vamos recibiendo de acá y de allá. Repito que nos cuesta mantener el equilibrio. Será en la forma como queremos la vida, las apetencias de felicidad que todos llevamos dentro, el desarrollo como personas que todos de alguna manera queremos, serán los sueños de algo superior o de cómo mejorar la vida, será el cansancio de la rutina que nos arrastra, será la insatisfacción de lo que contemplamos que otros hacen. Esperamos, quisiéramos, deseamos, buscamos… ¿cuáles son nuestras esperanzas?

Estamos envueltos por la vida con toda su problemática; como creyentes también vamos queriendo hacer un camino; tenemos unas costumbres o unas tradiciones religiosas también que van marcando el ritmo de la vida. En estos momentos estamos en la cercanía de la Navidad. Todo el mundo prepara la navidad, forma parte también de nuestras expectativas. Claro que tenemos que preguntar qué es lo que en verdad estamos preparando cuando decimos que preparamos la navidad.

Ahí están las carreras de compras en las que nos vemos envueltos, vemos los adornos con que vamos llenando nuestras calles, nuestras plazas, nuestras casas, vemos la cantinela de la lotería que ya comienza a escucharse aunque sea en anuncios, pasamos por el mercado y ya estamos pensando en lo que nos va a costar la comida de estas fiestas, suenan las músicas y los villancicos de navidad pero también tendríamos que fijarnos en lo que expresamos en esas músicas y en las letras que cantamos. ¿Qué es lo que predomina en todo eso? ¿Qué es lo que predomina en la preparación de la navidad?

Y es una pregunta seria que tendríamos que hacernos, ¿preparamos navidad o preparamos el nacimiento de Jesús? Lo malo sería que el protagonista principal lo dejemos fuera, no lo invitemos a esta fiesta, porque casi ni nos acordamos de lo que significó aquel momento. Como creyentes que queremos celebrar en verdad la navidad tenemos que hacer un parón, detenernos un poco a pensar. Es lo que para nosotros los creyentes ha de significar este tiempo de Adviento que estamos recorriendo, que es mucho más o algo bien distinto a hacer unas compras o poner unos adornos.

Para el creyente claro que es una gran fiesta para la que nos estamos preparando y todo tienen que ser alegría y es cierto que tienen que brotar los cantos y la música pero quizás –o sin quizás - también algo más. Lo vamos a mostrar en muchos signos de cercanía y de amistad con la familia y con los cercanos a nosotros. Pero ¿de donde tiene que arrancar?

Este domingo es llamado el de la alegría, porque así lo expresa la liturgia también, por la cercana navidad. ¿Cuál es el anuncio que nos llena de alegría? ‘Aquel día se dirá a Jerusalén: «¡No temas!, ¡Sión, no desfallezcas!» El Señor, tu Dios, está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en día de fiesta’. Así nos decía el profeta. ‘El Señor, tu Dios, está en medio de ti…’

Eso es la verdadera navidad. ¿No decimos Emmanuel? ¿Qué significa? ‘Dios con nosotros… Dios está en medio de ti’. No lo podemos olvidar. Es la razón de todo. Y si no llegamos a sentir que Dios está en medio de nosotros, es que no hemos entendido la navidad porque muchas fiestas, cantos, comidas y regalos que nos hagamos.

Y es que tenemos que escuchar con mucha atención el evangelio que hoy se nos ofrece. Nos dice que Juan el Bautista ‘con muchas exhortaciones anunciaba al pueblo el Evangelio’. Por eso también como aquellos que iban a escucharle allá en la orilla del Jordán también nosotros hemos de preguntar, ‘¿qué debemos hacer?’ Y Juan iba señalando de forma muy concreta a cada uno de ellos esas nuevas actitudes que debían tener en su vida.

Y habla de solidaridad y de compartir, habla de rectitud de vida y de responsabilidad, habla de pureza de corazón arrancando maldades y de buen espíritu para la convivencia con los demás; podríamos traducirlo en muchas cosas concretas para nuestra vida; miremos donde están nuestras flaquezas, los tropiezos que vamos teniendo en la convivencia con los demás, las posturas que tomamos en relación a los otros, la forma de vivir nuestras responsabilidades, las carencias que podemos tener en nuestra vida familiar, miremos con sinceridad nuestra vida e iremos encontrando la respuesta a esa pregunta que nos hacíamos.

Y cuando vayamos haciendo que todo eso sea distinto vamos a sentir una nueva paz en nuestro corazón que hará surgir una alegría verdadera; y cuando vayamos abriéndonos a los demás de una forma nueva teniendo nuevas actitudes estaremos abriendo las puertas del corazón para que Dios llegue a morar en él.

Entonces sentiremos al Emmanuel, entonces nos daremos cuenta que Dios está en medio nuestro, en este mundo tan complicado en el que vivimos y con tantos problemas, entonces habrá verdadera alegría de navidad a pesar de tantas sombras de tristeza y de sufrimiento que vemos alrededor, entonces todas esas cosas que hacemos no se quedaran en superficialidades de un día sino que serán comienzo de un nuevo día para nuestra vida. Se cumplirán unas nuevas expectativas para nuestro corazón. Necesitamos, el mundo necesita una nueva Navidad.

sábado, 3 de agosto de 2024

De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del Bautista con nuestros prejuicios o nuestros miedos al quedarnos impertérritos ante un mundo insolidario y cruel

 


De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del Bautista con nuestros prejuicios o nuestros miedos al quedarnos impertérritos ante un mundo insolidario y cruel

Jeremías 26, 11-16. 24; Salmo 68; Mateo 14, 1-12

Cuando la conciencia no la tenemos tranquila cualquier cosa que suceda, que se diga o se comente en nuestro entorno hará que en nuestro interior salten los resortes del alma, vamos a decirlo así, y nos llenamos de inquietudes y de intranquilidad, como si alguien hubiera detectado lo que nos pasa y en el momento menos esperado vengan a pedirnos cuentas.  ¿Causas de muchos insomnios? ¿De mucha intranquilidad que nos hacer estar alerta para justificarnos aunque nadie nos pida justificación? ¿Buscamos maneras para desviar la atención desde los miedos que llevamos en el alma?

¿Sería algo así lo que le estaba pasando a Herodes? Aunque estuviera enfrascada en sus fiestas y en sus lujos a él llegaban noticia también de lo que sucedía en Galilea, donde había aparecido un profeta, al menos así lo consideraban muchos de la gente sencilla aunque a otros sectores también les produjera inquietud; no en vano era el rey de Galilea, aunque fuera bajo el dominio y la supervisión de los romanos, que en Jerusalén tenían su pretor.

Cuando oye hablar de Jesús piensa que es Juan Bautista que ha resucitado y con todo poder se está manifestando ahora en ese profeta que ha aparecido por Galilea. Y el evangelista nos recuerda de donde provienen los temores o remordimientos de conciencia de Herodes; había mandado matar a Juan. Inducido por su mujer primero lo había metido en la cárcel para hacerlo callar, porque le denunciaba que aquel matrimonio que estaba viviendo no era un matrimonio, porque aquella mujer era la mujer de su hermano.

Sin embargo Herodes sentía un cierto respeto por Juan, no en vano era judío y creía en los profetas; de alguna manera así lo consideraba, pero Herodías seguía conspirando contra el Bautista buscando la manera de quitarlo de en medio. La ocasión vino oportuna en la fiesta del cumpleaños de Herodes donde estaba rodeado de toda su corta y de todos sus lacayos cuando la hija de Herodías bailó para Herodes y los comensales. En los momentos de euforia de una fiesta se promete hasta lo que no se puede cumplir y es lo que hace Herodes. Y la petición vino en bandeja, bueno, en bandeja pedían la cabeza de Juan.

No podía negarse por el juramento que había hecho en presencia de todos los comensales. Las euforias, los miedos y respetos humanos, la pendiente de la pasión de una vida desordenada de la que uno no se quiere arrancar, las cobardías para dar un paso diferente, la inconsciencia de una vida llena de superficialidad nos hacen rodar a los peores abismos. Luego vendrá el sentirnos mal, pero siempre quedará ahí esa cobardía para no dar ese necesario paso atrás para volver a caminos de rectitud.

Y es que cuando hoy estamos escuchando este evangelio no nos quedamos en el relato un tanto turbio de algo sucedido en otro momento para hacer nuestro juicio sobre las conductas de otras personas. Qué fáciles son esos juicios, porque realmente no nos implican en nada, porque no terminamos por mirarnos a nosotros mismos. El juicio tenemos que hacerlo pero mirándonos a nosotros mismos también en ese descontrol en que tantas veces nos metemos en la vida; también nos dejamos arrastrar por la superficialidad, dejamos incontroladas nuestras pasiones y no sabemos salir del bache en que tantas veces nos metemos en la vida, también actuamos pensando en lo que puedan decir los demás queriendo hacernos acomodaticios a todo y a todos, pero no desde la rectitud de nuestra vida, también tenemos nuestros miedos y nuestros complejos que nos impiden ser libres de verdad por dentro.

De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del bautista con nuestros prejuicios, con nuestras desconfianzas o con nuestros miedos al qué dirán, con nuestras vanidades para quedar bien – para salir bien en la foto, como se suele decir -, con nuestros hipocresías porque realmente no nos manifestamos tal como somos también con nuestras debilidades y fracasos, con nuestros quedarnos impertérritos ante tantas cosas que suceden en nuestro mundo insolidario y cruel.

¿Habrá algo que nos está pidiendo hoy esta buena noticia que nos viene de Dios aún en este hecho que nos pudiera resultar desagradable como es la muerte del bautista?


domingo, 14 de abril de 2024

Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias, algo distinto tiene que producirse dentro de nosotros en la celebración y en la vida

 


Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias, algo distinto tiene que producirse dentro de nosotros en la celebración y en la vida

Hechos de los Apóstoles 3, 13-15. 17-19; Sal. 4; 1Juan 2, 1-5ª; Lucas 24, 35-48

Les estaba costando a los discípulos aceptar y comprender la resurrección de Jesús. Dudaban de quienes habían tenido ya la experiencia del encuentro con Cristo resucitado y ellos mismos ante su presencia aunque llenos de gozo al tiempo se sentían como intimidados al contemplar y sentir la presencia de Cristo resucitado entre ellos.

Nosotros también muchas veces tenemos nuestras dudas, no terminamos de entender como les sucedía a ellos. Fácilmente podemos quedarnos en un hecho racional, como si lo tuviéramos solo en la cabeza, y otras veces nuestro espíritu no está lo suficientemente abierto – seguimos con muchas puertas cerradas – como para saber experimentar, vivir la presencia del Señor en nuestra vida.

Podemos tener unas celebraciones gozosas de pascua en las que cantemos a pleno pulmón el aleluya de la resurrección, pero ¿dentro de nosotros que ha sucedido? ¿Llegaremos en verdad a dar el paso de fe de sentir que Jesús está ahí con nosotros de la misma manera que resucitado estaba con los discípulos, por ejemplo, en el cenáculo? 

Podemos seguir con la tentación de pensar en una resurrección corpórea, como quien vuelve a vivir la misma vida, y eso ya no lo podemos palpar nosotros aquí y ahora en nuestra vida y en nuestras celebraciones; y vienen las dudas, se nos debilita la fe, perdemos el entusiasmo de quien ha vivido de verdad la pascua, por eso caemos tan fácilmente una y otra vez en la misma tibieza espiritual.

Es un misterio, es cierto, donde tenemos que poner a tope nuestra fe. Es un misterio en el que tenemos que dejar conducir por el espíritu de Jesús, y comenzar a sentirlo allá en lo más hondo de nosotros mismos. No fueron suficientes los ojos de la carne a aquellos primeros discípulos para creer en Cristo resucitado, porque incluso cuando estaba con ellos, como hoy mismo hemos escuchado en el evangelio, ellos se habían llenado de temor y no terminaban de creer. Fue necesario que Jesús les abriera el entendimiento para que entendieran las Escrituras, como nos dice hoy mismo el evangelio, para que pudieran comenzar a creer que era el verdaderamente resucitado y luego comenzaran a anunciarlo por el mundo. ‘Vosotros sois testigos de esto’, les dice Jesús.

‘Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.

El pasaje del evangelio que hoy escuchamos nos habla de la vuelta de los discípulos que habían ido a Emaús y habían tenido el encuentro con Jesús. Habían vuelto y contaban cuanto les había sucedido, y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Y es entonces cuando de nuevo Jesús se les manifiesta, allí reunidos en el cenáculo, y como hemos venido comentando porque ‘aterrorizados y llenos de miedo creían ver un espíritu’. Pero era Jesús, aunque seguían atónitos. Y les explicaba que ‘era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí’. 

Un misterio grande y doloroso había significado para ellos la pasión y la muerte de Jesús. Era necesario que comprendiera que era lo anunciado en las Escrituras. Era necesario que comenzaran a sentir esa presencia de Cristo resucitado con ellos, que ya no sería solo en los momentos de las apariciones, sino que sería que lo que siempre habría de vivir su Iglesia, lo que siempre hemos de vivir los que creemos en El.

Que en verdad siempre que nos reunamos en su nombre sepamos sentir su presencia. Que cuando vivimos nuestras celebraciones, no nos quedemos en un rito más o menos bellamente realizado, sino que allá en lo más hondo de nosotros mismos sintamos, vivamos esa presencia de Jesús. Qué lástima la frialdad de nuestras Eucaristías; Allí estamos fría y formalmente para realizar unos ritos, y de la misma manera fría saldremos de nuestra celebración sin llevar la alegría del encuentro con Cristo para anunciarlo a los demás. Frías nuestras celebraciones no solo por nuestra escasa participación, somos demasiado espectadores y oyentes en nuestras celebraciones, pero también porque nos falta expresar ese gozo y esa alegría del encuentro con el Señor que tendrían que ser siempre verdaderas fiestas llenas de alegría.

Qué bonita decimos tantas veces fue la celebración, porque se hicieron unos ritos perfectos y solemnes, escuchamos unos coros que decimos que nos sonaban a cielo, escuchamos unos lectores que a perfección proclamaron las lecturas, pero allí estábamos pasivamente en nuestro banco o en nuestro sitio sin ponerle calor a aquella celebración. Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias no solo vamos a contemplar esos ritos, que decimos nos saben a gloria, sino que algo distintos tiene que producirse dentro de nosotros. 

Mucho tenemos que revisarnos, nuevos planteamientos tenemos que hacernos, nueva y distinta forma hemos de tener para celebrar. Con Cristo resucitado todo tiene que ser distinto.

lunes, 15 de enero de 2024

Que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos y de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio

 


Que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos y de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49; Marcos 2, 18-22

Ya comenzaba a crear inquietud en algunos sectores aquel nuevo profeta que había aparecido por Galilea. Sus palabras despertaban fervor en algunos, mientras otros se sentían inquietos porque las señales que iba realizando de alguna manera iban ya anunciando y prefigurando como un nuevo estilo, como un nuevo sentido para muchas cosas.

Sorprendían los milagros que iba realizando, curaciones de enfermos, paralíticos que comenzaban a caminar, hombres poseídos por espíritus inmundos que eran liberados de su mal, pero además sorprendían también las circunstancias, la autoridad con que se manifestaba y lo que parecía que descuidara algunas costumbres y ritos a los que estaban acostumbrados y que parece que convertían en cosas fundamentales.

Los que comenzaban a escucharle y seguirle no parece que dieran señales del cumplimiento de esos ritos como eran los ayunos a los que estaban acostumbrados los fariseos y que parecía que aquel profeta del desierto había dado tanta importancia. Sin embargo, les hablaba de conversión, de un cambio radical de vida y de sentido, que les decía que era fundamental para poder creer y aceptar esa Buena Noticia que proclamaba con el anuncio de la llegada del Reino de Dios.

Es por lo que ahora vienen a reclamarle, de alguna manera, por qué sus discípulos no ayunan como lo hacen los fariseos o los discípulos del Bautista. Y Jesús para responder les habla de fiesta y de banquete de bodas, de la alegría del novio en su boda, pero de la alegría y la fiesta de los amigos del novio. ¿Cómo pueden estar tristes y cabizbajos si están participando de la boda de su amigo? Hablará Jesús muchas veces de un banquete de bodas al que todos están invitados; y estar de bodas es fiesta, es alegría, porque no se va a celebrar entre lágrimas, salvo que sean de alegría.

Jesús habla ahora, y lo hace claramente, de algo nuevo. No se puede andar con remiendos; habla de un vino nuevo que necesita de unas vasijas nuevas porque las que ya están cuarteadas lo que harán es romperse porque no pueden soportar el empuje y la fuerza de un vino nuevo. Y nosotros que queremos seguir andando con remiendos; es necesario un manto nuevo; es necesario saborear el vino nuevo, los vinos pasados pueden perder fuerza o agriarse. Pero nosotros parece que seguimos muy contentos conservando las cosas de antes, todavía nos gustan los oropeles y las campanillas que llamen la atención. ¿Qué es lo que tendría que brillar y qué es lo que tendría que llamar la atención?

Porque cuando hoy estamos comentando este texto del evangelio no es para hacer un juicio de la aceptación o no de aquella gente en el tiempo de Jesús de su mensaje de Evangelio. Somos nosotros los que tenemos que mirarnos, es nuestra iglesia de hoy la que tenemos que contemplar, son nuestras reticencias con las que tenemos que entrar en juicio, son esas cosas que resucitamos para quedarnos en apariencias las que tenemos que analizar, para ver si en verdad estamos entrando en la novedad del evangelio.

Somos nosotros los que tenemos que vestir el traje nuevo que Jesús nos ofrece en su evangelio y no andar con componendas y remiendos. Tenemos el peligro de cuidar mucho la suntuosidad de nuestros templos o nuestras celebraciones, pero pasamos de largo ante el que nos tiende la mano pidiendo una ayuda quizá porque su apariencia nos desagrada. Nos preocupamos de buscarnos ornamentos cada vez más suntuosos y brillantes y no tenemos una manta con que cubrir la desnudez de un pobre en la orilla del camino. Hablamos y decimos cosas muy bonitas y hermosas que nos encantan a los oídos, pero no tenemos una mirada a los ojos de aquel con quien nos cruzamos en el camino. Nos cuesta hacerlo, reconozcámoslo. Lo pensamos, y hasta estamos convencidos, pero no damos el paso.

Dejemos que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos para ver si de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio.

martes, 26 de diciembre de 2023

Desde el nacimiento de Jesús estamos queriendo emprender un camino de amor que nos llevará a una entrega sin límites y a un nuevo sentido de vida

 


Desde el nacimiento de Jesús estamos queriendo emprender un camino de amor que nos llevará a una entrega sin límites y a un nuevo sentido de vida

Hechos 6, 8-10; 7, 54-59; Sal 30; Mateo 10, 17-22

Hay cosas que nos pueden caer en un momento determinado como un jarro de agua fría en un ambiente que está hirviente. Nos cuesta comprender quien nos puede echar ese jarro de agua fría.

¿Será esto lo que podemos sentir en este ambiente festivo de la navidad que estamos celebrando – estando aun en el primer día de la semana de la octava de la Natividad – que hoy se nos presente la figura de un mártir como primera celebración? Pudiera parecer que desentonara el rojo de la sangre de los mártires en medio del blanco radiante de la alegría de la Navidad. Pero así nos lo presenta la liturgia, no solo en este día, sino que en próximos días volverá a aparecer el rojo de la sangre derramada con el martirio. Parece que viniera a romper el jolgorio, vamos a llamarlo así, que nos hemos creado en torno a las fiestas navideñas. ¿Nos podrían llamar aguafiestas?

¿Qué es lo que estamos celebrando precisamente en la Navidad? ‘Le pondrá por nombre Jesús porque el salvará al pueblo de sus pecados’, algo así venía a ser el mensaje del ángel tanto a María como a José. Jesús viene como nuestro salvador, y ahí tenemos el motivo más hondo, es cierto, de nuestra alegría y nuestra fiesta. Nos vendrá a mostrar un camino de amor que será el que en verdad va a transformar nuestras vidas.

Y amor significa entrega hasta lo infinito, hasta el sacrificio; amor es un camino nuevo que nos enseñará a morir a nosotros mismos para arrancar de lo más hondo de nosotros cualquier raíz de egoísmo, de odio o de maldad. Y arrancar una raíz produce un desgarro allí donde está enterrada aquella raíz; es lo que se va a producir en el corazón cuando frente a la tentación del egoísmo y del orgullo nos veamos obligados a realizar una transformación profunda de lo más hondo de nosotros mismos. Y por ese amor que va a envolver totalmente nuestras vidas estaremos dispuestos a lo más.

Y ese testimonio que vamos a dar con nuestra transformación va a producir chirríos en el mundo que nos rodea. Lo que podría parecer ser aspiración a grandezas y a orgullos, lo que es una vida de superficialidad y de vanidad, lo que son esos sueños de poder y dominación, lo que es esa fiesta ilimitada que queremos hacer de la vida donde solo pensamos en disfrutar de todo y en hacernos el centro de todo, se va a topar con ese nuevo plan de vida que nosotros presentamos con nuestro testimonio.

Será un testimonio que nos costará ofrecer y por el que estamos dispuestos hasta derramar sangre. Y viene la oposición, y vendrán las formas como querrán desprestigiarnos para que nadie nos escuche, vendrá el eliminar esa nueva luz que está queriendo iluminar de manera nueva nuestro mundo, vendrá el querer ocultar esa luz.

Cuando ahora mismo nosotros queremos ofrecer al mundo una nueva forma de vivir la navidad porque no nos satisface en lo que el mundo ha convertido la navidad, vamos a encontrar muchos a nuestro lado que no nos entiendan, que quieran justificar lo que la mayoría hace, de la misma manera que en cierto modo ha ido desapareciendo el nombre y el testimonio de Jesús en la misma fiesta de la Navidad; pensemos en cuántas cosas nos hemos creado para ir eliminando todo elemento religioso y que no se haga referencia a Jesús.

No nos extrañe, pues, que en este primer día de la navidad la Iglesia nos proponga la figura de quien fue el protomártir, el primero en dar testimonio con su sangre del nombre de Jesús. El relato de los Hechos de los Apóstoles nos presenta incluso su martirio casi como una repetición calcada en gestos y palabras con lo que fue la muerte de Jesús en la cruz. Es el testimonio que se nos ofrece de lo que ha de ser el convertirnos en verdaderos testigos del nombre de Jesús. Ya El nos lo había anunciado, como escuchamos en el evangelio, ‘pero el que persevere hasta el final se salvará’, concluirá diciéndonos Jesús.

No es aguarnos la fiesta, como expresábamos al principio. Es poner ante nuestros ojos el valor del amor que nosotros hemos de testimoniar, incluso si es necesario con nuestra vida. Somos unos testigos, y también hemos de serlo con la autenticidad con que queremos celebrar la navidad, aunque haya muchos que no lo entiendan.