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miércoles, 29 de julio de 2026

Aprendamos a entrar en la nueva órbita de un nuevo amor que de Jesús aprendemos cuando nos amó hasta dar su vida por nosotros

 


Aprendamos a entrar en la nueva órbita de un nuevo amor que de Jesús aprendemos cuando nos amó hasta dar su vida por nosotros

1 Juan 4,7-16; Salmo 33; Juan 11,19-27

Se nos llena la boca cuando hablamos de amor; todos sabemos hablar del amor, o decimos que sabemos; todos nos ponemos muy amorosos para decir que el amor es el que salva al mundo, y que tendríamos que querernos más y todas esas cosas que decimos en consecuencia, pero ¿será cierto que así nosotros creemos en el amor? Empezamos porque ponemos medidas y decimos quienes se merecen nuestro amor y quienes no, que no podemos amar a todos de la misma manera, que nos gusta ser correspondidos para entonces nosotros darnos más en ese amor, y seguimos poniendo distancias y fijándonos en circunstancias; cuando las cosas marchan bien parece que es fácil amar, pero ¿seremos capaces de llegar al sufrimiento por ese amor? Y luego decimos que es el distintivo de los cristianos, pero, ¿se notará?

Hoy se nos ofrece en el evangelio una situación donde parece que se va a medir lo que es el amor verdadero. Una familia que está pasando por un momento difícil en la muerte de uno de los hermanos. Y eran los amigos de Jesús, allí donde tantas veces Jesús había recalado en su camino hacia Jerusalén, pues Betania quedaba al paso de ese camino que hacían los que bajaban de Galilea por el valle del Jordán para subir desde Jericó luego a Jerusalén entrando por el monte de los Olivos. Allí vemos que Jesús descansa muchas veces e incluso viene desde Jerusalén para pernoctar en aquel hogar.

Cuando enfermó Lázaro y aunque avisado por las hermanas Jesús que estaba más allá del Jordán se quedó aun unos días y al llegar a Betania Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Todo aquello había sido una prueba dura en una familia que había ofrecido la acogida de la amistad tantas veces a Jesús. No nos extrañan las palabras que a modo de saludo le dirigen ambas hermanas a Jesús. ‘Si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano’. ¿Hasta donde podía seguir llegando el amor y la amistad? ¿estará entrando en sintonía esa situación con momentos en los que también en nosotros parece que se pone a prueba el amor?

Hay un hermoso diálogo que se entrecruza entre las hermanas doloridas y Jesús. Se habla de vida y de resurrección, se habla de fe y se va a manifestar lo que es el amor. Incluso veremos que cuando Jesús llega a la entrada del sepulcro de Lázaro se conmueve en su dolor y se le saltan las lágrimas, podríamos decir. ‘Mira, cómo le amaba’, comentarán los presentes. ¿Se seguirá manteniendo vivo ese amor en aquellas hermanas aun en medio de su sufrimiento?

Son preguntas que quizás con toda naturalidad nos podemos hacer, porque son preguntas que nos rondan en nuestro interior tantas veces. ¿Nos merecerá mantenernos en esa honda del amor que aun nos puede llevar al sufrimiento, o que hemos de vivirlo en medio de nuestro sufrimiento? Es cuando tenemos que preguntarnos si nuestro amor siempre es verdadero o tenemos que estar buscándonos razones y alguna fuerza extraordinaria para poder mantenernos en ese camino del amor aunque el camino sea dura, aunque no encontremos correspondencias, aunque en ocasiones nos parezca que nos sentimos abandonados y nada ni nadie nos tiene en cuenta.

Pero nuestro reflejo y nuestro espejo para amor no puede ser otro que el amor de Dios. Y es que el amor de Dios siempre está primero; cuando digo esto quiero decir algo más de lo que decimos habitualmente de que amamos a Dios por encima de todas las cosas; es que Dios nos ha amado a nosotros por encima de todas las cosas, el amor de Dios está primero, porque ha sido El quien primero nos ha amado. La misma vida es el primer regalo de su amor. Es lo que nos decía el apóstol Juan en su carta, ‘no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’. Es lo que contemplamos en Jesús cuando nos dice que nadie tiene un amor más grande que aquel que da su vida por los que ama. Y Jesús nos está diciendo que nos ama tanto, que es tan grande su amor que no teme pasar por el sufrimiento y la muerte para manifestarnos su amor.

El sufrimiento y la muerte así adquieren sentido; en medio de nuestros sufrimientos, y la vida nos da muchos, hemos de saber mantenernos en ese amor. Es lo que están comprendiendo Marta y María de Betania en aquellos momentos del reencuentro con Jesús, por eso se llenan de vida, traspasarán los umbrales de la tumba y de la muerte para mantenerse en la vida; como un signo de todo ello Lázaro es devuelto a la vida, o como dijo Jesús lo despertó de aquella muerte y lo hizo salir de aquel sepulcro para que se mantuviera vivo allí el amor. Veremos cómo más tarde María de Betania derramará el más caro perfume sobre los pies de Jesús para significar como están envueltos en el perfume del amor.

¿Aprenderemos a entrar en esa nueva órbita de un nuevo sentido del amor?

lunes, 20 de julio de 2026

Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 


Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 Miqueas 6, 1-4. 6-8; Salmo 49; Mateo 12, 38-42

Eso no es forma de pedir las cosas, quizás nos han dicho alguna vez por las actitudes y formas con que pedíamos las cosas que más parecía una reclamación que una petición con humildad para hacer que la comunicación entre quienes pedíamos y aquellos de quienes pretendíamos alcanzar un favor; las exigencias desde posturas prepotentes y orgullosas no son camino adecuado para conseguir lo que pretendemos, la postura humilde y agradecida de antemano es el camino más llano y que facilita el don que esperamos recibir.

Escuchamos hoy en el evangelio que ‘algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: Maestro, queremos ver un milagro tuyo’. Unos escribas, unos maestros de la ley, y unos fariseos, pertenecientes a las clases influyentes y en cierto modo poderosos dentro del pueblo judío, pero no vienen con la actitud humilde de los pobres con sus carencias o con sus enfermedades; vienen exigentes, porque de alguna manera parece un examen para un juicio, porque ya de antemano están mostrando su desconfianza y descalificación. Ya hemos venido viendo a lo largo de las páginas del evangelio, del actuar de Jesús cómo precisamente los dirigentes son los que desconfían, los que quizás pueden estar viendo en peligro su situación de privilegio que les podía hacer perder su poder.

No nos extraña la reacción de Jesús ante esta exigencia con palabras que nos pueden parecer duras. ‘Esta generación perversa y adúltera pide una señal’. Ciegos guía ciegos los llamaría Jesús en otra ocasión y ciegos podríamos llamarlos también en esta ocasión; piden un signo, piden una señal, piden un milagro y no habían sabido ver lo que Jesús había ido haciendo cuando le traían a los enfermos y los curaba, ciegos, paralíticos, leprosos, personas poseídas por el mal o los espíritus inmundos como era su forma de decir, y ahora piden un milagro; cuando incluso habían querido atribuir el actuar de Jesús al poder del príncipe de los demonios, con lo cual significaba que no querían descubrir el actuar de Dios en la obra de Jesús, ahora están pidiendo signos y señales. Era la perversidad de su corazón la que estaba hablando por sus palabras. Pero no juzguemos con demasiada facilidad porque quizás nosotros también andamos pidiendo y exigiendo muchas veces signos y milagros.

Pero Jesús les dice que no les dará señales a la manera que ellos lo piden, porque la gran señal será su propia resurrección. ´Pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra’. Lo sucedido con Jonás se había convertido en profecía y esa es la referencia que hace Jesús a lo que va a ser luego su Pascua.

Como anunciará Pedro después de Pentecostés ‘a ese Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo resucitó y lo constituyó Señor y Mesías’. Es la gran prueba de nuestra fe. Fue a partir de la Pascua cuando los discípulos llegaron a comprender y conocer de verdad a Jesús. No era ya solo el Maestro que como un profeta enseñaba y anunciaba algo nuevo, sino era en verdad el Señor de nuestra vida porque en su muerte estaba la mayor prueba del amor de Dios, porque es el amor de quien da la vida por aquellos a los que ama, y con su resurrección nos sabíamos ya vencedores con Cristo de la muerte y del pecado.

Hemos de saber hacer un camino de fe, en esa disponibilidad de nuestro corazón para sentir ese actuar de Dios en nuestra vida y en esa escucha del corazón para escuchar y aceptar ese plan de salvación que tiene para nosotros. Es un camino de humildad para dejarse conducir por el misterio de Dios y para dejarnos llenar de su Espíritu. Dios quiere en nosotros un corazón humilde, agradecido, tierno, equitativo, misericordioso, compasivo, equilibrado, sacrificado, atento a las enseñanzas, precavido para no salirse del camino porque Dios ha querido hacernos sus hijos y como tales hemos de vivir.

¿Sabremos nosotros escuchar con humildad las palabras de Jesús? ¿Descubriremos la acción de Dios en nosotros y en nuestra vida a través del evangelio de Jesús que escuchamos? ¿Estaremos también pidiendo signos y señales, nuevos milagros para comenzar a creer? ¿Seremos capaces de dejarnos conducir por su Espíritu que nos habla en lo más hondo del corazón?

miércoles, 3 de junio de 2026

Despertemos nuestra fe y nuestra esperanza para darle verdadera trascendencia de eternidad a nuestra vida y a cuanto amamos

 


Despertemos nuestra fe y nuestra esperanza para darle verdadera trascendencia de eternidad a nuestra vida y a cuanto amamos

2Timoteo 1, 1-3. 6-12; Salmo 122; Marcos 12, 18-27

Algunas veces nos sentimos como aturdidos en el camino de la vida por lo compleja que se nos presenta teniendo que responder a situaciones tan diversas con la problemática que se vive en el mundo de hoy; necesitamos una serenidad interior que solo puede surgir desde una madurez que vayamos consiguiendo en la vida pero también de los valores hondos sobre los que la cimentamos; nos sentimos tentados a la superficialidad en esa prisa y en esa carrera de la vida donde nos vemos obligados quizás a hacer tantas cosas, pero solo desde esa serenidad de nuestro espíritu podremos ir dando respuestas, nos sentiremos fuertes para afrontar todos los problemas que se nos presentan y podremos encontrar la sabiduría que nos haga saborear el verdadero sentido de la vida.

Tenemos que cultivar nuestro espíritu, tenemos que ahondar en esos valores espirituales, hemos de saber darle una trascendencia a lo que hacemos, no solo por la repercusión inmediata que puede tener a continuación, sino porque elevamos nuestro espíritu y queremos ver un más allá que solo desde la fe podemos descubrir. Nuestra vida no es solo lo que ahora hagamos o de lo que aquí disfrutemos; se quedan cortos quienes hablan de que disfrutemos el ahora porque la vida son cuatro días y pronto todo se acaba y como dicen algunos de aquí nada nos llevamos; hay una falta de perspectiva, una visión de futuro que va más allá del mañana; es cierto que nada material nos llevamos pero lo que ha enriquecido nuestro espíritu eso sí tiene una trascendencia con valor de eternidad.

Hay algo que repetimos en el credo de nuestra fe pero que se nos puede quedar en eso, en repetir sin saborear todo su sentido. Cuando decimos que creemos en la resurrección y en la vida del mundo futuro. De eso muchas veces no queremos ni pensar; cuando ronda la muerte en nuestra cercanía, porque afecta a personas queridas, familiares o personas cercanas, un poco pensamos en ello pero sin querer profundizar demasiado. Si pensáramos más en ello otro sentido le daríamos a nuestra vida, otros valores más estables buscaríamos para nuestro vivir, la angustia de la muerte no nos tendría que afectar.

Hoy en el evangelio se hace mención a los saduceos que fueron a hacer algunos planteamientos a Jesús en plan casuístico, porque ya nos recuerda el evangelista que los saduceos no creen en la resurrección de los muertos. Y yo me quedo pensando si de alguna manera en la práctica de nuestra vida en ese sentido nosotros seremos también saduceos. ¿Creemos en verdad en lo que decimos en el Credo cuando hablamos de la resurrección y en la vida futura?

Creo que tendría que hacernos pensar porque de lo contrario toda nuestra esperanza se nos viene por tierra y en consecuencia todo el sentido de nuestra vida cristiana. No podemos andar con imaginaciones, como hacían los saduceos cuando le hacían aquellos cuestionamientos a Jesús. No podemos, es cierto, pensar en la resurrección en otra vida pero que todo se va a parecer a lo que ahora vivimos. Es cierto que cuando Jesús nos habla de ello emplea un lenguaje humano y habla de que nos va a preparar unas estancias para nosotros; pero son lenguajes humanos que quieren decirnos mucho más.

Esa vida en Dios tiene otro sentido y otra plenitud, que muchas veces humanamente nos es difícil de llegar a comprender. Hoy nos está diciendo Jesús que en la otra vida los hombres y mujeres no se casan como en esta vida, y nos habla de una vida espiritual, ‘son como Ángeles’, nos dice, porque la plenitud no está en nosotros mismos sino en Dios en quien vamos a vivir. Como nos recuerda Jesús no es un Dios de muertos, sino de vivos, un Dios de vida, que nos concede a nosotros vida en plenitud.

‘Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, nos dice Jesús en la alegoría del juicio final. Despertemos, pues, nuestra fe y nuestra esperanza, démosle profundidad a nuestra vida, salgamos de la superficialidad de lo material.

viernes, 24 de abril de 2026

Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre es la manera de entrar en comunión con Jesús para vivir su vida y ser resucitados a la vida eterna

 


Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre es la manera de entrar en comunión con Jesús para vivir su vida y ser resucitados a la vida eterna

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Salmo 116; Juan 6, 52-59

En ocasiones hay cosas que nos desconciertan en la vida, se nos vuelven intragables, nos cuesta entender, podemos cruzarnos de brazos, por decirlo de alguna manera, y hacer como si esto no fuera con nosotros, o buscamos razonamientos, justificaciones y explicaciones que muchas veces también nos cuesta hacer, o lo aceptamos sin más, casi como un misterio más de la vida y tratamos de arreglárnosla como podamos. Pero quizás en una experiencia profundamente vital lo vamos haciendo nuestro para llegar no quizás a explicaciones, pero sí a ser algo que va a formar parte de nuestra vida y que al final nos irá haciendo comprender muchas cosas. Y es algo no solo en lo material sino en el sentido más espiritual de la vida con lo que nos podemos encontrar.

Así se encontraban en aquel momento los judíos de Cafarnaún ante la deriva de las palabras de Jesús en aquella búsqueda que iban realizando que les hacia ir tras Jesús por todas partes aun hasta los descampados donde parecía que Jesús quería refugiarse con sus discípulos más cercanos en algunas ocasiones. Así había sucedido cuando ante la carencia de provisiones Jesús les había alimentado milagrosamente allá en aquellos lugares apartados hasta donde le habían seguido. Ahora habían venido a Cafarnaún en su búsqueda y allí lo habían encontrado.

Pero en aquel encuentro Jesús les había hecho pensar en lo que ellos jamás habrían adivinado. Desde plantearles lo que de verdad sentían en su corazón cuando le buscaban, el por qué de sus búsquedas, pero de la necesidad de poner toda su fe en El para poder encontrar caminos de vida. Jesús les hablaba de un pan del cielo que habían de comer y que no era el maná que el desierto Moisés les había dado, porque ahora Jesús les decía que El era ese pan de vida, que era necesario comerle para tener vida para siempre, para alcanzar la vida eterna.

Les costaba entender esa adhesión tan radical que Jesús les estaba pidiendo. En sus visiones confundidas de lo que sería el Mesías no terminaban de entender el mensaje de Jesús de lo que en verdad significaba ese Reino de Dios del que tanto les había hablado. Ese pan de vida se tenía que convertir en el sentido nuevo de todo que les ofrecía Jesús y que tendría que hacerles entrar en un nuevo sentido de comunión con Jesús. Por eso ahora Jesús les habla de comer, de comer su carne y de beber su sangre para poder tener vida eterna; si Jesús les había pedido que había que creer totalmente en el para ser resucitados en el ultimo día, ahora les está diciendo que esa fe tiene que llevarles a una comunión tan grande como que tienen que hacerse una sola cosa con Jesús.

Como el alimento que comemos y que lo asimilamos de tal manera que se hace uno con nosotros, porque es el que va a sostener nuestra vida, nos dará esa energía y fuerza que necesitamos para vivir, no solo para que nuestros órganos vitales puedan funcionar, sino que es la vida que es algo mucho más profundo que hay en nosotros, en nuestro existir. Y Jesús nos dice entonces que tenemos que comerle para que haya esa asimilación profunda de la vida de Dios en nosotros, para que podamos llegar a esa comunión que nos hace uno con Jesús, de manera que nuestro vivir no es el vivir a nuestra manera sino el vivir en el estilo y en el sentido de Jesús.

Y eso nos cuesta expresarlo con nuestras palabras humanas, y tenemos que emplear una terminología que nos acerque a ese sentido de vida que Jesús nos ofrece, por eso Jesús habla de comer su carne y de beber su sangre, alimento de vida eterna, alimento que nos hace vivir no nuestra vida sino la vida de Dios. En aquel momento de las palabras de Jesús no se nos dice como se realizará ese misterio de vida que nosotros llegaremos a comprender muy bien desde la cena pascual.

Pero aquel fue un momento de desconcierto para todos, algunos lo abandonaron porque dura era aquella doctrina, los discípulos más cercanos no son ajenos a ese desconcierto, pero el amor que sienten por Jesús y el querer estar unidos a Jesús para siempre – ¡cómo les costaría su ausencia cuando llegó el momento de la pasión! – les hace ahora estar con Jesús. ‘¿A dónde vamos a acudir si tú tienes palabras de vida eterna?’, confesará Pedro. ¿Será esa la confesión que nosotros también hagamos para comprender lo que significa comer a Jesús? Por algo a ese sacramento de Jesús lo llamamos comunión.

miércoles, 22 de abril de 2026

Mantengamos viva nuestra fe en Jesús no para revestirnos exteriormente de apariencias sino para dejarnos transformar por El para llenarnos de vida eterna

 


Mantengamos viva nuestra fe en Jesús no para revestirnos exteriormente de apariencias sino para dejarnos transformar por El para llenarnos de vida eterna

Hechos 8, 1b-8; Salmo 65;  Juan 6, 35-40

Todos tenemos ansias de vida, queremos vivir y por supuesto querer vivir de la mejor manera; sin embargo no todos ponemos el sentido de esa vida en lo mismo, algunos se contentan con lo que podríamos llamar vegetar, la expresión puede parecer fuerte e inhumana, pero sabemos que vivir es algo más que comer para alimentar el cuerpo y todos sus órganos cumplan con sus funciones; es algo más profundo que comienza por una dignidad pero también por una humanidad; darle sentido de humanidad a lo que hacemos y a nuestras relaciones, que significa poner corazón que es hacernos cercanía, poner sentimientos para también sentir con los sentimientos de los demás, tener metas que nos elevan más allá de lo material, buscar algo más que sentir los latidos del corazón que impulsa la sangre por nuestras venas, hay otros latidos, hay algo más en nuestro ser que es lo que nos hace vivir. Cuando empezamos a transitar por esta forma de vivir sentiremos una mayor plenitud en nuestra vida.

Y eso y mucho más nos quiere decir hoy Jesús con las palabras que le hemos escuchado en el evangelio. Nos ha hablado de un pan de vida que nos va a saciar plenamente, o sea que nos va a hacer vivir con la mayor plenitud; y es que cuando escuchamos a Jesús nos damos cuenta de otro sentido de vida, de otro sentido de vivir. Por eso nos pide creer en El, escuchar sus palabras pero para hacerlas vida en nosotros. y es que cuando escuchamos de verdad a Jesús nos damos cuenta que nuestra vida tiene otro sentido, que tenemos que llenarla de humanidad, que hemos de tener otra mirada a cuanto nos rodea pero sobre todo otra mirada a los que nos rodean, que hemos de llenar nuestra vida de amor.

Es así como nos sentiremos henchidos por dentro, es así como nos damos cuenta de que estamos viviendo de verdad porque al mismo tiempo estaremos trasmitiendo vida a los que nos rodean. Cuando nos acercamos a alguien con amor quien siente esa sintonía, quien se siente amado le hace sentirse lleno de vida. Por eso nuestro vivir en plenitud será también siempre trasmitir, sembrar vida.

Y Jesús nos está diciendo que eso que sentimos será para siempre. Por eso quien come el pan de vida que Jesús nos ofrece sabrá lo que es la vida eterna. La voluntad del Padre, como nos dice, es que nosotros también resucitemos en el último día. ‘Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’.

Es el camino en el que quiere ponernos Jesús, es la vida que El nos ofrece, por eso nos ha dicho que El es el verdadero pan bajado del cielo, para que el  hombre no muera, para que tengamos vida en el último día, para llevarnos a plenitud. Por eso tenemos que comer Cristo, que es entrar en profunda comunión con El, dejándonos empapar por su palabra que es la que nos llena de vida.

Qué importante mantener viva nuestra fe en Jesús. No lo miramos como un personaje de la historia como algunos lo quieren contemplar pero no trascienden a más, ni nos quedamos en un buen pensador que nos ofrece hermosos pensamientos con ideas muy bonitas, vamos a la persona, vamos a la vida, vamos a llenarnos de El. Nos despojamos de nuestras ideas, de nuestra manera de ver las cosas, de los mensajes que nos pueda ofrecer el mundo, para solo revestirnos de Cristo; pero no es un revestimiento externo para dar unas apariencias, es un vestirnos desde lo hondo de nosotros mismos dejándonos transformar por El. Su semilla de vida se siembra en nosotros para hacernos florecer como hombre nuevo con frutos de vida eterna.

domingo, 5 de abril de 2026

Alegría, hermanos, es la Pascua, gritémoslo fuerte para que todos vean las señales, que si hoy nos queremos es que Cristo ha resucitado

 


Alegría, hermanos, es la Pascua, gritémoslo fuerte para que todos vean las señales,  que si hoy nos queremos es que Cristo ha resucitado

Mateo 28, 1-10

Un grito glamoroso resuena en el silencio que nos había acompañado desde la tarde del viernes, ¡Ha resucitado! Un grito que se va a repetir con tonalidades de fiesta y que nos va a envolver de alegría porque nuestras esperanzas se han cumplido, se han realizado. Es la Pascua, ha sido el paso del Señor, es el paso salvador que nos llena de vida disipando para siempre las tinieblas de la muerte. Lo vivimos con gozo en esta noche de Pascua pero es el gozo nuevo que va alimentar nuestra vida de alegría, de la mejor de las alegrías.

Es cierto que en la vida buscamos la alegría y la fiesta y parece que no la vamos a encontrar de manera definitiva; pronto nuestras alegrías se diluyen, nuestras fiestas se apagan y nos parece que todo vuelve como al principio o lo que es peor dejándonos un vacío peor en el alma. Ahora llegamos a la plenitud de la fiesta que es anticipo de la fiesta eterna que viviremos en los cielos. Con esta fiesta y alegría nuestras gargantas no se quedarán resecas porque ahora hemos encontrado el amor verdadero.

Pero todo no se nos queda en palabras que nos puedan dejar en la añoranza de lo que quiso ser y no fue. No es una alegría que se nos imponga desde el exterior o que busquemos en sucedáneos que siempre nos van a dejar con hambre de más. Es una cosa cierta aunque sea una cosa que solo desde la fe podemos entenderlo; para esto no necesitamos pruebas científicas ni razonamientos humanos, es un hecho que podemos vivir y de hecho vivimos cuando lo celebramos de verdad en lo más hondo de nosotros mismos.

Con pesadumbre habíamos hecho el camino del calvario y de la cruz y con angustias de soledades habíamos llegado a la puerta del sepulcro. Fue duro pero tremendamente hermoso cuando aprendimos a saborear de verdad lo que íbamos contemplando sintiendo al mismo tiempo como  nos afectaba a nuestra vida. Humanamente se nos podía hacer insoportable pero contemplando el coraje de Jesús al tomar la cruz y caminar hacia el calvario a pesar de los tropezones y caídas nos hacía tender la mirada más allá de lo que podían ver los ojos porque estábamos contemplando el amor más puro y más grande, el amor de quien lo daba todo, de quien se daba a sí mismo por nosotros, por esa humanidad rota y llena de muerte que a través del filtro de la pasión de Cristo estábamos contemplando.

Sí mirábamos el sufrimiento de la humanidad con tantos tintes negros y crespones oscuros como la vemos tantas veces en esa violencia y en esas guerras con todas esas luchas que no son solo las de las bombas o los misiles en medio de las cuales vivimos, en esa insolidaridad que llenaba de frialdad nuestro mundo porque nos hacía perder la sensibilidad de la humanidad, en esa forma de vivir arrastrándonos buscando solo placeres o convirtiendo las cosas materiales en ídolos de nuestra vida, en esa vanidad con la que nos inflamos para subirnos a los pedestales del orgullo o del poder queriendo manipular todo cuanto nos rodea. Con ese peso con Jesús atravesamos la calle de la amargura y subíamos arrastrándonos bajo ese peso hasta el Gólgota sintiendo luego el vacío del silencio de la soledad mientras caminábamos hasta el sepulcro del huerto.

Pero veíamos caminando delante de nosotros a Jesús con toda la entereza y la fortaleza del Espíritu que ponía paños de lágrimas a nuestros ojos enrojecidos por el dolor pero aliviando nuestro espíritu poniendo esperanza de algo nuevo y distinto con sus Palabras en la cruz.

Era posible algo nuevo porque El nos estaba regalando perdón, nos estaba inundando con su amor porque no faltaba la confianza en el Padre cuya voluntad estaba siempre dispuesto a cumplir como había dicho ya desde el principio de la pasión. Se acabarían las soledades aunque solo estuviera colgado del madero de la cruz porque desde allí nos tendía puentes de acogida cuando ofrecía el paraíso para aquella misma tarde al que mostraba arrepentimiento a su lado pero además nos regalaba la acogida de una madre y de un hermano al confiar su madre al discípulo amado.

Y todo eso lo vemos realizado en plenitud cuando El no se ha quedado encerrado en las sombras de una tumba sino que ha resucitado glorioso para estar siempre con nosotros con la fuerza de su Espíritu y comencemos a realizar ya todas esas señales de ese mundo nuevo que es el Reino de Dios.  En plenitud ya lo tenemos en nuestro corazón, en plenitud podemos vivir ya para siempre esa alegría pascual porque ha sido el paso de Dios, que nos salva y que nos pone en camino de esa vida nueva.

Es la alegría de la Pascua, es la alegría de poder proclamar con toda nuestra vida y nuestra existencia que es verdad, que Cristo ha resucitado. Lo sentimos en nosotros, sentimos que es posible ese mundo nuevo, que se disipan las sombras y que vamos a estar llenos de luz para siempre, que tienen que acabarse esa guerras y esas violencias porque ya no va a ser norma de nuestra vida ni la vanidad ni el orgullo, porque va a nacer un nuevo mundo de solidaridad, porque ha nacido una familia donde todos somos hermanos y ya más nunca habrá soledad.

Es lo que creemos y lo que proclamamos, es lo que estamos dispuestos a vivir, son las señales que vamos a comenzar a dar, son los pasos que iremos dando para hacer esa humanidad nueva que es posible, porque Cristo ha resucitado y nos ha llenado de nueva vida.

Alegría, hermanos, que si hoy nos queremos es que Cristo ha resucitado.


sábado, 28 de marzo de 2026

Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

 


Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jer 31, 10-13; Juan 11, 45-57

Quien se endiosa en el poder, sea el poder que sea en cualquier ámbito de la vida, siempre andará sospechoso de quien pueda hacerle sombra, de quien pueda presentarse con otros planteamientos distintos que puedan hacer peligrar su poder. Ha sido siempre así como lo sigue siendo ahora y lo contemplamos en este mundo en el que vivimos que las ambiciones de poder de algunos nos están llevando a la destrucción de nuestro mundo y nuestra sociedad. Es terrible la espiral de violencia, de guerra de todo tipo y de muerte que se está engendrando desde el interés de algunos y que a todos nos hace daño por muy lejos que estemos.

Tendríamos que quizás analizar bien los derroteros por los que va nuestro mundo y como nosotros quizás podamos estar contribuyendo. Un cristiano tiene que ser crítico con todas esas situaciones que vive nuestra sociedad porque los caminos que nos ha enseñado el evangelio son bien distintos y no podemos dejarnos envolver por esa espiral de ambición por una parte y de inhumanidad en la que todos podemos ir cayendo.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron una reunión de urgencia, porque parecía que todo se les iba de las manos. Ahora Jesús había resucitado a Lázaro en Betania y muchos habían comenzado a creer en Él. La preponderancia de la que habían disfrutado y abusado aquellos dirigentes les parecía que se veía en peligro; y ellos tenían el poder y la ambición en sus manos y se sentían con ínfulas para quitar de en medio a quien fuera necesario.

Será el sumo sacerdote el que temiendo incluso la intervención de los romanos porque parecía que para todos estaba en peligro su preponderancia y su poder dirá que será conveniente que muera uno por todo el pueblo; quitado de en medio el que según ellos provocaba aquella inestabilidad ellos podrían seguir en paz y con su poder e influencia.

Sin embargo, sin querer por su parte, aquellas palabras se convirtieron en proféticas porque estaban dando la clave para nuestra redención. Un pueblo nuevo tenía que resurgir como había anunciado el profeta Ezequiel y era lo que provocan las palabras de Jesús que llenaban de esperanza los corazones. Hablaba el profeta de una alianza de paz, de una alianza eterna. ‘Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra’.

Algo nuevo tendrá que rebrotar para hacer nacer esa nueva humanidad. Aquel Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús ha de hacerse realidad, porque todos seremos reconciliados con la sangre de Cristo derramada. En verdad uno tenía que morir por todos y Jesús había subido decidido a Jerusalén sabiendo que se iba a celebrar una nueva pascua, un nuevo paso de Dios que venía con su salvación.

‘Los purificaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios’, había anunciado el profeta y ahora se iba a realizar esa purificación que no sería ya con la sangre de los machos cabríos que se sacrificaban en el templo de Jerusalén, sino con la sangre derramada de Cristo por todos para el perdón de nuestros pecados.

Y eso es lo que nosotros nos disponemos a celebrar. Estamos en las puertas de la semana de Pasión que culminará en la Pascua. Pero disponernos a celebrar no es disponernos como espectadores que ven pasar por delante un desfile, pero en el que no participan. Nuestra celebración, es cierto, ha de tener mucho de contemplación, porque contemplando desde lo más hondo de nosotros mismos nos podemos impregnar de ese sentido de pascua que hemos de tener y vivir. Todo nos tiene que llevar a vivir, no como una emoción pasajera, sino como quien va a sentir ese paso de Dios por su vida.

        Tenemos que hacer Pascua porque en esa pasión y muerte de Cristo que vamos a contemplar y a celebrar hemos de incluirnos nosotros para que pueda haber resurrección. Bajémonos al camino de la humildad que será siempre un camino de amor, despojémonos de esas vestiduras del orgullo que son vestiduras de muerte para poder vestirnos con la vestidura blanca del hombre nuevo, porque hemos blanqueado nuestros mantos en la sangre del Cordero como nos recordará el Apocalipsis, porque así tenemos que sentirnos en la pascua.

jueves, 26 de marzo de 2026

Ansias de resurrección y de vida eterna que dan un sentido de plenitud a nuestra fe cuando guardamos y creemos en la Palabra de Jesús

 


Ansias de resurrección y de vida eterna que dan un sentido de plenitud a nuestra fe cuando guardamos y creemos en la Palabra de Jesús

Génesis 17, 3-9; Salmo 104;  Juan 8, 51-59

Hay palabras, conceptos, ideas que nos cuesta encontrar su verdadero sentido, cosas de las que rehusamos pensar en ellas y de las que casi  no queremos hablar, porque quizás nos traen recuerdos que nos entristecen y nos ensombrecen el alma, nos llenan de temores y tras las cuales algunas veces parece que nos encontramos con un sin sentido, pensamientos que nos cuesta asimilar y en la vida tan materializada que vivimos parece que no nos caben en la cabeza. No  nos gusta hablar de la muerte, cuando tenemos que enfrentarnos a ella como que nos rebelamos y hasta nos puede parecer todo un absurdo; y si hablamos de otra vida, queremos pensar en resurrección y en vida eterna nos quedamos atascados, parece como que vivimos sin pensar en ello, y algo así como los atenienses cuando Pablo les hablaba de la resurrección decimos que eso mejor lo dejamos para otro día, rehuyendo toda posibilidad incluso de aceptación.

No todos pensamos de esa manera, pero una inmensa mayoría de la gente que vive a nuestro lado se encuentra en esa situación. Y nosotros ¿hasta donde llegamos en estos pensamientos? Tendríamos quizás que preguntarnos. ¿Hasta donde llega nuestra fe y nuestra esperanza en la vida eterna?

Hoy nos está diciendo Jesús en el evangelio algo en este sentido, que a los judíos les costaba mucho aceptar en labios de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre’. Y ya vemos el rechazo de los judíos a las palabras de Jesús. Jesús habla de no ver la muerte para siempre. No es la primera vez que Jesús habla de ello, en el evangelio encontraremos muchos momentos en que Jesús nos habla de vida eterna, de resurrección en el último día, pero también de que teniendo fe en Él tendremos vida, como les habla por ejemplo a las hermanas de Lázaro cuando la muerte de su hermano.

Jesús le preguntaba a las hermanas después de lo que les estaba diciendo, ‘¿y tú crees en esto?’ que es lo que nos está preguntando Jesús ahora a nosotros. Como decíamos antes ¿hasta dónde llega nuestra fe y nuestra esperanza en la vida eterna? Jesús nos está diciendo hoy que guardemos su palabra, o sea, que pongamos toda nuestra fe en Él. Y es que el sentido más hondo de la vida y de la muerte no lo podemos encontrar sino desde la fe; la esperanza de la vida eterna no la podemos encontrar sino desde la fe.

Porque creemos en Jesús, porque contemplamos a Jesús, porque queremos vivir su muerte y su resurrección, sentimos que ese es nuestro camino. La muerte no se convierte para nosotros en un destino fatal, un terminarse todo sin poder ir más allá; es que somos más que un cuerpo que un día termina su función, nuestro ser tiene una grandeza mayor, no somos seres solo corporales sino también espirituales que conforman la unidad de la persona que somos. Y entonces estamos llamados a la resurrección, a un vivir para siempre en Dios desde esa fe que en Él ponemos. ‘Quien cree en mí vivirá para siempre’, como decía Jesús a las hermanas de Betania.

Y eso va a dar un sentido nuevo a nuestra vida, porque caminar sin futuro se tendría que convertir en algo triste; no es solo disfrutar del momento presente sino dándole una trascendencia a nuestra vida. No nos podemos quedar en un comamos y bebamos que mañana moriremos porque estará vacía nuestra vida. Es el valor de lo que hacemos y de lo que vivimos, es esa ansia honda que todos llevamos dentro de ir más allá, de buscar algo nuevo y mejor, de crecer no solo porque crece el cuerpo sino porque vamos creciendo por dentro en nuestra más honda personalidad, es la esperanza de plenitud que en Dios y solo en Dios vamos a encontrar.

No podemos ir como ciegos por el camino de la vida simplemente dejándonos llevar, dejándonos arrastrar, es encontrar esa luz que la fe nos va a dar, es encontrar ese sentido hondo a nuestra vida que no queremos vivir de una forma vacía. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús y por su Palabra, que siempre será para nosotros Palabra de vida eterna.


miércoles, 18 de marzo de 2026

Jesús no deja de ofrecernos su mensaje de vida, de resurrección, de salvación para transformar nuestro mundo haciendo crecer una nueva humanidad

 


Jesús no deja de ofrecernos su mensaje de vida, de resurrección, de salvación para transformar nuestro mundo haciendo crecer una nueva humanidad

Isaías 49,8-15; Salmo 144; Juan 5, 17-30

Estoy muerto de cansancio habremos dicho o escuchado alguna vez cuando nos sentimos agobiados por los trabajos, por los malos momentos que podamos pasar, por las dificultades que nos vamos encontrando en el camino de la vida, cuando nos invade el desaliento porque quizás no conseguimos aquello que mucho anhelamos; pero hablar de muerte o de vida, hablar de luz o de tinieblas, hablar de noches oscuras o de días luminosos es algo más que unas imágenes bonitas que puedan darle un sentido poético a nuestras palabras. Es hablar de unas realidades de la vida como es hablar también de lo que Jesús nos ofrece con la Buena Noticia del Evangelio.

Hoy nos hablaba el profeta de una invitación a ir a la luz, como también de salir de una situación de opresión y falta de libertad para ir a la vida. ‘En tiempo de gracia te he respondido, en día propicio te he auxiliado… para decir a los cautivos: Salid, a los que están en tinieblas: Venid a la luz…’

¿No es lo que realmente necesitamos? Ya no son solo los agobios que antes mencionábamos por los trabajos o las situaciones malas por las que estemos pasando, es la falta de esperanza de la que estamos rodeados y de la que también nos contagiamos, es ese mundo sin rumbo en el que a veces nos encontramos porque todo nos parece confuso, por esa sinrazón por la que nos matamos los unos a los otros, y pensamos en un mundo de violencia que nos envuelve, nos llama la atención y nos preocupa la misma situación de un mundo en guerras que no sabemos a donde vamos a parar, pero que no son solo esos cañones o no sé qué armas se usan que causan tanta destrucción sino que eso lo sentimos en la acritud con que nos tratamos, la violencia en las palabras y los gestos en todos los foros de la sociedad, esa deshumanización a la que estamos llegando aunque hablemos de mucho progreso y no sé cuántas cosas más pero en la que seguimos creando abismos entre unos y otros. ¿No es eso un mundo de muerte? ¿No es eso una oscuridad que nos está envolviendo?

‘Venid a la luz’, nos dice el Señor por medio del profeta y nos promete un mundo nuevo; bellas son las imágenes de unos campos que florecen con nuevos frutos; y nos habla de una nueva libertad porque en verdad aprenderemos a respetarnos y a tratarnos bien, a sentirnos más cercanos y más humanos. ¿No es ese el camino que intentamos restaurar en nuestras vidas mientras vamos haciendo este recorrido cuaresmal que nos prepara a la Pascua?

Vamos a celebrar la Pascua, vamos a celebrar cómo renace la vida a pesar de tanta muerte que nos ha ido envolviendo. No es simplemente, como decíamos al principio, una imagen poética, sino algo que tenemos que hacer realidad en nosotros. Algo nuevo tenemos que comenzar a vivir.

Y vivimos con esa esperanza porque ponemos toda nuestra fe en Jesús, en el evangelio que nos proclama, en la buena noticia del Reino de Dios. ‘En verdad, en verdad os digo, nos dice hoy Jesús en el evangelio, quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’.

El texto del evangelio ahora ya en este final de la Cuaresma nos irá presentando aquella controversia de los judíos con Jesús que no querían aceptar sus palabras y no querían reconocer el mensaje de salvación que Jesús venía a ofrecernos.

Pero Jesús no deja de ofrecernos su mensaje de vida, de resurrección, de salvación. Solamente tenemos que escuchar a Jesús, escuchar su Palabra, poner toda nuestra fe en Él. Si escuchamos y ponemos de nuestra parte todo lo posible por vivir ese sentido de vida que Jesús nos ofrece iremos en verdad transformando nuestro mundo, porque necesariamente tenemos que trabajar más por la paz, buscar el entendimiento entre todos, desprendernos de tantas vanidades que nos hacen orgullosos y crean distanciamientos.

No olvidemos que tenemos que ser levadura, y de la buena, en medio de nuestro mundo, y aunque nos pueda parecer insignificante lo que hacemos en medio de la magnitud de maldad que nos rodea, esa levadura tiene la capacidad de hacer fermentar la masa, hará germinar la buena semilla y un día podremos ir recogiendo los frutos de un mundo mejor. Pero, repito, no nos podemos cruzar de brazos, tenemos que comprometernos y comprometernos de verdad. 

No seremos ya los que nos sintamos muertos por nuestros cansancios porque hemos revitalizado nuestra vida en el evangelio de Jesús.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Una subida a Jerusalén, un camino de pascua que nosotros hemos de hacer desde nuestra vida concreta

 


Una subida a Jerusalén, un camino de pascua que nosotros hemos de hacer desde nuestra vida concreta

Jeremías 18, 18-20; Salmo 30; Mateo 20, 17-28

‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…’ les dice Jesús a sus discípulos. tiene importancia esta subida, no es un viaje más, en otros momentos veremos a Jesús subir también a Jerusalén; de todas maneras la vida de Jesús con sus discípulos era itinerante, ya nos dicen los evangelista cómo iba recorriendo las distintas aldeas y pueblos de Galilea, lo veremos incluso en los confines de la tierra de los judíos cuando lo de la mujer cananea o cuando nos dicen que está en Cesarea de Filipo que era una ciudad muy al norte prácticamente en los nacientes del Jordán, o le veremos cruzar el lago para ir a la otra orilla, tierra de los gerasenos que ya no eran realmente israelitas.

Ahora van subiendo de nuevo a Jerusalén, no es una subida más a la pascua, sino que es la subida a la Pascua definitiva; de alguna manera entienden que algo va a suceder dado la premura con que Jesús hace el camino. Es lo que ahora les anuncia, su Pascua, ‘el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará’.

¿Entenderían los discípulos lo que Jesús les está diciendo? En varias ocasiones les ha hecho este anuncio y siempre se quedaban dándole vueltas al asunto; en una ocasión Pedro se enfrentará a Jesús diciéndole que eso no le puede pasar; está hablando el amor que siente por Jesús, aunque cuando llegue la hora de la verdad ya sabemos cómo reaccionará. Por sus mentes pasan todos sus deseos y ambiciones, la idean que se habían hecho de lo que sería el Mesías, los sueños que tenían para sus vidas; tantas veces habían discutido sobre quien iba a ser el primero.

Ahora se adelantan los hermanos Zebedeos con su madre, quizás por aquello de que eran parientes; siempre andamos buscando afinidades para medrar, para conseguir algún beneficio, para adelantarnos a los demás porque nos creemos quizás con derechos; las influencias que todo quieren manipularlo, como nos sigue sucediendo, porque esas son las leyes por las que quiere regirse nuestra sociedad que aunque no sean leyes escritas sin embargo las llevamos muy impresas en nuestros sueños y en nuestros corazones. Queremos ser del grupo de aquellos que están cercanos al poder, a ver si cae algo, que tantas veces pensamos.

Cuando meditamos este evangelio nos choca esta reacción de los Zebedeos apoyados en su madre precisamente después de haber escuchado las palabras de Jesús. No siempre damos la verdadera importancia a las palabras que escuchamos sobre todo cuando tenemos muchos sueños en nuestra mente, nos pueden parecer palabras solemnes y bonitas dichas para la ocasión pero no sabemos o no queremos aterrizar con ellas.

Nos sigue pasando hoy cuando ahora mismo estamos escuchando este anuncio de Jesús de la subida a Jerusalén, y la estamos escuchando precisamente en este camino cuaresmal que estamos haciendo, porque nosotros seguimos pensando en la semana santa de la misma manera que la hemos celebrado siempre y la hemos edulcorado tanto que le hemos hecho perder el sentido y el sabor de la pascua. Es muerte y resurrección pero no como unas bonitas imágenes muy envueltas en ricos y lujosos ropajes a pesar de que queramos representar la pasión de Jesús, que nos olvidamos de la pasión que nosotros hemos de vivir, de la muerte en la que nos hemos de sumergir para que en verdad haya resurrección a nueva vida y entonces haya verdadera pascua.

¿No tendríamos que despojarnos de muchas cosas, de muchos ropajes, de muchas ideas preconcebidas para sumergirnos de verdad en la muerte de Jesús? ¿No tendríamos que comenzar a contemplar esa pasión que hay en nuestra vida en tanto que nos hace sufrir, en desgarros que se producen en nuestro espíritu en los problemas con los que cada día nos vamos encontrando, en esas situaciones tan complejas en las que nos vemos envueltos quizás por nuestros errores, quizás por las incomprensiones que encontramos a nuestro alrededor, o en los desaires que sufrimos tantas veces?

Es el camino de la pascua que hemos de recorrer en lo concreto de nuestra vida. Es la invitación que hoy nos hace la palabra del Señor en esta nuestra subida a Jerusalén de nuestra pascua.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste abriéndonos a una órbita de vida eterna

 


Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste abriéndonos a una órbita de vida eterna

1 Macabeos 6,1-13; Salmo 9; Lucas 20,27-40

Vivimos apegados a la vida, a lo que ahora hacemos y de lo que ahora disfrutamos, pero algunas veces más parece que a lo que estamos apegados es a las cosas, y queremos tenerlas para siempre, no queremos desprendernos de lo que conocemos y disfrutamos y nos parece único, queremos que dure para siempre y cuando nos imaginamos un futuro parece como si solo quisiéramos vivir en lo que ahora tenemos, en lo que ahora poseemos, de lo que ahora disfrutamos; y o imaginamos que ese futuro será disfrutar con mayor intensidad de lo que ahora disfrutamos, o tenemos miedo ante lo que nos parece incierto de ese futuro; negamos la trascendencia que pueda tener nuestra vida por lo desconocido que se nos presenta; tenemos miedo al momento en que todo lo que ahora tenemos se acabe porque nos puede parecer que vamos a caer en un vacío, lo que haría o que la vida no tiene sentido, o lo otro que muchos piensan disfrutemos y gocemos de lo que ahora tenemos porque para allá no nos vamos a llevar nada.

No quiero crear dudas ni incertidumbres con estas palabras que me han ido surgiendo, pero que puede ser un poco lo que a todos en un momento o en otro se nos ha pasado por la cabeza; lo que nos hace dudar, lo que nos puede llevar a perder un sentido superior de la vida, un sentido y una visión más espiritual y más sobrenatural. ¿Lo tendremos realmente claro? ¿En el fondo no vivimos muchas veces como ateos porque aunque decimos que creemos en Dios sin embargo hay cosas que no terminamos de aceptar, no terminan de iluminar realmente nuestra vida? ¿No lo estamos expresando con el pesimismo y con el materialismo con que vivimos muchas veces la vida?

Hoy en el evangelio se nos habla de los saduceos y de las preguntas y cuestionamientos que le hacían a Jesús. Ya de entrada para que comprendamos el sentido de sus cuestiones el propio evangelista nos recuerda que los fariseos no creían en la resurrección. No creen pero se lo cuestionan en su interior, como se manifiesta en que vayan a plantear esas cuestiones a Jesús. ¿De verdad, de verdad tenemos nosotros una fe clara en la resurrección, tal como confesamos cuando proclamamos el credo de nuestra fe? ¿No estaremos nosotros imaginando una vida futura pero según los mismos parámetros con que vivimos ahora la vida, con las mismas cosas?

Es lo que viene a aclararles Jesús. No podemos pensar en la vida futura con casamientos y matrimonios, les viene a decir Jesús desde las cuestiones de la ley del Levítico de la que le hablan los saduceos. La plenitud en Dios es algo muy distinto a la plenitud de nuestros goces y felicidades temporales que vivimos en el aquí y ahora de nuestro caminar sobre la tierra. No podemos entrar en la onda de la imaginación para ponernos a pensar en lo que es esa vida futura, esa vida eterna, esa vida de resurrección de la que nos habla Jesús.

¿Lo que disfrutamos en el ahora de nuestra vida se queda solo en lo material o en lo corporal? Pensemos como tantas veces hemos sido felices y no por la posesión o disfrute de cosas materiales. Hay una elevación de nuestro espíritu que nos lleva, por ejemplo, a disfrutar de la belleza, pero no solo como un concepto material que veamos reflejada en cosas, sino como una sensibilidad de nuestro espíritu ante lo bueno, ante el amor, en el disfrute de la paz cuando la sentimos desde lo más hondo de nosotros mismos, lo que es una verdadera amistad y un verdadero amor no por unos intereses o cosas que vayamos a conseguir sino por esa comunión que une nuestros espíritus haciéndonos sentir algo nuevo y sublime; hay algo más hondo y más sublime  que eleva nuestro espíritu. ¿Y si todo eso lo tenemos en plenitud en Dios?

Son pensamientos que tenemos que madurar dentro de nosotros mismos, es algo espiritual que nos eleva y nos hace llenarnos de Dios, son cosas que tenemos que saber rumiar en el silencio del corazón, es algo que nos va a hacer trascender nuestra vida para no quedarnos en el ahora y como ahora lo vivimos sino que nos lleva a sentir una nueva plenitud para nuestra vida, que nos hace entrar en esa órbita de vida eterna que Jesús nos ofrece. Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste. Nos abriremos a una felicidad mayor que llamamos vida eterna.

domingo, 2 de noviembre de 2025

Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

 


Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Salmo 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Hoy es un día de recuerdos, de nostalgias, de memorias agradecidas, para algunos un día envuelto en la tristeza, otros sin embargo levantando la mirada hacia lo alto y con el brillo que da la esperanza en sus ojos, recordamos a los que con nosotros han sido, han hecho camino, a quienes le debemos la vida y lo que somos, a quienes nos unían fuertes lazos en el amor, de quienes mucho recibimos, o que pasaron quizás casi inadvertidos a nuestro lado pero alguna huella, algún perfume nos dejaron que ahora recordamos; un día para algunos como una loza pesada que cae sobre ellos, pero un día agradecido para otros porque siguen envueltos en ese suave perfume que dejaron en sus vidas.

Distintos planteamientos y diversas maneras de enfrentar la situación. Emoción en los recuerdos que hará brotar alguna lágrima furtiva, una flor que quiere ser ofrenda de amor en el recuerdo y quizás también acción de gracias por lo recibido de quienes ahora ya no están con nosotros, connivencias sociales a las que nos sometemos desde unas tradiciones y una cultura, angustia para otros ante lo inevitable de la muerte y lo doloroso de la separación que es como arrancarnos parte del alma, interrogantes que se plantean en lo hondo de nosotros mismos invitándonos a una reflexión sosegada sobre el sentido de la vida, desesperación para quien no le encuentra ningún sentido, pero apertura a la trascendencia de la vida para los que tenemos una fe y una esperanza.

Hoy es en cierto modo una conmemoración universal en el recuerdo de los difuntos pero a la que los cristianos queremos darle un sentido y valor muy especial. Nos pueden surgir todos esos planteamientos y maneras de enfrentar el hecho de la muerte, pero si en verdad somos creyentes y seguimos los pasos de Jesús todo ha de tener un sentido muy especial y muy lleno también de esperanza. Es la realidad de la vida que tiene sus pasos contados, aunque ninguno sabe cuántos son los pasos que ha de recorrer por lo incierto de la hora de la muerte.

Nuestra fe en Jesús nos enseña cómo la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque seamos muy humanos y muy limitados, a eternidad. Quien se siente amado de Dios – y eso es algo fundamental de nuestra fe – se siente lleno de esa vida de Dios que entonces no tiene por qué acabarse en una tumba. Caminamos con ese deseo de vida sin fin, de vida en Dios y en esa esperanza le vamos dando trascendencia de eternidad a cuanto somos y a cuanto vivimos, porque en Dios todo ese amor alcanzará su plenitud total.

Por eso pensamos en vida eterna y en resurrección. Pero miramos y escuchamos a Jesús, revelación de Dios, Palabra eterna de Dios, que nos revela el misterio de Dios amor, pero que nos revela el misterio y la grandeza del ser humano. Y como nos enseña en el evangelio quien pone su fe en Él vivirá para siempre. Cuántas veces hemos escuchado esas palabras de Jesús a aquellas hermanas que lloraban la muerte de su hermano Lázaro. ‘Quien cree en mí tendrá vida para siempre’, nos viene a decir Jesús.

Por eso desde nuestro bautismo estamos viviendo ese misterio de muerte y resurrección pues queremos morir en Cristo para en Cristo vivir para siempre, como tan bien nos enseña el apóstol san Pablo en sus cartas. Es cierto que no siempre sabemos morir en Cristo, porque más bien muchas veces damos muerte a la vida con el pecado; pero confiamos en la misericordia de Dios y sentimos cómo Jesús desde su Cruz está tendiéndonos la mano para decirnos ‘levántate y anda’, cómo Jesús desde la cruz nos está enseñando en sentido de vida que solo alcanza plenitud en la entrega del amor. A Jesús no solo lo contemplamos muerto en la cruz, sino que lo sentimos resucitado, porque el amor de Dios permanece para siempre y si morimos con Cristo también resucitaremos con Él.

Es el sentido del camino de nuestra vida, que no nos hace temer la muerte, porque sabemos que estamos llamados a la vida para siempre. Sabemos que en ese juicio final no nos vamos a encontrar con un Dios justiciero sino con un Dios que es Padre y es amor; y por aquellas señales, aunque algunas veces fueran débiles, que dimos de amor en nuestra vida mientras caminamos en este mundo, nos va a decir ‘venid, benditos de mi Padre, porque estuve hambriento y me diste de comer, estuve sediento y me diste de ver, estuve enfermo, solo, o en la cárcel y viniste a estar conmigo’, en aquellos detalles de amor que realizamos – algo de eso habremos hecho alguna vez - a lo largo de la vida. Es nuestra esperanza y lo que nos hace confiar.

Es la esperanza llena de confianza con que hoy recordamos a todos los difuntos y que anima nuestra oración por ellos en este día de manera especial. Aunque surjan lágrimas en nuestros recuerdos o nostalgias tiene que brillar en este día la luz de la esperanza en nuestros ojos. No caben ya angustias, recorramos las huellas que nos dejaron, perfumemos nuestra vida con esos valores que nos transmitieron, sigamos sintiendo el calor de su amor en nuestros corazones, pero que todo esto nos impulse a que le demos ese sentido y valor de esperanza a cuanto hacemos en el camino de la vida.