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jueves, 8 de agosto de 2024

En medio de nuestro camino de fe cuando nos envuelven problemáticas que nos hacen sufrir, ¿cuál es nuestra manera de reaccionar?

 


En medio de nuestro camino de fe cuando nos envuelven problemáticas que nos hacen sufrir, ¿cuál es nuestra manera de reaccionar?

Jer, 31, 31-34; Sal. 94; Mt. 16, 13-23

Hay momentos en que parece que las emociones que se nos suceden están como enfrentadas porque igual pasamos del entusiasmo y la euforia a momentos en que sentimos que las palabras caen como una loza pesada sobre nosotros y no terminamos de entender lo que nos sucede. Todos hemos tenido esos momentos de entusiasmo y hasta de alegría loca, mientras al momento se nos suceden momentos en que todo se nos vuelve oscuro sin encontrar comprensión para lo que sucede.

El pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece pareciera que va por ese camino. El grupo de los discípulos más cercanos a Jesús se encuentran a solas con El en aquellos momentos en que de alguna manera se sienten alejados de los entusiasmos de las multitudes que siguen a Jesús, pero es que son momentos de intimidad, de ir abriendo el corazón, de sentirse a gusto con Jesús, de ir manifestando incluso lo que piensan o lo que sienten, como sucede cuando tenemos esos momentos de mayor cercanía e intimidad.

Es ahí cuando surge la pregunta, o mejor las preguntas de Jesús sobre algo que les obligará a abrir más aun sus corazones aunque no sepan incluso como hacerlo. De alguna manera era preguntar por el cariño que sentían por Jesús aunque esas no sean las palabras que se emplean; pero es preguntar por lo que sienten la gente por Jesús y por lo que sienten ellos por Jesús. Por eso digo, no fue una sola pregunta sino que a la primera de lo que pensaba la gente se sucede la que va más directa a lo que ellos piensan.

‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Es la primera pregunta en la que se va a ir recogiendo lo que pensaba la gente, por lo que ellos escuchaban; pero era también una forma de expresarse ellos que también podían tener en su mente pensamientos semejantes. Lo llamaban el Maestro, era algo así como reconocer en él lo que también decía la gente de que con su Palabra y su presencia se palpaba un mensaje de Dios como hacían los profetas; esto sí que es nuevo, se decían cuando lo escuchaban, nadie ha hablado como El, con su autoridad. Algo de eso ellos sentían también en sus corazones, pero que muchas veces no sabían como expresarlo y por eso lo habían dejado todo y le seguían.

Aunque ya se van manifestando Jesús quiere algo más, que expresen libremente y con toda confianza lo que ellos verdaderamente sentían. ‘Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ Es la pregunta más directa que también es más difícil de responder. Pedro se convierte en portavoz. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Ahí están las palabras de Pedro, directas y con rotundidad; un día dirá que está dispuesto a todo por El, hasta dar su vida. Ahora deja que salga lo que brota de su corazón. Aunque Jesús le dirá que no lo dice por si mismo, que eso es algo que le ha sido revelado del cielo, que el Padre le ha puesto en su corazón.

Y Jesús le hablará de la misión que le tiene reservada. Ya un día le había cambiado el nombre como adelantando lo que va a ser su misión. Es lo que ahora le dice claramente. Es Pedro, será piedra y piedra que será cimiento, que será fundamento sobre el que se va a edificar la Iglesia. No sé si estarán entiendo todo el significado de las palabras de Jesús porque ahora cuando nos las trasmiten ha pasado ya la resurrección donde llegarán a comprender todo el misterio de Jesús. Pero las palabras de Jesús son también de confianza, ‘el poder del infierno no la derrotará’.

Momentos sí de emoción en aquella conversación de tan gran intimidad; momentos que ponen entusiasmo en sus corazón que se llenan de esperanza porque están vislumbrando algo nuevo que va a surgir, que aquel seguir a Jesús como ellos han hecho por los caminos de Galilea y de Palestina, sí han merecido la pena. Aunque todavía no terminan de entender del todo lo que significa ser el Mesías, ellos parece que están comenzando a ver realizados sus sueños, que eran los sueños del pueblo de Dios que esperaba la salvación.

Pero todo no se queda ahí y es cuando viene el desconcierto. Porque ahora les anuncia que ese Hijo del Hombre al que ellos han proclamado ya como Hijo de Dios, ha de subir a Jerusalén para pasar por una pascua de dolor y de sufrimiento. Porque allí en Jerusalén tendrá que padecer mucho por parte de los sumos sacerdotes y los maestros de la ley, que iba a ser incluso crucificado, aunque al tercer día resucitaría.

Es como un jarro de agua fría. Y aquel Pedro tan entusiasmado por Jesús y sus promesas le dice que eso no puede pasar, que se lo quite de la cabeza. Y Jesús lo apartará a un lado, porque es una tentación para El, porque piensa como los hombres y no piensa como Dios.

¿No serán las dudas que muchas veces también se nos meten en la cabeza? ¿No serán esos altibajos que tantas veces tenemos en nuestro seguimiento de Jesús que parece que pronto nos cansamos de seguirle y más cuando las cosas se nos pueden poner difíciles? 

En toda esa problemática que nos ofrece la vida, en toda esa problemática que vemos también en medio de la Iglesia, en nuestras comunidades, en toda esa problemática en que tantas veces nos vemos envueltos y que quizás nos hace sufrir, ¿cómo pensamos nosotros y cómo actuamos? ¿A la manera de los hombres, a la manera del mundo, en la forma de solucionar las cosas que tienen las gentes del mundo, o actuaremos según el pensar de Dios y desde otros valores?

sábado, 10 de febrero de 2024

Vayamos siempre de frente con nuestro amor; cuando lo alimentamos de Dios nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás

 


Vayamos siempre de frente con nuestro amor; cuando lo alimentamos de Dios nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás

1 Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10

Hay momentos, hay situaciones en que nos vemos impotentes, incapaces, los problemas se nos amontonan, se nos desbordan, las soluciones no son fáciles o no se encuentran y no sabemos qué hacer. ¿Nos cruzamos de brazos? ¿Nos ocultamos para no ver los problemas o no querer enterarnos? ¿Damos la espalda? Ante muchas, es cierto, que muchas veces huimos, no afrontamos el problema, no hablamos, aunque nos encontremos con otros en situaciones parecidas parece que nos cuesta dar el paso y hablar, nos encerramos en nuestra oscuridad que más oscura se nos volverá.

Y no puede ser nunca esa la respuesta. ¿Nos vamos a dejar envolver por ese torbellino sin luchar por nuestra parte buscando alguna salida? ¿Por qué nos sentimos tan incapaces? Creo que siempre tendríamos que ser capaces de buscar un resquicio de luz. Tenemos que despertar los mejores sentimientos que tengamos en el corazón y afrontar de frente las situaciones que algún paso, aunque nos parezca pequeño, siempre podemos dar. Tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos, los mejores sentimientos que aun nos queden en el fondo del corazón.

El evangelio de hoy nos habla de que estaban en despoblado y bien lejos de la población más cercana. Se había ido agrupando en torno a Jesús cada vez más gente que salía de todas partes, pareciera que salían de debajo de las piedras, para escucharle, porque sus palabras despertaban cosas buenas en sus corazones. Pero dada la cantidad de gente que se había aglomerado, el lugar donde estaban y que ya caía la tarde parecía que se avecinaba un gran problema. Aquella gente no tenía nada para comer. ¿Dónde encontrar pan para toda aquella gente? Jesús siente lástima y compasión en su corazón y eso mismo comienza a compartirlo con los discípulos más cercanos, que igualmente se ven abrumados por aquella situación. ‘¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?’, es la pregunta que se hacen los discípulos.

‘¿Cuántos panes tenéis?’ termina preguntando Jesús. Y le responden: ‘siete’. Siete panes y la multitud es grande. Pero Jesús les manda que se sienten en el suelo. ¿Esperando qué? Pero allí estaba presente el amor; y el amor se hace bendición, como siempre lo es,  y el amor se crece y se multiplica como se van a multiplicar aquellos panes y unos pocos de peces que también tenían. Y los apóstoles a las indicaciones de Jesús comienzan a repartir a aquellos panes y peces y al final hasta sobrará.

Está, sí, el poder y la gracia del Señor. Jesús podía hacerlo. Y todas aquellas oscuridades se transforman. Era la victoria de la vida porque es la victoria del amor. Podemos hacer las explicaciones e interpretaciones que queramos. Pero aquello fue el milagro del amor. Jesús rebosaba compasión y amor por aquellas gentes. Jesús estaba alimentando sus vidas y sus esperanzas, ¿por qué no había de alimentar también sus cuerpos?

Cuántas cosas podemos hacer cuando nos dejamos conducir por el amor. Sin embargo, lo que hacemos muchas veces es apagar ese amor; como si tuviéramos miedo de amar, de darnos, de entregarnos. Esas pantallas oscuras que muchas veces se ponen delante de nuestros ojos nos hacen olvidar lo mejor que llevando dentro de nosotros y entonces nos llenamos de miedos y de cobardías, y huimos del problema, no nos enfrentamos para encontrar la salida, la solución.

Vayamos siempre de frente con nuestro amor; es nuestro motor, es nuestra fuerza cuando lo alimentamos de Dios y nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás. Aunque tengamos pocos panes en nuestras alforjas pongámonos a repartir ese pan, cuanta vida y esperanza podemos despertar a nuestro alrededor.

sábado, 27 de enero de 2024

Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos, El está ahí y no nos deja solos, con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas

 


Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos, El está ahí y no nos deja solos, con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas

2 Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50; Marcos 4, 35-41

Seguramente que nos habrá sucedido alguna vez, que nos hemos visto con el agua al cuello, sin saber como salir de esa situación y donde lo vemos todo perdido. Problemas no nos faltan en la vida; quizás situaciones que ahora nos aparecen como consecuencia de algo que no hicimos bien; los mismos avatares de la vida que van y vienen y hay momentos de calma en que parece que todo va bien, pero de pronto se nos viene el mundo abajo; contratiempos y tropiezos con la gente con la que convivimos, situaciones inexplicables en que todo cambia a nuestro alrededor; mal entendidos que nos llenan de desconfianzas y se producen distanciamientos… muchas cosas podemos pensar.

Pero ¿cómo reaccionamos? ¿Nos dejamos morir porque no vemos solución y todo nos parece un fracaso? ¿Luchamos buscando medios, buscando ayudas, amarrándonos de lo que sea – un clavo ardiendo, decimos tantas veces – para ver como salimos, como nos levantamos, como las cosas vuelven a la calma de siempre? ¿Nos entra la desesperación, aparece la soledad que nos turba, nos llenamos de angustia? ¿Seremos capaces de mirar hacia lo alto buscando esa fortaleza que nos viene de arriba y tanto necesitamos?

La imagen que nos ofrece hoy el evangelio puede ser muy iluminadora para esas situaciones por las que pasamos. Jesús había estado predicando allí en la orilla del lago; cuando termina su predicación les dice a los discípulos más cercanos que ya comienzan a estar de una forma más estable con El de ir a la otra orilla.

Atravesar el lago, puede ser algo apacible y agradable, y bueno es hasta echarse una siesta por algún rincón de la barca. Pero también es frecuente, como consecuencia de las variaciones de los vientos que bajan de las montañas vecinas, estando el lago además en una depresión – está a un nivel más bajo que el nivel del mar Mediterráneo – que surjan sorpresivamente tormentas que puedan poner en peligro las barcas que se encuentren atravesando el lago.

Y es lo que sucedió. Y mientras los pescadores luchaban contra las inclemencias del tiempo, Jesús dormía plácidamente en un rincón de la barca. No saben qué hacer. Al final despertarán a Jesús, ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Ellos habían hecho lo posible por salir de aquella situación. Ahora acuden a Jesús y con Jesús vuelve la calma. ‘Increpó al viento y al mar… y vino la calma’, nos narra el evangelista.

Pero es entonces cuando surge la pregunta. ‘¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?’ Habían ido conociendo a Jesús, escuchando sus enseñanzas, también comenzaban a ser testigos de los signos que realizaba cuando curaba a los enfermos e iban descubriendo también cómo los milagros no se quedaban reducidos a la curación de unas enfermedades, unas cegueras o unas parálisis, porque además se sentían transformados por dentro cuando de nuevo renacían en ellos las esperanzas. Pero ahora estaban contemplando algo nuevo. ‘¿Quién es este?’ se preguntaban.

¿Qué necesitamos descubrir en Jesús? ¿Qué es lo nuevo que nos está ofreciendo para la vida? Decimos que Jesús es evangelio, es buena noticia para nuestra vida. ¿Cuál es esa buena noticia que nosotros necesitamos escuchar, descubrir en Jesús?

Pensemos en esas situaciones que describíamos antes en las que nos encontramos tantas veces en la vida. ¿Jesús tendrá algo que decirnos para todo eso por lo que pasamos? ¿La liberación que Jesús nos está ofreciendo responderá a esos momentos duros que pasamos tantas veces en la vida en que nos parece que andamos en un callejón oscuro y sin salida?

Jesús les recriminó a los que iban en la barca, ‘¿por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’ Pensemos que es lo que Jesús nos está diciendo también a nosotros ahora, mientras quizás escuchamos este trozo de evangelio y no sabemos cómo interpretarlo o qué lección sacar para nuestra vida. Nos lo está diciendo cuando en la vida tantas veces nos sentimos angustiados, amargados, agobiados por los problemas sin saber cómo salir adelante. ‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’

 Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos. Sabemos que El está ahí y no nos deja solos porque con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas de la vida. Sintamos la seguridad de su presencia, dejémonos envolver por la paz con la que quiere llenar nuestro espíritu.


miércoles, 23 de noviembre de 2022

Momentos difíciles pasamos muchas veces en la hora de dar testimonio de nuestra fe, pero no estamos solos porque Jesús nos ha prometido la fuerza de su Espíritu

 


Momentos difíciles pasamos muchas veces en la hora de dar testimonio de nuestra fe, pero no estamos solos porque Jesús nos ha prometido la fuerza de su Espíritu

Apocalipsis 15,1-4; Sal 97; Lucas 21,12-19

Cuando nos vemos en situaciones complicadas, donde se nos puede pedir razón de lo que hacemos, donde quizás por los problemas que tengamos hemos de acudir a alguien pidiendo ayuda, o ante errores que hayamos cometido tenemos que dar explicaciones, pedir excusas, o hacernos un nuevo planteamiento, nos llenamos de dudas y de miedos en nuestro interior, porque no sabemos cómo vamos a reaccionar, no sabemos qué podemos decir o cómo podemos explicarnos mejor, y en cierto modo sentimos como una desazón o una angustia en nuestro interior.

Acudimos quizá a un amigo de confianza a quien podemos hablar con toda libertad pidiendo un consejo, una visión distinta de los problemas que tenemos, o como quizás desde su experiencia podemos afrontar esas situaciones; cuando se trata de problemas más fuertes pedimos la orientación o el acompañamiento de un abogado, que tiene su preparación, sabe mejor como responder a esos cuestionamientos que se nos hacen, qué es lo que podemos decir en nuestro favor, o nos puede ofrecer incluso un asesoramiento jurídico o incluso una defensa llegado el caso. La cuestión es no sentirnos solos e indefensos.

Digo esto a manera de ejemplo en referencia a lo que hoy nos está hablando Jesús en el evangelio. Nos está previniendo para los tiempos difíciles con que nos vamos a encontrar. Habla de persecuciones e incluso de muerte con lo que tenemos ocasión, como nos dice, de dar testimonio. Es en esos momentos difíciles donde se ha de manifestar claramente la firmeza de nuestra fe y como si ponemos toda nuestra confianza en el Señor no nos vamos a ver defraudados.

Bien sabemos que a la iglesia y a los cristianos no nos han faltado persecuciones en todos los tiempos. Desearíamos, es cierto, que todo fuera en paz y armonía, y que el mundo que nos rodea aceptara el testimonio que nosotros podemos ofrecer del evangelio, luz y sendero de nuestra vida. Pero el discípulo no es mayor que su maestro, nos dirá Jesús en otra ocasión, y si a Jesús le hicieron lo que le hicieron llevándolo a la cruz, es el camino de pascua que nosotros también hemos de vivir.

Es normal que nos entren los miedos y las angustias; somos humanos y somos débiles, no bastarán nuestras palabras y nuestra sabiduría para encontrar esa fuerza que necesitamos. Y es de lo que nos está hablando hoy Jesús. No hemos de temer. Hemos de mantenernos perseverantes, es el camino que de verdad nos llevará a la salvación.

Pero Jesús nos da un abogado, un defensor, quien en verdad nos va a guiar en lo más hondo del corazón en ese camino que hemos de recorrer. Ya en otro momento nos hablará de que El marcha a estar junto al Padre pero que nos enviará el Paráclito, el Defensor, ‘El os guiará hasta la verdad plena’, nos dice.

Pero hoy nos está diciendo como no hemos de temer en esos momentos difíciles en que nos podemos encontrar.  Es el momento de dar nuestro testimonio y con nosotros va a estar la fuerza de su Espíritu. En la última cena cuando les hablaba Jesús de su marcha al Padre, aunque no terminaban de entender bien lo que Jesús les estaba diciendo, sus corazones se llenaban de tristeza; les parecía que se iban a sentir solos. Nos pasa a nosotros tantas veces cuando aquellos a los que amamos parece que por un motivo o por otro se alejan de nosotros; cómo sentimos la soledad y como nos sentimos indefensos. Fue el trance amargo que ellos pasaron también durante la pasión de Jesús hasta que lo contemplaron resucitado.

Hoy les dice Jesús en referencia a esos momentos difíciles e incluso de persecución. ‘Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’. La fuerza del Espíritu del Señor estará siempre con nosotros.

lunes, 7 de noviembre de 2022

Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

 


Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Hay momentos en la vida en que nos parece que todo se nos vuelve cuesta arriba, la situación se nos complica y no sabemos ya cómo hacer o como actuar; sentimos la tentación de tirar la toalla, como suele decirse, abandonar los esfuerzos porque nos parece imposible. Serán los problemas que se nos van presentando en la vida en nuestras tareas o responsabilidades, en algo que nos han confiado, la problemática familiar que algunas veces se nos complica, la convivencia con aquellas personas que queremos o los amigos que están a nuestro lado, problemas que vemos en nuestro entorno y que nos afectan y nos hacen daño, muchas situaciones complicadas, difíciles de resolver, que parece que nos hacen imposible el caminar.

Algo así les estaba pasando a los discípulos de Jesús. Venía hablando Jesús de las exigencias de su seguimiento, y de los planteamientos que teníamos que hacernos en nuestras relaciones con los demás, ahí estaba el tema del perdón siempre tan controvertido porque nos cuesta curar nuestros orgullos heridos, o situaciones escandalosas ante las que había que actuar de forma drástica. ¿Qué hacer? Algunas cosas parecían poco menos que un imposible, pero ellos querían seguir con Jesús, les convencía por otra parte todo el ideal de vida que les proponía, pero había por medio como algunos callos con los que parecía que era difícil caminar.

Y surge la petición a Jesús. Es como un grito pidiendo ayuda, es un decir queremos seguirte pero nos cuesta, parece que nos falta fe. ‘Señor, auméntanos la fe’, le piden. Hay que tener mucha fe pensaban para poder superar muchas de aquellas cosas con las que tenían que enfrentarse, hay que tener mucha fe porque el camino parece que se hace exigente. ‘Auméntanos la fe’.

Como pedimos nosotros también, porque nos parece que no creemos lo suficiente para aceptar todo el evangelio de Jesús; como pedimos porque el camino se nos hace duro, porque parece que hay muchas cosas en contra o que el mal lleva por adelantada su victoria. Pedimos fe cuando vemos cosas también en nuestro entorno que no nos gusta o que nos hacen daño; pedimos fe cuando tan difícil se nos hace la convivencia como para sentirnos de verdad hermanos, porque se nos hace tan difícil mirar a los demás con una mirada limpia. Pedimos fe cuando nos cuesta perdonar y el fuego del resquemor, de la intolerancia, de los resentimientos, de los deseos de venganza quizá que sentimos dentro de nosotros, parece que nada ni nadie lo puede apagar.  Pedimos fe, tendríamos que pedir mucha fe, pero no solo con los labios.

Y nos habla Jesús de la fe como un granito de mostaza, capaz de mover montañas o de arrancar una morera para que se plante en el mar. Es que quizás la fe la hemos convertido en una rutina, en un adorno externo, en una medalla que llevamos al cuello igual que podríamos llevar otra cosa, porque lo que necesitamos es que le demos autenticidad a nuestras palabras de fe. Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida. No nos vale simplemente que el domingo cuando llegue ese momento en la celebración recitemos el credo, pero sin ser conscientes de las palabras que vamos pronunciando en ese momento.

Es la autenticidad de una profesión de fe recitando el credo como tiene que ser la autenticidad de nuestras oraciones. No son cosas que simplemente recitamos de memoria o vamos quizás repitiendo mentalmente mientras el sacerdote en la misa va pronunciándolas. Son cosas que más que decir tenemos que sentir; más que unas palabras que recitamos tiene que ser algo que vamos sintiendo de verdad en el corazón. Decimos quizás ‘te rogamos, óyenos’, porque ahora toca decir eso, pero nuestra mente está en otra cosa muy lejos incluso del lugar en el que estamos. Nos hace falta más autenticidad en la vida, en nuestras oraciones, en la proclamación de nuestra fe.

 

viernes, 26 de agosto de 2022

 


Cuidemos que no nos falte el aceite y nos encontremos desorientados en la vida sin saber dar respuesta desde un sentido cristiano a los problemas del mundo de hoy

1Corintios 1, 17-25; Sal 32; Mateo 25, 1-13

‘Dadnos un poco de vuestro aceite que se nos apagan las lámparas…’ es la súplica y la petición que en este caso no es atendida. Y se quedaron sin aceite y en consecuencia las lámparas no funcionaban; y tuvieron que ir a comprarlo, y ya se les hizo tarde, se les pasó la hora, llegó el novio y ellas no estaban, no pudieron ya entrar porque la puerta estaba cerrada.

¿Se nos pasará el arroz?, como solemos decir cuando con nuestro despiste no estuvimos a punto, no tuvimos las cosas que teníamos que tener preparadas, se nos cerró la puerta y nos quedamos fuera. Y ya no valían las súplicas ni las disculpas.

¿Qué nos pasará en la vida en este sentido? Nos llegan los problemas y no estamos preparados para afrontarlos; se nos confía una tarea y una misión y no somos capaces de desarrollarla, cuando tuvimos la oportunidad de aprender, perdimos el tiempo; en la carrera loca del mundo y de la sociedad en la que vivimos nos van apareciendo problemas inesperados o a los que no habíamos dado suficiente importancia en los signos que nos lo iban anunciando, y ahora no sabemos como salir adelante. Lo estamos viendo cada día en lo que va sucediendo en nuestra sociedad que muchas veces se nos derrumba.

Nos falta aceite, no tuvimos en cuenta las previsiones necesarias, muchos perdimos el tiempo cuando era la hora de prepararnos para un buen futuro, pero no pensábamos que esas situaciones nos pudieran llegar, o que eso le tocaría a otros. Y estamos viendo que en muchas situaciones seguimos haciendo lo mismo, no terminamos de tomarnos en serio las cosas y buscar la mejor preparación y profundidad, seguimos con nuestras superficialidades, seguimos dando tantas facilidades que no terminamos de endurecernos lo suficiente para afrontar los temporales que se nos vienen encima. Así van los derroteros de nuestra sociedad.

Parece que estamos hablando excesivamente de los problemas humanos o sociales que nos vamos encontrando en el mundo de hoy, pero esto es una imagen de toda esa falta de profundidad con que andamos en nuestra vida. No estamos cuidando los valores más profundos de la persona que pueden darnos esa estabilidad y esa fortaleza; no estamos cuando los valores del espíritu, como no estamos cuidando nuestra fe.

Es lo que tenemos que plantearnos los que nos decimos cristianos, los que nos decimos que seguimos a Jesús. ¿Estaremos guardando suficiente aceite del evangelio en nuestra vida para encontrar un sentido y una fuerza para lo que tiene que ser un seguimiento en serio de Jesús? Seguimos pensando que tenemos suficiente aceite, porque un día de pequeños hicimos la primera comunión y a lo más luego más tarde nos confirmamos, pero las vasijas en las que lo hemos guardado son las de cuando éramos pequeños, y nos damos cuenta que no son suficientes.

Yo aprendí el catecismo, decimos, pero luego no  nos hemos vuelto a preocupar de leer de nuevo con la madurez que nos va dando la vida el evangelio, de profundizar en él, de formarnos debidamente en nuestra fe. Y así nos va, se nos va agotando el aceite y muchas veces terminamos que se nos va apagando nuestra fe; queremos solucionarlo a última hora y corriendo, pero se necesita algo más que quizá no siempre los cristianos estamos haciendo al buscar esa formación honda que necesitamos.

Y claro, para afrontar todos esos problemas que ahora la vida nos va presentando no nos encontramos preparados, y flaqueamos, y no sabemos cómo actuar ni cuáles valores cultivar de verdad, y nos encontramos desorientados en la vida, y no sabemos dar una respuesta con el verdadero sentido de Cristo. Cuidemos que no nos falte el aceite.

sábado, 20 de noviembre de 2021

Déjate encontrar por Jesús y te verás en verdad transformado y renacerá en ti la esperanza sintiendo que se eleva tu espíritu con ansias de resurrección y de vida sin fin

 


Déjate encontrar por Jesús y te verás en verdad transformado y renacerá en ti la esperanza  sintiendo que se eleva tu espíritu con ansias de resurrección y de vida sin fin

1Macabeos 6,1-13; Sal 9;  Lucas 20,27-40

Me encontré una sencilla y hermosa oración - no sé realmente de donde procede -  que no me resisto a transcribir en el comienzo de esta reflexión, aunque bien podría ser la oración con la que la concluyéramos. Dice así: ‘Señor, dame la humildad de corazón para no perderme en razonamientos inútiles que me apartan de Ti, enfrían mi alma y me alejan del servicio a los hermanos. Que la esperanza en tu Resurrección avive en mí el deseo de encontrarme contigo para siempre’.

Algunas veces nos hacemos reflexiones y reflexiones en torno a la Palabra de Dios que cada día se nos propone y no sé si siempre todas esas reflexiones que nos hacemos nos llevan a un verdadero encuentro con el Señor. Podríamos estar quedándonos en elucubraciones y explicaciones muy eruditas, pero no estamos llegando al meollo de la vida desde la que tenemos que encontrarnos con el Señor. Tratamos de explicarnos los misterios de Dios y buscamos razonamientos quizás muy humanos que nos lo razonen todo.

Pero quizá tendríamos que preguntarnos si Jesús estuviera ahora en medio de nosotros y tratara de anunciarnos el evangelio en este mundo en el que nos encontramos, en estas situaciones que vivimos y tratara de decirnos ese mismo mensaje del evangelio qué palabras emplearía, cómo nos diría las cosas, cómo se presentaría delante de nosotros.

Es importante que cuando nos ponemos ante el Señor, dispuestos a escuchar su Palabra, una Palabra que nos llene de verdad de vida y de esperanza nos situemos desde nuestra pobreza, con nuestros problemas cotidianos, con las dudas incluso que llevamos dentro de nosotros y que incluso algunas veces tratamos de disimular o poner a un lado, con nuestras angustias y nuestras desesperanzas, con los interrogantes que tenemos en nuestro interior y dejemos que Jesús se ponga ahí en medio de nosotros y de todo eso que llevamos dentro y haciendo silencio de nuestros propios razonamientos dejemos que El vaya como tocando nuestro corazón, tocando cada una de esas cosas que nos preocupan y comencemos a mirarlos con sus ojos.

La gente cuando se acercaba a Jesús, según vemos en el evangelio iba con la realidad de su vida, con lo que eran sus preocupaciones, sus necesidades o sus interrogantes. ¿Qué significa que iban con sus enfermos y los ponían a los pies de Jesús? ¿Qué representa que, por ejemplo, aquella mujer pecadora se atreviera a ponerse a los pies de Jesús con sus lágrimas y con sus perfumes? Allí estaban con su vida, con su realidad, con sus negruras y de la presencia de Jesús salían transformados.

¿No fue eso lo que hizo Zaqueo cuando se sintió gozoso de poder recibir a Jesús en su casa y ofrecerle una comida, sino ponerse con lo que era su vida, aquellas riquezas mal ganadas, aquella fama que tenía en medio de la gente que lo rechazaba, pero también aquellas inquietudes que había en su corazón con deseos de conocerle? Y en la presencia de Jesús se sintió transformado y a partir de aquel momento nació un hombre nuevo en él.

Nicodemo que iba con buena voluntad e incluso reconociendo que en Jesús algo de Dios se estaba manifestando, sin embargo estaba allí el que en cierto modo era maestro en Israel con sus dudas y con sus ignorancias y se dejó conducir por Jesús y su Palabra y descubrió lo que en verdad significaba el aceptar el Reino de Dios el hacerse un hombre nuevo desde ese Reino de Dios.

Hoy escuchamos en el evangelio que van con problemas de cierto legalismo en la interpretación de lo que decía el levítico, pero en el fondo les faltaba visión de trascendencia, visión de lo que en verdad era la vida del mundo futuro que Jesús anunciaba; allí estaban con sus reticencias, con sus preguntas retorcidas, pero allí se encontraron con una palabra de vida, con un sentido de esa vida nueva que Jesús nos ofrece, con verdadero sentido de eternidad.

Aquí entonces nos ponemos nosotros delante del Señor en cierto modo también retorcidos porque queremos llenarnos de mil razonamientos para creer, pero que lo que necesitamos es en verdad dejarnos encontrar por Jesús; sí, dejarnos encontrar, porque es Jesús el que nos busca y algunas veces nosotros nos escondemos detrás de muchas cosas que son secundarias.

Deja que Jesús llegue a tu vida, deja a Jesús que se meta en tu corazón y caldee de verdad tu espíritu tan lleno de tibiezas y frialdades; déjate encontrar por Jesús y te veras en verdad transformado y renacerá la esperanza en tu corazón, y te sentirás con una nueva fuerza para ir llevando al mundo ese evangelio que lo puede transformar, y sentirás que se eleva tu espíritu también con ansias de resurrección y de vida sin fin porque al estar con Jesús no querrás nunca separarte de El.

miércoles, 20 de octubre de 2021

Una carga grande de responsabilidad para asumir la vida con todos sus imprevistos, pero también una carga grande de humanidad para saber caminar junto a los otros

 


Una carga grande de responsabilidad para asumir la vida con todos sus imprevistos, pero también una carga grande de humanidad para saber caminar junto a los otros

 Romanos 6,12-18; Sal 123; Lucas 12,39-48

‘Lo mismo vosotros, Estad. preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre’, nos dice Jesús centrándonos el mensaje que nos quiere transmitir. Antes, como ejemplo, nos ha hablado del dueño de casa que tiene que cuidar que no se metan ladrones en la casa  y nos arrebaten lo más preciado; el ladrón no sabemos cuándo nos puede asaltar, por eso la vigilancia que hemos de tener ha de ser bien responsable.

Nos pueden suceder imprevistos en la vida, cosas que no esperábamos y que de alguna manera se hicieron presentes en nuestra vida; poca quizás pueda ser la previsión que tengamos, pero sí en la vida hemos de tener una madurez para poder afrontar la vida en las diversas circunstancias que se nos pueda presentar; ojalá en la vida todo fuera fácil y todo circulara como sobre ruedas, pero aun así sabemos que las ruedas pueden tener tropiezos en el camino o podemos tener pinchazos que las dejen inutilizadas. De ahí, entonces, la responsabilidad con que hemos de ir cuidando esa formación y esa madurez que necesitamos para afrontar ese camino.

Tenemos la tentación y el peligro de ir simplemente dejándonos llevar por el día a día y decimos que cuando vengan los problemas ya buscaremos la solución, la forma de afrontarlos; pero tenemos que ir aprendiendo de la vida misma, es una gran maestra si sabemos leer, como se suele decir, entre líneas todo cuando nos sucede para saber sacar conclusiones, para con la experiencia de lo que vamos viviendo poder luego afrontar lo que más duro se nos pueda presentar.

Jesús repetidamente nos va hablando en el evangelio de esa responsabilidad de la vida, enseñándonos a abrir los ojos para descubrir las señales que Dios va poniendo en nuestro camino, pero enseñándonos también a desarrollar de forma responsable nuestros talentos, nuestras cualidades, nuestras capacidades; podemos recordar muchas parábolas del evangelio.

Quien nos pone el pan duro que tenemos que masticar en multitud de ocasiones de dificultades y de problemas, nos ha puesto dientes en nuestra boca para poderlo triturar. ¿Qué quiero decir con esto? Dios ha puesto en nosotros esas capacidades, esos valores, esas cualidades para esas funciones que tendríamos que desempeñar; lo que es necesario es que hayamos cultivado esos valores, que nos hayamos entrenado para poner a tope nuestras cualidades, que hayamos sido capaces de desarrollar todas esas posibilidades que tenemos en nosotros mismos.

Una carga grande de responsabilidad que tenemos que asumir en la vida, pero también una carga grande de humanidad porque necesariamente tenemos que ir al encuentro con los demás, o tenemos que saber caminar junto a los otros. Un camino hecho juntos siempre tendrá que ser un camino más agradable y más llevadero; claro que es necesario que aprendamos a caminar juntos porque aprendamos a aceptarnos mutuamente los unos a los otros, con lo que cada uno es o con lo que cada uno puede aportar a ese camino: si no lo hiciéramos así, entonces sí que el que camino se nos podría hacer más duro e insoportable porque solo estaríamos viendo las limitaciones o carencias que los demás puedan tener, y de ahí solo nos faltaría un paso para volvernos exigentes e intransigentes con los otros.  Ese no puede ser nuestro camino.

sábado, 11 de septiembre de 2021

No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

 


No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

1Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49


En las cercanías de mi casa van a levantar un edificio; llevan ya unos cuantos meses preparando la cimentación; uno que no entiende demasiado de edificaciones al ver todo el tiempo que han invertido en preparar la cimentación se pregunta si era necesario todo lo que han hecho excavando el terreno, quitando la tierra que lo conformaba, comenzando con un nuevo relleno y así no sé cuantas cosas más; ahora parece que ya van a comenzar a levantar el edificio. Pero si preguntamos a un perito o técnico nos dará muchas explicaciones sobre la necesidad de que la cimentación estuviera bien firme para poder dar seguridad a la edificación.

Pienso en la vida, en mi vida y en todo lo que es la formación de la persona a la que se ha de dedicar el tiempo que sea necesario para encontrarnos al final con una persona debidamente formada y preparada en todos los aspectos, una persona madura que pueda afrontar todos los retos de la vida. Quizá cuando estamos en ese periodo de formación, nos preguntamos muchas veces como aquel que veía la preparación de la cimentación del edificio, si todo eso es necesario, que ya la vida misma nos enseñará y cada uno sabrá salir adelante como pueda. Grave error que podemos cometer.

Es el ejemplo y la comparación que nos propone hoy Jesús en el evangelio para lo que ha de ser la verdadera cimentación de nuestra vida cristiana. Muchas veces lo dejamos al azar, a lo que salga, a lo que buenamente podamos ir aprendiendo, pero no nos hemos fundamentado la mayor parte de las veces en lo que en verdad tiene que ser nuestro fundamento. Y así vamos los cristianos con nuestra mediocridades, así vamos con nuestra superficialidad, así vamos con nuestra tibieza y nuestras desganas, con nuestra falta de compromiso y con nuestro testimonio pobre, así vamos con una espiritualidad que no tiene fundamento, así vamos simplemente dejándonos arrastrar por tradiciones pero no convirtiendo nuestra fe en el eje fundamental de nuestra vida.

Nos habla Jesús de la casa cimentada sobre roca o la casa cimentada simplemente sobre arena. Y como nos dice Jesús vendrán los temporales, vendrán las tempestades, vendrán los vientos y las lluvias y la casa no resistirá. Nos está pasando en la dejadez con que vivimos nuestra vida cristiana. Todos quizás muy preocupados de que el niño se bautice lo más pronto posible – cuantas angustias de muchas abuelas que ven que sus nietos no han sido bautizados a los pocos días – pero qué poca preocupación luego por darle a ese niño según vaya creciendo una verdadera formación cristiana que le haga madurar en su fe. Claro que muchas veces en los mayores la fe es poco madura y poco fundamentada. Luego nos parecerá mucho los años de catequesis, y veremos como una carga el pensar que tenemos que seguirnos formando y madurando en nuestra fe.

Cuando llegan los problemas de la vida no sabemos cómo afrontarlos desde un sentido cristiana; cuando vemos los problemas de nuestro mundo pronto queremos encontrar el milagro fácil que nos lo resuelva todo, pero cuando nos preguntan por la razón de nuestra fe nos quedamos callados y no sabemos cómo responder. Han faltado esos cimientos y esas columnas que sostengan de verdad el edificio de nuestra vida cristiana.

Por sus frutos los conoceréis, nos está diciendo Jesús en el evangelio. Y el árbol bueno tiene que dar frutos buenos, pero ¿cuáles son nuestros frutos? De lo que hay en el corazón habla la boca, nos dirá también Jesús, pero ¿qué es lo que hay en nuestro corazón muchas veces sino superficialidad? ¿Qué es lo que en verdad podemos decir de nuestra fe?

Interrogantes y planteamientos que nos tenemos que hacer. Dejemos que en verdad cale en nosotros el evangelio de Jesús. Muchas veces se ha quedado como una llovizna superficial que solo en algunas cosas externas nos ha empapado, pero no ha llegado a calar esa lluvia de la Palabra de Dios hasta la raíz profunda de nuestra vida.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir

 


Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir

Isaías 29, 17-24; Sal 26; Mateo 9, 27-31

No sé que experiencia habréis tenido de oscuridad. En la oscuridad se siente uno como oprimido; envuelto en las tinieblas se sientes como atado, no sabes a donde ir, no sabes que hacer, es algo más o algo distinto al miedo aunque también lo es. Cuando hablo de oscuridad no es que en un momento determinado nos falle la energía y nos quedemos a oscuras; eso sentimos que es algo momentáneo, que pronto se va a restablecer la luz o buscamos unos sustitutivos, porque encendemos una vela, nos valemos de baterías y podemos encender una linterna o algún punto de luz; es otra oscuridad a la que quiero referirme, es como hallarse en un túnel oscuro y largo donde no vemos el final, pero tampoco sabemos lo que podemos encontrar, caminamos a tientas queriendo seguir una orientación pero no se termina nunca la oscuridad, no se termina el túnel para ver un punto de luz aunque sea a lo lejos y al final. Es opresivo. ¿Habremos pensado alguna vez seriamente como se siente un ciego que no ha visto nunca la luz?


En la vida ¿no habrá situaciones en las que nos encontremos de alguna manera así? Los problemas nos abruman y no vemos salida, todo se nos vuelve un sin sentido y no sabemos que rumbo tomar. Más o menos los problemas ordinarios los vamos timoneando y vamos buscando salidas, pero hay cosas que nos pueden llegar de repente y no sabemos qué respuesta dar. Y alguna vez alguno de los problemas parece que coge el centro de todo y hasta nos olvidamos de otros problemas que podamos tener porque quizá todo lo centramos en aquella situación nueva que nos ha aparecido, pero todo sigue sin encontrar salida, sin encontrar solución.

¿No nos estará sucediendo ahora con la problemática que estamos viviendo en nuestro mundo con la pandemia? La repetición una y otra vez de las mismas noticias, el ver que no hay una pronta solución ya nos va agobiando y hasta quizás no queremos ni oír las noticias. Pero ¿no nos damos cuenta que hay otros muchos más problemas en el mundo y parece que hasta los hemos olvidado? Nos olvidamos de guerras o de hambre en el tercer mundo, nos olvidamos de niños soldados o de otras epidemias y hambrunas que hay en otros lugares del mundo, hasta los problemas mas cercanos que tengamos parece que los dejamos a un lado. ¿Es bueno eso? ¿Nos sentiremos acaso que esto no hay quien lo arregle, que no vamos a salir de estas situaciones en las que nos vemos envueltos?

¿A dónde o a quién gritamos? ¿A quién podemos buscar que nos ayude a salir de todo esto? ¿Pensamos acaso solo en remedios o soluciones humanas? ¿No estaremos como los ciegos del camino caminando sin saber a dónde acudir o a quién pedir ayuda? Decimos que somos creyentes, ¿y a Dios donde lo hemos metido en todo este fregado? Queremos darles explicaciones muy humanas y racionales a los milagros y terminamos por no creer en esa fuerza superior que nos puede venir de lo alto. ¿Tenemos miedo quizá de lo que nos puedan tachar los que no tienen fe porque nosotros creemos de verdad en el Dios que en verdad puede ser nuestra fuerza y nuestra luz?

Hoy nos habla el evangelio de dos ciegos que iban gritando detrás de Jesús y parecía que Jesús no les hiciera caso. Cuando llegaron a la casa ante la insistencia de los ciegos Jesús se pone a hablar con ellos. ‘¿Creeis en verdad que puedo hacerlo?’ Una prueba más para la fe de aquellos hombres, como si Jesús fuera el que dudara. Pero la fe de aquellos hombres no era ciega aunque ellos fueran ciegos, la fe de aquellos hombres se apoyaba en la certeza de que con la mano de Jesús ellos podían volver a ver, todo sería de nuevo luz para ellos. Fue la respuesta pronta y segura de aquellos hombres. Claro que creían que Jesús podía hacerlo. Y Jesús les dice ‘que suceda conforme a vuestra fe’.

Ante la oscuridad que estamos viviendo y que tanto nos oprime quizá lo primero que tendríamos que ver es si en verdad nosotros hemos orado al Señor, pero orado con verdadera confianza por la salida o la solución de esta situación. Seguimos poniendo en duda quizás la posibilidad de los milagros, pero lo que estamos poniendo en duda es nuestra fe. Voy a decir que no sé si la salida es un milagro portentoso que a todos nos deje atónitos, o ver la presencia y la mano del Señor que se va manifestando de mil maneras junto a nosotros en esta situación que estamos viviendo. Creo que la generosidad, la solidaridad, la responsabilidad que se ha despertado en tantos ya es un signo de esa presencia del Señor que es el que mueve los corazones y ha movido así a tantos y tantos.

Pensemos también como el Señor por la fuerza de su Espíritu inspira los corazones, nos inspira allá dentro en lo más hondo de nosotros mismos tantas cosas buenas como puede estar inspirando a quienes están trabajando para dar salida a estas situaciones. Pero hay que querer escuchar esa inspiración.

Pensemos en la llamada que puede estar haciéndonos el Señor a través de estos signos para que cambiemos los ritmos de nuestra vida, busquemos lo que verdaderamente es importante ahora que nos hemos visto con las manos tan vacías, y tantos castillos en el aire que nos habíamos creado se nos han venido abajo.

Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo, y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir. Claro que sí podemos encontrar la luz, salir de esta opresión que nos agobia, llegar a vivir de una forma nueva, distinta y hasta más humana; claro que el Señor alienta también nuestra fe.

Oremos, pues, con toda confianza y con toda la intensidad de nuestro amor al Señor. En este tiempo de Adviento también esta puede ser una motivación para nuestra oración y vivir un auténtico Adviento.

sábado, 24 de octubre de 2020

También venimos nosotros y le contamos a Jesús los graves problemas de hoy pero escuchemos su palabra de paz, de serenidad, de esperanza, de invitación a caminos nuevos

 

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También venimos nosotros y le contamos a Jesús los graves problemas de hoy pero escuchemos su palabra de paz, de serenidad, de esperanza, de invitación a caminos nuevos

Efesios 4, 7-16; Sal 121; Lucas 13, 1-9

‘En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían…’ Era algo que había conmocionado a toda Jerusalén, no digamos nada de cómo estarían los sumos sacerdotes y servidores del templo, el Sanedrín garante de las leyes y costumbre judías y sobre todo aquellos judíos piadosos como los fariseos. Era algo sacrílego lo que había hecho Pilatos.

Como si nosotros ahora venimos y le contamos a Jesús los graves problemas que está pasando nuestra sociedad de los que nos hacemos nuestras lecturas quizá muy particulares y a la vez diversas con el tema de la pandemia del coronavirus que estamos padeciendo con todas sus consecuencias. Profetas calamitosos los ha habido en todos los tiempos y no es raro que aun en la sociedad en que vivimos escuchemos alguna vez la voz de esos profetas de calamidades que nos pueden llegar a hablar de castigos divinos y apocalípticos que más zozobra pueden dejar en nuestro espíritu.

Cuando le hablan a Jesús de lo hecho por Pilatos en el templo Jesús quiere que se detengan un poco a reflexionar y les recuerda también otro hecho calamitoso que no hacia mucho tiempo había sucedido cuando se cayeron algunas arcadas de la piscina de Siloé y murieron algunos judíos. ¿Pensáis que aquellos que murieron en la piscina, o los que ahora ha dado muerte Pilatos en el templo eran más pecadores que los demás por tener una muerte así?  Era una reacción en cierto modo natural cuando no había una respuesta racional a las preguntas que se pudieran hacer ante algo sucedido de manera extraordinaria. Un castigo del cielo, algo habrían hecho que merecieron una muerte así…

Esos acontecimientos algunas veces cruentos que nos suceden ante los que nos pueden quedar muchas dudas y preguntas en nuestro interior hemos de saber hacerles una lectura creyente pero buscando siempre la paz que Dios quiere trasmitirnos en su palabra. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez que sentido tiene la muerte de un inocente, por ejemplo, un niño con un cáncer, una madre joven con muchos hijos afectada por la grave enfermedad, un accidente sin sentido en el que pierden la vida quienes tranquilamente transitaban por aquel lugar…?

La respuesta de Dios, podemos decirlo así, es invitarnos a la paz y a la esperanza, no perder la serenidad de nuestro espíritu para saber encontrar un día respuesta a esas preguntas, mantener la confianza en la sabiduría de Dios que como suele decir el refrán escribe recto en renglones torcidos, escuchar esa llamada en nuestro interior a preguntarnos por nuestra propia vida y qué es lo que estamos haciendo con ella, sentir la invitación a una renovación de nuestra vida y a una auténtica conversión del corazón que todos siempre necesitamos. No es un conformismo ante las situaciones inesperadas sino una apertura de los oídos del alma para escuchar lo que solo en el silencio de nuestro corazón podremos escuchar.

Entre toda esta barahúnda de mensajes que estos días escuchamos con motivo de la pandemia y crisis que estamos viviendo escuchaba sin embargo un mensaje muy positivo de un joven a sus compañeros jóvenes  invitando sí a tomarse en serio la situación, pero también a hacerse preguntas sobre todo para descubrir la riqueza que tenemos en la vida y que no  hemos sabido aprovechar, pero también a mirarse por dentro para descubrir como todo esto tiene que hacernos crecer y madurar, transformar muchas cosas que hemos llenado de muchas rémoras en la vida y comenzar a actuar en positivo para encontrar nuevos caminos.

Es una invitación grande la que podemos escuchar haciendo una buena lectura de cuanto nos sucede, pero que nunca nos falte ni la paz ni la esperanza. Podemos salir, podemos seguir caminando en la vida, tenemos quizá que transformar muchas cosas no solo en estructuras de la sociedad sino principalmente dentro de nosotros mismos que cuando las hagamos tendrán como consecuencia también la mejora de nuestro mundo. Y todo esto lo hacemos no solo con los grandes problemas que podemos ver en la sociedad sino también en esos problemas que cada uno de nosotros tenemos en el camino de la vida y que muchas veces se nos atraviesan en el alma.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Que no nos falte nunca la luz de Jesús que nos trae la salvación y nos da sentido y fuerza para la lucha de la vida


Que no nos falte nunca la luz de Jesús que nos trae la salvación y nos da sentido y fuerza para la lucha de la vida

Hechos 12, 24 — 13, 5ª; Sal 66; Juan 12, 44-50
Que mal lo pasamos cuando nos falla la energía eléctrica, como decimos normalmente, nos quedamos sin luz. Ya no son solo todas las cosas que tenemos a nuestra mano y que necesitan de esa energía para poder funcionar, y parece que nos quedamos mancos y cojos, inútiles que ya nada podemos hacer, sino que cuando nos llegan las tinieblas de la noche sin esa luz que nos ilumine nos encontramos mal. No podemos caminar ni hacer nada sin luz.
Pero esa energía de la electricidad intentamos suplirla con otros medios que nos puedan también iluminar y tenemos baterías y tenemos linternas, pero hay otra luz que tanta veces nos falta, que parece que no le damos importancia, pero que nos hace andar desorientados por la vida, encontrarle un sentido a lo que hacemos o a lo que nos sucede, saber encontrar un camino ante los problemas que se nos presentan. Es una luz que hemos de mantener encendida en nuestro interior, que nos haga ver en las profundidades de nosotros mismos, pero que también se refleje en cuanto nos rodea para saber caminar por la vida.
Cuando nos falta esa luz, cuando vivimos en la superficialidad de los sucedáneos, cuando nos llegan los problemas y las dificultades de la vida todo se nos vuelve tan oscuro que nos parece que ya nada tiene sentido. Si hay algo de madurez en nosotros, puede ser que esos mismos problemas nos hagan pensar y nos hagan buscar, aunque muchas veces no sepamos por donde encontrar salida. Quizá sea de alguna manera lo que ahora mismo les pueda estar sucediendo a tantos, nos pueda estar sucediendo a nosotros también, en esta crisis en que se ve sumergida nuestra sociedad con tantos problemas que se acumulan por todas partes de la pandemia que estamos viviendo en nuestro mundo. A algunos quizá les ha ayudado a reflexionar y descubrir cosas importantes de su vida que quizás habíamos dejado a un lado o que en nuestras locas carreras no habíamos sabido apreciar.
¿Los que creemos en Cristo nos encontramos también en esa misma situación de oscuridad? Tendríamos que decir que no. los problemas y las dificultades las sentimos como todos, también tenemos momentos de flaqueza y en los que de igual manera nos llenamos de miedos y de dudas. Todo ese revolcón que nos está dando la vida con la situación por la que estamos pasando también a nosotros nos afecta. Habrá momentos en que habremos lanzado un grito al cielo desde nuestros miedos y desde las oscuridades que se nos pueden meter si se nos apagan las luces de la esperanza. Pero tenemos la certeza de una luz.
Lo hemos escuchado hoy en el evangelio. ‘Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’. Nos lo repite muchas veces el evangelio porque Jesús nos dice que El es la luz del mundo. Y si El es nuestra luz, no tenemos por qué quedarnos en tinieblas a pesar de las turbulencias de la vida. El ha venido para ser nuestro salvador, y la salvación está en que con El no nos falte nunca la esperanza, con El tengamos en nosotros la fuerza y la luz para darle un sentido a lo que vivimos, con El a nuestro lado no tenemos por qué sentirnos turbados y llenos de miedos, porque de El hemos aprendido a llenarnos de su amor y con ese amor acercarnos al mundo para curar sus heridas, con su presencia nunca nos tiene por qué faltar la paz y la serenidad en todo momento por muy mala que sea la situación que vivimos.
Y de eso tenemos que ser testigos ante el mundo. Y en nuestra manera de actuar, en la paz que no nos falta, en el amor que llena nuestra vida el mundo tiene que inundarse de esperanza para aprender a caminar buscando siempre lo que es lo fundamental de la vida, lo que será nuestra fuerza, lo que dará profundidad a nuestra vida, a encontrar en un camino solidario de amor una salida hacia la luz.

miércoles, 22 de abril de 2020

Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va faltar el amor de Dios que se manifiesta en la entrega de Jesús


Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va  faltar el amor de Dios que se manifiesta en la entrega de Jesús

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21
Esto no hay quien lo arregle, esto no tiene solución,  decimos con cierta amargura en el alma pero también con una fuerte carga de pesimismo en muchas ocasiones cuando los problemas se nos acumulan, el agobio en la búsqueda de soluciones nos ciega, o nos vemos desbordados por la situación que no sabemos encarrilar. Es una reacción como muy humana que nos brota, pero tendría que ser algo para un creyente que le tendría que hacer pensar con un poco de más detenimiento.
La misma situación social con todas sus ramificaciones que ahora estamos viviendo en nuestra sociedad nos puede llevar también por esos derroteros. Pero ¿es que no podemos encontrar esperanza? ¿Pensamos acaso que todo es como un caos donde no llegamos a encontrar el hilo del que tirar para que todo pueda volver a su orden? ¿O es acaso que lo que queremos es volver a lo mismo, que se soluciones las cosas más urgentes, para que podamos volver a vivir como vivíamos antes? ¿No encontraremos una luz que nos ayude a descubrir un sentido nuevo a las cosas, a la vida, a los problemas, a nuestro mundo con sus problemas?
Pero los que creemos en Jesús no tendríamos que caminar por esos caminos de pesimismo y de amargura. La fe en Jesús tendría que sembrar en nosotros esperanza y desde esa esperanza con la fuerza del Espíritu del Señor encontrar esos caminos de salida, esos caminos de salvación que nos hagan pensar en esa vida nueva que Jesús quiere para nosotros.
Creo que lo que nos dice hoy el evangelio tendría que hacernos dar un parón, un detenernos en seco para descubrir todo el sentido de vida nueva que tiene que tener nuestra fe en Jesús. La frase que escuchamos en el evangelio es mucho más que una frase lapidaria, una frase para grabar en una piedra y nadie la olvide. Es mucho más porque es algo que da sentido a nuestra vida, y donde en verdad tenemos que grabarla es en nuestro corazón.
‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. O sea, que el amor de Dios nos está entregando a Jesús para que en El encontremos la salvación. Así de sencillo, pero también de hermoso. Así con esa hondura y con esa alegría también en el alma. No quiere Dios que perezcamos, no quiere Dios la muerte ni la condena. Dios quiere y nos ofrece la vida, nos ofrece a Jesús. Y es claro pensamos en la entrega de Jesús en su cruz, en su pasión y en su muerte. ¿Por qué no pensamos en Jesús, el Emmanuel, el Dios con nosotros, el que se encarnó y tomó nuestra condición humana para viviendo nuestra misma vida estar a nuestro lado y enseñarnos cómo si es posible la salvación?
La cruz fue su entrega suprema, la mayor ofrenda de amor, el amor de quien nos ama y entrega su vida por nosotros. pero es toda la vida de Jesús, caminando a nuestro lado, viviendo también nuestras penurias y nuestros sufrimientos, al lago de nuestras penas y de nuestras angustias El nos va dando el sentido nuevo de nuestra vida, El nos va poniendo en el camino que no libera de nuestro mal y de nuestro sufrimiento, El haciéndose solidario en todo con nosotros nos está diciendo cómo nosotros tenemos que vivir, el amor que hemos de poner en la vida, la solidaridad con la que hemos de envolver todo nuestro quehacer.
Se nos tienen que abrir los ojos para descubrir el valor auténtico de tantas cosas, se no tienen que abrir los ojos para descubrir el valor de la persona y qué es lo que la hace grande, se nos tienen que abrir los ojos para que no sigamos andando con nuestras individualidades insolidarias, para aprendamos a mirar a nuestro lado y descubrir a las personas que caminan junto a nosotros que quizá alguna vez hasta ni en la misma casa habíamos llegado a descubrir, se nos tienen que abrir los ojos para que veamos el valor de lo importante y no nos quedemos en banalidades ni en superficialidades. Y todo eso lo veremos cuando sentimos de verdad que Jesús camina a nuestro lado, que nos está señalando y ofreciendo todo el amor de Dios que se hace entrega en su vida.
Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va  faltar el amor de Dios.