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domingo, 10 de mayo de 2026

No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

 


No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

Hechos 8, 5-8. 14-17; Salmo 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

Cuando vivimos arropados los unos con los otros formando un equipo o un grupo pero sobre todo con la presencia de alguien que, como un líder, nos da fuerza y ánimos para ir logrando las metas que nos proponemos, que además ha puesto su confianza en nosotros y nos ha ayudado a crecer y madurar dándonos además confianza en nosotros mismos, si en un momento determinado esa persona nos falla, porque no puede seguir con nosotros, porque por ejemplo le sobreviene la muerte de forma inesperada, nos parece que nos venimos abajo, que perdemos nuestra seguridad y confianza, nos parece que ya nos sentimos imposibilitados para llevar a cabo aquellas metas que nos habíamos propuesto. ¿Seremos capaces de renacer de nuestras cenizas? ¿Dónde y cómo vamos encontrar esos apoyos que nos ayuden a seguir creyendo en nosotros mismos?

Pongo esta imagen en el comienzo de la reflexión de hoy porque de alguna manera se sentían así los discípulos de Jesús ante los acontecimientos que se avecinaban por lo que el mismo Jesús les había señalado; teniendo aun a Jesús con ellos ya comenzaban a sentirse solos y abandonados, incapaces de continuar con la tarea del Reino de Dios que Jesús les había encomendado. Es la tristeza que están viviendo en la cena pascual con esos aires de despedida que los envolvían.

Pero las palabras de Jesús es decirles que no les dejará abandonados. Palabras de aliento y de ánimo, palabras que siempre como todas las palabras de Jesús siembran esperanza. ‘No os dejaré huérfanos, les dice, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’. Sin embargo, a ellos les cuesta entender. Jesús les insiste en la fidelidad que han de mantener, han de seguir haciendo y haciéndolo con intensidad todo aquello que Él les ha enseñado. Han de mantenerse firmes en su amor que tiene que transformarse en amor en sus vidas.

Por eso les habla de una presencia nueva, que será como su abogado y defensor, que les hará tener presente siempre las palabras de Jesús, lo que Jesús les ha enseñado. El Paráclito, es la palabra que se emplea en el evangelio, que viene a significar algo así como el Defensor. ‘Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.

Sentirán entonces en sí mismos el Espíritu de Jesús que les hace presente a Jesús; sentirán su inspiración para las obras buenas que tienen que seguir haciendo; sentirán en su corazón como llegarán a entender mejor todo el sentido de Jesús, todo lo que significaba aquella buena nueva que venía a ser Jesús para el mundo. No todos lo comprenderán ni podrán conocerlo, solo quienes han puesto totalmente su fe y su confianza en Jesús podrán entender el sentido de sus Palabras y podrán llegar a sentir en sus corazones la presencia del Espíritu Santo.

Estamos entrando ya en las rectas finales de nuestro tiempo de Pascua, porque el próximo domingo celebraremos ya la Ascensión y dentro de quince días Pentecostés. Es momento de seguir intensificando la vivencia de la Pascua, que no se nos quede ya como un recuerdo pasado; seguimos viviendo la Pascua, como ese sentido pascual tiene que estar presente siempre en la vida del cristiano cada día. Pero viene siendo el momento ya de irnos preparando para la fiesta de Pentecostés para que sintamos en verdad la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, en nuestra vida, y en la vida de la Iglesia.

Momento de despertar nuestra fe en la presencia del Espíritu Santo sin el cual nuestra vida podría quedarse en un vacío e incluso nuestras celebraciones en unos rituales sin vida. Recordemos que no hay sacramento sin la acción del Espíritu Santo que nos hace sentir en el Sacramento la presencia y la acción de Jesús. ¿No invocamos al Espíritu Santo para que transforme nuestras ofrendas del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús?  No olvidemos que por el agua y el Espíritu hemos renacido a una nueva vida en nuestro Bautismo. Y es por la acción del Espíritu Santo por el que recibimos el perdón de los pecados en el Sacramento de la Penitencia.

Y así en todos los sacramentos. Pero así tendría que ser en toda nuestra vida de fe, en nuestra oración en la que nos sentimos hijos que hablamos y oramos al Padre, como en todo lo que significa el compromiso de nuestro amor; dejémonos inspirar por el Espíritu Santo para esas nuevas iniciativas de compromiso de amor que hemos de vivir cada día, pero es con la fuerza del Espíritu cómo vamos a expresar nuestro amor. ¿No es nuestro Paráclito, nuestro Defensor? Cuando algo nos cueste o se nos haga difícil invoquemos al Espíritu y sentiremos la fuerza de Jesús para realizar sus mismas acciones.

No estamos solos, no nos ha dejado huérfanos Jesús. Con la fuerza de su Espíritu seguiremos creyendo en nuestras posibilidades, ser testigos de Jesús con nuestra vida, dar testimonio de nuestra fe.

 


sábado, 19 de octubre de 2024

Dar la cara por Jesús y el evangelio es algo más que no hacer daño a nadie, es un compromiso positivo por hacer lo necesario para lograr un mundo mejor, el Reino de Dios

 


Dar la cara por Jesús y el evangelio es algo más que no hacer daño a nadie, es un compromiso positivo por hacer lo necesario para lograr un mundo mejor, el Reino de Dios

Efesios 1, 15-23; Salmo 8; Lucas 12, 8-12

No siempre es fácil; y no lo digo como excusa al comienzo de esta reflexión, pero si es la excusa que siempre nos estamos poniendo; todo lo queremos calibrar muy bien, ver claramente los pros y los contras, lo que aquello pudiera llevarme al conflicto, lo que podría complicarme la vida si tomo una decisión arriesgada, los peligros que conlleva determinadas posturas y compromisos, y nos vamos echando para detrás, miramos para otro lado, nos hacemos los ‘tontos’ y pasamos de largo. Con cosas que hacemos ya con demasiada naturalidad con tal de no complicarnos.

Vamos por la calle y vemos a alguien que está tratando de forma violenta a una persona, ¿Qué hacemos? ¿Cambiamos de acera?  ¿Seguimos como si aquello no fuera con nosotros y que cada uno se las arregle? Nos ponemos por delante todas esas consideraciones y riesgos que aquello podría significar para nosotros. Y quien dice en una cosa tan sencilla nos puede suceder en otras de mayor gravedad. Nos cuesta dar la cara, tenemos que reconocerlo. Nos falta coraje y valentía para defender lo justo.

Me estoy haciendo esta consideración que podríamos llevarla a muchos más terrenos a partir de lo que hoy Jesús nos pide en el evangelio. Que demos la cara por el evangelio, que demos la cara por nuestra fe. Jesús nos está hablando de negarle ante los hombres, y de muchas maneras nos sucede eso. Nos falta el coraje de tener la seguridad de que el Espíritu del Señor no nos faltará. ¿Dónde está nuestra fe en la presencia del Espíritu Santo como hoy Jesús nos está prometiendo?

Dar la cara es salir en defensa de lo que consideramos justo; dar la cara es manifestar lo que somos, la fe que llevamos en nuestra vida, que no es una cosa postiza que podemos poner y quitar a nuestro antojo o a nuestra conveniencia. Muchas veces en estas reflexiones que nos hacemos a partir del evangelio nos preguntamos cómo estamos contagiando nuestra fe al mundo que nos rodea. Es una pregunta seria de la que no podemos salirnos por la puerta de atrás. Por ósmosis, tendríamos que decir, que hemos de contagiar la fe que tenemos a los que nos rodean; pero claro, necesitamos estar de verdad nosotros empapados, porque de lo contrario poco se podrá desprender de nosotros.

Nos decimos cristianos de siempre, pero algunas veces damos la impresión que no estamos muy convencidos de la fe que tiene que envolver nuestra vida. Y de ahí nacen nuestros miedos y cobardías. Necesitamos, en verdad, fundamentar bien nuestra fe, que eche verdaderas raíces en nuestra vida porque será de la manera que podrá florecer en todo ese compromiso de la fe y del amor. Tenemos que salirnos de esa pendiente de la tibieza por la que nos vamos resbalando, porque de lo contrario al final quedaremos bien fríos como el hielo.

Ya en otros momentos hemos escuchado decir a Jesús que ha venido a traer fuego a nuestro mundo y lo que quiere es que arda, pero no es la imagen que damos los cristianos; nos contentamos con nuestras rutinas de siempre, decimos que somos buenos porque no hacemos daño a nadie, pero no se nota el compromiso que por los demás tendríamos que tener. No es solo cuestión de que no hagamos daño, sino que el compromiso de nuestra fe nos tiene que llevar a acciones positivas y comprometidas por los demás, por nuestra sociedad.

No olvidemos que aunque no siempre sea fácil sin embargo con nosotros siempre estará el Espíritu Santo que nos da la fortaleza que necesitamos. Con la conciencia clara sobre ello entonces sí que daremos la cara por nuestra fe y por los demás. Y soy yo el primero que tiene que mirarse a sí mismo para descubrir dónde están mis flaquezas y cobardías.

domingo, 14 de mayo de 2023

Envueltos por el Espíritu de Jesús en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán, no estarán huérfanos ni solos

 


Envueltos por el Espíritu de Jesús en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán, no estarán huérfanos ni solos

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65;  1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

Cuando en el camino de la vida nos sentimos acompañados por alguien que por su prestigio, por su bien hacer, por sus características de líder y sentimos que de un momento a otros nos va a fallar, no lo vamos a tener a nuestro lado, nos sentimos mal, nos sentimos como abandonados y nos entran los temores de qué va a ser de nosotros, de nuestro grupo, de los proyectos que traemos en mano.

En todo grupo humano siempre tenemos una persona así, que lo es todo para aquel grupo, que sabe mantenerlo unido, manteniendo en alto los ideales y metas; sucede hasta en cualquier grupo de muchachos como lo tenemos en cualquier organización. Hoy le ponemos diferentes nombres, será ‘coach’ como está ahora de moda, será dirigente, acompañante que es lo que realmente significa esa palabra mencionada, será maestro, será animador, será defensor, llamémoslo como queramos, pero si nos falta parece que el mundo se nos viene abajo, aunque la misión del líder es ponernos a caminar para que seamos capaces de hacerlo por nosotros mismos.

¿Por qué no podemos pensar que así se sentían los discípulos en relación a Jesús y que ahora en estos últimos momentos están sintiendo tantas palabras de despedida? La tristeza y la incertidumbre les embargan, porque aun no sabe lo que realmente va a suceder después de aquella cena tan llena de signos. La incertidumbre y la preocupación que también nos envuelve tantas veces a los cristianos frente al mundo y con la misión que en el mundo tenemos que realizar. También nos llenamos de miedos.

Pero Jesús les dice que no tienen por qué estar tristes, El marcha – es el momento de la entrega definitiva – pero les promete quien les va a acompañar siempre. El Espíritu de Jesús no les va a faltar. Les promete el Espíritu de la verdad, que se lo revelará todo, pero que será el acompañante, el Defensor que estará siempre con ellos. No se van a sentir solos, aunque ellos ahora no lo entienden.

‘No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros… Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad…’ Les costará entenderlo a los discípulos y su consuelo, de alguna manera, es confiarse a las palabras de Jesús. Lo pasarán mal en aquella pascua, más tarde Jesús les abrirá el entendimiento para que comprendan las Escrituras, para que comprendan todo lo que El les ha anunciado. Cuando se sientan envueltos por el Espíritu en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán.

Tenemos que poner nosotros también toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Su Espíritu también ha inundado nuestras vidas porque desde el Bautismo nos hemos convertido en morada de Dios y en templos del Espíritu. Como don especial lo recibimos en el sacramento de la Confirmación y ya nosotros con la fuerza del Espíritu tenemos que ser testigos.

El Espíritu que abrió las puertas de la Iglesia para que se expandiera el mensaje del Evangelio, y llegara, como hemos escuchado hoy en la primera lectura, incluso a aquellos lugares a los que en principio tenían temor de llegar porque pensaban que no iban a ser recibidos. Fue el Espíritu el que impulsó a los que salieron de Jerusalén en aquellas primeras persecuciones para anunciarlo en Samaría, que para los judíos era una tierra maldita, y sin embargo vemos como acogen la predicación del diácono Felipe y bajarán luego Pedro y Juan para que por la imposición de las manos sobre ellos se realizara un nuevo Pentecostés.

¿Nos dejaremos conducir por el Espíritu para llegar también a las fronteras, esas fronteras que tenemos ahí cerca de nuestro lado, vecinos nuestros quizá en nuestro mismo pueblo en tantos a los que parece que no interesa el evangelio,  no interesa la Iglesia, para que también may hagamos un anuncio del mensaje del Evangelio?

Es el Espíritu que, como nos decía el apóstol Pedro en la segunda lectura de hoy, que nos hará dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza al mundo que nos rodea. Es el testimonio que tenemos que dar con nuestra vida, que el mundo crea que hay razones para la esperanza, que el mundo vea que es importante mantener viva la fe; que con el testimonio de nuestra vida, por lo que hacemos y por lo que vivimos, por nuestro compromiso serio, por esa lucha que mantenemos contra el mal y la injustita, por esos gestos de humanidad y de cercanía con que nosotros caminamos tendiendo la mano, curando heridos de la vida, levantando caídos, acompañando soledades, poniendo el amor y la comprensión siempre por delante demos razón de la fe que anima nuestra vida, de la esperanza que llevamos en el corazón y que nos mantiene con espíritu alegre para poner alegría en nuestro mundo.

Y lo podremos hacer porque estamos llenos del Espíritu que nos ha dejado Jesús como nuestro acompañante y nuestro defensor, el Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena. Abramos las puertas de nuestro corazón para dejarnos inundar por la fuerza del Espíritu.

 

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Momentos difíciles pasamos muchas veces en la hora de dar testimonio de nuestra fe, pero no estamos solos porque Jesús nos ha prometido la fuerza de su Espíritu

 


Momentos difíciles pasamos muchas veces en la hora de dar testimonio de nuestra fe, pero no estamos solos porque Jesús nos ha prometido la fuerza de su Espíritu

Apocalipsis 15,1-4; Sal 97; Lucas 21,12-19

Cuando nos vemos en situaciones complicadas, donde se nos puede pedir razón de lo que hacemos, donde quizás por los problemas que tengamos hemos de acudir a alguien pidiendo ayuda, o ante errores que hayamos cometido tenemos que dar explicaciones, pedir excusas, o hacernos un nuevo planteamiento, nos llenamos de dudas y de miedos en nuestro interior, porque no sabemos cómo vamos a reaccionar, no sabemos qué podemos decir o cómo podemos explicarnos mejor, y en cierto modo sentimos como una desazón o una angustia en nuestro interior.

Acudimos quizá a un amigo de confianza a quien podemos hablar con toda libertad pidiendo un consejo, una visión distinta de los problemas que tenemos, o como quizás desde su experiencia podemos afrontar esas situaciones; cuando se trata de problemas más fuertes pedimos la orientación o el acompañamiento de un abogado, que tiene su preparación, sabe mejor como responder a esos cuestionamientos que se nos hacen, qué es lo que podemos decir en nuestro favor, o nos puede ofrecer incluso un asesoramiento jurídico o incluso una defensa llegado el caso. La cuestión es no sentirnos solos e indefensos.

Digo esto a manera de ejemplo en referencia a lo que hoy nos está hablando Jesús en el evangelio. Nos está previniendo para los tiempos difíciles con que nos vamos a encontrar. Habla de persecuciones e incluso de muerte con lo que tenemos ocasión, como nos dice, de dar testimonio. Es en esos momentos difíciles donde se ha de manifestar claramente la firmeza de nuestra fe y como si ponemos toda nuestra confianza en el Señor no nos vamos a ver defraudados.

Bien sabemos que a la iglesia y a los cristianos no nos han faltado persecuciones en todos los tiempos. Desearíamos, es cierto, que todo fuera en paz y armonía, y que el mundo que nos rodea aceptara el testimonio que nosotros podemos ofrecer del evangelio, luz y sendero de nuestra vida. Pero el discípulo no es mayor que su maestro, nos dirá Jesús en otra ocasión, y si a Jesús le hicieron lo que le hicieron llevándolo a la cruz, es el camino de pascua que nosotros también hemos de vivir.

Es normal que nos entren los miedos y las angustias; somos humanos y somos débiles, no bastarán nuestras palabras y nuestra sabiduría para encontrar esa fuerza que necesitamos. Y es de lo que nos está hablando hoy Jesús. No hemos de temer. Hemos de mantenernos perseverantes, es el camino que de verdad nos llevará a la salvación.

Pero Jesús nos da un abogado, un defensor, quien en verdad nos va a guiar en lo más hondo del corazón en ese camino que hemos de recorrer. Ya en otro momento nos hablará de que El marcha a estar junto al Padre pero que nos enviará el Paráclito, el Defensor, ‘El os guiará hasta la verdad plena’, nos dice.

Pero hoy nos está diciendo como no hemos de temer en esos momentos difíciles en que nos podemos encontrar.  Es el momento de dar nuestro testimonio y con nosotros va a estar la fuerza de su Espíritu. En la última cena cuando les hablaba Jesús de su marcha al Padre, aunque no terminaban de entender bien lo que Jesús les estaba diciendo, sus corazones se llenaban de tristeza; les parecía que se iban a sentir solos. Nos pasa a nosotros tantas veces cuando aquellos a los que amamos parece que por un motivo o por otro se alejan de nosotros; cómo sentimos la soledad y como nos sentimos indefensos. Fue el trance amargo que ellos pasaron también durante la pasión de Jesús hasta que lo contemplaron resucitado.

Hoy les dice Jesús en referencia a esos momentos difíciles e incluso de persecución. ‘Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’. La fuerza del Espíritu del Señor estará siempre con nosotros.

domingo, 13 de noviembre de 2022

El anuncio del evangelio trata de sembrar siempre esperanza y paz en los corazones, aún en los momentos difíciles invitándonos a la responsabilidad y al compromiso

 


El anuncio del evangelio trata de sembrar siempre esperanza y paz en los corazones, aún en los momentos difíciles invitándonos a la responsabilidad y al compromiso

Malaquías 3, 19-20ª; Sal 97; 2Tesalonicenses 3, 7-12; Lucas 21, 5-19

La historia es un devenir de situaciones que en momentos nos parecen difíciles y complicadas, situaciones de crisis donde todo parece que se pone en duda, con otros momentos si no de prosperidad total sí de un cierto bienestar y prosperidad que muchas veces parece que nos hacen olvidar cual es el camino y cual es la meta que perseguimos en la vida.  unos y otros momentos según la manera en que los vivamos o nos enfrentemos a esas situaciones pueden devenir en cierta crisis, una veces por los miedos que nos paralizan y otras porque hay cosas que nos pueden llevar a una pérdida de los verdaderos valores que le podrían dar un mejor y mayor sentido a nuestras vidas.

Siempre en medio de todas esas situaciones nos aparecen profetas, muchas veces profetas de calamidades que nos anuncian hecatombes que nos pueden llenar de angustias. Son esos ‘profetas’ (y los tenemos que poner entre comillas) que no nos anuncian sino destrucción y muerte, que no encienden la esperanza, que nos llenan de angustia el alma con lo que nos sentimos más turbados y cegados para encontrar caminos que nos puedan llevar a la luz.

¿No los tuvimos también en medio de los momentos difíciles que hemos pasado últimamente con pandemias, con catástrofes naturales, con guerras como hemos estado viviendo? Cuantos mensajes de desaliento hemos recibido también de esos profetas de calamidades, como hemos querido llamarlos. Aprovechan cualquier situación difícil o los mismos acontecimientos de la naturaleza para llenarnos el alma de esos miedos hablando de tiempos apocalípticos, sin haber entendido siquiera lo que en si significa la palabra Apocalipsis.

Hoy nos encontramos con una de esas páginas duras del evangelio a las que se les da muchas veces ese apelativo de apocalípticas. Se entremezclan diversas consideraciones en el texto del evangelio, desde situaciones que ya había vivido quizá el propio evangelista que nos trasmite el mensaje del evangelio, como había sido la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén, que es cierto Jesús proféticamente había anunciado, como hoy mismo escuchamos.

Quizás en los momentos en que se escribió el evangelio los judíos y en consecuencia también los cristianos habían comenzado a pasar por momentos difíciles desde los caprichos de las autoridades romanas que lo llenaban todo de destrucción y muerte con sus diversas persecuciones que vivieron también los propios judíos. Y cuando se están viviendo situaciones difíciles así fácilmente nos lleva a considerar que esto es el fin, que se nos viene encima el final de los tiempos. Es lo que nos aparece hoy en el evangelio.

Pero el evangelio es buena noticia, como su misma palabra indica. El anuncio que  nos hace el evangelio no puede ser un anuncio de muerte. El anuncio que se nos hace en el evangelio trata de sembrar esperanza y paz en los corazones, a pesar de los momentos difíciles por los que puedan estar pasando los destinatarios del evangelio. Es el sentido de la palabra Apocalipsis, esperanza, un rayo de luz que siembra esperanza en medio de las oscuridades por las que podamos estar pasando.

Es a lo que nos invita hoy el evangelio. ¿Cómo ha terminado el texto que hoy se nos ofrece? ‘Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.


Ha ido repasando diversas situaciones, como hemos recordado, la destrucción de Jerusalén, lo que pueden ser los tiempos finales que un día han de llegar, pero antes en el camino de en medio, podríamos decir así, no faltarán momentos de dificultad, momentos incluso de persecución. ¿Y qué nos dice Jesús? No tengáis miedo. No tenemos ni por qué preocuparnos con qué palabras hemos de defendernos; nos promete la asistencia del Espíritu Santo que como Defensor estará con nosotros. ‘Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’.

Como hemos venido diciendo el evangelio de Jesús siempre es un anuncio de esperanza. Es una invitación a la perseverancia, a vigilar, a estar despiertos para no dejarnos envolver por esos nubarrones de pesimismo y de muerte; para no dejar que el miedo se nos meta dentro y nos llene de angustia, para no dejarnos confundir con falsos profetas. Tenemos una tarea que realizar y sabemos que no es fácil, pero no estamos solos. El nos prometió que estaría siempre con nosotros hasta el final de los tiempos. Siempre tendremos la luz al final del túnel, al final del camino.

Es la esperanza que siempre tiene que reinar en nuestro corazón. Es el compromiso con que hemos de vivir nuestra vida. Aquello que nos dice san Pablo que el que no trabaja que no coma, es esa invitación a la responsabilidad en nuestra tarea, en el lugar que ocupamos en la vida, en las tareas que tenemos que realizar, en ese compromiso por el evangelio que tenemos que anunciar.

lunes, 18 de mayo de 2020

Nada podrá apartarnos del amor de Dios porque el Espíritu Santo es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es el Paráclito y el Espíritu de la verdad


Nada podrá apartarnos del amor de Dios porque el Espíritu Santo es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es el Paráclito y el Espíritu de la verdad

Hechos 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a
Un padre prepara a su  hijo para el día de mañana, porque la tarea del padre no se reduce a trabajar para ganar un dinero con el que tener el sustento de aquellos que están bajo su responsabilidad, sino que su labor como padre es educadora, porque es enseñar a vivir, aconsejar y orientar, ayudar a fortalecer los ánimos y el espíritu del  hijo para que el día de mañana sepa enfrentarse a los problemas de la vida y salir adelante.
Es como la tarea del educador, de todo educador, que no se reduce a enseñar unas materias o tener unos conocimientos podríamos decir intelectuales y unas capacidades técnicas para unos trabajos o para pasar un examen y obtener un titulo, sino que es formar y dar valores para que tengan un fundamento básico que les ayude a vivir con intensidad la vida; y eso es tarea de todo educador, de todo aquel que tiene una misión de enseñar al estar al cuidado de cualquier grupo comunitario. Una tarea ardua que ayuda a prevenir, que hace abrir los ojos a un sentido de la vida, que fortalece los espíritus, que hace crecer no solo conocimientos o técnicas sino algo más hondo que es la persona para ayudarla a llegar a una madurez.
Hoy vemos a Jesús con esa preocupación por sus discípulos; los quiere fuertes y que sepan además donde pueden encontrar esa fuerza; les recuerda que la misión que se les encomienda no es fácil porque van a encontrar oposición y persecución; les previene ante su propia debilidad que les puede llenar de miedos y hacer que se encierren en la vida olvidando el testimonio que tienen que dar.
Por dos veces se lo repite en este corto texto que hoy hemos escuchado. ‘Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis’. Bien sabe Jesús lo mal que lo van a pasar cuando lleguen momentos de persecución. No quiere que se sientan solos y como abandonados porque su presencia física ya no esté con ellos. Y vuelve a repetirles ‘os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’.
Y en lo que Jesús quiere insistirles es que no se van a sentir solos, que aunque ahora muchas veces no entienden bien lo que Jesús quiere decirles, van a tener quien les recuerde todo y pondrá palabras en sus labios y fuerza en su corazón para hacer ese anuncio, para dar ese testimonio. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.
Es el anuncio que repetidamente vamos a escuchar en estos días en que vamos finalizando el tiempo de la Pascua y en que ya se acerca la fiesta de Pentecostés donde celebraremos la venida del Espíritu Santo. Podríamos decir que es casi como una novena del Espíritu Santo lo que vamos haciendo en estos días por el mensaje repetido de Jesús en que nos anuncia la venida del Espíritu Santo.
Es una palabra de Jesús que necesitamos recordar en todo tiempo, es cierto, pero que en las circunstancias que estamos viviendo a nivel de nuestra sociedad bien nos viene recordar. Este aislamiento social que nos ha tocado vivir, esta situación de inestabilidad que tenemos, estos miedos que se nos van metiendo en el alma porque no sabemos ni cuanto durará esta situación ni como terminaremos por vernos afectados mucho más todavía, nos puede hacer mucho daño por dentro.
Pero tenemos que sentirnos fortalecidos e iluminados para afrontar toda esta situación. Como creyentes en Jesús bien sabemos que no nos podemos sentir solos ni tan debilitados que no sepamos como salir adelante. Con nosotros está el Espíritu de la verdad, como hoy lo llama Jesús, el Defensor y fortaleza de nuestras vidas. ¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios si el Espíritu del Señor está con nosotros? El Espíritu del Señor es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría.

domingo, 17 de mayo de 2020

El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores


El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21
Nadie tiene por qué sentirse desprotegido. Sabemos hoy que la sociedad tiene que ofrecer recursos al que se siente indefenso ante la justicia para tener quien lo asesore y le defienda. Multitud de recursos sociales que tiene que ofrecer la sociedad, apoyo jurídico que incluso se ha de tener ante los tribunales. No siempre ha sido así, ni siempre están a mano con la facilidad que correspondería esos recursos de defensa incluso para el reo presuntamente culpable.
Hago esta referencia a ese apoyo que siempre en la sociedad tendríamos que encontrar porque hablando quizá desde el presupuesto de estos términos es lo que Jesús ofrece a sus discípulos.
Les está hablando en momentos críticos como son los previos al propio prendimiento de Jesús y los discípulos pudieran intuir que si les falta Jesús es como si se sintieran huérfanos; conocen todas las confabulaciones de los judíos con Jesús, pero ellos están con El y se sienten seguros; intuyen quizá que si les faltara Jesús porque se cumpliera todo lo que El les ha anunciado se van a ver solos y como abandonados a su suerte. Así los veremos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos tras el prendimiento de Jesús, su pasión y su muerte en la cruz, a pesar de todas las promesas que Jesús les ha ido haciendo, pero que ellos nunca terminaron de entender. Y de eso es de lo que hoy Jesús les habla.
Ya en ocasiones les había hablado de persecuciones y de tribunales e igualmente les había dicho que no tuvieran miedo porque tendrían un Defensor, el Espíritu que pondría palabras en sus labios para su defensa. Jesús les pide fidelidad, amor, cumplimiento siempre de su voluntad, pero no han de temer aunque vengan momentos difíciles y en ocasiones incluso se encuentren desorientados sin saber a qué atenerse. ‘Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.
Se nos ha conservado la palabra de origen griego en su traducción literal al castellano porque expresa realmente el sentido de lo que les ofrece Jesús. El paráclito es el que está llamado para defender al indefenso. Y es el sentido que Jesús quiere darle a la presencia del Espíritu Santo en la vida de los discípulos, el Defensor, el apoyo y la fuerza incuestionable, el que estará siempre a nuestro lado para que encontremos la mejor palabra, la más perfecta actitud y postura, la más valiente decisión. Es el que inspira y nos da luz para hacernos ver caminos, salidas. Es el que acompaña para que no nos sintamos solos en el camino que muchas veces se puede convertir en algo duro y nos puede hasta parecer intransitable. Pero El estará ahí como nuestra fuerza y nuestra luz, como nuestra defensa y nuestra fortaleza.
La liturgia cuando casi vamos concluyendo el tiempo pascual porque ya nos acercamos a Pentecostés nos ofrece estos textos con la promesa de Jesús. Es esa luz que necesitamos en todos los tiempos porque siempre ha habido y habrá momentos difíciles para los que queremos seguir a Jesús y no nos podemos sentir huérfanos y desamparados. Bien que en el camino de la Iglesia a través de todos los tiempos siempre se ha sentido esa presencia del Espíritu y aunque haya habido momentos difíciles, momentos en que la iglesia ha caminado incluso por caminos tortuosos, no ha faltado la presencia del Espíritu que guía y que sostiene a la Iglesia.
Pero tenemos que escuchar esta Palabra en el momento presente, momento de turbulencias, de confusión y desorientación, momentos en que nos vemos zarandeados por problemas que pensábamos que no se iban a presentar a la humanidad, pero que de la noche a la mañana todo se ha trastocado, muchas cosas se han venido abajo, nos sentimos que no sabemos como ni cuando vamos a salir de estas oscuridades y tenemos el peligro y la tentación del desaliento.
Momentos, por otra parte, que tendrían que hacernos pensar sobre la manera como hemos ido construyendo nuestro mundo que ahora da la impresión que ha perdido los cimientos y el edificio se nos puede venir abajo. Momentos de reflexión para saber leer las lecciones de la historia y, en concreto, de esta historia que ahora nos ha tocado vivir y donde siempre tenemos algo que aprender. Se nos cuestionan muchas cosas, pero aparecen también señales de luz de que no todo está perdido porque aparece en muchos lo mejor que tienen de si mismos y eso les hace plantearse las cosas de otra manera.
Y como creyentes también tenemos algo que decir, como creyentes en Jesús también tenemos un camino y unas decisiones que tomar para encontrar salidas, como creyentes no podemos sentir que todo es oscuridad alrededor nuestro, como creyentes ahora escuchamos esta Palabra de Jesús que nos hace encontrar la luz porque también en estos momentos hemos de sentir con nosotros la presencia y la fuerza del Paráclito, la fuerza del Espíritu Santo prometido. No estamos batiendo alas como aves desorientadas en un túnel oscuro y sin salida sino que hay quien nos inspira y nos orienta desde lo más hondo para que encontremos esa luz que nos señala una salida.
Una salida a algo nuevo, una salida a un mundo transformado, una salida a un mundo nuevo que nosotros los cristianos sabemos bien como construirlo desde esos valores nuevos que nos ofrece el evangelio y que quizá tantas veces hemos olvidado dejándonos encantar por esos cantos de sirena que en el mundo se nos ofrecían. El Espíritu del Señor que nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús. Ese mundo nuevo que nosotros los cristianos llamamos el Reino de Dios y donde han de florecer esos valores eternos e inviolables del amor y de la justicia, de la paz y de la solidaridad, de la verdad y de la autenticidad, de la cercanía y de la fraternidad, por citar algunos.
No estamos solos, no caminamos abandonados como huérfanos, con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor. Dejémonos conducir.

viernes, 12 de julio de 2019

Los valores del evangelio no los podemos dejar de testimoniar aunque su luz moleste a los que prefieren andar entre sombras y tinieblas




Los valores del evangelio no los podemos dejar de testimoniar aunque su luz moleste a los que prefieren andar entre sombras y tinieblas

Génesis 46,1-7.28-30; Sal 36;  Mateo 10,16-23
Cada uno vamos por la vida con nuestros valores y principios tratando de ser mejores nosotros mismos, pero también de poner nuestro grano de arena para que nuestro mundo sea mejor. Porque creemos en nuestros valores no nos apartamos de ellos, sino más bien tratamos de transmitirlos a los que están a nuestro lado, aunque no siempre es tarea fácil.
Lo normal sería un diálogo amigable donde queremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos, al tiempo que queremos descubrir también lo bueno que hay en los demás, aunque nuestros principios o el sentido de la vida sea muchas veces diverso, sin embargo en lugar de ello parece que hay una confrontación que en ocasiones se vuelve hasta violenta.
En caminos de intolerancia incluso quieren impedirnos lo que nosotros queremos vivir y no solo se cierran sino que se enfrentan a lo que nosotros queremos transmitir. Es el diálogo de sordos que muchas veces se vuelve hasta violento en palabras y hasta en gestos que contemplamos en tantos aspectos de nuestra sociedad.
No somos capaces de construir juntos, sino que más bien siempre queremos destruir lo de los que consideramos nuestros contrincantes. Es triste muchas veces el espectáculo que muestra sociedad en lo social y en lo político algo que vivimos muy intensamente en nuestra tierra. Parece que en lugar de constructores estemos llamados a ser siempre destructores de lo que hacen los demás. Parece como si molestara que alguien que no sea de los suyos pueda hacer algo bueno.
Y esto nos pasa en los caminos de la vivencia de nuestra fe. Llamamos sociedad plural pero solo quieren imponer sus ideas y molesta para muchos la fe de los que nos llamamos creyentes y cristianos. Pero esto es algo que a nosotros los cristianos no nos tendría que hacer perder el sueño. Jesús nos lo anunció y también nos prometió la fuerza que necesitamos para afrontar esas situaciones que se convierten en tantos momentos en persecución como ha sido a lo largo de la historia, pero que también se viven en estos tiempos.
‘Mirad que os mando como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’, nos dice Jesús. Y nos habla de tribunales y de persecuciones, pero que en todo momento tenemos que seguir dando nuestro testimonio, pero nuestro testimonio tiene que ser siempre desde la paz. La paz que tenemos que llevar a los demás, a ese mundo que tanto lo necesita, pero la paz que no nos puede faltar en nuestro interior, por difíciles que se puedan poner las cosas. Por eso nos dice que no nos preocupemos de lo que hemos de decir en nuestra defensa, porque tenemos un Defensor, el Espíritu de la Verdad que está con nosotros y pondrá palabras de sabiduría en nuestros labios, y paz en nuestro corazón.
Nos vamos a encontrar a quien no le gusta nuestro mensaje o el testimonio que queremos dar con nuestra vida, y buscarán de todos modos acallarnos de la forma que sea. Es la intolerancia que se quiere imponer en nuestro mundo cuando tanto se habla de un mundo plural, pero donde no se respeta lo que puedan opinar los demás porque es distinto. Siempre la verdad es molesta, siempre el testimonio del bien hace escozor en los que tienen otros caminos en la vida. No nos debe extrañar, no hemos de perder el ánimo, con nosotros está el Señor y hemos de seguir dando ese testimonio.
Es un testimonio de luz el que nosotros queremos dar, y la luz a los que prefieren estar en tinieblas les molesta, porque les hace ver sus malas obras y las deja patentes también ante los demás. Mantengamos encendida nuestra luz que no es otra que la luz de Jesús y su evangelio que queremos llevar a nuestro mundo.

martes, 8 de mayo de 2018

Jesús nos promete su Espíritu, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir su presencia de Jesús para siempre


Jesús nos promete su Espíritu, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir su presencia de Jesús para siempre

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Las despedidas no son agradables; a nadie le gusta despedirse. Hay un algo que nos embarga el alma cuando tenemos que despedirnos de alguien si sabemos que esa ausencia se va a prolongar mucho tiempo, o quizá no volvamos a encontrarnos. Multitud de sentimientos, de recuerdos, de añoranzas nos van surgiendo en nuestro interior; al tiempo la incertidumbre de cómo le va a ir a quien se separa de nosotros cuando hay un cariño sincero.
Y cuando la despedida es de improviso nos quedamos aturdidos muchas veces sin saber como reaccionar; quizá después pensamos cuantas cosas hubiéramos podido decirle, cuantos gestos de cariño o de amistad pudimos haber tenido con aquel ser amado. Queremos tener un recuerdo, un signo de su presencia junto a nosotros aunque él ya esté lejos, pero queremos seguir recordando, sintiéndole de alguna manera presente junto a nosotros; no queremos que aquel cariño o aquella amistad se pueda enfriar o deteriorar por ese distanciamiento forzado por las circunstancias.
Era el estado de ánimo que embargaba a los discípulos aquella noche en la cena pascual. Presentían que algo iba a suceder aunque no terminaban de entender todo lo que Jesús les había anunciado; y no lo habían terminado de entender porque no se creían que pudiera pasar todo aquello que Jesús les había dicho. Como les dice Jesús ahora, tan aturdidos estáis en vuestra tristeza que ninguno me pregunta a donde voy.
‘Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor’. 
Jesús les dejará algo más que un recuerdo o un signo. Jesús nos envía su Espíritu, el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir la presencia de Jesús para siempre con nosotros tal como nos lo había prometido. ‘Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el Defensor’, nos dice.
Vamos concluyendo ya el tiempo pascual; estamos en la cercanía de la Ascensión de Jesús al cielo. Pero llega el momento de la culminación de la Pascua cuando celebremos Pentecostés y sintamos la venida del Espíritu Santo sobre nosotros. Pero tenemos que prepararnos, ponernos en disposición de recibir el Espíritu del Señor. En muchos lugares hay grupos de cristianos que se preparan con una novena al Espíritu Santo como una preparación. La liturgia nos va ayudando en estos días cuando nos va recordando las palabras de Jesús que anuncian la presencia del Espíritu.
Con la liturgia de la Iglesia rezamos:
Espíritu de Dios, la tierra llenas,
las mentes de los hombres las bañas en tu luz,
tú que eres Luz de Dios, divino fuego,
infunde en todo hombre la fuerza de la cruz.
Sé luz resplandeciente en las tinieblas
de quienes el pecado sumió en la oscuridad,
reúne en la asamblea de los hijos
los justos que te amaron, los muertos por la paz.
Acaba en plenitud al Cristo vivo,
confirma en el creyente la gracia y el perdón,
reúnelos a todos en la Iglesia,
testigos jubilosos de la resurrección.


martes, 23 de mayo de 2017

Porque quizás no vivimos una fe intensa nos amargamos, las soledades nos llenan de angustias, nos sentimos débiles y nos falta valentía para dar el testimonio de Jesús

Porque quizás no vivimos una fe intensa nos amargamos, las soledades nos llenan de angustias, nos sentimos débiles y nos falta valentía para dar el testimonio de Jesús

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11
¡Que duras son las despedidas! Cuando parte un ser querido, cuando un amigo se aleja porque su vida tomas otros rumbos parece que algo se rompe dentro de nosotros. Confieso que es algo que desde siempre me ha costado mucho. Para mi la imagen de una despedida la tengo en un barco que se aleja en el horizonte y se lleva al ser querido. Cualquier despedida de alguien que aprecio mucho siempre es algo que me rompe el corazón, aunque con la madurez de la vida aprenda uno a tomarlo con otro sentido y otras fuerzas quizás.
Son los sentimientos de tristeza que embargan los corazones de los discípulos en la noche de la cena pascual. Había Jesús anunciado lo que había de suceder y ahora habla de su marcha. Como explicaría mas tarde el discípulo amado al trasmitirnos el evangelio ‘habia llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos…’ es el comienzo de estos capítulos del evangelio de Juan.
Son palabras de Jesús ahora de despedida y de recomendaciones. Había que preparar a los discípulos para la tormenta inmediata que habían de soportar, pero era preparación también para que descubrieran su nueva forma de presencia en medio de ellos. El mundo no le vera, pero ellos podrán verle; quienes no crean serán incapaces de verle, pero quienes mantienen su fe en Jesús podrán seguir viéndole y sintiendo la alegría esperanzada de su presencia.
‘Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré…’  Es la promesa de Jesús. Es el Espíritu que nos hace sentir su fuerza, su presencia junto a nosotros. No lo veremos con los ojos de la carne, pero los ojos de la fe nos lo harán ver de forma distinta pero no menos real. Su presencia la podremos vivir de una forma  mas intensa allá donde estemos o en la situación en que nos encontremos. Con la fuerza del Espíritu en nosotros todo será distinto.
Lo podrían ver y sentir vivo y resucitado entre ellos y sentirían su fuerza en sus corazones para anunciarlo valientemente ante el mundo. Tenemos nosotros también que despertar nuestra fe. Lo necesitamos porque su ausencia seria dura para nosotros. Porque quizás no vivimos esa fe intensa tantas veces nos amargamos en la vida, las soledades nos aturden y nos llenan de angustias, nos sentimos débiles y cobardes para dar nuestro testimonio y nos falta esa valentía en el corazón para seguir haciendo el anuncio de Jesús en medio de nuestro mundo de hoy.
Por eso despertemos nuestra fe, avivemos nuestra fe. Sentiremos el gusto de la presencia de Jesús y seremos valientes en nuestro testimonio.

lunes, 22 de mayo de 2017

Necesitamos mucha fuerza interior, una fuerza espiritual que nos eleve y nos haga ver las cosas con otra perspectiva, una fuerza sobrenatural que nos haga crecer

Necesitamos mucha fuerza interior, una fuerza espiritual que nos eleve y nos haga ver las cosas con otra perspectiva, una fuerza sobrenatural que nos haga crecer

Hechos 16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a
Alguna vez cuando nos encontramos contratiempos en la vida y quizás andamos preocupados por como vamos a salir de esa situación un amigo se nos ha acercado y nos ha comentado  ‘eso ya te lo había dicho…ya te dije que estuvieras preparado’. Es bueno tener a nuestro lado amigos así que aunque nos recriminen cariñosamente sin embargo sus palabras nos sirven de aliento y nos ayudan a levantarnos, a no dejarnos arrastrar por negruras y pesimismos que nos depriman.
Son las palabras que le escuchamos a Jesús. Se las decía a los apóstoles en aquella sobremesa de la cena pascual, la que llamamos la última cena antes de su pascua. Ya andaban con aires de tristeza por lo que presentían que iba a suceder, y ahora el evangelista cuando nos trasmite el evangelio nos recuerda las palabras de Jesús que ya los había prevenido. Palabras de aliento y de animo como las del amigo que esta a nuestro lado en las buenas y en las malas, como antes mencionábamos. ‘A vosotros os llamo amigos’, les había dicho Jesús.
Son palabras de despedida pero también de un anuncio lleno de esperanza. Habla incluso de persecuciones, ‘os expulsarán de las sinagogas’, pero no pueden sentirse solos por qué con ellos, con nosotros estará el Espíritu de la Verdad. ‘Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Tendremos un Defensor, el espíritu de Jesús que estará en nosotros y con nosotros dará testimonio, será nuestra fuerza.
Necesitamos escuchar en el corazón estas palabras de Jesús. Tenemos el peligro de perder la paz, de agobiarnos ante lo que tenemos que hacer o ante las dificultades que encontramos, nos sentimos como desestabilizados en los contratiempos que nos da la vida. Mantener la serenidad y la calma en medio de los problemas de cada día muchas veces no es fácil. Cada uno pensemos en los problemas que tenemos que afrontar en la familia, en el círculo de nuestras relaciones, en el ámbito de nuestro trabajo, en la situación social que podamos vivir, en nuestra lucha personal por subsistir, por crecer y madurar, por afrontar nuestras responsabilidades.
Necesitamos mucha fuerza interior; una fuerza espiritual que nos eleve por encima de esas situaciones y nos haga ver las cosas con otra perspectiva; una fuerza sobrenatural que nos haga vencer las tentaciones de desanimo que podamos sufrir o esas otras tentaciones que nos hacen rodar por la pendiente de la desgana, de la tibieza y nos puedan hundir en las aguas tenebrosas del pecado.
Necesitamos la presencia y la fuerza del Espíritu Santo que nos lleve por el camino del bien, que nos haga mantenernos firmes en nuestros compromisos, que nos impida apartarnos de ese camino de vida que es el evangelio de Jesús. 

lunes, 2 de mayo de 2016

Cuando venga el Defensor, el Espíritu de la verdad que enviaré desde el Padre, vosotros también daréis testimonio

Cuando venga el Defensor, el Espíritu de la verdad que enviaré desde el Padre, vosotros también daréis testimonio

Hechos 16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a
Me recuerda a la madre que siempre le está advirtiendo a su hijo lo que le puede pasar y que cuando suceden lo que le había prevenido le recuerda ‘yo te lo dije’; me recuerda la palabra del amigo o de aquella persona que te aprecia mucho que igualmente nos dice que ya nos había prevenido para que tuviéramos cuidado. Así está Jesús anunciándoles a sus discípulos en la hora de la cena pascual aquellas cosas que de manera inminente van a suceder o también lo que en el futuro les va a pasar por ser seguidores suyos. ‘Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’.
Pero las palabras de Jesús no son para producirnos desasosiego ni amarguras ni temores ante lo que va a suceder, sino son palabras que nos llenan de esperanza. Nos asegura Jesús que no nos faltará la fuerza del Espíritu. Nuestra misión es dar testimonio y ese testimonio se convierta en anuncio de Buena Nueva, en anuncio de Evangelio  para que a todos en verdad llegue la salvación. Pero será un anuncio, será un testimonio que podremos realizar por la fuerza de su Espíritu.
‘Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Tenemos el testimonio del Espíritu de la Verdad que nos lo recordará todo, que será en verdad nuestra fortaleza porque nos hace sentir la presencia de Dios con nosotros, pero eso nos tiene que llevar a dar nosotros nuestro testimonio. Como nos dirá Jesús en otro lugar: ‘Seréis mis testigos’.
Cuando vamos ya terminando el tiempo pascual vamos escuchando estas palabras de Jesús que nos anuncian la presencia del Espíritu Santo. El se vuelve al Padre pero no nos dejará solos, nos envía desde el Padre el Espíritu de la verdad. Será nuestra fortaleza, será nuestra luz. Todo esto nos va preparando para la gran fiesta de la Pascua de Pentecostés, en que celebraremos y viviremos de manera especial la fuerza del Espíritu Santo en nosotros.
Ese testimonio que hemos de dar proclamando nuestra fe con valentía. No podemos avergonzarnos de nuestra fe sino que con gallardía y con alegría hemos de proclamarla. Somos felices con nuestra fe porque nos sentimos amados de Dios y renovados totalmente en El para vivir una nueva vida. Y de ese amor de Dios, aunque inmerecido por nuestra parte, hemos de sentirnos orgullosos. Por eso lo proclamamos; por eso lo queremos vivir amando nosotros de la misma manera a los demás.
No tememos que no nos entiendan y eso nos pueda llevar a muchas incomprensiones por parte de los demás que se puedan convertir incluso en persecuciones. Nos sentimos seguros y fortalecidos en el Espíritu del Señor. Y damos testimonio de ello con nuestro estilo de vida, con ese nuevo sentido con que hacemos todas las cosas, con esa intensidad de nuestro amor.
Damos testimonio porque queremos convertirnos en faro de luz en medio de tantas oscuridades. No es nuestra luz con la que vamos a iluminar sino con la luz de Cristo en la que nosotros hemos sido iluminados. No querrán aceptar esa luz pero nosotros la encendemos porque queremos que haya vida y no muerte, porque queremos poner amor y solidaridad frente a tantos odios y violencias, porque queremos decir que es posible un mundo distinto cuando aprendemos a ser solidarios y a compartir, porque queremos que brille de verdad la paz frente a tantos enfrentamientos, discriminaciones, insolidaridades e injusticias.
No nos faltará la fuerza del Espíritu para ser testigos.

martes, 27 de mayo de 2014

Si me voy os enviaré el Espíritu Santo con el que sentiréis para siempre mi presencia entre nosotros



Si me voy os enviaré el Espíritu Santo con el que sentiréis para siempre mi presencia entre nosotros

Hechos, 16, 22-34; Sal.137; Jn. 16, 5-11
‘Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’.
En estos días en que la liturgia nos ofrece el sermón de la Cena Pascual de Jesús venimos escuchando repetidamente cómo Jesús nos anuncia que nos enviará el Espíritu Santo, el Paráclito o Defensor, el Espíritu de la verdad. En este tiempo final de la Pascua cuando nos preparamos litúrgicamente para la Ascensión y luego Pentecostés estos textos de la Palabra de Dios nos ayudan mucho para que lleguemos a vivir con toda intensidad esos momentos del tiempo litúrgico y para que ahondemos más y más en todo lo que significa el Espíritu Santo en nuestra vida. Es muy necesario para que vivamos todo lo que significa en nuestra vida y en la vida de la Iglesia.
Jesús nos está diciendo que si El no se va no vendrá a nosotros el Espíritu Santo, que nos enviará desde el Padre. Nos ha hablado de una nueva presencia suya que hemos de vivir en nuestra vida y es por la fuerza del Espíritu cómo podemos vivirla. Algunas veces parece que no somos conscientes totalmente de ello, pero si nos fijamos en la liturgia veremos, por ejemplo, que siempre se invocará el Espíritu Santo en cualquiera de los Sacramentos para poder sentir y vivir esa gracia del Señor y de su gracia.
‘Te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor’, decimos en la segunda plegaria eucarística. Si ese pan y ese vino que presentamos al Señor como una ofrenda de nuestra vida, ese pan y ese vino fruto del trabajo de los hombres, serán para nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor será por la acción del Espíritu Santo en el sacramento. Ya no serán para nosotros un simple pan o un poco de vino que pongamos en la copa, pongamos en el cáliz, por la acción del Espíritu Santo será realmente para nosotros sacramento, serán para nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor.
No hay sacramento si no es por la acción y por la fuerza del Espíritu del Señor. Así en la Eucaristía y así en todos los sacramentos. Sería bueno que en la celebración de cada uno de los sacramentos fuéramos de verdad conscientes de ello y ese momento de la invocación del Espíritu Santo no pasara desapercibida para nosotros. El sacerdote con toda la Iglesia está en ese momento invocando la presencia del Espíritu, la efusión del Espíritu Santo; así todos los que estamos en la celebración tendríamos desde nuestro interior estar invocando esa presencia del Espíritu y así sentiremos vivamente la presencia de Jesús que nos llena y nos inunda con su gracia.
Podríamos fijarnos con todo detalle en cada una de las plegarias eucarísticas, como tendríamos que fijamos en cómo se expresa todo eso en cada uno de los sacramentos; ya tendremos ocasión de irlo recordando y meditando. Iremos haciendo un repaso de esos diversos momentos en los que en la liturgia vamos invocando el Espíritu Santo.
Es el Espíritu del Señor que nos congrega en la unidad y nos hace sentir la comunión, no solo con Cristo a quien comulgamos sacramentalmente en su cuerpo y sangre, sino también esa comunión profunda que tendríamos que vivir entre nosotros todos los que creemos en Jesús. Así, por ejemplo, en otro momento de la plegaria eucarística invocamos al Espíritu para que nos congregue en esa comunión y unidad. ‘Te pedimos humildemente, decimos, que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo’. Comemos el Cuerpo del Señor alimentándonos de El que ha querido ser para nosotros pan de vida eterna, pero cuando todos comemos el mismo Pan de Vida, al mismo Cristo, el Espíritu Santo está moviendo nuestros corazones a la unidad y a la comunión.
Es hermoso y tendríamos que ser muy conscientes de ello. Que todo esto que vamos reflexionando estos días a la luz de la Palabra del Señor nos ayude a impregnarnos más y más de la presencia del Espíritu Santo que nos haga caminar siempre por caminos de santidad.