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lunes, 13 de julio de 2026

El camino puede tener baches que pongan en peligro el equilibrio de la paz pero aun así el perfume del amor de Cristo nos envuelve y fortalece en el camino

 


El camino puede tener baches que pongan en peligro el equilibrio de la paz pero aun así el perfume del amor de Cristo nos envuelve y fortalece en el camino

Isaías 1, 10-17; Salmo 49;  Mateo 10, 34 – 11, 1

Como solemos decir nos gustaría que en la vida todo nos marchara sobre ruedas, un camino de rosas lleno de colorido y buen perfume, pero bien sabemos que los caminos tienen baches y ese vehículo de la vida en muchas ocasiones nos vibrará más de lo que deseamos, y que las rosas, es cierto, tienen su bello colorido y su aroma que todo lo llena de perfume pero también tienen espinas y según como las afrontemos, las tomemos en nuestras manos muchas veces vamos a sentir sus pinchazos en nuestra carne y hasta nos producirán dolor y sangre.

Creo que esto que estoy diciendo nos puede ayudar a encontrar la clave de las palabras de Jesús; lo que hoy hemos escuchado viene a ser conclusión de aquellas recomendaciones que Jesús hacía a los que había escogido para ser apóstoles, para ser sus enviados. Es parte de esa formación y preparación que Jesús va haciendo con ellos ante la misión que van a recibir.

Ser los enviados de Jesús claro que nos produce una gran satisfacción, y sentir que van a hacer la misma obra de Jesús porque eso viene a significar ese poder que les ha dado para curar enfermos, expulsar demonios o resucitar muertos. Podríamos decir que se sienten como niños llenos de gozo porque les han regalado unos zapatos nuevos, así podríamos sentir también lo que es su misión. Pero aparte del desprendimiento y humildad que les ha pedido para que en verdad sean fieles a su misión también les anuncia Jesús, y lo hemos venido escuchando, que el camino no es fácil; lo que antes decíamos de los baches del. camino y de las espinas de las rosas.

Es lo que viene a decirnos hoy. Y nos habla de fuego y nos habla de guerras, nos habla de división cuando el mensaje que tenemos que trasmitir es el del amor y la paz, nos habla de los contratiempos cuando no seamos entendidos incluso por los más cercanos a nosotros, nos habla de la exigencia de un amor radical de manera que ningún otro amor podrá separarnos del amor de Dios, como un día nos reflexionara también san Pablo en sus cartas, nada puede estar por encima de ese amor que será siempre prioritario entre todos los amores humanos que tengamos, pero que será donde encontremos modelo que dé sentido y fuerza para mantenernos en esa fidelidad radical. Nos está pidiendo Jesús una opción radical siendo capaces de entregar la vida, perderla, porque eso es lo que será en verdad ganarla.

Pero nos deja al mismo tiempo el matiz bonito y delicado de saber que quien nos recibe está recibiendo a quien nos ha enviado, descubriendo así esa mediación tan hermosa que nosotros hemos de ser para los demás; pero también nos está enseñando el valor de las cosas pequeñas, porque un simple vaso de agua no quedará sin recompensa.

Gozosos hemos de sentirnos porque nos sentimos amados; gozosos por esa misión que pone en nuestras manos; gozosos porque podamos realizar la misma obra de Jesús; gozosos porque no nos sentimos solos, recordemos que nos ha prometido la asistencia de su Espíritu; gozosos porque también podemos parecernos a El cuando estamos viviendo su misma cruz; gozosos aun en medio de esos contratiempos que podamos encontrar cuando no somos comprendidos o incluso rechazados porque es signo de la autenticidad del mensaje que tratamos de trasmitir; gozosos porque al final tendremos la recompensa de la vida eterna que Jesús nos ha prometido.

jueves, 9 de julio de 2026

no son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y generosidad

 


No son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y nuestra generosidad con los hacemos el anuncio del Reino

Oseas 11, 1-4. 8c-9; Salmo 79; Mateo 10, 7-15

La vida no depende solamente de los medios materiales que tengamos; son necesarios porque además vivimos en un mundo excesivamente mercantilista y a todo le ponemos precio y para todo parece que necesitaríamos esos medios materiales. pero vivir es algo más; hacer por la vida no se reduce a que tengamos o no tengamos medios materiales, porque estamos nosotros, con nuestro ser, nuestros valores, nuestras capacidades y muchas veces sin un duro podemos hacer maravillas. Es lo que nosotros nos implicamos desde lo más hondo de nosotros mismos. Y esto podemos decirlo, aunque muchas veces nos cueste comprenderlo y hacerlo, de todos los aspectos de la vida.

Parto de esa experiencia humana que tendríamos que saber trasladar a lo que es la vida de la Iglesia y su acción pastoral; muchas veces decimos que nos vemos con las manos atadas para tantos proyectos que quisiéramos realizar porque decimos que no tenemos medios. ¿Dónde están las personas y su compromiso? ¿Dónde está el dejarnos en verdad conducir por el Espíritu? Es a lo que nos quiere conducir hoy el evangelio.

Ayer escuchábamos cómo escoge a doce de entre todos sus discípulos para que sean los Apóstoles, sus principales enviados, como imagen además de lo que será el envío que nos haga a todos. Y con los poderes, como decíamos ayer, que les da han de ir realizando lo mismo que Jesús para hacer el anuncio del Reino de Dios y mostrar las señales de que nos ha llegado el Reino de Dios.

Pero hoy Jesús nos da unos detalles para cómo realizar esa misión. Y nos envía sin nada, quiere que vayamos desprendidos, por eso ni dinero en el bolsillo ni túnicas de repuesto, solo unas sandalias y un bastón para el camino. Han de ir con la disponibilidad del corazón pero también abiertos a lo que puedan recibir. Por eso les dice que se queden en la casa donde los reciban. No van desde el poderío ni desde las distancias de sentirse ricos y poderosos, van con la humildad de la pobreza y de los que saben que dependen no de sí mismos sino en este caso de los demás, de allí donde los reciban, y por supuesto del Espíritu del Señor que es su fortaleza y su sabiduría.

Nos tiene que hacer pensar, es cierto, en nuestros grandes proyectos pastorales y de lo que llamamos el prestigio de la Iglesia que queremos conservar; pero el prestigio y el valor ni está en las grandes obras, ni en la presentación ostentosa de la presencia de la Iglesia. De cuántas vanidades y orgullos nos tenemos que desprender para ser en verdad esa Iglesia de Jesús tal como vemos en aquella primera comunidad que se reunió en torno a Él.

Pero también nos lo tenemos que pensar a la hora de lo buenos que tenemos que hacer a los demás, de la semilla que tenemos que ir sembrando en nuestro mundo, de ese compromiso con que hemos de vivir nuestra vida alentada por el espíritu de la fe. No podemos, no somos capaces, no sabemos qué hacer, no tenemos medios… son cosas que nos decimos y tras las que nos escudamos y al final terminamos sin hacer nada. ¿Dónde está nuestro amor? ¿Dónde está nuestra disponibilidad y la generosidad de nuestro corazón? 

Muchas cosas tenemos que pensar y revisar, muchas decisiones serias y valientes tenemos que tomar, mucha confianza hemos de poner en el Señor.


miércoles, 8 de julio de 2026

Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

 


Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

Muchas veces en la vida tenemos la tentación de ir como francotiradores; es justo que queramos hacer las cosas por nosotros mismos, pues tenemos nuestras capacidades y ciertamente hemos de desarrollar lo que son nuestras cualidades, nuestros valores, pero eso no significa que tengamos que ir por la vida en solitario haciéndolo todo por nosotros mismos. No podemos aislarnos de manera que ya no sepamos contar con los demás, y no es cuestión solo de efectividad sino incluso del sentido de nuestra vida, en lo que somos y en lo que tenemos que estar relacionados con los demás. no estamos hechos para la soledad, una característica fundamental del ser humano es la socialización, la capacidad de relacionarnos con los otros y en consecuencia ser capaces de vivir un sentido social y de comunión también en lo que hacemos.

Es también lo que Jesús viene a enseñarnos en su propio actuar, porque además serán señales del Reino de Dios que Él nos anuncia. Imagen de ello es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Jesús escogió a doce de entre todos los discípulos que le seguían, y como nos dice el evangelio, los constituyó apóstoles. Era el grupo que iba a estar más cerca de Jesús porque le acompañarán a todas partes, a los que de manera especial les explicaba lo que a las muchedumbres les hablaba en parábolas, los que iban a ser testigos más directos del actuar de Jesús, de lo que era la persona de Jesús; recordamos como a ellos les preguntará lo que piensa la gente del Hijo del Hombre, pero concretando luego más la pregunta para saber lo que ellos mismos pensaban. Un grupo que va a ser imagen y signo de lo que había de vivirse como el Reino de Dios.

Y a ellos, tan humanos como todos, con sus dudas y con sus pretendidas ambiciones, con sus debilidades pero también con toda la confianza que ponían en Jesús de manera que estando con Él se sentían seguros - recordamos el miedo que pasaron cuando la tempestad en el mar porque les parecía que Jesús se había desentendido de ellos - y a ellos les va a confiar Jesús la misión de seguir anunciando y constituyendo el Reino de Dios. Son los enviados de Jesús.

Pero son los enviados que han de hacer las mismas obras de Jesús. Recordamos lo que dice el evangelio, que les dio autoridad para curar enfermos y para expulsar demonios cuando salieran a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Algunas veces nos atamos a la literalidad de las palabras y podemos perder de vista el sentido hondo que tienen las palabras de Jesús. Cuando nos dice que les dió autoridad para curar y para expulsar demonios creo que las palabras de Jesús van mucho más allá de un poder taumatúrgico para realizar milagros. 

Jesús cuando curaba a los enfermos no era un simple curandero sino que en ello estaba realizando los signos del Reino de Dios. Fijémonos en la compasión de Jesús, en su amor hasta el extremo de que no quiere el sufrimiento del hombre, no quiere nuestro sufrimiento, por eso donde de verdad nos quiere sanar Jesús es dentro de nosotros mismos; es el gran milagro de la presencia de Jesús, esa transformación que se va realizando de nuestros corazones.

Es lo que Jesús quiere que hagan sus discípulos, sus mismas obras, con el mismo amor y compasión también tenemos que acercarnos a los demás y en esa compasión y misericordia estamos expresando lo que es el amor que Dios nos tiene. Un milagro que se queda en lo espectacular de lo taumatúrgico y no provoca el que nos sintamos amados de Dios no es precisamente lo que Jesús quiere que nosotros hagamos. Es nuestra vida con nuestro amor hasta el extremo, con esa compasión y misericordia rebosando de nuestro corazón el verdadero signo que tenemos que realizar. ¿Logramos que nos amemos más? Entonces estaremos haciendo de verdad las obras de Dios.


domingo, 1 de marzo de 2026

Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

 


Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

Génesis 12, 1-4ª; Salmo 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Hay experiencias que impactan la vida, y no digo solo que nos impactan porque podría quedarse en algo muy individual que también lo tiene, sino que impactan la vida, son como un choque con la vida. Pero un impacto así puede tener muchas consecuencias, por la impresión que nos produce incluso puede producir temor, pero puede también paralizarnos porque no sabemos cómo salir de ese impacto o porque es tanta la impresión que nos produce que no sabemos qué hacer, o es tanto el gozo del que nos llena que nos gustaría quedarnos en eso para siempre; pero también podríamos o tendríamos que salir presurosos a comunicarlo a los demás, no nos cabe dentro de nosotros, pero no solo lo repetiremos una y otra vez sino que además comenzaremos a sentir que nuestra mirada o nuestro actuar es distinto.

Me hago esta consideración previa ante lo que hoy, en este segundo domingo de cuaresma, nos ofrece la liturgia, la Transfiguración del Señor. Un hecho que se salía de lo normal que los discípulos estaban viviendo en su camino con Jesús. Es cierto que le habían visto orar muchas veces y eso incluso les había provocado el deseo de aprender de Él, como un día le pidieron. Pero ahora como que el escenario cambia; van camino de Jerusalén y ya les está anunciando, aunque no lo entienden, cuanto allí va a suceder en aquella Pascua que va a ser una Pascua muy especial, pero hace una parada en su camino y se lleva a tres de los discípulos con Él para subir a una montaña alta. Todo muy significativo.

Y es allí cuando sucede lo asombroso, su transfiguración, ya escuchamos en el evangelio los detalles de sus resplandores y la presencia de Moisés y Elías. Todo los envuelve en una luminosidad especial, porque no solo son los resplandores que se desprenden de Jesús sino que una nube luminosa los envuelve. Y cuando están extasiados deseando que aquello, aunque no terminen de entenderlo, no termine nunca – se han quedado como paralizados ante lo que contemplan – la voz del cielo señala a Jesús como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Cayeron de bruces. El temor les invadió.

Pero allí está Jesús que los toca como para despertarlos de aquel sueño que era más que un sueño. Allí está Jesús el que siempre con su presencia nos viene a llenar de paz. ‘No temáis’, hay que bajar de nuevo a la llanura, hay que continuar el camino, hay que subir a Jerusalén. Y de alguna manera les recuerda con lo que se van a encontrar, pero no habrán de hablar de todo aquello hasta después de la resurrección. Como siempre ellos se siguen preguntando; han contemplado la gloria de Dios, ahora tendrán más motivos para confiar pero también para afrontar los momentos oscuros, pero sus mentes siguen perturbadas.

La liturgia en este camino que estamos haciendo también nosotros hacia la Pascua en esta Cuaresma recién iniciada nos presenta este cuadro, podemos llamarlo así, de la Transfiguración del Señor. Necesitamos envolvernos de luz, ir experimentando como en un anticipo lo que va a ser la luz de la Pascua. Y lo necesitamos en la situación en que vivimos, en la realidad de este mundo en el que estamos; son muchas las oscuridades que nos llenan de temores y de dudas simplemente cuando somos conscientes de nuestras propias debilidades, de nuestros propios tropiezos porque no somos perfectos y sí muy pecadores; nos cuesta muchas veces rehacernos, retomar el camino, siguen envolviéndonos las sombras que un día marcaron algún paso de nuestra vida. Hay que encontrar un faro de luz para poder atravesar con seguridad esas tormentas.

Pero decíamos que lo necesitamos en lo que es la realidad de la vida toda, con nuestros encuentros y con nuestros desencuentros, con esa forma de vivir que ha ido floreciendo en nuestro mundo y no con flores hermosas precisamente, tanto materialismo, tantos afanes y deseos de placer y de pasarlo bien, tanta superficialidad y vacío cuando no hay valores profundos que den sentido, tanta agresividad y tanta violencia en palabras, en gestos y posturas enfrentadas, tantos tambores de guerra que suenan por todo lados, como ahora mismo estamos viviendo en este mundo. ¿Encontraremos un sentido y una salida? ¿Qué podemos hacer para que esto cambie? ¿Dónde encontrar esa luz que disipe tanta sombra y tanta tiniebla? ¿Nos tendremos que quedar cruzados de brazos sin hacer nada?

Creo que lo que hoy contemplamos en el evangelio nos da respuestas, nos tiene que impulsar a salir de nuestro lado cómodo para meternos de verdad a caminar en medio de ese mundo pero llevando esa luz que lo transforme. Es que nosotros, los primeros, tenemos que sentirnos transformados por esa contemplación que hoy se nos ofrece de la Transfiguración del Señor. Nos dará miedo despertar de ese buen momento y tener que bajar de la montaña pero es algo que tenemos que hacer, porque además tenemos que llegar a Jerusalén, tenemos que llegar a sentirnos transformados por la Pascua. Tenemos que ponernos en camino con la disponibilidad de Abraham allá a dónde Dios quiera llevarnos.

No es una rutina que repetimos todos los años, no se puede quedar en algo ritual que hacemos y con ello nos quedemos contentos. Es mucho más lo que tiene que significar para nosotros y para el mundo que nos rodea esa Pascua que vamos a vivir y para la que nos estamos preparando en este camino cuaresmal.

Pero no olvidemos de subir a la montaña a orar con Jesús. Lo necesitamos nosotros y lo necesita ese mundo al que tenemos que ir. Escucharemos a Jesús y la voz de Dios que nos habla y nos pone en camino.


sábado, 14 de febrero de 2026

Nos sentamos poco a la vera del camino para simplemente hablar con los que pasan, a la puerta de la casa para charlar amigablemente del Reino de Dios con los que en ella habitan

 


Nos sentamos poco a la vera del camino para simplemente hablar con los que pasan, a la puerta de la casa para charlar amigablemente del Reino de Dios con los que en ella habitan

Hechos 13, 46-49; Salmo 116; Lucas 10, 1-9

¿Cuál va a ser en definitiva nuestra reacción final si nos hemos ofrecido voluntarios para hacer una tarea que nos parecía, por decirlo así, interesante, pero que cuando nos la confían nos hablan de que no es una tarea fácil, que no vamos a contar con demasiados medios o recursos para llevarla a cabo y ya de antemano nos dicen que vamos a toparnos con una oposición bien encontrada? ¿Tiraremos la toalla si tan difícil nos lo ponen? ¿Intentaremos seguir adelante? ¿Buscaremos por nuestra parte nuevas iniciativas, recursos, lo que sea necesario para que realmente se realice y no quede por cuenta nuestra, por nuestra dejadez, el posible fracaso?

Realmente la cuestión es inquietante. ¿Cómo se sentiría aquel grupo de discípulos a los que Jesús les está confiando una misión en la que les dice que además de que hay mucho trabajo y son pocos los que se comprometen con ese trabajo, los envía como corderos en medio de lobos?

Tenemos que pensar que esa es la tarea y la misión que Jesús nos está confiando a los que creemos en El, la misión que le confía a la iglesia que tiene que quitar de sí toda imagen de triunfalismos para darnos cuenta que el anuncio del evangelio en el mundo en que hoy vivimos no es tan fácil. Además Jesús nos está pidiendo por parte nuestra una disponibilidad total pero también la conciencia de que no hemos de actuar a la manera de cómo actúan los hombres de este mundo. De entrada nos está diciendo que vayamos con nuestra pobreza, vacíos y liberados de todo signo de grandeza o de prepotencia para, a partir solo de unos medios o recursos humanos, realicemos esa tarea y esa misión cuya efectividad no va a surgir de esos más o menos importantes medios humanos con los que podamos contar.

De mucho tenemos que aprender a despojarnos. Porque Jesús incluso se quitó el manto para ceñirse solo con una toalla cuando se puso a lavar los pies de los discípulos. Y es lo que hoy tenemos que hacer, es la misión de la Iglesia hoy en medio de nuestro mundo. No podemos aparecer rodeados de esplendores de grandezas o de riquezas cuando vamos a anunciar el evangelio; sería una imagen que no casa con el espíritu del Evangelio que tiene que ser anunciado, tiene que ser buena noticia para los pobres.

Tenemos que aprender a sentarnos humildemente en una pobre silla o banqueta con los de la casa para hablar sosegadamente, amigablemente, para hacer el anuncio del mensaje que llevamos.

Nos sentamos poco en el camino para simplemente hablar con los que pasan, nos sentamos poco a la puerta de la casa para charlar amigablemente con los que en ella habitan. Es lo que nos está diciendo Jesús, que entremos allí donde nos abren la puerta, comamos lo que nos ofrecen y a ellos, teniendo en cuenta lo que es en verdad sus vidas, le hagamos el anuncio del Reino de Dios. No nos pide discursos, sino conversaciones, no nos pide grandes recorridos, sino que seamos capaces de detenernos a la vera del camino con quien pasa o con quien nos encontremos o simplemente nos sentemos a tomar un café.

¿Será eso lo que verdaderamente está haciendo la Iglesia, estaremos haciendo nosotros o andaremos más preocupados de organizaciones y de planes de trabajo cuando el trabajo es eso que nos va saliendo cada día al paso? Hoy hablamos mucho de una nueva evangelización pero nos preocupamos poco de esos encuentros personales, organizamos muy bien nuestros horarios de culto y celebraciones de nuestras fiestas, pero nos olvidamos del caminar del día a día, a pie de calle, o sentados alrededor de la mesa del comedor para tener una amigable charla donde trasmitamos esa paz que nos viene a traer el evangelio.

Y ya sé que no es una tarea fácil, porque no siempre habrá quien nos escuche o en muchas ocasiones sintamos el rechazo, como ovejas en medio de lobos que nos dice hoy Jesús. Pero eso no tiene que impedir que sigamos haciendo el camino porque tenemos que seguir haciendo el anuncio de la buena nueva de Jesús.

jueves, 10 de julio de 2025

No olvidemos que Jesús nos envía como mensajeros de la paz, siempre la primera palabra y la primera actitud con la que de forma gratuita nos acerquemos a los demás

 El Evangelio Comentado: El envío de los 72 discípulos (Lc 10, 1-12.17-20)

No olvidemos que Jesús nos envía como mensajeros de la paz, siempre la primera palabra y la primera actitud con la que de forma gratuita nos acerquemos a los demás

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Salmo 104; Mateo 10,7-15

¿Qué ganas tú con eso? Habremos escuchado que alguien nos dice cuando nos ve liados en cosas que no son tan de índole personal, sino más bien cosas que hacemos por los demás. Quizás nosotros mismos nos lo hayamos preguntado alguna vez - ¿Qué saco yo con todo esto? -, cuando nos vemos que las cosas se complican, que nos trae quizás problemas aquello que tan desinteresadamente estamos queriendo hacer por los demás.

Y es que no siempre la gente entiende o valora que seamos capaces de hacer algo si no vamos a obtener algún beneficio; para todo queremos retribuciones, los regalos que algunas veces incluso nos hacemos los unos a otros están buscando una contrapartida, como se suele decir ‘hoy por ti, mañana por mí’; no se entiende la gratuidad. Siempre recuerdo estando de capellán en una clínica tenía la costumbre que por navidad y pascua pasaba por todas las habitaciones de los enfermos regalándoles una tarjeta con un mensaje de felicitación, en más de un caso la gente no quería aceptarla porque no tenían dinero que darme a cambio, no entendían que aquello era un regalo.

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Es el momento en que envía a los apóstoles a hacer el anuncio de la buena noticia del Reino de Dios; les ha pedido desprendimiento total, porque les pide que solo lleven lo imprescindible para hacer el camino, la túnica con su manto, unas sandalias y un bastón para hacer el camino. Simplemente han de sentirse acogidos por la gente de buena voluntad, pero no pueden ir pidiendo nada a cambio. Su anuncio es un regalo, como el que ellos a su vez un día recibieron cuando Jesús los llamó a estar con El.

Su mensaje ha de ser el de la paz. Será su saludo, será lo que irán promoviendo en esos encuentros personales que han de ir realizando; por eso les habla de que permanezcan en la casa donde hayan sido acogidos y esa convivencia han de ser generadores de paz. Como lo estaba siendo Jesús con todos aquellos con los que se iba encontrando; venían a El con sus angustias, sus problemas, sus necesidades, sus dolencias, el mal que les atenazaba el corazón, las dependencias que sentían en su espíritu y en Jesús encontraban la paz, porque en Jesús encontraban el perdón, porque en Jesús encontraban no solo la salud de sus cuerpos sino la salud de sus corazones. Por eso siempre Jesús invita a ir en paz y en esa paz no habrían de volver de nuevo a las mismas esclavitudes y dependencias.

¿Seremos así nosotros también generadores de paz?  Nos preocupa la falta de paz; pronto nos duele el corazón cuando contemplamos guerras, destrucción y muerte en tantos lugares; pero nos duele el corazón cuando contemplamos la acritud con que vivimos la vida, gritos, violencias, insultos, descalificaciones, abismos que vamos cavando que cada vez nos distancian más.

La vida social de nuestro mundo está llena de acritud y violencia; faltan manos tendidas que ofrezcan diálogo, caminos de encuentro, formas de colaboración cada uno desde su posición o desde sus posibilidades. La acritud que contemplamos en las pantallas de nuestra sociedad que son nuestros dirigentes es la que luego en la cercanía de los que nos rodean nosotros copiamos y vivimos también.

¿Cuándo seremos capaces de romper esa espiral de violencia en la que vivimos y que nos lleva a la corrupción de la vida y de la sociedad? ¡Qué difícil se nos hace! Parece como si nos brotara espontánea esa acritud y violencia. Por mucho que digamos que queremos la paz con qué facilidad la vamos rompiendo a cada paso. Confieso que a mí me cuesta.

No olvidemos que Jesús nos envía como mensajeros de la paz, porque tiene que ser siempre la primera palabra y la primera actitud con la que nos acerquemos a los demás. Es el regalo que hemos de hacerle a la vida de forma gratuita.


miércoles, 9 de julio de 2025

Las credenciales para un anuncio autentico del evangelio del Reino de Dios tienen que ser nuestras obras de amor

 

Las credenciales para un anuncio autentico del evangelio del Reino de Dios tienen que ser nuestras obras de amor

Génesis 41,55-57; 42, 5-7.17-24ª; Salmo 32; Mateo 10,1-7

Cuando se le confía una misión a alguien que ha de realizarla en nombre de quien lo envía, al enviado se le da unas credenciales, un salvoconducto, una especie de certificado o carta de recomendación, un poder para que pueda actuar en nombre de quien lo envía o de quien representa – muchos nombres se le puede dar al asunto según sea la misión y el lugar donde tenga lugar esa representación. Eso, podríamos decir, que forma parte de los protocolos de la vida, algo muy presente en la sociedad regulada con sus leyes y con sus normas.

Aquí viene la pregunta, quienes actúan en nombre de Dios, porque se sienten llamados a una misión, porque adquieren unos compromisos concretos, porque habiendo descubierto la maravilla del mensaje evangélico se sienten, por así decirlo, obligados a trasmitirlo, a comunicarlo, ¿Cuáles son las cartas de presentación con que se presentan? ¿Cuáles van a ser las credenciales que acrediten la misión a la que se sienten llamados? ¿Cuáles son los poderes que les acompañan?

No son preguntas ociosas, no son preguntas que no tengan sentido. No es solo que nos revistamos de unos ornamentos de lo sagrado para decir que somos unos consagrados; no es solo la facilidad de palabra que tengamos o incluso si queremos ponerlo así de crudo los estudios que hayamos realizado, lo que nos va a garantizar la verdad que queremos proclamar, no es solo porque nos tengamos bien estudiado y programado lo que podemos hacer, lo que nos da la veracidad necesaria a la Palabra que vamos a proclamar en nombre de Dios.

Podíamos decir que hay una garantía que lo viene a resumir y fundamentar todo, el amor. Es el amor que vivimos y que reflejamos en nuestras vidas, es el amor que se hace testimonio en las obras que realizamos, es el amor que va a ser la verdadera levadura que va a hacer fermentar la masa del mundo.

Y eso lo estamos encontrando en las mismas palabras con la que Jesús hace el envío de sus discípulos, de sus apóstoles en este caso. Ha elegido Jesús a doce entre todos los discípulos que le siguen, el evangelista con todo detalle nos da incluso sus nombres. Y son los que ahora Jesús envía en medio de aquellas multitudes que le rodeaban a través de aquellos pueblos y aldeas de Galilea que Jesús iba especialmente recorriendo, multitudes, como nos dice, que andaban desorientadas, que daba la impresión que eran ovejas que corrían de un lado para otro porque les faltaba un pastor.

Y es a esos a donde Jesús envía a los doce pero con la posibilidad de que dieron los signos del amor. Algo tenía que ser luz para todas aquellas gentes y la luz vendría de las obras del amor que tenían que ir realizando. Tenían que ir transformando aquel mundo y esa transformación solo se podía hacer desde el amor. El amor que sanaba y daba vida, el amor que caldearía los corazones para arrojar de sus vidas todo lo que no fuera amor. Les dio poder, nos dice el evangelista, para curar enfermos y para arrojar demonios.

Ahí lo dice todo. Esos signos que irían realizando son la garantía de la autenticidad del Reino de Dios que sería anunciado. ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’. Es el anuncio. Pero para hacer ese anuncio  ‘llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia’. Era lo que tenían que ir realizando, era la autentica carta credencial de la misión que se les había confiado.

Es lo que la Iglesia ha querido ser siempre a través de todos los tiempos; en todas partes ha querido resplandecer por el amor. ¿Con qué obras estaremos dando señales de esa garantía hoy los cristianos de este siglo y en medio del mundo en que vivimos? Muchas son las obras en las que brilla la Iglesia en este sentido hoy, pero ¿nosotros, cada uno como individuo, qué más podríamos o tendríamos que hacer hoy?

jueves, 6 de febrero de 2025

Tenemos que arriesgarnos más a salir a hacer el anuncio del evangelio y dar signos y señales del Reino de Dios, porque ese fue el mandato de Jesús

 


Tenemos que arriesgarnos más a salir a hacer el anuncio del evangelio y dar signos y señales del Reino de Dios, porque ese fue el mandato de Jesús

Hebreos 12,18-19. 21-24; Salmo 47;  Marcos 6,7-13

Una buena noticia, solemos decir, corre como la pólvora, una vez que se enciende no hay quien la pare; pero para no hacerlo tan violento me gustaría decir que es como un buen perfume, tan pronto se destapa el frasco su fragor lo envuelve todo. El bien se difunde por si mismo, decían los clásicos, no lo negamos, pero puede suceder también que nos hagamos oídos sordos y no queramos escuchar. Por otra parte quien posee ese don precioso no se lo puede guardar para si mismo, esperando que sean los otros quienes vengan a buscarlo, que si no tienen noticia de él tampoco sabrán a donde acudir, sino que quien posee esa inmensa sabiduría tendría que ir a regalarla a los demás.

¿Será eso lo que hacemos los cristianos? Tenemos hoy el peligro de quedarnos muy satisfechos con lo que tenemos pero nos lo guardamos de puertas adentro; ¿seremos acaso como aquel servidor a quien se le confió un talento y lo guardó y lo enterró por miedo a perderlo y no lo puso a negociar?

Hablamos hoy mucho de nueva evangelización y no sé lo que estamos entendiendo por esa nueva evangelización; quizás nos cuidamos de tener de iglesia adentro muy bonitas celebraciones, celebramos muchas fiestas de santos y hacemos muchas novenas, nos cuidamos mucho nosotros dentro de nuestro circulo pero no nos estaremos arriesgando a salir, como nos dice el Papa Francisco, a las periferias para llevar ese mensaje del evangelio que de verdad transforme nuestro mundo; quizás nos cuidamos mucho de puertas adentro para que no se nos vayan los que tenemos y no sé realmente si lo que le estamos ofreciendo es ese evangelio comprometido que nos anuncia Jesús.

Pero ¿salimos a llevar?, ¿salimos a buscar?, ¿salimos a compartir la sabiduría que nosotros tenemos con el evangelio?, ¿salimos a contagiar esos valores del evangelio desde nuestras vivencias y nuestro testimonio? Confieso que me preocupa, y me preocupa por mi mismo que no sé si lo sabré estar haciendo.

Es claro lo que hoy nos dice el evangelio. Aun no eran muchos los que con fidelidad seguían a Jesús. No es solo aquellas multitudes que en ocasiones se reunían sino que se trataba de aquellos que estaban más cerca de Jesús y que querían vivir lo que Jesús les estaba enseñando. En este caso son solo doce los que Jesús ha escogido; pero Jesús los envía de dos en dos para que fueran anunciando también la llegada del Reino de Dios como Jesús había venido haciendo, y nos dice que les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, o sea, que tenían que dar también las señales de ese Reino de Dios, hacer los signos que Jesús realizaba transformando el mundo que le rodeaba alejándolo del mal.

Jesús los envía y ellos partieron, salieron a anunciar esa Buena Noticia, y nos dice el evangelista, que iban realizando aquellos signos para los que Jesús les había dado poder. No se quedaron al lado de Jesús, se pusieron en camino; más tarde vendrán contando cómo les había ido en aquella misión que Jesús les había confiado. Igualmente en otro momento nos dirá el evangelista que envió a setenta y dos con esa misma misión. ¿No nos dice esto nada para nuestras posturas, para esa nueva forma de evangelizar que tenemos que realizar hoy en nuestro mundo?

No digo que no se haga nada porque la Iglesia en el mundo de hoy está dando muchas señales de la vivencia del Reino de Dios, pero sí es cuestión de preguntarse si con solo doce apóstoles se pudo salir por el mundo para transformarlo, con todos los que hoy nos decimos que creemos en Jesús ¿qué es lo que estamos haciendo? ¿Por qué no hay esa transformación de nuestro mundo? ¿Faltará un testimonio más auténtico de  todos los cristianos de hoy en medio del mundo?  Creo que son cosas que tendrían que hacernos pensar y decidirnos a comenzar a dar respuestas.

viernes, 24 de enero de 2025

Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que sigue confiando en nosotros, impulsados a buscar nuevas metas de superación

 


Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que sigue confiando en nosotros, impulsados a buscar nuevas metas de superación

Hebreos 8,6-13; Salmo 84; Marcos 3,13-19

Nosotros escogemos a nuestros amigos; conoceremos a muchos pero tener la consideración de amigos solo serán algunos; ¿qué les pedimos o qué les ofrecemos? Fundamentalmente la lealtad de la amistad con todas las características que les acompañan, normalmente teniendo en cuenta su sinceridad y sus valores humanos; habrá quienes sean interesados en otras cosas, poder, influencia, prestigios sociales, pero ahí no vamos realmente buscando la amistad; no nos importa quienes son en ese sentido sino como se muestran con nosotros para poder confiar. Con los amigos se van a compartir muchas cosas, todo lo que encierra la amistad.

De la misma manera podríamos decir cuando buscamos colaboradores para algo que vamos a emprender; no lo hacemos a la ligera y tendremos nuestros criterios propios; partiríamos de esa lealtad de la amistad y de ser personas con inquietud, aunque en la vida no hayan destacado por muchas cosas, pero buscamos lo que hay en lo más hondo de ellos mismos y que sabemos que pueden sacarlo a todo para emprender lo que le confiemos; muchas veces desde lo pequeño y lo que nos parece menos relumbrante quizás encontramos esas personas ideales en las que podemos confiar.

En torno a Jesús se había ido formando ya un grupo de personas que le seguían más de cerca, que compartían lealmente con Jesús muchas cosas, porque quizás a muchas cosas habían sido capaces de renunciar para escuchar a Jesús y estar al lado de Jesús. Llega el momento de ir formando aquel grupo que iba a ser como imagen de esa nueva comunidad que se iba a formar a partir de Jesús. Es lo que hoy contemplamos en el evangelio.

Algún evangelista nos dirá que se pasó la noche en oración; eran decisiones serias que no se podían tomar sin una previa reflexión; por eso le vemos que aquel día con sencillez, pero con la solemnidad que conllevaba aquel momento fue llamando uno a uno a los doce que iba a tener con El y a los que iba a llamar sus enviados, apóstoles. El evangelista nos da la relación. Les hemos visto en distintos momentos cuando Jesús los ha llamado a seguirle, cuando se han ido con él dejándolo todo, procedentes en cierto modo de diversos ambientes, pero muy cercanos a Jesús pues algunos incluso serán parientes. ‘Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él’.

Y ya vemos desde el primer momento que se confía en ellos porque les da autoridad para lo que han de realizar. Ellos han de ser signos de ese Reino de Dios que se estaba constituyendo y habían de realizar también esas señales de que el Reino de Dios estaba llegando. Por eso nos dice el evangelista que ‘instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios’.

Comienza a plasmarse lo que era el Reino de Dios que Jesús venía anunciando. Había invitado a la conversión para creer en esa buena noticia y aquellos doce habían dado señales de que estaban en ese camino, a pesar de sus debilidades, a pesar de que haya momentos en que no terminen de entender lo que Jesús les enseñe, a pesar de sus ambiciones humanas que seguían latentes en sus corazones y de las que tendrían que irse poco a poco desprendiendo. Eran los que estaban con Jesús y los enviados de Jesús.

Con cierta emoción escuchamos nosotros este relato del evangelio porque estamos viendo que Jesús nos llama también a ser sus amigos, a que demos esas señales del Reino de Dios en nuestra vida y entonces seamos capaces también de desprendernos de esas cosas que quedan en nosotros como rémoras que nos impiden caminar libremente.

Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que así sigue confiando en nosotros, conociendo como conocemos nuestras debilidades y tropiezos, pero al tiempo nos sentimos impulsados a caminar, a levantarnos, a mirar a lo alto, a buscar nuevas metas de superación en nuestra vida. Gracias, Señor, por seguir confiando en nosotros y seguir llamándonos amigos.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Ahí tenemos que estar nosotros para hacer presente el Reino de Dios con los signos de nuestra vida con una esperanza viva, unas señales verdaderas del amor de Dios

 


Ahí tenemos que estar nosotros para hacer presente el Reino de Dios con los signos de nuestra vida con una esperanza viva, unas señales verdaderas del amor de Dios

Isaías 30, 19-21. 23-26; Salmo 146; Mateo 9, 35 — 10, 1. 5a. 6-8

¿Habremos visto o nos habremos encontrado en alguna ocasión con alguien que lloraba sin consuelo? Seguramente que en la experiencia de la vida nos habremos encontrado una situación así. ¿Qué hemos sentido? ¿Cómo nos hemos sentido? Habremos sentido pena, pero quizás hemos sentido desconsuelo en nosotros mismos por no saber qué hacer o cómo actuar. Al final ¿hemos terminado haciendo algo?

Pero no nos quedemos en situaciones que podíamos llamar personales, de un individuo, sino pensemos en algo más amplio, una familia desconsolada por algún acontecimiento que les ha afectado a todos, un accidente de un miembro de la familia, la muerte de un ser querido, un problema gordo que les ha hecho perder todo, por ejemplo, ¿Cuál ha sido nuestro reacción?

Pero dando un paso más ya no será solo una familia sino una comunidad, un pueblo, ante una catástrofe – como ahora hemos visto recientemente lo de la DANA o no hace tantos años en nuestro tierra con el volcán de la isla de La Palma – que se sienten desconcertados, que lloran sin consuelo ante las perdidas sea cual sea lo que haya sucedido, y nos preguntamos también ¿qué hemos sentido o cómo nos hemos sentido? ¿Tendremos palabras de consuelo o solo nos quedamos en eso?

De eso nos está hablando el evangelio en aquel comienzo de la predicación de Jesús. Recorría toda Galilea con el anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba. Pero ¿qué es lo que se encuentra Jesús? Por una parte vemos que una primera reacción de la gente ante las palabras y los gestos de Jesús es traerle todo los enfermos e impedidos para que Jesús los cure; pero detrás de todo eso Jesús ve algo más; allí hay una gente que ha perdido la esperanza, una gente desorientada porque incluso los dirigentes sociales y religiosos no están realizando lo que deberían hacer, y Jesús ve que la gente está como las ovejas que no tienen pastor. Les falta verdadero alimento para sus vidas y les falta unos guías que en verdad les conduzcan por los mejores caminos de la vida. Lo que está sucediendo entre aquellas gentes está muy lejos de lo que el Señor quiere para ellas.

Pero Jesús no se queda con los brazos cruzados preguntándose una y otra vez qué es lo que hay que hacer. Pone manos a la obra porque lo primero que hay que hacer es despertar la esperanza para que todos tengan ganas de luchar y de salir adelante; irá dejando señales de lo que es ese mundo nuevo, ese Reino nuevo que está anunciando, con los signos que realiza, con los milagros que va haciendo. Pero pronto en su entorno se irá formando el grupo de los que escuchan y acogen su Palabra; vemos como constituye el grupo al elegir a los que van a ser sus apóstoles, sus enviados.

Ellos también podrán realizar los signos que El hace; nos dice que les da poder, está en ellos despertando la fe y la esperanza para que realicen sus mismas obras. El Reino nuevo tiene que irse manifestando en las obras que realizan. ‘Curad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, expulsad demonios’, son muchos los signos que han de realizar.

Es el consuelo para los que no tienen consuelo, es la vida para los que se sienten muertos, es el ponerse en camino para los que les parece que nada pueden hacer, es sentirse limpios y puros porque en Jesús somos sanados. Es nuestra tarea hoy. También a nuestro alrededor encontramos un mundo que parece que no tiene consuelo; cuánto sufrimiento, cuántas soledades, cuántas desesperanzas, cuántas lágrimas vemos derramarse a nuestro alrededor.

Pero ahí tenemos que estar nosotros para anunciar que el Reino de Dios ha llegado, ahí tenemos que estar nosotros para hacer presente ese Reino de Dios con los signos de nuestra vida; así tenemos que presentarnos ante el mundo, tenemos que ser ese paño de consuelo, pero tenemos que manifestar una esperanza vida, tenemos que mostrar unas señales verdaderas de lo que es el amor de Dios.

¿Cómo nos sentimos ante el mundo que nos rodea? ¿Nos quedaremos cruzados de brazos o nos pondremos en camino con la misión que Jesús nos confía?

 

viernes, 4 de octubre de 2024

Tenemos que seguir poniéndonos en camino porque la tarea es grande, no cejemos en el empeño aunque sea mucha la dificultad, siempre brilla la luz de la esperanza

 


Tenemos que seguir poniéndonos en camino porque la tarea es grande, no cejemos en el empeño aunque sea mucha la dificultad, siempre brilla la luz de la esperanza

Job 38,1.12-21; 40, 3-5; Salmo 138; Lucas 10,13-16

Hay ocasiones en que nos sentimos frustrados y poco menos que derrotados en aquello que estamos haciendo, a lo que dedicamos todo nuestro esfuerzo, con lo que queremos hacer algo que pueda beneficiar a los que están a nuestro lado, pero parece que no nos escuchan o nos escuchan según sean sus intereses, pasan de nosotros o nos ignoran, nos dejan a un lado y no nos tienen en cuenta después de todo lo hicimos; nos sentimos mal, en ocasiones nos dan ganas de tirar la toalla, de abandonar, de dejar a los otros a su suerte y que se busquen la vida, como suele decirse.

Nos pasa en el trabajo profesional que realizamos, nos pasa en cosas que hacemos de forma voluntaria porque queremos que las cosas en nuestro ambiente sean de otra manera pero nadie nos hace casa, nos puede pasar en el terreno familiar, ya sea en lo que hacemos por los hijos y la familia, e incluso en nuestras relaciones conyugales, donde en momentos no nos sentimos valorados.  ¿Qué hacemos? ¿Abandonamos? ¿Andamos lloriqueando queriendo mover a la gente a la compasión al menos? ¿Nos encerramos en nosotros mismos? ¿Seremos conscientes de verdad de la misión que tenemos en la vida y seguimos fieles a nuestro empeño? Muchas cosas nos pueden pasar por la cabeza.

¿Será la situación en la que se encuentra Jesús en este pasaje del evangelio que hoy se nos presenta? Jesús había ido recorriendo todas aquellas aldeas y ciudades de Galilea, había recorrido sus caminos y atravesado numerosas veces el lago para llegar a todos en el anuncio del Reino de Dios. Es cierto que las gentes le salen entusiasmadas al encuentro, le traen sus enfermos, vienen con sus dolencias y sufrimientos, algunos le aclaman porque no han visto cosa igual. Ya es consciente también que no todos lo aceptan y sabe muy bien quienes están al acecho a lo que hace o a lo que dice.

Pero hay algunos lugares que son como piedra atravesada en el camino. Se ha desvivido Jesús de manera especial en algunos, pero la respuesta parece poca o nula. Le está sucediendo en algunas poblaciones de los alrededores del lago y de Cafarnaúm. ¿Se sentirá fracasado Jesús o seguirá haciendo llamamiento para que den una respuesta? Ya premonitoriamente les había anunciado a los discípulos escogidos como apóstoles cuando los envío que habían de llevar el mensaje de paz y se quedaran en aquellos lugares donde los acogían; pero les anuncia también que habrá otros lugares donde se les cerrarán las puertas, y Jesús simplemente les dice que se vayan a otro lado. Siempre itinerantes como lo había manifestado desde el principio. Vamos a otros lugares que allí también tenemos que hacer el anuncio del Reino de Dios.

Creo que este evangelio tendría que hacernos pensar, pero no para hundirnos porque nosotros seamos también conscientes de las dificultades y rechazados, sino para sentir esa palabra de ánimo y de esperanza que Jesús siempre tiene para nosotros. Sigamos haciendo el anuncio, sigamos dejando nuestras huellas de paz y de amor, aunque las bombas sigan resonando o aunque sigamos viendo muy furibundo el odio en muchos corazones.

Una piedra que vayamos quitando del camino será siempre una señal de algo nuevo que vamos dejando a nuestro paso; podemos hacer desaparecer esas piedras de odios y de violencias, podemos ir quitando esos ropajes de la vanidad y del orgullo, podemos ir dejando con la ilusión de un vestido nuevo para la vida a tantos desnudos que tratamos de vestir con nuestro amor, una luz nueva puede ir iluminando con un nuevo color esos caminos de la vida tantas veces oscurecidos y hacer surgir una nueva alegría para la humanidad.

Tenemos, si, que seguir poniéndonos en camino; la tarea es grande, la mies es mucha, los operarios somos pocos, pero un pequeño grano de mostaza puede hacer brotar un arbusto grande donde se aniden los pájaros, un pequeño puñado de levadura puede hacer fermentar la masa de nuestro mundo para darnos un pan nuevo y más sabroso. No cejemos en nuestro empeño. Nunca tenemos que sentirnos derrotados, porque siempre para nosotros brilla la luz de la esperanza.

miércoles, 4 de septiembre de 2024

La gente buscaba a Jesús pero El se pone en camino y nos envía también a nosotros para un anuncio nuevo, el Reino de Dios del que tenemos que dar señales

 


La gente buscaba a Jesús pero El se pone en camino y nos envía también a nosotros para un anuncio nuevo, el Reino de Dios del que tenemos que dar señales

1Corintios 3, 1-9; Salmo 32; Lucas 4, 38-44

La gente andaba buscando a Jesús, nos dice el evangelista. ¿También nosotros andamos buscando? Pero ¿qué buscamos?

¿Quién nos resuelva nuestros problemas? ¿Tener una vida mejor? Seguramente mirando a nuestro mundo con los problemas que cada día nos vamos encontrando – ¿los vamos encontrando quizás porque también andamos buscando algo? – queremos que se acaben las guerras, que no haya tanta pobreza, que seamos capaces un día de entendernos  y no andemos en todos los ámbitos y escalas de la sociedad echándonos la zancadilla o haciéndonos la guerra los unos a los otros. Hay muchas cosas de las que nos sentimos insatisfechos y queremos y buscamos que las cosas sean de otra manera; pensemos, por ejemplo, en la crispación en que se vive en nuestra sociedad en que no sabemos llegar a un acuerdo que de pie a solucionar tantos problemas.

Buscamos, es cierto, de alguna manera una salvación, aunque no siempre estemos de acuerdo en quien es de verdad nuestro salvador. Algunas veces en nuestras búsquedas nos quedamos en algo primordial como pueda ser la salud o que tengamos suerte en la vida, pero en el fondo sabemos que es algo más lo que necesitamos aunque no siempre lo tengamos del todo claro.

Sí, nos dice el evangelio hoy, que la gente buscaba a Jesús. Después de salir de la sinagoga donde vieron aquel signo que Jesús allí realizaba con la liberación de aquel endemoniado, como ellos lo llamaban aunque nosotros pudiéramos pensar en algún tipo de enfermedad epiléptica, al caer la tarde – cuando se acabó el descanso del sábado – vinieron a la puerta de la casa de Pedro con todo tipo de dolencias y enfermedades para que Jesús los curara, enterados quizás de cómo había curado a la suegra de Pedro.

Pero nos sigue diciendo el evangelio que a la mañana siguiente cuando quisieron buscar de nuevo a Jesús – en aquel primer día de la semana, que tantas veces aparecerá significativamente en el evangelio – se había ido al descampado, donde se había pasado la noche orando. ‘Todo el mundo te busca’, le dicen a Jesús, y no quieren que los abandone, pero Jesús les dice que ese mismo anuncio tiene que seguirlo haciendo en otras ciudades y lugares.

¿Una manera de decirnos que tenemos que ponernos en camino? Ahora será Jesús, siguiéndole ya algunos primeros discípulos, el que se pondrá a recorrer aquellas aldeas y pueblos de Galilea para seguir haciendo el anuncio del Reino de Dios. No tardaremos en escuchar en el evangelio cómo Jesús hará poner en camino y enviará a aquellos primeros discípulos para que vayan también a hacer ese anuncio. También hay otros pueblos que buscan, y si acaso no buscan es porque no conocen, luego hay que ir a hacerles el anuncio.

Todo esto nos tiene que hacer pensar. Pensar en nuestras búsquedas y si detrás de todo ello está nuestra búsqueda de Jesús. Pero ¿qué buscamos o por qué buscamos? Eso tiene que ser también otra cosa que hemos de tener muy clara. Sí, miramos nuestras enfermedades y nuestras necesidades, ¿cuál será el signo que nosotros necesitemos en nuestra vida para reconocer lo que en verdad Jesús en su evangelio viene a ofrecernos y que nosotros hemos de vivir? ¿Qué va a significar la fe que tenemos en Jesús en relación a todos esos problemas que tenemos en la vida y para los que queremos una solución?

Si escucháramos de verdad el evangelio, sin prejuicios ni ideas preconcebidas, nos daríamos cuenta que siguiendo las pautas que Jesús nos va trazando en verdad haríamos un mundo mejor, de mayor paz y de mejor entendimiento, de más solidaridad y de mejores valores para las relaciones entre los unos y los otros, de mayor autenticidad y de menos vanidades y orgullos que a nada nos llevan, de más unidad y de mayor compromiso por hacer las cosas mejor.

Son los valores del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que quiere que nosotros seamos capaces de construir. Por eso nos pone en camino también, no solo para que digamos bonitas palabras sino para que manifestemos los verdaderos signos del Reino de Dios a través de estilo nuevo de vivir que de El hemos aprendido.

domingo, 14 de julio de 2024

Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje, los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia del Reino de Dios que tenemos que proclamar

 


Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje, los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia del Reino de Dios que tenemos que proclamar

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Nos confían un trabajo o una tarea y enseguida nos hacemos nuestras planificaciones y nuestros presupuestos; necesitamos esto, lo otro y lo de más allá… pronto vamos a ver con qué contamos, qué es lo que vamos a necesitar para sacar esa obra adelante. No digo que no tengamos que hacerlo en nuestras tareas humanas, en el desempeño de nuestras responsabilidades, pero ¿habría que contar solo con esto o con otras cosas?

Lo mismo podemos decir de un viaje que vamos a emprender; siempre pagamos la novatada en los primeros viajes, nos cargamos de multitud de cosas por lo que pueda suceder, decimos, por los imprevistos que puedan surgir, y llevamos la maleta a reventar de cosas que volverán sin que las hubiéramos tocado y con la incomodidad del peso que hemos ido arrastrando.

Hoy Jesús nos sorprende y bien que tenemos que aprender de esa sorpresa. Ha escogido de entre los discípulos a los apóstoles que va a enviar con su misma misión y autoridad. Han de ponerse en camino para anunciar el Reino de Dios, como había hecho Jesus desde el comienzo de su actividad pública y apostólica.

El también había ido itinerante de pueblo en pueblo anunciando la buena noticia de la llegada del Reino de Dios. Es el envío que ahora realiza en aquellos a los que llama apóstoles. ¿Y qué van a necesitar? Solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas buenas sandalias, pero nada de suministros, nada de repuestos, nada en el bolsillo que dé seguridades. Han de ponerse en camino con la confianza de que su fuerza estará en la Palabra que pronuncien, el mismo anuncio que están haciendo.

¿No nos tendría que hacer pensar mucho estas recomendaciones de Jesús a los cristianos que nos sentimos también enviados con la misma misión de Jesús? Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje. Cuidado que los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia que tenemos que proclamar. Con tanto que nos preocupamos de los recursos y de los preparativos no va a llegar a tiempo la Buena Noticia que tenemos que anunciar.

Jesús pone en camino a aquellos discípulos que envía para que con su presencia sean en verdad signos de ese Reino de Dios que anuncian; es anunciar que solo Dios es el Señor, el Rey de nuestras vidas pero lo rodeamos de tantas cosas que pareciera que esas cosas son verdad los señores de nuestra vida. La presencia de los enviados tiene que convertirse en señales y signos de amor; van a acercarse allí donde está el sufrimiento, allí donde se ha perdido la esperanza, allí donde ha reinado la insolidaridad y el desamor para poner señales de vida, para despertar al amor.

Es lo que tenemos que ir curando, es lo que en verdad tenemos que ir transformando nuestro mundo. ¿Irán floreciendo en verdad en torno a donde haya unos cristianos las flores de la solidaridad y del amor? ¿Habrá más corazones sanos porque con nuestra presencia hemos ido contagiando de vida a nuestro mundo enfermo?

Es la autoridad con la que van los discípulos de Jesus, mientras nosotros tantas veces nos preocupamos de organizar muchas cosas, pero no terminamos de ser esos signos de amor. No terminamos de despertar esperanzas en este mundo tan lleno de amarguras y de sufrimientos. Es nuestra tarea, es la misión que Jesus nos ha confiado, es la siembra de evangelio que tenemos que ir haciendo. Nuestras palabras, nuestros gestos, nuestra presencia tienen que ser en verdad unos rayos de luz para nuestro mundo.

No es tarea fácil, no siempre seremos bien recibidos, pretenderán desprestigiarnos de mil maneras, podemos tener la tentación de sentirnos fracasados porque no logramos realizar lo que Jesus nos ha confiado, hay el peligro de que nuestro corazón se llene de amargura por la desconfianza que encontramos cuando estamos intentando hacer las cosas de la mejor manera posible.

Hay una cosa que nos puede pasar desapercibida en este texto del evangelio. Nos dice Jesus que cuando tengamos que marcharnos de un lugar porque no nos reciben, a la salida nos sacudamos el polvo de nuestros pies. Muchas veces lo hemos interpretado como un echarles en cara a los que no nos ha recibido, lo que han hecho. Pero quiero verlo de otra manera distinta. Nos sacudimos el polvo de nuestros pies, porque no podemos dejar que quede sobre nuestros corazones la amargura y el resentimiento. Son esos lodos los que tenemos que quitar de nuestros pies para poder seguir caminando livianos para ir a hacer el anuncio en otro lugar.

Con el bastón en la mano, con las sandalias limpias de desánimos y desconfianzas tenemos que seguir caminando, porque la semilla tenemos que seguirla sembrando, porque el resplandor de la paz no puede faltar de nuestros rostros, porque tenemos que seguir siendo signos de ese reino que anunciamos con nuestro desprendimiento, con nuestro amor, con nuestra comprensión y nuestro perdón.