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domingo, 29 de marzo de 2026

Entramos con Jesús en Jerusalén sin el fragor de unas trompetas y tambores sino montados en la humildad de un burrito para llegar a vivir de verdad la Pascua

 


Entramos con Jesús en Jerusalén sin el fragor de unas trompetas y tambores sino montados en la humildad de un burrito para llegar a vivir de verdad la Pascua

Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14 – 27, 66

Probablemente en aquellos días habría habido otra entrada triunfante en las calles de Jerusalén. Como se acercaba la fiesta de la Pascua que reunía multitudes de judíos venidos de todas partes para su celebración era normal que el gobernador romano se hiciera presente en la ciudad de Jerusalén e hiciera su entrada a lomos de un caballo o en resplandeciente carroza entre el fragor de tambores y trompetas y la marcha acompasada de los soldados a sus ordenes con todo esplendor y la pompa que le habrían paso por las estrechas y retorcidas callejuelas de la ciudad santa.

Pero es otra la entrada que nos narra el evangelio este día, el profeta de Nazaret aclamado por niños y mayores como si fuera el Mesías esperado a lomo de un borrico y sobre las alfombras que con sus mantos y ramos de palmos y olivos hacia también su entrada en la ciudad santa. Nada de aquellos esplendores, sino la humildad del último de los animales, nada de sonido de trompetas sino los cantos de unos peregrinos de la pascua que junto a la alegría por la llegada a la ciudad aclamaban y bendecían al que sentían que venía en el nombre del Señor.

La llamamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y es el pórtico de la pascua que se va a celebrar; una pascua que sería algo más que comer un cordero como celebración y recuerdo de una liberación que los judíos habían vivido en su salida de la esclavitud de Egipto y que cada año celebraban como recuerdo del paso del Señor; una pascua ahora en el que el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo, como un día el Bautista señalara y anunciara, iba a ser sacrificado convirtiéndose así ese paso de Dios por la historia humana para nuestra salvación.

Y es el marco en el nosotros también nos disponemos a celebrar la Pascua. Como pórtico conmemoramos esa entrada de Jesús en Jerusalén pero ya nosotros conscientes, sí, del significado que tenía aquella entrada y de lo que ahora nosotros vamos a celebrar. Por eso, en este marco de humildad y sencillez que fue aquella entrada, sin ruidos de tambores ni trompetas sino solo con cánticos y los gritos de unos niños y gente sencilla, queremos adentrarnos en la contemplación y en la celebración del Misterio Pascual. Qué lástima que los cristianos hoy en nuestras celebraciones religiosas nos parezcamos más a la entrada avasalladora del gobernador romano en la ciudad santa con fragor de tambores y de trompetas, que a aquella entrada humilde que fue triunfante de otra manera de Jesús para vivir su pascua.

Es lo que queremos, y la liturgia nos lo ofrece, hacer ya desde este primer día de esta semana que nos lleva a la Pascua, contemplar el misterio de Cristo en toda su amplitud. Aparecen ya de este primer día los resplandores de la pasión y de la muerte de Jesús, en el anuncio del profeta con el Cántico del siervo de Yahvé, en la reflexión que nos hace san Pablo para contemplar a quien se anonadó y tomó la condición de esclavo pero a quien Dios exaltó y concedió el nombre sobre todo nombre, y en la pasión del evangelista san Mateo que hoy se nos ofrece.

Es momento para ponernos a contemplar y rumiar todo ese misterio de amor, es momento para dejarnos empapar por el amor de Dios que así se nos manifiesta, es momento para nosotros ponernos en camino porque no somos espectadores que vemos desfilar ante nosotros unos cuadros sino para ocupar nuestro lugar en ellos; no es una contemplación a la distancia como la de cualquier curioso que pasa por el camino y pueda o no sorprenderse por lo que está sucediendo. Qué lástima que muchas veces vayamos más a contemplar la belleza artística de unas imágenes que hemos adornado de esplendorosos ropajes que en nada se parecen a aquella túnica manchada de sangre que cubría los cuerpos de unos condenados a muerte.

Mientras vayamos contemplando todo ese cuadro, permítanme que lo diga así, de la pasión tratemos de llevar los ojos de nuestro corazón más allá para contemplar el sufrimiento de una humanidad doliente que nos rodea, y de la que nos hemos convertido en meros espectadores. En ese rostro de Cristo en su pasión que estos días vamos a contemplar tratemos de ver tantos rostros de sufrimiento de tantos a nuestro alrededor; y pensamos en las guerras o pensamos en las miserias de tantos que padecen hambre en el mundo, pero podemos pensar en gentes cercanas a nosotros que viven en su enfermedad o en su soledad, en aquellos de los que disimuladamente quizás nos apartamos discriminando por el color de su piel o por su condición, pensemos en aquellos que se ven enredados por los vicios o tantas cosas que les esclavizan de alguna manera pero sin darnos cuenta de los pedestales en que nos hemos subido por nuestro orgullo para ponernos lejos de los demás, pensemos en tantas violencias de todo tipo que sufren tantos a nuestro alrededor, o podemos pensar en nuestros propios sufrimientos, nuestros desconsuelos y desánimos, las veces en que nos hemos visto vencidos por el dolor y no hemos sabido reaccionar, las amarguras y soledades que por diversas circunstancias hemos tenido que pasar en nuestra vida. ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ hemos dicho con Jesús en el salmo hoy.

Pero tampoco nos vamos a quedar ni en una contemplación fría ni solo quedarnos en unas lágrimas emotivas de compasión que pronto se van a secar. Porque cuando estamos haciendo esta contemplación de la pasión de Cristo tenemos que llegar a contemplar su sentido, porque la pasión de Cristo terminará en la vida nueva de una resurrección, porque hay Pascua, porque hay paso salvador de Dios. Pues ese paso salvador de Dios tenemos que hacerlo también por nuestro mundo con todos esos sufrimientos y muchos más que hemos mencionado.

Pero eso ahora está en nuestras manos, en la forma en que nosotros lo hagamos vida y hagamos posible esa resurrección de nuestro mundo. Es la tarea que Cristo pone en nuestras manos, que hagamos realidad ese paso de Dios en medio nuestro para hacer un mundo distinto. Es la Pascua que hemos de vivir. No necesitamos fragor de trompetas y tambores, necesitamos quizás la humildad de un burrito. 

Que lleguemos a sentir ese paso de Dios para que haya pascua, que lo hagamos sentir a tantos a nuestro lado para que encuentren el sentido de la pascua.


miércoles, 7 de enero de 2026

El evangelio del Reino de Dios sigue siendo una buena noticia hoy para nosotros y para nuestro mundo para despertar una esperanza que a veces tenemos perdida

 

El evangelio del Reino de Dios sigue siendo una buena noticia hoy para nosotros y para nuestro mundo para despertar una esperanza que a veces tenemos perdida

1Juan 3, 22 – 4, 6; Salmo 2; Mateo 4, 12-17. 23-25

Las malas noticias nos aterran, aparecen los miedos y todo se nos vuelve turbio, nos sentimos envueltos por temores y de alguna manera nos encierran en nosotros mismos; no queremos que a nosotros nos suceda lo que escuchamos, nos sentimos defraudados y hundidos ante eso sucedido que no es bueno y nos hace perder ilusiones y esperanzas. Pero las malas noticias están ahí, porque ahí están cuantas cosas nos suceden que no son buenas o alguien pudiera estar dañando. Con malas noticias nos es difícil caminar, porque todo nos resulta un peso demoledor y al final lo que hacemos es ir arrastrándonos sin mucha esperanza.

Pero las buenas noticias nos alientan  y despiertan esperanza; en eso positivo que nos está llegando como noticia vemos que es posible alcanzar aquello que soñamos, que podemos avanzar, que podemos hacer algo distinto, nuevo y bueno; las buenas noticias ponen alegría en el corazón y dan ligereza a nuestros pasos y a cuanto queremos emprender, porque sabemos que ahí cerca está lo que nos prometen o con lo que soñamos.

La aparición de Jesús por Galilea fue en si misma una buena noticia para aquellas gentes tan acostumbradas a rutinas y a sombras, algo nuevo se despertaba en sus corazones porque veían que las promesas mesiánicas de los profetas estaban más cerca de cumplirse. Es lo que Jesús proclama, una buena noticia del Reino de Dios que está cerca, y es en lo que se convierte la misma presencia de Jesús con los signos de ese nuevo Reino de Dios que El va realizando.

Nos dice hoy el evangelista que dejó Nazaret y se estableció en Cafarnaún; era como el centro de Galilea, una ciudad importante en todos los sentidos y su misma situación la convertía en una encrucijada de caminos; entrada a Palestina por el norte conectaba con el camino de Damasco y con todo lo que se llamaba la media luna que conectaba con los pueblos más orientales. Es importante y significativo el lugar escogido.

Aunque establecido en Cafarnaún recorre sin embargo los pueblos y aldeas de toda Galilea y todos los lugares va haciendo el mismo anuncio, la buena nueva de que el Reino de Dios estaba cerca; una buena noticia, evangelio que diremos tomando la palabras más griega, que no eran solo palabras, los anuncios que Jesús hacía sino las señales que realizaba, los signos de ese reino nuevo donde había de desaparecer el mal; las múltiples curaciones que Jesús iba realizando en todos aquellos enfermos que le traían era el signo de ese mundo nuevo.

Y con esa buena noticia a la gente se le abrían las puertas de la esperanza. Acudían de todas partes, nos dice el evangelista; Jesús quería llegar a todos y de ahí sus recorridos y cómo lo veremos siempre en la cercanía de la gente sobre todo de los que sufren, pero también era alguien con los brazos abiertos, con el corazón abierto para acoger a cuantos llegaran hasta El fuera cual fuera su situación. Enfermos en sus cuerpos y enfermos en su espíritu, quienes se sentían solos y abandonados o quienes se sentían discriminados y apartados incluso de la vida de la sociedad, atormentados quizás por el mal de sus vidas o confundidos por lo que contemplaban sentían perdida toda ilusión y toda esperanza.

La presencia de Jesús era una brisa fresca que daba ansias y deseos de caminar, era un faro de luz que iluminaba para ayudar a encontrar un sentido y un valor a cuanto sucediera, por eso el evangelista recuerda al profeta. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, una luz nueva y grande les brilló’. Y cuando hay luz dan más deseos de caminar, cuando hay luz encontramos el sentido y el valor de todas las cosas incluso de aquellas que nos desconciertan y nos hacen sufrir. Ese evangelio, esa buena noticia del Reino de Dios que Jesús proclamaba es ese rayo de luz y de esperanza que se enciende en medio del pueblo.

Y nosotros ¿sentimos estas palabras como realizadas también en nosotros? ¿Seguiremos sintiendo que el evangelio del Reino es también una buena noticia para nosotros y para el  hombre de hoy?

lunes, 4 de agosto de 2025

No nos podemos quedar con los brazos cruzados solo diciendo palabras de compasión o lamentándonos de la pobreza de nuestros cinco panes

 


No nos podemos quedar con los brazos cruzados solo diciendo palabras de compasión o lamentándonos de la pobreza de nuestros cinco panes

Números 11,4b-15; Salmo 80; Mateo 14,13-21

La compasión que se queda solo en palabras podríamos decir que es una compasión a medias. No son sólo sentimientos que se pueden quedar en  pasajeros u ocasionales sino que tiene que traducirse en hechos concretos, para hacer que esos sentimientos se transformen en realidades que curen y que sanen aquello que nos mueve a compasión. Es un dolor que parece intolerable o una situación injusta que contemplamos, una necesidad que conlleva un sufrimiento o una amargura del alma que nos transmite también a nosotros amargura. No podemos quedarnos en decir ‘qué pena’, ‘pobrecitos’, sino que hemos de hacer algo por mitigar ese dolor, solucionar esa situación injusta, remediar esa necesidad, curar la razón de ese sufrimiento, aliviar esa amargura; y eso no lo hacemos solo con palabras o con esa compasión que decimos que compartimos pero en la que no ponemos lo que podamos de nuestra parte para remediarla.

Es lo que nos está enseñando esta página del evangelio. Hay, es cierto, un dolor en el alma de Jesús ante la noticia de la muerte cruenta del Bautista a manos de Herodes; como sucede en estos momentos de dolor buscamos el silencio que nos serene por dentro, que nos haga encontrar luz en esas oscuridades que nos llena el alma cuando nos suceden cosas duras; ¿no habremos dicho alguna vez cuando nos encontramos en situaciones duras que nos aparecen en la vida que no queremos ver a nadie? Jesús al enterarse de lo sucedido se marcha a un lugar solitario con sus discípulos.

Pero, como nos sucede muchas veces, ese remedio que buscamos en esas soledades se transforma en nuestro corazón cuando quizás nos encontramos con otros momentos de dolor. ¿Qué significa mi dolor ante el dolor angustioso de los demás que quizás se mueren de hambre? A pesar de todas nuestras oscuridades tenemos que aprender a seguir mirando en nuestro entorno para captar la realidad que podamos descubrir. Estamos comiendo con la televisión encendida, es la hora de las noticias, nosotros estamos como abstraídos por lo que estamos haciendo o lo que puedan ser los problemas de cada día, pero la televisión nos está dando noticias de muertes y de guerras, de violencias y de un mundo roto; quisiéramos quizás apagar la televisión, pero ¿nos quedaremos insensibles ante todo lo que vemos? ¿Solo va a ser una compasión pasajera que quizás pronto querremos olvidar para que no nos amargue el día?

En aquella ocasión en que Jesús se había ido a un lugar apartado tras las noticias trágicas que le habían llegado, se encuentro con una multitud por un lado con todos sus sufrimientos, con ansias de algo distinto y mejor y por eso querían estar con Jesús y escucharle, pero también con una muchedumbre hambrienta. Y es entonces cuando comienza el actuar de Jesús pero también la invitación a nuestro actuar para no quedarnos en solo compasiones momentáneas.

Jesús se sienta en medio de las gentes y habla con ellos, les enseña y les va curando sus corazones, pero también sus cuerpos doloridos por tantas enfermedades, sufrimientos y carencias. En los discípulos se despierta algo, sienten compasión de aquella gente que no tiene que comer porque han venido de lejos y le piden a Jesús que los despida para que antes de que anochezca puedan llegar a donde puedan encontrar comida. Pero aquí está la palabra comprometedora de Jesús. ‘Dadles vosotros de comer’.

¿Qué pueden hacer? Ya bastante están haciendo con hablar con Jesús para poner remedio y la gente pueda buscar. Además ¿qué pueden hacer ellos con las pocas provisiones que aún les quedan, solo tienen cinco panes y dos peces? Sienten compasión pero se quedan paralizados ante la magnitud de lo que se les presenta por delante.

Jesús tomará la iniciativa, que les traigan aquellos panes aunque sean tan pocos. Jesús como siempre tiene una palabra de bendición, bendición para Dios en primer lugar porque en Él tenemos las fuerzas y tenemos la luz, bendición para Dios que realiza en nosotros aunque seamos pequeños cosas grandes, bendición para Dios porque siempre y por encima de todo el nombre de Dios ha de ser bendito. ¿No será eso lo que nos ha enseñado en el padrenuestro para lo que tiene que ser nuestra oración a Dios? ‘Santificado sea tu nombre, hágase tu voluntad…’

Pero será bendición para quienes han ofrecido aquellos panes, será hacer que aquella gente a pesar de sus calamidades pueda sentirse bendecida por Dios. Algún día dirán que Dios ha visitado a su pueblo. Allí se está haciendo esa visita de Dios, porque allí se está derramando el amor cuando se ha sabido compartir aunque sea solo lo poco que tengamos.

¿Cómo vamos a hacer patente esa visita de Dios a su pueblo hoy, esa bendición de Dios a este nuestro mundo tan roto y con tanto sufrimiento? Es lo que nos está pidiendo Jesús ‘dadles vosotros de comer’. Somos nosotros los que tenemos que hacer palpable con nuestro actuar y con nuestro compromiso esa bendición de Dios trabajando por hacer un mundo distinto y mejor. ¿Nos quedaremos una vez más con los brazos cruzados porque no sabemos qué hacer o porque sentimos la pequeñez de nuestros pobres cinco panes?


domingo, 16 de febrero de 2025

Las bienaventuranzas una Palabra de vida que pone esperanza en el corazón, nos hace crecer nuestra fe, hará sobreabundar el amor y de nuestro mundo haremos el Reino de Dios

 


Las bienaventuranzas una Palabra de vida que pone esperanza en el corazón, nos hace crecer nuestra fe, hará sobreabundar el amor y de nuestro mundo haremos el Reino de Dios

Jeremías 17, 5-8; Salmo 1; 1Corintios 15, 12. 16-20; Lucas 6, 17. 20-26

La luz no se ve, pero con la luz podemos ver. Sin embargo algunas veces teniendo la luz a nuestra disposición no terminamos de ver. ¿Es culpa de la luz? ¿Será culpa de nuestros ojos que se han cegado y no soportamos la luz? ¿O quizás ponemos tantos filtros que no terminamos de claramente lo que es la realidad? ¿No decimos que vemos las cosas según el color del cristal a través del cual miramos? O lo hemos oscurecido tanto, o le hemos puesto colores según nuestra conveniencia, o lo hemos dejado manchar tanto que hemos perdido la nitidez de la realidad.

Decíamos que poníamos colores a nuestra conveniencia, o podemos decir que vemos solamente aquello que queremos ver que son nuestras apetencias, nuestros intereses, nuestras ambiciones o las pasiones que nos puedan dominar; decimos, quizás, que en nombre de nuestra libertad, pero libertad no es poner nuestros condicionamientos según nos plazca, libertad es ver la realidad tal cual es.

Y eso nos puede pasar en la escucha del evangelio, que lo interpretamos a nuestra manera, que le hacemos decir lo que a nosotros nos gusta, que nos hemos acostumbrado tanto a él que ya no le prestamos atención, que nos decimos que nos lo sabemos y ya no es novedad – evangelio que eso significa – para nosotros, que ponemos por delante nuestros intereses y entonces no escuchamos aquello que pueda ir en nuestra contra. Cuántos filtros vamos poniendo que enturbian esa novedad del evangelio que tendría que ser siempre para nosotros.

Nos puede haber sucedido hoy cuando hemos escuchado el evangelio de este domingo. Ah, son las bienaventuranzas, ya nos la sabemos. Quizás hasta un día nos las aprendimos de memoria. Y ya no bajamos al llano con Jesús, como nos dice hoy san Lucas al hacernos este relato, y no escuchamos esa palabra de Jesús en ese llano de nuestra vida. Es allí en el llano donde nos dice san Lucas que las pronunció, aunque san Mateo cuando nos da el texto paralelo nos lo sitúe en la montaña. Pero vamos a pensar hoy que hemos escuchado el relato de san Lucas en el llano, ahí donde caminamos, donde hacemos nuestros trabajos, donde nos vamos encontrando con la gente, donde vamos contemplando desde la misma altura a quienes nos rodean en sus casas, en sus trabajos, en sus caminos o al borde de los caminos, en sus pobrezas o en sus sufrimientos; donde nos encontramos todos mezclados, porque al lado de los pobres o de los que tienen hambre, están los que se consideran poderosos y tienen de todo, donde están los que viven la vida con sus alegrías, pero donde están los que sufren con sus dolencias o sus carencias.

¿Nos habremos fijado mientras escuchábamos estas palabras de Jesús a los que están alrededor nuestro, en nuestra propia casa quizás o en esos caminos de la vida por donde vamos cruzando? Echemos una mirada en derredor nuestro y mirémonos también a nosotros mismos y escuchamos las palabras de Jesús. ¿Las estaremos viendo reflejadas en esos rostros que contemplamos? ¿Estaremos sintiendo que nos llegan de manera directa a nosotros mismos porque estamos en algunas de las situaciones de las que habla Jesús?

Es la forma cómo tenemos que leer el evangelio para que en verdad sea anuncio de vida y de esperanza como quiere ser siempre la buena noticia de Jesús. Es cómo Jesús nos está anunciando el Reino de Dios para nosotros hoy, con nuestra pobreza, con nuestros sufrimientos, con nuestros fracasos o nuestra falta de esperanza en tantas ocasiones, con los rechazos o las incomprensiones que algunas veces podamos sufrir, con esas angustias que se convierten muchas veces en el suelo que vamos pisando cada día. Y la Palabra de Jesús quiere ser un rayo de luz que nos llene de esperanza.

Con la Palabra de Jesús tendremos que comenzar a ver de manera diferente, es luz que ilumina. Veremos la realidad de manera diferente porque la veremos en toda su crudeza, pero al mismo tiempo con la posibilidad de que surja algo nuevo, que podamos hacer la vida de forma diferente porque comencemos a mejorarla, porque no nos dejaremos caer por la pendiente y el abismo del desconsuelo y la desesperación, porque sabemos que podemos encontrar esa paz que tanto necesitamos, porque todo lo iremos transformando y queriendo hacer desaparecer ese mundo de dolor y sufrimiento, porque buscaremos la alegría que de verdad llene nuestro corazón con algo permanente. Con Jesús todo puede cambiar, con Jesús está llegando el Reino de Dios, con la fe que ponemos en Jesús nosotros estaremos haciendo con unas nuevas actitudes y valores de nuestro mundo ese reino de Dios.

Es Palabra de vida, Palabra que pone esperanza en el corazón, Palabra que nos hace crecer nuestra fe, Palabra que hará sobreabundar el amor y entonces nuestro mundo en verdad será distinto.

jueves, 13 de febrero de 2025

Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

 


Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

Génesis 2,18-25; Salmo 127; Marcos 7,24-30

No somos racistas, decimos y lo repetimos muy fuerte y muy claro no sé si en el fondo para justificarnos de algún resabio que nos queda por dentro en algunas actitudes o posturas que podamos mantener en relación a los que nos vienen de fuera. En nuestra tierra con tanta gente que nos llega del exterior, ya sea por turismo o por inmigración, de una forma legal o también de esos que llamamos inmigrantes ilegales porque llegan a nuestras costas en pateras y de muy mala manera, algunas sentimos cosas que se hablan con comparaciones entre el trato que le damos a unos o a otros, ya sea de los que nos dejan su dinero o de los que tenemos que ayudar, que no sé si esos comentarios dejan mucho que desear en referencia lo que primero decíamos en nuestra reflexión. Pero creo que son cosas, palabras y frases que decimos, actitudes o posturas que pueden reflejar algo y tenemos que revisar de alguna manera. ¿Cómo actuar?

Me estoy plateando toda esta reflexión desde el evangelio que hoy escuchamos y que no sé si siempre sabemos darle una buena interpretación. Jesús está fuera del territorio de Israel, o de aquellos lugares donde más se habían asentado los israelitas; está ya en territorio de Fenicia donde ya no todos son judíos sino que hay muchos cananeos, de aquellos que allí estaban asentados cuando llegaron los judíos desde su peregrinar por el desierto en su liberación de Egipto.

Jesús intenta pasar desapercibido. Su misión, como misión divina, que tenía su carácter universal porque para todos era la salvación que venía ofreciéndonos, sin embargo estaba reducida al territorio de Israel. Pero la misericordia de Dios de la que venía a ser signo en medio de nosotros estaba presente en su corazón. Nos cuesta entender algunas veces que Jesús no quisiera escuchar a aquella mujer cananea que suplicaba por su hija enferma, pero su corazón estaba abierto porque con ella entra en diálogo. Y esto es un punto importante. Hay expresiones que nos resultan duras como el hablar de perros, pero tenemos que entender el lenguaje que utilizaban los judíos para  hacer referencia a quienes no fueran de su raza o su religión. Y de aquel diálogo surgirá el milagro del amor porque la fe de aquella mujer era sincera, como hará luego notar Jesús. ‘Por eso que has dicho, ya el demonio salió de tu hija’, le dirá.

Nos surgen también en ocasiones, influenciados por el ambiente o por lo que escuchamos expresiones o sentimientos que pudieran poner en duda la calidad de nuestro amor. Quizás muchas veces nos encerramos en nuestros criterios, ponemos por delante lo que nos parece que pudieran ser nuestros intereses, y surgen así esas actitudes o esas palabras negativas que podamos emplear. Pero ¿no necesitaremos, como lo hizo Jesús, entrar en diálogo con aquellos que nos puedan parecer diferentes para descubrir por ejemplo lo duro del sufrimiento por el que están pasando, o los buenos sentimientos que ellos también pueden tener?

¿Qué sabemos que hay detrás de esas personas, de esas manos tendidas en búsqueda de ayuda? ¿Qué conocemos de sus historias o del sufrimiento que sido su recorrido para llegar hasta donde ahora están? Cuando conocemos de verdad al que está delante de nosotros quizás tendiéndonos su mano o con unos ojos suplicantes podrían cambiar nuestras actitudes y nuestras posturas. No podemos encerrarnos en nuestros propios criterios o en nuestros prejuicios; los prejuicios sabemos que siempre los realizamos cuando no tenemos un conocimiento de verdad de la realidad. Sólo así podrá surgir el milagro del amor que primero que nada tiene que realizarse en nuestros corazones. Solo así podremos ser signos en verdad de ese amor de Dios que tenemos que ser en medio del mundo.

También esas personas tienen derechos a esas migajas de amor que han de desprenderse de la mesa de nuestra vida. Es algo más que una migaja lo que tiene que salir de nuestra vida cuando en verdad nos sentimos envueltos por el amor y la misericordia del Señor. Tenemos que ser verdaderos señales con nuestra vida, con nuestras actitudes, con lo que hacemos de lo que es el amor de Dios.

sábado, 14 de septiembre de 2024

La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

 


La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Juan 3, 13-17

¿A quien le gusta sufrir? ¿Quién busca el sufrimiento por el sufrimiento? Diríamos que eso sería un sentido masoquista. Pero el dolor y el sufrimiento están presentes en la vida, aunque no lo busquemos. Pensando en dolor ahí tenemos las múltiples enfermedades que nos aparecen en todos los ámbitos de la vida y de los que nos cuesta tanto liberarnos. Nos duele cualquier parte de nuestro cuerpo y pronto buscamos remedio, buscamos el analgésico que lo calma, o la medicina que cure aquel mal que está afectando a algún órgano de nuestro cuerpo; pero hay otros sufrimientos que nos afectan hondamente y de alguna manera desestabilizan nuestra vida, bien conocemos los diversos problemas de la vida. Y queremos liberarnos, queremos solucionar tales situaciones porque no queremos andar en esa amargura, en eso que podíamos llamar un sin sentido.

Sin embargo hay cosas que asumimos aunque nos cuesten o aunque nos duelan y buscamos un camino o una razón, algo que le dé sentido y que nos dé fuerza. Pienso, por ejemplo, en la madre que sufre por su hijo, porque está enfermo o porque tiene problemas, pero la madre ama a su hijo y sufre por él y con él; no le importa pasar por lo que sea por ver liberado a su hijo de aquella situación o de aquel problema, no le importarán las horas de sueño perdidas, los sacrificios realizados, la lucha y el esfuerzo por hacerlo salir adelante; ¿qué le mueve? El amor. Por el amor que le tiene pasará lo que haya que pasar y sufrirá lo que tenga que sufrir, no lo busca pero lo asume, tiene para ella un valor, un sentido, el amor. Podríamos poner más ejemplos de situaciones en la vida en que por amor hemos tenido que enfrentarnos a momentos duros y difíciles, pero por ese amor hemos llegado a encontrar un sentido y un valor.

He querido comenzar mi reflexión con este hecho humano porque para algunos podría parecer un sin sentido el que nosotros celebremos una fiesta como la de este día, la Exaltación de la Santa Cruz. ¿Es la exaltación del sufrimiento, porque eso en primer término podría parecer esta Exaltación de la Santa Cruz? Ni mucho menos, es el signo de la exaltación y de la victoria del amor.

Algunas veces en nuestras consideraciones más llenas de piedad que de un verdadero sentido teológico parece como si Jesús hubiera estado buscando el sufrimiento, la pasión y la muerte. Sabe Jesús que está en un camino que le va a llevar a ello, por un lado el abandono o la traición incluso de los suyos, pero sobre todo aquella inquina de los que no aceptaban el plan del Reino de Dios que nos presentaba y no querían reconocer la verdad de su palabra; le llevaría a la muerte, pues querían quitárselo de encima – cuantas cosas semejantes seguimos viendo en el mundo de hoy – pero a Jesús le costaba enfrentarse a aquella Hora.

En Getsemaní veremos aquella angustia humana que le hace pedir al Padre que pase de El aquel cáliz, y el sudor de su miedo en esos momentos será incluso de sangre. Pero es consciente que ha llegado su hora y por eso dejará a un lado su voluntad humana para sobreponerse con el amor que es lo que le ha traído al mundo. Para eso ha venido. Es la entrega de amor porque quiere que en el mundo reine el amor, nunca más la violencia y el egoísmo sean los que se impongan y nos destruyan, y por eso está dispuesto a dar su vida.

El camino todo del evangelio ha sido todo él un queremos ponernos en camino de ese mundo nuevo, de ese sentido nuevo de la vida, de la humanidad. Es lo que El ha ido realizando y es lo que nos ha enseñado y tanto nos ha costado comprender. Algunas veces juzgamos de mala manera a los discípulos cercanos a Jesús porque no entendían lo que El les estaba enseñando, pero pensemos que nosotros no somos mejores porque después de tantos siglos seguimos haciendo lo mismo, seguimos llenando de cruces nuestro mundo.

A pesar de llevarlas orgullosos colgadas de nuestros pechos o ponerlas en lugares destacados de nuestra sociedad, seguimos crucificando con nuestro egoísmo y con nuestras violencias, seguimos siendo injustos los unos con los otros y seguimos dejando que predominen nuestros orgullos y nuestras vanidades, seguimos discriminando a los que están a nuestro lado y no nos caen bien algunas veces simplemente por el color de su piel, seguimos peleándonos en nuestras ambiciones y queriendo ponernos por encima y por delante de todos. ¿Somos nosotros los que actuamos así lo que a pesar de todo seguimos adornando y celebrando la cruz? ¿No habrá algún sin sentido en lo que hacemos?

Celebrar esta fiesta de la exaltación de la Cruz ha de ser algo que nos tiene que hacer reflexionar. Si Jesús fue levantado en lo alto de la cruz fue por amor; si nosotros queremos celebrar esta fiesta de la cruz es porque queremos optar también por el amor. La fiesta de la cruz no puede ser otra cosa que una fiesta de exaltación del amor, pero no lo vamos a hacer con cosas que se queden en lo externo, lo ritual o lo formal, sino que tenemos que hacerlo desde lo más profundo de nuestra vida, y eso nos exige que algo tengamos que cambiar.

sábado, 30 de marzo de 2024

En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

 


En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… así sencilla y escuetamente nos dice el evangelista. ¿Había habido un encuentro en la calle de la amargura camino del Calvario? La devoción popular y la tradición nos hablan de ello, viéndolo con toda normalidad; hecho que además en la tradición daría nombre a aquella calle, pues tal imaginamos era la amargura de la madre en el encuentro con el hijo condenado que llevan a crucificar.

Nosotros también en el amor de los hijos queremos ponernos en estos momentos al lado de la madre. La madre del crucificado con todo lo que eso significa, pero que es la madre que hoy se nos ha regalado. Detalles de Jesús, con su madre, con nosotros. Allí estaba el discípulo amado y es a él a quien le dice ‘he ahí a tu madre’; pero es que también se ha dirigido a María la que en aquel momento estaba perdiendo un hijo que se lo arrebataba la muerte, ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’. Y nos dice el evangelista - ¿fue el mismo el que recibió el encargo? – que ‘desde aquella hora la recibió en su casa’.

Sí, queremos estar al lado de María, al lado de la madre, al lado de nuestra madre, pero vamos a hacerlo en silencio porque no es de otra manera como se pueden acompañar estos momentos. Sobran las palabras, habla el silencio. Muchos nombres, como calificativos, le damos en este día a María, dadas las circunstancias que vive. El más común Madre dolorosa, Madre de los Dolores, Virgen de los Dolores. El dolor y el sufrimiento de una madre que ve morir a su hijo. Algo que no vamos a describir porque es indescriptible. Pero una realidad dura que parte el corazón.

Simeón le había anunciado que una espada le traspasaría el alma y hasta siete espadas en nuestro amor y devoción vemos que atraviesan el corazón de la madre. Así la representamos, no faltará nunca el signo de esa espada en cualquier imagen de la Virgen de los Dolores. Casi más no podemos decir, no es necesario decir, porque sobran explicaciones. ¿Pregúntenselo a una madre que ve sufrir a un hijo enfermo con una enfermedad incurable? ¿A una madre que pierde un hijo en un accidente, en una guerra? ¿Pregúntenselo a una madre que no tiene pan para darle a su hijo que le dice que tiene hambre?

La llamamos también Virgen de las Angustias, quizás porque en ella al pie de la cruz de su hijo o caminando junto al cuerpo difunto de su hijo llegan hasta su tumba. Es un dolor insuperable que nos hace perder el alma, es una oscuridad grande que nos lleva a perder el rumbo de la vida, es un sin sentido que nos enloquece y nos hace perder todo equilibrio. ¿Sería así la angustia de María? Dolor había en su alma y podrá preguntarnos con las lamentaciones del profeta si es que hay un dolor semejante a su dolor, pero María era la mujer confiada de Dios, en El había puesto toda su fe y toda su confianza, y aunque había tenido momentos de incertidumbre en su vida – ‘¿Cómo será eso que no conozco varón?’ se había preguntado ante el ángel – era la mujer que se fiaba y decía sí. ¿No había dicho ella que era la esclava del Señor dispuesta a todo, a que se cumpliera la Palabra del Señor que le llegaba por boca del ángel?

También la invocamos como la virgen de la Soledad. Justo que la veamos y la invoquemos así cuando ha perdido todo lo que humanamente podía ser su apoyo, había perdido a su hijo. En esa soledad queremos nosotros acompañarla en estos momentos posteriores a la muerte de Jesús. Pero ya nos dice el evangelio junto a María estaba también María Magdalena y aquellas otras mujeres que habían venido con El desde Galilea. Aunque los discípulos de su hijo se habían dispersado y habían huido allí quedaba el discípulo amado que iba a recibir aquel hermoso encargo. Desde aquella hora la había recibido en su casa, como ya hemos comentado.

Soledad la llamamos e invocamos porque queremos expresar así lo que se puede sentir, lo que puede pasar por el corazón de una madre en estas circunstancias. No queremos esa soledad de María, porque además queremos que sea ella la que nos acompañe en nuestras soledades, en nuestras angustias, en nuestros dolores. Necesitamos esa madre que sabe estar a nuestro lado y nosotros queremos saber estar también a su lado. Por algo la llamamos también la Virgen de la Esperanza. Por mucho que fuera el dolor no faltó en ella la esperanza, porque era la primera que había plantado la Palabra de su Hijo en su corazón y entendía que la vida y el amor no se acaban, porque con Jesús la tenemos para siempre, con Jesús nos sentiremos siempre desbordados por el amor.

Y con ella hemos caminado esos pasos de la tarde del Viernes Santo, como la queremos acompañar en este Sábado que parece oscuro y silencioso pero que es preámbulo de un amanecer luminoso con resplandores de resurrección. En silencio nos quedamos junto a María, quizás muchas palabras han circulado ya por nuestra mente cuando la contemplamos, pero nada más vamos a decir. Que ese silencio nos hable, que ese silencio nos haga sentir una presencia que llena el corazón. Con María superaremos dolores y angustias, soledades y desesperanzas, porque con María sabemos llenarnos de luz y de vida, renace la esperanza en nuestro corazón.


lunes, 5 de febrero de 2024

Jesús viene a sanar todo lo frágil, lo débil y hasta lo enfermizo que pueda haber en cada cosa de la vida porque El viene a iluminar con una luz nueva nuestra existencia

 


Jesús viene a sanar todo lo frágil, lo débil y hasta lo enfermizo que pueda haber en cada cosa de la vida porque El viene a iluminar con una luz nueva nuestra existencia

1 Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Marcos 6, 53-56

En las conversaciones solemos escuchar a la gente que la salud es lo primero, que preferimos perderlo todo que perder la salud y hasta nos contentamos cuando no tenemos suerte en los juegos de azar, como la lotería, que bueno, que el dinero va y viene pero que lo importante es tener salud. Es lo que todos deseamos; ante cualquier dolor que nos pueda anunciar algún tipo de enfermedad enseguida acudimos a quien pueda remediarnos, a quien pueda curarnos y buscamos la medicina lo más pronto posible para que los dolores desaparezcan, para que podamos curarnos de aquellas fracturas de la salud o de nuestros huesos, para recuperar pronto la salud.

Es cierta también que la fragilidad de nuestra salud trae acompañadas otras fragilidades como suelen ser las angustias de las que nos podemos llenar, otras consecuencias como la falta de medios para subsistir al no poder trabajar, otras inquietudes en nuestro interior porque son muchas más cosas las que sentimos que se nos debilitan cuando perdemos ilusión por la vida, cuando socialmente nos vemos afectados para nuestras mutuas relaciones, para la realización de nuestros trabajos, para alcanzar las metas que nos podamos proponer en la vida. Ya no es solo la salud en si mismo, sino que irá acompañada de otros síntomas que pueden aparecer en nuestra vida.

¿Queremos la salud? ¿Queremos superar esas fragilidades y angustias? ¿Queremos recuperar la esperanza? ¿Queremos buscar una vida mejor y que nos haga vivir más dignamente? Es mucho más lo que buscamos, aunque la pantalla de la enfermedad o de la salud pareciera que lo cubre todo. ¿Dónde están puestas entonces nuestras esperanzas o como recuperarlas?

En el pasaje del evangelio que hoy escuchamos nos aparece que dondequiera que fuera Jesús enseguida acudían a él llevando a sus enfermos con el deseo de que al menos tocando la orla de su manto pudieran curarse. Muchas veces nos quedamos en la literalidad de las palabras que no dejó escritas el evangelista, pero no nos detenemos lo suficiente a reflexionar hasta donde llegan esas enfermedades con las que vamos que las gentes acuden a Jesús. Jesús despertaba esperanza en aquellas gentes sumidas en su pobreza, sumidas en la opresión de unas autoridades extranjeras, sumidas y sujetas, poco menos que esclavizados, por unas costumbres que poco menos que se habían convertido en ley para sus vidas, pero que nos hacían salir de la situación de desesperanza en que vivían.

Estar enfermo en su situación y en aquellos momentos significaba mucho más que unos dolores que les imposibilitaran los movimientos; estar ciego, sin luz en los ojos, significaba pobreza, miseria y hambre, porque no podían trabajar; ser leproso era verse alejado de los suyos por los cuales no podría hacer nada, pero que ni los familiares podían acercarse a ellos, viviendo discriminados y apartados de todos en la más horrible soledad que no sé si no sería peor que los dolores de la enfermedad; y así podemos pensar en cualquiera de las otras limitaciones que pudieran sufrir como cualquier tipo de invalidez.

¿Qué significaba entonces que pudieran acudir a Jesús para verse curados de sus enfermedades? Muchas cosas podían cambiar, una vida nueva podía comenzar para aquellas personas, unas esperanzas renacían en sus corazones, una profunda liberación podían sentir en sus vidas. Acudían a Jesús porque en El habían puesto todas sus esperanzas. Mucho era lo que Jesús les ofrecía; la salvación que Jesús les ofrecía era algo muy amplio, algo que abarcaba la totalidad de la vida. Algo nuevo comenzaría a resurgir desde lo más hondo.

¿Cuál es en verdad la salvación que Jesús nos está ofreciendo también a los hombres y a las mujeres de hoy? Es algo en lo que tenemos que pensar seriamente. Hemos espiritualizado tanto el sentido de la salvación que nos trae Jesús que la hemos hecho algo irreal y que no siempre va por el camino de la verdadera espiritualidad. La verdadera espiritualidad es algo interior, pero es algo que abarca la totalidad de la vida de la persona.

Y eso espiritual tenemos que sentirlo y vivirlo es cierto en esos aspectos más sobrenaturales de la vida, pero hemos de vivirlo también en eso que hacemos y que vivimos en cada momento, en nuestros trabajos y en nuestras luchas, en nuestro disfrute de la vida en todas sus cosas buenas y también en los momentos dolorosos y difíciles, en eso tan material que podamos hacer con nuestros trabajos pero en esos tan humano como son nuestras relaciones con los demás.

Y en todo eso ha de manifestarse esa salud, esa salvación que Jesús nos ofrece; El viene a sanar todo lo frágil y débil, y hasta enfermizo, que pueda haber en cada una de esas cosas de la vida. El viene a iluminar con una luz nueva cada uno de los aspectos de nuestra existencia.

martes, 12 de diciembre de 2023

Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

 


Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14

Yo ahora no tengo tiempo, tengo tantas cosas que hacer… será la disculpa que más de una vez nos hemos dado, cuando no queríamos que nos molestarán, no queríamos comprometernos, o rehuíamos la llamada que alguien nos hacía para que le echáramos una mano. Es la disculpa que nos damos, que estamos muy ocupados, cuando somos quizás conscientes en un momento de lucidez cuántas cosas podríamos hacer por los demás, cuando vemos a alguien desanimado que necesita una palabra de aliento, o cuando vemos a alguien con problemas sin saber cómo salir adelante. Tenemos tantas cosas que hacer, nos decimos y nos justificamos.

Hoy Jesús nos ha hablado de la oveja que se ha descarriado, que se perdido, que se ha alejado del rebaño y puede estar en peligro, y nos dice que el pastor guarda las noventa y nueve en el aprisco y se va a buscar a la oveja perdida allá donde se encuentre. Y claro, nos habla de la alegría cuando el pastor recupera la oveja perdida, de manera que en su alegría corre a anunciarlo a amigos y familiares, porque ha encontrado la oveja perdida. Y nos termina diciendo que el Padre del cielo no quiere que se pierda ninguna de sus pequeñas ovejas.

Cuánto nos dice este pasaje del evangelio. Nos está hablando de la ternura de Dios significada en esa ternura del pastor. Quizás algunas veces desde la distancia no somos capaces de calibrar bien lo que es la ternura que siente por sus animales el que los cuida. Ya sea el ganadero que tiene sus rebaños, o aquel que tiene junto a si un animalito que le cuida y le hace compañía. Sea de una forma de otra hay como una ternura especial, una relación especial que no es solo tener unos animales porque de ellos pueda obtener un rendimiento. Recuerdo a mi padre que a los ganados que teníamos en casa a cada uno de aquellos animales los llamaba por un nombre; como nos sucede cuando tenemos unas mascotas o unos animales de compañía.

Por eso no nos extrañe esta comparación que nos quiere hacer hoy Jesús en el evangelio, porque ahí nos está hablando de la ternura de Dios, de su misericordia y compasión, de cómo Dios nos llama y nos busca y con lazos de amor a través de muchos signos quiere atraernos hacia El. La prueba más maravillosa la tenemos en Jesús, rostro de la misericordia de Dios que nos regala su amor y su perdón.

Pero este texto del evangelio nos cuestiona a algo más, porque nos está planteando las actitudes que nosotros hemos de tener. ¿No tendríamos que hacer como el pastor que deja las noventa y nueve en el redil para ir a buscar a la oveja perdida? ¿Cómo traduciríamos eso a nuestra vida concreta? ¿No hablábamos al principio de aquella muletilla que nos gastamos de que no tenemos tiempo? ¿Qué es lo que tendríamos que dejar apartado a un lado para encontrar caminos de ir al encuentro con los demás?

Consolad, consolad a mi pueblo, nos decía el profeta en la primera lectura. ¿Habremos pensado en quien está cerca de nosotros y necesita unas palabras de aliento y de consuelo? 

Nos parece que la gente vive toda feliz y contenta, porque vamos tan deprisa por los caminos de la vida que no nos detenemos para fijarnos con atención a las personas con las que nos encontramos o con las que nos cruzamos. Mírales a los ojos y descubrirás muchas tristezas y muchas lágrimas reprimidas, descubrirás corazones angustiados y apenados, gente que van con sus tormentos en el corazón sin encontrar quizás con quien desahogarse y contar sus penas, personas que se van arrastrando por la soledad de la vida porque no tienen a nadie a su lado, gente que sufre con sus enfermedades o con el sufrimiento de los suyos y no saben cómo encontrar alivio y consuelo para su dolor.

Y nosotros tenemos tanto que hacer, nosotros que vamos con nuestras carreras, nosotros que no pensamos sino en lo que nos puede hacer sufrir pero no queremos sintonizar con el sufrimiento de los demás porque nos puede parecer demasiada carga. Despertemos. El Adviento nos está llamando. No solo vamos a preparar unos turrones o unos bonitos adornos para nuestra casa. Jesús está llegando a nosotros en todas esas situaciones que podemos descubrir en los demás y ¿dónde lo vamos a hacer nacer?

miércoles, 12 de julio de 2023

Pulsemos el latir de nuestro mundo y nos daremos cuenta de su sufrimiento donde hemos de poner nuestra mano, prolongación de la mano salvadora de Dios

 


Pulsemos el latir de nuestro mundo y nos daremos cuenta de su sufrimiento donde hemos de poner nuestra mano, prolongación de la mano salvadora de Dios

Génesis 41,55-57; 42,5-7.17-24a; Sal 32; Mateo 10,1-7

Qué prontos estamos para hacer nuestros juicios de cómo anda el mundo. Parece que hay momentos más propicios para hacernos estas consideraciones sobre lo mal que andan las cosas, y no es solo que haya momentos políticos en la sociedad donde salgan a flote nuestros comentarios y juicios sobre lo mal que está todo, sino que fácilmente en cualquier conversación, como solemos decir tomándonos un café, nos pongamos a mirar a nuestro mundo y estar como pidiendo que las cosas tienen que cambiar. 

Buscamos una salvación, buscamos un salvador, buscamos alguien que sea capaz de hacer que las cosas sean mejores, pero ¿hasta donde nos implicamos? ¿Nos contentaremos con contemplar los toros desde la barrera o saltaremos al ruedo de la vida porque realmente tendríamos que aportar algo?

Desde un sentido de humanidad, de pertenencia a esta gran familia que es la humanidad tendríamos que sentir dentro de nosotros la urgencia de nuestro compromiso, de lo que tendríamos que implicarnos no solo con recetas fáciles sino de verdad poniendo toda la carne en el asador. Pero es que además nos estamos haciendo esta reflexión entre cristianos y desde un sentido cristiano, y aquí tendríamos que tener muy claro la misión que Jesús nos confía. Decíamos que buscamos una salvación, que buscamos un salvador, pues no hemos de olvidar que tenemos una misión de llevar esa salvación a nuestro mundo.

Lo que hoy nos relata el evangelio no es solo un relato de lo que Jesús en aquel momento hizo cuando llamó a los doce a los que iba precisamente a llamar apóstoles confiándoles una misión. Cuando hoy escuchamos el evangelio tenemos que escucharlo en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. En esa nominación que Jesús va haciendo está nuestro nombre, en esa misión que Jesús confió entonces a aquellos apóstoles está nuestra misión.

‘Les dio toda autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia…’ dice el evangelio. Una misión de salvación, de liberación del mal, de quitar todo sufrimiento de la vida que no es solo la curación de unas enfermedades corporales es lo que Jesús confía a los apóstoles, es lo que nos está confiando hoy a nosotros.

No nos podemos contentar con detectar ese mal que hay en nuestro mundo cuando hemos cambiado el amor por odio, cuando hemos eliminado unos valores que nos elevaban por maneras de vivir que nos esclavizan, cuando hemos quitado del mundo y de los corazones la paz para llenarnos de amarguras y desesperanzas. 

Es necesaria una transformación, una salvación porque es arrancarnos de esa pendiente que nos lleva al abismo para ponernos en un camino nuevo que nos lleve a una plenitud de vida.  Y es ahí donde estamos llamados a actuar, es ahí donde tenemos que poner paz y amor, es ahí donde tenemos que aprender a sentirnos y querernos como hermanos, es ahí donde de nuevo hemos de hacer resaltar esos valores que en verdad nos van a hacer grandes.

Es nuestra tarea, es nuestra misión. Con nuestro nombre el Señor nos ha llamado, sobre nosotros ha derramado su amor y su gracia, a nosotros nos da esa posibilidad de curar, de sanar nuestro mundo, de hacerlo mejor. A nosotros nos ha enviado allí donde está el mal y hay que transformarlo. 

Nos dice hoy que no tenemos que ir lejos, sino que vayamos a las ovejas descarriadas de Israel, vayamos a esos que están a nuestro lado atenazados por tanto mal y por tanto sufrimiento y llevemos esa palabra de salvación, llevemos ese gesto de amor, llevemos esa presencia del Espíritu divino que nos transforma.

Esa necesidad, ese problema, ese sufrimiento lo tenemos a nuestro lado. Miremos cara a cara a cuantos nos vamos cruzando por el camino y seamos capaces de descubrir esas marcas de sufrimiento que llevan en sus rostros, esa desesperanza y falta de ilusión que se refleja en miradas tristes a pesar quizás de muchos cantos bulliciosos, pulsemos el latir de nuestro mundo y nos daremos cuenta de donde hemos de llevar la salvación. Pongamos ahí nuestra mano que ha de ser la prolongación de la mano de Dios.

sábado, 11 de febrero de 2023

Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

 


Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10

‘Siento compasión de esta gente porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino…’

El camino se hace largo, han venido de lejos. El camino se nos hace largo tantas veces que lo emprendemos con mucha ilusión. Pero desfallecemos, nos cansamos, perdemos la orientación del camino de la vida y nos encontramos sin saber qué hacer, por donde caminar, buscamos y buscamos y parece que las respuestas se alejan. Cuántas veces en la vida desfallecemos y hasta tenemos la tentación de tirar la toalla,  de no seguir adelante. En ocasiones nos parece sentirnos fracasados por los tropiezos que vamos teniendo en el camino, porque hay cosas que no nos satisfacen, porque nos sentimos tentados por todas partes, tantos cantos de sirena de cosas que la vida nos ofrece para que vayamos por otros caminos. Necesitamos algo nuevo, algo que nos renueve, algo que nos haga entrar de nuevo en ilusión.

Es cierto que aquella multitud que seguía a Jesús habían salido de sus casas e incluso habían dejado de lado sus cosas, porque estamos ilusionados y llenos de esperanza con las palabras de Jesús y con lo que le veían realizar. Muchos habían acudido con sus enfermos y Jesús los había curado; muchos, por qué no pensarlo, cuando se acercaban a Jesús iban con sus penas en el corazón y se sentían como nuevos al lado de Jesús, escuchando a Jesús. Pero a todos nos pueden entrar los cansancios, nos podemos sentir tentados por la desilusión, se les podían morir las ganas de vivir mientras iban por el camino.

Pero allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, allí está Jesús el que se pusiera en camino con Jairo para ir a su casa a curar a la niña que estaba en las últimas cuando les avisan que no hay nada que hacer y Jesús solo pide fe a Jairo para seguir caminando; allí está Jesús el que llamará al ciego del camino o el que se acercará hasta la piscina donde hay alguien a quien nadie ayuda. Y está la compasión de Jesús, y está el amor de Jesús, y está la vida que Jesús quiere regalarnos.

Hoy le vemos que siente compasión por aquella gente, porque está sintiendo, es cierto, los sufrimientos y las angustias de aquellas personas como algo que le afectan a El también; pero la compasión de Jesús no se queda en lamentos, en bonitos sentimientos que se pudieran quedar en una lágrima y todo sigue igual; allí está el Jesús que pregunta por los panes que tienen, el Jesús que se pone mano a la obra y bendice los panes y los peces y pone en camino a los discípulos para que se los repartan. Es la compasión de Jesús que está a nuestro lado y nos tiende la mano, y nos levanta, y pone luz en los ojos, y despierta el amor en el corazón, y nos hace sentir nueva vida.

En medio de nuestros desalientos y cansancios, en medio de esos desiertos que nos llevan o nos tienen lejos, tenemos que darnos cuenta de que con nosotros está Jesús y está su amor, está su compasión y está la vida nueva que nos regala, está Jesús que nos pone en camino pero camina a nuestro lado, está Jesús que nos sana desde lo más profundo para que seamos ya nosotros los que carguemos con nuestras camillas, está Jesús el que nos regala el perdón y nos regala la vida.

Aquel día se repartieron los panes y todos comieron hasta saciarse de manera que incluso sobraron panes. Con Jesús ahora con nosotros también comemos de ese pan que El nos da que es El mismo, porque es el pan bajado del cielo para que tengamos vida y vida en abundancia. Con Jesús ahora a nuestro lado no podemos desfallecer, podremos y tenemos que seguir el camino, y superaremos los cansancios y con su fuerza, la fuerza de su Espíritu comenzaremos a hacer un mundo nuevo.