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viernes, 7 de agosto de 2026

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

 


No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

Nehemías 2, 1. 3; 3, 1-3. 6-7; Salmo : Dt 32, 35-41; Mateo 16, 24-28

Algunas veces sentimos el deseo de encerrarnos en una torre para estar preservados de todo, no contagiarnos de tanta violencia, de tanto egoísmo, de tanto materialismo que contemplamos por todos lados, hastiados del vacío con que se vive la vida sin darle un sentido y un valor a lo que hacemos, buscando siempre pasarlo bien y de la forma que sea en todos los aspectos, no queriendo contaminarnos de esas ínfulas en que viven tantos en su vanidad y en su prepotencia que nada respetan ni nada valoran. Pero al mismo tiempo nos preguntamos si en verdad esa es la solución cuando solo queremos salvarnos a nosotros mismos dejando que nuestro mundo sigan circulando por esos cauces turbios.

¿Estaré ganando o estaré perdiendo? ¿Qué satisfacción puedo sentir al final si nada he hecho sino de preocuparme de salvarme a mí mismo sea como sea? ¿No estaré yo haciendo lo mismo por lo que no quiero contagiarme y por lo que me refugio en ese torreón cerrado? Nos sentimos confundidos, no hemos terminado quizás de encontrarle un sentido a la vida. ¿Merecería la pena?

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio y no siempre hemos terminado de entender. Nos está hablando de cruz y también de ser capaz de perder para poder ganar. ¿Nos quiere unos perdedores? ¿Quiere que busquemos el dolor y el sacrificio por mi mismo quizás de una manera fanática? ¿Es que nos quiere acaso tristes y amargados en medio de penas y sufrimientos?

No es ese el sentido de Jesús. Él nos ha hablado de dicha y felicidad y la promete para todos. Cuando nos está hablando del Reino de Dios es que quiere que le demos un sentido distinto a nuestra vida con unos valores que en verdad van a darle una plenitud a nuestra existencia. Nos está hablando Jesús del amor como lo que le da sentido a todo y lo que en verdad nos va a llenar de vida. Los edificios de la vida construidos desde la vanidad o pensados solo para nuestro disfrute personal y egoísta pronto se los va a comer la carcoma de esa misma vanidad y se vendrán abajo.

Unos sólidos fundamentos en los valores de la autenticidad, del amor y la generosidad, de la búsqueda del bien para actuar en justicia para todos serán los que mantendrán firme ese edificio que entonces estará abierto para todos. Nos es más cómodo dejarnos arrastrar por la vanidad y los caprichos de mi autosuficiencia pero sabemos que estamos edificando sobre arenas movedizas que no dan auténtica firmeza a nuestra vida. Amar porque nos damos y somos capaces incluso de olvidarnos de nosotros mismos porque lo que buscamos siempre es el bien del otro nos resulta más costoso y exigente, pero estaremos haciendo un mundo más agradable y acogedor donde todos nos vamos a sentir más a gusto y ya nos cuidaremos entre todos de mantenerlo.

Es lo que nos está queriendo decir Jesús cuando nos habla de negarnos a nosotros mismos o cuando nos dice que tenemos que ser capaces de perder la vida para ganarla. En ese mundo tan revuelto del que, como decíamos al principio, algunas veces tenemos la tentación de preservarnos encerrándonos en nosotros mismos tenemos que ser mensajeros de esperanza, de que es posible un mundo nuevo y mejor, y de ello tenemos que saber dar testimonio.

Cuando nos detenemos ante el que sufre para con nuestra presencia ser consuelo, cuando tenemos una palabra amable para sembrar paz y armonía donde todo es confusión, cuando vamos actuando con generosidad derrochando gestos de ternura para los que están a nuestro lado, cuando vamos buscando la autenticidad de los gestos sencillos que nos hacen sentirnos cercanos a los que van con nosotros en el camino, cuando tenemos paciencia para escuchar el que vive en soledad y nos contará una y mil veces sus andanzas o sus preocupaciones… estamos siendo esos mensajeros de esperanza que nuestro mundo necesita.

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor.


sábado, 1 de agosto de 2026

El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

 


El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

Jeremías 26, 11-16. 24; Salmo 68; Mateo 14, 1-12

¿Qué hacemos si algo nos molesta? Ya buscaremos la forma de hacerlo desaparecer para que no vuelva a molestarnos. Si es una piedra que se nos atraviesa en el camino la tiraremos ladera abajo para quitarla de en medio y no nos vuelva a entorpecer nuestro paso; quizás no se nos ocurra tratar de sacar algo bueno y utilizarla quizás en una pared o muro que impida que otros materiales se desparramen por el camino.

Pero, ¿y si es una persona la que nos resulta molesta? Seguramente nos alejaremos de ella para evitar sentir esa incomodidad, no estaría quizás en nuestra mano hacerla desaparecer pero buscaremos medios para destruir su presencia y no sea algo que nos está incordiando recordándonos quizás algo no tan bueno de nuestra vida; ya buscaremos influencia o medios para que no sea una sombra que nos persigue; mucho de esto vemos en la vida utilizando nuestra prepotencia, oliéndonosla de los ardides que sean, desprestigiando o intentando anular la palabra o el testimonio que esa persona pueda ofrecer si es algo que nos toca en heridas que llevamos en el alma.

Hoy el evangelio nos está ofreciendo una imagen en ese sentido. Herodes se pregunta por lo que está sucediendo con aquel profeta aparecido en el desierto a orillas del Jordán. Pero a Herodes le incomoda la palabra y el testimonio del Bautista porque en su misión profética también denuncia el comportamiento de Herodes. Algo le queda a Herodes de temores de índole religiosa en su conciencia porque aunque quisiera acallar aquella voz que le resulta tan incomoda sin embargo no se atreve. Pero a instancias e influencia de los que le rodean, la mujer con quien convive que es la mujer de su hermano, al final el Bautista termina encerrado en los calabozos queriendo hacer así que aquella voz no se oiga.

La intriga continua al tiempo que se manifiesta la debilidad de una vida entregada a los placeres de todo tipo; vendrá la ocasión en la fiesta de aquel cumpleaños en que dejándose arrastrar por todo aquel mundo de vanidad promete más de lo debería. Al baile de la hija de Herodías promete que le daría lo que pidiese aunque fuese la mitad de su reino. Y es la ocasión de acallar aquella voz incómoda porque le piden la cabeza de Juan Bautista; no quiere ser el que pierda el prestigio de su poder, porque las promesas las había hecho en medio de sus cortesanos, y manda decapitar a Juan.

Pero la voz seguirá escuchándose, será algo que siempre será recordado. La entrega de la vida desde el amor es como la semilla que muere para dar frutos. Jesús nos lo recordará más tarde desde su propia entrega como la prueba del amor más hermoso, del que da la vida por los que ama. Es el milagro de la entrega: de la muerte por amor se genera vida. Y el grito del amor no se puede acallar. Siempre es camino de vida, siempre es piedra de construcción, siempre es comienzo de algo nuevo, nunca será estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos.

El amor, su testimonio, a veces puede molestar cuando se convierte para nosotros en espejo para que se reflejen nuestras carencias, nuestros egoísmos, nuestra insolidaridad, nuestro vacío interior y tratamos de empañarlo o de ocultarlo. Es lo que nos decía el principio del evangelio de san Juan cuando nos hablaba de la luz y de las tinieblas, que las tinieblas rechazaron la luz, pero los resplandores de luz por mucho que se quiera ocultar por algún lado escaparán, por decirlo de alguna manera, para iluminar nuestra vida.

Pueden llegar horas de tinieblas por tanto mal que envuelve nuestro mundo, pero tenemos la certeza y la esperanza de la victoria de la luz. Por eso miramos a Cristo, no solo muerto en la cruz, como la gran prueba del amor, sino en la victoria de la resurrección donde, como decíamos antes, se genera la vida y la vida sin fin.


martes, 5 de mayo de 2026

La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

 


La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

Hechos 14, 19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31a

¿Seremos capaces de mantenernos en paz a pesar de tantas guerras que nos rodean y hasta nos envuelven? Hablar de la paz y del no a la guerra casi se ha convertido en un tópico que alimenta nuestras conversaciones de cada día y de lo que no dejamos de hablar. Pero fijémonos en una cosa, utilizamos el tema de la paz para ir siempre en contra de alguien a quien culpamos de todas esas guerras. Es cierto que la situación de nuestro mundo y nuestra sociedad es convulsa pero la convertimos en grandes temas que se pueden convertir hasta en eslóganes de vida, pero ¿buscamos esa paz dentro de nosotros mismos? Yo me pregunto si esa tremenda convulsión que vive nuestro mundo y nuestra sociedad y entonces pensamos en esa cercanía a nosotros de la sociedad en la que vivimos, no será debido a que no hemos sabido encontrar esa paz en nuestro interior. Porque es que lo que llevamos en el corazón es lo que se va a reflejar en esa situación que se vive en el mundo.

Fijémonos en el momento que viven los discípulos de Jesús cuando le escuchamos estas palabras que hoy nos trasmite el evangelio. No están viviendo un buen momento, en la incertidumbre incluso en que están ante lo que va a suceder según lo que Jesús les ha ido anunciando. Estaban inquietos y tristes, porque además todo les sonaba a despedida. Varias veces les dice Jesús que no se acobarden ni se sientan agobiados en lo que está sucediendo y Jesús de la mejor manera les dice que El siempre estará con ellos aunque llegue el momento de su vuelta al padre.

Me recuerda esos momentos de despedida cuando llega el momento, por ejemplo, de que un familiar o una persona querida para nosotros tiene que marchar y ya no va a estar con nosotros, esos momentos previos suelen ser muy dolorosos; me vienen a la memoria momentos de mi niñez cuando los familiares, padres o hermanos, tenían que emigrar a otro país. Aunque aun estuvieran con nosotros y nos prometieran de mil maneras que no nos iban a olvidar, llorábamos como niños en la angustia de la despedida. ¿No serían algo así los momentos que estaban viviendo en aquellas circunstancias los discípulos?

‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, les dice Jesús. Pero Jesús promete algo más, no les puede faltar la paz. No era ya solo decirnos el saludo de paz que entre los judíos era decirse ‘shalom’ (paz) sino que tenía que ser algo que se mantuviera en nuestro corazón. Por eso les decía Jesús: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’. No es la paz que se logra con la imposición, no es la paz fruto de un orden exterior, no es la paz que se gana con la guerra, no es la paz del dominio de uno sobre otros, del más fuerte frente al más débil, no es la paz del silencio impuesto. ‘No os la doy yo como la da el mundo’. Miremos lo que se está queriendo hacer en los grandes conflictos que hoy vivimos; es lo que algunas veces también intentamos los unos sobre los otros donde en nuestra prepotencia buscamos dominio y manipulación.

Jesús nos ha ido dejando las bases de esa paz que El quiere para nosotros cuando nos ha ido hablando del Reino de Dios y de sus características; Jesús nos ha puesto el cimiento verdadero a partir del amor; un amor que no se queda en palabras bonitas, un amor que construimos en unas relaciones sinceras y humildes de los unos con los otros, un amor que se sobrealimenta en la comprensión y en el perdón, un amor que porque saber perdonar de verdad sabe también olvidar  y que se convierte en restaurador de unas relaciones estables y duraderas, un amor de corazón abierto haciendo hueco para que en él quepamos todos sin diferencia ni distinción, un amor que no deja de darse a pesar de las incomprensiones que encuentre en su derredor, un amor que siempre es respetuoso al mismo tiempo que generoso, que es ofrecimiento pero que se convierte en regalo de cada día.

¿Buscaremos así la paz que Jesús quiere ofrecernos? Ya no es un tópico sino un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás.

 

martes, 22 de octubre de 2024

Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

 


Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

Efesios 2,12-22; Salmo 84; Lucas 12, 35-38

Estamos acostumbrados a ver esos vigilantes, que llamamos habitualmente seguritas, que se encargan de la vigilancia de determinados lugares o en ciertos acontecimientos; vigilantes, por ejemplo, que en la noche tienen que estar guardando la seguridad de un determinado lugar, bien desde cámaras de vigilancia, por ejemplo, repartidas por un edificio, bien sea en las rondas que durante su tiempo de servicio tienen que estar realizando continuamente; no se les permite que se distraigan con otras cosas para que puedan prestar bien ese servicio de vigilancia; su uniforme, sus medios de disuasión para los intrusos, pero sobre todo la atención que deben prestar. Al final de su servicio sin que haya ocurrido nada presentarán la guardia satisfechos de haber logrado prestar bien su servicio y recibirán el reconocimiento de quienes se lo han encargado.

Me viene a la mente este hecho ante lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros Estad. como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame…’ Ceñida la cintura y encendidas las lámparas, nos dice. Vestidos como quien tiene que salir a realizar un servicio – no acostados en la cama adormilados, podríamos decir – y con los medios adecuados como sería una luz para poder ver en las sombras a quien se acerca y llega. Atentos, porque no se sabe la hora de la llegada, y hay que estar prontos para abrir la puerta y recibir al que llega. Y con eso, nos dice Jesús, que se sienten dichosos, se sienten bien, se sienten a gusto, felices.

Y Jesús nos está diciendo que esa es tarea de nuestra vida. Vigilancia porque hay esperanza; al final dicha y felicidad porque se ha mantenido esa vigilancia, se ha cumplido con esa responsabilidad y se siente la satisfacción final. Una vigilancia y una esperanza vivida con alegría; es el gozo de la espera en la seguridad de lo que ha de venir, de lo que hemos de recibir, de la gloria de Dios que hemos de dar con nuestra vida.

No es fácil esa vigilancia en una noche oscura en la que parece que las horas se alargan. En ocasiones en la vida no nos es fácil mantenernos en esa tensión de la fidelidad; o  nos dormimos, o nos distraemos con otras cosas de las que quizás nos valemos para pasar el tiempo. Pero la vida no nos la podemos tomar como un dejar que pase el tiempo y veremos que la que al final tenga que suceder. La esperanza nunca puede ser pasiva, no es cruzarnos de brazos, es asumir nuestra vida, el lugar que en ella tenemos, lo que es nuestra responsabilidad, lo que nosotros podemos aportar, lo que tenemos que construir.

No es pasar la vida, dejando pasar el tiempo, que ya vendrá el final; es construir, es sentirnos responsables de esa vida, pero también de ese mundo en el que vivimos, por eso no puede haber pasividad, porque el que se siente responsable no actuar de una manera pasiva, sino que se siente activo, se siente con vida y con ganas de vivir. Por eso el que tiene esperanza será siempre una persona optimista, capaz de ver lo bueno que puede construir y se pone de manera activa a realizarlo. Siempre decimos que la esperanza es el gran motivo de nuestra alegría.  Se sentían dichosos, nos dice hoy el evangelio, aquellos criados cuando al final de su tiempo de vigilancia  tenían la satisfacción de haber realizado bien su tarea. Los hará sentar a la mesa aquel buen amo al encontrar a sus criados vigilantes y los irá sirviendo.

¿Viviremos así con esa alegría nuestra tarea y el cumplimiento de nuestras responsabilidades? Lástima esa amargura con que tantos viven su trabajo; no le han terminado de encontrar su sentido y su valor. Y cuando no vivimos con alegría nuestro trabajo seguro que no daremos el cien por cien, sino que simplemente nos contentaríamos con cumplir. Y ya sabemos la merma de calidad que va a tener una vida así y un trabajo realizado de esa manera. Creo que es una hermosa llamada de atención la que hoy Jesús nos está haciendo en el evangelio.

domingo, 6 de octubre de 2024

Amor, comunicación y comunión, camino de plenitud no solo de un yo sino de un nosotros, que nos engrandece y dignifica, signo e imagen del amor de Cristo por su Iglesia

 


Amor, comunicación y comunión, camino de plenitud no solo de un yo sino de un nosotros, que nos engrandece y dignifica, signo e imagen del amor de Cristo por su Iglesia

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16

Hemos sido creados para ser felices alcanzando la plenitud de nuestro ser como personas. Una plenitud que fundamentamos en el pleno desarrollo de nuestro ser como personas, en la corporeidad de nuestra presencia pero también en lo más profundo que llevamos dentro de nosotros que nos eleva y nos lleva mas allá de ese cuerpo para sentir la fuerza del espíritu dentro de nosotros que nos hace ser nosotros mismos, para disfrutar todo lo que somos, todas las capacidades y posibilidades que tenemos en nosotros mismos; pero esa plenitud, tenemos que reconocer, no se encierra en el yo sino que siempre estará en relación con un tú que hace un nosotros. Ese es el camino que nos conduce a la mayor plenitud de nuestro ser.

Somos relación, no somos soledad aislada; estamos llamados a la relación y a la comunicación que nos lleva a una comunión que es la que nos va a dar esa verdadera plenitud, por eso decimos que somos seres sociales, y no podemos vivir aislados de todo y de todos. Pero nuestra relación no es solo una cosa material, entra nuestro ser espiritual que es por donde podemos alcanzar la mejor comunión. Y esa relación es con otros seres que son como nosotros, con la misma dignidad y también con los mismos deseos de plenitud; es una relación personal que nos hace entrar en una comunión de personas. Y el lazo más hermoso y profundo para ello es el amor. Estamos llamados al amor.

‘No está bien que el hombre esté solo’, decía el Génesis; ninguno de los otros seres de la creación podían llenar de satisfacción al hombre; pueden ser presencias a nuestro lado de las que nos valgamos para muchas cosas, pero esa comunión desde lo más hondo solo se podrá tener con quien sea carne de mi carne y hueso de mismos huesos, con quien tenga la misma dignidad humana.

Una comunión que porque todos nos amamos y respetamos nuestra dignidad vamos haciendo en la relación con todos los que son como nosotros, pero que va a encontrar su plenitud en esa comunión plena de amor que es el matrimonio. Un hermoso edificio a construir que nos llenaría de la felicidad más plena, pero que tenemos que saber fundamentar muy bien.

Pero aunque estamos llamados y hemos sido creados para esa comunión sin embargo no siempre será fácil. Cuando se introducen en nosotros elementos que nos hacen perder de vista esa grandeza y dignidad de toda persona se debilita esa comunión porque se debilita el amor como la donación más sublime que podemos hacer de nosotros mismos. Entraremos en un camino no de donación sino de dominio y de imposición, que es destruir desde la base, desde los cimientos ese edificio de comunión que nos llevaría a la plenitud de nuestro ser y nuestra vida. Se nos endurece el corazón. El egoísmo que nos quiere hacer dominadores nos destruye esa capacidad de un amor en plenitud.

En el evangelio hoy le plantean a Jesús una cuestión que tiene actualidad y se agudiza en todos los tiempos. Jesús reconociendo nuestra debilidad y la dureza que se nos introduce en el corazón nos lleva a considerar lo que está en el origen de la vida y del ser humano. Lo que Dios quiso para el hombre desde siempre, desde toda la eternidad podemos decir, creándonos con esa dignidad igual en todo ser humano y con esa capacidad para el amor y para la comunión.

Sigue siendo piedra de tropezar en todos los tiempos y hemos de considerar esas claves fundamentales que parten de la dignidad de toda persona humana. Cuando lo tenemos en cuenta nunca entraremos en caminos de imposición sino de comunión, por eso para realizar bien ese camino tenemos que saber despojarnos de nuestros orgullos y de esos resabios de egoísmo que nos encierran en nosotros mismos. El orgullo es mal compañero para un camino de comunión que necesariamente tenemos que saber hacer juntos.

Es saber ponernos al lado del otro que camina conmigo y con el que yo camino. Un camino en el que tenemos que saber ayudarnos mutuamente, comprendiendo las limitaciones que cada uno pueda tener. Es cuando nos sentiremos felices de lo logrado juntos, es la felicidad de un amor verdadero que siempre busca el darse porque ama, porque no pensando solo en si mismo quiere el bien del otro que también me hará feliz a mi.

Un camino de comunicación para que podamos llegar a esa comunión; un camino de búsqueda constante siempre de lo mejor que nos haga felices a todos; un camino de desprendimiento de si mismo que nos hace humildes, sencillos y cercanos; un camino que rehacemos y reemprendemos continuamente desde los errores cometidos porque a nadie culpabilizamos sino que en todo comprendemos; un camino que nos ayuda a crecer en todo aquello que nos lleve a esa plenitud del nosotros.

Por algo quiso Dios, como nos lo expresa san Pablo, que el amor de un hombre y una mujer es imagen del amor que Cristo tiene a su Iglesia. Un amor el del matrimonio que se desprende del amor que Dios nos tiene, pero que cuando lo vivimos en plenitud se convierte en signo e imagen del amor de Cristo a su Iglesia.