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viernes, 6 de febrero de 2026

Para hacer que en las situaciones fluctuantes de la vida brille siempre la rectitud y la humanidad hemos de saber poner cimientos sólidos de rica espiritualidad

 


Para hacer que en las situaciones fluctuantes de la vida brille siempre la rectitud y la humanidad hemos de saber poner cimientos sólidos de rica espiritualidad

Eclesiástico 47, 2-13; Salmo 17; Marcos 6, 14-29

No pretendemos justificar a nadie, pero bien sabemos que la vida es muy compleja, se nos torna muchas veces difícil, se van sucediendo situaciones que nos cuesta comprender, muchas veces cosas que nos parecen absurdas, insensatas y contradictorias y en medio estamos nosotros con nuestros sueños y ambiciones, que siempre queremos más o queremos otra cosa, que nos halaga la vanidad en muchas ocasiones pero que también nos dejamos influir por los respetos humanos, que queremos mantener nuestro prestigio y con nadie queremos quedar mal deseando contentar a todos, que muchas veces no sabemos lo que queremos y andamos como veletas de un lado para otro, que nos sentimos sorprendidos por cosas que nos agradan pero que luego no sabemos cultivar en nuestra vida. Y terminamos haciendo quizás lo que no queríamos pero que por nuestro orgullo pensábamos que no podíamos hacer otra cosa, y más tarde vendrá quizás la mala conciencia. ¿Cómo teníamos que haber actuado? Quizás lo pensamos tarde.

Algo así quizás se sentía Herodes cuando oye hablar de Jesús. Son cosas buenas las que escucha y le vienen los recuerdos y la trayectoria de muchos momentos de su vida. Recuerda a Juan Bautista, aquel profeta del desierto a quien le gustaba escuchar; pero luego había tantas sombras en su vida, tantas cosas que influían en él que no supo como actuar. Es lo que nos está relatando hoy el evangelio que se centra en lo que llamamos el martirio de Juan.

Nos detalla el evangelista todo lo sucedido en aquel cumpleaños y fiesta de Herodes. Su euforia con sus juramentos ofreciendo hasta la mitad de su reino a la bailarina hija de Herodías que tan magníficamente les había alegrado la fiesta. Pide la que quieras; instigada por su madre Salomé pide la cabeza de Juan Bautista. Una sombra se atravesó por la mente de Herodes, pero estaba su prestigio y su palabra dada aunque fuera algo injusto lo que se le pedía; estaba el respeto humano lleno de amor propio por aquellos que le rodeaban. Era el fruto del fluctuar de su vida, una vida llena de superficialidad y de vanidad. Su ambición era el poder y todo lo demás estaba supeditado a sus deseos, no había principios ni fundamento en una vida así.

Pero nos tiene que ayudar a pensar. Hablábamos al principio de la complejidad de la vida, de los vaivenes que nos llevan de un lado para otro como un barco a la deriva que no ha sabido enterrar bien sus anclas o no ha sabido distribuir debidamente la carga de la vida; son detalles que nos llevan a zozobrar como quizás tantas veces nos habrá sucedido.

Es necesario fundamentar bien nuestra vida en unos valores que nos den profundidad y nos den estabilidad; tenemos que saber lo que queremos, lo que son nuestros objetivos y nuestras metas, los medios que tenemos a mano para hacer esa navegación por la vida sin zozobrar. No es fácil, porque muchas son las influencias que recibimos, muchos son los cantos de sirena que la vida nos ofrece para atraernos a cosas que parecen fáciles, a la comodidad de una vida sin esfuerzo, a unas rutinas que nos arrastran sin tino por sus raíles que nos llevaran a descarrilar.

Es necesario saber crecer por dentro; los cimientos que van a dar fortaleza y estabilidad al edificio no se ven porque quedan enterrados, pero tenemos que tener buenos cimientos. Necesitamos de una espiritualidad profunda porque así nos sintamos inundados por el Espíritu del Señor que es nuestra sabiduría y nuestra fortaleza. Dejémonos envolver por el evangelio de manera que empape totalmente nuestra vida para que así broten por gracia esos frutos que son frutos de vida eterna. Sabremos entonces bien lo que tenemos que hacer en esas situaciones fluctuantes de la vida y siempre va a brillar la rectitud y la humanidad en lo que hacemos.

sábado, 22 de febrero de 2025

La barca puede parecer que hace agua por todas partes y está a punto de hundirse, pero Jesús nos ha garantizado que el poder del abismo no la derrotará

 


La barca puede parecer que hace agua por todas partes y está a punto de hundirse, pero Jesús nos ha garantizado que el poder del abismo no la derrotará

1Pedro 5, 1-4; Salmo 22; Mateo 16, 13-19

Cuando nos anuncian  que viene un temporal – ahora nos estamos acostumbrando demasiado a las alertas amarillas o no sé de qué color que al final no les hacemos caso – buscamos refugio seguro, si nos encontramos en descampado buscamos donde guarecernos y algo que nos sirva de apoyo para que no nos arrastren los tormentosos vientos.

Así hacemos y nos prevenimos frente a los fenómenos de la naturaleza, pero no sé si en la vida estaremos atentos a muchas cosas que podían hacer peligrar no quizás nuestra vida física, pero sí la integridad que hemos de tener como personas. Serán corrientes de opinión, ideologías o formas de pensar que no cuidan los valores más humanos que tendríamos que salvaguardar, formas que van apareciendo en la sociedad que sentimos que todo lo destruyen queriendo hacer desaparecer los cimientos sobre los que hemos ido construyendo nuestra vida y nuestro mundo. ¿Estaremos atentos de verdad a los nuevos ritmos que se quieren imponer? ¿Cómo nos protegemos?

Pero igual nos sucede en el ámbito de nuestra fe; también son muchos los peligros que algunas veces tenemos en nosotros mismos porque no sabemos cuidar ni alimentar nuestra fe; estamos envueltos en un mundo convulso, como vemos en todos los aspectos de la vida, pero que también nos afecta; la indiferencia y el materialismo de la vida, la superficialidad con que vivimos o las vanidades que nos cautivan, ese mundo confuso de ideas y pensamientos que también nos afectan en lo religioso, nuestra propia debilidad que hace que perdamos muchas veces y en muchas cosas nuestra estabilidad y nos sentimos inseguros, malos ejemplos que nos arrastran además de la oposición que vamos encontrando en la sociedad misma a todo lo que suene a religioso o a principios cristianos.

La Iglesia, como dijo Benedicto XVI, en algunos momentos: ‘nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes’. Pero es ahora donde tenemos que escuchar las palabras de Jesús que son siempre palabra de vida para nosotros. Lo hemos escuchado hoy en el evangelio. No hace mucho ya hemos hecho algún comentario sobre este texto. Hoy lo escuchamos de nuevo en esta fiesta de la Cátedra de san Pedro.

Está por una parte la respuesta de los discípulos de lo que la gente pensaba de Jesús, pero está también la confesión de fe de Pedro. Algo, es cierto, que tenemos que renovar en nosotros. Que tengamos claro quien es Jesús para nosotros, que tengamos claro cual es el fundamento de nuestra fe. Es necesario fortalecernos y eso ha de pasar también por una verdadera formación en todo lo que es el ámbito de nuestra fe. Algo que realmente nos falta y que es lo que más nos debilita, porque nos hace sentirnos inseguros.

Pero escuchamos las palabras de Jesús. Ya vemos en el evangelio en muchas ocasiones la admiración de Jesús ante la fe de la gente, ante el centurión romano, ante la mujer cananea, ante aquella mujer que se atreve a tocar la orla de su manto, ante la mujer pecadora, ante el paso que da Zaqueo al sentir que ha llegado la salvación a aquella casa… y así podríamos pensar en muchos más momentos.

Es la admiración de Jesús por la fe de Pedro a partir de lo cual es Jesús el que comienza a confiar en Pedro. ‘Tú eres piedra’, le dice; va a ser Pedro fundamento de su Iglesia, ‘y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará’.

¿No nos sirven de consuelo y estímulo estas palabras de Jesús? Tenemos el apoyo frente a los fuertes vientos que parece asolar la Iglesia, asolar nuestra fe; tenemos el refugio que nos da seguridad y fortaleza frente a esas tempestades de la vida, frente a ese mar embravecido. La barca puede parecer que hace agua por todas partes y está a punto de hundirse, pero Jesús nos ha garantizado que el poder del abismo no la derrotará.

Es la Palabra de Jesús que nos ha asegurado que estará con nosotros hasta el final de los tiempos. Y certeza de esa presencia de Jesús la tenemos en la Iglesia que nos trasmite la Palabra de Jesús; es en la Iglesia donde podemos sentirnos seguros porque allí sentiremos siempre la presencia de Jesús. La tenemos en la Palabra que nos llega a través del magisterio de la Iglesia, la tenemos en los sacramentos donde nos llenamos de la gracia de Dios, nos alimentamos o curamos nuestras heridas, porque tenemos la certeza de la misericordia y del perdón; la tenemos en la misma comunidad de hermanos que formamos todos los que somos Iglesia, porque allí donde dos o tres se reúnan en mi nombre allí estaré yo, que nos dice Jesús.

¿Queremos mejor refugio frente a esos vendavales? ¿Queremos mayor seguridad frente a esos vientos impetuosos? La barca de la Iglesia no se hundirá, nos lo ha dicho el Señor. ¡Qué seguridad de gracia podemos tener!

 

domingo, 6 de octubre de 2024

Amor, comunicación y comunión, camino de plenitud no solo de un yo sino de un nosotros, que nos engrandece y dignifica, signo e imagen del amor de Cristo por su Iglesia

 


Amor, comunicación y comunión, camino de plenitud no solo de un yo sino de un nosotros, que nos engrandece y dignifica, signo e imagen del amor de Cristo por su Iglesia

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16

Hemos sido creados para ser felices alcanzando la plenitud de nuestro ser como personas. Una plenitud que fundamentamos en el pleno desarrollo de nuestro ser como personas, en la corporeidad de nuestra presencia pero también en lo más profundo que llevamos dentro de nosotros que nos eleva y nos lleva mas allá de ese cuerpo para sentir la fuerza del espíritu dentro de nosotros que nos hace ser nosotros mismos, para disfrutar todo lo que somos, todas las capacidades y posibilidades que tenemos en nosotros mismos; pero esa plenitud, tenemos que reconocer, no se encierra en el yo sino que siempre estará en relación con un tú que hace un nosotros. Ese es el camino que nos conduce a la mayor plenitud de nuestro ser.

Somos relación, no somos soledad aislada; estamos llamados a la relación y a la comunicación que nos lleva a una comunión que es la que nos va a dar esa verdadera plenitud, por eso decimos que somos seres sociales, y no podemos vivir aislados de todo y de todos. Pero nuestra relación no es solo una cosa material, entra nuestro ser espiritual que es por donde podemos alcanzar la mejor comunión. Y esa relación es con otros seres que son como nosotros, con la misma dignidad y también con los mismos deseos de plenitud; es una relación personal que nos hace entrar en una comunión de personas. Y el lazo más hermoso y profundo para ello es el amor. Estamos llamados al amor.

‘No está bien que el hombre esté solo’, decía el Génesis; ninguno de los otros seres de la creación podían llenar de satisfacción al hombre; pueden ser presencias a nuestro lado de las que nos valgamos para muchas cosas, pero esa comunión desde lo más hondo solo se podrá tener con quien sea carne de mi carne y hueso de mismos huesos, con quien tenga la misma dignidad humana.

Una comunión que porque todos nos amamos y respetamos nuestra dignidad vamos haciendo en la relación con todos los que son como nosotros, pero que va a encontrar su plenitud en esa comunión plena de amor que es el matrimonio. Un hermoso edificio a construir que nos llenaría de la felicidad más plena, pero que tenemos que saber fundamentar muy bien.

Pero aunque estamos llamados y hemos sido creados para esa comunión sin embargo no siempre será fácil. Cuando se introducen en nosotros elementos que nos hacen perder de vista esa grandeza y dignidad de toda persona se debilita esa comunión porque se debilita el amor como la donación más sublime que podemos hacer de nosotros mismos. Entraremos en un camino no de donación sino de dominio y de imposición, que es destruir desde la base, desde los cimientos ese edificio de comunión que nos llevaría a la plenitud de nuestro ser y nuestra vida. Se nos endurece el corazón. El egoísmo que nos quiere hacer dominadores nos destruye esa capacidad de un amor en plenitud.

En el evangelio hoy le plantean a Jesús una cuestión que tiene actualidad y se agudiza en todos los tiempos. Jesús reconociendo nuestra debilidad y la dureza que se nos introduce en el corazón nos lleva a considerar lo que está en el origen de la vida y del ser humano. Lo que Dios quiso para el hombre desde siempre, desde toda la eternidad podemos decir, creándonos con esa dignidad igual en todo ser humano y con esa capacidad para el amor y para la comunión.

Sigue siendo piedra de tropezar en todos los tiempos y hemos de considerar esas claves fundamentales que parten de la dignidad de toda persona humana. Cuando lo tenemos en cuenta nunca entraremos en caminos de imposición sino de comunión, por eso para realizar bien ese camino tenemos que saber despojarnos de nuestros orgullos y de esos resabios de egoísmo que nos encierran en nosotros mismos. El orgullo es mal compañero para un camino de comunión que necesariamente tenemos que saber hacer juntos.

Es saber ponernos al lado del otro que camina conmigo y con el que yo camino. Un camino en el que tenemos que saber ayudarnos mutuamente, comprendiendo las limitaciones que cada uno pueda tener. Es cuando nos sentiremos felices de lo logrado juntos, es la felicidad de un amor verdadero que siempre busca el darse porque ama, porque no pensando solo en si mismo quiere el bien del otro que también me hará feliz a mi.

Un camino de comunicación para que podamos llegar a esa comunión; un camino de búsqueda constante siempre de lo mejor que nos haga felices a todos; un camino de desprendimiento de si mismo que nos hace humildes, sencillos y cercanos; un camino que rehacemos y reemprendemos continuamente desde los errores cometidos porque a nadie culpabilizamos sino que en todo comprendemos; un camino que nos ayuda a crecer en todo aquello que nos lleve a esa plenitud del nosotros.

Por algo quiso Dios, como nos lo expresa san Pablo, que el amor de un hombre y una mujer es imagen del amor que Cristo tiene a su Iglesia. Un amor el del matrimonio que se desprende del amor que Dios nos tiene, pero que cuando lo vivimos en plenitud se convierte en signo e imagen del amor de Cristo a su Iglesia.

martes, 2 de julio de 2024

Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

 


Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

Amós 3, 1-8; 4, 11-12; Salmo 5; Mateo 8, 23-27

En nuestras actividades humanas sabemos manejarnos, lo que son nuestros trabajos habituales los dominamos, sabemos lo que tenemos qué hacer y cómo tenemos que hacer; aunque las cosas se nos vuelvan dificultosas a veces intentamos salir adelante, resolverlas, buscamos medios cuando no los tenemos o pedimos ayuda a quien pueda orientarnos para encontrar una solución.

No nos damos por vencidos, o no nos hemos de dar por vencidos. Porque no siempre es así, hay veces en que flaqueamos, en que parece que se acumulan tantos problemas que se nos vuelve más revuelto el panorama y se nos hace difícil encontrar la salida, que quizás tenemos en nuestras manos, echando mano de nuestras experiencias, encontrando fuerza dentro de nosotros mismos para no rendirnos y seguir adelante. Es complejo el camino de la vida.

Parece que nos estuviéramos refiriendo solo a lo que son nuestras tareas habituales, pero nos damos cuenta que podemos hacer una lectura más honda de nosotros mismos; ya no es nuestro trabajo, sino los problemas de la vida, la convivencia con los más cercanos o la relación que hemos de mantener los unos con los otros en nuestra vida social, en nuestro trabajo, incluso hasta en nuestros momentos de ocio. Y hay ocasiones que ahí se nos pone el cielo oscuro, gris, muchas veces incluso negro. Y nos obcecamos tanto que no sabemos mirar dentro de nosotros mismos la capacidad que tenemos para salir adelante.

Así podríamos seguir pensando en muchos aspectos de nuestra vida. El sentido eclesial con que hemos de vivir nuestra fe, por ejemplo; esa lucha interior que hemos de mantener para conservar nuestra fe a pesar de todas las cosas adversas que nos pudieran aparecer, a pesar de las dudas, a pesar de nuestras debilidades e incluso caídas. Y también nos llenamos de dudas y desconfianzas, parece en ocasiones que hasta nos olvidamos de Dios, aunque seamos nosotros los que digamos que es Dios quien se olvida de nosotros. Tanta es nuestra obcecación.

Hoy el evangelio habla de una travesía en barca por aquel lago que bien conocían los que iban en la barca; algunos eran pescadores y estaban acostumbrados a atravesar aquel lago con buenos o con malos tiempos. Pero hoy parece distinto, como si la tormenta fuera más fuerte; parece siempre que la última tormenta fue la peor. Y allí están llenos de miedo, temerosos de que la barca naufrague. Al final acudirán a Jesus que a pesar de la tormenta parece dormido en la barca. ‘¿No te importa que nos hundamos?’

¿No habían visto ellos en tantas ocasiones lo que jesus era capaz de hacer? ¿Por qué ahora esos miedos? Como tantas veces nos sucede, cuando nos entran los miedos se pierde la confianza. Y ellos lo que piensan, como pensamos nosotros tantas veces, es que a Jesus no le preocupa que la barca se pueda hundir. ¿Estaban perdiendo la confianza con jesus? ¿Qué es lo que se les estaba debilitando por dentro?

Cuando tergiversamos las cosas, cuando nos movemos por otros intereses que no siempre queremos manifestar, cuando nos aparece el orgullo o el amor propio cerrándose sobre nuestros cuellos, perdemos el norte y el sentido, dejamos de valorar lo que tendríamos que valorar, comenzamos a sentirnos heridos en nuestro amor propio y en nuestro orgullo pero se desvanece nuestra autosuficiencia, parece que ya nos sentimos sin apoyos, comenzamos a hundirnos.

De este episodio del evangelio tenemos que aprender muchas cosas para nuestra vida. Empezar por valorar lo que tiene más valor, aprender en quien de verdad hemos de apoyarnos, buscar la manera de crecer por dentro para sentirnos fuertes no por nosotros mismos o por nuestros saberes, sino porque sabemos que Dios está siempre con nosotros, aunque no lo notemos a veces.

Es la búsqueda de una verdadera espiritualidad que nos haga fuerte frente a todas las adversidades de la vida. Es poner el verdadero cimiento sobre piedra que evita que la casa se caiga cuando vengan los temporales, esa piedra que encontramos en la Palabra de Dios, esa fortaleza que nos da una verdadera oración, esa gracia divina que recibimos en los sacramentos que nos hacen encontrarnos no solo con nosotros mismos, porque son muchas las cosas que tenemos que mirar y revisar, sino porque vamos a encontrarnos con Dios, verdadero alimento, luz y fuerza de gracia para nuestra vida.

¿Dejaremos que se nos hunda la barca? ¿Nos daremos de quien de verdad lleva el timón?


sábado, 16 de septiembre de 2023

Árbol bueno, abonado en la gracia del Espíritu, que produce buenos frutos, edificio cimentado en la roca firme de la fe fortaleza frente a los temporales de la tentación



 Árbol bueno, abonado en la gracia del Espíritu, que produce buenos frutos, edificio cimentado en la roca firme de la fe fortaleza frente a los temporales de la tentación

1 Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49

Queremos tener buenas frutas que poner en la mesa, queremos tener hermosas y olorosas manzanas que poder ofrecer a quienes llegan a nosotros, plantemos un árbol frutal, plantemos un manzano y cuidémoslo debidamente; nos podrá dar al final buenos frutos y hemos cuidado con esmero nuestro manzano. Lo habremos de plantar en buena tierra, atender a su cuidado y su poda todos los años, hemos de abonar a su tiempo para que sus raíces puedan extraer sus nutrientes de aquella tierra bien cuidada y abonada, para al final recoger una abundante cosecha. Esas raíces están hundidas en una tierra abonada quizás con el estiércol que hayamos conseguido por otra parte en el cuidado de los animales, y aunque el estiércol pudiera parecernos apestoso y desagradable, sin embargo de la tierra abonada con ese estiércol el manzano extraerá sus nutrientes que nos darán hermoso y oloroso fruto.

¿Sabremos dar fruto con nuestra vida? ¿Seremos ese árbol bueno que produce buenos frutos como nos está pidiendo hoy Jesús en el evangelio? Creo que nos estaremos dando cuenta de cómo hemos de cultivar el árbol de nuestra vida, enraizarlo debidamente en buena tierra, pero también darle los abonos necesarios y convenientes para que tenga esos nutrientes que nos lleven a dar esos frutos que tenemos que ofrecer. Seremos malos o buenos, quizás también reconocemos que hay cosas desagradables en nuestra vida por nuestra condición de pecadores, pero ahi está la tarea se superacion, de crecimiento espiritual, de maduración que hemos de realizar en nosotros, purificando, es cierto, esas cosas que muchas veces nos pueden desviar de nuestras metas con una poda tan necesaria que hemos de realizar continuamente en nosotros.

En esa tierra que somos nosotros, también con nuestros defectos y debilidades, con nuestros errores y tropiezos, porque esa es nuestra condición humana iremos avanzando en la vida porque sabemos buscar la fuente que alimenta nuestro espíritu, toda nuestra vida. No podemos descuidar esa tarea de ascesis que continuamente hemos de ir realizando en nuestra vida; es la forma de nuestro verdadero enraizamiento en la fuerza del Espíritu y de nuestro crecimiento espiritual para que un día esos frutos puedan madurar.

Hoy nos habla también el evangelio con otra imagen de cómo hemos de saber cimentar bien nuestra casa para que no se derrumbe ante el primer temporal que aparezca; y bien sabemos que serán muchos los temporales a los que tendremos que enfrentarnos a lo largo de la vida. Contratiempos y desviaciones del camino, cantos de sirena que nos atraen con muchas cosas pero que lo que pretenden es alejarnos de nuestra meta, malas tendencias e inclinaciones esclavizantes que pueden surgir de unas pasiones descontroladas, influencias que podemos recibir que nos invitan a una vida cómoda y a un dejarnos llevar y arrastrar por lo primero que nos salga al paso, orgullo y amor propio que nos tientan desde nuestro mismo interior, el materialismo de la vida y la vanidad que tan fácilmente nos ciega y nos esclaviza... muchos temporales a los que estamos sometidos continuamente.

Por eso nos está hablando Jesús de esa buena cimentación, no sobre una arena movediza de nuestros caprichos y vanidades, sino en la roca firme que fortalece nuestra fe y nos anima a caminar con paso firme. Desde esa casa bien cimentada y llena de fortaleza interior podremos incluso ser corazón de acogida para cuantos están a nuestro lado y ven como tantas veces se les derrumba su vida por no haberla bien fundamentado.

'El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien... porque de lo que rebosa del corazón lo habla la boca', nos dice hoy Jesus. ¿Cuál es ese buen tesoro que llevamos en el corazón?


martes, 26 de julio de 2022

Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 


Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 

Quien olvida o trata de borrar su historia pasada puede estar olvidando o destruyendo unos pilares sobre los que se ha construido su vida, nos guste o no nos guste, y que pueden seguir siendo fundamentales para su futuro. Un edificio no lo podemos conservar ni seguir su construcción sobre él, si eliminamos cimientos y pilares sobre los que está realizada dicha construcción, se nos vendría abajo; necesitaremos hacer correcciones y buscar fortalecimientos para continuar la construcción, pero no podemos anular todo así porque sí.

Son cosas que olvida muchas veces la sociedad, ahí andamos con el tema de la memoria histórica donde parece que solo queremos recordar lo que no apetece o nos agrada, olvidando lo que ha sido un camino recorrido, que tendrá sus luces y sus sombras, pero que es el camino del que nosotros hoy provenimos y a partir del cual tenemos que seguir caminando. Estamos destruyendo cosas que son nuestra historia, que en su conjunto siempre tendremos que ver gloriosa, porque a pesar de sus sombras queremos hoy llenar de luz los pasos que seguimos dando. No sé realmente qué está pasando en nuestra sociedad en este sentido que uno no acaba de comprender.

Y esto sucede en lo familiar de igual manera. hay quien quiere hacer ruptura de su pasado, porque quizás haya habido cosas que miradas desde el punto de vista de hoy no nos gusta o no acabamos de comprender, pero tendríamos que saber comprender lo que vivieron nuestros mayores, a las luchas que tuvieron que enfrentarse, las carencias que muchas veces pudieron llenar de vacíos y pobreza mucho momentos de la vida, pero es de donde provenimos, y gracias a la lucha que mantuvieron estamos nosotros hoy aquí, e incluso hasta podemos pensar distinto de ellos. Pero es el camino de la vida que ha llegado hasta aquí y del que ahora partimos para seguir adelante y dejar paso también al camino de nuestros hijos.

Hoy estamos celebrando una festividad que históricamente un poco vaya más allá del relato de los evangelios que no los mencionan de una forma concreta, y aunque nacida en cierta manera de tradiciones que van más allá de los evangelios canónicos y tienen mucho fundamente en los apócrifos sin embargo puede tener un hermoso significado. Hoy es la fiesta de los abuelos de Jesús, los padres de María, san Joaquín y Santa Ana.

Pero es buena esa mirada que nos invita a hacer la liturgia con esa celebración a los que fueron, repito, los abuelos de Jesús. Probablemente de origen galilea – en Séforis en Galilea hay un santuario que recuerda lo que pudo ser la casa de Joaquín y Ana – pronto sin embargo se sitúan en Jerusalén, precisamente en las cercanías del templo y también muy cerca de la piscina probática, o de las ovejas, por donde se entraban precisamente los animales para los sacrificios en el templo. Allí se levanta un antiguo templo que nos recuerda a santa Ana, la madre de María, y el probable entonces lugar del nacimiento de María. Allí bebería esa fe y esa fortaleza de espíritu que brilló tanto en su vida. Lo que fue María, tan disponible para Dios como siempre ella estaba, fue de Joaquín y de Ana de quien lo aprendió, los que la enseñaron cómo había de llenarse de Dios.

Pero precisamente en este día en que celebramos a los abuelos de Jesús, se quiere convertir también en el día de los abuelos, en el día de nuestros mayores. Algo muy conveniente y que no podemos olvidar. Son nuestra historia pasada sobre la que está edificada nuestra vida. Pensemos, por ejemplo, cuánto de lo que hay en nuestra vida es precisamente herencia que recibimos de nuestros abuelos; ellos trataron de trasmitir a sus hijos, nuestros padres, unos valores sobre los que cimentar su vida, y que ha sido también lo que hasta nosotros ha llegado, a nosotros también se nos ha transmitido.

Es cierto que hoy hacemos nuestra vida; en el modernismo en el que queremos vivir, porque la vida siempre va avanzando, algunas veces podemos tener la tentación de querer arrancar de nosotros eso que hemos recibido de nuestros mayores, y nos olvidamos que son el fundamento de lo que ahora somos. Aprendamos a descubrir y valorar eso bello y hermoso que hemos recibido, que ahora lo plasmamos en nuestra vida, dándole, si queremos decirlo así, nuestro toque personal con las características de lo que somos y del mundo en que vivimos, pero no lo olvidemos que lo que somos es lo que hemos recibido, ha sido el cimiento y el pilar sobre los que seguimos construyendo nuestra vida.

Nos hace echar una mirada agradecida hacia atrás, hacia nuestros mayores, hacia nuestros abuelos; nos hace valorar la vida de verdad como nos compromete a seguirla construyendo y ofreciendo lo mejor de nosotros a las generaciones que nos siguen. Será así como construiremos ese mundo mejor que todos deseamos.

lunes, 4 de abril de 2022

Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

 


Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

Una piedra, una roca, puede ser sólido cimiento de un enorme edificio que podamos construir; básicamente la piedra era fundamental en la construcción de cualquier edificio o monumento, porque eran la base de las columnas que sostenían el edificio, de las paredes con que era construido y así en mil detalles más incluso en la ornamentación. Pero una piedra podría ser elemento de destrucción y de muerte como aquella roca que se desprende de la montaña y echa abajo aquella hermosa figura construida de valiosos metales en el sueño descifrado por el profeta; elemento de muerte porque un golpe en una piedra o con una piedra puede quitarnos el sentido y la vida.

A través del evangelio la imagen de la piedra o de la roca aparecerá con diversos significados, desde la roca – Pedro, piedra – sobre la que Cristo quiere edificar su iglesia, o como en el caso que se nos ofrece hoy en el evangelio el ser apedreado era castigo mortal para quienes eran descubiertos en adulterio. Es la acusación que traen contra aquella mujer a la que pretendían apedrear en cumplimiento de la ley de Moisés, pero en la intenciones de quienes vienen con la acusación contra quien quieren lanzar piedras es contra Jesús porque con aquel juicio en el que pretendían inmiscuirle estaba la mala intención de ver como cogerían a Jesús en sus propias palabras y acciones para tener de qué acusarle.

Jesús, en este caso lo desbarata todo cuando apela a la sinceridad de la conciencia de cada uno de aquellos acusadores. ¿Podrían en verdad acusar? ‘El que esté libre de pecado que tire la primera piedra’, es la sentencia de Jesús después de tensos momentos de silencio buscando respuestas y actuaciones. ¿Quién puede en verdad sentirse tan justo como que pueda tirar la primera piedra?

Sin embargo, seguimos tirando piedras. Aunque el desafía de Jesús nos deja en desazón pronto lo olvidamos y en la vida de mil manera seguimos tirando piedras, porque seguimos juzgando y seguimos condenando, seguimos poniendo en entredicho lo que hacen o lo que dicen los demás o seguimos creando desconfianzas, seguimos con la palabra malévola dicha en el momento oportuno para crear una confusión o seguimos ocultándonos detrás de las persianas de nuestras cobardías cuando vemos algo que realmente es injusto y nada hacemos por denunciarlo o desbaratarlo, seguimos con la sonrisa maliciosa en la alegría que nos pueda producir el daño de los demás o seguimos provocando a la gente en aquello que sabemos que los solivianta pero no para construir cosas buenas sino para mover quizás muchas veces al alboroto y la violencia porque dicen que a río revuelto ganancia de pescadores y siempre queremos sacar beneficio hasta de lo que pueda perjudicar a los demás. Son tantas las piedras que seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno.

Jesús quiere ponernos hoy en sobre aviso. Algunas veces es una pendiente resbaladiza en la que nos metemos porque vamos de buena voluntad por la vida, pero no miramos bien las consecuencias de nuestros actos, nuestras palabras, nuestros comentarios, nuestros gestos, nuestras actitudes. Tenemos que pensarnos bien lo que hacemos, lo que decimos, los gestos que podamos tener con los demás, para desterrar toda malicia, toda mala intención, para que sepamos ir por la vida con una mirada limpia, pero también con una palabra sincera y con muchos gestos de amor. Que nunca más por culpa nuestra caigan piedras sobre los demás.

viernes, 9 de noviembre de 2018

La imagen de la Iglesia ha de ser siempre la de la unidad y la comunión porque nuestro distintivo es el amor




La imagen de la Iglesia ha de ser siempre la de la unidad y la comunión porque nuestro distintivo es el amor

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

‘Sois edificio de Dios… mire cada uno como construye… Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo…’ Así nos lo recordaba el apóstol san Pablo en la carta a los Corintios. Y nos propone la liturgia este texto  en el día en que estamos celebrando la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán que es la Catedral de Roma.
Es importante la celebración de esta fiesta litúrgica. San Juan de Letrán es, como decíamos, la Catedral de Roma, la Sede del Obispo de Roma, es decir, del Papa. Aclarar para quien tenga confusión que aunque veamos al Papa en el Vaticano y las grandes celebraciones tengan lugar en la Basílica de san Pedro o en su plaza de todos tan conocida, la catedral, la sede del Papa, del Obispo de Roma esa san Juan de Letrán. También durante siglos el Papa vivió en los palacios lateranenses que están junto a esta basílica-catedral, aunque por razones históricas en las que ahora no vamos a entrar fue el Vaticano la residencia del papa y de toda la organización de la Iglesia Católica.
Un momento esta celebración para vivir en toda profundidad, por la comunión con el Papa, todo el sentido eclesial de nuestra fe. Somos la Iglesia de Cristo y en comunión eclesial hemos de vivir todos los que creemos en Jesús porque así lo quiso Jesús, así nos constituyó en familia y comunidad, y es algo que dimana desde lo más profundo de nuestra fe y del sentido y espíritu del Evangelio.
Pero muchas mas reflexiones podríamos y tendríamos que hacernos hoy al albur de los textos del Evangelio y de toda la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia de este día. Sírvanos de referencia el texto mencionado al comienzo de esta reflexión. ‘Sois edificio de Dios…’ Demasiadas veces cuando hacemos referencia a la Iglesia nos quedamos en los edificios de nuestros templos. Por analogía nos referimos a ellos llamándolos iglesias, por cuanto que en ellos se reúne la Iglesia, la asamblea de los hijos de Dios para las celebraciones de los sacramentos y la escucha de la Palabra.
Pero el verdadero edificio somos nosotros. A ello es lo que se refiere el apóstol. Por eso nos advierte de cómo lo edificamos, igual que cuidaríamos la construcción de un edificio material. No lo hacemos de cualquier manera, no empleamos cualquier elemento para su construcción, no ponemos cualquier cimiento, pues es fundamental para la sustentación del edificio. Y nos recuerda el apóstol que nuestro cimiento es Cristo; no podemos poner otro, porque estaríamos desvirtuando nuestra vida misma. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’, nos dice a continuación.
Hablamos, pues, pues de ese templo de Dios que somos nosotros, hablamos de ese edificio de Dios que constituimos todos los que formamos la Iglesia. Es importante considerar bien esto. Es muy importante tenerlo en cuenta para la manera de vivir nuestra fe. El edificio es uno aunque esta formado por muchos elementos. Ese edificio del pueblo de Dios es uno, aunque seamos muchos los que lo constituyamos. Pero ha de estar bien conjuntado ese edificio; tenemos que estar en verdadera comunión todos los que formamos el edificio que es la Iglesia.
Qué importante la unidad y qué importante la comunión que tiene que haber entre todos nosotros. Es la comunión del amor, ya que éste es el único mandamiento de Jesús y que tiene que convertirse en nuestro distintivo. ¿Será en verdad el distintivo de la Iglesia, de nuestras comunidades, de nuestras parroquias, de nuestros grupos cristianos la comunión en el amor?
Mucho tendríamos que concluir de esta pregunta y de este planteamiento. Es algo que personalmente tenemos que revisar si nos sentimos en verdadera comunión los unos con los otros los que formamos la misma comunidad que es la Iglesia. Es algo que la Iglesia como comunidad se tiene que estar revisando siempre para que demos en verdad esa imagen, distintivo de nuestro ser, y principal y gran motivo para que el mundo crea en el mensaje que tratamos de trasmitir.
En muchas cosas muy concretas y muy prácticas tendríamos que revisarnos. Cuántas cosas tendríamos que purificar en nuestra vida y en la vida de la Iglesia, siguiendo la imagen que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio cuando trata de purificar aquel templo de Jerusalén que lo habían convertido de una casa de oración en una cueva de ladrones.

viernes, 25 de mayo de 2018

En las situaciones difíciles que viven tantos a nuestro lado tendríamos que saber ser signos de amor misericordioso sabiendo estar a su lado en su camino


En las situaciones difíciles que viven tantos a nuestro lado tendríamos que saber ser signos de amor misericordioso sabiendo estar a su lado en su camino

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

‘El Señor es compasivo y misericordioso’ es una aclamación que rezamos muchas veces en los salmos. Y nos lo hemos de repetir muchas veces porque tenemos que asimilarlo de tal manera que lo hagamos nuestra vida, nuestro sentimiento y nuestra manera de obrar. Reconocer esa misericordia de Dios que nunca nos falla – ‘es lento a la ira y rico en clemencia’, como proclamamos en ese mismo salmo – nos hace sentir paz en nuestro corazón en medio de nuestros infinitos fallos porque más infinito es el amor que Dios nos tiene y la misericordia que derrama sobre nosotros.
Creo que sin ese convencimiento nos costaría vivir en paz porque siempre aparecería en nuestra mente ese fantasma de nuestras faltas y pecados, pero sin contamos con ese amor compasivo y misericordioso del Señor nos sentimos como más impulsados a mejorar nuestra vida y a llenarla de esa misma compasión y misericordia para con los demás. Teniendo presenta esa misericordia que el Señor ha tenido con nosotros, ¿cómo es que nosotros no vamos a ser compasivos y misericordiosos con los demás? Por eso decía que nos marcará nuestra manera de actuar.
Y en la vida bien lo necesitamos. Todos tenemos nuestras debilidades y nuestros fallos; todos sentimos la tentación que no siempre sabemos superar; todos tenemos nuestro pecado y el que sinceramente se considere que no tiene pecado será el que pueda tirar la primer piedra. ¿Quién puede tirar la primera piedra? Pero bien sabemos que muchas veces nos volvemos intransigentes con los demás; exigimos y no perdonamos como si nosotros no fuéramos también débiles y pecadores.
Qué lejos tendría que estar de nuestras actitudes la intransigencia; intransigencia que es una señal de nuestro orgullo y vanidad, que nos hace sentirnos soberbios por encima de los otros y gamo despreciando a los demás porque son pecadores. No son solo aquellos fariseos del evangelio que despreciaban a los publicanos por pecadores, sino que esas posturas nos las encontramos en nosotros mismos quizá muchas veces.
Muchas son las situaciones de la vida en las que manifestamos nuestra debilidad o en la que nosotros nos volvemos exigentes con los demás sin querer comprender la situación personal de cada uno. Llenamos la vida de reglas y reglamentos, de normas, leyes y protocolos y parece que todos tenemos que pasar por el aro, sin ver la situación personal de cada uno, que puede ser siempre muy diferente. No es caer en un subjetivismo como regla suprema, sino atender a la singularidad de cada persona. Si dialogáramos más entre nosotros en verdaderos niveles de sinceridad nos conoceríamos mejor, nos entenderíamos más, juzgaríamos menos, no seriamos nunca intransigente con los otros. Mucho tiene cada uno de revisarse de estas cosas.
Hoy el evangelio hace referencia a una de esas situaciones complicadas de la vida que quizá también muchos sufrimientos pudiera hacer pasar a muchos, cuando es una faceta de la vida que tendría que llenarnos de verdadera felicidad y tendría que ser la base de la construcción de ese mundo bueno y cada vez mejor en que todos tendríamos que colaborar en construir. Se habla de matrimonio y se habla también de divorcios, de rupturas. Y se lo plantean a Jesús. Y Jesús lo que quiere es que vayamos a la base y al fundamento de lo que tiene que ser ese matrimonio.
Hemos sido creados para amar y así, podríamos decir, hemos sido constituidos por el Creador. Un amor que conduce a la más profunda comunión que pudiera haber entre hombre y mujer que es el matrimonio. Y es ahí en la construcción del amor, verdadero fundamento de la plenitud de toda persona donde tenemos que ahondar para que construyamos ese edificio sólido y bien fundamentado.
Claro que  no nos podemos confundir en lo que es la verdadera base de ese amor. Muchos comenzamos la casa por el tejado y nos faltan los cimientos más sólidos. No se puede llegar la plenitud de entrega en ese amor como si fuera solo una carrera guiada por el instinto. El amor tenemos que fundamentarlo, tenemos que construirlo bien, tenemos que darle las bases del verdadero encuentro de la persona en el dialogo y la amistad, en la comunicación sincera que lleve a un autentico conocimiento mutuo y en ese deseo de caminar juntos ayudándose y apoyándose mutuamente.
Sí, como reflexionábamos al principio, en esas situaciones en que parece que no ha madurado el amor y se llena la vida de tantos sufrimientos, tiene que aparecer en nuestro corazón la compasión y la misericordia, para comprender, para perdonar, para ayudar, para servir de apoyo y ayudar a madurar en la dificultad al que sufre, para confortar en esos sufrimientos que nos aparecen en la vida, para ser un caminante signo de la misericordia del Señor junto al que tiene su vida llena de amargura y dolor. De formas muy concretas la Iglesia que es madre y es signo de ese amor misericordioso del Señor ha de saber estar al lado de esas situaciones dolorosas de la vida de tantos a nuestro lado. ¿Cómo tenemos que hacerlo y cómo hacerlo? Que el Señor nos ilumine.

viernes, 19 de enero de 2018

Los cristianos tendríamos que preguntarnos cómo hacemos presente nuestra cercanía a nuestros pastores para que nunca ningún pastor sienta la amargura de la soledad y del abandono

Los cristianos tendríamos que preguntarnos cómo hacemos presente nuestra cercanía a nuestros pastores para que nunca ningún pastor sienta la amargura de la soledad y del abandono

1Samuel 24,3-21; Sal 56; Marcos 3,13-19

‘Jesús subió a la montaña, llamó a los que quiso, y se fueron con él’. Jesús elige, escoge de entre todos los discípulos a los que El quiso.
Como nosotros elegimos. Nos vamos encontrando con muchos en la vida pero no todos significan lo mismo para uno. Vamos sintonizando, vamos conociendo, vamos eligiendo a quienes pueden ser nuestros amigos, a los que queremos tener más cerca de nosotros, con los que vemos que podemos tener proyectos de vida comunes. Sin querer excluir a nadie, porque siempre tenemos que estar abiertos a todos, formamos nuestro círculo, esas personas a las que más apreciamos y con las que compartimos de manera especial desde lo más hondo de nosotros mismos. Es el amigo que es compañero y más que compañero en el mejor sentido de la palabra, porque caminamos juntos, queremos construir juntos.
Mucha gente seguía a Jesús. Eran los discípulos, los que querían seguirle, escuchar su Palabra y dejarse transformar por ella. Y Jesús cuenta con todos, porque a todos ama y a todos llama a formar parte de su Reino. Pero elegirá a algunos de manera especial, que van a estar más cercanos, a quienes les va a confiar una misión especial, que van a ser el cimiento de ese nuevo edificio que Jesús quiere construir en nuestro mundo y en la vida de los hombres.
Son los que hoy vemos llamar y van a ser nombrados como apóstoles, que van a estar en esa cercanía especial de Jesús. Y el evangelista nos hace la relación de los doce escogidos por Jesús, incluyendo a aquel que luego le traicionaría. Allí están todos, los Doce, también con sus limitaciones, sus debilidades, con lo que les cuesta entender y caminar en muchas ocasiones, pero son aquellos en los que Jesús confía de manera especial para ser el cimiento de esa comunidad nueva.
Por eso  nos dirá san Pablo que estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles para formar un sólido edificio. A ellos de manera especial les explica, con ellos convive de una forma más continuada, ellos le van a seguir por todas partes por los caminos de todo Israel, a ellos se les va a revelar de manera especial. Van a ser el fundamento especial.
El evangelio de hoy nos hace pensar en la Iglesia y nos hace pensar en aquellos a los que en la nueva comunidad Jesús ha confiado una misión especial. Llamados por el Señor. Como nos dice el evangelio ‘a los que quiso’. No nos arrogamos esa misión especial que en la Iglesia podamos desempeñar, sino que tenemos que sentirnos llamados por el Señor. Es cierto que un día decidimos seguirle, ser de sus discípulos, los que hacen su camino. Pero esa misión especial no es cosa nuestra, no es solo por nuestra decisión, sino que es El quien llama. A nosotros, o a quienes hayan recibido esa llamada y esa misión, toca responder con generosidad, con disponibilidad total.
Y detrás tiene que estar toda la Iglesia. Es el apoyo de los cristianos a sus pastores. Como cuando Pedro estaba en la cárcel y toda la comunidad estaba reunida orando por él. Así toda la Iglesia tiene que sentirse en comunión, todos los que seguimos a Jesús tenemos que sentirnos en comunión con nuestros pastores. Que no es solo que lo digamos de palabra o lo pensemos en el corazón, sino que tiene que ser de una manera efectiva y real, primero con nuestra oración, luego con nuestra cercanía y nuestro apoyo para que nunca los pastores del pueblo de Dios se sientan solos.
Aunque nos apoyamos en el Señor que es nuestra Roca, sin embargo ese apoyo en el Señor se siente más vivo cuando está la comunidad detrás con su oración, con su presencia, con su cercanía, con su escucha, también con una palabra de aliento, para caminar siempre juntos. Aquí tendríamos que preguntarnos como los cristianos hacemos presente nuestra cercanía a nuestros pastores, como es la forma efectiva y eficaz en que vivimos esa comunión de Iglesia. Que nunca ningún pastor sienta la amargura de la soledad y del abandono de los suyos.

viernes, 18 de agosto de 2017

Un bello edificio construido sobre el sólido cimiento del amor que en todo momento hemos de saber cuidar y mantener restaurado para contener la inestimable riqueza de la familia


Un bello edificio construido sobre el sólido cimiento del amor que en todo momento hemos de saber cuidar y mantener restaurado para contener la inestimable riqueza de la familia

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12

Caminando por nuestros pueblos y ciudades muchas veces se queda uno maravillado al contemplar bellos edificios en los que a pesar quizás del paso del tiempo sin embargo los seguimos contemplando llenos de belleza y esplendor observando la fortaleza de su construcción que no se ha debilitado, como decíamos, por el paso de los años. Fueron construidos sobre sólidos cimientos y se nota el mimo y el cuidado con que fueron levantados y posteriormente conservados para mantener así esa solidez y esa belleza.
Quizá a su lado observamos edificios en estado ruinoso, no porque no fueran levantados en el lugar adecuado y con los correspondientes cimientos, sino porque quizá sus propietarios no los cuidaron con igual mimo y el paso de los años ha ido dejando en ellos huellas de deterioro y quizá casi de ruina. Una cuidada conservación es casi tan importante como la solidez inicial con que fue construido, porque de lo contrario toda aquella belleza un día se nos vendrá abajo y se destruirá.
Esto me hace pensar en ese edificio tan maravilloso que construimos en la vida y que con tanto cuidado hemos de conservar. No es solo nuestra propia vida individual que hemos de saber edificar bien en el fundamente de unos verdaderos valores y que luego hemos de hacer madurar con el paso de los años manteniendo el cultivo de esos valores que enriquecen nuestra persona.
Pero ahora quiero pensar en ese maravilloso edificio que es el matrimonio sobre el cual vamos a asentar nada menos que toda la riqueza de una familia. No podemos ir a lo loco y a ciegas en el inicio de su construcción, porque ya cada uno de los que componen la pareja que constituye ese edificio por si mismo ha de poner esos sólidos fundamentos en su vida. Pero ahí está la importancia del inicio de esa relación que nos lleva a construir y constituir esa vida en común que es la pareja, que es el matrimonio. No nos podemos cegar por apariencias que nos encandilen ni por pasiones que se nos desborden y que nos impidan poner los sólidos fundamentos de ese amor sobre el que hemos de construir nuestra relación.
Amistad que es comunicación y relación, diálogo que es descubrir los valores de cada uno que hemos de desarrollar, paciencia sin límites para saber ir haciendo las correcciones que sean necesarias para que haya esa verdadera comunicación, sinceridad para poder llegar a ese profundo conocimiento…, muchas cosas más, posturas, actitudes, valores que hemos saber ir descubriendo y cultivando con profundidad para que no nos encontremos en el futuro con la sorpresa de no haber puesto ese sólido cimiento.
Pero será construcción que hemos de mantener siempre en activo, pues aunque llegue el momento en que ya podemos habitar ese edificio porque de verdad se quiere ser pareja matrimonial, el cuidado de ese edificio no lo podemos nunca abandonar. Es grande la riqueza que se va a generar en él con la constitución de una familia y eso mismo nos obliga a mantener ese permanente cuidado para saber reparar, restaurar, mantener en su belleza ese maravilloso edificio del matrimonio y la familia. No podemos permitir que haya valores que se desgasten y se pierdan, cada día hemos de saber descubrir nuevas cosas en la vida de sus miembros que nos hagan enamorarnos de nuevo de quienes son ese amor de nuestra vida.
Me hago esta reflexión cuando hoy en el evangelio Jesús quiere recordarnos esa indisolubilidad del matrimonio y los judíos de entonces le planteaban, como se siguen planteando hoy, los problemas de las rupturas y de los divorcios porque parece que el amor se acaba y se rompe la relación entre personas que se amaban. No nos podemos dejar cautivar por la superficialidad con que se afronta muchas veces la vida olvidando los verdaderos valores que la enriquecen.
Además como creyentes y cristianos hemos de saber reconocer la fuerza de gracia que tenemos en el matrimonio que es sacramento del amor que Cristo nos tiene y que así entonces se hace presente en todas las realidades de nuestra vida, también en el matrimonio y la familia para enriquecerlos y fortalecernos con su gracia. Olvidamos muy pronto muchas veces lo que es la gracia del sacramento del matrimonio y cuando hemos de restaurar algo de ese amor que pueda perder su brillo no sabemos contar con la fuerza y la gracia de la presencia del Señor en nuestra vida.
Cuidemos ese hermoso edificio, que resplandezca siempre por su belleza, solidez y esplendor; que podamos cultivar y guardar en él esa riqueza inmensa que es la familia, célula fundamental de una sociedad mejor.

sábado, 8 de octubre de 2016

Que la Palabra de Dios sea el cimiento sobre el que se edifique nuestra vida, la tierra fecunda donde se hundan nuestra raíces para ser árbol bueno que dé frutos buenos

Que la Palabra de Dios sea el cimiento sobre el que se edifique nuestra vida, la tierra fecunda donde se hundan nuestra raíces para ser árbol bueno que dé frutos buenos

Gálatas 3,22-29; Sal 104;  Lucas 11,27-28

Las gentes se entusiasmaban con Jesús. Era su Palabra con un mensaje claro y lleno de vida, eran los signos que realizaba, era la vida misma de Jesús, su cercanía, sus gestos los que les hacían proclamar que nadie había hablado como El, con su autoridad, con su firmeza y valentía; la esperanza comenzaba a despertar de nuevo en sus corazones porque vislumbraban ese mundo nuevo que El anunciaba y vivir esa paz y en esa comunión entre todos, donde todos se aceptaran, donde nadie fuera mejor ni más poderoso que el que estaba a su lado era algo que en el fondo todos deseaban y con Jesús parecía que todo aquello era posible.
Por eso lo seguían aunque fuera al desierto y descampado; cuando se retiraba a solas para orar lo esperaban o lo buscaban; cuando marchaba de un lugar a otro lo seguían; así se aglomeraban multitudes en torno a El, no le dejaban ni en la casa porque se agolpaban a la puerta de manera que a veces parecía imposible llegar hasta El con los enfermos o los lisiados que le traían para que El los curara. Y El estaba dispuesto a ir a todas partes, y allí donde supiera que había alguien que sufría El estaba dispuesto a ir a estar a su lado, como al paralítico de la piscina, o a la hija de Jairo que estaba en las últimas.
No es extraño, pues, que pudiera surgir aquella voz anónima en medio de la multitud. Una mujer sencilla del pueblo que se entusiasmaba al escucharle y que se acordó de su madre. Qué dichosa tendría que sentirse la madre de Jesús, pensaba aquella mujer en sus adentros, pero no pudo más hasta que gritó para que todos la escucharan. ¡Dichosa la madre que te crió! ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Es normal cuando contemplamos la belleza del corazón de una persona, porque vemos sus gestos, vislumbramos sus actitudes, somos testigos de las cosas buenas que hace, de su entrega, de su generosidad, de su compromiso, pensamos en la familia donde fue educado, pensamos en la madre que lo crió y le enseñó tales cosas tan buenas.
Jesús no es que rechace esa alabanza que se hace a su madre. El también estaría dispuesto a decir cosas hermosas de María. Pero Jesús quiere señalarnos la fuente. Porque Jesús quiere decirnos donde tenemos que fundamentar bien nuestra vida, lo que han de ser los verdaderos cimientos de nuestra vida para que luego salga el edificio bello, donde asentar nuestras raíces para que el árbol sea frondoso y nos pueda dar buen fruto.
‘Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Ahí tenemos nuestro cimiento, ahí tenemos nuestra raíz, la Palabra del Señor; pero la Palabra que escuchamos y que plantamos en nuestro corazón; la Palabra que nos llena de vida y nos mueve a la vida; la Palabra que nos transforma, que convierte de verdad nuestro corazón al Señor, la Palabra que nos pone en camino nuevo, en el camino del amor, de la generosidad, de la misericordia, de la compasión y del perdón, de la entrega y del compromiso por los demás, que nos hace tener los ojos abiertos para ver el mundo con ojos nuevos.
Plantemos esa Palabra en nuestro corazón y en nuestra vida. Que como María digamos también que se cumpla, que se realice en nosotros es Palabra de Dios.  

sábado, 12 de septiembre de 2015

Busquemos en el Evangelio los verdaderos cimientos de nuestra vida que nos conduzcan por caminos de plenitud

Busquemos en el Evangelio los verdaderos cimientos de nuestra vida que nos conduzcan por caminos de plenitud

1Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49

¿Dónde hemos puesto los cimientos de nuestra vida? Bien sabemos que no podemos edificar pensando solamente en lo que van a ser los ornamentos de nuestro edificio. Si no hay un profundo cimiento sobre algo firme sabemos que todo se nos puede venir abajo en cualquier momento o ante cualquier tempestad o tormenta de la vida.
Los cimientos hemos de tenerlos bien anclados en nuestro corazón. Hemos de saber encontrar lo que sean los verdaderos fundamentos de nuestra vida, esos principios que nos den autentico sentido y valor. No nos podemos quedar en superficialidades ni apariencias, porque el brillo exterior pasa y desaparece y solo quedará lo que es la verdadera fortaleza de nuestra vida.
Hay demasiadas vanidades en la vida; corremos y nos afanamos por cosas que son superfluas y efímeras; buscamos la felicidad en las cosas que nos atraen por esos brillos externos y cuando no tenemos una verdadera profundidad en la vida buscamos sucedáneos que nos hagan pasar un buen momento aunque luego nos quede amargor en el corazón. Tenemos el peligro incluso de utilizar esas cosas buenas de la vida como si fueran lo único que merece la pena, pero cuando no le hemos dado un buen sentido y valor a lo que hacemos, o cuando incluso no hemos sabido valorar a las personas con las que estamos sino que en el fondo con ello lo que hacemos es buscarnos a nosotros mismos de una forma egoísta, luego sentiremos un vacío interior que no sabremos en verdad cómo llenarlo de sentido.
Hemos de saber tener verdadera madurez en la vida dándole profundidad a lo que hacemos. Como decíamos, hemos de saber encontrar ese verdadero cimiento de nuestra vida que nos lleve por caminos de plenitud. El cristiano que verdaderamente se ha encontrado con Cristo y su Palabra, que ha descubierto el evangelio como la verdadera luz de su vida, sabrá ir encontrando esos caminos de profundidad. Nos ha hablado Jesús del edificio construido sobre arena o sobre roca. ‘El que se acerca a mi, escucha mis palabras y las pone por obra’, nos dice Jesús.
Lo que nos va enseñando Jesús en el Evangelio es para que encontremos esa verdadera grandeza de nuestra vida. Y si vamos llenando nuestro corazón de esos valores que nos enseña el evangelio daremos auténticos frutos de justicia, de fraternidad, de amor, de paz en nuestras relaciones con los demás creando de verdad un mundo nuevo. Como nos decía hoy Jesús en el Evangelio  ‘lo que rebosa del corazón, lo habla la boca’. Por eso nos decía Jesús que por los frutos habría de conocérsenos.
Por eso hemos de darle autenticidad a nuestra relación con el Señor. No podemos vivir una religiosidad superficial, ni vamos al encuentro con el Señor para que nos resuelva milagrosamente nuestros problemas. No podemos hacer nuestra expresión religiosa solo de apariencias. La fe que nos lleva al encuentro con el Señor la hemos de vivir desde lo más profundo de nosotros mismos y luego ha de traducirse en las obras buenas y de justicia y amor que tengamos con los demás y nos haga comprometernos con el mundo que nos rodea.
Fundamentemos bien nuestra vida en Cristo. El es la verdadera Roca de nuestra vida.  Con Cristo a nuestro lado, con Cristo en el centro de nuestro corazón, ¿a quien hemos de temer? ¿quién nos puede derrotar?