Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta vaso de agua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vaso de agua. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de julio de 2026

El camino puede tener baches que pongan en peligro el equilibrio de la paz pero aun así el perfume del amor de Cristo nos envuelve y fortalece en el camino

 


El camino puede tener baches que pongan en peligro el equilibrio de la paz pero aun así el perfume del amor de Cristo nos envuelve y fortalece en el camino

Isaías 1, 10-17; Salmo 49;  Mateo 10, 34 – 11, 1

Como solemos decir nos gustaría que en la vida todo nos marchara sobre ruedas, un camino de rosas lleno de colorido y buen perfume, pero bien sabemos que los caminos tienen baches y ese vehículo de la vida en muchas ocasiones nos vibrará más de lo que deseamos, y que las rosas, es cierto, tienen su bello colorido y su aroma que todo lo llena de perfume pero también tienen espinas y según como las afrontemos, las tomemos en nuestras manos muchas veces vamos a sentir sus pinchazos en nuestra carne y hasta nos producirán dolor y sangre.

Creo que esto que estoy diciendo nos puede ayudar a encontrar la clave de las palabras de Jesús; lo que hoy hemos escuchado viene a ser conclusión de aquellas recomendaciones que Jesús hacía a los que había escogido para ser apóstoles, para ser sus enviados. Es parte de esa formación y preparación que Jesús va haciendo con ellos ante la misión que van a recibir.

Ser los enviados de Jesús claro que nos produce una gran satisfacción, y sentir que van a hacer la misma obra de Jesús porque eso viene a significar ese poder que les ha dado para curar enfermos, expulsar demonios o resucitar muertos. Podríamos decir que se sienten como niños llenos de gozo porque les han regalado unos zapatos nuevos, así podríamos sentir también lo que es su misión. Pero aparte del desprendimiento y humildad que les ha pedido para que en verdad sean fieles a su misión también les anuncia Jesús, y lo hemos venido escuchando, que el camino no es fácil; lo que antes decíamos de los baches del. camino y de las espinas de las rosas.

Es lo que viene a decirnos hoy. Y nos habla de fuego y nos habla de guerras, nos habla de división cuando el mensaje que tenemos que trasmitir es el del amor y la paz, nos habla de los contratiempos cuando no seamos entendidos incluso por los más cercanos a nosotros, nos habla de la exigencia de un amor radical de manera que ningún otro amor podrá separarnos del amor de Dios, como un día nos reflexionara también san Pablo en sus cartas, nada puede estar por encima de ese amor que será siempre prioritario entre todos los amores humanos que tengamos, pero que será donde encontremos modelo que dé sentido y fuerza para mantenernos en esa fidelidad radical. Nos está pidiendo Jesús una opción radical siendo capaces de entregar la vida, perderla, porque eso es lo que será en verdad ganarla.

Pero nos deja al mismo tiempo el matiz bonito y delicado de saber que quien nos recibe está recibiendo a quien nos ha enviado, descubriendo así esa mediación tan hermosa que nosotros hemos de ser para los demás; pero también nos está enseñando el valor de las cosas pequeñas, porque un simple vaso de agua no quedará sin recompensa.

Gozosos hemos de sentirnos porque nos sentimos amados; gozosos por esa misión que pone en nuestras manos; gozosos porque podamos realizar la misma obra de Jesús; gozosos porque no nos sentimos solos, recordemos que nos ha prometido la asistencia de su Espíritu; gozosos porque también podemos parecernos a El cuando estamos viviendo su misma cruz; gozosos aun en medio de esos contratiempos que podamos encontrar cuando no somos comprendidos o incluso rechazados porque es signo de la autenticidad del mensaje que tratamos de trasmitir; gozosos porque al final tendremos la recompensa de la vida eterna que Jesús nos ha prometido.

lunes, 14 de julio de 2025

Que el amor sea el eje y la fuerza para transformar nuestro mundo, aunque no todos lo comprendan, pero es el fuego que ha de incendiarlo

 


Que el amor sea el eje y la fuerza para transformar nuestro mundo, aunque no todos lo comprendan, pero es el fuego que ha de incendiarlo

Éxodo 1,8-14.22; Salmo 123; Mateo 10, 34-11,1

Hay momentos en los que tenemos que tomar decisiones que consideramos importantes y seguramente nos vamos a encontrar con el desconcierto o el rechazo de los que nos rodean; no siempre quizás actuamos al gusto de todos pero cuando estamos seguros del camino que hemos de tomar con firmeza quizás tenemos que actuar. Siempre nos podemos encontrar con intereses encontrados entre los que nos rodean y el camino no resulta siempre fácil. ¿Estamos nosotros creando la guerra? De ninguna manera tenemos que decir, pero quizás se va a producir división en nuestro entorno; buscaremos la paz, pondremos todo lo necesario para un acercamiento de posturas, pero tenemos que ser fieles con nosotros mismos y con el rumbo que le hemos querido dar a nuestra vida.

Hoy nos desconciertan las palabras que Jesús nos está diciendo en el evangelio, pero quizás este pensamiento con el que he comenzado mi reflexión podría ayudarnos a entender las palabras de Jesús. El nos pide, es cierto, radicalidad en su seguimiento. En otros momentos nos hablará de estar  con El o contra El, le planteará a quien quiere seguirle una disponibilidad total, nos hablará de unas exigencias que tienen que estar en la vida misma de quien le sigue, nos dirá que no podemos andar con intereses o buscando recompensas o prestigios a la manera del mundo.

Quien opte por seguir a Jesús se va a encontrar la incomprensión de quien está a su lado; no todos comprenderán el sentido del mensaje del evangelio, esa nueva forma de vivir, esos nuevos planteamientos y valores. ¿Qué estaba sucediendo con Jesús mismo? Mientras la gente sencilla se entusiasmaba con Jesús, mientras los que se sentían más oprimidos y hasta sin esperanzas veían como renacía en sus corazones la ilusión y la esperanza de algo nuevo, de un mundo nuevo, aquellas que se sentían muy seguros en sus prestigios, en sus grandezas o en sus vanidades le rechazaban porque no querían dar el paso del desprendimiento y de la humildad para vivir en un nuevo estilo de amor.

Podemos entender así las palabras de Jesús que hablan de fuego que incendia el mundo, pero también de la división que se va a generar en su derredor. Aunque lo diga con palabras que muchas veces nos cuesta asimilar e interpretar no quiere Jesús la división porque siempre querrá la unidad y la comunión, pero va a surgir esa división en su entorno.

Es lo que nosotros vamos a encontrar. Y como nos dice los enemigos los vamos a encontrar en nuestra propia casa, en los que son más cercanos a nosotros. Experiencia creo que todos tenemos de eso, si sabemos interpretar bien lo que nos va sucediendo tantas veces en la vida. Y es que Jesús nos pide su amor sea de verdad central en nuestra vida; no se trata de amar más o menos a unos o a otros, sino que todo el amor que nosotros tenemos que ir repartiendo por el mundo, y ahí está también el amor que tenemos a nuestros padres o a nuestros hijos, a nuestros hermanos o a los seres más cercanos a nosotros, siempre lo vamos a vivir desde el amor de Jesús, desde el estilo de amor que Jesús nos ofrece.

Y porque vivimos la vida en ese amor, hasta lo más pequeño que podamos realizar tendrá un valor grande. Hoy nos habla de un vaso de agua dado en su nombre, algo tan sencillo y tan elemental que no negamos a nadie, pero si en ese vaso de agua estamos poniendo toda nuestra capacidad de amor en el estilo de Jesús, será algo grande, como nos dice, que no quedará sin recompensa.

Así la acogida que nos hacemos los unos a los otros. Siempre brillando el amor, siempre llenándonos de luz, siempre sintiendo la presencia de Jesús en medio de nosotros. Ya nos dirá que cuando hagamos al otro es como si a El se lo hiciéramos, y por eso un día nos invitará a vivir en el Reino de Dios por toda la eternidad.

¿Será en verdad el amor el eje y la fuerza de nuestra vida? Algunos no lo entenderán, pero del fuego de ese amor tenemos que contagiar, prender nuestro mundo

domingo, 29 de septiembre de 2024

No podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad, aprendamos a descubrir y valorar siempre lo bueno de los demás

 


No podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad, aprendamos a descubrir y valorar siempre lo bueno de los demás

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Si no son como yo o piensan igual que yo, no serán capaces de hacer nada bueno. Puede parecer una exageración esto que estoy diciendo, pero miremos alrededor, muchas de las cosas que estamos contemplando en la sociedad de hoy tan llena de acritudes y enfrentamientos a causa de la manera de pensar, de las ideologías o de la forma de plantearse el rumbo de la sociedad y nos daremos cuenta de los exclusivismos en que vivimos, del querer imponer nuestra línea de pensamiento para que todo el mundo lo acepte y si no lo aceptan están equivocados y no hacen nada bien; demasiados dogmatismos seguimos contemplando en el mundo en el que vivimos; qué mal nos llevamos los que no pensamos lo mismo, cuantas descalificaciones, cómo destruimos todo lo que haya hecho el otro porque ya por si mismo lo consideramos malo. Y está siendo algo pegajoso de lo que todos podemos contagiarnos.

Hoy el evangelio nos da luz en este sentido, que además hemos de tener también muy en cuenta en nuestro ámbito eclesial o en el camino y vivencia de nuestra fe. Hoy vemos claramente un paralelismo entre lo que se nos narra en la lectura del Antiguo Testamento, el libro de los Números, y el episodio del evangelio. Moisés ha elegido a cuarenta ancianos para que participen con él en la misión del gobierno del pueblo, y todos se llenan del Espíritu del Señor y comienzan a profetizar; pero dos de los elegidos no participan en la asamblea, sin embargo ellos también reciben ese don de profetizar en medio del pueblo; el joven Josué le pide a Moisés que les impida el ejercitar ese don porque no habían participado en aquella asamblea, pero Moisés le dice que ojalá todo el pueblo recibiera también ese don del Espíritu del Señor.

En el evangelio sucede algo semejante. Juan se encuentra con algunos que sin ser del grupo de los discípulos de Jesús en su nombre también expulsan demonios. Se lo ha querido impedir y es lo que viene a plantear a Jesús. No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. ‘No se lo impidáis, les viene a decir Jesús, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Y nos estará enseñando Jesús cómo tenemos que aprender a valorar todo lo bueno que hagan los demás, ‘aunque no sean de los nuestros’, porque la mecha humeante que decían los profetas no se puede apagar, más bien, siempre tenemos que avivarla. Por eso nos dirá Jesús que hasta lo más insignificante que podamos hacer siempre tendrá su recompensa; y nos habla de quien es capaz de dar un vaso de agua en su nombre.

No podemos andar con exclusivismos; no podemos pensar que solo nosotros sabemos hacer cosas buenas; no podemos descartar lo bueno que hagan los demás; no podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad. El reino de Dios se hace presente también en los buenos valores que podemos descubrir en los otros; el reino de Dios lo vamos construyendo desde esas cosas pequeñas y sencillas que nos pueden parecen insignificantes, pero que están manifestándonos también lo que es el amor de Dios que se reparte en todos los corazones.

Y de la misma manera, nos viene a decir Jesús a continuación, también hemos de cuidar esos gestos negativos, esas sombras que pueden aparecer alguna vez en nosotros porque de la misma manera también hace un daño grande a los demás. Cuidamos lo bueno que llevamos en el corazón, pero tenemos que manifestarlo por nuestras buenas acciones, como nos dirá en otro momento, para que así los hombres den gloria a Dios, pero de la misma manera tenemos que cuidar esas cosas negativas, que por nuestra debilidad, algunas veces puedan aparecer en nosotros, para que nunca hagamos daño a nadie, seamos obstáculo para que otros puedan hacer el bien o se encuentren con Dios.

Ojalá todo el pueblo se llenara del Espíritu de Dios, decía Moisés, podríamos decir, de una forma profética. Ungidos hemos sido en nuestro bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. El Espíritu de Dios también anida en nuestros corazones y es quien nos inspira lo bueno que tenemos que hacer. Profetas tenemos que ser los cristianos en medio del mundo, y no porque nos creamos mejores que los demás ni pensemos que es una cosa exclusiva nuestra el hacer el bien, el repartir esas semillas del Reino de Dios por nuestro mundo, sino porque para nosotros es como una obligación, es una misión que hemos recibido que no podemos rehuir; es una tarea que tenemos encomendada y es el testimonio que tenemos que dar.

Tenemos que presentar ante el mundo esos valores que aprendemos del Evangelio, pero precisamente en nombre de ese mismo evangelio tenemos que aprender a descubrir, a respetar y valorar también los buenos valores que tienen los demás. Nos sentimos más obligados por la fuerza del Espíritu que anida en nuestros corazones, somos morada de Dios que habita en nosotros como nos ha enseñado Jesus y templos de su Espíritu.

 

 

domingo, 26 de septiembre de 2021

Cuando sepamos aceptar que los otros también son buenos y justos aunque no parezcan de los nuestros estaremos dando señales de que entendemos el Reino de Dios

 


Cuando sepamos aceptar que los otros también son buenos y justos aunque no parezcan de los nuestros estaremos dando señales de que entendemos el Reino de Dios

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6;  Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Lo podemos llamar envidia, lo podemos llamar celos, podemos darle el nombre que queramos pero cuanto nos cuesta en ocasiones aceptar que otros puedan hacer el bien; como si fuera una cosa exclusiva nuestra, como si los otros no fueran capaces de hacer cosas buenas también; como si aquel que no es de los nuestros, y en eso ponemos nuestros grupos, nuestras familias, la gente de una manera de pensar semejante a la nuestra, y no digamos nada cuando entran por medio ideologías y políticas, lo que hacen no puede ser bueno, y si alguna cosa positiva vislumbramos ya buscaremos algo que la vicie. Así andamos a la greña en la vida; así vamos destruyendo lo que otros hacen, así no somos capaces de edificar sobre algo ya comenzado para continuar lo bueno que se pudiera estar haciendo, sino que arrasamos aunque luego no sepamos como construir.

Lo vemos en nuestras mutuas relaciones con sus desconfianzas; lo vemos en los orgullos pueblerinos donde por cualquier cosa estamos enfrentados y no somos capaces de aceptar lo bueno que hacen los demás; lo vemos en la vida social y política de nuestros pueblos que llegamos de nuevos al poder y querer borrar del mapa todo lo que hayan podido hacer los que consideramos nuestros adversarios. No es necesario poner muchos ejemplos porque lo vemos casi todos los días en la forma infantil que tenemos de hacer las cosas. Que pena que no sepamos construir juntos aceptando lo bueno que hacen los demás, que también son capaces de hacerlo.

Es la historia de cada día y es lo que vemos en la historia de todos los tiempos. A eso hace referencia hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que en este domingo escuchamos. En el campamento habían dos que se pusieron a profetizar aunque no estaban en el grupo de los cuarenta que Moisés había escogido, y ya andaba por allá Josué con sus celos por Moisés queriendo impedírselo. Juan se encuentra que alguien está haciendo milagros expulsando demonios en el nombre de Jesús, pero como no es del grupo de aquellos discípulos cercanos a Jesús, ya quiere impedírselo y viene corriendo a contárselo al Maestro.

’Ojalá todo el pueblo fuera profeta’, les dice Moisés. ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Y viene a decirnos Jesús que tenemos que aprender a valorar todo lo bueno que hagan los demás aunque sea algo tan sencillo como dar un vaso de agua. Así tenemos que construir, así tenemos que aprender a valorar, así hemos de saber tener en cuenta lo bueno que hacen los otros, así tenemos que nosotros que saber colaborar de las cosas buenas y sencillas que hacemos cada día.

Y es que el camino de evangelización, de anuncio del evangelio que tenemos que hacer no significa que tengamos que hacer grandes sermones donde mostremos nuestra erudición sobre lo que dicen los evangelios o la alta teología; el verdadero anuncio del evangelio que tenemos que hacer es ir sembrando esas pequeñas semillas en las cosas buenas que podemos hacer desde lo más sencillo; ese perejil que somos capaces de facilitarnos los unos a los otros en esas pequeñas cosas que compartimos cada día con el hermano, con el amigo, con el vecino es un signo de ese reino de Dios que construimos.

¿Qué es el reino de Dios sino que nos sintamos cercanos y hermanos, que colaboremos juntos en las cosas buenas que hacemos para construir nuestro mundo, en esos gestos de cercanía y amistad que nos ofrecemos los unos a los otros cuando nos ayudamos desde lo más sencillo? Crear ese mundo de armonía y de paz, ese mundo en que sepamos valorarnos los unos a los otros, ese mundo en donde sepamos ver lo bueno hacen los demás aunque no sean de los nuestros es también poner los cimientos del Reino de Dios. Lo bueno y lo justo no es una cosa exclusiva nuestra, sino que podemos descubrirla en los demás; cuidado que muchas veces brille más en los otros que en nosotros mismos aunque nos creamos tan santos.

Y eso algunas veces, aunque sea tan sencillo, cuesta; cuesta porque seguimos manteniendo nuestros orgullos interiores, porque seguimos en una carrera de hacer méritos, porque casi sin darnos cuenta queremos subirnos a pedestales. Son muchas actitudes negativas que se nos meten dentro de nosotros y de las que hemos de saber purificarnos. Qué distinta haríamos la vida, qué armonía y paz crearíamos en nuestras relaciones, qué felices podríamos ser.

jueves, 16 de julio de 2020

Necesitamos encontrar un corazón que nos dé alivio y nos llene de paz y Jesús nos habla de su mansedumbre y de la humildad de su corazón


Necesitamos encontrar un corazón que nos dé alivio y nos llene de paz y Jesús nos habla de su mansedumbre y de la humildad de su corazón

Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Sal 101; Mateo 11, 28-30
A la hora de preparar la reflexión que os ofrezco en la semilla de cada día busco siempre algún comentario que me pudiera ayudar a mí personalmente pero también para preparar mejor lo que os ofrezco. En esta ocasión me encontré un comentario a este texto que hoy nos ofrece el Evangelio muy sencillo pero creo que muy enriquecedor y profundo.
Así nos decía: ‘El evangelio que leemos  hoy es una auténtica delicia, un vaso de agua fresca para las personas cansadas, doloridas, que sufren en la vida las situaciones más complicadas y difíciles’. Un vaso de agua fresca. Cómo lo agradece el caminante que bajo el peso del calor y del bochorno va haciendo camino, o el trabajador que al sol parece deshidratarse en los sudores de un calor agobiante, el que cansado en su trabajo o en su camino tiene la garganta reseca, o el enfermo que en su fiebre necesita que le humedezcan sus labios con esas gotitas de agua que le alivien, calmen su sed, hidrate su cuerpo para sentir nuevo vigor en su tarea o su camino.
Pero sabemos bien que esto que físicamente es una realidad, también es una imagen de cuanto nos sucede en los caminos de la vida cuando nos sentimos agobiados por los problemas o los sufrimientos o cuando nos parece que nos vemos envueltos en nubarrones negros que parece que no nos dan salida. Qué alivio cuando escuchamos una palabra de ánimo, cuando sentimos esa mano que se posa sobre nuestro hombro, o nos bebemos esa mirada con una sonrisa de ánimo que parece que nos trasmite una nueva luz.
No siempre quizás en la vida podemos escuchar esa palabra o sentir esa mirada, porque quizás en nuestro sufrimiento nos encerramos en nosotros mismos, o porque a nuestro lado contemplamos a tantos que van con iguales o peores tormentos en su espíritu pero en cierto modo nos desentendemos de ellos. Es cierto que de alguna manera queremos ocultar o disimular tras una ruidosa carcajada el sufrimiento que llevamos en nuestro interior, porque nuestras penas decimos que son nuestras y no se las vamos a cargar a los demás o porque en una actitud insolidaria también vamos tratando de rehuir el conocimiento de las penas que hacen sufrir a los demás. Quizás hasta nos vestimos de fiesta o queremos mostrar rostros de alegría para disimularlo, pero es cierto que si tenemos una cierta sensibilidad nos daremos cuenta del sufrimiento o la angustia que envuelve a tantos en nuestro entorno.
Jesús nos ofrece ese vaso de agua fresca, en la imagen con la que comenzamos nuestra reflexión. Si en la vida tantas veces no sabemos a quien acudir Jesús nos está diciendo que a El podemos acudir porque en El encontramos ese alivio y ese descanso que necesitamos. ‘Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, nos dice, y yo os aliviaré’. Necesitamos encontrar un corazón que nos dé alivio y nos llene de paz. Jesús nos habla de su mansedumbre, nos habla de la humildad de su corazón. No temamos. Es el corazón que nos acoge, nos escucha, nos hace sentir paz.
Cuánto lo necesitamos. El no nos recrimina sino que nos escucha y nos pregunta solamente por nuestro amor. Como hizo con Pedro, como hacia con los pecadores que a El acudían, como se auto invitó a la casa de Zaqueo, como llamó a Leví el publicano para que formara parte de su grupo, como acogió a la mujer pecadora que aunque sabía que había pecado mucho sabía también que había mucho amor en su corazón. Así podríamos seguir recorriendo las páginas del evangelio para sentirnos nosotros invitados también a ir hasta Jesús. ‘Venid a mi y encontraréis vuestro descanso’, nos dice hoy.
Pero también nos dice algo más. ‘Aprended de mi’. ¿Qué significa eso? Que aprendamos a ir a los demás, a no cerrar nuestros ojos ni nuestros oídos, a escucharlos, a estar a su lado, a tender la mano amiga, a ofrecer la sonrisa de nuestros ojos y nuestro semblante, a ofrecer también la mansedumbre de nuestro corazón. No olvidemos que somos unos enviados y hemos de ser signos de la presencia de Jesús en medio de nuestro mundo. Cuánto tenemos que hacer.

domingo, 2 de julio de 2017

Cuánta sed hemos de saber calmar desde esos pequeños gestos de encuentro y de cercanía que harán que nuestra vida adquiera un sentido y un valor nuevo

Cuánta sed hemos de saber calmar desde esos pequeños gestos de encuentro y de cercanía que harán que nuestra vida adquiera un sentido y un valor nuevo

2Reyes 4, 8-11. 14-16ª; Sal 88; Romanos, 6, 3-4. 8-11; Mateo 10, 37-42
Hay quien mira la vida como una rutina donde piensan que todo se repite, considera las cosas pequeñas sin valor y a lo sumo sienten temor ante cosas extraordinarias que pudieran suceder y todo les parece como un azar que no tiene sentido ni valor. Es triste y amargo vivir la vida así, porque pareciera que les falta aliciente, no tienen metas o carecen de ideales que sean como motor de empuje para cuanto día vamos haciendo. Caminar así es un caminar sin sentido, y cuando no tenemos metas todo se nos vuelve rutinario y aburrido y entonces parece que ni siquiera queremos vivir.
La vida está hecha de esas cosas pequeñas de cada día, pero donde hemos de saber encontrarle un sentido y un valor; pero al mismo tiempo siempre va acompañada de otros momentos más fuertes en los que quizá tenemos que tomar decisiones más importantes cuando tenemos que ir afrontando todas responsabilidades que en la vida tenemos que saber asumir.
Esos momentos o esas decisiones, es cierto, le dan como un colorido distinto a la vida, pero eso no quita para que sepamos ver el valor de esas cosas pequeñas de cada día a las que hemos de saberle dar una profundidad, encontrarle su valor, ver que son también importantes porque son como esas pequeñas piezas de un mosaico que van a ayudarnos a dar el trazo definitivo de esa imagen que queremos reflejar. Un mosaico no solo está compuesto de piezas grandes, sino de esos trozos pequeños que nos puedan parecer insignificantes pero que trazarán el dibujo de la imagen que se quiere reflejar.
Esto que podemos decir de toda vida humana que queramos vivir con sentido y a la que siempre hemos de saber dar profundidad lo podemos decir aun con mayor sentido de lo que es nuestra vida religiosa y cristiana. También nos encontraremos quienes nos digan que eso de ser cristiano es aburrido y es una rutina. Pero siguiendo el hilo de nuestra reflexión creo que podemos darnos cuenta de que  no es ni puede ser así.
La vida es un camino y la vida cristiana es ese camino que hacemos queriendo seguir los pasos de Jesús. En ese camino de Jesús habrá momentos importantes, decisivos en los que tendremos que realizar unas opciones que irán marcando, es cierto, el camino de nuestro vivir; es el camino de los grandes valores que nos enseña el evangelio, es esa búsqueda del Reino de Dios y su justicia, como nos dirá Jesús en alguna ocasión; es el momento en que tenemos que plantearnos si aquello que estamos haciendo es en verdad vivir ese Reino de Dios, porque Dios sea ciertamente el único Señor de nuestra vida.
Pero luego estarán esos pequeños gestos de cada día, esas pequeñas cosas que vamos haciendo pero que queremos vivir desde toda la intensidad de nuestro amor. Se nos reconocerá por esa rectitud con que actuamos en nuestra vida, desde unos principios, desde unos valores, desde una opción que hacemos por el Evangelio del Reino de Dios. Por eso nos pide Jesús desde el principio conversión, darle totalmente la vuelta a nuestra vida para que nuestro actuar sea siempre según Dios, sea siempre buscando ese Reino de Dios que todos hemos de vivir.
Pero eso, como decíamos, lo vamos reflejando en esas pequeñas cosas, en esos pequeños detalles, en esos gestos de nuestro amor, de nuestra ternura para con los demás, de nuestra cercanía, de ese encuentro vivo que siempre queremos realizar con el otro, de nuestro querer hacer felices siempre a los que nos rodean. No me dirán que es ilusionante vivir la vida así, dándole intensidad a cada una de las cosas que hacemos.
No son rutinas, no hay aburrimiento, hay siempre ilusión porque siempre queremos sembrar esperanza en nuestro corazón de que podemos ser mejores y podemos hacer un mundo mejor, y siempre podemos poner esperanza en los que nos rodean de que si es posible ese mundo mejor en que todos seamos cada día un poquito más felices.
De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos dice como hemos de tomar decisiones importantes, donde arranquemos de nosotros todo aquello que nos impida vivir el Reino de Dios, por nada ni nadie tendría que impedírnoslo, pero nos habla de esa mutua acogida que siempre hemos de hacer al otro, porque en el otro siempre hemos de saber ver el rostro de Dios; pero nos habla de las pequeñas cosas que no quedan sin recompensa, como el vaso de agua que demos al sediento.
Cuánta sed hemos de saber calmar desde esos pequeños gestos de encuentro y de cercanía que cada día hemos de tener con los que están a nuestro lado. Cuántas sonrisas podemos repartir para alegrar el espíritu de los que nos miran de frente. Cuántas manos podemos tender para levantar al que está caído o al que le cuesta caminar en la vida. Cuántas veces podemos y tenemos que saber sentarnos al lado del que está triste o del que anda desorientado en la vida. Cuántas miradas luminosas que despierten ilusión podemos tender sobre los que se sienten derrotados para que se sientan animados a que es posible salir de esas negruras de la vida.
Cuántas cosas buenas, aunque sean pequeñas, podemos ir realizando cada día. Todas tienen su valor, todas ponen también ilusión en nuestro corazón, todas harán que nuestra vida adquiera un sentido y un valor nuevo.

jueves, 27 de febrero de 2014

Un camino de desprendimiento y generosidad pero también de superacion para vencer las tentaciones del mal



Un camino de desprendimiento y generosidad, pero también de superación para vencer las tentaciones del mal

Sant. 5, 1-6; Sal. 48; Mc. 9, 40-49
El camino de Jesús tiene que estar adoquinado con el desprendimiento y la generosidad nacidos del amor y con la lucha y el esfuerzo por superarnos cada día más a nosotros mismos para que ni por una parte seamos causa de mal o de pecado para los demás y por otra parte nosotros al mismo tiempo arranquemos continuamente esas raíces de pecado que pudiera haber en nosotros. Bien sabemos que cuando queremos arrancar una mala hierba, si no la arrancamos de raíz, pronto volverá a brotar con fuerza.
Ese camino de desprendimiento y de generosidad hemos de aprender a hacerlo desde las pequeñas cosas porque ya nos dirá en otro momento del evangelio que si no sabemos ser fieles en lo poco, en lo pequeño, tampoco en lo grande e importante sabremos ser fieles. Por eso nos habla hoy del vaso de agua dado con generosidad que nunca quedará sin recompensa. ‘El que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no quedará sin recompensa’, nos dice.
Algunas veces podemos pensar, bueno, eso que voy a hacer es pequeño e insignificante y no tiene valor; de ninguna manera podemos pensar así.  El pequeñito grano de arena unido a otros pequeños granos de arena hará el montón. Pero además la grandeza de lo que hacemos no está en la cantidad sino en la calidad del amor que pongamos en aquello que hacemos. Dios habitualmente no nos pide cosas extraordinarias, pero sí nos pide que lo que hagamos, lo hagamos extraordinariamente bien. Es, pues, la intensidad que ponemos en aquello que hacemos. Porque en ello queremos poner siempre amor.
Y eso nos vale en el lado positivo de todas las cosas que hacemos, haciéndolas siempre con el amor más exquisito, como nos vale también en lo negativo que puede aparecer en nuestra vida. Es un camino bien resbaladizo y la tentación que se nos puede meter en el alma en cosas que nos parecen pequeñas e insignificantes pronto pueden desembocar en cosas mucho más graves.
Nos habla Jesús del cuidado que hemos de tener para no hacer daño a nadie con nuestros malos ejemplos, pero también de cómo tenemos que arrancar de nosotros todo lo que sea malo. Las expresiones de Jesús, en su lenguaje semítico propio que es muy rico en imágenes, nos pueden parecer duras, pero nos habla de la importancia que hemos de darle a todo aquello que hacemos, para que nada nos impida alcanzar esa vida eterna a la que estamos llamados y nunca nosotros seamos causa de que otros puedan desviarse del camino recto.
Es cierto que somos débiles y estamos sometidos continuamente a la tentación que nos inclina hacia el mal, pero ahí está precisamente ese camino de superación en el que hemos de estar empeñados. Y es que un cristiano de verdad ha de estar siempre en esa actitud de superación y de crecimiento en su vida, porque tan pronto nos descuidemos, ya sabemos, la raíz de la mala hierba de la tentación y del mal vuelve a brotar con fuerza en nosotros.
Además en la medida en que vayamos creciendo en el amor al Señor, mucho más santos querremos ser, y entonces con mayor delicadeza e intensidad iremos examinando nuestra vida continuamente en ese deseo de ser mejores, de ser santos de verdad, como escuchamos hace poco que nos decía Jesús en el Evangelio. Porque no se trata, como decíamos entonces, de ser buenos así como todos, sino que lo que tenemos que buscar siempre esa perfección y santidad cuyo modelo e ideal es Dios mismo, porque a la larga esa santidad que vamos a vivir es esa posesión de Dios, ese sentirnos llenos y poseídos de Dios que habita en nuestros corazones.
Que nos sintamos en verdad llenos e inundados del Espíritu del Señor que nos llene con su gracia, que nos dé la fortaleza de la gracia para recorrer ese camino de santidad alejándonos siempre del mal,  y poniendo el amor más exquisito en nuestra vida.