Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta misioneros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta misioneros. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de mayo de 2026

Seamos misioneros del evangelio de Jesús comprometidos con nuestra comunidad cristiana en la tarea de la evangelización

 


Seamos misioneros del evangelio de Jesús comprometidos con nuestra comunidad cristiana en la tarea de la evangelización

Hechos 28, 16-20. 30-31; Salmo 10; Juan 21, 20-25

Cuando terminamos de leer un libro que quizás nos ha resultado interesante, podemos hacer varias cosas con él y en consecuencia con nuestra propia reacción ante su lectura; o bien lo damos por terminado y va a parar en un estante de nuestra librería, o lo desechamos como vemos hoy tantos libros en los contenedores de papel porque para nosotros ya no nos dice nada, o lo dejamos en la mesa muy cerca de nosotros porque queremos repasar de vez en cuando un capítulo o algunos párrafos que consideramos que nos pueden decir mucho para nuestra vida.

¿Por qué digo esto? hoy en la lectura continuada de la Palabra de Dios que hemos venido haciendo en este tiempo pascual, cuando llegamos precisamente a su culminación mañana con la celebración de Pentecostés, hemos concluido el relato de los Hechos de los Apóstoles y por otra parte el Evangelio de san Juan. ¿Qué nos queda de todo esto que hemos venido escuchados? ¿Cerramos el libro y lo dejamos para otra ocasión?

No es un libro cualquiera el que hemos venido escuchando; y digo escuchando porque no es una simple lectura lo que hemos venido haciendo; la Palabra de Dios no es un libro para simplemente leer; es Palabra viva que tenemos que escuchar, por eso hemos de dejarle espacio abierto para que llegue al corazón; no podemos andar con prevenciones que serían obstáculo para que llegue al corazón cuando la damos por ya conocida como nos sucede tantas veces en que ya no ponemos tanta atención para la novedad que tiene que significar para nuestra vida; será una semilla que no llega a germinar – recordemos la parábola del sembrador – y no podrá dar fruto.

Esa historia viva de la Iglesia primitiva, que no se encierra en si misma, que siente la inquietud del mandato de Jesús de llevar la buena noticia de la salvación hasta los confines de la tierra, esa inquietud del Pablo que una vez que se ha encontrado con Cristo se hace misionero itinerante de la Buena Noticia de Jesús, tiene que poner también inquietud en nuestro corazón. ¿En que nos parecemos a aquellas primeras comunidades? ¿Seremos en verdad misioneros del evangelio de Jesús en el entorno donde hacemos nuestra vida? ¿En qué medida nos sentimos comprometidos con nuestra comunidad cristiana para ofrecer nuestros servicios y colaborar en esa tarea de la evangelización?

Por otra parte al finalizar el evangelio de Juan se nos deja un comentario precioso y que viene a expresar la razón por lo que se ha escrito el evangelio. ‘Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo podría contener los libros que habría que escribir’.

El discípulo que es testigo y da testimonio; el discípulo que tiene tantas cosas que decirnos de Jesús, el discípulo que nos está invitando a que también nosotros demos testimonio. Muchas cosas hemos sentido en nuestro corazón cuando hemos dejado las puertas abiertas para que se plantara en él la Palabra de Dios; pero eso no nos lo podemos guardar para nosotros mismos. Somos muy recatados para compartir nuestras experiencias espirituales, pero tenemos que pensar que eso que nos habrá ayudado tanto a nosotros puede ayudar también a los demás. Los discípulos de Jesús en su ausencia no se quedaron simplemente recordando y reviviendo aquello que había vivido con Jesús. Con la fuerza del Espíritu Santo que Jesús le había prometido se abrieron sus puertas y ventanas para salirse de si mismos e ir comunicar a los demás lo que ellos habían vivido. Mañana celebraremos Pentecostés.

‘Este es el discípulo que da testimonio’, que nos decía el evangelio en referencia al evangelista Juan. ¿Seremos nosotros en verdad el discípulo que sigue dando testimonio hoy?

 

jueves, 16 de abril de 2026

Dar razón de nuestra fe desde la experiencia de Dios porque nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida

 


Dar razón de nuestra fe desde la experiencia de Dios porque nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida

 Hechos 5, 27-33; Salmo 33; Juan 3, 31-36

Cada uno habla de lo que sabe y de lo que es su vida, lo que son sus costumbres o lo que son sus ideales, de lo que es su sentido de vida y la manera de plantearse las cosas desde lo que vive; atrevidos hay que quieren hablar de lo que no saben, de lo que no tienen ni idea y tratan incluso de pontificar como si fueran unos expertos, cuando esas cosas quizás ni han entrado en su vocabulario; cuántos disparates nos encontramos en este sentido, pero además se lo creen que se lo saben todo y de todo pueden opinar. Claro que se puede opinar, pero hay que tener un poco de sentido común para al menos intentar enterarte de lo que estás hablando. Mucho de eso nos vamos encontrando en la vida.

Y nosotros, ¿de qué sabemos hablar? Es una pregunta seria porque en fin de cuentas se nos está planteando el sentido de nuestra vida. Y decimos que creemos y que somos cristianos, pero ¿lo somos con convencimiento? ¿Lo somos desde una experiencia viva de fe? ¿Lo somos solo por una rutina o una tradición pero sin plantearnos de verdad el sentido de nuestra fe? Sería algo que tendríamos que analizar muchos cristianos para ver hasta donde llega la madurez de nuestra fe. ¡Qué importante era aquel catecumenado que tenían que hacer los que se abrían a la fe antes de ser bautizados! Todo un camino de maduración, de interiorización, de formación para que hubiera un auténtico crecimiento para llegar a una madurez en la vida cristiana.

¿Seríamos capaces de hablar con todo sentido de Dios y de nuestra fe porque de verdad nos sentimos envueltos en la experiencia de sentirnos amados de Dios? Quien ha tenido de verdad esa experiencia de sentirse amado de Dios claro que puede hablar, y lo hará de una forma muy viva, de todo lo que significa nuestra fe, de todo lo que significa ser cristiano, porque además no serán solo sus palabras sino que lo estará reflejando en su vida. ¿Tendría que ser algo que reavivemos en nuestro propio interior para así reavivar nuestra vida cristiana?

Es la forma de dar razón de nuestra fe y del por que nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida. No podemos ir renqueando en las cosas de la fe por la vida. Solo podremos hablar con todo sentido de lo que ha sido nuestra experiencia vital. Y aunque nos decimos cristianos a muchos falta esa experiencia vital, que es mucho más que sabernos unas cosas de memoria. Por eso decían los apóstoles y los discípulos cuando quieren prohibirles hablar de Jesús porque como les decían habían llenado Jerusalén con sus enseñanzas. ‘Tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Su experiencia de fe era lo que habían vivido por sí mismos desde el contacto y escucha de Jesús durante su vida, pero sobre todo ahora desde la experiencia de la resurrección. ‘Lo que hemos visto y oído no lo podemos callar’.

‘El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio… El que Dios envió habla las palabras de Dios…’ nos decía el evangelio. Y terminaba concluyendo, ‘el que cree en el Hijo posee la vida eterna’. ¿Nuestra fe en Jesús nos hace poseer la vida eterna? ¿Podemos en verdad hablar de estas cosas desde nuestra experiencia de fe?


sábado, 11 de abril de 2026

Despertemos, vivamos la alegría de nuestra fe en nuestras celebraciones, ha de notarse en nuestra vida para contagiar, para trasmitir, para comunicar, es nuestra tarea de cristianos

 


Despertemos, vivamos la alegría de nuestra fe en nuestras celebraciones, ha de notarse en nuestra vida para contagiar, para trasmitir, para comunicar, es nuestra tarea de cristianos

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Salmo 117; Marcos 16, 9-15

Hay noticias que no podemos callar. Cuando son buenas noticias mucho más, enseguida nos apresuramos a compartirlas con quienes tenemos cerca o con quienes mantenemos un aprecio especial. Dicen que las malas noticias corren como un reguero de pólvora, y será así probablemente porque hacen mucho ruido, pero pronto se esfuman como el humo. Pero una buena noticia deja huella; tengo un recuerdo en mi mente desde que era niño cuando mi madre recibía carta ya de mi padre o de mis hermanos que estaban en el extranjero, pronto llamaba a las vecinas para compartir la alegría de haber recibido cartas tomándose un buen café.

¿No será eso lo que nos está diciendo hoy la Palabra de Dios en este tiempo y en esta octava de Pascua que estamos celebrando? Hemos ido escuchando distintos momentos de aquellas manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos; siempre queda como una coletilla el encargo de ir a comunicarlo a los demás, o la impaciencia en algunos casos por correr al encuentro con los otros para comunicarles lo que habían vivido.

El evangelista Marcos es mi escueto en la narración de la resurrección de Jesús y los acontecimientos que siguieron; hoy hemos escuchado como un resumen que hace de aquellos distintos momentos, ya fuera a las mujeres que fueron al sepulcro, a María Magdalena, a los discípulos que estaban encerrados en el cenáculo a los que echa en cara su falta de fe, o a los que habían marchado a Emaús. Pero hoy también termina el relato con el envío de Jesús a sus discípulos por todo el mundo con el encargo de hacer el anuncio de esa buena nueva, el evangelio. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’.

Es nuestro compromiso de Pascua, es más, es lo que tiene que surgir espontáneo en nuestra vida cuando de verdad hemos vivido la Pascua. No se puede quedar todo en unas bonitas y solemnes celebraciones; cargamos demasiado el aspecto de la solemnidad con el peligro de que perdamos la intensidad de la vida, lo que tiene que brotar de manera espontánea de nuestro corazón cuando estamos viviendo de verdad lo que celebramos, lo que es nuestra fe. La celebración podíamos decir que es como el ramillete de flores de todo aquello que es el centro de nuestra fe y de nuestra vida y que vamos a ofrecer como una acción de gracias al Señor; una fiesta que hacemos con la que queremos alabar a Dios por tanto que nos ha regalado y que lo centramos en el misterio de Cristo.

Pero la celebración es también Palabra que recibimos que alimenta nuestra vida y que nos pone en camino; la celebración vivida así no se puede quedar en el momento en que nos reunimos – y es importante este aspecto de que nos reunimos porque no es una cosa que hacemos nosotros solos – sino que luego ha de prolongarse en el día a día, en cada momento de nuestra vida; y cuando todo eso lo estamos viviendo con toda intensidad se nota, se contagia, se trasmite, se comunica a los demás.

No nos podemos quedar inertes e impasibles tras ese momento intenso de encuentro vivo con Cristo, a partir de ahí somos otros, a partir de ahí tiene que haber otro movimiento en nuestra vida; tenemos que salir presurosos a compartir el café con los demás llevándoles la buena noticia que hemos recibido.

Hoy el evangelio nos recuerda que ese es el encargo de Jesús por si acaso lo olvidamos, aunque son cosas que no se pueden olvidar cuando tan intensamente lo hemos vivido. ¿Seremos capaces de hacerlo así? Tristemente hemos de reconocer que no siempre los cristianos actuamos de esa manera, que nuestras vida cristiana es demasiado amorfa, poco intensidad le damos a nuestras celebraciones, parece que nos falta esa alegría de la fe. Desde unas celebraciones rutinarias no podemos esperar otra cosa que una vida cristiana rutinaria. ¿No tendremos que despertar ya de una vez?

martes, 7 de abril de 2026

La experiencia de pascua que estamos viviendo tiene que hacernos también misioneros del evangelio para disipar tantas tinieblas y lágrimas de la vida

 


La experiencia de pascua que estamos viviendo tiene que hacernos también misioneros del evangelio para disipar tantas tinieblas y lágrimas de la vida

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

¿Lloramos también nosotros en medio de la desolación que podamos encontrar alrededor y con las lágrimas nuestros ojos se oscurecen para no ser capaces de encontrar por algún lado algún rayo de sol que nos haga descubrir la luz? Desolación porque parece que la esperanza se nos apaga, desolación porque el dolor y el sufrimiento se nos hace inaguantable en enfermedades en las que parece que nunca encontraremos la salud, por las cosas que no comprendemos, porque nos parece que en lugar de abrirse caminos parece que todo se encierra con los problemas, con los contratiempos que van surgiendo, con las luchas que de una manera o de otra nos vienen de frente y algunas veces de los que menos las esperamos, por las desilusiones y los desencantos cuando no alcanzamos lo que deseamos o nos sentimos frustrados porque lo conseguido no es lo que habíamos soñado.

Muchas sombras y muchas lágrimas que nos confunden y nos hacen desconocer incluso aquello que nosotros más apreciamos. ¿Sería el estado de desánimo y desencanto que estaba sufriendo María de Magdala en aquella mañana que se había vuelto fría para ella? Al llegar al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús terminando de cumplir con los ritos o protocolos para su entierro que no habían podido terminar porque aquel atardecer del viernes llegaba el descanso sabático, ahora se habían encontrado la piedra del sepulcro corrida y allí no estaba el cuerpo de Jesús. ¿Se lo habían robado? ¿Lo habían trasladado de lugar porque aquel sitio había sido provisional por las prisas del sabat?

Ni a las preguntas e indicaciones de los Ángeles podía hacer caso porque lo que ella quería y buscaba no estaba allí. Se le acerca alguien que ella en sus llantos no reconoce y pensaba que era el encargado del huerto con las mismas preguntas a las que ella sabe dar solo una respuesta. ¿Dónde se lo han llevado? Que ella es capaz de ir a buscarlo y traerlo para darle buena sepultura. Se olvidaban incluso las palabras que ella había escuchado tantas veces. Con qué facilidad olvidamos y no somos capaces de ir más allá cuando estamos envueltos en nuestras lágrimas y tristezas. No son solo depresiones pasajeras sino una cerrazón de nuestra mente que nos hace olvidar lo que más apreciamos.

Solo cuando escucha su nombre en labios de quien ella pensaba que era el hortelano despierta de su estado de animo depresivo y reconoce la voz de quien ella sabía que tanto le amaba. Solo una palabra, pero quizás con una cadencia especial; una palabra que en su sonido llevaba toda una canción de amor; una palabra que ya no solo escucha con los oídos sino que la está sintiendo en el corazón. ¿Seremos capaces de ir con una palabra así hasta aquellos que están envueltos en sus penas y sufrimientos a nuestro lado? Son tantos los que necesitan escuchar una palabra así llamándoles por su nombre en medio de este mundo de anónimos; nosotros necesitamos también escuchar nuestro nombre en quien se dirige a nosotros, porque significa que somos reconocidos en medio de tanto anonimato; no somos una grano de arena perdido en medio de esa gran masa que camina por el mundo, por eso nuestro nombre también es tan importante.

‘¡María!’, ‘Rabonni, Maestro’ son las pocas palabras que resuenan en aquellos momentos y todo se transforma, las lágrimas se secan y reaparecen las sonrisas del rostro y las alegrías del alma. No son solo dos palabras, es una experiencia de vida, un encuentro que se convierte en vital, un instante para abrirse caminos donde todo parecía oscuridad. ‘Ve y dile a mis humanos’, es un mandato y una misión. Es el impulso para una nueva carrera en aquella mañana en que ya sí parece que ha salido el sol que calienta el alma.

‘Y María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’. Desde esta experiencia de pascua que estamos viviendo ¿seremos capaces de hacer como aquella primera misionera y llevar el anuncio del Evangelio a los que están a nuestro lado? ¿Se difuminarán para siempre tantas oscuridades que pesan sobre nosotros y sobre nuestro mundo?

sábado, 31 de enero de 2026

Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

 


Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

2Samuel 12, 1-7a. 10-17; Salmo 50; Marcos 4, 35-41

¿Le tenemos miedo a la oscuridad o a un lugar tenebroso? Quiero de antemano decir que en los lugares donde me muevo nuestros caminos están alumbrados; pero bien pronto nos quejamos si por cualquier razón falta un día la iluminación de esos lugares por donde transitamos. No están tan lejos para nosotros pero quizás muy presente en muchos lugares esa oscuridad que no ayuda a caminar con tranquilidad, más otros temores que nos llenan de temores por tantos otros peligros que pudieran aparecer; no iríamos solos por esos lugares, buscaríamos la compañía de quien nos diera confianza y seguridad para poder hacerlo con tranquilidad.

Aunque no son solo esas las oscuridades que nos llenan de temores en la vida; lo incierto del futuro, el lanzarnos a otros horizontes de la vida, el tener que asumir nuestras responsabilidades, el emprender tareas nuevas con todas las incertidumbres que acompañan, el embarcarnos en algo nuevo y distinto a lo que estábamos acostumbrados a realizar, y no digamos quienes tienen que dejar atrás sus lugares habituales para ir en búsquedas de un futuro mejor, y ahí estoy pensando en todo ese mundo de la inmigración, que a algunos nos inquieta el que nos lleguen personas nuevas, pero no podemos olvidar lo que pasa por las mentes de quienes tienen que abandonar su tierra y no siempre en las mejores condiciones para buscar un futuro mejor. Nuestra tierra canaria se ve envuelta en ese problema de la inmigración, cosa que nos preocupa, pero nos olvidamos que en otro tiempo nosotros o nuestros mayores fueron también inmigrantes.

Me vienen estos pensamientos y reflexiones desde la página del evangelio que hoy se nos ofrece. Es ya el atardecer y Jesús les dice a los discípulos de ir a la otra orilla. Atravesar en la noche el lago no era cosa muy agradable sobre todo con las tormentas que en él se solían levantar. Es lo que sucede, la barca poco menos que hace agua; aquellos pescadores avezados a esas tormentas luchan por mantener la deriva de la barca, pero parece que la tormenta se hace cada vez peor.

Y Jesús, ¿dónde está? Durmiendo a pesar de la tormenta en un rincón de la barca. No pueden más. Lo despiertan. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ es el grito, es la súplica, es la amargura con que se dirigen a Jesús. ‘¡Hombres de poca fe! ¿por qué dudáis?’ A pesar de estar Jesús en la barca se sentían solos, como si a Jesús no le importara.

Son significativos los detalles que se convierten en signo de muchas cosas para nosotros, para nuestra vida. Hay que ir a la otra orilla, nos está diciendo Jesús también. Y el hecho de que pensemos que tenemos que embarcarnos en algo distinto ya nos hace aparecer los temores, las preguntas sobre esa otra orilla a la que nos quiere embarcar Jesús. Preferimos quedarnos en nuestra comodidad o en nuestra rutina; siempre se ha hecho así, nos decimos ¿por qué tenemos que intentar otras cosas, otros métodos quizás, otras tareas más evangelizadoras? Se nos pone todo turbio delante de nosotros, no sabemos qué hacer o como emprender esas nuevas tareas.

Pero hoy la Iglesia necesita ir a la otra orilla, salir de esas aguas tranquilas donde nos hemos acostumbrado a navegar, y no queremos darnos cuenta que son otros tiempos, que son otras exigencias, que son otros planteamientos lo que tenemos que hacernos. Y nos contentamos con guardar el ganado que tenemos pero no nos damos cuenta que hay muchas otras ovejas a las que tenemos que ir a buscar. En esa dejadez en la que vivimos con tan poca inquietud misionera vemos los derroteros de nuestra sociedad, vemos como se va perdiendo el sentido cristiano de la vida en nuestra sociedad. Es que los tiempos cambian, nos dicen algunos, pero en este nuevo tiempo también tenemos que anunciar el evangelio, también tenemos que dar a conocer el nombre de Jesús. Tiempos de borrascas y de oscuridades, de temores y de dudas, nos van apareciendo. Como los discípulos aquella noche en la barca. Pero tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús.

Y no digamos que nos sentimos solos, porque Jesús con la fuerza de su Espíritu está a nuestro lado, aunque algunas veces nos desentendemos de tal manera que no nos damos cuenta de la presencia de Jesús; y así nos vienen nuestros miedos y nuestras cobardías.

‘Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’, nos dice también a nosotros Jesús. Con El siempre tenemos que sentirnos seguros.

jueves, 29 de enero de 2026

No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos desde autosuficiencia sino con la humildad del que se siente regalado con ellos

 


No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos desde autosuficiencia sino con la humildad del que se siente regalado con ellos

2 Samuel 7, 18-19. 24-29; Salmo 131; Marcos 4, 21-25

Solemos decir que aquel que acapara lo que tiene, bien porque lo haya ganado o porque lo haya recibido, solo para si mismo olvidándose y prescindiendo de los que están a su lado es un terrible e insolidario egoísta. Es mío, me lo gané yo, son mis cosas, hago lo que quiero… suele repetir para justificarse.

Pensamos en bienes materiales o riquezas y podemos decir no sé cuantas maravillas de justicia distributiva, de justicia social y de la insolidaridad injusta de quienes se creer ricos y absolutos poseedores de lo que tienen. Pero podemos darle una amplitud mayor, porque no es solo lo material, sino lo que soy, lo que son mis dones o mis cualidades, lo que llamamos nuestra riqueza espiritual que si mal la usamos terminaremos en la peor pobreza del espíritu. La riqueza de la vida, y quiero pensar en lo más profundo de la vida de cada uno, no es para acapararla solo para nosotros mismos.

Podemos decir que son nuestros esfuerzos o nuestras propias cualidades innatas, y es importante que sintamos toda esa riqueza espiritual que tenemos, reconozcamos nuestros valores y nuestras capacidades y nosotros mejoremos también nuestra vida. Pero ¿en qué consiste esa mejora? ¿En encerrarnos en nosotros mismos? ¿En poner una valla a nuestro alrededor para salvar lo que somos? ¿Y de qué te vale lo que eres si con ello no enriqueces también la vida de los demás? ¿No te das cuenta que aunque recibas muchas reverencias y adulaciones al final te vas a sentir muy solo?

Hoy nos está diciendo Jesús en el evangelio que la luz no es para ocultarla debajo de un cajón sino para ponerla en alto e ilumine a los demás. Esa luz que tú tienes no es solo para ti – es cierto que esa luz te ha ayudado a descubrir tu valor y el sentido de las cosas y de la vida – pero precisamente por eso con esa luz tienes que iluminar a los demás. Esa luz te ha ayudado a crecer por dentro porque te ha dado un sentido a tu ser y a lo que tienes, pero si la llegas a encerrar significa que no has entendido aun el sentido de esa luz.

‘No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz’, nos continúa diciendo hoy Jesús en el evangelio. Unos valores que tú tienes y que has de desarrollar, pero que necesariamente te han de llevar a abrirte a los demás. No podemos cruzarnos de brazos mientras vemos que hay oscuridades que podemos iluminar; no podemos quedarnos insensibles porque ya nosotros tenemos, ya nosotros sabemos, que los otros busquen, que los otros trabajen, como decimos tantas veces. La insensibilidad nos aleja bastante de esa madurez humana que hemos de alcanzar.

Todo esto nos lo está diciendo Jesús para el desarrollo de todos esos valores humanos con los que tenemos que contribuir al bien y la mejora de nuestra sociedad. Son un regalo y una responsabilidad, es un don y es una tarea. No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos de nuestra soberbia y autosuficiencia que los anularía, los apagaría y dejaría sin sentido.

Y aquí, claro, tenemos que plantearnos qué estamos haciendo con nuestra fe. Es una luz que ilumina nuestra vida, pero es una luz que la que tenemos que iluminar a nuestro mundo. No podemos ocultar nuestra fe, ni podemos acomodarnos tanto a la sociedad que nos rodea por aquello de que no le dan importancia a la fe, porque entonces les estaríamos haciendo perder todo el sentido a esa fe que tenemos. Si consideramos que es una luz para nuestra vida, esa luz no nos la podemos quedar para nosotros mismos sino que con ella, aunque sea con todo respeto, tenemos que iluminar a los demás. Es el testimonio que en todo momento tenemos que dar.

Como nos dirá Jesús en otro momento ‘alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos’. ¿De verdad estaremos convencidos de estas palabras de Jesús? Entonces, ¿por qué no somos más misioneros en el mundo que nos rodea?

jueves, 22 de enero de 2026

Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

 


Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Salmo 55; Marcos 3, 7-12

Es sintomático que el texto del evangelio que hoy se nos presenta no nos habla de lo que dice o enseña Jesús, simplemente nos dice que fue y se sentó sobre el muro al borde del camino donde la gente solía reunirse; bueno he empleado la imagen del muro al borde del camino, aunque realmente el evangelista nos dice que Jesús con los discípulos fue allí a la orilla del lago; era el lugar habitual donde se reunía la gente.

En todos los pueblos hay lugares o rincones especiales donde la gente habitualmente pasa el rato, como decía antes el muro junto al camino, la esquina de la plaza, un lugar a la sombra de un árbol, o como veíamos en otros tiempos que se ha ido perdiendo sentados a las puertas de las casa, bien porque se sacará algún banco o silla de la casa, o se sentasen tranquilamente en el suelo o al borde de la acera donde la había; era el lugar de convivencia, de la charla relajada de las cosas del día, de lo que sucedía a los vecinos, en una palabra, de los problemas de la vida; surgían quejas, se despertaban esperanzas, en ocasiones se tomaban decisiones de hacer algo, o simplemente se estaba y se comentaba.

Es lo que yo he querido ver hoy en el evangelio, que Jesús está allí donde está la gente, y será allí donde acuden cuando saben que allí está Jesús; y vienen con sus penas, sus sueños, sus esperanzas y desesperanzas, con sus angustias o con la alegría de cualquier cosa que hubiera sucedido en el día. Allí con los más sencillos y los más pobres, con los que están llenos de sufrimientos y desesperanzas, con los que quizás nadie considera y eso se merecerá que más tarde lo critiquen por estar entre publicanos y pecadores, allí está Jesús.

Y esa presencia de Jesús despierta vida, crea nuevas ilusiones y esperanzas, se sienten a gusto con Jesús. Por eso no solo le traerán a los enfermos y vienen todos los que tienen algún tipo de mal, sino que comenzarán a seguirle donde quiera que vaya; pronto se van a reunir multitudes en torno a Jesús aunque esté lejos, en el descampado, y hasta lleguen a faltarle la provisiones.

Me quiero quedar ahí, en esa presencia de Jesús. Que no es poco. Esa presencia de Jesús quizás con los más olvidados y que nadie tiene en cuenta. ¿Sentiremos que Jesús quiere llegar también a nosotros de la misma manera? No vamos ahora a pensar en lo que nos dirá o nos enseñará, vamos a fijarnos en cómo quiere estar con nosotros allí donde estamos.

En nuestra casa y en nuestra familia, también con sus problemas o con las dificultades para salir adelante; allí donde hacemos la vida, donde realizamos nuestros trabajos – y pensemos cada uno en nuestro propio trabajo sea cual sea – Jesús está a nuestro lado; allí donde hacemos nuestra convivencia social, donde nos encontramos con los amigos o con los vecinos o conocidos, allí en ese camino que cada día hacemos cuando nos trasladamos por distintos motivos de un lado a otro… Allí va Jesús con nosotros, y  nos escucha como a aquella gente sentada a la orilla del lago, o como aquellos discípulos de Emaús que venían con sus tristezas y desalientos de Jerusalén; Jesús nos va saliendo al encuentro, ¿tendremos fe para descubrir su presencia? No busquemos cosas grandiosas o extraordinarias sino en ese día a día de nuestra vida.

Pero creo que a quienes creemos en Jesús este evangelio nos está diciendo algo más. ¿Sabrá descubrir ese mundo que nos rodea, esa gente que camina a nuestro lado, esta sociedad en la que vivimos, la presencia de Jesús en nuestro camino de vida? Claro que aquí tiene que estar nuestro testimonio, y el testimonio de la iglesia. Hemos de ser signos en medio de nuestro mundo de esa presencia de Jesús; somos nosotros los que tenemos que llegar a esos últimos lugares para ser esos signos vivos de la presencia de Jesús. La gente nos verá a nosotros con el testimonio que podamos ofrecerle y a través de nosotros llegarán a descubrir a Jesús.

Esto nos compromete. Esto nos obliga a hacer algo más de lo que actualmente estamos haciendo, porque no estamos siendo verdaderos misioneros de Jesús y de su evangelio. ¿Nos pondremos a pensar en qué vamos a hacer o cómo lo vamos a hacer? Pensemos que tenemos que ser presencia, ahí donde está la vida y estamos nosotros y está también la gente en la normalidad de su vivir, una presencia llena de vida, una presencia que llame, una presencia que transforme nuestro mundo.


miércoles, 14 de enero de 2026

Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

 


Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

1Samuel 3, 1-10. 19-20; Salmo 39; Marcos 1, 29-39

Las señales de Dios se van manifestando. La aparición de Jesús haciendo aquel primer anuncio de la llegada del Reino de Dios fue un rayo de esperanza para aquellos  pueblos. Las tinieblas pujaban por permanecer pero la luz se va abriendo paso en aquellos corazones. Se sorprenden con las palabras de Jesús, se sorprenden con los signos que realizaba y que manifestaban que Dios estaba con El. Era su presencia, su cercanía, sus palabras, los signos que se manifestaban en su vida. Quería estar cerca de todos y se dejaba llevar allí donde hiciera falta.

Hoy nos dice el evangelista que después de salir de la sinagoga, allí donde había liberado de su mal a aquel hombre poseído por un espíritu inmundo, los primeros discípulos, aquellos que primero han escuchado su llamada y ya le siguen de cerca, Santiago y Juan a los que había invitado a seguirle para ser pescadores de hombres, se llevan a Jesús a casa de Simón y de Andrés y le dicen que la suegra de Simón está enferma, está en cama.

¡Qué hermosa sintonía de aquellos primeros discípulos que viendo lo que hace y enseña Jesús le cuentan también de sus incidencias familiares o de sus vecinos! Algo en lo que es necesario detenernos en nuestra reflexión. Somos los discípulos de Jesús, al menos nos gloriamos de llamarnos cristianos, pero ¿hasta dónde llega nuestra sintonía y nuestra sensibilidad en nuestro trato con el Señor? ¿Le hablamos a Dios de lo que vemos y de lo que palpamos a nuestro alrededor?

Por distintas circunstancias, confieso, que estos días he caminado por distintos rincones de mi pueblo, con ese crecimiento demográfico de la población, las nuevas viviendas que se van promoviendo y levantando por distintos sitios y pensaba en qué medida los que nos llamamos cristianos sentimos inquietud por esas poblaciones que parecen tan alejadas de Dios, tan alejadas de la vida de la Iglesia, aunque estén viviendo casi a sus puertas. ¿No nos hará falta un mayor sentido misionero a los que nos sentimos más cercanos de la Iglesia para hablarle a Dios de esas gentes, pero para hablarle a esa gente de que el Reino de Dios está cerca? La verdad, os digo, que sentía una inquietud en mi interior que me hacía preguntarme a mí mismo por muchas cosas.

Y siguiendo con el comentario del evangelio vemos cómo Jesús se acerca a aquella mujer, la toma de la mano y la levanta. Y aquella mujer que estaba postrada en su enfermedad, inmediatamente se puso a servirles. Postrados y encerrados en nosotros mismos es la peor enfermedad, que nos vuelve pasivos, que nos hace insolidarios, que nos hace pensar solo en nosotros mismos y agrandamos incluso los males que nos envuelven quizás buscando una compasión. ¿No necesitaremos esa mano de Jesús que nos levante y nos ponga en camino de servicio? Seguro que nos sentiremos sanados desde lo más hondo y se acabará toda pasividad e insolidaridad, se descorrerán esos nubarrones que oscurecían nuestra vida y nos sentiremos con una vitalidad nueva. ¿Dejaremos que Jesús tienda su mano sobre nosotros y nos levante? ¿Seremos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciéndole el anuncio del Reino de Dios?

No quiero alargarme en el comentario. Al anochecer se agolpan muchos a la puerta para que Jesús los cure. A la mañana siguiente lo buscarán porque seguirán con sus deseos de estar con El. Jesús se había retirado al descampado para orar. Pero Jesús les dice que hay que ir a otros sitios, porque a todos ha de hacer aquel anuncio del Reino de Dios.

Después de estar con Jesús y escuchar su Palabra, ¿sentiremos nosotros deseos de ir a otros sitios para hacer también a todos ese anuncio del Reino de Dios?


sábado, 13 de diciembre de 2025

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

 


Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Salmo 79; Mateo 17, 10-13

¿Necesitaremos nosotros palabras de fuego que nos hagan de nuevo hervir la sangre en medio de la atonía y la tibieza con que muchas veces andamos los que nos decimos seguidores de Jesús?  Nos hemos amoldado, nos hemos acostumbrado a la tibieza y ya pocos sentimos dentro de nosotros la inquietud por esa atonta espiritual que vivimos. Nos da igual que la gente crea o no crea, se interese o no por el mensaje del evangelio. Vamos cayendo por la pendiente de la rutina y ya no sabemos saborear las palabras del evangelio. Nos hemos acostumbrado a otros sabores que nos ofrece la vida que no sabemos captar ese sabor nuevo que nos da el evangelio.

Las practicas religiosas las hemos convertido en unos convencionalismos sociales y cuando vamos a participar en ellas no llegamos a saborear lo que el evangelio nos ofrece y muchas veces las convertimos en actos que nos vemos obligados quizás a realizar por unas costumbres o unas tradiciones, unas manifestaciones sociales muchas veces muy llenas de vanidad, pero sin hondura espiritual. Y claro encima diremos que somos cristianos de siempre, que nuestra familia siempre ha sido muy católica, que no hay que crea más que nosotros, pero eso no lo traducimos luego en unas vivencias, en unas actitudes, en una toma de posturas ante los diferentes problemas de la vida pero desde la exigencia de una fe y de unos valores que nos ofrece el evangelio.

En este sábado de la segunda semana de adviento se nos presenta la figura del profeta Elías al mismo tiempo que se nos habla de Juan Bautista. De Elías conocemos su celo de Dios, su defensa del nombre de Yahvé, su lucha incesante contra los baales o falsos dioses que se pretendían imponer en el pueblo y la sociedad judía desde ciertas influencias que desde los poderosos ejercían sobre la vida del pueblo. Su Palabra era vibrante, el celo que sentía por las cosas de Dios era algo que no se podía apagar en su corazón, aun con sus dudas y con sus miedos que le llevará al desierto casi con el deseo de morir en su impotencia por conseguir lo que pretendía, pero que le llevará a una experiencia de Dios que le impulsará a seguir realizando su misión profética.

En la tradición del pueblo judío permanecían en la esperanza de la vuelta del Profeta Elías. Y es por lo que ahora le preguntan a Jesús. Y Jesús les habla de Juan Bautista que con tanto ardor preparaba al pueblo en el desierto para la venida del Mesías. Y les da a entender que Elías ha venido, aunque a Juan no todos quisieran aceptarlo. Pero les señala también que esa es la condición del profeta cuando es fiel a su mismo y a su misión. Como diría el anciano Simeón de Jesús, será un signo de contradicción y hará que se decanten los corazones.

¿Temeremos nosotros ser ese signo de contradicción frente al mundo que nos rodea? La tibieza con que vivimos manifiesta esos temores. Necesitamos despertar ese fuego en nuestros corazones. La imagen que contemplaremos en Pentecostés con la venida del Espíritu Santo son precisamente unas llamaradas de fuego. Es lo que nosotros necesitamos, dejarnos conducir por el Espíritu divino para que se caldee nuestra vida, para que pongamos ese fuego en nuestro mundo. Ya nos dirá Jesús en otro momento que fuego ha venido a traer a la tierra, y lo que quiere es que esté ardiendo. ¿Estaremos en nuestra comodidad y en nuestras rutinas unos bomberos que apaguen ese fuego divino en nosotros?

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu. Por eso Juan anunciará que en Jesús seremos bautizados en Espíritu Santo y fuego.

domingo, 11 de mayo de 2025

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

 


Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

Hechos 13, 14. 43–52; Salmo 99; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30

A veces damos la impresión que nos lo sabemos todo, vamos con nuestros prejuicios por delante, con nuestras ideas preconcebidas, con nuestras apariencias y empleo esta palabra no solo refiriéndome a nuestras apariencias personales que damos sino que nosotros nos hacemos una apariencia de la otra persona para juzgarla o para condenarla sin conocerla ni escucharla. No, si yo la conozco bien, de toda la vida, decimos, pero quizás nunca nos hemos detenido a hablar con esa persona para saber lo que piensa o por qué hace las cosas.

Necesitamos escuchar para conocer; y nos cuesta escuchar, porque ponemos una presintonía en nuestros oídos y no estamos escuchando a la persona sino escuchándonos a nosotros mismos en las prevenciones que podamos tener hacia esas personas. Escuchando podemos conocer y podemos comenzar a establecer una nueva relación, una relación de amistad, una relación de nueva comunión. Nos aislamos y solo nos escuchamos a nosotros mismos.

Pero nos sucede en todos los aspectos de la vida, en nuestras relaciones con las personas que nos rodean, muchas veces comenzando por la propia familia, pero puede sucedernos en las cosas que emprendamos que vayamos solo encuadramos en nuestras propias maneras de ver las cosas, o nos puede suceder en todo lo que es nuestra relación con la sociedad en la que vivimos; desconocemos cual es el sentir de ese mundo cercano a nosotros y luego no sabremos responder a los problemas que se presentan.

¿Nos sucederá también en lo que es nuestra relación con Dios, en nuestra manera de entender lo que significa ser cristiano, en la tarea que como cristianos tenemos que realizar en nuestro mundo, en nuestra relación también con la Iglesia? Quizás tendrían que ser cosas que también nos planteáramos.

Estamos en este ya cuarto domingo de pascua celebrando el domingo llamado del Buen Pastor, por la imagen que se nos ofrece en el evangelio en los tres ciclos litúrgicos. Hoy nos dice Jesús en el evangelio ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano’.

Nos propone Jesús la imagen tan bucólica de las ovejas y de sus pastores. ‘Mis ovejas escuchan mi voz…’ nos dice, ‘y yo las conozco, y ellas me siguen’. Una imagen muy hermosa. Quizás en nuestra sociedad tan urbana en que vivimos estemos lejos ya de esa experiencia de las ovejas y de los rebaños en el campo, pero si en nuestra cultura de hoy estaremos más acostumbrados a tener nuestras mascotas en casa, unos animalitos que nos hacen compañía, que cuidamos o que ellos también nos siguen y hasta en cierto modo nos cuidan. ¡Cómo conocen nuestra voz! ¡Como sienten nuestra cercanía aunque no nos vean cuando llegamos a casa! Son experiencias que fácilmente muchos podamos tener.

Nos está queriendo hablar Jesús de cómo hemos de escucharle. Nos llamamos cristianos, sin embargo, y muchas veces no hemos sabido escucharle, no nos detenemos lo suficiente ante las páginas del evangelio para conocerle y para aprender a seguirle, no hacemos ese silencio interior para escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos. ¿En qué hemos convertido muchas veces eso de ser cristiano? ¿Solamente en una tradición porque aquí todos somos cristianos, porque mis padres eran cristianos y me bautizaron y un día quisieron que hiciéramos la primera comunión?

Es cierto que quienes nos acercamos más a las celebraciones litúrgicas tenemos más la oportunidad de escuchar la Palabra de Dios; pero eso tenemos que aprender a hacer, escuchar, escuchar de verdad la Palabra de Dios, que no es solo lo que luego el sacerdote pueda decirnos o comentarnos en la homilía, que forma parte también, es cierto, de esa proclamación de la Palabra de Dios, sino en ese necesario silencio interior que hemos de hacer para escuchar en lo más hondo de nosotros esa Palabra de Dios.

¿Andaremos muchas veces distraídos, entretenidos en nuestros pensamientos, atentos a otras cosas que puedan haber en el entorno de nuestras celebraciones pero no atentos a escuchar lo que allá en lo más hondo de nosotros mismos el Señor quiera decirnos? Nada tendría que distraernos en esa proclamación de la Palabra de Dios, en ninguna otra cosa tendríamos que estar entreteniéndonos. No siempre lo hacemos.

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder llenarnos de Dios, escuchar para descubrir por donde tiene que ir la respuesta de nuestra vida, nuestro compromiso cristiano, escuchar sin prevenciones o con ideas preconcebidas, escuchar para poder ser luego misioneros en medio de nuestro mundo. ¿Si no hemos escuchado qué es lo que luego podemos trasmitir?

lunes, 21 de abril de 2025

Después de lo intensamente vivido estos días salimos con una misión, como misiones de una buena noticia reflejada en la alegría de nuestro rostro y nuestro corazón

 


Después de lo intensamente vivido estos días salimos con una misión, como misiones de una buena noticia reflejada en la alegría de nuestro rostro y nuestro corazón

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Salmo 15; Mateo 28, 8-15

Tenemos nuestros esquemas, nos hacemos nuestros planes, disponemos cómo han de ser o hacerse las cosas, seguimos un ritual o una costumbre, como siempre se hecho decimos, pero pronto quizás nos viene la sorpresa de que las cosas no son como nosotros pensábamos o nos lo habíamos programado, el mundo se nos viene abajo porque no sabemos qué hacer o como reaccionar, vienen los miedos y las angustias, como tantas veces nos sucede ante la incertidumbre de lo que se nos presenta, pero ¿todo se puede transformar en alegría cuando nos damos cuenta del sentido de la novedad?

Son nuestros trabajos, son nuestros proyectos de vida, es la organización de la vida que nos hemos planteado, son las rutinas de siempre, de lo que siempre ha sido así, pero la vida está llena de sorpresas; algunas veces nos inquietan, nos hacen tomar otros caminos a los que estábamos acostumbrados, quizás se abren otros horizontes en esos caminos nuevos, merecerá la pena ese cambio, aunque en nuestra tozudez seguimos encerrados en nosotros mismos y en nuestras cosas.

Nos cuenta el evangelio hoy que las mujeres fueron muy de mañana al sepulcro, porque en la tarde del viernes no habían podido realizar con las prisas de la llegada del sábado con la caída del sol todos los ritos funerarios; habían observado bien donde y cómo habían colocado el cuerpo de Jesús; una cosa no habían pensado quizás lo suficiente era quien les iba a ayudar a correr la piedra de la entrada del sepulcro, pues mujeres como eran no tendrían fuerza para realizarlo ellas solas; pero la piedra estaba corrida y el cuerpo difunto de Jesús allí no estaba.

¿Sorpresas? No era para menos, no era lo que esperaban encontrar. ¿Temores y angustias? No sabían donde estaba el cuerpo de Jesús y qué habían hecho con él, o quienes. ¿Quién se lo habría llevado? ¿Dónde lo habían puesto? Había algo que hacer, lo primero contarlo a los discípulos.

Pero ahora sí estaba la sorpresa delante de ellas. El mismo Jesús les sale al encuentro invitándolas a que se llenen de alegría, aunque todavía con sus temores interiores porque todo les resultaba extraño. Y Jesús las envía – los envíos tan repetidos de Jesús – a que vayan a anunciar todo esto a los discípulos y que vayan a Galilea. Aunque todavía el evangelista nos seguirá contando de la presencia de Jesús con ellos allí en Jerusalén, es importante que vayan allí donde empezó todo, donde fueron los primeros anuncios y de donde surgieron los primeros discípulos.

¿Será recordar lo que era en verdad el primer anuncio de Jesús del Reino de Dios que ahora ya se estaba constituyendo? ¿Será un comenzar a abrir caminos que no se quedarán ni en Jerusalén ni en Galilea sino que Jesús luego les enviará por todo el mundo? Estas mujeres serán las primeras portadoras de buenas noticias, que ya no son solo los discípulos más cercanos, y que nos recordará la misión que todos los que tenemos la experiencia de Jesús tenemos que cumplir, tenemos que realizar.

Del sepulcro vacío parten dos comitivas, estas mujeres convertidas en las primeras misioneras de la Buena Noticia de la resurrección de Jesús, pero también aquella otra comitiva que no supieron ver el sentido del sepulcro vacío y también marchaban con unas inquietudes y unos miedos por una misión que no habían podido cumplir pero se convertiría en un contra testimonio contra ellos mismos cuando se dejaron sobornar por la mentira.

Arrancamos nosotros también nuestro camino cuando comenzamos la celebración de esta Pascua también del sepulcro vacío, pero marchamos con otras certezas, marchamos con otras vivencias, marchamos con la experiencia de que nosotros sí sentimos a Cristo vivo en nuestra vida; nuestro camino lo hacemos como testigos, nuestro camino lo hacemos con Cristo vivo y presente en nuestra vida y ese es el anuncio que tenemos que hacer.

Marchamos  a la Galilea de nuestra vida de cada día después de la intensidad de lo vivido en esta semana santa, quizás también con nuestros miedos e inquietudes de cómo nos van a recibir, pero ya nosotros vamos con una misión, ser misioneros, portadores de una buena noticia que llevamos reflejada en la cara y en nuestra vida, porque vamos desbordando alegría, porque en nuestro corazón hay un nuevo entusiasmo, porque sintiendo el gozo de la presencia de Jesús resucitado con nosotros queremos también sentir el gozo del anuncio.

¿Seremos semilla que haga brotar una nueva planta y unos nuevos frutos para y en nuestro mundo? ¿Nos damos cuenta de los nuevos horizontes que se abren ante nosotros?

jueves, 1 de febrero de 2024

Nos hace falta a los que nos llamamos discípulos de Jesús romper el círculo y salir a las plazas haciéndonos aventureros del anuncio del evangelio

 


Nos hace falta a los que nos llamamos discípulos de Jesús romper el círculo y salir a las plazas haciéndonos aventureros del anuncio del evangelio

1Reyes 2, 1-4. 10-12; Sal. 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Hay quien es aventurero en la vida y se lanza por el mundo a lo que salga; sin mayores alforjas se lanzan a caminar por el mundo preocupándose solo del momento, refugiándose en lo que salga, y ateniéndose al día a día comiendo lo que encuentren, o lo que las buenas gentes con las que se encuentre le puedan ofrecer.

Pero lo habitual es que si vamos a hacer un viaje, nos preocupemos previamente de prepararnos, buscando algún tipo de información sobre el lugar que vamos a visitar, pero proveyéndonos en nuestra maleta o nuestra mochila de aquellas cosas que podamos necesitar, ya sea de las ropas que vayamos a necesitar, del dinero del que podemos disponer, y de aquellas cosas que pensamos que nos pueden ser útiles en el desplazamiento que vayamos a realizar. Hay que ser precavidos, previsores, nos decimos, y algunas veces ponemos tantas cosas en nuestras maletas o mochilas que luego no hay quien las cargue. Si además vamos con alguna misión que realizar más aún nos preparamos para ello y poder desempeñar dignamente la tarea que se nos haya encomendado.

Esos son nuestros planteamientos humanos. Pero hoy Jesús nos rompe todos los esquemas. Nos cuenta el evangelista que ha escogido a Doce entre el grupo de los discípulos y los envía con la misión de ir adelantando el anuncio de la Buena Noticia por todas aquellas aldeas y pueblos de alrededor. Los envía con autoridad, pero los envía escasos de provisiones y de previsiones. Un bastón para el camino, una túnica de repuesto, unas sandalias para su camino y nada de dinero en la alforja. Allí donde vayan han de hospedarse donde los acojan y si no los acogen, a sacudirse el polvo de los pies pero a marchar para otro lugar.

Solo pide disponibilidad y generosidad de espíritu. Su misión es curar, su misión es hacer un anuncio de vida, su misión es rescatar de todo lo que sea muerte y sufrimiento, pero solo lo han de realizar en el  nombre de quien los ha enviado. Y realizan su misión, y vuelven llenos de alegría por lo que han realizado, han ungido a los enfermos y los han curado, ha quedado hecho el primer anuncio del Reino de Dios, han transmitido esa buena noticia de que llega y se establece el Reino de Dios.

Es el Evangelio. El evangelio que también nosotros tenemos la misión de anunciar. El evangelio que nos pide a nosotros también esa disponibilidad y esa generosidad. El evangelio del que hemos de estar tan impregnados que nos convirtamos nosotros mismos en esa buena noticia, porque estemos contando lo que Dios ha hecho con nosotros, como un día le pidiera a aquel hombre liberado del demonio allá en Gerasa. Pero esos son los signos que nosotros también tenemos que dar hoy en medio de nuestro mundo. Nos estamos preparando tanto que nunca terminamos de salir al camino, nunca nos ponemos en camino en el nombre de Jesús; solo con el bastón, las sandalias y la túnica, pero nosotros nos queremos buscar tantos recursos, nos queremos preparar tanto que terminamos dando vueltas sobre nosotros mismos, pero no nos ponemos en camino.

Nos hace falta más salir a la calle y a los caminos los que nos sentimos comprometidos con Jesús, para encontrarnos de verdad con la vida, allí donde están los sufrimientos, también los gozos y las alegrías, pero también las esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Tenemos que romper el círculo de quedarnos con los que siempre estamos, de quedarnos sentados en nuestro lugar y contentarnos con aquellos que puedan venir hasta nosotros, de ir al encuentro con los otros aunque sean unos desconocidos, aunque nunca los veamos en el templo, de llegar a la plaza donde está de verdad la vida de nuestras gentes y de nuestro pueblo, y allí tenemos que presentarnos con nuestro mensaje en nombre de Jesús.

Pudiera ser que nos lleváramos la sorpresa de que nos escuchan más de lo que nosotros pensábamos; nos daremos cuenta que ahí tenemos una palabra que decir, un signo de vida que dejar; seremos conscientes de que tenemos que ser más misioneros, que la Iglesia tiene que ser más misionera. ¿Cuándo nos pondremos en camino? ¿Seremos en verdad aventureros por el evangelio?


miércoles, 26 de julio de 2023

La iglesia no se puede quedar con la semilla guardada en el granero esperando que vengan a ella sino que tiene que salir a esparcirla por cada rincón de nuestro mundo

 


La iglesia no se puede quedar con la semilla guardada en el granero esperando que vengan a ella sino que tiene que salir a esparcirla por cada rincón de nuestro mundo

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9

Esta mañana evocaba la parábola y el evangelio de hoy. ‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago…’ Hermosa imagen. Había salido yo de casa también, en ese paseo mañanero de todos los días… un paseo que es algo más que ‘estirar las piernas’ como se suele decir, algo más que un ejercicio porque lo necesita mi salud, mi corazón, un paseo que me ayuda a salir, a ir más allá de esos lugares físicos por donde camino, un paseo para un encuentro con la vida, para contemplar cuanto me rodea, un paseo que me ayuda mirar los campos, las personas que están a mi alrededor, un paseo que muchas veces hago en silencio, pero me ayuda a sentir, a escuchar otro palpitar… Esta mañana llegué al parque y allí me senté… no me rodeó nadie, como a Jesús que tuvo que subirse a la barca para poder desde allí hablar a la gente, regalarles esta hermosa parábola.

Un sembrador que sale echando a voleo su semilla por los campos y caminos que atraviesa, una semilla que se va desparramando por endurecidos caminos igual que por zarzales o ásperos pedregales, una semilla que llegará también a tierra cultivada y preparada, una semilla que va germinando, va brotando, unas crecen pronto, otras se muestras raquíticas por la sequedad y dureza del terreno, otras que pronto se ven ahogadas por la maleza que les rodea, otras que solo servirán de alimento para los pajarillos del cielo que así pronto encuentran fácil alimento, pero una semilla que está llamada a dar fruto y por eso germina.

Miraba a mi alrededor, casas y caminos, campos de cosecha o campos abandonados, casas de puertas cerradas y casas abandonadas en el silencio de la soledad, gentes que pasaban por el camino, o gentes que allá estaban en sus quehaceres o sentadas placidamente también en la plaza y con sus entretenimientos.

¿Dónde está la semilla? ¿Dónde está el sembrador? ¿Penetrará en esas casas una buena noticia? ¿Llegarán a esas personas semillas de esperanza que despierten los corazones a una nueva vida? ¿Cómo se hará germinar la semilla en esos campos tan diversos? ¿Podremos ver el ir y venir de sembradores que lleguen también hasta esos rincones? ¿Cuáles son los deseos que se anidan en esos corazones, en esas personas afanadas en sus quehaceres, en esos que andan entretenidos pero distraídos por la vida porque parece que nada los hace pensar?

¿Llegará la voz de la Iglesia también a esos lugares que parecen lejanos y distantes o siempre estará esperando la Iglesia que sean ellos los que vayan hasta su lugar? El sembrador del que habla Jesús no se quedó en casa con la semilla en la mano esperando que aquellos terrenos vinieran a buscarla. Aquel sembrador salió, como Jesús que no se quedó sentado en la orilla del lago sino que se subió a la barca.

Yo también mientras tanto me había quedado sentado en mi banco en el parque, tampoco quizás había salido al camino para algo más que contemplar el campo, tampoco había salido para también esparcir la semilla. Algo he intentado hacer porque estos días precisamente se han cumplido quince años en que he querido estar regalando esta ‘semilla de cada día’; tengo la esperanza de que en algún corazón haya comenzado a germinar.

Cuando hoy escuchamos de nuevo esta parábola, que ya se nos ofreció en la liturgia de los pasados domingos, ¿estaremos sintiendo la urgencia de ser sembradores, de salir para seguir esparciendo esa semilla por los campos de la vida? Es un buen toque de atención que una vez más el Señor nos da.

Es una llamada a la Iglesia misma para que sea más misionera, para que salgamos de nuestros cómodos graneros donde guardamos el grano y vayamos al encuentro de nuestro mundo que espera y necesita esa semilla de vida que de alguna manera en nuestra comodidad nos estamos negando a regalar.

martes, 18 de octubre de 2022

Allí donde estemos tiene que aparecer ese espíritu misionero que ha de haber en nosotros desde que creemos en Jesús, así que pongámonos en camino

 


Allí donde estemos tiene que aparecer ese espíritu misionero que ha de haber en nosotros desde que creemos en Jesús, así que pongámonos en camino

2Timoteo 4, 10-17b; Sal 144; Lucas 10,1-9

Ponerse en camino… es fácil decirlo, pero uno se lo piensa. ¿A dónde vamos? ¿Con qué contamos para el camino? ¿Sabremos hacer el camino? ¿Quién nos acompaña? ¿Tendremos fuerzas para llegar a la meta que nos proponemos? Y comenzamos a darle vueltas y vueltas, queriendo prepararlo todo, tenerlo todo bien atado para que nada nos falle, para que no fracasemos. ¿Será aquello de quien quiere levantar una torre primero tiene que ver si tiene las posibilidades de acabarla? ¿Tendremos que andar con esos cuidados antes de ponernos en camino?

Solo los arriesgados se lanzan poco menos que a ciegas, porque quieren la aventura. Están los deseos de llegar a otros sitios y conocer otros lugares y otras personas; está la curiosidad de lo que está más allá y ahora permanece oculto pero que podemos conocer; estará también la voluntad de querer llevar lo que somos, lo que tenemos, lo que es nuestra vida para que quienes están más allá puedan conocernos o conocer cuales son los ideales que podamos tener en la vida.

¿Nos atreveremos a ponernos en camino? De alguna manera en la vida siempre andamos en camino, conscientes o no, siempre estamos queriendo ir a otro sitio, encontrarnos con otras personas, conocer lo que hay mas allá; y entramos en relación con las personas que nos vamos encontrando en el camino, y vamos aprendiendo unos de otros… estamos poniéndonos en camino de una forma o de otra.

Pero nos estamos haciendo todas estas consideraciones porque hemos escuchado hoy en el evangelio que Jesús nos pone en camino. Pero, tremendo desconcierto; Jesús rompe de alguna manera nuestros esquemas, porque nos dice que no llevemos nada para el camino, lo imprescindible para caminar; que no andemos buscando previamente donde quedarnos, sino allí donde vamos nos tenemos que dejar acoger por quien nos abra las puertas de su casa y comer lo que tengan y nos pongan. Pero sí nos dice que no es un camino cualquiera el que vamos a hacer, porque vamos a llevar un mensaje, vamos con unas actitudes nuevas en nuestro corazón porque es un mensaje de paz el que hemos de llevar, porque con nuestras actitudes, con nuestra manera de actuar estaremos haciendo presente el Reino de Dios.

Esa es la maravilla de este texto del evangelio, de este envío que nos hace Jesús. Ponernos en camino. Y tenemos que llevar la paz, aunque nos encontremos un mundo en guerras y divididos; tenemos que ir con disponibilidad del corazón y espíritu abierto para dejarnos acoger, pero también para ir de un sitio para otro si en algún lugar no nos reciben bien pero nunca con resentimientos en el corazón y siempre con el anuncio claro de lo que vamos a llevar, el anuncio del Reino de Dios.

Decíamos que en la vida estamos siempre de camino, ¿pero seremos conscientes del envío que nos hace Jesús y de lo que en cada momento tenemos que hacer? Nos ponemos en camino para tantas cosas, curiosidades como decíamos antes, o chismorreos los unos de los otros que más bien crean división y no fomentan la paz. Tenemos que ser conscientes de que allí donde vamos, allí donde estamos siempre hay una misión que cumplir, un anuncio que hacer, un testimonio que dar.  Cuánto de bueno podríamos estar haciendo en cada momento si fuéramos más conscientes de lo que es nuestra misión como cristianos en medio del mundo.

Allí donde estás, en los ambientes en que te mueves, con los vecinos con los que convives cada día, ¿no tenemos un anuncio que hacer? ¿Dónde está el espíritu misionero que desde que creemos en Jesús siempre tiene que haber en nuestra vida?