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lunes, 7 de septiembre de 2026

Nos felicitamos con María en su cumpleaños, haciendo fiesta porque en su nacimiento estamos contemplando la aurora de nuestra salvación

 



Nos felicitamos con María en su cumpleaños, haciendo fiesta porque en su nacimiento estamos contemplando la aurora de nuestra salvación

Miqueas 5, 1-4a; Salmo 12; Mateo 1, 18-23

En este día 8 de septiembre celebra la Iglesia una festividad de la Virgen María, su Natividad, su nacimiento. ¿Cuál es el primer sentimiento que provoca el nacimiento de alguien? Hemos de reconocer que alegría; es la noticia llena de alegría que corre de boca en boca entre vecinos y familiares ante el nacimiento de un niño; todos sentimos palpitar en nuestro corazón la alegría de su nacimiento y pronto corremos a felicitarnos porque siempre es algo que sentimos como muy nuestro y a felicitar a sus padres.

En el paso de los años ese alegría se mantiene porque todos seguimos celebrando el aniversario del nacimiento y es fecha que nunca olvidamos. Una alegría en el nacimiento siempre llena de esperanza pero siempre atravesada por los interrogantes de lo que va a ser aquella criatura que comienza el recorrido del camino de su vida, queriendo siempre expresar los mejores deseos para que por nada se vea perturbada esa vida que comienza su camino.

Para nosotros, pues, también es un día grande de alegría en el nacimiento de María y tendríamos que decir muchas cosas. No podemos menos que hacer que sea un día de felicitación y de bendiciones queriendo, pues, felicitar a María en su cumpleaños. ‘Me felicitarán todas las generaciones’ proclamará en su cántico de alabanza al Señor cuando reconoce las maravillas que el Señor hace en la humildad de su esclava, cómo ella misma se siente en las manos del Señor. Y ahí se nos manifiesta la grandeza de María, reconociendo que el Señor ha realizado en ella maravillas - ¿y qué maravilla más grande que la de hacerla su madre? – sin embargo ella sigue sintiéndose siempre la pequeña, la humilde esclava del Señor.

¿No tenemos, pues, muchos motivos de alegría y de alabanza al Señor en el nacimiento de María? Su nacimiento es la aurora de la salvación, como proclamamos en la liturgia de este día. La aurora es ese momento en que sin aún ver al sol ya estamos alumbrándonos con su resplandor que traspasa los limites del horizonte. Así es María para nosotros porque nos anuncia la cercanía del Sol que nos viene de lo Alto porque de ella había de nacer quien fuera nuestra salvación.

Aquel pueblo que caminaba en tinieblas en la espera de la pronta venida del Mesías, en el actuar de Isabel con la visita de María a las montañas de Judea y en la reacción de la criatura que llevaba en su seno, el futuro precursor del Mesías, están recibiendo ya esos primeros resplandores de la salvación con la presencia de María, que venía a ser esa aurora que anuncia el nacimiento del Salvador.

Es la alegría de los cielos y es la alegría de Dios que en María se sintió complacido para fijarse en ella y hacerla su Madre. Es por lo que el ángel de la anunciación que encontró gracia ante Dios, ‘la llena de gracia’ la llama porque en ella de manera especial va a morar Dios cuando se encarne en sus entrañas. ¿No podríamos decir, entonces, que en el cielo también las campanas sonaban a gloria con el nacimiento de María? Es lo que ella luego va reconocer, cómo Dios se fijó en su pequeñez, porque son los pequeños y los humildes los más gratos a Dios, que rechaza la vanidad de los soberbios pero engrandece a los humildes.

Es la alegría de nuestro corazón que saborea la ternura de una madre, que como madre sabe caminar al lado de sus hijos, a quien nosotros como a una madre la vemos embellecida con todas las virtudes que hemos de copiar para nuestra vida, y como hijos que quieren seguir las huellas de la madre sentimos el calor de su mano maternal que nos sostiene en los momentos difíciles, que nos alienta y nos empuja para que sigamos adelante y para que aspiremos a cosas mejores, y como madre es también luz que nos ilumina el corazón para que son su reflejo sepamos llegar siempre a la luz de Jesús. En las advocaciones con que la celebramos este día unas veces la llamamos la Virgen y Madre de la luz, y otras veces la invocamos como Señora de los Remedios, por citar algunas de esas advocaciones de nuestra devoción, clara referencia a lo que venimos reflexionando.

Muchos motivos tenemos para celebrar la Natividad de María y con ella llenarnos de alegría, porque es Aurora de nuestra Salvación. Es el feliz cumpleaños de María en el que nos alegramos todos sus hijos y con ella queremos festejarlo.


sábado, 20 de diciembre de 2025

Como María hemos de sentirnos agraciados de que Dios quiere contar con nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo

 


Como María hemos de sentirnos agraciados de que Dios quiere contar con nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo

Isaías 7, 10-14; Salmo 23; Lucas 1, 26-38;

Ya me las arreglo yo. Lo habremos dicho en más de una ocasión en que alguien se ha ofrecido a ayudarnos a realizar aquel trabajo, a sacar adelante aquel proyecto en el que hemos puesto mucha ilusión, pero queremos hacerlo por nosotros mismos, mostrar que somos capaces y podemos, ¿quizás no queremos estar agradecidos porque otros nos echaron una mano y pudimos sacarlo adelante? Tengo un amigo que siempre anda agobiado por todo el trabajo que tiene; es cierto que es un trabajo fruto de sus ideas y su ingenio, pero sería un trabajo en que echar mano de otras personas que realicen su parte y entre todos, en equipo, podrían incluso sacarlo mejor adelante. Pero quiere hacerlo él porque piensa que al fin todo luego tiene que pasar por su supervisión. Y no hay manera. Pero sucede en muchas cosas y aspectos de la vida y a muchas personas.

Por lo que hoy escuchamos en el evangelio parece que Dios no quiere trabajar de esa manera en solitario. Quiere contar con nosotros, quiere contar con esa humanidad que ha creado y por la que lo está haciendo todo cuando nos ofrece un camino de salvación.

¿No es eso lo que realmente estamos escuchando en el evangelio hoy? Dios, que desde siempre había prometido un salvador, promesa repetida a través de los profetas – colaboradores de Dios, también tendríamos que decir - a lo largo de todos los tiempos cuando llega el momento de la plenitud de los tiempos quiere contar con María. Lo hemos escuchado hoy en el evangelio, el ángel del Señor viene de parte de Dios, podíamos decir, que a pedir el consentimiento de María.

Nos conocemos más que bien el diálogo pues es un pasaje del evangelio escuchado un millón de veces. Viene el Ángel del Señor a ofrecerle a María el plan de Dios. Dios se ha fijado en ella, quiere contar con ella para encarnarse en sus entrañas. Aun con las ansias de todo buen judío de la pronta venida del Mesías – esa era su súplica constante – pareciera que a María se le trastocan todos sus planes. María medita, considera, duda y pregunta, pero María se siente en las manos de Dios. Se siente superada en todos los sentidos por el Misterio que siente que la inunda. Luego cantará en su acción de gracias que el ‘poderoso se ha fijado en la pequeñez de su esclava y ha realizado obras grandes’, pero María dirá sí al plan de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, responderá finalmente al ángel.

Estamos escuchando y meditando este evangelio ya en la cercanía de la Navidad. Poder celebrar la Navidad del Señor es una gracia de Dios, es un regalo del Señor. Tenemos que sentirnos agraciados, como María se sentía agraciada porque Dios había puesto sus ojos en ella. ‘Has hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel. Igualmente nosotros tenemos que decir, porque Navidad significa que Dios sigue pensando en nosotros que en nosotros quiere hacerse presente. Ya nos dirá el evangelio en otro lugar que ‘tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo Unigénito’. Es el amor que Dios nos sigue teniendo y al que hemos de corresponder, es la gracia que Dios quiere tener con nosotros por la que en verdad tendríamos que sentirnos más agradecidos.

Pensar en todo esto nos tiene que hacer reflexionar sobre nuestra manera de celebrar la Navidad. Porque cuidado que celebremos navidad pero sin Navidad; celebremos navidad porque nos metamos en ese ambiente de fiesta, de luces, de adornos, de fiestas pero realmente no estemos dejando a Dios hacerse presente en nuestra vida. ¿Cuántas veces celebramos una fiesta de navidad muy familiar y de mucha alegría pero en ningún momento hemos tenido un tiempo para considerar el misterio que estamos celebrando? Nos hace mucha más gracias la llegada del papá Noel con sus regalos, que el Dios que viene a morar en nosotros y con nosotros dándonos el mejor regalo de su amor.

¿En verdad nos sentiremos agraciados de Dios al celebrar Navidad, más llenos de la gracia de Dios para hacerlo más presente en nuestra vida y nuestro mundo? Habría que ponerse a pensar. De muchas maneras querrá hacerse presente en nuestra vida, dejémonos sorprender porque nos podrá llegar de la forma que menos pensemos. Y no olvidemos que Dios quiere contar con nosotros y en nosotros realizará cosas grandes.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Damos gracias y pedimos a Dios por la Iglesia, dando testimonio de Iglesia con el compromiso de nuestra fe y amor siendo signo de comunión en medio del mundo

 


Damos gracias y pedimos a Dios por la Iglesia, dando testimonio de Iglesia con el compromiso de nuestra fe y amor siendo signo de comunión en medio del mundo

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Salmo 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

¿Agua de vida o agua de muerte? Ya sabemos que cuando las aguas corren sin control y todo lo anegan a su paso se pueden convertir en algo destructivo por los primeros efectos que van produciendo a su paso. No nos gustan las inundaciones, imágenes tenemos recientes en la retina o en el recuerdo de los daños causados en los grandes temporales cuando lo arrasan todo a su paso; pero bien sabemos que cuando aquel torrente de agua impetuosa que baja de la montaña arrasándolo todo llega a la placidez de la tierra llana, donde ha dejado atrás aquella impetuosidad de destrucción se pueden convertir en agua fecunda que llenará de vida nuestros campos y que incluso aquel limo que ha venido arrastrando ahora se convierte en algo así como abono que va llenando de nueva vida allá por donde pase; habrá un resurgir de la vida, habrá una nueva floración, podremos luego recoger frutos hermosos porque de alguna manera también ha servido de purificación.

Es la descripción hermosa que nos hace hoy el profeta de aquella agua que manaba del templo y que crece y crece en su fluir, pero allí por donde pasa hará resurgir la vida, como el mismo profeta nos describe en los árboles frutales de sus orillas rebosantes de frutos. Una referencia hermosa al río de gracia que en la Iglesia de Cristo encontramos y que a nosotros nos llena de vida.

Es el texto que hoy la liturgia nos propone en esta fiesta de la dedicación de la Catedral de Letrán. Decir que es la catedral del Roma, la sede del Papa, Obispo de Roma, y que tiene un hermoso significado para toda la Iglesia, que es por lo que hoy la celebramos prevaleciendo esta fiesta incluso sobre la liturgia del domingo. La Iglesia madre de todas las Iglesias como se la ha querido llamar que nos hace sentirnos hoy en comunión con la Iglesia universal y en comunión con el Papa. Nos coincide además en nuestra Iglesia española que celebramos también en este domingo el Día de la Iglesia Diocesana. Una motivación más para reavivar ese sentido eclesial de nuestra fe con todas sus consecuencias. En ese sentido van todas las lecturas de la Palabra de Dios que hoy nos ofrece la liturgia de este domingo.

Se nos habla de ese edificio, de ese templo de Dios que es Cristo mismo, como se nos señala en el evangelio. ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’, que replica Jesús a quienes le interrogaban sobre su autoridad para la purificación del templo que más que una casa de oración la habían convertido en una cueva de ladrones. Templo y edificio de Dios fundamentado sobre Cristo mismo, como nos dice el apóstol san Pablo, ‘Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo’, nos dice.

No es una iglesia edificada por hombres, sino que el constructor ha sido Cristo. Es su Evangelio, es la Palabra de salvación que nos llena de vida.

Y aquí recogemos esa hermosa imagen con la que comenzábamos nuestra reflexión y que nos ofrecía el profeta. Esa agua que mana debajo de las puertas del templo de Dios es imagen de ese río de gracia que en la Iglesia de Cristo encontramos. En ella tenemos la Palabra de Dios, en su ministerio recibimos la gracia de Dios por los Sacramentos, en ella nos sentimos ese edificio de Dios donde queremos construir nuestra vida y no solo de una forma individual sino en esa comunión de hermanos que formamos todos los que creemos en Jesús.

Es la Iglesia madre que nos acompaña en cada una de las situaciones de la vida, por muy difícil que sea el momento en que nos encontremos; es la Iglesia en la que nos sentimos acogidos porque en ella encontremos siempre la misericordia del Señor, pero que también se convierte para nosotros en fuego fundidor que nos purifica; es la Iglesia que como maestra nos enseña y nos recuerda una y otra vez las enseñanzas de Jesús que también nosotros hemos de anunciar con el testimonio de nuestra vida; es la Iglesia fuente de vida para nosotros que en la medida que con ella nos sintamos unidos a Jesús podremos llenar de fecundidad nuestra vida y dar los mejores frutos; es la Iglesia que desborda su amor sobre nosotros y sobre el mundo queriendo que todo se transforme en ese Reino de Dios que para nosotros es la Iglesia; es la Iglesia que se convierte en aliciente para nuestro camino en el ejemplo de sus mejores hijos y por eso veneramos a sus santos que nos han dejado las huellas de su vida para siguiendo su senda mejor nosotros encontrarnos con Cristo; es la Iglesia ese manantial de agua que nos llena de vida, ‘agua de vida’ que nos hace fecundos en el amor, y se convierte en fuerza y alimento para que demos los mejores frutos para nuestro mundo.

Hoy al sentirnos por una parte miembros de nuestra Iglesia local, nuestra diócesis, pero también en comunión con toda la Iglesia de Cristo al celebrar la dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán, Catedral del Papa, nos sentimos en comunión con nuestros pastores, nos sentimos en comunión eclesial que queremos expresar en todo el compromiso de nuestra fe que nos hace testigos y apóstoles del evangelio de Jesús. Damos gracias por la Iglesia, pedimos a Dios por la Iglesia, damos testimonio de nuestro sentido de Iglesia, y con el compromiso de nuestra fe y de nuestro amor queremos ser ese signo de Iglesia en medio de nuestro mundo.

lunes, 8 de septiembre de 2025

Pregustemos los resplandores de la aurora para que un día nos dejemos envolver totalmente por la luz del Sol que nos viene de lo alto a donde nos conduce María

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Pregustemos los resplandores de la aurora para que un día nos dejemos envolver totalmente por la luz del Sol que nos viene de lo alto a donde nos conduce María

Miqueas 5, 1-4ª; Salmo 12; Mateo 1, 1-16.18-23

Antes de que el sol se eleve sobre el horizonte, cuando aun no ha comenzado a despuntar, sin embargo comienza el horizonte a teñirse de los primeros resplandores que son anuncio de ese nuevo día que va a comenzar a despuntar con toda la plenitud de los rayos del sol. Tenemos que reconocer que es muy bonito el amanecer cuando tenemos la oportunidad de ver con claridad el horizonte, quizás en la lejanía del mar o desde lo alto de una montaña. He disfrutado mucho cuando he tenido la oportunidad y en esas circunstancias que he mencionado sobre todo desde la alta montaña.

La liturgia en este día en que celebramos la Natividad de la Virgen María la llama con toda razón aurora de un nuevo amanecer. El nacimiento de María nos preanuncia el nacimiento del Sol que nos viene de lo alto, que de ella había de nacer. Hay quienes no quieren entender la devoción y el amor que nosotros los cristianos sentimos por María; sabemos claramente que ella no es la Salvación, pero sí es la Madre que nos trajo al Salvador cuando Dios querrá encarnarse en sus entrañas para de ella nacer siendo hombre y para traernos la salvación.

El resplandor de María a nosotros también nos ilumina cuando nos anuncia la llegada de la verdadera luz. En ella estamos pregustando esas mieles de la salvación, con ella nosotros queremos caminar al encuentro de esa verdadera luz. No la hacemos ni más ni menos, pero es la Madre del Salvador, y toda madre estará siempre cerca del corazón de sus hijos, como tendrán a sus hijos en su propio corazón. ¿Por qué vamos a separar a María del corazón de Cristo? ¿Por qué nosotros, que también somos sus hijos, acogiéndonos al corazón de la madre no podemos aprender de ella a ir hasta Jesús? María siempre nos conducirá hasta Jesús. Ella, por supuesto, no suplantará a Dios, porque ella se sentirá siempre la humilde esclava del Señor que lo único que desea es tener a Dios en su corazón.

Muchas imágenes de María  - pensemos en tantas advocaciones de María que precisamente celebramos en este mismo día – siempre las contemplaremos con una luz, con una candela, con una vela en sus manos, mientras en la otra siempre también nos mostrará a Cristo. Ahondemos en todo el significado de esta imagen que contemplamos para que comprendamos siempre de la mejor manera posible lo que significa la presencia de María en nuestra vida y en la vida de la Iglesia. Podríamos decir frente a tantos que se escandalizan por nuestro amor a María y por el lugar que le damos en la vida de la Iglesia, que María no nos dice que ella sea la luz, sino que siempre nos estará señalando el camino de la luz, porque siempre ella nos está conduciendo hasta Jesús. 

Como decíamos, María es la Aurora de nuestra salvación. La aurora no es el sol, pero sí nos estará reflejando la luz del sol. Eso es María para nosotros, eso es lo que en ella podemos contemplar; son los valores del Reino de Dios que en ella podemos encontrar y copiar para nuestra vida; la mujer llena de fe, que merecerá por ello toda alabanza, pero la mujer disponible siempre para el servicio y para el amor, que siempre está en camino para servir como lo hizo en su camino hasta las montañas de Judea para servir en la casa de Isabel, o como estaba con los ojos atentos en las bodas de Caná para detectar donde había una necesidad y hacer que Jesús allí derramara su gracia.

Es la mujer humilde, que reconoce las maravillas que Dios realiza en ella, pero no se siente ella grande porque aunque siendo madre se siente hermana y cercana de toda la humanidad para caminar nuestros caminos, para hacerse presente con su amor, para estar siempre en esa disponibilidad de un corazón abierto para a todos acoger como madre. Sabe María que los poderosos van a ser derribados de sus tronos y que solo los humildes y los sencillos podrán tener la dicha de conocer y vivir los misterios de Dios, como ella misma canta en el Magnificat. ¿Estará adelantando María en su cántico lo que un día Jesús cantará también dando gracias al Padre que revela su corazón y su misericordia a los que son pequeños y sencillos? En ella ya lo estamos viendo.

Dejémonos envolver por esa luz que María nos refleja de lo que es el amor y la misericordia de Dios para que un día también nos sintamos llenos de esa luz porque nos sentimos enriquecidos con la misericordia del Señor.

domingo, 8 de diciembre de 2024

Con María Inmaculada hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios y ser capaces de ver la mano de Dios que también está actuando en nuestra vida

 


Con María Inmaculada hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios y ser capaces de ver la mano de Dios que también está actuando en nuestra vida

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 97; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 1, 26-38

Hay cosas en la vida que nos sobrepasan; cosas que nos sorprenden por lo inesperadas y ante las que nos quedamos sin palabras; cosas que nos impresionan por una parte quizás por su aparatosidad ante la que nos quedamos boquiabiertos, o por lo minúsculo y sencillo que sin embargo deja una huella en nosotros que no podemos borrar, que no podemos olvidar; cosas que contemplamos en las actitudes o en los comportamientos de los demás que no esperábamos de esas personas y no sabemos qué decir, como reaccionar, o qué juicio hacer de esa persona ante la que quizás teníamos nuestros prejuicios. Pero todo eso y mucho más, porque seguro que se nos ocurrirán muchas más situaciones en este sentido, quieren decirnos algo, tienen un mensaje para nosotros, nos estarán pidiendo una respuesta, una nueva actitud, una nueva manera de actuar.

Quizás vivimos tan arrastrándonos por la tierra que no vemos sino lo que tenemos bajo los pies, pueden palpar nuestras manos o tenemos a un palmo de nuestra nariz. Nos cuesta elevar la mirada para descubrir algo más, nos cuesta elevarnos sobre lo terreno y material y queremos quizás olvidar, no tener en cuenta o borrar de un plumazo lo que nos suene a espiritual. Pero, ¿qué somos como personas? ¿Dónde encontramos lo más profundo de nuestro ser? ¿Solo en satisfacciones placenteras físicas o sensuales? ¿Sólo en lo que hace ruido en nuestro bolsillo o puede aumentar el círculo materialista del que nos rodeamos?

Cuando nos elevamos a un sentido más espiritual parece que nos cuesta muchas veces entrar en esa honda. Son tantas las cosas de alrededor que hace ruido que nos aturden los oídos y perdemos la sensibilidad del espíritu. Por eso nos cuesta tanto aceptar y decir sí a todo el misterio de Dios; lo queremos cosificar muchas veces de tan materializados que estamos y en consecuencia nos cuesta entrar en esa sintonía de Dios; como si la radio de nuestro espíritu ya no tuviera esas ondas. Nos damos cuenta entonces como vamos manipulando tantas cosas de la vida, como manipulamos los sentimientos religiosos y algo que si mismo no tendrían sentido sino desde la onda cristiana lo hemos transformado tanto que no lo reconocemos. ¿Nos sucederá así con la navidad que al final no la reconocemos, no sabemos realmente lo que estamos celebrando?

Estamos en el segundo domingo de Adviento, que es ese camino que tenemos los cristianos para prepararnos para una autentica navidad de Jesús en nuestra vida. Bien nos viene esta coincidencia que tenemos este año del segundo domingo de adviento con la fiesta de la Inmaculada Concepción. Aunque en los próximos domingos seguirá apareciéndonos la figura de María y ya seguiremos meditando sobre ello, puede ser bien significativa esta unión en la celebración de este año.

Y es que con María hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios. Como le sucedió a María, como hoy contemplamos en el evangelio. Fue una sorpresa para María, como para quedarse sin palabras, un ángel viene de parte de Dios con una noticia sorprendente para ella. Primero las palabras del ángel que le hablan de cómo ella está en el pensamiento de Dios; y Dios está con ella, y es la llena de Dios como el mejor y más hermoso regalo que criatura alguna puede recibir.

Nos acostumbramos a las palabras y de tanto repetirlas al final parece que olvidamos su sentido más sencillo. El ángel le habla del regalo de Dios, la llama ‘la llena de gracia’, la que ha encontrado gracia ante Dios; Dios le hace el regalo de complacerse en ella, en su pureza y en su humildad, en su fe y en su confianza, en su dejarse conducir por el Espíritu de Dios que ahora en ella va a realizar maravillas.

¿Cómo no se iba a quedar callada María, rumiando en su corazón todo cuanto el ángel le decía? ‘Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel’, nos comenta el evangelista. Es mucho lo que el ángel de Dios le está trasmitiendo, aunque ahí no se quedan las palabras del ángel.

Eso era el saludo, ahora viene el mensaje. Por eso el ángel la invita a mantener la confianza. ‘No temas, María’ Y porque Dios se ha sentido complacido en ella, ha encontrado gracia ante Dios – así Dios la ha regalado – le sigue diciendo el ángel: ‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’.

No se acaba aquí la sorpresa de María que ahora sí que se siente ya sobrepasada. No era algo que pudiera imaginar. Y es normal que surjan las dudas en el corazón de María. ¿Cómo será posible todo esto?

‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios’. Y el ángel le habla de que las cosas de Dios no son como las imaginamos los hombres. Le pone la prueba de su prima Isabel que aun siendo vieja y aparentemente infecunda va a tener un hijo. Y María es la mujer de la fe y de la confianza, la que se pone en las manos de Dios porque es su humilde criatura, tan humilde que se siente la esclava del Señor y en ella no se puede hacer ni cumplir otra cosa que lo que es la voluntad de Dios. ‘Para Dios nada hay imposible’.

Y es aquí donde tenemos que ponernos a pensar y a dejarnos sorprender. Cuántas veces decimos que esto no tiene solución, y pensamos en nuestro mundo y sociedad con sus problemas, pensamos en lo que vemos a nuestro alrededor, o pensamos en nosotros mismos que tanto nos cuesta dar pasos para elevarnos, para arrancarnos de tantas cosas, para superarnos y para crecer. Detrás de ese velo tan oscurecido de tantas cosas ¿no tendríamos que aprender a tener otra visión? ¿No es posible que las cosas cambien? ¿No es posible que podamos mejorar nuestro mundo? Y nos sentimos tan débiles y tan sobrepasados por los acontecimientos.

¿No tendríamos que ser capaces de ver la mano de Dios que está actuando en nuestra vida, que nos está buscando, que nos está regalando de mil maneras con su amor y que nos está llamando a algo nuevo? Aprendamos de María que aún en medio del mundo que vivía supo mantenerse inmaculada, supo mantener la belleza de su fidelidad y de su amor, supo seguir confiando en Dios. Mucho tenemos que aprender de María. María es un regalo de Dios y nos recuerda cuánto Dios nos regala.

 

martes, 19 de noviembre de 2024

Nos subimos a la higuera y nos ocultamos tras sus hoja o nos bajamos pronto a la llamada que Jesús nos hace, un momento importante que nos hace llegar la salvación

 


Nos subimos a la higuera y nos ocultamos tras sus hoja o nos bajamos pronto a la llamada que Jesús nos hace, un momento importante que nos hace llegar la salvación

Apocalipsis 3, 1-6. 14-22; Salmo 14; Lucas 19, 1-10

Estamos allí aglomerados un grupo diverso de personas, unas conocidas, otras no, quizás vecinos o personas cercanas a nosotros, porque estamos esperando quizá para entrar en algún sitio, o porque estamos esperando el transporte publico para nuestro viaje; más o menos charlamos entre todos en nuestra impaciencia como suele ser habitual, pero en un momento dado se acerca una persona que desconocida que por sus características nos puede parecer que es de otro lugar, un inmigrante quizás, y se hace silencio, nos hacemos a un lado casi como si no quisiéramos que se pusiera junto a nosotros, nuestras miradas de desconfianza tratan de soslayar su mirada porque quizás nos sentimos incómodos; ¿habrá alguien que rompa el silencio y se dirija con una palabra amable al recién llegado al que quizás ni respondimos a su saludo? El también quiere tomar ese autobús, él también quiere llegar a ese sitio, ¿habrá alguien que le ponga las cosas fáciles? Seguro que brotaría una sonrisa de agradecimiento y se sentiría distinto.

He querido comenzar la reflexión de hoy con un episodio como este con el que nos encontramos en cualquier momento del día, queriendo traer al hoy de nuestra vida el episodio que nos narra el evangelio. También las gentes estaban aglomeradas en la vía que atravesaba la ciudad de Jericó y que tendría su continuación en el camino que llevaba a Jerusalén. Jesús estaba atravesando la ciudad y la gente se agolpaba para ver pasar a Jesús; quizás habían traído sus enfermos con la esperanza que Jesús los curara; todos querían verle y escuchar alguna de sus palabras.

En medio de toda aquella gente apareció el que menos pensaban que tuviera curiosidad por conocer a Jesús. El publicano Zaqueo con el que nadie quería mezclarse. Por eso le costó tanto encontrar un lugar desde donde él también viera pasar a Jesús, porque además era bajo de estatura y detrás de la gente poco podría ver. Encontró una solución; más adelante había una higuera y subido entre sus ramas podría ver pasar a Jesús y él pasaría desapercibido ya que tanto lo despreciaban sus vecinos.  No molestaría a nadie y se podía ver saciada su curiosidad.

Pero es Jesús el que inesperadamente se detiene ante aquella higuera; había descubierto a Zaqueo y ahora era Jesús el que se dirigía a El porque quería hospedarse en su casa. No es necesario poner mucha imaginación para ver la alegría y el entusiasmo con que se bajó Zaqueo de la higuera para abrir las puertas de su casa a Jesús. Algo renació en su corazón como luego se va a manifestar. Su vida cambiará radicalmente, así lo manifestará, devolverá y con creces lo que ha robado y lo que tiene lo repartirá entre los pobres. ¿Recordaremos quizá aquel joven rico al que Jesús un día le dijo que vendiera todo lo que tenía para repartir su dinero con los pobres?

‘Hoy ha entrado la salvación a esta casa’, proclamará Jesús. Un paso grande se había dado cuando se había atrevido – aunque pareciera una temeridad – subirse a la higuera para ver pasar a Jesús.

¿Significará esto algo para nosotros? Nos refugiamos muchas veces tras las hojas de tantas higueras en la vida, no por nuestra curiosidad de querer encontrarnos con Jesús; pesan quizás nuestros miedos y cobardías porque estamos pensando más en lo que pueda pensar la gente que en lo que realmente por nosotros mismos tendríamos que hacer, nuestras indecisiones a pesar de que pareciera que hay una vocecita en nuestro interior que nos está invitando a dar un paso distinto, nuestros respetos humanos o el amor propio tras los que queremos ocultarnos porque nos cuesta reconocer nuestra realidad, nuestros pedestales a los que queremos subirnos porque queremos estar en primera línea se convierten en obstáculo para que otros puedan alcanzar a ver a Jesús.

¿Daremos el paso de la higuera, porque fue importante el subirse a ella, pero fue importante también la prontitud para bajarnos? No solo es la curiosidad que podamos sentir porque queremos conocer algo nuevo, es el encuentro profundo que vamos a realizar con Jesús lo que verdaderamente va a transformar nuestra vida; no es solo la buena voluntad que nosotros podamos poner, sino el dejarnos llevar por los impulsos del Espíritu que nos empuja y guía dentro de nosotros lo que nos va a llevar a la auténtica conversión.

¿Cómo vamos a recibir y a tratar a ‘Zaqueo’ que se cruza con nosotros en cualquier aglomeración de la vida o en cualquier esquina del camino?

martes, 7 de mayo de 2024

La vuelta de Jesús al Padre, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de nueva alegría

 


La vuelta de Jesús al Padre, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de nueva alegría

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Salmo 137; Juan 16, 5-11

Todos sabemos de ausencias y de soledades. Es el amigo al que nos sentíamos muy unidos pero que por circunstancias de la vida tuvo que ausentarse y marchar a otros lugares donde ya se nos hace difícil el trato personal, la cercanía de quien incluso físicamente lo sentíamos a nuestro lado, que era para nosotros un apoyo grande en ese camino de la vida, que siempre tenía para nosotros la palabra amable y acertada, quizás el aviso y la corrección ante lo que pudiéramos hacer o lo que hubiéramos hecho, pero que ahora ya no podemos contar de la misma manera con su presencia. Deja soledades en el corazón, queremos aun en la distancia tenerlo cerca, buscamos los medios – hoy por supuesto con los modernos medios de comunicación lo tenemos más fácil – de seguir en contacto y en comunicación.

Pero es la ausencia más fuerte del ser querido que se nos va, que ha terminado su ciclo en esta vida terrena y la muerte nos lo arranca, y ya no podemos sentir ni el calor de su mano, ni la ternura de su mirada, y nos sigue doliendo su ausencia por mucho que sea el tiempo que pase y a lo que no terminamos de acostumbrarnos. Podríamos pensar en otras ausencias y en otras soledades que sentimos en la vida, tras una ruptura, tras un alejamiento del corazón, tras tantas barreras que en la vida tantas veces encontramos que nos destruyen por dentro, pero que a pesar de dolores del alma y sufrimientos nunca podemos dejar de recordar.

Son algunas experiencias humanas que he querido evocar al contemplar lo que está sucediendo en el corazón de los discípulos de Jesús en aquella noche de la cena pascual. Aunque Jesús les hablaba claramente, les era difícil entender, pero intuían algo por así decirlo misterioso al menos para ellos ahora que había de suceder. Las palabras de Jesús suenan claramente a despedida pero también a recomendaciones, pero también a sembrar nuevas esperanzas en los corazones, porque les está hablado de una presencia nueva y distinta que van a comenzar a vivir.

Como les dice Jesús es necesario que el vuelva al Padre. Es su glorificación, aunque aquella glorificación ha de pasar por la pasión y la muerte. Pero Jesús vive y vivirá para siempre. Nosotros seguimos en tiempo pascual que es celebrar precisamente esa vida de Jesús resucitado para siempre junto a nosotros. Ahora les dice que de alguna manera comprende la tristeza que está surgiendo en sus corazones. Pero les anuncia también algo nuevo. No estarán solos, porque no les faltará el Espíritu de Jesús, vuelve al Padre de donde será enviado el Espíritu consolador.

‘Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré…’

El nos enviará al Paráclito, al Espíritu Santo que va a transformar esa tristeza de los corazones en verdadera alegría. Será la fuerza de Dios en sus corazones para realizar la misión que Jesús les está encomendando. Será la Sabiduría divina que inundará sus corazones para que todo lo comprendan, para que todo lo puedan recordar, para que todo lo puedan vivir de un modo nuevo. Recordamos cómo Jesús les abría los corazones para que pudieran entender las Escrituras y su cumplimiento. Por eso con la fuerza del Espíritu es cómo vamos a sentir viva en nosotros la Palabra de Dios contenida en la Escritura Santa.

Es la fuerza de su Espíritu el que nos dará esa presencia viva de Jesús que nos llena de su gracia. Es la fuerza del Espíritu el que hará posible los sacramentos para que aquella agua del bautismo sea para nosotros fuente de vida eterna que nos hace hijos de Dios, que hará que aquel pan y aquel vino de la Eucaristía no sea solo un alimento para nuestro cuerpo, sino que alimentándonos del Pan de vida podamos tener vida para siempre y seamos resucitados en el último día; es el Espíritu que nos fortalece en la dificultad y en la enfermedad haciéndonos presente junto a nosotros al Jesús que da la vista a los ciegos, levanta de su camilla al paralítico o resucita a los muertos, es el Espíritu que hace posible en todos y cada uno de los sacramentos la presencia y gracia de Dios que en cada momento de la vida nos hace mantener el camino de nuestra fe.

La vuelta de Jesús al Padre, la vamos a celebrar el próximo domingo en su Ascensión, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de gracia y santidad poniendo nueva alegría a nuestra vida. Como escucharemos en el día de la Ascensión de la misma manera que lo vemos irse subiendo al cielo, volverá junto a nosotros para hacernos sentir una presencia nueva.

lunes, 8 de abril de 2024

Por puro don de la liberalidad del amor de Dios nos ha tomado en gracia, somos también, como María, los que hemos encontrado gracia ante Dios que nos regala tanto amor

 


Por puro don de la liberalidad del amor de Dios nos ha tomado en gracia, somos también, como María, los que hemos encontrado gracia ante Dios que nos regala tanto amor

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Al leer el evangelio de este día en que de alguna manera hacemos como paréntesis en el tiempo pascual en el que estamos para celebrar el misterio de la Encarnación que hubiera correspondido al pasado lunes santo me he querido fijar en una hermosa expresión con la que el ángel se dirige a María. ‘No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios’.

Caer en gracia, es una expresión coloquial con la cual queremos decir mucho. Cae en gracia una persona ante otras cuando destaca por sus valores y cualidades, cuando aparece reluciente su lealtad y su cercanía, cuando se hace merecedora por su forma de ser y de hacer de la atención y del cariño de los demás. Cae en gracia una persona cuando alguien generosa y gratuitamente le regala su amistad o le hace beneficiaron de muchos dones, aunque parezca que la persona quizás no se lo merezca, pera a quien le cae en gracia le hace ese regalo de sus preferencias.

Hoy el ángel del Señor viene a decirle a María que le ha caído en gracia a Dios. Miramos su humildad y su sencillez, miramos la disponibilidad y la generosidad con que manifiesta en la vida ante Dios y ante los demás, miramos la ternura que se derrama de su presencia y podíamos decir que el corazón de Dios se derrite ante María, ‘ha encontrado gracia ante Dios’, y Dios le regala su gracia, le regala sus dones, le regala el don de la maternidad divina, porque la quiere hacer su madre.

Pero yo me atrevo a decir, y lo uno a la celebración de esta festividad, que en María nosotros también nos sentimos agraciados ante Dios. No será por merecimientos propios porque tenemos que reconocer nuestro pecado y la falta de lealtad con que tantas veces vivimos, pero sí podemos decir que en María tenemos el regalo de Dios. Y como nos explicaría san Juan en sus cartas, no es que nosotros hayamos amado a Dios sino que Dios nos amó primero. Somos la criatura preferida de toda su creación porque Dios todo lo realizó para nosotros y en nuestras manos ha puesto todas las criaturas – recordemos los textos que nos hablan de la creación de Dios en el Génesis – engrandeciendo al hombre cuando lo ha creado a su imagen y semejanza.

Y Dios sigue pensando en nosotros, Dios sigue amándonos y regalándonos su gracia para hacernos a nosotros también los agraciados de Dios. Contemplar, pues, hoy a María ‘la que ha encontrado gracia ante Dios’, nos hace pensar que lo hace por nosotros. Hemos encontrado también gracia ante Dios. ¿Puede haber regalo más grande que lo que Dios hace por nosotros, que por nuestro amor nos entrega a su Hijo único? Es el misterio que hoy precisamente estamos celebrando, la Encarnación de Dios en el seno de María, en las entrañas virginales de María para estar tan cerca de nosotros que por nosotros se ha hecho hombre.

Es lo que leemos en el evangelio de este día – la anunciación del ángel a María de que iba a ser la Madre de Dios -, lo que nos expresa el profeta cuando nos habla de la Virgen que da a luz un hijo que será para nosotros Emmanuel, Dios con nosotros, y es de lo que nos habla la carta del apóstol que nos habla del sacrificio de Cristo por nosotros porque no quiere otra cosa que hacer la voluntad de Dios.

Por puro don de la liberalidad de Dios nos ha tomado en gracia, somos también los que hemos encontrado gracia ante Dios que así nos regala tanto amor. ¿Cuál es la respuesta de lealtad que nosotros hemos de dar a Dios ante tanta generosidad? también tenemos que aprender a decir ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, como hemos repetido en el salmo. Así nos llenaremos y rebosaremos de la gracia de Dios.

domingo, 10 de marzo de 2024

No olvidemos nunca que es Dios el que primero nos ha amado y nos ha regalado su gracia y su perdón, correspondamos a tanto amor

 


No olvidemos nunca que es Dios el que primero nos ha amado y nos ha regalado su gracia y su perdón, correspondamos a tanto amor

2Crónicas 36, 14-16. 19-23; Salmo 136;  Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21

Si nosotros nos sentimos en deuda con alguien, ¿hasta donde seríamos capaces de llegar para condonar esa deuda? Lo que en principio estoy considerando es que soy yo el que estoy en deuda, no lo que otros me deban a mí, ¿hasta donde llegamos? Buscaríamos medios, buscaríamos personas que nos ayuden, influencias que podamos obtener quizás de otras personas a las que acudimos para que quizás intercedan por nosotros…

Pero pensemos más, pensemos en que con quien nos sentimos deudores es alguien con quien habíamos tenido una buena relación, pero surgieron los problemas que surgieron, y ahora está por medio esa deuda, sabiendo además que era o es un persona que nos amaba y quería mucho. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué podemos aportar por nuestra parte desde nuestra pobreza y pequeñez?

Pero aquí está lo que es la maravilla del amor. Estábamos comentando que era alguien que nos amaba, que nos quería, que fuimos nosotros con nuestra miseria los que provocamos esa deuda. Y viene el Dios generoso que mantiene su amor para con nosotros, no quiere nuestra muerte aunque lo merezcamos por grande que sea nuestra deuda. Aparece el Dios lleno de misericordia y compasión, que por gracia, o sea gratuitamente, simplemente porque nos ama nos regala el perdón. Es más, para regalarnos ese perdón y esa vida, nos entrega a su Hijo amado y preferido.

Como nos ha dicho hoy el evangelio ‘tanto amó Dios al mundo, tanto nos amó Dios, que nos entregó a su propio Hijo, para que todo el que cree en El no perezca sino que obtenga la vida eterna’. Maravilla del amor de Dios. Como alguien ha escrito, ‘amar a alguien es decirle tú no morirás jamás’. Eso nos está diciendo Dios, que nos ama y quiere que tengamos vida, no quiere la muerte. ‘No vino Jesús para juzgar y condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de El’. Nos lo está repitiendo continuamente en el evangelio. Sí, ahí está, Dios nos ama y quiere la vida para nosotros. Por eso ‘todo el que cree en el Hijo de Dios no perece sino que obtiene la vida eterna’.

Ahí está la maravillosa reflexión que nos hace san Pablo en la carta a los Efesios. ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo, estáis salvados por pura gracia’. Por pura gracia; es un don gratuito. No es lo que nosotros hagamos, no son los méritos que vayamos acumulando por otro lado al alcanzar la condenación de la deuda; es un regalo de Dios, por eso decimos gracia.

Es algo que no consideramos lo suficiente.  Por eso luego seguimos siendo tan mezquinos; no lo hemos asimilado bien, nos parece algo tan natural, que nos hemos acostumbrado, y realmente no somos agradecidos lo suficiente. Tendría que ser algo que se nos quedara como grabado a fuego en el alma para no olvidarlo jamás. Pero somos reincidentes en nuestro pecado.

Nosotros seguimos prefiriendo la tiniebla y rehusamos tantas veces la luz; es que la luz nos descubriría la realidad de nuestras obras; nos queremos ocultar, pero es señal de que seguimos en tinieblas y no nos dejamos iluminar. A veces nuestro pecado además puede ser exceso de confianza, porque nos decimos, bueno, el Señor es bueno y siempre nos perdona. Pero estamos jugando con el amor de Dios y no tendríamos que hacerlo.

Es lo que tenemos que vivir y es la vida que tenemos que repartir. Cuando así nos sentimos amados de Dios no podemos menos que nosotros comenzar a amar de la misma manera. Es ahí donde mostramos el amor que le tenemos a Dios, en esa nueva vida que comenzamos a vivir, en esa tarea de amor en la que nos vemos comprometidos para ir sembrando esas semillas de amor en el mundo. 

Nos cuesta muchas veces porque se entremezcla la cizaña en nuestros sentimientos y en nuestras actitudes. Ya nos prevenía Jesús de que eso iba a suceder así, pero nos previene para que no nos dejemos embaucar por el mal que se nos presenta con tantas apariencias engañosas.

Ojalá nosotros de verdad podamos irle diciendo a los que amamos que queremos que vivan, que tengan vida para siempre, que no haya muerte en sus vidas. Pero eso no pueden ser solamente palabras bonitas que les digamos; han de ser las actitudes profundas que nosotros tengamos plantadas en nuestra vida que vayan creando vida allá por donde vamos.

Por eso tenemos que sobresalir en generosidad y desprendimiento por los demás, por eso nuestros gestos y nuestras palabras, cada cosa que hagamos han de estar siempre envueltas en la delicadeza y en la ternura. 

Tenemos de una vez por todas que ir quitando acritud de la manera como tenemos de comportarnos con los demás, una acritud que aparece en palabras violentas y malsonantes, en gestos despectivos, en discriminaciones que aparecen en nuestra manera de tratar según a quien, en desconfianzas que algunas veces camuflamos en sonrisas forzadas, en tantas posturas con las que creamos distanciamientos y ponemos barreras a pesar de nuestra buena cara. Algo hondo tiene que cambiar dentro de nosotros para que afloren siempre esos buenos sentimientos, para que dejemos a nuestro paso siempre el perfume de nuestro amor.

Recordemos siempre, es Dios el que nos ha amado y nos ha regalado su perdón, respondamos con nuestro amor.

sábado, 7 de octubre de 2023

Contemplar a María, la amada y agraciada del Señor nos recuerda que también somos bendecidos de Dios con su presencia en nosotros y con nosotros

 


Contemplar a María, la amada y agraciada del Señor nos recuerda que también somos bendecidos de Dios con su presencia en nosotros y con nosotros

Zacarías 2, 14-17; Sal.: Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38

Qué bien nos sentimos cuando sabemos con certeza que quien nos ama está a nuestro lado. Sentimos seguridad en la vida, nos sentimos con fuerzas para afrontar los caminos que tengamos que recorrer, hay una alegría en el corazón que nos hace ver las cosas de manera distinta, nos sentimos amados y eso nos hace felices. Son experiencias humanas y muy gratificantes, el amor nos da confianza para saber que esa presencia no la vamos a perder, y aunque muchas veces no lo veamos con los ojos esa fe que ponemos en aquel que amamos y que sabemos que nos ama nos da seguridad, aunque siempre podamos tener la tentación de la duda. Si nos faltara esa presencia parecería que la vida se nos derrumbaría.

He querido comenzar con esta experiencia humana que todos habremos vivido de una forma o de otra, porque quiero hablar de otra presencia. De nuevo hemos escuchado el evangelio del relato de la anunciación del Ángel a María en Nazaret. Lo hemos meditado muchas veces pero siempre hay algo nuevo que nos dice, algo en lo que podemos encontrar una nueva noticia de parte de Dios para nosotros.

Quiero fijarme en el saludo del ángel. No es un simple buenos días o buenas tardes como nosotros solemos expresar. Viene de parte de Dios y trae una buena noticia para María que va a ser inicio de más grandes buenas nuevas para toda la humanidad. El saludo viene de parte de Dios, ‘Dios te salve, María’, parece un buen deseo para comenzar pero es que le va a decir algo más y es la forma que nosotros empleamos para repetir las palabras del ángel. Pero el ángel quiso decir algo mucho más hondo porque no es un deseo sino un constatar una realidad; ‘Alégrate, llena de gracia, porque el Señor está contigo’, es realmente lo que le dice el ángel.

Es la llena de gracia, la amada y bendecida de Dios en quien se ha derramado todo el amor de Dios, ha encontrado gracia ante Dios, es la agraciada de Dios ‘porque el Señor está contigo’. Como solemos decir más vale caer en gracia. María le cayó en gracia a Dios, ha encontrado gracia ante de Dios y eso va a significar que para siempre Dios va a estar en María. Con toda seguridad, con toda la seguridad de lo que es el amor de Dios, con toda la seguridad de ese regalo de Dios para siempre.

María será la virgen pura, será la que se siente pequeña aunque reconoce que Dios está realizando obrar grandes y maravillosas en ella y por eso su corazón cantará siempre agradecido al Señor, será la humilde esclava del Señor porque se siente en sus manos y se deja hacer por Dios, será servidora fiel que siempre se pone en camino para estar allí donde la necesitan, para abrir los ojos a las necesidades o los problemas de los demás y la vemos caminando a casa de Isabel o la vemos con los ojos bien abiertos en las bodas de Caná, será la que se deje inundar por el Espíritu de Dios que la hará fecunda para que Dios sea para nosotros siempre Dios con nosotros, y será la que está con el grupo de los discípulos para enseñarles y enseñarnos a abrir nuestro corazón al Espíritu Dios, será la que plante la Palabra de Dios en su corazón de manera que para ella ya no hay otra cosa que cumplir, que realizar esa Palabra del Señor, y la que nos enseñe también a hacer lo que El nos diga, porque siempre nos llevará hasta Jesús.

Si para María fue una realidad que Dios estaba con ella, para nosotros es un deseo y podríamos decir también que un propósito. Con vosotros estoy, hemos cantado muchas veces, también recordando que Jesús nos prometió que estaría con nosotros para siempre hasta el final de los tiempos. Es un regalo que también nos ofrece el Señor y también tendríamos que sentirnos los agraciados del Señor. Sí, Dios también quiere estar con nosotros, quiere regalarnos su presencia, pero quizás no siempre la sabemos apreciar.

Abramos nuestras puertas a Dios, abrámonos a la presencia de Dios que quiere estar en nuestra vida, seamos conscientes de esa presencia que nunca nos falta para que sintamos esa paz y esa seguridad que tanto necesitamos, no echemos en olvido su presencia, no pongámonos obstáculos a su presencia. Decíamos al principio lo bien que nos sentimos cuando sabemos de la presencia junto a nosotros del amigo que nos ama y nos sentimos fortalecidos y no nos sentimos solos, sino con animo para seguir adelante haciendo el camino. Seamos conscientes de que no es una presencia cualquiera, no es la presencia del amigo, es la presencia de Dios en ti. Nada nos puede derrumbar, nada nos puede vencer porque Dios está con nosotros.

Aprendamos de María a abrir nuestro corazón, a plantar su Palabra en nosotros, a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor.


viernes, 29 de septiembre de 2023

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor


 

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

'Delante de los ángeles tañeré para tí, Señor', decimos con la liturgia de este día en que celebramos la fiesta de los Arcángeles de Dios. Nos unimos a los coros de los ángeles, decimos en otro momento de la liturgia y de ellos tomamos prestadas sus palabras para también entonar ese cántico de gloria del Señor.

No sé, pero aunque nos manifestamos con corazón agradecido a Dios cuando sentimos su presencia en nuestra vida, en medio de nuestras luchas y problemas, creo que no siempre sabemos cantar como es debido a la alabanza del Señor. 'Tuyo es el Reino, tuyo el Poder y la Gloria', diremos también en otro momento de la liturgia. Es algo que tendríamos que hacer más. Es gozarnos de la gloria del Señor, es reconocer su grandeza y las maravillas que hace con nosotros, es disfrutar de su presencia en la que nos gozamos con su presencia y de nuestra boca y de nuestro corazón tendrían que salir cada vez con más fuerza esos piropos de alabanza.

¿No es lo que hacen los enamorados que se vuelven poetas rebuscando las mejores y más bonitas palabras para describir de la mejor manera posible lo que han descubierto en su amado o su amada y regalarle con un cántico bien hermoso todo lo que quisieran expresar desde ese amor que sienten en el corazón?

¿No es lo que hacemos en nuestras relaciones humanas cuando descubrimos las cosas hermosas que una persona ha realizado por su comunidad o su pueblo y le dedicamos fiestas en su honor y buscamos los mejores poetas que ensalcen esas figuras que van ya a ser muy importantes para el pueblo?

Que no se enfríen nuestros sentimientos, que no decaiga nuestro amor, que vivamos con intensidad esos momentos en que se desborda nuestro corazón para cantar a Dios, cuando reconocemos sus maravillas, cuando nos sentimos inundados de su amor, cuando somos conscientes de cómo el Señor nos ayuda y nos libera, nos hace seguir caminando adelante con paso firme, porque Él está siempre con nosotros, que sepamos, pues, encontrar el modo en que también sepamos proclamar esas alabanzas para nuestro Dios.

Celebrar esta fiesta de los Santos Arcángeles, san Miguel, san Gabriel y san Rafael, tendría que despertarnos a esa alabanza y a esa acción de gracias que continuamente cantemos a nuestro Dios. Cuando contemplamos hoy a estos arcángeles estamos viendo la intervención divina en nuestra propia historia de la salvación. No solo recordamos a Rafael porque acompañara al joven Tobías en su camino de peregrinación y fuera signo de la medicina de Dios al curar al anciano Tobías; no solo estamos recordando a Gabriel como el mensajero de Dios que llegó a casa de María, como antes lo hiciera en el templo con el sacerdote Zacarías, para transmitirles los designios de Dios; no solo contemplamos a Miguel como algo así como el capitán de los ejércitos celestiales para significar la victoria del bien sobre el mal y el pecado.

Estamos contemplando esa acción de Dios en nosotros, que pone a sus ángeles como compañeros de nuestro camino - en unos días celebraremos a los santos Angeles Custodios -, vienen a ser la voz de Dios en nuestro corazón para inspirarnos el camino del bien o hacernos descubrir los planes de Dios para nuestra vida, sino que también descubrimos esa presencia sobrenatural junto a nosotros para librarnos del mal, para que no caigamos en la tentación, para que tengamos esa luz de lo alto que nos haga descubrir el camino del bien que hemos de recorrer.

Pondrá el Señor a sus ángeles para que nuestro pie no tropiece en el camino, para presentar nuestras súplicas y oraciones ante el trono celestial, para ayudarnos a escuchar y discernir la Palabra de Dios que llega a nuestro corazón. No nos hagamos sordos ni nos resistamos a la gracia de la presencia de los ángeles de Dios a nuestro lado. 'Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre', le decía Jesús al sorprendido Natanael cuando descubrió que Dios conocía sus secretos más íntimos. Sepamos sentir como los ángeles de Dios que nos acompañan en nuestro camino están también contemplando el rostro de Dios y cantando eternamente la alabanza del Señor. Que con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unamos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor.


jueves, 13 de julio de 2023

Que suene la melodía de la gratitud y de la gratuidad, que se derramen chorros de ternura de nuestro corazón generoso, que se llene el mundo de paz

 


Que suene la melodía de la gratitud y de la gratuidad, que se derramen chorros de ternura de nuestro corazón generoso, que se llene el mundo de paz

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Sal 104; Mateo 10,7-15

Todo cuesta, decimos; a todo queremos ponerle un valor, un valor que muchas veces lo reducimos al valor material; enseguida cuantificamos lo que hemos hecho y estamos contando con las ganancias que podamos obtener. Aunque algunos parece que se lo merecen todo y no saben valorar ni agradecer lo que reciben los demás, por la contra también nos encontramos los que no entienden que se pueda hacer algo de manera gratuita, debido a ese mercantilismo del que hemos envuelto la vida, de manera que de todo queremos sacar un rendimiento, una ganancia, y poco es lo que se hace de forma gratuita.

Creo que un paso necesario es saber valorar y agradecer lo que recibimos, incluso cuando tengamos que abonar unas tasas por un trabajo hecho. Quien ha hecho algo por nosotros, quien nos ha prestado un servicio, aunque entrara en sus obligaciones, merece que le valoremos al menos con nuestro agradecimiento lo que nos ha facilitado, lo que ha hecho por nosotros, aunque entrara, como decíamos, en sus obligaciones, en las tareas que tenía que realizar en razón del lugar que ocupa. Necesitamos que se oiga más la palabra gracias, porque además entraríamos en la órbita de unas relaciones más humanas, porque el otro también merece ese detalle de la gratitud que es valoración de lo que hace.

Seguramente cuando aprendamos a decir gracias, cuando aprendamos a valorar lo que recibimos, lo que los otros hacen, podríamos estar entrando en nosotros en otra clave a la hora de hacer algo que pueda beneficiar a los demás. Seguramente comenzaríamos a ser más desprendidos, comenzaríamos a dar más de nosotros mismos de forma generosa a los demás. La generosidad de lo que recibimos nos enseñaría a actuar con la misma generosidad en todo lo que hacemos; no estaríamos en ese estadio tan mercantilista en que tantas veces nos movemos.

Es lo que Jesús les está enseñando a los discípulos. Un día sintieron la llamada del Señor y se fueron con Jesús. De aquel encuentro con Cristo mucho estaban recibiendo, porque estaban comprendiendo y aprendiendo a vivir en los parámetros del Reino de Dios que Jesús estaba anunciando. Ahora hemos visto que Jesús los llama de manera especial para confiarles una misión. Aquella noticia que ellos habían recibido un día y que les había movido a estar con Jesús ahora han de llevarla a los demás. Habían ellos también de anunciar la llegada del Reino de Dios, habían de realizar los signos y señales de que ese Reino de Dios se hacía presente en nuestro mundo, porque eso reciben el poder de curar enfermedades, de expulsar demonios. ‘ld y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios’.  

Pero hay algo muy importante que Jesús les dice a continuación. ‘Gratis habéis recibido, darlo gratis’. Importante reconocer el don de Dios en sus vidas, ese don de Dios que ellos ahora habían de transmitir. Por eso les dice que su apoyo no está en medios humanos; la fuerza del anuncio que habían de hacer estaba en si mismo, en el propio anuncio, en el Reino de Dios que se estaba instituyendo.

Por eso les está pidiendo también ese desprendimiento a la hora de caminar al encuentro con los demás para hacer ese anuncio del Reino de los cielos. Ni bastones ni sandalias, ni túnicas de repuesto ni dinero en la alforja, es importante la paz que lleven en su corazón. Su vida se ha visto transformada desde el encuentro con Jesús y sus corazones han comenzado a vibrar de distinta manera, porque es la melodía del amor y de la paz lo que tiene que escucharse. No podemos llevar otros sonidos en nuestra vida que distraigan de ese auténtico sonido de paz que han de transmitir.

Bien nos vendría escuchar con toda intensidad estas palabras de Jesús para que seamos esos testigos y misioneros de la paz en medio del mundo que nos rodea. esa música no la podemos hacer sonar apoyándonos en cosas, esa música sonará de verdad cuando haya auténtico desprendimiento en nuestro corazón, cuando agradecidos reconozcamos cuanto de Dios recibimos, y cuando derramemos sin medidas ni límites ese chorro de ternura que brota de nuestro corazón lleno de amor.