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viernes, 25 de septiembre de 2026

Tenemos que saber caminar con Jesús por la Cesarea de nuestro mundo de hoy reconociéndolo, es cierto, como Mesías pero escuchando también que el Hijo del hombre tiene que padecer y morir

 


Tenemos que saber caminar con Jesús por la Cesarea de nuestro mundo de hoy reconociéndolo, es cierto, como Mesías pero escuchando también que el Hijo del hombre tiene que padecer y morir

Eclesiastés 3, 1-11; Salmo 143;  Lucas 9, 18-22

Hay ocasiones en que el entusiasmo de muchos provoca arrebatos en nuestras posturas, en las decisiones que tomamos, en nuestros comportamientos de los que al final ni terminamos de ser conscientes de verdad qué es lo que buscábamos, qué es lo que nos entusiasma, o incluso las medias locuras que llegamos a hacer como consecuencia de ese entusiasmo colectivo que en cierto modo nos arrastra.

Siempre necesitamos algo o alguien que nos haga detenernos, que nos haga ser conscientes de lo que estamos haciendo para que nuestros actos sean verdaderamente racionales, que no nos ofusquemos en esos entusiasmos colectivos sino que en verdad sean maduras, verdaderamente razonables y humanas las decisiones que tomemos, aunque esto signifique en ocasiones que parece que andamos a contracorriente porque estamos tomando posturas que no siempre son comprendidas.

Creo que a estas alturas de evangelio Jesús quiere hacernos hacer una pausa, un detenernos para rumiar muy bien las decisiones que vamos tomando, para que no nos llamemos a engaño, para que clarifiquemos muy bien lo que queremos y lo que decidimos.

Hoy parece que ha llegado ese momento. Ahora están incluso fuera de los territorios propiamente de Palestina y por aquí no son tantos los entusiasmos por Jesús. Es el momento de hablar, de reflexionar, de aclarar posturas, de saber bien a qué nos atenemos. Están cerca de Cesarea de Filipo en los nacientes del Jordán donde uno de los Herodes para congraciarse con los césares ha mandado edificar esta ciudad. Pero lo de menos es la importancia del lugar, sino la importancia del momento. Jesús comienza a hacer preguntas comprometedoras. ¿Qué piensa la gente del Hijo del Hombre? Conocidos son los entusiasmo que se provocan tras los milagros y los signos que va realizando. Todo parece algo nuevo y el sufrimiento se va transformando en aquellos corazones que comienzan a llenarse de esperanza. Las reacciones de las gentes son diversas y la percepción que van teniendo de quien puede ser Jesús es distinta; cada uno lo puede ver según el color de su cristal, de sus sueños, de sus expectativas, de lo que haya podido haber recibido. Lo miran como profeta, como alguien muy grande como aquellos profetas antiguos, ven casi una reencarnación de Juan Bautista a quien recientemente Herodes ha mandado decapitar. Son muy variadas las reacciones y así se lo van haciendo saber a Jesús recogiendo algunas de aquellas aclamaciones que la gente hacía cuando veían cosas extraordinarias y sobrenaturales en el quehacer y en la presencia de Jesús.

Pero la reflexión que Jesús quiere que hagan tiene que ir mucho más allá que expresar las opiniones de otros. Son ellos, los que están más cerca de Jesús los que tienen que definirse. ‘Vosotros, ¿quién decís que el Hijo del Hombre?’ Las respuestas se hacen más difíciles de dar y parece que nadie quiere tomar la delantera. Pero hay alguien siempre decidido que no quiere sin embargo quedarse atrás. ‘Tú eres el Mesías’, aclarará Pedro. ¿Podrán todos hacer semejante afirmación? Claro que todos comenzaban a verlo así; es sus corazones reinaban ya nuevos sentimientos aunque aún estuvieran llenos de miedos y afloraban con demasiada frecuencia sus ambiciones para ese Reino que Jesús anunciaba que aun así no terminaban de verlo claro.

Pero también podrían surgir por medio las confusiones con las ansias y sueños que ellos tenían para su pueblo cuando llegase la hora del Mesías. Por eso Jesús en este momento de confidencias y de profundizaciones quiere poner claramente los puntos sobre las íes. El Hijo del Hombre tiene que padecer. Un jarro de agua fría que parecía que les echaba por tierra todas sus esperanzas. Ese mundo nuevo que Jesús quiere construir no va a ser fácil, porque además encontrará mucha oposición. Y es lo que Jesús les está anunciando, aunque ellos no lo terminan de asimilar. A nadie le gustan los contratiempos, que nos lleve la contraria o quieran hacernos ver caminos distintos a los del triunfo que todos deseamos.

¿No será algo que nos sigue sucediendo hoy cuando nos ponemos lejos de algo que nos pueda hacer sufrir? ¿No buscaremos nosotros también triunfos fáciles y un camino de laureles? ¿No estaremos acomodando muchas veces nuestro ser la Iglesia de Jesús a esos reinos de nuestro mundo tan llenos de vanidades y fantasías? Es incluso el lenguaje que muchas veces hemos empleado, algunos signos de poder y de gloria que queremos seguir manifestando y usando, tantas coronas de mucho brillo con que queremos seguir representando muchas cosas de nuestra fe y de nuestra Iglesia.

¿No tendríamos que detenernos a pensar muy bien estas cosas que hoy Jesús nos está plateando en el evangelio?


jueves, 20 de febrero de 2025

Necesitamos nosotros irnos ‘de paseo’ con Jesús, tener un tiempo para estar a solas con El, escuchar sus confidencias y desahogarnos con El

 


Necesitamos nosotros irnos ‘de paseo’ con Jesús, tener un tiempo para estar a solas con El, escuchar sus confidencias y desahogarnos con El

Génesis 9,1-13; Salmo 101; Marcos 8,27-33

Seguro que más de una vez o lo hemos hecho o nos ha sucedido, un amigo tenía ganas de hablar con nosotros, o igualmente éramos nosotros los que teníamos ganas de estar con esa persona y charlar y hemos dicho vamos a dar un paseo; una ocasión para una conversación distendida, para compartir cosas que nos suceden, para sacar de nuestros pensamientos lo que quizás no hablamos con todo el mundo, oportunidad para un desahogo, decir algo que teníamos ganas de soltar desde hacía tiempo y no sabíamos como; nos sentamos bajo un árbol, alrededor de un café en una mesa, en una piedra del camino, o simplemente caminamos, pero hablamos.

Es la composición de lugar que me hago al escuchar el pasaje del evangelio que se nos ofrece hoy. Jesús se lleva a sus discípulos a ‘un paseo’ bastante largo, porque casi se salen de las fronteras de Palestina llegando a Cesarea de Filipo; ya en otras ocasiones vemos que Jesús hace lo mismo, porque se los lleva a lugares descampados, o sube con algunos a alguna montaña alta en medio de las llanuras y valles de Galilea.

Una oportunidad para las confidencias y los desahogos, un poco también para analizar de alguna manera la reacción que la gente está teniendo ante la predicación de Jesús, de ahí las preguntas que surgen, ‘¿qué dice la gente del Hijo del Hombre?’ y los discípulos se van expresando; pero Jesús quiere llegar más hondo en el compartir, no es solo lo que la gente piensa sino lo que ellos piensan. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’.

Preguntas con las que se queda uno callado sin saber qué responder, porque es necesario expresar lo que sentimos, lo que de verdad pensamos. Poniendo imaginación me veo a los discípulos mirándose unos a otros a ver quién es el que comienza a hablar. No se trata ya de lo que dice la gente, sino de lo que dicen ellos. Y vemos que será Pedro el primero que salte con palabras, como le dirá Jesús, que salen de su corazón, pero que es el Padre del cielo el que las ha puesto en su corazón. Pedro está hablando con el corazón en la mano, dejándose llevar por el amor que siente por Jesús, como en otro momento también manifestará, pero dejándose llevar sobre todo por el Espíritu de Dios.

Una hermosa confesión de fe, pero que dará pie para que Jesús les quiera hacer comprender de verdad lo que significan esas palabras que ha pronunciado Pedro; y les habla de cuánto le va a suceder, les está anunciando su pasión aunque ellos no lo quieren comprender y ya Pedro también tratará de convencer a Jesús que eso no le puede suceder a El.

¿No necesitaríamos nosotros también irnos ‘de paseo’ con Jesús? ¿No necesitaremos tener un tiempo para estar a solas con El? Ese tiempo de intimidad y de confidencias, ese tiempo para abrir el corazón y expresar todo lo que llevamos dentro, pero también para escuchar la confidencia de Jesús, lo que Jesús también nos quiere confiar, decir, explicar para abrirnos caminos, para hacernos ver la grandeza de nuestra fe, para que aprendamos a mirar alrededor, para que nos dejemos llenar también por el Espíritu de Dios, para que al final también nosotros digamos como los discípulos de Emaús cómo nos ardía el corazón mientras nos explicaba las Escrituras.

Quizás algunas veces no lleguemos a comprender todo lo que quiere decirnos, nos puede asustar de algún modo las sugerencias que nos hace, estaremos también tentado a replicarle que esas cosas no pueden pasar, como le replicaba Pedro, que solo en la confianza de la intimidad podemos hacer, pero finalmente nos dejaremos llevar por Jesús y su Palabra y aceptaremos también el camino que nos ofrece aunque nos cueste. Tenemos la certeza de que estando con El también nos vibrará nuestro corazón y podremos luego sacar lo mejor de nosotros mismos. Alguna vez habremos pasado por esa experiencia, pero al final hemos sentido su paz en nuestro corazón. Vayamos a estar con Jesús que El también quiere estar con nosotros.

 

martes, 22 de febrero de 2022

La respuesta que demos a lo que significa Jesús para nosotros es el anuncio que tenemos que hacer en medio de la sociedad neopagana en la que vivimos ¿nos entenderán?

 


La respuesta que demos a lo que significa Jesús para nosotros es el anuncio que tenemos que hacer en medio de la sociedad neopagana en la que vivimos ¿nos entenderán?

1Pedro 5, 1-4; Sal 22; Mateo 16, 13-19

No hace muchos días hemos escuchado el texto paralelo del que hoy se nos ofrece según el evangelista san Mateo con motivo de la fiesta litúrgica de la Cátedra de san Pedro.


Jesús que marcha a lugares apartados con sus discípulos y que son momentos, como reflexionábamos entonces, de una mayor intimidad entre Jesús y sus discípulos. De ahí esa doble pregunta que se nos ofrece hoy también en el evangelio, sobre lo que pensaban los demás del Hijo del Hombre y sobre lo que realmente piensa sus discípulos, aquellos que ha escogido de manera especial y que van a ser luego sus enviados por todas partes para hacer el anuncio del evangelio.

Hoy quisiera detenerme en una circunstancia que nos ofrece el evangelio y que puede tener una aplicación muy efectiva sobre el mismo momento que nosotros estamos viviendo. En esta ocasión Jesús ha marchado casi fuera del territorio palestino, pero está junto a una ciudad pagana, Cesarea de Filipo. Como el mismo nombre indica es una ciudad levantada como un homenaje al Cesar, una ciudad con muchas connotaciones de lo que tendría que ser una ciudad bajo el imperio romano; una ciudad en la que se daba culto a los ídolos de Roma y en su honor habría muchos templos levantados, pero donde el mismo César, el mismo emperador era considerado como un dios al que le daban culto.

Y es ahí, en esa connotación geográfica y social donde surge la doble pregunta de Jesús entonces. ‘¿Quién dice le gente que es el Hijo del Hombre?... Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ ¿Podrían hablar en aquel lugar con un sentido que todos entendiesen que Jesús era el Mesías, el enviado de Dios? ¿Cómo podría sonar este mensaje a los oídos de aquellas gentes tan acostumbradas a oír hablar de diferentes dioses, pues tenían dioses para todo? Dioses para el amor y el sexo como dioses para la guerra, dioses que bramaban por así decirlo en las profundidades de los mares, o dioses que aparecían por encima de las tormentas, dioses de la familia – los lares familiares – y dioses para el comercio… ¿Qué podría significar de nuevo para ellos que les hablases de que Jesús también era Dios? No era fácil en lugares así el anuncio del evangelio de Jesús con todo su significado y sentido.

Pero decíamos que este evangelio puede tener una aplicación muy efectiva al momento presente, al momento que hoy estamos viviendo. ¿Se diferenciarán en mucho nuestras ciudades, nuestra sociedad de aquella sociedad pagana que hemos visto personificada, por así decirlo, en la ciudad de Cesarea de Filipo? ¿No viviremos ciertamente en una sociedad que digamos lo que digamos es una sociedad secularizada, donde el elemento religioso está dejando de tener relevancia, pero más aun una sociedad pagana que vive también apegada a sus dioses, a sus ídolos, llámense también dinero o sexo, guerra o tantas otras vanidades a las que adoramos también como dioses de nuestra vida?

Y yo diría que ahí, en medio de esa sociedad en la que vivimos, y que esa es la triste realidad, porque ya se ha perdido un verdadero sentido religioso, se vive la vida con poca trascendencia, donde sustituimos nuestra espiritualidad cristiana por cualquier moda que venga de cuanto más lejos mejor para que nos resulte más exótica, donde ya es normal encontrarnos a jóvenes y a no tan jóvenes a los que no dice nada el hecho religioso, no les dice nada la religión, no les dice nada la fe, y viven sin Dios prescindiendo de todo lo que suene a espiritual o cristiana. Te lo dicen claramente estoy bautizado porque mi abuela se empeñó en que me bautizaran, hice la primera comunión porque todos los niños la hacían y era una fiesta bonita en aquella edad, o yo no estoy bautizado pero nada me pregunto sobre Dios o la religión porque no me dice nada.

Y en medio de ese mundo hoy nos resuenan las preguntas de Jesús, la doble pregunta. ¿Cuál sería la respuesta? A la primera ya lo vemos claramente si queremos ser sinceros, pero a la segunda que nos pregunta directamente a nosotros lo que pensamos de Jesús, ¿qué le responderíamos? Porque dependiendo de la respuesta que demos es lo que luego tenemos que ir a anunciar a esas gentes que nos rodean y en esas condiciones de neopagismo que vive nuestra sociedad.

¿Qué es lo que creemos de Jesús y que tenemos que decir a nuestra gente contemporánea?

jueves, 17 de febrero de 2022

Nuestra vida cristiana es hacer camino con Jesús con todas sus consecuencias confesando nuestra fe en El pero aceptando lo que ese camino tiene de Pascua

 


Nuestra vida cristiana es hacer camino con Jesús con todas sus consecuencias confesando nuestra fe en El pero aceptando lo que ese camino tiene de Pascua

Santiago 2, 1-9; Sal 33; Marcos 8, 27-33

Hacer un camino juntos es mucho más que recorrer unos kilómetros para ir de un lado a otro; el caminar juntos en un esfuerzo compartido para hacer un recorrido nos da pie a hondas conversaciones, a confidencias porque parece que se nos escapan del corazón aquellas cosas que hemos vivido y llevamos dentro; creo que todos de una forma u otra tenemos esa experiencia, cómo llegamos a hondas conversaciones, a una comunicación con aquella persona que va con nosotros que quizás en otros momentos no hubiéramos sospechado.

Afloran los recuerdos, se reviven sentimientos, compartimos ilusiones y sueños, compartimos lo que son metas o ideales, expresamos lo que son nuestros gustos o deseos igual que aquello que no nos agrada, sale lo mejor que llevamos dentro de nosotros aunque también podamos hacer confidencias de sombras que nos pueden nublar el corazón por cualquier motivo. Hacer un camino es algo más que recorrer unos pasos, porque al final es el camino de nuestra vida el que vamos compartiendo.

Hoy nos dice el evangelio que Jesús iba de camino con sus discípulos. Quiere decirnos algo más de que se estaban trasladando de un lugar ahora como solían ir de pueblo en pueblo predicando. Vemos que en ocasiones Jesús se va por lugares que no era habitual, y no se ve una razón, por así decirla apostólica, para ir a esos sitios. Ahora andan casi en las fronteras de Palestina, por la región de Cesarea de Filipo. Momentos de intimidad, momentos de preguntarse por el camino que están haciendo, momentos de preguntarse por el sentido de cuanto está sucediendo, momentos en que van a salir a flote cosas hermosas, aunque pudieran aparecer sombras y dudas.

La pregunta de Jesús es directa. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ ¿A qué venía esa pregunta? Es Jesús que quiere saber – aunque El bien lo sabe – lo que hay en su corazón, aunque pudiera parecer una pregunta indirecta. Muchas veces el evangelista lo ha ido expresando, de la admiración que sentía la gente por Jesús. Lo miraban como un profeta, como alguien venido de Dios o que tiene a Dios consigo, como diría un día Nicodemo. Y los discípulos van soltando las opiniones de la gente. ‘Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas’.

Pero la pregunta de Jesús quiere ir más allá, más a lo hondo de ellos mismos. Están siempre con Jesús, lo ven más de cerca por decirlo de alguna manera, escuchan sus palabras y tienen momentos intensos de mayor intimidad como el que ahora están teniendo. Por eso la pregunta es directa. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy?’

Podemos imaginar el silencio que reinaría en esos momentos, como suele suceder cuando nos hacen una pregunta directa en la que tenemos que implicarnos en la respuesta. Se cruzarían las miradas. Pero allá saltará Pedro enseguida. ‘Tú eres el Mesías’.

Continúan los intercambios desde el corazón. Jesús no quiere que difundan esa respuesta. Ya sabemos, las interpretaciones que se podría hacer la gente. Pero a ellos Jesús quiere decirles algo más. Acepta la respuesta de Pedro pero viene a decir algo muy importante Jesús. ‘Y empezó a instruirlos: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días. Se lo explicaba con toda claridad’. 

Pero esto es como un jarro de agua fría. Se habían ido entusiasmando con la conversación, se sentían satisfechos con la respuesta de Pedro. Era lo que todos intuían, porque de alguna manera el Espíritu se los iba revelando en su corazón. Pero ahora no entienden lo que Jesús quiere decirles. De alguna manera parece que eso defrauda sus esperanzas, las ilusiones de lo que ellos pensaban que sería el Mesías.

Y de nuevo será Pedro el que tome la iniciativa y se lleve a Jesús aparte para quitarle eso de la cabeza. Pero Jesús le rechaza. Es una tentación para El. Son palabras fuertes las que le dice a Pedro. Cuanto cuesta aceptar la pasión, el dolor, la muerte. Aunque Jesús les habla también de resurrección. Es el camino que tienen que seguir haciendo con Jesús, aunque les duela, aunque les cueste, pero el proceso será largo y solo verán la luz después de la resurrección y se llenen del Espíritu de Jesús.

Hagamos nosotros camino. También hay momentos de entusiasmo, como los habrá de sombras y de dudas. Tiene que haber momentos de intimidad con Jesús para impregnarnos de su presencia y de su Palabra; aflorarán nuestras dudas, nuestros interrogantes internos, nuestras oscuridades, nuestros miedos. También nos costará aceptar el camino que Jesús nos propone, pero tenemos que estar dispuestos a seguirle; tenemos que andar con cuidado para que las tentaciones que nos vienen del mundo que nos rodea no nos afecten, no nos aparten del camino, para que sepamos comprender lo que hay siempre de pascua en nuestra vida.

Nuestra vida cristiana es hacer camino con Jesús con todas sus consecuencias.

 

sábado, 29 de junio de 2019

Con Pedro queremos caminar débiles como él, pero con Pedro queremos saborear el amor de Dios que solo nos pide que amemos con toda intensidad y sigue confiando en nosotros



Con Pedro queremos caminar débiles como él, pero con Pedro queremos saborear el amor de Dios que solo nos pide que amemos con toda intensidad y sigue confiando en nosotros

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Tim. 4, 6-8. 17-18; Mt. 16, 13-19
‘Simón, ¿me amas?... ¿me amas más que estos?’ Así hasta tres veces. Fue allá junto al lado. Muchas cosas habían pasado desde que un día allá en Cesarea de Filipo Pedro había hecho una hermosa confesión de fe. Si ya en el primer encuentro, cuando su hermano Andrés se lo presentó a Jesús, le había cambiado el nombre, diciéndole que se llamaría Cefas, Pedro, porque iba a ser la piedra de la Iglesia, en Cesarea después de aquella confesión de fe que le había proclamado como el Hijo de Dios, Jesús le había dicho ya definitivamente que era Pedro, y que las fuerzas del abismo no podrían contra la Iglesia.
En medio momentos de fervor como para decir que no había nadie más a quien acudir por solo Jesús tenia Palabras de vida eterna; pero también le había costado aceptar los anuncios de pasión que Jesús les iba haciendo, tratando incluso de disuadirlo de que subiera a Jerusalén si allí había de sucederle cuanto estaba anunciando. Siempre caminando junto a Jesús, aunque las subidas fueran costosas porque contemplaría así la gloria de Dios que en Jesús se manifestaba. Detrás de Jesús había subido a Jerusalén, aunque doloroso parecía ser aquel camino. Y estaba dispuesto a todo, como un día había dejado la barca y las redes, dispuesto incluso a dar la vida por Jesús, pero había unas sombras en el horizonte. Le costaba entender la pasión y tuvo miedo, se acobardó ante una criada y había negado a Jesús.
A pesar de su dolor, que era ya el que llevaba en el alma por su negación, había corrido hasta el sepulcro para comprobar que la piedra estaba corrida y allí no estaba el cuerpo del Señor Jesús. La Escritura nos dirá que había merecido una aparición especial de Jesús, pero finalmente se había ido a Galilea y había cogido de nuevo las riendas de la barca para pescar. Como en la otra ocasión en ese mismo lago no habían cogido nada en la noche; al amanecer alguien desde la orilla les señalaba por donde habían de echar la red y como entonces se había confiado de la palabra de Jesús ahora también había confiado y la redada había sido también grande.
Quizás el dolor que permanecía en su corazón le impedía vislumbrar quien era en verdad el que estaba a la orilla, pero ante la insinuación del discípulo amado de Jesús se había tirado al agua tal como estaba para llegar a los pies de Jesús. Y allí estaba, no había habido reproches por sus dudas y por sus miedos, por su negación y su pecado, sino que Jesús solamente le preguntaba por su amor. Tres veces le había preguntado y tres veces le decía que lo amaba, que Jesús que lo sabia todo conocía bien que él lo amaba. Y quien un día había sido prometido como piedra ahora era constituido pastor. ‘Apaciendta mis ovejas, apacienta mis corderos’, le decía Jesús.
Quiero ver una cosa que me parece bien hermosa. Un hombre débil y pecador que incluso había llegado a negar conocer a Jesús, un hombre apasionado en su amor que por encima de sus debilidades seguía prometiendo amor y prometiendo fidelidad. Y al mismo tiempo quiero ver a un Dios que confía; sí, que confía en el hombre aunque lo sabe débil; que confía en el hombre a pesar de que en su debilidad habría cometido muchos disparates y locuras, pero allí estaba prometiendo amor, porfiando amor. Es el Dios que confía en mí y en ti, que confía en nosotros a pesar de nuestras debilidades y pecados, porque a pesar de todo sabe de nuestra capacidad de amor que Dios mismo aumentará dándonos su Espíritu.
A los hombres nos cuesta entender esto. No confiamos, retiramos con facilidad nuestra confianza, ya no dejamos hacer a quien un día pudo tener un tropezón. Pero ese no es e estilo de Dios y no tendría que ser nuestro estilo. Cuanto tenemos que aprender de Dios, de su amor, de su confianza y su apuesta por nosotros; por una parte para que tengamos la fuerza de levantarnos de nuestras debilidades, porque todos somos débiles, hasta el que se cree más santo; por otra parte para que con esa misma medida de Dios, con ese mismo talante de Dios miremos nosotros a los demás y también confiemos.
No nos dejemos contagiar por ese espíritu del mundo – que algunas veces se nos quiere presentar como la mejor rectitud y justicia – pero que no confía, que condena, que aparta, que discrimina para siempre al que algún pecado haya cometido. No se debe dejar contagiar la Iglesia por ese espíritu justiciero en muchas de sus actuaciones con los pecadores, que se parece bien poco con el Dios compasivo y misericordioso a quien tenemos que imitar como nos enseña y pide Jesús; pareciera a veces que la iglesia quiere competir con el mundo en sus estilos olvidándonos del estilo y del sentido de Dios.
Con Pedro queremos caminar porque nos sentimos débiles como él, pero con Pedro queremos saborear ese amor de Dios que solo nos pide que llorando, es cierto, nuestro pecado amemos con toda su intensidad porque Dios nos pide simplemente amor para que sigamos desarrollando la misión que quiere confiarnos.

jueves, 20 de febrero de 2014

Tratemos de confessar con hondo sentido nuestra fe en Jesus como el Ungido de Dios y nuestro Salvador



Tratemos de confesar con hondo sentido nuestra fe en Jesús como el Ungido de Dios y nuestro Salvador

Sant. 2, 1-9, Sal. 33; Mc. 8, 27-33
‘¿Quién dice la gente que soy yo?... y vosotros, ¿Quién decís que soy?’ En esta ocasión están casi fuera de las tierras de la Palestina judía; en los alrededores de Cesarea de Filipo, cerca de las fuentes del Jordán.
Es una ocasión propicia ahora que no están tan rodeados de gentes que acuden de todas partes hasta Jesús, para estando a solas con los discípulos mas cercanos entrar en un momento de confidencias, por así decirlo, y de una conversación de mayor intimidad. Y surgen las preguntas sobre lo que la gente piensa de Jesús y los mismos discípulos. Ya hemos ido escuchando a lo largo del evangelio las distintas reacciones de la gente ante la presencia de Jesús y lo que van manifestando.
Lo que ahora responden los discípulos no difiere de lo que ya san marcos nos había contando de los rumores y de la fama de Jesús que le había llegado a Herodes cuando nos narró la muerte del Bautista. Es lo que ahora responden los discípulos. ‘Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas’. Piensan en alguien del pasado, pues Juan Bautista ya ha muerto, Elías había sido arrebatado al cielo aunque ellos esperaban su vuelta, y de los profetas en que pensaban eran los antiguos.
Por eso insiste Jesús en aquellos que están mas cerca de El, qué es lo que piensan. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Y es Pedro el que se adelanta. ‘Tú eres el Mesías’, el Ungido de Dios. Pero ‘El les prohibió terminantemente decírselo a nadie’.
Pedro lo había reconocido. Como se nos relatará en el pasaje paralelo de Mateo, Jesús le dice que ‘eso no se lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino el Padre del Cielo’. Pero las gentes tenían su idea de lo que había de ser el Mesías y ese no era el sentido de Jesús.  La salvación que Jesús nos viene a ofrecer es algo mucho más hondo que la liberación de potencias extranjeras, porque la liberación y la salvación tiene que ser más profunda, más en el interior del corazón del hombre, aunque luego habrá de manifestarse en la forma de vivir.
Y ahora Jesús, en este momento de mayor intimidad con sus discípulos comenzará a explicarles cual es el sentido de su mesianismo y todo lo que le va a suceder. Será el Mesías, porque es el Ungido del Espíritu, como ya manifestara en la sinagoga de Nazaret, pero ha de pasar por la pasión, ha de pasar por la Pascua, como el Cordero que se inmolaba como un signo cada Pascua.
‘Y empezó a instruirlos, nos dice el Evangelista: El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días’. Les habla de su pasión, pero ellos no terminarán de entender. ‘Se los explicaba con toda claridad. Y Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo’. Eso no le podía pasar al Maestro; como diría más tarde allí estaba él para defenderlo si hiciera falta y hasta morir por Él,  aunque ya sabemos cuánto le duró la promesa. Ahora Jesús le dirá que lo está tentando, que se aparte de El. ‘¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!’
Y nosotros, ¿cómo pensamos? ¿Cuál es la idea que tenemos en la cabeza o tenemos en el corazón? ¿Cómo miramos a Jesús? Si antes decíamos que la gente de su tiempo pensaba en Jesús como de un personaje del pasado, también en nuestro tiempo, como ha sucedido a lo largo de todos los tiempos, hay diversas maneras de ver a Jesús. Para muchos se queda en eso, en un personaje del pasado, un personaje histórico quizá pero no llegan a descubrir la verdadera trascendencia de Jesús.
Pero no nos quedemos en lo que otros piensan, sino que nosotros tratemos de confesar con hondo sentido nuestra fe en Jesús. Sí, es el Ungido de Dios, porque es el Hijo de Dios y es nuestro Salvador. Es el rostro misericordioso de Dios que en su entrega hasta la muerte nos está manifestando cuánto es el amor que Dios nos tiene y ahí nos está descubriendo un sentido para nuestra vida. Nuestra fe en Jesús no se queda en pensar en alguien del pasado que incluso hiciera cosas grandes por nosotros.
Nuestra fe en Jesús tiene que llegar a descubrirle presente en nuestra vida y cómo nos llena de su gracia para hacernos vivir una vida nueva, la vida de los hijos de Dios. Que crezca más y más nuestra fe en Jesús; que contemplemos su Pascua que es su entrega de amor. Que no temamos seguir su camino, aunque para nosotros haya pascua también muchas veces en nuestra vida, porque tengamos que pasar también por la pasión y la muerte, pero sabemos que para nosotros es la resurrección, es la vida nueva, es la gracia que nos hace hijos de Dios.