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lunes, 9 de marzo de 2026

Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades 2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30 Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar. En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos. Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El. Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco. Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida. ¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz. Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.

 


Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades

2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


sábado, 16 de noviembre de 2024

Ojalá aprendamos a saborear desde la primera palabra o desde el primer momento que hacemos oración porque estamos saboreando a Dios

 


Ojalá aprendamos a saborear desde la primera palabra o desde el primer momento que hacemos oración porque estamos saboreando a Dios

3Juan 5-8; Salmo 111; Lucas 18, 1-8

Mientras algunos tienen a gala el tener grandes amigos, poderosos e influyentes, a los que pueden acudir porque siempre estarán dispuestos a mover los hilos que sea para que nosotros logremos nuestras aspiraciones, o consigamos todo aquello que necesitamos, otros sin embargo andarán resabiados por la vida porque no estarán dispuestos a pedirle nada a nadie, o piensan que a determinadas personas nada le pedirán porque siempre les van a dar largas o el no por respuesta. ¿Qué confianza podemos tener para solicitar una ayuda o pedir algo perentorio que necesitamos? ¿Qué vamos a encontrar? Claro que por detrás también tenemos que pensar cuales son las respuestas que nosotros damos a quien nos pide. Algo muy complejo, que no lo podemos delimitar tan fácilmente. ¿Qué encontramos o qué ofrecemos?

¿Es verdad que necesitamos de esas influencias, o de esas instancias para ablandar el corazón de aquel a quien le pedimos? Claro que también tendríamos que pensar que nuestras mutuas relaciones no se reducen a un pedir o a un dar; alguna otra comunicación tendríamos que tener entre unos y otros, porque de lo contrario eso significaría que son muy pobres nuestras relaciones, que nos falta cordialidad y confianza, que nos falta cercanía para compartir que no solo son cosas sino algo más de nuestra vida.

¿No tendríamos que pensar en algo de todo esto en lo que es nuestra relación con Dios? Y es aquí donde tenemos que plantearnos qué son y cómo son nuestras oraciones. Es cierto que muchas veces parece que las convertimos solo en un reclamo o en pedir cosas. ¿No nos estará faltando esa comunicación que tiene que ser comunión en todo lo que es nuestra relación con Dios? Muchas veces también lo reducimos a algo formal, a lo ritual, y porque hacemos unos ritos, muchas veces mecánicamente, ya parece que lo hemos hecho todo, ya hemos hecho oración, pero quizá en lo hondo del corazón no hemos terminado de llegar a sentir esa presencia de Dios en nuestra vida. Qué pobreza entonces, tenemos que reconocer, en nuestra oración.

El evangelista nos dice que para enseñarnos Jesús cómo tenemos que ser perseverantes en nuestra oración nos propone una parábola. No dice solo perseverantes en nuestras peticiones, que también, sino perseverantes en la oración. Claro que el ejemplo nos habla de la viuda que pedía justicia a aquel juez que se portaba de manera injusta y no la escucha.

Pero me quiero quedar en unas palabras que pueden tener su significado para lo que estamos diciendo; aquella mujer quiere ser escuchada, aquel juez no la escucha, aunque al final terminará escuchándola. ¿No tendríamos que emplear esta expresión en lo que tiene que ser nuestra relación con Dios? Una escucha mutua, que de Dios tenemos garantizada, pero una escucha que nosotros también tenemos que saber hacer a lo que Dios nos dice o nos ofrece. Y escucha es ese querer entrar en comunicación, es llegar a esa comunión con Dios. Y no somos perseverantes, no es Dios el que se cansa de nuestras peticiones, sino que somos nosotros los que nos cansamos de escuchar a Dios, no nos ponemos en sintonía con Dios. Creo que es un aspecto muy importante que hemos de tener en cuenta.

Por eso nos dirá Jesús en otro momento cuando nos enseñe a orar que no tenemos que estar pensando en muchas cosas que tenemos que pedirle a Dios, que Dios conoce nuestras necesidades; como nos dice cuando nos enseña el padrenuestro como forma, que no fórmula, de oración nos dice que no necesitamos muchas palabras. Claro que nosotros lo hemos convertido en una fórmula que entonces nos parece que tenemos que repetir muchas veces para que Dios nos escuche. Ojalá aprendamos a saborear el padre nuestro desde la primera palabra de esa oración. Sí, digo saborear. Eso tiene que ser nuestra oración, saborear el que estamos con Dios.

sábado, 12 de noviembre de 2022

La viuda de la parábola del evangelio con la perseverancia en su petición nos está enseñando a buscar a Dios

 


La viuda de la parábola del evangelio con la perseverancia en su petición nos está enseñando a buscar a Dios

3Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18, 1-8

Es inútil que vayamos a pedirle algo a esa persona, porque ya sabemos cómo es, él no ayuda a nadie, es un tacaño, no piensa sino en él; si acaso parece que te escucha es para bombardearte a preguntas, a dar sus explicaciones, a querer convencerte de que te las busques o te las arregles por tu cuenta, pero no abrirá la mano.

Experiencias desagradables así nos encontramos en nuestro entorno; pero experiencias también en que nosotros somos los cerrados, los que no damos nuestro brazo a torcer, los que antes de soltar un céntimo nos hacemos millones de cálculos, porque un día lo podemos necesitar, un día a nosotros nos puede faltar, y nos buscamos mil disculpas para tratar de justificarnos ante nosotros mismos de esas actitudes, y aunque tratamos de disimularlo también, somos nosotros los egoístas y los que pensamos solo en nosotros mismos.

Es cierto que la parábola que se nos propone hoy en el evangelio tiene una finalidad concreta tal como nos lo adelanta el propio evangelista antes de narrarnos la parábola que se nos propone. ‘Jesús dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer’. Pero siempre la palabra del Señor tiene una amplitud muy grande en su enseñanza para nuestra vida y podemos darnos cuenta de esas actitudes egoístas en las que envolvemos tantas veces nuestra vida.

Siempre la Palabra del Señor se convierte en un interrogante para nuestra vida, una enseñanza que no podemos desaprovechar y nos puede siempre servir para que nos hagamos nuevos planteamientos para nuestra vida y para que revisemos muchas de nuestras actitudes y de nuestra manera de actuar.

La parábola nos habla de la viuda que pedía justicia ante un juez que no la quería escuchar. La parábola quiere resaltar la perseverancia de aquella mujer que el final logrará ser escuchada, si no por compasión y amor a la justicia, al menos por quitarse aquel peso de encima. No queda bien parado el juez y no es precisamente lo que se nos quiere enseñar, aunque ahí tenemos motivos para analizar y revisar las actitudes negativas con que nosotros vamos hacia los demás.

Lo que nos resalta la parábola es la perseverancia de aquella mujer en su petición de justicia. Y ya nos sugiere el evangelista que Jesús quiere hablarnos de la perseverancia en nuestra oración. Una oración que no solo será pedir en nuestras necesidades aunque también tenemos que hacerlo, sino en esa búsqueda de nuestro encuentro con Dios. Nos cansamos de nuestra oración tantas veces. Y es que quizá nos acercamos a Dios con nuestro corazón lleno de desconfianza. Pero es que tendríamos que acercarnos con otra actitud, con otros deseos de búsqueda, con otro amor en nuestro corazón.  Por eso, la perseverancia es signo de amor y el amor nos abre el acceso al Padre; es el mejor canal de comunicación.

Vamos a gozarnos en el amor que Dios nos tiene. ¿No es lo que vamos buscando realmente en la vida en nuestras relaciones con los demás, en nuestra relación familiar, en la amistad con los amigos, en el encuentro con los que caminan a nuestro lado? Nos gusta sentirnos queridos, nos gusta saborear lo que es la amistad verdadera, nos gozamos en la presencia de esas personas con las que nos sentimos acogidos; vamos buscando amor. Es un gran vacío que viven muchas personas, es una soledad que les puede llevar a encerrarse en si mismos. Cómo nos gozamos cuando nos encontramos con esa persona acogedora que nos escucha, que pierde su tiempo con nosotros, que sabrá tener una palabra amable que nos levanta la vida.

Y eso, seguro que lo encontramos en Dios. Con esa certeza nos acercamos a El en búsqueda de su amor; el siempre nos acoge en nuestra pobreza y en nuestra soledad, en esos vacíos interiores que muchas veces sufrimos, y nos consuela en esas tristezas que muchas veces nos amargan el alma. ¿No nos dice Jesús que vayamos a El los que estamos cansados y agobiados porque en El vamos a encontrar nuestro consuelo y nuestro descanso? La viuda de la parábola del evangelio nos está enseñando a buscar a Dios.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

 


Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hace cuarenta días celebramos el Nacimiento de Jesús, la Natividad del Hijo de Dios hecho hombre y nacido del seno de María. Hoy la liturgia de la Iglesia, siguiendo el ritmo de los acontecimientos de la infancia de Jesús y en observancia de lo que estaba prescrito en la ley de Moisés, tanto para el nacimiento del primogénito varón como los ritos de purificación de toda madre después del parto, nos ofrece esta celebración de la Presentación de Jesús en el templo, según lo prescrito por la ley, y la purificación de María. Es a lo que hace referencia el texto del Evangelio, aunque en aquel momento vemos que se siguieron realizando las obras maravillosas del Señor.

El cumplimiento del rito según lo prescrito se desarrollaría con toda normalidad; para los sacerdotes del templo eran un niño primogénito más que era presentado al Señor con la ofrenda, en este caso de los pobres, de un par de tórtolas o dos pichones. Pero la cosa no podía quedarse ahí. Allí estaban quienes inspirados por el Espíritu del Señor reconocerían quién era aquel niño y lo que iba a significar para la historia no solo de Israel sino para toda la humanidad.

Son dos ancianos piadosos que merodean todos los días por el templo confundiéndose entre los creyentes que allí todos los días acudían para la oración y para la escucha de la ley y los profetas. Pero no son dos ancianos cualesquiera. En ellos se había hecho presente el Señor y ahora serían portavoces de las maravillas del Señor para todos los creyentes y para todos los que los quisieran escuchar.

Por eso aquel anciano se acerca a aquella pareja humilde que como una más ha hecho su ofrenda y ha cumplido con todos los ritos. Y es cuando se desborda el corazón de aquel anciano para proclamar cuanto allí está sucediendo. El había sentido en su corazón, por la fuerza del Espíritu del Señor, que sus ojos no se cerrarían sin haber contemplado al que iba a ser luz de las naciones y gloria del pueblo de Israel. Y allí lo tenemos proclamándolo y cantando las glorias del Señor.

De la misma manera aquella pobre anciana viuda – ya aparecerán otras ancianas y viudas en el evangelio ¿por qué será? – comenzará también a todo aquellos que esperaban la futura liberación de Israel con la llegada del Mesías, que la hora de Dios había llegado y hablaba a todos de aquel niño.

¿Por qué será que Jesús nos proponga como modelo de oración perseverante la de aquella pobre viuda que insistía permanentemente ante el juez pidiendo justicia? ¿Será un eco esta pobre anciana y viuda que se había pasado todos los años de su vida sirviendo a Dios en el templo?

¿Por qué será que Jesús se fijará – y nos lo ofrece como ejemplo - allí a las puerta del templo donde está el arca de las ofrendas en los dos cuartos humildes que una anciana pobre entrega al Señor ofreciendo cuanto tenía? Había ofrecido lo que necesitaba incluso para su sustento, y Dios se había fijado en ella. ¿Nos estará hablando de que son los pobres y los humildes de corazón, los que se entregan con corazón desinteresado los que mejor podrán conocer a Dios y la revelación de todos sus misterios?

¿No dará gracias un día al Padre porque ha revelado todos sus misterios a los pequeños y a los humildes mientras lo ha ocultado a los que son soberbios de corazón? El evangelio no es una página o un solo momento determinado que se nos narre, sino que el evangelio, la buena nueva la tenemos que ver en todo el conjunto y como unos y otros hechos se explican y se complementan mutuamente. Son evangelio para nosotros, nos está enseñando como tenemos que ser esos hombres y mujeres sencillos y humildes de corazón para que podamos conocer a Dios, para que podamos en verdad sentir a Dios en nuestros corazones.

Allí a un lado y pareciendo que pasa desapercibida está la madre, la que un día dijera que era la humilde esclava del Señor y ofrecía la disponibilidad de su corazón para que en ella se cumpliera la Palabra del Señor anunciada por el ángel de Nazaret. Una disponibilidad que le iba a hacer seguir el mismo camino de su Hijo.

No es extraño que el anciano profeta le anuncie que una espada la traspasará el alma, porque aquel niño iba a ser signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones. Es la Madre, la que le dio a luz en la pobreza de Belén, la que le contemplará creciendo en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres en el hogar de Nazaret como unas madres saben contemplar y comprender el crecimiento de los hijos; pero será la madre que dará a luz unos nuevos hijos que le van a ser confiados desde lo alto de la cruz del calvario. Lleva en su alma el dolor de su hijo, porque a El se asociará en la obra de nuestra redención, pero lleva en el alma el dolor y el sufrimiento de todos esos hijos que Jesús le confiará desde lo alto de la cruz.

La llamaremos madre dolorosa y madre de las angustias porque vemos cómo ella carga con los dolores y las angustias y de todos los hombres, como una madre llevará siempre en su corazón el sufrimiento de sus hijos, pero la llamaremos madre de esperanza y madre de la luz porque en ella vemos cómo se levanta nuestra esperanza pero ella nos está ofreciendo también la luz de su hijo.


Por eso hoy los canarios la llamamos María de Candelaria, la que lleva la luz, la portadora de la luz, la que nos trajo la luz porque fue la primera misionera de estas tierras en su imagen bendita aparecida en la playa de Chimisay. Por eso para nosotros los canarios hoy es fiesta especial, es la fiesta de la Virgen de Candelaria y con devoción acudimos a sus pies en su santuario hoy o en cualquier día del año, porque sabemos que allí está la Madre, allí está nuestra madre, las que nos hablará de corazón sencillo y humilde, la que siempre está en disponibilidad total para Dios y para sus hermanos los hombres, la que nos está enseñando a plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón.

lunes, 8 de marzo de 2021

No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos sino ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo

 


No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos sino ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo

2Reyes 5, 1-15ª; Sal 41; Lucas 4, 24-30

El orgullo de los pueblos que se creen merecedores de todo y que se creen los mejores. Y siempre que aparece el orgullo aparecen los desprecios, la poca valoración de los que creemos inferiores, y las exigencias de todo tipo, porque, como decíamos, nos creemos merecedores de todo. Quizá no puedan ofrecer otra cosa que uno de su pueblo alcanzó cotas altas, y porque de nuestro pueblo salió, vamos a decirlo así, una lumbrera, alguien que en algún campo de la vida destacó por algo, ahora yo todos nos creemos mecedores y hasta nos volvemos exigentes.

¿Qué pasaba en Nazaret? La fama de Jesús, el profeta que había surgido de aquel pueblo que antes apenas había tenido nombre, llegaba a todas partes y comenzaron a aparecer los orgullos. Pero bien sabemos que los orgullos van acompañados también de desconfianzas, porque ¿de dónde ha sacado El toda esa sabiduría y esos poderes? Y en esas desconfianzas comienzan las valoraciones que no siempre van a ser favorables para los cercanos al personaje. Si aquí están sus hermanos, sus parientes, su familia que en nada han destacado, porque su padre era simplemente el carpintero.

Es lo que podemos describir de Nazaret, que al principio cuando había salido Jesús a hacer la lectura en la sinagoga, todo eran alabanzas y orgullos patrios, pero pronto se volvieron en contra en desconfianzas y en desprecios de alguna manera. Por eso Jesús les dirá claramente que un profeta no es bien mirado en su pueblo, solo en su pueblo será despreciado. Y ahora le están pidiendo que haga allí lo que saben que ha hecho en otros lugares, aunque su fe en El no sea tan clara. Y ya sabemos que la exigencia primera para los milagros de Jesús es la fe los que piden la ayuda, los que piden el milagro, y en eso no están destacando precisamente en su pueblo de Nazaret.

Y Jesús les recuerda dos hechos o acontecimientos de los antiguos profetas, en este caso de Elías y Eliseo. En tiempos de Elías muchas viudas había en Israel pasando necesidad en aquellos tiempos de sequías y de hambres, y sin embargo fue enviado a una viuda de Sarepta de Sidón, un pueblo ya ajeno a Israel; pero grande había sido la generosidad de aquella mujer que nada tenía sino un puñado de harina y un poquito de aceite para hacer el último panecillo y esperar la muerte, pero sin embargo se había desprendido generosamente de ello para compartirlo con el profeta.

Muchos leprosos, les recuerda Jesús, había en Israel – era una enfermedad muy común en la antigüedad – y sin embargo el profeta Eliseo a quien curó fue a Naamán, el sirio. Había venido a Israel buscando la salud porque la fe de una esclava lo había recomendado.  Y la gente de Nazaret entendió el mensaje que Jesús les estaba dando, que había de despertar su fe, pero ellos seguían encerrados en sus orgullos, por eso se revuelcan y se vuelven contra Jesús, al que arrojan fuera del pueblo que incluso quieren despeñarlo por un barranco.

¿Por dónde anda el proceso de nuestra fe?, tendríamos quizá que preguntarnos en este momento. A eso tiene que llevarnos este evangelio que hoy estamos escuchando y precisamente en este camino de cuaresma que estamos haciendo. Bueno, nos hemos acostumbrado ya a que en este tiempo viene la Cuaresma, porque pronto se acerca la Semana Santa, pero quizá vamos pasando los días y no vemos ningún  progreso en nuestra vida. Escuchamos la Palabra que cada día se nos ofrece, bueno, no sé si realmente la escuchamos, porque para escuchar de verdad tenemos que abrir los oídos del corazón.

No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos. Es ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo, ir saliendo de nuestras rutinas en que simplemente repetimos las cosas que siempre hacemos pero no siempre con el deseo de superación, de crecimiento espiritual. La gente de Nazaret oyó aquel día las palabras de Jesús y la lectura del profeta, pero no supo escuchar en su corazón. Es lo que nosotros necesitamos saber hacer.

 

sábado, 6 de junio de 2020

La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad


La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad

2Timoteo 4, 1-8; Sal 70; Marcos 12, 38-44
La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad. Pero no lo terminamos de aprender. Nos sentimos engolosinados por unas alabanzas y reconocimientos. Decimos que no queremos aparentar, pero buscamos la forma de que las cosas sean reconocidas; nos halaga que digan cosas bonitas de nosotros y de alguna manera parece que queremos hacer saber a los demás lo bueno que somos, aunque mal lo disimulemos.
Primeros puestos o lugares de honor, puestos donde podamos tener nuestras influencias y cargos que eleven nuestro status, alcanzar aquello que signifique poder para que prevalezcan por encima de todo mis ideas, llegar al lugar donde yo pueda hacer y deshacer a mi antojo o en lo que pueda obtener unos beneficios. Lo estamos viendo continuamente en nuestra sociedad; gente que nos viene de redentora protestando o denunciando todo lo que los otros hacen y populismos de los que nos valemos para alcanzar esas cotas de poder y actuar ahora quizás con más despotismo de lo que antes anunciaban.
Lo estamos muchas veces sufriendo. Y sucede en lo que podríamos llamar las clases dirigentes de la sociedad, pero son también las pequeñas batallitas – o no tan pequeñas – que se dan en nuestra cercanía, en nuestros grupos sociales, también – hay que reconocerlo – en nuestras comunidades de orden religioso o cristiano. Muchas veces contemplamos guerras sordas también en esos grupos a los que pertenecemos o que nos rodean también en el ámbito de nuestras parroquias y comunidades cristianas. No siempre los diálogos de tipo pastoral que podamos tener en nuestras comunidades arrancan de ese deseo pastoral, sino pudieran aparecer intereses y hasta deseos de manipulación en ocasiones.
Nos es fácil tirar la piedra pensando en los grandes dirigentes de la sociedad, o quedándonos en retazos de la historia si ahora al leer el evangelio solo pensamos en aquellos letrados y fariseos de la época de Jesús, y no somos de darnos cuenta que eso sucede en nuestro entorno y también en la Iglesia. Tenemos que saber reconocer nuestras debilidades y nuestros fallos. Tenemos que ser claros y humildes.
En el evangelio que hoy escuchamos se contraponen, por así decirlo, las dos posturas. Previene Jesús ante la actitud y la manera de actuar de escribas y fariseos. Allí estaba Jesús frente a la entrada del templo y se podía contemplar la postura y manera de actuar de todos aquellos que iban entrando. ‘Cuidado, les dice, con los escribas. Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes, y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones’. No hacen falta más descripciones, no para verlos a ellos, sino para mirarnos a nosotros mismos.
Pero al mismo tiempo Jesús se ha fijado en quien nadie se fija. Una pobre viuda, anciana, con sus pobres ropas que trata de pasar desapercibida. Nadie se habría fijado en ella si no fuera por la indicación de Jesús. ‘Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante’. Así nos lo describe el evangelio. Y ahí está el comentario de Jesús. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Así, sin hacer ruido, sin llamar la atención aquella mujer echó cuanto tenía en el cepillo del templo. Merece la alabanza de Jesús. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’, nos dirá en otro lugar. Pero es la actitud de los que están siempre dispuestos a servir, a hacer el bien, a contribuir a todo lo bueno desde sus valores o sus capacidades, pero también desde su pobreza y lo poco que son. Es la disponibilidad y la generosidad, es el desprenderse de uno mismo y ser capaz de gastarse por los demás. Porque lo importante es el bien, lo bueno que hagamos, aunque no nos llevemos medallas que colgarnos al cuello o diplomas que colgar de nuestras paredes.
Ahí está la verdadera grandeza del ser humano. Ahí se manifiesta la mayor dignidad que no está en unos ropajes o en unos bastones de mando. Mucho tendría que hacernos pensar todo esto. Mucho tenemos que verlo también ad intra de nuestras comunidades.


lunes, 30 de diciembre de 2019

Abramos los ojos con una mirada nueva para ser capaces de descubrir en tantas personas sencillas a nuestro lado esos Ángeles de Dios que nos trasmiten hermosos mensajes


Abramos los ojos con una mirada nueva para ser capaces de descubrir en tantas personas sencillas a nuestro lado esos Ángeles de Dios que nos trasmiten hermosos mensajes

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40
A veces somos como muy especiales y selectivos en cuanto a los testimonios que podamos recibir de los demás; con mucha facilidad ponemos filtros. Hay personas que no nos gustas, que no las tragamos y hagan lo que hagan siempre para nosotros tendrán un ‘pero’; personas que por su apariencia o condición ya de antemano las catalogamos como de las que nada nos pueden dar, nada nos pueden ofrecer, porque quizá las consideramos unas personas incultas, de poco valor, o porque las vemos muy mayores las consideramos ‘pasadas de moda’ porque nos parece que tienen unos criterios que ya son anticuados para el mundo en el que hoy vivimos; claro nosotros los jóvenes vivimos en otro mundo, en otro estilo y qué nos pueden decir.
Son muchos los filtros en un sentido o en otro que ponemos en las personas, en sus opiniones o en la aportación que puedan hacer y así vamos descartando gente, testimonios porque nosotros somos los que ya nos lo sabemos todo. Creo que indica una pobreza de miras, una pobreza en nuestros planteamientos que los que tendríamos que ser descartados somos nosotros. Otra apertura tendría que haber en nuestra vida con una aceptación de todo lo que nos puedan ofrecer los demás que siempre va a enriquecer nuestra vida.
Hoy el evangelio nos habla de unos ancianos humildes y piadosos que merodeaban cada día por el templo de Jerusalén. Con los criterios que antes andábamos ya los estaríamos catalogando como unos beatitos cuya vida solo se reducía a estar en el templo y a rezar, pero que ya eran unos ancianos que nada podían enseñarnos o aportar. Se trata del anciano Simeón y de la profetisa Ana. Realmente a Simeón en el texto de hoy no se le menciona, se hubiera mencionado en el día de ayer, pero que el texto que hoy se nos ofrece de la anciana Ana forma una unidad con todo lo que hace referencia al anciano Simeón.
Sin embargo fijémonos en la importancia que le da el evangelio al testimonio de estos dos ancianos, el respeto con que los trata y la hermosa aportación que nos hace en estos momentos en que escuchamos relatos de la infancia de Jesús. Claro que ayer en el día de la Sagrada Familia se hacia mucho hincapié en el respeto con que se han de tratar a los ancianos y como  han de ser honrados con nuestro cariño y con nuestra atención. Claro que tendríamos que pensar en la sabiduría que un anciano lleva en su corazón desde lo que ha sido su vida y desde su experiencia cuanto nos puede aportar, aunque hoy a los jóvenes quizá no nos gusta tanto.
Como decíamos hoy se centra más el evangelio en el testimonio de aquella viuda anciana que llevaba muchos años en el templo sirviendo a Dios. Aparece por allí poco menos que milagrosamente para hablar del niño a cuantos transitan por los atrios del templo y a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel con la llegada del Mesías, les hablaba de aquel niño que sus padre habían presentado en el templo y de quien el anciano Simeón había dicho también grandes cosas.
Es el testimonio de unas personas humildes y sencillas, con unas vidas desgastadas podíamos decir con el paso de los años, pero unas personas de fe grande que eran capaces de sentir la presencia del Espíritu del Señor en sus corazones y escuchar su inspiración. Si allí estaban era por su fe, era por ese dejarse conducir por el Espíritu, ese mirar la vida y lo que sucedía a su alrededor con una mirada distinta, con la mirada de la fe, con la mirada de Dios y así podían descubrir las maravillas de Dios para contárselo a los demás que hacían estos piadosos ancianos con espíritu profético.
¿Nos habremos encontrado nosotros alguna vez en nuestros caminos personas así, llenas de Dios, llenas del Espíritu del Señor que con sus sencillas palabras nos daban hermosos testimonios? Nos hace falta abrir los ojos nosotros con una mirada nueva y seremos capaces de descubrir esas almas de Dios, Ángeles de Dios a nuestro lado que nos trasmiten hermosos mensajes. 

lunes, 26 de noviembre de 2018

La viuda que echó los dos reales en el cepillo del templo no va a salir en las fotografías de los famosos


La viuda que echó los dos reales en el cepillo del templo no va a salir en las fotografías de los famosos

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Sal 23; Lucas 21,1-4

¿Nos estaremos acostumbrando a que cuando se haga cualquier cosa nos hagamos la foto de rigor para ponerla en las redes sociales y todo el mundo sepa cuantas cosas hago yo? Ahora nos ha entrado el prurito de la comunicación a través de las redes sociales y compartimos con los amigos lo que vemos, lo que hacemos, lo que nos gusta o también en algunas ocasiones algunas críticas ante las cosas que no nos gustan. Son nuevos medios de comunicación, de estar en contacto con los otros al menos a través de las redes sociales aunque también sabemos del peligro de que no tengamos la misma comunicación con los que están a nuestro lado.
Vaya esto como un comentario que nos pueda hacer reflexionar y revisar muchas de las cosas que hacemos y que algunas veces no sabemos ni por qué las hacemos. Pero volviendo a lo de la foto también nos hemos acostumbrado a esas fotos de rigor que se publican pero que se hacen desde el orgullo y quizás la prepotencia de hacer ver lo buenos que somos cuando hacemos tantas cosas por la sociedad. Cuando se acercan las elecciones ya estamos acostumbrados a ver esas fotos, esos anuncios y todas esas patrañas en algunas ocasiones para cultivar nuestro ego pero también para atraer la admiración de los demás por lo que hacemos y de paso unos votos (!).
Claro que en esas fotos no salen los que hacen cosas pequeñas y sencillas pero muy llenas de amor y de desprendimiento. Tantos que humildemente hacen por los demás, tantos que desde su humildad y también desde su pobreza sin embargo son capaces de compartir con generosidad calladamente y aunque nadie lo sepa. Tantos que se desprenden de lo suyo, y no solo de cosas, sino de si mismos para pensar en los otros y gastar su vida haciendo el bien, aunque nadie lo note, aunque nadie lo valore, aunque nadie lo agradezca. Y aunque no salen en la foto hay muchos corazones generosos así.
La viuda pobre del evangelio a las puertas del templo no hubiera salido en ninguna foto. Mientras antes que ella otros entre grandes aspavientos ponían sus monedad en el cepillo del templo para que todos se enterasen de lo buenos y generosos que eran, ella calladamente no echó de lo que le sobraba sino todo lo que tenía para sobrevivir.
Sabemos de ella porque aquel que ve los corazones y premia de verdad nuestras buenas acciones estaba viendo lo que allí sucedía. De ahí la alabanza de Jesús haciéndoles notar a los discípulos la grandeza de aquella humilde mujer. Allí estaba la generosidad de aquel corazón, allí estaba la grandeza de espíritu de aquella mujer. Sin aspavientos, sin hacerse notar, calladamente, pero una generosidad muy grande en su corazón estaba manifestando también como ella ponía su corazón en el Señor, en El confiaba y en sus manos se ponía.
Y nosotros que andamos rebuscando en nuestros bolsillos pensándonos muy bien cuanto ‘podemos’ compartir. Y no son las monedas que llevemos en nuestro bolsillo o las pocas o muchas cuentas que tengamos en el banco, es la disponibilidad para el servicio, es el dar nuestro tiempo, es el poner nuestra persona en actitud de servicio para hacer siempre y a quien lo necesite sea quien sea todo lo bueno que podamos sin esperar gratitudes ni recompensas. Porque aun andamos buscando a ver quien nos va a dar el ciento por uno de lo generosos que nosotros hayamos sido.
Otras tienen que ser nuestras actitudes, otros son nuestros valores, es la generosidad del corazón que ama de verdad. Cuantas cosas tendremos que revisar en nuestras actitudes y posturas, en nuestra manera de hacer las cosas para que no busquemos la foto.

domingo, 11 de noviembre de 2018

¿Hasta qué punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios?


¿Hasta qué punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios?

1Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28;  Marcos 12, 38-44

Estaba Jesús enfrente de la entrada del templo y el evangelista nos señala cómo Jesús iba observando toda aquella gente que iba entrando al templo.
Judíos devotos que cada día subían al templo para la oración en la hora de los sacrificios, lo ofrenda del pan de la mañana o los sacrificios vespertinos, gente que acudía para escuchar a los maestros de la ley que desparramados por aquellos pórticos hacían comentarios a la Ley y los Profetas, los que acudían con los animales para los sacrificios quizá entraran por otra puerta, cercana a la piscina de las ovejas pero por allí entrarían los cambistas con sus dineros para el cambio a la moneda del templo, peregrinos venidos de cualquier lugar de la tierra de Judá e Israel o llegados desde los lugares lejanos de la diáspora, gente sencilla, pequeños y grandes, niños y mayores, sacerdotes y levitas, saduceos y fariseos.
Y allí en el cepillo de las ofrendas iban dejando sus limosnas; unos callados y humildemente, otros quizá entre aspavientos que llamaran la atención de los circundantes para que vieran lo generoso de sus ofrendas. Jesús observa; solo él puede ver el corazón de los hombres y las rectas intenciones o el amor que había en aquellos corazones. El culto a Dios que allí se celebraba y el esplendor de aquel templo se sostenía, por así decirlo, desde aquellas ofrendas que allí se hacían. Y muchos querían que fuera esplendoroso.
Alguna vez también habremos estado enfrente de las puertas de nuestros templos, quizá porque esperábamos a alguien o que fuera el tiempo de las celebraciones, o quizá en la visita a algún santuario especial como tantos repartidos por tantos lugares. Y distraídamente quizá nos habremos fijado también en los que entraban o salían de nuestros templos o santuarios, observando la diversidad de personas que traspasan esos umbrales hacia lo sagrado desde distintas motivaciones, unos en su fervor, otros quizá desde la curiosidad de conocer algún lugar especialmente artístico, otros simplemente porque acompañaban a algún familiar o amigo en alguna circunstancia especial; no queremos entrar en juicios o cavilaciones pero diversos pueden ser los motivos o las actitudes. Algo o alguien quizá en un momento determinado pueden habernos llamado la atención, mientras otros pasan desapercibidos delante de nosotros.
Pero Jesús si conoce el corazón de los hombres y se ha fijado en la que parece más pequeña y más humilde que también ha depositado callada y silenciosamente su ofrenda en el cepillo. Y aunque de aquella mujer ni siquiera conocemos su nombre, solo que era una pobre viuda – y decir viuda era sinónimo de pobreza y necesidad porque ya no tenia quien sostuviera su vida -, y ni ella se enteraría de los comentarios de Jesús porque sigilosamente se ha introducido en el templo Jesús sí quiere hacerle un comentario a los discípulos. ‘Os aseguro, les dice, que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie’.
Anteriormente a ella habrían pasado ricos con sus generosas o portentosas ofrendas, habrían desfilado como lo seguirían haciendo los orgullosos fariseos con sus campanilleos y aspavientos para que todos vieran su aparente generosidad, pero Jesús nos viene a decir que aquella mujer ha echado más que nadie. ‘Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Ya antes Jesús había prevenido a los discípulos. ‘¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa’. No ha de ser ese nuestro estilo ni el sentido que le demos a lo que hacemos. No es esa la manera como habremos de ir por la vida poco menos que comiéndonos el mundo y atropellando cuanto y cuantos encontremos.
El culto que le demos a Dios no se ha de sustentar ni en cosas portentosas ni en vanidades. No son cosas lo que nos pide Dios que le ofrendemos sino nuestra propia vida, el corazón. Es la imagen que vemos reflejada en aquella pobre mujer; nada tiene e incluso se desprende de lo poco que tiene. ‘Ha echado lo que tenia para vivir’, que nos dice Jesús resaltado la ofrenda de aquella mujer. Ha puesto allí su vida.
Ella sabe que su vida no depende de cosas sino depende en lo más profundo de Dios y con esa confianza hemos de saber caminar por la vida. Porque nos confiamos en un Dios que nos ama, un Dios que es nuestro padre y no abandona a sus hijos. De su mano hemos de hacer el camino con la confianza puesta totalmente en El. Es la fe, es el fiarnos de Dios, es el confiar en El por encima de todas las cosas. Y a ese amor de Dios respondemos nosotros con nuestro amor. Ese es el verdadero culto que Dios nos pide.
Y quien ama se confía. Quien ama de verdad en el amor encuentra toda su fortaleza. Y aunque no lo terminemos de creer Dios cada día va haciendo el milagro de su amor sobre nosotros y se nos va manifestando de mil maneras. Claro que no siempre tenemos los ojos abiertos para descubrirlo, cerramos demasiadas veces en la vida los ojos de la fe.
Seguimos pensando en las cosas como la solución de nuestra vida y terminamos por tener más confianza en las cosas que poseemos que en Dios, a pesar que decimos que creemos en El y le amamos. ¿Hasta que punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios? ¿Hasta donde llega el nivel de nuestra fe?


lunes, 27 de noviembre de 2017

Ni nos valoremos nosotros ni valoremos a los demás por las apariencias sino sepamos descubrir donde está la verdadera belleza de nuestro corazón y nuestra riqueza interior

Ni nos valoremos nosotros ni valoremos a los demás por las apariencias sino sepamos descubrir donde está la verdadera belleza de nuestro corazón y nuestra riqueza interior

Daniel 1, 1-6. 8-20; Salmo: Dn 3, 52. 53. 54. 55. 56; Lucas 21, 1-4

Hay quienes quieren valorarse a si mismos solamente por lo que aparentan; quieren aparecer como guapos, como poderosos, como gente importante, como quienes todo se lo saben, siempre considerándose por encima de los demás, pero luego tienen un interior vacío, no cuidan la belleza interior, y aquellos valores que son los que realmente pueden hacer grande a la persona están lejos de si mismos porque no hay sinceridad en sus vidas, porque poco les importan la verdad y la justicia, porque en sus corazones no saben sino amarse a si mismos sin tener en cuenta a los demás con los que tienen que convivir. Es tentación que todos podemos sufrir y con pena y tristeza hay que decir que son muchos los que viven en esa incongruencia de sus vidas.
Jesús quiere resaltarnos siempre en el evangelio cómo tenemos que vivir desde nuestro interior, porque solo de lo que tenemos atesorado en nuestro interior es la riqueza que aparecerá en verdad en nuestra vida, en nuestras acciones, en nuestras actitudes y comportamientos, en nuestro trato y relación con los demás.
Tendremos, sí, que reconocer nuestras debilidades y que nuestra vida no es perfecta, pero desde esa humildad es donde pueden brillas luego los verdaderos valores. La persona humilde y sencilla es transparente, se mostrará siempre tal como es y será capaz de ser comprensiva con los demás, para llegar a compartir su pobreza con los que están a su alrededor. Esa persona humilde y sencilla hará siempre agradable su presencia junto a nosotros, porque además estaremos aprendiendo mucho de ella, porque hay una riqueza que no veremos con nuestros ojos sino que se comunicará directamente a nuestro corazón.
Pero tenemos que tener nosotros ojos limpios para que no nos encandilen los brillos exteriores de apariencia, sino que lleguemos a descubrir su belleza interior. Nuestros ojos se pueden enturbiar en ocasiones como cuando tenemos llenos de suciedad los cristales de nuestras lentes que entonces con el brillo del sol se convertirán casi en una cortina que nos impide ver la realidad de lo bueno que está a nuestro lado. Cuantas veces decimos que no vemos claramente y es que no nos damos cuenta que los cristales de nuestras lentes están llenas de polvos y arañazos, así nos sucede que se nos puede enturbiar la visión de lo bueno que hay en los demás.
Cuando muchos ricos y poderosos hacían ostentación a la puerta del templo de lo que aparentaban generosas limosnas, pero que era la mezquindad de lo que les sobraba, Jesús nos hace fijarnos en la humilde mujer que calladamente, quizá con pena y vergüenza porque no podía ofrecer mas, sin embargo depositaba allí todo lo que en su pobreza tenía para su propia subsistencia. Jesús alaba la humildad, la generosidad, la disponibilidad y la confianza en la providencia de Dios de aquella mujer que todo lo da. Nos ayuda Jesús a descubrir allí donde parecía que nada había lo que era la verdadera riqueza del corazón de aquella mujer.
Cuanto tenemos que aprender. De qué manera tenemos que aprender donde está la verdadera riqueza de nuestra vida. Cómo siendo humildes y sencillos podremos llenar nuestro corazón de la mayor de las riquezas que es el amor y la generosidad para darnos por los demás.

domingo, 29 de octubre de 2017

Qué hermoso es que toda persona se siente querida y valorada, sepamos tenerle en cuenta y hacer que se sienta alguien



Qué hermoso es que toda persona se siente querida y valorada, sepamos tenerle en cuenta y hacer que se sienta alguien

Éxodo 22, 20-26; Sal 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

El que se siente amado se siente valorado y se siente protegido, porque se sabe que se le tiene en cuenta, que es alguien para alguien. Cuando pensamos en la pobreza quizá muchas veces pensamos primero que nada en la carencia de unos medios que le ayuden a subsistir; pero no solo es pobreza, me atrevo a decir que la soledad de quien se siente abandonado, de quien no es tenido en cuenta, de quien no significa nada para los demás, de quien quizá se ha convertido en un número sin rostro es lo que produce mayor dolor en alma porque se siente desamparado y no alcanza a ver un camino de luz por donde salir de su soledad.
Quizá no tenga para comer, una ropa con la que cubrirse, un techo bajo el cual guarecerse pero si encima siente que nadie tiene una mirada para él, oscuro se le ponen los caminos para salir de su situación, de su pobreza. Y así caminan muchos sin rumbo en su soledad por la vida sin encontrar caminos y no somos capaces de verlos, no queremos quizá ni pensar que existen. Qué triste seria escuchar de labios de alguien ‘a mi nadie me quiere’.
¿Por qué me hago estas consideraciones al comenzar mi reflexión sobre el evangelio y toda la Palabra de Dios de este domingo? Es que hoy se nos habla de amor, en concreto, del amor a Dios y del amor al prójimo. Pero quiero pensar en ello más que en una palabra en rostros concretos en los que falta ese amor, a los que no les tenemos ese amor aunque podamos decir muchas cosas bonitas.
El evangelio nos habla de que los principales entre los judíos, fariseos, sumos sacerdotes, gentes del sanedrín, estaban buscando la manera de coger, como se suele decir, en un renuncio a Jesús, confundirle en sus palabras. Vienen a preguntarle por el mandamiento principal lo que podríamos decir que era innecesario porque bien claro estaba en la Escritura y era algo que se sabía bien de memoria todo judío. Y Jesús les responde con las palabras exactas de la ley, el amor a Dios sobre todas las cosas, pero une a ello haciendo que tengan una semejanza en la fuerza del mandamiento lo que en otra parte también se lee en la Escritura, ‘y el segundo es semejante a él porque amarás al prójimo como a ti mismo’. No hay vuelta de hoja. Por eso concluye Jesús ‘en esto se encierran la ley y los profetas’.
Jesús nos viene a decir que no hay verdadero amor a Dios al que hay que amar ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’ si no amamos al prójimo también. Y es aquí donde tenemos que ver las cosas concretas, es aquí donde tenemos que ver los rostros a los que tenemos que amar y ponerle nombre para que ese amor no sea una palabra bonita sino sea algo muy concreto.
Ya sabemos que en otro lugar del evangelio ante esa respuesta de Jesús el maestro de la ley le preguntará y se preguntará, ‘¿quien es mi prójimo?’ No necesitamos hoy ir a ese texto paralelo del evangelio de Lucas sino simplemente fijarnos en los textos que se nos han ofrecido en la liturgia de este día. Es un texto del Éxodo que nos va describiendo lo que era la ley del Señor para su pueblo e irá detallando allí donde se ha de manifestar el amor y la compasión para con los pobres y desamparados.
Y se nos habla de unas situaciones muy concretas que luego a través de toda la Biblia se repetirán como una muletilla para hacer referencia a aquellos a los que primero hay que atender. Nos habla de los forasteros, de los huérfanos y de las viudas; luego seguirá poniéndonos situaciones muy concretas en las que se ha de manifestar esa misericordia y compasión. Pero fijémonos en esas como tres categorías que se nos señalan que van a ser como el paradigma de lo que es la situación de pobreza que pueda vivir el ser humano.
Forasteros, huérfanos y viudas, nos dice. ¿Por qué? Podríamos decir que son el paradigma de quienes se sienten abandonados y sin protección de nadie. El forastero esta lejos y fuera de su tierra, de su ambiente, de sus familiares y amigos, nadie lo conoce, es un extraño, vivirá tremendamente la soledad. Y no digamos nada cuando se meten en la sociedad los rabillos de la discriminación, del racismo y la xenofobia. Pensemos en lo que a nosotros mismos nos sucede muchas veces cuando nos encontramos con un extraño, alguien de otra raza o que viene de otro lugar, con quien por su idioma quizás no nos podemos entender, la desconfianza que se nos mete muchas veces dentro. ¿Cómo se sentirá el que es mirado así y no se siente querido, sino más bien quizás desplazado o rechazado?
El huérfano ha perdido todo su apoyo cuando le falta uno de sus padres y no digamos si le faltan los dos. No es solo la protección y la atención que podría recibir sino el calor del cariño de un padre, de una madre. La pobreza de su vida es grande, aunque quizá haya unos medios materiales, porque es grande la soledad de su corazón. Quizá su situación nos puede mover a la compasión, pero pudiera ser que el compromiso no vaya más allá.
Y en la misma situación vemos a la viuda, a quien le falta el apoyo de un esposo, con unos hijos quizá que cuidar, teniendo que enfrentarse sola a los problemas de la vida. Ya me diréis que al menos en nuestro entorno hay prestaciones sociales, apoyos y ayudas de muchas maneras, pero algo faltará en su corazón. Y bien sabemos que no en todos los lugares hay la misma protección.
Ahí tenemos reflejado lo que reflexionábamos en el principio de este comentario. Pero si nos hemos extendido un poco es para que en nuestra reflexión nos demos cuenta de cómo tenemos que hacer efectivo y concreto nuestro amor. No son palabras bonitas, no son solo las ayudas materiales que podamos ofrecer a quien pasa necesidad, es algo más lo que en nuestro amor podemos y tenemos que hacer con nuestra cercanía, con nuestro acompañamiento, con nuestra escucha, con nuestra mano tendida pero con nuestro corazón bien abierto para sintonizar con la otra persona.
Terminemos recordando lo que quizá volvamos a encontrarnos en el evangelio en las próximas semanas. En el atardecer de la vida seremos examinados del amor. Y Jesús nos va a decir que lo que le hayamos hecho o lo que hemos dejado de hacer con uno de estos hermanos a El se lo hicimos. Le toca a cada uno sacar las conclusiones para nuestra vida viendo como tenemos que ofrecer nuestro amor en la valoración que hacemos del hermano y en el amor concreto que le podemos ofrecer.

sábado, 10 de junio de 2017

Lejos de nosotros actitudes arrogantes que nos aíslen y siempre con un corazón solidario que nos hace caminar al lado de los demás


Lejos de nosotros actitudes arrogantes que nos aíslen y siempre con un corazón solidario que nos hace caminar al lado de los demás

Tobías, 12, 1-20; Sal.: Tob. 13; Marcos, 12. 38-44
La arrogancia crea distancias y barreras que nos alejan de los demás y cuando nos dejamos arrastrar por ella terminamos haciéndonos odiosos y rechazados. Quizá nos cueste verlo en nosotros mismos, pero la observación y la experiencia de lo que vemos en los demás tendría que hacer que nos revisemos para que nunca nos subamos a esos pedestales que nos aíslan y terminan separándonos de los demás. El arrogante todo se lo sabe, todo lo hace bien, y se cree el único y el salvador de todos.
Es el corazón humilde el que nos acerca a los otros, porque el humilde siempre sabe caminar a la misma altura del otro compartiendo sus pasos que es sintiendo como propias las cosas que les suceden a los demás. El corazón humilde sabe ser desprendido y aunque nada tenga se pone él al lado del que sufre haciendo propio su sufrimiento y teniendo siempre un gesto que mitigue el dolor, que consuele y que alumbre una esperanza al que está a su lado.
El evangelio de hoy nos ofrece en contraste las dos caras. Jesús estaba a las puertas del templo en las cercanías de donde estaba colocada el arca de las ofrendas. Observaba Jesús a los que iba entrando al templo con sus diferentes actitudes, con las más diversas posturas.
Por allá iban los que no se dignaban ni mirar a los que iban a su lado, mas preocupados quizá de llegar a colocarse en primeros puestos, en lugares de honor, o allí donde los demás pudieran verles en su arrogancia. Otros calladamente sin dejarse notar con humildad en su corazón pero también en sus actitudes simplemente lo que querían eran postrarse en adoración al Señor humildes, reconociéndose pequeños y pecadores. Eso le servirá en otra ocasión para ofrecernos una hermosa parábola, la del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar.
Ahora Jesús observa y ve el detalle de una pequeña y humilde viuda que deposita silenciosamente su moneda en el arca de las ofrendas. Nadie sabe cuanto ha echado aquella mujer allí ni los sacrificios que haya podido realizar para hacer aquella ofrenda. Pero Jesús ve el corazón de las personas y sabe bien lo que aquella mujer ha colocado. Y quiere resaltarlo, lo comentara con los que le rodean. Esa mujer ha echado algo de mucho más valor que todas las grandes cantidades que hayan podido poner los demás. Ha puesto cuanto tenia para vivir, ha puesto toda su vida en las manos de Dios desprendiéndose de todo.
Ya antes había comentado Jesús esas actitudes básicas de humildad y sencillez que hemos de tener en nuestra vida en contraste con aquellos que buscan lugares de honor, que van de arrogantes por la vida. Es el camino del Reino de Dios que hemos de recorrer y que hemos de vivir. No nos podemos convertir en señores y dueños de la vida porque uno solo es nuestro único Señor.
Caminamos como hermanos, codo con codo con el que va a nuestro lado, pero nunca dando codazos, sino siempre siendo capaces de ofrecer nuestro brazo para que sirva de apoyo al que se siente débil o nuestra mano para señalar el camino que adelante juntos hemos de recorrer, con nuestro corazón abierto para que todos quepan en él, y con la generosidad del que sabe compartir porque siente que nada es suyo propio sino que todo siempre es para el bien de todos. Lejos de nosotros actitudes arrogantes que nos aíslen sino siempre con un corazón solidario que nos hace caminar al lado de los demás.