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domingo, 22 de marzo de 2026

En el mundo de desolación y muerte en que vivimos hay una visita de Dios que nos anuncia vida y resurrección de lo que tenemos que ser testigos

 


En el mundo de desolación y muerte en que vivimos hay una visita de Dios  que nos anuncia vida y resurrección de lo que tenemos que ser testigos

Ezequiel 37, 12-14; Salmo 129; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

En la palabra de Dios proclamada en este último domingo de cuaresma se nos habla de sepulcros inundados con el vacío de la muerte, pero al mismo tiempo se nos habla de vida y de resurrección. Son las imágenes que nos ofrece el profeta cuando hablaba a un pueblo que se sentía muerto porque se sentía cautivo lejos de su tierra pero a los que se les anuncia que un día esos sepulcros se abrirán porque el Espíritu del Señor los llenará de vida, que es en principio un anuncio de liberación y de libertad cuando puedan volver de nuevo a su tierra, pero que tiene un sentido profético que va más allá para hablarnos de la vida que en Cristo Dios nos va a ofrecer.

Por otra parte está el relato del evangelio con la enfermedad de Lázaro y con su muerte pero la llegada de Jesús cuando ya llevaba cuatro días enterrado a aquel lugar de desolación y de llanto como es aquel hogar de Betania que tantas veces había recibido a Jesús. Pero se nos está hablando al mismo tiempo de vida y de amor, porque eran los amigos de Jesús – ‘el que amas está enfermo’, fue el recado que le habían mandado a Jesús – y se manifiesta en la ternura y la humanidad de aquel encuentro con Jesús por parte y parte a pesar de los momentos dolorosos pero donde no se ha perdido la fe y la esperanza. ‘Jesús amaba a Marta, a su hermano y a Lázaro’, nos comenta el evangelista

‘Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano’, es la queja de ambas hermanas en el encuentro con Jesús. ‘Tu hermano resucitará’, es la promesa de Jesús. Pero no solo es la esperanza de la resurrección final que ya formaba parte de la fe del pueblo judío como le manifiesta Marta, sino que es el anuncio de otra resurrección, de una vida nueva que Jesús nos ofrece cuando creemos en El. ‘El que está vivo y cree en mi, no morirá para siempre’, terminará afirmando y anunciando Jesús.

Pero tratemos de fijarnos en todo el signo que es y sigue siendo para nosotros este relato del evangelio que hoy escuchamos. Signo de una buena noticia - ¿no decimos evangelio? – para nosotros también hoy. Es Jesús el que viene y se acerca a aquel mundo de dolor, muerte y desolación. Allí donde está el sufrimiento, las lágrimas, el olor a muerte y Jesús se conmueve y llora con los que lloran. ‘Mira cómo lo amaba’, comentarán los que lo contemplan. ¿Cuál es el misterio de fe, el misterio de Dios que se convierte en eje de nuestra fe? Dios se ha encarnado, Dios se ha hecho hombre, Dios ha plantado su tienda entre nosotros, allí donde está el dolor y el sufrimiento.

¿Cuál es el camino que vemos haciendo a Jesús? Se acerca allí donde está el sufrimiento, se deja envolver por ese sufrimiento humano, la gente lo estrujaba a su paso por los caminos, queriendo tocar su manto o tendiendo la mano para tocar al leproso, para poner barro en los ojos del ciego, para tocar con su saliva al sordomudo, o para llegar al paralítico abandonado en medio de la piscina sin poderse meter en las aguas sanadoras. Hoy lo contemplamos a la entrada del sepulcro de Lázaro de Betania como lo contemplamos a nuestro lado cuando también nos hemos metido en ese mundo de muerte y de pecado.

A este mundo nuestro con su muerte, y pensamos en nuestras violencias y en nuestras guerras a las que respondemos con mayores acritudes y más violencias, a este mundo nuestro tenebroso a pesar de que queramos encender las luces de nuestras vanidades, a este mundo en el que a pesar de tantos medios de comunicación sin embargo sigue reinando la soledad en muchos corazones, a este mundo en el que a pesar de tantos medios que podamos tener para sanar seguimos encontrando corazones heridos y rotos por amarguras y resentimientos que tantos aislamientos van produciendo, a este mundo en el hemos creado tantas vías de comunicación para llegar a los más recónditos lugares pero en el que seguimos encontrando tanta desorientación, tanta gente sin darle un sentido y dirección a sus vidas, a tantos que se enganchan en subterfugios que prometen felicidad pero que terminan esclavizando corazones y vidas, Jesús quiere venir en esta hora para que tengamos vida para siempre.

Nosotros también muchas veces nos vemos envueltos en muerte con nuestras dudas y con nuestras angustias, con esa paz y serenidad que perdemos cuando nos envuelven los problemas o la enfermedad o la muerte se acercan a nuestras vidas, cuando nos dejamos seducir por ese materialismo reinante y dejamos a un lado los valores espirituales que darían un mejor sentido a nuestras vidas, cuando rehuimos el esfuerzo y el sacrificio porque también lo que solo queremos es el pasarlo bien y sin mayores preocupaciones. También Jesús quiere venir a nuestra Betania, a nuestro lugar que también hemos llenado de amargura y desolación. Para nosotros también tiene Jesús un anuncio de vida y de resurrección. Fijémonos cómo en aquel lugar de desolación hay una visita del amor y de la vida.

Es lo que nos disponemos a celebrar y queremos hacerlo con toda intensidad en la próxima pascua. Lo vamos a celebrar porque eso lo hacemos vida en nosotros, porque de esto tenemos que convertirnos en testigos en medio de nuestro mundo. Es el anuncio que tenemos que hacer. Es la luz nueva que tenemos que poner en nuestro mundo. Y nosotros tenemos que convertirnos en signos de ello en medio del mundo de muerte que nos rodea.

Jesús le preguntaba a Marta, ‘¿tú crees en eso?’. Marta hacia una hermosa proclamación de fe. ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’. ¿Cómo vamos a decirlo, a proclamarlo nosotros hoy al mundo que nos rodea?

martes, 29 de julio de 2025

Vivamos en verdad como quienes se sienten resucitados, porque desde nuestro encuentro con Jesús todo es en nosotros vida, porque hemos encontrado el amor

 


Vivamos en verdad como quienes se sienten resucitados, porque desde nuestro encuentro con Jesús todo es en nosotros vida, porque hemos encontrado el amor

 Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Salmo 102; Juan 11, 19-27

Cuando hay amor de verdad no tiene cabida el reino de la muerte. Para los que aman no llega la muerte, siempre vencerá vida. Aquellas personas que amamos, aunque físicamente no las tengamos a nuestro lado, sin embargo siempre seguirán presentes en nuestra vida. Creo que todos los hemos experimentado cuando ha llegado esa hora para un familiar o un ser muy querido nuestro, seguimos incluso viéndolo porque la intensidad del amor con la que la llevamos en el corazón produce continuamente ese milagro en nuestra vida.

Hoy nos encontramos en el evangelio con una página que de entrada nos podría parecer de tristeza y de angustia, pero los momentos vivido en aquel hogar de Betania se transforman y se convierten en momentos de vida.

De entrada nos topamos con el dolor de la muerte, aquellas dos hermanas Marta y María han perdido al hermano de sus vidas. Surgen incluso las quejas, pero unas quejas nacidas desde el amor y desde la confianza que ellas habían puesto en Jesús. ‘El que amas está enfermo’, le habían mandado a decir a Jesús que está más allá del Jordán a causa de las inquinas que en Jerusalén se están tramando contra El. Pero ya Jesús dirá a los discípulos allá en el desierto que aquella enfermedad no es de muerte. Pero cuando finalmente llega Jesús a Betania Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.

‘Si hubieras estado aquí…’ es el saludo que se repite en las dos hermanas. Con Jesús no tenía por qué haber habido muerte. Los signos de vida se habían multiplicado tantas veces cuando Jesús se acercaba a los enfermos o los traían ante El. Pero hay dolor en aquellas mujeres, pero también hay confianza en la presencia y en las palabras de Jesús. Porque Jesús habla de resurrección. La respuesta de Marta expresa la fe y la esperanza de su vida. ‘Resucitará en el último día’, pero Jesús hará una declaración verdaderamente importante. ‘El que cree en mi no morirá para siempre’. Con Jesús está siempre presente la vida. ‘Yo soy la resurrección y la vida’, afirmará rotundamente Jesús.

Por eso Jesús quiere acercarse al sepulcro. ‘¿Dónde lo habéis puesto?’ Las sombras todavía parece que quieren adueñarse de la situación. ‘Ya huele mal’ es el comentario de Marta. Y Jesús le recuerda que es necesario creer. ¿No eran los amigos de Jesús? ¿No era aquel patio el lugar de tantas tardes de placidez, de conversación, de encuentro, de amistad? Allí se había vivido el amor y la amistad, allí tenía que estar presente para siempre la vida, porque, como decíamos, donde hay amor no tiene cabida el reino de la muerte.

¿Será ese en verdad el camino de nuestra vida y de nuestra esperanza? Es el mensaje que recibimos pero es el mensaje que tenemos que trasmitir, es el amor del que tenemos que seguir contagiando cuanto nos rodea. Tenemos que ser signos de vida, tenemos que despertar de nuevo la esperanza en nuestro mundo, tenemos que tratar de convencer a cuantos caminan desencantados a nuestro lado porque no saben amar ni se sienten amados y agobiados por tantas tristezas de la vida que es posible un mundo nuevo, que es posible el amor, que es posible la vida.

Nuestros gestos, nuestra cercanía y nuestra ternura tienen que ser signos de esa presencia de Jesús en medio de nosotros para que tengamos vida de verdad. Vivamos en verdad como quienes se sienten resucitados, un día saboreamos quizás esas sombras de muerte en nosotros, pero desde nuestro encuentro con Jesús todo tiene que ser en nosotros vida, porque hemos encontrado el amor.

Que sea esa nuestra más hermosa profesión de fe, como la de Marta ante Jesús,  ‘yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’.

domingo, 20 de julio de 2025

Mientras nos sentamos a los pies de Jesús tengamos abiertas las puertas de nuestro patio para vivir lo maravilloso de la acogida que nos hace sentir también a Dios

 


Mientras nos sentamos a los pies de Jesús tengamos abiertas las puertas de nuestro patio para vivir lo maravilloso de la acogida que nos hace sentir también a Dios

Génesis 18, 1-10; Sal. 14; Colosenses 1, 24-28; Lucas, 10, 38-42

Un hogar es algo más que una estancia con unas puertas cerradas para vivir encerrados dentro de unos límites. Un hogar tiene patio y unas puertas que se abren y depende de nosotros si siempre las tenemos abiertas. Es cierto que un hogar es como ese nido de la familia donde nacimos, crecimos, nos desarrollamos y podemos vivir una hermosa experiencia de que nos introduce en caminos de plenitud.

Pero el hogar no es para mirarse solo a si mismo, sino que en cierto modo podemos decir que es también, que debe ser también una pista de despeje. En él, es cierto, hemos encontrado lo mejor para el aprendizaje de ese desarrollo de uno mismo, desde el amor de unos padres, pero desde la convivencia amorosa de todos los miembros de la familia que nos hace crecer.

Pero el hogar no nos aísla, por eso decíamos que tiene patio y puertas que se abren para salir y para entrar, nosotros y también a los que vienen a nosotros con nuestra mejor acogida por nuestra parte. Cuanto han aprendido los que han tenido un hogar así, abierto y acogedor, y como luego su vida se va a desarrollar también en esa acogida pero también en esa ida hacia los otros. Si ha sido de verdad ese nido de amor y de vida para nosotros, hemos estado inundados y contagiados de tal manera por ese amor que se hace difusivo y contagioso a través de nosotros para los demás. No podemos tener las puertas cerradas porque el amor resuma desde ese lugar.

Lo estamos viendo en la palabra de Dios que se nos ofrece en este domingo. Abrahán sentado a la sombra de la encina de Mambré y a la puerta de su tienda acoge en aquellos caminantes a Dios mismo que le visita y a los que ofrece lo mejor de su casa, agua para que laven sus pies y un bocado para recobrar fuerzas para proseguir el camino, como signos hermosos de la hospitalidad. Dios que llega hasta su tienda – imagen del misterio de Dios y de la misma Santísima Trinidad han visto desde siempre los santos padres de la Iglesia en este episodio – que mantiene sus promesas de alianza con Abrahán anunciándole el nacimiento de un hijo, el hijo de la promesa.

En ese mismo sentido escuchamos el relato del evangelio. Jesús de camino hacia Jerusalén se detiene en aquel hogar de Betania, en casa de Marta y María; pronto se pone en juego igualmente la ley de la hospitalidad en la forma que una y otra aquellas mujeres acogen a Jesús con sus puertas abiertas. Es sí la disponibilidad pronta para el servicio de Marta que se afana en hacer todos los preparativos necesarios para la acogida de aquellos huéspedes, pero es también la actitud de María sentada a los pies de Jesús y no perdiéndose ni una de sus palabras.

Siempre nos hacemos nuestras interpretaciones como si hubiera una oposición en la actitud de aquellas hermanas, primero por la queja de Marta que se ve sola para todas las tareas, porque le parece que su hermana no le ayuda, y también por las palabras de Jesús a las que siempre le hemos dado muchas vueltas. ‘María ha escogido la mejor parte’. ¿No era una parte importante también el servicio de los preparativos?

Podríamos preguntarnos si nos parece bien dejar a nuestro invitado solo y encerrado en la sala mientras nos vamos para la cocina pensando solo en hacer café para ofrecerle o preparar unas tortitas... ¿Dónde está la compañía y la presencia? Jesús no dice que no fuera importante y no está queriendo contraponer una cosa a la otra. Jesús nos quiere a ayudar a hacer una verdadera escala de valores para estar a su tiempo en casa lugar.

Creo que esto nos puede ayudar para muchas cosas empezando por lo que es nuestra vida ordinaria de relación con los demás. Damos cosas pero no damos amor; hacemos regalos, pero no regalamos presencia y compañía. Somos capaces de dar algo de nuestro dinero – y mira que nos cuesta desprendernos de nuestro dinero – pero no nos detenemos a mirar a los ojos y hablar con esa persona que nos ha tendido la mano pidiendo una limosna. Nos quejamos de la inhumanidad en la que vivimos a causa de tantos conflictos que hay en nuestro mundo, y miramos con desdén o por encima del hombre para mantener las distancias al inmigrante con el que nos cruzamos por la calle.

Y aquí podemos pensar también en todo lo que significa nuestra relación con Dios y el fondo de nuestra vida cristiana. Resumiendo podríamos decir que sin escuchar a Jesús difícil nos va a ser mantener de forma auténtica todo lo que es nuestro compromiso cristiano. No se trata solo de hacer cosas, podemos caer desde nuestra buena voluntad en el activismo cuando vemos cuanto hay que hacer, pero necesitamos saber encontrar esa fuerza interior para poder realizarlo. Y cuando hablamos de esa fuerza interior no es cuestión solo de nuestra voluntad, de lo que nosotros queremos y por lo que nos esforzamos, sin la fuerza que viene de Dios nada somos y nada podremos.

¿No nos dirá Jesús que sin El nada podemos hacer? Para que el sarmiento dé fruto tiene que estar bien enraizado en la cepa de la viña, si lo desgajamos para nada nos sirve porque se seca. ¿No nos pasará muchas veces así a los cristianos? Vivimos enfervorizados queriendo tragarnos el mundo en dos días, pero al cuarto día nuestras fuerzas se acabaron, aquella fiebre de entusiasmo se enfrió y comenzamos a resbalar por la pendiente de la tibieza espiritual que terminará apagándose del todo.

Sepamos sentarnos a los pies de Jesús para que podamos tener las puertas de nuestro patio abiertas; acogiendo a Jesús aprenderemos a acoger a los demás, porque cuando acogemos a los demás nos daremos cuenta que estamos acogiendo a Jesús. Pero sin ese hilo de amistad con Jesús no lo podremos ver ni lo podremos lograr.

martes, 8 de octubre de 2024

Que se rezuma y nos contagie ese perfume de serenidad que desprendemos con la hospitalidad de las puertas siempre abiertas de nuestro corazón, como en Betania

 


Que se rezuma y nos contagie ese perfume de serenidad que desprendemos con la hospitalidad de las puertas siempre abiertas de nuestro corazón, como en Betania

Gálatas 1, 13-24; Salmo 138; Lucas 10, 38-42

Qué incómodos nos sentimos cuando llegamos a la casa de alguien y simplemente nos reciben en la puerta, quizás sin entreabrirla lo suficiente, y secamente nos saludan y nos preguntan qué deseamos. ¿Qué deseamos? Primero que nada el calor de una acogida, una sonrisa en el rostro y una puerta que se abre; no es solo la puerta física la que deseamos que se abra porque queramos entrar, sino sentir cómo se abre el corazón, cómo se hace sonar la alegría del alma al recibir o acoger a alguien. ¡Qué hermosa virtud la de la hospitalidad!

Pero andamos demasiado a la desconfianza, en todo y en todos estamos viendo un peligro y nos encerramos. Cuántas puertas cerradas nos vamos encontrando en el camino. Y lo peor es que están cerradas no solo las puertas materiales de entrada a nuestras casas, sino que sea sintomático de la cerrazón del corazón. Una cosa es expresión de la otra.

El evangelio de hoy nos presenta la llegada de Jesús a un hogar de Betania, que ya se ha convertido para nosotros en imagen de hospitalidad y de acogida. A Jesús, como deducimos de distintos momentos del evangelio le encantaba descansar en aquel lugar. Como surgiría en otro momento la expresión, eran los amigos de Jesús. Marta lo recibió en su casa y mientras ella andaba en sus afanes de cómo mejor servir a sus huéspedes, su hermana María se sentó a conversar con Jesús. Qué hermosa e idílica imagen nos hemos hecho de aquel hogar de Betania.

Por allá aparecen con naturalidad los tiquismiquis que suelen aparecen siempre en relación entre hermanos, pero que con síntoma y expresión de lo que era aquella acogida donde todos tenían que sentirse a gusto. Es importante. Se siente a gusto el que es recibido y acogido, pero se siente a gusto el que ofrece lo mejor de su hospitalidad. Es el aroma de serenidad que se desprende de aquel hogar. No habían miedos ni desconfianzas, no había nada que ocultar sino era presentarse tal como eran, no se jugaba a las medias palabras para mantener las distancias, eran corazones abiertos para dar y para recibir como siempre tiene que ser en los caminos de la amistad y del amor.

Más allá de esas interpretaciones que nos hacemos por un lado de lo que parecía ser una incomodad de Marta porque le parecía que no se sentía ayudada por su hermana María, y de las palabras de Jesús que no son reproche sino una expresión para enseñarnos a buscar en cada momento lo que verdaderamente es más importante, siempre nos ha servido este episodio como hermoso ejemplo de lo que tiene que ser siempre nuestra acogida a los demás, sean quienes sean. Bien lo necesitamos contemplar y meditar también en nuestro mundo de hoy.

Tiempo de comunicaciones abiertas y universales porque hoy las redes realmente se abren con esa universalidad. Nos podemos comunicar hoy al instante con cualquier persona y en cualquier lugar del mundo en el que se encuentre. Pero aún así, sigamos con muchas puertas cerradas. Seguimos necesitando la cercanía y el contacto personal, esa vibración del alma cuando sentimos que se posa sobre nosotros la mirada de aquel con quien estamos hablando, y aunque hoy podemos vernos y escucharnos por las redes a través de los medios de los que hoy disponemos, hay un calor humano insustituible que lo da la presencia.

Todos necesitamos ser escuchados entrando en una nueva sintonía del alma, como todos podemos y tenemos que ofrecer las antenas de nuestro corazón que nos hagan entrar en esa mutua comunicación. María, dice el evangelio, estaba sentada a los pies de Jesús escuchándole, entrando en esa sintonía del espíritu, entrando en esa comunicación y diálogo que muchas veces va más allá de las palabras, porque con nuestros ojos respondemos, con nuestra mirada preguntamos, con las expresiones de nuestro rostro y nuestro cuerpo estamos expresando también lo que sentimos y queremos comunicar.

Tenemos que aprender a entrar en esa comunicación que se hace íntima y cercana, que es un desahogo del alma, pero que puede ser también paño de lágrimas al tiempo que oído atento. No podemos poner barreras ni muros que nos distancien, no tenemos que dejar que afloren las desconfianzas que nos llenan de miedos y nos hacen ser precavidos en las palabras que pronunciemos o los gestos que tengamos, no podemos andar con medias palabras por esos temores que arrastramos en nuestro interior a interpretaciones y malentendidos. Tenemos, en fin, que abrir las puertas del corazón, sin miedo a que puedan incluso descubrir nuestras debilidades porque tenemos siempre la confianza de la mano tendida con cariño y llena de comprensión.

Cuánto nos enseña aquel hogar de Betania. Allí se vivía evangelio porque sus actitudes eran ya buena noticia de algo que iba a transformar en verdad nuestra vida. Qué brillen así en nuestra vida y en nuestra relación con los demás todos esos valores del evangelio.

lunes, 25 de marzo de 2024

Un perfume, el del amor, como el de Betania a partir de la pascua tiene que envolver nuestra vida y tiene que inundar nuestro mundo para transformarlo

 


Un perfume, el del amor, como el de Betania a partir de la pascua tiene que envolver nuestra vida y tiene que inundar nuestro mundo para transformarlo

Isaías 42, 1-7; Salmo 26; Juan 12, 1-11

En la vida no dejamos de aprender. Claro, si queremos, si sabemos estar atentos a las lecciones que nos va dando la vida. Ante lo que nos sucede a veces nos resignamos y no aprendemos, lo tomamos como muy natural que las cosas sucedan así, pero no sabemos sacar la lección. Y si estamos atentos en aquello que nos va sucediendo vamos aprendiendo. Hay cosas que podrían ser punto de partida de cambios radicales de la vida, o al menos de mirar las cosas con otras perspectivas, o ser capaces de ser observadores para darnos cuenta que los horizontes se pueden ampliar. No nos podemos cegar, ni como decíamos resignarnos.

Hoy contemplamos en el evangelio una comida, de alguna manera una comida familiar. Pero en los personajes que, por así decirlo, invitan a aquella comida estamos descubriendo nuevas formas de estar, de hacer las cosas. Podíamos recordar otros momentos de las visitas de Jesús a Betania; siempre lo vemos como un lugar de paz donde Jesús se siente acogido. Eran los amigos de Jesús; recordamos que el recado que envía Marta Jesús ante la enfermedad de Lázaro es decirle, ‘tu amigo está enfermo’. Luego veremos la confianza e intimidad que había entre ellos y con Jesús en la forma de expresarse, aunque fuera con sus quejas, cuando Jesús llega y Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado, ‘si hubieras estado aquí’, le dice.

Pero recordamos también que en aquellas visitas de Jesús hay momentos en que se crea cierta tensión. Marta andaba afanada en los preparativos para acoger a Jesús y María no ayudaba, se había sentado a los pies de Jesús para escucharle. Y vinieron las quejas de Marta y las palabras de Jesús. Pero ahora parece todo distinto, Marta como siempre servía a la mesa, Lázaro estaba sentado entre los comensales, Jesús y sus discípulos y gente que se acercaba por conocer a Lázaro después de su resurrección y de camino también para estar con Jesús. Y María vuelve a estar a los pies de Jesús, pero ahora con un frasco de nardo purísimo para derramarlo sobre los pies de Jesús y haciendo que el perfume inundara toda la casa.

Nuevas eran las actitudes y las posturas. El reproche no surge de aquellos corazones que estaban entusiasmados por Jesús y quieren ofrecerle lo mejor. María, nos dice Jesús, tenía reservado aquel perfume para su sepultura, pero es ahora cuando se lo ofrece a Jesús y Jesús lo acepta. Son los gestos y los detalles del amor. Solo los interesados andarán con otros pensamientos. ‘Se hubiera podido vender por trescientos denarios para dar el dinero a los pobres’, apunta por allá Judas; pero el evangelista nos descubre los intereses y los manejos de quien llevaba la bolsa común. No sé qué pasa pero cuando andan por medio los dineros, los intereses del corazón se tergiversan.

Todo tiene el perfume de la Pascua. Jesús habla de su sepultura; se recuerdan los ungüentos y perfumes que se utilizan en los ritos funerarios. Ya el evangelista nos dice que este acontecimiento sucede seis días antes de la Pascua. Y Jesús nos deja a entrever lo que sí tenemos que hacer a partir de la Pascua, donde nos vamos a encontrar en el camino de la vida a los pobres, con los que entonces sí tendremos que compartir, porque cuanto a ellos les hagamos es a Cristo mismo a quien se lo estamos haciendo.

El perfume que aquel día inundó la casa y la comida de Betania es el que a partir de la Pascua tendrá que ir envolviendo nuestra vida e inundando nuestro mundo. Algo nuevo tiene que comenzar, un nuevo olor tiene que haber en nuestra vida, el perfume que tiene que desprenderse de nuestro amor, y el perfume del amor con que tenemos que transformar nuestro mundo.

martes, 10 de octubre de 2023

No hagamos compartimentos estancos, con separaciones antagónicas, sino creemos verdaderos vasos comunicantes entre nuestro espíritu y lo que hacemos

 


No hagamos compartimentos estancos, con separaciones antagónicas, sino creemos verdaderos vasos comunicantes entre nuestro espíritu y lo que hacemos

Jonás 3, 1-10; Sal 129; Lucas 10, 38-42

Llegamos a un sitio y ni siquiera nos dan un vaso de agua… Parece que eso no lo concebimos; en nuestras formas corteses de tratarnos los unos con los otros se considera normal, de buena cortesía y educación el preguntar o el ofrecer generosamente algo a la persona que nos visita. Qué menos nos pueden ofrecer que un vaso de agua. Hay casas en las que parece que nada más entrar nosotros por la puerta ya están poniendo la cafetera al fuego para ofrecernos un café. Hay personas que son muy obsequiosas y hasta en cierto modo se nos vuelven pesadas para ofrecernos una y otra vez algo que nos vemos obligados a aceptar.

Pero sí hay una cosa que de alguna manera tenemos que observar y es que nuestra cortesía no se puede reducir como a unos protocolos, en que enseguida tenemos que ofrecer cosas, pero quizás no nos hemos detenido a charlar con la persona, interesarnos por su situación o sus preocupaciones y realmente entonces no terminamos de entrar en una relación y en una comunicación con la persona. Nos puede suceder muchas veces algo así.

Como comentaba en alguna ocasión lo que me había sucedido, y es que me recibieron muy bien en una casa, me llevaron a la mejor sala y me ofrecieron el mejor sillón para descansar, pero me dejaron solo, no tenía ni con quien hablar, se fueron para la cocina a preparar el café y las viandas que me querían ofrecer. ¿A qué había ido yo a visitar aquel lugar o aquellas personas? Nos damos cuenta que a veces hay matices que no nos parecen tan importantes, pero que son los que realmente tienen que interesar, y la persona está por encima de todo.

Nos puede ayudar lo que nos narra hoy el evangelio aunque hemos de cuidar ciertas interpretaciones fáciles. Jesús es bien recibido en una casa – por otros textos paralelos del evangelio sabemos que se está refiriendo el evangelista al hogar de Betania – y mientras la hermana mayor, Marta, se afanaba en los quehaceres de la casa, en preparar todo lo necesario para una buena hospitalidad, la hermana más pequeña se sentó a los pies de Jesús para escucharle y para hablar con El. Eso hará que reaccione la hermana mayor quejándose porque su hermana no le ayuda con todo lo que hay que hacer, con todo lo que hay que preparar.

‘Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas…’ le dice Jesús, Pero cuál es la más necesaria, cual es la más importante. ‘María ha escogido la mejor parte’, le dice Jesús, ‘y no se la arrebatarán’.

Muchas veces cuando escuchamos este evangelio contraponemos, no sé si de manera excesiva, las posturas de las dos hermanas. ¿Pero no estaban dos, de alguna manera, prestando un servicio al huésped que había llegado a la casa? Como se suele decir, alguien tiene que hacer las cosas. Pero esto podríamos decirlo tanto para lo que Marta estaba haciendo como lo que María hacía también. Creo que tendríamos que ver lo que hacemos como un servicio, aunque ese servicio tenga distintas facetas, diversas maneras de expresarlo y realizarlo.

El evangelio no nos está diciendo que hagamos como diversos compartimentos estancos, donde separemos una cosa de otra, casi como si fueran antagónicos. Necesario es detenerse para realizar el servicio. Era necesario que aquel sacerdote o aquel levita que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, se detuviera para prestar un servicio, porque de lo contrario lo otro que realiza, su culto en el templo, no tiene sentido. Como le será necesario a aquel buen samaritano que sepa encontrarse consigo mismo, que abra sus oídos y su corazón para la escucha, para poder mejor aun realizar aquel servicio que estaba realizando al curar al hombre herido.

Algunas veces escuchamos que nos dicen ‘menos rezos, menos misas, menos devociones, menos estar en la Iglesia, y más servicio a los necesitados, mejor corazón para tratar a los demás’. ¿Dónde encontraré la fuerza para tener ese mejor corazón? ¿Dónde encontraré la luz para comenzar a mirar con mejores ojos a los que voy encontrando por el camino? ¿Podré vivir los valores de servicio del evangelio si no me alimento por dentro, si no soy capaz de sentir la presencia del Espíritu que es luz y fuerza para mí?

No son departamentos estancos. Tienen que haber unos buenos vasos comunicantes entre una cosa y otra para poder realizarlo con toda intensidad.

sábado, 29 de julio de 2023

Hemos de saber valorar nuestras emociones para descubrir los caminos de Dios y convertir nuestras lágrimas en flor de solidaridad con el sufrimiento de los demás

 

Hemos de saber valorar nuestras emociones para descubrir los caminos de Dios y convertir nuestras lágrimas en flor de solidaridad con el sufrimiento de los demás

Éxodo 24, 3-8; Sal 49; Juan 11, 19-27

Hay momentos en la vida en que la emoción puede más que nosotros y, aunque tratamos de controlarnos y disimular por aquello, si somos hombres, de que los hombres no lloran, o simplemente si somos personas mayores, hombre o mujer, no está bien que perdamos la serenidad y nos pongamos en la vida como plañideras – así pensamos muchas veces – sin embargo las lágrimas afloran a nuestros ojos, las emociones se hacen palpables, aunque quizá estemos pensando por dentro que si hubiéramos hecho las cosas de otra manera las emociones no se saldrían de cauce, pero nos damos cuenta de que son necesarias, porque al menos desahogamos la pena o la tristeza que llevamos dentro. Sí, nos suceden cosas así, y vienen las culpabilizaciones porque podríamos haberlo hecho de otra manera, o porque incluso podemos pensar que es un castigo de Dios cuanto nos está sucediendo.

No terminamos de caer en la cuenta que los caminos de Dios son distintos a los nuestros y que Dios nos pueda dar una luz con la que podamos comenzar a ver incluso aquello que no nos parece tan bueno, un camino de Dios que nos está pidiendo algo. Dios también nos habla por medio de esos caminos errados que podamos tomar en un momento determinado, de los errores que cometamos en la vida, o también desde esas mismas emociones que algunas veces tratamos de reprimir.

Se desbordó el corazón de Marta primero y luego también el de María, cosa que incluso se convirtió en sus labios en una queja a Jesús, porque si hubiera estado allí no habría sucedido aquel trance de dolor por el que están pasando. ‘Si hubieras estado aquí…’ fue la queja de ambas hermanas que parece se hubieran puesto de acuerdo, o era algo que aquellos momentos de duelo habrían hablado entre ellas. Con esa les salió Marta al encuentro con Jesús cuando se enteró de que llegaba, y fueron también las primeras palabras de María cuando le avisaron que había venido Jesús.

Pero ya Jesús les había dicho a los discípulos cuando le avisaron de la enfermedad de Lázaro, dándoles claves de interpretación a cuanto estaba sucediendo, de que aquello no era mortal, sino para que se manifestase la gloria de Dios. Por eso ahora la respuesta de Jesús es ‘tu hermano resucitará’. Y no se trata de la resurrección en el último día, como se apresta a confesar rápidamente Marta, sino que será ahora un momento para que se manifieste la gloria de Dios. Solo hace falta una cosa, creer en la Palabra de Jesús, porque el que cree tendrá vida para siempre.

Nos venimos haciendo esta reflexión del evangelio que nos habremos hecho muchas veces porque en este día celebramos la fiesta de santa Marta, la hermana de María de Betania y de Lázaro. Un momento de luz del evangelio que nos ayudará a encontrar sentido y valor a esos momentos que atravesamos muchas veces de dolor, de impotencia quizá antes los acontecimientos que se van desarrollando en nuestra vida, y esos momento en que afloran nuestras emociones que quizás tratamos de medio ocultar, pero que hemos de tratar de saber valorar bien, para descubrir los caminos que Dios va poniendo delante de nosotros.

No es que tengamos que ser plañideras con nuestros gritos desgarradores tratemos de contagiar de nuestra emoción a los que nos rodean, pero no nos ha de acobardar el dejar salir externamente esas emociones por las que pasamos, porque nos pueden ayudar a encausar ese torrente de ternura que muchas veces brota de nuestro corazón.

No temamos emocionarnos en público, no nos importe que afloren nuestras emociones, aparte de que sicológicamente se aflojen muchas tensiones que llevamos en nuestro interior muchas veces reprimidas sino que nos harán presentarnos en ese lado tan humano de la vida en el que somos capaces de sentir como nuestro también el dolor de los demás, de los que están a nuestro lado. Nuestras lágrimas se pueden convertir en flor de solidaridad con el sufrimiento de los demás.

martes, 4 de octubre de 2022

Aprendamos a sentarnos a escuchar apagando los móviles de nuestros ruidos para prestar atención al otro, para prestar atención a Dios

 


Aprendamos a sentarnos a escuchar apagando los móviles de nuestros ruidos para prestar atención al otro, para prestar atención a Dios

Gálatas 1, 13-24; Sal 138; Lucas 10, 38-42

Sentarnos a escuchar; qué cosa más hermosa; aunque hoy parece que estamos más preocupados por escuchar a los que están lejos que a los que están a nuestro lado. Qué hermoso si contemplamos una escena, donde sea, ya en casa o en el banco de un parque, donde la gente habla entre sí, y tenemos que decir, siendo también capaces de dejar los móviles a un lado para escuchar al que está a nuestro lado. Cuanto cuesta eso hoy en la nueva cultura que estamos introduciendo, en las nuevas costumbres que vamos implantando.

Por eso es idílica la imagen que nos presenta hoy el evangelio. Unos caminantes que suben a Jerusalén y que tras la larga subida desde el Jordán – son kilómetros extensos y fatigosos en la cercanía de lugares desérticos – que se encuentran un patio acogedor, unas puertas abiertas y un hogar en que son bien recibidos. Aunque en este texto del evangelio no se menciona que sea Betania por el paralelismo y correspondencia con el texto de otro evangelio se tratará de ese lugar, ya en las cercanías de Jerusalén. Jesús y sus discípulos que suben a Jerusalén son acogidos por aquellos hermanos, Marta, María y Lázaro en este gesto de hospitalidad tan hermoso.

Hoy sobresalen o se mencionan especialmente a Marta y a María. Ansiosa una, Marta, por tener todo lo necesario para la acogida de aquellos huéspedes se afana en los intensos preparativos, mientras María se sienta como una discípula a los pies de Jesús para escucharle, lo que motivará los reclamos de su hermana.


Nada quiere María que la distraiga de la escucha de la conversación de Jesús por está allí absorta despreocupándose de otras tareas propias de los gestos de la hospitalidad de lo que se ocupa su hermana. Jesús dice que ha escogido la mejor parte, como respuesta a los reclamos de Marta. Está en eso tan importante que tenemos que aprender a hacer. Escuchar.

También vamos muchas veces locos en nuestras carreras por la vida, porque tenemos tantas cosas que hacer y no nos paramos a escuchar. Tenemos el peligro de pasar de largo ante la vida de las otras personas. Siempre hemos recalcado mucho lo de pasar de largo de aquel sacerdote y aquel levita de la parábola y no se detuvieron a fijarse en el hombre mal herido a la orilla del camino. Pero eso nos sigue sucediendo de mil maneras. Nuestras puertas siguen demasiado cerradas con nuestros miedos o con nuestros prejuicios. Pasamos por una calle y raro es que veamos una puerta o una ventana abierta, a alguien a la puerta que nos salude con una sonrisa y nos invite a pasar, o asomados a la ventana aunque sea para darnos los buenos días.

De muchas maneras vamos por la vida con las puertas cerradas pasando de largo porque vamos entretenidos con nuestros móviles para hablar con alguien al otro lado del mundo – y no digo que sea malo – pero no somos capaces de fijarnos y saludar al que pasa a nuestro lado, para estar atento a sus problemas, para escuchar sus angustias, para acompañar en sus soledades.

Es la soledad de las personas mayores que ya se han quedado en casa por sus dificultades de movilidad y sus hijos están en otro lugar en sus quehaceres, pero es la soledad también del que nadie escucha, del que tiene una necesidad y nadie le presta atención, de aquel a quien nunca le hacemos una llamada para al menos preguntarle cómo está o qué necesita, es la soledad de los que estando quizá juntos se encuentran tan lejos los unos de los otros porque como hemos dicho preferimos conectarnos con el que está lejos que interesarnos por el que está a nuestro lado.

Es quizá también la soledad en la que nosotros mismos nos hemos metido porque nos encerramos en nosotros mismos, porque rehuimos la comunicación y el compartir lo que sentimos o lo que vivimos. ¿A quien le has contado tus últimas preocupaciones? Quizás tendrías que preguntártelo para darte cuenta bien de cuáles son los abismos de incomunicación en que te has metido.

María de Betania se sentó a los pies de Jesús para escucharle. ¿Nos sentamos nosotros a los pies de Jesús para escucharle haciendo silencio en nuestro corazón? Dios sabemos que siempre nos escucha, aunque algunas veces podamos decir lo contrario, pero nosotros ¿siempre escuchamos a Dios? ¿Cómo tendría que ser hoy ese sentarse a los pies de Jesús para escucharle?

viernes, 29 de julio de 2022

Fue el encuentro con el amor y con la vida, en que se vio fortalecida la fe y la esperanza, donde algo nuevo iba a comenzar en el corazón de Marta y en nuestros corazones

 


Fue el encuentro con el amor y con la vida, en que se vio fortalecida la fe y la esperanza, donde algo nuevo iba a comenzar en el corazón de Marta y en nuestros corazones

1Juan 4,7-16; Sal 33; Juan 11,19-27

No sé qué resortes tenemos por dentro a la hora de reaccionar ante las diferentes situaciones que nos vamos encontrando en la vida; con lo fácil que sería caminar juntos, con lo fácil que es dejarnos encontrar por los demás y al mismo tiempo nosotros salir al encuentro de los otros. Pero ahí están esos resortes, como decíamos y es una forma de expresarnos, que nos cierran en nuestras posturas, que aunque sabemos que el otro ya está viniendo a nuestro encuentro, nosotros nos resistimos, y guardamos no sé qué resistencias y reticencias, y hasta como inconscientemente de alguna forma nos ocultamos y no damos los pasos que tan enriquecedores serían; están nuestras quejas, nuestras desconfianzas, aquello que nos quema por dentro porque en un momento determinado al otro no se le vio ningún detalle o aparentemente de interés.

Pero hoy en el evangelio estamos en la casa de los encuentros. Proverbial era la hospitalidad que allí siempre se ofrecía a cualquiera que pasase por el camino y necesitase un descanso o una jarra de agua fresca; el brocal del pozo siempre está disponible. Aunque habían pasado cosas tristes en aquel hogar de Betania, Lázaro uno de los tres hermanos había muerto; estando enfermo le avisaron a Jesús que estaba más allá del Jordán pero no había venido. Lázaro está enfermo, había comentado cuando le hicieron llegar la noticia, pero esta enfermedad no es de muerte; pero Lázaro había fallecido y ahora cuatro días después de que lo hubieran enterrado, Jesús venía de nuevo a aquel hogar de Betania, que tantas veces le había acogido.

Y ahora vienen los encuentros. Cuando Marta se enteró de que Jesús llegaba a la casa salió pronta al encuentro. Ella seguía con su dolor en el corazón y la queja surgió espontánea en las primeras palabras. ‘Si hubieras estado aquí, Lázaro no hubiera muerto’. Es el dolor, el duelo, el llanto, las quejas e interrogantes que se plantean en el alma, son las oscuridades que todo lo entenebrecen, son las dudas y los rechazos que fácilmente aparecen. Pero Marta, no se había quedado sentado recociéndose por dentro sin expresar lo que sentía, sino que vino al encuentro de Jesús, que también venía a su encuentro.

Es hermoso lo que estamos contemplando. Y no es necesario que sigamos con el resto del pasaje que también es maravilloso, para darnos cuenta del misterio de amor que aquí y ahora se está desarrollando. Dos corazones llenos de amor que se encuentran, como serán también más tarde las mismas palabras de María de Betania. Pero aunque pudiera parecer que hay discordancias sin embargo se está llevando a cabo una hermosa sintonía y podríamos decir también sinfonía. Se dicen las cosas, se manifiesta el dolor, pero no falta el amor, no falta la confianza. Marta es una persona con mucha trascendencia en su vida, ella pensaba sí en la vida eterna, pero se encuentra que la vida llega a ella y llega de nuevo a aquel hogar también en el momento presente. ‘Tu hermano resucitará’.

Allí está la vida y la resurrección. Allí tiene que resplandecer la fe y la esperanza. Allí con la presencia de Jesús todo ha de comenzarse a ver de forma nueva, aunque cueste dar lo pasos, cambiar la mentalidad, abrirse a algo nuevo quizás inesperado en esos instantes. Es necesario llegar hasta el final como Marta ante las palabras de Jesús, ante la pregunta de Jesús. ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’.

Fue el encuentro con el amor y con la vida. Fue el encuentro en que se vio fortalecida la fe y la esperanza. Fue el encuentro donde algo nuevo iba a comenzar en aquel corazón. Para eso estaba allí Jesús que venía al encuentro de Marta, pero estaba también el hecho de que Marta fue capaz de ir al encuentro con Jesús con todo lo que llevaba en su corazón.

domingo, 17 de julio de 2022

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

 


No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

Génesis 18, 1-10ª; Sal 14; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42

‘No te pases de generoso’ algo así habremos escuchado en alguna ocasión cuando una persona sensible ante las carencias de los demás y generoso de corazón trata ayudar con generosidad a aquel que ve necesitado delante de sus ojos. Nos darán recomendaciones, nos señalarán protocolos de hasta dónde podemos llegar, querrán poner límites a la generosidad del corazón. Y es que quien ha aprendido de Jesús su corazón siempre estará en sintonía con el otro y muy lleno de sensibilidad para acoger y para servir, para ayudar y para ofrecer lo mejor de si mismo. ¿Cómo podremos llegar a unas actitudes y posturas tan valientes y tan generosas?

Alguien podría estar pensando, al hilo de esta reflexión, ¿y a donde se nos quiere llevar? El evangelio hoy nos ofrece el testimonio de unas personas que así supieron abrir puertas, así supieron estar disponibles, pero así, sobre todo, supieron abrir el corazón de manera que su hogar se nos presentara como ejemplo de hospitalidad y de acogida generosa, sin poner trabas ni medidas a la generosidad de su corazón.

Ha sido proverbial que cuando se nos hable de hospitalidad se nos ponga como ejemplo a los orientales, pero sobre todo a las gentes del desierto o que viven una vida trashumante buscando por lomas y desiertos el pasto y el agua para sus ganados. Quizá porque saben lo que es la soledad y lo que son las carencias de la vida, superando desconfianzas y recelos, las gentes del desierto siempre serán acogedores a los que llegan a su tienda a los que ofrecerán el pan y la sal, el agua y el ungüento como signo y señal de acogida desinteresada y generosa.

Hoy se nos habla en el evangelio de un hogar que está junto a un camino; el camino que sube de Jericó a Jerusalén, el camino que viene del desierto y lleva al encuentro de la ciudad santa, el camino también que hacían los que bajando por el valle del Jordán venían desde la lejana Galilea peregrinaban a Jerusalén y al templo en especial para la fiesta de la pascua. Un lugar propicio para tener un patio acogedor y con el cántaro siempre al borde de la cisterna para ofrecer agua fresca y descanso a los que agotados por el camino y el calor del desierto hacían camino hacia Jerusalén.

¿Sería ese el principio de las paradas de Jesús y sus discípulos en aquel hogar de Betania? El hecho está en que vemos a Jesús acogido en aquel hogar, no una sino varias veces, de manera que a Lázaro, un miembro de la familia, ya se le llamará el amigo de Jesús. La escena que nos ofrece hoy el evangelio es enormemente bella y enriquecedora. La mujer mayor de la casa se desvive por atender a sus huéspedes con todos los preparativos de la cocina, mientras que la otra hermana se ha quedado sentada a los pies de Jesús escuchando sus palabras y ofreciéndole también con su presencia el signo de esa acogida generosa en aquel hogar.

Las quejas de Marta porque María parece que nada hace y la respuesta de Jesús ha dado pie en muchas ocasiones a interpretaciones que se nos quedan cortas para valorar lo que el gesto de aquellas mujeres podía significar.

María ha escogido la parte mejor, le responde Jesús a la atareada Marta, pero no le dice que no ha de hacer lo que está haciendo, pues también es necesario para la acogida que aquel hogar viene a significar. Hay una buena noticia de salvación que llega con la presencia de Jesús a aquel hogar de Betania, y ambas, cada una a su manera y según su función, serán igualmente acogedoras ofreciendo su amistad, en el silencio de la escucha y en el servicio de ofrecer lo mejor, al Jesús que llega a sus vidas.


Cuando un caminante llegara de otros lugares a alguna de aquellas tiendas del desierto, pronto estarían con oídos atentos para escuchar las historias y noticias que aquel personaje les pudiera traer; se entablaba una mutua relación e intercambio porque a aquel caminante se le ofrecerían también las mejores viandas que en el desierto pudieran tener. Hemos escuchado en la primera lectura que Abrahán ofrece a los tres caminantes que llegan a la puerta de su tienda el mejor pan y la mejor carne de sus vacadas para que no pasaran de largo alcanzando así el favor de aquellos caminantes. Son un signo de la presencia de Dios que llega junto a Abrahán y le dejará la buena noticia de un hijo y heredero que le ha de nacer.

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas. Es la prontitud de Abrahán para ofrecer lo mejor de sí mismo en su hospitalidad, pero ha de ser también el silencio de la escucha y la disponibilidad para el servicio que encontramos en el hogar de Betania. Así no dejaremos que Dios pase de largo por nuestras vidas, así podremos sentirnos inundados por la presencia y el amor de Dios que se derramará en nuestros corazones, así podremos llegar a sentirnos transformados en hombre nuevos llenos de generosidad que no pondremos nunca límites a la generosidad de nuestro amor.

Nos está hablando, sí, de la escucha de la Palabra de Dios; nos está hablando del corazón abierto con que hemos de venir a la oración y a nuestras celebraciones; pero nos está señalando algo más, porque Dios llega a nuestras vidas de muchas maneras y una muy importante es en el hermano que pasa a nuestro lado, las personas con las que convivimos en familia o con las que vamos compartiendo el camino de cada día; en ese extraño con quien quizá inesperadamente nos encontramos un día o en ese que por su presencia, por lo que hace o por la manera de presentarse no nos cae tan bien; en ese niño que un día levanta su mirada hacia nosotros, en ese joven que quizás nos parece que nos está mirando de lado pero que en el fondo está tendiendo su mano en búsqueda de algo, o en ese anciano que solo se sienta a la puerta de su casa a contar sus historias.

¿Cómo es nuestra acogida y escucha? ¿Cómo es la manera de prestarles atención? ¿Cómo pacientemente nos sentamos a su lado para escuchar sus lamentos o sus tristezas?  ¿Cómo somos capaces de ponernos a hacer camino junto a él aunque sea un desconocido para nosotros?  No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas.

martes, 6 de octubre de 2020

Que encontremos la placidez y la paz de Betania pero que sepamos ser ese patio del hogar de Betania para los demás

 


Que encontremos la placidez y la paz de Betania pero que sepamos ser ese patio del hogar de Betania para los demás

Gálatas 1, 13-24; Sal 138; Lucas 10, 38-42

Confieso que soy un enamorado de Betania. Pensar en Betania me hace sentir sosiego y paz en el corazón. Pensar en Betania es sentirme acogido como aquellas hermanas acogían a Jesús y me impulsa a caminar los mismos caminos. Pensar en Betania me hace imaginar aquel patio lleno de flores, con sus parrales llenos de frutos o sus enredaderas llenas de flores, allí junto al camino con las puertas siempre abiertas, sin barreras que impidan el paso a sentarse al frescor de aquellos árboles saboreando el perfume de las flores y alrededor de un cesto de frutas que se ofrece al caminante como señal de hospitalidad.

Podemos imaginar la escena que nos ofrece hoy el evangelio; podíamos decir que no tiene nada especial pero lo tiene todo. Marta, quizá la hermana mayor, en sus ajetreos para prepararlo todo y ofrecer lo mejor a sus huéspedes que ya son sus amigos y María, quizá la hermana menor -¿más indolente?, no lo tenemos que pensar – pero con los ojos bien abiertos, con los oídos muy atentos a lo que cuentan los visitantes. Es la acogida, es la escucha que todos necesitamos y cuando alguien se sienta a nuestros pies para escucharnos nuestras historias o nuestras preocupaciones, nos hace sentir también en paz por muchas que sean las turbulencias que llevemos en el corazón.

Lo que parece una queja o un reproche de Marta contra su hermana María lo podemos ver en la normalidad de lo que pueda suceder en momentos así en cualquier familia. ‘¡Dile a esa chiquilla que se quedó ahí embobada, que venga a ayudar que hay muchas cosas que hacer!’ es de lo que de alguna manera se quejaba Marta; pero María estaba haciendo su labor, su acogida, su escucha que tan importante es. Podríamos haberle replicado nosotros que a los huéspedes no se les deja solos y es lo que estaba haciendo María.

Nosotros ahora vemos el texto y decimos con toda razón que María estaba acogiendo y escuchando a Jesús, y es cierto que nos está enseñando a hacerlo. ‘María ha escogido la mejor parte’, le diría Jesús a Marta ‘mientras tú andas afanada en tantas cosas’. Claro que nos vale para sepamos escuchar a Jesús, sepamos escuchar y acoger su Palabra, sepamos que antes que ponernos a hacer muchas cosas tenemos que estar bien unidos a El, porque el sarmiento que no está unido a la vid, no está unido a la cepa no podrá dar fruto. Y aquí mucho tendríamos que pensar en todo lo que es nuestra vida cristiana, en todo lo que tiene que ser la espiritualidad que vivamos desde nuestra unión al Señor. Sin esa unión no tendremos una espiritualidad profunda, sin esa unión nuestra vida se quedará en la superficie, sin esa unión no vamos a sentir la fortaleza del Señor para nuestra lucha y para nuestro trabajo, para toda nuestra vida.

Pero hemos de saber también que cuando acogemos y escuchamos al otro estaremos escuchando a Jesús; cuando te has detenido en el camino para dar unos buenos días y dedicarle una sonrisa a aquel con quien te cruzas, cuando has sabido sentarte en silencio al lado del que sabemos que tiene muchos sufrimientos en su cuerpo o en su corazón, cuando te has quedado con aquel anciano que una y otra vez te contaba sus mismas historias pero que era feliz contando sus peripecias a quien lo escuchara, cuando te has puesto al lado de aquel amigo que sufre en silencio en sus luchas y en sus dudas y has esperado pacientemente un día y otro a que él te contara… estabas acogiendo también a Jesús, estabas escuchando también a Jesús, estabas como María en el patio de Betania a los pies de Jesús en la Betania aquel hermano al que tratabas de escuchar.

Que encontremos esa placidez y esa paz de Betania pero que sepamos ser ese patio del hogar de Betania para los demás porque muchos están deseando encontrar ese lugar de paz en la escucha de alguien que sepa detenerse en la vida a su lado.

martes, 8 de octubre de 2019

No nos perdamos la riqueza interior que podemos recibir de la presencia y de la palabra de esa persona que está a nuestro lado no vayamos a entrar en un vacío de deshumanidad



No nos perdamos la riqueza interior que podemos recibir de la presencia y de la palabra de esa persona que está a nuestro lado no vayamos a entrar en un vacío de deshumanidad

Jonás 3, 1-10; Sal 129;  Lucas 10, 38-42
Siempre tenemos cosas que hacer, andamos atareados. Ya sabemos que la vida hoy se ha convertido en una loca carrera, no solo porque muchos andan obsesionados por el tener y tener más cada día, o porque buscamos nuestros ascensos en esos lugares que ocupamos ya sea por nuestra profesión o por la tarea social que realicemos, sino también porque nos agobiamos con lo que tenemos que hacer y nos parece que no podemos trabajar y trabajar.
En cierto modo parece que algunas cosas cambian porque la gente también busca el descanso, pero un descanso que muchas veces es sustituir una actividad por otra actividad y no sabemos detenernos para contemplar la vida, para disfrutar del momento, para saber tener también ese punto de encuentro con los demás. Es que hay tantas cosas que hacer, nos decimos y nos justificamos.
No quiero mermar ni en lo más mínimo las responsabilidades que tenemos y que hemos de llevar a término, pero no siempre con esos agobios estamos siendo más responsables con la vida o con nosotros mismos. Hemos de saber detenernos, porque también el descanso es necesario y de alguna manera tenemos que tomárnoslo como una responsabilidad para con nosotros mismos y también por la repercusión que en positivo pueda tener para quienes nos rodean especialmente en el entorno familiar.
Como se suele decir tenemos que hacernos una escala de valores para poner cada cosa en su sitio porque quizá haya cosas que son importantes en la vida pero por los agobios con los que vivimos no le damos valor e importancia. El agobio en ocasiones nos deshumaniza, nos convierte en máquinas poco menos que automáticas. Y esa humanidad que crece en el encuentro, en la escucha, en el dialogo, en el cultivo de nuestro propio yo y nuestro espíritu es algo que hemos de tener en cuenta. Si no nos cultivamos interiormente, si no cultivamos también nuestra relación con el otro, al final nos desinflamos y hasta podemos sentirnos vacíos interiormente.
Hoy el evangelio  nos habla de un hogar donde Jesús es acogido con sus discípulos y nos habla de las dos mujeres de la casa. Mucho las hemos contrapuesto en ocasiones en nuestros comentarios y reflexiones, pero quizá no hemos terminado de resaltar los valores y virtudes que podemos encontrar tanto en Marta como en María.
Primero que nada resaltamos la virtud de la hospitalidad, y lo hacemos en ambas mujeres; las puertas de aquel hogar se abrieron para Jesús y para sus discípulos. Y si Marta andaba afanada en las tareas de la casa era en el buen deseos de ofrecer lo mejor a sus huéspedes; ¿no hemos llegado nosotros de visita a una casa y enseguida nos ofrecen que si queremos tomar algo? bien sabemos como en nuestros pueblos se ofrece enseguida el café o el vaso de vino. Era el servicio que Marta quería ofrecer, eran los preparativos que estaba realizando porque quería atender a todos y de la mejor manera. Era la queja también porque María no le ayudaba en aquellos quehaceres.
Pero María estaba ejerciendo también esa virtud de la hospitalidad. Era importante la persona y la presencia; era importante la acogida y la escucha; era importante el estar, estar allí al lado de aquel a quien recibían con generosa hospitalidad; era importante ese detalle de presencia y de escucha, el saber detenerse para hacerse presente y escuchar, para acoger y para recibir. ¿Cómo se le iba a dejar solo o volverle la espalda? Aquella atención y aquella escucha era abrir el corazón porque ya la presencia del otro lo llenaba y más aun se enriquecía con sus palabras. Tenemos que aprender a hacerlo.
Cuánto podemos recibir cuando sabemos detenernos para acoger y para escuchar; cuanto nos puede enriquecer la presencia de la otra persona a la que no podemos dejar a un lado para irnos a nuestras cosas y lo que nos pueda parecer más interesante o más urgente. Son cosas sencillas que tenemos que aprender a hacer.
No solo son las tareas de los trabajos que tengamos que realizar, sino que hoy también hay otras muchas cosas que nos entretienen y nos distraen; sí, nos distraen de ese contacto humano y presencial con el que está a nuestro lado; nos distraen y estamos más pendientes de unos medios técnicos – las llamadas redes sociales - que, es cierto, nos pueden poner en contacto con personas que están en otra parte del mundo, pero no sabemos mirar a los ojos al que está a nuestro lado, no sabemos abrir nuestros oídos para escucharle o nuestro corazón para acogerle de verdad. ¿No nos estaremos perdiendo una riqueza interior que podemos recibir de ese que está a nuestro lado?
Y nos estamos perdiendo muchas cosas importantes que podemos recibir de ese que está a nuestro lado y que al final parece que ni los conocemos. Cuántas consecuencias podríamos sacar en este sentido de tantas cosas que nos suceden o de la manera como hoy nos planteamos las cosas y las relaciones humanas.

domingo, 21 de julio de 2019

Aprendamos que no son solo las soluciones técnicas las que hacen mejor la vida de las gentes, sino la humanidad que pongamos en nuestras relaciones


Aprendamos que no son solo las soluciones técnicas las que hacen mejor la vida de las gentes, sino la humanidad que pongamos en nuestras relaciones

 Génesis 18, 1-10ª; Sal 14; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42
Pase para dentro y tome algo, quizás nos habrán dicho más de una vez en ese sentido hospitalario y acogedor de nuestras gentes sobre todo de nuestros campos. ¿Qué le puedo ofrecer? ¿Un vaso de vino? Nos dicen con una generosidad que nos conmueve.
Me viene a la memoria una anécdota de una experiencia que viví en una ocasión. Estaba en otra isla y la parroquia era muy extensa en territorio con numerosos pueblecitos repartidos entre montañas y barrancos; solía visitarlos una vez al mes pasando una tarde con aquella gente pobre y sencilla recorriendo sus veredas y visitando sus casas.
En esta ocasión me acompañaba un joven seminarista que quiso llevar también a un niño de una familia cercana a la parroquia y entre las vueltas que estábamos dando recorriendo el lugar, desde el patio de una casa nos llamaron y nos invitaron a pasar. Inmediatamente querían ofrecernos algo, ¿un vaso de vino? y ya estaban tres vasos sobre la mesa y la botella de vino preparada para servir. Les dije que yo si me tomaba un poquito, pero que no sabía si el joven quería tomar – edad tenia para decidirlo – pero que el niño no tomaba vino; ya el chiquillo estaba diciendo por su parte que él no quería nada. La señora de la casa insistía y argumentaba qué es lo que iba a decir el padre del niño que había estado en su casa y no le habían brindado con nada.
Quiero recordar este sencillo hecho – que para algunos quizá no tenga ningún valor - como expresión de ese sentido de hospitalidad y acogida de la gente, y que te ofrecen con generosidad lo que tienen y hasta lo que no tienen aunque vivan en su pobreza carentes de muchas cosas. Un virtud, un valor el de la hospitalidad de suma importancia en nuestras relaciones humanas, que no es ya abrir las puertas de tu casa – que ya sabemos a cuanta gente les cuesta abrirlas en una desconfianza que se nos ha metido en nuestra sociedad – sino que es acogerte para hacer que te sientas bien y a gusto con ellos. Que te sientas como en tu casa, se suele decir.
Es ese estar atento en lo que te pueda agradar, pero es ese estar allí abriendo el corazón, abriendo su vida ponerte en el centro de su atención. Es la mutua comunicación y relación que se establece entre los que te acogen y los que se sienten acogidos porque es un interesarse de sus cosas y sus vidas escuchándose mutuamente porque siempre habrá un punto de encuentro y un punto de interés.
Lástima que en la vida de hoy estemos tan encerrados en nosotros mismos – una señal son tantas puertas y ventanas cerradas como observamos al pasar por cualquier población – con desconfianzas y con miedos, sin querer saber de los demás aunque estén en la puerta de al lado como sucede tantas veces, pero sin abrir nuestra vida a los demás. Si no somos hoy capaces de abrir la puerta al que está cerca de nosotros y nos cruzamos con el todos los días en la escalera, por decirlo de alguna manera, cómo vamos a abrirnos al desconocido, al emigrante o al que llega desde otras tierras y lugares buscando un refugio y una solución a los problemas que viven en su lugar de origen. Así surgen esas reacciones xerófagas y racistas que estamos viendo cada día en nuestra sociedad.
De esto nos está hablando hoy el evangelio. El hogar de Marta y Maria con su hermano Lázaro estaba en Betania a la orilla del camino que subía del valle del Jordán hasta Jerusalén para entrar a la ciudad santa por Betfagé y el monte de los olivos. Era el camino que habitualmente hacían los galileos, bajando por todo el valle del Jordán, evitando el paso por Samaria, para llegar como peregrinos en la Pascua a la ciudad santa. Betania es como un jardín en la cercanía del desierto de Judá en el que inmediatamente nos adentramos una vez que se inicia el camino de bajada hasta Jericó. 
La casa de Marta y Maria como las de todos los que habitaban aquel lugar era un lugar abierto para ofrecer agua y descanso a los que se dirigían a Jerusalén agobiados por el calor y la fuerte subida del camino. No fue solo una vez, como se desprende por los textos del evangelio, en que Jesús y los discípulos encontraran esa acogida en aquel hogar. Lo que nos narra el evangelio hoy es una muestra de ello. Lo sucedido en aquel momento en que Marta se afanaba en preparar todo lo necesario para acoger y servir al Maestro de Nazaret mientras María hacia los honores, por así decirlo, de la acogida sentándose a sus pies para hablar y para escucharle, podríamos decir que era lo habitual que se hacía en aquellas ocasiones.
Sin embargo el evangelio quiere resaltar algo a partir del agobio de Marta en sus faenas y su queja contra su hermana. Es una queja de lo más humano. Aparentemente María no está haciendo nada mientras parece que Marta se lleva toda la faena. ‘Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano’. Y digo aparentemente no está haciendo nada cuando está haciendo algo importante, se ha sentado con el huésped a escuchar y a estar con El. ¿No forma parte eso de la más elemental hospitalidad? ¿Sería bonito que dejaran al huésped solo porque había que estar en la cocina entre cacharros preparando cosas?
‘María ha escogido la mejor parte’. En su buena voluntad parecía que Marta es la que estaba haciendo lo mejor, pero ¿qué mejor podemos ofrecerle a alguien que la cercanía y el estar a su lado? ¿No nos estará queriendo decir algo también a los hombres y mujeres de hoy que, por ejemplo, en sus profesiones son unos técnicos muy eficientes pero que luego en el trato con las gentes que atendemos nos falta cercanía y humanidad?
No son solo las soluciones técnicas las que hacen mejor la vida de las gentes, sino la humanidad que pongamos en nuestras relaciones, la cercanía en el trato, la escucha llena de empatía de la que gente que nos quiere contar sus problemas, ese trato y esa relación que nos hace estar cerca de las personas y con lo que podemos hacer que haya una verdadera convivencia.
Muchas mas cosas nos puede decir aun el texto del evangelio, pero que al menos nuestra reflexión nos lleve a ser más humanos y cercanos los unos de los otros y así estaremos comenzando a hacer un mundo mejor.