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viernes, 25 de septiembre de 2026

Tenemos que saber caminar con Jesús por la Cesarea de nuestro mundo de hoy reconociéndolo, es cierto, como Mesías pero escuchando también que el Hijo del hombre tiene que padecer y morir

 


Tenemos que saber caminar con Jesús por la Cesarea de nuestro mundo de hoy reconociéndolo, es cierto, como Mesías pero escuchando también que el Hijo del hombre tiene que padecer y morir

Eclesiastés 3, 1-11; Salmo 143;  Lucas 9, 18-22

Hay ocasiones en que el entusiasmo de muchos provoca arrebatos en nuestras posturas, en las decisiones que tomamos, en nuestros comportamientos de los que al final ni terminamos de ser conscientes de verdad qué es lo que buscábamos, qué es lo que nos entusiasma, o incluso las medias locuras que llegamos a hacer como consecuencia de ese entusiasmo colectivo que en cierto modo nos arrastra.

Siempre necesitamos algo o alguien que nos haga detenernos, que nos haga ser conscientes de lo que estamos haciendo para que nuestros actos sean verdaderamente racionales, que no nos ofusquemos en esos entusiasmos colectivos sino que en verdad sean maduras, verdaderamente razonables y humanas las decisiones que tomemos, aunque esto signifique en ocasiones que parece que andamos a contracorriente porque estamos tomando posturas que no siempre son comprendidas.

Creo que a estas alturas de evangelio Jesús quiere hacernos hacer una pausa, un detenernos para rumiar muy bien las decisiones que vamos tomando, para que no nos llamemos a engaño, para que clarifiquemos muy bien lo que queremos y lo que decidimos.

Hoy parece que ha llegado ese momento. Ahora están incluso fuera de los territorios propiamente de Palestina y por aquí no son tantos los entusiasmos por Jesús. Es el momento de hablar, de reflexionar, de aclarar posturas, de saber bien a qué nos atenemos. Están cerca de Cesarea de Filipo en los nacientes del Jordán donde uno de los Herodes para congraciarse con los césares ha mandado edificar esta ciudad. Pero lo de menos es la importancia del lugar, sino la importancia del momento. Jesús comienza a hacer preguntas comprometedoras. ¿Qué piensa la gente del Hijo del Hombre? Conocidos son los entusiasmo que se provocan tras los milagros y los signos que va realizando. Todo parece algo nuevo y el sufrimiento se va transformando en aquellos corazones que comienzan a llenarse de esperanza. Las reacciones de las gentes son diversas y la percepción que van teniendo de quien puede ser Jesús es distinta; cada uno lo puede ver según el color de su cristal, de sus sueños, de sus expectativas, de lo que haya podido haber recibido. Lo miran como profeta, como alguien muy grande como aquellos profetas antiguos, ven casi una reencarnación de Juan Bautista a quien recientemente Herodes ha mandado decapitar. Son muy variadas las reacciones y así se lo van haciendo saber a Jesús recogiendo algunas de aquellas aclamaciones que la gente hacía cuando veían cosas extraordinarias y sobrenaturales en el quehacer y en la presencia de Jesús.

Pero la reflexión que Jesús quiere que hagan tiene que ir mucho más allá que expresar las opiniones de otros. Son ellos, los que están más cerca de Jesús los que tienen que definirse. ‘Vosotros, ¿quién decís que el Hijo del Hombre?’ Las respuestas se hacen más difíciles de dar y parece que nadie quiere tomar la delantera. Pero hay alguien siempre decidido que no quiere sin embargo quedarse atrás. ‘Tú eres el Mesías’, aclarará Pedro. ¿Podrán todos hacer semejante afirmación? Claro que todos comenzaban a verlo así; es sus corazones reinaban ya nuevos sentimientos aunque aún estuvieran llenos de miedos y afloraban con demasiada frecuencia sus ambiciones para ese Reino que Jesús anunciaba que aun así no terminaban de verlo claro.

Pero también podrían surgir por medio las confusiones con las ansias y sueños que ellos tenían para su pueblo cuando llegase la hora del Mesías. Por eso Jesús en este momento de confidencias y de profundizaciones quiere poner claramente los puntos sobre las íes. El Hijo del Hombre tiene que padecer. Un jarro de agua fría que parecía que les echaba por tierra todas sus esperanzas. Ese mundo nuevo que Jesús quiere construir no va a ser fácil, porque además encontrará mucha oposición. Y es lo que Jesús les está anunciando, aunque ellos no lo terminan de asimilar. A nadie le gustan los contratiempos, que nos lleve la contraria o quieran hacernos ver caminos distintos a los del triunfo que todos deseamos.

¿No será algo que nos sigue sucediendo hoy cuando nos ponemos lejos de algo que nos pueda hacer sufrir? ¿No buscaremos nosotros también triunfos fáciles y un camino de laureles? ¿No estaremos acomodando muchas veces nuestro ser la Iglesia de Jesús a esos reinos de nuestro mundo tan llenos de vanidades y fantasías? Es incluso el lenguaje que muchas veces hemos empleado, algunos signos de poder y de gloria que queremos seguir manifestando y usando, tantas coronas de mucho brillo con que queremos seguir representando muchas cosas de nuestra fe y de nuestra Iglesia.

¿No tendríamos que detenernos a pensar muy bien estas cosas que hoy Jesús nos está plateando en el evangelio?


lunes, 31 de agosto de 2026

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

 

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

1Corintios 2, 1-5; Salmo 118; Lucas 4, 16-30

Cuando nos cambian el ritmo de aquello a lo que estábamos acostumbrados y que hacíamos casi como una rutina se nos vienen abajo nuestros ritmos, nos sentimos desconcertados y nos cuesta entrar en la nueva dinámica. Son las pruebas psicotécnicas que se emplean en muchas ocasiones para, precisamente eso, ponernos a prueba en nuestra capacidad de respuesta, nuestra posible reacción y si somos capaces de asumir el nuevo ritmo, por ejemplo, que se nos presenta. Pero sin entrar en esas pruebas técnicas son muchas veces las pruebas que la misma vida nos presenta y ante lo que tenemos que saber reaccionar con madurez por una parte, pero también estando abiertos a lo nuevo que se nos puede ofrecer y que mejoraría nuestra vida. Algunas veces nos cuesta aceptar esos cambios, nos ponemos incómodos y tenemos la tentación de ponernos en una actitud interna de rechazo ya sin saber bien por qué.

¿Será algo así lo que estamos viendo en este comienzo de la vida pública de Jesús en su presentación en Nazaret en el evangelio de san Lucas que ahora comenzamos a leer de forma continuada? Ya fue una sorpresa que al acudir Jesús aquel sábado a la sinagoga después de los primeros recorridos que ya había hecho por otros pueblos y aldeas de Galilea se haya ofrecido a hacer la lectura del profeta y su comentario. Era tarea del encargado de la sinagoga pero que él podía ofrecer a quien por allí se acercase y tuviera esa disponibilidad. Se ha escogido un texto del profeta Isaías; habla de la manifestación del Espíritu del Señor en aquel que había de venir en una clara referencia al Mesías esperado.

Ya conocemos el texto que hemos escuchado muchas veces. Habla de quien con la fuerza del Espíritu del Señor viene a iniciar un tiempo nuevo de liberación; habla de los enfermos e impedidos que recobraran vida y salud, pero habla también de otra liberación más profunda de todos aquellos que se sienten oprimidos y sin libertad; habla del tiempo nuevo del año de gracia del Señor. Claras referencias a los tiempos mesiánicos que todos estaban anhelando. Y es tajante el comentario de Jesús. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

¿Sorpresa? ¿Alegría y esperanza renovada? ¿Admiración por quien había pronunciado tales palabras? Ellos lo conocían bien, allí se había criado, era el hijo de José el carpintero, por allá andaban aun sus parientes… ¿Dónde había adquirido aquella sabiduría? ‘Todos expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca’.

Jesús no se queda en esas palabras porque El está hablando de un tiempo nuevo, de algo nuevo que no era lo de siempre. Ellos habían oído de las cosas maravillosas que Jesús había hecho en otros lugares, bien sabemos cómo vuelan las noticias y eso que entonces no había las redes sociales que hoy tenemos, pero ya estaban pensando en sentirse los primeros beneficiarios de aquel poder que parece que se manifestaba en uno que era de su pueblo. Pero Jesús viene a decir otra cosa, busca a aquellos que tienen que ser liberados de sus esclavitudes y de sus males, pero no tiene que ser en lo de siempre, en los de siempre, en los lugares de siempre. Les recuerda que el profeta Elías atendió a una viuda que precisamente no era judía, y que el profeta Eliseo curó de la lepra precisamente a quien se podía considerar un enemigo porque era sirio.

Aquí se cambian los ritmos y los esquemas. Un día alabará Jesús la fe de un centurión romano que era gentil y del que dice que no ha encontrado en nadie en Israel con tanta fe como él; curará a la hija de la mujer de Fenicia, a quienes los judíos consideraban como los perritos y lo hará precisamente por su fe; se dejará tocar por los leprosos o por quienes eran considerados impuros como la mujer de las hemorragias que toca la orla de su manto. Algo nuevo va a suceder, algo nuevo quiere realizar Jesús. La gente de Nazaret no lo soporta porque lo considera como un desplante y terminarán porque quieren arrojar a Jesús por un barranco.

Pero esto que estamos viendo en el evangelio ahora me hace pensar en situaciones que podemos estar pasando en estos días. Cuando hablamos de necesidades, de problemas o de carencias ¿en quienes estamos pensando habitualmente? ¿En los pobres de siempre, esos que aparecen todas las semanas por Cáritas, en esa gente de nuestro entorno que sabemos también que tienen problemas para llegar a final de mes, solo en esas personas cercanas a nosotros?

Creo que nuestra mirada tiene que ir más allá. ¿No habremos escuchado alguna vez que ahora los emigrantes que de una forma o de otra están llegando junto a nosotros nos van a quitar el trabajo o los beneficios sociales que necesitan los que son de aquí? Nos quejamos de que esos recursos tengamos que gastarlos en esos que nos han aparecido de la noche a la mañana y que no son precisamente de los nuestros porque además nos parece una invasión y aquí ponemos no sé cuantas características.

El evangelio que hoy hemos escuchado ¿no nos estará pidiendo o planteando ese cambio de chip, ese cambio de ritmo, esa mirada distinta porque es también una exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano? Son cosas que tenemos que pensar, que analizar, ante las que tenemos que abrirnos viendo nuevas perspectivas.

‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.


domingo, 16 de agosto de 2026

Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

 


Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

Isaías 56, 1. 6-7; Salmo 66; Romanos 11, 13-15. 29-32;Mateo 15, 21-28

‘Mira qué vas a hacer, porque esto es ya un fastidio’, algo así quizás habremos dicho alguna vez, o lo hemos escuchado de una forma directa y clara o con insinuaciones porque de alguna manera nos parecemos a los políticos que quieren quedar siempre bien pasándole la pelota a otros; y digo que lo hemos dicho cuando nos encontramos manifestaciones que reivindican o reclaman derechos o cosas que necesitan, cuando se acumulan personas y situaciones que nos parecen ajenas pero que han rebotado en nuestros lares, cuando quizás nos vemos impotentes pero quizás por nuestra falta de decisión o por pensar solo en nosotros mismos, porque esas personas que nos están llegando parece o que van a cambiar nuestras costumbres o a quitarnos el pan que nosotros pretendemos ganar cuando ellos traen tras de sí más miserias y necesidades de las que podemos imaginar.

He querido describir y contemplar ese cuadro que además hemos de reconocer que es incompleto cuando escuchamos este texto del evangelio en que Jesús, saliéndose del propio territorio de Israel y Palestina, ha llegado a unos territorios paganos en que una cananea va gritando tras Jesús pidiendo compasión porque tiene una hija con una grave enfermedad, poseída por el maligno como era la expresión más usual. Parece que Jesús no atiende a la petición de esta Cananea y serán los discípulos los que al final cansados de aquellos gritos que los persiguen le piden a Jesús que haga algo, aunque sea para quitársela de encima.

La fe y la confianza de aquella mujer se está viendo puesta a prueba. Jesús y aquel grupo de discípulos que la acompañan son judíos, con sus propias convicciones y planteamientos, mientras que ella es una pagana. Pero terminará diciendo ante el aparente rechazo de Jesús ‘también los perritos terminan comiendo las migajas que caen de la mesa de sus amos’, haciendo referencia a la manera que tenían habitualmente los judíos más radicales de mirar a los que no fueran judíos; ni en sus casas querían entrar, cuanto menos hacerles un favor.

Pero Jesús admira la fe de aquella mujer que se mantiene constante en su confianza y en su petición. Habrá otra ocasión en que Jesús también se admira de la fe de un pagano, como será el caso del centurión que pedía la salud para su criado enfermo al que miraba como un hijo. ‘No he encontrado en Israel nadie con tanta fe’, dirá entonces; ahora le dice a la mujer que vaya y que se cumpla conforme ha creído. Ya en otro momento nos dirá que vendrán de Oriente y de Occidente quienes se sienten en la mesa del reino de los cielos frente al rechazo que los hijos de Israel están haciendo del mensaje del evangelio.

Con Jesús se romperán todas las barreras que imponen limitaciones o que crean distancias. Recordemos que cuando nos habla del amor nos dirá y con gran exigencia que hemos de amar también a los enemigos, y saludar a los que no nos saludan, y prestar también a quienes no colaboran con nosotros porque el sol sale para todos, para justos y para injustos. Con Jesús ya no valen los condicionamientos sociales ya sean mujeres o ya sean niños, ya sean considerados buena gente o ya sean considerados pecadores porque la mujer pecadora lavará y perfumará sus pies o Zaqueo el publicano lo hospedará en su casa, con Jesús se caen las barreras de las impurezas legales porque dejará que el leproso llegue ante Él y extenderá su mano para tocarlo y quede limpio o la hemorroísa podrá tocar la orla de su manto para curarse de sus hemorragias, ya no hay limitaciones que nos imposibiliten ir al paso de los demás porque si es necesario la camilla bajará desde el techo para poder llegar a los pies de Jesús, ni soledades que aíslen porque Él sabrá buscarlo para ponerle en camino al encuentro con los demás como con el paralítico de la piscina.

Lo que hoy en el evangelio nos pareciera lentitud en la reacción de Jesús ante la petición de aquella mujer cananea podríamos decir que entra en la pedagogía del evangelio porque Jesús está queriendo que nosotros nos detengamos a pensar, a reflexionar y a reaccionar. ‘Dadle vosotros de comer’, les dirá a los discípulos que le plantean que despida a la gente en el descampado para que encuentren donde comprar comida, o preguntará de cuántos panes disponen para provocar que un muchacho ofrezca sus cinco panes y dos peces para alimentar a aquella multitud.

¿No será también lo que Jesús con este evangelio está queriendo provocar en nosotros? Al comienzo de nuestra reflexión hacíamos recuento de algunas de esas situaciones que suceden a nuestro alrededor pero en las que siempre estamos esperando que sean otros los que tomen las iniciativas. ¿Cuáles son las iniciativas que nosotros somos capaces de aportar? Quejarnos es una cosa que hacemos con facilidad ante cualquier cosa que vemos a nuestro lado y nos parece que está mal, pero ¿cuál es la mano que nosotros estamos dispuestos a poner? ¿Le habremos mirado a los ojos a esas personas que se arraciman en nuestro entorno con sus necesidades o con sus quejas? ¿Seremos capaces de ver la historia que hay detrás de cada una de esas personas, por ejemplo, que llegan como decimos ilegalmente a nuestras costas o atraviesan nuestras fronteras?

No queremos que nos molesten, pero ¿hasta donde somos nosotros capaces de llegar?


viernes, 14 de agosto de 2026

Dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios

 


Dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Mateo 19, 3-12

Hay ocasiones en que nos cuesta entender las cosas y no es que seamos más o menos inteligentes. En la vida nos sentimos condicionados por muchas cosas que no son solo las influencias externas que podamos recibir, y hemos de reconocer que son muchas, sino muchas veces es desde nuestro propio interior, desde nuestro propio yo que en ocasiones se puede encerrar en su mismo, que también nos vemos motivados o impulsados por nuestras propias pasiones, que premian unas costumbres o unas rutinas por encima de todo razonamiento, o que son también nuestros intereses particulares, las metas que nos proponemos, el camino que vamos realizando y pronto podemos encontrarnos con algo que va a la contra de todo ese revoltijo de cosas que llevamos en nuestro interior, y nos cuesta entender, y nos falta encontrar esa luz que necesitamos para descubrir eso nuevo que da sentido distinto a nuestra vida, que nos plantea las cosas de otra manera.

Es la resistencia que ponemos en tantas cosas de la vida que no queremos que nos cambien esa manera que hemos tenido siempre de entenderlo; incluso en lo que es el avance y progreso de nuestra sociedad muchas veces también nos cuesta entender; decimos quizás que son nuestros principios y a ellos tenemos que ser fieles pero muchas veces son concepciones muy particulares que nos hemos creado y donde necesitamos una luz nueva para ver lo distinto. Claro que luego todo esto se unirá a lo que encontramos a nuestro alrededor y las influencias y presiones que podamos recibir y se nos complica más.

Más, por así decirlo, se nos complican las cosas cuando entramos en el ámbito de nuestra fe y en esa fidelidad al evangelio que como cristianos tendríamos que mantener. Muchas veces la resistencia la encontramos cuando hemos de buscar la autenticidad del evangelio y la congruencia con que hemos de vivirlo, porque, es cierto que nos decimos cristianos de toda la vida, pero hemos llenado nuestra vida religiosa y cristiana de unas prácticas y unas tradiciones que muchas veces no parecen muy acordes con la autenticidad del evangelio y es cuando nos resistimos y escuchamos decir que si nos están cambiando la fe y la religiosidad y cosas por el estilo; pero una vida congruente con lo que es el evangelio más auténtico nos tendría que hacer revisar muchas cosas en nuestra vida y en lo que hacemos; hemos entrado en un camino de costumbres y rutinas con las que nos falta encontrar ese verdadero sentido de lo que tiene que ser nuestro seguimiento de Cristo y su evangelio.

Más nos cuesta entender todo ese misterio de nuestra fe, todo ese misterio de Dios y parece que todo no nos cabe en nuestro corazón, en nuestra vida por su inmensidad. Necesitamos abrirnos humildemente a ese misterio de Dios que se nos revela y que se nos manifiesta en Jesús porque hemos de sentirlo en lo más hondo de nosotros mismos; ese misterio de Dios no es algo ajeno a nuestra vida sino que tiene que hacer que nuestra vida sea vivir en Dios.

Y todo eso tiene que traducirse en nuestra forma de vivir y de entender las cosas. Y aquí por una parte no nos podemos dejar influenciar ni por nuestras pasiones ni por nuestros intereses, ni tampoco por el sentido que pueda tener la sociedad de nuestro entorno de eso que nosotros queremos vivir según el sentido del evangelio. Será difícil en muchas ocasiones ir a contracorriente de esa sociedad que nos rodea, pero la autenticidad de lo que nosotros queremos vivir ha de ser una luz que ilumine ese mundo en medio del cual vivimos, aunque a ellos les cueste entender.

Muchos son los aspectos a los que podríamos referirnos, partiendo del mismo sentido de humanidad que nosotros tenemos en una visión cristiana de la vida y de la persona. Pero está también lo que hoy le plantean a Jesús en el evangelio y que es un planteamiento que sigue teniendo actualidad. Los fariseos le preguntan a Jesús sobre lo que Moisés había permitido acerca del divorcio y que seguía siendo motivo de diatriba y falta de entendimiento entre los distintos grupos de los judíos.

‘¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?’, le preguntan a Jesús. Algo que también palpamos y es cuestionamiento en el mundo de hoy en que eso se ve con la mayor naturalidad y con la facilidad con que se llega a esas rupturas del matrimonio. Jesús no quiere entrar en casuísticas sino que quiere ir a lo más hondo y a lo que tiene que dar verdadero sentido al matrimonio, y que quizás sea una parte importante por lo que hoy tanto nos cuesta entender y aceptar.

Parte Jesús de lo que es plan de Dios para la vida y para la relación entre el hombre y la mujer y si llega a decir que ya no son dos sino una sola carne y en consecuencia lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre, es porque el fundamento verdadero de todo es el amor, pero no un amor entendido de cualquier manera que se puede quedar en lo pasional o se puede volver egocéntrico, sino el amor en su sentido más profundo como descubrimos que es el amor que Dios nos tiene.

¿Cómo construimos el amor? Somos capaces de decir palabras bellas y románticas, pero no terminamos quizás de abrir nuestro corazón al amor verdadero. Es aquí donde tenemos una tarea inmensa que realizar porque esa construcción no se puede realizar de cualquier manera y a la carrera. Es donde tenemos que aprender de la escuela de Jesús, aprender del evangelio. No siempre es fácil, porque además nos entra la confusión por todas partes. Pero dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios.


miércoles, 5 de agosto de 2026

Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad

 


Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad

 Jeremías 31, 1-7; Jer 31, 10-13;Mateo 15, 21-28

‘¡Ayúdame!’ ¿Lo habremos escuchado alguna vez? Como recurso fácil enseguida pensamos en el amigo que se ve en apuros y que no sabe a quien acudir y cuando nos encuentra, quizás con mucha vergüenza en su cara, nos cuenta su situación. Pero sabemos ciertamente que de una forma u otra lo hemos escuchado muchas veces; quizás íbamos ensimismados repasando la lista de las cosas que vamos a comprar y a la puerta del supermercado nos cruzamos con alguien que nos está tendiendo una mano o en un cartelito nos habla de los hijos pero ante quien pasamos de largo sin detenernos a prestar atención; a la puerta de la Iglesia está quizás el inmigrante de siempre pero al que esquivamos para no tropezar porque ya vamos tarde para misa.

Escuchamos, y de eso sabemos mucho en nuestras islas de las pateras que continuamente llegan a nuestras costas y que con una mirada de esperanza porque ya cruzaron el mar nos están mirando pero que pronto puede convertirse en dolor y desilusión por quienes se quedaron en el mar o porque ahora no encuentran lo que tanto esperaban. ¿No nos están diciendo ¡ayúdame! esos miles que llegaron estos días a Ceuta, - y dejemos a un lago connotaciones y críticas políticas - y que muchos poco a poco han tenido que regresar por donde vinieron porque no encontraron ni un trozo de pan que llevarse a la boca?

‘¡Ayúdame!’ ha sido el grito que hemos escuchado en el evangelio en aquella mujer y madre cananea que va detrás de Jesús gritando porque tiene una hija muy enferma – poseída por un espíritu inmundo en la concepción de la enfermedad que entonces se tenía – y que parece no escuchar respuesta. Hasta los discípulos le dicen a Jesús que la atienda para que no les moleste más.

Aparecen una consideraciones que vienen a poner a prueba la fe de aquella mujer que vienen quizás a reflejar las consideraciones o las disculpas que nosotros nos hacemos o ponemos cuando vemos esa mano tendida a nuestro lado. Al final Jesús se admira de la fe de aquella mujer, que está hablando y suplicando desde un corazón dolorido, que está hablando y suplicando desde un corazón de madre que sufre en la situación en que se encuentra su hija, que está hablando desde ese mundo de distancias y discriminaciones en que tantas veces nos vemos envueltos; son, podríamos decir, los zapatos que lleva en sus pies cuando se acerca a Jesús, pero es también la fortaleza que le da la fe para creer y para confiar, para sobreponerse a lo que parece un camino lleno de obstáculos, a poner toda su confianza en quien ella sabe que la va a escuchar y ofrecerle el pan de los hijos.

Creo que aquí hay una hermosa lección para nuestra vida, para que aprendamos a superar esas prevenciones con que tantas veces vamos a caminando por la vida que nos hace desconfiados, que nos endurece el corazón y nos insensibiliza; a nosotros con nuestros zapatos de la comodidad nos resulta fácil el camino, pero tenemos que ponernos en los zapatos de esos que nos están tendiendo una mano, que los tenemos a las puertas de nuestros establecimientos y de los que pasamos de largo, que llegan a nuestras costas tras infames travesías y habiendo dejado atrás sus seres queridos en sus particulares situaciones y su tierra, o que llegan a nosotros de la manera que sea. ¿Seremos capaces de ponernos en sus zapatos de su pobreza y su miseria, de sus sufrimientos y soledades?

Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad en nuestros corazones, a poner más compromiso de amor con ese mundo que queremos hacer mejor, a darle todo el valor de su dignidad como personas a sea quien sea el que llegue a nuestro lado. Este evangelio de la cananea nos dice mucho.


lunes, 3 de agosto de 2026

Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

 


Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

Jeremías 28, 1-17; Salmo 118; Mateo 14, 22-36

Queremos hacernos los valientes, pero todos pasamos por momentos de miedo; lo negamos muchas veces o lo disimulamos pero es reacción sicológica normal en cierto modo como una defensa ante situaciones en que nos vemos o nos parece encontrarnos en peligro. Una noche tenebrosa para atravesar caminos oscuros, llenos de sombras, con rincones desconocidos es la imagen que primero se nos presenta de lo que es el miedo; pero son muchas situaciones en la vida, muchas veces inesperadas y sorpresivas que no sabemos a dónde nos llevan, son situaciones de soledad vividas de muchas maneras en que nos parece que nadie nos tiene en cuenta, momentos en que nos parecía sentirnos seguros pero vemos que todo se mueve bajo nuestros pies, y no es solo lo físico o lo geográfico sino situaciones o problemas de la vida a los que continuamente tenemos que enfrentarnos.

¿A dónde nos agarramos? ¿Dónde encontraremos la fortaleza cuando nos sentimos con esa debilidad? ¿Qué nos puede dar seguridad que nos quite todos nuestros miedos? ¿Cómo salir de esas soledades? Son muchas las cosas que se nos plantean.

He comenzado haciéndome esta reflexión y estas preguntas en lo humano sobre nuestros miedos porque nos encontramos hoy en una situación de los discípulos de Jesús en que verdaderamente sintieron miedo, tanto como para recibir un reproche de Jesús. Había sido el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces y Jesús los había apremiado para que cogieran una barca y fueran de regreso. Jesús. se quedó aparentemente para despedir a la gente, pero ellos iban solos en la barca. No había por qué tener miedo porque muchos de ellos eran unos avezados pescadores. Pero la travesía se les puso difícil, el viento les venía en contra, no podían avanzar y esto podía ser presagio de una tormenta como las que frecuentemente se desataban sobre el lago. El miedo comenzó a apoderarse de ellos, porque además Jesús. no iba en la barca con ellos. Travesías de la vida que muchas veces se nos hacen difíciles y sentimos la soledad de quien pudiera darnos ánimos.

Comenzaron a ver fantasmas en sus miedos porque alguien parecía que venía caminando sobre el agua; y comenzó a hacerse patente ese miedo y esas angustias que se desataban en el alma. ‘Se asustaron y gritaron de miedo’, comenta el evangelista. Pero no era un fantasma, era Jesús que venía a su encuentro. ¡Vaya si Él conoce nuestras debilidades y nuestros miedos! ‘Soy yo, no temáis’ era la voz de Jesús que podía darles seguridad y confianza pero aún Pedro desconfiado insiste en que él pueda también bajarse de la barca y caminar sobre el agua. Y ante la invitación de Jesús se arriesgó, aunque persistían los miedos en su interior y ante la menor ola le parecía que se hundía. Los vaivenes de la vida por los que todos pasamos; nos queremos hacer valientes o llenarnos de confianza, pero pronto quizás notamos que las cosas no son tan fáciles y volvemos a retroceder en lo que parecía que habíamos avanzado

¿En qué quedamos? ¿Comenzaremos a confiar o seguiremos con nuestros miedos? ¿Aprenderemos a sentir la mano amiga de Jesús que nos sostiene? Cuando pongamos toda nuestra fe y confianza podemos en verdad sentirnos seguros, pero algunas veces nos cuesta. Pero pronto podremos sentir esa paz y esa serenidad interior que tenemos que saber agradecer. Es algo que no tendríamos que perder nunca, algo que tenemos que saber buscar y pedir. Algo que va a dar fortaleza a nuestra vida cristiana, algo que hará que nunca nos sintamos solos.

Dios nos va poniendo señales en esos caminos de la vida que nos alientan, que nos dan seguridad, que nos hacen perder los miedos. Siempre habrá una palabra buena y de ánimo que escuchamos quizás de quien menos lo esperamos, siempre aparecerá una persona buena que se pone a nuestro lado, quizás en silencio, pero que se convierte en nuestra compañía, siempre pueden aparecer cosas que nos suceden y que nos abren nuevos caminos, siempre habrá una luz encendida aunque sea tenue en nuestra senda que nos dará seguridad a nuestro caminar.


miércoles, 29 de julio de 2026

Aprendamos a entrar en la nueva órbita de un nuevo amor que de Jesús aprendemos cuando nos amó hasta dar su vida por nosotros

 


Aprendamos a entrar en la nueva órbita de un nuevo amor que de Jesús aprendemos cuando nos amó hasta dar su vida por nosotros

1 Juan 4,7-16; Salmo 33; Juan 11,19-27

Se nos llena la boca cuando hablamos de amor; todos sabemos hablar del amor, o decimos que sabemos; todos nos ponemos muy amorosos para decir que el amor es el que salva al mundo, y que tendríamos que querernos más y todas esas cosas que decimos en consecuencia, pero ¿será cierto que así nosotros creemos en el amor? Empezamos porque ponemos medidas y decimos quienes se merecen nuestro amor y quienes no, que no podemos amar a todos de la misma manera, que nos gusta ser correspondidos para entonces nosotros darnos más en ese amor, y seguimos poniendo distancias y fijándonos en circunstancias; cuando las cosas marchan bien parece que es fácil amar, pero ¿seremos capaces de llegar al sufrimiento por ese amor? Y luego decimos que es el distintivo de los cristianos, pero, ¿se notará?

Hoy se nos ofrece en el evangelio una situación donde parece que se va a medir lo que es el amor verdadero. Una familia que está pasando por un momento difícil en la muerte de uno de los hermanos. Y eran los amigos de Jesús, allí donde tantas veces Jesús había recalado en su camino hacia Jerusalén, pues Betania quedaba al paso de ese camino que hacían los que bajaban de Galilea por el valle del Jordán para subir desde Jericó luego a Jerusalén entrando por el monte de los Olivos. Allí vemos que Jesús descansa muchas veces e incluso viene desde Jerusalén para pernoctar en aquel hogar.

Cuando enfermó Lázaro y aunque avisado por las hermanas Jesús que estaba más allá del Jordán se quedó aun unos días y al llegar a Betania Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Todo aquello había sido una prueba dura en una familia que había ofrecido la acogida de la amistad tantas veces a Jesús. No nos extrañan las palabras que a modo de saludo le dirigen ambas hermanas a Jesús. ‘Si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano’. ¿Hasta donde podía seguir llegando el amor y la amistad? ¿estará entrando en sintonía esa situación con momentos en los que también en nosotros parece que se pone a prueba el amor?

Hay un hermoso diálogo que se entrecruza entre las hermanas doloridas y Jesús. Se habla de vida y de resurrección, se habla de fe y se va a manifestar lo que es el amor. Incluso veremos que cuando Jesús llega a la entrada del sepulcro de Lázaro se conmueve en su dolor y se le saltan las lágrimas, podríamos decir. ‘Mira, cómo le amaba’, comentarán los presentes. ¿Se seguirá manteniendo vivo ese amor en aquellas hermanas aun en medio de su sufrimiento?

Son preguntas que quizás con toda naturalidad nos podemos hacer, porque son preguntas que nos rondan en nuestro interior tantas veces. ¿Nos merecerá mantenernos en esa honda del amor que aun nos puede llevar al sufrimiento, o que hemos de vivirlo en medio de nuestro sufrimiento? Es cuando tenemos que preguntarnos si nuestro amor siempre es verdadero o tenemos que estar buscándonos razones y alguna fuerza extraordinaria para poder mantenernos en ese camino del amor aunque el camino sea dura, aunque no encontremos correspondencias, aunque en ocasiones nos parezca que nos sentimos abandonados y nada ni nadie nos tiene en cuenta.

Pero nuestro reflejo y nuestro espejo para amor no puede ser otro que el amor de Dios. Y es que el amor de Dios siempre está primero; cuando digo esto quiero decir algo más de lo que decimos habitualmente de que amamos a Dios por encima de todas las cosas; es que Dios nos ha amado a nosotros por encima de todas las cosas, el amor de Dios está primero, porque ha sido El quien primero nos ha amado. La misma vida es el primer regalo de su amor. Es lo que nos decía el apóstol Juan en su carta, ‘no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’. Es lo que contemplamos en Jesús cuando nos dice que nadie tiene un amor más grande que aquel que da su vida por los que ama. Y Jesús nos está diciendo que nos ama tanto, que es tan grande su amor que no teme pasar por el sufrimiento y la muerte para manifestarnos su amor.

El sufrimiento y la muerte así adquieren sentido; en medio de nuestros sufrimientos, y la vida nos da muchos, hemos de saber mantenernos en ese amor. Es lo que están comprendiendo Marta y María de Betania en aquellos momentos del reencuentro con Jesús, por eso se llenan de vida, traspasarán los umbrales de la tumba y de la muerte para mantenerse en la vida; como un signo de todo ello Lázaro es devuelto a la vida, o como dijo Jesús lo despertó de aquella muerte y lo hizo salir de aquel sepulcro para que se mantuviera vivo allí el amor. Veremos cómo más tarde María de Betania derramará el más caro perfume sobre los pies de Jesús para significar como están envueltos en el perfume del amor.

¿Aprenderemos a entrar en esa nueva órbita de un nuevo sentido del amor?

miércoles, 22 de julio de 2026

Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

 


Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Cuando nos vemos turbados por los problemas de la vida, algo grave que nos ha sucedido, un accidente o una enfermedad, problemas en la vida familiar o en el ámbito de nuestro trabajo, cosas que nos afectan profundamente, quizás por lo inesperado del acontecimiento o la gravedad de lo que está sucediendo, nos dejan como descolocados, sin saber qué hacer o a quien acudir ni donde buscar nos hace que estemos dándole vueltas y más vueltas a esos oscuros pensamientos que nos oscurecen la mente, nos llevan a un desasosiego interior que nos hace perder la serenidad para ver todos los caminos cerrados y ni siquiera a nosotros mismos nos encontramos, ni somos capaces de escuchar otra voz que no sea nuestro propio tormento.

¿Era lo que le estaba sucediendo a María Magdalena tras la muerte de Jesús? Fue tal el impacto en su vida que hasta olvidaba todo aquello que un día les había anunciado Jesús, y quien se sentaba entonces a sus pies a escucharle, ahora no era capaz de escuchar nada ni de ver algo distinto sino solo su dolor en el que se repetía una y otra vez que habían robado el cuerpo de Jesús. Habían venido al sepulcro aquellas buenas mujeres en aquel primer día de la semana con la buena voluntad de terminar de cumplir con los ritos funerarios que el viernes en la tarde no habían podido realizar debidamente, pero solo buscaban un cuerpo muerto con la sorpresa de que el sepulcro estaba vacío.

María Magdalena fue la primera que corrió a donde los discípulos para llevarles la noticia que ellos luego comprobaban por sí mismos; pero María Magdalena se quedó con sus lágrimas a la entrada del sepulcro. Una cortina de lágrimas cercaba sus ojos y anulaba su mente. ‘¿Por qué lloras?’ era la pregunta repetida que todos le hacían y repetida era la respuesta, ‘porque se han llevado el cuerpo de mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Serían los ángeles desde dentro de la sepultura o sería quien consideraba ella que era el encargado del huerto a quien la pedía que le dijera donde lo habían puesto que ella iría a buscarlo. Ni veía ni escuchaba otra cosa que no fuera su dolor y su angustia. ¿No repetiremos nosotros las mismas preguntas en ocasiones oscuras de nuestra vida?

Pero ahora sólo necesitó escuchar una voz y una palabra. Las ovejas conocen mi voz, había dicho Jesús un día. Y fue lo sucedió en ese momento. Es como si María en aquel momento hiciera tabla rasa de todas sus angustias para escuchar porque estaba deseando encontrar una respuesta. No valían solo sus preguntas y sus búsquedas. Alguien venía a su encuentro para dejarse encontrar, pero era necesario estar en disposición, en sintonía para escuchar. ‘¡María!’ le estaba diciendo esa voz. Fue suficiente porque ella levantó el velo de sus lágrimas y se puso en disposición de escuchar. Ya todo fue distinto. ‘¡Maestro!’ fue su grito y su impulso para tirarse a los pies de Jesús. Había escuchado y lo había encontrado. Y a partir de ese momento se convertiría en la primera portadora de evangelio, de la buena noticia de que Jesús había resucitado. Era lo que a partir de ese momento ya comenzó a ser buena noticia corriendo al encuentro con los demás discípulos para transmitirles lo que había oído a Jesús. ‘Vayan a Galilea y allí me veréis’. Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio.

Nos puede llevar a hermosas consideraciones; que en esas oscuridades de la vida no solo busquemos sino escuchemos porque es la forma de escuchar el silbido de la luz y entonces podremos dejarnos iluminar. Interiorizar no es solo ponernos dar vueltas y más vueltas a las amarguras que ya llevamos en el alma, es querer ponernos a sintonizar, a escuchar esa voz que detrás de todo eso nos habla, que traspasará lágrimas y angustias, que descorrerá velos que nos encierran en nosotros mismos, que nos llevará a caminos nuevos y a vida nueva.

Es también el camino de nuestra fe cuando tantas veces nos vemos aturdidos por dudas y por miedos, no es por nosotros mismos cómo vamos a encontrar esa fe o a encontrar esas razones para creer; hemos de sentir y escuchar al que viene a nuestro encuentro, dejar un margen grande de confianza para poder salir de nuestros desencantos, para escuchar esa voz de Dios que nos habla al corazón. María Magdalena supo escuchar su nombre porque reconoció esa voz; Dios también nos llama por nuestro nombre y no podemos confundirnos porque tiene una manera especial de pronunciar nuestro nombre, porque Él bien conoce nuestra vida y donde están nuestros desencantos.


viernes, 3 de julio de 2026

Abramos los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe

 

Abramos los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe

 Efesios 2, 19-22; Salmo 116; Juan 20, 24-29

‘Si no lo veo, no lo creo’, decimos también nosotros muchas veces en la vida tomando esta expresión que manifiesta las dudas de Santo Tomás, aunque nosotros no siempre lo hacemos en una referencia de fe en lo sobrenatural sino en esas cosas de nuestra vida de cada día. Es la actitud de reserva y en cierto modo de desconfianza ante algo que nos cuentan que haya sucedido y que nos parece inverosímil, en algo que ha hecho alguien al que consideramos incapaz de realizar tales cosas. 

¿Necesitamos palpar con nuestras manos? ¿que lo veamos con nuestros propios ojos? Ponemos en duda la credibilidad de quien nos cuenta algo muchas veces quizás también desde nuestros orgullos personales, de nuestro amor propio porque no fuimos nosotros capaces de hacerlo, o porque no tuvimos la experiencia que tuvieron otros.

¿Algo así le estaría pasando al apóstol? Habían, es cierto, pasado por una experiencia dura que a cualquiera lo desestabilizaría; cuando estamos así, no sabemos qué hacer ni qué pensar, nos encerramos para que nadie nos vea o nos encuentre o nos echamos a caminar. Tomás se había ido a caminar y en esa ocasión Jesús resucitado se les manifestó; Tomás no estaba con ellos. El primer saludo que se va a encontrar a su vuelta es la noticia de que Jesús había estado allí con ellos, ‘hemos visto al Señor’, le dicen, pero su reacción no podía ser otra, ahora no creía en nada, ni siquiera en aquello que sus compañeros llenos de alegría por su encuentro con Jesús ahora le contaban.

Aún pesaba en su corazón la experiencia del dolor y de las esperanzas que habían perdido. ahora necesitaba algo más que unas palabras entusiasmadas de otros que habían tenido nuevas experiencias. El quisiera quizás tenerlas también aunque no se atrevía a manifestarlo claramente, como nosotros cuando andamos confusos, queremos algo pero nos da miedo manifestarlo porque nos parece una derrota para nuestro amor propio.

La experiencia la iba a tener. como nos narra el evangelista a los ocho días, estando igualmente con las puertas cerradas, y en esta ocasión Tomás con ellos, se manifestó de nuevo Jesús. ¿Era verdad o solo eran sueños e imaginaciones? Pero Jesús se acercó a él sin reproches, solo queriendo que hiciera aquello que había manifestado querer hacer para creer. ‘Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado…’ No seas incrédulo, le viene a decir Jesús, confía, despierta tu fe, aquí lo puedes experimentar.

No necesitó meter su dedo en las llagas de las manos, ni su mano en la llaga del costado. Era su corazón el que ahora estaba sintiendo y se caían todas las escamas de sus ojos y de su corazón. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, fueron sus únicas palabras con lo que lo estaba diciendo todo. Sí un día había sido hermosa la confesión de Pedro allá en Cesarea de Filipo porque el Padre se lo había inspirado en su corazón, hermosa era ahora la confesión de fe de Tomás. Porque Tomás estaba teniendo la experiencia del encuentro con el Señor resucitado. 

Es lo que hará crecer la fe, es lo que hará que la fe se vuelva expansiva, es lo que nos llevará a contagiar de nuestra fe a los demás, porque no hablamos de cosas aprendidas o recibidas de otros, sino por lo que en lo hondo de nuestro corazón hemos vivido y experimentado. 

Somos cristianos demasiado del catecismo y la doctrina y poco de la experiencia por eso seremos tan poco convincentes; si experiencias tenemos, y seguro que en la vida hemos tenido momentos intensos de fe, sin embargo somos poco dados a comunicarlas; no hablamos de lo que vivimos, de lo que experimentamos dentro de nosotros; tenemos que ser más una comunidad, una iglesia que comparte sus experiencias, lo que vivimos, porque será como de verdad estaremos transmitiendo la fe, contagiando de la fe, entusiasmando con nuestra fe. 

Porque no compartimos de verdad lo que llevamos dentro luego nuestras celebraciones se hacen frías y rituales, pierden alegría y entusiasmo, nuestro cántico de alabanza al Señor se convierte en un mero rito. Reavivemos nuestra fe haciendo que cada celebración sea un encuentro vivo con el Señor. 

Abramos de verdad los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe.

martes, 30 de junio de 2026

Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere decirnos y despertar en nuestro corazón



 Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere  decirnos y despertar en nuestro corazón

Amós 3, 1-8; 4, 11-12;Salmo 5;Mateo 8, 23-27

Todos habremos pasado alguna vez por la dura experiencia de tormentas que envuelven nuestra vida y el miedo nos aborda y nos sobrecoge. Reciente tenemos porque aún se está viviendo la tragedia que está sufriendo el pueblo venezolano con los terremotos acaecidos en estos días con sus devastadoras consecuencias; intentamos ponernos en la piel de los que lo están sufriendo que se sienten indefensos y abandonados, con pérdida de esperanzas y sin saber cómo afrontar esos malos momentos y un día encontrar luz para su situación. Seguro que en sus corazones está también ese grito desgarrador elevado al cielo, como la de aquellos pescadores que se sintieron indefensos en medio de la tormenta y les parecía que Dios dormía.

Podemos unir una y otra cosa en esta reflexión que nos hacemos del evangelio que hoy se nos ofrece, porque también muchas lecciones podemos sacar para nuestra vida. Aquellos pescadores avezados por otra parte a aquellos mares y tormentas se sentían sin embargo angustiados porque habían perdido la confianza. Les parecía que a Jesús no le preocupaba su situación. Sin embargo pedían ‘¡Señor, sálvanos que perecemos!’.

Por eso la reacción de Jesús cuando lo despiertan. ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’. Por muy duras que sean las tormentas, por muy fuerte que sea la soledad e indefensión que sintamos, por muy oscura que se vuelva la noche de la vida, Dios está ahí. Y Dios se va a manifestar de alguna manera junto a nosotros para que se renueve otra vez nuestra fuerza interior, para que aprendamos de nuevo a confiar, para que sepamos leer las señales que Dios va poniendo a nuestro lado y sepamos entonces sentirnos arropados por su amor. 

Muchas veces quizás la prueba se alarga y no llegamos tan pronto a reconocer esas señales, pero en la prueba tenemos que aprender a confiar y no perder la esperanza; quizás después de que pase toda la tormenta nos daremos cuenta cómo Dios ha estado actuando en nuestra vida y por eso no hemos perdido la paz en el corazón, nos manteníamos firmes en nuestra lucha buscando caminos, buscando horizontes; detrás de muros que nos parecían infranqueables había quizás alguien que pensaba en nosotros y derramaba lágrimas con nosotros aunque no nos diéramos cuenta.

Siempre pueden surgir brotes de solidaridad donde pensábamos que todos eran insensibles, siempre habrá una mano llena de cariño que se pose sobre nuestro hombro para decirnos que están con nosotros aunque parezca que nada pueden hacer; siempre habrán buenos corazones llenos de ternura y compasión para sufrir con nosotros y ofrecernos el consuelo de su presencia. Detrás de esa tormenta también hay algo que el Señor quiere decirnos, quiere despertar en nuestro corazón. Sepamos leer esas señales de Dios.

Un día la tormenta desaparecerá y volverá la paz, y nos sentiremos nuevos y renovados y quizás también se mueven nuestros corazones para que desde la lección aprendida seamos capaces también de ser ese paño de lágrimas para quienes a nuestro lado están pasando esas situaciones difíciles.

Comenzábamos nuestra reflexión con una referencia a lo que sucede en estos momentos en Venezuela y todo esto que venimos reflexionando para esas nuestras tormentas personales lo podemos trasladar como un gesto solidario que el sufrimiento que en estos días los embarga. No somos insensibles ante lo que sucede porque podemos contemplar la solidaridad que por todas partes está aflorando. 

Pidamos a Dios que no les falte fortaleza en esta dura encrucijada y no pierdan la esperanza y de alguna manera vaya llegándoles los frutos de esa solidaridad en las ayudas que necesitan. Que no se sientan abandonados de Dios porque hay muchos corazones que les aman y les harán presente ese amor de Dios.


lunes, 29 de junio de 2026

Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad



 Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad

Hechos 12, 1-11; Salmo 33; 2 Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

En nuestra Diócesis tenemos la reciente visita del Papa a nuestra tierra, como a otros lugares de España. Más que el espectáculo mediático favorecido también mediante las retransmisiones minuto a minuto por los medios de comunicación y el fervor de tantos que se acumulaban a su paso o participaban en los diferentes encuentros, hay algo que va más allá de todo eso, porque no es simplemente recibir a un personaje importante, popular, carismático que atrae la curiosidad y la presencia de tantos que quisieron estar cerca del Papa, sino lo que para nosotros los cristianos significa su figura y su presencia. 

Nos ayuda a reflexionar en ello en que ahora a los pocos días estemos celebrando la fiesta de San Pedro y San Pablo. Aquel Simón Pedro, sencillo pescador del mar de Galilea a quien un día jesús le dijera ‘tú eres Pedro, y sobre esta piedra (jugando así con el significado del nombre y la palabra piedra) edificaré mi Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Ahí está señalando cuál era la misión de Pedro. como más tarde junto al mar de Galilea volviera Jesús a mantener su confianza en la misión que le había confiado. Tras la triple pregunta sobre su amor a Jesus le confiará ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, como un día le dijera también que iba a ser pescador de hombres.

Había habido una confesión de fe muy hermosa, tras las preguntas de jesús sobre lo que pensaba la gente y sobre lo que pensaban ellos de Él. Una hermosa confesión de fe que Jesús le dirá que sí ha sido capaz de pronunciarla es porque el Padre de los cielos se la ha inspirado en su corazón. Por eso le dirá en otra ocasión, cuando las dudas comenzaban a amenazar el corazón de Pedro, cuando parecía que los momentos se ponían difíciles porque incluso a Pedro le costaba aceptar lo que jesús anunciaba de lo que iba a ser su Pascua, cuando se iba resbalando por la pendiente que le llevaría a la negación, ‘Mantente firme, para que recuperes y confirmes la fe de tus hermanos’.

Yo diría que es la experiencia en el fondo que hemos vivido estos días con la visita del Papa a nuestra tierra. Es cierto que venía para ser un grito que clamara al cielo por la situación de tantos emigrantes que llegan a nuestras tierras, pero fue también la presencia reconfortante que venía a poner en valor la respuesta de acogida de quienes los reciben y buscan salida respetuosa para esas personas, muchas de las cuales incluso han perdido su vida en las peligrosas travesías. 

Pero era la presencia de Pedro que venía a reconfortarnos en nuestra fe, que venía a alentar nuestra esperanza por ese mundo nuevo que tenemos que estar comprometidos a entre todos realizar, que venía a avivar esos rescoldos de amor y de solidaridad que tienen que envolver nuestras vidas y que se tienen que convertir en hogueras de vida entre los que nos rodean. 

Su presencia, su palabra, su cercanía, su permanente sonrisa estaba recordándonos lo que es el amor que Dios derrama en nuestras vidas, pero era también una invitación a hacer camino porque es la tarea que los cristianos tenemos que hacer en medio de nuestro mundo. Ojalá se haya caldeado suficientemente nuestro corazón para abrirnos a una fe más intensa y más comprometida, para seguir derrochando todos esos hermosos gestos de solidaridad y de generosidad con los que hemos de envolver nuestras vidas. 

Le preguntaba Jesús a Pedro por su amor y al mismo tiempo le confiaba cómo había de crecer en ese amor porque de todos tenía que ser pastor. El pastor cuida de sus ovejas y las alimenta ofreciéndo los mejores pastor, pero el verdadero pastor lleva a sus ovejas en su corazón, porque a todas las conoce por su nombre y todas conocen también su voz. ¿Será así cómo nos sentimos?