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martes, 30 de diciembre de 2025

Unos ancianos que nos pasan desapercibidos, que tienen sus sueños y sus esperanzas y que son para nosotros también evangelio, buena noticia de Dios para nosotros

 


Unos ancianos que nos pasan desapercibidos, que tienen sus sueños y sus esperanzas y que son para nosotros también evangelio, buena noticia de Dios para nosotros

 Juan 2, 12-17; Salmo 95; Lucas 2, 36-40

En medio de los relatos en torno a Jesús en su nacimiento y en lo acaecido en su entorno que se nos van ofreciendo en el texto del evangelio en estos días de Navidad se nos cuela como por un resquicio una anciana mujer que además era viuda de las que quizás merodeaban por el templo en el cumplimiento quizás de sus devociones y que por otra parte hubiera pasado desapercibida como a tantos mayores les sucede también en nuestro entorno.

Una anciana viuda y pobre nos aparecerá en otro momento en el evangelio pero será Jesús el que nos la haga notar por la generosidad y desprendimiento en que vivía dando lo poco que tenía para el culto del templo. Ancianos aparecerán en el evangelio en el caso del sacerdote Zacarías y su mujer Isabel, y también en estas circunstancias hemos contemplado al anciano Simeón.

Creo que puede ser significativo y tenga todo el sentido de evangelio - para nosotros también nos trae una buena noticia - la aparición de estos ancianos de los que nos habla el evangelio pero que están haciendo referencia de alguna manera a tantos que aparecen en nuestro entorno en estos momentos incluso que nosotros estamos también viviendo en la Navidad que celebramos. También muchos nos pueden pasar desapercibidos, aunque nos aparecen en momentos puntuales pronto quizás pasamos página, como hacemos tantas veces.

Total, pensamos, unos ancianos que ya han vivido su vida, que no tienen mayores responsabilidades familiares o en su entorno social, ya hicieron lo que tuvieron o pudieron hacer, su presencia se puede quedar como un adorno o simplemente es el paso de unas personas que no teniendo que hacer pues van al templo, o están allí donde la gente se reúne y hablan de sus cosas o de las cosas de sus tiempos, o de sus sueños de algo distinto pero que nosotros quizás miramos como sueños de viejos.

¿Será así como veían a aquel anciana que nos aparece por un rincón hoy en el evangelio a la manera como hoy nosotros nos podemos sentir tentados de pensar de esa gente mayor de nuestro entorno y que muchas veces son las que más pronto encontramos en el entorno de nuestras iglesias o de nuestras celebraciones? Creo que con reflexiones que tenemos que hacernos que nos interpelen por dentro ante tanta gente que pasa desapercibida a nuestro lado, pero quizás porque nosotros no nos fijamos o damos una oportunidad,  o nos quedamos a distancia de ellos.

Aquellos ancianos que aparecieron aquel día por el templo, Simeón y Ana, eran personas de grandes esperanzas pero también de una fe muy grande. Tenían confianza de que lo que esperaban podrían verlo con sus ojos, y aunque ojos cansados por el paso de los años, sin embargo supieron descubrir el misterio. Dios se les reveló en su corazón, el Espíritu de Dios estaba actuando en ellos, cuando nosotros somos tantas veces ciegos para ver cómo Dios se nos revela, cómo Dios nos habla en los acontecimientos, como Dios quiere seguir actuando por nuestra vida, aunque seamos quizás también del grupo de los que pasan imperceptibles por la vida.

Dejemos actuar al Espíritu de Dios en nuestro corazón y dejemos que nos abra los ojos para ver con claridad tantas cosas que algunas veces nos parecen oscuras. Un rayo de luz puede llegar a nuestros corazones, pero nosotros también podemos ser un rayo de luz para muchos a nuestro lado. Aquella anciana no paraba de hablar y de contar la experiencia de Dios que ella estaba viviendo y a todos anunciaba el cumplimiento de las promesas divinas. Y nosotros que tenemos tanto miedo de hablar de Dios a los demás y habrá muchos que lo están esperando.

lunes, 30 de diciembre de 2024

Vivir la hora de Dios allí donde estemos y seamos lo que seamos, y aprendamos a ser un regalo de Dios para los demás

 


Vivir la hora de Dios allí donde estemos y seamos lo que seamos, y aprendamos a ser un regalo de Dios para los demás

1Juan 2, 12-17; Salmo 95; Lucas 2, 36-40

Dos personajes, por llamarlos de alguna manera, nos aparecen hoy en esta página del evangelio, podríamos decir que en los extremos del reloj de la vida. Un niño recién nacido que comienza el lento caminar del reloj de su vida aunque será de suma trascendencia, que como nos dice el evangelista iba creciendo y robusteciéndose lleno de sabiduría, y una anciana que podríamos decir está en sus minutos finales, pues era de edad muy avanzada, que sin embargo son para nosotros un hermoso signo y una llamada importante a nuestro propio reloj y al recorrido que de la vida también nosotros hemos de hacer.

Quienes hoy escuchamos esta Palabra de Dios estamos en medio de ese camino, cada uno en su momento y en sus circunstancias, un camino que tenemos que aprender a hacer, un camino que tiene que convertirse en el camino de Dios en nuestra vida. Hemos de saber descubrir esas señales de Dios que nos orientan, dan sentido y valor, nos hacen no solo encontrarnos con nosotros mismos sino también al mismo tiempo salir al encuentro de la vida y al encuentro de los demás.

Una anciana que aun no da por concluido el camino de su vida es para nosotros una llamada; acudía al templo todos los días, buscaba cómo mejor servir al Señor, pero su servicio también era para los demás porque con todos iba compartiendo lo que eran sus vivencias. ‘Alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén’. No podía ocultar su fe que la convertía en servicio para los demás.

Siempre había algo que hacer. No era una mujer que se quedara encerrada en si misma, una persona mayor que ya lo daba todo por hecho, alguien que se cruzara de brazos simplemente viendo pasar la vida. Le daba una intensidad a su vida, salía de si misma y hacía camino pero también para ayudar a caminar a los demás. Cuantas veces nos quedamos como paralizados porque pensamos que ya lo tenemos todo hecho, cuantas veces miramos hacia atrás y damos por finalizados nuestros trabajos y nuestras tareas, porque pensamos que ya hemos hecho lo suficiente en la vida. Siempre hay un nuevo paso que dar, siempre hay una flor que ofrecer, siempre hay una palabra sabia que regalar a quien está a nuestro lado que nuestros años nos han dado sabiduría para eso.

Y como en contraposición contemplamos a un niño recién nacido que crece y que madura, que va aprendiendo de la sabiduría de la vida pone su vida en las manos de Dios. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, nos dice la escritura que fue la expresión a su entrada en el mundo. Un niño que crece no son simplemente unos días o unos años que van transcurriendo y que recorremos de forma pasiva. El niño abre sus ojos lleno de curiosidad ante la vida que va apareciendo ante él; un niño siempre es preguntón porque quiere saber, quiere conocer, quiere experimentar, quiere tener vida.

Es importante que no dejemos a un lado una buena actitud de nuestra vida, que salgamos de nuestras pasividades a las que nos sentimos tentados desde las rutinas o las comodidades. Es importante que no temamos el esfuerzo, el deseo de superación, las ganas de dar un paso más para subir al siguiente escalón. Será así cómo iremos adquiriendo esa sabiduría de la vida, será así como podremos ser un día un árbol que dé hermosos frutos.

Y termina diciéndonos el evangelio que ‘la gracia de Dios estaba con El’. No nos faltará nunca ese regalo del amor de Dios en nuestra vida. Seamos también por nuestras buenas actitudes un regalo de Dios para los demás. Vivamos la hora de Dios allí donde estemos y seamos lo que seamos.

 

sábado, 30 de diciembre de 2023

El testimonio de aquella anciana que servía al Señor en el templo noche y día es un reto para aprender a valorar a los pequeños y sencillos que con sus vidas nos hablan de Dios

 


El testimonio de aquella anciana que servía al Señor en el templo noche y día es un reto para aprender a valorar a los pequeños y sencillos que con sus vidas  nos hablan de Dios

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

El marco no dista mucho de lo que habitualmente sucede también en nuestros templos, en nuestras iglesias, como comúnmente decimos; no nos faltarán en nuestras celebraciones esas personas mayores, que prácticamente pasan casi todo su tiempo alrededor de nuestras Iglesias; personas buenas cargadas con el peso de los años, a las que ya no les obligan mayores responsabilidades familiares; personas muchas veces que viven solas, y que su momentos mejores de compañía es cuando vienen a nuestras celebraciones y que se apuntan a todo; que estarán pendientes de si hay que limpiar algo, colocar unas flores, adornar una imagen para una celebración o procesión; personas que no hacen daño a nadie, de una bondad natural, o aprendida también con el paso de los años.

Claro que cuando nos hacemos esta descripción tendríamos que hacer notar nuestros juicios, nuestras prevenciones, nuestras desconfianzas, o, al menos, la poca valoración que les damos. Otra tendría que ser nuestra mirada, otra tendría que ser la valoración que nosotros hiciéramos de esas personas.

Hoy nos encontramos, sí, en el evangelio, esta mujer anciana, de muchos años, y que muchos años se había pasado siempre alrededor del templo; era viuda, además nos hace notar el evangelista. Una mujer de una religiosidad grande, para ella todo su gozo era estar en el templo del Señor, era su servicio, era la manera de dar gloria a Dios; pero era una mujer de una mirada distinta, que sabía discernir muy bien donde estaba Dios, donde actuaba Dios.

Se unió también esa mujer al grupo que se había formado alrededor de aquel matrimonio con aquel anciano que hacía profecías tan maravillosas sobre lo que iba a ser aquel niño y también del sufrimiento de la madre. Hay sensibilidades que llaman los corazones. Y Ana se unió al cántico de alabanzas que había iniciado el anciano Simeón. Ella también alababa a Dios y hablaba del niño a cuantos aguardaban la liberación de Israel.

Un hermoso testimonio que nos ofrece hoy el evangelio con la presencia y la sensibilidad de esta anciana que viene a ser para nosotros también como un estimulo en esa búsqueda de Dios. Pero es también para nosotros como un reto que nos enseña a valorar esos gestos maravillosos que nos pueden ofrecen los que parecen pequeños e insignificantes. Ojalá supiéramos tener más en cuenta esas almas de Dios, que viven una religiosidad sencilla pero que en su humildad saben tener abierto el corazón a Dios.

Alejemos de nosotros esos orgullos de creernos sabios, de creemos que nosotros sí sabemos muchas cosas de Dios, esa vanidad en que muchas veces envolvemos nuestra vida y también nuestra religiosidad; sepamos ir a lo sencillo, sepamos tener esos pequeños gestos de valoración de los que parecen pequeños a nuestro alrededor pero que quizás con sus vidas nos están hablando mucho de Dios.

El texto del evangelio de hoy termina hablándonos de la vuelta de la Sagrada Familia a Nazaret. ‘Cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret’. Y nos resume en pocas palabras lo que fue el crecimiento de aquel niño. ‘El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él’.

martes, 26 de julio de 2022

Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 


Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 

Quien olvida o trata de borrar su historia pasada puede estar olvidando o destruyendo unos pilares sobre los que se ha construido su vida, nos guste o no nos guste, y que pueden seguir siendo fundamentales para su futuro. Un edificio no lo podemos conservar ni seguir su construcción sobre él, si eliminamos cimientos y pilares sobre los que está realizada dicha construcción, se nos vendría abajo; necesitaremos hacer correcciones y buscar fortalecimientos para continuar la construcción, pero no podemos anular todo así porque sí.

Son cosas que olvida muchas veces la sociedad, ahí andamos con el tema de la memoria histórica donde parece que solo queremos recordar lo que no apetece o nos agrada, olvidando lo que ha sido un camino recorrido, que tendrá sus luces y sus sombras, pero que es el camino del que nosotros hoy provenimos y a partir del cual tenemos que seguir caminando. Estamos destruyendo cosas que son nuestra historia, que en su conjunto siempre tendremos que ver gloriosa, porque a pesar de sus sombras queremos hoy llenar de luz los pasos que seguimos dando. No sé realmente qué está pasando en nuestra sociedad en este sentido que uno no acaba de comprender.

Y esto sucede en lo familiar de igual manera. hay quien quiere hacer ruptura de su pasado, porque quizás haya habido cosas que miradas desde el punto de vista de hoy no nos gusta o no acabamos de comprender, pero tendríamos que saber comprender lo que vivieron nuestros mayores, a las luchas que tuvieron que enfrentarse, las carencias que muchas veces pudieron llenar de vacíos y pobreza mucho momentos de la vida, pero es de donde provenimos, y gracias a la lucha que mantuvieron estamos nosotros hoy aquí, e incluso hasta podemos pensar distinto de ellos. Pero es el camino de la vida que ha llegado hasta aquí y del que ahora partimos para seguir adelante y dejar paso también al camino de nuestros hijos.

Hoy estamos celebrando una festividad que históricamente un poco vaya más allá del relato de los evangelios que no los mencionan de una forma concreta, y aunque nacida en cierta manera de tradiciones que van más allá de los evangelios canónicos y tienen mucho fundamente en los apócrifos sin embargo puede tener un hermoso significado. Hoy es la fiesta de los abuelos de Jesús, los padres de María, san Joaquín y Santa Ana.

Pero es buena esa mirada que nos invita a hacer la liturgia con esa celebración a los que fueron, repito, los abuelos de Jesús. Probablemente de origen galilea – en Séforis en Galilea hay un santuario que recuerda lo que pudo ser la casa de Joaquín y Ana – pronto sin embargo se sitúan en Jerusalén, precisamente en las cercanías del templo y también muy cerca de la piscina probática, o de las ovejas, por donde se entraban precisamente los animales para los sacrificios en el templo. Allí se levanta un antiguo templo que nos recuerda a santa Ana, la madre de María, y el probable entonces lugar del nacimiento de María. Allí bebería esa fe y esa fortaleza de espíritu que brilló tanto en su vida. Lo que fue María, tan disponible para Dios como siempre ella estaba, fue de Joaquín y de Ana de quien lo aprendió, los que la enseñaron cómo había de llenarse de Dios.

Pero precisamente en este día en que celebramos a los abuelos de Jesús, se quiere convertir también en el día de los abuelos, en el día de nuestros mayores. Algo muy conveniente y que no podemos olvidar. Son nuestra historia pasada sobre la que está edificada nuestra vida. Pensemos, por ejemplo, cuánto de lo que hay en nuestra vida es precisamente herencia que recibimos de nuestros abuelos; ellos trataron de trasmitir a sus hijos, nuestros padres, unos valores sobre los que cimentar su vida, y que ha sido también lo que hasta nosotros ha llegado, a nosotros también se nos ha transmitido.

Es cierto que hoy hacemos nuestra vida; en el modernismo en el que queremos vivir, porque la vida siempre va avanzando, algunas veces podemos tener la tentación de querer arrancar de nosotros eso que hemos recibido de nuestros mayores, y nos olvidamos que son el fundamento de lo que ahora somos. Aprendamos a descubrir y valorar eso bello y hermoso que hemos recibido, que ahora lo plasmamos en nuestra vida, dándole, si queremos decirlo así, nuestro toque personal con las características de lo que somos y del mundo en que vivimos, pero no lo olvidemos que lo que somos es lo que hemos recibido, ha sido el cimiento y el pilar sobre los que seguimos construyendo nuestra vida.

Nos hace echar una mirada agradecida hacia atrás, hacia nuestros mayores, hacia nuestros abuelos; nos hace valorar la vida de verdad como nos compromete a seguirla construyendo y ofreciendo lo mejor de nosotros a las generaciones que nos siguen. Será así como construiremos ese mundo mejor que todos deseamos.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

 


Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hace cuarenta días celebramos el Nacimiento de Jesús, la Natividad del Hijo de Dios hecho hombre y nacido del seno de María. Hoy la liturgia de la Iglesia, siguiendo el ritmo de los acontecimientos de la infancia de Jesús y en observancia de lo que estaba prescrito en la ley de Moisés, tanto para el nacimiento del primogénito varón como los ritos de purificación de toda madre después del parto, nos ofrece esta celebración de la Presentación de Jesús en el templo, según lo prescrito por la ley, y la purificación de María. Es a lo que hace referencia el texto del Evangelio, aunque en aquel momento vemos que se siguieron realizando las obras maravillosas del Señor.

El cumplimiento del rito según lo prescrito se desarrollaría con toda normalidad; para los sacerdotes del templo eran un niño primogénito más que era presentado al Señor con la ofrenda, en este caso de los pobres, de un par de tórtolas o dos pichones. Pero la cosa no podía quedarse ahí. Allí estaban quienes inspirados por el Espíritu del Señor reconocerían quién era aquel niño y lo que iba a significar para la historia no solo de Israel sino para toda la humanidad.

Son dos ancianos piadosos que merodean todos los días por el templo confundiéndose entre los creyentes que allí todos los días acudían para la oración y para la escucha de la ley y los profetas. Pero no son dos ancianos cualesquiera. En ellos se había hecho presente el Señor y ahora serían portavoces de las maravillas del Señor para todos los creyentes y para todos los que los quisieran escuchar.

Por eso aquel anciano se acerca a aquella pareja humilde que como una más ha hecho su ofrenda y ha cumplido con todos los ritos. Y es cuando se desborda el corazón de aquel anciano para proclamar cuanto allí está sucediendo. El había sentido en su corazón, por la fuerza del Espíritu del Señor, que sus ojos no se cerrarían sin haber contemplado al que iba a ser luz de las naciones y gloria del pueblo de Israel. Y allí lo tenemos proclamándolo y cantando las glorias del Señor.

De la misma manera aquella pobre anciana viuda – ya aparecerán otras ancianas y viudas en el evangelio ¿por qué será? – comenzará también a todo aquellos que esperaban la futura liberación de Israel con la llegada del Mesías, que la hora de Dios había llegado y hablaba a todos de aquel niño.

¿Por qué será que Jesús nos proponga como modelo de oración perseverante la de aquella pobre viuda que insistía permanentemente ante el juez pidiendo justicia? ¿Será un eco esta pobre anciana y viuda que se había pasado todos los años de su vida sirviendo a Dios en el templo?

¿Por qué será que Jesús se fijará – y nos lo ofrece como ejemplo - allí a las puerta del templo donde está el arca de las ofrendas en los dos cuartos humildes que una anciana pobre entrega al Señor ofreciendo cuanto tenía? Había ofrecido lo que necesitaba incluso para su sustento, y Dios se había fijado en ella. ¿Nos estará hablando de que son los pobres y los humildes de corazón, los que se entregan con corazón desinteresado los que mejor podrán conocer a Dios y la revelación de todos sus misterios?

¿No dará gracias un día al Padre porque ha revelado todos sus misterios a los pequeños y a los humildes mientras lo ha ocultado a los que son soberbios de corazón? El evangelio no es una página o un solo momento determinado que se nos narre, sino que el evangelio, la buena nueva la tenemos que ver en todo el conjunto y como unos y otros hechos se explican y se complementan mutuamente. Son evangelio para nosotros, nos está enseñando como tenemos que ser esos hombres y mujeres sencillos y humildes de corazón para que podamos conocer a Dios, para que podamos en verdad sentir a Dios en nuestros corazones.

Allí a un lado y pareciendo que pasa desapercibida está la madre, la que un día dijera que era la humilde esclava del Señor y ofrecía la disponibilidad de su corazón para que en ella se cumpliera la Palabra del Señor anunciada por el ángel de Nazaret. Una disponibilidad que le iba a hacer seguir el mismo camino de su Hijo.

No es extraño que el anciano profeta le anuncie que una espada la traspasará el alma, porque aquel niño iba a ser signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones. Es la Madre, la que le dio a luz en la pobreza de Belén, la que le contemplará creciendo en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres en el hogar de Nazaret como unas madres saben contemplar y comprender el crecimiento de los hijos; pero será la madre que dará a luz unos nuevos hijos que le van a ser confiados desde lo alto de la cruz del calvario. Lleva en su alma el dolor de su hijo, porque a El se asociará en la obra de nuestra redención, pero lleva en el alma el dolor y el sufrimiento de todos esos hijos que Jesús le confiará desde lo alto de la cruz.

La llamaremos madre dolorosa y madre de las angustias porque vemos cómo ella carga con los dolores y las angustias y de todos los hombres, como una madre llevará siempre en su corazón el sufrimiento de sus hijos, pero la llamaremos madre de esperanza y madre de la luz porque en ella vemos cómo se levanta nuestra esperanza pero ella nos está ofreciendo también la luz de su hijo.


Por eso hoy los canarios la llamamos María de Candelaria, la que lleva la luz, la portadora de la luz, la que nos trajo la luz porque fue la primera misionera de estas tierras en su imagen bendita aparecida en la playa de Chimisay. Por eso para nosotros los canarios hoy es fiesta especial, es la fiesta de la Virgen de Candelaria y con devoción acudimos a sus pies en su santuario hoy o en cualquier día del año, porque sabemos que allí está la Madre, allí está nuestra madre, las que nos hablará de corazón sencillo y humilde, la que siempre está en disponibilidad total para Dios y para sus hermanos los hombres, la que nos está enseñando a plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

 


Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

Todos conocemos esas personas que hay en nuestros pueblos, muchas veces alrededor de nuestras iglesias, que pasan desapercibidas, que parece que no hacen nada, pero que están atentas a cualquier problema o necesidad y quizás casi sin que nadie lo note se acercan a quien quizá pudiera ayudar o hacer algo para hacer una sugerencia; son personas también que, como decíamos, podemos ver en el entorno de nuestras iglesias, personas muy piadosas, de práctica religiosa diaria, pero a quienes quizás no somos capaces de valorar, porque incluso en nuestros lenguajes decimos son las beatitas del pueblo que lo que hacen es rezar. Y nos equivocamos de todas todas en esa poca valoración que hacemos de esas personas, porque muchas veces son un pilar muy fuerte – con su beaterio o como lo queramos llamar – de muchas cosas que se realizan y que nadie sabe quien las hizo.

He querido comenzar haciéndome esta consideración – porque además muchas veces somos injustos con esas personas – contemplando lo que nos ofrece hoy el evangelio. Es continuación del que ayer escuchábamos y de alguna manera hicimos en nuestro comentario referencia a esta persona que aparece de manera especial hoy en el evangelio.

Ayer destacábamos la profecía de aquel anciano que es capaz de descubrir en aquel niño presentado en el templo por unos padres pobres al que venía a ser el Salvador esperado. Y hoy nos aparece este otro personaje, una anciana, viuda, con muchos años alrededor del templo desde que quedó viuda y que cuantas cosas en silencio habría realizado en servicio de los peregrinos que subían al templo a la oración y al culto, y que ahora se une al cántico de alabanzas de Simeón porque ella también reconoce en aquel Niño al que venía como luz y como salvación para todo el pueblo. La veremos silenciosamente deslizándose entre la gente para hablarles de aquel niño a todos los que esperaban la futura liberación de Israel. Son los ojos de la fe, pero es el corazón siempre dispuesto al servicio lo que contemplamos en aquella anciana; es la esperanza que ya ella ve también cumplida como el anciano Simeón y no se cansará de anunciar a todo quien quiera escucharla.

Es el testimonio de una mujer creyente y entregada; es el testimonio de la persona valiente, aunque poco pudiera ser considerada por quienes la contemplaban todos los días en los alrededores del templo, pero que ahora anuncia sin cesar quien es aquel niño. Aquí es cuando nosotros tendríamos no solo que valorar esas personas que nos parece que pasan desapercibidas, sino aprender también a dar ese testimonio valiente de nuestra fe y de nuestra esperanza. Profetiza solemos llamar a esta anciana que también parece que pasa desapercibida por el evangelio porque de ella no se volverá a hablar, pero nos recuerda nuestra misión también profética en medio del mundo para el anuncio de Jesús y el anuncio del Evangelio.

Y va concluyendo de alguna manera el evangelio de la infancia de Jesús, porque ahora ya se nos dice que marcharon de nuevo a Galilea y se establecieron en Nazaret. Y Jesús estaba con ellos formando parte de aquella familia de Nazaret. ‘El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él’.

Jesús, un niño más entre los niños que habría entonces en aquel pequeño pueblo. Jesús que igualmente pasaría desapercibido como uno más entre los habitantes de Nazaret; de El dirán más tarde que era el hijo del carpintero; todos los conocían como se conocen todos los habitantes de un pequeño pueblo. Pero ‘la gracia de Dios estaba con El’, como nos dice el evangelista. Crecía y maduraba como crecemos todos, puesto que aunque era el Hijo de Dios precisamente se había querido hacer hombre, uno como nosotros para ser en verdad Dios con nosotros, haciendo nuestros mismos caminos, realizando las mismas etapas de la vida que todos tenemos que recorrer.

Algunas veces nos puede parecer incomprensible este tiempo de silencio y a lo largo de la historia y sobre todo en los primeros tiempos por una piedad no siempre bien entendida se ha querido contar o inventar hechos milagrosos realizados por el Jesús niño, como nos quisieron trasmitir aquellos evangelios que nunca fueron aceptados en la fe de la Iglesia y que por eso se les llama apócrifos; algunas veces hoy intentan algunos recuperar esos evangelios apócrifos dándole una autoridad a sus palabras que no tienen pero que entonces no tenemos que sacar a flote para alimentar nuestra imaginación.

El silencio de ese tiempo de Jesús en Nazaret es también muy importante y mucho nos puede ayudar en nuestra vida y en nuestra fe, para que sepamos valorar ese tiempo de crecimiento y de maduración que todos hemos de hacer en la vida. Es todo un grito profético para nuestra vida tan llena de bullicio. De ese tiempo silencioso de la semilla sembrada y oculta en la tierra brotará la nueva planta sino de esa nueva e intensa vida que con madurez hemos de vivir.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

En medio de todas las alegrías de la Navidad y tenemos que entender que la Pascua siempre ha de estar presente en nuestra vida y saber tener la entereza y fortaleza de María

 


En medio de todas las alegrías de la Navidad y tenemos que entender que la Pascua siempre ha de estar presente en nuestra vida y saber tener la entereza y fortaleza de María

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

¡Vaya pasada!, decimos. Cuando estábamos disfrutando de un momento muy agradable, vienen y nos dan la noticia. Algo desagradable que ha sucedido o que está por suceder, pero que nos afecta directamente a aquellos que ahora estábamos pasando un buen momento. Las espinas de las rosas de la vida; cuando mejor estamos embriagados por su perfume viene algo que nos hace daño, que es una punzada en el alma, algo que nos va a perturbar para siempre. Son cosas que suceden y más de una vez en la vida, por lo que tenemos que hacernos de tripas corazón y salir a flote sin dejar hundirnos por aquello que nos dicen. No es fácil, hace falta mucha fortaleza de espíritu, hace falta madurez en el alma para poder afrontarlo.

Habían subido a Jerusalén para cumplir con los requisitos de la ley mosaica. Era un primogénito que había que ofrecer al Señor; había una purificación que realizar, porque con las hemorragias propias del parte, todo lo que fuera sangre y tuviera contacto con la sangre era una impureza para la ley de Moisés; por eso toda madre después del parte había de someterse a aquellas purificaciones.

Pero no fue solamente un rito lo que en aquel momento en el templo realizaron con Jesús sus padres en la presentación del Niño en el templo; por allá andaban unos ancianos llenos del espíritu Santo que comenzaron a profetizar. El anciano Simeón había recibido una revelación del Señor de que no moriría hasta ver con sus ojos a quien iba a ser el Salvador del mundo. Allá estaba en el templo siempre dando gloria a Dios y esperando ese momento de la promesa cuando entraron María y José con el Niño para cumplir con los requisitos de la ley. Y allí se puso a profetizar Simeón. Ya podía morir en paz y daba gracias a Dios porque sus ojos habían podido contemplar al Salvador.

Por allá otra anciana también llena del espíritu de Dios servía en el templo día y noche y también se puso a alabar a Dios y hablar del Niño a cuantos esperaban la liberación de Israel. Momentos de emoción y alegría, que María iría guardando en su corazón y donde ella veía que se iban cumpliendo las Escrituras y cuánto le había dicho el ángel.

Pero es el momento en que el anciano se dirige directamente a María y ahora sus palabras suenan a una seriedad distinta, porque le dice que aquel Niño iba a ser un signo de contradicción. No todos los aceptarían; ante El habían de decantarse las conciencias y unos se pondrían de su parte, mientras a otros los iban a tener enfrente. ‘Y a ti una espada te traspasará el alma’. Estaba anunciando momentos de dolor, de sufrimiento, estaba anunciando momentos de pascua, porque siempre sería el paso del Señor, pero en ese paso iba a haber pasión y sufrimiento, habría muerte aunque al final estaba anunciada la resurrección y la vida.

Pero el corazón de María se vio ya traspasado por aquella espada que le traspasaría el alma cuando estuviera a los pies de la cruz de su Hijo. Pero allí estaba la fortaleza de María, allí estaba su entereza y la madurez de su fe, allí estaba la que sabría mantenerse en pie incluso a los pies de la cruz de su Hijo, porque allí estaba una mujer de extremada esperanza.

Estamos nosotros también en medio de todas las alegrías de la Navidad y tenemos que entender estos anuncios, porque sabemos bien que Belén no está lejos del Calvario, porque la vida de Jesús es paso de Dios en medio de nosotros los hombres, porque la Pascua siempre ha de estar presente en nuestra vida, porque a nosotros tampoco tiene que faltarnos esa fortaleza y esa entereza de María, porque nosotros hemos de tener siempre el corazón lleno de esperanza, porque sabemos que no nos faltará la fuerza del espíritu sea lo que sea que tengamos que afrontar en la vida aunque algunas veces nos resulte duro y costoso. Que se fortalezca de verdad nuestra fe. Sintamos siempre la presencia de María a nuestro lado.

domingo, 2 de febrero de 2020

Como los ancianos Simeón y Ana, como María de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo signo y testimonio de evangelio




Como los ancianos Simeón y Ana, como María de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo signo y testimonio de evangelio

Malaquías 3, 1-4; Sal 23; hebreos 2, 14-18; Lucas 2, 22-40
Hoy hace cuarenta días que celebrábamos el nacimiento de Jesús. La liturgia en esta ocasión sigue fielmente los acontecimientos de forma cronológica nos recuerda hoy y celebramos algo que prescribía la ley del Señor para el pueblo de Israel. Todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Es lo que hoy celebramos, la Presentación de Jesús en el templo.
Como nos dirá la carta a los Hebreos Jesús al entrar en el mundo exclamó con aquellas palabras ya preanunciadas en la Escritura, ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’. Significativamente hoy lo contemplamos cuando los padres de Jesús a los cuarenta días de su nacimiento llevaron a Jesús al templo para su presentación al Señor. Podríamos decir de alguna manera que es el inicio de la ofrenda de quien venia para hacer la voluntad del Padre – ‘no se haga lo que yo quiero sino tu voluntad’, exclamaría Jesús en Getsemaní y en el momento supremo de la cruz pone su vida en las manos del Padre ‘en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Es un camino que se nos señala. Es la ofrenda de nuestra vida cuando dejamos que la fe envuelva la totalidad de nuestra vida. Por algo nos enseñaría Jesús que aquello que ha de ser como meta de nuestra vida y ha de estar presente siempre en nuestro vivir y en nuestro actuar lo convirtiéramos en oracion que repetiríamos cada día. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Su alimento era hacer la voluntad del Padre y así se siente enviado del Padre para hacer lo que El quiere. ¿Será así también en nosotros el ‘sí’ que le damos a Dios con la obediencia de nuestra fe?
El evangelio nos habla hoy de que en el momento en que sus padres llegaron al templo para hacer la ofrenda les salió al paso, primero el anciano Simeón, y luego la profetisa Ana. Aquel anciano no es un sacerdote al servicio del templo y del culto al Señor, era simplemente alguien que esperaba la consolación del pueblo de Israel. Allí estaba lleno de esperanza porque sabía que sus ojos no se cerrarían sin ver el cumplimiento de las promesas anunciadas. Y aquel anciano canta lleno de alegría porque sus ojos han podido contemplar al que era presentado como la luz de las naciones y la gloria del pueblo de Israel. Pero señala también cómo será signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones.  ‘El que no está conmigo está contra mí’, diría Jesús porque ante El siempre hemos de hacer una opción clara y decisiva para posicionarnos de forma rotunda en lo que es la voluntad de Dios.
La anciana profetisa también se ha posicionado porque si en silencio había estado muchos años sirviendo a Dios en el servicio del templo de forma callada, ahora a aquella mujer se le soltaría la lengua no solo para cantar las alabanzas del Señor sino para contar a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel el cumplimiento de las promesas mesiánicas en aquel niño que ahora era presentado al Señor en el templo.
Ante Jesús no podemos callar; ante Jesús nos tenemos que decantar; desde el encuentro con Jesús siempre nos tenemos que convertir en misioneros que anuncien con valentía la Buena Noticia de nuestra salvación. Tenemos que decir que esta fiesta que hoy estamos celebrando no es para quedarnos estáticos contemplando las maravillas del Señor sino para ponernos en camino. Aquellos ancianos vinieron al encuentro de aquellos padres que llevaban un niño en sus brazos como tantos otros que en aquellos momentos hacían la misma entrada en el templo del Señor. Pero pronto aquellos ancianos se dieron la vuelta con Jesús en sus brazos para convertirse en anuncio jubiloso de buena noticia para todos los que allí entonces estaban.
Venimos al encuentro del Señor en nuestra celebración porque queremos cantar las alabanzas del Señor, pero cuando termina la celebración nos sentimos enviados ‘ite, misa est’, se nos decía en latín en el viejo ritual, y aunque se han suavizado las palabras en la traducción en un ‘podeis ir en paz’, sin embargo tiene ese sentido de imperativo, de mandato, porque tenemos que salir, porque tenemos que ponernos en camino, porque tenemos que ir a llevar la buena noticia a los demás.
Hoy estamos hablando mucho de una iglesia misionera, de una iglesia en salida, de un ir a la otra orilla para saber llegar a las periferias de nuestro mundo haciendo el anuncio. Nuestra Iglesia Diocesana de Tenerife celebrando este segundo centenario de su creación así quiere sentirse porque tiene que ir al mundo que le rodea llevando el anuncio del evangelio. Pero aun más podemos decir, porque en este día en nuestra Diócesis celebramos a nuestra Señora de Candelaria, nuestra patrona general de las Islas Canarias.
Ella fue la primera misionera, en su imagen encontrada en las playas de Chimisay, para los habitantes de nuestras islas que la llamaban la Chaxiraxi, la madre del Sol. Fue el primer signo cristiano que llego a nuestras tierras antes de que los misioneros pusieran pie en ella. Cuando hoy nosotros la celebramos queremos coger el testigo de sus manos, y el testigo es esa luz significada en esa candela que porta en una mano, mientras al brazo lleva a su Hijo Jesús. 
Cojamos esa candela, ese testigo, esa luz y no olvidemos que tenemos que ser testigos, que tenemos que llevar esa luz, que tenemos que anunciar a todos los hombres de nuestra tierra el mensaje de Jesús, el mensaje del Evangelio. Como los ancianos Simeón y Ana, como Maria de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo nosotros signo y testimonio del evangelio de Jesús.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Abramos los ojos con una mirada nueva para ser capaces de descubrir en tantas personas sencillas a nuestro lado esos Ángeles de Dios que nos trasmiten hermosos mensajes


Abramos los ojos con una mirada nueva para ser capaces de descubrir en tantas personas sencillas a nuestro lado esos Ángeles de Dios que nos trasmiten hermosos mensajes

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40
A veces somos como muy especiales y selectivos en cuanto a los testimonios que podamos recibir de los demás; con mucha facilidad ponemos filtros. Hay personas que no nos gustas, que no las tragamos y hagan lo que hagan siempre para nosotros tendrán un ‘pero’; personas que por su apariencia o condición ya de antemano las catalogamos como de las que nada nos pueden dar, nada nos pueden ofrecer, porque quizá las consideramos unas personas incultas, de poco valor, o porque las vemos muy mayores las consideramos ‘pasadas de moda’ porque nos parece que tienen unos criterios que ya son anticuados para el mundo en el que hoy vivimos; claro nosotros los jóvenes vivimos en otro mundo, en otro estilo y qué nos pueden decir.
Son muchos los filtros en un sentido o en otro que ponemos en las personas, en sus opiniones o en la aportación que puedan hacer y así vamos descartando gente, testimonios porque nosotros somos los que ya nos lo sabemos todo. Creo que indica una pobreza de miras, una pobreza en nuestros planteamientos que los que tendríamos que ser descartados somos nosotros. Otra apertura tendría que haber en nuestra vida con una aceptación de todo lo que nos puedan ofrecer los demás que siempre va a enriquecer nuestra vida.
Hoy el evangelio nos habla de unos ancianos humildes y piadosos que merodeaban cada día por el templo de Jerusalén. Con los criterios que antes andábamos ya los estaríamos catalogando como unos beatitos cuya vida solo se reducía a estar en el templo y a rezar, pero que ya eran unos ancianos que nada podían enseñarnos o aportar. Se trata del anciano Simeón y de la profetisa Ana. Realmente a Simeón en el texto de hoy no se le menciona, se hubiera mencionado en el día de ayer, pero que el texto que hoy se nos ofrece de la anciana Ana forma una unidad con todo lo que hace referencia al anciano Simeón.
Sin embargo fijémonos en la importancia que le da el evangelio al testimonio de estos dos ancianos, el respeto con que los trata y la hermosa aportación que nos hace en estos momentos en que escuchamos relatos de la infancia de Jesús. Claro que ayer en el día de la Sagrada Familia se hacia mucho hincapié en el respeto con que se han de tratar a los ancianos y como  han de ser honrados con nuestro cariño y con nuestra atención. Claro que tendríamos que pensar en la sabiduría que un anciano lleva en su corazón desde lo que ha sido su vida y desde su experiencia cuanto nos puede aportar, aunque hoy a los jóvenes quizá no nos gusta tanto.
Como decíamos hoy se centra más el evangelio en el testimonio de aquella viuda anciana que llevaba muchos años en el templo sirviendo a Dios. Aparece por allí poco menos que milagrosamente para hablar del niño a cuantos transitan por los atrios del templo y a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel con la llegada del Mesías, les hablaba de aquel niño que sus padre habían presentado en el templo y de quien el anciano Simeón había dicho también grandes cosas.
Es el testimonio de unas personas humildes y sencillas, con unas vidas desgastadas podíamos decir con el paso de los años, pero unas personas de fe grande que eran capaces de sentir la presencia del Espíritu del Señor en sus corazones y escuchar su inspiración. Si allí estaban era por su fe, era por ese dejarse conducir por el Espíritu, ese mirar la vida y lo que sucedía a su alrededor con una mirada distinta, con la mirada de la fe, con la mirada de Dios y así podían descubrir las maravillas de Dios para contárselo a los demás que hacían estos piadosos ancianos con espíritu profético.
¿Nos habremos encontrado nosotros alguna vez en nuestros caminos personas así, llenas de Dios, llenas del Espíritu del Señor que con sus sencillas palabras nos daban hermosos testimonios? Nos hace falta abrir los ojos nosotros con una mirada nueva y seremos capaces de descubrir esas almas de Dios, Ángeles de Dios a nuestro lado que nos trasmiten hermosos mensajes. 

sábado, 29 de diciembre de 2018

Aprendamos a tener esa mirada de Dios, llenarnos de su Espíritu y tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir dejándonos infundir por el Espíritu del Señor


Aprendamos a tener esa mirada de Dios, llenarnos de su Espíritu y tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir dejándonos infundir por el Espíritu del Señor

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Hay sabidurías que no siempre se aprenden en libros. Extiéndanme bien que por supuesto en lo que otros nos trasmiten a través de lo escrito nos están trasmitiendo de su saber y de su sabiduría. Pero hay cosas que aprendemos de otra manera, cuando en la vida sabemos tener una mirada honda sobre lo que nos va sucediendo; la vida misma y cuanto nos sucede es un hermoso libro que tenemos en nosotros mismos cuando rumiamos, repensamos una y otra vez cuanto nos sucede.
Así solemos hablar de la sabiduría de los mayores, porque la experiencia reflexionada de los años va dejando ese poso de sabiduría, no ya solo en su mente sino en su corazón, que luego quizás nos trasmitirán, sí, con una palabra, un gesto, o es su vida misma. Encontraremos esa reflexión, ese comentario acertado que tanto nos puede ayudar si sabemos escucharlo allá en lo hondo del corazón. Cuántas personas encontramos así en nuestro entorno.
Y cuando esta vida la vamos viviendo desde la fe sabemos muy bien que el Espíritu divino, el Espíritu de Sabiduría va actuando en nuestro interior, y así en esa nueva sabiduría de la vida va descubriendo el sentido de Dios y también lo que el Señor nos va señalando para nuestro camino. Es ya una mirada de fe que nos llena de la sabiduría de Dios.
Hoy en el texto del evangelio nos encontramos a unas personas llenas de esa sabiduría de Dios, llenas del Espíritu del Señor, que en sus palabras y en sus gestos reflejaran esa sabiduría que llevan en su corazón. Fue en el episodio de la presentación de Jesús, como primogénito, en el templo al Señor y la purificación de María, como prescribía la ley de Moisés. Cuando llegan María y José con el Niño para hacer las ofrendas rituales les sale al paso el anciano Simeón.
Allí está aquel anciano lleno de la Sabiduría del Espíritu para descubrir en aquel niño entre tantos que quizá en aquel momento fueran también presentado al Señor, al Salvador anunciado por los profetas y esperado con ansia por el pueblo de Israel. ‘Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’, y canta bendiciones para Dios. Estaba lleno de la Sabiduría de Dios; aquello que por sus años podíamos descubrir en él, pero que había crecido y crecido en su interior por su fe y su esperanza puesta en el Señor.
Desearíamos nosotros ver con nuestros ojos, como lo vio el anciano Simeón o como Jesús les decía a los discípulos que eran dichosos porque podían ver lo que tanto ansiaron los patriarcas y profetas y no pudieron ver. Quizá nosotros podamos sentir la nostalgia de no haber estado en aquel momento en el templo o haber sido testigos de tantos hechos de la vida de Jesús.
Pero nosotros sí podemos ver; abramos los ojos de la fe que nos llena de la sabiduría de Dios y podemos descubrir cómo El también se nos manifiesta a nosotros. Abramos lo ojos de la vida para ver con distintos ojos, con distinta mirada a los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado, para ver con una mirada distinta cuando nos sucede o sucede en nuestro entorno y podremos tener esa sabiduría del Espíritu para descubrir cuantas cosas el Señor nos revela y manifiesta y como se  nos manifiesta también a nosotros hablándonos al corazón.
Por allí estaba también aquella piadosa anciana, Ana, que también canta la alabanza del Señor por lo que sus ojos pudieron ver al mismo tiempo que habla y comunica a cuantos quieran escucharla los anuncios de la misericordia del Señor que se hace presente, Emmanuel, entre ellos.
Que aprendamos a tener esa mirada de Dios, a llenarnos de su Espíritu, a tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir en cuanto  nos suceda o en cuantos están a nuestro alrededor. Aprendamos a tener esa sabiduría de Dios a dejarnos infundir por el Espíritu del Señor.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Que con la valentía de la anciana Ana seamos capaces de hablar también nosotros de Jesús al menos a los que están a nuestro lado

Que con la valentía de la anciana Ana seamos capaces de hablar también nosotros de Jesús al menos a los que están a nuestro lado

1Juan 2,12-17; Sal 95; Lucas 2,36-40

Es el mismo episodio que se nos presentaba ayer. Con motivo de la presentación de Jesús en el templo para cumplir con lo previsto en la ley de Moisés – todo primogénito varón había de ser consagrado al Señor – había surgido la figura de aquel anciano que alababa y bendecía a Dios porque sus ojos habían podido contemplar ya al que venia como Salvador del mundo.
Estamos en el templo y aunque la presentación había de hacerse ante los sacerdotes lo que el evangelista nos narra no hace referencia a ningún sacerdote. Simeón era un hombre justo y piadoso ante los ojos de Dios y ante los ojos de todos que lo respetaban. Pero el episodio nos habla también de una mujer, una anciana que viuda desde muy jovencita había consagrado su vida al servicio del templo alabando y bendiciendo a Dios con sus ayunos y oraciones manteniendo igualmente la esperanza en la pronta llegada del Mesías Salvador. Se acerca también aquella mujer al pequeño grupo que se había formado y también se une al canto de alabanzas y bendiciones al Señor.
Pero no se queda ahí lo que realiza aquella buena mujer. ‘Hablaba del Niño a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel’. Evangelizadora y misionera podemos decir de aquella mujer. Se convierte en portavoz de buenas nuevas, anunciadora de Evangelio, misionera de Jesús. Aquello tan hermoso que está allí viviendo no lo puede callar. Simeón ha cantado bendiciendo a Dios porque sus ojos han contemplado al futuro liberador de Israel, al que va a ser la luz de las naciones, al que es la gloria del pueblo de Israel. Ana lo anuncia a todo el que lo quiere oír. Muchos eran los que Vivian en esa esperanza y ahora su esperanza se puede ver colmada. Ana trasmite esa buena nueva, habla del niño, habla de Jesús.
¿Y nosotros? ¿Hablamos de Jesús? Todos estamos celebrando la Navidad en estos días, pero ¿todos en verdad estaremos celebrando el nacimiento de Jesús? Son muchos los parabienes, las cosas buenas que nos deseamos en estos días; nos alegramos porque los amigos nos podemos volver a encontrar o al menos tenemos un recuerdo para ellos, las familias se pueden reunir, aunque para muchos aparece la nostalgia de los que no están.
Pero ¿solo eso es navidad? ¿Dónde está Jesús? muchos ya nos preocupamos de muchos adornos festivos en nuestras casas, quizá hacemos un hermoso árbol de navidad, pero ¿Dónde hemos puesto el pesebre? ¿Dónde aparece Jesús? Demasiado lo estamos sustituyendo por el papá Noel.
Este es un aspecto que merece muchas reflexiones y muchas revisiones. Pero no nos quedemos ahí. Somos cristianos y decimos que creemos en Jesús, eso al menos tendría que significar el decir que somos cristianos. Pero, ¿cuándo nosotros los cristianos hablamos de nuestra fe? ¿Cuándo somos capaces de trasmitir a los demás, por ejemplo, lo que hemos vivido y celebrado cuando los domingos venimos a Misa? ¿Cuándo hablamos a los demás de lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios que se nos ha proclamado en la celebración? Quizá ni siquiera con los nuestros, con nuestra familia, con el esposo o la esposa, con nuestros hijos o con nuestros hermanos, con nuestros padres o nuestros amigos somos capaces de hablar de Jesús.
Pidamos al Espíritu divino que nos dé su fuerza y su sabiduría, que nos sintamos fortalecidos con su gracia y que tengamos la valentía de anunciar el evangelio de Jesús a nuestro mundo. La luz no tendría que ocultarse. Muchos nuevos propósitos tendríamos que hacer a partir de esta navidad.

jueves, 2 de febrero de 2017

María de Candelaria nos está enseñando a llevar a Jesús en nuestros brazos iluminando con su luz las tinieblas del mundo en que vivimos

María de Candelaria nos está enseñando a llevar a Jesús en nuestros brazos iluminando con su luz las tinieblas del mundo en que vivimos

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hoy hace cuarenta días que celebramos el nacimiento de Jesús, la Navidad. En un sentido tradicional y popular hoy vienen a terminar las fiestas de la Navidad, aunque litúrgicamente se culminaran en la Epifanía y el Bautismo de Jesús en el Jordán.
A los cuarenta días de su nacimiento todo primogénito varón había de ser presentado al Señor según la ley mosaica que era algo así como un reconocimiento en un pueblo creyente de que la vida viene del Señor y a El se la debemos y para El ha de ser lo mejor de nuestra vida. Por eso en la ley de Moisés todo primogénito era consagrado al Señor, de hombres y de animales. Era la acción de gracias al Señor. Es lo que hoy celebramos en la presentación de Jesús en el templo, como nos relata el evangelio de este día.
En este momento en que Jesús es llevado al templo de Jerusalén – ‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria’, cantan los salmos en la liturgia de este día – se suceden muchas cosas. Cumplido el rito por allá aparecen unos ancianos, primero Simeón luego aparecerá Ana una anciana profetisa, que van a cantar su especial acción de gracias al Señor.
Aquel anciano, inspirado por el Espíritu Santo, reconoce en aquel niño al que viene a ser el Salvador del pueblo de Israel y la luz para todas las naciones. Era un hombre de Dios, lleno del Espíritu del Señor, y sabía que sus ojos no se cerrarían a la luz de este mundo sin contemplar al que era la verdadera luz. Por eso prorrumpe en cánticos de alabanza al Señor porque sabe que ya se han cumplido los días de su vida  porque se cumplen las Escrituras y se cumple la promesa que en su corazón había recibido del Espíritu Santo.
Luego vendrán los anuncios y las profecías señalándolo como signo de contradicción entre los pueblos y cómo a María, su madre, una espada le atravesará el alma. Bien reflejado lo veremos a lo largo del Evangelio porque la presencia de Jesús va a ser en verdad ese signo de contradicción, mientras unos le aclaman y reconocen, se gozan en su palabra y entienden sus signos de salvación, habrá quienes vayan a la contra, no querrán entender la Palabra de Jesús y porque quieren permanecer en las tinieblas de la muerte a la muerte querrán llevar a Jesús para quitarlo de en medio. Ya bien sabemos que aquel signo de la muerte no será de derrota sino de victoria, porque será el signo de la salvación.
Ya algo podemos ir deduciendo para nuestra vida de esta reflexión que nos vamos haciendo. Tomemos también nosotros en brazos a Jesús como aquel anciano Simeón para cantar nuestra particular acción de gracias al Señor. Reconocemos también que la vida viene del Señor y a El se la debemos y por ello con nuestra vida todo ha de ser siempre para la gloria del Señor.
Consagrados del Señor también nosotros somos, como un signo hemos recibido la unción con el Crisma en nuestro Bautismo y Confirmación, y eso ha de expresar en consecuencia en la santidad de nuestra vida. Aunque nuestra vida pueda y debe significar un signo de contradicción en medio de nuestro mundo. Sí, porque nosotros no nos podemos dejar cautivar por las seducciones del mundo que nos rodea, porque nosotros hemos de manifestarnos siempre como testigos de unos valores nuevos, de un nuevo sentido de vida que del Evangelio aprendemos.
Hoy de María aprendemos a llevar en brazos a Jesús. En nuestra tierra celebramos con especial solemnidad y devoción a la Virgen en su advocación de Candelaria. Es fiesta grande para nosotros. ¿Y cómo contemplamos a María en su bendita imagen? Con Jesús en sus brazos, pero con una luz en su mano. Está diciéndonos que Jesús es nuestra luz, de quien hemos de dejarnos iluminar, a quien hemos de escuchar. Pero ¿no nos estará diciendo también cómo hemos de llevar en brazos a Jesús, cómo hemos de llevar a Jesús en nuestra vida para mostrarlo a los demás? Esa luz, esa candela encendida en las manos de María, nos está diciendo que nosotros tenemos que ser esa luz, esa luz encendida de la luz de Cristo, pero esa luz que hemos de llevar a los demás, con la que hemos de iluminar nuestro mundo.
Somos los testigos de esa luz en medio de un mundo en tinieblas, y mientras tantos se dejan seducir por luces efímeras y engañosas nosotros queremos iluminar con la verdadera y autentica luz que nos trae la salvación. Seremos signos de contradicción porque frente a las cosas aparentemente fáciles y placenteras que nos pueda ofrecer nuestro mundo nosotros presentamos esta luz que tendrá sus exigencias, porque tendremos que cuidar esa luz y no permitir que se nos apague – ya se nos dijo en nuestro bautismo -, y hemos de apartarnos de tantas tinieblas que nos quieren confundir o quieren devorarse esa luz – las tinieblas no la recibieron que nos dice san Juan en su evangelio -.  
Nos gozamos en esta fiesta de la presentación de Jesús en el templo pero que para nosotros tiene tan hermoso sabor mariano. Nos gozamos en María de Candelaria, la madre del Señor y nuestra Madre. De ella escucharemos siempre que nos dice ‘haced lo que El os diga’.

martes, 26 de julio de 2016

San Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús, nos hacen reconocer la buena semilla que nuestros mayores sembraron en nosotros

San Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús, nos hacen reconocer la buena semilla que nuestros mayores sembraron en nosotros

Ecles. 44, 1. 10-15; Sal. 131; Mt. 13, 16-17
Hoy la liturgia de la Iglesia celebra la memoria de san Joaquín y santa Ana. ¿Quiénes son san Joaquín y santa Ana? La tradición nos los señala como los padres de María, la madre de Jesús; en consecuencia, podríamos decir, que son los abuelos de Jesús.
Por supuesto el evangelio no nos habla de ellos. Es piadosa tradición que hemos recibido desde antiguo. ¿Por qué no podemos pensar, celebrar y venerar a los que fueron los padres de María? Si habitualmente podemos decir que los padres se reflejan en los hijos y que todas aquellas buenas enseñanzas que ellos les trasmitieron tenemos la esperanza de que un día van a florecer en la vida de los hijos, cuánto podemos decir de los padres de María cuando en ella vemos tal grado de santidad y de gracia.
‘Aguardaban la futura liberación de Israel y el Espíritu Santo moraba en ellos’. Es frase del evangelio pero referida a aquellos buenos ancianos que en el templo pasaban día y noche esperando el cumplimiento de la promesa y que cuando Jesús fue presentado en el templo vieron satisfechas y cumplidas sus esperanzas. Nos referimos al anciano Simeón y a la profetisa Ana, de los que nos habla san Lucas. La liturgia en este día de la fiesta de san Joaquín y santa utiliza estas palabras como antífona antes del Evangelio. San palabras, pues, que podemos referir a los padre de María.
En esa esperanza vivía María, el cumplimiento de las promesas, y en verdad que podemos decir que de sus padres había aprendido esa esperanza. En la educación que le dieron a María – según las tradiciones su casa en Jerusalén estaba en las cercanías del templo y muy cerca de la piscina probática o de las ovejas y en el templo fue educada María – fueron plasmando toda aquella fe y esperanza que anidaba en sus corazones.
Esto nos puede llevar a hermosas consideraciones y consecuencias para nuestra vida; por una parte la esperanza que nunca ha de faltar en los padres a la hora de sembrar la semilla de la buena formación en sus hijos, porque un día todo eso bueno que ellos sembramos ha de florecer en anuncio de buenos frutos. Algunas veces los padres pueden sentir la tentación del cansancio y el desánimo porque no ven como quisieran en sus hijos la educación que pretendieron darle; pero la semilla siempre hay que seguir sembrándola con la esperanza de un prometedor fruto.
Por otra parte ya hacíamos mención a san Joaquín y santa Ana como los abuelos de Jesús; por eso en nuestras comunidades cristianas y de alguna manera se ha trasmitido a nuestra sociedad, tenemos este día como el día de los abuelos. Abuelos que merecen siempre nuestro respeto, nuestro cariño y nuestra consideración por la trayectoria de su vida recorrida y por la semilla que fueron sembrando en sus hijos y nietos que en ellos fueron dejando una huella. Respeto merecen por su larga vida de luchas y sacrificios, de trabajo y de entrega, de amor a sus familias y de sacrificio por ellas.
Hemos de reconocer en lo que somos hoy unos herederos de lo que ellos nos trasmitieron, que, es cierto, nosotros ahora lo vivenciamos en el hoy de nuestro tiempo y de nuestro día; aunque hoy le demos nuestra impronta, y no podría ser de otra manera, son herederos y reflejo de lo que ellos en nosotros han ido sembrando con el paso de los años.
Vaya nuestro homenaje de respeto y amor a nuestros mayores, a los abuelos; siguen siendo importantes en nuestra vida; son un espejo en el que mirarnos para aprender de su constancia en el trabajo y en el amor, para aprender de su sacrificio y entrega por sus familias, para recoger esa buena semilla que han sembrado en nuestra sociedad, para que sean un estimulo para nuestro caminar, una ayuda también para nuestro camino de fe y aprender de su esperanza.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

En la viuda Ana del Evangelio y en todos los ancianos descubrimos un signo de las esperanzas de Israel y una imagen de la presencia de los mayores en la Iglesia

En la viuda Ana del Evangelio y en todos los ancianos descubrimos un signo de las esperanzas de Israel y una imagen de la presencia de los mayores en la Iglesia

1Juan 2,12-17; Sal 95; Lucas 2,36-40

Al escuchar el relato que nos ofrece el evangelio de hoy - nos habla de aquella anciana que llevaba muchos años en el entorno del templo y que al ver aquel niño que presentaban sus padres al Señor lo anunciaba con alegría a todos los que aguardaban la liberación de Israel como el cumplimiento de las antiguas promesas - me ha venido al pensamiento la imagen que contemplamos también en nuestros templos con muchas personas mayores que en su piedad no faltan nunca a los actos de culto cuidan amorosamente de iglesias y de ermitas de nuestros pueblos.
Hemos de reconocer que muchas veces no sabemos valorar la labor que realizan estas buenas personas y que en ocasiones vemos con desesperanza el futuro de la Iglesia porque pensamos que cuando falten esas personas nos vamos a encontrar vacíos y sin gente. Pero, repito, creo que tendríamos que aprender a valorar lo que realizan estas personas. Pienso que ahí están como un signo en medio de nuestra sociedad, pero también que son verdaderamente unas columnas que hacen fuerte a nuestra Iglesia.
Nos hablaba el evangelio de aquella anciana viuda  ‘que no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones’. Ella era un signo de la esperanza de Israel que ahora se cumplía. Pero ella era también la expresión del pueblo orante que insistentemente pedía la llegada del Mesías del Señor. Y si nos fijamos en estas primeras páginas del evangelio aparecerán también otros ancianos. En este mismo episodio ayer contemplábamos al anciano Simeón, signo y expresión también de la esperanza de Israel. Pero hemos contemplado estos días a otros dos ancianos, Zacarías e Isabel, que eran escuchados en sus oraciones por el Señor. Más tarde en el evangelio contemplaremos también la alabanza de Jesús hacia aquella pobre viuda que compartía con el templo todo lo que tenía para vivir.
Quiero ver, pues, en esos ancianos que aparecen por nuestros templos fielmente en muchas ocasiones todos los días para participar en la Eucaristía o para ocuparse en muchas labores del cuidado y ornamentación de nuestras Iglesias un signo de la fe y de la esperanza del pueblo creyente. Quizá ya por ser mayores no realicen específicas obras de apostolado, pero creo que su oración, su presencia y participación en nuestras celebraciones litúrgicas son un hermoso pilar para nuestra Iglesia. Es la oración confiada y llena de esperanza que se eleva al Señor y que calladamente no solo están pidiendo por si mismos o por los suyos sino que en numerosas ocasiones con como padrinos de nuestros sacerdotes con su oración, padrinos de nuestras tareas apostólicas, padrinos de las misiones porque así por todo ellos elevan sus oraciones al Señor.
También hemos de destacar que apostólicamente también los hay muy activos, a pesar de ser mayores, porque quizá siguen participando en muchas acciones, o son voluntarios que ofrecen su tiempo para el apoyo de muchas actividades, pero también conocemos el movimiento de Vida Ascendente que precisamente se realiza desde y por las mismas personas mayores. Creo que hemos de conocerlo y reconocerlo.
No me alejo del sentido del evangelio en medio de nuestra navidad al hacerme estas consideraciones, sino que partiendo del mismo evangelio me hace mirar con unos ojos nuevos y distintos esa realidad de la sociedad que son los mayores y esa realidad de la Iglesia que son todas esas personas mayores que tan vinculadas vemos a la acción eclesial.  Aprendamos a valorarlas.