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martes, 9 de junio de 2026

No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

 


No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

1Reyes 17, 7-16; Salmo 4; Mateo 5, 13-16

Esto está un poco soso, decimos cuando nos ofrecen un plato de comida, pero que no tiene sabor; esto está soso decimos cuando estamos en una reunión que tendría que ser animada y con alegría de fiesta, pero damos la impresión que allí todos estamos aburridos y como de compromiso; a éste le falta una pizca de sal decimos cuando alguien nos está cantando una canción pero lo hace con desgana, siguiendo la música, sí, pero sin ritmo y sin entusiasmo… para muchas cosas en la vida empleamos esa imagen de la sal que tenemos o que nos falta en aquello que hacemos.

Jesús emplea esta imagen en el evangelio y mucho nos quiere decir con ello, porque, como nos dice, si la sal se vuelve sosa, ¿quien la salará, quien le dará sabor? Creo que entendemos muy bien lo que Jesús nos está queriendo decir, porque nos está hablando de nuestra fe, que es la que nos da sabor a nuestra vida, el sentido de Cristo, el sentido espiritual y sobrenatural a lo que hacemos y a lo que vivimos. Es la sal que tenemos que llevar a nuestro mundo, pero para ello será necesario que estemos bien impregnados del sabor de Cristo. ¿O acaso algunas veces los cristianos damos la impresión de que vivimos ‘un poco sosos’ nuestra fe y compromiso cristiano?

Poner esa sal en nuestra vida y en nuestro mundo significa muchas cosas. A cuantos nos encontramos por la vida que parece que caminan sin rumbo y sin entusiasmo por la misma vida, han perdido la ilusión de vivir, de crecer, de soñar y aspirar a algo nuevo, a algo grande y mejor; viven una vida amorfa, simplemente dejándose arrastrar por las horas y por los días pero sin darle hondura a lo que hacen, en la superficialidad que se queda en apariencias; viven sin alegría, sin motivaciones, siempre en sus rutinas sin esforzarse por algo distinto y mejor, siempre cansados  y sin ganas, dejándose envejecer y morir. ¿Podemos permitir en aquellos que están a nuestro lado que vivan una vida así sin vivir?

El compromiso de nuestra fe no es solo para una satisfacción personal en nuestras vivencias o experiencias religiosas, sino que tiene que llevarnos a una transformación de ese mundo que nos rodea. La fe en nosotros ha sido ese grano de sal que ha dado un sabor y un sentido a nuestra vida; la fe nos llena de inquietud y nos hace vivir con intensidad cada paso de nuestra vida; pone alegría en nosotros porque llena de esperanza nuestro corazón y creemos que es posible algo nuevo y mejor; la fe nos impulsa a superarnos y a crecer y pone entusiasmo en aquello con lo que nos sentimos comprometidos, da profundidad a nuestras razones para vivir y nos motiva a buscar siempre lo mejor. Estamos, entonces, llamados a poner vida en nuestro mundo, a contagiar de eso que vivimos a cuanto nos rodea. Allí donde hay un cristiano tiene que haber vida y amor a la vida.

Es lo que nos está diciendo Jesús hoy cuando nos dice que somos la sal de la tierra o cuando nos dice también que tenemos que ser la luz del mundo. Tenemos que iluminar. No podemos ocultar nuestra fe. La luz no es para meterla y encerrarla en un cajón, sino para ponerla en alto para que pueda iluminar. Y es lo que tenemos que hacer los cristianos. No podemos ser cristianos vergonzantes que vamos ocultando lo que hacemos; no por orgullo o vanagloria que ya nos dirá Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, sino porque tenemos que iluminar, porque nos sentimos responsables de llevar esa luz de nuestro amor para hacer germinar un mundo nuevo donde falta tanta vida.

Aun siendo conscientes de nuestras flaquezas y debilidades sin embargo escuchando las palabras de Jesús que ‘brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

miércoles, 16 de agosto de 2023

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día

 


Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo18,15-20

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día. Nos sentimos como en la gloria, decimos, y seguro que con entusiasmo quedamos para vernos otra vez y para volver a pasar unos ratos juntos. Son los encuentros de los amigos de siempre, con quienes hemos compartido la vida, caminado juntos en momentos felices como también en momentos tormentosos y difíciles, pero que seguimos queriendo encontrarnos y compartiendo.

En mis añoranzas de hombre mayor quizás, recuerdo como los vecinos a la fresca de la tarde salíamos a nuestros patios que se comunicaban unos con otros y allí a la puerta, sentados en cualquier sitio, pasábamos los ratos comentando las incidencias de la jornada, de los que nacían momentos gratos de ayuda y de colaboración para muchas cosas buenas. Momentos felices para el recuerdo, momentos ahora nos hacen valorar y revitalizar muchas cosas que parece que han quedado atrás, pero que han sido momentos de felicidad. Qué bien nos sentíamos y qué bien lo pasábamos.

He traído a la memoria estas que podríamos llamar añoranzas porque realmente nos pueden remitir a lo que Jesús nos está planteando hoy en el evangelio. Podríamos pensar que no nos está diciendo nada especial que nosotros no podamos hacer. Vivir juntos, vivir unidos, vivir compartiendo, vivir sintiendo preocupación los unos por los otros, vivir con corazón comprensivo para entender los errores de los demás pero también para ofrecer de nuestra parte lo que podamos hacer para que las cosas sean a mejor. Y viene terminando por decirnos Jesús, que cuando vivimos así, El está en medio de nosotros.

Seamos capaces de establecer buenas relaciones de amistad y de comprensión, sepamos vivir con un corazón del que hayamos alejado la malicia y la búsqueda de intereses egoístas, y todo saldrá bordado, como solemos decir, todo será armonía y paz; y nos ayudaremos a corregirnos y a crecer; y seremos comprensivos con los errores de los demás porque sabemos que también nosotros los podemos cometer; y seremos capaces de preocuparnos por los otros y no los dejaremos pasar necesidad porque el compartir generoso es la riqueza más hermosa que llevamos en nuestra vida.

Y por eso nos dice Jesús como hemos de saber corregirnos los unos a los otros llenos de humildad y de comprensión. La corrección no es hundir, un sacarle los colores a la cara, no es echar en cara, no es acusar para condenar; la corrección es tender una mano para ayudar a levantarse al caído; es decirle a la persona que seguimos confiando en ella a pesar de los tropiezos o de los errores; es ayudar a que se sienta capaz de reemprender de nuevo el camino enderezando lo que está torcido; es como dar un nuevo voto de confianza tantas cuantas veces sea necesario; es poner esperanza en el corazón que se ve hundido cuando reconoce sus tropiezos y ayudar para que no falte la ilusión y la alegría.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que ‘donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ y por eso podemos tener la confianza de que siempre seremos escuchados por Dios cuando somos capaces de ponernos de acuerdo para pedir algo al Padre en su nombre. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos'.

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día, decíamos al principio. Sepamos vivir en esa dicha y felicidad.

viernes, 28 de julio de 2023

Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

 


Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23

¿Qué hacemos con la semilla? Virtualmente la semilla es una explosión inagotable de vida que parece que nunca se acaba; de ella surge la vida en la semilla que germina y que hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas con lo que la vida se va multiplicando como en una espiral sin fin; pero la semilla que utilizamos como alimento, cuántos productos nuevos podrán surgir de esa semilla que se transforma; quien de ella se alimenta, así mismo se llena de vida, que engendrará y producirá más vida también podemos decir que en una cadena igualmente sin fin.

Pero esa cadena o esa espiral la podemos romper, cuando una semilla no produce el fruto para la que estaba pensada, bien porque o no germine o lo haga con tanta precariedad que nunca va a hacer florecer una nueva planta que produzca a su vez nuevos frutos, o si la dejamos morir de manera que en su putrefacción no nos produzca el alimento sano que de ella podríamos esperar.

Es lo que nos viene a describir la parábola cuando no encuentra la tierra apropiada donde germinar y hacer crecer esa nueva plata anuncio y presagio de nuevos frutos. Y aquí siempre nos hacemos hermosas consideraciones de por qué no somos la tierra buena, por qué hemos dejado crecer esos abrojos o no hemos limpiado ese pedregal en que hemos convertido la tierra donde sembrar esa semilla; pensamos, es cierto, en cuantas cosas rodean nuestra vida con sus apegos que nos distraen y nos arrastran muchas veces. Muchas cosas podemos pensar en este sentido.

Pero quiero pensar en algo más, en la semilla que nosotros podemos ser para los que nos rodean. Sí, el testimonio de vida que podemos ofrecer, el amor que podemos regalar, la ternura que llevamos en nuestro corazón y que podemos contagiar a los demás, la alegría con que vivimos la vida que despierta ilusión y ganas de vivir en los demás, el esfuerzo que realizamos cada día en nosotros mismos por superarnos, por crecer, por ser maduros en la vida, los valores que cultivamos y las metas altas que nos proponemos y por las que luchamos, van a ser semilla que vamos plantando en los otros con el deseo de que en ellos produzcan también nueva vida.

Seamos buena semilla en el campo de nuestro mundo, hagamos fructificar la vida, sepamos ir sembrando buenas cosas en los demás, que nuestra palabra ilusione, que nuestros gestos despierten deseos de vida, que nuestra manera de actuar abra nuevos horizontes a los que están a nuestro lado, que la grandeza de nuestro corazón eleve también sus corazones en búsqueda de algo grande y hermoso, que nuestra profunda espiritualidad llene también de ese Espíritu de Dios al mundo que nos rodea.

Nos preguntábamos al principio qué hacemos con la semilla que era una forma de interrogarnos como la acogemos o como somos la tierra propicia para que germine y dé fruto. Pero ahora nos preguntamos cómo somos nosotros como semilla. Decíamos antes que las semillas se multiplicaban cuando las nuevas plantas nacidas de esa semilla producían a su vez nuevas semillas, llamadas a seguir dando vida. Por eso nos preguntamos ahora cómo somos nosotros esa semilla que sigue germinando vida en nuestro mundo. Es el impulso interior, el impulso de vida que sentimos dentro de nosotros para seguir generando vida.


lunes, 17 de julio de 2023

Las palabras de Jesús son de ánimo y de consuelo, poniendo ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que hemos de seguir

 


Las palabras de Jesús son de ánimo y de consuelo, poniendo  ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que hemos de seguir

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1

Hay cosas que algunas veces nos desconciertan cuando hacemos una lectura ligera y superficial del evangelio. Escuchando lo que hoy nos dice Jesús, nos puede parecer inverosímil que quien viene a construir un mundo de amor y de paz, quien nos enseña a amar y a mantenernos siempre en unidad, hoy nos hable de división, nos hable de enfrentamientos incluso entre familiares, nos hable incluso de violencia. En una primera impresión nos quedamos como estupefactos, sin comprender.

Jesús no deja de hablarnos del amor y ese es el camino que hemos de seguir, Jesús no deja de hablarnos de paz, ya que así fue anunciado y proclamado desde su nacimiento para todos los hombres de buena voluntad. Pero es que quien opta por ese camino de Jesús no lo va a tener fácil, no todos van a comprender ese camino y lo que nosotros hagamos; otros serán los planteamientos que el mundo se haga sobre el sentido de vivir que chocan, y de qué manera, con el camino y los valores del Reino de Dios.

Claro que cuando vean que nosotros somos capaces de entregarnos por los demás olvidándonos incluso de nosotros mismos, no se va a entender y habrá muchos que tratarán de apartarnos de ese camino; cuando nos vean comprometidos seriamente por la verdad y por la justicia, como chocamos con el mundo de vanidad y de mentira en que muchos viven y nuestra vida se convierta en testimonio y denuncia de su mentira, claro que tratarán de hacernos callar porque les resultamos incómodos. Y así podíamos seguir pensando en la radicalidad de vida que nos exige el evangelio, que muchos verán como algo ilusorio o inútil y lucharán contra lo que ellos llamarán nuestros sueños.

Y eso lo vamos a encontrar hasta en los más cercanos a nosotros que tratarán de imponernos sus planteamientos o su sentido de vida. Resultaremos incómodos por nuestra rectitud, por nuestra manera de luchar por la justicia, por nuestro desprendimiento y la generosidad de nuestro corazón para darnos y para compartir. Pero quien quiere seguir el camino del evangelio, el camino de Jesús tiene que mantenerse firme y fiel a ese ideal, a esa opción que ha hecho de su vida. Y eso, es cierto, va a costar.

Y Jesús nos habla de unas exigencias. ‘El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mi no es digno de mi; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mi. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mi, la encontrará’.

Por eso, cuando hoy contemplamos a Jesús en ese diálogo intimo y cercano con aquellos discípulos que están a su lado y lo va instruyendo sobre el sentido del Reino de Dios, vemos cómo va desgranando esos consejos, va ayudándoles a descubrir ese camino con el que se van a encontrar que no siempre será fácil, pero al mismo tiempo sus palabras son de ánimo y de consuelo, poniendo  ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que han de seguir.

‘El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, les dice Jesús, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo’. Y le enseña el valor grande que van a tener esas pequeñas cosas que han de realizar cada día. Nada se pierde, todo tiene su valor, todo es importante. ‘El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, sólo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa’.

Son las palabras que necesitamos escuchar, las que darán hondura a nuestra vida, las que despiertan ilusión y esperanza en nuestros corazones, las que nos ponen en camino aunque algunas veces nos cueste entender y aceptar muchas cosas, pero las que nos darán seguridad a nuestra fe.

domingo, 2 de julio de 2023

Ponemos la alegría de la ilusión por lo nuevo y la esperanza de plenitud con la certeza de que hasta lo más pequeño será siempre una siembra de vida

 


Ponemos la alegría de la ilusión por lo nuevo y la esperanza de plenitud con la certeza de que hasta lo más pequeño será siempre una siembra de vida

2Reyes 4, 8-11. 14-16ª; Sal 88; Romanos 6, 3-4. 8-11; Mateo 10, 37-42

Estamos llamados a vivir y a transmitir vida. Forma parte de nuestra naturaleza, del sentido de nuestra existencia. La vida no se acaba en sí misma, no se encierra en sí misma; la vida que se encierra en sí misma, podríamos decir, que enferma y muere: estamos llamados a contagiar vida, trasmitir vida, crear vida; signo de esa vitalidad que llevamos en nosotros es la creación de vida; cuando amamos vamos sembrando semillas de vida, engendrando vida.

Pero muchas veces nuestra vida tiene el peligro de rodearse de sombras y es cuando nos encerramos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo; llegamos a confundir lo que es de verdad vivir y solo nos buscamos a nosotros mismos, nuestras satisfacciones, lo que entonces nos parece que nos va a dar verdadera felicidad; y como decíamos antes comenzamos a morir.

Si una semilla no la plantamos para que de ella surja una nueva planta sino que la guardamos en sí misma indefinidamente, veremos que poco a poco va perdiendo esa fuerza generadora de vida, como decimos, se atrofia, se seca, pierde la capacidad de generar una nueva planta. Así nos sucede a nosotros, cuando nos encerramos en nosotros mismos, perdemos la capacidad de amar y de generar vida.

Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio buscamos una vida que nos hace perder la verdadera vida. Es el sentido de estas palabras de Jesús: ‘El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará’. Por eso nos pueden parecer muy exigentes y duras las palabras que hoy escuchamos en el evangelio. Es la exigencia de haberle encontrado a El que se convierte así en el sentido de nuestra vida. Como nos dirá en otro momento cuando encontramos el tesoro escondido hacemos todo lo posible para conseguirlo, por obtenerlo, seremos capaces de vender todo lo que tenemos para comprar esa perla preciosa. Es lo que significa seguir a Jesús.

Nada puede estar por encima de nuestro amor a Jesús, pero es que todo encontrará la plenitud de su sentido precisamente desde ese amor de Jesús. Nada puede ponerse por medio para interferir en nuestro camino de seguimiento de Jesús, pero cuando seguimos a Jesús todas esas realidades de la vida van a adquirir un nuevo sentido y valor. No nos dice Jesús que prescindamos así porque sí de esas realidades de la vida, llámese familia o llámese trabajo, llámese casa o llámense aquellas cosas que poseemos como instrumentos y medios de nuestro vivir, sino que en ellas vamos a poder poner un amor distinto que le dará verdadera grandeza a cuanto hagamos.

Esa transformación de sentido algunas veces nos resultará costosa porque pesan mucho en nosotros esas sombras de las que nos hemos rodeado y que nos impiden ver la auténtica realidad. Por eso nos hablará de negación de nosotros mismos y de un camino de cruz. Es porque buscamos la luz, porque buscamos la vida, y esa búsqueda significa salir de nosotros mismos, arrancarnos de los egoísmos que nos hacen insolidarios, y arrancar también las malas raíces de nuestras ambiciones y del amor propio que nos encierran, será doloroso pero es la necesaria poda para obtener frutos de vida.

Pero no lo hacemos algo así como que no nos queda más remedio, con resignación. No es la resignación un valor positivo de la vida. Otra cosa es la paciencia que mantenemos con nuestra esperanza para alcanzar lo que deseamos. Ponemos la alegría de la ilusión de lo nuevo y la esperanza de plenitud de vida. Lo hacemos con gozo porque tenemos la certeza y seguridad de que hasta lo más pequeño que podamos hacer, como dar un vaso de agua, será siempre una siembra de vida.

Y ver surgir la flor de la vida nos alegra siempre el corazón, llena de un nuevo perfume nuestra existencia y tenemos la garantía de unos frutos futuros. ¿Quién no se alegra con la cosecha de unos frutos que nos llenan de vida? El cristiano siempre será una persona llena de alegría, siempre vivirá con ilusión por algo nuevo y con optimismo aun en los momentos oscuros, porque al cristiano no le falta la virtud de la esperanza.


domingo, 21 de mayo de 2023

La Ascensión del Señor pone ascensión en nuestra vida, porque buscamos lo mejor, porque tenemos esperanza, porque podemos proclamar que es posible un mundo mejor

 


La Ascensión del Señor pone ascensión en nuestra vida, porque buscamos lo mejor, porque tenemos esperanza, porque podemos proclamar que es posible un mundo mejor

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20

Queremos estar con aquellos que amamos, queremos tener junto a nosotros a aquellos a los que amamos. ‘Me voy a prepararos sitio, para que donde yo estoy, estéis vosotros conmigo… vendré y os llevaré conmigo’, les había dicho en la cena pascual; hoy le contemplamos subir al cielo, subir junto al Padre, pero, como decían los ángeles a los discípulos que se habían quedado embelesados mirándolo subir al cielo ‘volverá como os lo había dicho’. Pero también nos dice que estará con nosotros hasta la consumación de los tiempos. Necesariamente, porque amamos, podemos estar con Jesús, Jesús puede tenernos junto a El.

Es lo que hoy contemplamos, lo que hoy celebramos, a los cuarenta días de la Pascua. Como nos detalla san Lucas en los Hechos de los apóstoles ‘se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios’. Se ha cumplido el plazo, ha llegado la hora de la glorificación ‘según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro’, como nos explicaba la carta a los Efesios.

Celebrar la Ascensión del Señor es sentir cómo nosotros estamos llamados a la ascensión. El deseo más humano que podamos tener es ascender, es crecer, es sentirnos elevados y transportados a algo más grande, a algo más alto, a algo mejor. No podemos perder esos sueños porque estaríamos perdiendo vida.

Son nuestros sueños y nuestras aspiraciones más nobles, donde no queremos quedarnos anquilosados en las mismas rutinas de siempre; queremos huir de lo vulgar y de lo mediocre por eso queremos elevarnos, queremos vivir en ascensión permanente; disfrutamos de todo lo bueno del presente, pero tenemos deseos siempre de algo mejor, buscamos algo nuevo y no nos sentimos satisfechos con lo ya logrado. Todos queremos más. Y no es lo material, es lo que nos da mayor hondura dentro de nosotros mismos, por eso queremos crecer, queremos mirar siempre más arriba, más alto.

Celebrar la Ascensión del Señor es alimentar nuestra esperanza al tiempo que asumimos una misión, transmitir, contagiar de esa esperanza al mundo que nos rodea. Esperanza que nace de nuestra fe en Jesús, esa fe que ilumina nuestra vida, esa fe que nos da un sentido para nuestro caminar, esa fe que se convierte en un motor en el alma con la gracia del Señor que nos acompaña.

Por eso la Ascensión no se convierte en una despedida triste. Es cierto que los discípulos vivían con una añoranza en el corazón y no querían desprenderse de su maestro, pero el que había venido como Emmanuel, como Dios con nosotros, porque entre nosotros plantaba su tienda, ahora nos promete que estará siempre con nosotros, que siempre será nuestro Emmanuel.

Estos momentos que los discípulos estaban viviendo con una especial emoción y sensibilidad, los que incluso se preguntaban si ya era la hora de la restauración de Israel, como le preguntan, Jesús les viene a decir que de eso ahora no tienen que preocuparse, que hay otras cosas más grandes e importantes que les va a llenar sus corazones de alegría. ‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’.  Una presencia nueva, su Espíritu, que los va a convertir en testigos hasta el confín de la tierra. Por eso se sentirán seguros y llenos de alegría. Tendrán la fuerza del Espíritu Santo en sus corazones.

Tenemos con nosotros para siempre la alegría de Dios que inunda con su presencia nuestros corazones. Por eso nos tenemos necesariamente que convertir en testigos de esperanza. A ese mundo nuestro que vemos tantas veces desencantado, que simplemente parece que se va dejando arrastrar por las cosas que le salen al paso cada día, pero sin ilusión por algo nuevo y distinto, sin ilusión por cosas grandes, por poner metas altas en la vida, tenemos nosotros que contagiar con nuestra esperanza.

Es posible algo nuevo, algo distinto, algo mejor, algo que nos de profundidad a la vida, algo que nos de altura espiritual. Tenemos que ser testigos. Tenemos que expresarlo con nuestras palabras pero tenemos que expresarlo con un nuevo estilo de vida, no nos podemos dejar arrastrar por esas rutinas que nos llenan de vacío la vida. Mantengamos viva la vida, mantengamos esos sueños que nos llenan de fuerza y que ponen ilusión nueva en el corazón.

Es la ascensión que desde la Ascensión de Cristo al cielo también tenemos que poner en nuestra vida.



jueves, 2 de febrero de 2023

Peregrinamos haciendo camino de esperanza iluminados por la luz de Jesús que también nos trae María a quien invocamos como la Virgen de Candelaria

 


Peregrinamos haciendo camino de esperanza iluminados por la luz de Jesús que también nos trae María a quien invocamos como la Virgen de Candelaria

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

En la vida nos encontramos en ocasiones gente que va derrotada por la vida, cansados de sus luchas han perdido las esperanzas de algo nuevo y distinto; algunas veces los catalogamos como viejos que ya vienen de vuelta de todo sin ilusión por nada que simplemente se van dejando arrastrar. No tendríamos que decirles viejos, sino más bien muertos, porque por el contrario nos encontramos con personas mayores, viejos en edad si queréis decir, pero que no han perdido la vitalidad de su espíritu, siempre buscan y esperan algo nuevo, siempre quieren hacer algo con lo que ir transformando nuestro mundo a mejor. Es el amor a la vida y la esperanza que los mantiene vivos.

Son realidades que nos encontramos. Unos pueden convertirse en un peligro para nosotros si también logran quitarnos la ilusión, pero los otros son un estímulo para nuestro camino, que algunas veces se nos puede hacer duro.

¿Por qué me hago esta previa o introductoria reflexión? Es que hoy se nos habla en el evangelio de un anciano que a pesar de sus muchos años no ha perdido la esperanza. Cada día viene al templo de Jerusalén esperando que se cumplan las promesas del Señor y que él siente muy vivas en si mismo. Es el anciano Simeón – aunque también vemos a otra anciana, Ana, con la misma fe y esperanza – que recibe a aquella familia de la lejana Nazaret que viene a hacer la presentación de su primogénito al Señor. Con gozo da gloria al Señor porque sus ojos han podido contemplar al Salvador anunciado y esperado. El espíritu del Señor le ha revelado en su interior que aquel niño es el prometido Mesías de Israel.

La celebración de este día tiene tintes y resplandores de luz y de esperanza. Litúrgicamente estamos celebrando la presentación del niño Jesús en el templo, como primogénito de aquel matrimonio y familia de José y de María, para cumplir con la ley de Moisés, en que todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Cuarenta días cumplimos hoy de la celebración de la Navidad del Señor y es la celebración propia de este día.

Como decíamos tiene la celebración resplandores de luz y esperanza, que lo expresamos en esa procesión de las candelas con que se inicia la celebración de este día. Es el peregrinar de los creyentes que hacemos camino iluminados por la luz de Jesús que llega a nuestras vidas. Es el peregrinar lleno de esperanza en búsqueda de esa salvación, que transforme nuestros corazones, pero de esa salvación que ponga luz en este mundo tan envuelto en tinieblas en el que vivimos.

Pero caminamos con esperanza, no nos dejamos derrotar por esas tinieblas y oscuridades que nos cercan. Como el anciano Simeón, que también vivía momentos difíciles como era la situación del mismo pueblo de Dios en aquellos momentos. Pero el anciano mantuvo su esperanza porque había puesto toda su confianza en la palabra del Señor que había recibido.

Es lo que nosotros también queremos hacer, mantener la esperanza, poner nuestra confianza en la Palabra del Señor, porque en verdad queremos irla plantando en nuestra vida. Es así como haremos un mundo mejor. Tenemos que iluminar la vida, tenemos que iluminar nuestro mundo.

No nos podemos dar por derrotados, por muchas que sean las oscuridades que encontremos en nuestro entorno. Nunca podemos decir que no podemos hacer nada, que como vemos las cosas no hay nada que hacer. No podemos combinar sentimientos así con lo que es nuestra fe. Nuestros valores, esos valores que aprendemos del evangelio de Jesús y que nos llenan de esperanza, tenemos que hacerlos resplandecer para que esa luz se vaya contagiando en nuestro entorno. Es de eso bueno, de esa esperanza de la que tenemos que contagiar cuanto nos rodea, es el testimonio que tenemos que dar. Es a lo que nos está invitando esta fiesta de hoy.

Una fiesta en la que sentimos de manera especial la presencia de María. Ahí nos la presenta el evangelio cuando se le anuncia que una espada traspasará su alma. Pero Maria es la mujer que se mantiene firme siempre en su fe y en su esperanza. ¿No la veremos caminar hasta la montaña a la casa de Isabel y de Zacarías para llevar aquella luz que ya ella llevaba por dentro?

Pero para nosotros los canarios en este día hay una presencia especial de María cuando la invocamos como la Candelaria, la que lleva la candela, esa luz en su mano para iluminar al mundo. Su imagen bendita fue adelantada en nuestras islas para hablar del Señor del cielo y de la luz que vendría a iluminar nuestras islas con el anuncio del evangelio de Jesús. Se me ocurre que a ella la podemos llamar protoevangelio de nuestras islas porque su presencia fue un adelanto del anuncio del Evangelio.

Así hoy la celebramos y nos gozamos con ella. Así sentimos su protección y la invocamos como madre. Así queremos que en nuestras islas siga caminando junto a nosotros para que nunca nos falte esa luz del evangelio que mantenga viva nuestra esperanza.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Nos preparamos porque vamos a celebrar a quien viene a nosotros en el hoy de nuestra vida para poner esperanza en el corazón, ser nuestro descanso y nuestra fortaleza

 


Nos preparamos porque vamos a celebrar a quien viene a nosotros en el hoy de nuestra vida para poner esperanza en el corazón, ser nuestro descanso y nuestra fortaleza

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

Nos creemos que todos son felices, pero no lo son tanto. Quizás vivimos tan ensimismados en nuestras cosas que no se nos ocurre mirar alrededor, pero no por fuera, por la apariencia, sino en lo más hondo detrás de esa puerta, de ese rostro, de esa persona que pasa a nuestro lado corriendo a sus tareas, en medio de sus ocupaciones. También detrás de esa apariencia que nosotros manifestamos hay también muchas cosas que solo tu sabes si no lo compartes con nadie; aunque participemos en muchas cosas, hagamos fiesta o convivencia en muchas ocasiones juntos, siempre hay algo detrás que no a todos manifestamos y también la gente creerá que somos felices del todo, pero nos decimos ¡si tú supieras todo lo que hay dentro de mi, no tendrías esa opinión! Pero es lo que nos sucede con los otros.

La misma situación que vivimos en el momento presente no es propicia para muchas alegrías si nos paramos a pensar y a hacernos concientes de lo que hay a nuestro alrededor. En ocasiones parece que nos envolvieran tinieblas, o el túnel que atravesamos es tan oscuro que nos cuesta ver el final.

¿No nos duele el sufrimiento de los que llegan a nuestras costas – y pienso en nuestras costas canarias – en pateras que van dejando tras de sí un reguero de cadáveres mientras atraviesan nuestras aguas, o sobre el timón de carguero – como ha sucedido en estos días - en búsqueda de una vida mejor? Menciono lo más cercano a mi geografía, pero podemos pensar en esa riada continua que atraviesa Centroamérica en búsqueda de ese mundo mejor más al norte. Tantos desplazados de un lugar para otro en tantos lugares del mundo, o como sucede también cercano a nosotros en quienes dejan el campo para irse a las ciudades, o se van de una isla a otra, con todas las incógnitas e interrogantes que llevan en lo profundo de sí mismos ante lo que les deparará ese cambio de vida.

Pero está la lucha del día a día, con sus trabajos y preocupaciones, con los problemas que surgen en las familias o en los lugares de trabajo, con la convivencia que se hace cuesta arriba entre vecinos que no se hablan, con las enfermedades que no siempre se esperan y nunca se desean que nos van apareciendo en nosotros mismos o en los seres queridos que tenemos a nuestro lado, y así podríamos pensar en tantas cosas que nos llenan de angustias y de agobios, que nos quitan la sonrisa de nuestro semblante y nos hacen perder la paz en el corazón, aunque muchas veces intentemos por fuera mantener el tipo. A veces parece que perdemos la ilusión y la esperanza. Y eso amarga los corazones, nos hace perder la paz interior.

¿Dónde podremos encontrar una luz que nos haga soñar en algo mejor? ¿Podrá haber una esperanza que nos ilusione de nuevo y nos haga levantarnos de la angustia que nos envuelve? ¿Será posible la esperanza?

Es lo que los cristianos queremos proclamar en este tiempo de Adviento de una manera especial. Nos preparamos para celebrar algo que en verdad cambió la historia de la humanidad, aunque por falta de fe hayamos perdido de nuevo las esperanzas. Lo que vamos a celebrar próximamente no son unas fiestas de añoranzas, que al final nos pudieran dejar más tristes. Vamos a celebrar que viene a nosotros – y viene realmente nosotros en el hoy de nuestra vida – aquel que nos dice, como hemos escuchado en el evangelio, ‘Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’.

No son unas palabras cualquiera, no son algo que repe

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timos sin más porque queda bonito, es escuchar que Jesús se nos ofrece para que vayamos y descarguemos en El todos nuestros agobios y cansancios porque en el encontramos descanso, encontramos alivio, encontraremos paz. No son palabras para adormecernos, sino para comprometernos. Es que en Jesús vamos a encontrar un camino nuevo, un nuevo sentido de vida, un compromiso que nos transforma, una nueva manera de actuar, una sensibilidad especial para el corazón. Es un evangelio, es una buena noticia, que nos llenará de alegría porque toda buena noticia siembra paz y esperanza en el corazón.

Y vamos a escuchar a Jesús, y vamos a sentirnos unidos a El, y vamos a vivir en su mismo sentido de vida, y entonces iremos llenando de luz nuestro mundo porque nos sentiremos comprometidos a hacer un mundo mejor. No nos cruzaremos de brazos ante el sufrimiento sino que vamos a poner todo nuestro amor para mitigarlo, para transformarlo. Es algo grande lo que nos ofrece, es algo grande lo que vamos a celebrar, por eso queremos ir haciendo este camino de Adviento con toda intensidad para estar bien preparados, para que demos nuestra respuesta.

sábado, 12 de febrero de 2022

No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

 


No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

1Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10

Los discípulos se sintieron quizás sorprendidos por las manifestaciones que estaba haciendo Jesús. Estaba descorriendo el velo de su corazón para que todos le conocieran, para que conocieran sus sentimientos, para darles a entender también el sentido nuevo del Reino de Dios que les estaba enseñando.

‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos’.

Comienzan entonces a preocuparse los discípulos. Si es que allí tampoco ellos pueden hacer nada. ‘¿Dónde comprar panes para que coman todos estos?’, se preguntan. Están en lugares despoblados, la situación les parece difícil de resolver. Pero es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Con cuántos panes se puede contar? Pero solo tienen siete panes. Con eso parece que es imposible.

Derrotistas de la misma manera nos presentamos nosotros tantas veces. No hay nada que hacer, nos decimos y repetimos, son tantos los problemas que parece que vienen en avalancha; quizás podemos sentir algún tipo de preocupación pero no hacemos sino darle vueltas al asunto sin disponernos a comenzar a hacer algo. ¿No habría que preguntarse también por cuántos panes tenemos? ¿Qué es lo positivo por pequeño que sea que yo pueda aportar? ¿Qué es lo que sé hacer y donde yo puedo echar una mano con eso que yo tengo, con eso que yo soy?

Algunas veces cuando hablamos de ese mundo nuevo que tenemos que hacer, de esa ilusión que tenemos que poner en la vida por hacer que las cosas se mejores, de esos granitos de sal que tendríamos que añadir a la vida para que la vida tenga otro sabor, de esas hogazas o de esas migajas de amor y de buenos sentimientos que tenemos que ir poniendo en el mundo para que sea mejor, enseguida pensamos en qué podemos hacer nosotros frente a esa avalancha de egoísmo, de insolidaridad, de maldad que podamos ver en el mundo y nos parece que son tantos y que nosotros somos tan poquitos que no podríamos conseguir nada por hacer que todo mejore. Y nos quedamos con los brazos cruzados. Es lo peor que podemos hacer.

Pon tu granito de arena, pon tu migaja de amor, pon tu ilusión y tu esperanza, comienza a ver las cosas con otros ojos llenos de posibilidades, siempre tu buena semilla aunque te parezca tan pequeña… todo eso un día florecerá; claro que si dejas la semilla guardada sin echarla a la tierra nunca podrá germinar para hacer surgir una nueva planta que llegue a dar fruto. Y es lo que muchas veces hacemos, nos quedamos en lamentaciones, nos quedamos en que nada o poco tenemos y de qué va a servir y la multitud seguirá teniendo hambre porque nadie ha comenzado a compartir. Comienza y seguro que tu obra buena va a fructificar y va a ser estímulo para que otros también siembren su pequeña semilla, compartan su pequeño pedazo de pan.

Es lo que nos está enseñando este milagro de la multiplicación de los panes que hoy contemplamos en el evangelio. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Serás capaz de compartir la pobreza de esos siete panes que tú tienes?  Siente la compasión de Jesús y ponte por obra y comienza a compartir tus panes. Tu sonrisa, tu ilusión, tu esperanza, tu optimismo, tus buenos deseos, tus pequeñas cosas buenas que hagas cada día, tu acercamiento a los demás, tu visita al enfermo de al lado de tu casa, tu interés por los problemas que puedan tener los demás para ayudarle… cuántas cosas.

sábado, 19 de junio de 2021

Todo siempre para la mayor gloria de Dios viviendo con la mayor seriedad y responsabilidad la vida y con la certeza de que quien tiene a Dios consigo, siempre estará lleno de su paz

 


Todo siempre para la mayor gloria de Dios viviendo con la mayor seriedad y responsabilidad la vida y con la certeza de que quien tiene a Dios consigo, siempre estará lleno de su paz

2Corintios 12, 1-10; Sal 33; Mateo 6, 24-34

Las luchas de la vida de cada día muchas veces nos hacen perder la serenidad y la paz. Convertimos el vivir en una lucha o en una carrera loca; queremos más, queremos tenerlo todo, queremos llegar a todas partes, llenamos el corazón de ambiciones y nuestra mente de sueños locos y cuando no podemos conseguir todo lo que anhelamos nos agobiamos, perdemos la serenidad, perdemos la paz.

No es que no debamos tener ambiciones ni permitir que nuestra mente se llene de sueños. Esos sueños nos pueden hacer crecer, pero también nos pueden hacer caer en un abismo; ambicionamos algo mejor para nuestra vida, para nuestros seres queridos, para ese mundo que estamos construyendo, pero hemos de tener los pies en el suelo y ser conscientes de que quizá a no todo podemos llegar, no todo lo podemos conseguir; no es que tengamos que ser derrotistas – eso nunca, porque nunca se ha de perder la ilusión y la esperanza – pero hemos de ser conscientes que no todo siempre depende de nosotros y hemos de saber encontrar los mejores apoyos.

Dios nos ha puesto en este mundo y quiere que con esos valores y cualidades de las que nos ha dotado lo vayamos construyendo a mejor. Pero es una tarea que hemos de realizar sin agobio; no todo depende de nuestras manos, porque hemos de saber contar con los brazos de los demás, pero sobre todo hemos de saber poner nuestra confianza en el Señor.

Algunas veces en nuestro agobio terminamos por preocuparnos de aquellas cosas que no son esenciales, pero esto tenemos que saber buscar lo que es más importante, hacernos una verdadera escala de valores para saber descubrir dónde está lo principal. Así no andaremos con agobios en la vida, así no perderemos el norte, así aunque tengamos que luchar no nos faltará la paz en el corazón.

En el pequeño párrafo que nos ofrece hoy el evangelio hasta en cinco ocasiones se nos habla del agobio del que tenemos que liberarnos. ‘No andéis agobiados… no estéis agobiados…’ nos repite Jesús. Nos previene Jesús del agobio por la vida misma, del agobio por el alimento o por el vestido, nos habla finalmente del agobio del mañana.

‘¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido?’ y nos habla de los pajarillos del cielo o de las flores del campo. ‘¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?’ ¿En manos de quién está nuestra vida y lo que nosotros somos? ‘No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso’.

Por eso nos dejará como una sentencia muy importante en lo que ha de ser la planificación de nuestra vida. ‘Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura’. Vivamos el día de hoy, vivamos nuestro propio presente. Y que en verdad Dios sea el centro de nuestra vida. Es la confianza absoluta que tenemos en Dios porque es nuestro Padre y nos ama. Entonces en cada momento, en aquello que es nuestra tarea de cada día sintamos esa presencia de Dios, sintamos y vivamos esa gloria de Dios que en todo lo que hacemos siempre hemos de buscar.

Todo siempre para la mayor gloria de Dios. Lo que nos hará vivir con mayor seriedad y responsabilidad nuestra vida. No podemos perder el tiempo, que es una grave responsabilidad que tenemos en nuestras manos, pero eso no significa que hayamos de vivir con agobio. Que no nos falte la paz: quien tiene a Dios consigo siempre estará lleno de su paz.

 

miércoles, 21 de abril de 2021

Mucho tenemos todavía que andar, muchos pasos que dar para que nuestra vida de verdad se centre en El porque nos fiamos de El, porque en El ponemos toda nuestra confianza

 


Mucho tenemos todavía que andar, muchos pasos que dar para que nuestra vida de verdad se centre en El porque nos fiamos de El, porque en El ponemos toda nuestra confianza

Hechos de los apóstoles 8, 1b-8; Sal 65; Juan 6, 35-40

Algunas veces es bueno sabernos situar en el marco en que fueron pronunciadas las palabras de Jesús, la situación que se vivía en aquel momento porque nos lleva por una parte a una mejor comprensión de lo que Jesús quería transmitirles, pero también porque nos ayuda a situarnos en nuestro propio marco cuando escuchamos a Jesús y su Palabra que es una Palabra viva, una Palabra de vida va a llegar a nuestra vida de una forma concreta en el momento en que vivimos.

Podríamos decir quizás que la situación que vivían los que escuchaban a Jesús era una situación de desesperanza; un poco podíamos decir se habían apagado sus esperanzas en el hecho de estar sometidos a los romanos por una parte con lo que su propia identidad como pueblo se veía mermada, pero era una situación de pobreza y desorientación porque tampoco tenían unos dirigentes que pudieran despertar esas ilusiones y esperanzas de algo nuevo.

La presencia de Jesús fue como un rayo de luz para aquellas gentes; por eso el evangelista en un momento determinado recuerda las profecías que hablaban de esa luz que aparecía en los territorios de Zabulón y Neftalí que un poco se correspondían con la región de Galilea donde apareció aquel profeta de Nazaret. Ansiosos se iban detrás de Jesús no importándoles en ocasiones de pasarse días de un lado para otro en búsqueda de seguirle y escuchar aquella palabra que despertaba esperanzas en sus corazones.

Es lo que había sucedido y había provocado aquella milagrosa multiplicación de los panes para aquella multitud que llevaba días detrás del camino de Jesús. Parte de aquella gente que había comido el desierto de manos de Jesús era la que ahora le buscaba en Cafarnaún y le escuchaba en su sinagoga. Y Jesús les está pidiendo que en verdad pongan su fe en El. Les promete que quienes le escuchen van a encontrar una luz para sus vidas y no se sentirán defraudados. Es un nuevo pan el que Jesús les ofrece, no solo el que alimenta los estómagos sino el que da valor y sentido a sus vidas. Pero han de aprender a fiarse, a confiar, a creer en El. Por eso les promete vida para siempre, vida eterna, resurrección.

Jesús está señalándoles que El no ha venido a realizar otra cosa sino lo que es la voluntad del Padre del cielo. La historia de Israel no ha sido otra cosa sino descubrir  que Dios para ellos siempre quiere la vida, quiere la salvación. Toda la historia de Israel es una historia de salvación porque es la historia de ese actuar de Dios que ama a su pueblo con quien realiza una Alianza y Dios es fiel, de la fidelidad de Dios no podemos desconfiar.

Quienes hemos roto esa alianza hemos sido nosotros los hombres cuando olvidamos los caminos de Dios, cuando queremos hacernos nuestros propios caminos y hasta nuestros propios dioses porque nosotros mismos incluso en nuestro orgullo nos endiosamos para desobedecer a Dios. Pero Dios mantiene su alianza y ahora se está manifestando en su Hijo, en Jesús a quien hemos de escuchar y a quien hemos de seguir porque para nosotros tiene palabras de vida eterna.

Y nosotros ¿cómo escuchamos hoy esta Palabra de Dios? ¿Qué mensaje tiene para nosotros? Tampoco son fáciles los momentos que vivimos. Muchas cosas se nos han venido abajo, muchos proyectos se han quedado en nada, muchas ilusiones se han visto rotas, a la fuerza sentimos como nuestra vida ha cambiado en muchos aspectos aunque no lo terminamos reconocer, vislumbramos que un mundo nuevo tiene que surgir de todo cuanto nos está sucediendo, pero seguimos también con nuestros temores, nos cuesta emprender algo nuevo porque también significaría un cambio grande para nuestras vidas y en el fondo nos hemos hecho conservadores de lo que tenemos y de lo que no nos queremos arrancar.

Y Jesús también nos pide a nosotros que pongamos toda nuestra confianza en El. Sus palabras también quieren despertar esperanza y una nueva ilusión en nuestros corazones, pero seguimos aferrados a las cosas de siempre y tenemos nuestros miedos en el corazón. Nos cuesta ver lo que nos ofrece, nos cuesta descubrir que El es verdad el Pan de vida para nosotros porque para nosotros tiene un nuevo sentido que de valor a lo que hacemos, a lo que es nuestra vida.

¿Pondremos toda nuestra confianza en El? ¿Nos dejaremos conducir por su Palabra, dejar que su luz ilumine nuestras vidas y nos tomamos en serio eso de comerle para tener vida para siempre y resurrección en el último día? Mucho tenemos todavía que andar, muchos pasos que dar para que nuestra vida de verdad se centre en El.

viernes, 16 de abril de 2021

Es la fe que mueve montañas, el amor que va a hacer saltar tantos cerrojos como le ponemos al corazón, la ilusión y la esperanza que se mantiene viva y nos hará mantenernos en pie



Es la fe que mueve montañas, el amor que va a hacer saltar tantos cerrojos como le ponemos al corazón, la ilusión y la esperanza que se mantiene viva y nos hará mantenernos en pie

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15

‘Qué palabras más sabias’, habremos comentado o habremos escuchado comentar cuando alguien, de quien menos quizás lo esperábamos, dio un sabio consejo de forma inesperada que sirvió para la solución de un problema, para encontrar un camino en un embrollo de la vida o para aprender a tomar actitudes nuevas ante los demás. Nos sorprendió quizás quien nos dio el consejo, porque no era una persona por así decirlo influyente, sino que era una persona sencilla y humilde pero en quien detectamos una grande sabiduría. Y ya sabemos bien que personas así nos encontramos muchas veces en la vida.

Estoy haciendo referencia a esto en relación a lo escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Habían sido apresados por hablar del nombre de Jesús y a pesar de las muchas prohibiciones no había quien los hiciera callar, pues incluso no les importaban las prohibiciones o tener que sufrir por el nombre de Jesús. Es cuando interviene Gamaliel, un maestro importante entre los judíos de Jerusalén y que es el que les dice que mejor es no hacer nada, ni estar provocando más con prohibiciones y castigos, porque si las cosas son cosas de Dios no hay quien las pare. Sabias palabras y en cierto modo tendríamos que decir también que proféticas que nos valen en muchas decisiones que muchas veces hemos de tomar y parece como que quisiéramos ponernos en contra de lo que son los designios de Dios.

Es el actuar de Dios que se nos manifiesta en palabras sencillas en tantas ocasiones, que ya tendríamos que aprender a prestar atención, en gestos humildes y aparentemente sin mayor trascendencia pero que nos manifiestan la gloria de Dios. Es, por ejemplo, de lo que nos habla hoy el evangelio. Nos podría parecer dar un salto atrás al volver a escuchar este evangelio de la multiplicación de los panes y los peces, pero que tiene un profundo sentido pascual y nos va a servir de inicio de los textos que en medio de semana iremos escuchando en los próximos días en el evangelio.

Pero nos centramos brevemente en este texto del evangelio. Una multitud hambrienta que sigue a Jesús porque quiere escucharle y escuchándole se les pasan los días, hasta quedarse sin provisiones y es aquí donde tendríamos que fijarnos en el diálogo entre Jesús y los apóstoles a partir de la situación en la que se encuentran. Habrá que despedir a la gente para que se vayan a los cortijos cercanos buscando algo de comer, pero Jesús que les dice que les den ellos de comer. ¿Qué pueden hacer si no tienen provisiones y se necesitaría mucho dinero para comprar pan para tanta gente? Pero ¿dónde podrían hacerlo si están en descampado?

Es entonces cuando aparece un muchacho con cinco panes de cebada y dos peces. ¿Qué es esto para tantos? Era un muchacho pobre, que, sin embargo, todo lo que tenía lo pone a los pies de Jesús. Y decimos que era pobre por la calidad del pan que llevaba, panes de cebada que sólo comían los pobres. Es pobre pero tiene disponibilidad; es pobre pero su pobreza, sus carencias incluso, las pone al servicio de los demás, los pone a los pies de Jesús.

Nos está enseñando Jesús el valor de la disponibilidad; los apóstoles nada tienen pero se preocupan y Jesús les compromete a que busquen la forma de dar de comer a toda esa gente; el muchacho en su pobreza que da cuanto tiene, y cuánto nos recuerda a la viuda del evangelio a la puerta del templo; pero está la colaboración de todos, pues los discípulos han de servir como correa de transmisión de lo que Jesús les vaya trasmitiendo, que se sienten en el suelo en la hierba de aquel sitio, que les repartan los panes y los peces en cuanto sea necesario para que queden hartos, en recoger lo que sobre para que nada se desperdicie.

Está, sí, la Palabra de Jesús, pero está la disponibilidad de cuantos rodean a Jesús y su espíritu de servicio, la generosidad de quien ofrece todo lo que tiene que siempre será como punto de apoyo para la palanca de la generosidad de los demás. ¿No sucedería algo así aquella tarde en aquel descampado?

        Cuanto podemos hacer cuando cada uno está dispuesto a poner su pequeño grano de arena; es la fe que mueve montañas, es el amor que va a hacer saltar tantos cerrojos como le ponemos a la vida y al corazón encerrándonos en nosotros mismos, es la ilusión y la esperanza que se mantiene viva y que nos hará mantenernos en pie cuando las dificultades nos apremien, cuando los problemas de la vida nos cerquen o cuando las oscuridades pretendan hundirnos en desesperanzas. Es todo como una cadena que va moviendo en nuestra vida unas cosas y otras y al final nos vamos a sentir nuevos y vamos a darnos cuenta de cuántas cosas somos capaces de realizar. 

domingo, 11 de abril de 2021

Tenemos con nosotros la certeza de Cristo resucitado que nos llena de su paz y su presencia se convierte en nuestra vida y nuestra fortaleza

 


Tenemos con nosotros la certeza de Cristo resucitado que nos llena de su paz y su presencia se convierte en nuestra vida y nuestra fortaleza

Hechos de los Apóstoles 4, 32-35; Sal. 117; 1Juan 5, 1-6;  Juan 20, 19-31

Cuando nos vemos zarandeados por la vida, en medio de dudas y perplejidades, envueltos en conflictos y violencias que no es tan difícil que nos envuelvan en este mundo de desconfianzas, de falta de sinceridad de muchos, el que nos encontremos de repente con una luz que nos haga ver un nuevo y distinto sentido, una presencia que nos anima con sola su presencia llena de paz y de serenidad que nos trasmite, es algo que profundamente agradecemos, nos llena de alegría el que recobremos la ilusión y la esperanza y el que podamos comenzar a tener certezas en que apoyarnos.

Vivir sin esa serenidad y paz no es vivir; vivir siempre envueltos en dudas y desconfianzas termina por desesperarnos y nos hace hasta perder la ilusión por vivir. Necesitamos esas experiencias de choque que nos hagan despertar, pero que nos hagan abrir los ojos de otra manera para encontrar otras dimensiones y otras perspectivas incluso de cuanto nos sucede. La vida llena de agobios, sin ilusión y esperanza, donde parece que todo se repite como en una rutina nos desespera y nos hacer hasta perder la fuerza para esa lucha de cada día.

Los discípulos habían vivido unos días llenos de tristeza y amargura, sintiéndose amenazados con muchos miedos, llorando además una soledad que no sabían cómo superar. Todo había cambiado para ellos que se sentían tan a gusto siguiendo al maestro por los largos caminos de Palestina ya fuera en Galilea, atravesando el valle del Jordán y Jericó como las veces que habían llegado hasta la ciudad santa. Pero ahora todo había sido distinto, desde los mismos anuncios que Jesús hacía en su subida a Jerusalén como en los distintos acontecimientos tan variados que se fueron allí o en su entorno sucediendo.

Al momento del prendimiento de Jesús en el Huerto había sido como la locura pues se desperdigaron en su huída aunque la mayoría terminó en aquella sala donde habían tenido la cena pascual. Los momentos de la pasión y muerte fueron el último escándalo que los hundió. Allí estaban al tercer día encerrados en sus miedos en el cenáculo; noticias habían llegado del sepulcro vacío, que si las mujeres lo habían visto resucitado y últimamente los que habían regresado de Emaús que contaban su experiencia en el camino.

Pero las puertas seguían cerradas porque aún no se confiaban. Pero allí estaba El, en medio, saludándoles con el saludo de la paz. Bien que la necesitaban. La sorpresa había sido grande y ahora la alegría les embargaba a todos. ‘Se llenaron de inmensa alegría al ver al Señor’, nos dice el evangelista. Los saluda de nuevo con la paz y los envía al mundo con un mensaje de paz. Es el mensaje del perdón y de la reconciliación. Les ha concedido su Espíritu para que ahora vayan transmitiendo ese perdón, vayan llenando los corazones de paz.

Pronto comenzarán a hacer ese anuncio porque ‘Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús’. Con qué paz y alegría podían transmitir ese anuncio. ‘Hemos visto al Señor’, aunque se lleven el jarro de agua fría de la incredulidad de Tomás, que comenzará a pedir pruebas.

No importan ahora las pruebas que pueda pedir Tomás porque ese fogonazo de luz, de esperanza ha llegado a sus vida y ya la paz no podrá faltar en sus corazones aunque más tarde tengan que pasar por las duras pruebas de las persecuciones. Pero en ese momento del encuentro con Jesús se habían sentido transformados; las escamas de la duda que cegaban los ojos del corazón cayeron por tierra, pero ellos se podían ya levantar con nueva vida, con nueva esperanza porque la paz había llegado a sus corazones.

A los ocho días cuando volvió Jesús, y ahora Tomás sí estaba con ellos, tampoco Tomás necesitó las pruebas que pedía porque solo bastaba la presencia de Jesús. Ya sabemos que hay presencias que no necesitan pruebas añadidas, porque nos sentimos cogidos por dentro, desde lo más hondo de nosotros mismos. Es lo que vivieron los discípulos en el cenáculo aquella tarde y es lo que nosotros tenemos que experimentar. Pero para eso necesitamos dejarnos coger por la fe, que nos envuelva, que nos penetre profundamente, que nos llene de Dios.

Y eso lo necesitamos hoy, en el hoy de nuestra vida que vivimos cada día; algunas veces en lugar de dejarnos envolver por lo bueno o abrir bien los ojos para encontrar lo que está lleno de luz, nos dejamos perturbar por las cosas negativas que nos aparecen en la vida, nos llenamos de oscuridades y de pesimismos y nuestra vida se vuelve negativa, ramplona, vacía, rutinaria, con falta de ilusión y perspectiva.

Es necesario detenernos, no seguir dejándonos arrastras por esas corrientes negativas que todo lo ven negro y lleno de dificultades. Es necesario encender en nosotros esa luz que nos haga fijarnos en lo bueno, apoyarnos mutuamente los unos a los otros en la búsqueda de eso bueno para nuestra sociedad que juntos y con una buena visión podemos encontrar. Es necesario poner esa nueva ilusión y visión positiva en tantos que nos rodean dejándose arrastrar por negatividades y que entonces llenan su corazón de amargura.

Aunque sea difícil no queremos perder la paz, queremos seguir buscando el bien, ayudando a los demás a encontrarse con la luz. Tenemos con nosotros la certeza de Cristo resucitado que nos llena de su paz y que es nuestra vida y nuestra fortaleza.