Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta riqueza espiritual. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta riqueza espiritual. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de agosto de 2026

Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

 


Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

1Corintios 1, 17-25; Salmo 32; Mateo 25, 1-13

Lo que tenga que suceder ya vendrá haga yo lo que haga, para que voy yo a andar con agobios y preocupaciones, habremos oído decir a alguien o lo habremos dicho en alguna ocasión; no es simplemente una frase que decimos para salir del paso, expresa una actitud y una postura, está quizás manifestando la actitud pasiva con que nos tomamos la vida o las cosas que deberíamos hacer; esperar no es quedarnos sentados aunque estemos en el lugar de paso de quien esperamos, es necesario algo más.

Hace días me sucedió, esperaba el servicio publico de transporte, la guagua como decimos en mi tierra, y estaba en su parada, pero me había sentado tranquilamente y mientras me había entretenido con el móvil, como ahora todos hacemos que lo tenemos siempre en nuestras manos, y pasó el autobús y siguió de largo dándome cuenta cuando ya iba unos cuantos metros más allá de la parada; no era suficiente que estuviera en la parada, tenía que estar atento, tenía que hacer señales de que yo quería utilizar ese servicio. Pasó de largo. Esperar no es solo estar sentado incluso aunque sea el lugar adecuado.

Es lo que nos está enseñando Jesús con la parábola que hoy nos propone y que tantas veces hemos reflexionado; nunca terminaremos de sacar enseñanzas, porque así es la riqueza de la Palabra de Dios. Unas jóvenes que salieron, según las costumbres de la época para recibir e iluminar el camino del novio que llegaba a su boda; su misión esperar para luego poder iluminar acompañando con sus lámparas encendidas al cortejo; pero había que tener también suficiente aceite para que esas lámparas se mantuvieran encendidas. La parábola habla de una tardanza, porque además nunca se sabe ni el día ni la hora, pero también de un dormirse de quienes estaban esperando; despiertas quizás se hubieran dado cuenta de la tardanza y de la posibilidad de no tener suficiente combustible para reabastecerse a tiempo, pero habían entrado en una pasividad por la mala confianza que no les había hecho previsoras. Luego ya no fueron reconocidas cuando llegaron hasta la puerta cerrada ya.

Es la necesaria vigilancia de la vida, hay que estar atentos, debemos dar señales de que en verdad estamos esperando algo, hemos de tener las necesarias disposiciones, tenemos que darnos cuenta de la importancia del momento, tenemos que sentirnos responsables de lo que tenemos entre manos y actuar en consecuencia, las actitudes pasivas no son las mejores porque al final nos quedamos dormidos o perdemos la conciencia del lugar que hemos de ocupar en la vida, hemos de ser conscientes de verdad de la transcendencia que tiene cada momento y cada cosa que hagamos.

Podemos pensar en ese momento final de nuestra existencia para el que debemos estar preparados porque esa vigilancia y esa preparación que vivamos en cada momento va a definir el sentido ultimo de nuestra vida pero también de nuestra eternidad. ¿Podremos escuchar entonces ese ‘venid benditos de mi Padre a poseer el Reino que tengo preparado para vosotros…’ porque realmente hemos estado vigilantes y en buena disposición para ese momento final y transcendental?

Pero precisamente por eso hemos de estar con esa vigilancia y atención en cada momento de nuestra vida porque un tesoro se ha depositado en nuestras manos que no podemos enterrar, como se nos dirá en otra parábola. Tenemos una responsabilidad en nuestras manos y no solo porque pensemos en un beneficio propio sino también porque en eso que hacemos nos debemos a los demás. Desarrollamos nuestros valores y capacidades, hacemos florecer nuestras cualidades y nuestras posibilidades, nos sentiremos enriquecidos y no solo es pensar en lo económico sino en lo humano y en lo espiritual con el fruto que producimos con nuestro hacer, pero que no es solo para nosotros sino que también es en bien de los que nos rodean, de nuestra sociedad a la que estamos enriqueciendo también con lo que nosotros aportamos, construimos, ideamos. Aquellas doncellas no solo alumbraban el camino para si, sino para todos los que iban a participar de aquella boda. Nuestra tarea no solo nos da una riqueza personal sino que es riqueza para toda la humanidad.

Eso nos tiene que hacer pensar en el cuidado de nuestra vida, en cómo nosotros también tenemos que ir enriqueciéndonos interiormente para poder luego iluminar a los demás, cómo tenemos que preocuparnos de crecer por dentro, de no enterrar nuestros talentos, de sacar a flote toda nuestra creatividad, de ofertar a los demás esa riqueza interior que tenemos que alimentar y hacer crecer. 

Qué importante es todo aquello que nos pueda ayudar en nuestra formación y en nuestro crecimiento, qué importantes son esos deseos de superación que tenemos que alimentar dentro de nosotros, qué importante es que limemos todo aquello que forma parte de nuestra vida y de nuestro carácter para que podamos ajustarnos bien con los demás y por el roce nunca nos hagamos daño. Es ese aceite que hemos de mantener siempre como reserva espiritual en nuestra vida y así nuestra luz siempre brillará.


jueves, 30 de julio de 2026

Sepamos ser ese discípulo que se ha enamorado del evangelio para sacar en cada momento de su riqueza lo que va a ser la sabiduría de nuestra vida

 


Sepamos ser ese discípulo que se ha enamorado del evangelio para sacar en cada momento de su riqueza lo que va a ser la sabiduría de nuestra vida

Jeremías 18, 1-6; Salmo 145; Mateo 13, 47-53

Vivimos en la loca carrera de las prisas, porque todos queremos llegar lo más pronto posible a nuestras metas, no nos importa saltar etapas o darnos empujones los unos a los otros, que pueden terminar en atropellos. Como en la carretera que siempre queremos que no vaya nadie delante de nosotros y buscamos adelantar sea como sea, aunque pongamos en peligro muchas cosas. Hemos perdido la paciencia, no terminamos de darnos cuenta que el trabajo tiene que avanzar con tiento porque hay que cuidar mil detalles para que se pueda realizar bien.

Pero ya entendemos que con lo que estoy diciendo no nos queremos referir a las cosas materiales que vayamos haciendo sino que es la construcción de la propia vida, que tiene sus etapas y que hemos de cuidar con esmero. Está en juego lo que somos, que es mucho más importante que lo que tenemos. Muchas veces nuestra vida se puede parecer a esa red, de la que nos habla Jesús hoy en el evangelio, que recoge toda clase de peces que luego habrá que discernir bien con lo que nos quedamos; así nuestra vida con sus valores, pero también con los tropiezos que podamos ir teniendo en nuestros propios errores o en las cosas que no siempre hacemos bien y que tenemos que saber reconocer y corregir.

Nos hablaba también el profeta de la vasija de barro en manos del alfarero que la modela; no podemos dejar a lo que salga, el alfarero con su saber hacer la va modelando para encontrarle su fortaleza y su belleza, y el barro se deja hacer, se deja manejar, por decirlo de alguna manera, por las manos expertas del alfarero. ¿Seremos alfareros de nuestra propia vida? ¿o dejaremos que el alfarero divino nos vaya modelando? Está la sabiduría y el poder de Dios con la fuerza de su Espíritu, pero el Señor al mismo tiempo nos ha concedido el don de la libertad con que nosotros hemos de responder; nuestra disponibilidad no es falta de libertad, es dejarnos conducir para con la fuerza del Espíritu divino podamos hacer relucir lo mejor de nosotros mismos.

Jesús nos habla en parábolas, precisamente con el texto de hoy concluimos este capítulo donde san Mateo nos ha condensado las principales parábolas de Jesús, y somos nosotros ahora los que nos tenemos que dejar enriquecer con las enseñanzas del evangelio que nos conducen a desarrollar en nosotros los mejores valores.

No es solo conocer las parábolas, quedarnos, por así decirlo, en el ejemplo que en ellas podamos encontrar sino dejarnos envolver por ese espíritu de sabiduría que nos va a hacer alcanzar una maravillosa riqueza espiritual como alimento de nuestra vida que nos va iluminando en cada situación. Tenemos que saber aplicar a la vida de cada día esa sabiduría que hemos ido acumulado en nuestro interior. Por eso nos habla del letrado que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos y en cada momento va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo según convenga.

Ojalá así tengamos presente la Palabra de Dios en nuestra vida, estemos tan empapados de esa sabiduría del evangelio que allá por donde vayamos dejemos el rastro y el perfume de lo que llevamos dentro y es la mejor riqueza de nuestra vida. Con qué facilidad recordamos una canción de moda o traemos a cuento una frase que un día nos llamó la atención porque la dijo un personaje de nuestros gustos o que está de moda, pero qué poco los cristianos citamos el evangelio o los textos sagrados de la Biblia; con qué facilidad nos sentimos encantados con maneras de pensar o de actuar que nos vienen de los países más exóticos y los queremos convertir en filosofía de nuestra vida, y qué pronto olvidamos toda la profundidad de los valores del evangelio que además han sido piedras fundamentales de nuestra cultura occidental. Nos vamos a hacer no sé qué experiencias que nos parecen exóticas y nos olvidamos del sentido de nuestra oración y meditación cristiana que pone verdaderos cimientos de nuestro crecimiento humano y espiritual.

¿No tendríamos los cristianos que rescatar con más entusiasmo toda la riqueza y sabiduría el Evangelio que verdaderamente nos humaniza y nos hace crecer espiritualmente?

viernes, 5 de junio de 2026

En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

 


En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

2 Timoteo 3, 10-17; Salmo 118; Marcos 12, 35-37

No temamos hacernos preguntas que nos cuestionen por dentro; es un deseo de avanzar, de encontrar razones, de abrirnos a nuevos horizontes, de fundamentar bien lo que ya llevamos por dentro. En la medida en que vamos avanzando por la vida seguramente nos aparecerán nuevas cuestiones que antes no nos habíamos planteado, pero eso significa el crecimiento que vamos experimentando y eso nos conduce a una madurez que nos hará sentirnos más seguros. No somos ciegos que simplemente ven por los ojos de los otros, sino que hemos de tener nuestra propia mirada, que se siente enriquecida por lo nuevo que va encontrando, pero también de lo que va recibiendo de los demás. No es una búsqueda que nos haga mirarnos solo a nosotros mismos, sino que nos hará rumiar y reflexionar sobre lo que ya forma parte de nuestra vida para ir ahondando más y más.

Hoy es Jesús en el evangelio el que le hace preguntas a sus contrincantes; muchos habían ido planteándole cuestiones no siempre en una búsqueda sincera de algo mejor que Jesús pudiera ofrecerles, sino como muchas veces hemos visto querían cogerle en sus palabras para manifestar así su rechazo a lo que Jesús estaba significando. Ayer mismo escuchábamos al escriba que le preguntaba por el mandamiento principal de la ley, una pregunta que no tendría sentido en quien la hacía puesto que era un maestro de la Ley. Pero hoy es Jesús el que los cuestiona y los deja sin palabras. Si el Mesías era hijo de David, de la descendencia de David, ¿cómo es que le llame su Señor? No tienen respuesta; pero Jesús les está haciendo ver cual es su verdadero mesianismo y que El está por encima de la misma Ley, si es el Hijo de Dios como se está manifestando Jesús. El pueblo sencillo sí sabe reconocer la veracidad y autenticidad con que Jesús se manifiesta.

Lo de menos en nuestra reflexión en este caso es ese cuestionamiento. Hemos más bien saber responder a esos interrogantes que en nuestro interior se nos presentan también en el campo de nuestra fe y de la manera de expresar no solo nuestra religiosidad sino todo lo que significa el seguimiento de Jesús, es decir, todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. ¿Dónde hemos de ir encontrando esas respuestas?

Hermoso el texto que se nos ofrece de la segunda carta de san Pablo a su discípulo Timoteo. Está recordando el apóstol lo que ha sido el recorrido de su vida que no siempre ha sido fácil. ‘¡Qué persecuciones soporté!’, recuerda el apóstol, ‘pero de todas me libró el Señor… todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos’, nos viene a decir. Por eso nos invita a vivir en la fidelidad. Como le dice a su discípulo ‘tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús’.

Ahí tenemos nuestra sabiduría que nos hará saborear todo el sentido y el valor de la vida; es lo que nos hará crecer y madurar, es lo que nos va a dar verdadera profundidad a nuestra vida, es donde vamos a encontrar la fuerza para mantenernos en esa fidelidad, sintiendo que es el Señor nuestra fortaleza. Por eso concluye diciéndonos algo hermoso. ‘Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena’.

¿Qué valor le damos a la Biblia? ¿La saboreamos como lo que es, la Sabiduría de la Palabra de Dios? En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas ¿acudimos a la Sagrada Escritura para encontrar esa Sabiduría de Dios para nuestra vida?

sábado, 8 de noviembre de 2025

Después de tantos esfuerzos que hacemos en la vida por lo material pensemos qué riqueza humana y espiritual quedará dentro de nosotros

 


Después de tantos esfuerzos que hacemos en la vida por lo material pensemos qué riqueza humana y espiritual quedará dentro de nosotros

 Romanos 16,3-9.16.22-27; Salmo 144; Lucas 16,9-15

No podemos andar distraídos por la vida y es que no podemos estar haciendo dos cosas al mismo tiempo y prestarle la misma atención. Te estoy oyendo, decimos mientras estamos entretenidos con el móvil; y luego nos preguntan, ¿y qué te estaba diciendo? Y ya no sabemos responder. Pongo este ejemplo que también nos vale como denuncia de cómo muchas veces le prestamos más atención a las cosas que a las personas, pero podríamos pensar en muchas más cosas.

¿Nos estaremos centrando en la vida de verdad en lo que vale la pena? Creo que es una pregunta muy importante, esencial me atrevo a decir, que tendríamos que hacernos muchas veces para no distraernos de nuestro camino, de nuestras metas, de lo que son los verdaderos ideales de nuestra vida. Muchas veces son cosas buenas también, o cosas que necesitamos utilizar en la vida en ese intercambio que hacemos entre unos y otros o en esas relaciones comerciales, digámoslo así, que hemos de mantener los unos con los otros. Pero no podemos convertir lo que realmente es secundario en lo fundamental, nos estaríamos creando dependencias, perderíamos el norte de la vida y de lo que hacemos. Tenemos que sabernos organizar, tenemos que saber buscar lo que es lo fundamental y poner las cosas en su sitio.

Hoy nos toca Jesús en el evangelio cosas que incluso nos duelen, que es nuestra relación con lo material, el lugar que ocupan en nuestra vida, y como estamos sabiendo utilizar esos medios materiales sin convertirlos en dios de nuestra vida. Sí, es tal la dependencia que nos creamos de esas cosas que las convertimos en nuestro dios. Miremos, si no, los afanes con que andamos por la vida, los afanes por nuestros trabajos o mejor aun por nuestras ganancias, porque con ello ya pensamos que conseguimos todo aquello que nos hace felices; pero quizás pronto nos daremos cuenta de que esas cosas que brillan pronto pasan y lo que dejan es un vacío en nuestro interior.

Eso no quita para en esas cosas, en esos medios materiales, obremos siempre con rectitud y seamos verdaderamente justos y responsables. Las palabras de Jesús que hoy escuchamos nos vienen en el evangelio inmediatamente después de la parábola del administrador injusto, en la que se alababa no su falta de honradez sino la habilidad que tuvo para corregir por un lago injusticias y por otra parte encontrar quien le quisiera acoger cuando a él le fueran las cosas mal.

Por eso nos dice hoy Jesús, ‘Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’; y nos habla Jesús ser fiel en esas cosas que parece que tienen menor importancia, porque quien no sabe ser fiel y honrado en esas cosas tampoco lo será cuando tenga en su mano cosas importantes. ¿Seremos en verdad buenos administradores también de lo material que poseemos?

Aunque no podemos convertir en dioses de nuestra vida esas cosas materiales, nos viene a decir. ‘Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’.

Como decíamos al principio que el dinero no nos distraiga, que lo material no nos absorba, que no nos sintamos atados y dependientes haciéndonos esclavos de las cosas materiales, de las riquezas, como también nos hacemos esclavos de nuestros prestigios y del poder o dominio que podamos ejercer sobre los demás; que no nos hagamos esclavos de nuestras vanidades construyendo nuestra vida solo sobre apariencias; si no ponemos verdaderos cimientos a nuestra vida ese edificio se nos derrumbará, que será el vacío que al final sentiremos en nuestro interior. ¿Merecerá la pena a lo que dedicamos nuestro tiempo y todos nuestros esfuerzos? ¿Qué riqueza humana y espiritual nos va a quedar en nuestro interior?

miércoles, 30 de julio de 2025

Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe, verdadera sabiduría de nuestra vida, auténtica riqueza espiritual de nuestra existencia

 


Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe, verdadera sabiduría de nuestra vida, auténtica riqueza espiritual de nuestra existencia

Éxodo 34,29-35; Salmo 98; Mateo 13,44-46

¿Qué es lo que verdaderamente consideramos importante? ¿Qué es lo que para nosotros tiene mayor valor? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a dar para conseguirlo? Son unas primeras preguntas que nos hacemos para ver por donde anda nuestra onda. Porque también nos puede suceder que nos contentamos con lo que somos o lo que tenemos, que nos parece lo suficientemente bueno y para que vamos a estar volviéndonos locos por conseguir algo distinto, posturas conformistas en las que podemos caer; que también podemos pensar si ya lo que tengo es más o menos válido, para que voy a desprenderme de algo que ahora me está sirviendo ante el interrogante que pueda representar lo nuevo, es quizás la mediocridad en la que me muevo  que no me impulsa a una superación, y sobre todo cuando quizás eso me exija sacrificar algo.

Bueno esto que estamos diciendo nos vale para pensar en muchas cosas que forman parte de nuestra vida. Muchas cosas diferente podemos considerar importantes y por ellas hemos de ser capaces de sacrificarnos. Quien piensa en sus negocios y en sus ganancias, quien puede pensar en lo que son sus posesiones  con las que pretende tener una buena vida sin sobresaltos, quien puede pensar en unas conocimientos y unos estudios que le ayudarán a cultivarse como personas y le puede ayudar a encontrar una sabiduría de la vida, quien puede pensar en la familia y todo lo que entrañan unas relaciones familiares por lo que somos capaces de sacrificarnos porque queremos el bien de la familia o pensamos en el futuro de nuestros hijos con lo que le podamos ofrecer para lograr un puesto en la vida, quien puede pensar en esa sociedad en la que vive y que quiere mejor y que se quiere ser capaz de trabajar por una transformación de esa sociedad.

En cada una de esas facetas podemos o tener que pensar en qué es lo mejor, por lo que merece la pena sacrificarse y luchar, en ese necesario espíritu de superación que tiene que haber en nuestra vida, aunque eso algunas veces nos signifique renuncias y sacrificios en la búsqueda de lo mejor. Forma parte de ese crecimiento humano como personas que todos hemos de anhelar, aunque muchas veces andamos un poco cegados por aquello de la inmediatez y no siempre tenemos la paciencia de esperar para conseguir eso mejor que busquemos.

¿Es el sentido de estas parábolas que hoy Jesús nos propone en el Evangelio? Nos habla de un tesoro escondido que alguien encuentra y que porque no está en su campo buscará todos los recursos que sea para poder adquirir aquel campo y tener derecho a ese tesoro. Como nos habla también de una perla preciosa de gran valor que queremos tener y que somos capaces de desprendernos de todo lo que tenemos para tener los medios necesarios para poder conseguirla.

¿Cuál es ese tesoro que hemos de conseguir o esa perla preciosa que queremos adquirir? Es aquí donde tenemos que hacer nuestra escala de valores. No es que sean malas aquellas cosas que antes mencionábamos y que quisiéramos conseguir en la vida. Pero ahora con la parábola Jesús quiere plantearnos algo mucho más hondo. ¿Cuál es esa verdadera sabiduría de la vida? ¿Le daremos a nuestra fe ese valor de la perla preciosa por la que hemos de saber despojarnos de muchas cosas para poder alcanzarla?

Aquí tiene que entrar en juego también ese sentido espiritual de la vida, porque no todo se puede quedar en lo material, en unas ganancias o en unas riquezas que nos hagan poseer cosas, como si en ello estuviera toda nuestra felicidad. Es bueno que sintamos toda esa alegría y satisfacción por esas cosas conseguidas para lograr ese nuestro crecimiento humano como personas y de aquellos que están a nuestro lado.

Pero hemos de saber encontrar esa luz de la fe que nos va a dar una visión nueva y distinta de la vida, una mayor trascendencia a nuestro ser y a cuanto hagamos, que va a ser motor de nuestro camino, de nuestras luchas y deseos de superación, que nos ayudará a encontrar esos valores que nos ofrece el evangelio para que lleguemos a vivir ese sentido del Reino de Dios, que va a elevar nuestro espíritu para entrar en esa sintonía de Dios en quien encontramos todo el sentido de nuestra vida y nuestra existencia.

¿Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe para nuestra vida, esa luz de la fe que va a ser la verdadera sabiduría de nuestra vida, esa luz de la fe que nos hará encontrar la verdadera riqueza espiritual de nuestra existencia?

viernes, 20 de junio de 2025

 


Nos está pidiendo Jesús que busquemos el verdadero valor que dará riqueza a nuestra vida porque es tesoro de eternidad

 2Corintios 11,18.21b-30; Salmo 33; Mateo 6,19-23

Cuando hablamos de valores, ¿de qué es de lo que estamos hablando? A la palabra valor le podemos dar según miremos diversos significados; parece que no todos entendemos lo mismo. Se dice que hay que tener valor, o lo que es lo mismo, ser valiente para emprender una tarea que nos cuesta, para realizar un camino que se nos hace difícil, que tenemos que tener valor en nosotros mismos para superar dificultades, los problemas que la vida nos va presentando. ¿Valor en este caso como fortaleza física para realizar algo o como fortaleza en nosotros mismos para hacer un camino de superación?

Otros cuando hablan de valor están pensando en lo que cuestan las cosas, lo que queremos obtener, lo que queremos comprar o lo que queremos vender, o lo que poseemos; y estamos hablando de un valor material, un valor monetario, económico por las ganancias que podemos obtener de lo que hacemos o de lo que tenemos, o por lo económico de lo que tenemos que disponer para poder alcanzar aquello que deseamos, para poder comprar. Hablamos del valor de las cosas en un orden o sentido material o pecuniario.

Pero también hablamos de valores que no se pueden llevar en el bolsillo, que no podemos contar en nuestra libreta de datos bancarios, pero que tendrían que adornar a la persona y que son los que le harían alcanzar la mayor grandeza de su vida. Estamos hablando de valores en otro sentido, que son las virtudes que cultivamos, los principios que fundamentan nuestra vida, lo que nos hace tener unas determinadas actitudes ante los demás o ante lo que tenemos que hacer, las razones de nuestro vivir.

Será la generosidad y la disponibilidad de nuestro corazón, la alegría y el optimismo con que nos enfrentamos a la vida, la constancia en ese camino de superación que nos ayudará a ir creciendo más y más como personas, el respeto con que nos tratamos unos a otros conscientes de nuestra dignidad de personas, la honorabilidad con que actuamos y la rectitud de vida para actuar siempre justamente, la sinceridad con que nos mostramos y con la que nos comunicamos los unos con los otros… muchas cosas podríamos decir en este sentido. Y en el fondo el amor que anima y da forma y sentido a todo lo que hacemos y a esos valores que queremos vivir.

Y todo esto no lo compramos con dinero; cualquiera de esos valores vividos con integridad vale más que todos los tesoros del mundo; y será desde esos valores donde encontraremos ese valor, esa fortaleza para nuestro caminar, para buscar lo que verdaderamente vale y es importante, algo que sea verdaderamente permanente, algo que no se nos escape de las manos como agua escurridiza.

Hoy Jesús nos está invitando a que busquemos ese verdadero valor, un tesoro nos dice que vale más que todos los tesoros de la tierra, porque el oro se corrompe y también nos puede corromper a nosotros, porque esos tesoros mundanos algún día nos los pueden robar y al final nos quedaremos sin nada. Pero esos valores que llevamos impresos en nuestro espíritu ni nos los pueden robar, ni se van a echar a perder.

‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, nos dice Jesús, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los roen, ni ladrones que abran boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón’.

¿En qué ponemos nuestro corazón? ¿Cuáles son nuestros apegos?  ¿A qué le damos verdadera importancia en la vida? Podemos seguir andando, aunque nos digamos cristianos y muy religiosos, con muchas cosas de las que nos sentimos dependientes, esclavos, porque aun no hemos saboreado la verdadera libertad que nos ofrece Jesús. Muletas que nos hemos impuesto en la vida para caminar y sin las cuales no sabemos caminar, camillas en las que seguimos postrados, escamas en nuestros ojos que nos distorsionan nuestra visión y no terminamos de ver claro el camino, en nuestras rutinas, en nuestras desganas, en nuestro poco espíritu de superación, en nuestros miedos a arrancarnos de las cosas o en nuestros miedos al que dirán, en unas costumbres o tradiciones que seguimos por rutina sin querer buscar algo nuevo, en remiendos que vamos poniendo cuando no queremos corregirnos de todo aquello que sabemos que nos hace mal. ¿Dejaremos que Jesús nos sane y nos dé nueva vida?

sábado, 16 de noviembre de 2024

Ojalá aprendamos a saborear desde la primera palabra o desde el primer momento que hacemos oración porque estamos saboreando a Dios

 


Ojalá aprendamos a saborear desde la primera palabra o desde el primer momento que hacemos oración porque estamos saboreando a Dios

3Juan 5-8; Salmo 111; Lucas 18, 1-8

Mientras algunos tienen a gala el tener grandes amigos, poderosos e influyentes, a los que pueden acudir porque siempre estarán dispuestos a mover los hilos que sea para que nosotros logremos nuestras aspiraciones, o consigamos todo aquello que necesitamos, otros sin embargo andarán resabiados por la vida porque no estarán dispuestos a pedirle nada a nadie, o piensan que a determinadas personas nada le pedirán porque siempre les van a dar largas o el no por respuesta. ¿Qué confianza podemos tener para solicitar una ayuda o pedir algo perentorio que necesitamos? ¿Qué vamos a encontrar? Claro que por detrás también tenemos que pensar cuales son las respuestas que nosotros damos a quien nos pide. Algo muy complejo, que no lo podemos delimitar tan fácilmente. ¿Qué encontramos o qué ofrecemos?

¿Es verdad que necesitamos de esas influencias, o de esas instancias para ablandar el corazón de aquel a quien le pedimos? Claro que también tendríamos que pensar que nuestras mutuas relaciones no se reducen a un pedir o a un dar; alguna otra comunicación tendríamos que tener entre unos y otros, porque de lo contrario eso significaría que son muy pobres nuestras relaciones, que nos falta cordialidad y confianza, que nos falta cercanía para compartir que no solo son cosas sino algo más de nuestra vida.

¿No tendríamos que pensar en algo de todo esto en lo que es nuestra relación con Dios? Y es aquí donde tenemos que plantearnos qué son y cómo son nuestras oraciones. Es cierto que muchas veces parece que las convertimos solo en un reclamo o en pedir cosas. ¿No nos estará faltando esa comunicación que tiene que ser comunión en todo lo que es nuestra relación con Dios? Muchas veces también lo reducimos a algo formal, a lo ritual, y porque hacemos unos ritos, muchas veces mecánicamente, ya parece que lo hemos hecho todo, ya hemos hecho oración, pero quizá en lo hondo del corazón no hemos terminado de llegar a sentir esa presencia de Dios en nuestra vida. Qué pobreza entonces, tenemos que reconocer, en nuestra oración.

El evangelista nos dice que para enseñarnos Jesús cómo tenemos que ser perseverantes en nuestra oración nos propone una parábola. No dice solo perseverantes en nuestras peticiones, que también, sino perseverantes en la oración. Claro que el ejemplo nos habla de la viuda que pedía justicia a aquel juez que se portaba de manera injusta y no la escucha.

Pero me quiero quedar en unas palabras que pueden tener su significado para lo que estamos diciendo; aquella mujer quiere ser escuchada, aquel juez no la escucha, aunque al final terminará escuchándola. ¿No tendríamos que emplear esta expresión en lo que tiene que ser nuestra relación con Dios? Una escucha mutua, que de Dios tenemos garantizada, pero una escucha que nosotros también tenemos que saber hacer a lo que Dios nos dice o nos ofrece. Y escucha es ese querer entrar en comunicación, es llegar a esa comunión con Dios. Y no somos perseverantes, no es Dios el que se cansa de nuestras peticiones, sino que somos nosotros los que nos cansamos de escuchar a Dios, no nos ponemos en sintonía con Dios. Creo que es un aspecto muy importante que hemos de tener en cuenta.

Por eso nos dirá Jesús en otro momento cuando nos enseñe a orar que no tenemos que estar pensando en muchas cosas que tenemos que pedirle a Dios, que Dios conoce nuestras necesidades; como nos dice cuando nos enseña el padrenuestro como forma, que no fórmula, de oración nos dice que no necesitamos muchas palabras. Claro que nosotros lo hemos convertido en una fórmula que entonces nos parece que tenemos que repetir muchas veces para que Dios nos escuche. Ojalá aprendamos a saborear el padre nuestro desde la primera palabra de esa oración. Sí, digo saborear. Eso tiene que ser nuestra oración, saborear el que estamos con Dios.

miércoles, 21 de agosto de 2024

Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

 


Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

Ezequiel 34, 1-11; Salmo 22; Mateo 20, 1-16

Forma parte de la naturaleza del ser humano el ir plasmando su ser en la obra que realiza con sus manos, el trabajo; y cuando hablo de lo que realizamos con las manos no reduzco el concepto solamente a lo que pueda ser el trabajo manual, sino que estoy queriendo expresar lo que podríamos decir todo lo que sale del ser del hombre, del ser de la persona.

Trabajo es lo que realizamos manualmente pero es también todo lo que podríamos llamar lo brotado de su inteligencia y de su ingenio, de donde surge todo lo que es el pensamiento del ser humano, y en consecuencia podríamos decir la filosofía pero es también lo que de manera artística realiza, como puedan ser las artes plásticas pero también la belleza de pensamiento expresado en la poesía. En todo ello vamos dejando la impronta de nuestro ser, brotarán las iniciativas y la creatividad y con ello queremos dejar tras nosotros un mundo mejor y más bello.

El hombre o la persona ociosa que nunca tiene ganas de hacer nada diríamos que está cortándole las alas a su espíritu; esa falta de actividad y de creatividad anula algo importante de su ser con lo que ve mermado también su propio desarrollo personal. Es cierto que podemos necesitar algún periodo de inactividad pero como una recarga de baterías, una recarga de fuerzas para continuar produciendo esa plenitud de su vida. El ocioso no entenderá de plenitud ni de búsqueda de algo más y mejor, simplemente se deja arrastrar por la vida, es lo que decimos habitualmente lo que hacemos es vegetar, pero aun así haríamos un mal uso de la palabra, porque también los vegetales nos producen flores y nos dan frutos.

En cualquier estadio de la vida en que nos encontremos tenemos esa posibilidad de hacernos crecer a nosotros mismos con nuestro propio trabajo dándole un sentido y una plenitud a nuestra vida; y es que en cualquier estadio de nuestra vida tenemos que saber disfrutar de nuestro trabajo que nos dignifica y nos enriquece, y no hablo solo de unos beneficios materiales que podamos obtener como fruto de nuestros trabajos, sino de una riqueza espiritual que le da una nueva dignidad y grandeza a nuestra propia vida.

Hoy la parábola que nos ofrece el evangelio nos habla de aquel propietario que salió de mañana bien temprano a buscar trabajadores para su viña; y nos habla cómo en las distintas horas del día siguió saliendo en búsqueda de más operarios, de manera que casi a última hora de la tarde, cuando se encuentra a algunos que aun andan sin trabajo, les pregunta que cómo es que han estado ociosos todo el día. Algo les faltaba a aquellas personas, a los que, aunque parezca una hora tardía, envía también a su viña.

Muchas explicaciones y comentarios nos habremos hecho o se nos ha ofrecido en otras ocasiones sobre esta parábola. Quiero seguir por esta línea de pensamiento que hemos venido desarrollando; en cualquier hora de nuestra vida tendremos siempre la oportunidad de darle un desarrollo a nuestra vida.

Aunque tengamos siempre que obrar en justicia para que todo el mundo sea remunerado debidamente por lo que realiza para una vida con dignidad, no solo tenemos que pensar en esa remuneración material o económica, sino que cada uno tenemos que considerar la grandeza y la dignidad de lo que es nuestra trabajo, la riqueza y no solo en lo material que adquiere nuestra vida porque cuanto realizamos nos lleva a un crecimiento y a una plenitud de nuestro ser.

Así qué gozosos hemos de sentirnos en el desarrollo de nuestro trabajo, sea cual sea, porque siempre nos estará haciendo ver la dignidad de la persona. Disfrutemos de nuestro trabajo, sintámonos complacidos en la obra que sale de nuestras manos donde estamos plasmando, como decíamos, todo nuestro ser.

No lo miremos como una carga que no nos queda más remedio que soportar, sino como algo que sale de lo más profundo de nuestro ser; como el artista que se siente complacido en la obra de arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, porque estamos contribuyendo a la verdadera riqueza y belleza de nuestro mundo, que Dios ha puesto en nuestras manos para que continuemos la obra de la creación.

viernes, 1 de marzo de 2024

Con nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros valores tenemos que saber también dar frutos para los demás, es la riqueza que ofrecemos al mundo que nos rodea

 


Con nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros valores tenemos que saber también dar frutos para los demás, es la riqueza que ofrecemos al mundo que nos rodea

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Salmo 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Se me ocurre comenzar esta reflexión – porque primero que nada me la hago para mí – preguntándome qué hago con mi tiempo, qué hago con las cosas que tengo, las posesiones que pueda tener, qué hago con mi trabajo, con mis valores y cualidades; podría pensar, podríamos pensar – porque os invito a que también os hagáis esas preguntas – que es mi tiempo, que es mi trabajo, que son mis cosas y yo puedo hacer lo que me apetezca. Nos parece que no tenemos que rendir cuentas a nadie. Pero, ¿somos dueños y propietarios o somos administradores?

Es cierto que es mi vida, tengo que sentirme responsable de mi vida, de lo que soy, de lo que tengo; busco en el fruto de lo que hago, es cierto, un rendimiento podríamos decir personal. Pero ¿podemos vivir así aislados del mundo que me rodea de manera que lo que yo haga no tenga repercusión en los demás? Creo que son reflexiones que tenemos que hacernos en la vida y encontrar así el verdadero valor de lo que somos y de lo que hacemos.

Además, ese rendimiento, como lo llamábamos antes, no se puede quedar en lo material porque sabemos que es mucho más hondo lo que somos, lo que tenemos y lo que conseguimos. La persona nunca se queda solo en unos, llamémoslos así, rendimientos materiales; hay, tiene que haber un crecimiento y enriquecimiento interior, algo profundo en nosotros que dará grandeza a nuestra vida y con lo que estaremos enriqueciendo espiritualmente nuestro entorno, a cuantos nos rodean. Por eso, tendríamos que seguir preguntándonos si somos unos meros propietarios o somos unos administradores.

Me estoy haciendo esta reflexión desde la parábola que se nos ofrece hoy en el evangelio que tendría que hacernos pensar mucho y en muchas cosas. Un propietario de una finca que la prepara de la mejor manera posible, nos habla de plantar una viña, de poner una cerca, de hacer una bodega, y la arrienda a unos agricultores que han de trabajarla. La expresión de que la arrienda significa como aquellos viticultores un día han de rendir cuentas al dueño de la viña de los frutos recogidos.

Pero vemos el desarrollo de la parábola; aquellos trabajadores de la viña se niegan a rendir cuentas, vemos la violencia con que actúan para intentar quedarse con la viña y sus frutos, pues hasta quitan de en medio al que sería el heredero de aquella finca. Se han sentido dueños absolutos, cuando ha sido algo que se ha confiado a sus manos y a su trabajo para obtener unos frutos del que todos se beneficiarían.

¿No estará reflejando esa actitud egoísta e insolidaria con que muchas veces vamos por la vida cuando solo pensamos en nosotros mismos y en nuestras ganancias? Por eso decía que nos da mucho que pensar. Nos enseña cuál ha de ser en verdad el valor de nuestro trabajo y nuestra vida; nos enseña cómo vivimos en un mundo en el que todos tendríamos que sentirnos solidarios los unos con los otros, y como nuestra vida, nuestro tiempo, nuestro trabajo no solo nos va a beneficiar a nosotros mismos, porque es normal que obtengamos unos frutos, sino que esos frutos de nuestra vida son una riqueza para todo nuestro mundo.

Es que incluso con nuestro trabajo material estaremos desarrollando algo que va más allá de esos rendimientos podríamos decir económicos o materiales, porque está el desarrollo de nuestra persona, esa riqueza espiritual desde la realización de nuestras responsabilidades, ese bien para un mundo que queremos hacer mejor y con el que estamos contribuyendo desde nuestro yo, desde nuestras capacidades, desde todo lo que es el desarrollo de nuestra vida.

Pero es además cuanto podemos hacer y en cuanto nos podemos comprometer para y por los demás. Es nuestro trabajo, es cierto, pero es también lo que en ese mí tiempo, el que podría querer solo para mí, podría hacer por los demás. Eso que llamamos voluntariado o compromiso social, eso que en nuestras comunidades en nuestro tiempo podemos hacer desinteresadamente por los demás, ese compromiso que vamos a tener y realizar con nuestra comunidad, esa sociedad en la que hacemos nuestra vida y de la que no nos desentendemos.


miércoles, 23 de agosto de 2023

Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

 




Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20, 1-16a

Es cierto que tenemos que cuidar las relaciones que mantenemos los unos con los otros para saber actuar siempre con rectitud y justicia en todo lo que sea intercambio de nuestros servicios y trabajos, como aquello que es fruto de nuestro trabajo. Por eso decimos siempre que hemos de actuar en justicia y de alguna manera nos hemos establecido como unas normas o unas pautas de comportamiento que faciliten esa rectitud. Pero también es cierto que nuestras relaciones humanas van mucho más allá de un mercantilismo en ese intercambio con unos beneficios que consideramos justos pero también de la calidad de esas prestaciones que nosotros realizamos.

Pero también hemos de considerar que unas relaciones humanas, que nos ayuden a nuestro crecimiento como personas y a un enriquecimiento de nuestro espíritu van más allá de ese mercantilismo y hemos de entrar en unos parámetros de generosidad, de altruismo, de desinterés material y de gratuidad. Cuando entramos en el cultivo de valores así estaremos dándole más hondura a nuestra vida y podremos sentir las mayores satisfacciones en nuestro corazón. Es la satisfacción y el gozo interior por lo bien hecho que es lo que pondrá una verdadera alegría en nuestro espíritu. Ya no estaremos usando medidas materiales e interesadas porque lo que vamos logrando en nuestro interior es muy superior a todas las ganancias materiales que podamos obtener en la vida.

Es cierto que no todos lo entenderán porque muchas veces nos ciega el materialismo de la vida y el poder tener contante y sonante en nuestras manos esas ganancias que siempre en ese sentido se nos quedan en lo material y no llegarán nunca a darnos ese gozo interior del que pone como eje de su vida la gratuidad y la generosidad. No es fácil liberarnos de esos condicionamientos y necesitaremos un esfuerzo grande para estar por encima de todo eso y no seguir con nuestros apegos egoístas. Cuando andamos tras esos intereses terminaremos con un desastroso vacío interior, que al final nos hará estar mano sobre mano sin llegar a saber por donde emprendemos el camino.

De eso nos está hablando Jesús en la parábola que nos ofrece. Un hombre que busca jornaleros para su viña en la plaza en distintas horas del día, unos obreros que en principio están mano sobre mano mientras encuentran a alguien que los contrata. Una expectativas que se crean en su interior los que comenzaron la jornada desde el principio del día olvidando por cuanto han sido contratados. Finalmente aquella sorpresiva forma de actuar del dueño de la viña que a todos paga por igual.

A todos los surgen dudas; tomamos el relato demasiado al pie de la letra y queremos usar nuestros parámetros humanos; pero la parábola nos está queriendo hablar de lo que es la generosidad del corazón de Dios. No importan medidas ni tiempos, porque los tiempos de Dios son otros, las medidas de Jesús son bien distintas porque son nuevos los valores que nos quiere ofrecer. Hay otros valores más y mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo, aunque también es importante; la gratuidad eleva nuestro espíritu, los regalos de Dios sí que nos hacen sentirnos bien en el corazón.

Así está actuando Jesús con unos nuevos valores y entrará en juego la generosidad del corazón, entrará en juego la rectitud con que nosotros actuamos dejando a un lado intereses demasiado materiales y mercantilistas, y tendrá que resplandecer de manera especial la gratuidad, que tanto nos cuesta poner como medida de nuestro corazón. Así tendrá que ser nuestra manera de actuar; no es el interés por una recompensa, sino la generosidad del que se da y está siempre en actitud de servicio. Es el camino que Jesús va haciendo delante de nosotros y que nos enseña a recorrer nosotros también, aunque tantas veces nos resistamos. Con Jesús algo nuevo tiene que brillar en nuestra vida.

jueves, 27 de julio de 2023

Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El

 


Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El

Éxodo 19,1-2.9-11.16-20b; Dn 3,52.53.54.55.56; Mateo 13,10-17

Como solemos decir, oímos campanas y no sabemos donde. En otros tiempos en que no había tanto sonido o tanto ruido en el ambiente en nuestros campos oímos campanas en la lejanía y pronto percibíamos que es lo que nos estaban anunciando, ya fuera el toque de oración, la muerte de algún vecino, o la llegada del tiempo de las fiestas. Hoy hemos perdido la percepción del sentido de los toques de las campanas y además aunque oigamos no escuchamos para poder percibir el sentido de lo que se nos anuncia. Oíamos el toque de la campana y nos decíamos unos a otros, escucha y se hacia silencio para poder escuchar de verdad los sonidos que nos hablaban.

Una imagen que nos puede hablar mucho de lo que nos sucede hoy, pero también de aquello a la que Jesús está haciendo referencia, cuando le preguntan por qué les habla en parábolas. Ya también iban perdiendo es capacidad de escucha a la voz de Dios que les hablaba, y les sucedía como nos sucede también muy fuertemente hoy que no somos capaces de percibir esa voz de Dios que nos habla desde la naturaleza o nos habla de los acontecimientos que nos suceden a nosotros o en nuestro entorno. Todo hoy quizás nos lo queremos explicar científicamente y ya no somos capaces ni de percibir el misterio ni de ser capaces de elevar nuestro espíritu para ver más allá de lo que los sentidos nos pueden señalar.

Jesús les recuerda las palabras de Isaías: ‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’.

Así nos sigue sucediendo, oímos, miramos, pero ni somos capaces de escuchar ni somos capaces de entender. Nos hemos insensibilizado para muchas cosas, hemos perdido un sentido espiritual de la existencia, todo lo convertimos en materia, o lo queremos convertir en ganancias pero que las reducimos a lo material; ya ni somos capaces de disfrutar de lo que vivimos, de esas cosas sencillas de nuestra vida, a las que no damos importancia y las pasamos por alto, no sabemos valorar porque hemos llenado la vida – y valga la incongruencia – de vacío. Hay una riqueza espiritual que nada tiene que ver con lo que resuena en nuestros bolsillos, ni con lo abultado de los números de nuestras cartillas bancarias, ni con aquellos oropeles con los que queremos envolvernos llenos de vanidad para dar una apariencia de lo que en realidad no somos.

Necesitamos de nuevo aprender la cartilla para que aprendamos a leer la vida; buscar el diapasón que afine nuestros oídos y que les dé sensibilidad  para sintonizar con lo espiritual; darle hondura a nuestra vida para que nuestras raíces lleguen a esos nutrientes que de verdad nos van a fortalecer el corazón; aprender a prestar atención alejándonos de los ruidos que nos perturbar porque será la manera de escuchar ese susurro de Dios; ponernos en el lugar adecuado para que cuando pase esa suave brisa como le sucedía al profeta en la montaña darnos cuenta que ahí está Dios.

Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El. Podremos decir al final, ‘¡Bendito eres, Señor, en el templo de tu santa gloria!’

jueves, 26 de enero de 2023

No ocultemos la luz de nuestra fe y de nuestro amor, aquello que da sentido y valor a nuestra vida, no nos avergoncemos de llevar el nombre de Jesús en nuestros labios

 


No ocultemos la luz de nuestra fe y de nuestro amor, aquello que da sentido y valor a nuestra vida, no nos avergoncemos de llevar el nombre de Jesús en nuestros labios

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 4, 21-25

Una pregunta que parece retórica que hace hoy Jesús en el evangelio quiere ser como un interrogante muy serio que Jesús nos hace sobre nuestra vida cristiana y lo que hacemos con ella. Porque hemos de reconocer que parece muchas veces que los cristianos, en lugar de ir encendiendo luces y colocándolas en lugar muy alto para que iluminen somos como esa bombilla que está colocada en un pasadizo oscuro, pero que nunca encendemos para que se pueda circular con toda libertad y confianza por él. La bombilla está colocada bien alta, colgando del techo y en un lugar estratégico, pero no está encendida.

Y nos dice Jesús que la luz no es para esconderla debajo del celemín, para esconderla en el cajón, necesita ser colocada en el mejor lugar para que ilumine. Y los cristianos no terminamos de dar luz a nuestro mundo. Parecemos quizás una lámpara antigua muy bonita de apariencia pero no terminamos de ser luz en medio de nuestro mundo.

La luz nos hará atravesar aquel pasillo oscuro, pero sin tropiezos ni dificultades, porque más bien con esa luz encendida hasta podríamos contemplar verdaderas obras de arte que ocultas en la oscuridad sin embargo cuelgan de aquellas paredes. Cuántas cosas nos perdemos por no tener encendida estratégicamente esa luz de nuestra fe. Muchas veces nos estamos quejando de lo mal que anda nuestro mundo, que si se han perdido u ocultado valores que eran realmente importantes, que si la gente anda desorientada y sin saber a donde caminar, y así nos hacemos muchas consideraciones.

Pero porque nos faltan ojos luminosos en nuestra vida, no nos percatamos de las cosas buenas que también pueden haber en los demás; porque cada uno parece que quiere cuidar su vela solo para sí, no nos damos cuenta que uniendo nuestras luces con las de los demás podremos hacer un mundo más brillante donde podemos tener la sorpresa de encontrarnos muchas cosas bellas en los demás; porque llevamos en modo opaco la luz de nuestra linterna no nos damos cuenta de los tesoros maravillosos que hay en muchas personas y que si supiéramos juntarlos podríamos ser una riqueza muy importante para nuestro mundo.

Encendamos la luz para descubrir la belleza de la luz que nos puedan ofrecer los demás; encendamos la luz para que contemplemos en toda su crudeza ese campo del mundo que tenemos delante y en el que hemos de ir sembrando buenas semillas y de donde podremos recoger un día numerosos y sabrosos frutos.

Encendamos la luz para que reine la alegría porque nuestros corazones se llenen de ilusión y de esperanza cuando vemos que es posible otro mundo, que no todo tienen que ser negruras y tristezas, que podemos descubrir el brillo que hay en los ojos de los que quieren caminar con ilusión y quieren construir cosas buenas. Así podremos hacer distinta la vida, distintos nuestros esfuerzos y nuestras luchas, porque nos servimos incluso de estímulo los unos a los otros.


No ocultemos la luz de nuestra fe y de nuestro amor, no ocultemos aquello que da sentido y valor a nuestra vida, no nos avergoncemos de llevar el nombre de Jesús en nuestros labios, de testimoniar esa trascendencia con que llenamos nuestra vida, de ese valor espiritual también de nuestra existencia. Nuestro mundo necesita esa luz, necesita ese testimonio, que esté encendida esa lámpara en ese pasadizo oscuro de la vida. No lo defraudemos, porque realmente lo están esperando de nosotros, aunque muchas veces no quieran incluso reconocerlo.

jueves, 28 de abril de 2022

Acudamos al Evangelio que nos va iluminando por dentro para dar profundidad a la vida haciéndonos crecer en una espiritualidad profunda que nos haga rebosar por dentro

 


Acudamos al Evangelio que nos va iluminando por dentro para dar profundidad a la vida haciéndonos crecer en una espiritualidad profunda que nos haga rebosar por dentro

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36

Hablamos de lo que sabemos; o al menos, eso debería ser así. Muchas veces somos atrevidos y queremos hablar de todo como si fuéramos expertos en todo. Es difícil, por supuesto, tener esa sabiduría universal y que de todo pudiéramos hablar. Claro que podemos tener nuestras opiniones, habernos ido formando nuestros criterios, tenemos deseos de saber y buscamos cómo aprender más, no nos puede faltar ese deseo y esa inquietud interior. Quien ha perdido ese deseo ha perdido algo importante de su ser, se queda anquilosado, no avanza, se hace conservador de lo que siempre ha sido así, como tantas veces decimos. Necesitamos una sabiduría de la vida. Tenemos que ir forjándola.

Es la búsqueda de ese sentido, de esos valores. Donde queremos también, por qué no, aprender de los demás. Siempre podemos encontrar una sabiduría o una riqueza en los que están a nuestro lado. Pero tiene que ser también ese cultivo de nuestra interioridad, para no quedarnos en lo superficial y superfluo; podemos parecernos a esas mariposas que van de flor en flor y con nada se quedan, pero podemos ser esa abeja laboriosa que va captando el néctar de todas las flores para elaborar la maravillosa miel en las no menos maravillosas celdas del panal construido también con esa cera que va recogiendo también del néctar de las flores. Qué maravilloso que supiéramos ir elaborando esa riqueza de nuestro espíritu porque sepamos ir a lo hondo que da un sentido a nuestra vida.

Tenemos quien nos enseña a darle esa profundidad a nuestra vida, quien es en verdad la Sabiduría de Dios y nos concede a nosotros también ese don del Espíritu. Es de lo que nos vamos empapando en el evangelio cuando nos dejamos impregnar por el Espíritu de Jesús. Por eso tampoco podemos acercarnos a las páginas del evangelio de una manera ligera y superficial. Cuántos nos dicen que eso no es más que repetir una y otra vez lo mismo, pero es porque no han llegado a descubrir la hondura del Evangelio. Siempre será para nosotros una nueva Buena Noticia, porque siempre algo nuevo nos estará transmitiendo y de lo que tenemos que seguir empapándonos.

Por supuesto no busquemos en el evangelio lo que no nos va a ofrecer; no nos quedemos en la curiosidad de unos datos históricos aun con el valor que puedan tener; no vayamos a buscar respuestas de ciencia que tenemos que estudiar por otros caminos. Vamos a buscar la Palabra de Dios, pero que no es quedarnos en espiritualismos trasnochados quizás, sino sentir y descubrir ese sentido profundo de la vida cuando descubrimos el verdadero sentido del Reino de Dios.

Será el evangelio que nos va iluminando por dentro, que nos hace mirar la vida de una forma distinta, que nos hace descubrir el valor de ese mundo que está en nuestras manos, que nos hace tener una mirada distinta a los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado y que nunca ya podrán ser como unos desconocidos para nosotros.

Es la luz que va respondiéndonos a los interrogantes más profundos que nos podamos plantear; es la luz que nos eleva y nos trasciende para por una parte descubrir que todo no se queda en nosotros mismos sino que todo va a tener como una referencia en los demás y para los demás, pero que nos eleva más allá para darle un sentido de eternidad a nuestra vida; es lo que dará profundidad a nuestra vida, lo que nos hará crecer en una espiritualidad profunda que nos llene y nos haga rebosar por dentro, pero es lo que nos enseñará a actuar y vivir con madurez. Son esas celdas maravillosas que vamos construyendo dentro de nosotros mismos para hacernos contener esa rica miel de la sabiduría divina que Dios va depositando en nuestro corazón.

Qué grandeza más maravillosa encontramos para nuestra vida.

sábado, 21 de agosto de 2021

Nuestro camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior

 


Nuestro camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior

Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17; Sal 127; Mateo 23,1-12

Creo que con una cierta sensibilidad podemos darnos cuenta fácilmente quien lleva algo en el corazón y quien va vacío por dentro. Cuando buscamos solamente las apariencias, los halagos, las alabanzas de los demás denotamos la superficialidad con que vivimos la vida y que realmente no tenemos nada que ofrecer desde dentro de nosotros mismos.  Podemos encontrar mucha gente así. Quieren vivir al día, a lo que salga, queriendo probar todo para disfrutar de todo, lo que significa que aun no han encontrado los verdaderos valores que den sentido a su vida, que le den grandeza a su existencia.

Quizás querrán manifestarse más cumplidores de los demás y con vanidad van enseñando las cosas que hacen para encontrar los elogios que alimenten su ego, pero lo que hay es un vacío interior. Para mantener su llamémosle prestigio hasta se volverán exigentes con los demás, porque se sienten imbuidos de una autoridad ficticia que no tienen, porque realmente no tienen nada que ofrecer de su propia vida vacía. Se querrán mostrar como maestros cuando realmente su vida insulsa no nos da ninguna lección.

De estos nos previene hoy Jesús en el evangelio. Son palabras fuertes las que escuchamos a Jesús contra los maestros de la ley y contra los fariseos. Nos dirá Jesús que aprendamos la lección pero que no los imitemos, porque caeríamos nosotros también esa vida vacía y hasta sin sentido.

Y nos enseña la actitud que hemos de tener hacia los demás. Por eso nos dice que no nos dejemos llamar ni padres ni maestros. La expresión padre no era solo una referencia al progenitor, sino a esa forma paternalista con que se presentaban los maestros de la ley y los fariseos, que siempre consideraban a los demás en una escala inferior y se mostraban como redentores que les enseñaban el verdadero camino. No es esa la actitud que nosotros hemos de tener, porque en fin de cuentas todos somos discípulos que tenemos que estar aprendiendo y nuestra manera de actuar es saber caminar al lado y a la altura de los demás en una actitud humilde y generosa de servicio.

Por eso nos habla Jesús que tenemos que saber hacernos los últimos y los servidores de todos. Porque no vamos a engrandecernos vanidosamente poniéndonos por encima de los demás sino siempre con la actitud de servicio de quien ofrece lo mejor para los demás. Y aquello que llevo en el corazón es lo que mejor puedo ofrecer a los otros. Será esa disponibilidad y esa generosidad las que nos harán ricos de verdad por dentro, y desde ese amor que llevamos en el corazón es cuando podemos ofrecer lo mejor a los demás.


Nuestro camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior; cuanto más generosos seamos en nuestro compartir más riqueza espiritual se acumula en nuestro corazón con la que podemos en verdad enriquecer a los que están a nuestro lado. No será nunca camino de prepotencias ni vanidades, sino siempre de disponibilidad generosa que no nos importa vaciarnos de nosotros mismos con tal de engrandecer a los demás. Es maravilloso el camino que nos señala Jesús en el evangelio. Haciéndonos pequeños nos haremos verdaderamente grandes.

domingo, 3 de enero de 2021

En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

 


En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

‘Y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. ¿No es lo que venimos contemplando y celebrando en esta Navidad? Los ángeles la noche de Belén cantaban la gloria de Dios en el nacimiento de Jesús. Ahí, en el humilde establo de Belén contemplamos la gloria de Dios. Podíamos haber imaginado o pensado en un hermoso lugar, un templo esplendoroso o un palacio resplandeciente por el brillo de las riquezas. Pero no, en un humilde establo, con un pobre pesebre por cuna, contemplamos la gloria de Dios.

¿Qué es lo que estamos contemplando? Un recién nacido, tan pobre que no ha tenido una cuna ni una casa donde nacer, porque hasta en la posada que acogía a los pobres que llegaban a Belén, no había sitio para El. ¿Y quién es ese recién nacido con quien se proclama la gloria del Señor? Es el Verbo de Dios que se hace carne y planta su tienda entre nosotros. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, plantó su tienda entre nosotros’.


No es como la Tienda del Encuentro que Moisés levantó en el desierto dotándola de todo el esplendor del oro y de las riquezas que pudieron recoger entre unos pobres peregrinos del desierto; no es el Santa Santorum que Salomón levantara en el templo de Jerusalén para significar la morada y la presencia de Dios entre nosotros. Esa tienda es el pequeño cuerpo de un niño recién nacido que viene a representar a toda nuestra humanidad y que no tiene mejor lugar para situarse en nuestro mundo que en un humilde establo entre un buey y una mula allá en las afueras de Belén. Y ese recién nacido es el Emmanuel, el Dios – para siempre – con nosotros.

Era la luz verdadera pero que las tinieblas rechazaban; vino para encontrarse con los suyos y hacerse Emmanuel y los suyos no lo recibieron; era la Palabra por la que todo había sido creado, y quisimos silenciar esa Palabra; ‘en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció… En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió’.

Pero ‘¡oh admirable intercambio!’ como diremos en la noche de Pascua cuando la luz pascual brille con todo su esplendor, ‘pues a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Dios ha tomado nuestra carne para hacerse hombre y Dios con nosotros y a nosotros nos ha elevado para hacernos sus hijos. ‘Les dio poder de ser hijos de Dios… porque han nacido de Dios’.

Una doble navidad podemos decir que estamos celebrando y estamos viviendo. Es el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, que contemplamos en Belén, donde estamos contemplando, como venimos diciendo, la gloria de Dios pero al mismo tiempo contemplamos la gloria de Dios que a nosotros nos hace nacer para Dios, nos da el poder ser hijos de Dios. Como nos enseñará más tarde san Juan en sus cartas, la maravilla está en que el amor de Dios nos llama sus hijos, y como reafirma el apóstol ‘¡pues lo somos!’.

Qué hermosa la oración de alabanza de san Pablo en la carta a los Efesios que hemos escuchado, que probablemente era ya un himno litúrgico cantado en aquellas primeras comunidades. Se nos recuerda toda la maravilla a la que hemos sido llamados, elegidos y amados con un amor preferente por parte de Dios. ‘Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado’.

¿Podemos pedir más? No terminamos de comprender en toda su profundidad esta generosidad de Dios. Por eso dice el apóstol convirtiéndolo en oración por nosotros ‘no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos’. Espíritu de sabiduría y revelación, luz en nuestro corazón para conocer y comprender esa esperanza que siembra en nuestros corazones, esa riqueza que nos da como herencia, participar de la gloria de Dios; es que somos sus hijos.

‘Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia… Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer’, terminaba diciéndonos el evangelio.

Contemplamos la gloria de Dios cuando contemplamos el misterio de la Navidad que estamos celebrando. Pero contemplamos la gloria de Dios cuando nos sentimos llenos de esa riqueza de gracia que a nosotros nos eleva como hijos también de Dios. Cuántas consecuencias se derivarían para la santidad con que hemos de vivir nuestra vida, pero cuántas consecuencias también para nuestra relación y nuestro trato con los demás cuando contemplamos la dignidad y la grandeza de todo ser humano que en Cristo hemos recibido.