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lunes, 18 de noviembre de 2024

Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

 


Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Salmo 1; Lucas 18, 35-43

Al borde del camino, sin saber que hacer o sin tener nada que hacer, ensimismados quizás en nuestras cosas, en nuestras rutinas de cada día, abrumados por los problemas que caen encima como una loza que paraliza y encierra, perdida quizás la ilusión y la esperanza, llenos de miedos para emprender otros caminos, con deseos de hacerlo pero con cobardías que ciegan, sintiéndose quizás ignorados y no tenidos en cuenta marcados por una cierta marginación… son tantos los que podemos encontrar en nuestros caminos, pero que tampoco vemos porque quizás hemos perdido la sensibilidad o porque pensamos que si se hacen notar nos molestan porque pueden despertar inquietudes con las que no queremos cargar.

¿Quiénes son los ciegos? ¿Los que están tirados al borde del camino o los que vamos por el camino pero que miramos para otro lado? Mejor no enterarnos, mejor seguir con nuestras prevenciones y prejuicios, mejor hacernos los desconocidos cuando nos tropezamos con ellos en cualquier esquina o se suben al transporte con nosotros. Su manera de ser, su forma de actuar, sus gestos o sus palabras, las sonrisas que surgen en sus conversaciones entre ellos, sus miradas nos molestan y tratamos de evitarlos, hacernos los sordos o mirar para otro lado.  Y vamos a Misa.

¿Será posible que nos quedemos tan tranquilos sin implicarnos cuando escuchamos un evangelio como el que hoy se nos propone? Jesús iba de camino para Jerusalén; atravesaba Jericó, casi al final de la bajada del valle del Jordán antes de emprender la subida a Jerusalén; mucha gente lo acompañaba, por allí lo rodea el grupo de los discípulos que fieles van siempre con él, pero también mucha gente que hacía del camino de subida a Jerusalén, pues se acercaba la Pascua. Parece que lo importante es hacer el recorrido y de camino ir escuchando las enseñanzas de Jesús que siempre tiene una palabra que enriquece la vida; por el barullo de la gente y que no siempre podían mantenerse en la misma cercanía, en ocasiones se hacía costoso escucharle. No iban pendientes de nada más.

Pero al borde del camino hay un ciego pidiendo limosna. Era casi habitual encontrarlos, además siendo un lugar de paso de muchos peregrinos en su subida a Jerusalén. En la pobreza acrecentada con la ceguera era la ocasión de recoger alguna limosna que aliviara sus necesidades.

Al oír el barullo de gentes en el camino el ciego pregunta y le dicen que pasa Jesús, el Nazareno. No fue necesario  nada más para que su pusiera a gritar pidiendo a Jesús que tuviera compasión de él. Qué molesto, no podían escuchar las palabras de Jesús; quieren hacerlo callar, lo regañaban pero él gritaba más fuerte. Cuando Jesús se entera de lo que sucede lo manda llamar.

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ el ciego soltándolo todo de un salto se había puesto a los pies de Jesús. ¿Qué es lo que puede pedir? ¿Qué es lo que hubiéramos pedido si  nos encontráramos en su misma situación? ¿Se nos habrá ocurrido pensarlo? Nosotros que llevamos la lista (de la compra) elaborada de nuestras peticiones cuando vamos a rezar… ¿Habría que hacer una revisión de esas listas que llevamos en nuestra mente?

Hemos comenzado hoy nuestra reflexión haciéndonos unas consideraciones sobre lo de estar al borde del camino. Traigamos acá ahora aquellos pensamientos, pero seguramente en aquellos en los que íbamos pensando cuando nos hacíamos aquella descripción y pensemos que es lo que realmente quieren.

¿Nos habremos detenido a pensar alguna vez cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y que algunas veces evitamos qué es lo que quieren que hagan por ellas? Quizás solo esperen de nosotros una mirada – esa mirada que tantas veces desviamos -, que los tengamos en consideración, que los saludemos igual que saludamos a los conocidos o a los amigos, el no sentirse ignorados, el que los dejemos actuar con libertad y confianza tal como son dejando a un lado nuestras prevenciones, nuestros prejuicios y nuestras desconfianzas. Volvamos a leer los primeros renglones de nuestra reflexión de hoy y pongamos por medio esa pregunta de Jesús ‘¿Qué es lo que quieres que haga por ti?’

Pero no nos quedemos con los brazos cruzados, sino comencemos a hacer lo que desean de nosotros. Unas nuevas actitudes, unas nuevas posturas, unos nuevos gestos tendrán que ir acompañando nuestra vida a partir de que Jesús hoy a nosotros también quiere hacernos ver, quiere romper nuestras cegueras, quiere devolvernos también la visión. Da pasos como aquellos que iban con Jesús y al final ayudaron a ciego a ir también hasta Jesús.

domingo, 27 de octubre de 2024

Unos gritos surgen al borde del camino que nos molestan en la tranquilidad de nuestra vida pero que son una llamada de Jesús a despertar a la luz


Unos gritos surgen al borde del camino que nos molestan en la tranquilidad de nuestra vida pero que son una llamada de Jesús a despertar a la luz

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52

Jesús va de camino hacia Jerusalén atravesando la ciudad de Jericó, era el camino de los que venían de Galilea bajando el Jordán y subiendo luego esos desiertos kilómetros desde la hondura del Jordán hasta las alturas de la ciudad santa. Pero alguien grita y todos se sobresaltan. Parece una descortesía; nos han enseñado que no se habla a gritos pero algunas veces tenemos que gritar, para hacernos notar, para que nos escuchen desde nuestras necesidades o desde los peligros en que nos encontremos, claro que también podemos gritar de alegría cuando nos salen bien las cosas, cuando recibimos sorpresas en la vida, cuando nos dan una buena noticia o un regalo. Al borde del camino está un ciego con sus gritos al que quieren hacer callar.

¿Podemos o debemos hacer callar a quien grita? Desde la comodidad donde nos hemos establecido en la vida nos molestan los gritos que nos hacen despertar. Preferimos el silencio y la tranquilidad, que no nos molesten. Desde nuestra tranquilidad - ¿o podemos decir desde nuestra insensibilidad? – no queremos que haya voces que nos molesten, porque eso no va con nosotros, que cada uno se las arregle como pueda que yo tengo mis problemas, que nada nos perturbe porque nosotros queremos tener paz o nada nos distraiga porque yo ahora tengo mis cosas que hacer, porque yo quiero escuchar lo que me interesa no lo que venga con problemas que nos pueden hacer perder la paz… tantos silencios que preferimos en la vida que aunque decimos de paz son de insensibilidad.

Y Jesús no solo oyó sino que escuchó también los gritos de aquel pobre ciego que estaba al borde del camino. Sí, al borde del camino, porque el camino en su ceguera no era para él; ya quisiera él poder hacer ese camino, poder subir también a Jerusalén con todos aquellos peregrinos que por allí pasaban. Pero tenía que contentarse con estar con su manta tendida en el suelo, su manto, para recoger algunas monedas que algunos compasivos arrojasen a su paso.

Pero Jesús le llama para que se ponga en camino. Y claro que a esta llamada de Jesús – le dicen, ‘Jesús te llama’ – el da un salto para ponerse en camino, para acercarse a Jesús. Algunos ahora compasivos, aunque antes quisieran hacerlo callar, le ayudan porque él se soltará de todo, deja atrás su manto y su bastón porque quiere llegar hasta Jesús.

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ es la pregunta de Jesús. ‘Señor, que vea’. Luz para sus ojos, una luz que será vida para él porque podrá ya comenzar a valerse de si mismo para salir de su pobreza, luz que le dará fuerzas para ponerse también en camino, aunque ahora ya ha comenzado a sentir una nueva fuerza en él cuando alguien se ha interesado por él y ha sido capaz de dar un salto. Qué importante es que aprendamos a interesarnos por alguien, por los demás, por quien está al borde del camino; es comenzar a valorarlos, comenzarán a sentirse valorados porque alguien piensa en ellos, como el hijo de Timeo, que cuando escucha que Jesús lo llama será capaz de levantarse del borde del camino para ir al encuentro de la luz.

Claro que Jesús quiere poner luz en los ojos de aquel hombre. Para eso ha venido para ser nuestra luz, luz de la humanidad, luz del hombre nuevo que nace con Jesús, luz que nos saque de las tinieblas, luz que mantengamos encendida para poder entrar en el banquete del Reino. ¿No recordamos tantos otros pasajes del evangelio que nos están hablando de esa luz de Jesús para nosotros? ¿Pero no podemos recordar también que Jesús quiere que nosotros seamos luz para nuestro mundo?

Tendríamos que vernos reflejado en ese hombre sentado al borde del camino, porque también nosotros nos falta luz, porque nosotros también tantas veces nos quedamos anquilosados al borde y parece que no somos capaces de hacer nada, porque caemos en nuestras rutinas y en nuestras desganas y parece que lo que queremos es que tengan lástima de nosotros, porque no solo estamos ciegos sino que también nos hacemos sordos y no llegamos a escuchar que Jesús nos llama para que vayamos a El, porque son tantos nuestros desánimos que ni siquiera nos dejamos ayudar porque quieres nos tienden una mano para que nos levantemos, porque no llegamos a reconocer nuestras cegueras porque nos hemos acostumbrado a nuestra abulia y aburrimiento. ‘Señor, que yo vea’, tenemos también que pedir, tenemos también que gritar.

Hoy nos está diciendo muchas cosas el evangelio. Nos hace ver nuestras cegueras, pero nos tiene que hacer ver que muchas veces podemos ser obstáculo para los que están a nuestro lado gritando desde las orillas del camino, con nuestra búsqueda de silencio y de tranquilidad, con nuestros deseos que no nos molesten porque ya nosotros tenemos nuestra vida, y tantas veces pasamos de largo y ni siquiera vemos a quien se cruza con nosotros y que quizás van cargando con su pesada cruz de sus pobreza o de sus sufrimientos, de las discriminaciones que sufren o de los abandonos de la misma sociedad, pero no movemos ni un dedo para ayudar. ¿Seguiremos haciéndonos sordos a los gritos de la humanidad que quiere paz, que grita debajo de los horrores de la guerra, que nos pide clemencia desde su hambre y su miseria?

Aquel hombre cuando recuperó la luz de sus ojos se puso en camino también detrás de Jesús. ¿Será lo que nosotros también vamos a hacer para subir con Jesús a Jerusalén, para con Jesús ir a la Jerusalén de la vida donde hemos de vivir también y celebrar la Pascua?


jueves, 30 de mayo de 2024

Las cosas ya no pueden seguir siendo de la misma manera cuando nos hemos encontrado con la luz y también nosotros comencemos a ser luz para los demás

 


Las cosas ya no pueden seguir siendo de la misma manera cuando nos hemos encontrado con la luz y también nosotros comencemos a ser luz para los demás

1Pedro 2,2-5.9-12; Salmo 99; Marcos 10,46-52

¿Nos molesta lo que encontramos en el camino? Reconozcamos que a veces afrontamos el camino con ciertas reticencias; que si se nos hace largo y pesado, que si no está en las debidas condiciones para una buena circulación, que nos encontramos demasiadas curvas porque todo lo queríamos rectilíneo, pero cuando es así también nos quejamos porque se nos vuelve pesado y aburrido, que a veces nos podemos encontrar obstáculos que nos retardan nuestro viaje, que en ocasiones no nos agradan las personas con las que nos podemos encontrar… siempre tenemos algo que decir, algo de qué quejarnos, algo que nos vuelve impacientes y exigentes.

Son los caminos, las carreteras, las vías por las que transitamos, pero seguramente al ir mencionando esto fácilmente estemos pensando en otro sentido de los caminos que hacemos en la vida. Caminos que podrían llevarnos a una vida feliz según nos los tomemos, caminos en los que a veces podemos sentirnos arrumbados a la orilla del camino como si ese camino de la vida no fuera para nosotros, caminos en los que nos encontramos personas que se nos atraviesan y nos merman nuestra felicidad o nuestros deseos de caminar, pero caminos también donde sentimos el gozo y la satisfacción de alguien que nos tiende la mano y nos hace a hacer el recorrido y alcanzar metas que nos propongamos. De muchas maneras podemos afrontar esos caminos de la vida y tendrán para nosotros un valor u otro.

Hoy el evangelio nos habla de que Jesús va de camino. Es a su paso por la ciudad de Jericó; diversas circunstancias, algunas nos pueden parecer pequeños detalles, se entrecruzan en este camino a su paso por Jericó. Es su subida a Jerusalén para la Pascua, no podemos perder de vista esta perspectiva. Era el camino habitual para los Galileos bajar por el Jordán para subir desde Jericó a Jerusalén atravesando Betania y Betfagé para bajar por el monte de los Olivos hasta entrar en la ciudad santa. Recuerdo el recorrido porque muchas cosas se van a suceder luego en ese recorrido, en ese camino.

Ahora se encuentran con alguien que está al borde del camino. Puede significar muchas cosas. Un pobre ciego que pide limosna a los que pasan por el camino. Al escuchar las voces del grupo que viene con Jesús – son muchas personas y algo podrá alcanzar de sus limosnas – se pone a gritar; pero sus gritos molestan, quieren hacerlo callar. Nos tendría que hacer pensar. Los que nos molestan, los que nos resultan desagradables, los que pueden ser un pinchazo a nuestra conciencia, pero preferimos ignorarlos…

Pero Jesús quiere que le traigan a aquel hombre. Los deseos de Jesús pronto se trasmiten a aquel hombre y algunos incluso pretenderán ayudarlo para que llegue a los pies de Jesús. Siempre podemos encontrar buenos samaritanos, siempre podemos ser buenos samaritanos que tendamos la mano, que ayudemos a levantarse a alguien que está al borde de los caminos. Qué distinto escucharíamos las palabras de Jesús y cómo podríamos entenderlas mejor.

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Podría parecer innecesaria la pregunta de Jesús, pero la hace. Es ciego, es pobre, no tiene donde caerse muerto, ¿qué va a necesitar? ¿Seremos capaces de hacer nosotros la pregunta? ¿Mostraremos interés por esos que encontramos al borde del camino?

‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús. Y el evangelista comenta ‘que le sigue por el camino’. Encontrarnos con Jesús nos pone en camino, pero un camino nuevo, un sentido nuevo, una nueva manera de ver y de mirar las cosas. Aquel hombre era ciego antes de encontrarse con Jesús y estaba al borde del camino, pero por sí mismo poco podía caminar. Alguien le ayuda a dar los primeros pasos pero cuando se encuentra con Jesús todo cambia.

¿Seremos nosotros también los que estamos al borde del camino? ¿Qué necesitamos para ponernos a caminar? ¿Nos dejaremos ayudar, seremos obstáculos, tendremos deseos de algo nuevo, de encontrarnos con la luz? Las cosas ya no pueden seguir siendo de la misma manera cuando nos hemos encontrado con la luz y también nosotros comencemos a ser luz para los demás.


domingo, 24 de octubre de 2021

Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

 


Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52

Parece una escena muy estática el comienzo de la narración que nos hace hoy el evangelista Marcos. A la salida de la ciudad un ciego al borde del camino pidiendo limosna – era un lugar de paso muy apropiado – y un grupo de peregrinos que se dirige a Jerusalén. Era el camino normal para los peregrinos que venían de Galilea bajando el valle del Jordán para no tener que cruzar por Samaria y desde Jericó iniciaban la subida hasta Jerusalén. Algo que podría pasar sin mayores incidencias.

Pero allí había oídos atentos, aunque hubiera otros que quisieran hacerse sordos. Y aunque no ve, Bartimeo escucha. Qué importante es tener los oídos atentos para escuchar donde podría parecer que todo se confundía. Habría otros quizá que también quisieran hacerse los ciegos y pasar de largo como tantas veces sucede. Aquel grupo no era un grupo cualquiera porque allí iba Jesús con sus discípulos y acompañantes. Y Bartimeo lo escucha y comienza a gritar.

Ya en esa pequeña descripción que estamos haciendo se están manifestando muchos signos. El ciego que está al borde del camino, los oídos atentos para percibir la más mínima señal de lo que quizás otros no son capaces de escuchar, la confusión y la ceguera de los que quieren pasar de largo. Nos daría para muchas consideraciones. Vamos por el camino de la vida muy ensimismados en nuestras cosas o en nuestros intereses y ni vemos ni escuchamos, no somos capaces de percibir algunas veces ni el dolor de los que están a la vera del camino de la vida, a cuantos vamos marginando en nuestro caminar porque no son de los nuestros o porque son incapaces de seguir nuestro ritmo. ¿Qué será realmente lo importante en ese camino que vamos haciendo, simplemente el llegar porque es de nuestro interés o estar atentos para escuchar o para percibir lo que hay o sucede a nuestro lado?

Por eso aquellos que caminaban al lado de Jesús – quizás incluso intentando escuchar las palabras de Jesús – recriminan al ciego para que se calle porque sus gritos son una molestia. ¿No dejan oír o simplemente pueden interpelarles su conciencia? Pero Jesús si ha escuchado – y volvemos con la escucha – los gritos de aquel ciego que está a la orilla del camino. Y lo llama, les pide a los que le acompañan que se lo traigan. Ahora sí que le dicen ‘mira que te llama’ y le abren camino para que llegue hasta Jesús.

Ya conocemos el diálogo entre el ciego y Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Aquel hombre está pidiendo una limosna al borde del camino porque la vida del ciego era de una pobreza y miseria extrema. Pero ahora no es una limosna lo que pide. ‘Señor, que pueda ver’. Y Jesús le dice ‘anda, tu fe te ha salvado’, y recobró la vista.

Aquel hombre estaba ciego pero su fe no se había apagado. Y fue su salvación. La sensibilidad de su alma se había mantenido firme y eso le hacia tener quizás oídos más atentos para darse cuenta del paso salvador que estaba acaeciendo a su lado.

¿Se nos apagará la fe cuando los problemas nos envuelven, cuando la necesidad nos aprieta, cuando nos vemos quizás tirados al borde del camino? Aunque vayamos aparentemente caminando con normalidad por los caminos de la vida ¿se nos habrá apagado quizás nuestra fe porque ya teníamos nuestras seguridades y nuestros apoyos en nuestras posibilidades o en lo que de normal íbamos haciendo?

Acomodados en nuestra vida y en nuestros caminos que vamos haciendo de un lado para otro ¿se nos habrán ido cerrando los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, para no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que puedan suceder en nuestro entorno o puedan suceder a los demás y ya no queremos ver ni queremos oír?

¿Nos habremos ido cansando de lo dura que es la vida y de forma egoísta nos centramos solo en nuestras cosas queriendo desentendernos de los demás porque ya tenemos bastante con lo nuestro? Nos vamos encerrando de tal manera y perdiendo la sensibilidad que ya no somos capaces de escuchar el paso salvador de Dios a nuestro lado.

Pero fijémonos en un detalle último. Jesús a aquel ciego, al que han tenido que ayudar para que pudiera llegar a los pies de Jesús, ahora lo pone en camino. ‘Anda, le dice, tu fe te ha salvado’. Y el ciego se puso en camino, pero para seguir a Jesús en el camino de subida a Jerusalén que tanto iba a significar. Ahora ya él no era como aquellos que simplemente iban al lado de Jesús, sino que se puso a seguir el camino de Jesús. ‘Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino’.

¿Será ésa nuestra reacción tras el encuentro con Jesús que hemos tenido con este evangelio?


domingo, 28 de octubre de 2018

‘Anda, levántate, te pongo en camino…’, tienes una misión que realizar a pesar de tus cegueras y tus discapacidades muchas veces espirituales por la pobreza con que vives tu fe


‘Anda, levántate, te pongo en camino…’, tienes una misión que realizar a pesar de tus cegueras y tus discapacidades muchas veces espirituales por la pobreza con que vives tu fe

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52

Al borde del camino que atravesaba Jericó suceden muchas cosas y que son bien significativas. Un día un hombre que no se había podido quedar a la orilla del camino porque era bajo de estatura y él quería ver a Jesús se subió a una higuera que estaba allí bordeando el camino para desde la altura y entre sus hojas poder contemplar el paso de Jesús. Ahora es alguien que no puede ver el que se pone a alborotar en medio de la gente que pasa porque él quiere que Jesús también le atienda.
Un ciego que da gritos. No puede ver, le dicen que pasa Jesús Nazareno porque él escucha el tumulto, y desde el borde del camino se pone a gritar por Jesús. ‘Hijo de David, ten compasión de mí’. Tanto es el alboroto que los que van con Jesús le piden que se calle, acaso porque con sus gritos no podían escuchar lo que Jesús les fuera diciendo. Pero será Jesús el que se detiene y lo llama, de manera que ahora los que antes lo mandaban callar le comunican que Jesús lo está llamando.
Hemos comenzado hablando de lo que sucede al borde del camino porque es un detalle bien significativo. Zaqueo se había quedado más allá del camino subido a la higuera porque también era un desplazado en el concepto de los judíos; era un pecador y por su condición no merecía el estar en medio de la gente que se creía normal.
Ahora es el ciego el que está al borde del camino, porque su ceguera es cierto significa pobreza y cómo se iba a mezclar con los demás; a lo sumo desde su desplazamiento tendía su mano pidiendo una limosna que remediase su pobreza. Pero también era considerado un pecador y su ceguera era como un castigo divino. Recordemos la pregunta de los mismos discípulos a Jesús ante el ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén, ‘¿quién pecó, éste o sus padres para que naciera ciego?’
Y como decíamos, ahora hay una llamada. ‘Llamadlo’, dice Jesús. ‘Ánimo, levántate, que te llama’, le dicen los que van por el camino. Como un día había llamado a Zaqueo para que se bajara de la higuera, pero como había llamado a los pescadores de Galilea, o al que estaba sentado de su mostrador de cobro de impuestos, o como había llamado a otros o los había invitado a seguirle en los caminos de Galilea o de Judea. Jesús también lo llama, no importa su discapacidad, no importan sus limitaciones, como no había importado que se sintieran pecadores como Pedro cuando la pesca milagrosa, o Zaqueo que reconoce su injusticia y su pecado.
Y aquel hombre, en su pobreza, en su necesidad, en sus limitaciones había respondido como nadie. Soltó el manto, dejo atrás su bastón que hasta entonces le servia para guiarse en su torpe caminar y de un salto se plantó delante de Jesús. No necesitaba manto ni bastón, porque ahora lo importante era estar junto a Jesús. Los apoyos que hasta ahora había necesitado ahora ya no tendrían tanta importancia para el nuevo camino que iba a iniciar.
También Jesús cuando haga el envío de los discípulos les pedirá que no llevan mantos de reserva, que no se preocupen de lo que van a tropezar en el camino, que no lleven reservas de dinero por lo que se pudieran encontrar, que simplemente haya disponibilidad y humildad, para sentirse también pobres e ir a quedarse allí donde los acogieran. También Pedro y los otros pescadores habían dejado sus redes y sus barcas, como Leví había abandonado su mostrador de impuestos. ‘Lo hemos dejado todo para seguirte…’ le dirá un día Pedro a Jesús, aunque con ciertas reclamaciones de alguna recompensa, es cierto.
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ le pregunta Jesús. ‘Señor, que vea’, es la respuesta del ciego como no puede ser otra. Y Jesús había visto la fe de aquel hombre que con tanta fuerza gritaba allí a la orilla del camino frente incluso a aquellos que querían acallarle. Jesús había visto su despojo y desprendimiento en la prontitud para acudir a la llamada de Jesús. ‘Anda, tu fe te ha curado’. Has encontrado la luz y no te detengas.
Pedía luz para sus ojos, suplicaba la clemencia y la misericordia de Dios que se le manifestaba en Jesús y se había curado. Pero esa fe y esa curación lo estaban levantando de la postración en la que había vivido hasta entonces. ‘Levantate que te llama’, le habían dicho las gentes, y se había levantado. Fue algo más que levantarse de aquella piedra del borde del camino desde donde estaría pidiendo limosna.
‘Anda’, le había dicho Jesús, ponte en camino, vuelve a vivir con dignidad, no te sientas humillado; te sientes curado porque te sientes amado; te sientes curado porque ahora vas a comenzar a caminar un camino nuevo; te sientes curado porque ahora entiendes que el amor y la misericordia están transformando tu vida y tú vas ahora a comenzar a ayudar a los demás para que se levanten, para que también transformen su vida, para que también sientan amor en su corazón y pongan fe en su vida.
Es lo que Jesús le está diciendo y, si nosotros estamos escuchando este evangelio con verdadera fe, es lo que estamos sintiendo también que Jesús nos esta diciendo en el corazón. Tantas veces nosotros en la vida nos aislamos, porque quizá quisimos hacer nuestros caminos a nuestra manera y ya hemos visto cómo tantas veces hemos terminado; también tantas veces nosotros terminamos por reconocer nuestras cegueras, nuestra torpeza para mirar, o nuestro no querer mirar con realismo lo que hay a nuestro lado. Nos habremos sentido humillados quizá muchas veces, pero también con nuestra autosuficiencia de creernos con la luz como cosa nuestra quizá habremos humillado y hundido a alguien a nuestro lado.
Y Jesús nos dice a nosotros también, ‘Anda, levántate, te pongo en camino…’, porque tienes una misión que realizar a pesar de tus debilidades, de tus cegueras, de tus discapacidades muchas veces espirituales por la pobreza con que vives tu fe. Anda, levántate y aprende a saborear ese amor que Dios te regala y trata de llevarlo a los demás, de contagiar esa alegría que llevas dentro a todos los que se crucen en tu camino.
Si has tenido una experiencia de fe ahora que has escuchado esta Palabra, no es para que te la quedes solo para ti, compártela con los demás, lleva esa alegría de Dios a los otros, abre tus ojos, pero ayuda también a que otros encuentren esa nueva luz de la fe y el calor del amor.


lunes, 20 de noviembre de 2017

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Muchas veces decimos que la vida es un camino. Caminamos buscando metas; caminamos queriendo llegar a ser algo; caminamos buscando muchas veces no sabemos bien lo que buscamos; caminamos porque tenemos unos objetivos en la vida que queremos conseguir, unos planes que realizar para nosotros mismos o para aquellos que nos interesan, serán los hijos, será la familia, serán aquellas personas allegadas a nosotros por quienes sentimos como algo especial; caminamos pretendiendo darle un valor, una trascendencia a aquello que hacemos; no queremos quedarnos fuera del camino que nos da un rumbo, que nos da un sentido, que le da un valor a nuestra vida.
Pero bien nos encontramos a tantos que van sin rumbo, que quizá no tienen altas metas, que no saben por lo que luchar, y quizá se arrinconan a un lado porque quizá no ven un sentido, no ven por que hacer un camino. Claro que nos encontramos a quienes, quizá en nuestras prisas o en nuestra ambición por pensar solo en nosotros mismos o a lo mas en aquellos que más nos interesan, vamos dejando al borde del camino y no queremos pensar en ellos, no queremos que nos importunen o pudieran convertirse en una traba para nuestro propio camino o nuestras ansiadas metas personales. Aislamos, despreciamos quizá, discriminamos porque los vemos que andan a oscuras y no somos quizá capaces de ofrecerles un poco de luz, tan interesados como estamos en nuestras propias cosas.
Hoy nos habla el evangelio de Bartimeo, el ciego que estaba al borde del camino. Su vida estaba en sombras, sus ojos se habían cegado y la pobreza envolvía su existencia. No podía hacer camino si alguien no le ayudaba, y todos seguían su paso por el camino. Pero viene alguien que se va a detener junto a él. Bartimeo escucha el barullo del grupo que se acerca y pregunta qué es lo que pasa, quién es el que pasa. Cuando le dicen que es Jesús de Nazaret se pone a gritar, tanto que a algunos les molestan aquellos gritos y quieren hacerlo callar. Cuántas veces pasa algo así en la vida, nos pasa a nosotros.
Pero Jesús se detiene, piden que lo traigan. Ahora alguien le ayudará a llegar hasta Jesús. De un salto, despojándose de su manto, es llevado ante Jesús. ‘El Maestro te llama’, le dicen. Y se establece el diálogo. ‘¿Qué quieres que haga por ti?... Señor, que pueda ver...’ Y el milagro se produce. Sus ojos se llenarán de luz, pero  no serán solo sus ojos. Su vida ha comenzado a cambiar, da saltos de alegría alabando a Dios y ahora quiere ponerse a caminar también en pos de Jesús.
Estaba a oscuras y supo escuchar, supo descubrir que Jesús pasaba por su lado y la oportunidad había que aprovecharla. Aunque algunos quieren hacerlo callar sin embargo habrá otros que le ayuden, le dirán que es Jesús el que pasa, le trasmitirán el mensaje de Jesús que quiere que llegue hasta El, le ayudarán a dar esos pasos necesarios para acercarse a Jesús. Cuántas sugerencias para lo que podemos hacer en la vida.
Por supuesto que no podemos ser obstáculo, pero es que podemos hacer algo más. Saber descubrir a quienes están al borde del camino en la vida, hacer un anuncio; llegar lejos a tantos que andan desorientados sin saber qué camino hacer; llegar a las periferias, como nos está repitiendo continuamente el Papa; ponernos en camino de salido para ir al encuentro de los demás con el mensaje, como nos está pidiendo ahora la Iglesia.
De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús. No podemos seguir dejándolos al borde del camino.

jueves, 26 de mayo de 2016

Un ciego al borde del camino que nos inquieta en el corazón con sus gritos suplicantes o simplemente con la presencia de su discapacidad 1

Un ciego al borde del camino que nos inquieta en el corazón con sus gritos suplicantes o simplemente con la presencia de su discapacidad

1Pedro 2,2-5.9-12; Sal 99; Marcos 10,46-52

‘Muchos le regañaban para que se callara’, dice el evangelista que fue la reacción de algunos que acompañaban a Jesús ante los gritos del ciego Bartimeo. Siempre me ha hecho pensar este episodio. Parecería lo más lógico que tal como iban acompañando a Jesús en el camino hacia Jerusalén y dando por supuesto que en ellos habría fe en Jesús, que muchos habrían sido testigos de sus milagros o incluso beneficiarios de los mismos, más bien alentaran al ciego para que le pidiera a Jesús la curación de su ceguera.
Pero le regañaban para que se callara… Molestaban quizá los gritos del ciego porque les impediría que ellos escucharan lo que Jesús iba diciendo; o molestaba más bien aquella ceguera que pudiera estar recordándoles otras cegueras, las que ellos mismos llevan en el alma; molestaba ver a su lado a una persona con una discapacidad, desde aquel concepto que tenían de que la enfermedad era un castigo del pecado, y vete a saber qué habría hecho aquel hombre para que se hubiera quedado ciego; nos molesta, nos repugna quizá en ocasiones encontrarnos con personas con discapacidades que tratan de moverse a pesar de su imposibilidad, de hacer cosas a pesar de sus limitaciones, de vivir con dignidad de personas aunque haya discapacidades físicas, cuando nosotros con la entereza quizá de nuestros miembros nos consideramos quizá mejores o con mayor dignidad; nos molestan porque quizá nos recuerden muchas cosas, o porque tenemos miedo de que un día nosotros nos podamos ver así. En muchas cosas podemos pensar, pero no somos tan distintos de aquellos que regañaban al ciego para que se callase.
La presencia de Jesús tendría que recordarnos o enseñarnos muchas cosas. Como sucedió entonces. Jesús sí se detuvo junto al camino para escuchar y atender aquellos gritos. ‘Jesus se detuvo y dijo: llamadlo. Llamaron al ciego diciéndole, ánimo, levántate que te llama’. Bastó el gesto de Jesús para que cambiara la actitud de aquellas personas. Ahora ellos también se interesaban por él, ahora también le ayudaban para que se pudiera acercar a Jesús.
Cómo tenemos que aprender a tener los mismos gestos de Jesús. Muchas veces no hace falta muchas cosas. Tampoco es una compasión paternalista la que hemos de tener hacia el pobre o el discapacitado. Compasión, sí, porque es amor, pero sabiendo detenernos, ponernos a su lado, ofrecer una palabra o una mirada, tender nuestra mano o nuestro corazón donde encuentre apoyo, ayudar a que con dignidad siga caminando hacia delante. La pobreza o la discapacidad no merma la dignidad de la persona que está por encima de todas esas limitaciones que pudiera haber en nuestra vida; la dignidad la perdemos por otras cosas o razones.
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Es la pregunta de Jesús y ha de ser nuestra actitud. Quizá solo nos pidan cercanía y una mano tendida que ayude a caminar, una palabra de aliento, o una presencia que estimule a vivir con dignidad. Cuánto podemos hacer cuando hay amor del bueno en nuestro corazón. 

domingo, 25 de octubre de 2015

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52
Nos habla el evangelio de un ciego que está junto al camino en Jericó y que al paso de Jesús gritará insistentemente pidiendo compasión; Jesús lo mandará llamar ante los gritos insistentes del ciego preguntándole que desea y ante la fe de aquel hombre que, desde su pobreza y su humildad así acude a Jesús, por su fe lo curará.
‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí… ánimo, levántate que te llama… ¿qué quieres que haga por ti?... Maestro, que pueda ver… Anda, tu te ha curado… recobró la vista y lo seguía por el camino’.
Así sencillamente en ese diálogo tan hermoso, casi con naturalidad, nos cuenta el evangelista el episodio. Está la fe de aquel hombre, por un lado, desde su pobreza y necesidad, pero enfrente está la compasión y la misericordia de Jesús. Pero nos puede decir muchas cosas fijándonos en detalles que son como signos y que hemos de saber traer a nuestra realidad y a nuestra vida.
‘El ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna’, nos dice el evangelista. Al borde del camino, con su ceguera y con su pobreza. Ni la ceguera ni la pobreza le podían dejar hacer el camino. Será incapaz, no ve, no tiene medios. Algunos le gritarán que se calle, que no moleste. Nos molesta la pobreza y la necesidad de los demás y preferimos no enterarnos, seguir nuestro camino y que no encontremos impedimentos. Pero los pobres, los que están discapacitados como aquel ciego tienen tantos impedimentos. Sus limitaciones le impedían una vida digna y desde su necesidad no podía hacer otra cosa que pedir y mover a compasión. Pero no nos gusta que nos pidan o que nos quieran mover a compasión y cerramos los ojos o miramos hacia otro lado para no ver, para no sentir.
Miremos cuáles son nuestras cegueras nosotros que creemos que vemos; miremos cuál es nuestra pobreza nosotros que creemos que nos bastamos; miremos si acaso nos hemos discapacitado para amar de verdad. ¿No tendríamos que ser nosotros los que estemos gritando que se tenga compasión de nosotros si somos capaces de reconocer esas pobrezas, esas cegueras, esas discapacidades que tenemos en nuestra vida? Será algo que tenemos que preguntarnos. Aquel ciego está quizá ocupando nuestro lugar porque allí tendríamos que estar nosotros.
Pero Jesús no se desentiende, no se hace el sordo. Jesús se detiene en su camino y pide que lo traigan. Pararnos en nuestras prisas por llegar no sabemos donde, aunque digamos que vamos al templo. Mereció la atención de Jesús y Jesús movió a los demás para que no se hicieran sordos, para que prestaran atención. Ahora sí se movilizan. ‘Animo, levántate que te llama’ y lo traen hasta Jesús. No eran ellos los que lo iban a curar pero pudieron señalar el camino, tender la mano para ayudar a caminar.
Decimos tantas veces que no sabemos, que no podemos. No tenemos que pensar en hacer milagros, sino el milagro puede estar en esa atención que prestas, en esa palabra de ánimo que pronuncias, en ese brazo que ofreces para que se apoye en ti en tu titubeante caminar. Solamente con abrir nuestros oídos para prestar atención ya estamos haciendo milagro. Quizá ese pobre malherido por la vida no necesite sino unos oídos y un corazón que le escuche, o una mano que le sirva de apoyo, un acompañamiento en su soledad, un sentir que se le ha prestado atención.
Y comenzó el diálogo con Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué necesitas? ¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu problema? Jesús bien sabía cual era la necesidad de aquel hombre, como también todos aquellos que lo veían pobre y ciego a la vera del camino. Pero le dio oportunidad para expresarse, para manifestar cual era el problema de su vida y aquel hombre contando sus penas y necesidades ya se sentía valorado. No podemos pensar que ya nos lo sabemos, que ya conocemos las necesidades que hay o los problemas de nuestro mundo. Tenemos que acercarnos y escuchar para que cada uno cuente su realidad, se exprese con dignidad a pesar de su pobreza. Podemos nosotros que nos lo sabemos todo alcanzar otra visión de la vida y del problema de los demás.
‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús. Ya se sentía curado desde que le prestaron atención, desde que le ofrecieron el brazo de apoyo para caminar, desde que escuchó aquella palabra de ánimo, desde que pudo llegar a los pies de Jesús y expresar su necesidad. ‘Maestro, que pueda ver’, se expresaba aquel ciego que ya estaba comenzando a ver. Su fe y la insistencia de su petición habían hecho posible el milagro de llegar hasta Jesús. Aunque no fuera más ya se sentía curado porque al sentirse valorado se sentía un hombre nuevo.
Y vaya si era un hombre nuevo. Ahora ya podía caminar tras Jesús. Lo había buscado pero ahora se iba con Jesús porque había aprendido algo nuevo. Su vida se transformaba del todo. No sería él de ahora en adelante de los que sirvieran de tropiezos o impedimentos para los demás. Si El había podido llegar hasta Jesús y ser un hombre nuevo con la luz que comenzaba a brillar en su vida, ahora el tenía que llevar también esa luz a los demás. ‘Recobró la vista y lo seguía por el camino’, decía el evangelista.
Si antes decíamos que nuestro lugar estaba en el sitio que ocupaba aquel ciego allí al borde del camino, porque muchas veces a pesar de que creamos lo contrario es así como nos encontramos, ahora tenemos que sentir que tras este encuentro con Jesús que significa este evangelio nosotros habremos recobrado también la vista y con el mismo entusiasmo tenemos que seguirle por el camino.
Habremos recobrado la vista cuando comencemos a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, cuando sepamos enfrentarnos con la realidad de la pobreza y del sufrimiento de tantos a nuestro alrededor, cuando sepamos ofrecerle nuestro brazo para su caminar porque nos hemos detenido para prestarles atención, cuando hayamos abierto nuestros oídos para escuchar y sentir en nuestra carne todo el sufrimiento de tantos a nuestro lado, cuando tras todos estos pasos de verdad lleguemos al encuentro con Jesús. Entonces sí que estaremos siguiendo a Jesús por el camino, porque habremos aprendido a hacer su mismo camino.


jueves, 30 de mayo de 2013

¿Qué quieres que haga por ti?

Eclesiástico, 42, 15-26; Sal. 32; Mc. 10, 46-52
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ es la pregunta de Jesús a Bartimeo. Era ciego. Allí estaba al borde del camino en su pobreza y en su ceguera. Ser ciego encerraba como consecuencia inmediata su pobreza porque nada podía hacer por si mismo. Condenados estaban en su ceguera a pedir limosna al borde de los caminos, como en este caso, en Jericó en el camino por donde pasaban los peregrinos que se dirigían a Jerusalén o volvían de Jerusalén atravesando el valle del Jordán. ‘Maestro que pueda ver’, es la respuesta. La elemental, la primera que se le podía ocurrir.
‘¿Qué queréis que haga por vosotros?’ les había dicho a los hermanos Zebedeos cuando se postraron ante él para hacerle una petición. No eran ciegos. No estaban pasando por necesidad, pero en sus corazones había otros sueños. ¿Sueños que les cegaban? ¿sueños que les crearían enemigos en quienes pudieran corroerse por la envidia? Ya hemos escuchado y meditado cuales eran sus ambiciones de grandeza y de poder. Ya hemos escuchado también la respuesta de Jesús.
¿Qué quieres que haga por ti, o qué queréis que haga por vosotros? Podría seguir preguntando a aquella gente que lo acompañaba y para quienes los gritos del ciego les molestaban. ¿Nos molestan quizá los gritos de quienes sufren a nuestro lado? ¿Nos molesta quizá el grito mudo pero bien clamoroso que puede ser la vida de quien a nuestro lado pasa necesidad? ¿Nos puede molestar quizá quien nos pudiera hacer salir de nuestra comodidad o de nuestra cerrazón?
¿Qué quieres que haga por ti? quizá nos pregunta a nosotros Jesús cuando hasta El hemos venido en esta mañana con lo que es nuestra vida, las inquietudes que puedan haber en el corazón, o las rutinas que algunas veces nos adormecen, los buenos deseos de hacer algo bueno por los que estamos aquí, o simplemente el hecho de que hemos venido aunque algunas veces nos cueste abrir los oídos del corazón.
El ciego Bartimeo le respondió: ‘Maestro, que pueda ver’. Sí, Jesús es nuestra luz; Jesús viene a abrirnos los ojos del alma para que encontremos la verdadera luz y no nos encandilemos por luces de falsos oropeles que de nada nos sirven. Jesús viene a darnos esa luz que necesitamos para que le reconozcamos a El, pero también para que aprendamos a reconocer en los demás, en el rostro de los que sufren o pasan necesidad, el verdadero rostro de Jesús. El viene a darnos esa luz que necesitamos que nos hará cambiar de actitudes y nos hará actuar de una manera nueva y distinta.
Jesús es nuestra luz, esa verdadera luz que necesita nuestra vida para que  nos demos cuenta de que no podemos entorpecer el camino de los demás que les lleva a Jesús; que no podemos hacer acallar esos gritos que nos hacen volver la mirada con sinceridad a donde hay verdadera necesidad, o a donde hay sufrimiento. Jesús es la luz que llena nuestros ojos y nuestro corazón de amor y de misericordia para que aprendamos a tender la mano al que tembloroso camina a nuestro lado para ayudarle a hacer el buen camino.
Y el ciego Bartimeo ‘recobró la vista y lo seguía por el camino’ con gran gozo en su corazón y cantando las alabanzas de quien había llegado hasta él con la salvación para su vida; y los hermanos Zebedeos, como escuchábamos ayer aprendieron bien la lección de que primero está el servicio aunque eso signifique hacernos los últimos y servidores y esclavos por amor de todos; y aquellas gentes que primero querían hacer callar los gritos del ciego, ahora le ayudan y le llevan hasta Jesús porque saben que Jesús les está esperando, no solo al ciego sino a ellos también.
Y a nosotros ¿qué luz nos va a dar el Señor? ¿qué es lo nuevo que vamos a encontrar en el corazón tras ese paso de Jesús a nuestro lado en nuestro camino de la vida? Tenemos que ver cuales son nuestra cegueras, cuáles son las ataduras que hay en nuestro corazón, cuales son nuestras oscuridades, cuál es la pobreza que hay en nuestra vida para llenarla con la riqueza de la gracia del Señor.
Nos toca ponernos con toda sinceridad delante del Señor y gritarle desde nuestra ceguera y nuestra pobreza. Sabemos muy bien que El está esperándonos que vayamos hasta El. Dejémonos conducir por los que encontremos en el camino y nos quieran ayudar. En ellos se va a manifestar el Espíritu del Señor. Y al final también recobraremos la luz para nuestra vida y ahora tenemos que seguirle con entusiasmo dando gloria al Señor.

domingo, 28 de octubre de 2012


Al momento recobró la vista y lo seguía por el camino

Jer. 31, 7-9; Sal. 125; Hb. 5, 1-6; Mc. 10, 46-52
¿Cuál es la luz que realmente nosotros buscamos para nuestros ojos? O lo que en cierto modo es lo mismo preguntarnos, ¿cuál es la ceguera que nosotros tenemos? Comienzo haciéndome estas preguntas ante el episodio que nos narra hoy el evangelio. Muchas más podrían ser las preguntas que siguiéramos haciéndonos.
El evangelio nos habla de un ciego que está allí al borde del camino pidiendo limosna en las afueras de Jericó cuando pasa Jesús camino de Jerusalén. La imagen del ciego al borde del camino nos está hablando de su pobreza, una pobreza a la que quizá le haya llevado su ceguera. Suplica a los que pasan desde su necesidad; le falta la luz de sus ojos y su vida se ve envuelta en mil problemas que le llevan a esa situación de muchas carencias en su vida.
Muchos ciegos al borde del camino nos encontramos en el evangelio, pero ¿no habrá muchos ciegos al borde del camino de la vida por donde nosotros transitamos? Será la carencia de luz para sus ojos ciegos - y ya podemos comprender lo duro que es ir en la vida con esa carencia física - pero pueden ser otras las oscuridades que puedan anular la vida y llenarla de muchas limitaciones cuando nos vemos envueltos por los problemas de cada día o cuando hayamos perdido la ilusión y la esperanza. Cuando se llega a una situación así parece que se camina dando tumbos y sin un rumbo verdadero.
Bartimeo - así se llamaba el ciego de Jericó, el hijo de Timeo - se enteró que quien pasaba era Jesús y se puso a gritar. ‘Hijo de David, ten compasión de mi’. Un grito muy profundo por su gran sentido. Sin embargo, aquellos gritos molestaban a algunos de los que también iban de camino. Sigo haciéndome preguntas, ¿por qué? ¿molestaba la ceguera y la pobreza de aquel hombre porque quizá estaba reflejando sus propias pobrezas y cegueras? Algunas veces no nos gusta mirarnos en el espejo, no nos gusta vernos retratados porque tendríamos que reconocer nuestra propia situación.
Pero Jesús no pasa de largo. Jesús se detiene. Jesús pide que lo llamen y lo traigan. Aunque algunas veces nosotros nos llenemos de dudas, Jesús si está atento a nuestro grito y a nuestras necesidades. A los que antes les molestaban aquellos gritos ahora les toca, mal a su pesar, que conducir a aquel ciego hasta Jesús. ‘Animo, levántate, que te llama’, le dicen. Con lo fácil que es tender una mano para levantar en el ánimo y la esperanza a quien encontramos al borde del camino… Algunas veces nos resistimos y no queremos arrancarnos de nuestra comodidad o nuestra rutina. Necesitamos quizá un toque de atención para salir de nuestras cegueras y cerrazones y comenzar a tener otras ilusiones en la vida que nos conduzcan a una mayor plenitud.
‘Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús’. Sabía que algo nuevo y bueno le iba a suceder. No necesitaba ya de aquel manto signo de su pobreza y necesidad. Para poder dar el salto que le acercase a Jesús tendría que liberarse de muchas cosas, quitar todos los impedimentos. Muchas veces nos cuesta, pero él estaba decidido a lo nuevo que aparecía en su vida. Ninguna oscuridad le iba a atar de aquí en adelante.
‘¿Qué quieres que haga por ti?... Maestro, que pueda ver…’ ¿No estaba él al borde del camino para pedir limosna desde necesidad y pobreza? Pero no le pide limosna, ninguna cosa material a Jesús. ‘Que pueda ver’. Lo que necesita es la luz y la luz ya la está encontrando antes incluso que Jesús le diga que ya está curado. La fe ha obrado el milagro en su corazón.
Una luz ha llegado de verdad a su vida en el encuentro con Jesús. Sus ojos se han abierto y qué bellas vería todas las cosas porque esa es la primera sensación que tienen los que han recobrado la luz de sus ojos, pero es otra belleza la que puede contemplar. ‘Al momento recobró la vista y lo seguía por el camino’, dice el evangelista. Conoció a Jesús, se despertó la fe en su corazón y ya desde entonces era discípulo que seguía a Jesús por el camino. Pudo contemplar la belleza de la fe, la belleza de una vida iluminada por la fe donde todo adquiere ahora un nuevo sentido.
A partir de este momento seguro que a muchos otros se les abrieron también los ojos del alma para descubrir quizá cuáles eran sus cegueras. En el proceso de este ciego otros muchos lo iban acompañando, porque, ciegos al principio quizá sin darse cuenta de su ceguera, a la Palabra de Jesús pronto cambian y los que antes se oponían porque les molestaban los gritos de Bartimeo comienzan a abrir los ojos cuando comienzan a prestar el servicio de ayudar al ciego a llegar hasta Jesús. La fe y el amor nos hacen abrir los ojos de verdad.
Nos puede a nosotros también hacer mirar nuestras cegueras porque la fe se nos haya debilitado, hayamos perdido por alguna razón la ilusión o la esperanza en la vida, o se nos haya enfriado la intensidad de nuestro amor. Son muchas las cegueras que nos hacen insensibles a la luz verdadera porque nos cerramos, nos encerramos en nosotros mismos y nos cuesta ver la luz que puede hacer distinta nuestra vida.
Los problemas, la inestabilidad en que vivimos la vida quizá en estos momentos agravada por la crisis que pasa toda nuestra sociedad que no es sólo la económica, las limitaciones a que nos vemos sometidos cuando no podemos actuar con verdadera libertad, o las enfermedades, los sufrimientos o las debilidades que nos van apareciendo con el paso de los años. Esas cosas a veces nos encierran para no ver salidas, para perder la ilusión por la vida y la esperanza de poder hacer que las cosas sean mejores, oscurecen nuestra vida.
Son cegueras en las que nos sumergimos o nos hacen sumergirnos los demás. Porque una cosa terrible es cuando nosotros no sólo no trasmitimos ilusión y esperanza a los demás sino que incluso se las tratamos de quitar. ¿Seremos como aquellos que querían hacer callar los gritos del ciego de Jericó? ¿Nos estaremos dando cuenta, entonces, de cuáles son también nuestras cegueras?
Eso no tendría que pasarnos a los que creemos en Jesús y queremos seguirle. Sabemos que Jesús es nuestra luz y con El a nuestro lado nunca tendríamos que quedarnos ciegos. La fe que tenemos en El es esa luz que siempre nos ilumina. En esa fe que tenemos en Jesús nuestra vida tendría que estar siempre llena de alegría.
‘El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’, repetíamos en el salmo, después de escuchar ese ilusionante anuncio de Jeremías invitándonos a la alegría. ‘Gritad de alegría… regocijaos… el Señor ha salvado a su pueblo… os congregaré de los confines de la tierra, entre ellos ciegos y cojos… una gran multitud retorna… los guiaré entre consuelos…’
Creo que después de esta reflexión que nos hacemos hemos de caer en la cuenta de una misión que tenemos en medio del mundo que nos rodea. Llenos de luz tenemos que anunciar la luz; llenos de esperanza en nuestro corazón estamos llamados a dar esperanza, a sembrar ilusión y optimismo en cuantos están a nuestro lado hundidos y desesperanzados. No podemos ser profetas de calamidades sino mensajeros de esperanza que ayuden a levantarse los corazones de tantos que sufren a nuestro lado. Como aquella gente que cambió y luego ayudaba dando ánimos al ciego para que fuese hasta Jesús que lo esperaba. Tenemos que hacer eso con nuestro mundo.
‘Señor, que pueda ver’, le pedimos nosotros también a Jesús. 

jueves, 3 de marzo de 2011

Que no se nos obscurezca nunca la fe aunque muchos sean los obstáculos


Eclesiástico, 42, 15-26;

Sal. 32;

Mc. 10, 46-52

Fe y amor son dos palabras que podríamos subrayar como resumen del mensaje del evangelio proclamado. Con fe grita ‘Bartimeo, el ciego que estaba sentado al borde del camino’ cuando pasa Jesús: ‘Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí’, repitiéndolo una y otra vez.

Quieren acallarlo, como tantas veces sucede cuando intentamos gritar nuestra fe. No nos extrañe que haya muchos a los que no interese escuchar un grito de fe cuando llevan su vida por otros derroteros bien lejanos de la fe o a los que la fe no les dice nada. Ya sabemos cómo es el mundo en que vivimos.

En este caso eran los que acompañaban a Jesús los que querían que no gritara. Muy significativo. ¿Les molestaban los gritos del ciego quizá? ¿Cómo Jesús se iba a detener al lado de aquel ciego que estaba al borde del camino? Tantos al borde del camino que gritan y nadie quiere hacerles caso. Siguen sucediendo cosas así en que nos queremos hacer oídos sordos. ¿Será también desde ámbitos dentro de la Iglesia, en muchos que se dicen creyentes? Muchas preguntas ya nos va planteando el episodio del ciego Bartimeo.

Pero resaltemos la fe con la que grita el ciego de Jericó. El hecho sucede mientras Jesús sube a Jerusalén y tras todo lo que hemos comentado de lo que Jesús les había anunciado. Es toda una confesión de fe. Decir Jesús Hijo de David era estar pensando en el Mesías Salvador. Pero en su fe pedía la compasión, el amor, la misericordia de quien podía liberarlo de su ceguera. En su fe él quiere sentir sobre su vida el amor misericordioso de Jesús. Está confensando – habría oído hablar de los milagros que Jesús hacía por donde quiera que iba – que en Jesús se manifiesta el amor misericordioso de Dios y puede sanarle.

Es así cómo tenemos que ir al encuentro con Jesús. Con fe, porque sabemos bien a quien acudimos, con quien vamos a encontrarnos. Con la certeza del amor que nos trae la salvación porque nos trae el amor de Dios. Por eso junto a esa fe ponemos también nuestra capacidad de amor. No es un encuentro frío, meramente racional que podríamos decir, sino que es un encuentro vivo, un encuentro de vida el que tenemos con Jesús. Y desde un encuentro así nos llenaremos de vida, de salvación, porque se derrama el amor de Dios sobre nosotros.

Es hermoso el diálogo establecido entre Jesús y el ciego. Ha pedido que se lo traigan y aquellos que antes querían acallar los gritos de fe de Bartimeo ahora lo conducen hasta Jesús. Ahora ‘llamaron al ciego diciéndole: ánimo, levántate que te llama’. Estará comenzando a actuar el amor en aquellos corazones, porque para seguir a Jesús han de pasar por la actitud del servicio. Estarán ellos comenzando a llenar su corazón de amor y de compasión.

‘¿Qué quieres que haga por ti?... Maestro que pueda ver’. Busca la luz que es buscar la vida y encontrar la salvación. Pero ya está en camino de salvación; la salvación está actuando ya en su corazón porque está lleno de fe. ‘Anda, le dice Jesús, tu fe te ha curado’. El creía y la luz y la salvación llegó a su vida.

Que no se nos debilite la fe; que no se nos oscurezca nunca la fe por muchas cegueras y tinieblas que haya en nuestra vida. Creemos en Jesús. Queremos siempre creer en El. Encontraremos obstáculos en el camino de nuestra vida, en el camino que nos conduzca a Jesús, pero sigamos gritando, sigamos pidiendo, sigamos buscando.

Jesús nos llama también. Jesús hará que encontremos manos que nos lleven hasta El. En la providencia amorosa de Dios y en su sabiduría infinita pondrá señales, pondrá signos, pondrá personas que nos tiendan la mano en nombre de Jesús. Vayamos hasta El.

Reconozcamos nuestra pobreza pero con la fe pongamos mucho amor.

domingo, 25 de octubre de 2009

¿Qué quieres que haga por ti?


Jer. 31, 7-9;

Sal. 125;

Heb. 5, 1-6;

Mc. 10, 46-52


De entrada decir que Jesús quiere llegar a todos con su vida y su salvación. ‘Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’, nos dice el evangelio. Pero para que todos puedan llegar hasta El y alcanzar la salvación, Cristo quiere valerse de nosotros. Lo malo sería que en lugar de ser mediaciones positivas seamos obstáculo que impida a algunos el encuentro con Jesús salvador. En resumen casi podríamos decir que es el mensaje que contemplamos hoy en el evangelio.
Jesús sale de Jericó acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Como era normal entonces allí junto al camino hay un ciego pidiendo limosna, ‘Bartimeo, el hijo de Timeo’. Los hemos encontrado así con sus discapacidades a través de los tiempos en nuestras plazas, calles o caminos pidiendo limosna. Una discapacidad, su ceguera, que le impedía realizar cualquier trabajo, lo que le marginaba y hundía en la más absoluta miseria; lo único que podía hacer era pedir limosna al lado de los caminos a todo el que pasara. Una vida dura y triste. Aquel camino de Jericó era el camino habitual para quien subía a Jerusalén sobre todo con ocasión de la fiesta de la Pascua u otras fiestas judías en las que eran muchos los que afluían a la ciudad santa, ya vinieran desde Galilea por el valle del Jordán o vinieran desde la transjordania, más allá del Jordán. Un lugar apropiado para quien ptuviera que pedir una limosna.
Pero la muchedumbre que en esta ocasión pasa junto al camino parece distinta a unos oídos acostumbrados a diferenciar las diferentes personas y los grupos que lo cruzaban. A sus preguntas se entera que es Jesús, el profeta de Nazaret, que viene con sus discípulos y mucha gente. ‘Hijo de David, ten compasión de mí’, comienza a gritar. ¿Qué es lo que pide? ¿una limosna como siempre? Pero no pide a la gente, sino grita al profeta de Nazaret, al Hijo de David; grita por Jesús.
Algunos, muy preocupados por escuchar las palabras del Maestro y que con estos gritos no le pueden oír claramente, le mandan callar. ¿Son una molestia sus gritos o más bien ellos una molestia, un obstáculo para que ese pobre ciego se haga oír por Jesús? El ciego grita más fuerte. ‘Jesús se detuvo y lo mandó llamar’. Ahora sí le dicen: ‘¡Ánimo, levántate que te llama!’ Ahora lo animan para que vaya hasta jesus. Con Jesús las actitudes tienen que cambiar.
‘Soltó el manto – para ir hasta Jesús hemos de dejar atrás los impedimentos, todas las cosas que puedan ser estorbos para poder acercarnos con mayor prontitud – dio un salto y se acercó a Jesús’. Ahora había quien le llevara hasta Jesús.
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué le pediríamos nosotros a Jesús? El quiere escuchar nuestros anhelos y nuestras peticiones más profundas. Quizá meditando este pasaje del evangelio tendríamos que analizar muy bien qué es lo que tendríamos que pedir a Jesús. ¿Seremos nosotros como aquel ciego Bartimeo que le pedía ‘Maestro, que pueda ver’, o acaso como aquellos acompañantes le tendríamos que pedir un cambio de actitudes?
Podríamos pensar en cómo estaba aquel hombre sentado al borde del camino, su situación. Es muy significativo. No veía y se había quedado sentado pasivamente al borde de la vida contentándose con suscitar compasión y pedir una limosna. Algunas veces nos hundimos fácilmente por problemas, carencias, debilidades, cosas que nos pasan. ¿Sólo queremos provocar compasión en los demás? Haría falta algo que nos levantara, nos hiciera sentir vivos de nuevo, salir de la pasividad, comenzar a dejar atrás negruras para ver de nuevo la luz.
Quizá haya mucha negatividad en nuestra vida. Quizá nos sentimos aplastados por el peso del mal y del pecado que hemos dejado meter en nuestro corazón. En Jesús podemos encontrar esa luz, esa vida que necesitamos, esa mano que se nos tiende; en Jesús puede renacer de nuevo nuestra esperanza. ‘Hijo de David, Jesús Salvador, ten compasión de mí’.
Pero podemos pensar también en los acompañantes de Jesús. Como decíamos, quizá muy preocupados por escuchar las palabras de Jesús, sin embargo querían cerrar los ojos y los oídos para no ver ni oír a quien estaba al margen del camino. Incluso aquellas personas se habían convertido en obstáculo para que el ciego no molestara con sus gritos pidiendo ayuda. Pobrecito, quizá pensaban sintiendo lástima por aquel pobre hombre en su necesidad, pero de ahí no pasaba su compasión. Para ellos la vida de aquel hombre con su ceguera y sus gritos era una molestia. Quieren pasar de largo y que no los molestaran.
No nos queremos molestar porque nosotros no nos queremos mezclar con cualquiera, esos que vienen de otros países, son de otra raza, tienen unas limitaciones o discapacidades, están enfermos o nos pueden contagiar. Nos hacemos insensibles, cerramos los ojos y pasamos de largo – podemos recordar también la parábola que Jesús propuso donde nos hablaba de aquellos que dieron un rodeo para no encontrarse con el malherido junto al camino -. Encima les echamos la culpa de su situación por que son unos desgraciados que no saben aprovechar lo que tienen o se les da. Hasta somos capaces de decir cosas bonitas, hacer hermosas estadísticas o preciosos proyectos, pero que al final nos quedamos en nada como siempre.
¿Qué le pediríamos al Señor, porque El también nos está pregunta que queremos que haga por nosotros? ‘Hijo de David, ten compasión de mí’. Transforma mi vida y mi corazón. Dame un corazón nuevo. Que se me abran los ojos para ver, el corazón para sentir el latido del corazón del hermano que sufre a mi lado. Que nunca sea un obstáculo; que sea una mediación bien positiva para que Jesús llegue a todos, para que todos los ‘bartimeos’ que están a mi lado a través de mi puedan llegar a Jesús.
‘Tu fe te ha curado. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino’. Es lo que nos tiene que suceder también hoy a nosotros. Que, porque con fe venimos hasta Jesús con nuestra cegueras, recobremos la luz de nuestros ojos, de los ojos de nuestro corazón, para mirar con mirada distinta, la mirada de Jesús. Para que también nosotros le sigamos por el camino, sigamos el camino de Jesús, caminemos tras sus huellas siguiendo sus mismos pasos, viviendo su mismo estilo de amor. Que también dejemos atrás los mantos que nos estorban, son tantos y tantos los apegos del corazón, para que con prontitud sigamos a Jesús.
Que podamos cantar en verdad ‘el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’ porque así nos sintamos transformados, curados por Jesús. Que nos inunde la alegría de la fe, de la luz, de la vida de Jesús.