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lunes, 8 de diciembre de 2025

Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso, hoy viene a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María

 


Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso, hoy viene a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 97; Efesios 1, 3-6. 11-12;  Lucas 1, 26-38

‘¿Dónde estáis?’ Permítanme decirles que esto me recuerda aquellas chiquilladas que de niños hacíamos, pero tras el momento del entusiasmo de juego y de nuestras diabluras nos sentíamos pesarosos y renuentes a entrar a casa, o si lo hacíamos poco menos que nos escondíamos en el último cuarto temiendo el encuentro con nuestra madre. ¿Dónde estás?, era el grito con el que nos llamaba y al que evitábamos responder; nacían las desconfianzas, las culpabilidades y las culpabilizaciones, el miedo temeroso al castigo aunque al final tuviéramos que afrontar las consecuencias.

Es lo que nos relata el libro del Génesis en aquellas primeras páginas de la historia humana que pronto se llenan de sombras. Tras la desobediencia viene el respeto, y aunque Dios viene al encuentro del hombre, como dice tan bellamente, a la hora de la brisa de la tarde, Adán y Eva se han metido en lo más profundo del jardín. ‘Me dio miedo y me escondí’, fue su respuesta; se habían dado cuenta que aquello que le había prometido el tentador se quedaba en un vacío, se dieron cuenta de que estaban desnudos y les entró la vergüenza ciñéndose con unas hojas de higuera.

Es nuestra realidad y la realidad de la humanidad. Cuando el orgullo domina la vida del hombre a continuación aparecerán las oscuridades y los miedos; ya no nos mostraremos con la misma libertad los unos a los otros en unas relaciones verdaderamente humanas apareciendo todo un mundo de hostilidades; nos sentiremos abrumados por la culpa, pero pronto buscaremos disculpas para nosotros pero otros a quien echar la culpa; un abismo frío de muerte se mete por medio de nuestras relaciones y el amor deja de ser el rail por donde camine nuestra vida, porque aparecerán los intereses y las divisiones; dejaremos de sentir la felicidad de la vida y todo hasta lo más esencial para la vida se convertirá en carga pesada sobre nuestros hombros de lo que siempre querremos liberarnos.

¿Pero eso se quedará ahí sin remedio como un peso muerto para siempre o habrá algún destello de esperanza de que todo eso un día pueda cambiar? Dios nos sale al encuentro como lo hizo un día con Adán y Eva en el paraíso después de su pecado. Y es lo que hoy celebramos y contemplamos. La historia de la salvación en ese venir de Dios a nuestro encuentro, aunque muchas veces nosotros sigamos escondiéndonos o haciéndonos oídos sordos a sus llamadas.

Así llegó el ángel de Dios a Nazaret, como hoy escuchamos en el Evangelio. En el lenguaje bíblico se habla con frecuencia de esa visita de los ángeles, como una manera de expresarnos esa visita de Dios. Diríamos que es una forma de expresar esa cercanía y no sentirnos abrumados por la inmensidad de Dios, de manera que los antiguos pensaban que quien veía a Dios moría. Por eso en aquellas manifestaciones grandiosas de Dios con el pueblo que camina por el desierto y en el Sinaí, le piden a Moisés que les hable en nombre de Dios, porque sea Moisés el que tenga ese encuentro cara a cara con Dios. Así resplandecía luego su rostro, como se nos señala en la Biblia.

Pero en aquella visita del ángel de Dios en Nazaret, María no se escondió, no tuvo que preguntar el ángel, ‘¿dónde estás?’ porque aunque María se siente sobrecogida por las palabras del ángel no rehuye su presencia y se queda en diálogo con él. Aunque siente su pequeñez e indignidad, aunque no termina de entender todo lo que el ángel de parte de Dios le está trasmitiendo María dice sí, María, aunque humilde esclava del Señor, acepta que se cumpla en ella cuanto el Señor le manifiesta. ‘Hágase en mi según tu palabra’, será su respuesta final.

Dios sigue abriendo caminos para venir a nuestro encuentro y María se convierte para nosotros en modelo y ejemplo de cómo ponernos en ese camino de Dios empezando por acogerle en nuestra vida, no hacernos sordos a su llamada y a su presencia. Necesitamos aprender, necesitamos entrar en esa sintonía de Dios, necesitamos abrir los oídos y las puertas de nuestro corazón porque el Dios que viene a nosotros es un Dios de amor. Habremos hecho tantas veces en nuestra vida esas chiquilladas que ponen en nosotros esa tendencia a escondernos, a rehuir nuestra culpa o a buscar a quien culpabilizar; tenemos que ser conscientes de nuestra desnudez y de nuestro vacío cuando estamos sin Dios, cuando queremos caminar en la vida sin seguir las sendas de Dios, sino creyéndonos nosotros dioses. Ha dejado Dios el mundo en nuestras manos, como lo hizo con Adán y Eva, a pesar de que es bien palpable nuestra debilidad y los desvíos que tantas veces se producen en nuestro corazón, pero Dios sigue queriendo confiar en nosotros, en la humanidad; pero no olvidemos una cosa, Dios se pone a nuestro paso para que no nos falte esa luz; a nosotros también el ángel del Señor nos dirá que Dios está con nosotros; Jesús nos lo ha prometido y eso no fallará.

Miramos hoy a María abriendo su corazón a Dios y aceptando el plan que Dios tiene para ella. ¿Seremos capaces nosotros de abrir así nuestro corazón y aceptar el plan de Dios para nosotros? este camino de Adviento que estamos haciendo es una buena oportunidad para pensar en ello y que esta próxima venida del Señor a nosotros en esta navidad que vamos a celebrar sea también el comienzo de una humanidad nueva. Es una esperanza que queremos hacer vida en nosotros.

Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso. Hoy nos está saliendo a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María.

 

martes, 22 de diciembre de 2015

Cantemos un cántico de amor a Dios que derrama su misericordia sobre nosotros con el cántico de María que es el cántico de la misericordia

Cantemos un cántico de amor a Dios que derrama su misericordia sobre nosotros con el cántico de María que es el cántico de la misericordia

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8; Lucas 1,46-56

Del cántico de María podemos decir muchas cosas y podríamos darle muchas denominaciones según la lectura que de él hagamos. Es grande su riqueza porque es grande lo que siente María en su interior por lo que no cesa de cantar y alabar a Dios. Hoy quisiera yo llamarlo el cántico de la misericordia.
María canta agradecida a Dios - ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador’ - porque en las maravillas que en ella está realizando se ven cumplidas todas aquellas antiguas promesas de la misericordia de Dios que se iba a derramar sobre la humanidad.
‘Auxilió a… su pueblo acordándose de la misericordia prometida desde antiguo a favor de Abrahán y su descendencia para siempre’. Se cumple lo prometido por Dios desde los albores de la humanidad. Y cuando dice Abrahán y su descendencia está hablando de aquel pueblo creyente que tuvo su origen en Abrahán nuestro padre en la fe.
La promesa de Dios en el paraíso tras el pecado de Adán es una promesa de misericordia. El hombre había pecado porque en su orgullo y soberbia no solo se había querido apartar del camino de Dios sino que había querido erigirse a si mismo en Dios. ‘Seréis como dioses’, le tienta la serpiente. Pero no quiere Dios que el hombre permanezca en la muerte y en el pecado. Habrá una victoria que será la de la misericordia y el perdón. Anuncia aquel linaje de la mujer, aquel hijo de la mujer que un día aplastaría con su pie la cabeza de la serpiente, aunque quisiera herirle en el calcañal. Es la victoria del amor y de la misericordia.
Ha llegado la hora en que se cumplen las promesas de Dios y no solo para aquel pueblo sino para toda la humanidad. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’, canta María. Dios en su misericordia se ha fijado en los pequeños y en los pobres, vuelve su rostro sobre todos los que sufren las consecuencias del mal y del pecado en este valle de lágrimas y nos ofrece el paño de su consuelo que va a enjugar todas esas lágrimas porque en su misericordia llega el perdón y la gracia, llega el sentido de una nueva vida con la salvación que Dios nos ofrece y que se derrama en nosotros por el hijo de María, Jesús que salvará a todos de sus pecados. Aquel hijo de María que se está gestando en sus entrañas será nuestra vida y nuestra salvación, será la manifestación gloriosa de la misericordia eterna de Dios.
Todo se va a transformar porque la muerte es derrotada por la vida. Los que viven oprimidos por cualquier tipo de esclavitud van a ser liberados, y los pequeños y los humildes van a ser exaltados mientras dispersa a los soberbios de corazón y derriba del trono a los poderosos. La imagen la tenemos en María, la pequeña, la humilde, la que se considera la última y la esclava pero en quien se están realizando maravillas. ‘El poderoso ha hecho obras grandes en mí’, canta María. Es María la que va a ser causa de alegría para muchos y todos van a felicitarla de generación en generación porque acogió a Dios en su vida de tal manera que en ella Dios se hizo carne para que pudiéramos palpar a Dios, sentirnos inundados por su amor, envueltos en el manto de su misericordia.
Cantemos un cántico de amor al Señor con el cántico de María.

domingo, 4 de octubre de 2015

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16
La soledad es como la loza de una tumba oscura que si cae sobre nosotros nos hace perder todo sentido y todo valor de aquello que vivimos o que hacemos. No está hecho el hombre, la persona para la soledad. Desde lo más intrínseco de nuestro ser estamos llamados a la comunicación y a la comunión, aunque luego como consecuencia de nuestras propias limitaciones y de los orgullos que dejamos meter en nuestra vida algunas veces se nos pueda hacer difícil.
Necesitamos estar, o más aun, ser para alguien, para el otro, para los demás. En la soledad decimos que nos aburrimos, o lo que es lo mismo parece que todo carece de sentido. Podemos buscar la soledad en un momento determinado porque quizá necesitamos centrarnos dentro de nosotros mismos pero pronto nuestro ser tiende a abrirse a los demás, a ir al encuentro con el otro, a entrar en comunicación y más aun en comunión con nuestros semejantes.
Cuando vemos a alguien que dice que prefiere la soledad, que trata de aislarse de los otros para vivir su vida sin esa interdependencia con los otros, decimos que es un bicho raro o que está caminando a contracorriente de lo que es su ser más hondo. Es difícil que en esa situación se sea verdaderamente feliz, porque tendría que saber buscar ese sentido de su ser para los demás aunque en determinados momentos o situaciones viva a solas.
Pero la soledad no la podemos llenar con cosas. En las cosas tendrá una utilización, pero no la valdrán para el encuentro. Tampoco cualquier ser vivo puede llenar la soledad de la persona, porque esa comunión y comunicación tiene mucho de personal, y entonces será el encuentro de la persona con la persona donde se establezca esa relación personal. Nos encontramos en la vida quienes quieren llenar sus soledades en la posesión de las cosas o en la compañía de los animales. No es el camino que nos lleve a una plenitud de nuestro ser y a esa relación personal que necesitamos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Muchos pensamientos y reflexiones surgen al hilo del pensamiento de la soledad de la persona. ‘No está bien que el hombre esté solo’, se dice Dios en el paraíso después de haber creado a su criatura preferida, el hombre. ‘Voy a hacer alguien como él que le ayude’. Y nos habla de la creación de todos los seres vivos que Dios va presentando al hombre para que le ponga nombre. Es una expresión de posesión el dar nombre a algo o a alguien. Pero nada de todos aquellos animales, como antes ninguna de las otras cosas creadas, da satisfacción al corazón del hombre para hacerle salir de su soledad.
Será cuando aparezca la mujer - hemos de saber entender las imágenes de la creación que nos propone el Génesis como una forma de hablar - cuando el hombre llegue a encontrarse de verdad con un ser semejante a él con quien pueda entrar en comunicación y en comunión. ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!’, dirá Adán llamando a la mujer Eva.
Nos aparece la sentencia que será base y fundamento de lo que es el matrimonio pero que viene a expresar esa nueva comunión entre los seres humanos que romperá todas las soledades. Se rompe la soledad no solo porque puede estar ya con alguien sino porque además ya la vida y la existencia adquieren un nuevo sentido y valor al ser también para alguien en esa comunión e interrelación que se crea entre los seres humanos.
Nada tendría que romper esa nueva interrelación entre los seres humanos que le llevaría de nuevo a la soledad. Se han entendido siempre estas palabras en relación a esa unión entre el hombre y la mujer que llamamos matrimonio, pero más profundamente nos está hablando de esa comunión que tendría que haber siempre entre todos los seres humanos.
En el evangelio hemos escuchado a los fariseos que vienen a preguntarle a Jesús sobre el tema del divorcio. Les recuerda Jesús las palabras del Génesis que manifiestan la voluntad y el designio de Dios desde la creación para todo el género humano. ‘No son dos sino una sola carne y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’, termina sentenciando Jesús.
Pero hay algo importante que les dice Jesús en referencia a que Moisés permitió en algunas circunstancias el divorcio. ‘Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto’, les dice. La terquedad que se puede traducir en muchas posturas y actitudes, en muchos contravalores que podemos dejar meter en el corazón que nos destrozan y que nos dividen.
Es el orgullo que se mete en nuestra vida y que nos aísla y que nos separa de los demás; todo lo que sea creernos superiores a los otros, convertirnos en reyes y señores de todos para que prevalezca siempre mi propia voluntad, las insolidaridades que nos hacen olvidarnos de los otros para pensar solo en nosotros mismos, el egoísmo avaricioso en que todo lo quiero para mi porque me creo merecedor de todo, y así podríamos seguir diciendo muchas más cosas, nos destruyen desde lo más hondo de nosotros mismos y van creando rupturas en nuestro entorno con aquellos con los que tendríamos que convivir. Y hacemos referencia al matrimonio y a las causas de tantas rupturas, pero podemos hacer referencia a todo lo que va creando barreras con aquellas personas de nuestro entorno.
No podemos vivir en soledad, pero a causa de nuestra terquedad volvemos a encerrarnos en ella aislándonos de la comunión y comunicación que tendríamos que vivir con los demás. Creo que podríamos sacar muchas consecuencias de esta reflexión para nuestra vida de cada día y para esa mutua interrelación que habríamos de vivir con los demás. Cuidemos de no caer de esa manera en las redes de la soledad.
En el camino de nuestra vida cristiana no vamos solos, porque siempre hemos de vivir esa comunión de amor fraterno como nos enseñó Jesús; pero ese camino de nuestra vida cristiana sabemos que tenemos de nuestra parte al Espíritu del Amor que nos dará fuerzas y sabiduría para saber vivir esa comunión de amor que ha de ser toda vida.

domingo, 8 de diciembre de 2013

De la mano de Maria Inmaculada sentiremos que Dios está con nosotros

De mano de María Inmaculada sentiremos que Dios está con nosotros

Gén. 3, 9-15.20; Sal. 97; Rm. 15, 4-9; Lc. 1, 26-38
 En medio de nuestro camino del Adviento nos aparece hoy la figura de María. Volveremos a encontrarnos con ella en el cuarto domingo de Adviento, pero en este segundo domingo al coincidir con la fiesta de la Inmaculada se nos ha permitido centrarnos también en María nuestra  celebración.
María es ese faro de esperanza que nos ilumina y que nos orienta para que vayamos hasta Jesús. Ella es la madre que hizo posible el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre porque en sus entrañas se encarnó pero es también la madre que nos enseña a creer y a confiar, a poner nuestra esperanza en Dios y a dejar entrar a Dios en nuestra vida, como ella lo hizo, para dejarnos conducir por sus caminos. Como madre de Dios y madre nuestra nos enseña donde está Dios y cómo hemos de abrir nuestro corazón a Dios para que lo llene de su gracia y de su santidad.
‘¿Dónde estás?’ es la llamada Dios al hombre buscándole allá en aquel jardin del paraíso terrenal donde lo había colocado. El hombre se había escondido con temor al ver la desnudez de su vida a causa del pecado. ‘¿Dónde estás?’ es una búsqueda de amor más que un reproche como siempre hace un padre en la búsqueda de su hijo al que siempre amará aunque se haya apartado de él. El hombre no quiso escuchar la voz de Dios sino la voz del tentador que le ofrecía ser como Dios. En el diálogo que sigue aparecerá palpable la insolidaridad que se apodera fácil del corazón del hombre donde, aunque se sienta la culpa, sin embargo siempre se tratará de echar la culpa al otro. Es el mal, el vacío del desamor que se apodera del corazón del hombre y nos conducirá por caminos de mentira y de muerte.
‘¿Dónde estás?’ es la búsqueda continua de Dios a través de toda la historia de la salvación porque es el Señor el que siempre vendrá al encuentro del hombre por eso en este texto del Génesis - que llamamos por eso Protoevangelio - terminaremos escuchando un anuncio de salvación. Dios no abandona a la humanidad  a su suerte; Dios le ofrece salvación y liberación. Porque Dios querrá siempre la vida para el hombre y en su amor nos ofrecerá a su propio Hijo para que derrote ese mal y llene ese vacío del corazón del hombre con un nuevo sentido del amor. En Jesús comenzará una nueva era para la humanidad.
En contraste en el Evangelio la pregunta no es ‘¿dónde estás?’ sino más bien será la afirmación del ángel diciendole a María que en ella está Dios. ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo… has encontrado gracia ante Dios’. María es la mujer que sí supo escuchar la voz de Dios abriendo su corazón al Misterio aunque en principio en su humildad se sintiera sobrecogida por el anuncio del ángel. ‘María se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel’, que dice el evangelista. Aunque era grande lo que se le anunciaba y podría parecer que trastocara todos sus planes humanos allí ella estaba dispuesta a dejarse conducir por Dios, a dejarse hacer por Dios. Sus preguntas son totalmente humanas porque en ellas se trasluce su humildad pero también la búsqueda de la mejor forma de cumplir la voluntad de Dios para su vida.
Y Dios se complace en María, y el Poderoso hará obras grandes en ella, y por María, porque hizo posible la Encarnación de Dios en sus entrañas, llegará para siempre, por todas las generaciones, la misericordia de Dios para con el hombre. ‘Has encontrado gracia ante Dios’, le dice el ángel. ¿Cómo no la vamos a ver toda pura e inmaculada, como hoy la proclamamos  en esta fiesta si así estaba ella llena de Dios, inundada por el Espiritu Santo? ‘El Espiritu Santo vendrá sobre ti y la fueza del Altísimo te cubrirá con su sombra’, le anuncia el ángel del Señor.
Dios le pregunta al hombre ¿dónde estás?, pero al mismo tiempo nos está diciendo dónde y cómo le podemos encontrar a El. Ahí tenemos un camino, hacer como María, la mujer humilde pero con disponibilidad total que abre su corazón a Dios. Porque esa apertura del corazón de María a Dios hará posible un maravilloso misterio de amor de Dios para con nosotros.
En las entrañas de María se encarnará para hacerse hombre, pero es que ya para siempre Dios será el Emmanuel, el Dios con nosotros; ‘concebirás y darás a luz un  hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará el Hijo del Altisimo… por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Y en Jesús, el Hijo de María que es el Hijo de Dios, ya tenemos para siempre la puerta de Dios abierta para nosotros, para encontrarnos con Dios, para ir a Dios, para mejor escuchar a Dios, para llegar a vivir a Dios, porque así Dios querrá habitar en nosotros. ‘Mi Padre y yo vendremos a El y haremos morada en él’, que nos dirá luego Jesús en el evangelio
‘¿Dónde estás?’, era la pregunta de Dios buscando al hombre y ¿dónde estamos? puede ser la pregunta que nos hagamos nosotros. Si por una parte está esa búsqueda de Dios al hombre, tiene que estar también por nuestra parte nuestra apertura ante el misterio de Dios que se nos revela, que se nos manifiesta. 
María nos está enseñando a abrir nuestro corazón a Dios. En su humildad, en su disponibilidad, en la generosidad de la que ella había llenado su corazón nos está enseñando esas actitudes fundamentales que nosotros hemos de tener. ¿Dónde estamos, cuál es el camino que nosotros estamos haciendo para abrirnos al misterio de Dios, para acoger a Dios que viene a nuestra vida? Es lo que tenemos que pensar, es lo que tenemos que humildemente plantearnos.
María al final reconocería que Dios la hizo grande, que Dios realizó en ella cosas grandes, pero siempre se llamó a sí misma la humilde esclava del Señor dispuesta a que ella se cumpliera su Palabra, lo que era su voluntad. La actitud de la soberbia y del orgullo, como la de Adán que quería ser como Dios, es algo que tenemos que hacer desaparecer de nuestro corazón porque siempre hemos de saber reconocer que Dios es nuestro único Señor.
Tenemos que liberarnos de todo aquello que nos impide vivir del todo abiertos a Dios; arrancar apegos que nos hacen tener vacío el corazón y sueños de grandeza que tantas veces nos hacen insolidarios con los demás y llenos de mentira e hipocresía, como se manifestó ya al principio en la misma ruptura entre Adán y Eva que no reconocían su culpa y mutuamente se acusaban.
Ya expresábamos al principio que en este camino de Adviento María es un faro de esperanza que ilumina nuestra vida y nos señala trayectorias que nos lleven a Dios. Contemplar a María Inmaculada en esta fiesta que celebramos en medio del Adviento nos ayuda mucho en ese camino de preparación para la venida y la llegada del Señor a nuestra vida que celebramos en Navidad. María nos está enseñando a estar atentos al misterio de Dios, a su Palabra y a su presencia; con su pureza y su santidad es también un espejo donde mirarnos para aprender a ir reflejando en nosotros todas sus virtudes, toda su santidad,  toda la apertura de su corazón a Dios
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Caminemos de mano de María y también sentiremos que Dios está con nosotros.

domingo, 7 de octubre de 2012


Una buena noticia que hay que proclamar, el evangelio del amor y de la fidelidad

Gén. 2, 18-24; Sal 127; Hb. 2, 9-11; Mc. 10, 2-16
Las cosas se dominan, pero las personas conviven. Es distinta la relación. Las cosas las utilizamos porque las necesitamos, porque nos sirven para algo, pero la relación con las personas es distinta. La relación entre las personas tiene que ser una relación humana, nunca debieran ser utilizadas ni tendrían que valernos para manifestar nuestro dominio. El trato y la relación entre las personas entra en una esfera superior.
‘No está bien que el hombre esté sólo, voy a hacerle alguien como él que le ayude’. No era suficiente toda la obra de la creación que Dios había realizado y había puesto a los pies del hombre. ‘Voy a hacerle alguien como él’. Ni todas las maravillas de la creación, ni todos los animales que Dios había creado eran suficientes para que el hombre encontrara esa compañía. ‘El hombre le puso nombre a todo lo que había creado Dios, pero no encontraba ninguno como él que le ayudase’. Poner nombre significa esa relación de dominio y de posesión. Se le pone nombre a lo que es suyo. Así lo había expresado también el primer relato de la creación.
Cuando contempla a la mujer exclamará: ‘Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne’. Es otra la relación. Cuando se habla de compañía se está hablando de esa relación que entre iguales se puede entablar. El texto de la Biblia nos habla sobre todo con imágenes que quieren llevarnos a algo más hondo que la literalidad de la imagen que contemplamos. Así hemos de saber leer y entender el mensaje que se nos quiere trasmitir. Es bien significativo todo esto que estamos comentando y está bien relacionado con el mensaje del evangelio que hoy se nos trasmite.
Habían acudido a Jesús unos fariseos para ponerlo a prueba y le plantean la cuestión del divorcio que Moisés les había permitido. ‘¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?’ Cuestión que sigue candente en la sociedad de hoy. Claro que es el mensaje de Jesús. ‘Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto’, les responde Jesús a la cuestión que le plantean. ‘Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne, de modo que ya no son dos sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’. Es la respuesta rotunda y clara de Jesús.
Decíamos que la biblia nos habla con imágenes que hemos de saber leer e interpretar. Esa expresión de ser los dos una sola carne, como la anterior en la que Adan decía que ‘ésta si que es hueso de mis huesos y carne de mi carne’, vienen a expresarnos la profunda comunión que tiene que haber en la relación de las personas. No es lo físico de la igualdad de unos cuerpos, sino algo más hondo que nos hace entrar en relación mutua. ‘Nos entendemos’, solemos decir, o lo que es lo mismo, puede haber entre nosotros una mutua relación y entendimiento, no desde el interés sino desde la cercanía, el amor y la amistad. Y eso, en todos los niveles de relación entre las personas. Cuando falle esto, no podrá haber relación y comunión sincera.
Relación, entendimiento y comunión que llega a su mayor profundidad cuando se trata del amor matrimonial que es lo que aquí de manera especial se nos quiere decir. Una relación que es de comunión, nunca de dominio, siempre de encuentro, de armonía y de paz. Una comunión que es irrompible, indestruible porque está fundamentada hondamente en el amor. Algo que no podemos tomar a la ligera sino que tiene que nacer de ese conocimiento profunda que solo se puede dar desde el amor.
Sin embargo tenemos los hombres la capacidad de banalizar y hacer superficial y caduco lo que es más hermoso y más profundo. Hemos perdido quizá la capacidad de la entrega hasta el sacrificio que es el que hace brillar con las perlas más preciosas la corona del amor. Es triste cómo se banaliza el amor y hasta se convierte en un juego que le hace perder el encanto de la fidelidad y la constancia hasta el final aunque costara sacrificio y que lo hace nuevo y vivo cada día. Vivimos tantas veces tan encerrados en nosotros mismos que ya no somos capaces de buscar la felicidad del otro sino solamente nuestra propia satisfacción.
Es por eso por lo que pueden sonar disonantes para algunos oídos cuando proclamamos las palabras de Jesús sobre el matrimonio porque quizá otros van con otras músicas distintas y no es disonante nuestra música sino que quizá se haya podido perder el sentido de la belleza y armonia que da un amor fundamentado en la fidelidad total. Son otras las estridencias a las que se han acostumbrado sus oídos y les es difícil percibir la profundidad y belleza del sonido del evangelio. Hemos de saber descubrirlo y tarea nuestra de los cristianos es el darlo a conocer.
Aunque nos duela no nos ha de extrañar que encontremos a nuestro alrededor otras maneras de pensar, otras múscias, sino que más bien esto tiene que hacer que nos afiancemos más en los principio de nuestra fe, en los valores del evangelio. Siempre el evangelio, en todos los tiempos, ha sido una novedad (lo dice la palabra mimsma), una buena noticia, una noticia nueva y distinta que proclamamos ante el mundo que nos rodea aunque no crea.
Y en virtud de nuestra fe gritamos y proclamamos la Buena Noticia, el evangelio del matrimonio, como Cristo nos enseña. Nos puede parecer que la iglesia y los cristianos nadamos a contracorriente cuando proclamamos nuestros principios, pero si no lo hiciéramos así sería a contracorriente del evangelio de Jesús cómo estaríamos nadando nosotros dejándonos llevar por el espíritu del mundo.
La fuente y el modelo de todo nuestro amor la tenemos en Jesús, lo tenemos en Dios. Y el amor de Dios es fiel y permanece para siempre y así ha de ser también nuestro amor. Es tan fiel que sigue confiando siempre en nosotros a pesar de la debilidad de nuestras infidelidades y respuestas negativas. Porque además en esas contracorrientes que nos encontramos en la vida no vamos solos ni con solas nuestras fuerzas, porque sabemos que el Señor está siempre con nosotros y para eso nos da la fuerza de su Espíritu que es Espíritu de amor.
Para nosotros el amor matrimonial se convierte en sacramento, porque no sólo es sacramento de Dios, signo del amor que Dios nos tiene, sino que en el ser sacramento se nos asegura además la presencia de Cristo y de su gracia siempre con nosotros.
Todo esto tiene que ser motivo de gran reflexión para empaparnos del espíritu del evangelio; motivo de mucha oración por las situaciones difíciles que contemplamos en tantos matrimonios y familias a nuestro alrededor y también para pedir al Señor que acompañe con su gracia a los jóvenes que se preparan para el matrimonio para que vayan con la madurez y profundidad necesaria para darle esa estabilidad y fidelidad a su amor. ‘Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida’, que decíamos en el salmo.

domingo, 6 de mayo de 2012


Una vid, unos sarmientos, unos frutos… desde nuestra unión con Jesús

Hechos, 9, 26-31; Sal. 21; 1Jn. 3, 18-24; Jn. 15, 1-8
La imagen que nos ofrece el evangelio es bien significativa. Jesús utiliza un lenguaje y unas imágenes que son fáciles de entender para aquel pueblo sencillo que vive entre las faenas del campo en la agricultura o en el cuidado de los animales. Son las imágenes que nos ofrecía el pasado domingo que nos hablaba del pastor y de las ovejas y es la imagen que hoy se nos ofrece: Una vid, unos sarmientos, el necesario cuidado de la vid, unos frutos que todos desean que serán hermosos racimos o rico y virtuoso vino que alegra el corazón del hombre, como se dice incluso en algun salmo.
Jesús nos va ofreciendo pautas de cómo ha de ser nuestra vida cuando queremos seguirle y vivir su vida, la vida cristiana que decimos. Laboriosa y cuidada, bien alimentada en los más generosos abonos y enriquecida y bendecida con la gracia del Señor. Y es que cuando se trata del seguimiento de Jesús es una hermosa tarea la que realizamos, pero nunca solos o aislados, ni con solo nuestras fuerzas.
Nos habla Jesús de unos sarmientos que necesariamente han de estar unidos a la cepa, a la vid, pero nos dice también quien es el labrador o viñador que tiene el cuidado de la vid; nos habla de cómo se ha de purificar, limpiar, podar de los ramajes infrutuosos o que llenarían de vicio la planta, como dicen los agricultores y nos habla también de esa savia que ha de circular por toda la planta para vivificarla y hacerle dar buenos frutos. Son claras y, como decíamos, significativas las imágenes.
Es importante que lleguemos a dar frutos. La tierra de nuestra vida no se puede quedar baldía ni infructuosa. Lo que quiere el Señor es que demos fruto y fruto abundante. Nos lo dice claramente Jesús y nos lo enseña con sus parábolas. La semilla es arrojada a la tierra para que caiga en tierra buena y dé fruto al ciento por uno, en el mejor de los deseos. No se podrán permitir ni pedruzcos ni abrojos; no podemos dejar que se siembre la mala semilla de la cizaña ni que su tierra sea pisoteada. Como no se dejarán ramajes infructuosos por lo que será necesaria la poda para quitar sarmientos inútiles y de risa.
Enviará a su tiempo el viñador quien venga a recoger los frutos, igual que había confiado su viña a unos labradores que la cuidaran. Creo que podemos entender muy bien esas ricas y variadas imágenes que nos ofrece el Señor en las diferentes parábolas para que nos demos cuenta de cómo hemos de cuidar esa viña de nuestra vida que el Señor quiere enriquecer continuamente con su gracia poniendo a nuestro lado tantos que nos puedan ayudar en el crecimiento de nuestra vida cristiana, o regalándonos continuamente la rica savia de su gracia que nos llega a través de los diversos sacramentos.
Creo que somos conscientes del cuidado que hemos de tener de nuestra vida cristiana. No se planta una semilla para dejarla crecer sola o por si misma, sino que el agricultor sabe cuidar esa planta que nace, la abona y la preserva de todo lo malo para que pueda llegar a crecer y dar fruto. Cómo hemos de cuidar esa planta de nuestra fe, de nuestra vida cristiana que ha sido sembrada en nuestro corazón desde el día del bautismo.
Plantados estamos en la Iglesia, para que no crezcamos solos y para que en la Iglesia y a través de la Iglesia llegue a nosotros ese alimento divino de la gracia que nos ayude a crecer espiritualmente y a dar fruto en abundancia.
Ahí tenemos en la Iglesia toda la riqueza de la Palabra de Dios que nos alimenta, que ilumina nuestra vida, que nos calienta con el sol de la gracia divina para que sepamos los caminos que hemos de recorrer.
Ahí tenemos la riqueza inmensa de la gracia que nos llega en los sacramentos; sacramentos que nos purifican y nos alimentan, como el sacramento de la Penitencia o de la Eucaristía, sacramentos que nos hacen presente a Dios con su gracia en las situaciones concretas de nuestra vida.
Y ahí tenemos toda la riqueza de la vida espiritual que hemos de cultivar en la oración, en la escucha de la Palabra y en todos los medios que se nos puedan ofrecer y nos ayuden a ese crecimiento espiritual. A nuestro lado tantos que en el nombre del Señor, el Buen Pastor, nos van a ayudar a encontrar esos caminos, a renovar nuestra vida con la gracia de Dios, nos van a acompañar a la manera del Buen Pastor.
Nos dice Jesús hoy en la alegoría de la vid que ‘como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no está unido a la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mi y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada’. Asi tenemos que estar unidos a Jesús. Seguirle no es cosa que hagamos sólo desde nuestro propio voluntarismo sino que será siempre algo que hagamos con la fuerza de la gracia del Señor.
Necesitamos de Jesús; necesitamos de su gracia; necesitamos de los sacramentos; necesitamos de la Palabra del Señor; necesitamos ser personas de oración. Caminamos con los pies en la tierra, pero nuestra mente y nuestro corazón lo tenemos que poner muy alto, porque altas son nuestras metas, porque grande es lo que queremos vivir cuando seguimos a Jesús y queremos vivir su vida, porque el cristiano tiene que ser una persona de una espiritualidad grande, de una espiritualidad profunda. Solo podremos alcanzarlo desde nuestra unión profunda con el Señor; una unión con el Señor que hemos de saber cultivar, cuidar.
Es la tarea en la que hemos de estar empeñados cada día. Nos exige esfuerzo. Es como un entrenamiento que hemos de hacer cada día para sentirnos fuertes en el Señor, porque cuando venga la tentación y la dificultad hemos de saber sentir y aprovechar toda esa gracia que el Señor nos ofrece, nos da. No nos podemos dormir. No nos podemos dejar arrastrar por el materialismo y la sensualidad que nos rodea. Es algo que tenemos que aprender a gustar. El gusto y el sabor de la oración, el gusto y el sabor de nuestra unión con el Señor, el gusto y el sabor de la gracia divina. 
‘No amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras’,  nos decía san Juan en su carta. Son los frutos que tenemos que manifestar cuando estamos bien unidos a la vid, cuando estamos bien unidos a Cristo. ‘Quien guarda sus mandamientos, permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio’. Que nada nos separe de El. que resplandezcamos por un amor verdadero.

sábado, 12 de febrero de 2011

Una armonía rota por la tentación del maligno y un anuncio de salvación y victoria final


Gén. 3, 9-24;

Sal. 89;

Mc. 8, 1-10

Hemos venido escuchando durante toda esta semana los relatos de la creación que nos trae el Génesis. Finalmente Dios crea al hombre y a la mujer como culminación de todo lo que Dios ha hecho. Todo ha ido hablando de belleza y de armonía por lo que se dice que Dios colocó al hombre y a la mujer que había creado en un jardín, el paraíso terrenal como también lo llamamos. El hombre no creado para la soledad sino para la comunión por eso se habla de la creacion de Adán y de Eva. Una armonía total que Dios quería para todos y así vivía el ser humano en medio de toda aquella bella naturaleza que cultivaba con la fuerza de sus manos, tal como Dios lo había creado a su imagen y semejanza, y rodeado incluso de toda clase de animales.

Pero todo ello se vió truncado por el mal, por la fuerza del maligno que tienta al hombre ofreciéndole otras cosas que venían a romper todo el orden y belleza de la creación que Dios había hecho. La serpiente tienta a Eva ofreciéndole ser como dioses – ‘seréis como dioses’ - y la criatura se deja seducir por la tentación, como siempre que el orgullo y la soberbia se mete por medio en el corazón del hombre que le llevará siempre a rupturas dolorosas consigo mismo y con todo lo que le rodea, que al fin será ruptura con el Creador, ruptura y pecado contra Dios.

La belleza de la inocencia se pierde – ‘se dan cuenta de que están desnudos’ -, comienzan las huídas para no reconocer el vacío que se nos mete por dentro – ‘el hombre y la mujer se escondieron de la vista del Señor entre los árboles del jardín’ – y comenzarán también los enfrentamientos, divisiones y acusaciones porque nunca queremos reconocer la parte de nuestra culpa – ‘la mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto y comí… la serpiente me engañó’ -.

Quienes habían sido creados para el encuentro y la comunión – ‘no está bien que el hombre esté solo, voy a hacerle a alguien que le ayude’ – terminarán enfrentados y causándose dolor el uno al otro. Así podríamos seguir considerando todas las consecuencias del pecado porque hasta el trabajo se volverá duro para el hombre como si la naturaleza se le hubiera vuelto adversa.

Pero el amor de Dios por su criatura preferida estará por encima de todo ese mal que se ha introducido en el corazón del hombre. Hay una promesa de salvación. llamamos a esta página del Génesis que hoy hemos escuchado como el Protoevangelio, porque es un primer anuncio, un adelanto de esa Buena Nueva de salvación que Dios ofrece al hombre a pesar de su pecado. ‘Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza, cuando tu la hieras en el talón’. Es el anuncio de la futura liberación, promesa que Dios irá repitiendo a través de toda la historia de la salvación, que el pueblo de Israel guardará en su corazón a pesar de sus muchas infidelidades, y que tendrá plena realización en Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre que nos traerá la salvación.

Este texto del Génesis está lleno de imágenes, en ese lenguaje parábolico con el que se nos quiere decir tantas cosas. Esa imagen de la serpiente tentadora que lleva al pecado a Eva que viene a significar esa mal que se nos mete en el corazón del hombre, ese diablo tentador que nos quiere apartar del camino del bien, y que va a ser derrotado por el Mesías Salvador – ‘la estirpe de la mujer te herirá en la cabeza’ – será una imagen repetida que aparece con frecuencia en las imágenes que nos hablan de María Inmaculada a quien vemos pisando la cabeza de la serpiente, o en imágenes también de Jesús en la cruz o junto a la cruz aplastando también la cabeza del dragón maligno.

Pero todo ello nos habla de la victoria final de Jesús en su Pascua contra el mal; nos habla entonces también de esa tentación que nosotros hemos de saber vencer, no ya sólo por nuestras fuerzas, sino con la gracia salvadora de Jesús que siempre nos acompaña. Volvemos a repetir aquellas palabras del evangelio tantas veces recordadas, ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’. Que no caigamos en las redes del pecado, de la tentación, de la muerte, porque estamos llamados a la vida y a la vida feliz que en Dios podemos alcanzar. Mucho tendríamos que decir en este sentido y mucho tendríamos también que orar al Señor.

viernes, 13 de febrero de 2009

Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal…

Gén. 3, 1-8

Sal. 31

Mc. 7, 31-37

‘No es verdad que tengáis que morir. Bien sabe Dios que cuando comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal’. La tentación de Adán y Eva, la tentación de todo ser humano, nuestra propia tentación.

Cuántas veces de una forma o de otra pensamos lo mismo. ¿Quién tiene que decirme a mí lo que es malo y lo que es bueno…? Nadie tiene por qué imponerme nada… Yo sé lo que está bien… Además eso es bueno… es natural… es lo que hace todo el mundo… Queremos ser Dios que decida lo que es bueno y lo que es malo. No aceptamos una voluntad superior porque nos creemos tan autosuficientes por nosotros mismos.

Las imágenes que nos ofrece el texto sagrado son bien significativas. ‘La serpiente era la más astuta de todos los animales…’ Cómo sutilmente se nos mete la tentación. Cómo se nos hacen apetitosas las cosas. ‘La mujer se dio cuenta de que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable…’ Así nos parecen las cosas que no podemos hacer. Es la tentación.

Eva cayó. Adán mordió la fruta. Todos caemos tantas veces. Y cómo se nos destroza la vida. Cuando el mal se mete en nuestro corazón, con la insinuación, con la tentación, con la caída, todo se nos desordena en la vida. Todo se nos vuelve turbio y ya no distinguimos lo bueno de lo malo. Se nos despiertan las pasiones y se nos vuelven incontrolables. Nos sentimos atados y esclavizados. Cuánto cuesta arrancarnos de esa muerte que dejamos meter dentro de nosotros. ‘Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos, entrelazaron ojos de higuera y se las ciñeron…’ Buscamos sustitutivos, disculpas, camuflajes…

Pero la ruptura nos aleja de Dios. Cuánto nos cuesta ya rezar. Cómo abandonamos pronto la práctica religiosa. Cómo se nos va enfriando nuestro espíritu. Al final terminamos alejándonos de la Iglesia. ‘Oyeron al Señor que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa; el hombre y la mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín’.

Como nos enseña san Pablo por un hombre entró el pecado en el mundo, pero por Cristo vino la vida, la gracia y el perdón. El amor de Dios es más poderoso que nuestro pecado y nuestra muerte. Tenemos quien nos limpie y nos purifique, nos restaure y nos llene de nueva vida. Cristo Jesús ha dado su vida por nosotros para arrancarnos del pecado, para ser nuestra fortaleza en la tentación. Tenemos que reconocer nuestro pecado para acudir al Señor. ‘Confesaré al Señor mi culpa, dijimos en el salmo’. Así lo hacemos cada vez que comenzamos la celebración de la Eucaristía, pero también sobre todo cuando acudimos al Sacramento de la Reconciliación y la Penitencia.

Como pedíamos en la antífona del Aleluya ‘ábrenos el corazón, Señor, para que aceptemos la palabra de tu Hijo’. Para que aceptemos tu voluntad; para que caminemos por tus sendas, para que cumplamos tus mandatos. Que el Señor nos abra nuestros oídos como al sordo del Evangelio: ‘effetá’. Que siempre escuchemos su Palabra y que la plantemos en nuestro ccarherorazón.