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lunes, 13 de julio de 2026

El camino puede tener baches que pongan en peligro el equilibrio de la paz pero aun así el perfume del amor de Cristo nos envuelve y fortalece en el camino

 


El camino puede tener baches que pongan en peligro el equilibrio de la paz pero aun así el perfume del amor de Cristo nos envuelve y fortalece en el camino

Isaías 1, 10-17; Salmo 49;  Mateo 10, 34 – 11, 1

Como solemos decir nos gustaría que en la vida todo nos marchara sobre ruedas, un camino de rosas lleno de colorido y buen perfume, pero bien sabemos que los caminos tienen baches y ese vehículo de la vida en muchas ocasiones nos vibrará más de lo que deseamos, y que las rosas, es cierto, tienen su bello colorido y su aroma que todo lo llena de perfume pero también tienen espinas y según como las afrontemos, las tomemos en nuestras manos muchas veces vamos a sentir sus pinchazos en nuestra carne y hasta nos producirán dolor y sangre.

Creo que esto que estoy diciendo nos puede ayudar a encontrar la clave de las palabras de Jesús; lo que hoy hemos escuchado viene a ser conclusión de aquellas recomendaciones que Jesús hacía a los que había escogido para ser apóstoles, para ser sus enviados. Es parte de esa formación y preparación que Jesús va haciendo con ellos ante la misión que van a recibir.

Ser los enviados de Jesús claro que nos produce una gran satisfacción, y sentir que van a hacer la misma obra de Jesús porque eso viene a significar ese poder que les ha dado para curar enfermos, expulsar demonios o resucitar muertos. Podríamos decir que se sienten como niños llenos de gozo porque les han regalado unos zapatos nuevos, así podríamos sentir también lo que es su misión. Pero aparte del desprendimiento y humildad que les ha pedido para que en verdad sean fieles a su misión también les anuncia Jesús, y lo hemos venido escuchando, que el camino no es fácil; lo que antes decíamos de los baches del. camino y de las espinas de las rosas.

Es lo que viene a decirnos hoy. Y nos habla de fuego y nos habla de guerras, nos habla de división cuando el mensaje que tenemos que trasmitir es el del amor y la paz, nos habla de los contratiempos cuando no seamos entendidos incluso por los más cercanos a nosotros, nos habla de la exigencia de un amor radical de manera que ningún otro amor podrá separarnos del amor de Dios, como un día nos reflexionara también san Pablo en sus cartas, nada puede estar por encima de ese amor que será siempre prioritario entre todos los amores humanos que tengamos, pero que será donde encontremos modelo que dé sentido y fuerza para mantenernos en esa fidelidad radical. Nos está pidiendo Jesús una opción radical siendo capaces de entregar la vida, perderla, porque eso es lo que será en verdad ganarla.

Pero nos deja al mismo tiempo el matiz bonito y delicado de saber que quien nos recibe está recibiendo a quien nos ha enviado, descubriendo así esa mediación tan hermosa que nosotros hemos de ser para los demás; pero también nos está enseñando el valor de las cosas pequeñas, porque un simple vaso de agua no quedará sin recompensa.

Gozosos hemos de sentirnos porque nos sentimos amados; gozosos por esa misión que pone en nuestras manos; gozosos porque podamos realizar la misma obra de Jesús; gozosos porque no nos sentimos solos, recordemos que nos ha prometido la asistencia de su Espíritu; gozosos porque también podemos parecernos a El cuando estamos viviendo su misma cruz; gozosos aun en medio de esos contratiempos que podamos encontrar cuando no somos comprendidos o incluso rechazados porque es signo de la autenticidad del mensaje que tratamos de trasmitir; gozosos porque al final tendremos la recompensa de la vida eterna que Jesús nos ha prometido.

sábado, 28 de marzo de 2026

Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

 


Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jer 31, 10-13; Juan 11, 45-57

Quien se endiosa en el poder, sea el poder que sea en cualquier ámbito de la vida, siempre andará sospechoso de quien pueda hacerle sombra, de quien pueda presentarse con otros planteamientos distintos que puedan hacer peligrar su poder. Ha sido siempre así como lo sigue siendo ahora y lo contemplamos en este mundo en el que vivimos que las ambiciones de poder de algunos nos están llevando a la destrucción de nuestro mundo y nuestra sociedad. Es terrible la espiral de violencia, de guerra de todo tipo y de muerte que se está engendrando desde el interés de algunos y que a todos nos hace daño por muy lejos que estemos.

Tendríamos que quizás analizar bien los derroteros por los que va nuestro mundo y como nosotros quizás podamos estar contribuyendo. Un cristiano tiene que ser crítico con todas esas situaciones que vive nuestra sociedad porque los caminos que nos ha enseñado el evangelio son bien distintos y no podemos dejarnos envolver por esa espiral de ambición por una parte y de inhumanidad en la que todos podemos ir cayendo.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron una reunión de urgencia, porque parecía que todo se les iba de las manos. Ahora Jesús había resucitado a Lázaro en Betania y muchos habían comenzado a creer en Él. La preponderancia de la que habían disfrutado y abusado aquellos dirigentes les parecía que se veía en peligro; y ellos tenían el poder y la ambición en sus manos y se sentían con ínfulas para quitar de en medio a quien fuera necesario.

Será el sumo sacerdote el que temiendo incluso la intervención de los romanos porque parecía que para todos estaba en peligro su preponderancia y su poder dirá que será conveniente que muera uno por todo el pueblo; quitado de en medio el que según ellos provocaba aquella inestabilidad ellos podrían seguir en paz y con su poder e influencia.

Sin embargo, sin querer por su parte, aquellas palabras se convirtieron en proféticas porque estaban dando la clave para nuestra redención. Un pueblo nuevo tenía que resurgir como había anunciado el profeta Ezequiel y era lo que provocan las palabras de Jesús que llenaban de esperanza los corazones. Hablaba el profeta de una alianza de paz, de una alianza eterna. ‘Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra’.

Algo nuevo tendrá que rebrotar para hacer nacer esa nueva humanidad. Aquel Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús ha de hacerse realidad, porque todos seremos reconciliados con la sangre de Cristo derramada. En verdad uno tenía que morir por todos y Jesús había subido decidido a Jerusalén sabiendo que se iba a celebrar una nueva pascua, un nuevo paso de Dios que venía con su salvación.

‘Los purificaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios’, había anunciado el profeta y ahora se iba a realizar esa purificación que no sería ya con la sangre de los machos cabríos que se sacrificaban en el templo de Jerusalén, sino con la sangre derramada de Cristo por todos para el perdón de nuestros pecados.

Y eso es lo que nosotros nos disponemos a celebrar. Estamos en las puertas de la semana de Pasión que culminará en la Pascua. Pero disponernos a celebrar no es disponernos como espectadores que ven pasar por delante un desfile, pero en el que no participan. Nuestra celebración, es cierto, ha de tener mucho de contemplación, porque contemplando desde lo más hondo de nosotros mismos nos podemos impregnar de ese sentido de pascua que hemos de tener y vivir. Todo nos tiene que llevar a vivir, no como una emoción pasajera, sino como quien va a sentir ese paso de Dios por su vida.

        Tenemos que hacer Pascua porque en esa pasión y muerte de Cristo que vamos a contemplar y a celebrar hemos de incluirnos nosotros para que pueda haber resurrección. Bajémonos al camino de la humildad que será siempre un camino de amor, despojémonos de esas vestiduras del orgullo que son vestiduras de muerte para poder vestirnos con la vestidura blanca del hombre nuevo, porque hemos blanqueado nuestros mantos en la sangre del Cordero como nos recordará el Apocalipsis, porque así tenemos que sentirnos en la pascua.

lunes, 16 de junio de 2025

¡Qué importante no solo envolverse exteriormente con algunos gestos de amor sino dejarnos empapar hasta lo más hondo y así nos salgan espontáneos esos gestos de paz!

 


¡Qué importante no solo envolverse exteriormente con algunos gestos de amor sino dejarnos empapar hasta lo más hondo y así nos salgan espontáneos esos gestos de paz!

2Corintios 6, 1-10; Salmo 97; Mateo 5, 38-42

¿La guerra la apagamos con la guerra? ¿Para evitar que haya una guerra nosotros la comenzamos? Es de tremenda actualidad en estos momentos la Palabra del Señor que hoy se nos propone en el evangelio. Tremenda actualidad no solo por los tambores de guerra que resuenan una y otra vez estos mismos días, sino porque es algo que está muy presente en el día a día de nuestra vida. La espiral de la violencia solo se romperá si en uno de sus estadios en lugar de una bala ponemos una rosa. Nos cuesta entenderlo porque media siempre nuestro amor propio y nuestro orgullo. Pero aunque nos pueda parecer de locos la mejor manera de parar una violencia es no responder, pero no es quedarse pasivamente aguantando esa violencia que cae sobre nosotros, sino positivamente ponernos a hacer algo bueno que incluso pueda hasta beneficiar al que está siendo violento con nosotros.

Lo desarmamos. Aunque en ese momento parezca que el otro se ensaña porque le parece sentirse ofendido con nuestra actitud pacífica, al final se quedará sin recursos para seguir manteniéndose en su postura negativa.  Ya sé que esto no es fácil, porque nosotros tenemos también nuestro amor propio y por dentro se nos pueden encender muchos cañones para nosotros torpedear también, pero ahí está esa postura madura que nos llena de serenidad en los peores momentos, que hace que no perdamos la paz por muchas sean las cosas que nos digan, porque nosotros no le vamos a darle el gusto de encendernos con su ira. No es su tea encendida la que yo voy a coger en mi mano, sino que voy a ofrecer la paloma de la paz. El mundo no nos entenderá pero en nosotros tiene que haber un criterio firme que nos guíe y nos dé fuerza.

Las palabras de Jesús son claras y tajantes. ‘Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero os digo: no hagáis frente al que os agravia’. Está haciendo Jesús referencia a la llamada ley del talión; quizás nacida con buena voluntad, pero que en fin de cuentas son concesiones a lo que tendría que ser el ideal. Quizás para que la venganza no fuera excesiva a la hora de reclamar por la ofensa o el daño recibido, se concedió que fuera en la misma medida, ni un gramo más, por eso lo del ojo por ojo. No podías ir más allá, excederte de esa medida. Pero en fin de cuentas no es otra cosa que entrar en esa espiral de la violencia, y sabemos muy bien que cuando esa espiral comienza a desarrollarse no hay quien la detenga.

De la misma manera que esas palabras tenían su fuerza, Jesús al proponernos el remedio también nos dice cosas que tienen su fuerza; no significa que materialmente hagamos como dice del que te abofetea un lado de la cara, le ofreces el otro – las cosas no se pueden tomar con esa literalidad -, pero si podemos hacer algo que deje desarmado a quien nos haya ofendido, ofrecer la cara del amor, ofrecer la cara del perdón. Aquello que decíamos antes de poner una rosa en esa cadena de la espiral en lugar de una bala, la rosa no dañará, la rosa más bien nos agradará por su belleza y su perfume.

El fiel seguidor de Jesús siempre ha de ir sembrando buenas semillas y buenas semillas son la humildad y la generosidad del perdón – porque tenemos que reconocer que hay que ser generosos y valientes para ofrecer el perdón a quien nos haya ofendido, no es tarea fácil -, buena semilla puede ser una sonrisa que alivie la tensión de ese momento, buena semilla puede ser una mirada serena que de ninguna manera trasluzca resentimientos ni dolores reprimidos, buena semilla será seguir interesándonos por el bien de esa persona y así manifestárselo en ese momento. Creo que si tenemos el corazón lleno de amor hará germinar en nosotros muchas buenas iniciativas con las que responder o con las que comenzar a buscar de verdad la paz.

Jesús nos está diciendo, de todas maneras, cosas muy concretas que nos pueden estar sucediendo todos los días. ¿No nos sucede que a quien nos debe algo lo rehuimos para no sentirnos comprometidos si de nuevo vuelve a pedirnos? ¿No nos sucede que por algún contratiempo que algún momento hayamos tenido con alguien decimos que con esa persona no nos juntamos más ni a misa queremos ir juntos?

¡Qué importante no solo envolverse exteriormente con algunos gestos de amor sino dejarnos empapar hasta lo más hondo para que así nos puedan salir espontáneos esos gestos de paz!


martes, 17 de mayo de 2022

En los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz y hoy en este momento concreto nos habla a nosotros de paz, de una paz que tenemos que reconstruir

 


En los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz y hoy en este momento concreto nos habla a nosotros de paz, de una paz que tenemos que reconstruir

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a

Tenemos que saber escuchar las palabras que se nos dicen teniendo en cuenta el momento concreto en que fueron pronunciadas para poder sacarle, por así decirlo, todo su jugo. Unas palabras fuera de contexto son peligrosas, y ya sabemos cómo se manipula hoy, cómo sacamos muchas veces lo que se nos dice fuera de su contexto, y como hay el peligro de que nos lleven a interpretaciones erróneas. Eso nos vale en muchas cosas y situaciones de la vida; cuidado con la malicia con algunas veces se actúa y nos dicen que dijeron pero no sabemos por qué dijeron y lo que en concreto se quería decir, esto que comento podría tener amplias aplicaciones a muchas situaciones de la vida.

Pero he iniciado este comentario, que me ha podido llevar a muchas cosas, para que nos demos cuenta de la profundidad que Jesús quería darle a sus palabras en aquel momento concreto de la cena pascual, anticipo de cuanto se iba a suceder a continuación. Ya hemos comentado en algún momento aquel momento especialmente tenso que se vivía en aquella cena y es cuando Jesús nos habla de la paz. En esos momentos de tensión necesitamos esa palabra que nos lleve a encontrar la serenidad para afrontarlo y a no perder la paz de nuestro corazón.

Así nos dice Jesús hoy: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Les habla a los discípulos en aquel momento tenso de paz, les habla de mantenerse firmes, de no acobardarse, de no perder la paz en el corazón. Bien que les hacía falta frente a todo lo que iba a suceder que iba a ser un escándalo muy grande para ellos. Ya en el huerto, tras el prendimiento de Jesús, todos le abandonan y huyen; así nos lo dirá claramente el evangelista. Allí aparecería precisamente al frente de aquellos servidores del templo que parecían forajidos precisamente uno de los propios discípulos. No habían entendido antes las palabras de Jesús a Judas, por tendría que ser un golpe muy fuerte verlo traicionar a Jesús yendo al frente de los que iban a prenderle. ¿Podrían mantener la paz del espíritu? Abandonan y huyen.

Jesús ahora quiere hacer que se mantengan fuertes, que no se acobarden pase lo que pase; El les había anunciado todo lo que iba a suceder pero ellos no lo habían comprendido. Serán momentos difíciles cuando se vayan cumpliendo todas las palabras anunciadas por Jesús. Claro que necesitan la paz. Y no es una paz cualquiera. Claro que no será la paz a la manera como la gente del mundo entiende la paz. Muchas veces quizás queremos imponer la paz.

Por eso en los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz. Nos habla a nosotros hoy de paz; y pensamos en lo que vivimos, pensamos quizá primordialmente en la guerra de Ucrania por la cercanía en el espacio y en el tiempo, pero nos vamos olvidando de otros lugares del mundo que hoy también se ven amenazados. Olvidamos pronto quizás también momentos de guerras y tensiones que hemos vivido en los últimos tiempos en distintos lugares del mundo.

Y rezamos, es cierto, por la paz, y queremos que pronto callen las armas y se pueda comenzar una reconstrucción de cuanto ha sido destruido. Pero ¿serán solo los edificios, las obras civiles, lo material con toda la ruina económica que lleva aparejada lo único que habrá que reconstruir? Es lo primero en lo que pensamos cuando estamos tan ansiosos de paz. Pensamos quizás que con esa reconstrucción ya estaría todo hecho y se recobraría de nuevo la paz, pero ¿no habrá algo más hondo que reconstruir en el corazón de las personas o en las mismas instituciones sociales para llegar a encontrar una auténtica paz?

Toda esta crisis que vivimos nos ha llevado a una destrucción interior, porque nuestros corazones se han roto, porque hemos dejado de creer en los otros, porque se han ido sembrando unas semillas terribles en nuestros corazones que nos despiertan el orgullo, el odio, los deseos de venganza o de revancha, unas ansias de destruir muchas cosas o personas que nos han traído todo estos males que sufrimos. No podemos huir ni tirarnos al campo para hacer la guerra de la paz por nuestra cuenta o a nuestra manera.

Si mantenemos todo eso en el corazón no encontraremos la paz. Por eso nos dice Jesús que nos da la paz pero no como la da el mundo. Será algo más hondo lo que tenemos que reconstruir en nosotros para alcanzar esa verdadera paz. Es lo que Jesús nos ofrece. Es la salvación que en verdad nos regala. Son cosas muy concretas donde El quiere hacer presente su gracia. Sepamos ver ese regalo de la paz que Jesús quiere darnos.

jueves, 22 de octubre de 2020

Que no se nos apague ese fuego del Espíritu en nuestro corazón, que no temamos la división que vamos a encontrar porque será camino de purificación y transformación, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar?


 

Que no se nos apague ese fuego del Espíritu en nuestro corazón, que no temamos la división que vamos a encontrar porque será camino de purificación y transformación, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

Efesios 3, 14-21; Sal 32; Lucas 12, 49-53

Algunas veces se nos puede crear una imagen distorsionada de determinadas cosas que pueden tener una variedad de significados o de funciones. Me refiero en este caso al fuego, que cuando pensamos en él la imagen que primero se nos aparece son los pavorosos incendios ya sean de índole forestal o incluso localizados más en nuestra cercanía cuando el fuego destruye un edificio o una industria; nos quedamos con esa imagen de destrucción que por supuesto también la tiene, pero también el fuego es un elemento muy importante para nuestra vida.

Con el fuego nos calentamos cuando tenemos frío y buscamos su calor, con el fuego elaboramos nuestra comida o pensemos en la industria la practicidad que tiene también en la elaboración de elementos que utilizaremos de forma positiva en la vida. Claro que tiene también la función purificadora de separar o destruir las escorias para la purificación de determinados elementos.

El ardor del fuego es también imagen de la fuerza interior que llevamos dentro de nosotros que nos impulsa a la acción, a la creatividad, al trabajo y a la corresponsabilidad en tanto bueno como podemos realizar. Y de esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio cuando nos dice que fuego ha venido a traer a la tierra y lo que quiere es que arda. No es la destrucción lo que Jesús busca, aunque sí que hay muchas cosas en nuestro interior que purificar, pero sí nos está hablando de esa fuerza interior, esa fuerza espiritual que nos impulsa a la bueno, que nos lleva a una transformación de nosotros mismos pero que quiere también una transformación de nuestro mundo.

Fuego necesitamos tantas veces que andamos como apagados, que parece que nos falta vigor, que nos acomodamos a cualquier cosa y no terminamos de sentir ese impulso de la fe que nos lleva a comprometernos, que nos lleva a un anuncio, que nos tiene que conducir a esa transformación para que se realice de verdad el Reino de Dios. Somos tantas veces cristianos apagados que nos falta ese vigor, y si estamos apagados tampoco podremos dar luz, tampoco podremos ser luz para los demás.

Y esto no siempre es fácil. Porque algunas veces esa postura nuestra que nos hace sentir inquietos por dentro también puede importunar a los demás; y podremos encontrar rechazo, podremos encontrarnos que en nuestro entorno vamos a encontrar división de opiniones y habrá quien se oponga a ese fuego que llevamos dentro y querrán acallarlo o nos rechazarán.

De eso nos está hablando Jesús también en el evangelio hoy cuando nos dice que no ha venido a traer paz sino que vamos a encontrar división incluso entre los más cercanos a nosotros. Estas palabras de Jesús siempre nos han dejado como inquietos porque no terminamos de entenderlas.

Primero será en nosotros mismos, ese fuego nos deja inquietos, ese fuego hará que en ocasiones incluso en nuestro interior nos sintamos divididos; se nos presentan como dos mundos, como dos caminos delante de nosotros, el del compromiso que nace de ese fuego que arde dentro de nuestro corazón, o el de la quietud y la comodidad; ¿para qué nos vamos a complicar?, pensamos tantas veces y sentimos la tentación de quedarnos en nuestras rutinas de siempre, eso que llamamos paz pero que es un estar adormilados en nuestros conformismos, sentiremos un revulsivo que nos deja inquietos.

Y si damos un paso adelante y queremos vivir nuestro compromiso y nuestra entrega de manera radical ya vendrán a decirnos que no es para tanto, que no nos compliquemos, que dejemos las cosas como están, que siempre hemos vivido así. Cuando no nos puedan convencer intentarán pararnos sea de la forma que sea, y ya sabemos como al final terminamos en la persecución. Pero es nuestro camino, es el compromiso de nuestra fe, es el ardor del Espíritu que tenemos en nuestro interior, es el amor de Cristo que nos ha contagiado y prendido ese fuego en nuestro corazón.

Que no se nos apague ese fuego del Espíritu en nuestro corazón, que no temamos la división que vamos a encontrar porque será camino de purificación, será el momento en que todos tenemos que decantarnos por seguir o no seguir a Jesús y su evangelio. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

domingo, 1 de enero de 2017

A María, la Madre de Dios, le vamos a pedir que nos enseñe el verdadero amor que nos conduzca por los caminos de la paz para este nuevo año 2017

A María, la Madre de Dios, le vamos a pedir que nos enseñe el verdadero amor que nos conduzca por los caminos de la paz para este nuevo año 2017

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21
‘Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción… los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre…’
Dios envió a su Hijo para nuestra salvación. Podría haberlo hecho de mil maneras en su sabiduría divina, pero quiso encarnarse en el seno de una mujer. ‘Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer…’ Por eso cuando se les anuncia a los pastores el nacimiento de un Salvador en la ciudad de David, ‘encontraron a María y a José y al Niño acostado en un pesebre’.
Hoy queremos fijarnos en la Madre, queremos fijarnos en María. Es la Madre de Dios. Así nos lo proclamó el concilio de Éfeso como parte de nuestra fe, cuando ya en la fe y en el amor del pueblo cristiano estaba claro el lugar de María. Era la madre de Jesús, era la Madre de Dios; en Jesús no podemos separar su naturaleza humana y su naturaleza divina, por eso la persona de Jesús es divina, porque el hijo de María es el Hijo de Dios.
Una manifestación más de la ternura del amor de Dios. Así se encarnó el Hijo de Dios en el seno de María para ser para siempre Emmanuel, Dios con nosotros.
Y hoy nosotros nos gozamos con María. Es cierto que en todas las celebraciones del Misterio de la Navidad siempre ha estado presente María, porque siempre encontraremos al Niño con María su madre. Pero hoy de manera especial queremos sentir su presencia y su amor cuando tanto de ella hemos aprendido en este camino que nos ha llevado a la Navidad y en todo lo que es el camino de nuestra vida cristiana.
Queremos seguir sintiendo su amor, su presencia de Madre, sintiendo cómo nos presenta a Jesús como una madre presenta a su hijo recién nacido a cuantos llegan hasta ella, queriendo escucharla cómo ella nos conducirá siempre a Jesús para que hagamos lo que El nos dice, cómo ella es modelo y ejemplo para nosotros de cómo hemos de acoger a Jesús y como acoger su Reino.
Hoy casi no necesitamos decir mucho más, sino quedarnos contemplando. Contemplando la ternura de la madre con su Hijo que es siempre imagen de esa ternura de Dios con nosotros. Allí donde vemos amor verdadero y autentico podemos decir, podemos estar seguros de estar contemplando a Dios. Dios en su amor y en su ternura es Padre y es Madre para nosotros porque es así como nos envuelve con su amor.
Y a María le vamos a pedir que nos siga enseñando lo que es el verdadero amor, y que ese amor seamos capaces de tenerlo entre todos nosotros los hombres. Cuánto lo necesitamos. Es el amor que nos enseñará los caminos de la paz, porque el amor siempre es encuentro, el amor nos hace sentirnos humanos y hermanos, el amor nos llevará al entendimiento y a romper todas las armas de la guerra que nos puedan enfrentar o distanciar, el amor nos hará auténticos para saber actuar con sinceridad y verdad los unos con los otros.
Es el amor que nos llevará a preocuparnos de los demás para hacernos verdaderamente solidarios en sus problemas y necesidades; es el amor que dará sensibilidad a nuestro espíritu para llenarnos de humanidad y para buscar siempre lo bueno y lo justo para los demás; es el amor que nos hará mirar con mirada nueva a los que caminan a nuestro lado en este mundo porque ya nos sentimos hermanos.
Cuando estamos comenzando un año nuevo estamos celebrando también una jornada de oración por la paz. Es cierto que estos días todo son parabienes de los uno para los otros, y nos deseamos felicidad y prosperidad en el nuevo año que comienza. Pero tenemos el peligro de convertirlos en palabras de un día, en una cosa formal que todos nos decimos, pero que cuando pasen estas fechas pronto olvidemos esos buenos deseos y sigamos con nuestras luchas de los unos contra los otros, con nuestras envidias o con la insolidaridad marcando el ritmo de nuestra vida olvidándonos pronto de los demás.
Esta jornada de la paz los cristianos la queremos hacer oración también, no solo porque imploramos de lo alto el auxilio divino para lograr emprender esos caminos de paz, sino porque tiene que convertirse en compromiso en nuestra vida para trabajar seriamente por esa paz.
Nos duelen las guerras y las violencias que azotan a nuestro mundo en pleno siglo XXI en tantos lugares del mundo; nos duelen esas miserias que hacen sufrir a tantos y que a la larga pueden provocar esas violencias; nos duele que nuestra sociedad que tendríamos que decir que ha avanzado en civilización sin embargo aun no hayamos aprendido la civilización del amor y de la paz; nos duelen las discriminaciones que seguimos haciéndonos en nuestro mundo creando barreras, poniendo muros de odio, de discriminación o de indiferencia que nos separan y nos alejan. Y no podemos cruzarnos de brazos ante esos u otras muchas situaciones dolorosas de nuestro mundo.
Oramos hoy comprometidos por la paz. Oramos en el comienzo de este nuevo año con el deseo de que pronto llegue la verdadera paz a nuestro mundo. Oramos por los que son victimas de esa falta de paz con todos sus sufrimientos. Oremos los unos por los otros para que tengamos verdadera paz en el corazón y podamos sembrar de paz a nuestro mundo.

jueves, 22 de octubre de 2015

El seguimiento de Jesús nos ha de prender en el fuego de su amor que purifique nuestros corazones y transforme nuestro mundo

El seguimiento de Jesús nos ha de prender en el fuego de su amor que purifique nuestros corazones y transforme nuestro mundo

Romanos 6, 19-23; Sal 1; Lucas 12, 49-53
Cuando sentimos en nuestro interior una inquietud grande por lo que va a suceder y además estamos en el deseo de que suceda de una vez aunque fueran múltiples las repercusiones que se deriven estamos como en desasosiego que nos perturba y parece que nos pudiera incluso quitar la paz. Lo deseamos aunque en cierto modo lo tratemos de repeler, estamos inquietos y nos ponemos nerviosos por las consecuencias que pudieran tener para alguien o para nosotros mismos.
Me atrevo a pensar en sentimientos interiores como estos al escuchar las palabras de Jesús hoy en el evangelio. Habla de una angustia interior y habla también de un bautismo que en labios de Jesús por otros pasajes del evangelio sabemos bien a lo que se refiere; está adelantándonos lo que será su cercana pasión y lo que va a ser su muerte; pero al mismo tiempo está dejándonos entrever como va a ser un signo de contradicción como ya lo anunciara proféticamente Simeón allá en la presentación de Jesús niño en el templo.
Por eso nos hablará de la paz y de la guerra en un lenguaje ciertamente o aparentemente contradictorio, porque si El es el anunciado como Príncipe de la paz, cómo ahora nos dice que nos traerá guerra; si El ha venido a enseñarnos que en el amor todos hemos de sentirnos unidos y en comunión cómo ahora nos está hablando de división hasta en lo más sagrado como sería el ámbito familiar.
Y es que en verdad Jesús es ese signo de contradicción pero ante el que tenemos que decantarnos, hacer una opción que tiene que convertirse en opción fundamental de nuestra vida. Y tras esa opción hemos de atenernos a las consecuencias, porque no todos lo van a entender, porque en ese círculo tan cercano a nosotros como puede ser la familia vamos a encontrar oposición que podrá crear divisiones y enfrentamientos.
Cuando hemos hecho opción por Jesús y nos hemos decidido a seguirle de verdad no podemos andar a medias tintas, sino que nuestro seguimiento tiene que ser radical, total. El ejemplo lo tenemos en el evangelio en los discípulos a los que Jesús llamó y lo dejaron todo para seguirle. Le damos nuestro sí a Jesús y ya nuestra vida tiene que ser nueva y distinta porque serán otros los valores, otro el sentido de la vida, ha de haber en nosotros ya para siempre una capacidad grande de entrega y de amor total, vamos a comenzar a ver la vida y ver a los que están en nuestro entorno de una manera distinta.
Pero como sabemos el seguimiento de Jesús no son solo bonitas palabras; van a ser unas actitudes nuevas, va a ser una nueva manera de actuar, va a ver un nuevo sentido de la vida, vamos a vivir con una nueva responsabilidad. Tiene que arder dentro de nosotros ese fuego de Jesús, ese fuego de su amor y hemos de querer en verdad que arda nuestro mundo en ese nuevo amor. Tendremos que ser capaces también de pasar por ese bautismo de pasión, de entrega, de muerte, de amor para que pueda haber pascua en nosotros y lleguemos a nueva vida.
Seguir a Jesús no es cualquier cosa; cuando seguimos a Jesús no nos podemos andar con mezquindades y raquitismos; cuando le damos nuestro sí a Jesús tiene que ser total para vivir un amor nuevo y en una vida nueva. Hemos de dejar prendernos por el fuego de su amor que purifique nuestros corazones y transforme nuestro mundo.