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martes, 6 de enero de 2026

Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 


Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 Isaías 60, 1-6; Salmo 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Ponernos en camino es imagen de la vida misma. Forma parte de nuestro mismo ser. ¿No podríamos decir que para eso tenemos dos piernas? Ya lamentamos quienes tienen atrofiados sus miembros de manera que no pueden moverse por sí mismos, no pueden caminar; les decimos de muchas formas aunque no todas son las más humanitarias, deficientes, inválidos, discapacitados, dependientes definiendo en cierta forma cómo se siente el que no puede ponerse en camino.

Desde que nacemos, podríamos decir, queremos caminar; qué alegría cuando un bebé llega a dar los primeros pasos iniciando así en cierto modo el camino de su vida. Ponernos en camino porque buscamos, queremos conocer, llegar a otros lugares o a otras personas, hacer la vida valiéndonos por nosotros mismos; ponernos en camino que desasirnos de muchas cosas para no sentirnos dependientes sino valernos por nosotros mismos; es una búsqueda y es un riesgo, abiertos a la sorpresa porque no sabemos bien lo que vamos a encontrar, pero con riesgo porque nos acechan los peligros; por eso hay quien tiene miedo, no quiere soltarse, quiere quedarse bajo la sombra de un paraguas que le proteja pero quizás porque no tiene metas, no se atreve a ir más allá de lo que tiene delante. Podríamos seguir diciendo muchas más cosas que a todos se nos pueden ocurrir, pero hoy se nos está diciendo que tenemos que ponernos en camino.

Aquellos Magos de Oriente, porque vieron una estrella se pusieron en camino, indagando lo que significaba, estudiando los anuncios antiguos, arriesgándose a un futuro incierto en ese camino que emprendían, sin temor a perderse. Pero para poder ver la estrella, no se quedaron solo mirando al suelo sino que se habían puesto a mirar a lo alto. Bien significativa la imagen. Buscaban el camino y la meta, pero miraban a lo alto para dejarse guiar por la estrella. Cuánto nos puede decir esta imagen.

Como nos dice el evangelio llegaron a Jerusalén y aquello fue una conmoción general. La sorpresa de la gente ante la comitiva que atravesaba la ciudad con aquella gente venida de lejos; Jerusalén fue siempre encrucijada porque la situación de Palestina entre el Oriente próximo y Egipto hacía que fuera un cruce de caminos, como lo vemos reflejado en la historia. Pero ahora era distinto porque preguntaban por un recién nacido rey de los judíos. Suspicacias en el palacio de Herodes que se creía grande y nadie le podía hacer sombra y la pregunta y búsqueda de aquellos Magos era inquietante. Sorpresa entre los Maestros de la Ley los Sumos Sacerdotes, porque les hizo revolver en las Escrituras para entender lo que podría suceder. Señalan el camino según las Escrituras, pero ellos se quedan a la expectativa de lo que pudiera ser.

Con el encargo – podríamos decir entrecomillas, como solemos expresarnos - de Herodes para que volvieran a decirle donde o como lo habían encontrado, de nuevo se ponen en camino. Y allí está la estrella que les guía y les conduce hasta donde está Jesús al que encontrarían como los pastores un día con María, su madre, pero ya no recostado en un pesebre. Le ofrecieron sus dones y cayendo de rodillas le adoraron. Era el reconocimiento de la luz que habían encontrado y que ahora se volverían a sus casas para llevar la noticia, como primeros portadores de evangelio, de buena nueva de salvación para todos.

Es nuestro ponernos en camino, el camino de nuestra vida y el camino de nuestra fe. ¿También tendremos que ponernos camino para buscar y para indagar, para encontrarnos con la luz y para llevar luego esa buena noticia a los demás? Es también nuestra tarea, es la búsqueda honda de nuestra vida; no podemos quedarnos encerrados siempre en lo mismo, no podemos estar como los que ya vienen de vuelta y no quieren saber nada, tenemos que arriesgarnos en nuestra búsqueda aunque ese ponernos en camino nos haga salir de allí donde estamos instalados, de lo que siempre se ha hecho porque siempre ha sido así como tantas veces decimos; tenemos que no temer lo que podamos encontrar porque siempre será una luz nueva para nuestra vida que nos pone en nuevo camino.

Nos hemos amodorrado en nuestra manera de vivir la fe y tratar de contentar a todos y a todo, pero no podemos quedarnos adormilados en el camino porque perderemos el rumbo y el sentido. Y eso nos está pasando a muchos cristianos que queremos seguir viendo en la comodidad de nuestras rutinas o viejas costumbres y ya el evangelio parece que ha dejado de ser novedad para nosotros; el evangelio siempre tiene que ser novedad porque es buena noticia, y las noticias son nuevas cada día.

Es una lástima que el árbol no nos permita ver el bosque; es lo que nos está sucediendo con esta fiesta de la Epifanía en la que tendríamos que contemplar ese gran regalo de Dios que se nos manifiesta – eso significa la palabra ‘epifanía’, manifestación – y la locura de los regalos que nos hacemos y creemos que tenemos que hacernos en este día nos hacen olvidar la grandeza y el sentido de esta fiesta y celebración.

¿Necesitaríamos arriesgarnos a ponernos en camino desde esta consideración? El profeta invita a Jerusalén a despertar para ver amanecer la gloria de Dios. ¿Nos postraremos también nosotros como todos esos pueblos para cantar la gloria del Señor?


miércoles, 3 de septiembre de 2025

El amor cristiano no se mide solo por lo que hacemos, sino también por nuestra disposición a salir, a movernos, a cruzar fronteras, por incómodas que sean

 


El amor cristiano no se mide solo por lo que hacemos, sino también por nuestra disposición a salir, a movernos, a cruzar fronteras, por incómodas que sean

Colosenses 1,1-8; Salmo 51; Lucas 4, 38-44

Cuando nos sentimos a gusto con alguien no queremos separarnos de él;  el niño que no quiere separarse de sus padres, es la primera imagen que se nos ocurre, pero bien sabemos que los padres no quieren separarse de sus hijos; pero nos sucede con la amistad, cuando encontramos un verdadero amigo que nos comprende, que nos escucha, que sabe estar a nuestro lado, no queremos perderlo. Muchas veces también en la vida nos podemos encontrar con una persona que nos hizo pensar y que nos ayudó a crecer, que nos habló desde el corazón y a nuestro corazón en cosas que consideramos importantes en el vida, o que nos ayudó a encontrar caminos, no es que no los olvidemos nunca, es que quisiéramos estar siempre a su lado, seguir dejándonos envolver por su mirada, escuchando sus palabras sabias, sintiendo el impulso que significa para nuestras vidas su presencia, no nos gustaría estar lejos de esa o esas personas.

La presencia de Jesús en Cafarnaún estaba produciendo un gran impacto en la población, lo sucedido en la sinagoga con la curación de aquel endemoniado, la curación de la suegra de Pedro, pero también la cercanía que Jesús mostraba con todos dejando que a El llegaran con sus problemas y con sus angustias, con sus desesperanzas y sus deseos de algo nuevo, con su corazón roto y dolorido o con sus enfermos que ponían a su paso para que El los curase, no nos extrañe, pues, que quieran retenerlo y no dejarlo irse de aquel lugar. Al amanecer estaban de nuevo a su puerta buscándolo, mientras El se había ido al descampado para orar; cuando lo encuentran quieren retenerlo, pero El dice que ha venido para llegar también a otros lugares y se pone en camino. En ocasiones veremos que la gente se va con El de un sitio para otro juntándose incluso muchedumbres hasta en lugares descampados.

Con Jesús hemos de aprender también a ponernos en camino. Nuestras puertas no pueden estar cerradas ni nuestros horizontes limitados. El bien y la bondad son cosas que tienen que rebosar y expandirse a su alrededor llegando a los más sitios posibles. Aunque las cosas nos parezca que marchan bien allí donde estamos, no podemos quedarnos encerrados en nosotros o en la comodidad que en cierto modo se produce allí donde nos hemos acostumbrado a estar o las cosas nos están saliendo bien. Es algo que algunas veces nos cuesta entender y demasiadas veces predomina en nosotros la comodidad que se convierte en rutina.

Claro que salir para hacer un camino nuevo nos puede producir incertidumbre por desconocimiento de lo que vamos a encontrar que nos hace que nos llenemos de miedos. Pero nuestra fe en Jesús nos pone necesariamente en camino porque es algo que no podemos guardar para nosotros mismos sino que siempre estamos llamados a trasmitir y compartir.

Y tenemos la tendencia a instalarnos y cuando nos instalamos parece que todo pierde fuerza y puede acabar muriéndose. Es la vida que nunca puede detenerse, es la vitalidad interior que nos hace estar buscando algo nuevo, algo más, algo superior; no podemos dejarnos avejentar porque caigamos en una inactividad que nos lleva a la muerte. Siempre hemos de tener ese espíritu joven y en cierto modo impulsivo que nos empuja a crecer.

Como le he escuchado decir a alguien y que en cierto modo quiero poner como resumen de esta reflexión que nos venimos haciendo, ‘el amor cristiano no se mide solo por lo que hacemos, sino también por nuestra disposición a salir, a movernos, a cruzar fronteras, por incómodas que sean’.  También Pedro sintió la tentación de instalarse cuando quiso montar tres tiendas en el Tabor porque allí se encontraba bien, porque allí se encontraba como en el cielo. Pero Jesús los hizo bajar de la montaña para seguir por la llanura y por las luchas de la vida. ¿Cuáles serán esas llanuras de la vida que me están esperando?

lunes, 25 de agosto de 2025

Cuidado que vayamos cerrando puertas y creando abismos con actitudes bien alejadas del evangelio que ha de hacernos entrar en órbita de amor y comunión

 


Cuidado que vayamos cerrando puertas y creando abismos con actitudes bien alejadas del evangelio que ha de hacernos entrar en órbita de amor y comunión

Hay gente a la que le gusta ir cerrando puertas. Y no es un juego. No es cuestión de estética o buenas costumbres. Como si le fueran dando con la puerta en las narices a los que quieren entrar, como si de lejos contemplamos a alguien que viene por nuestro camino para llegar a donde estamos, ya pronto ponemos la señal de que no se puede entrar. Bueno entendemos que quiero decir mucho más que eso.

Son los que siempre van poniendo dificultades, están en eterna oposición, manifiestan enseguida que no les gusta aquello que decimos, comienzan a encontrar cosas que según ellos falta en aquello que presentamos, le dan un cariz negativo a todo lo que ven que realizan los demás, buscando el desprestigio para que no se acepte lo que los otros presentan. Porque esas dificultades o el señalar lo que falta no lo hacen por aportar algo de su parte que pueda mejorar, sino para echar abajo lo que presenta el consideran un contrincante.

No son criticas constructivas que eso siempre tendríamos que con humildad saberlo aceptar, sino siempre para echar abajo, para destruir. Gente ceniza y destructiva en su negatividad.

Es lo que se ha encontrado Jesús en aquellos grupos que no le aceptan, no quieren escuchar el anuncio que Jesús hace del Reino de Dios, pero es que previamente con el pueblo, del que se consideran dirigentes, han pretendido imponer unas cargas con sus interpretaciones y con las normas que imponen que de alguna manera le hacen imposible a aquella gente humilde y sencilla que tantas ansias tiene de la llegada del Reino de Dios de poder ser fieles de verdad a Dios.

Es la dureza con que Jesús se expresa contra los fariseos y los maestros de la ley. Les falta autenticidad, porque además son los que imponen cargas pesadas sobre los hombros de los demás, pero no son capaces de mover un dedo para ayudar. Son sus interpretaciones rigoristas de la ley de Moisés que distorsionan totalmente lo que es la ley del Señor.

‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren’. Van cerrando puertas, como antes decíamos, que ni para ellos. ‘Ni entráis… ni dejáis entrar’, que les dice Jesús. Barreras con sus imposiciones, abismos insalvables con la multitud de normas que al final a ellos mismos les hacia preguntarse cuál era el mandamiento principal. Escuchábamos estos días cómo, aunque fuera por tentar a Jesús, es lo que le vienen a preguntar. Aunque luego se den de sabios y le digan a Jesús, cuando lo que hace Jesús es repetirles la literalidad de lo que estaba escrito en la ley de Moisés, que había hablado muy bien. Pero ya sabemos la podredumbre que tenían por dentro, las intenciones torcidas que tenían sus palabras. Por eso Jesús les habla muy duramente.

Pero no nos quedemos solo considerando lo que Jesús decía entonces a aquellos fariseos y maestros de la ley, sino que tenemos que pensar que nos estará diciendo, de forma muy concreta, a nosotros Jesús con esas mismas palabras. Son Palabra de Dios, y la Palabra de Dios siempre es palabra viva y actual, para nuestra vida concreta, para nuestro tiempo concreto.

Escuchando esas palabras de Jesús tenemos que mirarnos a nosotros mismos y nuestras situaciones concretas, tenemos que mirar lo que es la vida de la Iglesia también en las circunstancias concretas que vivimos en el hoy de nuestra vida. No son palabras que retumben como un eco venido de otras partes, son palabras directas a nuestra vida de hoy.

Si antes hablábamos de ese cerrar puertas para no dejar pasar y lo contemplábamos en la actitud de aquellos dirigentes ¿no tenemos nada que pensar en nuestra vida concreta y en la vida de nuestras comunidades? ¿No vendremos nosotros también en muchas ocasiones con esa autosuficiencia de quien cree saberlo todo y se va poniendo cascos en sus oídos para no oír ni escuchar? ¿No diremos algunas veces aquello de yo soy cristiano de toda la vida y así lo ha sido mi familia siempre pero quizás no nos queremos mezclar con aquellos que vienen ahora de nuestra cercanía o de otras partes porque nosotros nos consideramos en un estadio superior y no queremos que nos quiten los privilegios que nosotros pretendemos tener? ¿No estaremos también cerrando puertas que ni entramos ni dejamos entrar?

Quienes nos consideramos como más cerca de la Iglesia o más en sintonía con ella, porque hemos quizás trabajado pastoralmente en algunas cosas, porque colaboramos en las cosas del templo, porque somos voluntarios para la catequesis o para cáritas, tenemos que escuchar con nitidez estas palabras de Jesús porque algunas veces nos consideramos en un estadio superior, nos consideramos mejores o que sabemos más, y podemos también estar cerrando puertas.

Mucho nos da que pensar este evangelio que parece que era para los demás, pero nos viene directamente al dedo de nuestra vida.


martes, 4 de julio de 2023

Hay miedos y cobardías que nos paralizan en noches oscuras, no nos dejan ver salidas y nos incapacitan para solucionar las cosas, pero Jesús está ahí aunque nos parezca que duerma

 


Hay miedos y cobardías que nos paralizan en noches oscuras, no nos dejan ver salidas y nos incapacitan para solucionar las cosas, pero Jesús está ahí aunque nos parezca que duerma

Génesis 19,15-29; Sal 25; Mateo 8,23-27

Una tormenta en medio de la oscuridad de la noche no es plato apetecible para nadie, y menos aún en una barca entre los embates de un mar embravecido. Acudimos a santa Bárbara cuando truena y todos los santos del cielo, como solemos decir, para vernos libres de esos malos momentos. Ahora en la sociedad en que vivimos en que al menos para algunas cosas todo son precauciones estamos saturados de las alertas que continuamente nos están avisando de cualquier borrasca que se nos acerque y nos pueda traer malos tiempos. No queremos vernos sometidos a ningún peligro.

No sé si en todo en la vida andaremos con esas precauciones, no sé cómo afrontaremos tantas borrascas que en la vida tenemos y que no son de orden climatológico. Pasamos en la vida también por malos momentos, las dificultades de la vida misma, pero los problemas que van surgiendo, unas veces desde decisiones llenas de error que nos conducen a unas situaciones difíciles de las que no queremos salir, otras veces con los encontronazos que tenemos en esos vaivenes de la vida y de nuestras relaciones con los demás, también aunque no siempre sabemos reconocerlo desde nuestro mundo interior que se llena de dudas y de interrogantes, que se encuentra con esas situaciones desafiantes y que nos hacen dudar hasta del sentido de nuestra vida; de muchas maneras y en muchas ocasiones nos encontramos atravesando un callejón oscuro en la vida que nos deprime, que parece que nos hunde, que hasta pone en peligro nuestra fe.

¿Qué hacemos? ¿A quién acudimos? ¿A quien podemos sentir a nuestro lado que nos de fe y confianza, en quien encontrar fuerzas para salir de ese pozo? ¿Nos encerramos en nosotros mismos y nos llenamos de amarguras? ¿Tratamos quizás de olvidarlo todo y queremos seguir la vida como si nada pasara, o dedicándonos a ‘vivir la vida’ para olvidarnos de todo? ¿Dónde encontramos esas anclas que nos den seguridad para comprender que el barco no se hunde por muchas que sean las tormentas?

El evangelio hoy nos da luz. Atravesaban el lago los discípulos con Jesús. Eran frecuentes las tormentas que levantaban en el lago, la depresión que en si mismo constituía el lago, las altas montañas del Hermón por una parte, las corrientes de aire del desierto y demás circunstancias hacían propicias esas tormentas inesperadas. Como pescadores de aquel lago tendrían sus conocimientos, pero no querían verse envueltos en medio del lago en una de esas tormentas. Pero es lo que ahora sucede. Jesús va con ellos, pero aun en el fragor de la tormenta Jesús duerme plácidamente en un rincón.

¿Qué hacer? porque aquello parece que se hunde. Y despiertan al Maestro porque no pueden comprender como les deja solos en una situación así. ‘¿No te importa que nos hundamos? Señor, sálvanos, que perecemos’. Es el grito, es la súplica. Quién curaba a los enfermos, expulsaba a los demonios y resucitaba a los muertos, ¿no podía hacer algo para liberarles de aquella situación? Es la súplica y es la duda, son los miedos y son las cobardías que nos paralizan, que no nos dejan ver salidas, que parece que nos incapacitan para hacer algo por solucionar las cosas. Cuántas veces nos vemos en la vida así.

Y Jesús se levantó, increpó al viento y al mar y la tempestad cesó. Un silencio intenso se hizo al acabar el fragor de la tormenta; un silencio al contemplar la autoridad de Jesús; un silencio que surgía de su interior reconociendo miedos que no nos gusta reconocer y cobardías que tratamos de disimular. Así se quedaron frente a Jesús. ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’ fue el reproche de Jesús. No sé si podrían manifestar exteriormente algún signo de alegría después de pasar lo que pasaron, pero sobre todo después del reproche de Jesús que les hacía reconocer sus miedos y cobardías. Pero algo seguramente comenzaba a cambiar en su corazón.

¿Escucharemos también ese reproche que nos hace reconocer nuestros miedos y cobardías? Rumiemos en nuestro interior la lección de Jesús.


viernes, 4 de diciembre de 2020

Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir

 


Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir

Isaías 29, 17-24; Sal 26; Mateo 9, 27-31

No sé que experiencia habréis tenido de oscuridad. En la oscuridad se siente uno como oprimido; envuelto en las tinieblas se sientes como atado, no sabes a donde ir, no sabes que hacer, es algo más o algo distinto al miedo aunque también lo es. Cuando hablo de oscuridad no es que en un momento determinado nos falle la energía y nos quedemos a oscuras; eso sentimos que es algo momentáneo, que pronto se va a restablecer la luz o buscamos unos sustitutivos, porque encendemos una vela, nos valemos de baterías y podemos encender una linterna o algún punto de luz; es otra oscuridad a la que quiero referirme, es como hallarse en un túnel oscuro y largo donde no vemos el final, pero tampoco sabemos lo que podemos encontrar, caminamos a tientas queriendo seguir una orientación pero no se termina nunca la oscuridad, no se termina el túnel para ver un punto de luz aunque sea a lo lejos y al final. Es opresivo. ¿Habremos pensado alguna vez seriamente como se siente un ciego que no ha visto nunca la luz?


En la vida ¿no habrá situaciones en las que nos encontremos de alguna manera así? Los problemas nos abruman y no vemos salida, todo se nos vuelve un sin sentido y no sabemos que rumbo tomar. Más o menos los problemas ordinarios los vamos timoneando y vamos buscando salidas, pero hay cosas que nos pueden llegar de repente y no sabemos qué respuesta dar. Y alguna vez alguno de los problemas parece que coge el centro de todo y hasta nos olvidamos de otros problemas que podamos tener porque quizá todo lo centramos en aquella situación nueva que nos ha aparecido, pero todo sigue sin encontrar salida, sin encontrar solución.

¿No nos estará sucediendo ahora con la problemática que estamos viviendo en nuestro mundo con la pandemia? La repetición una y otra vez de las mismas noticias, el ver que no hay una pronta solución ya nos va agobiando y hasta quizás no queremos ni oír las noticias. Pero ¿no nos damos cuenta que hay otros muchos más problemas en el mundo y parece que hasta los hemos olvidado? Nos olvidamos de guerras o de hambre en el tercer mundo, nos olvidamos de niños soldados o de otras epidemias y hambrunas que hay en otros lugares del mundo, hasta los problemas mas cercanos que tengamos parece que los dejamos a un lado. ¿Es bueno eso? ¿Nos sentiremos acaso que esto no hay quien lo arregle, que no vamos a salir de estas situaciones en las que nos vemos envueltos?

¿A dónde o a quién gritamos? ¿A quién podemos buscar que nos ayude a salir de todo esto? ¿Pensamos acaso solo en remedios o soluciones humanas? ¿No estaremos como los ciegos del camino caminando sin saber a dónde acudir o a quién pedir ayuda? Decimos que somos creyentes, ¿y a Dios donde lo hemos metido en todo este fregado? Queremos darles explicaciones muy humanas y racionales a los milagros y terminamos por no creer en esa fuerza superior que nos puede venir de lo alto. ¿Tenemos miedo quizá de lo que nos puedan tachar los que no tienen fe porque nosotros creemos de verdad en el Dios que en verdad puede ser nuestra fuerza y nuestra luz?

Hoy nos habla el evangelio de dos ciegos que iban gritando detrás de Jesús y parecía que Jesús no les hiciera caso. Cuando llegaron a la casa ante la insistencia de los ciegos Jesús se pone a hablar con ellos. ‘¿Creeis en verdad que puedo hacerlo?’ Una prueba más para la fe de aquellos hombres, como si Jesús fuera el que dudara. Pero la fe de aquellos hombres no era ciega aunque ellos fueran ciegos, la fe de aquellos hombres se apoyaba en la certeza de que con la mano de Jesús ellos podían volver a ver, todo sería de nuevo luz para ellos. Fue la respuesta pronta y segura de aquellos hombres. Claro que creían que Jesús podía hacerlo. Y Jesús les dice ‘que suceda conforme a vuestra fe’.

Ante la oscuridad que estamos viviendo y que tanto nos oprime quizá lo primero que tendríamos que ver es si en verdad nosotros hemos orado al Señor, pero orado con verdadera confianza por la salida o la solución de esta situación. Seguimos poniendo en duda quizás la posibilidad de los milagros, pero lo que estamos poniendo en duda es nuestra fe. Voy a decir que no sé si la salida es un milagro portentoso que a todos nos deje atónitos, o ver la presencia y la mano del Señor que se va manifestando de mil maneras junto a nosotros en esta situación que estamos viviendo. Creo que la generosidad, la solidaridad, la responsabilidad que se ha despertado en tantos ya es un signo de esa presencia del Señor que es el que mueve los corazones y ha movido así a tantos y tantos.

Pensemos también como el Señor por la fuerza de su Espíritu inspira los corazones, nos inspira allá dentro en lo más hondo de nosotros mismos tantas cosas buenas como puede estar inspirando a quienes están trabajando para dar salida a estas situaciones. Pero hay que querer escuchar esa inspiración.

Pensemos en la llamada que puede estar haciéndonos el Señor a través de estos signos para que cambiemos los ritmos de nuestra vida, busquemos lo que verdaderamente es importante ahora que nos hemos visto con las manos tan vacías, y tantos castillos en el aire que nos habíamos creado se nos han venido abajo.

Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo, y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir. Claro que sí podemos encontrar la luz, salir de esta opresión que nos agobia, llegar a vivir de una forma nueva, distinta y hasta más humana; claro que el Señor alienta también nuestra fe.

Oremos, pues, con toda confianza y con toda la intensidad de nuestro amor al Señor. En este tiempo de Adviento también esta puede ser una motivación para nuestra oración y vivir un auténtico Adviento.

domingo, 17 de mayo de 2020

El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores


El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21
Nadie tiene por qué sentirse desprotegido. Sabemos hoy que la sociedad tiene que ofrecer recursos al que se siente indefenso ante la justicia para tener quien lo asesore y le defienda. Multitud de recursos sociales que tiene que ofrecer la sociedad, apoyo jurídico que incluso se ha de tener ante los tribunales. No siempre ha sido así, ni siempre están a mano con la facilidad que correspondería esos recursos de defensa incluso para el reo presuntamente culpable.
Hago esta referencia a ese apoyo que siempre en la sociedad tendríamos que encontrar porque hablando quizá desde el presupuesto de estos términos es lo que Jesús ofrece a sus discípulos.
Les está hablando en momentos críticos como son los previos al propio prendimiento de Jesús y los discípulos pudieran intuir que si les falta Jesús es como si se sintieran huérfanos; conocen todas las confabulaciones de los judíos con Jesús, pero ellos están con El y se sienten seguros; intuyen quizá que si les faltara Jesús porque se cumpliera todo lo que El les ha anunciado se van a ver solos y como abandonados a su suerte. Así los veremos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos tras el prendimiento de Jesús, su pasión y su muerte en la cruz, a pesar de todas las promesas que Jesús les ha ido haciendo, pero que ellos nunca terminaron de entender. Y de eso es de lo que hoy Jesús les habla.
Ya en ocasiones les había hablado de persecuciones y de tribunales e igualmente les había dicho que no tuvieran miedo porque tendrían un Defensor, el Espíritu que pondría palabras en sus labios para su defensa. Jesús les pide fidelidad, amor, cumplimiento siempre de su voluntad, pero no han de temer aunque vengan momentos difíciles y en ocasiones incluso se encuentren desorientados sin saber a qué atenerse. ‘Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.
Se nos ha conservado la palabra de origen griego en su traducción literal al castellano porque expresa realmente el sentido de lo que les ofrece Jesús. El paráclito es el que está llamado para defender al indefenso. Y es el sentido que Jesús quiere darle a la presencia del Espíritu Santo en la vida de los discípulos, el Defensor, el apoyo y la fuerza incuestionable, el que estará siempre a nuestro lado para que encontremos la mejor palabra, la más perfecta actitud y postura, la más valiente decisión. Es el que inspira y nos da luz para hacernos ver caminos, salidas. Es el que acompaña para que no nos sintamos solos en el camino que muchas veces se puede convertir en algo duro y nos puede hasta parecer intransitable. Pero El estará ahí como nuestra fuerza y nuestra luz, como nuestra defensa y nuestra fortaleza.
La liturgia cuando casi vamos concluyendo el tiempo pascual porque ya nos acercamos a Pentecostés nos ofrece estos textos con la promesa de Jesús. Es esa luz que necesitamos en todos los tiempos porque siempre ha habido y habrá momentos difíciles para los que queremos seguir a Jesús y no nos podemos sentir huérfanos y desamparados. Bien que en el camino de la Iglesia a través de todos los tiempos siempre se ha sentido esa presencia del Espíritu y aunque haya habido momentos difíciles, momentos en que la iglesia ha caminado incluso por caminos tortuosos, no ha faltado la presencia del Espíritu que guía y que sostiene a la Iglesia.
Pero tenemos que escuchar esta Palabra en el momento presente, momento de turbulencias, de confusión y desorientación, momentos en que nos vemos zarandeados por problemas que pensábamos que no se iban a presentar a la humanidad, pero que de la noche a la mañana todo se ha trastocado, muchas cosas se han venido abajo, nos sentimos que no sabemos como ni cuando vamos a salir de estas oscuridades y tenemos el peligro y la tentación del desaliento.
Momentos, por otra parte, que tendrían que hacernos pensar sobre la manera como hemos ido construyendo nuestro mundo que ahora da la impresión que ha perdido los cimientos y el edificio se nos puede venir abajo. Momentos de reflexión para saber leer las lecciones de la historia y, en concreto, de esta historia que ahora nos ha tocado vivir y donde siempre tenemos algo que aprender. Se nos cuestionan muchas cosas, pero aparecen también señales de luz de que no todo está perdido porque aparece en muchos lo mejor que tienen de si mismos y eso les hace plantearse las cosas de otra manera.
Y como creyentes también tenemos algo que decir, como creyentes en Jesús también tenemos un camino y unas decisiones que tomar para encontrar salidas, como creyentes no podemos sentir que todo es oscuridad alrededor nuestro, como creyentes ahora escuchamos esta Palabra de Jesús que nos hace encontrar la luz porque también en estos momentos hemos de sentir con nosotros la presencia y la fuerza del Paráclito, la fuerza del Espíritu Santo prometido. No estamos batiendo alas como aves desorientadas en un túnel oscuro y sin salida sino que hay quien nos inspira y nos orienta desde lo más hondo para que encontremos esa luz que nos señala una salida.
Una salida a algo nuevo, una salida a un mundo transformado, una salida a un mundo nuevo que nosotros los cristianos sabemos bien como construirlo desde esos valores nuevos que nos ofrece el evangelio y que quizá tantas veces hemos olvidado dejándonos encantar por esos cantos de sirena que en el mundo se nos ofrecían. El Espíritu del Señor que nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús. Ese mundo nuevo que nosotros los cristianos llamamos el Reino de Dios y donde han de florecer esos valores eternos e inviolables del amor y de la justicia, de la paz y de la solidaridad, de la verdad y de la autenticidad, de la cercanía y de la fraternidad, por citar algunos.
No estamos solos, no caminamos abandonados como huérfanos, con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor. Dejémonos conducir.

sábado, 15 de febrero de 2020

Aprendamos a contar con los siete panes de los demás y veremos que con los ingredientes de la sensibilidad, la disponibilidad y el amor podemos hacer nuestro mundo mejor


Aprendamos a contar con los siete panes de los demás y veremos que con los ingredientes de la sensibilidad, la disponibilidad y el amor podemos hacer nuestro mundo mejor

1Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10
Lo tenemos delante de los ojos y no lo vemos. Cuántas veces nos pasa. Pero peor es que tampoco seamos capaces de verlo con los ojos del corazón. Perdemos la sensibilidad. Nos absorben tanto nuestras cosas, nuestras preocupaciones particulares que no somos capaces de ver lo que tenemos delante de las narices, como decimos vulgarmente. Y perdemos la sensibilidad de la vida, que nos haría sufrir empáticamente con los que sufren, sentir como algo nuestro lo que les sucede a los demás. Por esa falta de sensibilidad incluso cuando llevamos ver aunque sea a la fuerza no tenemos iniciativa para algo más, no somos capaces de buscar salidas, nos cruzamos de brazos pasivamente. Es necesario un despertar, un abrir de nuevo los ojos, un sensibilizar el corazón.
Creo que cuando leemos con sinceridad el evangelio, cuando lo escuchamos con el corazón Jesús nos enseña mucho de estas cosas, nos ayuda a despertar. Es lo que hoy nos enseña el evangelio, a sensibilizarnos y a comprometernos; a sensibilizarnos y ser capaces de mover también el corazón de los demás para entre todos encontrar soluciones. No es una tarea que hagamos solos; quizá tengamos que tomar la iniciativa, pero hemos de saber mover también a los demás para llegar a un compromiso común. Qué distinto seria nuestro mundo si lográramos actuar así siempre. Pero nos pesan muchas rémoras, muchos miedos, muchas pasividades.
Cuando Jesús llega a aquel lugar se encuentra una multitud que lo esperaba. Y sintió lástima de ellos. Como se nos dice en otros lugares paralelos, sentía que andaban como ovejas sin pastor, y por eso se puso a enseñarles, y a curar sus enfermos. Pero hay algo más, aquella gente también está hambrienta de pan porque llevan muchos días buscando y siguiendo a Jesús. Y había que hacer algo, había que buscar comida para toda aquella gente.
Cuando no se ha despertado del todo la sensibilidad del amor decimos, pues que cada uno se las busque como pueda; aquí no podemos hacer nada porque supera nuestras capacidades, pues que se las arreglen. Lo decimos tantas veces cuando vemos la problemática que hay alrededor, cuando vemos necesidades materiales, o cuando vemos otros problemas que tiene la gente, porque no se entiende, porque les falta la paz, porque se sienten oprimidos por los problemas o las situaciones duras que viven en la vida. Con qué facilidad tratamos de desentendernos, que otros sean los que busquen y encuentren la solución. ‘¿De donde se puede sacar pan aquí en despoblado para tanta gente?’ que decían los discípulos ante el descubrimiento que estaban haciendo.
Pero Jesús no se queda ahí. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ Había solo siete panes, pero Jesús pide que la multitud se siente en el suelo. El evangelio nos habla de un milagro y no lo ponemos duda porque no queremos desmitificar el evangelio. Allí está la mano de Dios, allí está la palabra de Jesús. Y habrá pan para que coma toda aquella multitud y al final incluso llegue a sobrar después de estar todos saciados.
Pero nosotros en la vida también tenemos que aprender a contar con los panes que tiene la gente, porque cuando se comienza a ser generoso esos panes se multiplican. Detrás de esos panes, detrás de esa pobreza que tengamos en nuestras manos, si nos sensibilizamos de verdad veremos que van a aparecer muchas cosas, muchas aportaciones y vamos a encontrar salida. Tenemos que aprender a contar con los demás, a contar con los siete panes o lo que sea que tengan los demás y veremos cómo el amor hará multiplicar las cosas, y las ideas, y las soluciones, y la salida a los problemas en los que estemos envueltos. Hace falta confianza, sensibilidad, disponibilidad, generosidad y con esos ingredientes seguro que haremos que nuestro mundo sea mejor.

lunes, 20 de noviembre de 2017

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Muchas veces decimos que la vida es un camino. Caminamos buscando metas; caminamos queriendo llegar a ser algo; caminamos buscando muchas veces no sabemos bien lo que buscamos; caminamos porque tenemos unos objetivos en la vida que queremos conseguir, unos planes que realizar para nosotros mismos o para aquellos que nos interesan, serán los hijos, será la familia, serán aquellas personas allegadas a nosotros por quienes sentimos como algo especial; caminamos pretendiendo darle un valor, una trascendencia a aquello que hacemos; no queremos quedarnos fuera del camino que nos da un rumbo, que nos da un sentido, que le da un valor a nuestra vida.
Pero bien nos encontramos a tantos que van sin rumbo, que quizá no tienen altas metas, que no saben por lo que luchar, y quizá se arrinconan a un lado porque quizá no ven un sentido, no ven por que hacer un camino. Claro que nos encontramos a quienes, quizá en nuestras prisas o en nuestra ambición por pensar solo en nosotros mismos o a lo mas en aquellos que más nos interesan, vamos dejando al borde del camino y no queremos pensar en ellos, no queremos que nos importunen o pudieran convertirse en una traba para nuestro propio camino o nuestras ansiadas metas personales. Aislamos, despreciamos quizá, discriminamos porque los vemos que andan a oscuras y no somos quizá capaces de ofrecerles un poco de luz, tan interesados como estamos en nuestras propias cosas.
Hoy nos habla el evangelio de Bartimeo, el ciego que estaba al borde del camino. Su vida estaba en sombras, sus ojos se habían cegado y la pobreza envolvía su existencia. No podía hacer camino si alguien no le ayudaba, y todos seguían su paso por el camino. Pero viene alguien que se va a detener junto a él. Bartimeo escucha el barullo del grupo que se acerca y pregunta qué es lo que pasa, quién es el que pasa. Cuando le dicen que es Jesús de Nazaret se pone a gritar, tanto que a algunos les molestan aquellos gritos y quieren hacerlo callar. Cuántas veces pasa algo así en la vida, nos pasa a nosotros.
Pero Jesús se detiene, piden que lo traigan. Ahora alguien le ayudará a llegar hasta Jesús. De un salto, despojándose de su manto, es llevado ante Jesús. ‘El Maestro te llama’, le dicen. Y se establece el diálogo. ‘¿Qué quieres que haga por ti?... Señor, que pueda ver...’ Y el milagro se produce. Sus ojos se llenarán de luz, pero  no serán solo sus ojos. Su vida ha comenzado a cambiar, da saltos de alegría alabando a Dios y ahora quiere ponerse a caminar también en pos de Jesús.
Estaba a oscuras y supo escuchar, supo descubrir que Jesús pasaba por su lado y la oportunidad había que aprovecharla. Aunque algunos quieren hacerlo callar sin embargo habrá otros que le ayuden, le dirán que es Jesús el que pasa, le trasmitirán el mensaje de Jesús que quiere que llegue hasta El, le ayudarán a dar esos pasos necesarios para acercarse a Jesús. Cuántas sugerencias para lo que podemos hacer en la vida.
Por supuesto que no podemos ser obstáculo, pero es que podemos hacer algo más. Saber descubrir a quienes están al borde del camino en la vida, hacer un anuncio; llegar lejos a tantos que andan desorientados sin saber qué camino hacer; llegar a las periferias, como nos está repitiendo continuamente el Papa; ponernos en camino de salido para ir al encuentro de los demás con el mensaje, como nos está pidiendo ahora la Iglesia.
De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús. No podemos seguir dejándolos al borde del camino.

domingo, 15 de octubre de 2017

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

No nos habrá pasado quizá, pero si nos pasara una cosa así, ¿qué haríamos nosotros? Podría ser que a alguna madre de familia le haya sucedido algo parecido. Había puesto todo su empeño en preparar aquella comida en la que quería que estuvieran todos sus hijos; era la fiesta del pueblo quizá, o algún acontecimiento familiar que ella quería recordar y quería tener a todos sus hijos en torno así, y les dijo que vinieran a comer; no comentó con nadie más nada, pero ella se afanó en preparar la mejor comida, aquella que sabia que le gustaba a sus hijos.
Pero cuando llegó el momento los hijos no aparecieron. No le habían dando importancia, tenían sus compromisos, alguno de camino para casa de su madre se encontró con unos amigos y se fue con ellos, y aquí podemos poner todas las circunstancias, las disculpas, los silencios quizás que tanto dolieron al corazón de la madre que había preparado aquella comida con tanta ilusión. Le dieron ganas de tirarlo todo y quizás encerrarse a llorar. O llamar a los vecinos porque daba pena tirar todo aquello, o ver quizá donde podría enviar aquella comida que fuera útil, pero de sus hijos quizá no quería saber nada.
He querido hacer un supuesto de algo parecido a la parábola del evangelio de hoy que nos puede pasar a nosotros. La parábola que Jesús propone en el evangelio nos habla de la boda del hijo del rey que su padre había preparado también con mucha ilusión. Pero la gente también pasaba de aquel rey, de la boda del hijo del rey y de las comidas o banquetes que pudiera organizar e invitarlos. Ellos también tenían sus cosas que hacer. Pero ¿si era el rey el que invitaba como es que se buscaran disculpas de cualquier clase para no asistir? Para ellos no valían ni siquiera los protocolos.
Aunque vemos la reacción muy humana del rey que quiere destruir a todos aquellos que considera malvados por no comparecer cuando les invitaba, sin embargo no se contenta con eso. ‘La comida está preparada y los invitados no han venido… salid a los cruces de los caminos’, a las plazas, a los pueblos o a las aldeas, traed a todos, no importa que sean pobres, que estén enfermos o tengan mil discapacidades, sean quienes sean, buenos o malos. ‘A todos los que encontréis invitadlos a la boda y traedlos…’ les dice a sus criados. ‘Y la sala del banquete se llenó de comensales’, continua diciendo la parábola.
La imagen de la boda o del banquete nos puede traer a la mente muchas significaciones. El banquete de la vida que no es solo para unos pocos sino al que todos estamos invitados, podemos pensar. Banquete que ya sabemos que no solo es la comida sino es también el encuentro, la alegría y la fiesta como signos de felicidad, la abundancia en la riqueza del mundo en el que vivimos y todas esas cosas que harían posible que fuéramos más felices. El banquete que no es solo para unos pocos y al que quizá los podrían tener mejor conocimiento de la vida sin embargo no saben valorar lo suficiente.
En el caso de la parábola aquellos primeros invitados se comportaron de una forma orgullosa y egoísta, no quisieron participar, querían hacerse su fiesta y su felicidad a su manera o por su cuenta, no apreciaron y valoraron lo que el rey les ofrecía. Rehusaron participar en aquel banquete, rehusaron lo que significa de encuentro y de caminar juntos; quizá no querían mezclarse con todos. Se excluyeron, como quizá tantas veces ellos habían excluido a otros de ese banquete de la vida, porque en su prepotencia y en sus orgullos se lo querían acaparar todo para ellos.
En los cruces de los caminos había muchos que si no esperaban – aunque la esperanza nunca se pierde – al menos no pensaban en aquel momento que fueran a ser invitados. Se habían acostumbrado quizás a su exclusión, a vivir en su aislamiento porque nadie pensaba en ellos. Pero aquel rey tuvo una buena intuición, una buena idea; en los cruces de los caminos y más allá había tantos que necesitaban de aquel banquete, de aquel encuentro. Y esos fueron los llamados.
Miremos nuestra realidad; ahí están los que piensan solo en si mismos, en los suyos, en sus allegados o sus amigos, los que hoy yo te invito a ti para que tu me invites mañana, los que queremos pasarlo bien con nuestras cosas sin querer mirar más allá, se encierran en su propio particular círculo. Aquellos que ni son capaces de ver que haya otras personas en el mismo mundo y que entre todos tenemos que construir; aquellos que no quisieran mezclarse con cualquiera porque se suben en sus pedestales.
Pero miremos también los cruces de los caminos y más allá de los arcenes de los caminos por los que solemos transitar, estarán en las esquinas de nuestras plazas o los habremos desplazado a lugares que queremos considerar más alejados. Pasan desapercibidos o  no los queremos ver, los excluimos quizá hasta sin darnos cuenta, o son otros que llegan desde puntos lejanos y a los que no estamos acostumbrados; o son esos que viven una vida marginal y decimos que no los entendemos y no es cuestión de idiomas porque hablan incluso nuestra misma lengua o siempre hay manera de entenderse cuando buscamos los encuentros de verdad.
Y podemos pensar en muchos más, tantos que viven la soledad de su ancianidad, las limitaciones de sus discapacidades, los abandonos de los que nadie quiere, el silencio callado y doloroso de tantos enfermos, algunos quizás abandonados. La lista se haría larga.
Para esos y para todos es ese banquete de la vida. ‘Salid a los cruces de los caminos…’ decía aquel rey, y si con sinceridad estamos escuchando esta Palabra será a nosotros a quienes se nos está diciendo que salgamos a los cruces de los caminos y más allá. Los que creemos en Jesús, invitados como estamos a ese banquete al mismo tiempo tenemos que ser mensajeros que vayamos a buscar, que vayamos a anunciar, que vayamos a invitar, que vayamos a decirles que el banquete es para todos.
Cuidado que seamos nosotros los que no llevemos adecuadamente el traje de fiesta porque siga habiendo en nosotros desconfianzas o ciertas reticencias, nos falte arrojo y valentía, o sigamos teniendo nuestros miedos en nuestro interior.
La Palabra de Jesús nos interpela. La Palabra de Jesús nos hace ver también a muchos comprometidos a celebrar ese banquete en el que quepamos todos; la Palabra de Jesús nos pone en camino, en salida; la Palabra de Jesús quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo. Dejémonos transformar por la fuerza del Espíritu.


domingo, 12 de marzo de 2017

Desde la contemplación de la Transfiguración del Señor aprendemos a ponernos en camino para ir al encuentro con el mundo al que tenemos que anunciar la luz del Evangelio

Desde la contemplación de la Transfiguración del Señor aprendemos a ponernos en camino para ir al encuentro con el mundo al que tenemos que anunciar la luz del Evangelio

Génesis 12,1-4ª; Sal 32; 2Timoteo 1,8b-10; Mateo 17,1-9
Unos verbos que nos marcan un itinerario y una invitación que nos hace mirar hacia cosas sublimes. En la vida hemos de saber estar siempre en camino, un camino que nos haga salir de nosotros mismos, de nuestras comodidades y rutinas y que haciéndonos descubrir cosas nuevas nos esté llevando a crecer en la vida, a descubrir lo nuevo que nos pueda conducir a vivir la vida con mayor plenitud.
No hay cosa peor que quedarse estancado; las aguas estancadas se vuelven putrefactas y se pueden infectar de gérmenes malignos que dañen todo a su alrededor. Así nos puede pasar en la vida cuando nos acostumbramos a las cosas y todo se puede convertir en rutina.
Algunos prefieren, es cierto, la inmovilidad, lo que no les obligue a hacer nuevos y extraordinarios esfuerzos, viven como cansados en la vida y se tiene el peligro de perder la ilusión y en consecuencia la vitalidad. Cuando hay esa ilusión por vivir, por caminar, por buscar algo nuevo se promueve y renueva la creatividad y pueden surgir iniciativas de cosas maravillosas.
Así tenemos que ser también en nuestra vida cristiana, en la vida del seguimiento de Jesús. Siempre tenemos que ser hombres nuevos, lo que implica una renovación continua de nuestra vida para no quedarnos anquilosados y volver a ser hombre viejo. De ahí lo que sugería al principio de la reflexión, esos verbos que aparecen hoy en la Palabra de Dios y que, como decíamos, nos marcan un itinerario.
Ponerse en camino, el primero que se nos sugiere. Dios llamó a Abrán y le dijo que saliera de su tierra, que se pusiera en camino. No le dice, incluso, a donde ha de ir, sino que se ponga en camino a una tierra nueva que el Señor le va a dar. Salir de Ur de Caldea – hoy los territorios del Golfo Pérsico – y llegar a la tierra de Canaán no era un camino fácil, porque habría que atravesar muchos territorios y también desiertos. Pero Abrahán se puso en camino. Se desprendió de muchas cosas, dejó atrás su tierra y su familia, era el creyente verdadero que se fiaba de Dios.
‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta’. Subir a la montaña. Jesús se llevo consigo a aquellos tres discípulos. Una ascensión, con dificultad, con esfuerzo para ir hacia arriba. Los llevaba a la oración. Los llevaba a que descubrieran algo nuevo conociéndole a El. Es necesario subir, no quedarnos para siempre de tejas abajo, en la llanura donde no se necesitan tantos esfuerzos, pero merece la pena.
‘Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él’. Y tanto mereció la pena que ya Pedro estaba pensando en quedarse allí para siempre. Harían tres tiendas, para Jesús, para Elías, para Moisés; aunque en su deseo en parte egoísta de quedarse allí para siempre sin embargo ya no estaba pensando en si mismo.
Pero ahí no terminaba todo porque ‘todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo’. Se llenaron de temor, se cayeron de bruces, una nube luminosa los había envuelto, era la gloria de Dios que se manifestaba y creían incluso que iban a morir según el concepto que tenían de que quien viera a Dios moriría. Pero ante ellos se estaban abriendo nuevos caminos. Contemplaban la gloria del Señor y ahora tendrían que iniciar un nuevo camino. Como Moisés cuando contempló la gloria de Dios en la zarza ardiendo y sintió que Dios le llamaba para ser el liberador de su pueblo.
Será necesario bajar de nuevo de la montaña porque hay que ir allí donde está la vida de cada día; aquella experiencia había de quedar guardada en sus corazones hasta que Jesús resucitara de entre los muertos. Pero habían vivido una experiencia de Dios que señalaba muchas cosas nuevas para su vida.
El itinerario estaba trazado y es el itinerario que nosotros también hemos de aprender. Tenemos que aprender a despojarnos de muchas cosas porque de lo contrario no podremos hacer el camino. Cargar con muchas cosas en la mochila de nuestra vida nos resta libertad; son tantos apegos de los que hemos de desprendernos.
Empezando por nuestro yo que tantas veces nos encierra porque nos creemos el ombligo del mundo y creemos que todo tiene que girar en nuestro derredor y nuestros intereses o ambiciones egoístas. No podemos pensar por otra parte que ya tenemos todo el camino recorrido o que ya nos lo sabemos; Dios nos va llamando y aunque muchas veces no comprendamos del por qué nos suceden tantas cosas son caminos que el Señor va abriendo delante de nosotros.
Problemas que nos han surgido en un momento determinado, un rumbo nuevo que le hemos tenido que dar a nuestra vida, una palabra nueva que nos ha llegado al corazón, hechos y circunstancias que suceden en nuestro mundo que es tan cambiante, ahí hemos de saber descubrir esos caminos del Señor y aunque nos cueste ponernos a caminar, ponernos a hacer ascensión en nuestra vida, dejarnos envolver por esa nube que nos puede parecer oscura pero que si la miramos con ojos de fe puede ser muy luminosa para nuestra vida.
Hemos de aprender a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor, hemos de aprender a escuchar para conocer a Jesús, para descubrir a Jesús tal como El hoy quiere manifestársenos. Ya no podemos quedarnos estancados ni estáticos porque una vida nueva sentimos que llena nuestro corazón. San Pablo nos decía hoy que ‘tomaramos parte en los duros trabajos del evangelio según la fuerza de Dios’. La Iglesia hoy nos está invitando a ponernos en salida porque hemos de ser discípulos y misioneros en medio de nuestro mundo. Un amplio camino se abre ante nosotros.