Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta testimonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta testimonio. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de agosto de 2026

Preguntémonos dónde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y manera de actuar y cuales son nuestras incongruencias escuchando la voz del bautista desde su martirio

 



Preguntémonos dónde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y manera de actuar y cuales son nuestras incongruencias escuchando la voz del bautista desde su martirio

1Corintios 1, 26-31; Salmo 32; Marcos 6, 17-29

‘Es un veleta’, habremos escuchado alguna vez - ¿o quizás nos lo han dicho a nosotros? – en referencia a una persona que no tiene criterios, que parece que actúa siempre sin fundamento porque carece de principios en los que encuadrar su vida, las decisiones que toma, la manera de hacer las cosas; hoy dice una cosa y mañana según convenga, según las presiones que soporte, según sea de donde corre el viento así está actuando. En un momento determinado se deshace en alabanzas hacia una persona, cuando al momento siguiente la está criticando o denostando de lo que hace o de lo que dice; en un momento se presenta como una persona recta que incluso quiere enseñar a los demás, pero pronto veremos que su vida no es tan recta, que mucha es la malicia que pervive en su corazón, que el orgullo y el amor propio son los criterios con los que actúa, y en su vida no encontramos sino doblez, vanidad y falsedad.

No podemos ir por la vida de esa manera, porque aunque todo tratemos de cubrirlo con sonrisas y palabras bonitas en el fondo nos sentimos unos desgraciados, vacíos y sin nada en que fundamentar nuestra vida, nuestras reacciones serán de desconfianza pero en consecuencia quizás para mostrarnos con una firmeza que no tenemos nos volvemos violentos e intransigentes con todo el mundo, caemos por una pendiente en la que parece que no podremos parar nunca.

Puede parecer una descripción fuerte pero tenemos mirarnos con sinceridad y tomarnos más en serio nuestra vida, aceptando aquello que nos hace pensar, lo que nos descubre que hay otro camino y otra manera de hacer las cosas, que nos ayuda a centrar mejor nuestra vida y a buscar esos buenos criterios por las que ha de regirse nuestra vida y nuestras decisiones. Es lo que nos está diciendo el evangelio de hoy.

Resumido en pocas palabras diríamos que nos habla del martirio del Bautista pero detrás de ello nos quiere decir muchas cosas y nos obliga a contemplar con crudeza también el cuadro de nuestra vida. Hay dos posturas, dos criterios, dos maneras de entender las cosas que se contraponen y se reflejan en los personajes que nos aparece en el texto sagrado. Como música de fondo, podríamos decir, pero ofreciéndonos una hermosa coral está la figura del Bautista, que no se reduce a las pocas cosas que ahora se nos dicen. Detrás está toda su predicación en el desierto y su forma de vivir, en primer plano nos aparece su valentía para denunciar la corrupción de Herodes por su manera de vivir que precisamente le ha llevado a la cárcel, pero aparece como apoteosis final su fidelidad y su martirio; es el testigo de algo nuevo y distinto que aparece en su figura que incluso les hará decir en quien puede parecer su enemigo que Juan era un hombre justo y santo. Ahí tenemos su testimonio que llevará con toda fidelidad hasta el final.

Como contrapunto está la figura de Herodes, quien dirá de Juan cosas hermosas, que aunque le inquietaba tenía el gusto de escucharle, que decía incluso que lo defendía pero que sin embargo su vida va rodando por una pendiente de la que parece que no hay manera de zafarse. No deja de ser incongruente porque su vida escandalosa sigue adelante, su manera de vivir reflejada en su mal llamado matrimonio pero también la superficialidad de su vida donde todo parece ser banquetes, fiestas y placeres, pero será la falta de respeto a sí mismo cuando simplemente parece estar más sujeto a la buena consideración que reciba de los demás; ‘por su juramento y por el qué dirán de sus invitados no querrá desairar’ a quien es capaz de pedir una vida humana.

Muchas consideraciones nos hemos hecho cada vez que hemos meditado este evangelio tanto en referencia a las inocuas posturas de Herodes pero también de la luz que sigue derramando sobre nosotros la figura del Bautista, la voz que clama en el desierto, que sigue clamando en nuestros desiertos, en las sequedades con que vivimos hoy nuestra vida y que necesitamos esa voz que nos grite y que nos despierte.

Quedémonos hoy preguntándonos donde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y nuestra manera de actuar, preguntándonos por la congruencia de nuestra vida o si acaso nosotros somos también como veletas que señalan direcciones opuestas según venga el viento quizás del qué dirán o de nuestras superficialidades que nos pueden llevar a un terrible vacío espiritual en nuestras vidas.

¿Trataremos también de apagar quizás esa voz que nos grita y nos despierta porque preferimos seguir en la vaciedad de nuestras rutinas?


sábado, 1 de agosto de 2026

El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

 


El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

Jeremías 26, 11-16. 24; Salmo 68; Mateo 14, 1-12

¿Qué hacemos si algo nos molesta? Ya buscaremos la forma de hacerlo desaparecer para que no vuelva a molestarnos. Si es una piedra que se nos atraviesa en el camino la tiraremos ladera abajo para quitarla de en medio y no nos vuelva a entorpecer nuestro paso; quizás no se nos ocurra tratar de sacar algo bueno y utilizarla quizás en una pared o muro que impida que otros materiales se desparramen por el camino.

Pero, ¿y si es una persona la que nos resulta molesta? Seguramente nos alejaremos de ella para evitar sentir esa incomodidad, no estaría quizás en nuestra mano hacerla desaparecer pero buscaremos medios para destruir su presencia y no sea algo que nos está incordiando recordándonos quizás algo no tan bueno de nuestra vida; ya buscaremos influencia o medios para que no sea una sombra que nos persigue; mucho de esto vemos en la vida utilizando nuestra prepotencia, oliéndonosla de los ardides que sean, desprestigiando o intentando anular la palabra o el testimonio que esa persona pueda ofrecer si es algo que nos toca en heridas que llevamos en el alma.

Hoy el evangelio nos está ofreciendo una imagen en ese sentido. Herodes se pregunta por lo que está sucediendo con aquel profeta aparecido en el desierto a orillas del Jordán. Pero a Herodes le incomoda la palabra y el testimonio del Bautista porque en su misión profética también denuncia el comportamiento de Herodes. Algo le queda a Herodes de temores de índole religiosa en su conciencia porque aunque quisiera acallar aquella voz que le resulta tan incomoda sin embargo no se atreve. Pero a instancias e influencia de los que le rodean, la mujer con quien convive que es la mujer de su hermano, al final el Bautista termina encerrado en los calabozos queriendo hacer así que aquella voz no se oiga.

La intriga continua al tiempo que se manifiesta la debilidad de una vida entregada a los placeres de todo tipo; vendrá la ocasión en la fiesta de aquel cumpleaños en que dejándose arrastrar por todo aquel mundo de vanidad promete más de lo debería. Al baile de la hija de Herodías promete que le daría lo que pidiese aunque fuese la mitad de su reino. Y es la ocasión de acallar aquella voz incómoda porque le piden la cabeza de Juan Bautista; no quiere ser el que pierda el prestigio de su poder, porque las promesas las había hecho en medio de sus cortesanos, y manda decapitar a Juan.

Pero la voz seguirá escuchándose, será algo que siempre será recordado. La entrega de la vida desde el amor es como la semilla que muere para dar frutos. Jesús nos lo recordará más tarde desde su propia entrega como la prueba del amor más hermoso, del que da la vida por los que ama. Es el milagro de la entrega: de la muerte por amor se genera vida. Y el grito del amor no se puede acallar. Siempre es camino de vida, siempre es piedra de construcción, siempre es comienzo de algo nuevo, nunca será estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos.

El amor, su testimonio, a veces puede molestar cuando se convierte para nosotros en espejo para que se reflejen nuestras carencias, nuestros egoísmos, nuestra insolidaridad, nuestro vacío interior y tratamos de empañarlo o de ocultarlo. Es lo que nos decía el principio del evangelio de san Juan cuando nos hablaba de la luz y de las tinieblas, que las tinieblas rechazaron la luz, pero los resplandores de luz por mucho que se quiera ocultar por algún lado escaparán, por decirlo de alguna manera, para iluminar nuestra vida.

Pueden llegar horas de tinieblas por tanto mal que envuelve nuestro mundo, pero tenemos la certeza y la esperanza de la victoria de la luz. Por eso miramos a Cristo, no solo muerto en la cruz, como la gran prueba del amor, sino en la victoria de la resurrección donde, como decíamos antes, se genera la vida y la vida sin fin.


viernes, 10 de julio de 2026

Una misión vivida con entereza y valentía, un testimonio vivo de lo que es el sentido de nuestra vida, un compromiso desde nuestra fe por mejorar nuestro mundo

 


Una misión vivida con entereza y valentía, un testimonio vivo de lo que es el sentido de nuestra vida, un compromiso desde nuestra fe por mejorar nuestro mundo

Oseas 14, 2-10; Salmo 50; Mateo 10, 16-23

Cuando vamos a encargar a alguien una tarea habitualmente somos entusiastas con aquello que pretendemos y ese entusiasmo tratamos de trasmitirlo a aquellos que van a ser colaboradores nuestros en esa obra; nuestro entusiasmo contagia ilusión, despierta interés, pone ánimo en quienes van a realizar esa tarea, pero también debería haber algo que no tendríamos que ocultar y es el realismo del esfuerzo que tenemos que realizar que nos exigirá incluso sacrificios ni tampoco podemos olvidar las dificultades y contratiempos que podemos encontrar; no seriamos lo suficientemente leales si no lo hiciéramos.

En el texto del evangelio que venimos comentando estos días hemos escuchado como Jesús escoge a doce de entre todos los discípulos a los que constituye Apóstoles, a los que preparará de manera especial para la misión que les va a confiar. Son las recomendaciones que hemos escuchado en estos días de cómo han de realizar su misión y son las palabras en cierto modo duras que hoy le escuchamos. Habla Jesús de las dificultades, no siempre van a ser escuchados y muchas veces rechazados; encontrarán dificultades hasta donde menos se lo piensan como son quizás sus propios familiares o las personas más cercanas; les habla claramente Jesús de que se puede convertir en una persecución por la que incluso serán llevados a los tribunales o incluso odiados por todos.

Pero aunque Jesús les dice que se verán incluso como ovejas en medio de lobos, sin embargo no han de perder la serenidad de su espíritu con la que sabrán actuar con fortaleza pero también con sencillez, con la humildad de quien se siente seguro de la verdad de lo que ofrece, pero también con la astucia de saber encontrar los medios y los modos de que el mensaje no deje de anunciarse. Y es que Jesús les está diciendo que no los deja solos porque su Espíritu estará siempre con ellos; será su Espíritu el que les dará esa fortaleza y esa serenidad incluso en la persecución, pero también con su sabiduría ponga palabras en sus labios para dar testimonio de su mensaje.

Estas palabras de Jesús que hoy escuchamos nos hacen ver y entender la historia de la Iglesia a través de todos los tiempos; ya lo vemos de forma palpable en el propio relato de los Hechos de los Apóstoles en la historia de aquellos primeros momentos de los cristianos. No fueron siempre carreras de victoria y el hecho está en la historia de martirio de los primeros apóstoles. Pero no ha faltado a través de todos los tiempos como no nos falta hoy. En muchos lugares en que la Iglesia es rechazada y perseguida incluso en países que habían sido debidamente evangelizados.

Pero no nos podemos quedar en pensar en esas situaciones más llamativas sino cómo con la cultura actual se quieren ir socavando esos valores humanos y cristianos que han sido básicos en nuestra civilización occidental y europea queriendo hacer desaparecer todo lo que suene a profundamente religioso y cristiano. Y para eso no tenemos que ir muy lejos porque lo tenemos entre nosotros, en nuestros ambientes y en la manera de actuar de parte de la sociedad que nos rodea.

Las palabras que les decía Jesús a los apóstoles en esta página del evangelio que estamos comentando bien nos viene escucharlas como dichas a nosotros hoy. Es lo que Jesús nos está pidiendo hoy, ese mantener viva y despierta nuestra fe para seguir dando nuestro testimonio con nuestro compromiso y con el anuncio que con nuestra palabra y nuestra vida tenemos que hacer. Nuestro amor y nuestra humildad tienen que resplandecer, pero también el arrojo y valentía de nuestro espíritu porque nada ni nadie nos podrá hacer callar. Sentimos también la fuerza del Espíritu de Jesús que nos anima y nos fortalece.

Son esas luchas también en nuestro interior cuando queremos crecer humana y espiritualmente, pero que nos sentimos tentados de tantas cosas que nos quieren arrastrar a ese materialismo de la vida que parece que todo lo invade. Ahí tenemos que manifestar nuestra rectitud, nuestra madurez y nuestra entereza.

domingo, 21 de junio de 2026

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

 



Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

Jeremías 20, 10-13; Salmo 68; Romanos  5, 12-15; Mateo 10, 26-33

Cuando estamos convencidos de algo lo defenderemos a capa y espada – es una forma de decir – porque nada ni nadie nos puede quitar ese convencimiento. Encontraremos razones y motivos que den fuerza a nuestras palabras, nos valdremos de todos los argumentos, pero defenderemos esa verdad. Experiencias tenemos en personas que nos rodean, capaces de darlo todo por ese convencimiento, y quizás en más de una ocasión nos habremos visto así defendiendo nuestra verdad.

Sin embargo nos queda por dentro una duda o una pregunta, ¿tendremos esos convencimientos tan fuertes? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? ¿Y si se ponen en peligro aquellas cosas que poseemos o acaso hasta se pudiera llegar a poner en peligro nuestra vida? ¿Mostraremos así con valentía nuestro convencimiento?

Pareciera que yo pongo duda incluso a esas afirmaciones un tanto categóricas con las que he comenzado esta reflexión. Pero me remito a lo que es nuestra vida, a nuestras actitudes y a nuestros valores, porque quizás muchas veces nos dejamos arrastrar, nos cuesta ir a contracorriente, si todo el mundo vive así, ¿por qué yo voy a ser distinto? Son quizás tentaciones que nos acechan.

Y podemos pensar en la rectitud de nuestra vida como podemos estar pensando también en lo que es el mundo de nuestros negocios, de nuestras ganancias y de lo que no queremos que sean perdidas, de nuestros principios morales, y por supuesto tendríamos que estar pensando en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana desde los valores del Evangelio que Jesús nos propone para vivir el Reino de Dios. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?

Porque nos entran los miedos cuando vemos que el mundo que nos rodea pasa de religión, del evangelio, de los valores cristianos, que no todo el mundo piensa lo mismo, que muchos incluso nos van a la contra y estarán incluso sacando a flote de manera interesada nuestras debilidades para desprestigiarnos, para quitarle valor a nuestro anuncio, para seguir queriendo sostener nuestra sociedad sobre unos valores bien distantes de los que nosotros queremos proclamar desde el evangelio. Y nos cuesta nadar a contracorriente frente a ese mundo para proclamar con valentía nuestros valores para la construcción de nuestra sociedad.

Nos sentimos débiles en muchas ocasiones e inseguros porque también poco nos hemos preocupado por fundamentar bien nuestra fe, por vivir unas intensas experiencias de Dios que nos llenen de fortaleza, porque parece que nos faltan argumentos, pero lo que realmente nos falta es confianza en la palabra de Jesús que nos promete la asistencia de su Espíritu. Y vamos entonces queriendo compaginar todo para no enfrentarnos con los que nos presentan otra manera de sentir y de vivir, y nos hacemos cobardes y timoratos. En este corto texto del evangelio por tres veces nos dice Jesús que no tengamos miedo.

En la primera lectura hemos escuchado las consideraciones que se hace el profeta Jeremías que se ve acosado por todas partes, pero como finalmente terminó confesando ‘el Señor es mi fuerte defensor…’ Se siente fuerte y no se amilana, no se cruza de brazos, sigue proclamando con valentía su misión profética, aunque encuentre el rechazo de los que están a su alrededor.

Es a lo que nos está invitando Jesús, pero también nosotros tenemos en muchas ocasiones la tentación de buscar nuestros refugios, de hacernos nuestras rebajas a la hora de compromiso para quedarnos tranquilos y no se tan estridentes frente a nuestra sociedad; pero Jesús nos dice que lo que nos dice en secreto tenemos que proclamarlo desde la azotea.

¿Nos refugiamos quizás en rezos y en un cristianismo muy encerrado en el culto y en las devociones pero con poca trascendencia en todo lo que es la vida social del entorno en el que vivimos? Un cristianismo muchas veces meramente sociológico apoyado en tradiciones o costumbres ancestrales, que se puede manifestar en expresiones artísticas, hemos de reconocer, de indudable valor, pero que finalmente terminamos convirtiendo en fiesta de interés  ‘turistico’ para que vengan a visitar nuestro pueblo.

¿Qué estamos haciendo de nuestra religiosidad? ¿Qué estamos haciendo del evangelio que vivieron y nos trasmitieron esos santos a los que ahora celebramos con nuestras romerías? ¿Qué tendrá que ver todo eso con un auténtico evangelio?

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por Él ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio? ¿Cuáles tendrían que ser las actitudes, las posturas, los compromisos con los que un cristiano hoy tiene que anunciar a Jesús? Son preguntas serias que nos tenemos que hacer y busquemos respuestas en el evangelio.

Más tendríamos que hacer los cristianos un camino sinodal en el que juntos reflexionemos el Evangelio para encontrar el mejor modo de hacer el anuncio hoy ante nuestro mundo. Confieso que a mi también me cuesta.


martes, 2 de junio de 2026

No nos podemos aislar en una burbuja, sino que en ese mundo concreto que nos rodea tenemos que dar el testimonio de nuestros valores según el espíritu del evangelio

 


No nos podemos aislar en una burbuja, sino que en ese mundo concreto que nos rodea tenemos que dar el testimonio de nuestros valores según el espíritu del evangelio

2Pedro 3, 12-15a. 17-18; Salmo 89; Marcos 12, 13-17

A veces nos gustaría estar como en una burbuja; sí, en cierto modo como aislados para no contagiarnos, como cuando la pandemia que teníamos que vivir evitando contactos y evitando contagios, por eso nos impusieron un confinamiento. Y no se trata ahora de enfermedades o pandemias que nos pueden contagiar, sino que mirando el estado de nuestra sociedad nos sentimos envueltos por tantas cosas, tantas contradicciones por una parte, pero también con ese nuevo estilo y sentido de sociedad que se está imponiendo, donde se van perdiendo tantas valores, donde tantas cosas que no consideramos rectas ni justas algunas veces tratan de imponérnoslas como si eso fuera el sentido de la vida, con tantas cosas que van corrompiendo las conciencias hasta llegar a una pérdida de un sentido ético o de una moralidad.

¿A dónde nos lleva esta sociedad? Y ¿qué hacemos? ¿Qué estamos pintando en medio de todo eso quienes queremos tener unos principios, quienes queremos mantener nuestros valores cristianos porque pensamos que son los que dan verdadera humanidad a la vida? Por eso, como decía, ¿qué hacemos? ¿Nos metemos en una burbuja?

No es fácil. Es la realidad de nuestro mundo y es ahí donde tenemos que estar. No podemos hacer dejación de nuestros valores ni de nuestros principios; es más, nos sentimos más obligados a dar el testimonio de nuestros valores, porque es ahí donde tenemos que sembrar el evangelio.

No podemos desentendernos de los problemas que vive nuestra sociedad, y precisamente toda esa confusión es un grave problema, pero ahí en medio tenemos que ser luz, aunque las tinieblas la rechacen muchas veces. Nos gustaría, como decíamos, crearnos una burbuja para vivir nosotros tranquilos, pero somos semilla sembrada en esa tierra aunque esté llena de pedruscos o de zarzales; tenemos que cultivar esa tierra para que acoja la semilla y no nos podemos desentender.  Pero eso nos obliga más a la integridad de nuestra vida; eso nos obliga más a que tenemos que ser buenos ciudadanos y desde nuestros valores seguimos sembrando nuestra semilla. A ese mundo nos ha enviado Jesús con la fuerza de su Espíritu como hemos venido reflexionando.

Hoy hemos escuchado en el evangelio cómo tratan de enrollar a Jesús con preguntas capciosas. Era complejo el mundo judío en aquellos momentos en que además vivían bajo el sometimiento a Roma, y donde se habían ido introduciendo desde generaciones anteriores nuevas costumbres y nuevas prácticas en la vida de la sociedad, recibiendo muchas influencias del mundo exterior.

Por allí andaban inquietos con eso de tener que pagar los impuestos al emperador de Roma y por ahí vienen las preguntas que ahora le hacen a Jesús. Y viene a decirles Jesús que como ciudadanos tienen unas obligaciones y unas leyes que cumplir. Por eso ante la pregunta que le hacen en medio de sus adulaciones diciendo que Jesús era una persona sincera y leal, Jesús les pide le enseñen la moneda, que la efigie que llevaba era la del César. Por eso les dice al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios.

Lo que es de Dios nunca tiene que perder su preponderancia en nuestra vida, si verdaderamente nos sentimos creyentes, por eso nos mantenemos en nuestros principios y en nuestros valores, por eso tenemos que cuidar nuestra fe de la que tenemos que dar testimonio también en ese ambiente en que se ha perdido el sentido espiritual de la vida. ¿Dónde estamos, pues, los cristianos? Cuidado no nos dejemos envolver por ese ambiente tan poco espiritual que nos rodea y no seamos valientes para dar el testimonio claro de nuestra fe que tenemos que dar. Desde esa fe que nos compromete y nos compromete con nuestro mundo a ser los mejores ciudadanos.

sábado, 23 de mayo de 2026

Seamos misioneros del evangelio de Jesús comprometidos con nuestra comunidad cristiana en la tarea de la evangelización

 


Seamos misioneros del evangelio de Jesús comprometidos con nuestra comunidad cristiana en la tarea de la evangelización

Hechos 28, 16-20. 30-31; Salmo 10; Juan 21, 20-25

Cuando terminamos de leer un libro que quizás nos ha resultado interesante, podemos hacer varias cosas con él y en consecuencia con nuestra propia reacción ante su lectura; o bien lo damos por terminado y va a parar en un estante de nuestra librería, o lo desechamos como vemos hoy tantos libros en los contenedores de papel porque para nosotros ya no nos dice nada, o lo dejamos en la mesa muy cerca de nosotros porque queremos repasar de vez en cuando un capítulo o algunos párrafos que consideramos que nos pueden decir mucho para nuestra vida.

¿Por qué digo esto? hoy en la lectura continuada de la Palabra de Dios que hemos venido haciendo en este tiempo pascual, cuando llegamos precisamente a su culminación mañana con la celebración de Pentecostés, hemos concluido el relato de los Hechos de los Apóstoles y por otra parte el Evangelio de san Juan. ¿Qué nos queda de todo esto que hemos venido escuchados? ¿Cerramos el libro y lo dejamos para otra ocasión?

No es un libro cualquiera el que hemos venido escuchando; y digo escuchando porque no es una simple lectura lo que hemos venido haciendo; la Palabra de Dios no es un libro para simplemente leer; es Palabra viva que tenemos que escuchar, por eso hemos de dejarle espacio abierto para que llegue al corazón; no podemos andar con prevenciones que serían obstáculo para que llegue al corazón cuando la damos por ya conocida como nos sucede tantas veces en que ya no ponemos tanta atención para la novedad que tiene que significar para nuestra vida; será una semilla que no llega a germinar – recordemos la parábola del sembrador – y no podrá dar fruto.

Esa historia viva de la Iglesia primitiva, que no se encierra en si misma, que siente la inquietud del mandato de Jesús de llevar la buena noticia de la salvación hasta los confines de la tierra, esa inquietud del Pablo que una vez que se ha encontrado con Cristo se hace misionero itinerante de la Buena Noticia de Jesús, tiene que poner también inquietud en nuestro corazón. ¿En que nos parecemos a aquellas primeras comunidades? ¿Seremos en verdad misioneros del evangelio de Jesús en el entorno donde hacemos nuestra vida? ¿En qué medida nos sentimos comprometidos con nuestra comunidad cristiana para ofrecer nuestros servicios y colaborar en esa tarea de la evangelización?

Por otra parte al finalizar el evangelio de Juan se nos deja un comentario precioso y que viene a expresar la razón por lo que se ha escrito el evangelio. ‘Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo podría contener los libros que habría que escribir’.

El discípulo que es testigo y da testimonio; el discípulo que tiene tantas cosas que decirnos de Jesús, el discípulo que nos está invitando a que también nosotros demos testimonio. Muchas cosas hemos sentido en nuestro corazón cuando hemos dejado las puertas abiertas para que se plantara en él la Palabra de Dios; pero eso no nos lo podemos guardar para nosotros mismos. Somos muy recatados para compartir nuestras experiencias espirituales, pero tenemos que pensar que eso que nos habrá ayudado tanto a nosotros puede ayudar también a los demás. Los discípulos de Jesús en su ausencia no se quedaron simplemente recordando y reviviendo aquello que había vivido con Jesús. Con la fuerza del Espíritu Santo que Jesús le había prometido se abrieron sus puertas y ventanas para salirse de si mismos e ir comunicar a los demás lo que ellos habían vivido. Mañana celebraremos Pentecostés.

‘Este es el discípulo que da testimonio’, que nos decía el evangelio en referencia al evangelista Juan. ¿Seremos nosotros en verdad el discípulo que sigue dando testimonio hoy?

 

domingo, 17 de mayo de 2026

Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

 


Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20

¿A dónde nos quedamos mirando cuando nos sucede algo sorpresivo que de alguna manera estábamos esperando pero cuya sorpresa no esperamos en este momento? ¿Al cielo? ¿Al suelo? ¿A cuanto nos rodea, ya sea el espacio mismo donde estamos, ya sea lo que hay en nuestro entorno que hasta nos puede resultar novedoso porque así andamos por la vida que ni nos fijamos en donde estamos, o a los que están a nuestro alrededor para que nos den algunas explicaciones? ¿Cuál sería nuestra reacción?

Así nos encontramos a los apóstoles y los discípulos más cercanos en las experiencias de pascua que han ido viviendo, ya fueran las apariciones en el cenáculo, a las mujeres a las puertas de la sepultura, a los que caminaban Emaús, allá junto al algo de Tiberíades en aquel amanecer, o ahora en este monte que según el evangelista que nos lo relata lo sitúa en Galilea o en el propio Jerusalén en el monte de los Olivos.  La misma reacción siempre de sorpresa con las palabras de Jesús, con los gestos de Jesús, con la misión que les confía Jesús.

‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ son las voces de los ángeles que los sacan de su ensueño. No les dice que no tienen que seguir mirando también al cielo, pero han de tener los pies bien plantados en la tierra. ‘El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo’. Pero mientras nos ha confiado una misión. Como nos dice muy claramente el evangelista Mateo hoy: ‘Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos’.

En sus confusiones cuando una sorpresa llegaba tras de otra todavía preguntaban ‘Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?’ Todavía no se aclaraban sobre lo que significaba que Jesús era el Mesías; seguían con pensamientos humanos porque no habían terminado de entender lo que era la liberación que Jesús nos traía.  Por eso les dice Jesús que permanezcan aun en Jerusalén hasta que  reciban ‘la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’. Ya les había hablado del Espíritu de la Verdad que se lo enseñaría todo. Necesitaban esa fuerza del Espíritu y todo cambiaría en sus corazones y en sus mentes. Luego habían de ser testigos hasta el confín de la tierra.

Pero nos ha asegurado una cosa que estaría con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Hemos de salir, entonces, con el testigo en nuestra mano, hemos de ir como testigos anunciando esa buena noticia de salvación a todos los hombres, porque no hay bajo el cielo ni sobre la tierra otro  nombre que pueda salvarnos. Lo experimentamos en nosotros cuando nos sentimos amados y perdonados, cuando nos sentimos llenos de una nueva paz y de una alegría que nadie nos podrá arrebatar, cuando nos sentimos transformados y ponemos en nuestras vidas otros valores y otra manera de actuar, cuando nos sentimos impulsados a ponernos en camino sin temor a los peligros o a los rechazos que podamos encontrar, cuando nuestro corazón ha cambiado y comenzamos a desprendernos de nosotros mismos y nos damos generosamente por los demás. Estamos siendo unos testigos.

Unos testigos llenos de esperanza, que seguimos, sí, mirando al cielo porque sabemos que de allí nos viene la gracia, seguimos mirando al cielo porque continuamente nos mantenemos en esa esperanza de la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, seguimos mirando al cielo que es también mirarnos dentro de nosotros mismos para sentir como Dios reina en nuestros corazones, seguimos mirando al cielo porque de allí nos llega esa luz para comprender el camino, para no tropezar en las piedras que en él se nos van a atravesar, para encontrar medios para abrir nuevos caminos de paz y de convivencia para los que están a nuestro lado, porque nosotros también queremos hacer ascensión cuando tratamos de superarnos y levantarnos por encima de esos materialismos que nos quieren envolver, porque sabemos que el Señor está con nosotros, reina en nuestros corazones y la fuerza de su Espíritu es quien nos guía y nos sostiene.

Toda una sorpresa este misterio de amor que nos envuelve en esta fiesta de la Ascensión. ‘Que se nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro’. Recordemos y rumiemos en nuestro interior estas sabias palabras del Apóstol.

lunes, 11 de mayo de 2026

El Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre que dará testimonio de Jesús, y que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús

 


El Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre que dará testimonio de Jesús, y que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús

Hechos 16, 11-15; Salmo 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Es cierto que a veces al tener que enfrentarnos a lo desconocido se nos pueden llenar de temores el corazón porque en nuestras dudas y miedos no sabemos si sabremos afrontar esas nuevas situaciones que se nos presenten y de alguna manera se nos meten muchas cosas en la cabeza, muchas imaginaciones en que podemos barruntar que no va a ser fácil lo que tenemos que hacer.

Nos sucede en el día a día de nuestra vida, nos sucede cuando tenemos entre manos un nuevo proyecto que aunque nos llena de ilusión también nos aparecen esos miedos de si seremos capaces de llevarlo a cabo, nos sucede en la tarea de superación personal que cada uno vivimos donde nos damos cuenta de nuestras posibilidades pero también de nuestras debilidades que nos podrían llevar a muchos tropiezos, y nos sucede en el camino de nuestra fe, de nuestro compromiso cristiano en medio del mundo que nos rodea.

¿De donde sacaremos fuerza?, quizás nos preguntamos muchas veces, o quizás después de realizados esos proyectos también nos preguntamos cómo fuimos capaces de afrontar todo eso y llevarlo adelante, dónde encontramos esa fortaleza para llegar a hacer lo que incluso creíamos que éramos incapaces de realizar.

Jesús nos está hablando hoy del ‘Paráclito que enviará desde el Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre’. Jesús les había prometido que no los abandonaba, que El estaría con ellos pero les hacia saber que era de una manera nueva. Lo irán luego experimentando después de la resurrección en aquellas manifestaciones de Jesús como hemos venido meditando en esta pascua. Será el Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre el que dará testimonio de Jesús, como hoy nos dice. Y el que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús. Todo un misterio de Dios, todo un misterio de amor.

Jesús no les oculta que no todo será siempre fácil. Les habla de persecuciones e incluso muerte, y les anuncia todo esto para que cuando lleguen esos momentos difíciles no se vengan abajo, ‘cuando llegue la hora os acordéis de que yo os lo había dicho’. Pero Jesús les estará garantizando que con la fuerza del Espíritu, el Paráclito, podrán dar ese testimonio de Jesús.

No se trata tanto de lo que nosotros por nosotros mismos seamos capaces de hacer, que podemos hacer más de lo que nosotros pensamos, pero es que no vamos por caminos de autosuficiencias ni de orgullos personales, estamos en otra honda, otro el sentido espiritual que debe envolver nuestra vida porque es envolvernos del Espíritu de Dios. El Espíritu que nos ilumina y nos llevar a que podamos comprenderlo todo, el Espíritu que completa en nuestro corazón esa revelación de Dios porque nos recordará todo lo que Jesús nos ha enseñado, el Espíritu que nos da fortaleza para quitar miedos, para abrir puertas, para saltar sobre esos abismos y barreras que tantas veces nos creamos, que le da profundidad a nuestra vida para que no nos quedemos ni en la apariencia ni en lo superficial, el Espíritu que nos hace humildes porque no somos dueños de una verdad sino mensajeros de una buena nueva, el Evangelio de Jesús, el Espíritu que va a animar y dar sentido también a nuestra oración porque solo con la acción del Espíritu podremos decir que Jesús es el Señor y llamar Padre a Dios.

Mucho tendríamos que reflexionar sobre todo esto porque aunque nos decimos cristianos y creyentes que hemos puesto nuestra fe en Jesús sin embargo con demasiada frecuencia nos olvidamos de esta acción del Espíritu Santo en nosotros. Nos sentimos débiles por nosotros mismos y cuando nos envuelven los problemas o se nos hace costoso el testimonio que hemos de dar de nuestra fe parece que nos sentimos sin fuerzas y en nuestros miedos muchas veces reculamos y no somos lo valientes que tendríamos que ser. Muchos miedos y cobardías se nos meten en el alma.

Tendríamos que escuchar con mucha atención estas palabras de Jesús y hacerlas vida de nuestra vida. Muchas veces decimos que el Espíritu Santo es el gran olvidado, pero es que realmente está ahí en el credo de nuestra fe, pero no terminamos de asimilar y sentir su presencia en nosotros y en la vida de la Iglesia.

sábado, 9 de mayo de 2026

No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

 


No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

Hechos 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

Ya lo decía el principio del evangelio de san Juan, la luz quiso brillar para disipar las tinieblas, pero las tinieblas no la quisieron recibir, querían prolongar el reino de la oscuridad y de la muerte. ¿Por qué los que aman y hacen el bien no son comprendidos, es más, muchas veces son rechazados y hasta perseguidos? El que hace el bien pone al descubierto lo que es obra del maligno y a nadie le gusta verse denunciado por las obras del mal que realiza, no solo trata de ocultarlas o disimularlas sino que muchas veces incluso nos las querrá presentar como buenas. Es la gran confusión en que vivimos en nuestra sociedad, es el rechazo de las obras de la luz, es el embrollo en que queremos meter todas las cosas porque siempre buscamos fallos y debilidades para quitar el brillo y el resplandor de lo bueno.

¿Nos tiene que desanimar todo esto? ¿Hará que temamos aparecer con nuestros resplandores de luz cuando queremos anunciar la buena nueva de Jesús? Podremos decir que somos débiles y también pecadores, pero no podemos ocultar el brillo de la bueno, no podemos dejar de anunciar la buena nueva de Jesús, no tienen por qué hacernos callar.

Jesús en aquella conversación de sobremesa después de la cena pascual, que sonaba a despedida, a ultimas recomendaciones, a hacerles sentir que su presencia nunca nos fallará, que nos prometerá la fuerza del Espíritu que nos lo enseñará y recordará todo pero que también va a ser nuestra fuerza interior para mantenernos en nuestra fidelidad y también para hacer anuncio del evangelio, les hace ver a los discípulos también las dificultades en que se van a encontrar. Si lo rechazaron a El, el discípulo no es mayor que su maestro y lo mismo también nos vamos a encontrar ese rechazo. Son las palabras que hoy le escuchamos a Jesús.

Palabras que sostuvieron el ánimo de los discípulos y de aquellos primeros momentos de la Iglesia que realmente no fueron fáciles, pero son las palabras que siguen sosteniéndonos a nosotros hoy que tampoco tenemos fácil hacer el anuncio del evangelio de Jesús. Palabras de Jesús que tienen que dar claridad a nuestra mente al tiempo que fortaleza al corazón para discernir en cada momento la situación en la que nos encontramos, lo que necesita ese mundo que nos rodea, y la fuerte voluntad por nuestra parte para seguir en nuestro compromiso como discípulos de Jesús que han sido enviados al mundo con una buena nueva que traería la verdadera alegría y paz a nuestro mundo.

Nos tenemos que sentir seguros en el Señor. No vamos desde nuestra valentía personal, no son solo las cualidades que nosotros podamos tener para hacer de la mejor manera posible nuestra acción pastoral, es la confianza que sentimos en el Señor porque El es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es la presencia del Espíritu del Señor que guía e inspira nuestras iniciativas y toda nuestra actividad.

Una tarea que comenzamos haciendo allí donde estamos, con nuestra familia y con la gente que nos rodea, que como nos anuncia hoy Jesús no siempre nos comprenderán ni nos aceptarán. No importa que en ocasiones resultemos incómodos, porque eso significa que llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios; no importa que nos digan que también nosotros somos pecadores, eso ya lo reconocemos, pero sentimos el amor de Dios en nuestra vida que ha sido misericordioso con nosotros y eso nos hace que con mayor coraje queramos dar nuestro testimonio. Pero la luz no se oculta debajo de la mesa sino que se pone en alto para que ilumine a todos.

Limpiemos, es cierto, la pantalla de nuestra vida, para que se refleje la luz verdadera. Es lo que tenemos que hacer. Es el compromiso de la fe que hemos puesto en Jesús.

jueves, 16 de abril de 2026

Dar razón de nuestra fe desde la experiencia de Dios porque nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida

 


Dar razón de nuestra fe desde la experiencia de Dios porque nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida

 Hechos 5, 27-33; Salmo 33; Juan 3, 31-36

Cada uno habla de lo que sabe y de lo que es su vida, lo que son sus costumbres o lo que son sus ideales, de lo que es su sentido de vida y la manera de plantearse las cosas desde lo que vive; atrevidos hay que quieren hablar de lo que no saben, de lo que no tienen ni idea y tratan incluso de pontificar como si fueran unos expertos, cuando esas cosas quizás ni han entrado en su vocabulario; cuántos disparates nos encontramos en este sentido, pero además se lo creen que se lo saben todo y de todo pueden opinar. Claro que se puede opinar, pero hay que tener un poco de sentido común para al menos intentar enterarte de lo que estás hablando. Mucho de eso nos vamos encontrando en la vida.

Y nosotros, ¿de qué sabemos hablar? Es una pregunta seria porque en fin de cuentas se nos está planteando el sentido de nuestra vida. Y decimos que creemos y que somos cristianos, pero ¿lo somos con convencimiento? ¿Lo somos desde una experiencia viva de fe? ¿Lo somos solo por una rutina o una tradición pero sin plantearnos de verdad el sentido de nuestra fe? Sería algo que tendríamos que analizar muchos cristianos para ver hasta donde llega la madurez de nuestra fe. ¡Qué importante era aquel catecumenado que tenían que hacer los que se abrían a la fe antes de ser bautizados! Todo un camino de maduración, de interiorización, de formación para que hubiera un auténtico crecimiento para llegar a una madurez en la vida cristiana.

¿Seríamos capaces de hablar con todo sentido de Dios y de nuestra fe porque de verdad nos sentimos envueltos en la experiencia de sentirnos amados de Dios? Quien ha tenido de verdad esa experiencia de sentirse amado de Dios claro que puede hablar, y lo hará de una forma muy viva, de todo lo que significa nuestra fe, de todo lo que significa ser cristiano, porque además no serán solo sus palabras sino que lo estará reflejando en su vida. ¿Tendría que ser algo que reavivemos en nuestro propio interior para así reavivar nuestra vida cristiana?

Es la forma de dar razón de nuestra fe y del por que nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida. No podemos ir renqueando en las cosas de la fe por la vida. Solo podremos hablar con todo sentido de lo que ha sido nuestra experiencia vital. Y aunque nos decimos cristianos a muchos falta esa experiencia vital, que es mucho más que sabernos unas cosas de memoria. Por eso decían los apóstoles y los discípulos cuando quieren prohibirles hablar de Jesús porque como les decían habían llenado Jerusalén con sus enseñanzas. ‘Tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Su experiencia de fe era lo que habían vivido por sí mismos desde el contacto y escucha de Jesús durante su vida, pero sobre todo ahora desde la experiencia de la resurrección. ‘Lo que hemos visto y oído no lo podemos callar’.

‘El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio… El que Dios envió habla las palabras de Dios…’ nos decía el evangelio. Y terminaba concluyendo, ‘el que cree en el Hijo posee la vida eterna’. ¿Nuestra fe en Jesús nos hace poseer la vida eterna? ¿Podemos en verdad hablar de estas cosas desde nuestra experiencia de fe?


viernes, 20 de marzo de 2026

Demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio del mundo, si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad

 


Demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio del mundo, si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

¿Habrás tenido alguna vez la experiencia de que alguien te resulta incómodo? Quizás al hacer esta pregunta en un primer momento te hace pensar en alguien con quien no te llevas bien, alguien que quizás en un momento determinado te hizo daño, pero quizás la incomodidad no es tanto por la otra persona sino porque en ti mismo hay una herida que no has sabido curar; es tu resentimiento, los celos quizás, la envidia que sientes dentro de ti lo que en verdad en esta situación te está haciendo que te sientas incómodo, pero quizás es incomodo por ti mismo porque no has sabido curar la herida.

He mencionado los celos y los envidias porque quizás estás viendo en la otra persona lo que tú no has sido capaz de conseguir y eso es más bien sentirte incómodo contigo mismo porque quizás te veas inútil o fracasado en sueños que has tenido pero que no has sabido cuidar y trabajar para dar esos pasos para alcanzar lo que aspirabas.

Y no es a estas situaciones a las que quiero referirme cuando hablo de sentirse incomodo ante alguien. El vernos en el espejo de los demás, pero viendo la rectitud con que andan esas personas por la vida, contemplando la capacidad de darse y desgastarse por los demás, el asumir unos compromisos en el trabajo por el bien y la justicia, es lo que verdaderamente nos resulta incómodo viendo quizás nuestra dejadez, lo insolidarios que somos que pasamos del sufrimiento de los otros o los ignoramos mirando para otro lado, nuestras cobardías, el poco compromiso que somos capaces de asumir. Nos damos cuenta de nuestra pobreza pero no queremos salir de ella porque nos puede parecer que perdemos privilegios o la capacidad de influencia que podamos tener sobre los otros.

Y en esa incomodidad que sentimos vienen las reacciones donde tratamos de tapar nuestros vacíos y queremos quitar de en medio a quien con la rectitud de su vida se está convirtiendo en una denuncia de nuestra desidia. Qué fáciles somos para socavar debajo de los pies del que hace el bien y vive con rectitud, con qué facilidad queremos echar sombras sobre ellos para que los demás desconfíen y no traten de imitar ese buen camino que están haciendo.

Es de lo que nos habla hoy el libro de la Sabiduría y que luego veremos reflejado en el evangelio en el rechazo que hacen de Jesús. Como decía el libro de la sabiduría los malvados quieren poner a prueba la lealtad y la rectitud del justo. ¿No nos suenan estas proféticas palabras a lo escuchado alrededor de la cruz de Jesús en el Calvario? Si es el Hijo de Dios que baje de la cruz y creeremos en El, decían los que crucificaban a Jesús.

En el evangelio de hoy vemos que hay momentos en los que Jesús no anda abiertamente porque sabe muy bien que ya andan rondando en torno a El buscando quitarle de en medio. Por eso nos habla el evangelio de aquella subida de Jesús a la fiesta de Jerusalén pero no abiertamente, aunque luego en Jerusalén y en el templo se dejará ver. Llevará a los comentarios de algunos que al ver cómo dejan actuar a Jesús piensan si acaso ya las autoridades religiosas han terminado por aceptar a Jesús. Pero no pudieron hacer nada; como dice el evangelista no había llegado su Hora. Ya Jesús en su momento señalará que ha llegado su hora.

Pero Jesús habla claramente, manifiesta lo que podíamos decir su identidad  y su misión. No todos lo comprenderán pero es fiel a su misión. Ya se nos había dicho que sería signo de contradicción, recordamos al anciano Simeón cuando la presentación en el templo. ‘A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado’.

Llega el momento de que nos preguntemos qué señal estamos dando nosotros de nuestra fe en Jesús tal como es nuestra vida. Tenemos que ser signos de Jesús en medio del mundo aunque el mundo no lo comprenda, aunque quizás para algunos podamos resultar incómodos. Lo importante es que nosotros no nos sintamos incómodos con nosotros mismos por la incongruencia de nuestra vida. Sanemos las heridas que puedan haber en nuestro corazón y demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio de nuestro mundo; si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad.

domingo, 15 de marzo de 2026

No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que proclamar, no ocultemos nuestro testimonio, no metamos la luz debajo del celemín

 


No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que proclamar, no ocultemos nuestro testimonio, no metamos la luz debajo del celemín

1Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13; Salmo 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

¿Cuál es la reacción más espontánea que algunas veces nos surge cuando tenemos que enfrentarnos a una enfermedad o a algún tipo de limitación que no esperábamos? ¿Cuál es el juicio que quizás inconscientemente nos hacemos cuando vemos a alguien atormentado por una grave enfermedad cuando antes lo veíamos sano y fuerte? Hay reacciones que nos surgen espontáneas.

¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo? Buscamos culpas que decimos que no tenemos, pero que sin embargo nos rebelamos como si fuera un castigo. De aquel que sin esperarlo lo vemos de pronto en una grave enfermedad quizás sin decirlo pensamos qué mala vida ha tenido que ahora le han venido esas consecuencias, pensando en algún desorden quizás oculto, pero que de alguna manera andamos con culpabilizaciones. Quizás luego nos ponemos a razonar y quitamos esas sospechas de nuestra mente echando quizás la culpa al destino que no podrá quejarse (¡!).

¿Por qué me estoy haciendo esta consideración? Porque dentro de la mentalidad de la época y en aquel ambiente religioso del mundo judío fueron los discípulos cercanos a Jesús los primeros que comenzaron a preguntar algo que no entendían y querían que Jesús les aclarase del por qué aquel hombre que se encontraron en las calles de Jerusalén había nacido ciego, cual era el pecado, de él o de sus padres, para tener tal castigo. Nuestras miradas humanas.

Pero la mirada de Jesús es distinta, no responde directamente a la pregunta, pero sí nos da una respuesta superior. En lugar de plantearse interrogantes Jesús se detiene y se agacha hasta el suelo para coger un poco de tierra y hacer con su saliva un poco de barro que poner en los ojos del ciego. Es el Dios que ha bajado a la tierra, se ha hecho como nosotros porque se ha hecho  hombre, se mezcla con nuestro barro. ¿Querrá decirnos algo este signo de Jesús?

Luego lo mandará a la piscina de Siloé, el enviado, para que allí lave sus ojos. Jesús lo cura pero lo pone en camino. Tenemos que poner nuestra parte, porque no es algo mágico lo que sucede, es la disponibilidad para buscar un camino, para un encuentro con algo distinto, para poder llegar hasta la luz, que la luz ilumine su vida. Aquel hombre no sabe ni quien es el que le ha dicho que fuera a lavarse a Siloé como responde a los que le preguntan cuando se monta el revuelo de su curación y las distintas reacciones que van surgiendo.

Su camino no fue solo ir a Siloé sino que luego tendrá que seguir haciéndolo hasta encontrarse de verdad con quien ha sido su salvación. Es su propia lucha también contra las reacciones que van surgiendo queriendo él también encontrar una respuesta. Solo un hombre de Dios ha podido realizar lo que allí ha sucedido. El se ha encontrado con la luz mientras en su alrededor siguen las tinieblas que incluso quieren envolverle. Le recordarán que empecatado nació y de alguna manera le están culpabilizando de su ceguera, pero en él hay una certeza interior. Llegarán incluso a expulsarle de la sinagoga porque las tinieblas no quieren aceptar a la luz, como ya nos decía el evangelio de Juan desde el principio. ‘La tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’.

Pero Jesús le sale al encuentro cuando se entera de que lo han expulsado de la sinagoga. Podría parecer que toda aquella lucha la estaba haciendo aquel hombre en solitario porque todos en su entorno se ponen en contra, que hasta su misma familia de alguna manera quiere ignorarlo por temor a ser ellos expulsados también de la sinagoga. Son nuestros esquinazos, las veces que queremos irnos por otra esquina para evitar complicaciones, las veces en que tratamos de disimular o no damos la cara con valentía. Teniendo la luz también queremos ocultarla, porque sabemos que puede ser rechaza, porque no es lo políticamente correcto en la sociedad en la que vivimos, porque quizás alguien se pueda sentir molesto u ofendido porque nosotros mostramos nuestra fe; son cosas que están sucediendo en nuestro sociedad porque a algunos le molestan los signos cristianos y aunque resalten otros lo cristiano hay que ocultarlo.

No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que decir y proclamar, no ocultemos el testimonio que tenemos que dar, no metamos la luz debajo del celemín sino sigamos poniéndola muy alta para que pueda iluminar a todos. Es un camino que tenemos que hacer con decisión y valentía al que nos ayuda este camino cuaresmal, no olvidemos nunca que somos unos testigos aunque de alguna manera tengamos que ser también mártires, que en fin de cuentas ese es el significado de la palabra.

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

 


Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

Jonás 3, 1-10; Salmo 50; Lucas 11, 29-32

‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación…’ así ha comenzado el texto del evangelio que hoy se nos ha ofrecido. Signos y pruebas que siempre estamos pidiendo, razonamientos y explicaciones que se repiten y al final no terminamos de sentirnos convencidos, porque de alguna manera por mucho que veamos o que nos expliquen seguimos quizás encerrados en nosotros mismos y en lo que queremos palpar por nuestras manos. Otra tiene que ser nuestra disposición ante la Palabra de Dios que llega a nuestros corazones, porque no nos quedamos solamente en razonamientos humanos.

Jesús habla de Jonás, que se siente interpelado en su propio interior por la misión que se le confía y cuya palabra y vida será igualmente interpelación para aquella gente de Nínive a la que es enviado que se convierten al Señor al escuchar su palabra. Figura que tiene que convertirse para nosotros también en una interpelación porque muchas veces nos sucede algo semejante a las primeras acciones que ha de realizar el profeta.

Jonás no quería aceptar aquella misión que el Señor le había encomendado, quiso huir, se embarcó en dirección contraria a la que debía de tomar para ir a Nínive, tenía miedo por la incapacidad que sentía en si mismo, no pensaba que iba a ser escuchado; por eso se embarca en otra dirección, pero los signos del cielo le hablan a través de aquella tormenta que no deja avanzar el barco, el ser arrojado al mal como culpable de aquellas desgracias a las que se veían abocados los que navegaban con él – pensemos en la mentalidad propia de la época aunque hoy nos cueste entender -, la imagen del cetáceo que se lo traga pero que lo devolverá vivo a la playa a los pocos días, y el asumir al final la misión que tenia que realizar.

¿No buscamos muchas veces escapes, disculpas, refugiándonos en nuestros miedos que nos hacen cobardes ante acciones y compromisos que tendríamos que asumir, pero de los que tratamos de escaquearos? Por eso digo Jonás también es un signo para nosotros, una interpelación ante nuestros miedos y cobardías. Es lo que nosotros tendríamos que ser por el testimonio de nuestra palabra y nuestra vida para los demás en donde tantas veces no terminamos de comprometernos.

Es este camino de ascensión de nuestra vida en esta cuaresma que estamos queriendo vivir pero donde no terminamos de dar los pasos que tendríamos que dar, no terminamos de programarnos bien en lo que realmente tendría que ser nuestra cuaresma. Cuántas disculpas nos buscamos o cuantas cosas hacemos solo en apariencia para cumplir pero sin llegar a una aceptación profunda de los pasos que tendríamos que dar para alcanzar de verdad la pascua.

La palabra de Dios que es una llamada fuerte e insistente para nuestra vida es al mismo tiempo una palabra de esperanza que trata de insuflar en nosotros ese ánimo y ese empuje que necesitamos. El profeta fue escuchado aunque le pareciera difícil que aquel pueblo lo hiciera, el profeta fue de verdad un signo de salvación para aquella gente, sus palabras y predicación no cayeron en saco roto sino que hubo respuesta; es la esperanza que hemos de tener que esa semilla que sembramos puede germinar y un día dar fruto.

No podemos caer en derrotismos de que todo está perdido y a la gente de hoy ya no le interesa lo que nosotros podamos ofrecer. Quizás la gente está más hambrienta y sedienta de lo que nosotros podamos imaginar; lo que nos sucede es que no sabemos ofrecer esa agua que calme tanta sed, o no nos queremos comprometer y buscamos mil disculpas.

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán. Es lo que tiene que ser nuestro aliento para nuestro compromiso y para ser de verdad misioneros en medio del mundo, este mundo concreto en que vivimos, y que está deseoso de la luz.

jueves, 22 de enero de 2026

Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

 


Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Salmo 55; Marcos 3, 7-12

Es sintomático que el texto del evangelio que hoy se nos presenta no nos habla de lo que dice o enseña Jesús, simplemente nos dice que fue y se sentó sobre el muro al borde del camino donde la gente solía reunirse; bueno he empleado la imagen del muro al borde del camino, aunque realmente el evangelista nos dice que Jesús con los discípulos fue allí a la orilla del lago; era el lugar habitual donde se reunía la gente.

En todos los pueblos hay lugares o rincones especiales donde la gente habitualmente pasa el rato, como decía antes el muro junto al camino, la esquina de la plaza, un lugar a la sombra de un árbol, o como veíamos en otros tiempos que se ha ido perdiendo sentados a las puertas de las casa, bien porque se sacará algún banco o silla de la casa, o se sentasen tranquilamente en el suelo o al borde de la acera donde la había; era el lugar de convivencia, de la charla relajada de las cosas del día, de lo que sucedía a los vecinos, en una palabra, de los problemas de la vida; surgían quejas, se despertaban esperanzas, en ocasiones se tomaban decisiones de hacer algo, o simplemente se estaba y se comentaba.

Es lo que yo he querido ver hoy en el evangelio, que Jesús está allí donde está la gente, y será allí donde acuden cuando saben que allí está Jesús; y vienen con sus penas, sus sueños, sus esperanzas y desesperanzas, con sus angustias o con la alegría de cualquier cosa que hubiera sucedido en el día. Allí con los más sencillos y los más pobres, con los que están llenos de sufrimientos y desesperanzas, con los que quizás nadie considera y eso se merecerá que más tarde lo critiquen por estar entre publicanos y pecadores, allí está Jesús.

Y esa presencia de Jesús despierta vida, crea nuevas ilusiones y esperanzas, se sienten a gusto con Jesús. Por eso no solo le traerán a los enfermos y vienen todos los que tienen algún tipo de mal, sino que comenzarán a seguirle donde quiera que vaya; pronto se van a reunir multitudes en torno a Jesús aunque esté lejos, en el descampado, y hasta lleguen a faltarle la provisiones.

Me quiero quedar ahí, en esa presencia de Jesús. Que no es poco. Esa presencia de Jesús quizás con los más olvidados y que nadie tiene en cuenta. ¿Sentiremos que Jesús quiere llegar también a nosotros de la misma manera? No vamos ahora a pensar en lo que nos dirá o nos enseñará, vamos a fijarnos en cómo quiere estar con nosotros allí donde estamos.

En nuestra casa y en nuestra familia, también con sus problemas o con las dificultades para salir adelante; allí donde hacemos la vida, donde realizamos nuestros trabajos – y pensemos cada uno en nuestro propio trabajo sea cual sea – Jesús está a nuestro lado; allí donde hacemos nuestra convivencia social, donde nos encontramos con los amigos o con los vecinos o conocidos, allí en ese camino que cada día hacemos cuando nos trasladamos por distintos motivos de un lado a otro… Allí va Jesús con nosotros, y  nos escucha como a aquella gente sentada a la orilla del lago, o como aquellos discípulos de Emaús que venían con sus tristezas y desalientos de Jerusalén; Jesús nos va saliendo al encuentro, ¿tendremos fe para descubrir su presencia? No busquemos cosas grandiosas o extraordinarias sino en ese día a día de nuestra vida.

Pero creo que a quienes creemos en Jesús este evangelio nos está diciendo algo más. ¿Sabrá descubrir ese mundo que nos rodea, esa gente que camina a nuestro lado, esta sociedad en la que vivimos, la presencia de Jesús en nuestro camino de vida? Claro que aquí tiene que estar nuestro testimonio, y el testimonio de la iglesia. Hemos de ser signos en medio de nuestro mundo de esa presencia de Jesús; somos nosotros los que tenemos que llegar a esos últimos lugares para ser esos signos vivos de la presencia de Jesús. La gente nos verá a nosotros con el testimonio que podamos ofrecerle y a través de nosotros llegarán a descubrir a Jesús.

Esto nos compromete. Esto nos obliga a hacer algo más de lo que actualmente estamos haciendo, porque no estamos siendo verdaderos misioneros de Jesús y de su evangelio. ¿Nos pondremos a pensar en qué vamos a hacer o cómo lo vamos a hacer? Pensemos que tenemos que ser presencia, ahí donde está la vida y estamos nosotros y está también la gente en la normalidad de su vivir, una presencia llena de vida, una presencia que llame, una presencia que transforme nuestro mundo.