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lunes, 8 de diciembre de 2025

Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso, hoy viene a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María

 


Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso, hoy viene a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 97; Efesios 1, 3-6. 11-12;  Lucas 1, 26-38

‘¿Dónde estáis?’ Permítanme decirles que esto me recuerda aquellas chiquilladas que de niños hacíamos, pero tras el momento del entusiasmo de juego y de nuestras diabluras nos sentíamos pesarosos y renuentes a entrar a casa, o si lo hacíamos poco menos que nos escondíamos en el último cuarto temiendo el encuentro con nuestra madre. ¿Dónde estás?, era el grito con el que nos llamaba y al que evitábamos responder; nacían las desconfianzas, las culpabilidades y las culpabilizaciones, el miedo temeroso al castigo aunque al final tuviéramos que afrontar las consecuencias.

Es lo que nos relata el libro del Génesis en aquellas primeras páginas de la historia humana que pronto se llenan de sombras. Tras la desobediencia viene el respeto, y aunque Dios viene al encuentro del hombre, como dice tan bellamente, a la hora de la brisa de la tarde, Adán y Eva se han metido en lo más profundo del jardín. ‘Me dio miedo y me escondí’, fue su respuesta; se habían dado cuenta que aquello que le había prometido el tentador se quedaba en un vacío, se dieron cuenta de que estaban desnudos y les entró la vergüenza ciñéndose con unas hojas de higuera.

Es nuestra realidad y la realidad de la humanidad. Cuando el orgullo domina la vida del hombre a continuación aparecerán las oscuridades y los miedos; ya no nos mostraremos con la misma libertad los unos a los otros en unas relaciones verdaderamente humanas apareciendo todo un mundo de hostilidades; nos sentiremos abrumados por la culpa, pero pronto buscaremos disculpas para nosotros pero otros a quien echar la culpa; un abismo frío de muerte se mete por medio de nuestras relaciones y el amor deja de ser el rail por donde camine nuestra vida, porque aparecerán los intereses y las divisiones; dejaremos de sentir la felicidad de la vida y todo hasta lo más esencial para la vida se convertirá en carga pesada sobre nuestros hombros de lo que siempre querremos liberarnos.

¿Pero eso se quedará ahí sin remedio como un peso muerto para siempre o habrá algún destello de esperanza de que todo eso un día pueda cambiar? Dios nos sale al encuentro como lo hizo un día con Adán y Eva en el paraíso después de su pecado. Y es lo que hoy celebramos y contemplamos. La historia de la salvación en ese venir de Dios a nuestro encuentro, aunque muchas veces nosotros sigamos escondiéndonos o haciéndonos oídos sordos a sus llamadas.

Así llegó el ángel de Dios a Nazaret, como hoy escuchamos en el Evangelio. En el lenguaje bíblico se habla con frecuencia de esa visita de los ángeles, como una manera de expresarnos esa visita de Dios. Diríamos que es una forma de expresar esa cercanía y no sentirnos abrumados por la inmensidad de Dios, de manera que los antiguos pensaban que quien veía a Dios moría. Por eso en aquellas manifestaciones grandiosas de Dios con el pueblo que camina por el desierto y en el Sinaí, le piden a Moisés que les hable en nombre de Dios, porque sea Moisés el que tenga ese encuentro cara a cara con Dios. Así resplandecía luego su rostro, como se nos señala en la Biblia.

Pero en aquella visita del ángel de Dios en Nazaret, María no se escondió, no tuvo que preguntar el ángel, ‘¿dónde estás?’ porque aunque María se siente sobrecogida por las palabras del ángel no rehuye su presencia y se queda en diálogo con él. Aunque siente su pequeñez e indignidad, aunque no termina de entender todo lo que el ángel de parte de Dios le está trasmitiendo María dice sí, María, aunque humilde esclava del Señor, acepta que se cumpla en ella cuanto el Señor le manifiesta. ‘Hágase en mi según tu palabra’, será su respuesta final.

Dios sigue abriendo caminos para venir a nuestro encuentro y María se convierte para nosotros en modelo y ejemplo de cómo ponernos en ese camino de Dios empezando por acogerle en nuestra vida, no hacernos sordos a su llamada y a su presencia. Necesitamos aprender, necesitamos entrar en esa sintonía de Dios, necesitamos abrir los oídos y las puertas de nuestro corazón porque el Dios que viene a nosotros es un Dios de amor. Habremos hecho tantas veces en nuestra vida esas chiquilladas que ponen en nosotros esa tendencia a escondernos, a rehuir nuestra culpa o a buscar a quien culpabilizar; tenemos que ser conscientes de nuestra desnudez y de nuestro vacío cuando estamos sin Dios, cuando queremos caminar en la vida sin seguir las sendas de Dios, sino creyéndonos nosotros dioses. Ha dejado Dios el mundo en nuestras manos, como lo hizo con Adán y Eva, a pesar de que es bien palpable nuestra debilidad y los desvíos que tantas veces se producen en nuestro corazón, pero Dios sigue queriendo confiar en nosotros, en la humanidad; pero no olvidemos una cosa, Dios se pone a nuestro paso para que no nos falte esa luz; a nosotros también el ángel del Señor nos dirá que Dios está con nosotros; Jesús nos lo ha prometido y eso no fallará.

Miramos hoy a María abriendo su corazón a Dios y aceptando el plan que Dios tiene para ella. ¿Seremos capaces nosotros de abrir así nuestro corazón y aceptar el plan de Dios para nosotros? este camino de Adviento que estamos haciendo es una buena oportunidad para pensar en ello y que esta próxima venida del Señor a nosotros en esta navidad que vamos a celebrar sea también el comienzo de una humanidad nueva. Es una esperanza que queremos hacer vida en nosotros.

Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso. Hoy nos está saliendo a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María.

 

domingo, 8 de diciembre de 2024

Con María Inmaculada hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios y ser capaces de ver la mano de Dios que también está actuando en nuestra vida

 


Con María Inmaculada hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios y ser capaces de ver la mano de Dios que también está actuando en nuestra vida

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 97; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 1, 26-38

Hay cosas en la vida que nos sobrepasan; cosas que nos sorprenden por lo inesperadas y ante las que nos quedamos sin palabras; cosas que nos impresionan por una parte quizás por su aparatosidad ante la que nos quedamos boquiabiertos, o por lo minúsculo y sencillo que sin embargo deja una huella en nosotros que no podemos borrar, que no podemos olvidar; cosas que contemplamos en las actitudes o en los comportamientos de los demás que no esperábamos de esas personas y no sabemos qué decir, como reaccionar, o qué juicio hacer de esa persona ante la que quizás teníamos nuestros prejuicios. Pero todo eso y mucho más, porque seguro que se nos ocurrirán muchas más situaciones en este sentido, quieren decirnos algo, tienen un mensaje para nosotros, nos estarán pidiendo una respuesta, una nueva actitud, una nueva manera de actuar.

Quizás vivimos tan arrastrándonos por la tierra que no vemos sino lo que tenemos bajo los pies, pueden palpar nuestras manos o tenemos a un palmo de nuestra nariz. Nos cuesta elevar la mirada para descubrir algo más, nos cuesta elevarnos sobre lo terreno y material y queremos quizás olvidar, no tener en cuenta o borrar de un plumazo lo que nos suene a espiritual. Pero, ¿qué somos como personas? ¿Dónde encontramos lo más profundo de nuestro ser? ¿Solo en satisfacciones placenteras físicas o sensuales? ¿Sólo en lo que hace ruido en nuestro bolsillo o puede aumentar el círculo materialista del que nos rodeamos?

Cuando nos elevamos a un sentido más espiritual parece que nos cuesta muchas veces entrar en esa honda. Son tantas las cosas de alrededor que hace ruido que nos aturden los oídos y perdemos la sensibilidad del espíritu. Por eso nos cuesta tanto aceptar y decir sí a todo el misterio de Dios; lo queremos cosificar muchas veces de tan materializados que estamos y en consecuencia nos cuesta entrar en esa sintonía de Dios; como si la radio de nuestro espíritu ya no tuviera esas ondas. Nos damos cuenta entonces como vamos manipulando tantas cosas de la vida, como manipulamos los sentimientos religiosos y algo que si mismo no tendrían sentido sino desde la onda cristiana lo hemos transformado tanto que no lo reconocemos. ¿Nos sucederá así con la navidad que al final no la reconocemos, no sabemos realmente lo que estamos celebrando?

Estamos en el segundo domingo de Adviento, que es ese camino que tenemos los cristianos para prepararnos para una autentica navidad de Jesús en nuestra vida. Bien nos viene esta coincidencia que tenemos este año del segundo domingo de adviento con la fiesta de la Inmaculada Concepción. Aunque en los próximos domingos seguirá apareciéndonos la figura de María y ya seguiremos meditando sobre ello, puede ser bien significativa esta unión en la celebración de este año.

Y es que con María hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios. Como le sucedió a María, como hoy contemplamos en el evangelio. Fue una sorpresa para María, como para quedarse sin palabras, un ángel viene de parte de Dios con una noticia sorprendente para ella. Primero las palabras del ángel que le hablan de cómo ella está en el pensamiento de Dios; y Dios está con ella, y es la llena de Dios como el mejor y más hermoso regalo que criatura alguna puede recibir.

Nos acostumbramos a las palabras y de tanto repetirlas al final parece que olvidamos su sentido más sencillo. El ángel le habla del regalo de Dios, la llama ‘la llena de gracia’, la que ha encontrado gracia ante Dios; Dios le hace el regalo de complacerse en ella, en su pureza y en su humildad, en su fe y en su confianza, en su dejarse conducir por el Espíritu de Dios que ahora en ella va a realizar maravillas.

¿Cómo no se iba a quedar callada María, rumiando en su corazón todo cuanto el ángel le decía? ‘Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel’, nos comenta el evangelista. Es mucho lo que el ángel de Dios le está trasmitiendo, aunque ahí no se quedan las palabras del ángel.

Eso era el saludo, ahora viene el mensaje. Por eso el ángel la invita a mantener la confianza. ‘No temas, María’ Y porque Dios se ha sentido complacido en ella, ha encontrado gracia ante Dios – así Dios la ha regalado – le sigue diciendo el ángel: ‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’.

No se acaba aquí la sorpresa de María que ahora sí que se siente ya sobrepasada. No era algo que pudiera imaginar. Y es normal que surjan las dudas en el corazón de María. ¿Cómo será posible todo esto?

‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios’. Y el ángel le habla de que las cosas de Dios no son como las imaginamos los hombres. Le pone la prueba de su prima Isabel que aun siendo vieja y aparentemente infecunda va a tener un hijo. Y María es la mujer de la fe y de la confianza, la que se pone en las manos de Dios porque es su humilde criatura, tan humilde que se siente la esclava del Señor y en ella no se puede hacer ni cumplir otra cosa que lo que es la voluntad de Dios. ‘Para Dios nada hay imposible’.

Y es aquí donde tenemos que ponernos a pensar y a dejarnos sorprender. Cuántas veces decimos que esto no tiene solución, y pensamos en nuestro mundo y sociedad con sus problemas, pensamos en lo que vemos a nuestro alrededor, o pensamos en nosotros mismos que tanto nos cuesta dar pasos para elevarnos, para arrancarnos de tantas cosas, para superarnos y para crecer. Detrás de ese velo tan oscurecido de tantas cosas ¿no tendríamos que aprender a tener otra visión? ¿No es posible que las cosas cambien? ¿No es posible que podamos mejorar nuestro mundo? Y nos sentimos tan débiles y tan sobrepasados por los acontecimientos.

¿No tendríamos que ser capaces de ver la mano de Dios que está actuando en nuestra vida, que nos está buscando, que nos está regalando de mil maneras con su amor y que nos está llamando a algo nuevo? Aprendamos de María que aún en medio del mundo que vivía supo mantenerse inmaculada, supo mantener la belleza de su fidelidad y de su amor, supo seguir confiando en Dios. Mucho tenemos que aprender de María. María es un regalo de Dios y nos recuerda cuánto Dios nos regala.

 

viernes, 8 de diciembre de 2023

La fiesta de la Inmaculada, una invitación a que lancemos un grito de esperanza en la búsqueda de la paz que hoy necesita nuestro mundo

 


La fiesta de la Inmaculada, una invitación a que lancemos un grito de esperanza en la búsqueda de la paz que hoy necesita nuestro mundo

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Apenas iniciado el camino del Adviento nos aparece la figura de María en esta hermosa fiesta tan entrañable para todos de la Inmaculada Concepción de María. Viene como a condensar todo el camino que vamos haciendo acompañados de los profetas y de Juan Bautista, donde María nos aparecerá también en el momento oportuno en la cercanía de la Navidad. Pero hoy nos aparece esta fiesta que es una fuerte invitación a que lancemos el grito de la esperanza porque tenemos la certeza de la victoria de la vida del amor sobre la muerte.

Bien necesitamos ese aliento para el camino que en Maria encontramos. A veces nos encontramos desalentados cuando nos sentimos envueltos en tantas negruras de muerte y de violencia, de enfrentamientos sin sentido ni razón, de insensibilidad y de inferencia que nos hace insolidarios y egoístas porque solo nos miramos a nosotros mismos y no sabemos abrir el corazón a lo que en verdad nos pueda elevar y trascender. Pero es posible un mundo nuevo y distinto; no van a ser los orgullos y las ambiciones los que nos dominen y sigan esclavizando, porque con Maria aprendemos a abrir nuestra vida para que se llene de Dios cuando sabemos abrir el corazón con mirada nueva a los que nos rodean.

Es el aliento que de Maria recibimos haciendo renacer las esperanzas en nuestro corazón. El orgullo de querer ser como Dios destruyó el plan de Dios que quería una humanidad para la dicha y la felicidad; por algo en la imagen de la Biblia aparece el hombre colocado en un jardín que tenía que ser las delicias para la humanidad, pero cuando nos endiosamos nos destruimos a nosotros mismos y causamos destrucción a nuestro alrededor. Qué pronto comenzó la desconfianza en el corazón del hombre cuando se dejó seducir por el pecado; se escondieron porque se dieron cuenta de que estaban desnudos, nos dice el autor sagrado. Y pronto comenzarán las culpabilizaciones, como siempre hacemos en la vida, cuando no queremos reconocer nuestros errores y siempre se los queremos aplicar a los demás. Fue el querer pasarse la pelota entre Adán y Eva, finalmente terminando en la serpiente del maligno.

Es la historia de las negruras de nuestra vida, pero hoy contemplamos a quien no se esconde aunque sienta la humildad de su pequeñez sino que se siente sorprendida con el misterio de Dios que el ángel le está comunicando. Le cuesta entender el misterio – se puso a rumiar y considerar lo que significaban aquellas palabras – pero está pronta, aunque se siente pequeña, para ponerse a disposición del plan de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’.

Una nueva aurora se despliega para la humanidad. Será posible la victoria del amor y de la vida. María nos está abriendo el camino. El velo de sombras se va a descorrer porque algo nuevo va a comenzar. Dios está con nosotros, va a ser para siempre el Emmanuel y el sí de aquella doncella de Nazaret hizo posible el nacimiento de una nueva humanidad, porque Dios sigue creyendo en el  hombre, sigue contando con el  hombre y por eso El mismo se hace hombre. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros’.

Es cierto que es el Misterio de la Navidad para el que nos estamos preparando y que pronto vamos a celebrar. Hoy con María Inmaculada estamos ya pregustando los gozos de esa fiesta, porque ha renacido la esperanza en nuestros corazones. Es el grito de la esperanza que con María en esta fiesta en que la contemplamos toda pura, sin pecado concebida en virtud de los méritos del que iba a nacer de sus entrañas nosotros queremos proclamar. Es posible ese mundo nuevo en que ya nunca nos escondamos con nuestras malicias y nuestras desconfianzas, en que ya para siempre seamos capaces de tendernos la mano para caminar junto, en que nuestras palabras no serán ya más para el enfrentamiento acalorado culpando siempre a los demás de nuestros males y por eso queramos destruirlos, sino que va a nacer un reino nuevo de amor, de justicia y de paz.

Para nosotros es un compromiso y muy serio. Porque celebrar esta fiesta de María no es para quedarnos estáticos y cada uno en su rincón, sino que es y tiene que ser un ponernos en camino. Como lo hizo María, pronto la veremos en camino para buscar un lugar donde ir a servir, donde llegar la alegría de Dios que desbordará incluso de la casa de Zacarías e Isabel porque se trasportará por todas las montañas de Judea como un adelanto de los cánticos y de gloria y de paz que meses mas tarde harán resonar los ángeles por los campos de Belén anunciando el nacimiento del Salvador.

¿Será lo que nosotros también tenemos que hacer ya desde este día y desde esta fiesta de la Inmaculada? ¿Cuáles van a ser los verdaderos cánticos de paz que tienen que resonar en la noche de la navidad? ¿Veremos pronto la paz en aquellos lugares de conflicto y de guerra o seguirá sin poderse celebrar la noche de Navidad en Belén como algunos anuncian que sucederá en este año? ¿No podremos cambiar nosotros esos anuncios porque allí donde estemos construyamos más comprometidamente la paz?

Creo que María Inmaculada a eso nos está invitando. Ojalá podamos cantar ese cántico nuevo porque sentimos que el Señor sigue haciendo maravillas.

jueves, 8 de diciembre de 2022

Con María desbordamos de gozo en el Señor porque a ella la hizo la llena de gracia y por ella somos nosotros bendecidos con toda clase de bendiciones

 


Con María desbordamos de gozo en el Señor porque a ella la hizo la llena de gracia y por ella somos nosotros bendecidos con toda clase de bendiciones

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

¡Qué suerte hemos tenido! Pensamos, por ejemplo ahora que estamos en fechas de eso, si nos toca la lotería. Es como un regalo que no esperábamos, aunque quizás lo deseamos. Nos volvemos locos de alegría. Como si nos hacen un regalo muy valioso que ni esperábamos y ni siquiera habíamos pensado en ello. No lo podemos callar, desborda la alegría de nosotros y queremos contagiar de ello a los demás.

‘Desbordo de gozo en el Señor mi Dios, porque se ha fijado en la pequeñez de su esclava y el Señor ha hecho maravillas en mi’, cantará María cuando llega a casa de Isabel y no puede callar la noticia que lleva dentro de sí. Todo el camino había sido como un ensayo de cómo decirlo, de cómo cantar a Dios, de cómo dejar que todo aquel río de alegría y felicidad que lleva dentro de ella desborde y contagie a los demás. Por eso dirá Isabel que tan pronto oyó las palabras de saludo de María, la criatura – Juan el Bautista - saltaba de gozo en su seno.

No era para menos. El ángel en su saludo la había llamado la ‘llena de gracia’, y ante las dudas de María el ángel insiste en que ‘ha hallado gracia’ en la presencia de Dios y por eso ha sido elegida para ser la madre del Altísimo. Es más, el ángel le dirá que el Espíritu divino vendrá sobre ella y la cubrirá con su sombra para que lo que de ella ha de nacer sea llamado el Hijo de Dios.

Ha hallado gracia ante Dios, la llena de gracia, nos hemos acostumbrado a estas palabras que terminamos por no captar su hondo sentido. Gracia significa don, significa regalado; es lo que se regala gratuitamente, simplemente porque se quiere, no como pago a unos merecimientos, sino como un don que nos enriquece, porque nos da algo nuevo. Y María es la agraciada del Señor, la regalada del Señor; Dios derrocha en ella toda gracia, todo don, porque nada menos que le regala el que pueda ser su madre, la Madre de Dios. Y colmada de la bendición del Señor todo en ella será belleza porque será vida y será amor.

Es lo que se derrocha del corazón de Maria. En ella ya no podemos ver ninguna mancha, ninguna impureza, ningún pecado. Por eso hoy la llamamos Inmaculada, porque en ella ni siquiera la mancha del pecado original con el que todos nacemos la pudo manchar, porque en virtud de los méritos de Cristo, como decimos en el catecismo y en la teología, Maria fue preservada de toda mancha de pecado original. Es lo que hoy celebramos, es lo que hace que hoy la Iglesia se vista de fiesta con María.

Hoy nosotros nos sentimos bendecidos con María. Ese don de Dios, esa gracia de Dios para María no era solo para ella; somos nosotros los bendecidos también, somos nosotros los agraciados también. Porque en María, podemos decirlo así, se hizo presente la salvación de Dios para nosotros; quien nació de María, se llamaría Jesús, porque sería el Salvador, porque seria la salvación de Dios para la humanidad. El que nacerá de María, y ya prontamente lo vamos a celebrar, será el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Dios que se encarna en el seno de María, Dios que se hace hombre en las entrañas de María para participar de nuestra humanidad a la que iba a divinizar, iba a elevar también con ese don y esa gracia sobrenatural que a nosotros nos haría hijos de Dios. Es hermoso. Es motivo para que nosotros también desbordemos de gozo en el Señor, desbordemos de gozo con María porque también nos sentimos unos bendecidos de Dios, y para nosotros sería también la gracia, para nosotros sería también ese regalo del amor de Dios.

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos’, decía el apóstol en la carta que hemos escuchado en la segunda lectura. Toda clase de bendiciones, porque ‘nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor… nos ha destinado a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado’.

Somos, pues, también nosotros los agraciados, los regalados del Señor. Llamamos a María, la llena de gracia, pero es lo que también tendría que rebosar en nosotros. Tendríamos que aprender de María a decir sí, a reconocer la inmensidad de gracias y de maravillas que el Señor también realiza en nosotros, aunque seamos indignos, pero es el regalo del amor, que en María comprendemos mejor, que con María queremos por ello dar gracias a Dios.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

 


Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Más vale caer en gracia… decimos más de una vez cuando hemos sido beneficiados por algo, pero no en sentido de algo que la suerte nos haya traído, sino en el sentido de que alguien en su benevolencia ha pensado en nosotros y ha querido regalarnos algo que nos llena de satisfacción.

En un mundo tan lleno de acritud, en mundo en que nos envuelven las sombras de la duda y de la desconfianza, en un mundo que vamos haciendo violento con nuestras envidias y rencillas, con nuestros resentimientos y orgullos mal curados, con un amor propio que sale tan fácil a flote y que nos lleva a enfrentamientos y luchas, el sentir que alguien gratuitamente nos regala algo, nos descoloca, parece que no estamos acostumbrados, nos sorprende y algunas veces no sabemos ni cómo reaccionar. Claro que a esa gratuidad de lo que tan generosamente se nos ofrece tendría que corresponder por nuestra parte una gratitud que no se quede solo en palabras.

‘Has hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel a María después de sus saludos. La llena de gracia, la saludó el ángel, porque Dios estaba con ella. María le cayó en gracia a Dios. Estamos viendo es cierto ese actuar de Dios con María a la que eligió por sí mismo depositando en ella todo su amor, pero tenemos que reconocer que la gracia que María estaba recibiendo no era solo para ella, sino que era gracia para toda la humanidad. El regalo de la gracia de Dios para María era un regalo para la humanidad, porque a través de María nos iba a hacer llegar a quien iba a ser en verdad la salvación para toda la humanidad.

María es la elegida de Dios para ser su Madre, María era la elegida de Dios para ser la madre del salvador del mundo. Aquel Hijo que por obra del Espíritu Santo habría de nacer de sus purísimas entrañas, el Hijo del Altísimo, será llamado Hijo de Dios iba, sin embargo, a llevar un nombre que venía a significar ese regalo de Dios para la humanidad. ‘Y le pondrás por nombre Jesús porque el salvará al pueblo de sus pecados’. Ya nos dirá en otro momento el evangelio que tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su Hijo único. Es el regalo de Dios, es la benevolencia de Dios.

El mundo se iba a llenar de luz porque las sombras iban a desaparecer. Nos tenemos que sentir sorprendidos por esa luz que comienza a brillar para nosotros y que de alguna manera nos viene de mano de María, pero que es el regalo de la benevolencia de Dios para con todos nosotros. No quiere el Señor otra cosa para nosotros que la salvación, como nos repetirá en otras ocasiones el evangelio, la buena nueva que nos trae Jesús. Si antes decíamos que en ese mundo tan convulso en el que vivimos, tan lleno de egoísmos y de insolidaridades nos descoloca cuando nos encontramos con alguien que generosamente nos regala algo, así tenemos que sentirnos ante el misterio de Dios que hoy se nos revela en María.

Hoy es un día cuando celebramos su Inmaculada Concepción y escuchamos este evangelio que estamos comentando en el que no paramos de cantar alabanzas a María porque así se dejó llenar de Dios en esa disponibilidad y en esa apertura de su corazón a lo que era la voluntad de Dios pero tenemos que fijarnos en la generosidad de su respuesta.

Es la correspondencia de María a la gratuidad del don de Dios para ella y para la humanidad. Está ella reconociendo ese don de Dios. ‘El Poderoso se fijó en la pequeñez de su esclava’, cantaría María en la visita a su prima Isabel en la montaña, reconociendo que el Señor había hecho obras grandes en ella y por eso la iban a felicitar todas las generaciones. Pero ella con su respuesta estaba manifestando como la misericordia del Señor se iba a seguir derramando por todas las generaciones. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…’

Claro que el Señor derramó su gracia sobre ella y la hizo grande; claro que en María veremos resplandecer todas las virtudes y toda la santidad; claro que hoy la contemplamos Inmaculada en ese don que Dios le concedió al preservarla de todo pecado en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.

Nos gozamos con ella, nos felicitamos con ella como los hijos se felicitan con la madre. Pero nuestra fiesta de María tiene que ser ese reconocimiento de la gratuidad de la benevolencia de Dios sobre nosotros que se tiene que convertir en la generosa gratitud que con toda nuestra vida imitando a María nosotros tenemos que ofrecer. María es también ese regalo de Dios para la humanidad, para todos nosotros. Cantemos agradecidos la gloria del Señor. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos’. Bendito sea Dios que nos ha regalado a María.

martes, 8 de diciembre de 2020

El ángel de la anunciación se postró delante de María porque estaba viendo que Ella estaba llena de la presencia de Dios

 


El ángel de la anunciación se postró delante de María porque estaba viendo que Ella estaba llena de la presencia de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Celebramos un misterioso y milagroso evento, para nuestra salvación en Cristo, que pasa de forma desapercibida: la actuación extraordinaria de Dios desde el primer momento de la vida de María. Así lo recordaremos en el prefacio de la eucaristía al expresar: «Porque preservaste a la Virgen María de todo pecado original para que, enriquecida con la plenitud de tu gracia, fuese digna Madre de tu Hijo, imagen y comienzo de la Iglesia, que es la esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura». La Inmaculada Concepción, decimos simplificando.

Es un misterio de amor. Primero que nada el amor de Dios, porque todo está en orden al misterio de la salvación. Pero es un misterio de amor porque estamos contemplando también lo que es el amor de María. Pensemos hasta donde llegó su donación de amor. Se olvida de sí misma para dejarse conducir por Dios; ya no son sus planes sino que todo será aceptar y asumir el plan de Dios, por eso a sí misma se llama la esclava del Señor.

Todos en la vida nos trazamos nuestros planes, nos hemos trazado un camino, tenemos unos deseos de realizarnos de una manera determinada, un proyecto de vida, que decimos. De una forma consciente y clara y otras veces sin puntualizarlo quizá demasiado vamos realizando nuestra vida según eso que queremos. Cuanto nos molesta cuando se frustran esos planes, cuando no los podemos realizar, cuando van surgiendo circunstancias en la vida que nos hacen tomar otros rumbos, un fracaso, un accidente, una enfermedad, algo inesperado y parece que todo se viene abajo. Hay quien se amarga, se siente frustrado o fracasado, se siente como un derrotado cuando quizá las cosas marchaban con normalidad pero ahora todo se trastoca y no sabemos realmente lo que nos espera.


María de Nazaret también tenía su plan de vida. Como toda joven en su edad aspiraba al matrimonio y así estaba desposada con José, o sea era su prometida en la espera de los esponsales y la boda. Pero de repente todo cambia en su vida. Siente que de pronto Dios irrumpe en su vida – es la aparición del ángel – para anunciarle que su vida sería distinta. El hijo que un día nacería de sus entrañas no era un cualquiera, un simple muchacho de Nazaret sino que iba a ser llamado Hijo de Dios, era el Hijo del Altísimo.

María, no entiende, porque ella como dice no conoce a un hombre – no ha tenido relaciones con ningún hombre – y de pronto le dicen que va a ser madre. Parece que sus planes se derrumban, se vienen abajo, pero Maria es una mujer creyente, María es la mujer que sabe descubrir a Dios y sus planes y está dispuesta a ponerse en las manos de Dios. María en su fe es capaz de hacer la mayor y mejor ofrenda, el sacrificio de si misma, de su yo para dejarse conducir por Dios en aquellos nuevos caminos para los que se le está pidiendo colaboración. Fiat, hágase, cúmplase, realícese en mí según tu palabra que me traes de parte de Dios.

Porque hay esa fe y esa disponibilidad en el corazón de María el ángel ha podido decirle que es la llena de gracia porque está llena de Dios. El ángel que goza de la visión de Dios está viendo y descubriendo esa presencia de Dios en el corazón de María, como en ninguna otra criatura ha podido contemplar. Algunas veces los artistas cuando reflejan en sus cuadros esta escena de la Anunciación nos presentan al ángel de rodillas delante de María; es un hermoso sentido del misterio que quieren reflejar, porque si el ángel está en perpetua adoración en la presencia de Dios, cómo no iba a ponerse de rodillas delante de María que está llena de la presencia de Dios. La ha llamado la llena de gracia y la he dicho ‘el Señor está contigo’.

Hoy nosotros celebramos que María estuvo siempre llena de Dios, inundada por la presencia de Dios porque en su alma nunca hubo mancha de pecado. Como recordamos antes en lo que se dice en el prefacio de la Eucaristía de esta fiesta ‘preservaste a la Virgen María de todo pecado original para que, enriquecida con la plenitud de tu gracia, fuese digna Madre de tu Hijo… llena de juventud y de limpia hermosura’. Porque ‘Purísima tenía que ser, Señor, la Virgen que nos diera al Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad’.

Pero tenemos que preguntarnos qué significa hoy para nosotros celebrar esta fiesta de María. Contemplamos su grandeza, la grandeza de una madre y contemplamos las maravillas que Dios quiso realizar en ella. Damos gracia porque la tenemos como madre, porque la podemos llamar madre. Pero es también todo lo que todos los hijos han de hacer para honrar a una madre, para corresponder a su amor. Parecernos a Ella, aprender de Ella, copiar de Ella su santidad porque no nos falta una fe como la de María, porque haya disponibilidad en nuestro corazón para seguir los pasos de santidad de María.

¿Seremos capaces, como María, de tener los ojos de la fe bien abiertos para descubrir los planes de Dios? Escuchar a Dios en lo hondo del corazón, rumiar en nuestro interior como la hacía María la Palabra que le venía de parte del Señor. Nuestra vida en ocasiones se llena de dudas y de incertidumbres, también tantas veces nos sentimos frustrados porque se nos derrumban nuestros planes, hay ocasiones en que nos sentimos agobiados por las distintas situaciones por las que pasamos pero no hemos de perder esa serenidad de nuestro espíritu, ese ser capaces de detenernos en medio de las tormentas para sentir que no estamos solos y que de la mano del ángel del Señor también podremos salir de esas noches oscuras.

Ahora mismo por la situación que se vive hay muchas cosas que se nos derrumban empezando porque este año no podremos celebrar la navidad tal como estábamos acostumbrados y tendrán que ser otras las formas que tengamos que afrontar. ¿Por qué no tratamos de descubrir ahí una voz que nos está llamando de parte de Dios para que de una vez por todas seamos capaces de ir a lo principal y no nos quedemos en tantas superficialidades con que habíamos envuelto las fiestas de navidad? Mucho papel de celofán pero no habíamos descubierto el regalo, ahora que se nos caen esas cosas externas, ¿seremos capaces de descubrir el verdadero regalo de Navidad?

Fiémonos de María que ella nos ayudará. Si decíamos que el ángel se postró delante de María porque en ella estaba Dios, ¿Dónde tendremos que postrarnos de verdad para ver a Dios en esta navidad?

 

domingo, 8 de diciembre de 2019

Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación


Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Romanos 15, 4-9; Lucas 1, 26-38
En medio del camino del Adviento que iniciábamos el pasado domingo nos aparece hoy la figura de María en esta fiesta de su Inmaculada Concepción que siempre nos cae en este marco, pero que este año se hace coincidir con el segundo domingo de Adviento. Repetidamente aparecerá en la liturgia en este camino de preparación para la Navidad la figura de María. De mano de quien mejor podemos nosotros hacer este camino que de mano de María.
En la Palabra de Dios que para esta fiesta se nos propone aparece como en un contrapunto la figura de Eva y la figura de María. Nos aparece Eva en el relato del Génesis en esa página llamada precisamente el proto-evangelio, porque viene a convertirse en el primer anuncio, la primera Buena Nueva de la salvación que Dios nos ofrece para nuestro pecado.
Cuando nos acercamos al Génesis podemos ir llenos de prejuicios y de no tan correctas interpretaciones por lo que algunos casi lo descartan como fruto de leyendas y de mitos que dicen que se contraponen a conceptos que dicen científicos de lo que es el origen del universo y de la humanidad. Desde el sentido creyente de la vida con el que ponemos siempre a Dios en el centro y origen de nuestra existencia y de la vida misma, sabemos que nunca haremos de esas primeras páginas de la Biblia ninguna lectura literal ni por supuesto tampoco de signo científico.
Pero en esa lectura creyente que del Génesis hacemos podemos descubrir el sentido de Dios que gravita en el fondo de la existencia del universo mismo y que ahora mismo que tan dados somos a ecologías y cuidados del medio ambiente allí veremos también como Dios ha puesto su obra creadora en las manos del hombre para que la cuide y para que la desarrolle con las capacidades de las que está dotado. Que nunca la maldad que se introduce con tanta facilidad en el corazón del hombre destruya la vida ni destruya la obra creada de Dios.
Fijémonos como cuando dejamos introducir ese mal en el corazón del hombre, de la persona, en nuestros deseos de grandeza y de poder queremos ser como dioses que se sientan por encima de todo y de todos no importándole destruir lo que sea para no bajarse del pedestal en que ha querido subirse.
Lo que nos relata el Génesis del pecado de Adán y Eva lo podemos seguir leyendo, lo podemos seguir viendo en el corazón de la humanidad hoy donde seguimos con nuestros afanes y nuestros orgullos de grandeza y de poder que nos divide y nos destruye como destruye cuanto esté en nuestro derredor. Cuando se mete esa maldad en el corazón pronto aparece la discordia y el enfrentamiento porque nunca queremos reconocer que la culpa es nuestra sino del otro o de la circunstancia. Eva me dio de comer dirá Adán, la serpiente me engañó replicará Eva, pero nunca reconocemos cuando de ambición y de orgullo hay en nuestro corazón.
Es bueno detenernos un poquito a hacernos esta reflexión del pecado de la humanidad, porque no es un pequeño etéreo y en abstracto sino que tenemos que reconocer que sigue siendo nuestro pecado y ver ahí nuestra propia destrucción. Pero esta página es una página de esperanza porque para ese pecado que nos destruye hay una salvación. Es la promesa de Dios que escuchamos en esta página del Génesis. ‘Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón’.
Está el anuncio de la victoria sobre el mal ‘te aplastará la cabeza’, y aparece también en cierto modo la figura de María. Es la mujer cuya descendencia será nuestra salvación. Es por lo que escuchamos este texto en esta fiesta de Maria, porque ya María, en virtud de los méritos de su Hijo, nació liberada de la esclavitud del pecado. Por eso la llamado Inmaculada en su Concepción.
Hoy el ángel del Señor la llama la llena de gracia, porque es la que está llena de Dios cuando le anuncia que va a ser la Madre del Altísimo. Decíamos antes como en contrapunto aparecen Eva y María, porque si aquella primera mujer la vemos seducida por el maligno – no nos quedemos de manera simple en la prohibición o la tentación de una fruta cogida de un árbol y comida – puede ser esa figura o esa imagen de la humanidad manchada por el pecado porque desobedece el plan de Dios, en contrapunto aparece María, la Inmaculada, la llena de gracia y que se convierte por su obediencia de fe en el puente de nuestra salvación porque es la madre del que vino a traernos la salvación.
Hoy nos gozamos con Maria, como los hijos se gozan con la Madre, pero hoy nos gozamos con María porque ella es aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación. Como nos gozamos tras una noche oscura cuando al amanecer van apareciendo los primeros albores del nuevo día, así nos gozamos con María y de manera especial en este camino de Adviento que estamos haciendo y que nos conduce a la celebración del nacimiento del Salvador.
En los pasos que vamos dando en este camino tantas veces oscuro de la vida vayamos impregnándonos de esos albores de gracia que en Maria contemplamos para que vayamos desprendiéndonos de esas negruras de orgullo y de vanidad en que nos vemos envueltos tantas veces para que imitando a María nos revistamos de esas vestiduras de gracia del hombre nuevo con nuestra humildad y nuestra disponibilidad, con nuestra apertura a los designios de Dios y nuestra obediencia de fe, con la generosidad de un corazón desprendido y que se ha despojado del orgullo y de la vanidad que nos hacia creernos grandes y nuestro compromiso siempre renovado de hacer de este mundo lleno de violencia y de maldad un mundo nuevo de verdad y de paz.
De mano de María será un hermoso camino de Adviento que nos llevará a una autentica navidad de Dios que se hace más presente en nuestro mundo.

sábado, 8 de diciembre de 2018

En este camino de Adviento la figura de María Inmaculada es para nosotros un rayo de esperanza y un faro de luz que nos conduce a la salvación



En este camino de Adviento la figura de María Inmaculada es para nosotros un rayo de esperanza y un faro de luz que nos conduce a la salvación

 Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

‘¿Dónde estás? Él contestó: Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí’. Es la reacción del hombre, de la humanidad en el paraíso que escuchamos en el Génesis.
Miedo y  nos escondemos; miedo y huimos; miedo a lo que nos parecen sombras, porque no nos gusta la oscuridad aunque sea el camino que tantas veces escogemos; miedo porque reconocemos nuestra indignidad; miedo porque sentimos que la soledad  nos atenaza y nos aísla más y más; miedo ante el misterio y ante lo desconocido. Huimos, nos escondemos, escurrimos el bulto, nos cuesta reconocer lo que hemos hecho, queremos echarnos la culpa de encima y culpabilizamos al que sea incluso al que tenemos más cerca de nosotros en la vida, no gustaría apartarnos de la oscuridad pero sin saber cómo hacer nos hundimos más y más en ella. Nos sentimos desnudos, que no es solo físicamente el cubrir la desnudez de nuestro cuerpo, sino que hay una desnudez más profunda de nuestro ser en sombras o en soledad.
Nuestros miedo, huidas, desnudez pueden significar muchas cosas; nuestros miedo y huidas pueden representar nuestra situación que no la vemos clara pero que no sabemos cómo salir de ella; nuestros miedos y huidas pueden significar nuestra soledad porque nuestra situación nos aísla, porque rechazamos incluso a quien pueda estar a nuestro lado y nos haga reconocer lo que somos o como estamos. Y en esa oscuridad de nuestros miedos y soledades nos cuesta encontrar una luz.
Me he detenido en estas descripciones a partir de esas palabras del Génesis porque esta fiesta que hoy estamos celebrando lo hacemos en medio del camino del Adviento. Y el camino del Adviento quiere llevarnos al encuentro de una luz, la luz que brillará en Belén, la luz que nos anuncia la salvación. Salir de esos miedos, oscuridades, desnudeces, soledades, aislamientos es encontrar la salvación. Por eso son momentos de esperanza los que vivimos, es la esperanza la que tenemos que despertar en nuestro corazón.
¿Quién mejor puede despertar esa esperanza en nosotros que María de Nazaret, la que aunque tuviera temores en su corazón cuando le costaba entender las palabras del ángel sin embargo supo poner totalmente su vida en las manos de Dios? Es lo maravilloso que descubrimos hoy en el evangelio. Podríamos pensar que María aquel día en Nazaret que se sentía deslumbrada por la presencia y las palabras del ángel se sintiera tentada en sus temores y al sentir su pequeñez en echarse para atrás y encerrarse en si misma y en la soledad que pudiera estar sintiendo en aquel momento.
María preguntó, es cierto, porque no terminaba de comprender todo lo maravilloso que el ángel del Señor le estaba manifestando, pero se confió. Más tarde reconocería que el Señor hizo en ella cosas grandes, que el Señor se había fijado en su pequeñez y en su pobreza, pero sintiéndose pequeña, sintiéndose la última y la esclava del Señor supo decir Si, supo ponerse en las manos de Dios, supo dejar que Dios actuara en ella con la fuerza de su Espíritu.
Es un contraste el que estamos viendo, en el paraíso el hombre huyó y se escondió porque se sentía desnudo, ahora en Nazaret María se queda contemplando el misterio de Dios que se le revela y aunque se siente pequeña se deja encontrar por Dios, se deja llenar del Espíritu de Dios, nada menos que para que el Hijo de Dios se encarnase en sus entrañas.
María hoy nos enseña a mirar nuestra realidad, nuestra pequeñez, nuestras sombras y soledades, nuestros temores y la posibilidad de encerrarnos en nosotros mismos, pero no para que nos quedemos en el temor y en la angustia, en la incertidumbre, sino para que despertemos la esperanza, para que sepamos abrirnos al misterio de Dios aunque nos supere, para que nos pongamos en la manos de Dios dejando que El actué en nosotros y realice maravillas que luego hemos de saber reconocer cantando un cántico nuevo porque el Señor ha hecho maravillas en nosotros.
Es cierto que contemplándola a Ella toda pura y sin pecado, llena de fe y confianza en Dios, tan dispuesta siempre a darse y a ponerse en la actitud humilde de los siervos para el servicio, vemos las sombras de nuestros pecados, de nuestros miedos y de nuestras insolidaridades, de nuestras cobardías y de tantas veces como cerramos los ojos y los oídos a Dios y a los demás. Pero contemplándola a Ella, sabemos que Dios quiere seguir confiando en nosotros, que El viene con su salvación que renueva nuestra vida y nos pondrá siempre en camino de cosas nuevas, como en ella se realizó y como ella estuvo dispuesta.
Y en este camino de Adviento que estamos haciendo la figura de María, que volverá a aparecer en otros momentos de nuestro camino, es para nosotros un rayo de esperanza, un faro que nos guía a encontrar la verdadera luz y a llenarnos de la salvación de Dios que Jesús viene a ofrecernos. ‘En Cristo, sabemos que hemos sido bendecidos con toda clase de bienes espirituales y celestiales, como nos decía san Pablo, y hemos sido elegidos para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor’.
Con María caminando a nuestro lado nuestras oscuridades se volverán luz, las sombras de la desnudez de nuestro pecado se transformarán en gracia que nos revestirán de la luz de Dios, y no sentiremos el azote de los miedos de nuestras cobardías porque si María supo hacer ese camino de abrirse a Dios con generosidad y voluntad firme, es el camino que también nosotros podremos recorrer revistiéndonos de su misma generosidad y santidad.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Celebrar la Inmaculada Concepción de María es contemplar como Dios volvió su rostro sobre ella inundándola de su presencia que la hizo llena de gracia para siempre

Celebrar la Inmaculada Concepción de María es contemplar como Dios volvió su rostro sobre ella inundándola de su presencia que la hizo llena de gracia para siempre

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Hay a quien le cuesta entender lo gratuito; parece que por todo hay que pagar, a todo le ponemos un precio y cuando viene alguien y nos ofrece una cosa valiosa de forma gratuita nos extraña. Y el que recibe algo gratuito algunas veces  no sabe qué hacer, de alguna manera se siente turbado porque no termina de entender que haya alguien tan generoso que venga a ofrecerle un regalo, él que quizá nunca le ha dado nada a nadie.
Parece como que si nos regalan nosotros tenemos también que regalar o que nadie nos va a regalar nada si antes nosotros no le habíamos regalado algo. Pueden ser cosas valiosas, objetos de valor, cosas por las que sentimos gran aprecio y para nosotros tiene un valor mas allá de una cuantía material, o pueden ser favores o servicios que le hagamos a la otra persona, un detalle que no tiene que ser valioso en lo material pero que queremos tener u ofrecerle a la otra persona.
Como decíamos se siente turbada la persona que lo recibe porque se ve sorprendida, no se siente merecedora, o no cree que haya hecho nada para que le puedan tener en cuenta. Y eso es lo valioso de lo gratuito; damos algo gratuitamente porque hay generosidad en nuestro corazón, porque sentimos aprecio por la persona con la que compartimos, o porque queremos tener una muestra de nuestro amor.
Hay una palabra que en el lenguaje cristiano y religioso empleamos con mucha frecuencia, pero no sé si llegamos a caer en la cuenta de todo su significado; es más, algunas veces parece como si la despojáramos de su sentido espiritual y la cosificamos. La palabra es ‘gracia’. Decimos la gracia de Dios y parece como si fuera una cosa que ahí conservamos en nosotros, no se donde, pero que no llegamos a captar todo el sentido maravilloso que tiene esa palabra.
Hablamos de gracia y tendríamos que estar pensando en el amor gratuito de Dios. El amor de Dios es gratuito, es un regalo de Dios que en su amor nos inunda con su presencia. Ya tendríamos que recordar aquello que nos dice san Juan en sus cartas. ‘El amor no consiste en que nosotros amemos a Dios, sino en que Dios nos amó primero’. Sí, Dios nos amó primero, no porque nosotros lo mereciéramos sino porque El que nos ha creado nos regala para siempre su amor con una generosidad, como es la de Dios, infinita.
Es todo lo que consideró María, y por lo que se sentía turbada como dice el evangelio, cuando recibió la visita del Ángel en Nazaret. Allí estaba ella experimentando ese amor gratuito de Dios que piensa en ella y la elige desde toda la eternidad porque la quería hacer su Madre. Con razón la llama el ángel ‘la llena de gracia’. Y como si no se llegara a entender todo lo que quiere decir el ángel con estas palabras, luego le dice que ha encontrado gracia ante Dios, Dios la ha mirado y la ha mirado con una mirada especial. ‘El Señor está contigo’, le dice. Y si Dios está en María ella se siente envuelta en esa presencia de Dios, en ese amor de Dios.
Es en lo que quiero fijarme hoy de manera especial cuando estamos celebrando esta fiesta tan hermosa de María. La estamos proclamando Inmaculada, toda limpia, toda pura, toda llena de gracia, toda llena de la presencia de Dios desde el primer instante de su Concepción.
Decíamos que Dios había pensado en María y la había escogido desde toda la eternidad, había vuelto su mirada sobre ella y la había inundado de su presencia porque en ella había de encarnarse el Hijo de Dios. No podía haber en ella mácula de pecado porque estaba llena de Dios. Así la llamamos Inmaculada, Inmaculada en su Concepción, desde el primer instante en que fue concebida fue preservada por esa gracia de Dios, por es presencia de Dios incluso del pecado original con el que todos nacemos.
Por eso la contemplamos así resplandeciente y llena de luz y de gracia; por eso nos queremos gozar en esta fiesta tan hermosa que tanto nos dice y tanto gozo nos produce porque todo hijo se goza en su madre, en las alegrías de su madre. Con ella de manera especial nos sentimos unidos en esta fiesta, como no puede ser menos. Porque María es la Aurora de la Salvación; su concepción y su nacimiento fue el inicio de un camino que nos traería la salvación, porque de ella había de nacer Jesús que es nuestro Salvador.
Hace unos días tras una breve consideración que en las redes sociales se hacia de la presencia de María en la vida del cristiano y como habíamos de aprender de ella a hacer este camino de Adviento que nos lleva a la navidad, alguien me comentaba que no teníamos que adorar a María porque no es Dios y nuestro único Salvador es Jesús. No sé de donde aquella persona sacó el que estuviéramos diciendo que había que adorar a María y que ella fuera nuestra salvación.
Algunas veces hay quien quiere hacernos decir cosas que no decimos y que ellos por principio parece que siempre quieren rechazarnos en lo que es la devoción que los cristianos le tenemos a María. A María, es cierto, nunca la adoramos porque bien sabemos que no es Dios. Y tenemos muy claro que nuestro único salvador es Jesús porque no hay otro nombre en quien se nos de la salvación. Pero los cristianos amamos a María porque es la Madre del Señor y El nos la ha querido dejar como Madre; y de ella como buenos hijos queremos aprender, queremos imitarla porque es el más hermoso ejemplo de santidad para nosotros que nos acerca a Jesús.
Si hoy la contemplamos llena de gracia porque así Dios ha querido volver su rostro sobre ella para inundarla de su presencia, tenemos que pensar también cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y también nos quiere inundar con su presencia y su gracia. No sabemos muchas veces corresponder a esa maravilla de la gracia de Dios en nosotros y por eso acudimos a María, para aprender de ella en esa acogida a la presencia de Dios, y para que como madre nos ayude a que sepamos dar esa respuesta. ¿No acuden siempre los hijos a su madre para pedirles su presencia y su ayuda en sus problemas o sus necesidades? Y ahí siempre estará la presencia de la madre junto a sus hijos. Así María con nosotros, así nosotros acudimos también a María.
Que también nosotros sepamos llenarnos de la gracia de Dios; que aprendamos a sentirnos inundándoos por su presencia y así nuestra vida será santa.


jueves, 8 de diciembre de 2016

En María Inmaculada aprendemos lo que es la sabiduría del amor realizando en nuestra vida y para nuestro mundo el proyecto del amor de Dios

En María Inmaculada aprendemos lo que es la sabiduría del amor realizando en nuestra vida y para nuestro mundo el proyecto del amor de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38
El proyecto de Dios es un proyecto de amor.  No puede ser de otra manera porque Dios es amor. Es lo que ha querido desde toda la eternidad para el hombre. Y a pesar de tantos rechazos por parte del hombre que en su orgullo se cree Dios cuando lo que hace es encerrarse en si mismo en su egoísmo – lo más lejano de Dios – sigue buscándonos y sigue ofreciéndonos su proyecto de amor. Y el amor es el que hace feliz al hombre. Es en ese amor de Dios donde podremos alcanzar la mayor felicidad y la más hermosa sabiduría.
Esta fiesta de María que hoy celebramos, su Inmaculada Concepción, es lo que nos viene a expresar de manera contundente. María es aquella mujer anunciada ya en los albores de la humanidad, en las primeras páginas del Génesis, cuya descendencia iba a vencer el mal a fuerza de bien, a fuerza de amor.
El texto que hemos escuchado del Génesis viene a describirnos ese rechazo del hombre a lo que es el proyecto de amor de Dios. Decimos es el relato del pecado del primer hombre, pero es el relato del pecado de todo hombre, de toda la humanidad pecadora que tantas veces va a la contra del proyecto de Dios. Siempre aparece nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia que cree sabérselo todo pero que nos encierra en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, en no pensar sino en nosotros mismos rompiendo así el proyecto de Dios.
Pero el amor de Dios es perseverante, es un amor eterno que no se cansa nunca de amarnos a pesar de nuestros rechazos y desamores. Nos ofrece una salvación. Hoy el Génesis nos habla de esa descendencia de la mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente. Llegaba el momento culminante de la historia, la plenitud de los tiempos que nos dice san Pablo, y Dios había de elegir a una mujer que fuera la madre de quien nos trajera la salvación.
Si la redención significaba limpiarnos de toda culpa para hacer un hombre nuevo de vida pura e inmaculada inundada por el amor, aquella mujer que habría de ser la madre del Redentor tendría que ser pura e inmaculada inundada también de ese amor. Dios podía hacerlo y quiso hacerlo y a María la preservo de toda culpa de pecado en virtud de los méritos de su Hijo, y es por eso que ella es ya Inmaculada desde su Concepción. Y es la fiesta que hoy celebramos. Por eso la llamamos también tiernamente la Purísima.
Entra en juego toda la intensidad del amor de Dios cuyo proyecto se ha de realizar en plenitud en el hijo de la mujer, en el Hijo de María que seria al mismo tiempo el Hijo del Altísimo, como le diría el ángel allá en la anunciación en Nazaret. Y es María la ‘llena de gracia’ – es de alguna manera el nombre que le da el ángel -, la que está inundada de Dios – ‘has encontrado gracia ante Dios’ -, de su vida y santidad, y de su amor, la que está abierta desde lo más hondo de si misma al proyecto de Dios, a lo que es la voluntad de Dios. ‘Hagase en mí según tu palabra’, que le responde María al Ángel de la Anunciación.
Es el proyecto de amor de Dios que se ha de seguir realizando en el hombre y en el mundo. Tanto nos amó Dios que nos dio a su Hijo único y Jesús en la plenitud de su amor por nosotros se ha entregado para redimirnos, para limpiarnos y hacernos resplandecientes por la gracia, para hacernos caminar en una vida nueva que es la vida de la plenitud en el amor.
Es el proyecto de amor que nosotros ahora hemos de vivir amando con un amor como el de Dios. El amor verdadero siempre tendrá un toque de Dios, siempre tendrá una resonancia divina en nuestra vida. Por eso cuando amamos de verdad, porque nos entregamos sin reservas y somos capaces de hacerlo en las características que Jesús nos enseña en el Evangelio estaremos siendo signos de ese amor de Dios en medio del mundo y de alguna manera estaremos como divinizándonos porque ese amor nos hace disfrutar de la vida de Dios. Entrando en la órbita de ese amor, y lo hacemos cuando creemos de verdad en Jesús y queremos vivir su misma vida, el Espíritu nos hace hijos, nos convertimos en verdad en hijos amados de Dios.
Sería la mejor ofrenda que le haríamos a María, que le haríamos a la Madre en este día de su fiesta, como tendría que ser el compromiso que de esta celebración surgiera en nosotros para vivir siempre según ese proyecto de amor de Dios. ¿No decimos que queremos hacer un mundo mejor? ¿No es ese nuestro empeño? Es el amor verdadero, decíamos antes, el que verdaderamente nos hace felices. Vivamos en ese amor y no solo sentiremos dentro de nosotros la dicha de ser capaces de amar, sino que estaremos contribuyendo a la dicha y a la felicidad de cuantos nos rodean. Si amamos así seguro que iremos quitando de nuestra vida y de nuestro mundo todos los signos de muerte con que tantas veces llenamos nuestra existencia desde nuestros orgullos y falsas sabidurías.
Aprendamos de verdad lo que es la sabiduría del amor, estaremos aprendiendo lo que es la sabiduría de Dios, y estaremos realizando su proyecto de amor como lo hizo María, la que se vació de si misma para llenarse de Dios.

martes, 8 de diciembre de 2015

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38
‘Alégrate, Dios te salve, la llena de gracia’ la saludó el ángel en Nazaret. ‘Alégrate’ y María se quedó rumiando aquellas palabras. ¿Qué saludo era aquel? ¿Qué significaba aquella invitación a la alegría? ¿Qué quería decirle el ángel del Señor? María se turbó, dice el evangelista.
‘Alégrate…’ llegan en verdad días de alegría; alégrate porque se ha cumplido el tiempo; alégrate porque se comienzan a realizar las promesas hechas desde antiguo; alégrate porque llegan los días de la salvación. Lo que repetidamente habían ido anunciando los profetas ahora tenía su cumplimiento. Llegaba el tiempo de la salvación; llegaba el que escacharía la cabeza de la serpiente, el que venía a vencer al maligno.
¿Qué estaba queriendo anunciarle el ángel? ¿Qué buena noticia se le estaba dando que era motivo de alegría para ella? Más tarde esos mismos ángeles van repetir ese anuncio de alegría, porque será  alegría para todos, para vosotros y para todo el pueblo. ¿Por qué a ella le llegaba ahora ese anuncio y esa invitación a la alegría?
‘Alégrate, llena de gracia’, le había dicho el ángel. Allí estaba la agraciada del Señor, aquella sobre la que el Señor desde siempre la había llenado de gracia porque iba a tener una misión especial. Era, sí, un motivo de alegría. Por eso le dice el ángel, ‘alégrate… no temas, has encontrado gracia ante Dios’, se ha querido fijar en ti, ha vuelto su rostro sobre ti y te ha llenado de gracia. ‘Has encontrado gracia ante Dios’ porque Dios para ti tiene una misión; vas a ser Madre, ‘concebirás en tu vientre’, aunque ahora tu no lo entiendas, ‘y darás a luz un hijo’, que no es un hijo cualquiera, es un hombre como todos los hombres pero es ‘el Hijo del Altísimo… le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados’.
María se sentía sorprendida y al mismo tiempo agradecida; era la llena de gracia, en la que Dios se había fijado, vuelto su mirada, a la que Dios había elegido ‘desde antes de la creación del mundo’ la había elegido y la había predestinado. María es la bendecida de Dios y la que hará posible que esa bendición llegue también a toda la humanidad. El Sí con que iba a responder María iba a convertirse en el Sí de la bendición de Dios para todos los hombres.
‘Alégrate…’ le decía el ángel y continuaba anunciándole cosas que ella no entendía. ‘¿Cómo será eso pues no conozco varón?’ replicaba María, pero el ángel le da la solución de todo. Eres la llena de gracia porque ‘el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Espíritu te cubrirá con su sombra; el Santo que va a nacer de ti se llamará Hijo de Dios’.
Se alegraba María aunque se sentía sobrecogida por lo que Dios le estaba confiando. Lo que habían esperado durante siglos ahora se estaba comenzando a realizar. No era un profeta, no era simplemente un hombre de Dios quien de sus entrañas iba a nacer, era el Hijo de Dios, era el que había sido anunciado como el Mesías Salvador, el que venía a restaurar los corazones, el que nos devolvía la dignidad, el que nos engrandecía haciéndonos a nosotros hijos, el que venía como Redentor del mundo y Juan lo señalaría allá junto al Jordán como el ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
‘Alégrate, María, eres la llena de gracia’ y su corazón iba a cantar las glorias del Señor porque su espíritu se regocijaba en Dios su Salvador que se había fijado en su pequeñez, en la humildad de quien ahora se proclamaba la esclava del Señor. ‘Alégrate, María…, porque todas las generaciones te van a felicitar’, porque Dios hace cosas grandes en ti, pero porque eres el tipo y el modelo de cuantos han de escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón y Jesús mismo proclamará la bienaventuranza sobre ti.
‘Alégrate, María…’  porque todo va a comenzar siendo nuevo, porque se derrama la misericordia del Señor que El había prometido desde antiguo, porque los humildes y los pequeños serán ensalzados, mientras los soberbios y poderosos serán derribados de sus tronos.
Se alegra María y nos alegramos nosotros hoy en su fiesta. Nos alegramos porque María es aurora que nos anuncia la salvación. En María estamos intuyendo ya los resplandores de luz y de gracia que con Cristo nos van a llegar. En este camino de Adviento, mientras esperamos al Salvador, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, miramos a María la llena de gracia, la rebosante de la alegría de Dios y nos llenamos de esperanza, y queremos hacer el camino siguiendo los pasos de María; y como María queremos estar rebosantes también de esa alegría de Dios y abrir nuestro corazón a Dios para que se desborde también su gracia sobre nosotros.
Celebramos a María y vemos cómo ella hace posible que se abran las puertas de la misericordia para nosotros porque nos llega el Salvador. ‘Su nombre es santo y su misericordia llega nosotros de generación en generación’  cantaría María. Por eso a ella la llamamos nuestra Madre, la Madre de Dios, pero la madre y reina de la misericordia.
En este día en Roma el Papa ha querido abrir la puerta santa del perdón en el año de la misericordia que hoy se inicia para toda la Iglesia. No podía buscarse otro día mejor que en el que contemplamos a María, la aurora de la misericordia y el perdón, que al aceptar el plan de Dios para su vida, se convierte en plan de salvación para todos los hombres. De mano de María queremos acudir confiados ante Dios porque si sabemos ir como María con humildad y con amor, en Dios siempre vamos a encontrar esa misericordia y ese perdón.
Pero yendo de manos de María aprendamos de su corazón generoso y lleno de amor copiando en nosotros esos sentimientos de misericordia con los que hemos de presentarnos ante nuestros hermanos, los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Que nuestras vidas reconciliadas con Dios e inundadas de esa gracia misericordiosa del Señor se conviertan en signos para los demás que les hablen de ese amor misericordioso de Dios.