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miércoles, 8 de julio de 2026

Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

 


Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

Muchas veces en la vida tenemos la tentación de ir como francotiradores; es justo que queramos hacer las cosas por nosotros mismos, pues tenemos nuestras capacidades y ciertamente hemos de desarrollar lo que son nuestras cualidades, nuestros valores, pero eso no significa que tengamos que ir por la vida en solitario haciéndolo todo por nosotros mismos. No podemos aislarnos de manera que ya no sepamos contar con los demás, y no es cuestión solo de efectividad sino incluso del sentido de nuestra vida, en lo que somos y en lo que tenemos que estar relacionados con los demás. no estamos hechos para la soledad, una característica fundamental del ser humano es la socialización, la capacidad de relacionarnos con los otros y en consecuencia ser capaces de vivir un sentido social y de comunión también en lo que hacemos.

Es también lo que Jesús viene a enseñarnos en su propio actuar, porque además serán señales del Reino de Dios que Él nos anuncia. Imagen de ello es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Jesús escogió a doce de entre todos los discípulos que le seguían, y como nos dice el evangelio, los constituyó apóstoles. Era el grupo que iba a estar más cerca de Jesús porque le acompañarán a todas partes, a los que de manera especial les explicaba lo que a las muchedumbres les hablaba en parábolas, los que iban a ser testigos más directos del actuar de Jesús, de lo que era la persona de Jesús; recordamos como a ellos les preguntará lo que piensa la gente del Hijo del Hombre, pero concretando luego más la pregunta para saber lo que ellos mismos pensaban. Un grupo que va a ser imagen y signo de lo que había de vivirse como el Reino de Dios.

Y a ellos, tan humanos como todos, con sus dudas y con sus pretendidas ambiciones, con sus debilidades pero también con toda la confianza que ponían en Jesús de manera que estando con Él se sentían seguros - recordamos el miedo que pasaron cuando la tempestad en el mar porque les parecía que Jesús se había desentendido de ellos - y a ellos les va a confiar Jesús la misión de seguir anunciando y constituyendo el Reino de Dios. Son los enviados de Jesús.

Pero son los enviados que han de hacer las mismas obras de Jesús. Recordamos lo que dice el evangelio, que les dio autoridad para curar enfermos y para expulsar demonios cuando salieran a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Algunas veces nos atamos a la literalidad de las palabras y podemos perder de vista el sentido hondo que tienen las palabras de Jesús. Cuando nos dice que les dió autoridad para curar y para expulsar demonios creo que las palabras de Jesús van mucho más allá de un poder taumatúrgico para realizar milagros. 

Jesús cuando curaba a los enfermos no era un simple curandero sino que en ello estaba realizando los signos del Reino de Dios. Fijémonos en la compasión de Jesús, en su amor hasta el extremo de que no quiere el sufrimiento del hombre, no quiere nuestro sufrimiento, por eso donde de verdad nos quiere sanar Jesús es dentro de nosotros mismos; es el gran milagro de la presencia de Jesús, esa transformación que se va realizando de nuestros corazones.

Es lo que Jesús quiere que hagan sus discípulos, sus mismas obras, con el mismo amor y compasión también tenemos que acercarnos a los demás y en esa compasión y misericordia estamos expresando lo que es el amor que Dios nos tiene. Un milagro que se queda en lo espectacular de lo taumatúrgico y no provoca el que nos sintamos amados de Dios no es precisamente lo que Jesús quiere que nosotros hagamos. Es nuestra vida con nuestro amor hasta el extremo, con esa compasión y misericordia rebosando de nuestro corazón el verdadero signo que tenemos que realizar. ¿Logramos que nos amemos más? Entonces estaremos haciendo de verdad las obras de Dios.


martes, 12 de mayo de 2026

Mostremos en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que vivimos, porque las caras de circunstancias y aburrimiento que a veces ponemos no convencen a los demás

 


Mostremos en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que vivimos, porque las caras de circunstancias y aburrimiento que a veces ponemos no convencen a los demás

 Hechos 16, 22-34; Salmo 137; Juan 16, 5-11

Nos sucede a nosotros también como a los discípulos que estaban rodeando a Jesús en la última cena y en esos posteriores momentos en que Jesús con sus palabras está haciendo brotar de su corazón sus mejores sentimientos y deseos para sus discípulos. Pero los discípulos no terminaban de entender de aquellas confidencias de Jesús.  Por mucho que Jesús les dijera no querían separarse de El; no terminaban de entender las promesas que Jesús les hacia del envío del Espíritu Santo y por eso están tristes.

¿Quién de nosotros alguna vez en su imaginación, vamos a decirlo así, no habrá querido sentirse al lado de Jesús en aquellos momentos que hablaba a las gentes, sintiéndonos nosotros uno más en medio de aquellas multitudes y también nos habremos dicho que si hubiéramos estado allí hubiéramos creído más en las palabras de Jesús? Han sido momentos de fervor que hemos vivido, momentos en que han aflorado los mejores sentimientos de nuestro corazón, momentos intensos de grandes emociones que nos han hecho hacer mil promesas, pero cuando nos han llegado los momentos difíciles, cuando han aparecido las dudas y los miedos, cuando en un momento determinado hemos tenido que dar una respuesta comprometida, ¿hasta donde hemos llegado?

Separamos quizás aquellos momentos de emoción con el día a día de nuestra vida y ya no sabemos hasta donde llega en nuestra vida nuestra fe; también quizás en esos momentos difíciles nos ha faltado algo, nos hemos llenado de miedos, seguimos sin descubrir la presencia de Jesús que en su Espíritu siempre está con nosotros. Se nos puede desinflar la fe que quizás en otro momento vivimos con tanto fervor. ¿Llegaremos a mostrar en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que decimos que tenemos? Esa alegría es algo que muchas veces nos falta, porque no terminamos de entender lo que significa la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida; aunque sea un articulo de nuestra fe que recitamos cuando decimos el Credo quizás son palabras que no hemos metido lo suficiente en nuestro corazón. De ahí las caras de tristeza – o de aburrimiento – que muchas veces ponemos. ¿Podremos en verdad convencer a alguien con esas caras de circunstancias con que muchas veces vivimos nuestra religiosidad?

Creo que tenemos que revisar muy bien muchas de las cosas que vivimos y con las que queremos manifestar que son en verdad unos seguidores de Jesús. Muchas rutinas se nos pegan al corazón y comenzamos a caer por la pendiente de la tibieza y de la superficialidad. Nos podemos quedar en apariencias que se vuelven vanidad y que no son la expresión profunda de una fe con la que nos sentimos comprometidos en toda nuestra vida.

Hoy nos ha dicho Jesús unas palabras que muchas veces nos cuesta entender y nos damos nuestras explicaciones que se nos pueden quedar en lo superficial. Nos ha prometido que nos enviará su Espíritu pero nos dice que ‘cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado’. Convictos, nos dice, de un pecado, de una justicia y de una condena. ¿No será nuestro pecado no terminar de aceptar todas las palabras de Jesús viviendo una fe superficial o según conveniencias?

Hay una certeza grande de que con los ojos de la cara no vamos a ver a Jesús, por ejemplo, con la imagen que nos es fácil imaginar tal como estaría entonces en medio de los discípulos. Pero Jesús nos dirá, sin embargo, que le veremos, es la visión que el Espíritu Santo pone en los ojos de nuestra alma para descubrir esa presencia de Jesús; lo tenemos en los sacramentos, por ejemplo, pero lo podemos sentir en el corazón y es una forma de ver; pero Jesús en los demás, ¿no nos ha dejado también signos de su presencia cuando nos dice que lo que le hagamos al otro al El se lo hacemos?

¿Mereceremos acaso condena por esas carencias con que vamos viviendo nuestra vida de fe, nuestra vida cristiana? Siempre está la esperanza de la misericordia, porque Jesús no ha venido para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por El.

domingo, 19 de abril de 2026

Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

 


Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

Hechos 2, 14. 22-33; Salmo 15; 1Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35

Vamos a caminar un poco, nos habrá dicho alguien alguna vez o somos nosotros los que hemos invitado a alguien. Es algo más que un paseo, como solemos decir para justificarnos, para estirar las piernas; ese camino junto a alguien es mucho más, porque aunque se comience hablando quizás de cosas intrascendentes fácilmente la conversación va derivando a algo más sutil, más profundo; expresamos fácilmente como nos sentimos, nuestras ansias o nuestras esperanzas o los momentos de desánimo porque nos hemos sentido frustrados, y de parte y parte van surgiendo las palabras y los pensamientos, se nos van abriendo caminos o comenzamos a entender muchas cosas; nos sentimos a gusto en nuestro intercambio y desaparecen los cansancios, no solo los externos que podamos llevar en el cuerpo, sino que nuestro espíritu se siente reconstituido, y queremos prolongar el camino o nos sentamos plácidamente en algún sitio que consideremos agradable porque ya no nos queremos apartar de quien nos ha acompañado.

Creo que son experiencias que todos de una u otra manera hemos vivido y que quizás hayan podido significar también un antes y un después de tal momento. Lo estamos viendo también en el relato del evangelio. Aparentemente nadie invitó a nadie pero en el fondo alguien los estaba buscando y que se manifiesta en aquel desconocido caminante que se une a su camino. Y lo normal, nos interesamos mutuamente en cómo nos encontramos y de ahí parte la conversación, la tristeza y el desánimo de quienes se marchaban de Jerusalén porque se veían cumplidas sus esperanzas. Y viene el desahogo completo, con todo detalle pero llegan también las palabras de respuesta que poco a poco va enardeciendo sus corazones.

A quienes se les veía tardos y torpes de corazón poco a poco se les fue abriendo su mente para que comprendieran el sentido de las Escrituras. Nosotros que andamos ya con conocimiento de causa tenemos que reconocer qué más grandioso maestro les fue explicando el sentido de las Escrituras. La luz comenzó a llegar a sus vidas, se fueron despertando sus mejores sentimientos, se descorrían las oscuras cortinas que los habían mantenido envueltos en tinieblas y llegó el ofrecimiento de la hospitalidad con el ruego de que permaneciera con ellos porque fuera los caminos estaban oscuros y con El habían encontrado luz.

Hemos escuchado el relato evangélico que además tantas veces habremos meditado y Jesús se sentó a la mesa con ellos para compartir el pan de la hospitalidad pero más que nada para regalarles el pan de su presencia. ‘Lo reconocieron al partir el pan’, que nos dice el texto sagrado. Ya después no había oscuridades ni temían los peligros pues ellos volvieron a Jerusalén para contar cuanto les había sucedido en el camino y allí se encontraron también con la alegría de quienes podían contar también que Jesús había resucitado porque también se había aparecido a Simón.

Pero no nos quedamos en el texto o relato del pasado sino que llegamos también a descubrir que es el relato de nuestro camino. Oscuro se nos vuelve en ocasiones nuestro camino, también hay frustraciones y desesperanzas, desde lo que a cada uno le sucede allá en lo más interior de si mismo, pero también de los desánimos y cansancios que nos envuelven en tantas ocasiones en nuestro camino o en el camino también de nuestra comunidad; nos parece también que caminamos solos y sin rumbo o muchas veces refugiándonos en anteriores situaciones como si estuviéramos volviendo la vista atrás para encontrar acomodo en lo que estábamos o vivíamos antes.

¿No necesitaremos igualmente que alguien nos salga al paso poniéndose a caminar con nuestros zapatos – una manera de decir – para convertirse en ese oído que escuche nuestro desahogo pero que también nos haga oír esa Palabra nueva que sea como luz que nos ilumine de nuevo y nos haga encontrar el sentido de nuestro camino?

El Señor puede llegar a nuestro lado difuminado en ese desconocido caminante, como nos puede llegar de distintas maneras en los propios acontecimientos, en lo que podamos contemplar a nuestro alrededor, en esa moción nueva que sentimos en nuestro interior, en esa celebración que en principio se nos podía volver rutinaria pero que en algún momento una palabra, un gesto o detalle de la misma celebración nos despierta para hacernos sentir algo nuevo que nos vuelve a poner en camino. Dejemos que el Señor llegue a nuestra vida, escuchemos esa palabra que nos hace llegar, estemos atentos para descubrir esa señal, terminemos reconociéndolo en la fracción del pan, sintonicemos de nuevo el sentido de ese ardor de nuestro corazón porque así descubriremos que el Señor está con nosotros.

Es la Eucaristía de la vida y es la Eucaristía que tiene que hacerse vida para nosotros. Tenemos que aprender a dar el paso desde el abrir nuestro corazón hasta escuchar de verdad lo que El tiene que decirnos – qué distraídos andamos muchas veces demasiado encerrados en pensar solo en nosotros mismos – y hagamos que este gesto de partir y compartir el pan sea algo más que un rito que realizamos para descubrir la presencia de Cristo resucitado que se hace pan y vida para que le comamos y podamos tener una vida nueva.

Vamos a caminar un poco, nos está diciendo Jesús hoy de alguna manera. ¿Nos pondremos en verdad a caminar con El que es caminar con los hermanos?

jueves, 22 de enero de 2026

Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

 


Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Salmo 55; Marcos 3, 7-12

Es sintomático que el texto del evangelio que hoy se nos presenta no nos habla de lo que dice o enseña Jesús, simplemente nos dice que fue y se sentó sobre el muro al borde del camino donde la gente solía reunirse; bueno he empleado la imagen del muro al borde del camino, aunque realmente el evangelista nos dice que Jesús con los discípulos fue allí a la orilla del lago; era el lugar habitual donde se reunía la gente.

En todos los pueblos hay lugares o rincones especiales donde la gente habitualmente pasa el rato, como decía antes el muro junto al camino, la esquina de la plaza, un lugar a la sombra de un árbol, o como veíamos en otros tiempos que se ha ido perdiendo sentados a las puertas de las casa, bien porque se sacará algún banco o silla de la casa, o se sentasen tranquilamente en el suelo o al borde de la acera donde la había; era el lugar de convivencia, de la charla relajada de las cosas del día, de lo que sucedía a los vecinos, en una palabra, de los problemas de la vida; surgían quejas, se despertaban esperanzas, en ocasiones se tomaban decisiones de hacer algo, o simplemente se estaba y se comentaba.

Es lo que yo he querido ver hoy en el evangelio, que Jesús está allí donde está la gente, y será allí donde acuden cuando saben que allí está Jesús; y vienen con sus penas, sus sueños, sus esperanzas y desesperanzas, con sus angustias o con la alegría de cualquier cosa que hubiera sucedido en el día. Allí con los más sencillos y los más pobres, con los que están llenos de sufrimientos y desesperanzas, con los que quizás nadie considera y eso se merecerá que más tarde lo critiquen por estar entre publicanos y pecadores, allí está Jesús.

Y esa presencia de Jesús despierta vida, crea nuevas ilusiones y esperanzas, se sienten a gusto con Jesús. Por eso no solo le traerán a los enfermos y vienen todos los que tienen algún tipo de mal, sino que comenzarán a seguirle donde quiera que vaya; pronto se van a reunir multitudes en torno a Jesús aunque esté lejos, en el descampado, y hasta lleguen a faltarle la provisiones.

Me quiero quedar ahí, en esa presencia de Jesús. Que no es poco. Esa presencia de Jesús quizás con los más olvidados y que nadie tiene en cuenta. ¿Sentiremos que Jesús quiere llegar también a nosotros de la misma manera? No vamos ahora a pensar en lo que nos dirá o nos enseñará, vamos a fijarnos en cómo quiere estar con nosotros allí donde estamos.

En nuestra casa y en nuestra familia, también con sus problemas o con las dificultades para salir adelante; allí donde hacemos la vida, donde realizamos nuestros trabajos – y pensemos cada uno en nuestro propio trabajo sea cual sea – Jesús está a nuestro lado; allí donde hacemos nuestra convivencia social, donde nos encontramos con los amigos o con los vecinos o conocidos, allí en ese camino que cada día hacemos cuando nos trasladamos por distintos motivos de un lado a otro… Allí va Jesús con nosotros, y  nos escucha como a aquella gente sentada a la orilla del lago, o como aquellos discípulos de Emaús que venían con sus tristezas y desalientos de Jerusalén; Jesús nos va saliendo al encuentro, ¿tendremos fe para descubrir su presencia? No busquemos cosas grandiosas o extraordinarias sino en ese día a día de nuestra vida.

Pero creo que a quienes creemos en Jesús este evangelio nos está diciendo algo más. ¿Sabrá descubrir ese mundo que nos rodea, esa gente que camina a nuestro lado, esta sociedad en la que vivimos, la presencia de Jesús en nuestro camino de vida? Claro que aquí tiene que estar nuestro testimonio, y el testimonio de la iglesia. Hemos de ser signos en medio de nuestro mundo de esa presencia de Jesús; somos nosotros los que tenemos que llegar a esos últimos lugares para ser esos signos vivos de la presencia de Jesús. La gente nos verá a nosotros con el testimonio que podamos ofrecerle y a través de nosotros llegarán a descubrir a Jesús.

Esto nos compromete. Esto nos obliga a hacer algo más de lo que actualmente estamos haciendo, porque no estamos siendo verdaderos misioneros de Jesús y de su evangelio. ¿Nos pondremos a pensar en qué vamos a hacer o cómo lo vamos a hacer? Pensemos que tenemos que ser presencia, ahí donde está la vida y estamos nosotros y está también la gente en la normalidad de su vivir, una presencia llena de vida, una presencia que llame, una presencia que transforme nuestro mundo.


miércoles, 24 de septiembre de 2025

No nos puede faltar la alegría de la fe para que el Evangelio siga siendo buena noticia que anunciar y curar la enfermedad de nuestro mundo

 


No nos puede faltar la alegría de la fe para que el Evangelio siga siendo buena noticia que anunciar y curar la enfermedad de nuestro mundo

Esdras 9, 5-9; Salmo Tb. 13; Lucas 9,1-6

¿Seremos capaces de echarnos a la calle para comunicar una buena noticia que hemos recibido a quienes nos vayamos encontrando, o llamar a la puerta de nuestros vecinos para hacerlos participes de esa alegría que hemos recibido?

Recuerdo en mi niñez que en mi tierra eran tiempos de emigración a Venezuela y las cartas de los familiares algunas veces tardaban en llegar, ver la alegría de mi madre cuando recibía noticias de los hijos que tenía en Venezuela entonces cuando recibía una carta y cómo buscaba la manera de compartir con las vecinas cercanas la alegría de las noticias recibidas. Hoy tenemos mejores medios de comunicación pero somos conscientes que de aquellas cosas que nos interesan bien que estamos al tanto de comunicar cualquier cosa buena que nos sucede a nuestros amigos a través de las redes sociales.

Pero ¿seremos tan prontos para compartir lo que nos alegra el alma y la experiencia de nuestra fe a los demás? Creo que es algo en lo que tenemos que pararnos a pensar, porque somos capaces de hablar de todas las cosas habidas y por haber, pero transmitir esos sentimientos del alma, esa parte de nuestra vida que es nuestra fe, parece que queremos dejarlo siempre en lo secreto y no tenemos la valentía de transmitirlo a los demás.

¿Cuándo hablamos de nuestra fe a los demás? Reconozcamos que vamos a Misa los domingos junto con otros cristianos y cuando salimos hablaremos de un montón de cosas que nos habrán sucedido recientemente o en la semana, pero comentar el evangelio que hemos escuchado es algo que se queda en el saco escondido, lo mismo que cuando llegamos a casa después de una celebración que estamos más pendientes de cualquier tarea o cosas que tengamos que hacer en el día, pero no de compartir aquella experiencia de fe que hemos vivido en la celebración. Con qué intensidad lo habremos vivido, quizás tendríamos que preguntarnos o si acaso ha sido un rito más que por rutina no queremos dejar de hacer pero sin implicación en la vida. ¿Habrá cobardía a la hora de dar testimonio de nuestra fe?

Escuchemos lo que nos dice el evangelio. Los discípulos de Jesús ‘se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’. Eran parte de aquel grupo de los que seguía a Jesús; pero hoy el evangelio nos habla de cómo Jesús escogió a doce ‘les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’ haciéndoles unas recomendaciones de cómo habían de actuar, y ‘los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos’ e inmediatamente se pusieron en camino.

Era algo que habían de realizar con humildad y con disponibilidad; no eran los medios materiales en lo que habían de apoyarse, solo un bastón para el camino, les dice, ni pan en las alforjas y ni dinero en el bolsillo; era solo la fuerza de la Palabra que proclamaban y la disponibilidad de un corazón lleno de amor. ¡Cuantos preparativos nos hacemos muchas veces y en ello se nos va nuestro tiempo y nuestra vida, y al final nos quedamos en casa! ¿Nos estará faltando la alegría de la fe?

Algo nos está fallando a los cristianos hoy cuando el evangelio parece que ya no es buena noticia que tengamos que comunicar. Es más, algunas veces cuando lo oímos nos lo damos por sabido y no lo sentimos como esa buena noticia que hemos de recibir en el hoy de nuestra vida. Si no nos dejamos sorprender por el evangelio en cada momento de nuestra vida parece que ya nada tenemos que comunicar, que trasmitir, que anunciar. ¡Cuánto nos cuesta ponernos en camino! Pero ese mundo enfermo ahí lo tenemos esperando quien lo sane, ese mundo aburrido y cansado porque no recibe buenas noticias que le levanten el animo ahí está a nuestro alrededor y parece que tenemos miedo de ir hasta él.

¿Cuándo nos vamos a despertar los cristianos? ¿Cuándo iremos por el mundo curando enfermos al llevar la buena noticia de Jesús? ¿Cuándo el evangelio va a ser una buena noticia que nos llene de alegría y contagie a nuestro mundo? Muchos medios tenemos en nuestras manos para realizarlo. Pongámonos en camino.

 


domingo, 11 de mayo de 2025

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

 


Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

Hechos 13, 14. 43–52; Salmo 99; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30

A veces damos la impresión que nos lo sabemos todo, vamos con nuestros prejuicios por delante, con nuestras ideas preconcebidas, con nuestras apariencias y empleo esta palabra no solo refiriéndome a nuestras apariencias personales que damos sino que nosotros nos hacemos una apariencia de la otra persona para juzgarla o para condenarla sin conocerla ni escucharla. No, si yo la conozco bien, de toda la vida, decimos, pero quizás nunca nos hemos detenido a hablar con esa persona para saber lo que piensa o por qué hace las cosas.

Necesitamos escuchar para conocer; y nos cuesta escuchar, porque ponemos una presintonía en nuestros oídos y no estamos escuchando a la persona sino escuchándonos a nosotros mismos en las prevenciones que podamos tener hacia esas personas. Escuchando podemos conocer y podemos comenzar a establecer una nueva relación, una relación de amistad, una relación de nueva comunión. Nos aislamos y solo nos escuchamos a nosotros mismos.

Pero nos sucede en todos los aspectos de la vida, en nuestras relaciones con las personas que nos rodean, muchas veces comenzando por la propia familia, pero puede sucedernos en las cosas que emprendamos que vayamos solo encuadramos en nuestras propias maneras de ver las cosas, o nos puede suceder en todo lo que es nuestra relación con la sociedad en la que vivimos; desconocemos cual es el sentir de ese mundo cercano a nosotros y luego no sabremos responder a los problemas que se presentan.

¿Nos sucederá también en lo que es nuestra relación con Dios, en nuestra manera de entender lo que significa ser cristiano, en la tarea que como cristianos tenemos que realizar en nuestro mundo, en nuestra relación también con la Iglesia? Quizás tendrían que ser cosas que también nos planteáramos.

Estamos en este ya cuarto domingo de pascua celebrando el domingo llamado del Buen Pastor, por la imagen que se nos ofrece en el evangelio en los tres ciclos litúrgicos. Hoy nos dice Jesús en el evangelio ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano’.

Nos propone Jesús la imagen tan bucólica de las ovejas y de sus pastores. ‘Mis ovejas escuchan mi voz…’ nos dice, ‘y yo las conozco, y ellas me siguen’. Una imagen muy hermosa. Quizás en nuestra sociedad tan urbana en que vivimos estemos lejos ya de esa experiencia de las ovejas y de los rebaños en el campo, pero si en nuestra cultura de hoy estaremos más acostumbrados a tener nuestras mascotas en casa, unos animalitos que nos hacen compañía, que cuidamos o que ellos también nos siguen y hasta en cierto modo nos cuidan. ¡Cómo conocen nuestra voz! ¡Como sienten nuestra cercanía aunque no nos vean cuando llegamos a casa! Son experiencias que fácilmente muchos podamos tener.

Nos está queriendo hablar Jesús de cómo hemos de escucharle. Nos llamamos cristianos, sin embargo, y muchas veces no hemos sabido escucharle, no nos detenemos lo suficiente ante las páginas del evangelio para conocerle y para aprender a seguirle, no hacemos ese silencio interior para escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos. ¿En qué hemos convertido muchas veces eso de ser cristiano? ¿Solamente en una tradición porque aquí todos somos cristianos, porque mis padres eran cristianos y me bautizaron y un día quisieron que hiciéramos la primera comunión?

Es cierto que quienes nos acercamos más a las celebraciones litúrgicas tenemos más la oportunidad de escuchar la Palabra de Dios; pero eso tenemos que aprender a hacer, escuchar, escuchar de verdad la Palabra de Dios, que no es solo lo que luego el sacerdote pueda decirnos o comentarnos en la homilía, que forma parte también, es cierto, de esa proclamación de la Palabra de Dios, sino en ese necesario silencio interior que hemos de hacer para escuchar en lo más hondo de nosotros esa Palabra de Dios.

¿Andaremos muchas veces distraídos, entretenidos en nuestros pensamientos, atentos a otras cosas que puedan haber en el entorno de nuestras celebraciones pero no atentos a escuchar lo que allá en lo más hondo de nosotros mismos el Señor quiera decirnos? Nada tendría que distraernos en esa proclamación de la Palabra de Dios, en ninguna otra cosa tendríamos que estar entreteniéndonos. No siempre lo hacemos.

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder llenarnos de Dios, escuchar para descubrir por donde tiene que ir la respuesta de nuestra vida, nuestro compromiso cristiano, escuchar sin prevenciones o con ideas preconcebidas, escuchar para poder ser luego misioneros en medio de nuestro mundo. ¿Si no hemos escuchado qué es lo que luego podemos trasmitir?

sábado, 10 de mayo de 2025

Encrucijadas, dudas, momentos oscuros, dificultades para entender y aceptar ¿seremos capaces de decir Tú tienes palabras de vida eterna?

 


Encrucijadas, dudas, momentos oscuros, dificultades para entender y aceptar ¿seremos capaces de decir Tú tienes palabras de vida eterna?

Hechos de los apóstoles 9, 31-42; Salmo 115; Juan 6, 60-69

En la vida andamos demasiadas veces con la mente cerrada; solo vemos lo que nos interesa, solo vemos desde nuestros particulares criterios, siempre nos creemos como en un estadio superior y no somos capaces de abrir nuestra mente para comprender lo que el otro pueda decirnos, pero lo hacemos desde nuestro complejo de superioridad; así andamos por la vida no siendo capaces de entendernos, de al menos dar la posibilidad de que el otro se manifieste y nos exprese su manera de pensar y por nuestra parte tratar de entender o comprender lo que el otro quiere decirnos; podremos estar o no de acuerdo, seremos capaces de entrar en un diálogo constructivo, no significa que siempre tengamos que creer lo que el otro nos dice, pero al menos no nos cerramos al diálogo y al entendimiento. Pero qué difícil es.

Les estaba pasando aquel día en Cafarnaún como pasaba también con tantos que no terminaban de aceptar el mensaje de Jesús. Todo ha partido en esta ocasión de aquel signo que Jesús había hecho y que no habían sabido entender. Se habían alimentado en el desierto y todo se quedaba ahí; bueno, habían querido hacerlo rey, porque con gente tan buena y generosa que así lo alimentaba era fácil entender que era el Mesías que estaban esperando para la liberación de Israel. Pero les costaba entender los signos que Jesús hacía y ellos les daban sus interpretaciones desde sus prevenciones y sus prejuicios.

Cuando ahora Jesús les ha hablado de un sentido nuevo, los odres nuevos son costosos de conseguir porque preferimos mantenernos con los odres viejos aunque se nos derrame y se nos pierda el vino; pero no entendían aquel alimento que Jesús les ofrecía, no entendían lo que Jesús les hablaba de comerle para tener vida para siempre, no entendían lo de poner toda su fe en Jesús para alcanzar la resurrección definitiva para sus vidas. Seguían pensando en el mana que comieron sus padres en el desierto, pero no entendían de ese verdadero pan bajado del cielo que les daría vida para siempre.

Más difícil se lo ponía Jesús cuando les habla que ese Pan es su Carne para dar vida al mundo, cuando les dice que hay que comer su carne y beber su sangre. Era el no va más. ‘Ese modo de hablar es duro, ¿Quién puede hacerle caso?’ Y Jesús les habla de dejarse conducir por el Espíritu de Dios porque es así como conseguimos vida, pero muchos no están dispuestos a seguir escuchando y le abandonan.

Es cuando surge la pregunta que Jesús les hace a sus discípulos más cercanos, aquellos que siempre han estado con El y hasta ahora aun con sus debilidades y ambiciones habían dado muestras de fidelidad. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’ ¿Llegará el momento en que todo se viene abajo y Jesús se va a quedar solo? Siempre nos encontramos en la vida con momentos que son cruciales, una encrucijada en la que hay que tomar una decisión. ¿Estarían dispuestos a seguir con Jesús? ¿Estarían ellos entendiendo bien estas palabras de Jesús o habría una muestra de confianza para seguir con Jesús fuera lo que fuera que sucediera?

Allí está Pedro como siempre. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’. Una carta en blanco para seguir a Jesús. ‘¿A quién vamos a acudir?’ En Jesús habían puesto todas sus esperanzas, aunque aún tuvieran dudas en su corazón y en algún momento volvieran los momentos de debilidad. Pero ahora estaban decididos. ‘Tú tienes palabras de vida eterna… sabemos que eres el Santo de Dios’.

¿Seremos capaces de una confesión de fe así? también nos encontramos muchas veces en encrucijadas y tenemos que hacer una opción, también dudamos y no siempre vemos las cosas claras, hay cosas que a veces nos pueden escandalizar, vemos errores a nuestro alrededor pero nosotros también cometemos errores. ‘Señor, tú tienes palabras de vida eterna’.


jueves, 24 de abril de 2025

No dejemos que se enfríe el fuego de la Pascua, sigamos dejándonos encontrar y enseñar por Cristo resucitado para que con nuestro testimonio hagamos lío en medio del mundo

 


No dejemos que se enfríe el fuego de la Pascua, sigamos dejándonos encontrar y enseñar por Cristo resucitado para que con nuestro testimonio hagamos lío en medio del mundo

Hechos, 3, 11-26; Sal. 8; Lc. 24, 35-48

Me lo cuentan y no me lo creo, quizás habremos exclamado alguna vez cuando hemos contemplado algo que nos parece inaudito e inexplicable, una reacción de alguien ante determinadas cosas, un accidente del que nos hemos librado, como solemos decir, de milagro, una forma de actuar de unas personas que no pensábamos que fueran capaces de hacer lo que están haciendo, algo que nos llama poderosamente la atención que si no lo vemos no nos lo creemos. También nosotros muchas veces no nos creemos todo lo que nos dicen, aunque por otra parte en ocasiones seamos demasiado crédulos ante cualquier chisme que nos cuenten; así somos en cierto modo contradictorios en muchas ocasiones.

Les estaba sucediendo a los discípulos con todos aquellos acontecimientos que se habían desarrollado en las últimas horas. Todavía no entendían. Esperaban a Jesús, no soportaban lo que había pasado de su muerte, se agarraban como de clavo ardiendo en una esperanza que algunas veces no tenían muy clara sobre el hecho de la resurrección de Jesús, todo eran conjeturas, cosas que otros contaban, relatos de las mujeres que habían ido en la mañana al sepulcro, no habían encontrado el cuerpo muerto de Jesús, pero hablaban también de apariciones de ángeles o de otros que venían contando su experiencia, como ahora los discípulos que se habían marchado a Emaús y habían vuelto con la noticia de que lo habían reconocido al partir el pan y por lo que sentían mientras hacían el camino y El les hablaba, aunque sus ojos estaban ciegos.

Y es ahora, en esa situación que están viviendo cuando Jesús se les manifiesta. Pero no acababan de creer. Los nervios y los miedos seguían latentes, sus ojos se les cegaban para lo que estaban viendo. No es un espíritu, Jesús come incluso con ellos un trozo de pez asado que le ofrecen. Pero siguen con sus dudas y miedos. No se atreven ni a decir mucho ni a salir a comunicar la noticia a otros. Será necesaria la venida del espíritu en cumplimiento de la Palabra de Jesús.

Y Jesús pacientemente les enseña, les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras en todo lo que estaba dicho y anunciado acerca de El, les va explicando las Escrituras y les va haciendo comprender el sentido de todo. Poco a poco las aguas se van sosegando y va volviendo la paz y el sosiego a aquellos corazones inquietos, pero a aquellos corazones ahora turbados y de qué manera.

¿Nos dejaremos enseñar por Jesús? Quiere El abrirnos también el entendimiento pero nosotros seguimos con nuestras cegueras, porque quizás así nos parece más cómodo y menos comprometido. ‘Es mejor no saber las cosas’, piensan algunos y quizás aunque no lo digamos nosotros entramos también en ese pensamiento. Quizás nos vamos a complicar la vida, y no es eso lo que queremos, por lo que preferimos seguir en nuestras ignorancias y en nuestras rutinas.

Qué pronto se nos enfría el calor de la pascua, qué pronto volvemos a las rutinas de siempre, ‘como era en el principio…’ no sé si lo rezamos o lo deseamos, porque creer nos exigiría seguramente actitudes y posturas nuevas y más comprometidas. Queremos la paz de ese cenáculo que nos hemos creado que es bien distinto a aquel Cenáculo donde Jesús les lavó los pies y les dijo que tenían que hacer lo mismo, bien distinto de aquel Cenáculo donde un día se derramaría el espíritu haciendo que ese ruido del espíritu se sintiera en toda la ciudad, pero de nosotros nadie se entera de que hemos celebrado y vivido la pascua, porque no hacemos ruido.

Recordamos la recomendación que hacía el Papa Francisco – cómo lo seguimos recordando – a los jóvenes que tenían que ir a hacer lío, hacer patente ante el mundo esa revoltura de quienes están llenos del espíritu de Jesús. ¿Terminaremos de una vez los cristianos por ir haciendo lío allí por donde van por el testimonio de algo nuevo que estamos dando?

lunes, 21 de abril de 2025

Después de lo intensamente vivido estos días salimos con una misión, como misiones de una buena noticia reflejada en la alegría de nuestro rostro y nuestro corazón

 


Después de lo intensamente vivido estos días salimos con una misión, como misiones de una buena noticia reflejada en la alegría de nuestro rostro y nuestro corazón

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Salmo 15; Mateo 28, 8-15

Tenemos nuestros esquemas, nos hacemos nuestros planes, disponemos cómo han de ser o hacerse las cosas, seguimos un ritual o una costumbre, como siempre se hecho decimos, pero pronto quizás nos viene la sorpresa de que las cosas no son como nosotros pensábamos o nos lo habíamos programado, el mundo se nos viene abajo porque no sabemos qué hacer o como reaccionar, vienen los miedos y las angustias, como tantas veces nos sucede ante la incertidumbre de lo que se nos presenta, pero ¿todo se puede transformar en alegría cuando nos damos cuenta del sentido de la novedad?

Son nuestros trabajos, son nuestros proyectos de vida, es la organización de la vida que nos hemos planteado, son las rutinas de siempre, de lo que siempre ha sido así, pero la vida está llena de sorpresas; algunas veces nos inquietan, nos hacen tomar otros caminos a los que estábamos acostumbrados, quizás se abren otros horizontes en esos caminos nuevos, merecerá la pena ese cambio, aunque en nuestra tozudez seguimos encerrados en nosotros mismos y en nuestras cosas.

Nos cuenta el evangelio hoy que las mujeres fueron muy de mañana al sepulcro, porque en la tarde del viernes no habían podido realizar con las prisas de la llegada del sábado con la caída del sol todos los ritos funerarios; habían observado bien donde y cómo habían colocado el cuerpo de Jesús; una cosa no habían pensado quizás lo suficiente era quien les iba a ayudar a correr la piedra de la entrada del sepulcro, pues mujeres como eran no tendrían fuerza para realizarlo ellas solas; pero la piedra estaba corrida y el cuerpo difunto de Jesús allí no estaba.

¿Sorpresas? No era para menos, no era lo que esperaban encontrar. ¿Temores y angustias? No sabían donde estaba el cuerpo de Jesús y qué habían hecho con él, o quienes. ¿Quién se lo habría llevado? ¿Dónde lo habían puesto? Había algo que hacer, lo primero contarlo a los discípulos.

Pero ahora sí estaba la sorpresa delante de ellas. El mismo Jesús les sale al encuentro invitándolas a que se llenen de alegría, aunque todavía con sus temores interiores porque todo les resultaba extraño. Y Jesús las envía – los envíos tan repetidos de Jesús – a que vayan a anunciar todo esto a los discípulos y que vayan a Galilea. Aunque todavía el evangelista nos seguirá contando de la presencia de Jesús con ellos allí en Jerusalén, es importante que vayan allí donde empezó todo, donde fueron los primeros anuncios y de donde surgieron los primeros discípulos.

¿Será recordar lo que era en verdad el primer anuncio de Jesús del Reino de Dios que ahora ya se estaba constituyendo? ¿Será un comenzar a abrir caminos que no se quedarán ni en Jerusalén ni en Galilea sino que Jesús luego les enviará por todo el mundo? Estas mujeres serán las primeras portadoras de buenas noticias, que ya no son solo los discípulos más cercanos, y que nos recordará la misión que todos los que tenemos la experiencia de Jesús tenemos que cumplir, tenemos que realizar.

Del sepulcro vacío parten dos comitivas, estas mujeres convertidas en las primeras misioneras de la Buena Noticia de la resurrección de Jesús, pero también aquella otra comitiva que no supieron ver el sentido del sepulcro vacío y también marchaban con unas inquietudes y unos miedos por una misión que no habían podido cumplir pero se convertiría en un contra testimonio contra ellos mismos cuando se dejaron sobornar por la mentira.

Arrancamos nosotros también nuestro camino cuando comenzamos la celebración de esta Pascua también del sepulcro vacío, pero marchamos con otras certezas, marchamos con otras vivencias, marchamos con la experiencia de que nosotros sí sentimos a Cristo vivo en nuestra vida; nuestro camino lo hacemos como testigos, nuestro camino lo hacemos con Cristo vivo y presente en nuestra vida y ese es el anuncio que tenemos que hacer.

Marchamos  a la Galilea de nuestra vida de cada día después de la intensidad de lo vivido en esta semana santa, quizás también con nuestros miedos e inquietudes de cómo nos van a recibir, pero ya nosotros vamos con una misión, ser misioneros, portadores de una buena noticia que llevamos reflejada en la cara y en nuestra vida, porque vamos desbordando alegría, porque en nuestro corazón hay un nuevo entusiasmo, porque sintiendo el gozo de la presencia de Jesús resucitado con nosotros queremos también sentir el gozo del anuncio.

¿Seremos semilla que haga brotar una nueva planta y unos nuevos frutos para y en nuestro mundo? ¿Nos damos cuenta de los nuevos horizontes que se abren ante nosotros?

domingo, 20 de abril de 2025

Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

 


Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

Lucas 24, 1-12

Jesús lo había anunciado con toda claridad, pero a los discípulos les había costado entender. Pedro había intentado quitarle esa idea de la cabeza cuando Jesús había hablado de que iba a ser entregado en manos de los gentiles que le llevaría a la muerte; por eso ahora había sido un golpe muy grande su prendimiento en Getsemaní que les había hecho temblar llenos de cobardía, algunos se habían refugiado en el cenáculo donde había sido la cena pascual y los más atrevidos como Pedro y Juan habían llegado hasta el patio del sumo sacerdote, pero Pedro había claudicado y le había negado. Sólo Juan, el discípulo amado, había sido capaz de llegar hasta el calvario para recibir como testamento el cuidado de la madre.

Habían pasado las horas del sábado, obligados por el descanso sabático, y las mujeres en la mañana habían querido llegar al sepulcro para poder embalsamar debidamente según todos los ritos el cuerpo muerto de Jesús. No habían pensado quien les correría la piedra de la entrada del sepulcro, pero el sepulcro estaba abierto; en su interior no habían encontrado el cuerpo de Jesús y un ángel del cielo les había dicho que por qué buscaban entre los muertos al que estaba vivo, pues Jesús había resucitado.

Habían traído la noticia al cenáculo donde seguían reunidos los discípulos, pero ellos tampoco les habían creído. Eran visiones de mujeres. ‘Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron’, dice el relato del evangelista. Solo Pedro había ido al sepulcro y comprobó que allí no estaba el cuerpo de Jesús, regresó impresionado, pero seguían con sus dudas y con sus miedos.

¿Qué necesitaban para creer? Solo el sepulcro vacío no bastaba. Era necesario algo más que luego se iría produciendo en todos ellos, el encuentro vivo con Jesús resucitado. Los ángeles les habían dicho lo mismo que Jesús les había anunciado. ‘Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’.

Es el mensaje que hoy nosotros seguimos recibiendo. Es bueno y necesario el testimonio de la fe de los creyentes a través de la historia desde la experiencia de los apóstoles hasta lo que hoy nosotros queremos vivir. Pero una cosa es muy importante, que nosotros por la fe también lleguemos a tener la misma experiencia, que nosotros vivamos también ese encuentro con Cristo resucitado allá en lo más hondo de nuestra vida. Es lo que va a despertar nuestra fe, es lo que a nosotros también tiene que convertirnos en testigos, es lo que nosotros tenemos que vivir.

Es lo que nosotros en este día de Pascua celebramos, a Cristo resucitado, porque lo vivimos, porque lo experimentamos dentro de nosotros, porque sentimos igualmente su presencia en nuestra vida. Es lo que nos hace testigos y lo que tenemos que repetir al mundo para que crea; pero lo vamos a repetir no solo con palabras sino con nuestra vida; lo vamos a proclamar y gritar a los cuatro vientos, pero lo vamos a expresar en nuestra forma nueva de vivir, porque con Cristo, con su presencia en nuestra vida, nosotros también hemos renacido a una vida nueva. Eso, vida nueva. Algo nuevo tiene que manifestarse en nosotros, que será lo que podrá transformar nuestro mundo.

Este mundo nuestro que nos rodea con su materialismo y con su violencia, este mundo tan lleno de vanidades pero al mismo tiempo deseando algo nuevo y algo mejor, pero sin saber a veces por donde camina; este mundo nuestro que se desmadra buscando felicidad y que solo la pone muchas veces en placeres efímeros, este mundo que nos parece sin corazón que se encierra tantas veces en la insolidaridad y el egoísmo, este mundo ambicioso y orgulloso que busca satisfacciones o que ansía el poder para dominar y controlar, este mundo necesita unos testigos que le digan que hay otro camino de felicidad, ese mundo nuestro que necesita una transformación y que solo le llegará desde unos testigos verdaderamente comprometidos en otros valores.

Ahí tenemos que ser testigos, nosotros los que creemos en Cristo resucitado podemos y tenemos que decirle con el testimonio de nuestra vida que es posible un mundo mejor. No nos creerán solamente por nuestras palabras, pero el testimonio de nuestras obras es el camino del convencimiento. No siempre hemos sido capaces de hacerlo, porque también a nosotros en ocasiones nos entran dudas y nos acobardamos. Tenemos que despertar nuestra fe.

Tenemos que sentirnos en verdad transformados con la presencia del Señor resucitado en nuestras vidas que se hacen distintas. También nosotros desde las sombras de nuestra vida, desde nuestros miedos y cansancios, desde nuestros sufrimientos e incertidumbres, desde nuestras angustias y nuestras penas, desde nuestras derrotas y fracasos, desde nuestras luchas pero también desde nuestro amor y nuestros compromisos queremos sentir que Cristo resucitado transforma nuestra vida, fortalece nuestra vida.

Tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado. Así viviremos la alegría de la Pascua, así proclamaremos de verdad que Cristo ha resucitado. ¡Aleluya!

martes, 15 de abril de 2025

A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 


A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

El camino de la vida no es siempre fácil; aparecen los cansancios y los desánimos, momentos de dificultad y de sufrimiento ante los problemas que no nos faltan, ante la situaciones de enfermedad que van surgiendo, en los encontronazos que vamos teniendo en la vida porque la convivencia no es fácil, porque no siempre nos entendemos, porque afloran resentimientos y orgullos mal curados; nos sentimos débiles, nos sentimos solos en ocasiones, no nos parece que seamos escuchados en nuestras suplicas, y nuestro corazón se llena de tormento y de desesperanza. Nos preguntamos muchas cosas, muchos por qué que no entendemos, y tenemos el peligro de verlo todo sin sentido y la tentación incluso de tirar la toalla.

El cántico del siervo de Yahvé que se nos ofrece en la primera lectura es ese cántico atormentado por el que nosotros a veces pasamos en la vida. Sin embargo aquel siervo de Yahvé se siente llamado desde las entrañas de su madre a una misión que Dios le va a confiar, se sabe elegido y amado de Dios, aunque ahora no entienda por lo que está pasando y por eso se hace muchas preguntas.

Como nosotros tantas veces en la vida, porque lo sabemos, que Dios nos ama y que también nuestro lugar en la vida tiene un sentido y una misión, aunque muchas veces nos sintamos envueltos en esas tinieblas de duda y de tentación. Es de donde tenemos que levantarnos sin perder la fe y la esperanza, porque Dios ha puesto una luz en nuestro corazón con la que también tenemos que alumbrar a los demás. Es momento de reavivar nuestra fe, de sacar a flote nuestra esperanza, de continuar firmes nuestros pasos en el camino para cumplir nuestra misión en la tierra.

¿Pasaría Jesús por esos momentos de oscuridad antes de comenzar su pasión? Lo que hoy nos relata el evangelio son partes de lo acaecido aquella noche en la cena pascual. Podíamos decir que hay un momento de desahogo de Jesús. Lleva tiempo con aquellos discípulos a quienes ha querido constituir apóstoles porque van a ser sus enviados, a ellos les va a confiar una misión. ¿Cómo andan los ánimos de los discípulos ahora que barruntan que algo especial va a suceder, porque no entienden a pesar de lo claro que Jesús les ha hablado tantas veces?

Nos dice el evangelista que ‘estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar…’ De alguna manera también los discípulos se quedan desconcertados. ‘Se miraron unos a otro perplejos porque no sabían lo que decía’. Se cruzan las miradas llenas de perplejidad e interrogantes, como las señas que le hará Pedro a Juan que estaba más cerca de Jesús, casi recostado sobre su pecho. ‘Señor, ¿quién es?’ Dolor, sentimiento de traición, desilusión, fracaso, frustración, abandono… ¿será un adelanto de lo que va a ser su oración en Getsemaní?

Jesús solamente tomará un trozo de pan untado que se lo da Judas diciéndole ‘lo que tienes que hacer hazlo pronto’. Judas se marchará a la noche, significativa imagen de la noche de la traición en la que se había sumergido, pero los discípulos siguen sin entender. Pedro, como siempre en su fervor por Jesús, porfiará que está dispuesto a dar la vida por Jesús, que sin embargo le anunciará que antes que el gallo cante – el canto de la madrugada antes de que amanezca de nuevo la luz del día, cosa bien significativa – le habrá negado tres veces.

Pero Jesús habla de que ha llegado la hora de la glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará’. Lo que parece que pudieran ser momentos de sombras y de tinieblas es sin embargo donde va a manifestarse la gloria de Dios. En el Tabor, en aquel momento sublime en que se manifestaba en su transfiguración la gloria del Señor, sin embargo Jesús con Moisés y Elías hablaban de la pasión que Jesús iba a sufrir. Y en aquel momento se escucharía la voz desde el cielo señalándolo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Y ahora se va a manifestar lo que es ese amor de Dios, que tanto nos ama que nos entrega a su Hijo para nuestra salvación. Es su misión, la misión del enviado del Padre, manifestarnos el rostro amoroso de Dios.

A pesar de nuestras oscuridades, a pesar de los sinsabores a los que tenemos que enfrentarnos en la vida ¿no tendríamos que recordar también que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros? ¿No será esa la fuerza que nos hará levantarnos de nuestros cansancios y nuestros desánimos?

lunes, 20 de enero de 2025

No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

 


No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

Hebreos 5,1-10; Salmo 109; Marcos 2,18-22

‘Las comparaciones son siempre odiosas’, es un socorrido dicho popular, algo así como una sentencia, de la que echamos manos cuando nos encontramos con gente que siempre está haciendo comparaciones entre unos y otros, pero donde de alguna manera tienen siempre alguna relación con nosotros mismos; si a este le dieron y a mi no, si a aquel lo trataron de una determinada manera mientras a mi no me escucharon, si porque aquel tiene amigos influyentes consigue las cosas, pero de mi nadie se preocupa, y cosas así. Son odiosas solemos decir, porque siempre por medio aparece el amor propio, los orgullos, las desconfianzas que van creando enfrentamientos y barreras que nos distancian o que nos pueden llenar incluso de amarguras. Siempre nos encontramos personas así, siempre podemos caer nosotros por esa misma pendiente resbaladiza.

Jesús ha comenzado a predicar y en torno a El se ha ido formando un grupo de los que quieren seguirle más de cerca; son los llamados discípulos, de entre los que Jesús en un momento determinado escogió a los que serían sus apóstoles, sus enviados. Juan el Bautista también tenía sus seguidores allá en el desierto – algunos de ellos fueron los primeros en seguir a Jesús – y aunque la figura de Juan tras ser encerrado en la cárcel y posteriormente decapitado por Herodes había desaparecido, aquellos que le seguían aun siguen manteniendo el espíritu de Juan y siguen realizando lo que de Juan habían aprendido. Pero también había otros grupos sociales que se habían ido formando en torno a figuras o a influencias como las que los fariseos querían imponer en la sociedad de entonces. Todos tenían sus reglas y costumbres, seguían formalmente con algunas costumbres que se convertían para algunos como unas reglas a seguir.

Y es ahora cuando surge la comparación entre los discípulos de unos y de otros, entre lo que hacían los discípulos de Juan y de los fariseos y lo que Jesús les exigía a sus discípulos. Es lo que ahora en sus tiquismiquis le vienen  a plantear a Jesús, la comparación entre el rigorismo que vivían los discípulos de Juan y los fariseos, por ejemplo, en la cuestión de los ayunos y penitencias, y lo que Jesús planteaba a quienes querían seguirle. El planteamiento de Jesús les resultaba novedoso ante lo que estaban acostumbrados que eran las exigencias de los profetas en algunos momentos. Esto era incomprensible para muchos sobre todo los que vivían aquel antiguo rigorismo.

Pero Jesús siempre nos ha dicho que lo que El nos anuncia es una Buena Noticia y las buenas noticias están llamadas a dar esperanza, a levantar los ánimos, a sembrar una nueva ilusión en los corazones; y Jesús había hablado de liberación y de tiempos nuevos, que por algo proclamaba una amnistía, un año de gracia del Señor, que tenia su base y fundamento en lo que era el año jubilar donde todo había de renovarse, donde se encontraría el perdón de antiguas deudas, donde a partir de ese año de gracia todo habría de tener la novedad de lo nuevo, valga la redundancia que tiene su sentido.

Por eso ante las preguntas que le hacen desde sus comparaciones y desconfianzas Jesús hablará de un hombre nuevo, hablará de odres nuevos para vino nuevo, Jesús hablará de que no hemos de andar con remiendos a paños viejos, sino que ha de ser un vestido nuevo que el que hemos de portar. Pero eso es difícil de entender para los que se quieren mantener en viejas costumbres que de verdad no liberan de nada sino que realmente nos hacen caer en una rutina que siempre será ruinosa. Claramente nos lo está diciendo Jesús. No se trata de simples reformas sino de total renovación. Pero nosotros seguimos simplemente queriendo hacer reformas.

Esto tendría que hacernos pensar para muchas cosas, en nuestra vida personal, en ese crecimiento y renovación que tenemos que hacer de nuestra vida, o sea una vida nueva; es el mensaje que tenemos que sentir hondamente en nuestra Iglesia muchas veces tan dada a conservadurismos y no se deja conducir por la novedad del espíritu, por la verdadera novedad del Evangelio de Jesús.

Cuidado hayamos hecho viejo el evangelio, no le terminemos de encontrar su novedad cada vez que lo escuchamos, y tampoco sepamos ofrecerlo como novedad al mundo de hoy. Para muchos, quizás por nuestra forma de presentarlo, puede parecer algo anquilosado, algo de otro tiempo, y no una buena noticia para el mundo de hoy, para el hoy de la vida del hombre actual. No echemos a perder el sabor autentico del evangelio.