Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Candelaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Candelaria. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de agosto de 2026

Contemplando a María en su Asunción nos sentimos impulsados a ponernos en camino como mensajeros y testigos de la misericordia del Señor para nuestro mundo

 


Contemplando a María en su Asunción nos sentimos impulsados a ponernos en camino como mensajeros y testigos de la misericordia del Señor para nuestro mundo

 Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10Ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27a; Lucas 1, 39-56

No era para menos. Hay experiencias vividas que no se pueden callar. El bien como el amor es expansivo. Una buena noticia que nos impacta por lo que significa en sí misma pero también por lo que va a repercutir en la vida, en la propia y en la de los demás, no la podemos callar; nos vemos necesitados de comunicarla, de compartirla.

Es lo que estamos viendo hoy en el evangelio que le sucede a María. No ha sido la noticia de que su prima Isabel está esperando un hijo y es mayor y pueda necesitar ayuda. Es importante, es cierto, y es como para ponerse en camino quien tiene la sensibilidad del amor en su corazón para ir a echar una mano. Es el misterio del amor de Dios que está poseyendo a María, como le ha comunicado el ángel, y ésta sí es la gran noticia, que se le desborda a María en su corazón hasta reventar. ¿Quién puede entenderlo mejor que quien también se ha visto desbordada por el amor de Dios concediéndole el don de la maternidad a pesar de sus años? Corre María a casa de su prima que la recibe sintiendo que la noticia también ha llegado a su corazón. ‘¿De dónde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’

Prorrumpen las dos mujeres en bendiciones y cánticos de alabanza. Dichosa y bendita tú que has creído, le dice Isabel a María, porque todo lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Las promesas de Dios se están cumpliendo en Isabel con aquel hijo que va a nacer y que tendrá una misión y un lugar importante en la historia de la salvación. La misericordia y el amor del Señor se está desbordando sobre todos, aunque no todos sean conscientes de ello, y con ello se cumplen las promesas del Señor.

Es el cántico de María que reconoce las maravillas que el Señor en ella está realizando y que serán cumplimiento de las promesas de Dios para toda la humanidad. María, aunque pequeña porque se sigue llamando a sí misma la esclava del Señor, siente que en Dios se está sintiendo exaltada y glorificada porque todas las generaciones la llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en ella. Es un adelanto aquí en este pasaje del Evangelio de lo que hoy en la liturgia estamos celebrando.

María va delante como primicia de esas bendiciones de Dios para toda la humanidad; la contemplamos hoy glorificada en el cielo, participando ya plenamente de la resurrección de Cristo que con El quiso llevarla al cielo trascurrido el curso de su vida terrenal. Pero María quiere seguir saliendo nos al encuentro en cada rincón y en cada momento para hablarnos de las glorias del Señor. Por eso María, madre de la Iglesia, ha querido y quiere estar al lado de esta Iglesia peregrina aquí en la tierra para recordarnos que hemos de recorrer los caminos de Jesús.

Las imágenes de María repartidas en cada rincón de la Iglesia, igual la tenemos en nuestros templos como la tenemos entronizada en nuestros hogares, la llevamos con nosotros ya sea en esa medalla que llevamos al cuello o en la estampa que portamos en nuestra cartera, no están queriendo sustituir a Dios en nuestras vidas sino que son ese recuerdo y esa palabra de Madre que nos recuerda siempre como tenemos que escuchar a Jesús. Habitualmente en sus imágenes nos trae a Jesús o nos señala con algún signo que tenemos que dejarnos iluminar por Jesús.

María a quien vemos hoy en el evangelio ponerse en camino está siendo para nosotros que muchas veces tanto nos cuesta arrancar para comenzar a hacer algo bueno un estímulo y un acicate que nos impulsa también a ponernos en camino porque una Buena Noticia seguimos teniendo que transmitir y que no podemos callar; es el anuncio de la misericordia del Señor que se sigue derramando sobre nosotros y de lo que todos tenemos que hacernos eco. María fue la primera portadora de evangelio cuando corre con la buena noticia a casa de Isabel; María fue la primera portadora de evangelio en nuestra tierra canaria cuando su imagen bendita reposó sobre nuestras costas canarias, como hoy estamos recordando y celebrando en esta fiesta de la Virgen de Candelaria. Fue la luz primera que hizo mirar al Sol a nuestros antepasados porque es lo que reflejaba María en su imagen con la imagen de la luz y portando en sus brazos a Jesús.

Esta fiesta de la Virgen de Candelaria que en nuestra tierra celebramos haciéndola coincidir con la fiesta de su Asunción al cielo es para nosotros una llamada a vivir con toda intensidad el compromiso de nuestra fe. Nuestra tierra sigue necesitando el anuncio del Evangelio con palabras claras y valientes pero también con el testimonio del compromiso de nuestra vida en medio de los problemas con que nos encontramos cada día. Como María en su camino a casa de Isabel nosotros también tenemos que ponernos en camino para ese anuncio de la misericordia del Señor. Como María tenemos que ponernos en camino allí donde haya una necesidad, un dolor o un sufrimiento, una soledad o un cierto distanciamiento.

María saltó todos los obstáculos de las distancias o los peligros de los caminos que había que atravesar; podríamos decir que como luego anunciara el Bautista fue enderezando caminos, allanando valles, recortando distanciamientos que nosotros tenemos también que saber hacer para que no haya soledades, para que los que están tristes encuentren el bálsamo de nuestro consuelo, para que nadie se sienta nunca discriminado por ninguna razón, para que todos se sientan acogidos y valorados sea cual sea su condición, para que a nadie le falte un trozo de pan, para que todos puedan escuchar una palabra de ánimo que les haga levantarse una y otra vez tras sus reiteradas caídas, para que todos encuentren comprensión.

‘Venid vosotros, benditos de mi Padre… porque conmigo lo hicisteis’ ojalá escuchemos un día para participar de la gloria del cielo, como ya hoy estamos contemplando a María tras su gloriosa Asunción al cielo.


lunes, 2 de febrero de 2026

El Salvador ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel, el nuevo pueblo de Dios

 


El Salvador ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel, el nuevo pueblo de Dios

 Malaquías 3,1-41; Salmo 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

‘De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando… el mensajero de la alianza… mirad que está llegado, dice el Señor del universo’. Así nos hablaba el profeta. ‘¿Quien resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada?’. Pero el salmo íbamos encontrando respuesta. ‘¡Portones! Alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el rey de la gloria’.

Nos llenamos de solemnidad porque el momento es importante. Es importante lo que  hoy estamos celebrando que es algo más que el cumplimiento ritual de una ofrenda, en la que todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Efectivamente para aquel cumplimiento ritual de la ley de Moisés aquel matrimonio joven cruzó los umbrales del templo con un niño en brazos. Podría parecer uno de tantos entre otras familias que venían también para ese ofrecimiento ritual.

Y así nos lo va narrando el evangelista, la presentación de Jesús en el templo a los cuarenta días de su nacimiento. Pero allí había un anciano lleno del Espíritu del Señor que aguardaba ese momento. Había recibido un oráculo del Señor de que no vería la muerte sin haber contemplado sus ojos al Salvador esperado. Por eso, sin ser sacerdote encargado de recibir aquellas ofrendas se adelanta tomando al niño en sus brazos para sorpresa de todos y prorrumpe en un cántico de alabanza al Señor. Allí se estaba cumpliendo lo anunciado por el profeta aunque pareciera que el momento no tenía la solemnidad de los anunciado por el profeta y cantado por los salmos.

Allí está aquel anciano que guiado por el Espíritu del Señor viene todos los días al templo para prorrumpir en ese cántico de alabanza al Señor. Es la entrada del mensajero de la nueva alianza; tienen que abrirse y agrandarse los umbrales y los dinteles de las puertas porque allí, en aquel niño, está ‘el Señor de la gloria, es el Señor, Dios del Universo, es el Rey de la gloria’. Los hombres tendemos a poner toda la solemnidad y hasta pomposidad de nuestros gestos y de nuestros ritos, pero la manera de actuar de Dios es de otra manera. Había querido nacer pobre, tan pobre que ni en la posada había sitio para su nacimiento, teniendo que refugiarse María y José en un establo y ser recostado entre las pajas de un pesebre todo un Dios que nacía haciéndose hombre. Ahora esa entrada que tendría que ser triunfal en el templo pasa casi desapercibida en la presencia de un niño en brazos de sus padres que por pobres harán la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas.

Pero el Anciano Simeón está cantando la gloria del Señor y siendo profeta que recibía a Dios en su templo pero que anunciaba el signo de contradicción que significaba para ser nuestro Salvador. ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

El Salvador que ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel. Es el momento solemne que hoy nosotros celebramos en la entrada de Jesús en el templo. Pero algo nuevo y distinto va a suceder porque desde ahora el verdadero templo de Dios es Jesús, en quien Dios se nos manifiesta, y por quien nos viene la salvación. Pero va a comenzar a haber un nuevo templo en la medida en que aceptamos por la fe en Jesús y nos unimos a El, para con El ser también sacerdotes, profetas y reyes.

Vamos nosotros a ser ungidos también por el Espíritu del Señor para convertirnos en templos de Dios. Así tenemos que ser esa señal de Dios en medio de los que nos rodean, en signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo. Si un día veremos a Jesús purificando aquel templo de Jerusalén que en lugar de casa de oración parecía más una cueva de ladrones, es la purificación con que hemos de vivir nuestra vida, la santidad que ha de brillar en nuestra vida para que demos esas señales de Dios en medio del mundo.

El anciano Simeón nos está enseñando a descubrir esas señales de Dios en lo pequeño y en lo sencillo, como supo encontrar al Mesías de Dios en aquel niño hijo de aquellos humildes padres. ¿Sabremos serlo nosotros para los demás?

Detrás de toda esta escena que contemplamos en el evangelio vemos la figura de María que parece pasar desaperciba aunque el anciano profetiza también el lugar de María, a quien una espada atravesará su alma porque así la veremos siempre a la sombra de Jesús y finalmente a la sombra de la cruz en el Calvario. Es la madre del Sacerdote  a quien se une para ella también hacer su ofrenda, pero va a ser también la misionera que vendrá a caminar a nuestro lado para ayudarnos a ir al encuentro de Jesús.

Nosotros los canarios en este día tenemos un lugar especial para María, porque la contemplamos y la celebramos como quien nos señala el camino de la luz. En un brazo su imagen porta a Jesús pero en su otra mano porta una luz para ser señal en el camino que nos conduzca hasta Jesús, para enseñarnos como no solo hemos de dejarnos iluminar por esa luz de Jesús sino que tenemos que ser señales de luz en nuestra vida para que todos vayan al encuentro de Jesús. Por eso la llamamos Candelaria, la portadora de la candela, de la luz, y de alguna manera todos tenemos que ser ‘Candelaria’, como María, portadores de la luz de Jesús para nuestro mundo.

 

viernes, 15 de agosto de 2025

En su Asunción al cielo María pone en nuestras manos el testigo de la luz de Cristo para que nos levantemos y pongamos en camino para iluminar nuestro mundo

 


En su Asunción al cielo María pone en nuestras manos el testigo de la luz de Cristo para que nos levantemos y pongamos en camino para iluminar nuestro mundo

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27ª; 1, 39-56

 Levantarnos y ponernos en camino. Creo que puede ser el mensaje que resuma  lo que hoy esta fiesta de la Asunción de la Virgen nos puede dejar para nuestra vida.

Levantarnos exige de nosotros una toma de decisión, ni nos quedamos postrados porque nos sintamos unidos ni nos quedamos en la pasividad de dejar la vida pasar sin poner nada de nuestra parte.  Es decidir que tenemos que hacer algo, en este caso, ponernos en camino; ponernos en camino es como lanzarnos a una aventura nueva, es mirar más allá y más lejos porque queremos alcanzar una meta, queremos algo, queremos buscar; atrevernos a descubrir algo nuevo, atrevernos a afrontar lo que vayamos encontrando en el camino, aunque a veces sea duro, lanzarnos a descubrir algo nuevo, a contemplar también la belleza de lo que nos rodea pero buscando otra belleza mayor y mejor, es ser conscientes de la travesía que estamos haciendo pero también de cuanto y cuantos vamos encontrando en esa travesía para ir también interactuando con ese mundo que nos rodea, es poner alegría, ilusión y esperanza en el camino que vamos haciendo que ya no lo podemos hacer entonces de cualquier manera.

No es solo el hecho de que despertemos por la mañana y nos levantemos de la cama para ir haciendo rutinariamente las cosas de cada día. Es empeño, es entusiasmo, es creer en lo que vamos a hacer, es implicar a los que nos rodean con nuestra alegría y nuestra ilusión. Es trasmitir y comunicar lo que llevamos dentro, es convertirnos en mensajeros de que algo nuevo y bueno puede surgir o tenemos que construir.

Comienza diciéndonos el evangelio de hoy que María, después de haber recibido aquella embajada angélica y enterada de lo que estaba sucediendo allá en las montañas de Judea, en casa de su prima Isabel, ‘se levantó y se puso en camino deprisa a la montaña’. María tenía que desahogar lo que tenia en su alma, porque Dios se había fijado en el ella y en su pequeñez estaba realizando cosas grandes; María tenía que ir a comunicar lo que estaba viviendo y es que la misericordia del Señor estaba visitando a su pueblo y todas las promesas mesiánicas se estaban dando cumplimiento; María llevaba alas en su corazón – deprisa hizo el camino nos dice el evangelista – porque Dios visitaba a su pueblo y ella tenía que ser signo de esa visita de Dios que derramaba bendiciones a su paso. La criatura saltó en el seno de Isabel al escuchar las palabras del saludo de María.

El camino de María era un camino nuevo que estaba emprendiendo la humanidad; será un camino sencillo y humilde, al que se hacen sordos los poderosos y los que se creen grandes, pero que van a reconocer los pequeños, los pobres, los sencillos porque serán a los que se revele Dios mientras los poderosos son derribados de sus tronos; un camino de gestos sencillos como ponerse a servir a los que también se sienten pequeños y débiles en sus necesidades pero en quienes se va a derramar de forma abundante la misericordia del Señor.  

Es camino nuevo, porque es camino que nos trae la buena noticia, es camino de evangelio, es camino que nos señala el paso de Dios por nuestra vida y por nuestra historia, pero que nos convierte a nosotros en caminantes y testigos en medio de nuestro mundo.

Siguiendo el ejemplo y testimonio de María nosotros hoy también queremos levantarnos y ponernos en camino. Ni nos podemos quedar en la tranquilidad de Nazaret ni nos podemos quedar en lo alto de la montaña por muy bien que se esté allí como le sucedía a Pedro. Los que de Nazaret no se pusieron en camino les costaría incluso después reconocer en Jesús el paso salvador de Dios por sus vida. Si nos quedamos ensimismados en lo alto de la montaña no seremos capaces de palpar la realidad cruda de nuestro mundo, como cuando Jesús bajó del Tabor y se encontró con aquel padre que no sabía qué hacer con su hijo porque tampoco los discípulos eran capaces de curarlo.

Ponernos en camino significará para nosotros contemplar la cruda realidad de nuestra vida y de nuestro mundo, muchas veces desorientado y confundido, que nos puede ofrecer mil caminos pero en los que nunca encontraremos satisfacción porque solo quieren encantarnos con cantos de sirena, con alegrías superficiales  o con felicidades efímeras que al final nos dejan mal sabor en la boca y amargura en el corazón. Es el camino ilusionante que nosotros hemos de emprender desde nuestro encuentro con Jesús en la fe para llevar una rayo de luz, un rayo de esperanza de que algo nuevo y mejor podemos hacer para darle plenitud a nuestro mundo.


Es el faro de luz que de manos de María hoy recibimos cuando la vemos glorificada junto a Dios, en esta fiesta de su Asunción al cielo, cuando contemplamos su camino de Nazaret a las Montañas de Judea, o cuando la estamos contemplando en su bendita Imagen de la Candelaria, como hoy la celebramos en nuestra tierra canaria.

Esa vela luminosa y encendida que lleva en sus manos en nuestras manos la está depositando para que nosotros poniéndonos en camino seamos signos de esa luz en el mundo que nos rodea. Es como un testigo que pone en nuestra manos, pero que ya recibimos desde el día de nuestro bautismo, porque además es la luz que si la mantenemos encendida con ella podremos entrar en las bodas eternas del cielo, en la gloria del Señor, como a Ella hoy la contemplamos.

domingo, 2 de febrero de 2025

Mensajeros de una Buena Noticia, misioneros y testigos de una nueva luz que nos llena de esperanza queremos ser de manos de María de Candelaria

 


Mensajeros de una Buena Noticia, misioneros y testigos de una nueva luz que nos llena de esperanza queremos ser de manos de María de Candelaria

Malaquías 3, 1-4; Salmo 23; Hebreos 2, 14-18; Lucas 2, 22-40

Necesitamos quien nos traiga buenas noticias. Encendemos cualquier noticiero – permítanme la palabra – sea radio o televisión, sea prensa escrita o sea Internet en sus numerosas redes, ¿y qué es lo que escuchamos, lo que vemos, lo que se nos comunica?, sin querer ser pesimista ni negativo muchas veces dan ganas de cerrarlo todo; violencia, guerra, corrupción, acritud, manipulaciones, muertes, accidentes… son cosas que se repiten. Necesitamos escuchar cosas agradables y que entusiasmen por la vida. Nos daría otro sentido de vivir.

¿Será hoy para nosotros y para nuestro mundo un mensaje de esperanza el que se nos ofrece desde la Palabra de Dios? De entrada, desde nuestra fe, tenemos que decir que eso no lo podemos poner nunca en duda. Sin embargo muchas veces nos cuesta escucharlo. Tenemos el peligro y la tentación de irnos por las ramas. Es necesaria una buena escucha como también un buen anuncio que tenemos que hacer al mundo que nos rodea. El evangelio – buena noticia – tiene que seguir siendo luz en nuestra vida y en nuestro mundo.

El profeta nos ha anunciado un mensajero, un mensajero que nos trae noticias de paz, de restauración, de algo nuevo que va a comenzar. Hablaba el profeta en sus tiempos que no eran fáciles, fueron tiempos de restauración para el pueblo de Israel después del cautiverio de Babilonia y había mucho nuevo que realizar. Era necesaria una restauración de la alianza. De eso nos habla el profeta.

Pero en nuestra lectura creyente tenemos que ir más allá; por una parte esos anuncios proféticos tienen una resonancia siempre mesiánica, y nosotros los aplicamos a Jesús. Pero la resonancia de las palabras del profeta tiene que seguir traspasando los tiempos y a través de Jesús tiene que llegarnos a nosotros, en el hoy que estamos viviendo. Por eso siempre es Palabra de Dios para nosotros hoy. No es Palabra de otro tiempo sino para el hoy de nuestra vida. ¿No decíamos que necesitamos mensajeros que nos trajeran buenas noticias, anuncios de algo bueno para el hoy de nuestra vida?

La celebración de hoy, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, la situamos en ese momento del misterio de Jesús en que como todo primogénito varón fue presentado al templo para cumplimiento de la ley. Pero en ese marco sucede algo inédito; no es un sacerdote el que recibe a Jesús en el templo sino unos ancianos que vivían con la esperanza de encontrarse un día con el Mesías de su Señor.

Allí está el anciano Simeón con su esperanza y con su fe bien madurada con el paso de los años. Solo unos ojos de fe podían descubrir en aquel niño, que no se diferenciaba de otros tantos niños que eran presentados al Señor en el templo, al que era el esperando y el deseado de las naciones y que venía para ser luz de todos los pueblos. Por eso sus cánticos de alegría y de acción de gracias, sus ojos habían podido contemplar al que venía como Salvador. Un anciano, un hombre sencillo, un hombre que podía pasar desapercibido entre tantos, pero el hombre de fe que veía cumplidas sus esperanzas.

Es consciente el anciano de lo que significaba el ser el Mesías del Señor; signo de contradicción dirá que va a convertirse en medio de las gentes aquel niño, como luego lo veremos cumplido a lo largo del evangelio; hablará de espadas de dolor que atraviesan el alma, como le va a suceder a María, pero no decae la alegría y la esperanza, algo nuevo en verdad estaba comenzando. Y a su alegría y alabanza se une también otra anciana que lleva muchos años sirviendo a Dios en el templo y que no paraba de hablar de aquel niño a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel.

Sí, es el anuncio que hoy nosotros escuchamos también. Despertemos y maduremos nuestra fe a ejemplo de aquellos sencillos y humildes ancianos para saber descubrir también las maravillas de Dios, las maravillas que Dios quiere seguir haciendo en el hoy de nuestra vida y nuestro mundo. No podemos perder la esperanza, atentos hemos de estar como aquellos ancianos para ver las señales de Dios. Son señales que se van a realizar en nuestra vida, son señales que nosotros por nuestra forma nueva de actuar tenemos que ser en medio del mundo.

A ese mundo que hoy vivimos y del que tantas veces nos quejamos porque no hace sino traernos malas noticias nos ha enviado Jesús para que seamos mensajeros, para que seamos testigos, para que realicemos esas señales del Reino de Dios. Cuando nos confió la misión, como tantas veces hemos escuchado, no tiene también poder y autoridad para realizar esas señales. No desconfiemos de lo que podemos ser capaces, de lo que tenemos que hacer, porque es la misión que se nos ha confiado.

Hoy necesariamente tenemos que mirar también a María. En sus brazos fue llevado el Niño Jesús al templo y en sus brazos se nos presenta hoy a nosotros recordándonos donde está la luz. Por eso esta celebración está también rodeada de signos con las candelas que encendemos y portamos saliendo incluso de nuestros templos para iluminar los caminos del mundo. Pero no es solo algo ritual que realizamos, sino que tiene que ser signo que demos en nuestra vida de ese Reino de Dios.


¿Qué significará hoy llevar esa luz encendida en nuestras manos en la celebración y ritos de este día? Tenemos que pensarlo y dar respuesta aunque nos cueste, pero no podemos dejar apagar esa luz. Mal signo estaríamos siendo. Como decíamos miramos a María, y nosotros los canarios de manera especial la miramos en nuestra querida advocación de la Candelaria, como la celebramos en nuestra tierra. Ella fue la primera misionera que llegó a nuestra tierra en su imagen aparecida en las playas de la isla.

Que ella pues nos impulse a esa tarea misionera de ser mensajeros, de ser portadores de luz, de ser testigos en medio de nuestro mundo. Seguro que si nos dejamos inspirar por quien estaba llena del Espíritu Santo podremos descubrir esas nuevas formas de ser mensajeros hoy.

viernes, 2 de febrero de 2024

Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios

 


Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hoy en la vida todo lo queremos racionalizar, buscamos explicaciones desde la ciencia y desde la técnica a cuanto sucede, materializamos la vida como si solo fuera el producto de unos elementos químicos que, por decirlo de alguna manera, engendran así la existencia de la vida de manera que tenemos la pretensión de querer ser los creadores de la materia y de la vida misma; por eso hemos ido desterrando todo lo que suene a espiritual y en consecuencia queremos eliminar a Dios de nuestra existencia.

No digo que no tengamos que progresar en el conocimiento científico de las cosas y del mundo, porque es desarrollo de una inteligencia que hay en nosotros y que precisamente nos eleva de ese materialismo en el que podamos caer. El lugar de Dios en el origen de la vida no lo podemos negar porque solo en El encontraremos el sentido que vaya a dar plenitud a nuestra existencia. Desgraciadamente vamos eliminando esos elementos religiosos de nuestra vida que nos hacen reconocer esa presencia de Dios en nuestra existencia y si algunos elementos se tratan de conservar se hace muchas veces como un costumbrismo que nos pueda recordar otros tiempos y que se nos pueden quedar solamente como una expresión o fiesta folclórica. Es lo que nos pretenden imponer muchas instancias de nuestra sociedad de hoy. No podemos estar de acuerdo ni dejarnos engullir por esos planteamientos.

La fiesta litúrgica que celebramos en este día 2 de febrero se hunde en ese sentimiento hondo del creyente que reconoce la vida como un don de Dios y al que tenemos que darle gracias por ese don que de El recibimos. Litúrgicamente este día, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, nos recuerda la presentación y consagración a Dios de todo primogénito varón. Era ese reconocimiento del don de Dios en la vida engendrada en una familia y era la ofrenda de esa primicia para el Señor. Y es lo que ritualmente José y María están queriendo realizar en el templo al hacer la presentación de su hijo primogénito al Señor. Era una resonancia también de aquella ofrenda de diezmos y primicias de todas las cosas que todo creyente tenía que realizar para el Señor.

Aquel gesto que parecía que se podía quedar en lo ritual de la ofrenda sin embargo en aquel momento en el templo de Jerusalén se convirtió en gesto profético de algo más grande que venía a anunciar la llegada de la salvación y el cumplimiento de las promesas con que a través de los siglos los profetas habían mantenido la fe y la esperanza del pueblo de Israel.

Es la intervención de aquellos dos ancianos, Simeón y Ana, que manteniendo encendida la esperanza en su corazón supieron descubrir en aquel niño al esperado Mesías del Señor. Nos dice el evangelio que cada día aquellos ancianos acudían al templo manteniendo esa esperanza. Simeón sentía en su corazón la inspiración del Señor para saber que un día sus ojos habrían de ver al esperado Salvador tantas veces anunciado por los profetas. Y es lo que descubren sus ojos creyentes en aquella pareja que aquel día estaba haciendo la ofrenda de su primogénito a Dios.

No era una ofrenda cualquiera la que en aquellos momentos se estaba realizando. ‘Aquí estoy, oh, Dios para hacer tu voluntad’ era la ofrenda de aquel niño que un día diría que su alimento era hacer la voluntad del Padre del cielo y que, aunque el cáliz fuera duro de beber y pedía verse liberado de ese cáliz sin embargo por encima siempre estaría la voluntad del Padre y que finalmente culminaría la ofrenda de su vida cuando desde la Cruz pondría su espíritu en las manos del Padre.

‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’. Fue el cántico de acción de gracias que en aquel momento el anciano Simeón cantaba desde su corazón a Dios. ‘Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción… para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones’. Es el anuncio profético de la misión de aquel niño que iba a ser luz de las naciones y gloria de su pueblo. Mientras aquella buena anciana no paraba de hablar de aquel niño ‘a cuantos aguardaban la futura liberación de Israel’.

No faltaban los ojos de fe en aquellos ancianos. No tendrían que faltarnos esos ojos de fe en nuestra vida. Bien que lo necesitamos para no dejarnos envolver por ese materialismo de la vida que puede ir destruyendo dentro de nosotros los valores más espirituales y trascendentes de la existencia. Somos algo más que una materia.

Un hondo sentido tenemos que saber darle a nuestro caminar que nos haga encontrar la verdadera grandeza y dignidad de toda persona, nuestra verdadera grandeza y dignidad que desde nuestra fe en Dios podemos encontrar. No son simplemente unos días que vivimos en este mundo donde más o menos podamos ir realizando algunas cosas de provecho porque queremos ser felices – es buena ansia y buen deseo – pero donde todo se quede en pasarlo bien y de la mejor manera posible sin darle mayor trascendencia a la vida. Algo más hondo tenemos que saber buscar y en nuestra fe en Jesús encontraremos esos verdaderos caminos de plenitud. Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios.

Finalmente no puedo terminar esta reflexión que me ha sugerido el evangelio de hoy sin recordar a María, que nos aparece también hoy en el evangelio como la madre que ha presentado a su hijo a Dios en el templo. Aquella mujer, de la que diría el anciano Simeón, que una espada le traspasaría el alma sobre todo cuando le contemplara en la ofrenda de la cruz en el Calvario, porque su hijo iba a ser en medio del mundo un signo de contradicción.

Pero es que nosotros los canarios celebramos hoy a María en su Advocación de Candelaria, la portadora de la luz, porque ella fue la primera misionera de nuestra tierra canaria en su imagen aparecida en las playas de Chimisay. Así la recordamos y así la celebramos hoy y es para nosotros un motivo de fiesta y alegría y un estímulo para mantener viva nuestra fe y convertirnos también como ella en candelas misioneras que lleven la luz de la fe a ese mundo que nos rodea.


jueves, 2 de febrero de 2023

Peregrinamos haciendo camino de esperanza iluminados por la luz de Jesús que también nos trae María a quien invocamos como la Virgen de Candelaria

 


Peregrinamos haciendo camino de esperanza iluminados por la luz de Jesús que también nos trae María a quien invocamos como la Virgen de Candelaria

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

En la vida nos encontramos en ocasiones gente que va derrotada por la vida, cansados de sus luchas han perdido las esperanzas de algo nuevo y distinto; algunas veces los catalogamos como viejos que ya vienen de vuelta de todo sin ilusión por nada que simplemente se van dejando arrastrar. No tendríamos que decirles viejos, sino más bien muertos, porque por el contrario nos encontramos con personas mayores, viejos en edad si queréis decir, pero que no han perdido la vitalidad de su espíritu, siempre buscan y esperan algo nuevo, siempre quieren hacer algo con lo que ir transformando nuestro mundo a mejor. Es el amor a la vida y la esperanza que los mantiene vivos.

Son realidades que nos encontramos. Unos pueden convertirse en un peligro para nosotros si también logran quitarnos la ilusión, pero los otros son un estímulo para nuestro camino, que algunas veces se nos puede hacer duro.

¿Por qué me hago esta previa o introductoria reflexión? Es que hoy se nos habla en el evangelio de un anciano que a pesar de sus muchos años no ha perdido la esperanza. Cada día viene al templo de Jerusalén esperando que se cumplan las promesas del Señor y que él siente muy vivas en si mismo. Es el anciano Simeón – aunque también vemos a otra anciana, Ana, con la misma fe y esperanza – que recibe a aquella familia de la lejana Nazaret que viene a hacer la presentación de su primogénito al Señor. Con gozo da gloria al Señor porque sus ojos han podido contemplar al Salvador anunciado y esperado. El espíritu del Señor le ha revelado en su interior que aquel niño es el prometido Mesías de Israel.

La celebración de este día tiene tintes y resplandores de luz y de esperanza. Litúrgicamente estamos celebrando la presentación del niño Jesús en el templo, como primogénito de aquel matrimonio y familia de José y de María, para cumplir con la ley de Moisés, en que todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Cuarenta días cumplimos hoy de la celebración de la Navidad del Señor y es la celebración propia de este día.

Como decíamos tiene la celebración resplandores de luz y esperanza, que lo expresamos en esa procesión de las candelas con que se inicia la celebración de este día. Es el peregrinar de los creyentes que hacemos camino iluminados por la luz de Jesús que llega a nuestras vidas. Es el peregrinar lleno de esperanza en búsqueda de esa salvación, que transforme nuestros corazones, pero de esa salvación que ponga luz en este mundo tan envuelto en tinieblas en el que vivimos.

Pero caminamos con esperanza, no nos dejamos derrotar por esas tinieblas y oscuridades que nos cercan. Como el anciano Simeón, que también vivía momentos difíciles como era la situación del mismo pueblo de Dios en aquellos momentos. Pero el anciano mantuvo su esperanza porque había puesto toda su confianza en la palabra del Señor que había recibido.

Es lo que nosotros también queremos hacer, mantener la esperanza, poner nuestra confianza en la Palabra del Señor, porque en verdad queremos irla plantando en nuestra vida. Es así como haremos un mundo mejor. Tenemos que iluminar la vida, tenemos que iluminar nuestro mundo.

No nos podemos dar por derrotados, por muchas que sean las oscuridades que encontremos en nuestro entorno. Nunca podemos decir que no podemos hacer nada, que como vemos las cosas no hay nada que hacer. No podemos combinar sentimientos así con lo que es nuestra fe. Nuestros valores, esos valores que aprendemos del evangelio de Jesús y que nos llenan de esperanza, tenemos que hacerlos resplandecer para que esa luz se vaya contagiando en nuestro entorno. Es de eso bueno, de esa esperanza de la que tenemos que contagiar cuanto nos rodea, es el testimonio que tenemos que dar. Es a lo que nos está invitando esta fiesta de hoy.

Una fiesta en la que sentimos de manera especial la presencia de María. Ahí nos la presenta el evangelio cuando se le anuncia que una espada traspasará su alma. Pero Maria es la mujer que se mantiene firme siempre en su fe y en su esperanza. ¿No la veremos caminar hasta la montaña a la casa de Isabel y de Zacarías para llevar aquella luz que ya ella llevaba por dentro?

Pero para nosotros los canarios en este día hay una presencia especial de María cuando la invocamos como la Candelaria, la que lleva la candela, esa luz en su mano para iluminar al mundo. Su imagen bendita fue adelantada en nuestras islas para hablar del Señor del cielo y de la luz que vendría a iluminar nuestras islas con el anuncio del evangelio de Jesús. Se me ocurre que a ella la podemos llamar protoevangelio de nuestras islas porque su presencia fue un adelanto del anuncio del Evangelio.

Así hoy la celebramos y nos gozamos con ella. Así sentimos su protección y la invocamos como madre. Así queremos que en nuestras islas siga caminando junto a nosotros para que nunca nos falte esa luz del evangelio que mantenga viva nuestra esperanza.

lunes, 15 de agosto de 2022

Celebrar la Asunción de María es dejarnos envolver por un fogonazo de luz y de esperanza porque para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación



Celebrar la Asunción de María es dejarnos envolver por un fogonazo de luz y de esperanza porque para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª;  Lucas 1, 39-56

Tenemos encuentros en la vida que todo lo llenan de luz; quizá lo hemos sentido o experimentado alguna vez, pasamos por momentos oscuros, situaciones que nos llenan de incertidumbre, problemas que se nos hacen insalvables, angustias que nos paralizan y nos llenan de temor, y de pronto todo es luz para nosotros, alguien llegó a nuestra vida, nos dijo la palabra más oportuna, nos tendió la mano en señal de amistad y de que confiaba en nosotros, y comienzan a despejarse esos nubarrones, y comenzamos a sentir una alegría muy especial dentro de nosotros. Aquel encuentro, aquel momento, aquella persona que llegó a nuestra vida, aquella mano tendida nos abrió horizontes de luz.

Me atrevo a decir que este momento que nos narra hoy el evangelio, el encuentro de aquellas dos mujeres, una venida desde la lejana Galilea y la otra habitante de aquellas montañas de Judea, fue un momento de luz y de despertar esperanzas para toda la humanidad. No lo vemos solo como la anécdota del encuentro de aquellas primas en esa visita que María hace a Isabel, sino como algo que viene a ser signo de salvación y de vida para la historia de toda la humanidad.

Dos corazones inundados de fe, dos corazones enamorados de Dios como para saber leer los aconteceres de la historia y descubrir la presencia de Dios en medio de nosotros, son los que allí se están encontrando y hoy nosotros contemplamos como algo que se hace, se tiene que hacer patente en medio del mundo en el que vivimos tan necesitado de esa luz.

Y surgió aquel canto tan maravilloso de unas mujeres verdaderamente enamoradas de Dios. Habían sentido y experimentado la presencia de Dios en sus vidas y su actuar maravilloso y ahora prorrumpen en cánticos de alabanza, de bendición y de acción de gracias. Es el canto de María pero es también el canto de Isabel. Ambas han experimentado esas maravillas de Dios en sus vidas, por eso están llenas del Espíritu divino.

Isabel ha sentido cómo Dios ha llegado a su vida concediéndole el don de la maternidad aun en su anciana edad, pero ahora está sintiendo de nuevo como Dios está entrando en su casa con la presencia de María. Desde que llegó a sus oídos la voz de su prima ya la criatura saltaba de gozo en su vientre, podría bendecir entonces a Maria, siendo también una bendición a Dios, porque la madre de su Señor la visitara, que era la visita de Dios.

María también reconocía que Dios hacia maravillas en la humildad de su sierva y por eso desborda de gozo también su corazón para alabar y bendecir a Dios. Se siente llena del Espíritu divino que ha puesto en ella esa semilla de Dios en aquel hijo que le ha de nacer que será llamado el Hijo del Altísimo. Siente entonces María que su gozo se desborda y ha de alcanzar a todas las generaciones, que la alabaran y bendecirán porque es la Madre de Dios, porque todos se van a ver inundados por esa misericordia de Dios tantas veces anunciada y que se hacía presente ahora para todos.

Había pasado Isabel por la noche oscura de no poder ser madre, como María se sentía turbada por cuanto le sucedía y que también le hacía hacerse preguntas en su interior. ‘Consideraba el significado de aquellas palabras’, nos dice el evangelista de cuando el ángel la vino a visitar a Nazaret. Seguro que aunque su corazón desbordaba de gozo en el Señor en la soledad de su camino también iría haciéndose preguntas sobre como asimilar cuanto le estaba sucediendo, como le sucedía también a su esposo José con un corazón también lleno de dudas. Pero ahora todo se había vuelto luz, resplandecían nuevos horizontes, la esperanza para todos los hombres comenzaba a tener cumplimiento, una nueva era de luz y de vida comenzaba a brillar entonces.

Es lo que nosotros hemos de sentir cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de María en su Asunción al cielo. La vemos luminosa, enjoyada con oro de Ofir, como decía el salmo, viene entre alegrías y algazaras, todos cantan en su honor, como lo había hecho Isabel y como ella misma proféticamente había anunciado, la contemplamos en su glorificación, en el anticipo para ella, como había sido el verse liberada de todo pecado desde su concepción, pero también de su participación en la resurrección de Jesús y su entrada en la gloria del cielo.

Y esto, a los que aún caminamos con los pies sobre la tierra, pero envueltos en sufrimientos y angustias, agobiados en nuestras luchas de cada día, queriendo superarnos e intentando vivir una vida mejor y ser también mejores, nos está diciendo que hay algo que es distinto, que para nosotros también brillará la luz, que sabremos incluso descubrir un sentido nuevo a esas angustias y sufrimientos que en el camino de la vida hemos de padecer, que para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación final como lo tuvo María. Podremos recordar sus siete dolores en las espadas que le atravesaban el alma en tantas situaciones de la vida, pero ahora en ella todo lo contemplamos como luz y como gloria. Lo tenemos que ver reflejado en nuestra propia vida.

Es el camino al que nosotros tendemos, es la esperanza que nace en el alma, es la grandeza y la trascendencia que podemos darle a cada uno de los actos de nuestra vida, es la luz nueva que tenemos en la esperanza que un día nos envolverá. María hoy en su Asunción al cielo nos lleva de la mano, María despierta esa fe y esa esperanza en nuestros corazones, María con su presencia de Madre nos ayuda a hacer el camino. Es lo que hoy celebramos, es lo que queremos vivir.


Hoy nosotros los canarios, aunque en cada rincón de nuestras islas celebramos muchas fiestas de María, de manera especial celebramos a la que es la Patrona General del Archipiélago canario, la Virgen de Candelaria. Su imagen bendita ha estado presente en nuestra tierra desde los primeros momentos de la conquista de estas Islas siendo ella la primera embajadora y la primera misionera del evangelio para nuestros antepasados que habitaron estas tierras.

Pero ella ha estado ahí siempre a nuestro lado, como madre y compañera de nuestro camino, siendo ese faro de luz y de esperanza para nuestras vidas simbolizado en esa candela encendida que porta entre sus manos. Que ella sea también hoy, en el momento que vivimos, ese faro de luz y de esperanza, en ella nos sentimos alentados, junto a nosotros la sentimos siempre en nuestro caminar.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

 


Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hace cuarenta días celebramos el Nacimiento de Jesús, la Natividad del Hijo de Dios hecho hombre y nacido del seno de María. Hoy la liturgia de la Iglesia, siguiendo el ritmo de los acontecimientos de la infancia de Jesús y en observancia de lo que estaba prescrito en la ley de Moisés, tanto para el nacimiento del primogénito varón como los ritos de purificación de toda madre después del parto, nos ofrece esta celebración de la Presentación de Jesús en el templo, según lo prescrito por la ley, y la purificación de María. Es a lo que hace referencia el texto del Evangelio, aunque en aquel momento vemos que se siguieron realizando las obras maravillosas del Señor.

El cumplimiento del rito según lo prescrito se desarrollaría con toda normalidad; para los sacerdotes del templo eran un niño primogénito más que era presentado al Señor con la ofrenda, en este caso de los pobres, de un par de tórtolas o dos pichones. Pero la cosa no podía quedarse ahí. Allí estaban quienes inspirados por el Espíritu del Señor reconocerían quién era aquel niño y lo que iba a significar para la historia no solo de Israel sino para toda la humanidad.

Son dos ancianos piadosos que merodean todos los días por el templo confundiéndose entre los creyentes que allí todos los días acudían para la oración y para la escucha de la ley y los profetas. Pero no son dos ancianos cualesquiera. En ellos se había hecho presente el Señor y ahora serían portavoces de las maravillas del Señor para todos los creyentes y para todos los que los quisieran escuchar.

Por eso aquel anciano se acerca a aquella pareja humilde que como una más ha hecho su ofrenda y ha cumplido con todos los ritos. Y es cuando se desborda el corazón de aquel anciano para proclamar cuanto allí está sucediendo. El había sentido en su corazón, por la fuerza del Espíritu del Señor, que sus ojos no se cerrarían sin haber contemplado al que iba a ser luz de las naciones y gloria del pueblo de Israel. Y allí lo tenemos proclamándolo y cantando las glorias del Señor.

De la misma manera aquella pobre anciana viuda – ya aparecerán otras ancianas y viudas en el evangelio ¿por qué será? – comenzará también a todo aquellos que esperaban la futura liberación de Israel con la llegada del Mesías, que la hora de Dios había llegado y hablaba a todos de aquel niño.

¿Por qué será que Jesús nos proponga como modelo de oración perseverante la de aquella pobre viuda que insistía permanentemente ante el juez pidiendo justicia? ¿Será un eco esta pobre anciana y viuda que se había pasado todos los años de su vida sirviendo a Dios en el templo?

¿Por qué será que Jesús se fijará – y nos lo ofrece como ejemplo - allí a las puerta del templo donde está el arca de las ofrendas en los dos cuartos humildes que una anciana pobre entrega al Señor ofreciendo cuanto tenía? Había ofrecido lo que necesitaba incluso para su sustento, y Dios se había fijado en ella. ¿Nos estará hablando de que son los pobres y los humildes de corazón, los que se entregan con corazón desinteresado los que mejor podrán conocer a Dios y la revelación de todos sus misterios?

¿No dará gracias un día al Padre porque ha revelado todos sus misterios a los pequeños y a los humildes mientras lo ha ocultado a los que son soberbios de corazón? El evangelio no es una página o un solo momento determinado que se nos narre, sino que el evangelio, la buena nueva la tenemos que ver en todo el conjunto y como unos y otros hechos se explican y se complementan mutuamente. Son evangelio para nosotros, nos está enseñando como tenemos que ser esos hombres y mujeres sencillos y humildes de corazón para que podamos conocer a Dios, para que podamos en verdad sentir a Dios en nuestros corazones.

Allí a un lado y pareciendo que pasa desapercibida está la madre, la que un día dijera que era la humilde esclava del Señor y ofrecía la disponibilidad de su corazón para que en ella se cumpliera la Palabra del Señor anunciada por el ángel de Nazaret. Una disponibilidad que le iba a hacer seguir el mismo camino de su Hijo.

No es extraño que el anciano profeta le anuncie que una espada la traspasará el alma, porque aquel niño iba a ser signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones. Es la Madre, la que le dio a luz en la pobreza de Belén, la que le contemplará creciendo en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres en el hogar de Nazaret como unas madres saben contemplar y comprender el crecimiento de los hijos; pero será la madre que dará a luz unos nuevos hijos que le van a ser confiados desde lo alto de la cruz del calvario. Lleva en su alma el dolor de su hijo, porque a El se asociará en la obra de nuestra redención, pero lleva en el alma el dolor y el sufrimiento de todos esos hijos que Jesús le confiará desde lo alto de la cruz.

La llamaremos madre dolorosa y madre de las angustias porque vemos cómo ella carga con los dolores y las angustias y de todos los hombres, como una madre llevará siempre en su corazón el sufrimiento de sus hijos, pero la llamaremos madre de esperanza y madre de la luz porque en ella vemos cómo se levanta nuestra esperanza pero ella nos está ofreciendo también la luz de su hijo.


Por eso hoy los canarios la llamamos María de Candelaria, la que lleva la luz, la portadora de la luz, la que nos trajo la luz porque fue la primera misionera de estas tierras en su imagen bendita aparecida en la playa de Chimisay. Por eso para nosotros los canarios hoy es fiesta especial, es la fiesta de la Virgen de Candelaria y con devoción acudimos a sus pies en su santuario hoy o en cualquier día del año, porque sabemos que allí está la Madre, allí está nuestra madre, las que nos hablará de corazón sencillo y humilde, la que siempre está en disponibilidad total para Dios y para sus hermanos los hombres, la que nos está enseñando a plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón.

martes, 2 de febrero de 2021

Entrada de Jesús en el templo con ecos de pascua en ofrenda de amor que nos evoca cómo de manos de María de Candelaria fue la primera entrada de Jesús en nuestra tierra canaria

 


Entrada de Jesús en el templo con ecos de pascua en ofrenda de amor que nos evoca cómo de manos de María de Candelaria fue la primera entrada de Jesús en nuestra tierra canaria

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria’.

Pueden ser perfectamente ecos de la entrada del Arca de la Alianza en el Santuario, en el templo de Jerusalén que tenemos en los salmos y que hoy recoge la liturgia en esta fiesta de la Presentación de Jesús en el templo. Todo hoy nos está hablando de entrada; una primera referencia el salmo, como decíamos, a la entrada del Arca de la Alianza en el templo de Jerusalén, pero especialmente hoy, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, es su primera entrada en el templo de Jerusalén con amplios sones pascuales.

Hubiera sido una entrada desapercibida, como realmente en parte fue a pesar de la importancia del momento, si no hubiera sido por aquellos ancianos que en el templo habían envejecido esperando el cumplimiento de las promesas del Señor. son ellos los que movidos por la acción del Espíritu Santo en sus corazones los que descubrieron en aquel niño llevado en brazos por aquel matrimonio joven de Galilea al que era la salvación del mundo y la luz para todos los hombres.

Ya hemos escuchado el relato en el evangelio; cómo el anciano Simeón coge en brazos a aquel niño para cantar las alabanzas del Señor. Su corazón se ha llenado de gozo porque sus ojos han visto al Salvador como así había sentido inspirado por el Espíritu Santo y ahora ya puede poner totalmente su vida en las manos del Señor. ‘Ya puedes dejar morir a tu siervo en paz, Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

Aunque los oídos humanos en aquel momento no lo pudieran escuchar seguro que el coro de los ángeles en el cielo estaría cantando aquel cántico de alabanza al Señor que hoy la liturgia nos ha ofrecido en el salmo responsorial, como ya hicimos mención al principio. Creo que nosotros en nuestra celebración tendríamos que hacernos de verdad eco con todo sentido de dicho cántico de alabanza. ‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria’. Nosotros podemos confesar, repito con todo sentido, esa confesión de fe, allí está, sí, ‘el Señor, Dios de los Ejércitos, el Rey de la gloria’, y más si lo vivimos en todo su sentido pascual.

Decíamos todo nos habla de subida y tiene sentido de pascua y es que en aquellas palabras que luego Simeón dedicara a María llevaban incluido ese sentido pascual. Jesús, es cierto, iba a ser ese signo de contradicción, ante El habrían de decantarse los hombres y los pueblos de todos los tiempos, como lo fue en aquella otra subida a Jerusalén de Jesús para su pascua. Su templo y altar iba a ser la cruz, porque el sacrificio que se iba a ofrecer no era un sacrificio cualquiera. Ahora sus padres, en su pobreza, habían ofrecido un par de tórtolas, pero Jesús sería el que se ofrecería a sí mismo en el altar de la cruz siendo sacerdote, victima y altar. Su sangre derramada, signo grande del que nos ama hasta entregar su vida por nosotros, iba a ser la señal de aquel gran sacrificio e iba a ser la sangre de la nueva Alianza, de la eterna Alianza que sería ya para siempre una Alianza de Amor y de salvación.

Y allí en aquella primera subida de Jesús al templo estaba la madre, cuya alma iba a ser atravesada por una espada de dolor, que ella también al pie de la cruz convertirá en una espada de amor cuando con el Hijo ella también se entrega para ser como madre corredentora de aquellos hijos que de Jesús recibía en aquel momento supremo de la entrega y de la muerte.

Por eso podemos decir que también es la subida y entrada de la madre, de María, que ya sería para siempre la madre de todos los hombres. Esta celebración lleva unida a la presentación de Jesús en el templo aquel rito de purificación de la madre a los cuarenta días del parto. Para María no fue solo una purificación ritual, sino que podríamos decir que el comienzo de su ofrenda de amor.

A María siempre la tenemos delante de nuestros ojos como el mejor modelo y ejemplo de lo que ha de ser también nuestro amor; muchas imágenes de María llevan en sí la impronta de su vivencia de la Pascua cuando la queremos llamar Madre de los Dolores o Madre de la Esperanza con el reflejo de su presencia al pie de la cruz, que fue para ella también la culminación de esa ofrenda de amor.

Y aquí es donde hoy yo quiero ver otra entrada, en este caso de manos de María. María fue la primera que nos trajo a Jesús, fue primer evangelio de Jesús. Hoy, nosotros, los canarios la celebramos con al Advocación de la Virgen de Candelaria y recordamos y celebramos como su bendita imagen estuvo en nuestra tierra antes incluso que llegara el conquistador o el misionero.


Aquella imagen aparecida en las playas de Chimisay antes de la conquista de nuestras Islas fue el primer evangelio que llegó a nuestra tierra. Nuestros antepasados los guanches en aquella imagen querían ver a la que ellos llamaban la madre del sol, Chaxiraxi, la madre de la luz podríamos traducir nosotros y en aquella imagen de María estaba también Jesús. Por eso la llamamos nosotros la Candelaria, la que trae para nosotros en sus manos la luz, una candela en una mano y a Jesús en su otro brazo. Fue como la presentación que María hace de Jesús a nuestros antepasados los guanches, por eso digo que podemos hablar de entrada de Jesús de manos de María en nuestra tierra.

Que de manos de María entre Jesús en nuestra vida, como de manos de María y con Jesús reinando en nuestro corazón entremos nosotros en la gloria del Señor. Que se alcen las antiguas compuertas que va a entrar el Rey de la gloria. Sí, muchas antiguas y viejas barreras tenemos que levantar en nuestro corazón para dar paso al Señor y Rey de la gloria a nuestra vida. Queremos hacer ofrenda y ofrenda de amor nosotros hoy en esta fiesta en que también de manera especial celebramos a María. Que ella prenda esa luz en nuestro corazón y nunca se apague, que vivamos siempre en la claridad de la luz para que así resplandezcan las obras de nuestro amor.

 

sábado, 15 de agosto de 2020

María con su calor de Madre se hace presente junto a nosotros y se convierte en un aliciente de esperanza en nuestro camino que también nos llevará a la glorificación

 

María con su calor de Madre se hace presente junto a nosotros y se convierte en un aliciente de esperanza en nuestro camino que también nos llevará a la glorificación

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Hoy es un día en que en cualquier rincón de nuestra geografía celebramos una fiesta de María. La Virgen de Agosto escuchamos decir en los medios de comunicación y aún algunos nos ofrecen imágenes de las más insólitas de estas fiestas de María en sus distintas advocaciones según la devoción y la tradición de los diversos pueblos. Y es que cuando consideramos bien el hondo significado de la fiesta que nos ofrece la liturgia en este día es casi espontáneo que surja por acá o por allá el amor de los hijos que tiene los mejores piropos para la madre y se inventa los más diversos nombres para invocarla y para ofrecerle su amor.

Nosotros mismos, en nuestra tierra canaria, la invocamos como la Virgen de Candelaria a quien proclamamos patrona de nuestras islas y recordamos y celebramos las tradiciones de la aparición y del encuentro de su imagen en nuestras costas isleñas por los guanches, antiguos pobladores de estas islas.

Hoy es la gran fiesta de la exaltación y de la glorificación de María en su Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Si María había sido la elegida de Dios para encarnarse en sus entrañas y así hacerla su madre y la había rodeado de toda gracia y bendición, era la llena de gracia que había sabido decir Sí al designio de Dios para dejarse envolver por el Espíritu Santo y de ella naciera el Santo, el Hijo del Altísimo como diría el ángel de la Anunciación, justo era que por su unión tan profunda con el misterio de Cristo que incluso la había preservado de toda mancha de pecado, Inmaculada en su Concepción la llamamos, ahora participara trascurrido el curso de su vida temporal de la gloria eterna de los hijos de Dios. Es lo que viene a expresar este misterio y este dogma de la Asunción de María a los cielos.

Y es que en María nos estamos viendo a nosotros mismos y la gloria que un día nos espera si vivimos en la fe. Ella es un ser humano como nosotros pero a quien ahora vemos glorificada junto a Dios. Ella que hizo ese mismo camino mortal que nosotros hacemos y que recoge en su vida lo que es nuestro camino cuando unida a Cristo estuvo a su lado en el momento de la cruz y de la pasión. De alguna manera ella, con su dolor de madre ante el sufrimiento y la muerte de su Hijo está recogiendo en su vida, en su sufrimiento, en su dolor lo que es nuestro dolor y nuestro sufrimiento, como saben hacerlo siempre las madres que hacen suyo el dolor de los hijos.

En María están nuestros anhelos y nuestras esperanzas, nuestros calvarios y también todas esas frustraciones que sufrimos en la vida, nuestros problemas y nuestras angustias. Ella con el Sí al misterio de Dios que la convertía en la Madre de Dios, estaba también dando un sí a todo ese regalo de Dios que la iba a convertir en la madre de la humanidad, en la madre de la Iglesia. Y como madre recoge y asume, como decíamos, los anhelos, esperanzas, angustias, frustraciones y desencantos de sus hijos. Pero todo eso en María se transforma porque ha llenado su vida de Dios, porque su vida para siempre va a rebosar de fe y de amor; tras ese momento de calvario por el que María tuvo que pasar con Cristo porque así estaba unida al misterio de su Hijo, vendría también para ella la luz de la resurrección y de la gloria.

María participa ya de esa resurrección y de esa gloria, eso viene a significar su Asunción, pero María nos está abriendo el camino para que también nosotros participemos de esa resurrección y de esa gloria. María nos despierta la esperanza para que todo no se vuelva oscuro y turbio en nuestra vida mientras pasamos por esos momentos duros de calvario por los que tenemos que pasar en nuestra vida. Contemplando a María, que ha ido delante de nosotros, ya glorificada en el cielo nos sentimos fuertes en esos momentos duros de esta vida porque en nosotros hay esperanza.

No nos podrán entonces las frustraciones y desencantos que en la vida encontremos, no nos sentiremos hundidos en esos momentos duros del dolor y del sufrimiento, no nos sentiremos angustiados por muchos que sean los problemas que parece que nos quieren ahogar y de los que nos parece tantas veces que no les vemos salida. Tenemos la esperanza de la vida, del triunfo, de la gloria. María se convierte delante de nosotros en ese aliciente para nuestras luchas al tiempo que sentimos su amor de madre que está a nuestro lado. María viene con nosotros en nuestro caminar y nos ayuda a ponernos en camino como ella supo hacerlo como la contemplamos en el evangelio.

Nos podremos sentir pequeños, sentir nuestra pobreza o dolernos en nuestra humillación, pero en María vemos a la pequeña y a la humilde esclava del Señor que fue levantada y elevada y en quien el Señor realizó maravillas. Así sentiremos entonces cómo el brazo poderoso del Señor que es su misericordia se despliega sobre nosotros para hacernos sentir una vida nueva, para hacernos sentir como todo se transforma, para hacernos sentir iluminados por esa luz nueva de vida nueva que nos regala Jesús.

La imagen bendita de María de Candelaria, a quien hoy los canarios celebramos, se convierte en un signo para nosotros de esa luz. En su brazo porta a Jesús, pero en su mano tiene una luz, una candela – de ahí su nombre – para hacernos sentir cómo seremos iluminados en nuestra fe por la luz de Jesús.

Quizás este año nuestra fiesta de la Virgen de Agosto no tiene la alegría externa de otros años por las circunstancias que parece que cada día se nos hacen más duras y más difíciles, pero eso no impide que celebremos, y lo hagamos con una hondura especial, esta fiesta de María. ¿No decíamos que contemplar hoy a María nos llena de esperanza? Pues desde esas negruras que vivimos miremos de manera especial a María en esta fiesta para que renazcan las esperanzas en nuestros corazones y sigamos en el empeño de conseguir una pronta recuperación. María, la madre del cielo, ante su Hijo está intercediendo por sus hijos. No olvidemos nunca su calor de Madre que se hace presente junto a nosotros.