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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

 


Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

Proverbios 30, 5-9; Salmo 118; Lucas 9, 1-6

En tus manos está, en tus manos lo dejo, decimos cuando queremos confiar a alguien la realización de algo que queremos importante, que no hemos de realizar por nosotros mismos, pero que ponemos toda nuestra confianza en alguien para que lo lleve a cabo. Confiamos en que es capaz, que tiene los medios o los conocimientos para realizarla, que tiene la autoridad quizás de una experiencia o también desde los valores y cualidades que posee y que estamos seguros de que podrá llevarla adelante.

Es lo que estamos viendo en este pasaje del evangelio; lo consideramos un momento clave e importante en que Jesús va, podríamos decirlo así, delegando en sus discípulos, a quienes como nos dice el evangelista les ha dado autoridad, para que sigan realizando su misión, el anuncio del evangelio con palabras y con signos. ‘En tus manos está, en tus manos lo dejo’, como decíamos al principio. Han de hacer el anuncio del Reino, han de mostrar los signos de que llega el Reino de Dios y los corazones han de cambiar. Por eso como dice el evangelista ‘les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’ y terminará diciendo que ‘se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’.

Y nos habla el evangelista de la disponibilidad que Jesús les pide, vacíos de sí mismos para que todo su apoyo y su confianza para la misión que han de realizar la pongan en Dios. ‘No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno’. No llevar nada para el camino significa no poner la confianza en las propias seguridades, medios o apoyos humanos, sino depender únicamente de la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre. La libertad interior del enviado nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino, como nos decía un teólogo de nuestro tiempo, Carlos María Martini.

Es necesario también una disponibilidad y una predisposición a ser acogedores pero también a ser acogidos, allí donde nos reciban. Es algo nuevo y distinto, es cercanía y es corazón; como les dirá Jesús en otro momento no pueden actuar a la manera de los jefes y poderosos de este mundo, porque la misión es la del servicio y para eso hay que ponerse a la altura de todos, también del más pequeño y del más bajo, porque en su Reino la grandeza está en el servir y en el hacerse el último de todos.

¿Será esta la imagen que damos los servidores del evangelio, la imagen que da la Iglesia hoy en medio del mundo que nos rodea? Tenemos, es cierto, que vivir en el mundo de hoy, con los medios de los que hoy disponemos, pero no tenemos que hacernos a la manera del mundo que nos rodea. Demasiadas veces cometemos el error de presentarnos con los parámetros del mundo y cuando llegan a confundirnos con las maneras de ser del mundo estamos perdiendo toda credibilidad. La Iglesia no puede ser nunca una sociedad a la manera de las sociedades del mundo. Otra tiene que ser la manera de ser ese rostro de Dios en medio de los que nos rodean.

Nuestra pobreza y nuestro espíritu de servicio tiene que ser la primera señal que demos, con esa cercanía a los demás estaremos diciendo cómo el Señor nos ama, nuestra fortaleza no tiene que estar en los medios o recursos humanos que utilicemos, porque nuestra fortaleza la tenemos en el Espíritu del Señor que tiene que llenar e inundar nuestra vida. El verdadero evangelizador tiene que revestirse desde lo más hondo de humanidad para poder mostrar esa ternura de Dios.

Y una cosa muy hermosa que está pidiendo Jesús a los que son sus enviados, han de ser sanadores de nuestro mundo. Nos hablaba de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba pero también de curar enfermos. No nos quedemos en el milagro por el milagro, porque tenemos una enfermedad de la que queremos ser curados, es una sanación mucho más profunda la que tenemos que realizar que va más allá de un cuerpo dolorido o impedido.

Las curaciones de los enfermos, es cierto, son signos que hemos de realizar, pero los signos nos hablan de algo más; hay dolor y sufrimiento que tenemos que curar, hay angustias en las que tenemos que poner serenidad, hay inquietudes en el corazón donde tenemos que orientar, hay oscuridades en la vida que tenemos que iluminar, hay muchos equívocos que tenemos que corregir, hay caminos que tenemos que enderezar, hay pobreza del corazón que tenemos que enriquecer, hay amor que tenemos que hacer florecer en tantos caminos llenos de odios y de insolidaridades, hay alegrías que tenemos que despertar en tantos corazones llenos de tristeza, hay un mundo nuevo que tenemos que sanar y reconstruir.

¿Estaremos siendo en verdad signos de esa nueva salud y salvación que Cristo viene a ofrecernos? En nuestras manos está, es nuestra responsabilidad y nuestra misión.


martes, 15 de septiembre de 2026

Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

 


Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

1Corintios 12, 12-14. 27-31a; Salmo 99; Juan 19, 25-27

¡Qué pocos habían quedado al pie de la cruz de Jesús! ¿Huían también del dolor y del sufrimiento? Solo estaba uno de los discípulos, aquel a quien amaba mucho Jesús, una mujer pecadora de la que Jesús había expulsado siete demonios y que desde entonces lo había seguido por todas partes, su madre y la hermana de su madre, una mujer casi anónima de la que solo sabemos que era María la de Cleofás; apenas unas mujeres en el camino habían mostrado su compasión con sus lágrimas, pero Jesús les había dicho que no llorasen por Él sino por ellas mismas y por sus hijos; los que lo habían hecho todo por llevarle a la cruz desde lejos observaban el espectáculo, aquellas muchedumbres que un día le habían seguido ahora andaban por otros caminos porque aquello parecía que acababa mal. Quienes quedaban allí en primera línea parecían el nuevo resto de Israel, pero de dónde iba a hacer un pueblo nuevo.

Es el cuadro que nos toca hoy seguir contemplando desde que ayer contemplábamos a Jesús levantado en lo alto de la cruz para atraer a todos hacia Él, aunque ahora parecían bien pocos los que quedaban. La cruz asusta, el dolor nos hace huir y el temor al sufrimiento nos lleva a escondernos para que quizás no nos toque a nosotros, pero ese ronco reseco y atormentado de nuestra vida tiene que rebrotar para hacer surgir una nueva flor.

Pero la vida nace en medio del dolor y si no que lo diga la madre que da a luz a un hijo; la semilla enterrada aparentemente para hacerla desaparecer engendra una nueva planta que un día florecerá; triturados quizás por el sufrimiento podremos purificarnos de la hojarasca que nos llenaba de maleza y podados esos sarmientos resecos e infructuosos podemos sacar el mejor vino que pone nueva alegría en nuestro corazón o el mejor aceite de nuestra vida para poder iluminar mejor a los que están a nuestro lado; es el amor el que da sentido a la entrega hasta la muerte y será lo que hará aparecer nuevos resplandores de luz.

Es la luz de la esperanza que podemos descubrir en los ojos de María tras el filtro de sus lágrimas de dolor al pie de la cruz de Jesús. Tras la cortina de dolor de la cruz de Cristo en el Calvario nos está naciendo una madre, podríamos decirlo así, cuando Jesús confía su madre al cuidado del discípulo amado y confía a María la misión de madre para aquellos que estamos naciendo desde ese alumbramiento en la propia Cruz de Jesús.

Es un regalo más que Jesús nos está haciendo en este momento supremo. Nos ha regalado su vida y su amor porque eso significa su entrega y su muerte; ese camino nuevo que abría ante nosotros en la medida que anunciaba el Reino de Dios ahora tiene ya su consolidación con su entrega de amor y su muerte en la cruz. Pero nos ha querido dejar también a su madre, nos la ha regalado como madre, nos ha puesto bajo su cuidado; y como madre estará siempre caminando a nuestro lado, haciendo camino con la Iglesia, haciéndonos sentir lo que también vale el sufrimiento y el dolor cuando en verdad tenemos cimentada nuestra vida en el amor.

Hoy la llamamos y la celebramos como Virgen de los Dolores; hoy sentimos más fuerte que nunca que ella es la Madre de amor que siempre está a nuestro lado; Madre del amor tendríamos que llamarla porque es el que va a ser alivio y consuelo en el camino de nuestra vida tan lleno muchas veces de dolores y de sufrimientos.

Con María aprendemos su sentido; sintiendo la presencia de la madre junto a nosotros nos sentimos aliviados y fortalecidos en nuestros dolores y en nuestras angustias y no es que las busquemos pero sí aprendemos que el amor será nuestra mejor medicina que tonifica nuestra vida, pero que con amor tenemos que saber llegar a cuantos se debaten en sus dolores y sufrimientos para con los gestos y compromisos de nuestra vida ser consuelo y remedio y les podamos ayudar a encontrar ese camino que les lleve a Dios y sentirse en El renovados de verdad.

¿Seremos poquitos o serán numerosos los que aun permanecemos al pie de la cruz? Ahí queremos estar con ese amor que sentimos porque somos también los amados del Señor, con la rémora de nuestra antigua vida de pecado porque en esa cruz de Jesús nos sentiremos purificados para llegar a ser ese hombre nuevo de la gracia, en el anonimato quizás de nuestra vida anodina y fría que muchas veces se nos puede quedar vacía y sin sentido, pero sintiendo, sin embargo, la presencia de una madre, a la que invocamos como Virgen de los dolores, que vela siempre junto a nuestro lecho de sufrimiento y dolor en tantas circunstancias de nuestra vida y nos hace encontrar la mejor gracia del Señor que transforme nuestras vidas.

¿Tendríamos que ser nosotros imágenes de esa madre con nuestro amor al lado del sufrimiento de los demás?


lunes, 6 de julio de 2026

Acompañar muchas veces en silencio, tender la mano cuando parece que no hay esperanza, dejar un rastro de confianza a nuestro paso, detalles humanos que nos elevan hasta Dios

 


Acompañar muchas veces en silencio, tender la mano cuando parece que no hay esperanza, dejar un rastro de confianza a nuestro paso, detalles humanos que nos elevan hasta Dios

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Salmo 144; Mateo 9, 18-26

Hemos de confesar que muchas veces esperamos cosas extraordinarias, gestos aparatosos, cosas que nos parezcan fuera de lo normal, y no somos capaces de detenernos a fijarnos en los pequeños detalles, esas cosas sencillas y naturales que suceden a nuestro lado y por su sencillez precisamente no le damos importancia, pero que sin embargo tienen una calidez humana que realmente conmoverían nuestro corazón si fuéramos capaces de detenernos y fijarnos en ellas. En esas cosas podemos leer la gran humanidad de quienes las realizan y se pueden convertir en divinas para nosotros porque nos ayudarían a elevar nuestro espíritu por encima de la materialidad de lo mismo que estamos haciendo y hasta nos pueden conectar con Dios que así se nos querrá manifestar muchas veces.

En este pasaje del evangelio que pretendemos comentar y que hoy nos ofrece la liturgia de este día quiero fijarme en esos pequeños detalles muy humanos y que nos pueden ayudar a descubrir muchas cosas. Un hombre ansioso y lleno de dolor porque su hija acaba de morir llega hasta jesús e incluso interrumpe todo lo que en aquel momento está sucediendo; Jesús estaba enseñando a la gente en el momento de la llegada de este hombre que le pide que vaya y ponga su mano sobre su niña muerta para que vuelva a la vida. 

El evangelista es muy escueto en su narración, solo nos dice que Jesús se pone en camino acompañando a aquel hombre afligido por el dolor. No hay reproches por la interrupción, nada más pregunta Jesús pero se pone a caminar junto a aquel hombre. Hermosa imagen y comienzan las lecciones. Jesús escucha y acompaña a este hombre en el camino. Es suficiente para que el hombre se sienta seguro, para que aumente su confianza; aunque sea en silencio aquel hombre está ya abriendo las puertas no solo de su casa para que Jesús llegue ante su niña sino que podemos decir le está abriendo las puertas de su corazón. Ante el alboroto que se encuentra en su casa sigue permaneciendo en silencio pero seguro que su corazón ya está hablando. 

Jesus dirá que la niña no está muerta sino dormida, aunque se rían de El, para alejar a las plañideras de turno que siempre están poniendo velos negros a cuanto sucede; bien lo conocemos en la vida, los que siempre tienen un comentario que hacer pero nunca en positivo sino siempre remarcando los lados oscuros. 

Y viene el otro detalle de Jesús, la tomó de la mano y la levantó de su cama. Tomar de la mano, que nos tomen de la mano, o tomar nosotros la mano de alguien puede tener muchos significados y traernos también muchas consecuencias. Una señal de apoyo y de confianza que puede levantar el ánimo del corazón, un signo de cercanía que podemos permitir o que podemos rechazar poniendo más distancias, puede ser un rellenar un abismo que nos encierra en nosotros mismos o un romper los círculos de nuestras soledades.

Y el otro gesto hermoso que podemos contemplar en este evangelio está en lo que sucede mientras van de camino. Jesús va acompañando a aquel hombre, como ya decíamos, pero no es ajeno a cuanto sucede a su alrededor, no se aísla de los que están a su lado y su forma de ir en medio de las gentes es un ir también abriendo puertas a quien lo pueda necesitar; una mujer se atreve a acercarse por detrás en medio de todo aquel barullo para tocar la orla del manto de jesus. 

Será el atrevimiento de aquella mujer, nacido de la confianza que le inspira el Jesus que acompaña un camino de dolor, pero es también el dejarse tocar por parte de Jesús porque siempre en su cercanía con todos quiere dejar el rastro de su amor. Dejar a nuestro paso el rastro del amor, una cosa que puede sonar muy bonita en las palabras, pero que muchas veces nos cuesta realizar en nuestros caminos. ¿Será el rastro que vamos dejando tras nosotros para que todos puedan sentir la cercanía y el calor de nuestro amor?

Sepamos acompañar en el camino, ya sea del dolor y sus ansiedades como también en los caminos donde brille la alegría y la satisfacción de las cosas bien hechas. Sepamos igualmente tender la mano para levantar y para reconfortar, para ayudar a sortear los malos pasos del camino o para que sirvan de apoyo en el esfuerzo de la ascensión, para hacer que nos sientan cercanos y amigables y para tender puentes donde las distancias nos han separado. Dejemos que nuestra vida sea paño de lágrimas para los demás y con nuestra escucha hagamos que se abran nuevos caminos a quienes se ven entorpecidos por tantas debilidades. 

Gestos sencillos, detalles que nos parecen mínimos y casi imperceptibles, luces que iluminan el alma, y paños de lágrimas que ponen colirio en nuestros ojos para ver de manera distinta.


martes, 16 de septiembre de 2025

Tenemos que hacernos presentes en esa aldea de Naím de nuestro mundo con su cortejo de muerte para ser en verdad signo de vida y de esperanza

 


Tenemos que hacernos presentes en esa aldea de Naím de nuestro mundo con su cortejo de muerte para ser en verdad signo de vida y de esperanza

1 Timoteo 3,1-13; Salmo 100; Lucas 7,11-17

 Que reconfortados nos sentimos cuando estamos pasando por un mal momento y un amigo, una persona que nos aprecia se acerca a nosotros y aunque sea en silencio se pone a nuestro lado y pone su mano sobre nuestro hombro. En un momento así no se necesitan palabras; ese gesto de ponerse a nuestro lado lo dice todo, es un decir con ese estar a tu lado, aquí estoy, no estás solo, cuenta conmigo. Y nuestro espíritu se levanta, nuestras lágrimas se mitigan, el peso del corazón se nos alivia, nos sentimos nuevos para seguir adelante.

Es lo que estamos viendo hoy en el evangelio. Una mujer transida por el dolor de la muerte de su único hijo mientras van a enterrarlo, sintiendo toda la soledad que significaba para una mujer entonces al verse sin un varón que fuera el sustento de un hogar, y a quien se acerca Jesús. Solo hay una palabra, no llores; su mano se extiende para detener la comitiva sin mayores espavientos; no se multiplica en más consideraciones, era decirle aquí estoy.

¡Y cuánto significaba aquella presencia de Jesús! Y allí está Jesús llenando de vida nueva aquella escena y a aquellas personas. Porque toma de la mano al difunto para levantarlo y hacerle recobrar la vida, lo entrega a la madre, pero todos se sienten tocados por Jesús, por lo que surgen las exclamaciones de admiración y reconocimiento de la presencia de Dios en sus vidas.

Es el milagro de la vida que se obra siempre con la presencia de Jesús y que a todos envolvía. Es el milagro de la vida que también tiene que seguirse realizando en nuestro mundo. Muchos cortejos de muerte nos vamos encontrando, muchas angustias y soledades que se van ahondando más y más, muchos desamparos en tantos que vamos apartando de nuestros caminos de la vida, mucha gente sin esperanza que van arrastrándose por nuestros caminos porque les falta una luz que les guíe, muchas violencias que producen rupturas de todo tipo desgarrando amistades, creando barreras, levantando muros de odio, creando distancias de insolidaridad y de abandono, muchas intransigencias que destruyen puentes de encuentro en lugar de tender manos que nos acerquen. Desgraciadamente parece que vamos construyendo un mundo de muerte y no terminamos de decidirnos a crear vida.

Hoy Jesús nos está enseñando a tender nuestra mano, a detener ese negro cortejo que van cubriéndonos con nubes de lutos y de angustia, a buscar esa palabra o ese gesto que nos haga levantar nuestra cabeza para descubrir esa estrella que nos puede dar luz; hoy Jesús nos está enseñando como tenemos que saber ponernos al lado del que sufre haciendo sentir el calor de nuestra presencia y de nuestro amor; Jesús nos está enseñando a hacer resucitar la vida, primero que nada en nosotros mismos, pero también para contagiarla a los que están a nuestro lado para que no perezcan en esas sombras de muerte; Jesús nos está enseñando a acercarnos sin miedo ni complejo a aquel que vemos sufriendo en su soledad para acompañarle, para hacerle sentir la vida, despertar la esperanza y la ilusión por algo nuevo y distinto.

Es la misión que Jesús nos ha confiado cuando nos ha enviado a llevar una buena noticia al mundo que nos rodea. Es el anuncio de la vida, el anuncio de la salvación. Podemos seguir haciendo presente en nuestro mundo las maravillas del Señor. No solo podemos sino que tenemos que hacer posible ese mundo nuevo; es nuestra tarea, es nuestra misión, tenemos que hacernos presentes en esa aldea de Naim de nuestro mundo para que sea en verdad la aldea de la vida.

No nos podemos quedar impasibles viendo desfilar ese cortejo, tenemos que implicarnos aunque eso nos complique la vida, pero no podemos dejar de hacer ese anuncio de salvación del que nosotros tenemos que ser signos ante el mundo que nos rodea.

domingo, 14 de septiembre de 2025

Un regalo de amor que Dios nos hace, una luz para nuestras oscuridades, un sentido para nuestra cruz de dolor y sufrimiento, una puerta de salvación

 


Un regalo de amor que Dios nos hace, una luz para nuestras oscuridades, un sentido para nuestra cruz de dolor y sufrimiento, una puerta de salvación

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17

Dos pensamientos como interrogantes me vienen a la mente ante la celebración de este día. Por una parte ¿a quién le gusta la cruz? Sé que muchos fácilmente me responden hablando de su significado religioso conforme a una tradición que hemos seguido desde siglos, podríamos decir; pero hagámonos la pregunta de una forma cruda, ¿a quien le gusta el sufrimiento, la muerte, el dolor, y todas las consecuencias de ignominia incluso que trae consigo una cruz?

Todos rehuimos el sufrimiento, le tememos a la muerte, no nos gusta vernos condenados porque seamos ignorados por los demás o porque tengamos que cargar con el sambenito de algo que echan sobre nosotros. Sabemos que para algunos incluso pudiera sonar a una incongruencia el hablar tanto de la muerte y de la cruz, y sé que en ciertos ambientes incluso se rehuye el hablar del tema, se evita a los niños, los jóvenes lo ignoran, etc., etc.…

La otra cuestión que me viene a la mente está en preguntar sobre quien es capaz después de haber recibido el rechazo de alguien además quizás hasta de una forma violenta, luego es capaz de hacer los mejores regalos a esa persona que tanta ignominia, por ejemplo, ha cargado sobre ella. ¿Qué pensaríamos de una persona que tuviera esa forma de actuar? Algunos dirían, incluso, que eso es una locura, a quien me hizo daño o me rechazó hacerle los mejores regalos. Con lo fáciles que somos para tener reacciones de rencor y resentimiento, para dejar de hablar de forma fulminante con quien creemos que nos ha hecho daño, de cómo ignoramos inmediatamente a esas personas y las alejamos de nuestra vida. Estamos viendo continuamente esa acritud y resentimientos que se manifiestan de tantas maneras en nuestra sociedad.

¿Podríamos, entonces, llegar a entender en toda profundidad lo que hoy se nos dice en la Palabra de Dios? Rechazamos a Dios y Dios viene en nuestra búsqueda con los mejores regalos de amor. Rechazamos a Dios, sí, en esa negación de Dios que hacemos en la práctica de nuestra vida; está ese rechazo de Dios, de todo lo que tenga un sentido religioso que contemplamos hoy en nuestra sociedad; rechazo de Dios es esa inhumanidad con la que vivimos que no solo es el olvido, la forma con que nos ignoramos los unos a los otros, que de alguna forma es un alejarnos del principios del evangelio que de alguna manera a través de los siglos habíamos querido que fuera el fundamento de nuestra sociedad, que por eso mismo la llamábamos cristiana; claro que pensamos también en todos los que luchan directamente contra todo lo que tenga un sabor cristiano o religioso queriendo imponer una sociedad pagana en el hoy de nuestro mundo. Estamos haciendo desaparecer de nuestras calles incluso todo lo que sea un signo religioso o tenga un sabor cristiano. Es una realidad que tenemos ahí ante nosotros.

Pero aquí es donde tenemos que escuchar el mensaje de la cruz y el mensaje que hoy quiere transmitirnos la Palabra de Dios. El amor de Dios no nos falla, Dios sigue amando al hombre y al mundo a pesar de nuestro rechazo; Dios sigue ofreciéndonos el mejor regalo que es su amor y que se nos manifiesta precisamente en Jesús y en su muerte en la cruz.

Esa cruz que por una parte nos puede representar todo lo que es el dolor del hombre, de una humanidad rota y destrozada; una cruz que nos manifiesta y nos recuerda sufrimientos y muerte, nos recuerda la inhumanidad con que vivimos y nos seguimos matando los unos a los otros con nuestras guerras y nuestra destrucción, que muchas veces concretamos demasiado fácilmente en estos focos calientes de muerte y destrucción de los que con tanta intensidad nos hablan los medios de comunicación, pero que es también esa violencia con que nos tratamos los unos a los otros, con esa violencia con la que algunas veces nos queremos manifestar en contra de la violencia de la guerras - ¿en qué nos diferenciamos? -, esa violencia de gestos y palabras con las que nos queremos desprestigiarnos los unos a los otros y hasta destruirnos.

Pero la cruz quiere decirnos algo más, porque a nosotros nos habla de amor y de grano de trigo enterrado para hacer germinar la planta de una vida nueva. Por eso cuando hoy nosotros contemplamos la cruz al mismo tiempo recordamos ese regalo de amor que Dios quiere hacernos, a pesar de nuestros rechazos, o a pesar de tanta búsqueda de muerte en la que estamos andando en nuestra vida.

Hoy nos lo ha dicho el evangelio cuando nos narra ese episodio de aquel hombre que desde su noche acudió a Jesús y en Él descubrió lo que era el germen de verdad de una vida nueva. Había que nacer de nuevo le decía Jesús a Nicodemo, aunque a este en principio le costará entenderlo. Pero ahí está la Palabra que nos habla de ese amor de Dios, que tanto ama a ese mundo oscuro que ha preferido las tinieblas a la luz que le envía el mejor regalo de amor, porque nos entregó a su Hijo.

Y esto es lo que tenemos que contemplar en la cruz, esto es lo que hace que hoy la celebramos en esta fiesta de la Exaltación de la santa Cruz. Por en esa cruz está un nombre sobre todo nombre, como decía el Apóstol San Pablo. Y como continuaba diciéndonos ‘al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre’. Así nos diría el evangelio, ‘porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por Él’.

Encontramos así respuesta a aquellos interrogantes que nos hacíamos al principio. No es muerte, sino que es vida; no es condenación sino salvación. Es el regalo que Dios sigue haciéndonos y que así se nos manifiesta. Es el recuerdo permanente que ante nuestros ojos tenemos, no de una forma mágica, sino como un camino exigente que nos hace entrar en una senda nueva y que nos lleva a una vida nueva.

Es una luz para nuestras cruces y sufrimientos, que levanta las oscuridades que nos aparecen de una forma o de otra en nuestra vida y nos hacen encontrar un sentido incluso al sufrimiento y a la muerte. Nos detenemos quizás con temblor ante esa cruz que se nos presenta en la vida y que no siempre entendemos, pero en Jesús encontramos respuesta, en Jesús nos llenaremos de nuevo de paz.


lunes, 10 de febrero de 2025

Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

 


Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

Génesis 1,1-19; Salmo 103; Marcos 6,53-56

Hace unos años en un viaje que hice a un país donde no había estado cuando ya nos acercábamos al punto de destino desde la altura podíamos contemplar los paisajes que se extendían a nuestros pies de una gran belleza y recuerdo me llamó la atención unas tierra cultivadas que ofrecían también gran belleza pero que no podía distinguir realmente lo que se cultivaba allí, haciendo mil cavilaciones en mi cabeza sobre lo que podía ser; fue necesario descender por supuesto para el aterrizaje y pisar tierra para poder distinguir y saber realmente lo que estaba viendo en la altura.

Digo esto como ejemplo de la necesidad que tenemos en la vida de aterrizar, no quedarnos cómodamente en la cabina de nuestro viaje, de nuestras ideas y pensamientos sobre cómo tendrían que ser las cosas, sino que necesitamos a pie de tierra conocer bien la realidad. Será cómo se pueden despertar en nosotros los mejores sentimientos, donde nuestro compromiso tendría que manifestarse con mayor rotundidad, y hacer que aflore en nosotros lo mejor de nuestro amor, lo mejor de nosotros mismos para llegar a esa realidad con la que nos encontramos. ¿No andaremos demasiado en la placidez del viaje de nuestros sueños y por eso de alguna manera nos desentendemos de cuanto a nuestro alrededor?

Nos habla hoy el evangelio de que tras aquella travesía por el lago, donde habían vivido, es cierto, hermosas experiencias de la presencia de Cristo, desembarcaron al llegar a Genesaret, ‘apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas…’ Y nos detalla el evangelista cómo Jesús se desenvuelve en medio de aquel mundo de dolor, donde todos querían tocar al menos la orla de su manto y quienes lo lograban se sentían curados.

¿Qué es lo que podemos contemplar en Jesús? Su misericordia. Ante el dolor, amor y vida. Es la medicina que Jesús va repartiendo. Es lo que irá transformando aquel mundo de sufrimiento en un mundo de vida y de esperanza. Son las señales del Reino de Dios que así se manifiesta.

Cuando vamos llenos de Dios nuestra mirada se transforma; cuando hemos puesto de verdad a Dios en el centro de nuestra vida - ¿no decimos que creemos en el Reino de Dios, que es Dios el que tiene que reinar en nuestra vida, en la vida del hombre, en nuestro mundo? – nuestra mirada será ya distinta porque tienen necesariamente que aflorar los ojos de la misericordia. Porque Dios es el centro de nuestra vida comienza ya a ser también el centro al que se dirigen nuestras miradas, el centro de nuestro corazón, el hombre, la persona en esa realidad en la que vive, y sobre todo nuestro corazón se decantará por aquellos que se sienten atormentados por el sufrimiento y el dolor, sean quienes sean, sea cual sea su dolor y sufrimiento.

Es lo que vemos hacer a Jesús. La misión que nos confiará a nosotros también cuando nos envíe. Recordamos que cuando envió a sus apóstoles les dio autoridad sobre todo espíritu inmundo, y ellos fueron curando a cuantos sufrían a su alrededor. Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan. Y es que todavía queda mucho de nuestro ego apegado al corazón y no le hemos dado lugar a esa presencia de Dios que nos centra de verdad. Nos cuesta y nos duele quizás que el viento nos llegue a la cara y por eso rehusamos salir de nuestros refugios, mientras tantos a nuestro lado siguen navegando en ese mar de sufrimiento.

Quizás seamos nosotros los primeros que tenemos que acercarnos a Jesús para tocar la orla de su manto y nos cure de nuestras cegueras o de nuestros inmovilismos. Pero tenemos que querer, tenemos que dejar que la sombra de Jesús se pose sobre nosotros para que nos podamos llenar de luz.

martes, 26 de noviembre de 2024

No podemos quedarnos impasibles permitiendo que se destruya ese templo hermoso de la vida que Dios ha llenado de tanta belleza

 


No podemos quedarnos impasibles permitiendo que se destruya ese templo hermoso de la vida que Dios ha llenado de tanta belleza

Apocalipsis 14,14-19; Salmo 95; Lucas 21,5-11

Cuando una cosa que nosotros consideramos de gran valor, una joya, una obra de arte, algo quizás muy querido para nosotros vemos que se resquebraja en nuestras manos y se destruye sentimos un gran pesar y dolor por la pérdida; me viene a la mente lo que habrán sufrido los damnificados por la DANA recientemente en Valencia cuando veían que perdían sus casas y sus pertenencias, que estaban en peligro por sus vidas, que muchas de aquellas cosas valiosas que tenían se las llevaba la inundación, grande sería su dolor.

Hoy escuchamos en el evangelio que Jesús les anuncia que aquel templo tan hermoso, del que todos se sentían orgullosos y al que amaban mucho por su significado en sus vidas como pueblo y como pueblo creyente un día va a ser destruido. Grande sería la decepción que sentían en aquellos momentos, y aunque aun no había sucedido – cuando nos lo narra el evangelista habla ya de hechos pasados y consumados – el dolor que sentían sería también abrumador.

Pero Jesús está queriendo decirles algo más. Aquel templo sería destruido, pero un día Jesús había hablado, aunque no lo habían comprendido, que podrían destruir ese templo y El en tres días reconstruirlo. Los evangelistas nos dirán que los discípulos lo entendieron después de su muerte y de su resurrección, porque El estaba refiriéndose no solo a aquel templo material, sino al templo de su cuerpo, estaba anunciando su muerte y resurrección.

Creo que desde esa honda tenemos hoy nosotros que escuchar este evangelio. Y es que a continuación Jesús habla de muchas cosas que les causarían dolor, les habla de catástrofes naturales, como les habla de violencias y de guerras; parece que está haciendo un anuncio de la historia, pero también estuviera hablando del momento final de la historia, del fin del mundo. Ciertamente no deja de hacerlo, pero algo más quiere decirnos Jesús.

¿Hablaba de aquel templo, pero hablaba del propio templo que era su Cuerpo? ¿Nos estará hablando de ese templo de Dios que somos nosotros también? ¿Y de igual manera no lo llenamos también de muerte? ¿De alguna forma no estaremos en el devenir de nuestra historia personal llenándonos de muerte, y no es ya solo la muerte corporal que un día nos sucederá cuando llegue el final de nuestros días sino de esa muerte que nos inflingimos cuando no estamos amando de verdad la vida?

Catástrofes y violencias, odio y muerte que se suceden en nuestra historia, que vamos viviendo también en nosotros cuando nuestras relaciones se llenan de violencias, de resentimientos, de venganzas, de orgullos y envidias, de egoísmo y de insolidaridad. Nos está recordando Jesús lo que puede ser nuestra vida cuando cerramos nuestros oídos a su evangelio, cuando desterramos de nosotros el amor y las buenas maneras, cuando nos entran las desconfianzas y nos dejamos envolver por la malicia. Muchas veces nuestras mutuas relaciones son peores que una guerra, la violencia con que avasallamos tantas veces a los que nos rodean es peor que las avalanchas de unas inundaciones que todo se lo llevan por delante, nuestros orgullos y nuestro amor propio con verdaderos terremotos que echan abajo los cimientos de la amistad y de las buenas relaciones, el odio nos oscurece la vida peor que una noche de tinieblas si perdiéramos el sol y se cayeran las estrellas del cielo.

Y Jesús nos dice que todo eso está por venir, que en esas redes podemos caer, pero que de esas catástrofes y calamidades con que llenamos nuestra vida podemos salir. Las palabras de Jesús son una alerta, un toque de atención, pero también una luz de esperanza, que bien necesitamos. No  nos dejemos engañar, nos dice, porque serán muchas las confusiones que nos sobrevendrán. Tengamos la certeza de que Dios está con nosotros y con El tenemos asegurada la victoria, podemos hacer un mundo nuevo. Es nuestra tarea y es el compromiso de nuestra fe.

¿Dejaremos que se destruya ese templo y nos quedamos impasibles? ¿Dejaremos que se destruya nuestra vida, nuestro mundo, nuestras relaciones con los demás, la convivencia, la Paz? No son cosas sobrevenidas sino que son cosas que nosotros hacemos o en nuestra dejación contribuimos negativamente.

sábado, 14 de septiembre de 2024

La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

 


La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Juan 3, 13-17

¿A quien le gusta sufrir? ¿Quién busca el sufrimiento por el sufrimiento? Diríamos que eso sería un sentido masoquista. Pero el dolor y el sufrimiento están presentes en la vida, aunque no lo busquemos. Pensando en dolor ahí tenemos las múltiples enfermedades que nos aparecen en todos los ámbitos de la vida y de los que nos cuesta tanto liberarnos. Nos duele cualquier parte de nuestro cuerpo y pronto buscamos remedio, buscamos el analgésico que lo calma, o la medicina que cure aquel mal que está afectando a algún órgano de nuestro cuerpo; pero hay otros sufrimientos que nos afectan hondamente y de alguna manera desestabilizan nuestra vida, bien conocemos los diversos problemas de la vida. Y queremos liberarnos, queremos solucionar tales situaciones porque no queremos andar en esa amargura, en eso que podíamos llamar un sin sentido.

Sin embargo hay cosas que asumimos aunque nos cuesten o aunque nos duelan y buscamos un camino o una razón, algo que le dé sentido y que nos dé fuerza. Pienso, por ejemplo, en la madre que sufre por su hijo, porque está enfermo o porque tiene problemas, pero la madre ama a su hijo y sufre por él y con él; no le importa pasar por lo que sea por ver liberado a su hijo de aquella situación o de aquel problema, no le importarán las horas de sueño perdidas, los sacrificios realizados, la lucha y el esfuerzo por hacerlo salir adelante; ¿qué le mueve? El amor. Por el amor que le tiene pasará lo que haya que pasar y sufrirá lo que tenga que sufrir, no lo busca pero lo asume, tiene para ella un valor, un sentido, el amor. Podríamos poner más ejemplos de situaciones en la vida en que por amor hemos tenido que enfrentarnos a momentos duros y difíciles, pero por ese amor hemos llegado a encontrar un sentido y un valor.

He querido comenzar mi reflexión con este hecho humano porque para algunos podría parecer un sin sentido el que nosotros celebremos una fiesta como la de este día, la Exaltación de la Santa Cruz. ¿Es la exaltación del sufrimiento, porque eso en primer término podría parecer esta Exaltación de la Santa Cruz? Ni mucho menos, es el signo de la exaltación y de la victoria del amor.

Algunas veces en nuestras consideraciones más llenas de piedad que de un verdadero sentido teológico parece como si Jesús hubiera estado buscando el sufrimiento, la pasión y la muerte. Sabe Jesús que está en un camino que le va a llevar a ello, por un lado el abandono o la traición incluso de los suyos, pero sobre todo aquella inquina de los que no aceptaban el plan del Reino de Dios que nos presentaba y no querían reconocer la verdad de su palabra; le llevaría a la muerte, pues querían quitárselo de encima – cuantas cosas semejantes seguimos viendo en el mundo de hoy – pero a Jesús le costaba enfrentarse a aquella Hora.

En Getsemaní veremos aquella angustia humana que le hace pedir al Padre que pase de El aquel cáliz, y el sudor de su miedo en esos momentos será incluso de sangre. Pero es consciente que ha llegado su hora y por eso dejará a un lado su voluntad humana para sobreponerse con el amor que es lo que le ha traído al mundo. Para eso ha venido. Es la entrega de amor porque quiere que en el mundo reine el amor, nunca más la violencia y el egoísmo sean los que se impongan y nos destruyan, y por eso está dispuesto a dar su vida.

El camino todo del evangelio ha sido todo él un queremos ponernos en camino de ese mundo nuevo, de ese sentido nuevo de la vida, de la humanidad. Es lo que El ha ido realizando y es lo que nos ha enseñado y tanto nos ha costado comprender. Algunas veces juzgamos de mala manera a los discípulos cercanos a Jesús porque no entendían lo que El les estaba enseñando, pero pensemos que nosotros no somos mejores porque después de tantos siglos seguimos haciendo lo mismo, seguimos llenando de cruces nuestro mundo.

A pesar de llevarlas orgullosos colgadas de nuestros pechos o ponerlas en lugares destacados de nuestra sociedad, seguimos crucificando con nuestro egoísmo y con nuestras violencias, seguimos siendo injustos los unos con los otros y seguimos dejando que predominen nuestros orgullos y nuestras vanidades, seguimos discriminando a los que están a nuestro lado y no nos caen bien algunas veces simplemente por el color de su piel, seguimos peleándonos en nuestras ambiciones y queriendo ponernos por encima y por delante de todos. ¿Somos nosotros los que actuamos así lo que a pesar de todo seguimos adornando y celebrando la cruz? ¿No habrá algún sin sentido en lo que hacemos?

Celebrar esta fiesta de la exaltación de la Cruz ha de ser algo que nos tiene que hacer reflexionar. Si Jesús fue levantado en lo alto de la cruz fue por amor; si nosotros queremos celebrar esta fiesta de la cruz es porque queremos optar también por el amor. La fiesta de la cruz no puede ser otra cosa que una fiesta de exaltación del amor, pero no lo vamos a hacer con cosas que se queden en lo externo, lo ritual o lo formal, sino que tenemos que hacerlo desde lo más profundo de nuestra vida, y eso nos exige que algo tengamos que cambiar.

martes, 12 de marzo de 2024

Que no sigan habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, ni camillas en las que sigamos postrados porque nos quedan muchos miedos en el alma

 


Que no sigan habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, ni camillas en las que sigamos postrados porque nos quedan muchos miedos en el alma

Ezequiel 47, 1-9. 12; Salmo 45; Juan 5, 1-16

Todos hemos presenciado, o acaso también nos habremos visto envueltos en esa situación, una aglomeración de gente que hace cola porque lo necesitan para conseguir algo que consideran muy importante o vital para sus vidas; los empujones y los revolcones que se montan, sobre todo cuando llega el momento de comenzar a moverse aquella cola, porque ha llegado el momento del comienzo del reparto, se ha abierto la puerta, y ahora todos, aunque hasta ahora quizás se habían mantenido en cola de una forma más o menos ordenada, al empujón rompen filas, nadie tiene consideración con nadie y todos pretenden saltar por donde sea para alcanzar aquello que esperaban. Nadie mira a nadie ni siente compasión por la debilidad con que algunos se muestren en su necesidad.

¿Algo así sucedería en aquella piscina de las ovejas donde tantos enfermos y discapacitados en las más diversas enfermedades y dolencias esperaban que al agua se removiera para poder entrar el primero y curarse? Los que mejor podían valerse se adelantaban a todos y no importaba que hubiera alguien que estuviera allí esperando (en la cola) desde hacia 38 años y nadie le importaba nadie. Es la queja humilde y resignada de aquel hombre a quien Jesús le pregunta si quiere curarse.

Más allá de esas colas que hacemos ante una oficina o ante algún reparto benéfico, ¿este texto estará reflejando algo de lo que vivimos cada día en la vida? Resignación no falta en muchos que se ven envueltos en sus problemas sin saber como salir adelante y como solemos decir no nos queda más remedio que aguantarnos; pero empujones bien que nos damos en la vida cuando cada uno va buscando solo sus intereses; avariciosos nos volvemos en tantas ocasiones que nos parece que con lo que tenemos no vamos a alcanzar nuestros sueños y mercadeamos en lo que sea y por donde sea con tal de conseguir influencias de quien en un momento dado nos pueda echar una mano, situaciones de privilegio por los que todos soñamos porque así nos vemos como por encima de los demás, insolidarios caminamos pensando solo en nosotros mismos y a lo sumo le echamos una mano, pero las dos no que ya está bien, a aquellos que pudiéramos considerar más cercanos a nosotros y un día también podían hacer algo por nosotros. En muchas cosas podemos fijarnos.

Es Jesús el que ha venido al encuentro de aquel hombre, como viene también a nuestro encuentro. Allí donde está el dolor, donde hay algo que sufre, allí donde hay una situación de sombras, allí donde hay unos corazones atormentados, allí donde parece que se agotado las esperanzas y solo queda la resignación o una lucha desesperada que todo lo puede convertir en violencia, allí donde se producen los peores desequilibrios que muchas veces nos encierran o nos hacen insolidarios, allí siempre puede aparecer una luz.

En aquel caso, en la piscina de Betesda apareció esa luz para aquel hombre que pudo tomar su camilla, cargar con ella y echar a andar para su casa. No todos van a reconocer esa luz, porque quizás está haciendo resplandecer cosas que otros querían ocultar o de las que no quieren saber nada. Incluso aquel pobre hombre que ahora se ha visto liberado de su imposibilidad va a sufrir los zarpazos de esa lucha, porque habrá quien no entienda que haya sido curado en sábado, o no querrán reconocer el poder y la acción de Jesús. ¿No se siguen dando coletazos contra la Iglesia, contra la obra de la Iglesia, contra la fe en Jesús en el mundo que hoy vivimos por tantos a los que parece que les molesta la fe que podamos tener en Jesús?

¿No habrá incluso algunas ocasiones que a los que decimos que tenemos fe en Jesús quizás nos cueste mostrar abiertamente esa fe porque vamos a encontrarnos un mundo que está enfrente y no lo soporta? Cuidado con nuestras cobardías, cuando con los brotes de insolidaridad que nos pueden brotar dentro de nosotros, cuidado que entremos en esas carreras del mundo y comencemos también nosotros a despreocuparnos de los demás, simplemente para hacer lo que todos hacen.

¿Seguirá habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, camillas en las que sigamos postrados porque todavía nos quedan muchos miedos en el alma? Tenemos que aprender a levantarnos, a dejar a un lado de una vez por todas esas muletas y camillas, algo nuevo tiene que brotar en nosotros cuando en verdad reconocemos a Jesús. Nos había preguntado Jesús también a nosotros si queríamos sanar, pero ahora además nos dice: ‘Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor’.

 

sábado, 12 de agosto de 2023

El grito de una humanidad doliente nos está pidiendo que la curemos, pero a veces parece que no somos capaces, ¿dónde está nuestra fe?

 


El grito de una humanidad doliente nos está pidiendo que la curemos, pero a veces parece que no somos capaces, ¿dónde está nuestra fe?

Deuteronomio 6, 4-13; Sal 17; Mateo 17, 14-20

A veces sucede; hay cosas que podríamos realizar y llega un momento que no somos capaces de realizarlas; cosas para que las que tendríamos que estar preparados, pero no sabemos por dónde hincarle el diente, como solemos decir, no sabemos cómo comenzar, encontrar un camino o una solución. Nos han confiado una tarea y no sabemos cómo comenzar a afrontarla. Buscaremos ayuda, buscaremos recursos, nos queremos valer de los que pensamos que pueden ayudarnos, pero se nos cierra cada vez más la salida.

¿Habremos perdido quizás confianza en nosotros mismos? ¿Se nos cierra la mente y no le encontramos salidas? ¿No sabremos descubrir los valores que hay en nosotros y que tendríamos que desarrollar? Nos preguntamos qué nos pasa, por qué no somos capaces, por qué hemos perdido esa confianza, por qué se nos embarulla el camino. Quizás nos falte algo hondo dentro de nosotros mismos que nos dé confianza, que nos dé certeza de que podemos realizarlo.

¿A quién vamos a acudir? ¿Quién puede ser nuestra fuerza y nuestra ayuda? El evangelio que hoy escuchamos puede darnos luz.

Cuando llega Jesús junto al grupo de los discípulos se encuentra con un gran alboroto. Lo primero ha sido un hombre que desesperado se postra a sus pies queriendo expresar a su manera su fe y su confianza. Tiene un hijo que sufre mucho, padece lo que parece una enfermedad incurable que ha conducido quizás a muchas cosas disparatadas. El hijo se ha arrojado incluso al fuego o ha querido ahogarse en una corriente de agua, el padre ha buscado por todas partes solución, ha acudido también en la ausencia de Jesús a sus discípulos que tampoco han podido hacer nada.

¿Cómo es posible tanto dolor y sufrimiento y nadie haya podido hacer nada por este hombre? Los discípulos de Jesús un día incluso habían recibido el poder hacer curaciones, pero ante lo que le han presentado nada han podido hacer. ¿Dónde está vuestra fe? Parece que clama Jesús. Y Jesús ha accedido a la petición de aquel hombre y el niño se ha visto liberado de todo mal.

¿Será quizás el clamor de una humanidad doliente que no encuentra caminos para salir de sus sufrimientos? Muchas promesas de una sociedad mejor se reciben por acá y por allá de mesianismos que aparecen en todos los tiempos prometiendo muchas cosas que pronto se olvidarán y nuestra humanidad sigue sufriendo, sigue reinando el hambre y la miseria, siguen las violencias destruyéndonos hasta las sueños que podamos tener de un mundo mejor, seguimos anclados en un mundo de falsedad y de apariencia, la vanidad sigue inflándonos por dentro aunque sigamos siempre con el mismo vacío. ¿Qué podemos hacer? ¿A quién vamos a acudir? ¿Qué respuesta está dando la iglesia a ese grito angustioso de nuestra humanidad? ¿Seguiremos diciendo que nada podemos hacer porque eso no nos toca a nosotros?

Y es aquí, sí, donde tenemos que preguntarnos por nuestra fe, ¿Hasta dónde llega nuestra fe? ¿Hasta dónde somos conscientes de la tarea que se ha puesto en nuestras manos y a la que tenemos que dar respuesta para hacer un mundo mejor? Son serias estas preguntas como serio tiene que ser el planeamiento que nos hagamos en nuestro interior, seria tiene que ser también la respuesta llena de compromiso para dar respuesta. Una fe como un grano de mostaza en su tamaño puede hacer posible que una montaña se traslade hasta el mar. Y con nuestra fe, ¿qué estamos haciendo? ¿No nos sentimos capaces de esa tarea que se nos ha confiado?


miércoles, 14 de septiembre de 2022

La cruz, un abrazo de dolor que envuelto en el amor que todo lo ennoblece y lo eleva, se convierte en signo sublime de la vida y del amor

 


La cruz, un abrazo de dolor que envuelto en el amor que todo lo ennoblece y lo eleva, se convierte en signo sublime de la vida y del amor

Números 21, 4b-9; Sal 77; Juan 3, 13-17

La cruz está siempre presente en la vida de los hombres de la misma manera que está presente el amor. No es solo que la encontremos como signo en nuestros caminos de algún acontecimiento que para nuestros antepasados tuvo un significado especial y por eso nos dejaron esa señal, sino que además nos acompaña de mil maneras en lo que es nuestra vida de cada día, por mucho que queramos eliminarla de nuestra existencia, igual que muchos quieren eliminar ese significado religioso quitándola de los lugares públicos donde darían una resonancia especial que quizás para muchos resulta incómoda. ¿Esos intentos podrían significar como queremos ir deshumanizando nuestra vida, porque quitaríamos la señal más hermosa del amor?

Por algo nuestros antepasados iban dejando esos signos sagrados de la cruz donde de alguna manera se hizo presente el sufrimiento, pero porque querían poner un signo de vida frente a la muerte que envolviera nuestro mundo. Era habitual que donde hubiera habido un accidente con la muerte de alguien, allí quedaría plantada una cruz. Pero no quería ser señal de muerte sino un grito de vida, que nos previniera frente a la muerte que nos acechara en cualquier lugar, pero que al mismo tiempo nos hiciera amar la vida.

Cuando hablamos de la presencia de la cruz en la vida de los hombres queremos ir más allá de signos externos, porque miramos cuánto de cruz pudiera haber en nosotros y en nuestros sufrimientos; pero el creyente sabe elevarte por encima de esas sombras oscuras de la vida queriendo dar un sentido y un valor a cuanto nos toca vivir.

El creyente sabe poner amor en el dolor, sabe hacer ofrenda de amor desde ese cáliz de sufrimiento que nos puede acompañar porque mirando la cruz de Cruz contemplamos su amor, mirando la Cruz de Jesús aprendemos de esa ofrenda de vida que por amor el nos hace cuando por nosotros da la vida.

En este día los cristianos celebramos la exaltación de la Santa Cruz. Nos volvemos a la cruz pero no nos quedamos en ese madero seco y sangriento, lugar de suplicio y motivo de sufrimiento, no nos quedamos en contemplar una cruz vacía y que entonces carecería de auténtico significado, sino que contemplamos a quien en ella está colgado, en ella está crucificado. Comprenderemos entonces el verdadero sentido y significado de la cruz, porque nos daríamos cuenta de la presencia del amor.

Quien está allí crucificado no es un maldito que ha sido condenado, sino quien libre y voluntariamente subió a Jerusalén aunque sabía que había de encontrarse con la cruz y libremente y por amor a ella se abrazaría. Es cierto que fue un abrazo de dolor, pero por encima de todo estaba el amor que todo lo cambio, que todo lo ennoblece y lo eleva, convirtiéndose así la cruz en el signo sublime de la vida y del amor.

Desde entonces no rehuimos que esté presente en nuestra vida la cruz, porque realmente amamos y deseamos que esté siempre presente el amor. No buscamos el dolor y el sufrimiento, pero sí sabremos darle un sabor nuevo al sufrimiento y el dolor que vayamos encontrando en la vida porque siempre lo endulzaremos con el amor. Dejemos que las cruces nos acompañen en nuestros caminos, que sean signos que se elevan hasta el cielo de los campanarios de nuestras Iglesias porque siempre nos estarán recordando el camino del amor que nosotros hemos de realizar.

En ese mundo que cada vez más hacemos endurecido y muchas veces le vamos restando humanidad, dejemos que esa presencia de la cruz nos ayude a humanizar nuestras relaciones, a llenar de humanidad los pasos que vamos dando por los caminos de la vida, a dejarnos envolver por el amor. Claro que todo lo podremos descubrir y vivir desde la fe, eso que a algunos les incomoda como le incomodan los signos religiosos que nos acompañan en la vida. Es el mensaje vivo de evangelio que tenemos que saber trasmitir al mundo que nos rodea.

 

viernes, 29 de julio de 2022

Fue el encuentro con el amor y con la vida, en que se vio fortalecida la fe y la esperanza, donde algo nuevo iba a comenzar en el corazón de Marta y en nuestros corazones

 


Fue el encuentro con el amor y con la vida, en que se vio fortalecida la fe y la esperanza, donde algo nuevo iba a comenzar en el corazón de Marta y en nuestros corazones

1Juan 4,7-16; Sal 33; Juan 11,19-27

No sé qué resortes tenemos por dentro a la hora de reaccionar ante las diferentes situaciones que nos vamos encontrando en la vida; con lo fácil que sería caminar juntos, con lo fácil que es dejarnos encontrar por los demás y al mismo tiempo nosotros salir al encuentro de los otros. Pero ahí están esos resortes, como decíamos y es una forma de expresarnos, que nos cierran en nuestras posturas, que aunque sabemos que el otro ya está viniendo a nuestro encuentro, nosotros nos resistimos, y guardamos no sé qué resistencias y reticencias, y hasta como inconscientemente de alguna forma nos ocultamos y no damos los pasos que tan enriquecedores serían; están nuestras quejas, nuestras desconfianzas, aquello que nos quema por dentro porque en un momento determinado al otro no se le vio ningún detalle o aparentemente de interés.

Pero hoy en el evangelio estamos en la casa de los encuentros. Proverbial era la hospitalidad que allí siempre se ofrecía a cualquiera que pasase por el camino y necesitase un descanso o una jarra de agua fresca; el brocal del pozo siempre está disponible. Aunque habían pasado cosas tristes en aquel hogar de Betania, Lázaro uno de los tres hermanos había muerto; estando enfermo le avisaron a Jesús que estaba más allá del Jordán pero no había venido. Lázaro está enfermo, había comentado cuando le hicieron llegar la noticia, pero esta enfermedad no es de muerte; pero Lázaro había fallecido y ahora cuatro días después de que lo hubieran enterrado, Jesús venía de nuevo a aquel hogar de Betania, que tantas veces le había acogido.

Y ahora vienen los encuentros. Cuando Marta se enteró de que Jesús llegaba a la casa salió pronta al encuentro. Ella seguía con su dolor en el corazón y la queja surgió espontánea en las primeras palabras. ‘Si hubieras estado aquí, Lázaro no hubiera muerto’. Es el dolor, el duelo, el llanto, las quejas e interrogantes que se plantean en el alma, son las oscuridades que todo lo entenebrecen, son las dudas y los rechazos que fácilmente aparecen. Pero Marta, no se había quedado sentado recociéndose por dentro sin expresar lo que sentía, sino que vino al encuentro de Jesús, que también venía a su encuentro.

Es hermoso lo que estamos contemplando. Y no es necesario que sigamos con el resto del pasaje que también es maravilloso, para darnos cuenta del misterio de amor que aquí y ahora se está desarrollando. Dos corazones llenos de amor que se encuentran, como serán también más tarde las mismas palabras de María de Betania. Pero aunque pudiera parecer que hay discordancias sin embargo se está llevando a cabo una hermosa sintonía y podríamos decir también sinfonía. Se dicen las cosas, se manifiesta el dolor, pero no falta el amor, no falta la confianza. Marta es una persona con mucha trascendencia en su vida, ella pensaba sí en la vida eterna, pero se encuentra que la vida llega a ella y llega de nuevo a aquel hogar también en el momento presente. ‘Tu hermano resucitará’.

Allí está la vida y la resurrección. Allí tiene que resplandecer la fe y la esperanza. Allí con la presencia de Jesús todo ha de comenzarse a ver de forma nueva, aunque cueste dar lo pasos, cambiar la mentalidad, abrirse a algo nuevo quizás inesperado en esos instantes. Es necesario llegar hasta el final como Marta ante las palabras de Jesús, ante la pregunta de Jesús. ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’.

Fue el encuentro con el amor y con la vida. Fue el encuentro en que se vio fortalecida la fe y la esperanza. Fue el encuentro donde algo nuevo iba a comenzar en aquel corazón. Para eso estaba allí Jesús que venía al encuentro de Marta, pero estaba también el hecho de que Marta fue capaz de ir al encuentro con Jesús con todo lo que llevaba en su corazón.