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miércoles, 15 de abril de 2026

Con qué seguridad caminamos dando nuestro testimonio de Jesús cuando nos sentimos tan amados de Dios que nos entregó a su Hijo Unigénito

 


Con qué seguridad caminamos dando nuestro testimonio de Jesús cuando nos sentimos tan amados de Dios que nos entregó a su Hijo Unigénito

Hechos 5, 17-26; Salmo 33; Juan 3, 16-21

A nadie le gusta que se conozcan nuestros errores; sean los que sean, nos equivocamos en nuestras apreciaciones ya buscaremos la forma de disimularlo, de justificarnos, de buscar causas culpables por otro lado que nos hayan podido llevar a ese error, pero nunca será por culpa nuestra; tenemos un tropiezo o cometemos un error en decisiones que habíamos de tomar y quizás hasta alguien pudo haber resultado perjudicado, ya buscaremos la forma de que eso se no se sepa, que no trascienda para no perder nosotros nuestro prestigio; y así en multitud de situaciones de nuestra vida donde huimos de la luz que pueda poner al descubierto nuestras cosas y nuestros fallos, dejando que se oscurezca la luz y sigan imponiéndose las tinieblas. ¿Qué es lo que realmente nosotros deseamos o buscamos? Tendríamos que analizar muchas cosas.

Pero hoy el evangelio nos está diciendo algo verdaderamente hermoso, que no tendríamos que olvidar nunca, y que desde esa confianza que se despierta en nuestro corazón tendríamos que reconocer mejor nuestros errores o nuestras tinieblas porque bien sabemos quien es el que nos puede sanar. No olvidemos que las páginas del evangelio no se cansan de repetirnos esos momentos en que Jesús va sanando a la gente. No es el milagrerismo lo que tenemos que buscar (vaya palabra me he inventado, pero que creo que nos entendemos) sino el amor de Dios que nos sana y que nos salva, que son los signos que Jesús va realizando.

‘Dios amó al mundo’, nos viene a decir el evangelio. Y tanto fue su amor que no paró hasta darnos, hasta entregarnos a su Hijo único. Aquí, podríamos decir, está la clave de nuestra fe como está la clave de todo el evangelio. Si es una buena noticia para nosotros es porque nos está diciendo cuánto es el amor que Dios nos tiene. Pero pareciera que no estamos muy convencidos, porque seguimos con nuestras dudas y con nuestra fe renqueante, porque seguimos sin terminar de entrar nosotros en esa onda de amor, y aunque decimos que amamos muchas veces nuestro amor es pobre y mezquino porque le ponemos tantas limitaciones, tantas condiciones que terminará de dejar de ser un amor como el que Dios nos tiene.

Por eso seguimos prefiriendo las tinieblas donde podemos hacerle esas trampas al amor; y no somos sinceros con nosotros mismos, ni somos leales con los demás. Esa sinceridad de nuestra vida que nos tendría que llevar a ser humildes, porque así reconocemos nuestra debilidad y nuestra torpeza, así tendremos que ver con claridad esos errores que tratamos de ocultar, pero así nos manifestaremos tal como somos delante de los demás, pero siempre reconociendo lo que ha hecho el amor de Dios en nosotros.

Es el amor que nos ha transformado, es el amor que nos hace entrar en ese mundo de verdad y de autenticidad, es el amor el que nos da fuerzas para levantarnos y a pesar de nuestras debilidades y hasta de la pobreza de nuestro espíritu comenzaremos a darnos por los demás, estaremos poniendo de verdad el amor en nuestras vidas. Entonces habrá luz, entonces no dejaremos reinar a las tinieblas, entonces nos sentiremos ese hombre nuevo que ha sabido renacer.

Y lo hermoso y lo grandioso es que Dios cuando nos ama así no ha venido al mundo para condenar al mundo; si nos ha entregado a su Hijo único es para que el mundo se salve por El, para que nosotros vivamos por El. Nos acercamos entonces sin temor a la luz para que se vea que nuestras obras están hechas según Dios, según los planes de Dios porque entramos en la órbita de Jesús, en la orbita del Evangelio que será siempre para nosotros una buena nueva de amor.

Con temblor y con cierto temor vamos nosotros tantas veces por la vida, pero cuando así nos sentimos amados de Dios se acabaron los temores, desaparecen para siempre esos temblores de nuestros miedos, porque con la fuerza del Espíritu de Jesús nos sentiremos siempre fuertes. Es lo que hemos visto en la primera lectura en la actitud y en las obras que realizaban aquellos primeros discípulos y los apóstoles que no podían callar ni obedecer ningún mandato humano porque tenían que proclamar la Buena Nueva de Jesús.

viernes, 3 de abril de 2026

Contemplemos en silencio, rumiemos en el corazón cuanto contemplamos, envolvámonos en atmósfera de amor para confesar nuestra fe, un nuevo camino de vida

 


Contemplemos en silencio, rumiemos en el corazón cuanto contemplamos, envolvámonos en atmósfera de amor para confesar nuestra fe, un nuevo camino de vida

Isaías 52, 13 — 53, 12; Salmo 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Hoy no es un relato más el que escuchamos; no solamente se contenta el evangelista con narrarnos con la mayor fidelidad unos hechos. Más que una historia es una revelación, la gran revelación de lo que es el amor, de donde se es capaz de llegar cuando hay amor, de cómo cuando hay amor no es un apresamiento y te conduzcan a la condena y a la muerte sino que es el testimonio de una entrega, es decirnos quien es ese Jesús que vemos en esta pascua subir hasta el Calvario.

Ya desde el principio de la propia narración se nos hace esa gran revelación aunque turbados por los momentos trágicos que contemplamos al principio no lleguemos a captar todo el sentido de lo que sucede. Jesús está en el huerto de Getsemaní, contemplamos su agonía y su oración, como contemplamos la dejadez de los discípulos que se caen de sueño; allí llegará Judas con aquellos guardias que le acompañan para culminar su traición. Pero hay algo que nos dice el evangelista y no puede pasar desapercibido, al oír el tumulto que llegaba es Jesús el que se adelante y les sale al encuentro. ‘¿A quién buscáis?’ La pregunta es inesperada y se detienen paralizados respondiendo, ‘A Jesús, el de Nazaret, el Nazareno’, le responden. Y allí se escucha la voz firme y serena de Jesús, ‘Yo soy’, y todos reculan ante estas palabras.

‘Yo soy’ era lo mismo que decir en hebreo ‘Yahvé’, el nombre de Dios. Y es Jesús el que se entrega y ya se dejará hacer hasta que es conducido hasta el Gólgota para ser crucificado. Es Jesús el que se entrega, porque allí está por amor y ese es el sentido del amor, porque el amor siempre se adelanta, el amor se hace entrega, el amor asume con total libertad hasta las cosas más costosas que no se hacen solamente ni principalmente por obligación o sumisión. Así lo había ido expresando Jesús desde sus primeros anuncios de lo que iba a suceder en Jerusalén y los evangelistas nos dicen que andaba como con prisas cuando subía a Jerusalén, porque el amor no espera a que otros hagan o empiecen, el amor siempre toma la iniciativa.

Es lo que hoy estamos contemplando en la pasión y la muerte de Jesús. Como hombre también había sentido miedo y no quería pasar por esas cosas tan dolorosas, pero Él era el mayor y mejor signo de lo que es el amor de Dios por eso da ese paso adelante en su amor para decir ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’, como lo expresa en la oración de Getsemaní.

Y amando, aunque sea en medio del sufrimiento, tiene aun tiempo y motivación  para mirar a Pedro con una mirada de comprensión y misericordia después de su negación, tendrá serenidad suficiente para detenerse en la calle de la amargura para consolar a aquellas mujeres que lloran a su paso pero dejándoles un mensaje de consuelo y esperanza, declarará ante el sumo pontífice su condición de Hijo de Dios aun sabiendo que pueda ser una razón más para su condena, claramente se presentará ante Pilatos para proclamar que es rey de la verdad y de la vida y que por eso ha venido al mundo, aceptará humildemente la ayuda del Cireneo porque la mecha humeante no hay que apagarla y aquel gesto de amor  que recibe es una respuesta al amor de Dios que allí se está manifestando, tendrá palabras de esperanza para los que están condenados con Él y a quien muestra arrepentimiento le ofrecerá está aquel mismo día en el paraíso. Al final   el evangelista no nos dirá simplemente que Jesús murió sino que nos dirá que Jesús entregó su Espíritu, o como nos dirá otro evangelista poniendo en labios de Jesús ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.

¿Qué nos está revelando Jesús? La entereza y la fortaleza del amor que hará que a última hora hasta el centurión romano reconoce que es un justo inocente que ha realizado la mayor de las pruebas del amor. Más que una historia es una revelación, ya decíamos desde el principio. Es la muestra del paso de Dios que siempre es regalo de amor, que siempre es camino que se nos abre para la vida y para la salvación. Es lo que hemos de sentir en este día. No nos quedamos en los detalles, pero en los detalles tenemos que ir contemplando toda esa ofrenda de amor.

Pero como decíamos es una revelación que nos pone en camino, porque no leemos simplemente el evangelio como quien lee un libro porque quiere conocer unos datos históricos; nosotros contemplamos y contemplar es ir a lo más hondo de lo que se nos puede decir en la fachada del relato de unos hechos que nosotros queramos conocer para ir a lo que está en el fondo de cuanto contemplamos; y es lo que podemos descubrir que va a implicar toda nuestra vida porque ya no podemos ir por la vida como si nada hubiéramos contemplado, porque ahora nosotros nos vamos a sentir inundados y empapados por tanto amor, porque quizás nos haga despertar de esas somnolencias con que hemos vivido muchas veces nuestra fe.

Hay un detalle final y es que van a aparecer dos personajes que eran discípulos ocultos de Jesús y ahora van a dar la cara; Nicodemo el que había ido de noche a ver a Jesús y José de Aritmatea del que hasta ahora no sabíamos nada; se atreven a presentarse ante Pilatos, y alguna razón tenían que esgrimir, para pedir el cuerpo de Jesús y darle digna sepultura; tanto es así que José de Aritmatea ofrecerá su propia sepultura excavada en la roca de su huerto para que allí depositan el cuerpo de Jesús. Siempre habrá alguien que tras la primera impresión de un momento duro y de dolor hará aflorar lo mejor de su corazón para dar un paso adelante.

Contemplemos en silencio, rumiemos en nuestro corazón cuanto vamos contemplando, envolvámonos en este viernes santo en esta atmósfera de amor y terminemos confesando nuestra fe que nos abre a un nuevo camino en nuestra vida.


sábado, 31 de enero de 2026

Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

 


Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

2Samuel 12, 1-7a. 10-17; Salmo 50; Marcos 4, 35-41

¿Le tenemos miedo a la oscuridad o a un lugar tenebroso? Quiero de antemano decir que en los lugares donde me muevo nuestros caminos están alumbrados; pero bien pronto nos quejamos si por cualquier razón falta un día la iluminación de esos lugares por donde transitamos. No están tan lejos para nosotros pero quizás muy presente en muchos lugares esa oscuridad que no ayuda a caminar con tranquilidad, más otros temores que nos llenan de temores por tantos otros peligros que pudieran aparecer; no iríamos solos por esos lugares, buscaríamos la compañía de quien nos diera confianza y seguridad para poder hacerlo con tranquilidad.

Aunque no son solo esas las oscuridades que nos llenan de temores en la vida; lo incierto del futuro, el lanzarnos a otros horizontes de la vida, el tener que asumir nuestras responsabilidades, el emprender tareas nuevas con todas las incertidumbres que acompañan, el embarcarnos en algo nuevo y distinto a lo que estábamos acostumbrados a realizar, y no digamos quienes tienen que dejar atrás sus lugares habituales para ir en búsquedas de un futuro mejor, y ahí estoy pensando en todo ese mundo de la inmigración, que a algunos nos inquieta el que nos lleguen personas nuevas, pero no podemos olvidar lo que pasa por las mentes de quienes tienen que abandonar su tierra y no siempre en las mejores condiciones para buscar un futuro mejor. Nuestra tierra canaria se ve envuelta en ese problema de la inmigración, cosa que nos preocupa, pero nos olvidamos que en otro tiempo nosotros o nuestros mayores fueron también inmigrantes.

Me vienen estos pensamientos y reflexiones desde la página del evangelio que hoy se nos ofrece. Es ya el atardecer y Jesús les dice a los discípulos de ir a la otra orilla. Atravesar en la noche el lago no era cosa muy agradable sobre todo con las tormentas que en él se solían levantar. Es lo que sucede, la barca poco menos que hace agua; aquellos pescadores avezados a esas tormentas luchan por mantener la deriva de la barca, pero parece que la tormenta se hace cada vez peor.

Y Jesús, ¿dónde está? Durmiendo a pesar de la tormenta en un rincón de la barca. No pueden más. Lo despiertan. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ es el grito, es la súplica, es la amargura con que se dirigen a Jesús. ‘¡Hombres de poca fe! ¿por qué dudáis?’ A pesar de estar Jesús en la barca se sentían solos, como si a Jesús no le importara.

Son significativos los detalles que se convierten en signo de muchas cosas para nosotros, para nuestra vida. Hay que ir a la otra orilla, nos está diciendo Jesús también. Y el hecho de que pensemos que tenemos que embarcarnos en algo distinto ya nos hace aparecer los temores, las preguntas sobre esa otra orilla a la que nos quiere embarcar Jesús. Preferimos quedarnos en nuestra comodidad o en nuestra rutina; siempre se ha hecho así, nos decimos ¿por qué tenemos que intentar otras cosas, otros métodos quizás, otras tareas más evangelizadoras? Se nos pone todo turbio delante de nosotros, no sabemos qué hacer o como emprender esas nuevas tareas.

Pero hoy la Iglesia necesita ir a la otra orilla, salir de esas aguas tranquilas donde nos hemos acostumbrado a navegar, y no queremos darnos cuenta que son otros tiempos, que son otras exigencias, que son otros planteamientos lo que tenemos que hacernos. Y nos contentamos con guardar el ganado que tenemos pero no nos damos cuenta que hay muchas otras ovejas a las que tenemos que ir a buscar. En esa dejadez en la que vivimos con tan poca inquietud misionera vemos los derroteros de nuestra sociedad, vemos como se va perdiendo el sentido cristiano de la vida en nuestra sociedad. Es que los tiempos cambian, nos dicen algunos, pero en este nuevo tiempo también tenemos que anunciar el evangelio, también tenemos que dar a conocer el nombre de Jesús. Tiempos de borrascas y de oscuridades, de temores y de dudas, nos van apareciendo. Como los discípulos aquella noche en la barca. Pero tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús.

Y no digamos que nos sentimos solos, porque Jesús con la fuerza de su Espíritu está a nuestro lado, aunque algunas veces nos desentendemos de tal manera que no nos damos cuenta de la presencia de Jesús; y así nos vienen nuestros miedos y nuestras cobardías.

‘Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’, nos dice también a nosotros Jesús. Con El siempre tenemos que sentirnos seguros.

lunes, 18 de noviembre de 2024

Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

 


Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Salmo 1; Lucas 18, 35-43

Al borde del camino, sin saber que hacer o sin tener nada que hacer, ensimismados quizás en nuestras cosas, en nuestras rutinas de cada día, abrumados por los problemas que caen encima como una loza que paraliza y encierra, perdida quizás la ilusión y la esperanza, llenos de miedos para emprender otros caminos, con deseos de hacerlo pero con cobardías que ciegan, sintiéndose quizás ignorados y no tenidos en cuenta marcados por una cierta marginación… son tantos los que podemos encontrar en nuestros caminos, pero que tampoco vemos porque quizás hemos perdido la sensibilidad o porque pensamos que si se hacen notar nos molestan porque pueden despertar inquietudes con las que no queremos cargar.

¿Quiénes son los ciegos? ¿Los que están tirados al borde del camino o los que vamos por el camino pero que miramos para otro lado? Mejor no enterarnos, mejor seguir con nuestras prevenciones y prejuicios, mejor hacernos los desconocidos cuando nos tropezamos con ellos en cualquier esquina o se suben al transporte con nosotros. Su manera de ser, su forma de actuar, sus gestos o sus palabras, las sonrisas que surgen en sus conversaciones entre ellos, sus miradas nos molestan y tratamos de evitarlos, hacernos los sordos o mirar para otro lado.  Y vamos a Misa.

¿Será posible que nos quedemos tan tranquilos sin implicarnos cuando escuchamos un evangelio como el que hoy se nos propone? Jesús iba de camino para Jerusalén; atravesaba Jericó, casi al final de la bajada del valle del Jordán antes de emprender la subida a Jerusalén; mucha gente lo acompañaba, por allí lo rodea el grupo de los discípulos que fieles van siempre con él, pero también mucha gente que hacía del camino de subida a Jerusalén, pues se acercaba la Pascua. Parece que lo importante es hacer el recorrido y de camino ir escuchando las enseñanzas de Jesús que siempre tiene una palabra que enriquece la vida; por el barullo de la gente y que no siempre podían mantenerse en la misma cercanía, en ocasiones se hacía costoso escucharle. No iban pendientes de nada más.

Pero al borde del camino hay un ciego pidiendo limosna. Era casi habitual encontrarlos, además siendo un lugar de paso de muchos peregrinos en su subida a Jerusalén. En la pobreza acrecentada con la ceguera era la ocasión de recoger alguna limosna que aliviara sus necesidades.

Al oír el barullo de gentes en el camino el ciego pregunta y le dicen que pasa Jesús, el Nazareno. No fue necesario  nada más para que su pusiera a gritar pidiendo a Jesús que tuviera compasión de él. Qué molesto, no podían escuchar las palabras de Jesús; quieren hacerlo callar, lo regañaban pero él gritaba más fuerte. Cuando Jesús se entera de lo que sucede lo manda llamar.

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ el ciego soltándolo todo de un salto se había puesto a los pies de Jesús. ¿Qué es lo que puede pedir? ¿Qué es lo que hubiéramos pedido si  nos encontráramos en su misma situación? ¿Se nos habrá ocurrido pensarlo? Nosotros que llevamos la lista (de la compra) elaborada de nuestras peticiones cuando vamos a rezar… ¿Habría que hacer una revisión de esas listas que llevamos en nuestra mente?

Hemos comenzado hoy nuestra reflexión haciéndonos unas consideraciones sobre lo de estar al borde del camino. Traigamos acá ahora aquellos pensamientos, pero seguramente en aquellos en los que íbamos pensando cuando nos hacíamos aquella descripción y pensemos que es lo que realmente quieren.

¿Nos habremos detenido a pensar alguna vez cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y que algunas veces evitamos qué es lo que quieren que hagan por ellas? Quizás solo esperen de nosotros una mirada – esa mirada que tantas veces desviamos -, que los tengamos en consideración, que los saludemos igual que saludamos a los conocidos o a los amigos, el no sentirse ignorados, el que los dejemos actuar con libertad y confianza tal como son dejando a un lado nuestras prevenciones, nuestros prejuicios y nuestras desconfianzas. Volvamos a leer los primeros renglones de nuestra reflexión de hoy y pongamos por medio esa pregunta de Jesús ‘¿Qué es lo que quieres que haga por ti?’

Pero no nos quedemos con los brazos cruzados, sino comencemos a hacer lo que desean de nosotros. Unas nuevas actitudes, unas nuevas posturas, unos nuevos gestos tendrán que ir acompañando nuestra vida a partir de que Jesús hoy a nosotros también quiere hacernos ver, quiere romper nuestras cegueras, quiere devolvernos también la visión. Da pasos como aquellos que iban con Jesús y al final ayudaron a ciego a ir también hasta Jesús.

viernes, 2 de agosto de 2024

Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo ante nosotros con la novedad del evangelio

 


Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo ante nosotros con la novedad del evangelio

Jeremías 26, 1-9; Salmo 68; Mateo 13, 54-58

‘¿De donde saca todo eso?’, lo habremos dicho también. Nos sentimos sorprendidos porque no pensábamos que aquella persona pudiera tener aquellos razonamientos. Quizás incluso le dimos la mano, como se suele decir, en sus comienzos animándolo a hacer cosas distintas, a emprender algo que parecían ser sus sueños, a que intentara al menos hacer algo aunque le pareciera que le salía mal, dándole confianza para que creyera en si mismo. Pero ahora nos sentimos sorprendidos, sus apuntes de reflexiones tienen una profundidad que no pensábamos que esa persona pudiera lograr.

Y claro por nuestra parte caben también varias reacciones, porque incluso nos encontramos divididos en nosotros mismos; y aunque le dimos el impulso, vemos que está llegando a donde no imaginábamos, y hasta se nos pueden meter unos celos ahí dentro de nosotros, porque esa persona logras cosas que no pensábamos que fuera capaz; ¿tendremos miedo que nos haga sombra? Cosas así se nos pueden meter en la cabeza y hay el peligro que nuestras reacciones no sean tan positivas; somos humanos.

Me hago esta reflexión partiendo de cosas que realmente así nos pueden suceder en la vida y contemplando la reacción de las gentes de Nazaret ante la presencia de Jesús en su sinagoga. Es cierto, lo habían visto de niño y de joven entre ellos. ¿Destacaría en aquel Jesús, el hijo del carpintero? No vamos a dejarnos llevar por las imaginaciones que nos encontramos en los evangelios apócrifos que tan poco valor histórico y teológico nos presentan, pero es cierto por otra parte que algo podrían haber descubierto en aquel niño, en aquel joven sus convecinos de Nazaret. Sin embargo era solamente el hijo de María, el joven carpintero de Nazaret.

Ahora les habrán llegado noticias de las andanzas de Jesús, por Cafarnaún, por los alrededores de Tiberíades, por los pueblos y aldeas de Galilea, que sabían que iba anunciando la llegada del Reino nuevo de Dios y su predicación iba acompañada de signos y milagros. ¿Qué esperan que haga en Nazaret? ¿Tendría que hacer algo especial allí, pues en fin de cuentas era su pueblo y por allí andaban sus parientes?

Admiración sienten, porque se preguntan que de donde ha sacado todo eso, pero sus dudas tienen por dentro que llena sus corazones de desconfianza. No terminaban de creérselo. ¿Qué era eso que Jesús anunciaba que por lo que podían intuir les tendría que hacer salir de sus rutinas y de su modorra? Es que Jesús hablaba de cambio, de conversión, mientras ellos estaban bien como estaban. Si aquel profeta no producía la revolución que ellos esperaban para verse liberados del yugo opresor de los romanos, nada les hacía que creyeran en El. Por eso marcan sus distancias, recordando que ellos sabían bien quien era, porque era solo el pobre hijo del pobre carpintero, que a nada de lo que eran sus aspiraciones había llegado. Sus caminos parecían divergentes.

¿Andaremos también por caminos de ese calibre donde en cierto modo mantenemos también nuestras distancias de la Palabra que escuchamos en el evangelio? ¿No querremos nosotros también permanecer en nuestras modorras, en nuestras rutinas, en nuestras viejas costumbres que parece que con ellas tan bien nos iba?

Cuando nos llega la Palabra que nos hace despertar porque la sentimos como un grito en el alma, también tratamos de calmar nuestros ánimos, porque nos decimos que no es para tanto, que tenemos que hacer nuestras interpretaciones, que tenemos que conjugar la novedad que ahora escuchamos con lo que hemos hecho siempre. Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo delante de nosotros.

Nos cuesta arrancarnos, despertarnos, salir de lo mismo que siempre hacemos; parece que se acaban las iniciativas, que no terminamos de ver la novedad del evangelio, que nos encontramos en la disyuntiva del camino que hemos de tomar.

viernes, 6 de enero de 2023

Epifanía nos habla del regalo de Dios que en Jesús recibimos, nos ilumina con nueva luz y caminar por nuevos caminos

 


Epifanía nos habla del regalo de Dios que en Jesús recibimos, nos ilumina con nueva luz y caminar por nuevos caminos

 Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Hoy es el día del regalo de Dios para toda la humanidad. Es cierto que, al menos en nuestro ambiente y con nuestras costumbres, es el día de los regalos. ‘Día de Reyes’, decimos, y es sinónimo de regalos. Y con lo fáciles que somos a la vanidad lo hemos convertido en una obsesión y en una fiesta consumista, demasiado materializada en los obsequios y regalos que nos hacemos los unos a los otros en este. Y tenemos que decir también que para muchos se convierte en una angustia enfermiza tanto si no reciben regalos como si no los pueden ofrecer.

No quiero mermar con esta reflexión que nos hacemos ni la ilusión y la alegría de manera especial de los más pequeños, que fue por donde nació esta manera de celebrar este día – necesitamos también algo de ilusión y mucho de alegría en el mundo en que vivimos, muy llenos de risas quizás pero falto de una verdadera alegría honda. Pero sí creo que tendríamos que ahondar en el verdadero sentido de esta fiesta, como decíamos al principio, día del regalo de Dios para toda la humanidad.

Hemos venido celebrando y estamos aun celebrando la Navidad que significa celebrar esa presencia de Dios en medio de nosotros, cuando contemplamos el nacimiento de Jesús en Belén con todo el misterio que en su entorno queremos vivir y celebrar. Hoy la liturgia de alguna manera nos quiere decir esa presencia de Jesús, esa presencia de Dios no es solo para un pueblo o una comunidad concreta, sino que es la manifestación de Dios para ser luz y salvación para toda la humanidad. Eso significa Epifanía que es el nombre de la fiesta que hoy celebramos.

Todas las imágenes y símbolos que hoy contemplamos eso vienen a decirnos. Ya la noche del nacimiento hizo que el cielo brillara con un nuevo resplandor sobre los campos de Belén para anunciar a los pastores – imagen del pueblo judío - con el cántico celestial y con la aparición de los ángeles que les había nacido un salvador.

Hoy contemplamos nuevos resplandores que en principio no reducen su brillo a los campos de Belén sino que brillará en lo alto de los cielos para que ese anuncio pudiera llegar a todos los hombres. Unos magos de Oriente, nos dice el evangelio que no habla de reyes, como estudiosos de lo que sucede en el firmamento y atentos también a las señales de Dios son los que descubren esa estrella que les hablará de un recién nacido rey. Guiados por la estrella, con humildad y fidelidad, se han puesto en camino para llegar a Jerusalén. Parecería que si se trata del nacimiento de un rey en palacios reales pudieran encontrarlo, para estupor de los dirigentes entonces del pueblo judío, empezando por Herodes.

Pero no es eso lo que quieren indicar las señales del cielo, pues consultadas las Escrituras señalarán que será Belén donde está ese recién nacido Rey y allá les vuelve a dirigir la estrella. Señales del cielo, signos que aparecen en la misma naturaleza, pero será también la Escritura santa los que se convertirán en evangelio, en palabra de Dios, en buena noticia para aquellos magos que terminarán postrándose ante Jesús para ofrecerle sus dones como un reconocimiento de lo que Dios les estaba revelando en su corazón.

Estrellas que nos hablan seguimos teniendo nosotros si nos llenamos del mismo espíritu de fe de los magos, de su humildad y disponibilidad para ponerse en camino, aunque el camino no les fuera fácil, de esa generosidad del corazón dejarse conducir para encontrar el sentido de las señales y también la ruta de los caminos que ante nosotros se abren. Cuantas cosas nos hablan de Dios en lo que nos sucede cada día, en los acontecimientos de la vida y de la historia que vivimos en el momento presente, o en las mismas personas con las que vamos haciendo ese camino de la vida.

Tenemos que aprender a hacer esa lectura creyente de la vida, a mirar cuanto nos sucede con ojos de fe para poder encontrar también esa fortaleza que necesitamos en los duros camino de la vida que nos ha tocado vivir. Dios nos pone estrellas que nos iluminen y que nos guíen pero hemos perdido esa sensibilidad espiritual para descubrir esas señales de Dios y tenemos que recuperarla.

Cuando los magos llegaron a Jerusalén y escucharon los textos de las Escrituras Sagradas, aunque les llegaran con interpretaciones interesadas como las que se hacía Herodes o encontraran el desinterés de los maestros de la Ley que despreocupados siguieron en sus intereses, ellos, sin embargo, supieron cambiar de camino para llegar a Belén, para llegar hasta Jesús. Necesitamos, sí, fortaleza para cambiar de camino aunque nos cueste cuando nos encontramos con la luz, antes que permanecer en la insensibilidad de preocuparnos solo de nuestras cosas.

‘Entraron en la casa, nos dice el evangelista, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino’.

Habían llegado hasta Jesús, habían encontrado a quien buscaban; la luz de Jesús, que ya no era una estrella sino el mismo Sol del cielo – yo soy la luz del mundo, nos dirá Jesús más tarde en el evangelio – había iluminado sus vidas que ya no podían ser la misma vida. Volvieron a su casa, sí, a su vida, pero con una nueva vida, con una nueva luz; su camino ya no sería el mismo camino, sus vidas ya no podían ser las mismas vidas. Es lo que se produce en nosotros cuando de verdad nos encontramos con la luz, cuando de verdad nos encontramos con el Evangelio de Jesús.

Ojalá todo este recorrido, este proceso que hemos hecho en estas fiestas de Navidad de tal manera nos haya iluminado que ‘volvamos por otro camino’, emprendamos un camino nuevo en la vida. Ese regalo de Dios que con Jesús hemos recibido nos llene de nueva vida

domingo, 26 de junio de 2022

El Reino de Dios es el camino nuevo que hemos de aprender a seguir, camino de amor y de desprendimiento, en el que sentiremos la alegría de la verdadera libertad

 


El Reino de Dios es el camino nuevo que hemos de aprender a seguir, camino de amor y de desprendimiento, en el que sentiremos la alegría de la verdadera libertad

1Reyes 19, 16b. 19-21; Sal 15; Gálatas 5, 1. 13-18;  Lucas 9, 51-62

¿Qué nos suele pasar cuando nos rechazan? Decíamos que íbamos con buena voluntad, que queríamos hacer las cosas bien, nuestro afán era bueno y lo que pretendíamos es ayudar, o quizá en un momento determinado simplemente que nos escucharán lo que teníamos que decirle… pero nos rechazaron, nos sentimos heridos, ofendidos, despreciados o minusvalorados, y reaccionamos porque apareció el amor propio, nuestro orgullo personal y no fuimos capaces de superar aquella situación, apareció el rechazo también airado por nuestra parte, aparece fácilmente la violencia. Son cosas que nos suceden todos los días; y encendemos espirales que son difíciles de detener.

Así nos estamos construyendo nuestro mundo. No hemos sabido simplemente disfrutar de lo bueno que ofrecíamos, aunque la reacción fuera negativa. Son las rupturas de los amigos que se hacen irreconciliables; son los malentendidos que aparecen entre compañeros de trabajo que hará que ya nos miremos mal para siempre; serán las desconfianzas con que miramos a los que viven a nuestro lado porque un día no supieron apreciar algo que le ofrecimos y se lo tomaron a mal y de ahí nacieron distanciamientos y enemistades, son tantas cosas en este sentido con que nos vamos encontrando día a día. Cuántos sufrimientos que se generan.

¿Cuál sería nuestra manera de actuar madura? La persona madura aunque se sienta herida sabe curar sus heridas; la persona madura siente la satisfacción de lo que hace y es como una oferta o un regalo que quiere hacer al otro con su actuar; la persona madura orienta su vida desde otros criterios con los que siempre quiere buscar la paz. Es difícil, nos cuesta; nos es más fácil simplemente dejarnos llevar.

El evangelio nos está contando un episodio que les sucedió a los discípulos de Jesús mientras atravesaban Samaria en su subida a Jerusalén. Buscaban alojamiento y comida y simplemente porque se dirigían a Jerusalén fueron rechazados. Mucho tenían que aprender en aquella subida que estaba emprendiendo de camino con Jesús. Su reacción primaria es la que suele surgir con demasiada frecuencia en casos así. Allí estaban indignados los discípulos contándoselo a Jesús y rogándole que hiciera bajar fuego del cielo sobre aquellos malvados.

Pero ese no es el actuar de Jesús, esos no son los criterios de Jesús. Ya nos había enseñado a amar a los enemigos, rezar por los que nos odian y persiguen, poner la otra mejilla, pero nunca responder con violencia encendiendo esa espiral tan terrible que no sabemos donde va a terminar. San Pablo nos dirá hoy que si nos mordemos y devoramos los unos a los otros, terminaremos destruyéndonos. El evangelio nos dice que Jesús se volvió y los regañó y se marcharon a otra aldea.

Una manera de no recordar – eso que decimos tantas veces que perdonamos pero no olvidamos -, una manera de poner paz en los brotes de violencia y romper la espiral que se podría crear, una forma de decirnos cómo tenemos que saber superarnos y dominar nuestros impulsos, un forma de ir creciendo y madurando como personas y como cristianos. Es el testimonio que tenemos que saber dar y haremos que nuestro mundo sea mejor.

Sigue Jesús su camino de subida a Jerusalén y en el camino se le van agregando muchos nuevos seguidores. Pero Jesús quiere hacernos ver que el camino no es sencillo, que tiene sus exigencias, que necesitamos aprender lo que es la radicalidad de la disponibilidad, del servicio y del amor, que tenemos que calibrar bien en la vida lo que es verdaderamente importante y por lo que tendríamos que llegar a saber dar la vida por ello. Un camino de aprendizaje para los que quieren en verdad ser sus discípulos, como ya habíamos mencionado.

Algunos impulsivamente en decisión que toman por si mismos quieren seguir a Jesús; otros serán invitados por Jesús para seguirle para haciéndoles ver siempre las consecuencias de ese seguimiento. Porque lo de seguir a Jesús no es aquello de querer nadar y guardar la ropa al mismo tiempo, tiene sus riesgos, se necesita una disponibilidad y un espíritu de servicio hasta el sacrificio, es necesario estar dispuestos, como nos dirá en otros momentos, a negarse a sí mismo. Siempre con alegría en el corazón, porque a quien tiene a Jesús no le puede faltar la alegría.

‘Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’ le dirá a uno que está dispuesto en su entusiasmo a seguir a donde quiera que vaya. Como un día Pedro dirá que está dispuesto a todo y hasta a dar la vida por Jesús.

Y al que le está pidiendo que le deje atender a sus cosas y asuntos familiares antes de seguirle, le dirá que cuando se opta por seguir su camino se escoge un camino de vida y no de muerte; al que todavía le quedan lazos con las cosas de este mundo le hablará de un camino de libertad y de mirada hacia delante y que tenemos que saber desprendernos de todo tipo de ataduras, porque quien siempre está mirando hacia atrás, hacia esos apegos no sabrá descubrir la meta grande que tiene por delante.

Es el camino del Reino de Dios, es el camino nuevo que hemos de aprender a seguir, es el camino del amor y del desprendimiento, es el camino en que nos encontraremos con la verdad que nos hará en verdad libres.

Aquí tendríamos que mirarnos y preguntarnos muchas cosas. Seguro que a lo largo de la reflexión ya han ido surgiendo en nuestro interior. ¿En verdad estamos dispuestos a seguir el camino de Jesús? ¿Seremos capaces de optar con valentía por esos nuevos valores que Jesús nos está ofreciendo? ¿Aprenderemos a disfrutar de la libertad que se nos da y podemos sentir en lo más hondo de nosotros mismos cuando optamos por el camino del amor y del servicio?

domingo, 22 de agosto de 2021

Queremos comer a Cristo porque queremos asumir en nuestra vida todo cuanto Cristo significa y los valores que nos enseña en el evangelio

 


Queremos comer a Cristo porque queremos asumir en nuestra vida todo cuanto Cristo significa y los valores que nos enseña en el evangelio

Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

Llega el momento de tomar una decisión. Algunas veces lo vemos claro; otras veces nos encontramos en una encrucijada y no sabemos que camino tomar. Hay cosas que nos gustan, que nos llaman la atención, que nos pueden atraer por su novedad y son llamativas, pero puede aparecer esa sombra de conservadurismo que todos llevamos dentro porque nos cuesta eso de cambiar y no sabemos qué decisión tomar.

Nos pasa tantas veces en la vida cuando se abren caminos nuevos delante de nosotros de los que muchas veces desconfiamos; será un negocio que podemos emprender, será unas decisiones que pueden afectar a nuestra familia, serán cosas que vemos con mucho riesgo y nos llenamos de miedo, serán unos estudios que se nos ofrecen pero al mismo tiempo valoramos las exigencias. Vienen las indecisiones, viene quizá el echarnos atrás por temor al riesgo, será el abandonar algo que quizá en un momento nos llenaba mucho de ilusión.

Estamos pensando en esas múltiples situaciones humanas en las que nos podemos encontrar en la vida, a la que algunas veces nos cuesta cogerle el ritmo porque todo nos parece tan vertiginoso, pero puede tocarnos a principios que consideramos fundamentales para nuestro sentido de vida o que pueden afectar nuestro camino de fe. Cuántas veces cuando el evangelio se va convirtiendo en una exigencia cada vez mayor en nuestra vida, porque en su novedad descubrimos caminos que pueden descolocarnos de lo que siempre estábamos acostumbrados en nuestra vida religiosa o en lo que llamamos nuestra vida cristiana, también nos echamos para atrás, fácilmente buscamos primero a ver si podemos encontrar arreglos y componendas o al final abandonamos y lo dejamos.

En esa tesitura se encontraban los discípulos aquella mañana en Cafarnaún y también todos aquellos que habían venido buscándole después de lo sucedido la tarde anterior en los descampados. Muy temprano se habían encontrado con Jesús de nuevo en Cafarnaún y allí estaban preguntando cómo había venido, cómo había llegado. Pero Jesús ha comenzado a hacerles reflexionar para que se pregunten por qué en verdad le buscan.

¿Sólo porque les había dado abundantemente pan en el desierto milagrosamente multiplicado? ¿Querían siempre un pan así porque así no tendrían que andar buscando el pan de cada día en sus afanes y trabajos, como la mujer samaritana que quería del agua que Jesús le ofrecía porque así no tenía que ir al pozo todos los días a sacarla? ¿Sólo porque curaba sus enfermos? Es cierto que también ellos buscaban algo más, algo que llenara de esperanzas sus corazones, pero al final no sabían bien lo que buscaban.

Jesús ha ido hablándoles de un nuevo alimento y de un nuevo sentido de vida, una nueva sabiduría. Les hablaba del pan del cielo que solo el Padre puede darles, y les decía que ese pan era El. Les insistía en que había que comerle, que su carne y que su sangre eran verdaderamente el pan de vida y la bebida de la salvación. Era un nuevo vivir, porque era vivir la vida de Jesús. Y eso era algo nuevo para ellos y les costaba comprender.

¿Se quedaban en el comer a Jesús solamente como algo material, como un alimento que hay que masticar o era algo más lo que Jesús les estaba ofreciendo? Algunas veces nos quedamos en la imagen y en el signo, pero no llegamos a comprender lo que esa imagen nos dice o ese signo significa. Comer a alguien para tener un nuevo sentido de vivir era algo que les costaba entender. Cuando comemos a Cristo, tal como El nos lo ofrece, tenemos que estar entendiendo bien cómo desde lo más hondo tenemos que cambiar porque significa asumir en nuestra vida todo lo que Cristo significa, todo lo que Cristo nos plantea y nos ofrece en el evangelio.

Comer a Cristo significa entonces ponernos en camino de una vida nueva; serán unos nuevos valores, será una nueva forma de enfocar nuestra relación con Dios y con los demás. Comemos a Cristo para vivir, luego tenemos que dejar atrás todo lo que nos pueda envenenar, todo lo que nos pueda dañar allá en lo más hondo de nosotros mismos. Cuántas pasiones que nos envenenan, cuántas posturas que tomamos en la vida en nuestra relación con los demás que nos llenan de muerte; cuántos odios que tenemos entonces que arrancar de nuestro corazón, cuántos orgullos y vanidades de las que tenemos que desprendernos; cuántas ambiciones de grandezas tenemos que desconectar de nuestros pensamientos y deseos; cuántas envidias, rencores y resentimientos de los que tenemos que despojarnos; cuánto perdón tenemos que saber ofrecer con corazón generoso; cuántas cosas tenemos que aprender a compartir.

Muchas cosas que había que desmontar en la vida. ¿Estarían dispuestos? Muchos se echaron atrás y no volvieron a seguir a Jesús. Por eso pregunta a los discípulos más cercanos ‘y vosotros, ¿también queréis marcharos?’ Pedro siempre con sus impulsos llenos de amor por el Maestro salva la situación. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.

¿Responderemos nosotros así con todo sentido? ¿En verdad queremos comer a Cristo porque estamos dispuestos a ese nuevo sentido de vivir que nos ofrece el Evangelio? Porque ante algunas cosas reconozcamos que dudamos y también nos echaríamos atrás.

jueves, 4 de marzo de 2021

La Buena Noticia de la Palabra, verdadero vademécum en el camino de la vida, báculo de nuestra esperanza,


 

La Buena Noticia de la Palabra, verdadero vademécum en el camino de la vida, báculo de nuestra esperanza, viático que nos acompaña y nos alimenta, luz y fuerza para nuestro vivir

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31

Nadie ha venido de allá que nos cuente cómo son las cosas por allá arriba, o qué es lo que hay después que nos muramos. No creemos, no queremos querer, queremos que venga alguien que nos cuente, no nos creemos que pueda venir alguien, en el fondo estamos deseosos de apariciones y cosas fantasmagóricas y extraordinarias… pero ¿creemos o no creemos? Recuerdo desde siempre, desde chico escuchar argumentos así, que al final ni son argumentos ni son nada cuando la gente decía que no había otra vida nada en lo que creer del más allá o los que simplemente decían que en algo había que creer aunque ellos quizás no entendieran nada.

Bueno argumentos así seguimos encontrando; superficialidades para tratar estos asuntos son demasiadas las que vemos, pero dudas en nuestro interior siguen existiendo y sobre todo nos sentimos convulsos cuando vemos la incongruencia de tantos que dice creer pero luego en sus vida no tienen nada de trascendencia, o nos sentimos con tantos interrogantes en nuestro interior que no sabemos cómo contestar.

Claro que lo de la fe no es simplemente que nos hayan razonado muchas cosas y nos hayan dado respuesta a todos nuestros interrogantes interiores; porque en eso de la fe tenemos que confiar, porque de lo contrario no sería fe, y es confiar en la palabra de alguien, es confiar en testimonios que contemplamos que nos revolucionan por dentro, es querer caminar en la búsqueda de esa luz que tanto necesitamos. Si no hay confianza verdadera en una Palabra, una Palabra que es Palabra de vida, podríamos decir que aún no hemos llegado a la fe.

A mí me están surgiendo todos estos planteamientos y muchos más desde este evangelio que hoy se nos proclama y que seguramente hemos escuchado y meditado muchas veces. Porque ya esa primera imagen que se nos ofrece del rico, al que llamamos rico epulón por sus actitudes pero que no tiene nombre, y el pobre, que sí tiene un nombre, Lázaro, y es el que lo pasa mal, es una imagen que nos provoca y nos hace preguntarnos qué resto de humanidad queda cuando hay gentes así. Humanidad, decimos, ¿y qué es de tamaña injusticia?

No es necesario que entremos en todos los detalles, aunque nos darían para analizar muchas cosas. Nos habla de la muerte de ambos y de su situación más allá de la muerte, mientras Lázaro está en el seno de Abrahán, el rico epulón está sepultado en lo hondo de los abismos. Un cambio de tornas, el que sufría ahora disfruta de la paz del seno de Abrahán, mientras que el que lo pasó bien y de qué manera ahora se ve condenado al abismo de los infiernos.

Y comienzan los diálogos y las súplicas, comienza la desesperanza pero también los buenos deseos que se conviertan en buenos propósitos para los que quedan en este mundo. Ni encuentra una gota de agua que suavice la sequedad de su lengua y de su garganta en el lugar del suplicio y de la muerte, ni va a encontrar quien vaya a avisar a sus hermanos para que cambien su vida y no vengan a este lugar de tormento. ‘¡Manda a Lázaro a casa de mis hermanos…!’


‘Ni aunque resucite un muerto, van a creer… tienen a Moisés y los profetas’,
es la respuesta de Abrahán a su petición. La Ley y los Profetas que era la imagen con que se expresaba en el Antiguo Testamento la Palabra de Dios, que tendrá su culminación en Jesús, verdadera Palabra de vida y de salvación, verdadera Palabra de Dios que plantó su tienda entre nosotros.

¿No nos ha venido nadie que nos hable de la vida eterna? ¿Y para qué queremos la Palabra de Jesús, para qué queremos a Jesús mismo verdadera Palabra de Dios que puso su tienda entre nosotros? Es la Buena Noticia que tenemos que escuchar, que tenemos que acoger en nuestro corazón, que abre nuestra vida a la trascendencia y nos viene a dar el verdadero sentido de toda nuestra existencia. Es el verdadero vademécum que acompaña nuestra vida, es el báculo de nuestra esperanza en nuestro peregrinar, es el viático que nos acompaña y nos alimenta, luz y fuerza para nuestro caminar.

 

miércoles, 14 de octubre de 2020

La vida del seguimiento de Jesús no son unas recetas o unas normas de mínimos que cumplir sino un camino de amor siempre creativo con la libertad del Espíritu

 


La vida del seguimiento de Jesús no son unas recetas o unas normas de mínimos que cumplir sino un camino de amor siempre creativo con la libertad del Espíritu

Gálatas 5, 18-25; Sal 1; Lucas 11, 42-46

‘Me tienes que dar la receta’, habremos escuchado o dicho más de una vez cuando la anfitriona de la casa nos ha ofrecido una comida exquisita que ella misma ha elaborado. Que nos digan como se hace, que nos digan sus ingredientes, que nos digan los pasos que tenemos que dar y nos dirán que si lo hacemos con toda fidelidad nos saldrá a nosotros igualmente bien.

Pero no andamos por caminos culinarios sino con ello quiero expresar un poco o un mucho de lo que hacemos en la vida. ¿Qué tenemos que hacer? y queremos, sí, los detalles de lo que hemos de hacer, o mejor dicho esas cosas mínimas o indispensables para quedarnos contentos. Son actitudes y posturas que fácilmente tenemos en la vida, en que queremos lograr cosas, pero tampoco queremos complicarnos la vida demasiado y es algo así como los mínimos ‘papeles’ que necesitamos para conseguir que nos arreglen determinadas cosas o con las que queremos salir airosos en la vida sin muchas complicaciones.

Pero eso afecta a lo que puedan ser nuestros principios o postulados éticos, y como andamos en los negocios sobre el filo de una navaja para no saltarnos la ley, pero para evitar lo que nos pueda exigir demasiado. Y esto afecta a lo que es nuestra vida cristiana. Cuántas veces en nuestras prácticas religiosas estamos a ver con cuántas avemarías o padrenuestros resolvemos toda nuestra religiosidad.

Y de ahí van surgiendo tradiciones, y normas, y preceptos y reglamentos con los que llenamos la vida, pero que al mismo tiempo la vamos encorsetando y no dejamos que la fuerza del Espíritu actúe en nosotros y caminemos con el espíritu de libertad de los hijos de Dios que se guían por los caminos del amor. Y esto nos sucede hoy y ha sucedido siempre; y esto ha provocada muchas veces la frialdad con que vivimos nuestra vida cristiana y el poco compromiso al que queremos llegar; así aparecen las superficialidades y las apariencias cuando queremos dar la impresión de algo, pero en el fondo quizá no tenemos nada.

Hoy Jesús se lo echa en cara a los fariseos de los que dice que andan muy preocupados por pagar ‘el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de hortalizas, mientras, les dice, pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’. Les echa en cara que solo busquen apariencias y honores externos buscando puestos de honor y recibir los saludos de todos en las plazas. Pero al final, ¿qué queda? Como un sepulcro sin lápida que nadie sabe quien está allí enterrado serán olvidados de todos y hasta pisoteados.

Jesús quiere prevenir a los que quieran seguirle. Bien sabemos que muchos cuando se decidían a seguirle también andaban buscando de alguna manera esa ley de mínimos. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ era una pregunta que se repetía, era una actitud que podía estar en lo profundo de los que querían seguirle, por eso Jesús les habla de las exigencias de su seguimiento y que seguirle a El no es ir en búsqueda de esos honores y esos aplausos.

Jesús quiere prevenirnos hoy también a nosotros porque algunas veces podríamos pensar que porque somos cristianos y seguimos a Jesús a nosotros siempre tienen que salirnos las cosas fáciles, nosotros no vamos a tener problemas y dificultades. No es eso lo que nos garantiza Jesús aunque nos dirá que alcanzaremos la vida eterna. Pero nos habla de las exigencias que tiene que haber en nuestra vida en que tenemos que saber también tomar el camino de la cruz, pero nos habla de un sentido nuevo de vivir donde ni buscaremos puestos de honor ni grandezas humanas. Entre nosotros no cabe el estilo del mundo lleno de vanidades y de pedestales; nuestro estilo ha de ser siempre el del servicio y el del amor. Por eso nos dirá que tenemos que aprender a hacernos los últimos y los servidores de todos.

La vida cristiana no son unas recetas donde todo está bien especificado ni unas normas de mínimos que nos contentamos con cumplir. Es un camino de amor, es un camino abierto, es un camino lleno de creatividad como siempre lo es el amor y donde siempre surgirá la iniciativa nueva de cómo mejor servir al prójimo.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Nuevos retos, nuevos horizontes, nuevos caminos se abren ante nosotros porque Jesús pone unas nuevas redes en nuestras manos para ser pescadores de hombres

 


Nuevos retos, nuevos horizontes, nuevos caminos se abren ante nosotros porque Jesús pone unas nuevas redes en nuestras manos para ser pescadores de hombres

1Corintios 3, 18-23; Sal 23; Lucas 5, 1-11

No creía que de ahí se podría obtener ese resultado, pensaba que nada se podía hacer, algo así decimos cuando nos sorprendemos de algo que se consiguió de donde nosotros pensábamos que no se podía sacar nada; lo habíamos dado por imposible. Será el fruto de un trabajo –cuantas veces nos pasa algo así en nuestras cosechas del campo -, será algo que se emprendió cuando nosotros lo dábamos por imposible, pero que llegó alguien capaz de iniciativas ilusionantes, con mucho empeño, y se propuso llevar adelante aquel proyecto y al final fueron buenos los resultados.

Quizá haga falta alguien que anime, alguien que sea de verdad emprendedor, que ponga ilusión en lo que hace y despierte en nosotros deseos de esforzarnos para obtener el resultado. Cuántas veces cuando se abren ante nosotros nuevas expectativas nos llenamos de miedo, no nos atrevemos a emprender, nos encerramos en lo que siempre se ha hecho y como se ha hecho siempre, parece que estamos como muertos que necesitamos que alguien nos despierte, nos resucite.

Jesús viene a decirnos que es posible un mundo nuevo, frente a tantos pesimismos con los que nos envolvemos; las rutinas nos pueden y nos vencen y no somos capaces de lanzarnos a algo nuevo, a hacer de verdad nuevo y mejor ese mundo del que no estamos tan contentos. Quizá alguna vez lo intentamos, pero costaba mucho, no hallábamos la forma ni la respuesta a esa inquietud que podía haber habido en nosotros y esa inquietud se murió. Es que lo intenté, es que tantas veces he querido hacer las cosas distintas, pero no he podido, he vuelto a las andadas.

¿No nos pareceremos en parte a Pedro que cuando Jesús le dice que reme mar adentro para echar las redes lo primero que hace es decir que estuvo toda la noche intentándolo y no consiguió nada? Es la respuesta que damos tantas veces. Nos falta esperanza, nos falta fe. Sin embargo en aquella ocasión a pesar de los pesimismos Pedro confió y echó la red. Porque Tú lo dices, ‘en tu nombre echará las redes’.

Y vaya que sí hubo pesca aquella mañana. Las redes reventaban  y hubo que llamar a otros pescadores que echaran una mano. Y el temor se apoderó de su corazón sorprendidos por lo que estaba sucediendo que parecía que no terminaban de creérselo. ‘Apártate de mi que soy un hombre pecador’, fue la reacción de Pedro y en cierto modo también de los otros pescadores que vinieron a ayudar. Pero ahí no se iba a terminar la cosa. ‘No temáis, desde ahora seréis pescadores de hombres’.

Un reto nuevo se abría ante ellos, los horizontes se ampliaban, había que emprender otros caminos y otras pescas. Ya sabemos que eso cuesta, porque tantas veces somos tan pesimistas, tan derrotistas. Pero aquellos pescadores se atrevieron a emprender la ‘aventura’ a la que Jesús les invitaba, porque allí dejaron las redes y las barcas y se fueron con Jesús.

Creo que es un buen toque de atención para nosotros que vivimos tan anquilosados, tanto siempre en lo mismo, tan encerrados en nuestras cositas de siempre, tan acobardados porque la tarea nos parece inmensa y que nos supera. Pero Jesús nos está llamando. Es ese mundo al que tenemos que ir a pescar, a anunciar el evangelio, que parece que ya viene de vuelta porque se creen sabérselo todo; a ese mundo y a esa iglesia nuestra, a esos cristianos de siempre que piensan que ya nada les puede sorprender, que nada nuevo pueden encontrar, que ya se dicen cristianos porque han realizado algunas prácticas religiosas pero que de ahí no pasan.

Son los mares en los que tenemos que ir a pescar, aunque la tarea nos parezca tan difícil, aunque digamos que ya lo intentamos pero no se logra nada; pero sí hay peces que pescar, sí hay personas a las que anunciar, sí hay gente que en el fondo está ansiosa de algo nuevo y parece que están esperando a que nosotros anunciemos, emprendamos algo nuevo. Nos sentimos pequeños, nos sentimos pecadores e inútiles, pero Jesús está poniendo esas nuevas redes en nuestras manos y ¿qué vamos a hacer? ¿Nos vamos a quedar remando por los mares de siempre o nos lanzaremos a la aventura a la que nos llama el Señor?

sábado, 29 de febrero de 2020

Jesús es el que quiere contar también contigo y conmigo, no importa que seamos pecadores, porque El nos pone en camino de vida nueva y nos enseña a tener una nueva mirada


Jesús es el que quiere contar también contigo y conmigo, no importa que seamos pecadores, porque El nos pone en camino de vida nueva y nos enseña a tener una nueva mirada

 Isaías 58, 9-14; Sal 85;  Lucas 5, 27-32
Hay momentos en los que necesitamos tiempo para llegar a comprender y asumir algo que nos sucede o algo que contemplamos en lo que acontece a los demás. Las prisas y carreras con que vamos por la vida no nos ayudan a interiorizar, a rumiar los acontecimientos y es por lo que muchas veces somos superficiales en nuestras apreciaciones, nos dejamos arrastrar por lo que dice la gente, por una primera impresión o por los prejuicios que tengamos. Nos sucede mucho más de lo que somos capaces de reconocer; y no lo reconocemos precisamente por esa superficialidad con que nos tomamos la vida.
La mayor o menor cercanía ideológica que tengamos con las personas nos lleva a aceptar o a rechazar sus planteamientos e incluso su vida; cuando no son de nuestra cuerda y vamos cargados de prejuicios fácilmente descartamos las ideas que nos presente o su forma de actuar y terminamos en muchas ocasiones queriendo desprestigiar al que consideramos un oponente. No somos capaces de ir más allá de una apariencia que nos pueda presentar o de los prejuicios que nosotros llevamos para descubrir lo bueno y lo positivo que nos pueda ofrecer. Cuánto vemos de ese tipo en la vida social, en la lucha política y cuanto desperdiciamos lo bueno que cada uno podría aportar para entre todos hacer que las cosas funcionen mejor.
Un poco de todo esto sucedía en aquel momento con lo que estaba sucediendo según nos cuenta el evangelio. Jesús al pasar por delante del mostrador de los impuestos donde estaba Leví cumpliendo su función se detuvo para invitar al publicano a seguirle. Se desató la tormenta. ¿Cómo se le ocurre a éste invitar a un publicano para formar parte del grupo de sus compañeros, de sus amigos? Se estaban ya preguntando por allá los fariseos y los escribas. En los criterios que a ellos les guiaban no cabía en la cabeza de nadie que una persona de tal calaña pudiera formar parte del grupo de quien se presentaba como profeta en Israel. ¿O quizá porque había esa visión profética no sería este un signo claro de un mundo nuevo que Jesús llamaba Reino de Dios?
La mirada de Jesús no es mezquina como suele ser nuestra mirada. Ni se deja influir por las apariencias externas ni quiere juzgar el corazón del hombre desde unos prejuicios constituidos. Es una mirada nueva la de Jesús que nos enseña a nosotros a mirar también. Es la mirada de quien quiere contar con la persona, de quien valora cuanto de bueno hay siempre en el corazón del hombre, es la mirada también de quien tiende la mano sea a quien sea para invitarle a levantarse, a cambiar, a emprender una nuevo camino o una nueva tarea. ¿Aprenderemos a tener nosotros una mirada así?
Ya sabemos todo lo que sigue. Leví se levantó de su garita y se fue con Jesús, es más, hace un banquete como para celebrar aquel encuentro con Jesús en el que están invitados también sus amigos de siempre además de Jesús y los discípulos. Ya sabemos las murmuraciones de lo que se consideraban justos y no les cabía en la cabeza que su pudiera comer con publicanos y pecadores.
Pero Jesús es el médico que viene a curarnos y a darnos vida siempre. Jesús es el que viene y quiere también contigo y conmigo, no importa que seamos pecadores, porque El nos sana, porque El nos pone en camino de vida nueva, porque El transforma nuestro corazón al tiempo que nos enseña a tener una nueva mirada.