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domingo, 5 de abril de 2026

Alegría, hermanos, es la Pascua, gritémoslo fuerte para que todos vean las señales, que si hoy nos queremos es que Cristo ha resucitado

 


Alegría, hermanos, es la Pascua, gritémoslo fuerte para que todos vean las señales,  que si hoy nos queremos es que Cristo ha resucitado

Mateo 28, 1-10

Un grito glamoroso resuena en el silencio que nos había acompañado desde la tarde del viernes, ¡Ha resucitado! Un grito que se va a repetir con tonalidades de fiesta y que nos va a envolver de alegría porque nuestras esperanzas se han cumplido, se han realizado. Es la Pascua, ha sido el paso del Señor, es el paso salvador que nos llena de vida disipando para siempre las tinieblas de la muerte. Lo vivimos con gozo en esta noche de Pascua pero es el gozo nuevo que va alimentar nuestra vida de alegría, de la mejor de las alegrías.

Es cierto que en la vida buscamos la alegría y la fiesta y parece que no la vamos a encontrar de manera definitiva; pronto nuestras alegrías se diluyen, nuestras fiestas se apagan y nos parece que todo vuelve como al principio o lo que es peor dejándonos un vacío peor en el alma. Ahora llegamos a la plenitud de la fiesta que es anticipo de la fiesta eterna que viviremos en los cielos. Con esta fiesta y alegría nuestras gargantas no se quedarán resecas porque ahora hemos encontrado el amor verdadero.

Pero todo no se nos queda en palabras que nos puedan dejar en la añoranza de lo que quiso ser y no fue. No es una alegría que se nos imponga desde el exterior o que busquemos en sucedáneos que siempre nos van a dejar con hambre de más. Es una cosa cierta aunque sea una cosa que solo desde la fe podemos entenderlo; para esto no necesitamos pruebas científicas ni razonamientos humanos, es un hecho que podemos vivir y de hecho vivimos cuando lo celebramos de verdad en lo más hondo de nosotros mismos.

Con pesadumbre habíamos hecho el camino del calvario y de la cruz y con angustias de soledades habíamos llegado a la puerta del sepulcro. Fue duro pero tremendamente hermoso cuando aprendimos a saborear de verdad lo que íbamos contemplando sintiendo al mismo tiempo como  nos afectaba a nuestra vida. Humanamente se nos podía hacer insoportable pero contemplando el coraje de Jesús al tomar la cruz y caminar hacia el calvario a pesar de los tropezones y caídas nos hacía tender la mirada más allá de lo que podían ver los ojos porque estábamos contemplando el amor más puro y más grande, el amor de quien lo daba todo, de quien se daba a sí mismo por nosotros, por esa humanidad rota y llena de muerte que a través del filtro de la pasión de Cristo estábamos contemplando.

Sí mirábamos el sufrimiento de la humanidad con tantos tintes negros y crespones oscuros como la vemos tantas veces en esa violencia y en esas guerras con todas esas luchas que no son solo las de las bombas o los misiles en medio de las cuales vivimos, en esa insolidaridad que llenaba de frialdad nuestro mundo porque nos hacía perder la sensibilidad de la humanidad, en esa forma de vivir arrastrándonos buscando solo placeres o convirtiendo las cosas materiales en ídolos de nuestra vida, en esa vanidad con la que nos inflamos para subirnos a los pedestales del orgullo o del poder queriendo manipular todo cuanto nos rodea. Con ese peso con Jesús atravesamos la calle de la amargura y subíamos arrastrándonos bajo ese peso hasta el Gólgota sintiendo luego el vacío del silencio de la soledad mientras caminábamos hasta el sepulcro del huerto.

Pero veíamos caminando delante de nosotros a Jesús con toda la entereza y la fortaleza del Espíritu que ponía paños de lágrimas a nuestros ojos enrojecidos por el dolor pero aliviando nuestro espíritu poniendo esperanza de algo nuevo y distinto con sus Palabras en la cruz.

Era posible algo nuevo porque El nos estaba regalando perdón, nos estaba inundando con su amor porque no faltaba la confianza en el Padre cuya voluntad estaba siempre dispuesto a cumplir como había dicho ya desde el principio de la pasión. Se acabarían las soledades aunque solo estuviera colgado del madero de la cruz porque desde allí nos tendía puentes de acogida cuando ofrecía el paraíso para aquella misma tarde al que mostraba arrepentimiento a su lado pero además nos regalaba la acogida de una madre y de un hermano al confiar su madre al discípulo amado.

Y todo eso lo vemos realizado en plenitud cuando El no se ha quedado encerrado en las sombras de una tumba sino que ha resucitado glorioso para estar siempre con nosotros con la fuerza de su Espíritu y comencemos a realizar ya todas esas señales de ese mundo nuevo que es el Reino de Dios.  En plenitud ya lo tenemos en nuestro corazón, en plenitud podemos vivir ya para siempre esa alegría pascual porque ha sido el paso de Dios, que nos salva y que nos pone en camino de esa vida nueva.

Es la alegría de la Pascua, es la alegría de poder proclamar con toda nuestra vida y nuestra existencia que es verdad, que Cristo ha resucitado. Lo sentimos en nosotros, sentimos que es posible ese mundo nuevo, que se disipan las sombras y que vamos a estar llenos de luz para siempre, que tienen que acabarse esa guerras y esas violencias porque ya no va a ser norma de nuestra vida ni la vanidad ni el orgullo, porque va a nacer un nuevo mundo de solidaridad, porque ha nacido una familia donde todos somos hermanos y ya más nunca habrá soledad.

Es lo que creemos y lo que proclamamos, es lo que estamos dispuestos a vivir, son las señales que vamos a comenzar a dar, son los pasos que iremos dando para hacer esa humanidad nueva que es posible, porque Cristo ha resucitado y nos ha llenado de nueva vida.

Alegría, hermanos, que si hoy nos queremos es que Cristo ha resucitado.