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miércoles, 3 de junio de 2026

Despertemos nuestra fe y nuestra esperanza para darle verdadera trascendencia de eternidad a nuestra vida y a cuanto amamos

 


Despertemos nuestra fe y nuestra esperanza para darle verdadera trascendencia de eternidad a nuestra vida y a cuanto amamos

2Timoteo 1, 1-3. 6-12; Salmo 122; Marcos 12, 18-27

Algunas veces nos sentimos como aturdidos en el camino de la vida por lo compleja que se nos presenta teniendo que responder a situaciones tan diversas con la problemática que se vive en el mundo de hoy; necesitamos una serenidad interior que solo puede surgir desde una madurez que vayamos consiguiendo en la vida pero también de los valores hondos sobre los que la cimentamos; nos sentimos tentados a la superficialidad en esa prisa y en esa carrera de la vida donde nos vemos obligados quizás a hacer tantas cosas, pero solo desde esa serenidad de nuestro espíritu podremos ir dando respuestas, nos sentiremos fuertes para afrontar todos los problemas que se nos presentan y podremos encontrar la sabiduría que nos haga saborear el verdadero sentido de la vida.

Tenemos que cultivar nuestro espíritu, tenemos que ahondar en esos valores espirituales, hemos de saber darle una trascendencia a lo que hacemos, no solo por la repercusión inmediata que puede tener a continuación, sino porque elevamos nuestro espíritu y queremos ver un más allá que solo desde la fe podemos descubrir. Nuestra vida no es solo lo que ahora hagamos o de lo que aquí disfrutemos; se quedan cortos quienes hablan de que disfrutemos el ahora porque la vida son cuatro días y pronto todo se acaba y como dicen algunos de aquí nada nos llevamos; hay una falta de perspectiva, una visión de futuro que va más allá del mañana; es cierto que nada material nos llevamos pero lo que ha enriquecido nuestro espíritu eso sí tiene una trascendencia con valor de eternidad.

Hay algo que repetimos en el credo de nuestra fe pero que se nos puede quedar en eso, en repetir sin saborear todo su sentido. Cuando decimos que creemos en la resurrección y en la vida del mundo futuro. De eso muchas veces no queremos ni pensar; cuando ronda la muerte en nuestra cercanía, porque afecta a personas queridas, familiares o personas cercanas, un poco pensamos en ello pero sin querer profundizar demasiado. Si pensáramos más en ello otro sentido le daríamos a nuestra vida, otros valores más estables buscaríamos para nuestro vivir, la angustia de la muerte no nos tendría que afectar.

Hoy en el evangelio se hace mención a los saduceos que fueron a hacer algunos planteamientos a Jesús en plan casuístico, porque ya nos recuerda el evangelista que los saduceos no creen en la resurrección de los muertos. Y yo me quedo pensando si de alguna manera en la práctica de nuestra vida en ese sentido nosotros seremos también saduceos. ¿Creemos en verdad en lo que decimos en el Credo cuando hablamos de la resurrección y en la vida futura?

Creo que tendría que hacernos pensar porque de lo contrario toda nuestra esperanza se nos viene por tierra y en consecuencia todo el sentido de nuestra vida cristiana. No podemos andar con imaginaciones, como hacían los saduceos cuando le hacían aquellos cuestionamientos a Jesús. No podemos, es cierto, pensar en la resurrección en otra vida pero que todo se va a parecer a lo que ahora vivimos. Es cierto que cuando Jesús nos habla de ello emplea un lenguaje humano y habla de que nos va a preparar unas estancias para nosotros; pero son lenguajes humanos que quieren decirnos mucho más.

Esa vida en Dios tiene otro sentido y otra plenitud, que muchas veces humanamente nos es difícil de llegar a comprender. Hoy nos está diciendo Jesús que en la otra vida los hombres y mujeres no se casan como en esta vida, y nos habla de una vida espiritual, ‘son como Ángeles’, nos dice, porque la plenitud no está en nosotros mismos sino en Dios en quien vamos a vivir. Como nos recuerda Jesús no es un Dios de muertos, sino de vivos, un Dios de vida, que nos concede a nosotros vida en plenitud.

‘Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, nos dice Jesús en la alegoría del juicio final. Despertemos, pues, nuestra fe y nuestra esperanza, démosle profundidad a nuestra vida, salgamos de la superficialidad de lo material.

jueves, 26 de marzo de 2026

Ansias de resurrección y de vida eterna que dan un sentido de plenitud a nuestra fe cuando guardamos y creemos en la Palabra de Jesús

 


Ansias de resurrección y de vida eterna que dan un sentido de plenitud a nuestra fe cuando guardamos y creemos en la Palabra de Jesús

Génesis 17, 3-9; Salmo 104;  Juan 8, 51-59

Hay palabras, conceptos, ideas que nos cuesta encontrar su verdadero sentido, cosas de las que rehusamos pensar en ellas y de las que casi  no queremos hablar, porque quizás nos traen recuerdos que nos entristecen y nos ensombrecen el alma, nos llenan de temores y tras las cuales algunas veces parece que nos encontramos con un sin sentido, pensamientos que nos cuesta asimilar y en la vida tan materializada que vivimos parece que no nos caben en la cabeza. No  nos gusta hablar de la muerte, cuando tenemos que enfrentarnos a ella como que nos rebelamos y hasta nos puede parecer todo un absurdo; y si hablamos de otra vida, queremos pensar en resurrección y en vida eterna nos quedamos atascados, parece como que vivimos sin pensar en ello, y algo así como los atenienses cuando Pablo les hablaba de la resurrección decimos que eso mejor lo dejamos para otro día, rehuyendo toda posibilidad incluso de aceptación.

No todos pensamos de esa manera, pero una inmensa mayoría de la gente que vive a nuestro lado se encuentra en esa situación. Y nosotros ¿hasta donde llegamos en estos pensamientos? Tendríamos quizás que preguntarnos. ¿Hasta donde llega nuestra fe y nuestra esperanza en la vida eterna?

Hoy nos está diciendo Jesús en el evangelio algo en este sentido, que a los judíos les costaba mucho aceptar en labios de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre’. Y ya vemos el rechazo de los judíos a las palabras de Jesús. Jesús habla de no ver la muerte para siempre. No es la primera vez que Jesús habla de ello, en el evangelio encontraremos muchos momentos en que Jesús nos habla de vida eterna, de resurrección en el último día, pero también de que teniendo fe en Él tendremos vida, como les habla por ejemplo a las hermanas de Lázaro cuando la muerte de su hermano.

Jesús le preguntaba a las hermanas después de lo que les estaba diciendo, ‘¿y tú crees en esto?’ que es lo que nos está preguntando Jesús ahora a nosotros. Como decíamos antes ¿hasta dónde llega nuestra fe y nuestra esperanza en la vida eterna? Jesús nos está diciendo hoy que guardemos su palabra, o sea, que pongamos toda nuestra fe en Él. Y es que el sentido más hondo de la vida y de la muerte no lo podemos encontrar sino desde la fe; la esperanza de la vida eterna no la podemos encontrar sino desde la fe.

Porque creemos en Jesús, porque contemplamos a Jesús, porque queremos vivir su muerte y su resurrección, sentimos que ese es nuestro camino. La muerte no se convierte para nosotros en un destino fatal, un terminarse todo sin poder ir más allá; es que somos más que un cuerpo que un día termina su función, nuestro ser tiene una grandeza mayor, no somos seres solo corporales sino también espirituales que conforman la unidad de la persona que somos. Y entonces estamos llamados a la resurrección, a un vivir para siempre en Dios desde esa fe que en Él ponemos. ‘Quien cree en mí vivirá para siempre’, como decía Jesús a las hermanas de Betania.

Y eso va a dar un sentido nuevo a nuestra vida, porque caminar sin futuro se tendría que convertir en algo triste; no es solo disfrutar del momento presente sino dándole una trascendencia a nuestra vida. No nos podemos quedar en un comamos y bebamos que mañana moriremos porque estará vacía nuestra vida. Es el valor de lo que hacemos y de lo que vivimos, es esa ansia honda que todos llevamos dentro de ir más allá, de buscar algo nuevo y mejor, de crecer no solo porque crece el cuerpo sino porque vamos creciendo por dentro en nuestra más honda personalidad, es la esperanza de plenitud que en Dios y solo en Dios vamos a encontrar.

No podemos ir como ciegos por el camino de la vida simplemente dejándonos llevar, dejándonos arrastrar, es encontrar esa luz que la fe nos va a dar, es encontrar ese sentido hondo a nuestra vida que no queremos vivir de una forma vacía. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús y por su Palabra, que siempre será para nosotros Palabra de vida eterna.


domingo, 2 de noviembre de 2025

Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

 


Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Salmo 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Hoy es un día de recuerdos, de nostalgias, de memorias agradecidas, para algunos un día envuelto en la tristeza, otros sin embargo levantando la mirada hacia lo alto y con el brillo que da la esperanza en sus ojos, recordamos a los que con nosotros han sido, han hecho camino, a quienes le debemos la vida y lo que somos, a quienes nos unían fuertes lazos en el amor, de quienes mucho recibimos, o que pasaron quizás casi inadvertidos a nuestro lado pero alguna huella, algún perfume nos dejaron que ahora recordamos; un día para algunos como una loza pesada que cae sobre ellos, pero un día agradecido para otros porque siguen envueltos en ese suave perfume que dejaron en sus vidas.

Distintos planteamientos y diversas maneras de enfrentar la situación. Emoción en los recuerdos que hará brotar alguna lágrima furtiva, una flor que quiere ser ofrenda de amor en el recuerdo y quizás también acción de gracias por lo recibido de quienes ahora ya no están con nosotros, connivencias sociales a las que nos sometemos desde unas tradiciones y una cultura, angustia para otros ante lo inevitable de la muerte y lo doloroso de la separación que es como arrancarnos parte del alma, interrogantes que se plantean en lo hondo de nosotros mismos invitándonos a una reflexión sosegada sobre el sentido de la vida, desesperación para quien no le encuentra ningún sentido, pero apertura a la trascendencia de la vida para los que tenemos una fe y una esperanza.

Hoy es en cierto modo una conmemoración universal en el recuerdo de los difuntos pero a la que los cristianos queremos darle un sentido y valor muy especial. Nos pueden surgir todos esos planteamientos y maneras de enfrentar el hecho de la muerte, pero si en verdad somos creyentes y seguimos los pasos de Jesús todo ha de tener un sentido muy especial y muy lleno también de esperanza. Es la realidad de la vida que tiene sus pasos contados, aunque ninguno sabe cuántos son los pasos que ha de recorrer por lo incierto de la hora de la muerte.

Nuestra fe en Jesús nos enseña cómo la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque seamos muy humanos y muy limitados, a eternidad. Quien se siente amado de Dios – y eso es algo fundamental de nuestra fe – se siente lleno de esa vida de Dios que entonces no tiene por qué acabarse en una tumba. Caminamos con ese deseo de vida sin fin, de vida en Dios y en esa esperanza le vamos dando trascendencia de eternidad a cuanto somos y a cuanto vivimos, porque en Dios todo ese amor alcanzará su plenitud total.

Por eso pensamos en vida eterna y en resurrección. Pero miramos y escuchamos a Jesús, revelación de Dios, Palabra eterna de Dios, que nos revela el misterio de Dios amor, pero que nos revela el misterio y la grandeza del ser humano. Y como nos enseña en el evangelio quien pone su fe en Él vivirá para siempre. Cuántas veces hemos escuchado esas palabras de Jesús a aquellas hermanas que lloraban la muerte de su hermano Lázaro. ‘Quien cree en mí tendrá vida para siempre’, nos viene a decir Jesús.

Por eso desde nuestro bautismo estamos viviendo ese misterio de muerte y resurrección pues queremos morir en Cristo para en Cristo vivir para siempre, como tan bien nos enseña el apóstol san Pablo en sus cartas. Es cierto que no siempre sabemos morir en Cristo, porque más bien muchas veces damos muerte a la vida con el pecado; pero confiamos en la misericordia de Dios y sentimos cómo Jesús desde su Cruz está tendiéndonos la mano para decirnos ‘levántate y anda’, cómo Jesús desde la cruz nos está enseñando en sentido de vida que solo alcanza plenitud en la entrega del amor. A Jesús no solo lo contemplamos muerto en la cruz, sino que lo sentimos resucitado, porque el amor de Dios permanece para siempre y si morimos con Cristo también resucitaremos con Él.

Es el sentido del camino de nuestra vida, que no nos hace temer la muerte, porque sabemos que estamos llamados a la vida para siempre. Sabemos que en ese juicio final no nos vamos a encontrar con un Dios justiciero sino con un Dios que es Padre y es amor; y por aquellas señales, aunque algunas veces fueran débiles, que dimos de amor en nuestra vida mientras caminamos en este mundo, nos va a decir ‘venid, benditos de mi Padre, porque estuve hambriento y me diste de comer, estuve sediento y me diste de ver, estuve enfermo, solo, o en la cárcel y viniste a estar conmigo’, en aquellos detalles de amor que realizamos – algo de eso habremos hecho alguna vez - a lo largo de la vida. Es nuestra esperanza y lo que nos hace confiar.

Es la esperanza llena de confianza con que hoy recordamos a todos los difuntos y que anima nuestra oración por ellos en este día de manera especial. Aunque surjan lágrimas en nuestros recuerdos o nostalgias tiene que brillar en este día la luz de la esperanza en nuestros ojos. No caben ya angustias, recorramos las huellas que nos dejaron, perfumemos nuestra vida con esos valores que nos transmitieron, sigamos sintiendo el calor de su amor en nuestros corazones, pero que todo esto nos impulse a que le demos ese sentido y valor de esperanza a cuanto hacemos en el camino de la vida.


martes, 25 de marzo de 2025

Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 


Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Hay momentos que son decisivos en la vida, decisivos en nuestra vida personal o decisivos en el curso de la historia. A ojos profanos, a ojos ajenos a lo que puede ser la vida de esa persona, ajenos quizás incluso ante la historia porque les puede parecer que a ellos no les afecta pueden parecen insignificantes y hasta pasar desapercibidos. Pero eso no merma la importancia y trascendencia del momento. Ojalá no perdamos la sensibilidad. Tras esos momentos puede estar la construcción de la vida de esa persona, de ello pueden o van a depender muchas cosas o su vida misma, o en la trascendencia de la historia puede ser principio de un mundo nuevo.

Lo acontecido aquel día en Nazaret pasó totalmente desapercibido en aquel pueblo perdido en lo profundo de Galilea y que nunca había aparecido su hombre en la historia de Israel pero que le haría entrar en la historia para ser conocido por todos. El misterio de Dios revelado a aquella joven en aquellos momentos era desconocido por todos pero como el bien y el amor no se pueden ocultar pronto comenzaría a brillar en algunos corazones abiertos a la sintonía de Dios. Fue un momento de revelación, fue el momento en que Dios quiso hacerse más presente en la historia de los hombres y para ser Emmanuel, verdadero Dios entre nosotros, quiso encarnarse en el seno de una Virgen.

Un momento trascendental en la historia de la salvación, en la historia de amor de Dios para la humanidad. Fue el momento sublime en que Dios envía su ángel para contar con los hombres en su entrada en este mundo encarnándose y haciéndose hombre. Dios quiso contar con María que es querer contar con la humanidad; Dios se hizo presente en María de manera que sería para siempre la agraciada del Señor, la llena de gracia, porque quería hacer patente que la humanidad toda era la agraciada del Señor, a toda la humanidad quería inundar también de su gracia que es lo mismo que inundarla de su amor.

Es lo que hoy estamos celebrando, el misterio de la Encarnación de Dios. Dentro de nueve meses veremos nacer en Niño que sabemos que es el Hijo de Dios, el Hijo del Altísimo como ahora se le anuncia a la que va a ser la Madre de Dios. Dentro de nueve meses haremos fiesta que envolverá a todo el mundo con los sones de alegría de la Navidad, pero este momento trascendental de la Encarnación que hoy estamos celebrando está pasando demasiado desapercibido.

Es una lástima que la mayoría de los cristianos no sepan lo que hoy celebramos o tendríamos que celebrar, ese momento importante, trascendental en nuestra fe, en la historia de la salvación y en consecuencia en la historia de la humanidad, como lo es el momento de la Encarnación de Dios en el seno de María, en el corazón de la humanidad.

En María nos sentimos representados porque en el corazón de María está centrada toda la humanidad en la mirada de Dios cuando ha querido venir a encarnarse entre nosotros. Por eso de María tenemos que aprender para esa acogida del misterio de Dios que tenemos que realizar en nosotros; de María aprendamos a sintonizar con Dios como ella supo escuchar las palabras del ángel, que aunque se sentía turbada ante la grandeza del misterio que se le revelaba ella no se echó atrás, ella se dejó conducir por el Espíritu divino para manteniendo viva su humildad ser capaz de entregar todo su amor, disponible estaba su cuerpo para que Dios tomara su carne y disponible estaba su espíritu porque solamente se sentía la humilde esclava del Señor para que ella se cumpliera la palabra del ángel, para que en ella se realizar la voluntad del Señor.

De María aprendamos a decir con esa generosidad de su espíritu ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’, como rezamos en el padrenuestro. Lo decimos fácilmente como palabras repetidas de memoria, pero torpemente lo realizamos porque no siempre tenemos esa humildad y esa disponibilidad en nosotros. Es mucho lo que queremos decir con esas palabras pero tenemos que hacerlo de manera consciente para saber anteponer siempre lo que es la voluntad de Dios a lo que puedan ser nuestros deseos aunque nos parezcan buenos. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, decía Jesús entre sudores de sangre en Getsemaní, porque sí era consciente lo que significaba la voluntad de Dios. Aprendamos nosotros a hacerlo con la sencillez de María, con la humildad de María, con la disponibilidad de María.

Celebremos con gran sentido este momento grandioso de este día. Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad, quiso hacer de nosotros también unos seres llenos de gracia, inundados del amor de Dios.

viernes, 21 de febrero de 2025

En el nombre de Jesús desde esa fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu echaremos nuestras redes en ese inmenso mar del mundo en el que vivimos

 


En el nombre de Jesús desde esa fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu echaremos nuestras redes en ese inmenso mar del mundo en el que vivimos

Génesis 11, 1-9; Salmo 32; Marcos 8, 34 – 9, 1

Todos queremos ganar, nadie quiere perder; y hablamos de ganar y pensamos en poseer más, más cosas, más posesiones, más riquezas, más poder, más prestigio, más influencias, no nos queremos quedar atrás; queremos ser tenidos en cuenta, queremos brillar aunque sea con oropeles, queremos estar por delante, queremos reverencias y reconocimientos… y vamos intentando medrar en la vida, ir alcanzando mejores puestos, poder pasarlo bien sin ninguna preocupación, disfrutar de la vida, decimos en una palabra. Y decimos que cada momento es importante, que tenemos que saber aprovechar la ocasión, que no estamos hechos para el sufrimiento y vamos a ver como conseguimos las cosas con el menor esfuerzo…

¿Serán esos también nuestros criterios? Sabemos que son el criterio normal de la gente que está a nuestro alrededor, pero ¿nos quedamos en esos valores que podemos cuantificar en lo material, en lo económico, en los placeres de la vida? ¿No hay otras metas, otras ansias en nuestra vida como si ahí lo tuviéramos todo?

Escuchando el evangelio de hoy con criterios como estos que hemos mencionado de alguna manera nos sentimos desconcertados con las palabras de Jesús. Nos habla de perder la vida para poderla ganar. ¿Será que tenemos que sacrificar algunas ganancias, hacer algunas inversiones para poder tenerlas luego de forma superior?

Sí que tenemos que hacer inversiones en la vida, pero que no van por esos caminos de lo material o de los prestigios y honores que este mundo podamos recibir. Hay algo distinto que nos da un sentido superior a la vida, algo que nunca nos dejará vacíos por dentro. Son esos valores que elevan nuestro espíritu, que nos hacen mirar la vida de forma distinta, que crean verdadera humanidad en nuestras relaciones de los unos con los otros, las que nos van a dar verdadera paz interior que será fuente de la verdadera alegría, no de alegrías efímeras para las que necesitamos algunos alicientes que cuando nos fallan todo se nos queda en nada.

Tenemos que buscar en donde vamos a encontrar la verdadera grandeza del hombre, de la persona. Por eso no nos podemos dejar arrastrar por esos criterios mundanos, por esas vanidades que serán como humo que pronto se disipa y se queda en nada. Tenemos que buscar lo que da verdadera profundidad a la vida; y para eso tenemos que aprender a decir no porque buscamos lo mejor y no nos queremos quedar en lo mediocre.

Claro que queremos crecer, que queremos tener una vida digna, claro que tenemos que aprender a disfrutar de la vida, claro que tenemos que darle importancia a cada momento porque le damos una trascendencia a la vida, porque buscamos algo que nos lleve más allá y más arriba, porque nos queremos dejar impregnar por los valores que nos va enseñando el evangelio, porque queremos mirar a los demás no como unos contrincantes sino con alguien con quien voy a colaborar para hacer un mundo mejor y que nos llene de felicidad a todos.

No es que no queramos ganar, sino que buscamos lo que nos va a dar una ganancia perpetua. Y tenemos que invertir nuestro esfuerzo por la superación, por la búsqueda de la verdad, por la construcción de la verdadera paz que nace del corazón, por construir unas relaciones más amistosas y más fraternas, por ser capaces de poner comprensión y misericordia en el corazón, porque vamos a querer compartir porque será la manera en que sienta las más hondas satisfacciones. No buscamos ganarnos el mundo entero, sino hacer que nuestro mundo sea mejor porque yo voy a ser mejor y porque voy a ayudar a los demás a que sean también mejores.

Y lo vamos a hacer desde una fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu. Y lo hacemos porque creemos en Jesús y queremos seguirle y no nos avergonzaremos nunca de esa motivación trascendental para nuestra vida. Es un mar inmenso el que tenemos delante y en el que en el nombre de Jesús vamos a echar nuestras redes.

sábado, 23 de noviembre de 2024

Nos sentimos comprometidos con la vida en un mundo de muerte que tenemos que transformar, llenar de vida en nombre del Señor de la Vida, Cristo resucitado

 


Nos sentimos comprometidos con la vida en un mundo de muerte que tenemos que transformar, llenar de vida en nombre del Señor de la Vida, Cristo resucitado

Apocalipsis 11, 4-12; Salmo 143; Lucas 20, 27-40

Necesariamente para comunicarnos, para entender las cosas y para explicarnos para que otros también nos entiendan necesitamos de un lenguaje, un lenguaje humano que parte de lo que vivimos cada día, de nuestras experiencias y vivencias y desde ello utilizamos comparaciones, imágenes que tenemos en común con los otros seres humanos para poder entendernos.  Pero hay cosas que nos trascienden, que van más allá de esas experiencias humanas que vivimos, que con difíciles de explicar desde esas ideas que tenemos preconcebidas y que necesariamente muchas veces necesitamos llenarlas de imaginación para poder expresar algo.

Hablar del Reino de Dios, como lo hace Jesús, hablar del cielo o de la vida eterna, aun sabiendo que son cosas que nos trascienden de de nuestras experiencias humana, necesitamos emplear un lenguaje, como si todo lo que será esa vida eterna no sea sino una como repetición de lo que ahora vivimos pero en una medida, por así decirlo, muy superior.

¿Cómo podemos entenderlo? Tenemos que utilizar el ámbito de la fe y no de la imaginación, para dejarnos llevar, para dejarnos conducir, para aceptar la palabra que Jesús nos da, para terminar realizando esa obediencia de la fe, pero que sin embargo en el fondo más a sentir como nos sentiremos transformados desde lo más hondo de nosotros mismos. No sabemos cómo, pero es que estamos entrando en el ámbito de lo espiritual y sobrenatural. Algunas veces parece como que no nos gusta esa palabra, pero tenemos que saber aceptarlo, porque entrar en el misterio de Dios es algo que está muy por encima de lo natural.

Les costaba entender lo que era la vida eterna, les costaba entender lo que significaba la resurrección, como en cierto modo sigue costándonos a nosotros hoy. Así llegamos hoy también a confusiones como cuando comenzamos a mezclar conceptos como lo de la reencarnación. La palabra resurrección la empleamos para aquella vuelta a la vida de aquellos a los que Jesús resucitaba, como la hija de Jairo o como Lázaro, o el hijo de la viuda de Naim pero que un día volvieron a morir de manera definitiva, como también la empleamos para la resurrección de Jesús y lo que El nos habla de nuestra propia resurrección cuando ponemos en El toda nuestra fe y nuestra confianza.

En la resurrección de Jesús hablamos de la plenitud de Dios por toda la eternidad, por eso nos habla de estar sentado a la derecha de Dios, como es la promesa que para nosotros nos hace también de vivir en la plenitud de Dios para siempre. Vendremos a El y haremos morada en él, nos dice si en El ponemos nuestra fe y nos habla de que en El seremos resucitados en el último día. Pero no es volver a vivir en las mismas condiciones, como pudieron ser aquellos que vemos en el evangelio que resucitó Jesús. Hoy nos dice Jesús que serán como ángeles, lo que es también una manera de hablarnos para que entendamos lo que es esa plenitud de Dios.

Comprendemos que los saduceos no quisieran creer en la resurrección,  porque lo verían como algo por así decirlo material, algo en el tiempo, pero que no sería definitivo. Pero de lo que Jesús quiere hablarnos es de al mucho más sobrenatural y superior, aunque tengamos que emplear esos lenguajes humanos para expresarnos, como decíamos al principio.

Hoy termina diciéndoos Jesús que Dios no es Dios de muertos sino de vida. Es lo que nos quiere trasmitir, es ese regalo de Dios que nos da su misma vida para que podamos alcanzar esa plenitud, que también en el fondo todos deseamos. Por eso quienes creemos en Dios tenemos que amar la vida, tenemos que cuidar la vida, tenemos que defender la vida, toda vida, la vida de todo ser humano, porque es una participación de la vida de Dios.

Y eso nos compromete a mucho en un mundo de muerte del que estamos rodeados. Es ese mundo que tenemos que transformar, que tenemos que conducir a la resurrección, ese mundo que tenemos que llenar de vida. Cuánto tenemos que hacer. Cuanta muerte que tenemos a nuestro alrededor y de lo que tenemos que rebelarnos, no lo podemos permitir. Pensamos en guerras como pensamos en injusticias, pensamos en hambre y miseria como pensamos en un mundo de insolidaridad, pensamos en odios y en envidias, en resentimientos y en venganzas, en violencias y en orgullos… cuánto tenemos que transformar, cuánto tenemos que llenar de vida en nombre del Señor de la vida, Cristo resucitado.

lunes, 16 de septiembre de 2024

‘Señor, no soy digno’, decimos también, ‘pero una palabra tuya bastará para sanarme’, para llenarme de vida, para que pueda alcanzar la plenitud de mi vida

 


‘Señor, no soy digno’, decimos también, ‘pero una palabra tuya bastará para sanarme’, para llenarme de vida, para que pueda alcanzar la plenitud de mi vida

1Corintios 11,17-26.33; Salmo 39; Lucas 7,1-10

Hoy todo lo queremos por escrito y bien firmado y con todas las garantías procesales para que quede constancia; porque ni de lo escrito algunas veces nos confiamos; ya no nos es suficiente lo acordado y pactado de palabra tras la correspondiente negociación, sino que de eso hay que dejar buena constancia, pero que nadie se eche atrás de lo dicho o de lo pactado. Tiempos recordamos los mayores donde la palabra de una persona, como se solía decir, iba a misa, o sea que podías confiar que aquello se cumpliría porque iba la honra de la persona en ello.

El ritmo de la sociedad se impone y tenemos nuestras normas y protocolos, es cierto, y habrá cosas en los negocios de la vida en que así hemos de actuar, pero eso quizás nos ha llegado a la perdida de ese valor de la palabra y de la confianza que ponemos en las personas. Parece que de antemano siempre tenemos que sospechar y desconfiar, y eso nos está haciendo perder también una calidad humana en nuestras relaciones, donde todo lo hacemos demasiado formal pero quizá sin el calor de la vida. Y el calor de la vida nos tiene que llevar a esa confianza que hemos de tener con los demás; cuando no actuamos desde esa confianza nuestras relaciones se vuelven frías, corteses sí probablemente, pero hemos perdido un calor humano que tanto necesitamos.

Y ya no es solo todo lo entraña esas relaciones entre unos y otros sino que esa confianza necesitamos mostrarla en cosas que son más fundamentales de la vida, en todo lo que nos tiene que trascender y elevar, que no se queda ni en lo formal de unas relaciones, ni en lo material que manejamos con nuestras manos, sino que atañe a las cosas del espíritu; y ahí entramos en el ámbito de la fe. Sin esa carta de confianza para fiarnos de lo que se nos revela la fe se quedaría vacía de contenido. Nos estamos volviendo descreídos en ese aspecto de nuestras mutuas relaciones, pero también en lo espiritual y en todo lo que atañe al Dios de nuestra vida. También queremos pruebas, pero sin esa confianza nunca las podremos encontrar y nunca podríamos llegar al ámbito de la fe.

El evangelio nos muestra un episodio bien clarificador. Jesús había llegado de vuelta a Cafarnaún y le sale al encuentro lo que podríamos llamar una embajada; unos ancianos de la comunidad que viene a interceder para que Jesús cure a un siervo del centurión por el que sentía muy preocupado. Aunque era gentil sin embargo había sido bueno con el pueblo de manera que incluso les había ayudado a construir la sinagoga de la localidad. Allí estaban ellos como mediadores. Y Jesús se pone en camino a casa del centurión.

Pero cuando llega a oídos de este hombre que Jesús viene a su casa, siente que no es digno de que Jesús llegue así hasta él y cuando ni siquiera se había atrevido a ir por sí mismo a solicitar esa ayuda de Jesús, reconoce que Jesús solo con una palabra puede curar a su criado. Así se lo hace saber a Jesús, de manera que se admira de la fe de este hombre, aun siendo gentil, y alaba ante todos esa confianza. ‘No he encontrado en nadie tanta fe’.

Había puesto su confianza en la palabra de Jesús. Para él era suficiente. No era necesario realizar signos extraños ni extraordinarios sino que bastaba su palabra. Y nosotros que seguimos buscando pruebas y señales. Como decíamos antes si no entramos por el camino de la confianza difícilmente podremos llegar a encontrarnos con el misterio de la fe, con el misterio de Dios. Siendo misterio se quedaría en algo oculto y difícil de escudriñar; por eso con la confianza de que tras ese túnel y oscuridad sabemos que nos vamos a encontrar con la luz tenemos que dar esos pasos de confianza.

Y dejarnos sorprender; no lo podemos dar por hecho o por sabido porque lo que se nos va a revelar transciende todas las expectativas humanas, porque entramos en una dinámica sobrenatural, que está por encima de nosotros, pero que aceptamos, que nos dejamos invadir por ello, que nos llenamos de fe. Es la confianza de que vamos a encontrar la luz y el amor; y encontraremos un camino y un sentido para la vida, y nos sentiremos en verdad llenos por dentro como ninguna cosa humana o material nos puede llenar.

‘Señor, no soy digno’, decimos también, ‘pero una palabra tuya bastará para sanarme’, para llenarme de vida, para que pueda alcanzar la plenitud de mi vida.

jueves, 21 de marzo de 2024

Tenemos que aprender a darle un sentido más espiritual a nuestra vida, lo que nos hará alcanzar una vida que deseamos que sea para siempre, como nos promete Jesús

 


Tenemos que aprender a darle un sentido más espiritual a nuestra vida, lo que nos hará alcanzar una vida que deseamos que sea para siempre, como nos promete Jesús

Génesis 17, 3-9; Salmo 104; Juan 8, 51-59

Es verdad que Jesús nos dice cosas en el evangelio que tomadas en su sentido más estrictamente literal nos desconciertan. Tomadas a la ligera podrían parecer palabras que nos dice para contentarnos ya que conoce muy bien cómo somos, cuáles son nuestros sueños o cuales son las cosas que nos producen como más inquietud.

¿Quién desea morir? Pero ahí está el hecho de que todos morimos. Sin embargo nos agarramos a la vida y parece que no queremos desprendernos de ella, y es una de las cosas que más angustia nos supone, el que llegue el momento en que sepamos que tenemos que morir, que la vida se nos ha acabado, o cuando tenemos que enfrentarnos a la muerte de los seres queridos de los que no queremos desprendernos, y que querríamos que vivieran para siempre.

Por eso las palabras que hoy nos dice Jesús en el evangelio, desde un cierto racionalismo con el que habitualmente vivimos nos desconciertan. Eso de decirnos que no sabremos lo que es morir para siempre, tomado así en el sentido más estrictamente literal de las palabras, parece que al final no nos las terminaremos de creer. Fue la reacción de los judíos cuando lo escuchaban, que no podían creerse las palabras que Jesús les estaba diciendo.

¿No es también lo que palpamos que piensa la gente que tenemos alrededor? Nosotros muy entusiasmados recitamos el credo y hablamos de resurrección, y decimos que creemos en la resurrección de los muertos, y ¿qué piensa la mayoría de los que nos rodean? ¿No nos hablarán de que son cosas ilusas que para ellos no tienen ningún sentido? Pero, tomémoslo en serio, ¿y nosotros creemos de verdad en la resurrección? ¿Cómo tenemos que entenderlo? Porque a la larga en lo menos que pensamos cuando vamos viviendo la vida es en la resurrección. Pensamos quizás en una vida más allá, porque como dicen algunos, algo tiene que existir, pero nos cuesta darnos explicaciones.

Aquí hay una laguna importante en nuestra fe que no hemos sabido creer ni razonar debidamente quizás. Pensamos en resurrección y pensamos que la nueva vida va a ser de la misma manera que lo que ahora vivimos. Recordamos aquellas pegas que le ponían a Jesús de la mujer que estuvo casada con siete maridos porque había ido enviudando de cada uno, y le preguntaban a Jesús y cuando llegue la resurrección ¿Quién será el marido?

Ya Jesús entonces nos decía que la vida de la resurrección no la podemos pensar a la manera de lo que es la vida de ahora, no es repetir lo mismo, como si volviéramos a la misma casa y a las misma cosas. Es una vida en Dios y El es eternidad. Es una vida en Dios y no es una vida carnal, podríamos decirlo así, porque Dios es Espíritu y en el Espíritu de Dios vamos a vivir. Es una trascendencia distinta, que no es repetir lo mismo sino vivir en el Espíritu y en la vida de Dios. Nos cuesta entenderlo, es cierto, pero es cuando ponemos en juego nuestra fe, para creer y para aceptar la Palabra de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre’, nos está diciendo Jesús.

Y esto que nos está revelando Jesús eleva nuestras miras, eleva nuestro espíritu, le da una nueva trascendencia a lo que hacemos y a lo que vivimos. Es cierto que disfrutamos de las cosas de la vida, eso es bueno y forma parte de la normalidad de nuestra existencia terrena, pero no todo está en lo que podamos disfrutar de nuestro cuerpo o de las cosas materiales.

Podemos descubrir que hay otras cosas que no palpamos con nuestras manos, pero que sí podemos palpar y sentir en nuestro interior y que nos dan un gozo y una satisfacción que solo en las cosas materiales no podemos alcanzar. ¿No es más bonita la sonrisa inocente de un niño que se siente querido que todas las cosas materiales que nos pudieran regalar?

Tenemos que aprender a darle un sentido más espiritual a nuestra vida, estamos demasiado metidos y envueltos por lo material, aunque sean cosas que necesitemos en nuestra vida diaria. Pero tenemos que descubrir eso que nos eleva y que nos hace descubrir nuestra verdadera grandeza. Será eso lo que nos hará alcanzar una vida que en verdad deseamos que sea para siempre. Es lo que nos promete Jesús.


jueves, 22 de febrero de 2024

La fe, un regalo de Dios que nos eleva y que nos trasciende, que nos introduce en el misterio de Dios y que nos descubre el verdadero misterio del hombre

 


La fe, un regalo de Dios que nos eleva y que nos trasciende, que nos introduce en el misterio de Dios y que nos descubre el verdadero misterio del hombre

1Pedro 5, 1-4; Salmo 22; Mateo 16, 13-19

Para todo nos buscamos razonamientos, a todo queremos darle una explicación, queremos que todo entre dentro de nuestras razones y es así cómo queremos llegar a convencimientos que luego serán como normas o criterios para nuestra vida. Es bueno que utilicemos nuestra razón, que seamos capaces de dar razón de lo que pensamos o de lo que es el plan de nuestra vida; es el desarrollo de nuestra inteligencia y que tenemos que saber utilizar. Así se ha ido desarrollando el pensamiento del nombre, el pensamiento de la humanidad, y surgirán filosofías o ideologías, surgirán planteamientos de cómo queremos la vida y cómo queremos construir nuestra sociedad. Y entramos en diálogo con los otros y con sus maneras de ver la vida, y así también nos iremos mutuamente enriqueciendo. Ahí está el desarrollo de la persona, el desarrollo de la humanidad.

Pero hay cosas que hemos de reconocer que muchas veces nos superan, aunque parezca que eso nos pueda humillar porque no podemos llegar a comprender. En el fondo queda el misterio de la vida y el misterio de la trascendencia que le queremos dar a nuestra vida. Entramos en una órbita espiritual y podemos decir también, por qué no, sobrenatural, porque está por encima de lo que cada día caminamos; pero eso nos eleva, eleva nuestro pensamiento, le da también una trascendencia distinta a nuestra vida, y también podemos encontrar así una hondura que le pueda dar un valor y un sentido nuevo a la vida.

Estoy queriendo referirme al ámbito de la fe, donde ya no es solo los pasos que nosotros podamos dar, la profundidad que por nosotros mismos podamos darle a la vida, sino que es algo que se nos revela en nuestro corazón y a lo que hacemos el obsequio de nuestra fe, de nuestro decir sí aunque sea algo que nos supera y que va más allá. En la autosuficiencia que hemos ido adquiriendo con el desarrollo de nuestra razón, algunas veces nos cuesta aceptar ese misterio que hay en nuestra vida y que nos eleva hasta Dios. Por eso a muchos se les atraganta la fe y quieren vivir su vida apartados de esa sobrenaturalidad de nuestra existencia.

Ahí tendríamos que descubrir el regalo de Dios que es nuestra fe. Desde Dios es desde donde podemos encontrar esa dimensión, y para eso también necesitamos humildad para dejarnos conducir. Es en esa humildad, sin dejar de reconocer la grandeza de nuestra razón, de nuestra inteligencia con todo lo que podemos alcanzar, desde donde podemos abrirnos a ese misterio de Dios que se nos revela allá en lo hondo del corazón.

Me ha surgido esta reflexión desde lo que hoy he escuchado en el evangelio. Jesús les hace una doble pregunta a los discípulos más cercanos, a aquellos que siempre están con El, sobre lo que piensa la gente del  Hijo del Hombre y lo que piensan ellos. Recogen, es cierto, el sentir de las gentes que escuchan y siguen a Jesús, pero cuando tienen que mojarse con lo que ellos han descubierto será Pedro el que se adelantará a hacer una confesión de fe en Jesús.

‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’, es la respuesta de Pedro. ¿Desde donde Pedro ha podido llegar a esas hermosas conclusiones, a esa hermosa confesión de fe? Es cierto que todos estaban en la expectativa de la llegada del Mesías y contemplar las obras de Jesús, contemplar lo que Jesús iba suscitando en sus corazones podía despertar esas expectativas como para llegar a pensar que Jesús era algo más que un profeta, como la gente le tenía, y que realmente podía ser el Mesías. Pero Pedro de alguna manera se está adelantando a lo que un día descubrirán después de la muerte y resurrección de Jesús para confesarlo como ‘el Hijo del Dios vivo’.

Jesús alaba la confesión de Pedro, pero también le dice que si ha llegado a ello no ha sido porque eso haya nacido de sí mismo, sino porque el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón. Como se nos dice al principio del evangelio de san Juan, llegamos a ser hijos, no por la sangre ni por ningún amor humano, sino por el Espíritu que está en nosotros y nos hace hijos de Dios. ‘Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos’, le dice Jesús. Pedro se había dejado conducir allá en lo  hondo de su corazón por el Espíritu Santo.

En este camino de cuaresma que estamos haciendo hoy la liturgia hace como un paréntesis para celebrar lo que se llama ‘la cátedra de san Pedro’. Es como una afirmación de nuestra pertenencia a la Iglesia, esa Iglesia que Jesús aposentó, por decirlo de alguna manera, sobre la fe de Pedro, al que le confió la misión de ser ese Maestro de la Iglesia Universal como Vicario de Cristo.

Una ocasión para hacer una reafirmación de nuestra fe y de nuestra pertenencia a la Iglesia. Una ocasión, como hemos venido reflexionando, para considerar y agradecer ese regalo de la fe que tanto hemos de cuidar. Para vivir con humildad nuestra fe sintiendo que es ese don de Dios que nos trasciende y nos eleva, que nos hace mirar a lo alto pero que al tiempo va a darle una nueva profundidad a nuestra vida. Esa fe que no está reñida con nuestra razón sino que hemos de saber fundamentar debidamente para que el testimonio de nuestra fe sea luz en medio de nuestro mundo que nos eleve a la verdadera sabiduría.


domingo, 18 de febrero de 2024

Emprendamos camino de desierto en la cuaresma, busquemos y dejémonos envolver por el silencio, encontremos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios

 


Emprendamos camino de desierto en la cuaresma, busquemos y dejémonos envolver por el silencio, encontremos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios

Génesis 9, 8-15; Salmo 24; 1 Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15

Muchos ‘arcoiris’ necesitamos que se levanten sobre nuestras cabezas en el camino de la vida y en el mundo de hoy. Esa señal luminosa que se forma sobre el horizonte como predicción de fecundas lluvias para nuestros campos, como anuncio de tormentas borrascosas que se alejan de nuestro entorno; una luminosidad llena de colorido cuya aparición siempre se convierte en anuncio gozoso al que quisiéramos alcanzar como un deseo de esa misma armonía que aparece en sus colores pero que tendría que llenar nuestros corazones.

¿Será algo que hoy necesitamos? Tentados nos sentimos demasiado en el mundo que vivimos a rupturas y desencuentros, porque son demasiados los tintes negros que nos rodean en la misma situación de nuestro mundo, muchos desencantos vamos sufriendo en la vida tanto en nuestras mutuas relaciones, como en esa espiral de tensión y de violencia que cada día parece que nos envuelve más.

Sentimos inquietud en nuestro corazón; desearíamos que esos no fueran los derroteros por los que circule nuestra vida; queremos hacer algo desde nuestra voluntad y algunas veces nos sentimos impotentes; muchos con su vida loca e insensata parece que nos están gritando que dejemos a un lado esas preocupaciones y que vivamos la vida que total son dos días; algunas veces parece que queremos meternos también en esa riada de la vida queriendo aprovecharnos de todo, buscando placeres o buscando poderes, dejándonos influenciar por las vanidades de la vida, o por ese estilo de vida de los viven despreocupados por todo y que nos parecen más felices. ¿Qué hacer? ¿Nos dejamos arrastrar por esa vorágine de la vida que contemplamos a nuestro lado o buscamos que nos dé otro sentido y otra profundidad a la vida?

Necesitamos detenernos en esa loca carrera; necesitamos un tiempo que nos haga encontrarnos con algo distinto a lo que nos está ofreciendo la locura del mundo; necesitamos mirarnos a lo más profundo de nosotros mismos, pero también elevar nuestra vida bien a lo alto, más allá de las estrellas para encontrar lo que eleve nuestra vida y lo que nos de otra trascendencia. Necesitamos quizás irnos al desierto, hacer desierto y hacer silencio, porque hay sonidos de los que en medio de esos ruidos no podemos disfrutar.

En este primer domingo de cuaresma, mientras en el ambiente externo se sigue con un ruido ensordecedor – en nuestra tierra sigue y seguirá sonando el bullicio de los carnavales – el evangelio sin embargo nos habla de desierto. Se nos puede hacer difícil escuchar esta Palabra. Pero es una Palabra que de parte de Dios quiere llegar a nuestro corazón y a nuestra vida. El evangelio nos dice que ‘el Espíritu empujó a Jesús al desierto y se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás, vivía con las fieras y los ángeles le servían’.

¿Tendremos que sentir eso mismo en el hoy de nuestra vida? El Espíritu también quiere guiarnos, también quiere hoy conducirnos al desierto, pero no sé si nos dejaremos guiar, nos dejaremos conducir. ¿Acaso le tendremos miedo al desierto? ¿Acaso le tendremos miedo al silencio que allí vamos a encontrar? ¿Acaso no es que estaremos viviendo lo mismo porque también nosotros vivimos entre tentaciones de muchas cosas que nos quieren arrastrar? ¿En qué mundo vivimos? ‘Vivía con las fieras’ decía el evangelio de Jesús en el desierto. ¿Y nosotros? ¿No recordamos lo que antes decíamos de ese mundo que nos envuelve?

‘Los ángeles le servían’, dice el evangelista. ¿No habrá también un ángel del Señor que nos sirve, que nos inspira, que nos acompaña, con el que sentimos que no nos falta la fuerza del Señor? ¿No llegaremos a descubrir esa luz nueva que nos ilumina y esa fuerza que nos alimenta?

Emprendamos este camino de desierto, este camino de Cuaresma que hemos iniciado el pasado miércoles de ceniza. Dejémonos envolver por ese silencio, busquemos ese silencio, encontremos esos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios para escucharle, para escuchar su Palabra que sea nuestro alimento y nuestra vida, que sea esa luz que necesitamos. Es ese ‘arcoiris’ anuncio de algo nuevo, prefiguración de victoria, senda de armonía y de paz. Lo anunciaba el Señor a Noé después del Diluvio porque era anuncio de que el amor de Dios no nos faltaría nunca, porque nunca Dios quiere la muerte sino la vida. Ese ‘arcoiris’ que veremos brillar sobre la cruz del calvario porque nos llega la luz de la Pascua. Es para lo que ahora en la cuaresma nos vamos preparando, es el camino que queremos ir haciendo.

‘Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio’. Es la Buena Noticia que seguimos escuchando, es el Evangelio que con el testimonio de nuestra vida nosotros tendremos también que anunciar.

viernes, 2 de febrero de 2024

Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios

 


Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hoy en la vida todo lo queremos racionalizar, buscamos explicaciones desde la ciencia y desde la técnica a cuanto sucede, materializamos la vida como si solo fuera el producto de unos elementos químicos que, por decirlo de alguna manera, engendran así la existencia de la vida de manera que tenemos la pretensión de querer ser los creadores de la materia y de la vida misma; por eso hemos ido desterrando todo lo que suene a espiritual y en consecuencia queremos eliminar a Dios de nuestra existencia.

No digo que no tengamos que progresar en el conocimiento científico de las cosas y del mundo, porque es desarrollo de una inteligencia que hay en nosotros y que precisamente nos eleva de ese materialismo en el que podamos caer. El lugar de Dios en el origen de la vida no lo podemos negar porque solo en El encontraremos el sentido que vaya a dar plenitud a nuestra existencia. Desgraciadamente vamos eliminando esos elementos religiosos de nuestra vida que nos hacen reconocer esa presencia de Dios en nuestra existencia y si algunos elementos se tratan de conservar se hace muchas veces como un costumbrismo que nos pueda recordar otros tiempos y que se nos pueden quedar solamente como una expresión o fiesta folclórica. Es lo que nos pretenden imponer muchas instancias de nuestra sociedad de hoy. No podemos estar de acuerdo ni dejarnos engullir por esos planteamientos.

La fiesta litúrgica que celebramos en este día 2 de febrero se hunde en ese sentimiento hondo del creyente que reconoce la vida como un don de Dios y al que tenemos que darle gracias por ese don que de El recibimos. Litúrgicamente este día, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, nos recuerda la presentación y consagración a Dios de todo primogénito varón. Era ese reconocimiento del don de Dios en la vida engendrada en una familia y era la ofrenda de esa primicia para el Señor. Y es lo que ritualmente José y María están queriendo realizar en el templo al hacer la presentación de su hijo primogénito al Señor. Era una resonancia también de aquella ofrenda de diezmos y primicias de todas las cosas que todo creyente tenía que realizar para el Señor.

Aquel gesto que parecía que se podía quedar en lo ritual de la ofrenda sin embargo en aquel momento en el templo de Jerusalén se convirtió en gesto profético de algo más grande que venía a anunciar la llegada de la salvación y el cumplimiento de las promesas con que a través de los siglos los profetas habían mantenido la fe y la esperanza del pueblo de Israel.

Es la intervención de aquellos dos ancianos, Simeón y Ana, que manteniendo encendida la esperanza en su corazón supieron descubrir en aquel niño al esperado Mesías del Señor. Nos dice el evangelio que cada día aquellos ancianos acudían al templo manteniendo esa esperanza. Simeón sentía en su corazón la inspiración del Señor para saber que un día sus ojos habrían de ver al esperado Salvador tantas veces anunciado por los profetas. Y es lo que descubren sus ojos creyentes en aquella pareja que aquel día estaba haciendo la ofrenda de su primogénito a Dios.

No era una ofrenda cualquiera la que en aquellos momentos se estaba realizando. ‘Aquí estoy, oh, Dios para hacer tu voluntad’ era la ofrenda de aquel niño que un día diría que su alimento era hacer la voluntad del Padre del cielo y que, aunque el cáliz fuera duro de beber y pedía verse liberado de ese cáliz sin embargo por encima siempre estaría la voluntad del Padre y que finalmente culminaría la ofrenda de su vida cuando desde la Cruz pondría su espíritu en las manos del Padre.

‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’. Fue el cántico de acción de gracias que en aquel momento el anciano Simeón cantaba desde su corazón a Dios. ‘Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción… para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones’. Es el anuncio profético de la misión de aquel niño que iba a ser luz de las naciones y gloria de su pueblo. Mientras aquella buena anciana no paraba de hablar de aquel niño ‘a cuantos aguardaban la futura liberación de Israel’.

No faltaban los ojos de fe en aquellos ancianos. No tendrían que faltarnos esos ojos de fe en nuestra vida. Bien que lo necesitamos para no dejarnos envolver por ese materialismo de la vida que puede ir destruyendo dentro de nosotros los valores más espirituales y trascendentes de la existencia. Somos algo más que una materia.

Un hondo sentido tenemos que saber darle a nuestro caminar que nos haga encontrar la verdadera grandeza y dignidad de toda persona, nuestra verdadera grandeza y dignidad que desde nuestra fe en Dios podemos encontrar. No son simplemente unos días que vivimos en este mundo donde más o menos podamos ir realizando algunas cosas de provecho porque queremos ser felices – es buena ansia y buen deseo – pero donde todo se quede en pasarlo bien y de la mejor manera posible sin darle mayor trascendencia a la vida. Algo más hondo tenemos que saber buscar y en nuestra fe en Jesús encontraremos esos verdaderos caminos de plenitud. Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios.

Finalmente no puedo terminar esta reflexión que me ha sugerido el evangelio de hoy sin recordar a María, que nos aparece también hoy en el evangelio como la madre que ha presentado a su hijo a Dios en el templo. Aquella mujer, de la que diría el anciano Simeón, que una espada le traspasaría el alma sobre todo cuando le contemplara en la ofrenda de la cruz en el Calvario, porque su hijo iba a ser en medio del mundo un signo de contradicción.

Pero es que nosotros los canarios celebramos hoy a María en su Advocación de Candelaria, la portadora de la luz, porque ella fue la primera misionera de nuestra tierra canaria en su imagen aparecida en las playas de Chimisay. Así la recordamos y así la celebramos hoy y es para nosotros un motivo de fiesta y alegría y un estímulo para mantener viva nuestra fe y convertirnos también como ella en candelas misioneras que lleven la luz de la fe a ese mundo que nos rodea.