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viernes, 30 de mayo de 2025

Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

 


Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

Hechos 18, 9-18; Salmo 46;  Juan 16, 20-23a

Qué alegría se siente en los reencuentros. En imagen de mi infancia tengo grabadas imágenes de despedidas y de reencuentros que no se borran tan fácilmente. Es la despedida de un familiar, un hermano o el padre, que marchaba para América. En los años cincuenta para los canarios Venezuela era el punto de destino de tantos familiares nuestros que allí tuvieron que emigrar a causa de la pobreza que se vivía en nuestras islas. El acompañar al familiar hasta el muelle para verlo embarcar era la parte triste de la historia; cuando años más tarde aquel familiar regresaba cuánta era la alegría que se vivía en la casa familiar.

Al rememorar todo esto no puedo menos que pensar en la tragedia de los inmigrantes que llegan hoy a nuestras islas, siempre dolorosas y en momento trágicas como lo sucedido ayer mismo en quienes estaban a punto de abordar el mismo muelle que les recibía. Puede parecer ajeno este recuerdo al evangelio que pretendemos comentar, pero va con el ánimo que vivían los discípulos de Jesús en aquellos momentos de la última cena donde escuchamos las palabras que hoy nos ofrece el evangelio. Vaya como recuerdo hecho oración por quienes pasan por esta tragedia de la inmigración o emigración.

Hoy Jesús sigue abundando en esa tristeza por la que han de pasar los discípulos, pero también anuncia una alegría, como les dice, que nadie les podrá arrebatar. ‘Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’, les dice. Parece que les está adelantando una descripción del regocijo de aquellos que se sentían satisfechos por ver a Jesús clavado en una cruz, pero es también anticipo de lo que será la alegría de la pascua. ‘Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Me evoca aquel momento del encuentro con Jesús en la orilla del lago, que cuando todos llegaron a donde estaba Jesús, nadie le preguntaba nada porque todos sabían bien quién era.

Todo esto me hace pensar en la alegría de la fe que nosotros hemos de vivir, o mejor, en la alegría con que hemos de vivir nuestra fe y ser capaces de mostrarla al mundo que nos rodea. Muchas veces nos falta esa alegría a los cristianos, muchas veces a nuestras celebraciones les falta alegría, con lo que le estamos quitando un matiz importante para que en verdad sea una celebración. Qué lástimas nuestros rostros adustos en nuestras reuniones, muchas veces parece con cara de aburrimiento. Nos falta entusiasmo cuando nos reunimos para celebrar y proclamar nuestra fe. La alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios.

Nos dejamos envolver por un ambiente de pasividad y desgana; vamos por la vida como arrastrándonos y sin entusiasmo; parece que eso de ser cristiano o ser creyente es simplemente una pegatina que nos han puesto, pero no es algo que haya de verdad arraigado en nuestra vida; parece que hiciéramos las cosas por obligación y entonces se nos convierten en una rutina; no llegamos a contagiar, no sabemos trasmitir porque quizás tampoco lo estamos viviendo con toda intensidad dentro de nosotros mismos.

Es un desgaste que es peligroso; es una forma de no darle continuidad a nuestra fe, es el decaimiento que estamos viendo en nuestras comunidades poco entusiastas para los valores cristianos y que nos quedamos en unas fiestas tradicionales pero a las que les falta una verdadera hondura espiritual. ¿Llegaremos un día a despertarnos los cristianos y a vivir la alegría de la fe? Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos de alegría.


domingo, 30 de marzo de 2025

Sepamos buscar los hilos del amor y la compasión que van a tejer ese reencuentro que todos necesitamos en nosotros mismos, con los que nos rodean y con Dios

 



Sepamos buscar los hilos del amor y la compasión que van a tejer ese reencuentro que todos necesitamos en nosotros mismos, con los que nos rodean y con Dios

 Josué 5, 9a. 10-12; Salmo 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32

Los reencuentros suelen ser costosos, claro que dependiendo de las actitudes que mantengan las partes del reencuentro. Digo reencuentro que es volver a encontrarse cuando por algún motivo se habían rotos los hilos que nos mantenían unidos desde aquel primer encuentro; se hace difícil encontrar de nuevo esos hilos que nos mantenían unidos, quizás porque quien produjo la ruptura ahora siente las culpabilidades, se ve abrumado por su peso, se ve avergonzado y no sabe como salir de esa situación y levantarse; quizás aparece la desconfianza porque no sabe como lo van a recibir, la acogida que va a tener, y se le hace difícil dar los pasos; además porque reconocer los errores no es fácil, nos mantenemos quizás en una actitud de quien siempre tiene la razón y serán los demás los culpables; la actitud del que acoge también es importante, porque por el hecho de sentirnos heridos no tenemos razón para seguir manteniendo las distancias, hacer nuestras reservas o poner nuestras condiciones.

Qué difícil se hace el diálogo en nuestra sociedad para conseguir la paz, lo estamos viendo cada día, en situaciones que nos suceden a nuestro lado, o en los grandes conflictos que está sufriendo nuestro mundo; siempre están por medio las condiciones que ponen las partes de las que no se quieren apartar con sus orgullos heridos, con su prepotencia que se vuelve dañina y con la ambición que motiva todos nuestros movimientos. Los diálogos en busca de la paz se han interminables y siguen sin encontrarse los hilos que nos pueden unir de nuevo en ese reencuentro de paz.

Es de lo que viene a hablarnos hoy el evangelio. Es más que conocida la parábola que nos propone Jesús y muchas reflexiones nos hemos hecho muchas veces sobre ella. Un padre con dos hijos; el hijo mejor que marcha de la casa del padre viviendo de mala manera con la herencia que le había pedido a su padre; el hermano mayor que permanece en la casa. La vuelta y el reencuentro se hacen difíciles. El que ha marchado lejos se ve una situación desastroso y arrepentido quiere volver a la casa del padre.

Pero, ¿cómo restaurar aquellos hilos que se habían roto? La desconfianza de cómo sería recibido corroe su corazón, pero tiene la valentía de levantarse, no temiendo las condiciones que le pudieran imponer, pero quiere estar aunque sea como un jornalero en la casa del padre. Pero la actitud del padre es distinta de lo que puede imaginar, porque será el padre el que correrá al encuentro del hijo que temeroso se acerca a la casa. Para el padre los hilos no están rotos, porque en el corazón del padre no ha faltado el amor y la esperanza en la vuelta del hijo perdido que ahora lo siente renacido. Desde esos valores y principios del padre es normal la fiesta de la acogida. No son necesarias muchas palabras aunque el hijo las llevase preparada sino van a estar los gestos de la acogida que con los gestos del amor y de fiesta en el reencuentro.

Pero difícil va a ser el reencuentro de los hermanos porque el niño prodigio que se quedó en casa sí pone condiciones, si crea distancias, si presenta resentimientos, si abona exigencias. Cuando al oír la música de la fiesta se entera de la vuelta del hermano, no quiere entrar aunque el padre venga a buscarlo. Y como decíamos aparece la lista de los reclamos, la lista de las cosas que mantenían su corazón más que enfermo muerto porque no sabe amar.

¿No nos parecemos muchas veces más a este hijo prodigio que al hijo pródigo en que siempre nos fijamos? Cuantas prevenciones tenemos nosotros para con los demás. Ya nos dice el evangelista que Jesús por aquella actitud que tenían los fariseos y los escribas contra Jesús porque comía con publicanos y pecadores es por lo que nos propone la parábola. Una postura como la del hijo mayor que no quiere mezclarse con su hermano porque es un pecador. Esas barreras que nos seguimos poniendo los unos y los otros en la vida, esas distancias que mantenemos porque no nos vamos a mezclar con todo el mundo, ese pasar sin mirar a la cara al lado del que nos está tendiendo la mano para pedirnos una ayuda, esos círculos cerrados que nos creamos donde estamos los que nos creemos los buenos y los que hacen muchas cosas por los demás.

Son esas cosas que llevamos en el corazón y nos enferman por dentro; son esas actitudes que contemplamos en la sociedad que se convierte en una sociedad enferma; esas cosas que podemos encontrar también entre nosotros en nuestras comunidades de iglesia que también nos creamos nuestras estancias estancas; son esas condiciones que ponemos para aceptarnos mutuamente, para recibir al emigrante o para acoger a los que hayan cometido errores en la vida que siempre serán para nosotros unos malditos.

Miremos al padre, su corazón lleno de compasión y de misericordia, rebosante de amor; vayamos con confianza, pero aprendamos a ir con los mismos sentimientos hacia los demás; transformemos nuestro corazón para encontrar esos hilos del amor que siempre nos mantendrán unidos y nos harán sentir la verdadera alegría del reencuentro y de la paz.

viernes, 28 de junio de 2024

Cuando vemos el actuar de Jesús tenemos que decir que también nosotros queremos e inmediatamente tender nuestra mano para levantar al que está a la vera del camino

 


Cuando vemos el actuar de Jesús tenemos que decir que también nosotros queremos e inmediatamente tender nuestra mano para levantar al que está a la vera del camino

2Reyes 25, 1-12; Salmo 136; Mateo 8, 1-4

Se suele decir que las desgracias nunca vienen solas. Y no es que se tenga un sentido pesimista de la vida, a la que siempre hemos de darle un sentido de positividad, porque será además lo que nos haga salir de los momentos oscuros; pero fácilmente constatamos que cualquier situación mala por la que podamos estar pasando, no se queda muchas veces, por ejemplo, en el dolor que podamos tener por una enfermedad, sino que espiritualmente, anímicamente nos sentimos débiles, la impotencia para salir de aquella situación nos hace descubrir otras pobrezas de nuestra vida, o nos lleva a un vacío espiritual que aumenta nuestra soledad y nuestro dolor.

Hoy el evangelio nos habla de un leproso que viene y se postra a los pies de Jesús para decirle que si quiere puede curarle. Pero no era solo la enfermedad física de ver cómo su cuerpo se desmorona con la enfermedad, sino era la soledad en la que estaban obligados a vivir, porque habían de vivir alejados de la gente, fuera de los pueblos, sin contacto ni siquiera con la familia. La enfermedad en este caso conllevaba una exclusión social que tenía que ser también muy difícil de llevar.

Es bien significativo para nuestra vida este episodio del evangelio. Jesús había venido anunciando el Reino de Dios y había ido mostrando señales de cómo ese Reino de Dios se hacía presente en medio de ellos. Antes del Sermón del Monte que hemos venido escuchando y que es como un resumen del mensaje de Jesús, ya le habíamos visto en Galilea realizando diversos signos que manifestaban esa cercanía del Reino de Dios.

Vamos a ver ahora un gran signo de esa presencia del Reino de Dios. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le había dicho el leproso que se había atrevido a llegar a los pies de Jesús en medio de la gente a pesar de la prohibición de que un leproso pudiera acercarse así a la gente. Y Jesús quiere. Y aquel leproso queda limpio. Y Jesús le pedirá que vaya a presentarse al sacerdote porque es quien tiene la autoridad para una vez curado poder entrar en el seno de la comunidad.

Aquel hombre ha sido curado de su enfermedad, pero aquel hombre ha recobrado su dignidad como persona; puede estar de nuevo en medio de los suyos, se reintegra de nuevo en el seno de la comunidad.

Y es aquí donde tenemos que ponernos a pensar en el hoy de nuestra vida. Vemos a nuestro alrededor tantos con las mismas señales de lo que era la vida de aquel leproso. Pensamos en el sufrimiento de tantos en sus enfermedades y limitaciones, pensamos en la pobreza que viven tantos a nuestro alrededor, pero no nos podemos quedar en esas situaciones, digamos, físicas que podemos contemplar. Hemos de detenernos a contemplar lo que hay detrás de todos esos sufrimientos.

¿De alguna manera no estaremos creando abismos detrás de muchas de esas personas que vemos con sus sufrimientos, con sus enfermedades, con sus limitaciones, con sus pobrezas y carencias? Cuando vamos por la calle y nos vamos tropezando con tantos que no nos gustan, que no nos caen bien, cuya presencia nos puede resultar repulsiva, o que vemos sumidos en un mundo de dependencias de tantas cosas, ¿no estaremos de alguna manera, quizás incluso de una forma inconsciente, discriminación con nuestras miradas de pena pero siempre desde la lejanía, con ese mantenernos a distancia y mirarlos quizás por encima del hombro, con ese no querer mezclarnos y entonces no dejamos entrar en nuestro circulo que siempre quiere ser selecto?

Muchas formas en las que seguiremos mirando a tantos a nuestro alrededor como a aquellos leprosos de los que nos habla el evangelio. Vendrán o no vendrán a pedirnos o a decirnos que nosotros podemos limpiarnos, como le decía aquel leproso a Jesús, pero no sé lo que realmente vamos pensando en nuestro interior de si acaso o no podemos limpiarlos.

Cuando vemos el actuar de Jesús no es solo para admirarnos y decir ‘mira lo que Jesús fue capaz de hacer’. Vemos el actuar de Jesús y sabemos que ese tiene que ser nuestro actuar. también nosotros hemos decir que sí queremos y adelantar nuestra mano hasta el leproso de turno, hasta ese al que tenemos que levantar, hasta ese al que no queremos mirar al pasar, hasta eso del que nos hacemos oídos sordos para no escuchar su ruego.

Es duro y es difícil. Porque en nuestra conciencia nos damos cuenta de que seguimos pasando de largo ante el leproso, ante tantos que están a la vera de nuestro camino. ¿Despertaremos algún día?

viernes, 17 de mayo de 2024

El que nos ama nos busca, el que ama de verdad no dejará pasar la ocasión de buscar a aquel que ama, es lo que tiene que ser siempre nuestra relación de amor con Jesús

 


El que nos ama nos busca, el que ama de verdad no dejará pasar la ocasión de buscar a aquel que ama, es lo que tiene que ser siempre nuestra relación de amor con Jesús

Hechos de los apóstoles 25, 13b-21; Salmo 102; Juan 21, 15-19

El que nos ama nos busca; el que ama de verdad no dejará pasar la ocasión de buscar a aquel que ama. ¿No son así los corazones enamorados? Quizás algunas veces con dolor; quizás pasando por encima de momentos difíciles como pueda ser el sentirse en cierto modo humillado porque se tienen que reconocer ciertas debilidades; siempre buscando el gozo del encuentro, de la recuperación del amor debilitado, de la superación de las tinieblas pasadas.

Es Jesús el que les había salido al encuentro allá junto a la orilla del lago de Tiberíades, como en otras ocasiones. Ahora también se habían ido a pescar. ¿Aburridos quizás porque se encontraban mano sobre mano y no terminaban de creer todo lo que había pasado? ¿Con la soledad de no estar con Jesús a quien tanto habían amado, a quien habían seguido a todas partes, pero ahora pesaba como una loza cuanto había sucedido en Jerusalén?

En la orilla estaba Jesús y sin embargo les había costado reconocerle. Solo el discípulo amado – siempre por medio el amor – le había dicho al oído a Pedro que quien estaba en la orilla era el Señor. Y allí se había lanzado Pedro, porque quería estar con Jesús. Había dejado que otros fueran los que arrastraran la barca hasta la orilla cargada de peces.

Había dicho que por El todo lo daría y que estaría dispuesta a dar su vida, pero las experiencias habían sido otras. Un día lo había reconocido allá en los confines de Galilea como el Mesías y el hijo del Dios vivo, pero cuando Jesús había hablado de pasión, de entrega, de muerte, quería quitarle la idea de la cabeza. En lo alto del Tabor había querido quedarse para siempre con El disfrutando de aquella visión de Dios, pero había sido obligado a bajar a la llanura de la vida, porque había que subir a otro monte, porque había que subir a Jerusalén. Solo Jesús tenía palabras de vida eterna para él, y no tenían a quien acudir, pero no se dejaba lavar los pies por Jesús porque no había terminado de entender lo que era el servicio y el amor hasta la humildad.

Ahora, recordando, si, muchas cosas y muchos momentos pasados, unos llenos de luz, pero otros en que se habían dejado dormir en las sombras de la noche, había saltado para estar a los pies de Jesús.  ¿Cómo serían las miradas que se cruzaban uno y otro? La mirada de Jesús bien sabemos como era siempre. Era la mirada que penetraba el corazón pero que llenaba de paz, era la mirada de quien sigue confiando y sigue ofreciendo y pidiendo amor.

Por eso aquel diálogo que se había entablado después de comer el almuerzo que Jesús les había preparado. ‘¿Me amas? ¿Me amas más que estos?’ Y ya Pedro no sabía como responder. ‘Tu sabes que te amo… tú conoces todo’. No era necesario más. Jesús lo conocía todo, Jesús estaba viendo el corazón, Jesús estaba viendo la luz que se estaba encendiendo de nuevo dentro de El para disipar tinieblas para siempre. Pedro sabía que Jesús seguía confiando en El.

No temamos correr hasta Jesús, saltar las olas de la playa, o saltar las dudas que puedan aparecer en el corazón, saltar por encima de los pesares de lo pasado que no siempre fue bueno, pero queriendo llenarnos siempre de su amor y amar con un amor como el que Jesús nos tiene. No temamos reconocer que Jesús conoce las sombras de nuestro corazón, nuestras dudas o nuestras debilidades. No temamos, sino con confianza, como quien se pone totalmente en sus manos, va a porfiar una y otra vez su amor.

Detrás está nuestra historia, que también tiene sus muchas luces en tantos momentos maravillosos vividos; está nuestra historia, es cierto, que también con sus sombras porque no siempre hemos sido muy congruentes con las palabras que en otro momento hayamos pronunciado; pero detrás está la historia del amor de Dios en mi vida, con todo lo que nos ha buscado, con todo lo que nos ha ofrecido, con todo lo que nos ha regalado.

Tenemos que reavivar nuestro amor, tenemos que volver a aquel amor primero que un día nos puso en camino para seguirle, tenemos que poner toda la intensidad de ese fuego que ha ido creciendo en nuestro corazón, tenemos que clarificar esos nuevos horizontes que se abren ante nosotros porque Dios sigue confiando en nosotros, sigue regalándonos con su amor.

lunes, 18 de marzo de 2024

Quienes optamos por Jesús tenemos que aprender de la compasión y de la misericordia, que llenará de gozo el corazón para sentir el deseo de emprender una nueva vida

 


Quienes optamos por Jesús tenemos que aprender de la compasión y de la misericordia, que llenará de gozo el corazón para sentir el deseo de emprender una nueva vida

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Qué intransigentes nos volvemos tantas veces en la vida. Con aquello de que no podemos casarnos con el pecado, vamos a decirlo así, todo lo que nos suene a oscuro pronto le declaramos una guerra sin cuartel. Y hay una línea muy fina y delicada entre lo que es el mal en sí mismo y la persona que haya podido realizar eso malo.

Cuántos defensores de la ortodoxia, y no lo hablo solo en el sentido dogmático cuando empleo esta palabra, que se vuelven intransigentes y despiadados contra quienes hayan podido cometer un error, hayan tenido fallos en su vida a los que cargaremos con ese sambenito del pecador o del corrupto por toda su vida sin ningún tipo de misericordia. ¿Es que son todos tan perfectos e inmaculados? ¿Nunca hemos cometido un error? Claro que para los errores propios siempre tenemos disculpas, nos hacemos rebajas y no sé cuántas cosas más.

Lo contemplamos en tantos aspectos de la vida social. Por supuesto, como decíamos antes, no nos podemos casar con el mal, no podemos consentir que se haga daño a los demás, tenemos, es cierto, que ser exigentes con los que son dirigentes de la sociedad para que no caigan en corruptelas, a lo que somos muy tentados. Pero no podemos crear divisiones ni abismos por nuestras condenas, porque siempre tenemos que estar dispuestos al reencuentro, a la recuperación de la persona, al arrepentimiento y a dar la posibilidad de que pueda haber un cambio en quien haya hecho mal.

Lo que tendría que ser un diálogo de reencuentro y de búsqueda de mejores caminos enmendando los errores cometidos, lo convertimos en exabruptos y condenas, llenamos de violencia aquellos lugares que en la sociedad están llamados al diálogo para la búsqueda de nuevos y mejores caminos para nuestra sociedad.

¿Hay formas de rehacer caminos, de recomponer vidas, de dar pie a que de lo viejo que hay en nosotros podamos hacer algo nuevo y mejor?

En el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece aparecen unos intransigentes que traen ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio pero a la que ya traen previamente condenada. La ley de Moisés manda apedrear a las adúlteras, le recuerdan. Claro que en un paréntesis también habría que preguntarse quien hace que una mujer sea adúltera, cuál es la razón de llegar a esa situación. Allí están todos rodeando a aquella mujer acusada y condenada previamente enfrente de Jesús, esperando su palabra. Claro que tendríamos que preguntarnos a quién realmente quieren apedrear en estas circunstancias, porque aquello en cierto modo se está queriendo convertir en un juicio contra Jesús.

¿Irá Jesús contra la ley de Moisés? ¿Cuál es la respuesta que puede dar quien nos ha anunciado un nuevo Reino de Dios en el que han de resplandecer unos nuevos valores, unas nuevas actitudes cuando reconocemos que el Dios que es Señor de nuestra vida es el Dios compasivo y misericordioso del que ya también se nos había hablado en la Escritura?

Jesús quiere que para comenzar a vivir según los parámetros de ese nuevo Reino de Dios que El nos anuncia y proclama, comencemos a mirarnos con sinceridad por dentro de nosotros mismos. ¿Qué es lo que llevamos en nuestro corazón? ¿No nos había dicho que para comenzar a creer en esa Buena Noticia del Reino de Dios había que comenzar por convertirse, por darle una vuelta al corazón? ¿Cómo se casaría un corazón intransigente e inmisericorde con un Dios que es compasivo y misericordioso en quien creemos y que queremos que en verdad sea el Dios y Señor de nuestra vida?

    Por eso, ante la insistencia de los acusadores de aquella mujer, simplemente dirá Jesús que el que esté sin pecado que tire la primera piedra. ¿Quién será capaz de tirar la primera piedra? Alguno todavía nos seguimos encontrando en la vida, en aquellas situaciones de las que antes hablábamos que estaría dispuesto a tirar esa piedra. ¡Cuántas piedras en ese sentido se siguen tirando en el mundo de hoy!

viernes, 23 de febrero de 2024

Qué bello es el corazón que saber disculpar y perdonar y de qué grandeza nos revestimos cuando tenemos la humildad de pedir perdón

 


Qué bello es el corazón que saber disculpar y perdonar y de qué grandeza nos revestimos cuando tenemos la humildad de pedir perdón

Ezequiel 18, 21-28; Salmo 129;  Mateo 5, 20-26

Parece que lo más grande o lo más aparatoso es lo que cuenta y que lo pequeño, el detalle, porque nos aparece insignificante no tiene tanta importancia, o que eso es algo que hace todo el mundo y por eso tiene menos valor, ya sea en lo bueno como en lo malo; no terminamos de caer en la cuenta de que esos pequeños detalles algunas veces se nos hacen más difíciles de realizar. Entramos en un mundo de rutinas, en los que parece que como es lo de siempre o lo que todos pueden hacer, es menos importante, pero eso que decimos rutina, nos puede convertir en seres amorfos que viven de cualquier manera, o con nuestras rutinas que se convierten en vacíos existenciales muchas veces hacemos perder humanidad y grandeza a la vida.

Hoy Jesús en el evangelio viene a prevenirnos frente a esa vida insulsa en la que podemos caer. Y tal es así que podemos dejarnos arrastrar por la superficialidad donde cubrimos con apariencias el vacío que puede haber en nuestro interior. Están claros los mandamientos del Señor, pero nos quedamos con las cosas que nos pueden parecer más fuertes y no tenemos en cuenta la delicadeza que hemos de poner en la vida en nuestras relaciones con los demás, donde la falta de delicadeza precisamente puede dañar mucho nuestro trato con los otros y la convivencia en armonía.

Recordamos fácilmente el mandamiento de ‘no matarás’, pero nos olvidamos que la falta de delicadeza en nuestras palabras, la falta de buenos detalles en nuestras relaciones enfrían y dañan nuestra relación con los demás. Y no podemos decir que estamos acostumbrados y ya no importa, que es la forma de hablar de la gente o la forma de tratarse habitualmente los unos a los otros, pero esa violencia de nuestras palabras no solo daña lo que es el amor que tendríamos que tenernos los unos a los otros  sino que implica también una falta de respeto grande a la dignidad de la otra persona.

Somos demasiado violentos en nuestras palabras, demasiados bruscos en nuestros gestos, poco delicados en los detalles y eso quieras que no va produciendo distanciamientos que luego son muy difíciles de rellenar y las fosas que se crean entre unos y otros crean un mundo en tensión. El amor tiene que ser delicado siempre, la ternura del corazón tiene que salir a relucir con facilidad, creando lazos, tendiendo puentes, creando cadenas de solidaridad y de amor, que no son ataduras sino expresiones de la más hermosa libertad.

Hoy Jesús nos insiste en la reconciliación. Importante para reanudar esos lazos de la amistad porque cuando nos abajamos hasta la altura del otro es cuando más cerca están los corazones para que pueden entrar entonces en una hermosa sintonía. Qué hermoso el ser generoso para disculpar siempre y para perdonar, y de qué valor y grandeza nos llena el corazón la humildad para reconocer nuestros errores pero también para saber pedir perdón por ellos.

Y nos viene a decir Jesús que no cabe una buena relación con Dios si no sabemos mantener una buena relación con los demás. De nada nos valen los golpes de pecho que nos demos si antes no buscamos el reencuentro y la reconciliación con los hermanos de los que nos sintamos deudores. El mejor mantel blanco para presentar nuestra ofrenda al Señor tiene que ser el de un corazón reconciliado porque ha buscado la paz con el hermano. Y en eso tenemos que ser siempre nosotros los que nos adelantemos; no podemos estar esperando a que el otro dé el primer paso, el coraje de amor de un corazón que quiere sentir el amor nos dará valentía para dar ese primer paso, sea cual sea la respuesta que podamos encontrar en el otro.

domingo, 17 de diciembre de 2023

El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 


El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 Isaías 61, 1-2a. 10-11; Sal: Lc 1, 46-54; 1Tesalonicenses 5, 16-24; Juan 1, 6-8. 19-28

¿Quién estando en una situación difícil, problemática, si escucha una voz que le insinúa o le anuncia que puede salir de esa situación, que se pueden resolver esos problemas no ve como una rayo de luz para su vida que le llena de esperanza y de alegría? Todos queremos salir de las malas situaciones; aunque nos sintamos culpables por lo que hayamos hecho buscamos el perdón y el rehacer de nuevo nuestras vidas; escuchar una voz que nos anuncia ese perdón es como si se le abrieran nuevos caminos en su vida, que por su situación la encuentra un verdadero desierto o destierro.

Es lo que hoy escuchamos en la palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Es la buena noticia que nos trae el adviento cuando nos habla de esos nuevos caminos en el desierto, de ese perdón y de esa amnistía para nuestros errores y pecados, es lo que se nos anuncia con la venida de Jesús. Es lo que tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos.  Es la esperanza que tiene que ser en verdad la navidad para este mundo en que vivimos.

Necesitamos una palabra de esperanza, escuchar esa voz que nos suena lejana quizás como en un desierto, pero que es un diáfano mensaje para nuestra vida. Es la buena noticia que necesitamos. Y esto no es de una forma teórica, por así decirlo, sino que tiene que tocar la realidad de nuestra vida.

Pensamos en nuestra vida personal, con sus luces y con sus sombras, con tantas tentaciones de materialismo y de sensualidad que recibimos por todos lados, con esos momentos en que nos dejamos llevar por una vida ramplona y superficial o donde huimos del compromiso cerrando nuestros oídos y nuestros ojos a palabras y luces nuevas que nos puedan inquietar. Sí, fácilmente nos dejamos arrastrar por el ambiente, por lo que todos hacen, por lo que imponen los ritmos de la vida de hoy, pero nos cuesta detenernos a pensar, a reflexionar, a buscar algo nuevo y distinto, porque realmente no nos sentimos satisfechos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir. Pero cambiar nos cuesta, enderezar lo que anda torcido nos parece imposible, hacer que el camino sea de otra forma nos parece irrealizable.

Son esos pasos que personalmente vamos dando en la vida, pero es también el conjunto de la sociedad en la que vivimos, es la situación de nuestro mundo tan falto de paz, son esos problemas sociales que parece que cada vez se van agrandando más y nos resistimos a un mayor compromiso de solidaridad, de justicia, de autenticidad en la vida. Cuántos valles y barrancos vamos ahondando cada vez más en nuestra sociedad, cuántas barreras nos ponemos desde nuestros orgullos como sociedad o como pueblo y no damos el brazo a torcer.

Pero viene quien nos anuncia un mundo nuevo donde sepamos entendernos, donde encontraremos la verdadera paz, donde seamos capaces de perdonarnos y de reconciliarnos a pesar de lo que nos hayamos hecho los unos a los otros, donde comencemos a colaborar los unos con los otros poniendo cada uno su parte de bondad que nos abaje de pedestales, que olvide resentimientos, que ponga las bases de un verdadero encuentro que nos lleve a una pacífica convivencia. No siempre lo entendemos, no siempre somos capaces de dar los pasos necesarios, pero es lo que Jesús con su venida quiere realizar en nuestros corazones. ¿Tendríamos que modificar algunos criterios que nos hemos hecho de nuestra manera de ver lo que sucede hoy en nuestra sociedad?

El Adviento que vivimos tiene que ser una buena noticia para nuestro mundo porque nos dice que es posible un mundo distinto en que nos llenemos de la verdadera paz; el que viene quiere transformar nuestros corazones para llenarnos de vida y de luz. Es un camino que cada uno de nosotros tiene que ir realizando, porque es la manera de que luego vayamos contagiando a los que están a nuestro lado, a nuestros familiares y vecinos, a esa sociedad en la que vivimos, a nuestro mundo de ese nuevo sentido para que un día logremos ese mundo de paz. 

Hoy contemplamos y escuchamos esa voz que grita en el desierto en la figura de Juan Bautista para preparar los caminos del Señor. Su palabra en el desierto, su manera de vivir era un interrogante para el mundo que le rodeaba, estaba inquietando a muchos y también a los dirigentes del pueblo de Israel; por eso viene aquella embajada desde Jerusalén para preguntarle por el sentido de su vida y de su mensaje. Juan responde que él solo es un testigo de la luz, porque él no es la luz, sino aquel que ha de venir; él es la voz que anuncia al que de verdad es la Palabra de salvación, toda la referencia de su vida es Jesús.

Pero yo me pregunto si nosotros los cristianos con el testimonio que damos, con nuestras palabras o con nuestra manera de actuar seremos también un interrogante para el mundo que nos rodea que le haga preguntarse por el sentido de lo que hacemos. Mal seríamos testigos de la luz si nuestra vida no está haciendo referencia a Jesús, que es a quien realmente tenemos que anunciar.

¿Daremos alguna señal nueva en este Adviento por la manera que preparamos la navidad? Nuestra manera de celebrar la navidad ¿será un interrogante que inquiete a los que nos rodean? No olvidemos que tenemos que ser esa buena noticia de esperanza por aquellos signos que demos con nuestra vida para ese mundo que nos rodea.

miércoles, 4 de octubre de 2023

¿Nos atreveremos de verdad a ponernos al paso del camino de Jesús?

 


¿Nos atreveremos de verdad a ponernos al paso del camino de Jesús?

Nehemías 2,1-8; Sal 136; Lucas 9,57-62

Seguro que en más de una ocasión le hemos dicho a un amigo o a alguien vamos a dar un paseo; no se pretendía llegar a ninguna parte, sino simplemente caminar un rato, pero un paseo que seguramente ha servido para algo más que para estirar las piernas, como se suele decir; ese caminar al paso de alguien tranquilamente hablando ha servido quizás para muchos desahogos, para un hablar con confianza, para algo más que hablar de cosas intrascendentes, porque seguramente la conversación se ha vuelto seria y confidencial a lo largo del paseo; seguramente habremos deseado volvernos a encontrar y quizás ha sido unos de los propósitos que han quedado como conclusión.

Hablando de caminos, de caminos que hacemos juntos, habremos escuchado, no sé si alguien lo habrá experimentado, lo que significa el camino de Santiago. Esos caminos que desde toda Europa atraviesan valles, montañas y llanuras para llegar a la tumba del Apóstol en Compostela. Algunos quizás lo emprenden como camino turístico, pero he tenido la suerte de escuchar confidencias de personas para los que significó mucho hacer ese camino, de silencios y de soledades, de compañías muchas veces encontradas al azar, de expresiones de solidaridad para saber caminar juntos, de encuentros con uno mismo que les han llevado a encontrar la auténtica trascendencia de sus vidas.

En el evangelio escuchamos muchas veces como Jesús y los que lo seguían iban de camino; de camino atravesando pueblos y aldeas de Galilea en ese anuncio del Reino de Dios que les llevará en ocasiones a lugares un tanto lejanos, de camino en sus subidas a Jerusalén en distintas ocasiones, de camino porque con algunos de ellos sube a lo alto de la montaña del Tabor con todo lo que significó ese momento, como tantas veces hemos reflexionado.

Hoy nos habla también el evangelio de que mientras iban de camino... y nos señala tres encuentros, pero nos deja lo que tras esos momentos Jesús va como destilando de su corazón, para que comprendamos de verdad lo que significa ir de camino con El, seguirle. Siguiendo al paso de Jesús surgen ofrecimientos generosos y con buena voluntad, o surgen también invitaciones de Jesus. Es lo que dan los encuentros cuando se trata de conectar el alma.

¿Tras esos momentos de caminar junto al amigo, como antes reflexionabamos, no suele surgir el entusiasmo por la amistad reencontrada y de la que no nos queremos apartar nunca? Vamos a ser buenos amigos, nos decimos, vamos a hacer que esta amistad dure para siempre, aunque en esos momentos no calibramos las dificultades que podamos encontrar para mantener esa amistad. Son los ofrecimientos que le van haciendo aquellos que han venido a caminar con Él.

Pero ahí Jesus nos va dejando lo que son las condiciones, de lo que es la manera de caminar con El. El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza, les dice. ¿Buscamos seguridades que nos lo den todo resuelto? El camino hay que hacerlo con la dureza que lleva en sí mismo el camino; ponerse a caminar es arriesgarse, para ponerse a caminar hay que ser consciente de la dureza del camino, ponerse a caminar no es cosa de un momento porque ahora me siento más enfervorizado, ponerse a caminar es mantener el ritmo del camino pero con el deseo de llegar a una meta, ponerse a caminar no es solo contentar al amigo unos momentos sino asumir que ese camino que se emprende es para siempre, ese camino es un sentido de la vida.

Por eso les hablará Jesús también de que dejen que los muertos entierren a sus muertos o que quien emprende el camino y pronto está volviendo la vista atrás añorando lo que antes había sido su vida no es digno de emprender ese camino. Emprender ese camino es una opción seria con la que no podemos estar jugando ahora sí, ahora espera un poco, ahora no. El que no está conmigo desparrama, nos dirá en otra ocasión.

¿Nos atreveremos de verdad a ponernos al paso del camino de Jesús? 


viernes, 26 de mayo de 2023

Podemos tener la seguridad de que el amor de Dios sigue confiando en nosotros por mucho que sea nuestro pecado, eso nos llena de paz y de nuevos ánimos para seguir amando

 


Podemos tener la seguridad de que el amor de Dios sigue confiando en nosotros por mucho que sea nuestro pecado, eso nos llena de paz y de nuevos ánimos para seguir amando

Hechos 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

Es un reencuentro de amigos que se aprecian mucho. Quizás ha habido algún momento de frialdad por medio, alguna deslealtad que podría haber puesto en peligro aquella amistad que había estado bien consolidada, han pasado muchas cosas por medio, pero ahora se han reencontrado de nuevo. En quien siente en sí el peso de las deslealtades o de los fallos quizás se encuentre apesadumbrado y no sabe muy bien en qué pueden quedar las cosas, pero el amigo que sabe bien lo que es el verdadero amor aunque conozca también las debilidades que nos acompañan en la vida trata de hacer que aquel encuentro no se convierta en reproches que avergüencen sino más bien quiere dar por sentado que la amistad permanece; la conversación se hace amigable y pronto volverán a salir a relucir los amores que nunca se acaban y la amistad que termina más anudada.

Es la lección de la confianza que quizá tengamos que aprender para cuando nos encontremos en situaciones así. Eres amigo y siempre seguiré confiando en ti, se dice aunque necesariamente no tienen que sonar las palabras, pero sí los gestos que manifiestan la sintonía del corazón.

¿Me estoy inventando esta historia? cuando hay verdadero amor y amistad es la realidad de lo que hacemos los amigos que siempre confiamos. Es la historia que nos cuenta el evangelio hoy. en este final del tiempo pascual la liturgia para estos dos días de la semana que nos quedan nos transporta de nuevo a aquel episodio que ya escuchamos en parte de la pesca milagrosa en el lago de Tiberíades después de la resurrección; como nos concretará el evangelista, fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Hoy el relato del evangelio se concreta ya en el momento en que tras el reconocimiento de Jesús Pedro ha llegado a los pies de Jesús, adelantándose al resto que al llegar se encontrarán un pez sobre las brasas y la invitación de Jesús a comer. ‘Vamos, almorzad’, les había dicho Jesús.

Fue después de la comida con Jesús se lleva a Pedro aparte para hablar del amor y de la amistad. Son escuetas las palabras del Evangelio, como suele ser siempre, aunque podemos imaginar la extensión de la conversación. ‘Pedro, ¿me amas más que estos?’ Una, dos y tres veces hará Jesús la pregunta, y siempre Pedro porfiará su amor por Jesús. ‘Tú sabes que te amo’, será siempre la respuesta de Pedro. No hay recriminaciones porque un día Pedro cobardemente había regado conocer a Jesús. Solamente la pregunta por el amor, como queriendo decir Jesús que sabe bien que Pedro le ama. Por eso sigue confiando en El, ‘apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos…’ será la confirmación de Jesús.

Era la confirmación por parte de Jesús de que puede seguir confiando en su amor, porque es un amor que nunca falla. Cómo lo necesitamos tantas veces escuchar nosotros. Lo sabemos pero necesitamos que retumbe en nuestro corazón. Apesadumbrados muchas veces nos acercamos y parece que nos falta la confianza cuando sentimos la indignidad de nuestra debilidad que nos ha llevado a tantas errores en la vida.

Y andamos tan quemados porque en nuestras relaciones humanas no siempre encontramos la comprensión y el perdón, que nos parece que nos pueda suceder lo mismo ante Dios. Pero podemos tener una seguridad, el amor de Dios sigue confiando en nosotros por mucho que sea nuestro pecado. Y eso nos llena de paz, y eso pone ánimos en la vida para levantarnos y para seguir amando, y eso nos da fuerza para afrontar todo lo que podamos encontrar en contra, pero para afrontar también nuestra debilidad y nuestra cobardía tantas veces repetida.

Que eso sepamos nosotros ofrecer y que eso sepamos encontrar en los hermanos que nos rodean. Qué actitudes nuevas hemos de saber tener con los demás, hayan hecho lo que hayan hecho, y sean lo que sean. Que eso podamos encontrar en la Iglesia, que tiene que ser siempre madre de misericordia, y que en verdad sea en medio de un mundo de revanchas y de rencores mal curados un signo de que el amor siempre confía en la persona que es capaz de poner amor en su vida a pesar de su debilidad. Necesitamos una Iglesia así. Necesitamos nosotros también ser así.

jueves, 8 de abril de 2021

Que no nos falte la paz, que no nos falte la alegría y el entusiasmo de nuestra fe, que no nos falte la valentía para anunciar al mundo que Cristo ha resucitado

 


Que no nos falte la paz, que no nos falte la alegría y el entusiasmo de nuestra fe, que no nos falte la valentía para anunciar al mundo que Cristo ha resucitado

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48

La vuelta de los que se han marchado, sobre todo si tuvo algo traumático tanto para los que marchaban como los que se quedaban, siempre es bien acogida, es motivo de alegría y el reencuentro servirá para revivir experiencias, contar lo sucedido, y revisar las motivaciones por las que se había producido tal hecho doloroso.

Así andaban con la vuelta de los discípulos de Emaús; seguro que su marcha había producido en todos dolor, porque eran dos más que abandonaban, que parecía que habían perdido toda fe y toda esperanza y grande era la desilusión que llevaban en su corazón los que se habían puesto en camino. Pero todo había cambiado, Jesús les había salido al paso como ahora ellos contaban con toda serie de detalles y cuando se sentó a la mesa con ellos a la hora de partir el pan lo reconocieron y reconocieron toda la experiencia que habían vivido con su presencia en el camino.

En esas andaban contando con alegría su experiencia y me imagino que los que habían quedado en el cenáculo haciendo toda clase de preguntas. Pero no era necesario que respondieran a tantas preguntas porque ahora de nuevo Jesús estaba allí en medio de ellos. Quienes no había tenido aún la experiencia del encuentro con el Resucitado les produjo sorpresa y temor por eso las primeras palabras de Jesús será para que recobren la paz, para que serenamente disfruten de su presencia. Aún siguen incrédulos y Jesús les pedirá algo de comer a lo que ofrecen un poco de pez asado que había quedado por allí, porque los fantasmas no comen, y así se convencían de que era El.

Como había hecho con los discípulos del camino les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y fueran capaces de discernir que todo cuando había sucedido estaba anunciado en las Escrituras. Allí estaba Jesús con su Palabra; allí estaba Jesús poniendo paz en aquellos corazones aún atormentados; allí estaba Jesús con la fuerza de su Espíritu haciendo que abrieran su corazón y su mente para aceptar las Escrituras pero para reconocer que era El en persona, de lo que de ahora en adelante tienen que ser testigos.

Poco a poco va renaciendo la paz en sus corazones y ahora era la alegría lo que los embargaba; ahora se sienten con la fuerza del Espíritu para lanzarse también al mundo  a anunciar la Buena Nueva. Los contemplamos a ellos y nosotros queremos contagiarnos de esa alegría y de esa paz. Porque ahora somos nosotros los testigos. Es necesario abrir nuestro corazón, es necesario fortalecernos interiormente, es necesario que crezcamos en esa fe para que se disipen para siempre las dudas; es necesario que seamos capaces de ir con convicción profunda a los demás para hacer también el anuncio de Cristo resucitado.

No va a ser tarea fácil, porque es difícil hacer un nuevo anuncio a los que ya vienen de vuelta y no quieren creer en nada; se ha perdido el sentido cristiano de la vida aunque vivimos en un mundo rodeado de signos cristianos; vivimos con un espíritu tan materialista que lo que suene a espiritual ya parece que se quiere como descartar de antemano; la gente se siente quemada por tantos problemas que van apareciendo en la sociedad que nos hace perder la paz, pero también porque muchas veces en nuestro mundo religioso y que llamamos cristiano los problemas se acumulan y la gente ya no sabe en qué creer o en quién creer.

Es un mundo difícil pero ahí tenemos que hacer el anuncio. Hablamos de nueva evangelización y estas son algunas de las cosas con las que tenemos que contar cuando queremos llevar de nuevo el evangelio a nuestro mundo. Es la tarea que Cristo pone en nuestras manos cuando nos dice que nosotros somos testigos y tenemos que convertirnos en unos testigos veraces, porque no solo hagamos el anuncio de palabra sino con el testimonio de nuestros hechos, el testimonio de nuestra vida.

Que no nos falte la paz, que no nos falte la alegría y el entusiasmo de nuestra fe, que no nos falte la valentía para anunciar al mundo que Cristo ha resucitado.