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domingo, 21 de noviembre de 2021

Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

 


Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33b-37

Cuando llegamos al último domingo del año litúrgico – entramos en la última semana puesto que ya el próximo domingo iniciamos otro ciclo con el Adviento – la liturgia nos propone esta fiesta de Cristo Rey del universo como resumen y conclusión de todo lo que han sido las celebraciones a lo largo del año, celebrando el misterio de Cristo.

Es una fiesta realmente reciente en la liturgia de la Iglesia, pues se inició en el primer tercio del siglo pasado, aunque su celebración tenía lugar en el último domingo de octubre; fue con la reforma del año litúrgico a partir del Concilio Vaticano II cuando se trasladó a este último domingo. Una fiesta nacida en unas connotaciones particulares que se vivían entonces en la Iglesia y en el mundo y que de alguna manera nos marca la imagen que en el fondo tenemos de esta fiesta con signos inequívocos de un sentido de cristiandad que se vivía en aquel momento; las imágenes de la realeza de Cristo están un poco marcadas de un cierto triunfalismo pero que con la reforma litúrgica en cierto modo se han querido purificar.


Aunque con esa tradición reciente, como hemos mencionado, sin embargo era la imagen de Jesús que se presentaba en los primeros siglos del cristianismo. Aquellos bellos mosaicos del Pantocrátor de muchas iglesias orientales y realizadas luego también en el occidente cristiano nos presentan esa figura de Jesús como el centro de toda la creación, en cierto modo, como ahora queremos expresar como Rey del universo. Ya san Pablo en los himnos litúrgicos que nos recoge en sus cartas nos habla precisamente de ese recapitular todo en Cristo.

En el evangelio de la liturgia de este ciclo precisamente se nos presentará a Jesús en el momento que humanamente menos se nos puede presentar como rey, pero que sin embargo recoge todo su sentido profundo de la realeza de Cristo. Jesús está siendo juzgado ante el procurador romano donde le acusan de que se ha venido presentando como rey desde Galilea hasta llegar ahora a Judea. Y ahí surge la pregunta de Pilato, ‘¿Con que tú eres rey?... ¿eres tú el Rey de los judíos?’

‘Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí…’ le responde Jesús. No tiene ejércitos que ahora vengan a defenderle o a vengarle. El puñado de sus más fieles y cercanos seguidores, a la hora del desprendimiento, se dispersó y huyeron. Allá estarán algunos encerrados en el cenáculo por miedo a lo que les pudiera pasar. Pero Jesús no niega que sea rey.

Es otra la manera. Es lo que les había enseñado a sus discípulos, no habían de aspirar a ser como los poderosos y reyes de este mundo. Eran otros los valores; era otro el sentido; quien quisiera ser grande tenía que hacerse el último y el servidor de todos. Y es como ahora vemos a Jesús, como el último, despreciado por todos, abofeteado por la soldadesca, humillado al ser presentado como rey pero para la burla y comparado con un malhechor al que la gente prefiere.

‘Tú lo dices, soy rey; yo para esto he nacido y para esto he venido a este mundo, para dar testimonio de la verdad’. Lo tiene claro Jesús. Pilato preguntará qué es la verdad, porque no había oído antes a Jesús proclamar ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Ahora la estaba demostrando con su entrega, con su amor. 

Había anunciado Jesús el Reino de Dios desde el principio y nos había ido señalando sus características que no acabábamos de entender. Ahora lo podemos comprender, aunque las gentes griten en su contra; ahora será proclamado desde lo alto de la cruz, aunque los judíos querrán que se cambie el título; ahora está siendo el más grande porque es el último, porque es el que más ama, porque es el que entrega su vida por los que ama, que entrega su vida por nosotros. Tenemos que proclamar en verdad que Jesús es Rey.

Y a ese Rey queremos seguir nosotros, a ese Reino ponemos en el centro de nuestros corazones, en ese estilo nosotros queremos vivir, de ese reinado nosotros queremos participar, de ese sacerdocio nosotros nos queremos revestir. Con crisma hemos sido consagrados, como eran consagrados los reyes, los profetas, los sacerdotes, para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.

No olvidemos lo que ha significado el bautismo para nosotros. Ha sido un nacer de nuevo, un hombre nuevo que es con Cristo Sacerdote, profeta y rey. Ese perfume del crisma (sabemos que está hecho de aceite y perfume) nosotros tenemos que hacer notar en ese estilo nuevo que vivimos. Por eso el cristiano allá por donde pasa va dejando tras de sí ese perfume del amor.

Y es eso lo que hoy estamos celebrando. No nos revestimos de aterciopelados ropajes ni llevamos sobre nuestras cabezas doradas coronas; nos revestimos de la túnica de Cristo enrojecida con su sangre derramada por el amor; es lo que nos tiene que distinguir, porque esas túnicas han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero y así un día formaremos parte de esa multitud innumerable que canta la gloria de Dios en el cielo.

Ahora ya comenzamos a entonar ese cántico de gloria con nuestra entrega y nuestra solidaridad, con nuestro amor y con la generosidad de nuestro corazón, con el espíritu de servicio y cuando hemos sido de verdad capaces de hacernos los últimos y servidores de todos. Es la forma como tenemos que celebrar que Jesucristo es el Rey del universo.


viernes, 21 de mayo de 2021

La mano del Señor nos da siempre otras oportunidades, abre quizás otros caminos insospechados para nosotros, con el amor del Señor nuestros horizontes no se cerrarán

 


La mano del Señor nos da siempre otras oportunidades, abre quizás otros caminos insospechados para nosotros, con el amor del Señor nuestros horizontes no se cerrarán

Hechos de los apóstoles 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

Estaban disfrutando del encuentro con el Señor resucitado. Allá en la orilla, mientras ellos se habían pasado la noche en el lago intentando pescar sin coger nada, estaba Jesús, aunque no lo habían reconocido. Muchas veces les costaba reconocerle, tenían sus miedos y sus dudas, pensaban en fantasmas o iban tan cegatos con sus preocupaciones que no se daban cuenta que era Jesús el que caminaba con ellos. Les sucedió a los de Emaús y ahora les sucede a aquel reducido grupo que con Pedro se habían ido de nuevo a las redes de pesca.

Cuando les habla desde la orilla interesándose primero por si han pescado algo y señalando luego que al otro lado de la barca hay un cardumen de peces, no lo reconocen. Sería Juan, el discípulo especialmente amado de Jesús, quien se diera cuenta y le dijera a Pedro por lo bajo que quien estaba en la orilla era el Señor. No fueron necesarias más palabras para que todos lo reconocieran, Pedro se lanzará al agua para llegar primero y los demás arrastrarán la barca con las redes con lo que habían pescado para llegar también a los pies de Jesús. Todo estaba preparado; ya había sobre unas brasas un pan recién preparado y unos peces que se estaban asando. Nadie preguntaba nada porque sabían ya que era Jesús.

Y es en medio de aquella alegría cuando surgen las preguntas de Jesús a Pedro que a todos sorprenderían. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ ¿Qué podía responder Pedro en aquel momento? En la cena había porfiado con el mismo Jesús diciéndole cuánto le amaba que estaba dispuesto a dar la vida por El. Tantas veces se había manifestado el amor fiel que Pedro sentía por Jesús para adelantarse en las respuestas a las preguntas que Jesús hiciera, para tratar de disuadirlo de que subiera a Jerusalén si le iba a pasar todo aquello que Jesús anunciaba, aunque eso no le podía pasar, allá en el huerto había sacado una espada que llevaba oculta para defender a Jesús en su prendimiento. Todo manifestaba el amor grande que le tenía y ahora Jesús viene preguntando ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’

Claro que por medio había unas sombras. En su afán por estar cerca de Jesús lo había seguido y se había metido en la boca del lobo; allá en el patio del pontífice se había mezclado con los criados y la soldadesca que había salido a prender a Jesús, quizás con el deseo de saber cómo acababa aquello y acaso con la esperanza de que pronto lo dejarían en libertad. Pero su acento lo delató, porque era galileo que tenían una forma distinta de hablar, alguno de los que habían ido al huerto lo había reconocido, y comienzan las preguntas. ‘Tú eres uno de ellos… tú eres galileo que el habla te delata… yo te vi en el huerto…’ claro se había hecho notar con lo herir en la oreja a uno de los criados del pontífice. Y no había podido resistir. El miedo lo había acobardado y no quería reconocerlo; había negado conocer a Jesús.

Pregunta de Jesús que se repite por tres veces, como tres habían sido las veces que le había negado antes de que el gallo cantara, como Jesús mismo se lo había anunciado. Amargas habían sido las lágrimas que había derramado a causa de aquella negación. Pero Jesús ahora parece que lo único que le interesa es su amor. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ Y así había sido la pregunta por tres veces también. ‘Tu sabes que te quiero, tu lo sabes todo…’ insiste Pedro una y otra vez no encontrando palabras con las que prometerle su amor. Pero Jesús parece que no está tan pendiente de la respuesta de Pedro sino de la misión que sigue confiándole. Un día le había dicho que era la piedra sobre la que fundamentaría su Iglesia y le daría las llaves del Reino de los cielos, ahora le confía su rebaño, sus ovejas, sus corderos. Ha de ser el buen pastor como Jesús, en nombre de Jesús, con la misma misión de Jesús.  Jesús sigue confiando en él.

¿Por dónde andan nuestras porfías de amor a pesar de nuestras debilidades, nuestras negaciones y nuestras caídas? Pongamos a juego todo nuestro amor, porque el amor de Dios sigue confiando en nosotros. Quizás los hombres no confiemos los unos en los otros cuando vemos debilidades y caídas – somos tan fáciles para retirar la confianza – pero la mano del Señor está siempre sobre nosotros, no nos abandona ni nos deja. La mano del Señor nos da otras oportunidades, abre quizás otros caminos insospechados para nosotros, con el amor del Señor nuestros horizontes no se cerrarán. No dejemos de confiar en el Señor y mostrarle nuestro amor que su amor no nos faltará, y siempre encontraremos caminos por donde mostrarlo.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

 


Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Celebramos la fiesta de todos los santos. No sé si siempre los cristianos alcanzamos a saborear el sentido de esta fiesta o si la palabra santidad sigue diciéndonos algo hoy. Para muchos, para el conjunto de nuestra sociedad se ha quedado obsoleta, no porque su significado sea algo viejo y sin sentido ni valor, sino porque no hemos llegado a comprenderlo de verdad. Por eso nuestra fiesta de Todos los Santos queda desdibujada con el día de Difuntos y un poco en eso se nos queda, y terminamos porque toda la celebración que hagamos sea la visita a las tumbas de nuestros difuntos en el cementerio.

De entrada decir que la santidad es una característica divina porque solo Dios es santo en si mismo. Pero es algo de lo que nos hace partícipes Dios. Por decirlo con pocas palabras es decir que somos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos. Y esa es la santidad en su sentido más profundo. Estamos marcados por el amor de Dios que no solo nos creó y nos dio la vida, sino que nos hace partícipes de su vida divina. Es por eso por lo que nos sentimos sus hijos, somos sus hijos, podemos llamarle Padre, como nos dice hoy san Juan en el texto de su carta.

La lectura del Apocalipsis que hoy se nos ofrece nos habla de los que han sido marcados con la Sangre del Cordero, y nos habla de cantidades innumerables, nadie las puede contar, aunque primeramente nos habla de los ciento cuarenta y cuatro mil, en una clara referencia al Antiguo Testamento, al número de doce tan significativo por aquello de las doce tribus de Israel; pero a continuación nos hablará de esa multitud innumerable que viene todas partes y que han sido marcados.

La marca es una señal de pertenencia; han sido marcados con la sangre del Cordero, han sido marcados y separados para formar un nuevo pueblo con una clara referencia a la consagración de algo que es marcado, señalado, separado para ser algo distinto, y la palabra santo precisamente de ahí tiene tu derivación.

Hemos sido marcados para ser esa pertenencia de Dios, para ser los consagrados del Señor, para ser los santos, tendríamos que decir en una palabra. Recordemos nuestro bautismo con su significado más hondo y más profundo, no solo hemos sido marcados y señalados con la señal de la cruz, sino que luego hemos sido ungidos para ser consagrados. ¿Qué significa esa señal de la cruz y qué significa esa unción? Hemos sido consagrados por el amor de Dios, nos sentimos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos, por eso tenemos que sentirnos ya los santos.

Ahora nos toca vivirlo. Vivir como quien se siente en verdad amado de Dios. ¿Cómo no nos vamos a sentir amados si nos ha llenado de su vida divina para hacernos sus hijos? Y no tenemos que hacer otra cosa que mirar a Jesús para comprender toda la maravilla de lo que es el amor que Dios derrama sobre nosotros y escuchar a Jesús paras vivir con ese sentido nuevo de los que están llenos del amor de Dios y por eso ya somos santos.

Por eso hoy Jesús nos dice en el evangelio que somos dichosos, que somos felices. ¿Cómo no lo vamos a ser con ese amor de Dios que se derrocha sobre nosotros? y cuando sentimos así su amor en nosotros no necesitamos ni riquezas ni grandezas humanas, estaremos por encima de los sufrimientos que nos pueda tocar sufrir en las luchas de la vida, pero es que necesariamente tendremos que comenzar a amar con un amor igual.

Somos dichosos y felices porque somos hijos; somos dichosos y felices con ese desprendimiento que hacemos de nosotros mismos para darnos en humildad y para darnos en amor por los demás; no nos importan las posesiones que tengamos sino el amor con que nos repartimos por los demás.

Somos dichosos y felices y nuestro corazón está lleno de mansedumbre, de humildad, de ternura y de misericordia para los demás; somos dichosos y felices aunque tengamos que llorar con las lágrimas de los demás porque así compartimos su vida, pero porque así compartimos todo lo que hay en nuestro corazón con los que sufren a nuestro lado.

Somos dichosos y felices porque ansiamos y buscamos siempre lo bueno, la verdad y la justicia porque trabajamos con ahínco por la paz, porque hemos arrancado de nuestro corazón todo tipo de malicia porque quien está lleno de Dios no puede sino actuar de esa manera; no caben en nosotros las sospechas ni las reticencias que nos dividen y nos enfrentan, no caben en nosotros orgullos mal curados sino que todo será buscar lo bueno y al ofrecer lo mejor de nosotros mismos estará siempre presente el perdón que nos lleva a la paz con nosotros mismos y a la paz con los demás.

Somos dichosos y felices porque sintiéndonos llenos de Dios por su amor en verdad sentimos que Dios es el único Señor de nuestra vida con lo que alcanzamos la más hermosa libertad; bien sabemos que cuando dejamos que otras cosas se enseñoreen de nuestras vidas terminaremos siendo siempre esclavos que nos quitan lo más preciado de nuestra dignidad.

Y eso es lo que en verdad hoy celebramos. Y celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que antes que nosotros han recorrido el camino y ahora alaban eternamente a Dios en el cielo y celebramos que nosotros estamos queriendo hacer ese camino de santidad con lo que siempre nos sentiremos dichosos y felices como nos proclama Jesús en las bienaventuranzas. No es, pues, recordar y celebrar a los difuntos, porque estamos celebrando a los que viven, a los que estamos queriendo vivir esa santidad en el amor que Dios nos tiene.

sábado, 29 de junio de 2019

Con Pedro queremos caminar débiles como él, pero con Pedro queremos saborear el amor de Dios que solo nos pide que amemos con toda intensidad y sigue confiando en nosotros



Con Pedro queremos caminar débiles como él, pero con Pedro queremos saborear el amor de Dios que solo nos pide que amemos con toda intensidad y sigue confiando en nosotros

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Tim. 4, 6-8. 17-18; Mt. 16, 13-19
‘Simón, ¿me amas?... ¿me amas más que estos?’ Así hasta tres veces. Fue allá junto al lado. Muchas cosas habían pasado desde que un día allá en Cesarea de Filipo Pedro había hecho una hermosa confesión de fe. Si ya en el primer encuentro, cuando su hermano Andrés se lo presentó a Jesús, le había cambiado el nombre, diciéndole que se llamaría Cefas, Pedro, porque iba a ser la piedra de la Iglesia, en Cesarea después de aquella confesión de fe que le había proclamado como el Hijo de Dios, Jesús le había dicho ya definitivamente que era Pedro, y que las fuerzas del abismo no podrían contra la Iglesia.
En medio momentos de fervor como para decir que no había nadie más a quien acudir por solo Jesús tenia Palabras de vida eterna; pero también le había costado aceptar los anuncios de pasión que Jesús les iba haciendo, tratando incluso de disuadirlo de que subiera a Jerusalén si allí había de sucederle cuanto estaba anunciando. Siempre caminando junto a Jesús, aunque las subidas fueran costosas porque contemplaría así la gloria de Dios que en Jesús se manifestaba. Detrás de Jesús había subido a Jerusalén, aunque doloroso parecía ser aquel camino. Y estaba dispuesto a todo, como un día había dejado la barca y las redes, dispuesto incluso a dar la vida por Jesús, pero había unas sombras en el horizonte. Le costaba entender la pasión y tuvo miedo, se acobardó ante una criada y había negado a Jesús.
A pesar de su dolor, que era ya el que llevaba en el alma por su negación, había corrido hasta el sepulcro para comprobar que la piedra estaba corrida y allí no estaba el cuerpo del Señor Jesús. La Escritura nos dirá que había merecido una aparición especial de Jesús, pero finalmente se había ido a Galilea y había cogido de nuevo las riendas de la barca para pescar. Como en la otra ocasión en ese mismo lago no habían cogido nada en la noche; al amanecer alguien desde la orilla les señalaba por donde habían de echar la red y como entonces se había confiado de la palabra de Jesús ahora también había confiado y la redada había sido también grande.
Quizás el dolor que permanecía en su corazón le impedía vislumbrar quien era en verdad el que estaba a la orilla, pero ante la insinuación del discípulo amado de Jesús se había tirado al agua tal como estaba para llegar a los pies de Jesús. Y allí estaba, no había habido reproches por sus dudas y por sus miedos, por su negación y su pecado, sino que Jesús solamente le preguntaba por su amor. Tres veces le había preguntado y tres veces le decía que lo amaba, que Jesús que lo sabia todo conocía bien que él lo amaba. Y quien un día había sido prometido como piedra ahora era constituido pastor. ‘Apaciendta mis ovejas, apacienta mis corderos’, le decía Jesús.
Quiero ver una cosa que me parece bien hermosa. Un hombre débil y pecador que incluso había llegado a negar conocer a Jesús, un hombre apasionado en su amor que por encima de sus debilidades seguía prometiendo amor y prometiendo fidelidad. Y al mismo tiempo quiero ver a un Dios que confía; sí, que confía en el hombre aunque lo sabe débil; que confía en el hombre a pesar de que en su debilidad habría cometido muchos disparates y locuras, pero allí estaba prometiendo amor, porfiando amor. Es el Dios que confía en mí y en ti, que confía en nosotros a pesar de nuestras debilidades y pecados, porque a pesar de todo sabe de nuestra capacidad de amor que Dios mismo aumentará dándonos su Espíritu.
A los hombres nos cuesta entender esto. No confiamos, retiramos con facilidad nuestra confianza, ya no dejamos hacer a quien un día pudo tener un tropezón. Pero ese no es e estilo de Dios y no tendría que ser nuestro estilo. Cuanto tenemos que aprender de Dios, de su amor, de su confianza y su apuesta por nosotros; por una parte para que tengamos la fuerza de levantarnos de nuestras debilidades, porque todos somos débiles, hasta el que se cree más santo; por otra parte para que con esa misma medida de Dios, con ese mismo talante de Dios miremos nosotros a los demás y también confiemos.
No nos dejemos contagiar por ese espíritu del mundo – que algunas veces se nos quiere presentar como la mejor rectitud y justicia – pero que no confía, que condena, que aparta, que discrimina para siempre al que algún pecado haya cometido. No se debe dejar contagiar la Iglesia por ese espíritu justiciero en muchas de sus actuaciones con los pecadores, que se parece bien poco con el Dios compasivo y misericordioso a quien tenemos que imitar como nos enseña y pide Jesús; pareciera a veces que la iglesia quiere competir con el mundo en sus estilos olvidándonos del estilo y del sentido de Dios.
Con Pedro queremos caminar porque nos sentimos débiles como él, pero con Pedro queremos saborear ese amor de Dios que solo nos pide que llorando, es cierto, nuestro pecado amemos con toda su intensidad porque Dios nos pide simplemente amor para que sigamos desarrollando la misión que quiere confiarnos.

domingo, 10 de abril de 2016

Que el colirio del amor cure nuestros ojos ciegos para descubrir y reconocer a Jesús y emprendamos caminos de verdadero amor y fidelidad

Que el colirio del amor cure nuestros ojos ciegos para descubrir y reconocer a Jesús y emprendamos caminos de verdadero amor y fidelidad

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Sal 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19
Con los ojos del amor podremos en verdad descubrir y reconocer a Jesús; con un corazón lleno de amor podremos seguir con toda seguridad un camino de fidelidad a Jesús. Me vais a permitir que en esta doble frase resuma el mensaje que hoy nos ofrece el evangelio en este tercer domingo de pascua.
Muchas veces parece que a nosotros también se nos nubla el corazón y no sabemos reconocer lo que está delante de nuestros ojos, delante de nuestra vida. Les estaba pasando a los discípulos; parecía que aun no estuvieran totalmente convencidos de que el Señor hubiera resucitado. Desalentados quizá, cansados, agobiados por tantos acontecimientos que habían vivido, impactados por todo lo que había significado la pasión y muerte de Jesús en la cruz, todo se les volvía negro, parecía sentirse desestabilizados. Un grupo de ellos encabezados por Pedro deciden tomar de nuevo las barcas y las redes e irse a pescar. ‘Me voy a pescar… Vamos también nosotros contigo…’ Pero aquella noche no cogieron nada. Su trabajo resultaba infructuoso.
Estaba amaneciendo. En la orilla alguien les preguntaba si habían cogido algo; una pregunta que podría parecer habitual en los que en la mañana esperaban la pesca en la orilla. Pero aquel a quien no podían vislumbrar claramente en la orilla les señala donde han de echar la red para conseguir la pesca. Y la pesca fue abundante; quizá podrían recordar otra pesca milagrosa en otras circunstancias. Y se sienten sobrecogidos por lo extraordinario. Pero hay unos ojos que ven con una claridad especial. Es el discípulo amado el que le va a susurrar a Pedro que quien está en la orilla es Jesús. ‘Es el Señor’. El amor había sido el colirio que le había hecho ver con claridad y distinguir que allí estaba el Señor.
Ya conocemos la reacción de Pedro en el impulso del amor por estar lo más pronto posible con Jesús que le hace lanzarse al agua para llegar el primero, aunque en este caso dejara a los demás el arrastrar la red y llevar la barca hasta la orilla. Pero también en su corazón se había despertado el amor.
Más tarde Jesús le preguntará insistentemente por su amor. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ Tú que has querido ser el primero en llegar hasta mis pies cuando me has reconocido desde la barca, tú que eran tan impulsivo que decías que estaba dispuesto a dar tu vida por mi, aunque yo te decía que tuvieras cuidado, que fueras fuerte, que vendría la tentación y me ibas a negar, tu el que no quería que yo sufriera y te negabas a aceptar mis anuncios de pasión y de pascua, tú siempre dispuesto a hablar el primero para confesar tu fe, para decir que no te podías marchar aunque no terminaras de entender bien mis palabras, porque yo tenía palabras de vida eterna, ‘¿me amas? ¿me amas más que estos?’
Y allí está Pedro porfiando su amor, aunque aquella triple pregunta de Jesús le produzca dolor en el alma porque recuerda sus debilidades; allí está Pedro porfiando su amor pero allí está Jesús que sigue confiando en él, porque en ese amor sabe que será fiel, sabe que llevará la nave a buen puerto porque ya no se fiará de si mismo sino del amor del Señor y de la presencia de su Espíritu, sabe que será buen pastor porque ha aprendido bien la lección. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ le dirá una y otra vez Jesús.
¿No nos estará haciendo Jesús la misma pregunta a nosotros? ¿no nos estará preguntando por nuestro amor? Tantas veces también nos sentimos débiles; tantas veces se nos oscurecen los ojos y parece que nos sentimos solos y tenemos también la tentación del desaliento y del cansancio; tantas veces nos entran las dudas con lo que sufrimos o con lo que vemos sufrir a los que están a nuestro lado; tantas veces también nos sentimos inseguros, desorientados sin saber qué hacer, aturdidos por los problemas que podamos tener o por la situación que vemos en nuestro entorno; tantas veces no terminamos de entender bien por donde caminamos o por donde estamos llevando nuestro mundo y necesitamos encontrar una luz, encontrar algo que nos abra los ojos para discernir bien la situación que vivimos, necesitamos sentirnos seguros de que la Palabra de Jesús nos sigue siendo válida y necesaria para hacer que nuestra vida tenga sentido, para hacer que nuestro mundo sea mejor. Quizá tantas veces también nos volvemos a pescar en los oscuros mares donde no ha amanecido el Señor.
Que se despierte en nosotros el amor, porque nos sintamos amados, como Juan el discípulo amado, para saber descubrir esa presencia del Señor; que vuelva a arder de nuevo nuestro corazón en el amor y así nos sintamos impulsado cada vez con más fuerza para buscar a Jesús, para ir al encuentro con Jesús, para querer estar al lado de Jesús.
Que lavemos nuestros ojos con el colirio del amor para ver también donde podemos y donde tenemos que encontrar a Jesús porque también tenemos que saber descubrirle en los hombres y mujeres que nos rodean, en los hombres y mujeres que sufren a nuestro lado o pasan necesidad, o emigrantes o refugiados que han tenido que dejar sus casas y sus países buscando algo mejor para sus vidas. Miremos y seamos capaces de ver a Jesús que en ellos viene también a nuestro encuentro y nos está preguntando por nuestro amor. Y nuestra respuesta no pueden ser palabras sin más que digamos como aprendidas de memoria, sino que tienen que surgir de unos corazones que están convencidos de que ahí está el Señor esperando nuestro amor.
Mucho tiene que hacernos pensar el evangelio de este domingo. Es una pregunta muy honda que se nos hace a lo más profundo de nuestro corazón a ver si en él encontramos amor del verdadero. Seguro que el Señor sigue confiando en nosotros y en la respuesta de amor y de fidelidad que le vamos a dar.

sábado, 21 de marzo de 2015

Como el cordero llevado al matadero nuestra vida ha de ser siempre una ofrenda de amor al Señor.

Como el cordero llevado al matadero nuestra vida ha de ser siempre una ofrenda de amor al Señor.

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53
‘Yo, como cordero manso, llevado al matadero, no sabía los planes homicidas que contra mí planeaban…’ Así expresaba el profeta la situación difícil por la que pasaba, donde no era comprendido, era acosado porque quienes no querían escuchar sus proféticas palabras, y por las persecuciones que sufría.
Pero todo es imagen del verdadero Cordero que quita el pecado del mundo, imagen y anuncio de lo que le sucedía a Jesús, como hoy mismo escuchamos en el evangelio. Mientras la gente sencilla con ese sentido de Dios que tienen los limpios de corazón vislumbraban en Jesús un gran profeta o acaso incluso que pudiera ser el Mesías, otros sin embargo lo rechazan e incluso ‘algunos querían prenderlo’.
Cuando regresan los guardias que han ido a prenderlo enviados por los sumos sacerdotes y los principales del pueblo vienen con las manos vacías porque ‘jamás ha hablado nadie como ese hombre’, lo que les ocasionará recibir también improperios e insultos. Es la fe de los sencillos que no siempre es reconocida ni respetada.
Es lo que le sucederá también a Nicodemo - aquel fariseo que había ido de noche a ver a Jesús reconociendo en El que venía de Dios porque nadie podría hacer las cosas que El hacía si Dios no estuviera con El - que también poco menos que es insultado y desprestigiado por esa defensa que hace de Jesús de que no se puede juzgar a nadie sin haberlo escuchado antes. Para un judío de Judea llamarlo galileo es como un desprecio o llamarlo inculto.
Pero esa expresión de la profecía con la que comenzábamos el comentario también puede ser imagen de lo que a todo seguidor de Jesús le pueda pasar. Muchas veces también en silencio tenemos que seguir dando nuestro testimonio, viviendo nuestra fe y nuestro compromiso cristiano. Como Jesús, como ya hemos comentado en alguna ocasión, también nos convertimos en signos de contradicción en medio del mundo. No todos van a comprender nuestro testimonio, nuestras palabras, nuestra manera de vivir nuestra vida según el sentido de la fe.
Intentos de desprestigio, acosos o incluso pretender hacernos callar nuestro testimonio con algunas de las cosas que nos vamos a encontrar entre los que nos rodean y no nos entienden. Pero nuestro testimonio tienen que ser luminoso siempre y valiente en todo momento. Aquello que nosotros vivimos lo vivimos con alegría y gozo grande en el alma, porque por encima de todo sabemos que siempre nos sentiremos amados del Señor. Muchas veces quizá tendremos que pasar por el sufrimiento en silencio, como el cordero llevado al matadero que decía el profeta, pero sabemos que nuestra vida ha de ser siempre una ofrenda de amor al Señor. Aprendamos por otra parte a valorar y reconocer la fe de los sencillos en tantos que nos rodean
Que no  nos falta nunca la fuerza del Espíritu del Señor y la paz nunca abandone nuestro espíritu. Que nos sintamos fortalecidos en nuestra fe pase lo que pase, porque nuestra confianza la tenemos puesta en el Señor.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Estamos llamados a ser los vencedores que con las arpas de Dios en nuestras manos cantaremos para siempre el cántico del Cordero

Estamos llamados a ser los vencedores que con las arpas de Dios en nuestras manos cantaremos para siempre el cántico del Cordero

Apoc. 15, 1-4; Sal. 97; Lc. 21, 12-19
Quizá alguien al escuchar por primera vez este texto del evangelio le cueste entender lo que anuncia Jesús y más bien se llene de miedo y de temor ante lo que se nos dice que le puede pasar al que quiera seguir con fidelidad el camino de Jesús. 
Pero creo que tenemos que seguir teniendo muy presente las palabras que le hemos venido escuchando a Jesús estos días en textos anteriores invitándonos a no perder la paz, a no sentirnos como encogidos por el miedo o el pánico ante lo que nos puede suceder. De todas maneras hemos de tener muy presente lo que ya escuchábamos al principio del evangelio en el sermón del monte cuando Jesús proclamó sus bienaventuranzas. ‘Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en el cielo’.
Hoy Jesús en el texto del evangelio que se nos ha proclamado nos habla claramente de las persecuciones que por causa de su nombre vamos a padecer. La tiniebla no quiere recibir la luz, rechaza la luz. Es el mal que se resiste y tratará de poner todo negro allí donde resplandece la luz del bien y del amor.
Ya Jesús sufrió la tentación en el monte de la cuarentena, no nos extrañe que el mal trate de atraernos por sus caminos y cuando nos resistimos vamos a encontrar la oposición que querrá destruir las semillas de bien que nosotros queramos sembrar. ¿No nos habla Jesús en sus parábolas de la cizaña que va a aparecer en medio de la buena semilla que se había sembrado para tratar de arruinar la cosecha? Así sufriremos no solo la tentación sino también la persecución.
Cuando el evangelista nos trascribe el evangelio todo esto que anuncia en labios de Jesús ya lo estaban padeciendo los primeros cristianos. Ya en el propio libro de los Hechos de los Apóstoles vemos las persecuciones a que se ven sometidos los propios apóstoles y los primeros creyentes.
‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre’. Pero Jesús nos invita a confiar. Porque su Espíritu estará con nosotros. El pondrá palabras en nuestros labios para nuestra defensa, pero sobre todo pondrá la fuerza de su gracia en nuestro corazón. Y no temamos porque nos veamos acosados por los más cercanos a nosotros. ¿No fue uno del grupo de los doce el que lo entregó a El?
Aquí tenemos que escuchar en el verdadero sentido que tiene el libro del Apocalipsis y en concreto en el texto que hoy se nos  ha proclamado. Ya decíamos que el Apocalipsis no es un libro simplemente para describirnos catástrofes y cataclismos. El Apocalipsis es la revelación de Dios para que en los momentos difíciles no perdamos la paz ni la esperanza. Es la Revelación que nos anuncia tiempos de triunfo y de gloria y nos llena de esperanza.  Nos hablará al final de un cielo nuevo y de una tierra nueva. Pero la creación entera está como gimiendo con dolores de parto, como se nos dice en otro lugar de la escritura, pero al final podremos contemplar la victoria.
Es lo que hoy hemos escuchado. Hoy nos describía cómo ‘sobre aquel mar de vidrio veteado de fuego en la orilla estaban de pie los que habían vencido a la bestia… tenían en sus manos las arpas que Dios les había dado y cantaban el cántico de Moisés el siervo de Dios y el cántico del Cordero: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios soberano de todo; justos y verdaderos tus caminos, rey de las naciones, ¿quién no dará gloria a tu nombre, si tu solo eres santo? Todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti…’
Es el cántico del triunfo y de la gloria del Señor. Contemplaremos, como escuchamos en otro momento, los que han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero con palmas en sus manos. Es la imagen precisamente con que representamos siempre a los mártires con la palma de la victoria, con la palma de martirio en sus manos para cantar la gloria del Señor. No temamos, porque la victoria del Señor está de nuestra parte. Como nos decía el evangelio ‘con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’. 

viernes, 1 de noviembre de 2013

En la comunión de los santos desprendamos el perfume de Dios en la santidad nuestra vida

Apoc. 7, 2-4.9-14; Sal. 23; 1Jn. 3, 1-3; Mt. 5, 1-12
Nos conviene recordar hoy - y más en el marco de los objetivos del Año de la Fe que estamos a punto de concluir - un artículo de nuestra fe que profesamos en el Credo y que nos puede pasar un tanto desapercibido, no solo en el hecho de que simplemente lo recitemos cuando decimos el Credo, sino también porque quizá no le damos suficiente sentido en nuestra vida. ‘Creo en la comunión de los santos’, decimos en el Credo, sobre todo cuando empleamos su formulación más extensa recogiendo el sentir de todos los concilios de la Iglesia que nos han definido nuestra fe.
Hoy, que estamos celebrando la fiesta, la solemnidad de todos los santos, es bueno que resaltemos este artículo de nuestra fe. Cuando decimos que creemos en ‘la comunión de los santos’ estamos queriendo expresar esa comunión que hay entre todos los que creemos en Jesús y hemos recibido el bautismo que consagra nuestra vida. Y decimos todos los que creemos en Jesús y no solo pensamos en los que aún en la tierra peregrinamos viviendo en este mundo y formando la Iglesia, sino que nos queremos sentir en comunión con todos los que traspasadas las puertas de la eternidad glorifican a Dios en el cielo o aún están en estado de purificación en el purgatorio.
Vivimos una misma comunión, porque por nuestra fe en Jesús nos hemos unido a El, configurándonos con El, tanto los que aquí peregrinamos como los que están participando de la gloria del cielo. Vivimos una misma comunión por esa comunión que con Dios vivimos por nuestra fe en Jesús, por la nueva vida de la que nos ha hecho partícipes, por el Espíritu que anida en nuestros corazones y nos hace partícipes de la vida de Dios. Es la misma vida de Dios, que ahora de forma imperfecta por nuestra condición pecadora vivimos, pero que un día viviremos en plenitud en la gloria del cielo, de la que ya son partícipes los que allí cantan para siempre la gloria de Dios.
Es esa vida de Dios, de la que somos participes por el Espíritu Santo que se nos ha dado, la que nos hace santos. Recordemos lo que nos decía la carta de san Juan hoy: ‘Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos, pues ¡lo somos!’ Nos ha concedido el Espíritu de su hijo para que en verdad seamos hijos de Dios. Como nos decía el evangelio de Juan ya desde el inicio ‘a cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios… nacen de Dios’. Es por eso por lo que entonces ha de brillar la santidad de los hijos de Dios en nuestra vida.
La santidad que hemos de vivir en nuestra vida es como el perfume de Dios que hay en nosotros por nuestra unión con El. Una persona que ha estado en contacto con alguien que estaba intensamente perfumado, bien por la cercanía a esa persona o porque, por ejemplo, haya recibido un abrazo, luego va a quedar en ella como un halo de ese perfume del que, podríamos decir así para entendernos, se ha contagiado. Pues bien, esa santidad que ha de haber en nuestra vida es ese perfume de Dios que queda en nosotros cuando con El estamos íntima y profundamente unidos. No podríamos negarlo, no tendríamos que negarlo de ninguna manera porque así debemos de impregnarnos de Dios, de su vida, de su santidad.
Como un cántico de esperanza el libro del Apocalipsis - ése es el verdadero sentido de este último libro del Nuevo Testamento y de la Biblia - nos describe esa ‘muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, que de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos… gritaban con voz potente: ¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero… la alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén’.
Es una descripción de la gloria del cielo a la que nos unimos ahora nosotros, en esa comunión de los santos que vivimos y celebramos. Es ‘la Jerusalén celeste, donde eternamente alaba al Señor la asamblea festiva de todos los santos’, como proclamaremos en el prefacio de la Plegaria Eucarística de este día. ‘Hacia ella nos encaminamos alegres, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia’, los que aun peregrinamos en esta tierra como en un país extraño. Ellos son para nosotros ‘ejemplo y ayuda para nuestra debilidad’, porque no solo nos ofrecen el ejemplo de su vida, sino que con su intercesión nos alcanzan la gracia del Señor que nos fortalece en nuestro camino terrenal.
Ese camino de nuestra vida en el que ha de brillar el perfume de Dios en nuestra vida, ha de brillar nuestra santidad y que es iluminado continuamente por la Palabra del Señor que nos sirve de guía en medio de tantas oscuridades que nos amenazan y nos quieren desviar de ese camino. Hoy hemos escuchado en el evangelio el mensaje de las Bienaventuranzas. Es la senda que nos traza Jesús pero son también la promesa de Jesús de que podemos alcanzar esa dicha y felicidad en plenitud, esa dicha y felicidad de la vida eterna.
San Juan nos decía que ‘somos hijos de Dios pero aun no se ha manifestado lo que seremos, porque seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Con esa esperanza de plenitud ahora caminamos y queremos purificarnos más y más para poder alcanzar esa eterna bienaventuranza de la visión de Dios. ‘Los limpios de corazón verán a Dios’, que nos dice una de las bienaventuranzas. Ahora lo vivimos como en primicia, pero un día seremos herederos de ese Reino de Dios.
Por eso ahora siguiendo el espíritu que nos trasmite el evangelio queremos poner toda nuestra confianza en Dios, alejando de nosotros toda desesperación y desconsuelo, porque desde nuestra pobreza sabremos compartir, viviendo en la sencillez y el desprendimiento, poniendo generosidad en nuestro corazón para incluso hacer nuestros los sufrimientos y las lágrimas de cuantos nos rodean, porque sabemos que así haremos un mundo mejor, un mundo lleno de justicia, un mundo lleno de la paz más hermosa, la que nace de una verdadera fraternidad. Sabemos que si caminamos así seremos herederos del Reino y alcanzaremos siempre consuelo para nuestro espíritu y mereceremos ser llamados de verdad hijos de Dios.
En ese Espíritu que anima nuestra vida nuestros corazones estarán siempre llenos de misericordia y de compasión; habremos aprendido lo que es la solidaridad verdad y la mutua confianza para alejar siempre la malicia de nuestro interior; seremos siempre sembradores de paz porque vamos tendiendo lazos de amistad y de fraternidad con todos sin distinción; contagiaremos de la alegría de nuestra fe y de nuestro amor a los que tienen su corazón enturbiado por las desconfianzas y la envidias y están maleados por el orgullo y el amor propio. Sabemos que el Señor es nuestra fuerza y nuestro consuelo y cuando vamos viviendo en ese estilo y sentido de vida iremos impregnando a nuestro mundo del olor de Dios.
No temeremos la incomprensión o el rechazo que podamos encontrar porque en verdad nos sentimos siempre fortalecidos por el Espíritu de Jesús; ante nuestros ojos está el testimonio de los santos que hoy con el Apocalipsis contemplamos en el cielo vestidos con sus vestiduras blancas y con palmas en sus manos. ‘Esos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la Sangre del Cordero’, y esas palmas son las de la victoria con las que cantan la gloria del Señor que nosotros un día esperamos poder cantar también eternamente en el cielo.
Con los santos, con esa multitud que la Iglesia ya ha reconocido su santidad, pero también con esa multitud que nadie podría contar que quisieron ser fieles, que pusieron amor en sus vidas, que trabajaron por la justicia y la paz, que se comprometieron por un mundo mejor, que vivieron siempre en absoluta fidelidad al Señor, aunque no nos conozcamos, hoy nos sentimos en profunda comunión. Es la comunión de los santos que proclamamos con nuestra fe. Es la Fiesta de todos los Santos que hoy queremos celebrar. Es esa multitud de la que nosotros queremos formar parte para con nuestra vida, también aquí y ahora y un día por toda la eternidad, cantar la gloria de Dios.

lunes, 26 de noviembre de 2012


Estos son los que buscan al Señor

Apoc. 14, 1-5; Sal. 23; Lc. 21, 1-4
‘Este es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob…’ Los que buscan al Señor… y contemplamos hoy en el Apocalipsis al ‘Cordero de pie sobre el monte Sión y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabado en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre’.
‘Son los rescatados como primicias de la humanidad para Dios y para el Cordero’, nos decía más adelante el autor sagrado del Apocalipsis. Los que no se han contaminado con la idolatría; los que se mantienen puros y limpios en su fidelidad al Señor; los que, como nos dirá en otro lugar del Apocalipsis ‘han lavado y purificado sus mantos en la Sangre del Cordero’. Es el cortejo celestial de los que han vencido y participan de la gloria del Señor en el cielo.
El Apocalipsis nos va presentando a través de sus imágenes el drama de los que se encuentran en el dilema doloroso: fidelidad inquebrantable a Cristo, el único Señor, aún a costa de la vida, o doblegarse ante las pretensiones seudo divinas del imperio que presentaba sus dioses y que había que adorar incluso hasta el emperador.
Aún resuenan en nuestros oídos los cantos de alegría y de triunfo de la fiesta de Cristo Rey que ayer celebramos; queríamos proclamar a Jesús como nuestro único Rey y Señor frente a todas las tentaciones que en la vida soportamos y nos acechan queriendo alejarnos de ese camino de fidelidad al Señor. Queríamos, como decíamos ayer, proclamar no sólo con nuestras palabras sino con toda nuestra vida que Jesús es el único Señor. Optamos por ese camino del amor y de la humildad, de la solidaridad y de la generosidad, de la verdad y autenticidad de nuestra vida para que nada ni nadie tuerza nuestros corazones y nos pueda llevar a la idolatría de las cosas, del dinero, de la fama o del poder.
Hoy miramos a lo alto; el Apocalipsis nos hace mirar la gloria del cielo de la que ya participan todos aquellos que no se han dejado contaminar o han purificado sus vidas en la sangre del Cordero. Queremos forma parte un día de ese cortejo del Cordero, de esa corte celestial para cantar ese cántico nuevo. ‘Nadie podía aprender el cántico fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil, los rescatados de la tierra’. Tenemos la esperanza de que nosotros podamos aprender ese cántico porque formemos parte de ese cortejo celestial. Por eso ahora queremos hacer nuestro camino en la fidelidad y el amor. Siguiendo el camino de Jesús, siguiendo el camino del amor podremos aprenderlo y podremos cantar ese cántico nuevo.
Tenemos que entender que ese numero de ciento cuarenta y cuatro mil, que nos menciona repetidas veces el Apocalipsis, es un número simbólico, que nos habla de multitud innumerable y de plenitud; como dirá en otro lugar una multitud innumerable que nadie podía contar; es un número que juega con el doce como doce fueron las tribus de Israel fundamento y arranque del antiguo pueblo de Dios, y como doce fueron los apóstoles que quiso Cristo poner como fundamento de su Iglesia.
‘¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede entrar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos’, decíamos y meditábamos con el salmo. Queremos ser ese grupo que busca al Señor, que viene a su presencia con manos inocentes y puro corazón. Aunque conocemos nuestra debilidad y nuestro pecado, sabemos que en la sangre de Cristo podemos purificarnos para poder aprender y entonar un día ese cántico nuevo del cielo.

jueves, 22 de noviembre de 2012


¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar los sellos?

Apoc. 5, 1-10, Sal. 149; Lc. 19, 41-44
‘¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar los sellos?’ La visión continúa. Ayer contemplábamos la liturgia celestial y nos queríamos unir con nuestra alabanza al canto a la gloria del Señor. Ayer contemplábamos al Creador del universo, Señor Soberano de todas las cosas, y hoy vamos a contemplar al Cordero que se ha sacrificado y nos ha comprado con su Sangre.
Es Cristo, el Señor, nuestro Salvador y nuestro Redentor. Podíamos recordar aquí lo que nos diría san Pedro en sus cartas cuando nos habla de que no  hemos sido comprados ni a precio de oro ni de plata, sino al precio de la Sangre de Cristo derramada por nosotros.
‘Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo habían degollado… y el Cordero se acercó, y el que estaba sentado en el trono le dio el libro con su mano derecha’.
 Es Cristo verdadera Palabra y revelación de Dios en esa imagen del Cordero que va a abrir el rollo de la revelación para darnos a conocer todo el misterio del amor de Dios. Una cosa sí sabemos y es que los libros en la antigüedad tenían esa forma de rollos, que no tenían la encuadernación que tienen nuestros libros hoy. Recordamos que el Apocalipsis comenzaba diciéndonos ‘esta es la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo para que muestre a sus siervos lo que tiene que suceder’. Ahora contemplamos al Cordero que toma de la mano del que está sentado en el trono el libro de la revelación de Dios.
‘Y entonaron un cántico nuevo: Eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado, y con tu sangre has comprado para Dios, hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal, que sirva a Dios y reine sobre la tierra’. Es el cántico al Cordero pascual que ha sido inmolado; Cristo es nuestra Pascua. Ya no será la pascua recuerdo de la Antigua Alianza, sino será la Pascua en la Nueva Alianza de la Sangre del Cordero. Es el Cordero de Dios, como anunciaba y señalaba el Bautista, el que quita el pecado del mundo.
Es aquel que no sólo nos ha redimido de nuestro pecado cuando ha derramado su sangre por nosotros y por todos los  hombres para el perdón de los pecados, sino que nos ha regalado su Espíritu para darnos nueva vida haciéndonos hijos de Dios. Es quien se ha hecho en todo semejante a nosotros, pero para levantarnos y elevarnos, para darnos una dignidad nueva, para configurarnos con El y hacernos partícipes de su sacerdocio y de su heredad. Somos el nuevo pueblo, el pueblo de la Alianza nueva y eterna, el pueblo sacerdotal que participa del sacerdocio de Cristo, pues con Cristo hemos sido hechos de nuestro bautismo sacerdotes, profetas y reyes.
‘Nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes’, hemos repetido y meditado en el salmo y por eso cantábamos jubilosos la alabanza del Señor. ‘Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de sus fieles, que se alegre Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey… que los fieles festejen tu gloria y canten jubilosos en filas…’
Desde un principio hemos dicho que el Apocalipsis es un libro de esperanza porque es anuncio y revelación de la victoria de Cristo sobre el mal. Cuando hoy contemplamos cómo en la sangre de Cristo hemos sido redimidos de tal manera que así nos hace partícipes del misterio y de la vida de Cristo no es para menos esa esperanza de la que se llena nuestro corazón.
Grande será el peso de nuestros pecados que nos abruma el corazón, oscuros pueden ser los momentos por los que pasamos en las tribulaciones de la vida, pero mayor es el amor del Señor que nos anuncia ese triunfo sobre el mal, nos revela lo que es el amor de Dios y nos llena de nueva vida. Serán entonces muchos los motivos para amar al Señor, para darle gracias y para cantar eternamente sus alabanzas.

sábado, 24 de marzo de 2012

No echemos en saco roto la gracia del Señor


No echemos en saco roto la gracia del Señor

Jer. 11, 18-20; Sal. 7; Jn. 7, 40-53
Unos dicen que es un profeta, mientras otros dicen que es el Mesías; algunos lo niegan porque el Mesías no puede venir de Galilea, sino que tiene que ser del linaje de David; los guardias no se atreven a prenderlo porque ‘jamás ha habido que nadie hable así’ como lo hace Jesús; por su parte Nicodemo, aquel que había ido de noche a ver a Jesús les dice que se anden con cuidado porque no se puede juzgar ni condenar sin que antes se le haya escuchado…
Nos recuerda otros momentos del evangelio. Cuando Jesús pregunta qué dicen de El las gentes que le responden que si un profeta, que si Elías que ha vuelto, que si el Bautista que ha resucitado. Proféticamente lo había anunciado el anciano Simeón con la presentación de Jesús en el templo a los cuarenta días de su nacimiento: ‘Será un signo de contradicción… este niño va a ser motivo de que muchos caigan y se levanten en Israel…’
Lo estamos viendo en las distintas reacciones. Lo seguiremos viendo a lo largo de la pasión; en la entrada a Jerusalén será aclamado por los niños y por los sencillos, mientras otros conspiran y atentan contra su vida, de manera que en la mañana del viernes, aunque las mujeres lloran compasivas a su paso, sin embargo muchos clamarán pidiendo que sea crucificado y su sangre caiga sobre ellos y sobre el pueblo entero.
Jesús sigue siendo signo de contradicción. Ante Jesús tenemos que definirnos. El ya lo había dicho que con El o contra El, porque ‘el que no recoge conmigo desparrama’. Y hoy los hombres tienen que seguir decantándose o con Jesús o contra Jesús. Y ya sabemos cuantas opiniones contradictorias se dan en torno a la figura de Jesús y su evangelio.
Pero creo que en la reflexión que nos hagamos para nuestra vida a partir de este evangelio y en estos momentos de nuestro camino cuaresmal lo que importa es el lugar donde estamos nosotros en referencia a Jesús. Teóricamente, podríamos decir, que confesamos nuestra fe en El y nos queremos llamar cristianos. Pero miramos la realidad de nuestra vida y cuanto nos cuesta mantener esa proclamación de nuestra fe en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos.
Sabemos bien lo que El nos pide y cómo tendría que ser nuestra vida, que tendría que resplandecer de santidad, de obras buenas, de vida de gracia, pero ya sabemos como vamos tropezando una y otra vez porque nos dejamos arrastrar por nuestro pecado, por nuestras pasiones, por el orgullo que se nos mete, por una rebeldía que aparece muchas veces en nuestro corazón. Seamos sinceros delante del Señor y reconozcamos que no siempre somos fieles, que la santidad no está resplandeciendo en nuestra vida como tendría que resplandecer.
Decíamos y nos preguntábamos donde estamos en referencia a Jesús y tenemos que mirar donde nos vamos a poner ahora nosotros en la celebración de la pasión y la muerte del Señor. Tenemos el peligro que quedarnos en meros espectadores, como quien ve pasar un desfile delante de nosotros sin que nos afecte a nuestra vida. Y ante la pasión del Señor no podemos ser espectadores porque ahí dentro de esa pasión estamos nosotros con nuestro pecado, estamos nosotros con esa gracia que el Señor nos está regalando, con esas llamadas que está haciendo a nuestro corazón que nos dejemos transformar por la gracia del Señor. Contemplemos con los ojos del corazón bien abiertos al que como ‘cordero manso’  como decía Jeremías, sube hasta el altar del sacrificio, al altar de la cruz para ofrecerse en oblación redentora por nosotros.
No echemos en saco roto esa gracia del Señor. Abramos nuestro corazón al Señor y llenémonos de humildad y de amor. Reconozcamos que no siempre estamos dando los pasos necesarios para esa conversión al Señor y en muchas ocasiones hacemos oídos sordos a las llamadas del Señor. A tiempo estamos de responder. Y la llamada que nos hace el Señor es para que nos levantemos, para que no permanezcamos hundidos en ese pozo de nuestro pecado y de nuestro orgullo. Que el fuego del Espíritu nos purifique y nos conduzca a la gracia y a la vida.

viernes, 15 de julio de 2011

Será un día memorable para vosotros porque es el paso del Señor


Ex. 11, 10-12, 1-4;

Sal. 115;

Mt. 12, 1-8

‘Este será un día memorable para vosotros… es la Pascua, es el paso del Señor… decretaréis que sea fiesta para siempre’. Con estas palabras resumimos la importancia de lo sucedido y que nos relata el libro del Exodo.

Fue un momento importante y trascendental para el pueblo judío. Ya hemos escuchado cómo Dios, que escucha el clamor de su pueblo, ha elegido a Moisés y lo ha enviado al Faraón para que saque al pueblo de la esclavitud de Egipto. ‘Moisés y Aarón hicieron muchos prodigios en presencia del Faraón; pero el Señor hizo que el Faraón se empeñara en no dejar marchar a los israelitas de su tierra’.

Lo que en la liturgia hemos escuchado no nos detalla todo lo que fueron las plagas con las que el Señor azoló a Egipto ante el empecinamiento del Faraón. Para un mejor conocimiento de todo esto necesitaríamos una lectura personal de todos los capítulos de referencia en estos pasajes. En lo que hemos escuchado se hace referencia a lo sucedido en el último momento. Más bien a los preparativos que ha de hacer el pueblo y la manera como luego lo van a recordar de generación en generación.

Es el mandato de comer el cordero pascual, con cuya sangre habían de marcar las puertas de los judíos al paso del Señor, y que cada año habían de celebrar como solemne fiesta de la Pascua. Es lo que, cuando leemos la Biblia, o leemos los evangelio, vemos que se nos habla de la fiesta de Pascua a la que subían a Jerusalén a celebrar los judíos cada año, o la cena del cordero pascual a la que se hace especial referencia en la última cena de Jesús.

Lo que ahora sucede y se nos narra es la Pascua, el paso del Señor que les liberaba de Egipto. Lo sucedido entonces en Egipto con los judíos y también con los egipcios cuyos primogénitos varones fueron exterminados en aquella noche. Ahora la señal era aquella sangre con la que fueron marcadas las puertas de las casas judías. ‘La sangre será vuestra señal en las casa donde habitéis…’ La sangre derramada más tarde al pie del Sinaí sobre el altar del sacrificio y con la que fue aspergiado el pueblo será la señal de la Alianza entre Dios y su pueblo que marcaría para siempre su historia. Como la Sangre de Cristo derramada, verdadero Cordero Pascual, será para nosotros la señal de la gracia y de la salvación que inaugura el nuevo pueblo de Dios, el pueblo de la Nueva Alianza que es la Iglesia, que somos nosotros.

Fijémonos cómo hay un hilo conductor para aquel pueblo, el pueblo de la Antigua Alianza, y también para nosotros, el pueblo de la Nueva y Eterna Alianza en el Cordero Pascual inmolado, y en la sangre derramada para el perdón de todos los pecados. Herederos de aquel pueblo de la Antigua Alianza, somos los hijos de la Alianza Nueva y Eterna en la Sangre de Cristo derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Cristo es ese Cordero Pascual que por nosotros se inmola y se entrega por nuestra salvación.

Nos es bueno recordar estas cosas porque así entenderemos mejor el sentido de nuestra fe y el sentido de nuestras celebraciones. Son palabras que se van repitiendo continuamente en la liturgia como se repiten incluso en la proclamación de la Palabra y en la predicación, pero que hemos de saber entender en todo su sentido, para que entonces podamos vivir en plenitud ese sentido de la Alianza que de alguna manera marca también toda la historia de nuestra vida.

Los judíos celebraban cada año ese día memorable ‘como fiesta en honor del Señor’. Nosotros celebramos también la Pascua y no sólo ya en las fiestas de Pascua en los días en que rememoramos de manera especial la pasión, muerte y resurrección del Señor, sino que es lo que celebramos en cada Eucaristía, lo que ahora mismo estamos celebrando al anunciar la muerte y proclamar la resurrección del Señor. Es también la Pascua, es el paso del Señor hoy y ahora por nuestra vida con su salvación.

viernes, 10 de junio de 2011

Una promesa de amor que es camino de pascua Hech

Hechos, 25, 13-21;
Sal. 102;
Jn. 21, 15-19

‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’ Es la pregunta que una y otra vez, hasta tres veces le hace Jesús a Pedro allá junto al mar de Galilea. Es la última aparición de Cristo resucitado que nos narra el evangelio de san Juan. Y después de recoger la barca tras la pesca milagrosa, y cuando Jesús les había preparado allá sobre las brazas pescado y pan para almorzar, en un aparte con Pedro le hace estas preguntas.
¿Qué podía responder Pedro cuando hace unos momentos se había tirado al agua para llegar nadando más pronto hasta Jesús? No puede ser otra que una protesta y promesa de amor de quien había dicho que estaba dispuesto a todo por seguir a Jesús. El que había dicho un día que a dónde iban a ir ‘si tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros sabemos que tú eres el Santo de Dios’.
Sin embargo la pregunta repetida de Jesús hasta tres veces pone triste a Pedro. ‘Señor, tú lo conoces todo, tú sabes que te quiero’. Claro que Pedro recordaba que a pesar de sus protestas de seguirle hasta donde fuera, luego había sido débil y ante una criada allá en el patio del sumo pontífice le había negado hasta tres veces antes de que el gallo cantara dos como incluso el mismo Jesús le había anunciado.
El Espíritu está pronto pero la carne es débil, les había dicho Jesús en Getsemaní, pero no habían podido ni velar una hora con Jesús, porque sus ojos estaban cargados de sueño. Sin embargo Jesús sigue confiando en Pedro. Le basta su amor, y la fe y el entusiasmo que siente por El. Ya vendrá el Espíritu que le fortalezca y le dé arrojo y valentía para anunciar el nombre de Jesús como el único nombre en el que podamos encontrar la salvación. Será el que ha de recobrarse y mantenerse firme para poder confirmar en la fe a los hermanos.
‘Apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas…’ le confiará Jesús. Un día le había dicho ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré a mi Iglesia’. Y allí estaba ahora la confirmación por parte de Jesús de aquel anuncio que ahora le convertía en supremo pastor en nombre de Jesús para aquella comunidad que nacía.
Pero aquella protesta y promesa de amor era preparación, anticipo y anuncio de la pascua que Pedro había de vivir. También él habría de pasar por la pasión y el martirio. Sería dichoso de padecer por el nombre de Jesús y saldrían contentos de la presencia del Sanedrín cuando los encarcelaban y los castigaban por hablar del nombre de Jesús. Había que obedecer a Dios antes que a los hombres y no podrían callar lo que habían visto y oído.
Era también el cumplimiento de una de las bienaventuranzas que Jesús había proclamado allá en el sermón del monte. ‘Dichosos vosotros cuando os injurien y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía… alegraos y regocijáos…’
Ahora Jesús se lo anunciaba directamente a él. ‘Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías, pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras’. Y comentará el evangelista: ‘esto lo dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios’.
Mucho nos enseña este texto. Somos débiles tantas veces en la vida. Quizá no hemos sabido fortalecernos de verdad en el Señor y no hemos sabido aprovechar todos los medios. Se nos caen los ojos de sueño, o nos distraen tantas cosas que nos alejan de estar todo lo unidos al Señor que deberíamos. Pero aun desde nuestra debilidad hemos de porfiar nuestro amor por el Señor una y otra vez. Que no se nos enfríe nuestro amor. Que una y otra vez se lo digamos y repitamos al Señor, porque de qué manera nos sentimos amados.
No temamos hasta donde nos pueda llevar ese amor. No le pongamos barreras ni límites aunque por causa del amor tengamos que sufrir un poco, porque allá en el fondo del corazón vamos a sentir la mayor de las alegrías cuando sincera y generosamente nos entreguemos, nos demos por los demás. El Espíritu Santo también estará con nosorros para fortalecernos en ese amor. Se acerca Pentecostés, lo tenemos a la puerta, invoquémoslo una y otra vez.