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domingo, 19 de abril de 2026

Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

 


Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

Hechos 2, 14. 22-33; Salmo 15; 1Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35

Vamos a caminar un poco, nos habrá dicho alguien alguna vez o somos nosotros los que hemos invitado a alguien. Es algo más que un paseo, como solemos decir para justificarnos, para estirar las piernas; ese camino junto a alguien es mucho más, porque aunque se comience hablando quizás de cosas intrascendentes fácilmente la conversación va derivando a algo más sutil, más profundo; expresamos fácilmente como nos sentimos, nuestras ansias o nuestras esperanzas o los momentos de desánimo porque nos hemos sentido frustrados, y de parte y parte van surgiendo las palabras y los pensamientos, se nos van abriendo caminos o comenzamos a entender muchas cosas; nos sentimos a gusto en nuestro intercambio y desaparecen los cansancios, no solo los externos que podamos llevar en el cuerpo, sino que nuestro espíritu se siente reconstituido, y queremos prolongar el camino o nos sentamos plácidamente en algún sitio que consideremos agradable porque ya no nos queremos apartar de quien nos ha acompañado.

Creo que son experiencias que todos de una u otra manera hemos vivido y que quizás hayan podido significar también un antes y un después de tal momento. Lo estamos viendo también en el relato del evangelio. Aparentemente nadie invitó a nadie pero en el fondo alguien los estaba buscando y que se manifiesta en aquel desconocido caminante que se une a su camino. Y lo normal, nos interesamos mutuamente en cómo nos encontramos y de ahí parte la conversación, la tristeza y el desánimo de quienes se marchaban de Jerusalén porque se veían cumplidas sus esperanzas. Y viene el desahogo completo, con todo detalle pero llegan también las palabras de respuesta que poco a poco va enardeciendo sus corazones.

A quienes se les veía tardos y torpes de corazón poco a poco se les fue abriendo su mente para que comprendieran el sentido de las Escrituras. Nosotros que andamos ya con conocimiento de causa tenemos que reconocer qué más grandioso maestro les fue explicando el sentido de las Escrituras. La luz comenzó a llegar a sus vidas, se fueron despertando sus mejores sentimientos, se descorrían las oscuras cortinas que los habían mantenido envueltos en tinieblas y llegó el ofrecimiento de la hospitalidad con el ruego de que permaneciera con ellos porque fuera los caminos estaban oscuros y con El habían encontrado luz.

Hemos escuchado el relato evangélico que además tantas veces habremos meditado y Jesús se sentó a la mesa con ellos para compartir el pan de la hospitalidad pero más que nada para regalarles el pan de su presencia. ‘Lo reconocieron al partir el pan’, que nos dice el texto sagrado. Ya después no había oscuridades ni temían los peligros pues ellos volvieron a Jerusalén para contar cuanto les había sucedido en el camino y allí se encontraron también con la alegría de quienes podían contar también que Jesús había resucitado porque también se había aparecido a Simón.

Pero no nos quedamos en el texto o relato del pasado sino que llegamos también a descubrir que es el relato de nuestro camino. Oscuro se nos vuelve en ocasiones nuestro camino, también hay frustraciones y desesperanzas, desde lo que a cada uno le sucede allá en lo más interior de si mismo, pero también de los desánimos y cansancios que nos envuelven en tantas ocasiones en nuestro camino o en el camino también de nuestra comunidad; nos parece también que caminamos solos y sin rumbo o muchas veces refugiándonos en anteriores situaciones como si estuviéramos volviendo la vista atrás para encontrar acomodo en lo que estábamos o vivíamos antes.

¿No necesitaremos igualmente que alguien nos salga al paso poniéndose a caminar con nuestros zapatos – una manera de decir – para convertirse en ese oído que escuche nuestro desahogo pero que también nos haga oír esa Palabra nueva que sea como luz que nos ilumine de nuevo y nos haga encontrar el sentido de nuestro camino?

El Señor puede llegar a nuestro lado difuminado en ese desconocido caminante, como nos puede llegar de distintas maneras en los propios acontecimientos, en lo que podamos contemplar a nuestro alrededor, en esa moción nueva que sentimos en nuestro interior, en esa celebración que en principio se nos podía volver rutinaria pero que en algún momento una palabra, un gesto o detalle de la misma celebración nos despierta para hacernos sentir algo nuevo que nos vuelve a poner en camino. Dejemos que el Señor llegue a nuestra vida, escuchemos esa palabra que nos hace llegar, estemos atentos para descubrir esa señal, terminemos reconociéndolo en la fracción del pan, sintonicemos de nuevo el sentido de ese ardor de nuestro corazón porque así descubriremos que el Señor está con nosotros.

Es la Eucaristía de la vida y es la Eucaristía que tiene que hacerse vida para nosotros. Tenemos que aprender a dar el paso desde el abrir nuestro corazón hasta escuchar de verdad lo que El tiene que decirnos – qué distraídos andamos muchas veces demasiado encerrados en pensar solo en nosotros mismos – y hagamos que este gesto de partir y compartir el pan sea algo más que un rito que realizamos para descubrir la presencia de Cristo resucitado que se hace pan y vida para que le comamos y podamos tener una vida nueva.

Vamos a caminar un poco, nos está diciendo Jesús hoy de alguna manera. ¿Nos pondremos en verdad a caminar con El que es caminar con los hermanos?

domingo, 12 de abril de 2026

Jesús resucitado llega a nosotros con su mensaje de paz y reconciliación, porque tocando nuestras heridas El nos sana y nuestro corazón se inunda de una alegría contagiosa

 


Jesús resucitado llega a nosotros con su mensaje de paz y reconciliación, porque tocando nuestras heridas El nos sana y nuestro corazón se inunda de una alegría contagiosa

Hechos 2, 42-47; Salmo 117; 1Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31

Cómo nos cuesta confiar y creer, cómo nos cuesta mantenernos en la esperanza cuando todo parece negro y oscuro, como nos cuesta salirnos de la encerrona en la que a veces nosotros mismos nos hemos metido. Y es que esas negruras de la vida y esos pesimismos parecen una espiral que nos envuelve y por eso nos parece no tener salida. Algunas veces se nos oscurece la fe verdadera y parece que quisiéramos volver a nuestras rutinas de siempre que poco nos comprometen porque se pueden quedar en fachadas y en vanidades. Por eso qué difícil se nos hace encontrarnos con la pascua verdadera y dejar que de verdad impacte en nuestra vida, porque nos compromete y preferimos formalismos tradicionales que son como un hábito que hoy nos ponemos pero mañana nos podemos quitar para seguir como siempre.

¿Nos puede haber sucedido así una vez más en la celebración de la Pascua y en lo que fueron las celebraciones de la semana santa? Creo que tendría que ser como un análisis que tendríamos que hacer de nuestra vida para ver qué nos queda hoy a los ocho días de haber celebrado el día de Pascua, aunque litúrgicamente se haya prolongado en estos ocho días como si fuera una solo.

Hoy nos comienza diciendo el evangelio que los discípulos estaban reunidos en el cenáculo pero con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Es cierto que el comienzo del relato parte de lo que fue aquel primer día, pero al completar el relato que hoy se nos ofrece a los ocho días aún están en el mismo sitio. ¿Dónde estamos nosotros? Y el dónde no es hablar de un lugar sino de una situación, de cómo nos sentimos, de lo que hemos avanzado o no, de en qué se han quedado todas las celebraciones que la pasada semana vivimos. ¿Cómo era en el principio, o sea, antes de la pascua, y así vamos a seguir por los siglos de los siglos?

Creo que tenemos que detenernos a ver nuestra realidad para sentir cómo el Señor resucitado viene una y otra vez a nuestra vida. Como lo vemos hoy en este pasaje que nos narra dos manifestaciones de Cristo resucitado una y otra semana a los discípulos que aún seguían encerrados en el cenáculo. Son los miedos y cobardías, será nuestra incapacidad de dar un paso adelante, será que solo miramos y vemos muros a nuestro alrededor que nos cercan con su indiferencia o con su increencia, será que preferimos como Pedro quedarnos en lo alto del Tabor pero le tenemos miedo de bajar a la calle para al encontrarnos con los demás hacerles el anuncio que ha llenado nuestra vida, será que aún seguimos con una fe titubeante porque seguimos buscando pruebas, será que aun desde dentro seguimos ausentes o queriendo ir por nuestro lado, será porque seguimos sintiendo tantas heridas que siguen haciéndonos daño… pero Jesús nos sale al encuentro y nos ofrece su saludo de paz.

Pero con ese encuentro con Jesús sentiremos que ya no nos podemos callar, que tenemos que ofrecer esa paz, que tenemos que comenzar a ir regalando amor y perdón allá por donde vayamos. ‘Hemos visto al Señor’, como le dicen los discípulos al discípulo ausente. Y es que aquel discípulo ausente sigue pensando en heridas de manos y costado. ¿Qué heridas seguirán pesando sobre nosotros? Cuando Jesús de nuevo se les manifiesta están ya Tomás entre ellos a él se dirigirá Jesús ofreciendo las llagas de sus manos y de su costado para que venga a palparlas, a meter su dedo o su mano. ¿Será lo que nos está pidiendo también Jesús a nosotros hoy?

Jesús resucitado con su presencia les ha dejado el saludo de paz y la misión de la reconciliación al hacer el anuncio de la Buena Nueva por el mundo porque así es cómo se sentirán verdaderamente sanados. Tomás terminará confesando su fe porque en el encuentro con Jesús las heridas de su alma de la desconfianza y de dispersión se han comenzado a sanar. Cogidos de la mano de Jesús toquemos también directamente esas heridas que nosotros seguimos llevando en el alma para que encuentren curación. Aprenderemos a perdonarnos a nosotros mismos porque sentimos que el Señor nos perdona, pero aprenderemos también a perdonar a los demás y a todos llevar ese mensaje de reconciliación. ‘Dichosos los que sin haber visto han creído’, viene a decirle Jesús a Tomás. No habremos visto con los ojos de la cara, pero sí habremos sentido la presencia sanadora, salvadora de Jesús en nuestra vida y nos hemos tenido que sentir transformados.

Y es que sentimos la dicha, la felicidad, la alegría de la presencia de Jesús y es de lo que tenemos que dar testimonio a los demás. Y es que sentimos la alegría del amor, la satisfacción de darnos con generosidad y compartir; es que sentimos la dicha y la alegría de estar entre aquellos que se sienten amados de Dios y por eso mismo se aman y entran en la más hermosa de las comuniones. Entonces nuestra vida será distinta, la proclamación de nuestra fe la haremos con renovada alegría, el entusiasmo que sentimos será grande y contagiará a los que están a nuestro lado. Despertemos a esa alegría nueva, contagiemos la alegría de nuestra fe que está alimentada en el amor.


jueves, 9 de abril de 2026

Acallemos nuestros miedos que nos llenan de confusión y dejémonos envolver por la fe, solo así podremos sentir la presencia del resucitado y podremos llegar a ser sus testigos

 


Acallemos nuestros miedos que nos llenan de confusión y dejémonos envolver por la fe, solo así podremos sentir la presencia del resucitado y podremos llegar a ser sus testigos

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Salmo 8; Lucas 24, 35-48

¿Estaremos viendo fantasmas? ¿Serán solo ilusiones y sueños lo que nos están motivando en la vida? Algunas veces nos puede parecer esto o también nos encontramos que muchos solo quieren manejar su vida desde esos parámetros, o que los sueños que tenemos de aquello que tanto deseamos parece que se nos convirtieran en realidad y al final nos sentimos tan confundidos que realmente no sabemos donde estamos, lo que queremos o lo que es en realidad la vida.

¿Sería así cómo se sentían confundidos los discípulos de Jesús cuando tanto ansiaban estar con El y ahora se habían roto todas las esperanzas porque había muerto? Alguna vez habían tenido esa sensación en algún momento en que se habían sentido solos como cuando atravesaban el lago con el viento en contra sin poder avanzar pero Jesús no estaba con ellos para liberarles de aquella situación como había hecho en la ocasión de aquella tormenta en que casi se hundían; habían visto venir hacia ellos caminando sobre las aguas y habían pensado y gritado de miedo porque pensaban en un fantasma; Jesús les había dicho que era El para quitarles sus miedos y hacer que volvieran a la realidad y encontraran la paz, aunque alguna había querido comprobarlo por sí mismo pero los miedos no le dejaban dejarse conducir por la fe y terminaba hundiéndose por sus dudas; solo la mano de Jesús le había salvado

¿Andaremos nosotros en una misma confusión y todo lo que decimos y predicamos de la resurrección y de la presencia de Cristo resucitado en medio nuestro será algo fantasmagórico también y fruto de nuestra imaginación o nuestros deseos? Muchos también podrían echarnos en cara cosas así pero para entrar en esta órbita de la pascua necesitamos algo más que sueños irreales o buenos deseos, algo más que unas comprobaciones científicas o de lo que de alguna manera llamamos racionales; sólo desde el ámbito de la fe podemos entrar en esa nueva órbita que nos lleva al reconocimiento de Cristo resucitado en medio nuestro. De lo contrario andaremos en un mundo de muchas confusiones.

Ahora mientras andaban los discípulos confundidos en aquel primer día de la semana con noticias que les llegaban que les parecían contradictorias, mientras los discípulos de Emaús les están haciendo también su relato de cómo había caminado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan, Jesús se presenta en medio de ellos que igualmente no saben si quedarse en el temor o hacer que aparezca la alegría porque Jesús está en medio de ellos. Jesús tendrá también que reconfortarles y hacerles ver que no tienen motivos de alarma porque es El en persona. Podrán ver y palpar sus manos y sus pies con el signo de las heridas, comerá un trozo de pez asado que le ofrecen, pero ellos seguían atónitos y sin terminar de creer.

Y Jesús les explica, y les abre el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y lo que estaba anunciado por los profetas de lo que había de sufrir el Siervo de Yahvé. Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.

Ellos tiene que ser testigos, pero solo podemos ser testigos de aquello que vivimos y experimentamos en nosotros; no podemos ser testigos ni de fantasías ni de imaginaciones, tenemos que ser testigos de una vivencia y de una vivencia profunda de fe que nos haga sentir en medio nuestro, en lo más hondo de nuestro corazón, de esa presencia de Jesús. Es lo que nos transformará nuestra vida, es lo que nos puede convertir en testigos, como nos está diciendo Jesús.

Acallemos nuestros miedos que nos llenan de mayor confusión y dejémonos envolver por la fe; solo así podremos sentir la presencia del resucitado y solo así podremos llegar a ser sus testigos.


domingo, 12 de octubre de 2025

Pilar de apoyo y fortaleza, pilar que señala camino y nos da seguridad en nuestras sendas es María la que escucho y plantó en su corazón la Palabra del Señor

 


Pilar de apoyo y fortaleza, pilar que señala camino y nos da seguridad en nuestras sendas es María la que escucho y plantó en su corazón la Palabra del Señor

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Salmo 26; Hechos 1, 12-14; Lucas 11, 27-28

En la complejidad de lo que es la vida, después que hayamos pasado por muchas experiencias, unas oscuras en muchas ocasiones, pero otras también llenas de luminosidad, cuando tenemos que seguir enfrentándonos al camino de la vida nos entran miedos y nos llenamos de dudas, nos sentimos inseguros, necesitamos tener claros los pasos que tenemos que ir dando y aunque haya quien nos haya dado pautas, sin embargo, nos detenemos a pensar, a reflexionar, a replantearnos las cosas, a sentir esa seguridad que necesitamos para avanzar. Buscamos unos apoyos, unos pilares que mantengan firme el edificio que pretendemos construir con la vida.

Esto son cosas que nos suceden en las responsabilidades que hemos asumido en la vida, en los trabajos que tenemos que realizar, pero también allá en lo más hondo de nosotros mismos y en nuestra propia identidad; es algo que también en el camino de la fe nos sucede y nos planteamos, buscando esa luz que nos viene de Dios por la fuerza de su Espíritu para continuar con nuestro compromiso cristiano.

Hoy el texto de la Palabra de Dios en los Hechos de los Apóstoles nos hablaba de lo que hizo el grupo de los discípulos después de aquella ultima manifestación de Jesús en que antes de subir al cielo los envió por el mundo para anunciar el evangelio. Pero ya también Jesús les dijo que se quedaran en Jerusalén hasta que recibieran la fuerza del Espíritu. Hemos de reconocer que se encontraban en una situación anímica como la que hemos venido describiendo en esta reflexión.

Allá se fueron al Cenáculo de nuevo, aquel lugar de tantas experiencias no solo en la cena pascual sino también como refugio en los momentos de la pasión de Jesús, pero también escenario, por así decirlo, de su experiencia pascual. Allí los había encontrado Jesús después de su pasión y su resurrección. Ahora allí estaban de nuevo en oración, en reflexión – algunas decisiones tuvieron que tomar como elegir al sustituto de Judas en el grupo de los Doce -, en silencio de búsqueda, en tensión de su espíritu para la misión que Jesús les había encomendado. Y nos dice que estaban no solo el grupo de los apóstoles más cercanos a Jesús sino algunas mujeres y con ellas María, la madre de Jesús.

¿Era el apoyo que necesitaban? ¿Era la búsqueda de esa fortaleza interior y ese coraje para lanzarse por el mundo para el anuncio del Evangelio? ¿Era la apertura de su mente y de su corazón para abrir los horizontes de su vida que tenía que ir más allá de aquellos rincones de su Galilea o de su tierra de Palestina, la tierra prometida que habían recibido sus padres? Y María está ocupando un lugar importante en ese grupo, por algo de manera especial la recuerda el autor de los Hechos de los Apóstoles.

Se nos ofrece este texto en la liturgia de este día en que celebramos a la Virgen en esa advocación tan querida para nosotros del Pilar. Es todo un signo y una señal en nuestra vida, en el camino de nuestra vida cristiana, en nuestro camino también de apóstoles y evangelizadores que hemos de ser en medio de nuestro mundo. Somos también los enviados del Señor que necesitamos de ese coraje, de esa fuerza interior, de esa fuerza del Espíritu como estaban allí esperando los Apóstoles en el Cenáculo y que se manifestaría en Pentecostés. Pero es una imagen y un signo muy hermoso que contemos con esa presencia de María.

¡Qué hermosa esa Advocación del Pilar! Un pilar de apoyo y fortaleza, como un edificio que hemos de edificar con sólidos cimientos pero con la fortaleza de unas columnas que den armazón al edificio. Un pilar como era los que se ponían en las antiguas calzadas romanas que atravesaban el imperio y que iba señalando rutas, que iba marcando distancias, que daba seguridad a los caminantes de seguir la ruta cierta y segura.

En la tradición de nuestra Iglesia en España tenemos desde siempre ese Pilar que quedó como signo y señal de esa presencia de María junto al apóstol que hizo el primer anuncio del Evangelio en nuestras tierras. Pero ese Pilar ha continuado presente en toda la historia de la Iglesia española a través de los tiempos para hacernos sentir esa presencia de María junto a nosotros en nuestros caminos, en nuestra vida, como lo estuvo presente, según hemos escuchado hoy en los Hechos de los Apóstoles, allí en el Cenáculo junto a los discípulos y apóstoles sobre los que había de constituirse la Iglesia. Así María ha estado siempre junto a nosotros, como Madre, como compañera de camino, como signo de luz de fortaleza para nuestras vidas.

Como nos ha dicho el evangelio en ella contemplamos la imagen de la que ha plantado la Palabra de Dios en su vida y que merecería todas las alabanzas. ‘Dichosos más bien los escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Aquella mujer que fue llamada bienaventurada porque en su carne se hizo carne el Hijo de Dios y con su pecho lo alimentó como Madre, lo es dichosa también por ella siempre quiso que en ella se cumpliera la Palabra del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’.

domingo, 8 de junio de 2025

Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo y fermentar la levadura del evangelio

 


Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo y fermentar la levadura del evangelio

 Hechos 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13;  Juan 20, 19-23

Hay experiencias por las que pasamos en la vida que nos marcan profundamente y nos harán sentir que a partir de ello ya todo no es igual para nosotros, nos pueden abrir a un nuevo sentido de vida, a comprender de una forma distinta aquellas cosas que nos van sucediendo y reviviéndolas nos sentimos como distintos, de alguna manera transformados y con una fuerza interior que nos lleva a ese nuevo actuar. Son experiencias que no solo recordamos sino que revivimos dentro de nosotros, porque cuando las recordamos es como si estuviéramos viviéndolas de nuevo y brota de nosotros como una nueva energía que nos hace distintos en cada momento.

Los discípulos de Jesús habían  pasado también por una tremenda experiencia; la entrega de Jesús, su pasión y su muerte fue algo que les hizo experimentar dentro de ellos mismos algo grande; la experiencia podría parecer que estaba llena de sombras porque todo aquello podía sonarles a fracaso; pero cuando al tercer día se encontraron con El vivo y resucitado todo cambio en su interior.

El evangelio, por expresarlo de alguna manera nos habla de sorpresa y de alegría, pero tuvo que ser algo más porque comenzaron a descubrir el sentido de todo; revivían no solo su muerte sino todo lo que había sido su vida con Jesús y sus hechos y palabras se hacían vida dentro de ellos; las palabras de Jesús se cumplían y lo estaban viendo en aquella experiencia pascual que estaban viviendo; era en verdad pascua para ellos todo aquello porque era un paso grande – pascua significa paso – el que estaban viviendo y los estaba transformando.

Sentían que Jesús estaba ya siempre con ellos; aquello que Jesús les había prometido del Paráclito o Defensor que estaría con ellos y les haría comprender todas las cosas lo estaban experimentando en sus vidas; era el Espíritu divino, el Espíritu Santo prometido que estaba con ellos.

Los textos de la Palabra de Dios nos hablan de dos momentos principales donde van a sentir esa fuerza del Espíritu; la forma de narrarnos las cosas de los evangelistas que tienen que emplear lenguajes humanos nos hablarán de dos tiempos distintos. Es el evangelio de Juan el que nos habla como en aquel primer encuentro con Cristo resucitado se sintieron llenos del Espíritu cuando Jesús les decía que habían de ir por el mundo anunciando el perdón, anunciando una nueva paz. ‘Recibir el Espíritu Santo… a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’

Es anuncio y cumplimiento de aquella amnistía, aquel año de gracia del que hablaban los profetas y Jesús anuncia en la sinagoga de Nazaret. Una experiencia que ellos estaban viviendo y que ahora habían de transmitir. El Espíritu que impulsó a Jesús a anunciar aquella Buena Nueva es el que ahora ellos van a sentir en su interior para hacer ese anuncio hasta los confines del mundo.

San Lucas, por su parte, nos dará por así decirlo un plazo de cuarenta días en que con la presencia de Cristo resucitado que ellos estaban continuamente reviviendo fueron como redescubriendo todo el sentido del misterio de Jesús. Experimentarán así esa presencia del Espíritu en su corazones que Lucas nos va a situar en el día del Pentecostés judío – una fiesta que se celebraba a los cincuenta días de la pascua, de ahí su nombre – el momento en que van a sentir esa experiencia del Espíritu, esa fuerza del Espíritu que hará abrirse puertas y ventanas en su vida para salir a anunciar el nombre de Jesús. Es lo que nos describe san Lucas en los Hechos de los Apóstoles y hoy escuchamos.

Es lo que hoy nosotros estamos celebrando. Para nosotros no puede ser solo un recuerdo o una conmemoración; para nosotros tiene que ser el revivir esa experiencia del Espíritu en nosotros que lo hemos recibido desde nuestro Bautismo que nos hizo templos del Espíritu y de forma espacial como un don en nuestra confirmación. No puede ser algo que se quede en el recuerdo de un sacramento que un día recibimos, tiene que ser algo mucho mas hondo en nosotros mismos. Tenemos que abrirnos a la acción del Espíritu, tenemos que dejarnos conducir por la fuerza e inspiración del Espíritu Santo. Tenemos que hacerlo en verdad vida en nosotros.

Muchas veces los cristianos vamos de cansinos por la vida, parece que fuéramos arrastrándonos y haciendo las cosas solo por cumplimiento u obligación. Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo, que ponga alas en nuestros pies para ir a llevar esa buena noticia de salvación a los demás.

Qué lástima que los cristianos nos manifestemos tan aburridos, con falta de ese vigor y ese empuje que tienen que tener los que están llenos del Espíritu de Dios. Qué lástima que los encuentros de los cristianos sean tan monótonos y aburridos, pareciera que andamos adormilados, nos falta entusiasmo por aquello según decimos en lo que creemos porque no somos capaces de contagiar, de entusiasmar a los que están a nuestro lado.

Pidamos que se derrame abundante el Espíritu en nosotros, en nuestros corazones y en nuestras vidas, para que en verdad podamos hacer en nuestro mundo esa revolución del Evangelio. Si somos tantos cristianos en el mundo – cómo nos llenamos la boca con las cifras - ¿cómo es que en nuestro mundo no haya hecho efecto la levadura del evangelio? Y es que no vivimos esa vida nueva y renovadora del Evangelio; quizás habremos dejado sin efecto la fuerza de esa levadura porque la hemos hecho levadura vieja.

jueves, 24 de abril de 2025

No dejemos que se enfríe el fuego de la Pascua, sigamos dejándonos encontrar y enseñar por Cristo resucitado para que con nuestro testimonio hagamos lío en medio del mundo

 


No dejemos que se enfríe el fuego de la Pascua, sigamos dejándonos encontrar y enseñar por Cristo resucitado para que con nuestro testimonio hagamos lío en medio del mundo

Hechos, 3, 11-26; Sal. 8; Lc. 24, 35-48

Me lo cuentan y no me lo creo, quizás habremos exclamado alguna vez cuando hemos contemplado algo que nos parece inaudito e inexplicable, una reacción de alguien ante determinadas cosas, un accidente del que nos hemos librado, como solemos decir, de milagro, una forma de actuar de unas personas que no pensábamos que fueran capaces de hacer lo que están haciendo, algo que nos llama poderosamente la atención que si no lo vemos no nos lo creemos. También nosotros muchas veces no nos creemos todo lo que nos dicen, aunque por otra parte en ocasiones seamos demasiado crédulos ante cualquier chisme que nos cuenten; así somos en cierto modo contradictorios en muchas ocasiones.

Les estaba sucediendo a los discípulos con todos aquellos acontecimientos que se habían desarrollado en las últimas horas. Todavía no entendían. Esperaban a Jesús, no soportaban lo que había pasado de su muerte, se agarraban como de clavo ardiendo en una esperanza que algunas veces no tenían muy clara sobre el hecho de la resurrección de Jesús, todo eran conjeturas, cosas que otros contaban, relatos de las mujeres que habían ido en la mañana al sepulcro, no habían encontrado el cuerpo muerto de Jesús, pero hablaban también de apariciones de ángeles o de otros que venían contando su experiencia, como ahora los discípulos que se habían marchado a Emaús y habían vuelto con la noticia de que lo habían reconocido al partir el pan y por lo que sentían mientras hacían el camino y El les hablaba, aunque sus ojos estaban ciegos.

Y es ahora, en esa situación que están viviendo cuando Jesús se les manifiesta. Pero no acababan de creer. Los nervios y los miedos seguían latentes, sus ojos se les cegaban para lo que estaban viendo. No es un espíritu, Jesús come incluso con ellos un trozo de pez asado que le ofrecen. Pero siguen con sus dudas y miedos. No se atreven ni a decir mucho ni a salir a comunicar la noticia a otros. Será necesaria la venida del espíritu en cumplimiento de la Palabra de Jesús.

Y Jesús pacientemente les enseña, les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras en todo lo que estaba dicho y anunciado acerca de El, les va explicando las Escrituras y les va haciendo comprender el sentido de todo. Poco a poco las aguas se van sosegando y va volviendo la paz y el sosiego a aquellos corazones inquietos, pero a aquellos corazones ahora turbados y de qué manera.

¿Nos dejaremos enseñar por Jesús? Quiere El abrirnos también el entendimiento pero nosotros seguimos con nuestras cegueras, porque quizás así nos parece más cómodo y menos comprometido. ‘Es mejor no saber las cosas’, piensan algunos y quizás aunque no lo digamos nosotros entramos también en ese pensamiento. Quizás nos vamos a complicar la vida, y no es eso lo que queremos, por lo que preferimos seguir en nuestras ignorancias y en nuestras rutinas.

Qué pronto se nos enfría el calor de la pascua, qué pronto volvemos a las rutinas de siempre, ‘como era en el principio…’ no sé si lo rezamos o lo deseamos, porque creer nos exigiría seguramente actitudes y posturas nuevas y más comprometidas. Queremos la paz de ese cenáculo que nos hemos creado que es bien distinto a aquel Cenáculo donde Jesús les lavó los pies y les dijo que tenían que hacer lo mismo, bien distinto de aquel Cenáculo donde un día se derramaría el espíritu haciendo que ese ruido del espíritu se sintiera en toda la ciudad, pero de nosotros nadie se entera de que hemos celebrado y vivido la pascua, porque no hacemos ruido.

Recordamos la recomendación que hacía el Papa Francisco – cómo lo seguimos recordando – a los jóvenes que tenían que ir a hacer lío, hacer patente ante el mundo esa revoltura de quienes están llenos del espíritu de Jesús. ¿Terminaremos de una vez los cristianos por ir haciendo lío allí por donde van por el testimonio de algo nuevo que estamos dando?

domingo, 20 de abril de 2025

Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

 


Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

Lucas 24, 1-12

Jesús lo había anunciado con toda claridad, pero a los discípulos les había costado entender. Pedro había intentado quitarle esa idea de la cabeza cuando Jesús había hablado de que iba a ser entregado en manos de los gentiles que le llevaría a la muerte; por eso ahora había sido un golpe muy grande su prendimiento en Getsemaní que les había hecho temblar llenos de cobardía, algunos se habían refugiado en el cenáculo donde había sido la cena pascual y los más atrevidos como Pedro y Juan habían llegado hasta el patio del sumo sacerdote, pero Pedro había claudicado y le había negado. Sólo Juan, el discípulo amado, había sido capaz de llegar hasta el calvario para recibir como testamento el cuidado de la madre.

Habían pasado las horas del sábado, obligados por el descanso sabático, y las mujeres en la mañana habían querido llegar al sepulcro para poder embalsamar debidamente según todos los ritos el cuerpo muerto de Jesús. No habían pensado quien les correría la piedra de la entrada del sepulcro, pero el sepulcro estaba abierto; en su interior no habían encontrado el cuerpo de Jesús y un ángel del cielo les había dicho que por qué buscaban entre los muertos al que estaba vivo, pues Jesús había resucitado.

Habían traído la noticia al cenáculo donde seguían reunidos los discípulos, pero ellos tampoco les habían creído. Eran visiones de mujeres. ‘Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron’, dice el relato del evangelista. Solo Pedro había ido al sepulcro y comprobó que allí no estaba el cuerpo de Jesús, regresó impresionado, pero seguían con sus dudas y con sus miedos.

¿Qué necesitaban para creer? Solo el sepulcro vacío no bastaba. Era necesario algo más que luego se iría produciendo en todos ellos, el encuentro vivo con Jesús resucitado. Los ángeles les habían dicho lo mismo que Jesús les había anunciado. ‘Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’.

Es el mensaje que hoy nosotros seguimos recibiendo. Es bueno y necesario el testimonio de la fe de los creyentes a través de la historia desde la experiencia de los apóstoles hasta lo que hoy nosotros queremos vivir. Pero una cosa es muy importante, que nosotros por la fe también lleguemos a tener la misma experiencia, que nosotros vivamos también ese encuentro con Cristo resucitado allá en lo más hondo de nuestra vida. Es lo que va a despertar nuestra fe, es lo que a nosotros también tiene que convertirnos en testigos, es lo que nosotros tenemos que vivir.

Es lo que nosotros en este día de Pascua celebramos, a Cristo resucitado, porque lo vivimos, porque lo experimentamos dentro de nosotros, porque sentimos igualmente su presencia en nuestra vida. Es lo que nos hace testigos y lo que tenemos que repetir al mundo para que crea; pero lo vamos a repetir no solo con palabras sino con nuestra vida; lo vamos a proclamar y gritar a los cuatro vientos, pero lo vamos a expresar en nuestra forma nueva de vivir, porque con Cristo, con su presencia en nuestra vida, nosotros también hemos renacido a una vida nueva. Eso, vida nueva. Algo nuevo tiene que manifestarse en nosotros, que será lo que podrá transformar nuestro mundo.

Este mundo nuestro que nos rodea con su materialismo y con su violencia, este mundo tan lleno de vanidades pero al mismo tiempo deseando algo nuevo y algo mejor, pero sin saber a veces por donde camina; este mundo nuestro que se desmadra buscando felicidad y que solo la pone muchas veces en placeres efímeros, este mundo que nos parece sin corazón que se encierra tantas veces en la insolidaridad y el egoísmo, este mundo ambicioso y orgulloso que busca satisfacciones o que ansía el poder para dominar y controlar, este mundo necesita unos testigos que le digan que hay otro camino de felicidad, ese mundo nuestro que necesita una transformación y que solo le llegará desde unos testigos verdaderamente comprometidos en otros valores.

Ahí tenemos que ser testigos, nosotros los que creemos en Cristo resucitado podemos y tenemos que decirle con el testimonio de nuestra vida que es posible un mundo mejor. No nos creerán solamente por nuestras palabras, pero el testimonio de nuestras obras es el camino del convencimiento. No siempre hemos sido capaces de hacerlo, porque también a nosotros en ocasiones nos entran dudas y nos acobardamos. Tenemos que despertar nuestra fe.

Tenemos que sentirnos en verdad transformados con la presencia del Señor resucitado en nuestras vidas que se hacen distintas. También nosotros desde las sombras de nuestra vida, desde nuestros miedos y cansancios, desde nuestros sufrimientos e incertidumbres, desde nuestras angustias y nuestras penas, desde nuestras derrotas y fracasos, desde nuestras luchas pero también desde nuestro amor y nuestros compromisos queremos sentir que Cristo resucitado transforma nuestra vida, fortalece nuestra vida.

Tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado. Así viviremos la alegría de la Pascua, así proclamaremos de verdad que Cristo ha resucitado. ¡Aleluya!

miércoles, 3 de julio de 2024

Tenemos que despertar de nuevo porque fácilmente nos adormecemos, se nos adormece nuestra fe, pero Jesús nos está saliendo al encuentro

 


Tenemos que despertar de nuevo porque fácilmente nos adormecemos, se nos adormece nuestra fe, pero Jesús nos está saliendo al encuentro

Efesios 2, 19-22; Salmo 116; Juan 20, 24-29

¿Viviremos en un mundo de desconfianzas? La verdad no sé qué decir. Hay quienes se lo creen todo, aunque algunas veces no parece tan desinteresado. Se lo creen todo y están al tanto de lo que se dice por aquí y por allá, y porque salió en la tele, porque se publicó en las redes sociales, porque lo dijo no sé qué personaje de los medios que tiene sus seguidores que cuenta no sé si por miles o millones pero interesados en las cosas llamativas, en lo que puede ir contra los que consideramos contrincantes, etc… Por eso digo, que no siempre parece esa credibilidad tan desinteresada. Cómo los hay que desconfían de todo, todo quieren cribarlo, pasarlo por sus criterios o sus maneras de ver las cosas y entonces creerán o no creerán según de donde vengan las noticias. ¿Confianza? ¿Credibilidad? ¿Desconfianza? ¿Cerrarme en mis ideas o criterios muy encorsetados para no aceptar cualquier cosa?

Justo es que nos preguntemos, que razonemos, que busquemos las mejores fuentes, que nos forjemos verdaderos criterios desde unos valores que sean fundamentales para nosotros, pero también en nuestras relaciones humanas con los demás yo diría que tenemos que dar una carta en blanco para confiar en las personas, para valorar, para sacar lo mejor.

¿Y en el campo de nuestras relaciones con Dios? Entramos en un ámbito que en cierto modo nos supera, por algo lo llamamos sobrenatural, pero también cuando nos dejamos conducir nos lleva a una plenitud en la vida que en otro lugar no vamos a encontrar. Entramos en el ámbito de la fe, que como la misma palabra lo dice es confianza y que será al mismo tiempo respuesta a lo que en lo más hondo de nosotros mismos sentimos y experimentamos. ¿Estaremos abiertos a esas experiencias? Algunas veces, tenemos que decirlo, no es fácil.

También los discípulos de jesus tenían sus dudas, les costaba creer. Estaban con Jesús y se sentían entusiasmados por El, pero había ocasiones en que Jesús hacía unos planteamientos que no acaban de entender, planteaba unas exigencias que les costaba aceptar, sucedían cosas que también les hacían hacerse preguntas por dentro, como nos sucede a todos. No siempre lo entendemos. Hubo algo que los dejó descolocados, como suele decirse hoy. Fue su prendimiento y su pasión. Lo había anunciado pero no acaban de entenderlo. ‘Eso no te puede pasar a ti’, decía Pedro y quería quitarle esa idea a Jesús de la cabeza, de manera que incluso Jesús se pone fuerte y le dice a Pedro que lo va a rechazar.

Por eso cuando llegó ese momento, se dispersaron y huyeron, como sucedió ya allá en Getsemaní. Luego se encerraron, por miedo a los judíos, no les fuera a pasar lo mismo por ser sus discípulos. Cuando las mujeres vienen hablando de sepulcro vacío y que unos ángeles les decían que había resucitado, les dijeron que eso eran sueños de mujeres. Verían la tumba vacía también, pero seguían con sus miedos encerrados en el cenáculo. Todo cambia cuando Jesús se les manifiesta allí reunidos en el cenáculo. Ahora será la noticia que llevarán a los demás, sobre todo a uno de los apóstoles que no estaba allí con ellos en aquella ocasión. ‘Hemos visto al Señor’, le dicen. Pero él quiere ver y palpar para estar seguro.

Pero no echemos culpas, que nosotros somos también lo mismo. También queremos palpar. También nos volvemos incrédulos; también nos cuesta sentir y vivir la presencia de Cristo resucitado con nosotros, en nuestra vida, en nuestro camino, en las cosas que hacemos, en lo que nos hace sufrir, en los problemas o contratiempos que nos encontremos, en los momentos oscuros del dolor y de sufrimiento. Muchas veces también nos desparramos en nuestras huidas.

Necesitamos una experiencia viva. Necesitamos revivir y reavivar lo que quizás en otros momentos habremos sentido, pero que luego en las carreras locas de la vida pronto olvidamos. También se nos enfría la fe, necesitamos ver claramente a jesus que viene a nosotros. Tenemos que despertar de nuevo porque fácilmente nos adormecemos, se nos adormece nuestra fe. Y jesus nos está saliendo al encuentro. ¿Haremos una viva profesión de fe como finalmente hizo Tomás el que parecía tan incrédulo? ¿Se nos renovará y reavivará nuestra fe? Lo necesitamos.


domingo, 14 de abril de 2024

Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias, algo distinto tiene que producirse dentro de nosotros en la celebración y en la vida

 


Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias, algo distinto tiene que producirse dentro de nosotros en la celebración y en la vida

Hechos de los Apóstoles 3, 13-15. 17-19; Sal. 4; 1Juan 2, 1-5ª; Lucas 24, 35-48

Les estaba costando a los discípulos aceptar y comprender la resurrección de Jesús. Dudaban de quienes habían tenido ya la experiencia del encuentro con Cristo resucitado y ellos mismos ante su presencia aunque llenos de gozo al tiempo se sentían como intimidados al contemplar y sentir la presencia de Cristo resucitado entre ellos.

Nosotros también muchas veces tenemos nuestras dudas, no terminamos de entender como les sucedía a ellos. Fácilmente podemos quedarnos en un hecho racional, como si lo tuviéramos solo en la cabeza, y otras veces nuestro espíritu no está lo suficientemente abierto – seguimos con muchas puertas cerradas – como para saber experimentar, vivir la presencia del Señor en nuestra vida.

Podemos tener unas celebraciones gozosas de pascua en las que cantemos a pleno pulmón el aleluya de la resurrección, pero ¿dentro de nosotros que ha sucedido? ¿Llegaremos en verdad a dar el paso de fe de sentir que Jesús está ahí con nosotros de la misma manera que resucitado estaba con los discípulos, por ejemplo, en el cenáculo? 

Podemos seguir con la tentación de pensar en una resurrección corpórea, como quien vuelve a vivir la misma vida, y eso ya no lo podemos palpar nosotros aquí y ahora en nuestra vida y en nuestras celebraciones; y vienen las dudas, se nos debilita la fe, perdemos el entusiasmo de quien ha vivido de verdad la pascua, por eso caemos tan fácilmente una y otra vez en la misma tibieza espiritual.

Es un misterio, es cierto, donde tenemos que poner a tope nuestra fe. Es un misterio en el que tenemos que dejar conducir por el espíritu de Jesús, y comenzar a sentirlo allá en lo más hondo de nosotros mismos. No fueron suficientes los ojos de la carne a aquellos primeros discípulos para creer en Cristo resucitado, porque incluso cuando estaba con ellos, como hoy mismo hemos escuchado en el evangelio, ellos se habían llenado de temor y no terminaban de creer. Fue necesario que Jesús les abriera el entendimiento para que entendieran las Escrituras, como nos dice hoy mismo el evangelio, para que pudieran comenzar a creer que era el verdaderamente resucitado y luego comenzaran a anunciarlo por el mundo. ‘Vosotros sois testigos de esto’, les dice Jesús.

‘Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.

El pasaje del evangelio que hoy escuchamos nos habla de la vuelta de los discípulos que habían ido a Emaús y habían tenido el encuentro con Jesús. Habían vuelto y contaban cuanto les había sucedido, y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Y es entonces cuando de nuevo Jesús se les manifiesta, allí reunidos en el cenáculo, y como hemos venido comentando porque ‘aterrorizados y llenos de miedo creían ver un espíritu’. Pero era Jesús, aunque seguían atónitos. Y les explicaba que ‘era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí’. 

Un misterio grande y doloroso había significado para ellos la pasión y la muerte de Jesús. Era necesario que comprendiera que era lo anunciado en las Escrituras. Era necesario que comenzaran a sentir esa presencia de Cristo resucitado con ellos, que ya no sería solo en los momentos de las apariciones, sino que sería que lo que siempre habría de vivir su Iglesia, lo que siempre hemos de vivir los que creemos en El.

Que en verdad siempre que nos reunamos en su nombre sepamos sentir su presencia. Que cuando vivimos nuestras celebraciones, no nos quedemos en un rito más o menos bellamente realizado, sino que allá en lo más hondo de nosotros mismos sintamos, vivamos esa presencia de Jesús. Qué lástima la frialdad de nuestras Eucaristías; Allí estamos fría y formalmente para realizar unos ritos, y de la misma manera fría saldremos de nuestra celebración sin llevar la alegría del encuentro con Cristo para anunciarlo a los demás. Frías nuestras celebraciones no solo por nuestra escasa participación, somos demasiado espectadores y oyentes en nuestras celebraciones, pero también porque nos falta expresar ese gozo y esa alegría del encuentro con el Señor que tendrían que ser siempre verdaderas fiestas llenas de alegría.

Qué bonita decimos tantas veces fue la celebración, porque se hicieron unos ritos perfectos y solemnes, escuchamos unos coros que decimos que nos sonaban a cielo, escuchamos unos lectores que a perfección proclamaron las lecturas, pero allí estábamos pasivamente en nuestro banco o en nuestro sitio sin ponerle calor a aquella celebración. Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias no solo vamos a contemplar esos ritos, que decimos nos saben a gloria, sino que algo distintos tiene que producirse dentro de nosotros. 

Mucho tenemos que revisarnos, nuevos planteamientos tenemos que hacernos, nueva y distinta forma hemos de tener para celebrar. Con Cristo resucitado todo tiene que ser distinto.

domingo, 7 de abril de 2024

Aprendamos a gozarnos en la paz pascual que Jesús nos regala para que proclamemos con entusiasmo la alegría de nuestra fe

 


Aprendamos a gozarnos en la paz pascual que Jesús nos regala para que proclamemos con entusiasmo la alegría de nuestra fe

Hechos de los Apóstoles 4, 32-35; Sal. 117; 1Juan 5, 1-6; Juan 20, 19-31

Nos habremos encontrado en situaciones parecidas; andábamos nerviosos, preocupados, deseábamos tener el encuentro, pero al mismo tiempo teníamos como miedo, éramos quizás conscientes de que en todo no lo habíamos hecho bien porque había habido errores, cobardías, habíamos incluso tenido miedo de dar la cara y ahora tenemos encontrarnos con aquella persona. Pero aquella persona cuando llega a nosotros lo primero que nos dice es que estemos tranquilos, que no pasa nada, que ya él está allí y no tenemos por qué seguir teniendo miedo, nos sentimos mejor, nos sentimos en paz con una paz que no esperábamos, porque ni siquiera nos echaron en cara los errores que habíamos cometido.

Eso paso aquella tarde noche en el cenáculo; allí estaban con miedo, por lo que a ellos les pudiera pasar también, pero aunque les habían hablado ya de que Jesús había resucitado, no habían encontrado el cuerpo en el sepulcro los que allí habían ido en la mañana, unos supuestos Ángeles les habían dicho que había resucitado, habían recibido incluso unos avisos del mismo Jesús de que tenían que volver a Galilea, siguen con sus temores. Tampoco ellos habían sido muy valientes.

Y llega Jesús, y les dice que tranquilos, que ya todo pasó, que allí está él. Nos dice el evangelista que la primera palabra de Jesús fue la paz; la paz como saludo que era habitual, la paz como saludo pascual ahora, pero la paz que quería que reinara en sus corazones. Tranquilos, mantengan la paz. Ahora todo es nuevo; tranquilos, yo estoy con vosotros y os doy mi Espíritu; soy el que había enviado el Padre y ahora yo os envío a vosotros. 

Y esa paz va a llenar los corazones, esa paz nos va hacer que nos sintamos perdonados, esa paz nos hará sentirnos con una fuerza nueva, con un nuevo empuje, porque también tenéis que llevar esa paz a los demás; y esa paz es para todos, también para los que no están aquí.

Por eso su primer anuncio va a ser para aquel discípulo que andaba despistado por sus caminos, no estaba allí cuando vino Jesús y tampoco se lo va a creer. Exigirá pruebas, meter sus dedos en las llagas de sus manos, o meter su mano en la llaga del costado. Quería asegurarse que era verdad que era el Jesús que habían crucificado, porque eso necesitaba esa prueba de las llagas. Pero cuando llega Jesús de nuevo, la exigencia de pruebas se difumina, porque ahora no necesitará más que esa paz que Jesús le hace sentir en su corazón que le hará que en verdad crea que Jesús ha resucitado.

¿Andaremos nosotros también pidiendo pruebas, queriendo meter nuestros dedos en sus llagas? A Jesús resucitado lo vamos a sentir de una forma distinta. No podemos seguir queriendo palparlo todo con nuestras manos, porque si nos quedamos en eso siempre andaremos con nuestros miedos y nuestras desconfianzas; y los miedos y desconfianzas nos encierran, como a los discípulos en el cenáculo, o nos harán andar cada uno por nuestro lado, y nos faltará verdadera solidaridad y espíritu de comunión, y si seguimos con esas cosas no llegaremos a ver a Jesús, no llegaremos a encontrarnos con Jesús, no llegaremos a sentir la presencia de Jesús. Cuando Tomás volvió al grupo y se siguió manteniendo en comunión con El pudo descubrir la presencia de Cristo resucitado y podría hacer aquella hermosa confesión de fe.

Aunque nos llamamos cristianos, decimos que tenemos fe, todavía nos falta algo, porque aun queremos hacer nuestros propios caminos, por nuestro lado, a nuestra manera; y comenzaremos a hacer distinciones y a poner barreras; y queremos sentirnos muy seguros de nosotros mismos con nuestras autocomplacencias y autosuficiencias, porque nos creemos entendidos, porque nos decimos que nos lo sabemos todo; y nos faltará humildad para descubrir esa forma nueva que tiene Jesús de venir a nosotros precisamente en aquellos que nos parecen más humildes o más pequeños

Y por eso nuestra vida es tan tibia, nuestro amor y nuestra comunión es tan débil, nuestro compromiso es tan tacaño que siempre le estaremos poniendo limites, nuestro sentido de Iglesia es tan pobre porque no sabemos o no queremos ver la presencia del Espíritu que es quien nos guía, quien guía a la Iglesia. 

Y nos faltará ese entusiasmo y arrojo para dar testimonio de nuestra fe, y nos faltará alegría honda en nuestras celebraciones haciéndolas sí muy solemnes quizás pero frías y rutinarias porque falta verdadero calor que surja del corazón. Y así no podemos celebrar la Pascua, así no estamos manifestando ese sentido pascual que tiene que tener nuestra vida, así vamos languideciendo en tantas cosas en nuestras comunidades.

¿Cuándo aprenderemos a gozarnos en la paz pascual que Jesús nos regala para que proclamemos valientemente la alegría de nuestra fe?

jueves, 4 de abril de 2024

Lo que hemos vivido y celebrado tiene que provocar en nosotros un entusiasmo renovador de nuestra fe, ¿hasta dónde nosotros hoy seguimos siendo testigos?

 


Lo que hemos vivido y celebrado tiene que provocar en nosotros un entusiasmo renovador de nuestra fe, ¿hasta dónde nosotros hoy seguimos siendo testigos?

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Salmo 8; Lucas 24, 35-48

Seguían con sus dudas, con su incredulidad… algunas veces nos cuesta dar el brazo a torcer, como se suele decir, o bajarnos del burro. Hay momentos y cosas en la vida que aunque parezcan claras para todo el mundo, dentro de nosotros, sin saber por qué, permanece la duda, no terminamos de creernos aquello que nos dicen, aquello que incluso nuestros propios ojos han contemplado; y nos buscamos otras explicaciones, y decimos que hay algo escondido detrás, y no nos entra en la cabeza. Sobre cosas o acontecimientos que nos cuentan, que vemos a través de noticias, de cosas que se dicen y que tratan de explicarnos cosas de la vida.

Así andaba el grupo de los discípulos aquel primer día de la semana, a pesar de todos los acontecimientos y noticias que iban llegando. Ya desde la mañana las mujeres que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, las visiones de ángeles que contaban que habían tenido, pero que se lo habían tomado como ensoñaciones de mujeres, ahora habían llegado aquellos dos que se habían marchado a Emaús y que habían vuelto a marchas forzadas porque eran una buena noticia que traían, Jesús había estado con ellos en el camino y se había aposentado en su casa, les había hablado y ellos habían sentido algo especial en su corazón sin saber qué, pero al final lo habían reconocido en la fracción del pan. Pero el grupo seguía erre con erre, sin terminarlo de creer.

Y ahora Jesús mismo estaba entre ellos, que se sintieron todos sorprendidos y ahora sí que no sabían qué decir o qué argumentar. Incluso les había pedido si tenían algo que comer, para que vieran que no era un fantasma. Y de nuevo Jesús, como con los discípulos de Emaús se había puesto a explicarles las cosas, a traer a colación las Escrituras donde todo estaba anunciado, y les había abierto el corazón y el entendimiento para que entendieran las Escrituras.

‘El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’. Será cuando el Espíritu del venga sobre ellos en Pentecostés cuando lo comprenderán todo y se convertirán en esos testigos de cuanto había sucedido.

¿Hasta donde nosotros hoy seguimos siendo testigos de todo eso que ha sucedido? Hemos venido contemplando y celebrando en estos días, Fue toda la semana de la pasión para la que nos habías venido preparando durante toda la Cuaresma. Está en el fondo esa fe que tenemos en el corazón y que tanto tenemos que renovar. Lo que hemos vivido y celebrado en estos días tenía que ser en verdad para nosotros esa renovación de nuestra fe. Pero ¿cómo seguimos? ¿Nos habrá faltado algo? Porque está pasando la pascua, realmente estamos aun en los primeros días, y parece como si todo ya nos quedara tan lejos que hemos perdido fuelle, hemos perdido entusiasmo.

Y nos siguen apareciendo dudas y desánimos, caemos de nuevo en la rueda de la rutina y vamos perdiendo la intensidad de lo que supuestamente hemos vivido y celebrado. También nos vamos a nuestras cosas, o nos encerramos en las cosas de siempre, haciendo que todo sea lo mismo. Es como si nos faltara algo. Hay comunidades vivas que han vivido con toda intensidad esa fiesta de la Pascua que ha tenido que significar la resurrección del Señor, aunque también lamentablemente hemos de reconocer que esa fiesta quizás nos ha faltado, ha faltado algo que le diera más calor y viveza a nuestra celebración, por eso tan pronto quizás nos enfriamos. No serán las dudas o interrogantes quizás, porque quizá ni nos lo planteamos, sino la fuerza de la rutina que nos hace tibios en nuestro espíritu.

Renovemos el calor de la pascua, que en verdad sintamos con toda intensidad la presencia del Señor resucitado en medio nuestro, y podamos entonces con valentía y con alegría desbordante hacer el anuncio de la resurrección del Señor.

miércoles, 27 de marzo de 2024

Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

 


Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Las cosas hay que prepararlas bien. Sobre todo si son conmemoraciones de algo que ha sido importante para nuestra vida, que son parte de nuestra historia, que marcaron de alguna manera nuestra existencia. No puede caer en el olvido. Hay que recordarlo y celebrarlo. De la mejor manera. Con la mayor participación y con las mejores cosas.

Eran los días previos a la celebración de la Pascua. No era algo baladí en la historia del pueblo judío. Hacía siglos que la celebraban y para eso tenían unos ritos propios y seguirían celebrándolo. Estaba todo además muy predeterminado y preestablecido. Así lo había prescrito Moisés y se mantenía fijo el ritual en las Escrituras Santas. Era la comida de un cordero en familia, que era memorial y era anticipo de futuro, aunque no lo tenían muy claro. Pero estuvieran donde estuvieran había que celebrar aquella cena pascual, que así la llamaban. Y había que hacer todos los preparativos. Y en la buena hospitalidad judía se ofrecían las casas de las familias de Jerusalén para los que habían subido de todas partes a la pascua.

Y ahí está la pregunta de los discípulos. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ Y Jesús da instrucciones muy precisas, porque señala circunstancias muy concretas para que encuentren la casa y vayan a decirle de su parte ‘El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Probablemente algún pariente que tenían en la ciudad; aquel lugar va luego a convertirse en lugar importante, no solo en aquella cena, sino en los momentos siguientes en refugio, pero también más tarde como punto de encuentro para los primeros discípulos y la iglesia naciente.

Preguntan los discípulos pero termina Jesús haciéndonos también una pregunta. Nosotros también estamos en el momento previo para algo muy importante. También nosotros nos hemos de disponer para celebrar la Pascua. Y tenemos los motivos más grandes del mundo para prepararla bien y para celebrarla con hondura. Ya nos hemos preguntado hace unos días si en verdad Jesús va a venir a nuestra fiesta de pascua y aquello nos hacía pensar. Pero cuidado que ese interrogante siga pesando en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en nuestros ajetreos y no sea una pregunta en balde que a poco que nos olvidemos de ella.

Es cierto realmente que muchos son los preparativos que se tienen en estos días en nuestros templos y en nuestras comunidades. Como Marta, allá en Betania, también andamos ajetreados de acá para allá con muchos preparativos y parece que no tenemos tiempo ni para nosotros mismos. Y esos interrogantes tienen que seguir pesando en nuestro interior para que no nos durmamos o no nos entretengamos en lo que no es tan importante.

Sí, Jesús quiere venir a nuestra casa para celebrar la cena de pascua. Y no va a venir solo, viene con sus discípulos. Es algo muy significativo. Me preparo yo, preparo mi casa, pero tengo que tener las puertas abiertas, tengo que despejar la casa de muchas cosas que puedan ser obstáculo para que venga Jesús y para que vengan con sus discípulos, aquellos a los que ama, aquellos que son sus preferidos. ¿Quiénes son hoy esos preferidos del Señor? ¿Quiénes son hoy esos amados de manera especial por el Señor?

Tenemos que mirar nuestra casa, nuestro corazón, ese mundo que nos rodea, con sus problemas, con sus necesidades, con sus pobrezas, con sus guerras, con la gente que nos parece que anda desorientada de acá para allá, con esa gente que quizás no nos gusta tanto, con esos que quizás nosotros quitaríamos de en medio. ¿A quienes quiere Jesús que miremos? ¿A quienes quiere Jesús hoy, en esa vida concreta que vivo, que yo acepte y reciba también en mi casa para juntos celebrar la Pascua?