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sábado, 15 de noviembre de 2025

 


Rescatemos esos momentos hermosos en que hemos sentido el amor de Dios en nuestra vida y que eso nos haga perseverantes y constantes en el camino de la vida cristiana

Sabiduría 18,14-16; 19, 6-9; Salmo 104; Lucas 18,1-8

A todos nos sucede, muchas veces en la vida nos sentimos sin esperanza, los problemas y las dificultades se agolpan sobre nuestra vida y nos sentimos como desamparados sin saber a quien acudir; quizás pesen experiencias pasadas en que nos vimos en situaciones semejantes y pedimos ayuda y parece que nadie nos atendía, nos escuchaba, nos ayudaba, nos sentimos cansados de pedir y quizás pensamos para qué vamos a seguir molestando, y no insistimos. Hablo en primer lugar de situaciones humanas de la vida por las que quizás hemos pasado, hablo de peticiones de ayuda en que parece que no fuimos escuchados, hablo de esos desalientos que se nos meten en el alma y nos sentimos aburridos.

Aunque sea hablando solo de lo humano tenemos que aprender a confiar, a saber insistir, a no perder la confianza de que alguien nos tenderá una mano; echemos manos de los recuerdos que seguramente tenemos también recuerdos positivos en que supimos confiar, supimos perseverar, y encontramos salida, encontramos alguien que nos escuchó.

Pero pasemos a otro plano del que hoy nos quiere hablar en el evangelio y que está muy relacionado con lo que venimos reflexionando; son las sensaciones que espiritualmente habremos tenido en algún momento, es la forma en que quizás acudimos a Dios en nuestras flaquezas y debilidades, en nuestras carencias o en nuestra pobreza en todos los sentidos pero nos pareció también que Dios no nos escuchaba; sin embargo, como decíamos antes, si traemos también los buenos recuerdos tendremos que reconocer que tras esos momentos oscuros de la vida luego apareció la luz; porque Dios estaba ahí a nuestro lado, en nuestro Getsemaní, en nuestro Calvario, y nos sentimos renovados.

Nos sucede que recordamos más el momento oscuro en que nos parecía que Dios no nos escuchaba que ese momento de luz que luego llegó a nuestra vida. Necesitamos mantener viva nuestra esperanza, nuestra confianza porque Dios es el Padre bueno que está ahí y siempre nos escucha; en su Sabiduría infinita y en su Providencia de amor El sabrá el momento, podemos decirlo así, en que nos hará sentir su presencia, su fuerza, su gracia. Pero hemos de saber permanecer constantes en nuestra fe y en nuestra esperanza, constantes y perseverantes en nuestra oración.

Es lo que nos quiere decir hoy Jesús con la parábola que nos propone. Aquella mujer que pedía justicia y que parecía que el juez ni la quería escuchar ni le prestaba auxilio, pero al final tuvo compasión de aquella mujer. El lenguaje de la parábola es un lenguaje bastante humano, bastante semejante a lo que nos sucede. Aquel juez, dice la parábola, por quitársela de encima y le diera la lata al final la atendió. Pero prestemos atención al comentario que el mismo Jesús nos hace, si actuamos así nosotros en nuestras miras humanas, ¿no va a actuar Dios como un Padre compasivo y misericordioso para escuchar y concedernos lo que necesitamos?

Ya nos comenta el evangelista que para que no nos desanimemos y seamos perseverantes en nuestra oración Jesús nos propone esta parábola. Y como dice al final Jesús mismo ‘cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?’ ¿Dónde está nuestra fe?, nos tendríamos que preguntar. ¿Tenemos en verdad puesta toda nuestra confianza en Dios? ¿Sabremos sentir su presencia que acompaña nuestros pasos y nos va llenando en cada momento de la fuerza de su Espíritu?

Creo que tenemos que saber rescatar esos momentos en que de manera especial nos hemos sentido amados de Dios; muchas experiencias podemos tener en este sentido que hemos de saber aflorar porque nos ayudan en el camino que ahora hacemos. Seguro que todos tenemos nuestras historias y muy concretas. También son momentos oscuros en todos los sentidos que pasamos nosotros desde nuestra situación personal y nuestros problemas, muchos los que estamos viviendo en nuestra sociedad, y los que vive la Iglesia inmersa en esa sociedad. 

Que no nos entre el desánimo, que no lo veamos siempre todo negro, que sepamos descubrir esos destellos de luz que aparecen tantas veces a nuestro lado como signos de esa presencia del amor de Dios.

domingo, 19 de octubre de 2025

Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

 


Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

El que mantiene la perseverancia está a un paso de la victoria final. La perseverancia, el ser constantes en nuestra búsqueda y escucha, en lo que pedimos, en lo que emprendemos, en lo que hacemos está abriendo caminos que le llevarán al encuentro de lo que desea y busca y al valor de lo que hacemos o queremos hacer.

No es la búsqueda del milagro de la manera como solemos entenderlo, no es la solución inmediata e instantánea de aquello que es una dificultad en la vida, es el camino de ir rumiando en nuestro interior lo que nos sucede, las dificultades que nos parecen insalvables que nos vamos encontrando, es ir encontrando esa rendija de luz en medio de la oscuridad de ese túnel que podamos estar atravesando, es el mantener la esperanza a pesar de los vaivenes que parece que nos van a hacer zozobrar el barco; e iremos sintiendo una inspiración interior, una fuerza dentro de nosotros que nos hará sentirnos salvados porque algo nuevo y distinto aparecerá delante nosotros. Es la fe que ha mantenido nuestra esperanza.

Son actitudes y valores humanos que necesitamos en el día a día de nuestra vida, en nuestras responsabilidades, en la vida familiar, en el trabajo que realizamos o aquello nuevo que emprendemos, en las oportunidades que vamos encontrando y que nos abren a nuevos caminos. Pero sabemos que no todo lo vamos a conseguir en lo inmediato, que necesitamos esos momentos de silencio interior y de reflexión para que pueda haber una auténtica búsqueda y que en esa perseverancia llegaremos a conseguir eso o algo mucho mejor.

Será una forma en que vayamos creciendo y madurando, vayamos sintiendo esa fortaleza interior, nos daremos cuenta de lo que somos capaces y ya con todos esos presentimientos en nosotros nos sentiremos distintos, sentiremos una novedad en nuestra vida que nos hará en verdad grandes. Después de una noche de tormenta en la que hemos aprendido a mantenernos firmes nos daremos cuenta de donde está nuestra grandeza y nos hará sentirnos profundamente renovados. La perseverancia, como decíamos, ha sido camino de victoria.

Nos vale todo esto que venimos reflexionando para ese camino de crecimiento y maduración de nuestra vida, como decíamos en todos los aspectos, pero será también un principio fundamental en todo lo que nos afecta como cristianos en nuestra relación con los demás con todo su compromiso y en nuestra relación con Dios. Al proponernos Jesús la parábola que hemos escuchado y que ha dado pie también a toda esta reflexión en el plano más humano que nos hemos venido haciendo el evangelista nos decía que Jesús lo hacía de cara también a que fuéramos constantes y perseverantes en nuestra oración.

Parece que por ahí van los detalles y matices de la parábola, en el hecho de que esta mujer viuda pedía con insistencia justicia, aunque parecía no ser escuchada. Pero, como nos dice la parábola, aquel juez aunque solo fuera por quitársela de encima para que no lo siguiera molestando atendió a la petición de aquella mujer y le hizo justicia. Pero ya inmediatamente nos dice Jesús, si aun en esta justicia humana con todas sus imperfecciones se le hizo justicia a aquella mujer desamparada, ¿Cómo no lo va a hacer Dios con aquellos que desde nuestra debilidad con confianza y perseverancia le suplicamos?

Y es que Dios tiene un corazón de padre, y un corazón de padre siempre está lleno de amor. No es la fría resolución de lo que es justo, sino que, vamos a decirlo así aunque parezca una incongruencia, es la humanidad con que Dios se manifiesta con el hombre. Es una forma de decirlo para querer expresar toda la ternura de Dios como Padre que nos ama y siempre nos escucha y nos atiende.

Tenemos que saber descubrir esa ternura de Dios que de mil maneras se nos puede manifestar, y es lo que tantas veces nos cuesta. Por eso aquella actitud perseverante de la que antes hablábamos, en esa búsqueda y en ese silencio interior mantenemos siempre la esperanza porque mantenemos la fe en el Dios que sabemos que nos ama. Por eso nuestra súplica y oración tiene que saber convertirse en escucha y en reflexión, en silencio en el corazón pero también en apertura a esa revelación de Dios, a esa inspiración que vamos a sentir en nuestro interior.

Cuántas veces cuando rumiamos lo que nos va sucediendo y tratamos de hacerlo con serenidad y con paz terminamos descubriendo caminos nuevos, van apareciendo en nosotros nuevas actitudes que nos llevan a nuevos valores, y llegaremos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible. Nuestra oración no es ya repetir como una cantinela las mismas palabras y las mismas peticiones sino que ahondando en nosotros mismos iremos sintiendo esa inspiración de Dios, esa fuerza espiritual para afrontar esas situaciones y mantener la serenidad de nuestro espíritu.

Seguro que al final terminaremos siempre dando gracias para cantar la gloria de Dios que así se nos manifiesta.


sábado, 16 de noviembre de 2024

Ojalá aprendamos a saborear desde la primera palabra o desde el primer momento que hacemos oración porque estamos saboreando a Dios

 


Ojalá aprendamos a saborear desde la primera palabra o desde el primer momento que hacemos oración porque estamos saboreando a Dios

3Juan 5-8; Salmo 111; Lucas 18, 1-8

Mientras algunos tienen a gala el tener grandes amigos, poderosos e influyentes, a los que pueden acudir porque siempre estarán dispuestos a mover los hilos que sea para que nosotros logremos nuestras aspiraciones, o consigamos todo aquello que necesitamos, otros sin embargo andarán resabiados por la vida porque no estarán dispuestos a pedirle nada a nadie, o piensan que a determinadas personas nada le pedirán porque siempre les van a dar largas o el no por respuesta. ¿Qué confianza podemos tener para solicitar una ayuda o pedir algo perentorio que necesitamos? ¿Qué vamos a encontrar? Claro que por detrás también tenemos que pensar cuales son las respuestas que nosotros damos a quien nos pide. Algo muy complejo, que no lo podemos delimitar tan fácilmente. ¿Qué encontramos o qué ofrecemos?

¿Es verdad que necesitamos de esas influencias, o de esas instancias para ablandar el corazón de aquel a quien le pedimos? Claro que también tendríamos que pensar que nuestras mutuas relaciones no se reducen a un pedir o a un dar; alguna otra comunicación tendríamos que tener entre unos y otros, porque de lo contrario eso significaría que son muy pobres nuestras relaciones, que nos falta cordialidad y confianza, que nos falta cercanía para compartir que no solo son cosas sino algo más de nuestra vida.

¿No tendríamos que pensar en algo de todo esto en lo que es nuestra relación con Dios? Y es aquí donde tenemos que plantearnos qué son y cómo son nuestras oraciones. Es cierto que muchas veces parece que las convertimos solo en un reclamo o en pedir cosas. ¿No nos estará faltando esa comunicación que tiene que ser comunión en todo lo que es nuestra relación con Dios? Muchas veces también lo reducimos a algo formal, a lo ritual, y porque hacemos unos ritos, muchas veces mecánicamente, ya parece que lo hemos hecho todo, ya hemos hecho oración, pero quizá en lo hondo del corazón no hemos terminado de llegar a sentir esa presencia de Dios en nuestra vida. Qué pobreza entonces, tenemos que reconocer, en nuestra oración.

El evangelista nos dice que para enseñarnos Jesús cómo tenemos que ser perseverantes en nuestra oración nos propone una parábola. No dice solo perseverantes en nuestras peticiones, que también, sino perseverantes en la oración. Claro que el ejemplo nos habla de la viuda que pedía justicia a aquel juez que se portaba de manera injusta y no la escucha.

Pero me quiero quedar en unas palabras que pueden tener su significado para lo que estamos diciendo; aquella mujer quiere ser escuchada, aquel juez no la escucha, aunque al final terminará escuchándola. ¿No tendríamos que emplear esta expresión en lo que tiene que ser nuestra relación con Dios? Una escucha mutua, que de Dios tenemos garantizada, pero una escucha que nosotros también tenemos que saber hacer a lo que Dios nos dice o nos ofrece. Y escucha es ese querer entrar en comunicación, es llegar a esa comunión con Dios. Y no somos perseverantes, no es Dios el que se cansa de nuestras peticiones, sino que somos nosotros los que nos cansamos de escuchar a Dios, no nos ponemos en sintonía con Dios. Creo que es un aspecto muy importante que hemos de tener en cuenta.

Por eso nos dirá Jesús en otro momento cuando nos enseñe a orar que no tenemos que estar pensando en muchas cosas que tenemos que pedirle a Dios, que Dios conoce nuestras necesidades; como nos dice cuando nos enseña el padrenuestro como forma, que no fórmula, de oración nos dice que no necesitamos muchas palabras. Claro que nosotros lo hemos convertido en una fórmula que entonces nos parece que tenemos que repetir muchas veces para que Dios nos escuche. Ojalá aprendamos a saborear el padre nuestro desde la primera palabra de esa oración. Sí, digo saborear. Eso tiene que ser nuestra oración, saborear el que estamos con Dios.

sábado, 18 de noviembre de 2023

Nos queremos sentir nosotros amados por Dios y por eso con mayores deseos queremos estar con El, con mayor confianza presentamos nuestras peticiones

 


Nos queremos sentir nosotros amados por Dios y por eso con mayores deseos queremos estar con El, con mayor confianza presentamos nuestras peticiones

Sabiduría 18,14-16; 19, 6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8

De todo nos cansamos, hasta de pedir cosas buenas incluso para nosotros mismos. Y es que nos cansamos y no somos constantes en nuestras peticiones, porque somos impacientes, lo queremos todo al momento, lo queremos como a nosotros nos gusta aunque sea peor, somos como niños caprichosos a los que hay que contentar pero como ellos quieren, no aceptamos que nos puedan dar algo mejor.

Y así nos falta perseverancia en muchas cosas que dejamos a medias; nos creemos perfectos y si no nos salen las cosas a la primera, las desechamos, no insistimos, nos vamos a otra cosa intentando olvidar aquello primero que nos había ilusionado. Y nos pasa en nuestros trabajos, nos pasa en la realización de nuestros sueños, nuestros planes o proyectos, nos pasa en nuestras relaciones con los demás, porque además queremos que sean como nosotros queremos, y si no logramos cambiarlos, convencerlos de lo que nosotros proponemos, no escuchamos sino que olvidamos y nos vamos para otro lado. Nuestras amistades algunas veces no duran, nos cansamos pronto, no tenemos la paciencia de esperar para conocer de verdad pero también para aceptar. En cuantas cosas nos hace falta esa perseverancia en la vida.  Podríamos seguir pensando en muchas cosas más, pero mira por donde, ya nos cansamos del tema y queremos irnos a otra parte, a pensar en otras cosas, y se nos puede quedar a la mitad.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de que hemos de cultivar esa virtud de la perseverancia, que es también esperanza, que es también sentido de amor en lo que hacemos y en lo que buscamos. Quiere Jesús hablarnos de la necesidad de la perseverancia en la oración, pero lo que Jesús nos dice lo podemos aplicar a muchos aspectos, incluso en lo humano y en nuestras relaciones con los demás.

 Nos habla del juez inicuo, y es inicuo porque no hace justicia, sino que más bien está pensando en si mismo y que no lo molesten. Y había una pobre mujer, viuda además lo que significaba que se sentía sola en la vida, que viene a pedir justicia frente a un adversario; pero el juez no le hace caso, considera una lata lo de aquella mujer, además – tengamos en cuenta la mentalidad de la época – era una mujer, que no merecía que se le prestara mucha atención. Pero la mujer insiste una y otra vez, un día y otro, hasta que el juez decide, para quitársela de encima, atender a la petición de aquella mujer.

No es nada ejemplar aquel hombre y no se nos pretende presentárnoslo como modelo. El ejemplo lo tenemos en aquella mujer. Y todo lo hemos de volver en lo que es nuestra relación con Dios. No es un juez, es un padre amoroso que nos ama, que nos atiende y que nos escucha, que está a nuestro lado, aunque a nosotros a veces nos suene a ausencia. Pero el padre escucha y escucha siempre, y nos dará lo mejor.

Pero en quien ahora tenemos que fijarnos es en la perseverancia de aquella mujer, que no se cansa de pedir, porque lo que quiere es justicia y ella se quiere sentir amada; así nos queremos sentir nosotros amados por Dios. Y por eso con mayores deseos queremos estar con El, con mayor confianza presentamos nuestras peticiones, con más fuerza nos mantenemos en esperanza porque sabemos que siempre somos escuchados, con esa insistencia pedimos y confiamos.


sábado, 12 de noviembre de 2022

La viuda de la parábola del evangelio con la perseverancia en su petición nos está enseñando a buscar a Dios

 


La viuda de la parábola del evangelio con la perseverancia en su petición nos está enseñando a buscar a Dios

3Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18, 1-8

Es inútil que vayamos a pedirle algo a esa persona, porque ya sabemos cómo es, él no ayuda a nadie, es un tacaño, no piensa sino en él; si acaso parece que te escucha es para bombardearte a preguntas, a dar sus explicaciones, a querer convencerte de que te las busques o te las arregles por tu cuenta, pero no abrirá la mano.

Experiencias desagradables así nos encontramos en nuestro entorno; pero experiencias también en que nosotros somos los cerrados, los que no damos nuestro brazo a torcer, los que antes de soltar un céntimo nos hacemos millones de cálculos, porque un día lo podemos necesitar, un día a nosotros nos puede faltar, y nos buscamos mil disculpas para tratar de justificarnos ante nosotros mismos de esas actitudes, y aunque tratamos de disimularlo también, somos nosotros los egoístas y los que pensamos solo en nosotros mismos.

Es cierto que la parábola que se nos propone hoy en el evangelio tiene una finalidad concreta tal como nos lo adelanta el propio evangelista antes de narrarnos la parábola que se nos propone. ‘Jesús dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer’. Pero siempre la palabra del Señor tiene una amplitud muy grande en su enseñanza para nuestra vida y podemos darnos cuenta de esas actitudes egoístas en las que envolvemos tantas veces nuestra vida.

Siempre la Palabra del Señor se convierte en un interrogante para nuestra vida, una enseñanza que no podemos desaprovechar y nos puede siempre servir para que nos hagamos nuevos planteamientos para nuestra vida y para que revisemos muchas de nuestras actitudes y de nuestra manera de actuar.

La parábola nos habla de la viuda que pedía justicia ante un juez que no la quería escuchar. La parábola quiere resaltar la perseverancia de aquella mujer que el final logrará ser escuchada, si no por compasión y amor a la justicia, al menos por quitarse aquel peso de encima. No queda bien parado el juez y no es precisamente lo que se nos quiere enseñar, aunque ahí tenemos motivos para analizar y revisar las actitudes negativas con que nosotros vamos hacia los demás.

Lo que nos resalta la parábola es la perseverancia de aquella mujer en su petición de justicia. Y ya nos sugiere el evangelista que Jesús quiere hablarnos de la perseverancia en nuestra oración. Una oración que no solo será pedir en nuestras necesidades aunque también tenemos que hacerlo, sino en esa búsqueda de nuestro encuentro con Dios. Nos cansamos de nuestra oración tantas veces. Y es que quizá nos acercamos a Dios con nuestro corazón lleno de desconfianza. Pero es que tendríamos que acercarnos con otra actitud, con otros deseos de búsqueda, con otro amor en nuestro corazón.  Por eso, la perseverancia es signo de amor y el amor nos abre el acceso al Padre; es el mejor canal de comunicación.

Vamos a gozarnos en el amor que Dios nos tiene. ¿No es lo que vamos buscando realmente en la vida en nuestras relaciones con los demás, en nuestra relación familiar, en la amistad con los amigos, en el encuentro con los que caminan a nuestro lado? Nos gusta sentirnos queridos, nos gusta saborear lo que es la amistad verdadera, nos gozamos en la presencia de esas personas con las que nos sentimos acogidos; vamos buscando amor. Es un gran vacío que viven muchas personas, es una soledad que les puede llevar a encerrarse en si mismos. Cómo nos gozamos cuando nos encontramos con esa persona acogedora que nos escucha, que pierde su tiempo con nosotros, que sabrá tener una palabra amable que nos levanta la vida.

Y eso, seguro que lo encontramos en Dios. Con esa certeza nos acercamos a El en búsqueda de su amor; el siempre nos acoge en nuestra pobreza y en nuestra soledad, en esos vacíos interiores que muchas veces sufrimos, y nos consuela en esas tristezas que muchas veces nos amargan el alma. ¿No nos dice Jesús que vayamos a El los que estamos cansados y agobiados porque en El vamos a encontrar nuestro consuelo y nuestro descanso? La viuda de la parábola del evangelio nos está enseñando a buscar a Dios.

domingo, 16 de octubre de 2022

En medio de las dificultades queremos ver el milagro de la ayuda de Dios pero no lo busques en lo externo sino allá en lo más hondo de tí mismo donde sentirás su paz

 


En medio de las dificultades queremos ver el milagro de la ayuda de Dios pero no lo busques en lo externo sino allá en lo más hondo de tí mismo donde sentirás su paz

 Éxodo 17, 8-13; Sal 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

La vida se nos convierte muchas veces en una batalla. No es fácil. Quisiéramos que se convirtiera en un camino de rosas; y cuando decimos esto estamos pensando en facilidades, suavidad en los pasos y perfumes, pero nos olvidamos que esas rosas tienen espinas; por eso aunque quisiéramos que fuera un camino de rosas tenemos que ser conscientes que las espinas no nos van a faltar en la vida.

Son las luchas en nuestra propia superación personal; es la lucha en los contratiempos que vamos encontrando porque todo no nos sale como son nuestros deseos; es el encuentro y la convivencia con los demás que se nos puede hacer costosa en ocasiones; son todos esos problemas que nos van apareciendo y que entrañan dificultad, oposición, nadar contra corriente, sueños o metas de otros que chocan con los nuestros, el egoísmo o el orgullo que se nos mete a todos por dentro y nos dificulta el camino porque nos dificulta la relación, porque nos hace tropezar tantas veces en ese camino.

¿Imposible llegar hasta una meta final, a la consecución de unos objetivos? La batalla tiene que ser perseverante, no nos pueden fallar las fuerzas; hablamos de nuestra fuerza interior, de la fuerza de nuestra voluntad nos hace conseguir aquello que nos proponemos; pero algunas veces esas fuerzas nos pueden fallar. ¿Imposible entonces? No podemos dar las cosas por imposible. ¿Con qué fuerzas vamos a contar para mantener esa necesaria perseverancia?

Nuestra riqueza y nuestra fuerza no están solo en nosotros mismos. Es cierto que tenemos que creer en nosotros mismos, tener optimismo y confianza para mantener la lucha. Pero hay algo que nos supera, algo que solo podemos conseguir con la fuerza que nos viene de lo alto. Me estoy haciendo esta reflexión, yo como creyente, y en medio de un ambiente de creyentes, como son los que siguen las reflexiones cada semana de estas semillas de cada día. Tenemos que aprender a contar con Dios.

Esto es lo que nos viene a enseñar la Palabra de Dios que en este domingo escuchamos. Tenemos que buscar la piedra en la que nos apoyemos cuando nos faltan las fuerzas, o los brazos que nos ayuden a mantener nuestros brazos en alto, siguiendo la imagen que se nos ofrece del Moisés orante en lo alto de la montaña mientras el pueblo lucha en su avance hacia la tierra prometida.

Caminaban con una esperanza, a pesar de que no faltaban dificultades en el camino que era especialmente duro por el desierto que atravesaban. Porque confiaban en la Palabra de Yahvé mantenían vivo su esfuerzo, aunque muchos fueron los momentos de flaqueza que tuvieron en aquel largo recorrido de cuarenta años. Hoy se nos habla de aquellas luchas contra los amalecitas, aquellos pueblos que se interponían en su camino, pero es imagen de todo lo que fue el recorrido por el desierto hacia la tierra prometida. Imagen también de lo que es nuestro camino en el que tantas veces nos faltan las fuerzas, nos vemos desfallecidos y poco menos que vencidos, en todos aquellos aspectos de los que ante hablamos. Pero hemos de levantar los ojos al cielo, y es una forma de hablar, para sentir como Dios está con nosotros, Dios está en nuestro corazón, Dios es que nos mantiene en nuestro camino. Es a El a quien tenemos que saber acudir, con quien saber contar.

Es la imagen que se nos ofrece en la parábola del evangelio. Ese juez que no quería escuchar las peticiones de la viuda es imagen de todo ese tropiezo que vamos a encontrar en nuestro camino. Por mucho que busquemos lo bueno, por mucho que queramos superarnos, por mucho que queramos sortear las dificultades, ahí tenemos siempre algo en contra. Pero es hermosa la imagen de la perseverancia de aquella mujer que no se cansa de pedir. Es la imagen de lo que tiene que ser nuestra perseverancia, de la confianza que hemos de tener de que podemos avanzar, de que podemos conseguir aquello que anhelamos, es la imagen de quien cree en sí mismo pero no porque se sienta autosuficiente sino porque sabe que no le faltará la fuerza del Señor. El siempre nos escucha.

Se nos está hablando de la perseverancia en nuestra oracion – ya Jesús nos dice que oremos sin desfallecer, que pidamos porque seremos escuchamos, que llamemos porque seremos atendidos – pero se nos está hablando de esa fuerza interior que con la presencia del Señor en nuestra vida vamos a sentir. Aunque todo te parezca oscuro ponte en su presencia y sentirás la paz en tu interior, habrá una luz que llegue a tu vida, habrá algo que vas a sentir que te hará vivir con confianza de una forma nueva.

sábado, 13 de noviembre de 2021

Que cuando salgamos de nuestra oración, cuando salgamos de nuestras celebraciones llevemos muy claro qué es lo que el Señor ha querido transmitirnos en nuestro encuentro con El

 


Que cuando salgamos de nuestra oración, cuando salgamos de nuestras celebraciones llevemos muy claro qué es lo que el Señor ha querido transmitirnos en nuestro encuentro con El

Sabiduría 18,14-16; 19,6-9; Sal 104;  Lucas 18,1-8

Normal es que cuando necesitamos urgentemente una cosa y sabemos que podemos obtenerla de alguien que la posee, le roguemos insistentemente a esa persona para conseguir lo que deseamos o lo que necesitamos; una insistencia a la que no pondría límites, aunque es cierto que cuando tenemos la negativa por respuesta poco a poco desistamos y lo demos por perdido.

Pero una cosa es pedir en nuestra necesidad y otra cosa es escuchar lo que se nos pide. O simplemente escuchar a alguien que viene contándonos sus problemas o cosas de su vida; al final aunque aparentemente quizá por educación o delicadeza parezca que estamos atentos, en el fondo estamos haciendo oídos sordos a aquello que nos cuentan o que nos piden. Pronto nos cansamos de escuchar.

Y todos tenemos necesidad de que ser escuchados, pero sabemos bien que muchas veces nos vamos encontrando un mundo de sordos, pero sordos interesados; escuchamos lo que nos apetece o lo que nos conviene. En un mundo en que se dan las comunicaciones hoy de forma instantánea de un lado a otro del mundo, quizá vivimos incomunicados con los que tenemos más cerca.

Cuánta necesidad tenemos de ser escuchados, cuanto se necesita saber escuchar para poder entrar en una buena relacion en la vida; ese no escucharnos puede crear tensiones como puede crear indiferencia e insolidaridad en nuestro corazón, o ser fruto de ello.


Hoy en el evangelio se nos dice que para enseñarnos Jesús cómo debemos orar con perseverancia sin desfallecer les propuso una parábola. Y habla de la viuda que pide insistentemente justicia a un juez que sus maneras no son precisamente las de un juez que obra con justicia, porque no quiere escuchar ni atender las peticiones de aquella mujer, pero que al final ante la insistencia de la viuda escuchó y atendió su petición. Normalmente la interpretación que hacemos de esta parábola es constatar la insistencia de aquella mujer, como modelo de nuestra insistencia en nuestras peticiones en la oración que al final siempre seremos escuchados. Pero ¿no nos querrá decir algo más la parábola?

Partimos muchas veces del concepto de oración como de petición; oramos porque vamos a pedir algo. Pero la oración es algo más. La oración tiene que ser encuentro; la oración es diálogo del hombre con Dios. No es que nosotros pidamos y Dios nos escuche, sino que en toda verdadera oración ha de estar por nuestra parte esa actitud de humilde escucha ante Dios. ¿Será algo que hacemos? ¿No tendríamos que abundar en este aspecto de una verdadera oración donde de verdad nosotros nos pongamos en actitud de escuchar a Dios?

Si antes hablábamos de esa necesidad de escucha que tenemos nosotros, de escuchar y de ser escuchados para que haya una verdadera y humana comunicación entre nosotros ¿no tendríamos que aplicar eso también a nuestra oración como escucha de Dios en nuestro corazón?

Eso tendría que ser así siempre en nuestra oración personal, pero esto es lo que tendría que ser siempre nuestra oración comunitaria. Realmente se nos ofrece, porque siempre se nos ofrece la Palabra de Dios que hemos de escuchar, pero pensemos si acaso cuando venimos a nuestras celebraciones no vendremos más preocupados por lo que hoy tenemos que pedirle a Dios, por aquellas personas o cosas por las que hemos de pedir, pero no estamos tan preocupados y atentos para abrir nuestro corazón y escuchar aquello que el Señor quiere comunicarnos.

Que cuando salgamos de nuestra oración, cuando salgamos de nuestras celebraciones llevemos muy claro qué es lo que el Señor hoy ha querido transmitirnos, decirnos allá en lo más hondo de nuestro corazón.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Orar con confianza, con perseverancia, con la confianza de quien se siente amado, con la perseverancia de quien sabe que Dios nunca nos falla

 


Orar con confianza, con perseverancia, con la confianza de quien se siente amado, con la perseverancia de quien sabe que Dios nunca nos falla

3Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18, 1-8

Está clara la motivación de Jesús para proponernos la parábola que escuchamos. A veces le damos vueltas y vueltas no sé si porque queremos parecer originales o porque quizá no escuchamos bien lo que Jesús quiere decirnos. ‘Jesús dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer’.

Luego nos entretenemos en que Jesús nos habla de la iniquidad de aquel juez; que si la mujer se sentía discriminada por ser mujer, por ser viuda, y probablemente por ser una anciana, porque aquel juez no la quería escuchar; que si la irresponsabilidad de aquel juez que no se toma en serio la administración de la justicia y que si atiende a aquella pobre mujer es por quitársela de encima. Están bien todas esos consideraciones, y podemos hacérnoslas porque reflejan muchas posturas, muchas actitudes con que nosotros también vamos muchas veces por la vida, pero fijémonos ahora en lo importante que Jesús quiere decirnos y el por qué.

Son nuestras dudas, nuestras rutinas y cansancios también en la vida espiritual, es la frialdad con que acudimos a la oración y la poca confianza que se traduce luego en falta de perseverancia. Jesús nos propone la parábola para enseñarnos que hemos de orar siempre, sin desfallecer, porque Dios que es mejor que aquel juez siempre nos escucha. Claro que nos pone un ejemplo, una parábola para que entendamos, pero no nos vayamos por las ramas que es algo que nos sale fácil siempre.

Y de lo primero que hemos de ser conscientes es de nuestra poca perseverancia en la oración. Como decíamos serán nuestros cansancios o nuestras rutinas, será esa tibieza espiritual en la que fácilmente caemos y que es como una espiral sin fin que nos llevará a más dejadez en muchas cosas importantes de nuestra vida. También nosotros habremos dicho más de una vez que Dios no nos escucha y ya nos ponemos con una actitud pasiva y negativa en la presencia del Señor.

Porque hemos de ser conscientes desde el primer momento a quien vamos nosotros a orar para sentirnos en verdad en su presencia. Detente un momento antes de comenzar y haz un acto de fe; piensa que estás en la presencia de Dios y es a Dios a quien te vas a dirigir; será nuestro respeto ante su inmensidad o será nuestro cántico de alabanza al Señor porque nos sentimos en la gloria de su presencia.

Un acto de fe verdadera pero al mismo tiempo nos sentimos inundados por su amor. Nos sentimos amados y nos sentimos hijos, nos sentimos amados y al mismo tiempo impulsados a un mismo amor con toda intensidad. Y ya es una forma de abrir nuestro corazón para sentir su presencia, para disfrutar de su amor. Y cuando nos sentimos amados así surgirá de forma espontánea nuestra confianza, la confianza de los hijos y ya tenemos la certeza de que el Señor nos escucha. Y ya entonces comenzamos a sentir una renovación profunda en nuestra vida, en la manera incluso de ver aquellas cosas por las que vamos a pedir al Señor, pero ya estaremos viendo los caminos que se nos abren delante de nosotros que es esa respuesta de Dios.

¿Cómo no vamos a orar en consecuencia con confianza, con insistencia, la insistencia del amor, todo aquello que le queremos presentar al Señor? Pero seguro que es entonces cuando surgirán más cosas, porque vemos quizá que hay otras cosas más importantes que tendríamos que pedirle a Dios, porque se amplían nuestros horizontes y ya no nos quedamos en pedir solo por nosotros y aquellas cosas que nos preocupan y nuestra oración será más amplia, se hará más universal.

Orar con confianza, con perseverancia, nos dice el evangelista que era la intención de Jesús al proponernos la parábola, con la confianza de quien se siente amado, con la perseverancia de quien sabe que Dios nunca nos falla.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Es cuestión de amor, de amistad, es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios queriendo amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama




Es cuestión de amor, de amistad, es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios queriendo amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama

Sabiduría 18,14-16;19, 6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8
A los amigos les gusta encontrarse y unos buenos amigos siempre tienen cosas que contarse; se pasan horas y horas en la tarde o en la noche, cuando ocasionalmente se encuentran o cuando se buscan por los medios de comunicación y hoy por las redes sociales para contarse lo que les sucede, lo que son sus preocupaciones o los sueños de su vida. Malo es cuando unos amigos no tienen de qué hablar, no tienen nada que contarse, porque eso puede significar que se ha enfriado la amistad, que comienzan a haber distanciamientos y esa amistad si no se cuida tiene el peligro de perderse, de morirse.
Lo mismo podríamos decir de dos personas enamoradas, como se buscan y como les agrada estar juntos, para soñar juntos, para expresarse su cariño y su amor, para ir construyendo una vida en común. Siempre tienen de qué hablar, en sus corazones no se guardan secretos, siempre hay algo nuevo que decirse, algo nuevo que comunicarse, o un proyecto en común que realizar. Si algo necesita cualquiera de los dos, ya sabe con quien contar, aunque el otro en su amor y en el conocimiento mutuo que se tienen ya casi de antemano sabe cuales son sus necesidades.
Son experiencias que vivimos en la vida. Cosas que expresan esa mutua relación desde la amistad y desde el amor. Casi no es necesario hablar de ello, porque será algo que habremos experimentado de una forma u otra en la vida. Pero si hoy me he entretenido en esta pequeña descripción es porque todo esto me hace preguntarme muchas cosas de nuestra relación con Dios. Y con todo esto de base quizás tendríamos que preguntarnos por qué nos cuesta tanto hablar con Dios, relacionarnos con Dios, hacer nuestra oración porque es la forma como llamamos a esa relación con Dios.
De entrada en nuestra fe más simple y elemental hablamos y decimos que Dios es nuestro padre, ¿cómo es que no tenemos de qué hablar con Dios? ¿Por qué nos cuesta tanto perseverar en la oración? Y seguimos profundizando algo más en el evangelio recordamos que Jesús nos llama amigos, ¿pero vivimos en verdad una relación de amistad con Jesús con todas aquellas características, por ejemplo, que hablábamos de los amigos a los que les gusta encontrarse y que siempre tienen tiempo para hablar y hablar y contarse cosas y contar el uno con el otro? ¿Nos estará fallando algo en nuestra fe y en nuestro amor a Dios? ¿Por qué nos falla tanto nuestra oración? ¿Habremos perdido ese sentido de comunión y de amistad en nuestra relación con el Señor?
Hoy en el evangelio se nos dice que Jesús nos propone una parábola para explicarnos como debemos orar siempre y sin desanimarnos. Y nos habla de la viuda que acude a un juez para que se le haga justicia, pero aquel juez no le hace caso hasta que por la insistencia de aquella mujer, al menos para quitársela de encima finalmente le hará justicia. El ejemplo no es el de aquel juez inicuo que de ninguna manera podemos comparar con Dios, sino el ejemplo está en la perseverancia de aquella mujer. Así nuestra oración, perseverante porque cuando acudimos a Dios acudimos con la confianza de los hijos y con la confianza de que Dios nos ama.
¿Queremos más motivos para nuestra oración? Sabemos que Dios es un padre que nos ama y la razón del amor es la mayor motivación. Por eso podía llegar a decir santa Teresa de Ávila, nuestra gran mística que tanto sabía de oración, aquello de que ‘orar es tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama’. Es cuestión de amor, de amistad de la más grande; es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios y queremos amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama.

domingo, 20 de octubre de 2019

Nos sentimos amados de Dios y nuestra oración será gozarnos en ese amor de Dios sintiéndonos en total comunión de amor con confianza y esperanza




Nos sentimos amados de Dios y nuestra oración será gozarnos en ese amor de Dios sintiéndonos en total comunión de amor con confianza y esperanza

Éxodo 17, 8-13; Sal 120; 2Timoteo 3, 14-4, 2; Lucas 18, 1-8
Desde nuestra experiencia humana cuando tenemos que hacer un trámite, solicitar algo o simplemente pedir desde algo que necesitamos, sobre todo cuando aquel a quien tenemos que acudir lo consideramos o él mismo se considera poderoso estamos esperando su magnanimidad para ver si nos otorga o no aquello que estamos pidiendo o solicitando; desde esos servilismos que nos creamos en la vida andamos como temerosos de que no nos quieran atender y parecería que siempre le estamos debiendo un favor que nunca acabamos de pagar.
Según la gravedad del problema o la necesidad que tengamos insistiremos humildemente pero no las tenemos todas con nosotros hasta que nos dé una respuesta. Así vivimos muchas veces nuestras relaciones humanas que casi se vuelven inhumanas porque falta una confianza por un lado y una amplia generosidad por el otro, o al menos desconfiamos de que puedan ser generosos con nosotros. Luego quizás nos volvemos obsequiosos o antes quizá tratamos de ganarnos ese favor quizá con medios humillantes.
Me ha surgido esta reflexión que nos pudiera reflejar situaciones que podemos vivir en paralelismo a la pequeña parábola que nos propone Jesús en el Evangelio. Habla de la viuda que pide justicia a un juez que no le hace caso, pero que ante la insistencia de aquella pobre mujer al final la atiende aunque solo fuera por quitársela de encima; en este caso es el que se cree con poder que no atiende, mientras en lo que antes reflexionábamos se trata de quien se siente necesitado y no se siente con confianza de que pueda ser escuchado.
Ya el evangelista nos comenta que Jesús lo que quiere señalarnos es la insistencia y perseverancia con que hemos de orar. No dice cómo es que un padre no va a escuchar y atender la súplica de sus hijos.
Pero es que aquí nos surge un pensamiento que se nos puede atravesar cuando acudimos a Dios en nuestra oración, que Dios no nos escucha ni atiende en nuestras necesidades. Nos parece, y así nos sentimos tantas veces, que Dios no nos escucha. Pero ¿no será que ya nosotros de antemano vamos con poca confianza, con poca fe, a nuestra oración? Cierto es que muchas veces en nuestra oración acudimos a Dios como a un curandero taumatúrgico que nos remedie en nuestras necesidades y a eso y solo eso reducimos nuestra oración. Porque también es cierto que muchas veces somos nosotros muy mezquinos o muy interesados en nuestras oraciones.
Pero ¿qué es o qué tendría que ser nuestra oración? Tendríamos que reconocer que si el Dios en quien creemos es un Padre que nos ama, nuestra relación con Dios tendría que ser otra cosa, tendríamos que darle otro sentido. Y aquí es donde tenemos que poner en juego toda nuestra fe y toda nuestra esperanza. Nos sentimos amados de Dios a quien nosotros queremos amar sobre todas las cosas, como decimos en el catecismo, pues entonces nuestra oración tendría que ser un gozarnos en ese amor de Dios sintiéndonos en verdadera comunión con El. Casi tendrían que sobrar palabras simplemente para vivir una presencia gozosa de Dios, para sentirnos en Dios, para gozar de Dios y de su amor.
Quienes se aman profunda e íntimamente sienten el gozo de amarse, sienten la confianza que nos da el amor, se sienten mutuamente inundados por ese amor que les hace sentirse uno, y con esa certeza del amor tienen la esperanza gozosa de que ese amor nunca fallará, nunca se va a acabar. En esa confianza de amor y en esa esperanza llena de gozo sentirán la seguridad de un amor que se hace eterno. En esa comunión de amor no caben los temores ni las desconfianzas, no tienen sentido que andemos como chantajeándonos ofreciendo cosas y promesas de futuro ni con servilismos, no nos sentiremos humillados en nuestras necesidades porque tenemos la certeza de que en ese amor siempre obtendremos lo mejor.
Tenemos que llegar a la profundidad de ese amor, que es la profundidad de la fe y de la esperanza que va a animar siempre nuestra vida. Si hubiera desconfianza, si no tuviéramos una esperanza cierta algo nos está fallando en nuestra fe, algo nos está fallando en nuestro amor. Pero somos débiles y se nos puede debilitar nuestra fe que ya no nos hará saborear lo que es ese amor de Dios; por eso hoy Jesús quiere insistirnos en que seamos perseverantes en nuestra oración, en nuestra búsqueda de Dios, en recorrer ese camino que nos lleve a ese más tan intimo y profundo.
No nos podemos cansar, no podemos bajar los brazos, como veíamos en el Éxodo a Moisés orante por su pueblo que lucha para obtener la victoria; tenemos que insistir aunque algunas veces nos puedan aparecer las sombras de las dudas o de los silencios, que no son silencios de Dios, sino más bien sorderas de nuestra vida que no llegamos a captar toda la sintonía de Dios para descubrir su amor y para vivir lo que tiene que ser nuestro amor.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Cuando saboreemos en el amor nuestro encuentro con Dios estaremos siempre buscándole, deseando estar en el gozo de su presencia



Cuando saboreemos en el amor nuestro encuentro con Dios estaremos siempre buscándole, deseando estar en el gozo de su presencia

1Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18,1-8

Una virtud que muchas veces nos falla en la vida es la constancia. Nos cuesta perseverar, mantener el ritmo, llegar hasta el final. Vienen los cansancios cuando la meta parece que tarda en llegar y nos decimos para que seguir luchando; no tenemos confianza en que podemos alcanzar el objetivo, la meta, y nos entran las desganas, mil tentaciones de abandonar la lucha, de tirar la toalla.
Es en nuestras luchas personales por tratar de superarnos, de mejorar nuestra vida; nos cuesta trazarnos una meta y ser fieles y continuos en nuestra lucha hasta conseguirlo; así nos cansamos de nuestros trabajos y queremos estar cambiando siempre, no porque surjan iniciativas que nos lleven a un mayor crecimiento sino quizás para rehuir el aburrimiento que decimos tenemos porque nos parece todo siempre lo mismo. Es en el trabajo, es en nuestras responsabilidades que quizá empezamos con mucha fuerza pero poco a poco nos vamos desinflando, es en nuestra vida interior, en el crecimiento de nuestra espiritualidad. En muchas cosas nos damos cuenta que nos cuesta perseverar, que no somos lo suficientemente constantes.
Y aquí entra el tema que nos apunta Jesús hoy en el evangelio, la oración. No somos perseverantes, porque quizá nuestra fe es floja y débil, porque no terminamos de tener confianza en que el Señor nos escucha, o porque algunas veces somos demasiado interesados y materialistas en lo que pedimos y siempre el Señor nos va a dar lo mejor para nuestra vida; claro como no vemos lo que nosotros ansiamos en esa superficialidad en que vivimos muchas veces, dejamos pronto a un lado nuestra oración. No hemos aprendido por otra parte a saborear la oración como tendríamos que hacerlo.
Nos dice el evangelista que Jesús nos propuso esta parábola ‘para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar sin desanimarse’. Y nos habla de la viuda que pide justicia pero que no es escuchada. Pero ante su insistencia al final el juez decide hacerle justicia aunque solo fuera por quitársela de encima. La perseverancia de aquella mujer hizo que al final fuera escuchada.
No es que Dios nos escuche con la actitud displicente de aquel juez. La escucha que el Señor hace de nuestras plegarias entra en otra onda, porque Dios nos ama, porque Dios es nuestro Padre ¿y qué padre no escucha a sus hijos? Es no solo la perseverancia sino la confianza con que nosotros hemos de acudir a Dios. El nos escucha.
Pero es lo que antes mencionábamos de paso, tenemos que aprender a saborear nuestra oración. No es solo pedir, es disfrutar de la presencia de quien sabemos que nos ama. Como el hijo se siente a gusto con su madre, como el amigo busca la compañía del que sabe que le aprecia mucho y que es su amigo, es el gozo de estar con Dios. No necesitamos en ocasiones palabras, sino dejar que fluyan nuestros sentimientos; no necesitamos palabras sino saber que estamos con quien nos ama.
Y ahí estaremos con nuestro amor y saboreando el amor de Dios; y ahí estaremos con nuestros gozos y alegrías y gozándonos en Dios; y ahí estaremos con nuestras necesidades que bien sabemos que Dios las conoce; y ahí estaremos y seremos capaces de presentar ante la mirada de Dios a todos aquellos a los que amamos para que sientan la mirada de Dios, para que sientan su bendición.
Cuando saboreemos así  nuestro encuentro con Dios ya no necesitamos que nos digan que seamos constantes, porque siempre estaremos buscando a Dios, deseando estar en el gozo de su presencia.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Como creyentes ponemos toda nuestra confianza en Dios que se nos manifiesta en la rectitud de tantos que hacen el bien y que le dan sentido de humanidad a nuestro mundo

Como creyentes ponemos toda nuestra confianza en Dios que se nos manifiesta en la rectitud de tantos que hacen el bien y que le dan sentido de humanidad a nuestro mundo

Sabiduría 18,14-16; 19,6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8
La parábola que nos propone Jesús, como nos dice el evangelista, tenía una intención muy clara; quería enseñar a sus discípulos a tener esperanza y confianza en la oración, porque a quien oramos es a un Dios que es nuestro Padre. Pero en las palabras de Jesús podemos encontrar mucho más.  Como se suele decir en expresión muy del pueblo llano no da puntada sin hilo.
Pero tal como sucede en las parábolas Jesús parte de situaciones humanas que Vivian los hombres de su tiempo, muy semejantes en muchas ocasiones a las que nosotros seguimos viviendo hoy. Se trata de una mujer que pide justicia para la situación en la que vive; pero a quien acude es a un juez, que precisamente no parece que brille por la justicia y la imparcialidad. Se trataba de un juez que ni temía a Dios ni sentía ningún respeto por los hombres, por las personas. La imagen es muy dura.
No es solo ya que no temiera a Dios, lo que era inconcebible en un pueblo creyente como era el pueblo judío que centraba toda la historia de su vida y de su existencia en Dios, sino que además no sentía ningún respeto por las personas. ¿Cuál era su justicia?, nos podríamos preguntar. No es que toda la humanidad sea así pero está haciéndonos un retrato de situaciones en las que nos podemos encontrar. No todo el mundo es malo, tampoco podemos decir que los que no sean creyentes no vivan una honradez y una rectitud en su vida con unos principios y también con unos valores.
El respeto por la persona, por toda persona sería algo que, digámoslo así, esta como inscrito o grabado en lo más hondo de todo ser humano. La humanidad en la que creemos todos los hombres, aunque luego tengamos diversos y dispares planteamientos, se basa en ese respeto del  hombre, en ese respeto de toda persona.
Aunque luego podamos encontrarnos quien se haya dejado meter en su corazón tal maldad desde sus orgullos o sus ambiciones que no solo no respete a toda persona, sino que en su injusticia y maldad le hace daño, pretende destruir a quien pueda estar en posiciones enfrentadas a él, y prevalezca su egoísmo y la insolidaridad.
Pero como ya hemos reflexionado más de una vez no nos tenemos que sentir aturdidos por el mal que contemplemos en el mundo que nos rodea. Aunque es una realidad no significa que todo el mundo sea así; algunas veces nos ponemos pesimistas y nos parece verlo todo negro.
Pero hemos de saber descubrir las buenas luces que también brillan; donde menos lo pensamos hay una persona de bien, que busca lo bueno, que quiere ser honrada, que evita hacer daño a los demás, que busca también la justicia, aunque quizá en todas las cosas no piense como nosotros. Pero esas luces pequeñas o grandes que podamos descubrir con buenos ojos nos llenan de esperanza.
Como creyentes que ponemos nuestra esperanza en Dios, sabemos que Dios actúa también en esas personas, a través de esas cosas buenas que en la rectitud de sus vidas quieren también hacer. Como creyentes vemos en ellas también la acción de Dios. Por eso, como nos invita la parábola que hoy nos propone Jesús, hemos de tener esperanza, poner toda nuestra confianza en Dios que el Señor se manifestará a nuestro lado a través también de esas circunstancias de la vida.
Hemos de tener esperanza y por eso también oramos a Dios de que el bien prevalezca y brille, que los corazones de los hombres se pueden ablandar, que la buena semilla un día producirá sus frutos, que la bondad de tantos corazones buenos puede contagiar también a los demás, que entre todos podemos hacer que haya verdadera humanidad y nuestro mundo sea cada vez mejor.
Oramos y oramos con confianza; oramos perseverantes en nuestra oración; oramos a Dios que es nuestro Padre y siempre nos atenderá y nos mostrará su gracia.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Sabemos que de Dios siempre nos podemos fiar porque nos escucha como un Padre amoroso pero aprendamos a tener esas mismas actitudes hacia los demás

Sabemos que de Dios siempre nos podemos fiar porque nos escucha como un Padre amoroso pero aprendamos a tener esas mismas actitudes hacia los demás

3Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18,1-8

¿De quien nos podemos fiar porque sabemos que siempre nos atiende? En el camino de la vida muchas veces nos sentimos frustrados en nuestras relaciones con los demás; quizá en quien más confiábamos cuando más lo necesitamos nos volvió la espalda, se olvidó de nosotros o como se suele decir se hizo el olvidado, siempre tenía cosas que hacer o atender y no tenía tiempo para nosotros. Es cierto que no podemos ponernos pesimistas y pensar que todas las personas actúan así, pero basta que en una ocasión hayamos sentido esa frustración para que ya comencemos a ver las cosas oscuras.
Son experiencias humanas y desagradables por las que a veces tenemos que pasar, pero creo que tenemos que seguir creyendo en la humanidad y que hay personas que sí estarán pendientes de nosotros o al menos estarán dispuestas a escucharnos.
Al menos intentemos que nosotros no seamos de esa manera, que seamos capaces de poner humanidad en nuestra vida y en nuestras relaciones con los demás y llenemos nuestro corazón de misericordia y de compasión. Que no hagamos las cosas por mero cumplimiento ni por quitarnos a los latosos, como solemos decir, de encima, sino que haya verdadero amor en nuestro corazón y aprendamos a ser solidarios con los demás.
Me estoy haciendo esta reflexión de la que quiero aprender para mi mismo a partir de la parábola que Jesús nos propone en el evangelio. Es cierto que la intención primera de la parábola, como el mismo evangelista nos indica, es hablarnos de nuestra perseverancia en la oración, en nuestra relación con Dios porque El es el único que nunca nos falla, porque es el Padre bueno y misericordioso que siempre atiende a sus hijos. Pero he querido incidir en este aspecto humano de nuestras relaciones porque creo que tenemos mucho que aprender para nuestro trato con los demás y para la confianza mutua que nos hemos de tener unos y otros.
Nos habla la parábola de la viuda que acudía al juez una y otra vez para que le hiciera justicia.  No nos da razones el evangelio de por qué aquel juez que actuaba tan injustamente no la atendía. Pero no es difícil encontrar esas sus llamadas justificaciones. Cuántas veces en nuestra justicia humana se da largas y largas a un asunto que podría resolverse fácilmente.
Cuántas veces nosotros también damos largas a la respuesta que quizá nos están pidiendo desde nuestros seres queridos más cercanos o desde las personas con las que tenemos alguna relación. Cuántas veces también nos hacemos oídos sordos a lo que nos piden; cuántas veces nos buscamos mil disculpas para no ser solidarios de corazón con aquellas personas en necesidad que acuden tendiéndonos la mano para pedirnos una ayuda o vemos tiradas por los caminos de la vida; cuántas veces nos encerramos en nuestros orgullos y no otorgamos un generoso perdón a quien nos haya podido ofender. Juzgamos fácilmente a aquel juez injusto pero no somos capaces de mirarnos a nosotros mismos que tantas veces quizá en nuestra insolidaridad y también con un corazón injusto hacemos peor.
¿De quien nos podemos fiar porque sabemos que siempre nos atiende?, era la pregunta con la que iniciábamos esta reflexión. Ya sabemos como en Dios tenemos la respuesta porque es un Dios de amor y de misericordia. Acudamos con confianza y con perseverancia en nuestra oración y aprendamos a tener ese corazón compasivo y misericordioso siempre para con los demás. 

domingo, 16 de octubre de 2016

Levantamos los brazos a lo alto en nuestra oración como un estado de vigilancia, de esperanza y de fidelidad, porque en el Señor tenemos puesta nuestra confianza

Levantamos los brazos a lo alto en nuestra oración como un estado de vigilancia, de esperanza y de fidelidad, porque en el Señor tenemos puesta nuestra confianza

Éxodo 17, 8-13; Sal 120; 2Timoteo 3, 14-4, 2; Lucas 18, 1-8
Qué fácil nos es desanimarnos; quizá comenzamos con entusiasmo algo bueno, ya sea en el campo de nuestra superación personal, ya sea en nuestro compromiso por los demás en medio de la sociedad en la que vivimos, ya sea en algún aspecto de la vida, de la relación con los demás en nuestra convivencia diaria con los que nos rodean en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales, pero pronto parece que nos desinflamos; un contratiempo que surge, un comentario que nos hacen y que no nos agrada, la poca valoración o estimulo que podemos encontrar en aquellos que pensamos que más tendrían que ayudarnos, un amigo que nos deja solos en la estacada cuando más lo necesitamos; perdemos el entusiasmo, nos desanimamos, sentimos la tentación de tirar la toalla y dejarlo todo.
Es ahí donde tenemos que hacer florecer nuestra madurez; es el momento en que ha de manifestarse nuestra personalidad madura; es donde tiene que aparecer la constancia, el esfuerzo de superación personal, la continuidad de aquello que queremos hacer con madurez. Igual nos sucede en nuestra vida espiritual, en el camino de nuestra vida cristiana. Sabemos que tenemos que mantenernos fuertes y que esa fuerza la obtenemos de la gracia del Señor; es donde ha de aparecer nuestro verdadero espíritu de oración.
Muchas veces en esos problemas que tenemos en la vida y por los que oramos con insistencia ante el Señor parece que no terminan de resolverse; es como si el Señor no nos escuchara o nos pusiera a prueba. Está por una parte todas esas cosas que nos distraen de la oración, pero está el que nos parece que no somos escuchados porque no vemos resolverse las cosas como nosotros quisiéramos. Y nos dejamos, nos abandonamos en nuestra oración, no terminamos de cogerle el gusto a ese encuentro con el Señor, o ya la hacemos de una fría y rutinaria.
Es de lo que quiere hablarnos hoy Jesús en su mensaje del evangelio, aunque lo que hemos venido reflexionando en ese aspecto humano de nuestros desánimos y nuestros cansancios nos viene muy tenerlo en cuenta en la vida. El evangelio también nos ayuda a ello, porque en todas las cosas nos es necesaria la perseverancia porque aquello que queremos conseguir en la vida lo vamos a hacer desde nuestro esfuerzo, desde un planteamiento maduro de las cosas, y también contando con una fe madura con la ayuda del Señor.
No podemos estar esperando milagros siempre que hagan que se nos resuelvan las cosas por si solas, sino que hemos de ser conscientes de ese esfuerzo personal que siempre hemos de poner. Y es ahí, en ese esfuerzo, en esa perseverancia donde hemos de saber ver la gracia del Señor que nos ayuda; por ahí ha de ir el sentido de nuestra oración.
Como decíamos, de eso nos quiere hablar Jesús. Ya el evangelista apostilla que Jesús para explicar a sus discípulos que tenían que orar siempre sin desanimarse, les propone esta parábola. Les habla del juez injusto que no quiere escuchar las suplicas de aquella pobre viuda que le suplicaba una y otra vez que se le haga justicia; pero la imagen hermosa está en esa perseverancia de aquella mujer que una y otra vez repetía su petición.
La parábola nos habla de algo así como que el juez cansado con la insistencia de aquella mujer, al final le concede lo que le pide. Pero el mensaje nos viene dicho en lo que apostilla Jesús al final. ‘Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar’. ¿Cómo no nos va a escuchar Dios si somos sus elegidos, sus hijos muy amados?
Dios nos escucha; Dios no nos deja solos y abandonados aunque nos pudiera parecer; Dios está a nuestro lado y será nuestra fuerza para esa perseverancia, para ese no perder los ánimos. En esas luchas, esfuerzos de superación, deseos de más y mejores cosas, en ese compromiso que queremos vivir en la vida y, como decíamos al principio, tantas veces nos vemos tan cansados que nos parece no tener fuerzas, donde tenemos la tentación y el peligro del desánimo, la fuerza y la presencia del Señor no solo hemos de buscarla en la solución de esos problemas o la llegada a buen puerto de esos deseos que tenemos, sino en esa perseverancia que nos hace seguir luchando, que nos hace que no perdamos los ánimos aunque todo lo veamos oscuro, en esa fuerza interior que sentimos para seguir adelante aunque todo nos pareciera torcido.
Los brazos en alto en nuestra oración como se nos decía en la primera lectura que mantenía Moisés mientras el pueblo luchaba. No era simplemente la destrucción de unos enemigos que se interponían en su camino hacia la tierra prometida, sino que era la supervivencia de aquel pueblo y el conseguir las metas añoradas; era ese sentirse fuertes en el Señor para seguir adelante en la construcción de aquella comunidad. Y lo hacían con Moisés levantando los brazos hacia lo alto para acudir al Señor, para sentir su presencia, para caminar siempre en su fidelidad.
Levantemos los brazos hacia lo alto, levantemos nuestro espíritu hacia el Señor de la vida que nos quiere llenar de vida. Ese levantar los brazos hacia lo alto en nuestra oración es un estado de vigilancia para no dejarnos caer, para no dejarnos seducir; es un estado de esperanza y de fidelidad que queremos mantener, porque toda nuestra confianza la tenemos puesta en el Señor. Y El no nos defraudará.