Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta magnificat. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta magnificat. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de diciembre de 2025

Como María nosotros sintamos también que Dios se ha fijado en nosotros para que podamos realizar las maravillas de Dios

 


Como María nosotros sintamos también que Dios se ha fijado en nosotros para que podamos realizar las maravillas de Dios

1 Samuel 1,24-28; 1S 2,1.45.6-7.8abcd; 1,46-56

Sentir que se han fijado en nosotros cuando queríamos pasar desapercibidos, conscientes de nuestra pequeñez y de nuestra pobreza, y se han fijado en nosotros porque confían en nosotros y nos van a hacer participar en lo que podrían ser grandes proyectos es algo que nos llena de gozo el alma, diríamos que utilizando el mejor sentido de la palabra nos sentimos orgullosos y nos sentimos impulsados a manifestar nuestro agradecimiento a quien ha tenido ese detalle, que no es nimio, con nosotros. Como solemos decir, le estaremos eternamente agradecidos. Forma parte también de nuestros valores humanos, en que sintiéndonos pequeños, al mismo tiempo nos sentimos engrandecidos.

¿No es esto lo que hace prorrumpir a María en este magnifico canto – por algo lo llamamos ‘magnificat’, aunque sea su primera palabra en latín – con el que reconoce las maravillas de Dios, pero reconoce ante todo que Dios ha puesto sus ojos en ella? A cualquier persona que le sucediera algo semejante no se lo podría creer.

Por eso cuando María en Nazaret recibe la visita angélica que le trasmite los planes de Dios, conociendo también por boca del ángel las albricias que se están produciendo en las montañas de Judea, se pone en camino al encuentro de su prima Isabel. ¿Solamente por prestarle sus servicios sabiendo que es una mujer anciana en tales circunstancias y ella joven puede ayudarle? No negamos esta prontitud de María en su generosidad y en su amor que siempre estará atenta allí donde haya una necesidad para poner su mano y su actuación con también la veremos en las bodas de Caná, pero es también la necesidad de María de desahogar su corazón  ¿y con quien mejor que con su prima que también se ha visto beneficiada en su maternidad por las acciones de Dios?

Cuando algo grande y maravilloso oprime nuestro corazón con el gozo de lo acontecido, trata de expandirse como una explosión y a comunicarse y empapar de esa alegría a cuantos le rodean; es lo que hace María, es el sentido del cántico de María que hoy nos ofrece el evangelio y que también nosotros también tantas veces hemos utilizado en nuestra oración y en nuestra acción de gracias a Dios.

Se ha fijado en la pequeñez de su esclava y el Poderoso ha realizado en ella obras grandes. Como un río que se desborda viene a inundarnos la gracia y la misericordia del Señor transformándolo todo. Es una riada de misericordia que todo lo transforma y que hará brotar con vigor nueva vida. Es la presencia de Dios en medio de nosotros derramando su misericordia.

Cuando ahora en las vísperas de la Navidad vamos nosotros también a cantar este cántico de María, porque vemos las cosas maravillosas que a través de María Dios quiso realizar para nosotros, pero es que estamos sintiendo que esa mirada de Dios también se ha vuelto sobre nosotros y sobre nuestro mundo. Es cierto que nos sentimos pequeños y pecadores, pero nos sentimos amados de Dios, y sentimos que Dios sigue actuando en nosotros y por nosotros quiere también llegar a los demás. 

Pensemos en que a pesar de nuestro pecado también hemos podido realizar muchas cosas buenas, aun se mantiene vivo el amor de Dios en nuestro corazón, muchos quizás han podido incluso acercarse a Dios; el Señor sigue contando con nosotros, sigue volviendo su rostro sobre nosotros y quiere derramar su misericordia y su paz en nuestros corazones. Lo necesitamos, pero necesitamos también reconocerlo, como María, y dar gracias, entonar este cántico de María también nosotros con corazón agradecido al Señor.

Y una cosa más hemos de decir, celebrar la navidad significa también que Dios sigue volviendo su rostro sobre nuestro mundo. Hagamos visible para nuestro mundo esa misericordia del Señor a través de nuestro amor.

domingo, 24 de diciembre de 2023

Somos ese nuevo templo de Dios, el que El quiere construir en nuestro corazón, como lo hizo en María, que se convierta en señal de Dios para la humanidad

 


Somos ese nuevo templo de Dios, el que El quiere construir en nuestro corazón, como lo hizo en María, que se convierta en señal de Dios para la humanidad

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Romanos 16, 25-27; Lucas 1, 26-38

Todos soñamos en la vida con tener una casa, nuestra propia casa, donde habitar, donde sentirnos a gusto. Son los esfuerzos de tantos a lo largo de su vida, porque queremos tener algo propio, donde incluso en la medida que la vivimos vamos marcando nuestro propio ser, que son nuestros gustos o que es incluso nuestro propio olor; algo propio de todo ser vivo, los animales del campo tienen sus guaridas y los pájaros del cielo se construyen sus nidos. Construimos nuestra propia casa que es algo más que levantar unas paredes, es una morada y es un signo de nuestro vivir.

Nos acercamos a la primera lectura que hoy se nos ofrece. Los israelitas que habitaban en tiendas en el desierto, una vez que se establecieron en la tierra prometida fueron construyendo su morada; hoy contemplamos que con el paso de la historia ya el rey David se había construido su palacio en lo que era la capital de su reino, pero el Arca de la Alianza, signo de la presencia de Dios entre ellos, aun moraba en una tienda, llevada en muchas ocasiones de un lado para otro según sus conveniencias.

David quiso construir un templo para el Señor, que fuera signo y señal de esa morada de Dios entre ellos. Pero Dios, por medio del profeta, no se lo permitió. ‘¿Tú me vas a construir una casa para morada mía?’ Recordándole lo que ha sido la propia historia personal de David desde que el Señor lo sacó de entre los pastizales y las ovejas para ser rey de Israel, ahora le dice el Señor, ‘el Señor te anuncia que te va a edificar una casa… Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino… Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mí, tu trono durará para siempre’. Otra era la morada que Dios quería para hacerse presente entre ellos. Su reino sería la señal.

En el evangelio encontramos la respuesta. Era lo anunciado por los profetas y lo esperado no solo por el pueblo de Israel sino por las naciones. Dios quiere morar entre nosotros, Dios quiere hacerse en verdad Emmanuel, Dios con nosotros, y para eso se encarna en las entrañas de María, para eso se hace el hijo de María, se hace hombre, y será ya para siempre Dios con nosotros. ‘Estaré con vosotros hasta el final de los tiempos’, les dirá a los discípulos.

Y eso es lo que vamos a celebrar. Para eso nos hemos venido preparando a lo largo de todo el Adviento y llega el día y la hora. Dios hecho hombre en el seno de María va a nacer en Belén. Tampoco tendrá un templo a la manera que los hombres deseamos hacer, no tendrá ni una casa material ni una posada que le acoja, porque va a nacer pobre entre los más pobres; María y José tendrán que acogerse a un establo y allí Dios plantará su tienda entre los hombres.

¿Qué nos está señalando hoy la Palabra de Dios en este cuarto domingo, en las propias vísperas de la Navidad? Dios que viene a buscar una morada para habitar entre nosotros está pidiéndonos nuestro corazón. Como a María. El ángel del Señor con el mensaje de parte de Dios no solo se le manifiesta a María, sino que está manifestándose a todos nosotros. Podemos sentirnos poca cosa e indignos de esa embajada angélica, pero a nosotros también quiere decirnos que somos los agraciados de Dios, somos los amados de Dios en los que Dios quiere morar. Solo nos está pidiendo que le abramos las puertas de nuestro corazón.

Dios ha puesto su mirada en nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo. Dejémonos mirar por Dios, porque su mirada siempre es una mirada de amor. Los antiguos decía que mirar a Dios era morir, pero desde la presencia de Jesús entre nosotros sentirnos mirados por Dios es comenzar a vivir. Sentirnos mirados por Dios, aunque en nuestro humildad nos sintamos llenos de turbación porque consideramos nuestra indignidad y nuestro pecado, es sin embargo la mayor alegría que podamos vivir porque es sentirnos amados de Dios.

¿Cuál va a ser nuestra respuesta? ¿Cuáles van a ser las actitudes nuevas que van a nacer en nuestro corazón? ¿Cuál va a ser la forma de nuestro acoger a Dios en nuestra vida para hacerlo vida ahora en esta navidad? María que se sintió pequeña – aquí está la esclava del Señor, serían sus palabras – al mismo tiempo se sintió engrandecida – porque el poderoso ha hecho obras grandes en mí, que cantaría en el Magnificat – se puso en camino.

Sabía bien que acoger a Dios, como ella lo estaba haciendo en su propio seno, significaba poner en camino de amor y de servicio, significaba compartir lo que llevaba en su seno para que fuera puente de gracia también para los demás. La veremos caminar hacia casa de su prima Isabel, pero con su presencia todo se va a llenar del Espíritu del Señor, porque hasta el hijo de Isabel en sus entrañas saltará de gozo con la buena nueva que significaba María en aquel hogar de la montaña.

¿Cómo nos vamos a poner nosotros en camino en este mundo nuestro tan lleno de montañas de indiferencia, tan confundido que incluso querrá celebrar la navidad sin hacer sentir la presencia de Dios? Es de lo que nosotros tenemos que ser testigos, dar testimonio en medio de ese mundo. Ojalá muchos sientan temblar su corazón con nuestra presencia, porque con nuestra manera de hacer y de celebrar la navidad, con nuestros gestos de amor y nuestro espíritu de servicio estemos haciendo más presente a Dios en nuestro mundo. Somos ese nuevo templo de Dios, el que El quiere construir en nuestro corazón, que se convierta en señal de Dios para la humanidad. ¿Cómo lo vamos a hacer?

viernes, 22 de diciembre de 2023

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, y también sobre la historia de nuestra vida, aprendamos a tener una mirada hacia los demás


 

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, y también sobre la historia de nuestra vida, aprendamos a tener una mirada hacia los demás

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8;  Lucas 1,46-56

‘¡Me está mirando!’, es la reacción de sorpresa de aquella persona humilde y sencilla que salió con sus convecinos al paso de alguien importante de paso por aquel lugar. Alegría, gozo, fiesta en aquellas gentes por el hecho de que aquel personaje pasara en medio de ellos, pero alguien le sucedió algo especial en su interior al paso de aquel personaje, se sintió mirada, no con una mirada cualquiera, una mirada que podríamos decir de corrida y de forma general como estaba mirando a todos, sino se dio cuenta que su mirada se posaba en ella. Algo sintió por dentro, ¿sorpresa? ¿Miedo quizás por lo que podría significar porque hay miradas que son aterradoras? ¿Alegría porque era como una mirada de predilección que iba a tener un significado posterior especial?

Así se sintió María. Desde que el ángel la había sorprendido en su casa de Nazaret, desde que escuchó el saludo del ángel que además la llamaba la agraciada ante de Dios – la llena de gracia, que dice el evangelio – Ella estaba sintiendo en todo momento esa mirada de Dios que se posaba en su corazón. No puede menos que desbordar de gozo su corazón y cantar los mejores cánticos de alegría y alabanza a su Creador. Como saltando por los montes, brincando entre las colinas, como decía el Cantar de los Cantares ella había hecho aquel recorrido de Nazaret a las montañas de Judea dejando oír su voz y su alegría por los caminos de Samaría y por las montañas de Judea.

Y si la música la llevaba en el corazón resonando como en un eco por la alegría que recorría aquellos caminos y solo la escuchaban los ángeles de Dios que la acompañaban, ahora en la confianza donde se siente querida y amada ese cántico salta a gritos en perfecta entonación que se convierten en la más hermosa melodía y que van a resonar fuerte entre los valles y las montañas con prolongación de los siglos hasta nuestros días para alabar y para bendecir al Señor. Es el cántico del Magnificat que hoy se nos ofrece en el evangelio y que se ha convertido también en el cántico de la Iglesia con el que cada tarde se bendice y se alaba también al Señor.

Alaba y bendice al Señor María porque ha mirado, se ha fijado en la humildad de su esclava y el poderoso ha hecho obras grandes en ella. Y recuerda María todo el camino de la misericordia del Señor que se ha ido manifestando siglo tras siglo con su pueblo cumpliéndose todas las promesas hechas por los antiguos profetas y que Dios un día hiciera a Abrahán, su siervo. Todo va a cambiar, un mundo nuevo va a resurgir, las promesas de Dios siempre se cumplen. No puede menos María que cantar al Señor. Dios había puesto sus ojos en ella adueñándose de su corazón.

¿No será eso lo que nosotros también hemos de sentir? La mirada de Dios ha estado siempre sobre nosotros, la mirada del Señor nos ha acompañado y ha sido nuestra fuerza y nuestra guía. Quizás sintiéndonos indignos quisiéramos ocultarnos de esa mirada de Dios, como le sucedió a Adán y Eva en el paraíso después de su pecado, pero Dios nos ha seguido buscando. ¿Se quería esconder Pedro cuando se sintió mirado por Jesús  en el patio del pontífice después de su triple negación? Lloraría Pedro su pecado – la tradición nos habla de los surcos que cruzaban su rostro marcado por el río de sus lágrimas -, pero tendría ánimos para porfiarle su amor y decirle que Jesús lo sabía todo y sabía que a pesar de todo él le amaba.

Recorramos la historia de nuestra vida que ha sido la historia de una mirada de amor de Dios sobre nosotros. Cuántas veces se manifestado una y otra vez la misericordia de Dios sobre nuestra vida en su mirada de amor. Podemos así levantarnos y dejarnos encontrar por Dios, por su gracia, sentir la ternura de su mirada, ver cómo se derrama una y otra vez la misericordia sobre nuestro corazón.

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, pero tan palpable también sobre la historia de nuestra vida, hemos de aprender a volver nuestra mirada hacia los demás. Que a través de nuestra mirada se siga derramando esa ternura de Dios sobre el corazón de cuantos nos rodean, porque el Señor también en nosotros quiere realizar obras grandes.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Como María bendición para Dios y bendición también para los demás, reconocemos los regalos de amor que recibimos y al tiempo hacemos ofrenda de nuestro amor

 


Como María bendición para Dios y bendición también para los demás, reconocemos los regalos de amor que recibimos y al tiempo hacemos ofrenda de nuestro amor

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8abcd; Lucas 1,46-56

Cuando hablamos de bendiciones normalmente pensamos en si llevamos algo al sacerdote para que lo bendiga, acaso pensamos en cómo el sacerdote al final de la celebración nos da la bendición de Dios antes de marcharnos de nuevo a nuestros quehaceres, a lo sumo pensamos en la bendición que le piden los hijos a los padres – aunque sea una costumbre que va desapareciendo -, pero realmente cuando hablamos de bendición tendríamos que pensar en algo más y no quedarnos solamente en algo que recibimos, aunque también lo sea.

Creo que de alguna manera tenemos que rescatar ese sentido de bendición con el que nosotros también queremos regalar a los demás. Nuestras palabras o nuestra presencia junto a los demás tendrían que ser siempre bendición para el otro, con lo que les mostramos nuestro aprecio y también nuestra gratitud porque por otra parte somos conscientes de cuanto de ellos estamos continuamente recibiendo.

Bendecir, en el estricto sentido de la palabra en sus propias raíces, es decir bien, pero le damos ese carácter sagrado de una bendición que recibimos de parte de Dios. Pero bendecir es también cantar a Dios, bendecir a Dios. Si cuando recibimos la bendición de Dios estamos pensando cómo queremos que su presencia nos llene y nos inunde con sus gracias y con sus dones, para vernos también liberados de todo mal, ¿Por qué no pensar en esa alabanza que queremos dar a Dios cantando su gloria que sean como piropos de amor que a Dios dedicamos también como una acción de gracias por cuanto de El recibimos?

Bendición para Dios y bendición para los demás porque son muestras de nuestros deseos de amor, el regalo que también desde nuestro amor queremos hacerles deseando que se vean envueltos por todo lo bueno y por todo lo bello. Bendecir es decir también estoy contigo, ya sea que bendigamos a Dios o que bendigamos a los demás, y con mi amor quiero que nos llenemos de felicidad, ya porque cumpliendo la voluntad de Dios quiero darle gloria, ya porque siempre haremos todo lo bueno para los demás.

Aprendamos de María. Tenemos ante nuestros ojos aquel momento de su visita a su prima Isabel allá en la montaña de Judea donde todo fueron bendiciones. Isabel siente como una bendición la presencia de María que llega a ella en la actitud del servicio como ofrenda de amor pero que también le trae la presencia de Dios y María se siente bendecida en las palabras y la acogida de su prima que la reconoce la Madre de su Señor.

Por eso todo el cántico que hoy escuchamos en esta parte del Evangelio es un cántico de bendición. Reconoce María las maravillas que Dios en ella está realizando a pesar de que se siente pequeña y la humilde esclava del Señor y todo son bendiciones para Dios, todo es alabanza para Dios que de manera especial visita a su pueblo derramando sus bendiciones de gracia y de misericordia. Es un cántico de acción de gracias pero es un cántico de bendición a quien así quiere hacerse presente en medio del pueblo, para quien quiere hacerse Emmanuel, Dios con nosotros.

Aprendamos nosotros a bendecir porque es humildemente reconocer. Reconocemos los dones recibidos ya sean de Dios, ya sean de los que caminan a nuestro lado y tanto hacen por nosotros y queremos ser siempre bendición, bendecimos y alabamos a Dios, pero aprendemos a bendecir a los demás porque alabamos y reconocemos también su amor, y aprendamos a recibir con gratitud las bendiciones que de tantos modos van llenando también nuestra vida.

martes, 31 de mayo de 2022

A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

 


A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is.12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

¿Seríamos capaces, cuando tenemos algo que nos puede resultar costoso o que nos pide un esfuerzo extraordinario de hacerlo cantando? Aún me queda un recuerdo en mi mente de cuando era niño y escuchaba cantar a mi madre mientras realizaba las faenas de la casa, la limpieza, la comida, el lavado de la ropa que entonces no era con la facilidad de las lavadores como es hoy porque incluso había que acarrear el agua en baldes para llevarla a casa. Recuerdo escuchar a mi madre, o recuerdos a mis tías cuando iba a la casa de los abuelos que desde el camino escuchaba sus cantos con alegría mientras realizaban sus faenas. 

Por eso me hago la pregunta del principio, porque aun cuando fácilmente hoy estamos escuchando música continuamente, no siempre es la canción que nos sale de dentro de nosotros mientras realizamos la tarea o el trabajo. ¿No será acaso poner una nota de alegría en la vida aunque en ocasiones nos resulte costosa?

Y me hago esta consideración contemplando el pasaje que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta que celebramos de la visita de María a su prima Isabel. Nadie le pidió nada a María, simplemente el ángel le informaba también como una corroboración de las propias palabras del ángel que tantas maravillas le anunciaba a María en la Anunciación de Nazaret. Pero el evangelio nos dice que María se puso aprisa en camino hasta las montañas de Judea. ¿Y queréis que os diga lo que imagino? María cantando por los caminos que atravesaban Samaría y Judea desde Galilea porque llevaba la alegría en su corazón con las maravillas que el ángel le había anunciado.

Si tras los saludos entre María e Isabel vemos que Maria se pone a cantar al Señor en aquel cántico de alabanza y de acción de gracias que es el Magnificat, me atrevo a decir que María lo llevaba ensayado en su mente y en su corazón a través de aquel largo camino. Ahora aquello que venía cantando en el corazón le sale a voz en grito porque tiene que alabar y bendecir al Señor por todas las maravillas de su amor que se están manifestando.

Es cierto que no había sido fácil el camino, porque si hoy en un vehículo lo podemos hacer en unas cuantas horas, hacerlo como María lo hizo atravesando todos aquellos lugares para llegar a las montañas de Judea no era un camino fácil ni exento de peligros para una mujer que caminaba sola, aunque se uniera a alguna de aquellas caravanas que circularían por aquellos caminos. Pero María iba llena del Espíritu divino, iba llena de Dios, como lo reconocería nada más llegar su prima que se siente honrada porque viene a ella la madre de su Señor.

Muchas consideraciones nos hacemos siempre con este pasaje del evangelio alabando la disponibilidad y la generosidad de María que se pone en camino y su espíritu de servicio; en esta visita de María a aquel hogar de las montañas de Judea vemos una señal y un signo de lo que es la visita de Dios a su pueblo, como incluso luego reconocería el anciano Zacarías cuando le lleguen a él los momentos del cántico y de la alabanza. La música, podríamos decir, resuena fuerte en aquellos corazones que les hace ponerse a todos a prorrumpir en cánticos de alabanza al Señor, pero es la alegría de unos corazones que están llenos de Dios.

¿Seremos nosotros capaces de cantar cuando los caminos se nos hacen duros y difíciles, cuando tenemos que atravesar valles oscuros, cuando la senda se nos hace empinada porque también tenemos que subir a un calvario con alguna cruz sobre nuestros hombros? Me atrevo a sugerir que por ahí concretemos el mensaje que hoy se nos ofrece en el evangelio y a través de la figura de María en su camino hasta la montaña de Judea. Es el cántico del amor el que tiene que surgir en nuestro corazón; es el cántico que brota de la alegría que llevamos en nuestro corazón cuando sabemos que llevamos a Dios con nosotros.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Con el cántico de María queremos nosotros dar gracias por la Buena Nueva de salvación que se nos anuncia y que también necesita escuchar el mundo de hoy

 


Con el cántico de María queremos nosotros dar gracias por la Buena Nueva de salvación que se nos anuncia y que también necesita escuchar el mundo de hoy

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1Samuel 2,1-8; Lucas 1,46-56

Solemos decir que es de bien nacidos el ser agradecidos. Justo es que sepamos dar gracias, sin embargo fácilmente nos creemos merecedores de todo y no somos capaces de ver la gratuidad de quien nos ofrece sus dones, su cariño, sus servicios, su atención y no somos capaces de tener bien definida nuestra actitud de gratitud. Que prontos estamos para pedir y hasta para exigir y qué tardos somos para dar gracias.

Nos pasa fácilmente en nuestras relaciones humanas y hasta en lo más cercano a nosotros como son nuestras relaciones familiares; ¿cuántas veces nos hemos detenido para dar gracias a nuestros padres por todo lo que han hecho por nosotros? con facilidad se enfrían algunas veces hasta las relaciones entre los esposos porque no saben ser agradecidos mutuamente; y lo tendríamos que saber hacer entre los hermanos, y entre los amigos que por mucha confianza que nos tenemos algunas veces lo olvidamos y nos falta ese detalle de delicadeza. Bueno, no quiero extenderme, pero sería pauta lo que estamos diciendo para muchas cosas más.

Me ha dado pie a esta reflexión introductoria lo que nos ofrece hoy el evangelio, el cántico de María. Es el cántico de la acción de gracias, del reconocimiento desde su humildad y desde la pequeñez en la que ella se ve de todas las maravillas que el Señor realiza en ella. Es el cántico que se nos ofrece en el evangelio en el momento del encuentro de María y de Isabel, su prima, a la que ha ido a visitar. Ambas mujeres inundadas por el Espíritu Santo prorrumpen en cánticos de alabanza al Señor.

‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador…’ comienzo cantando agradecida María. Ella sabe que no es merecedora de nada porque todo es obra del Señor. Ahí está la fe de María para descubrir esa presencia y esa acción de Dios en su vida; humilde canta agradecida a Dios porque quiso poner su mirada en ella, la que se siente la más pequeña, la humilde esclava del Señor.

Pero siente María que es el comienzo de muchas cosas maravillosas, no ya para ella sino para toda la humanidad. Se está manifestando la gloria del Señor que así muestra su misericordia con todos nosotros. es la mirada del amor de Dios que se vuelca sobre toda la humanidad porque su misericordia llega a sus fieles de generación en generación; es el comienzo de algo nuevo que con su Hijo se va a realizar, porque va a comenzar un mundo nuevo, el mundo nuevo de la justicia y de la paz, el mundo nuevo en que todos vamos a comenzar a sentirnos hermanos porque comienza una nueva fraternidad, el mundo nuevo donde nadie se puede sentir inferior ni nadie va a ponerse por encima del otro porque una dignidad nueva comienza para todos, ‘derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’.

Y María da gracias a Dios, canta la alabanza al Señor. Este cántico de María, inspirado de alguna manera en aquel canto de acción de gracias de Ana en el Antiguo Testamento cuando ella sintió también cómo se derramaba en su vida la misericordia del Señor al concederle el hijo tan deseado también es como un anticipo de aquella proclamación de Jesús en la Sinagoga de Nazaret de la Buena Nueva que iba a ser anunciada a los pobres y a los oprimidos. Una Buena Nueva de liberación porque los oprimidos verían llegar la verdadera libertad y todo iba a ser algo nuevo con los ciegos recobrando la luz de sus ojos y todos alcanzarían la salud y la salvación.

Es el cántico que nosotros también queremos proclamar porque a nosotros nos llega también la Buena Noticia de Jesús. Estamos en las vísperas de la celebración de su nacimiento, de la Natividad del Señor. Una buena noticia anunciará los ángeles a los humildes pastores de la que nosotros escuchándola también tendremos que hacernos eco para proclamarla ante el mundo que nos rodea. Tenemos que anunciar el verdadero mensaje de la Navidad contenido en el nacimiento de Jesús; el anuncio de la navidad tiene que seguir siendo evangelio, buena noticia que se proclame hoy, en pleno siglo XXI, para que no quede diluido entre otras luces fatuas que oculten la verdadera Estrella de la Navidad.

Y tenemos que proclamarlo con nuestra vida, con nuestras actitudes nuevas, con nuestro cántico de agradecimiento al Señor, con las señales de ese mundo nuevo que con Jesús llega también para la humanidad de hoy. Que ninguna de esas luces fatuas ni ninguna de esas preocupaciones que tengamos en nuestros días difuminen y oculten el verdadero mensaje de la Navidad.

martes, 20 de julio de 2021

Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

 


Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

Éxodo 14, 21 — 15, 1; Sal.: Ex 15,8-9.10.12.17; Mateo 12,46-50

‘Aquí está la esclava del Señor’, había dicho un día María allá en Nazaret. ‘Hágase en mí según tu palabra’. Y había plantado la Palabra del Señor en su corazón. No había otra razón de ser para su vida. Ese era todo el sentido de su existencia. Obediencia de la fe, obediente siempre a la Palabra del Señor.

Lo que acabamos de oír hoy en el evangelio no es una minusvaloración de María hecha por su propio hijo Jesús. Todo lo contrario. El también obediente al Padre su alimento era hacer la voluntad del Padre del cielo. ‘Aquí estoy para hacer su voluntad’ había proclamado Cristo a su entrada en el mundo.

Un día María lo había visto partir de Nazaret. Se ponía en camino. En los datos casi cronológicos de algunos evangelistas parecía que su marcha de Nazaret había sido para ir también a escuchar al Bautista en las orillas del Jordán. Pero allí había de ser señalado desde el cielo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Era la Palabra que se había encarnado y plantado su tienda en medio de nosotros; era la Palabra que había de resonar bien fuerte por los caminos y aldeas de Galilea y por toda Palestina. Era el camino que había emprendido desde su salida de Nazaret.

Aunque había vuelto por Nazaret donde no habían querido escucharle y poner su fe en El, ahora es María con sus hermanos la que viene hasta Jesús. Le avisan. ‘Ahí están tu madre y tus hermanos’, pero El quería resaltar muy bien quien era su madre y quienes serían para siempre sus hermanos. Los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón. Como había hecho María como ya lo proclamara ella en Nazaret.

Esos son mi madre y mis hermanos. Esa es mi madre, la que escucha la Palabra y la planta en su corazón. Es lo que nos está queriendo decir Jesús. Es el camino que está abriendo también delante de nosotros. Cómo tenemos que acoger la Palabra de Dios. Y nos hablará de la semilla sembrado en toda tierra, y nos hablará de la semilla de la que se espera que dé fruto al ciento por uno, y nos hablará de la semilla que se enraíza en nuestro corazón y comienza a germinar en nueva vida, sin que sepamos cómo, y nos hablará de ese misterio de Dios que es su Palabra produciendo fruto en nuestro corazón.

María está siendo para nosotros un modelo de esa acogida de la Palabra de Dios. Palabra de Dios que la abre al misterio de Dios. Cuántas maravillas se realizan en su corazón desde su acogida de la Palabra de Dios. El Espíritu del Señor, que la fecundó con su sombra está realizando obras maravillosas en ella, que se siente la pequeña, la esclava del Señor. Cómo lo canta María en el Magnificat. ‘El Señor hizo en mí obras grandes’. ‘El Señor que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, a María la ha levantado, la ha exaltado porque ella es la Madre del Señor. ‘¿De donde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ proclamará también Isabel reconociendo las maravillas de Dios.

Es la Palabra de Dios que la pone siempre en camino. Irá presurosa a la montaña para servir a su prima Isabel de la que ha tenido conocimiento de que va a ser madre y necesitará alguna ayuda. Pero es la María que estará siempre con los ojos abiertos para detectar una necesidad pero también para provocar el milagro que transformará el agua en vino cuando somos capaces de hacer lo que El nos diga.

Pero es también la María que estará en el corazón de la Iglesia, como estuvo allí en cenáculo acompañando a aquella comunidad que estaba naciendo, ayudando a que aquellos discípulos abrieran también su corazón a Dios y se dejaran transformar por el Espíritu. ¿Queremos ser en verdad la comunidad de Jesús, la familia de Jesús? Hagamos como María, dejémonos fecundar por la Palabra de Dios y nuestros corazones se transformarán, y nos llenaremos de amor, y seremos capaces de estar siempre en camino como María para llevar a Dios a los demás.

martes, 22 de diciembre de 2020

Tenemos que cantar ese cántico de acción de gracias y de liberación de María que a su vez es anuncio de algo nuevo que transformará todo para crear un mundo nuevo

 


Tenemos que cantar ese cántico de acción de gracias y de liberación de María que a su vez es anuncio de algo nuevo que transformará todo para crear un mundo nuevo

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1Sam. 2,1.45.6-7.8abcd; Lucas 1,46-56

 ‘Es de bien nacidos ser agradecidos’ dice con toda sabiduría el refranero popular. Y aunque nos consideramos todos ‘bien nacidos’sin embargo en la vida muchas veces vamos creyendo que nos lo merecemos todo y es una palabra que nos cuesta decir, un sentimiento que nos cuesta expresar. Parece como si nos sintiéramos humillados porque hayamos necesito la ayuda de alguien, cuanto mayor es nuestra grandeza en la humildad de nuestra realidad de sentirnos necesitados de los demás. Sin embargo es una palabra que puede alegrar el corazón de aquella persona a la que se la decimos porque estamos reconociendo su generosidad, su altruismo, su solidaridad, su amor, en una palabra. Pero es una palabra que también nos haría grandes a nosotros cuando con sinceridad sale de nuestro corazón.

Hoy es el día del cántico, o mejor de los cánticos de la acción de gracias. Lo expresa aquella buena mujer, Ana, que un día llorando delante del sacerdote Heli había suplicado al Señor en su esterilidad el don de poder tener un hijo, y que ahora viene agradecida al Señor a cumplir sus votos, con la ofrenda del buey para el sacrificio, la harina para el pan de las ofrendas, pero sobre del hijo que Dios le dio y que quiere consagrar al Señor. El salmo precisamente que rezamos como salmo responsorial es el cántico de esta mujer al Señor en su acción de gracias y que inspirará el cántico de María.

Estamos aún en la visita de María a su prima Isabel allá en la montaña y donde ya desde el principio todo han sido alabanzas y bendiciones porque allí se palpaba la visita de Dios a su pueblo. No en vano Juan fue justificado ya en el seno materno con la visita y presencia de María, expresado en aquellos saltos de la criatura en el vientre de Isabel como ella misma reconoce.

Pero es ahora cuando aquellas mujeres, aunque el evangelio pareciera ponerlo solo en los labios de María, prorrumpen en un cántico de acción de gracias al Señor. Reconoce María - que se sigue sintiéndose pequeña por todas las maravillas que Dios hace en ella – el gozo que se desborda de su corazón cuando se siente la llena de gracia, la elegida del Señor que derrama abundantemente su misericordia sobre ella y sobre todo el pueblo. María sabe que lo que en ella sucede no es solo un don de Dios personal para ella a la que engrandece al hacerla su madre, sino que con ello la misericordia del Señor se está derramando sobre su pueblo cumpliéndose así las antiguas promesas.

María se siente bendecida por el Señor y sabe que así bendecirán su nombre todas las generaciones venideras, pero María proféticamente está vislumbrando toda la transformación que se realizará en la vida de los hombres en la medida en que van aceptando y viviendo el Reino de Dios anunciado por los profetas y al que dará cumplimiento Jesús. Será un mundo nuevo donde los que están llenos de orgullo serán humillados y despojados de los tronos y pedestales de grandeza donde se han subido para que sean los humildes los que son exaltados, los que se consideran los últimos y servidores todos los que van a ser los primeros, y donde los hambrientos no solo de pan sino de justicia y de amor se verán saciados.

Se ha dicho que este cántico de María es el cántico de la liberación y podemos contemplar que está en plena consonancia con las palabras que Jesús proclamará en la Sinagoga de Nazaret. Los oprimidos van a ver la libertad así como se abrirán los ojos de los ciegos, se soltará la lengua de los mudos, y los que hasta ahora se veían condicionados en sus movimientos podrán dirigir sus pasos por los caminos de la paz y de la solidaridad. María canta ese nuevo mundo que va a comenzar, da gracias al Señor que se fijó en su humildad y a ella la escogió para misión tan alta y se siente una agradecida colaboradora con Dios en la obra de la salvación. Ese había sido el sí de su vida allá en Nazaret, que no era el sí momentáneo de un momento de fervor sino que era el Sí de toda su vida que ella también había consagrado al Señor.

¿Seremos capaces nosotros de cantar este cántico de María en todo su sentido y profundidad? Mucho tenemos nosotros que dar gracias al Señor que también ha querido contar con nuestra pequeñez y es que en nuestras manos está el que sea el cántico de liberación que construye un mundo nuevo porque de la misma manera sentimos que se nos regala la misericordia del Señor pero al mismo tiempo nos sentimos impulsados a hacer presente de manera nueva en nuestro mundo esa misericordia del Señor que es para todos.

Cuánto necesitamos cantar a voz en cuello y desde lo más profundo de nosotros mismos este cántico que es anuncio de algo nuevo que va a surgir desde la transformación que en estas circunstancias nos está pidiendo el Señor.

martes, 1 de enero de 2019

Que el Señor nos bendiga y nos proteja, ilumine su rostro sobre nosotros y nos conceda su favor, se fije en nosotros y nos conceda la paz



Que el Señor nos bendiga y nos proteja, ilumine su rostro sobre nosotros y nos conceda su favor, se fije en nosotros y nos conceda la paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

‘Ya podemos estar en paz’, decimos cuando hemos luchado por algo y al final lo  hemos conseguido a pesar de las dificultades y contratiempos del camino; nos sentimos en paz cuando hemos actuado con rectitud, sin dejarnos influir, obrando correctamente; nos sentimos en paz cuando tenemos el deber cumplido; nos sentimos en paz cuando a pesar de los tumultos externos que podamos encontrar o sufrir en la vida sin embargo logramos tener serenidad en nuestro espíritu; nos sentimos en paz cuando decimos la verdad, pero lo hacemos con delicadeza sin querer herir a nadie; nos sentimos en paz cuando logramos trabajar unidos, cada uno actuando con responsabilidad en su faceta y logrando que esa unión nos fortalezca en nuestra lucha por hacer un mundo mejor…
Podríamos decir aun muchas mas cosas, pero  nos damos cuenta que la paz no es solo la ausencia de violencias externas, o la ausencia de la guerra, porque quizá tras apagarse el ruido de esas armas violentas tenemos que lograr serenar los espíritus para que no  haya odios ni resentimientos, al tiempo que recuperamos muchas cosas perdidas cuando vivíamos en medio de enfrentamientos, cuando logramos desarrollar la vida, los valores de todos y vamos consiguiendo una nueva armonía.
Me hago esta reflexión sobre la paz, que aun podríamos desarrollar mucho más, cuando en este principio del año todos tenemos tan buenos deseos de los unos para con los otros, ansiamos esa paz que de muchas maneras quizá nos falta, y además respondiendo al llamamiento de la Iglesia y del Papa en este día celebramos una Jornada de oración por la paz.
Claro que no han de ser solo buenos deseos, aunque también hemos de tenerlos; claro que necesitamos individualmente serenar nuestro espíritu frente a tantas violencias que nos rodean por todas partes y que no son solo las violencias físicas. Claro que en nuestra responsabilidad tenemos que sentirnos responsables para ser verdaderos constructores de paz y así ingeniemos todo lo que sea necesario para ir lográndola cada vez más y mejor, una paz que sea duradera, una paz que vaya desarrollándose desde esa plenitud que cada uno vayamos logrando en nuestra vida que nunca será a costa de los demás.
Aún resuenan en nuestros oídos y en nuestro corazón los ecos del cántico de los ángeles en la noche de Belén, en el nacimiento del Señor. Nacía quien venia a traernos la paz. Con Jesús llegaba ese mundo nuevo en que seria posible la paz. Jesús venia a ponernos en paz porque venia a hacer posible la reconciliación y el perdón, el reencuentro de todos en una nueva comunión si en verdad queríamos seguirle y poner por obra la buena nueva que nos anunciaba de un mundo nuevo y mejor que llamaría el Reino de Dios.
Quien en verdad siguiera a Jesús tenia que hacer una andadura nueva en su vida desde una nueva responsabilidad que sentiría sobre su vida pero también sobre la de los demás; quien se pusiera a seguir los pasos de Jesús estaría en todo momento actuar en unos nuevos parámetros de rectitud, de justicia, de verdad, de búsqueda del encuentro, de ser en verdad constructor de la paz. Quien sigue los pasos del evangelio habría de ser siempre dialogante para buscar el encuentro, el entendimiento, el aunar esfuerzos, el saber ser colaborador de todo lo bueno, alejando de si resentimientos y orgullos, envidias y malas artes, porque su camino seria siempre el camino del amor.
Que ese saludo de paz que en este primer día del año nos hacemos los unos a los otros sea en verdad sincero; que no sea solamente decirle que sea feliz, sino decirle yo quiero hacer todo lo que esté de mi parte para que seas más feliz. No pueden ser solo bonitas palabras y buenos deseos sino compromisos concretos porque queremos un mundo feliz.
Y a ese Niño nacido en Belén, ante cuya presencia los Ángeles cantaron la gloria de Dios y la paz para todos los hombres, lo contemplamos en brazos de María. Los pastores, aquellos hombres y mujeres, pobres y sencillos que escuchando ese anuncio corrieron a Belén para ver cuanto Dios les había revelado se encontraron al Niño como les habían dicho recostado en un pesebre, pero en brazos de María. ‘Encontraron a María, a José y al Niño recostado en el pesebre’. Aquellos que fueron humildes y sencillos, aquellos que se dejaron sencillamente guiar por la voz celestial que resonaba en sus corazones, son los que pudieron encontrar a Jesús, y lo encontraron con María, su Madre.
Por eso hoy en la octava de la Navidad cuando aun seguimos celebrando con toda intensidad el nacimiento de Jesús nos fijamos de manera especial en María, la Madre de Jesús que es la Madre de Dios. Ya san Pablo nos decía en la carta a los Gálatas: ‘Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción’.
Es María, la madre de Jesús, repito, que es la Madre de Dios. El Señor había hecho en ella maravillas, se fijó en la pequeñez de su esclava, como ella misma cantaría en el Magnificat, pero la hizo grande, la hizo su madre, la Madre de Dios. El Espíritu de Dios vino sobre María para hacerla la Madre de Dios al ser posible que el Hijo de Dios se encarnase en sus entrañas.
Es la maravilla que Dios hizo en ella, es su mayor grandeza cuando Dios volvió su rostro sobre ella, que era también la mirada de Dios sobre nosotros los hombres. La grandeza de María nos señala también nuestra grandeza; porque ella dijo sí al plan de Dios nosotros recibimos a Jesús y nosotros recibimos lo que no nos da la carne ni la sangre sino la fuerza del espíritu de Dios que también está sobre nosotros para hacernos ‘hijos por adopción’.
Que María, la Madre de Dios, que es también nuestra madre nos haga sentir también la mirada de Dios sobre nosotros para concedernos la paz, tal como se decía en la lectura del libro de los Números. Que el Señor nos bendiga y nos proteja, ilumine su rostro sobre nosotros y nos conceda su favor. El Señor se fije en nosotros y nos conceda la paz.
Es la bendición que Dios queremos recibir. Es la bendición que imploramos de Dios para nuestro mundo.


sábado, 22 de diciembre de 2018

Como María con corazón humilde sepamos ser agradecidos a las maravillas del Señor y abramos así nuestro corazón a Dios


Como María con corazón humilde sepamos ser agradecidos a las maravillas del Señor y abramos así nuestro corazón a Dios

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8; Lucas 1,46-56

Un corazón humilde sabe siempre ser agradecido y es el mejor camino para abrirse a los demás y para abrirse a Dios. Cuando nos hacemos orgullos y engreídos parece como si el centro de todo fuéramos nosotros mismos, con facilidad nos encerramos o nos subimos en pedestales para aparentar ser más grande que lo que realmente somos, porque el orgullo nos empequeñece aunque no lo queramos reconocer.
Tenemos que aprender a caminar por la vida por caminos de sencillez y de humildad; eso nos hace cercanos, nos pone en disposición de buscar a los demás enriqueciendo nuestra vida con los valores y los ejemplos que recibimos de ellos, trasciende nuestra vida para no encerrarnos en nuestro yo egoísta; eso nos hace reconocer cuanto recibimos y que es mucho más incluso de lo podríamos buscar y nos pone en disponibilidad para el servicio porque nos damos cuenta que solo tendiéndonos la mano los unos a los otros es como podemos llegar más lejos y hacer que nuestro mundo sea mejor. Es el mejor camino de transformación de nuestra propia vida pero también del mundo que nos rodea.
Son las lecciones que estamos aprendiendo de María en este camino de Adviento que ya estamos casi terminando porque se acerca la Navidad; camino que estamos haciendo en estos últimos días sobre todo de mano de María que nos está apareciendo continuamente en la liturgia. En el evangelio de ayer la veíamos, ella la Madre del Señor, que se puso en camino para ir a la casa de la montaña en actitud de servicio; y la contemplamos cantando al Señor que ha hecho maravillas en ella, no dejando de reconocer que es pequeña porque es la humilde esclava del Señor, pero Dios puso su mirada en su corazón para engrandecerla haciéndola su madre.
María canta reconocida al Señor que derrama su misericordia sobre todos los hombres; sus promesas se cumplen, lo que había prometido ahora ya es realidad porque llega el Salvador del mundo; comienzan los tiempos nuevos donde todo ha de transformarse por obra de la gracia que se derrama sobre los hombres.
Que ese sea nuestro espíritu y nuestro deseo; que esas sean las actitudes nuevas que vayamos poniendo en nuestro corazón y así nos abriremos de verdad a Dios y a salvación que Jesús nos trae. Veremos en la noche de Belén que será a unos humildes pastores que en los campos de Belén en la noche están cuidando sus rebaños a los que se les manifestará la gloria del Señor y los que recibirán el primer anuncio, la primera buena nueva del nacimiento del Salvador.
Preparamos el corazón; revistamos nuestra vida de esa humildad y de esa sencillez; huyamos de esas apariencias de grandezas que nos llenen de orgullo; no nos entretengamos en cosas que alimenten nuestro ego; no nos distraigamos en cosas superfluas, sino que en la pobreza y en la humildad de Belén esperemos la llegada del Señor a nuestra vida, reconociendo, sí, de cuantas bondades nos rodea el Señor. Hará también cosas grandes y maravillosas en nosotros si tenemos esa disposición en nuestro corazón.

jueves, 31 de mayo de 2018

Siempre que haya un encuentro de amistad, de amor y de servicio hay una visita de Dios como la fue la visita de María a Isabel


Siempre que haya un encuentro de amistad, de amor y de servicio hay una visita de Dios como la fue la visita de María a Isabel

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is 12; Lucas 1, 39-56
Visitamos al amigo porque nos sentimos a gusto y nos gusta compartir con él, visitamos la familia porque así se mantienen vivos los lazos que nos unen, visitamos al vecino porque nos ayuda a fomentar la convivencia y mutuamente nos ayudamos en nuestra necesidades, visitamos a aquellos seres que amamos ya estén cerca o ya estén lejos en la medida de nuestras posibilidades porque no queremos que la distancia nos aleje y queremos conservar nuestro afecto, visitamos al que quizá podemos ofrecerle nuestra ayuda o también cuando en nuestra necesidad sea cual sea deseamos encontrar esa mano que nos levante y nos estimule en nuestro caminar.
La visita es relación, es encuentro, es compartir; las visitas nos enriquecen mutuamente porque con nuestra presencia ofrecemos el calor de nuestra amistad, pero también recibimos mucho de quien nos acoge porque todo lo bueno nos hace crecer. Nos sentimos acogidos en el hogar del amigo y la soledad estará lejos de nuestro espíritu; abrimos las puertas de la hospitalidad a quien llega a nuestro lado y se sentirá más seguro en su caminar. Muchas cosas podríamos seguir diciendo de lo que nos ayuda a caminar juntos en la vida y de los proyectos grandes que se pueden suscitar en nuestros mutuos encuentros con los demás.
Hoy el evangelio y la festividad que celebramos nos hablan de una visita muy especial. Hoy recordamos y celebramos aquella visita de la que nos habla el Evangelio de María a la casa de su prima Isabel. Grande era la distancia física desde Nazaret hasta las montañas de Judea donde Vivian Zacarías e Isabel. El ángel del Señor, como una prueba y manifestación de las grandezas que realiza el Señor comunica a María que su prima Isabel, a pesar de su vejez, esperaba un hijo. Y María se pone en camino. Esa visita y ese encuentro aparecen hoy ante nuestros ojos y nuestro espíritu para la celebración porque grandes van a ser las maravillas que el Señor quiere seguir realizando.
Es la imagen del espíritu pronto para el servicio lo primero que contemplamos en María pero es también la acogida de la hospitalidad lo que encontramos en aquel hogar de la montaña. Es la visita de Dios que con María llega a casa de Isabel inundándolo todo del espíritu del Señor, pero es el espíritu abierto a Dios de ambas mujeres que se dejan conducir por El y les hace también proclamar y cantar las maravillas del Señor.
En el amor y la mutua acogida de María y de Isabel se manifiesta la presencia de Dios. María ya lleva a Dios encarnado en su seno y a su paso todo se va llenando de gracia y de la fuerza del Espíritu. Pero es Isabel también la que abierta al Espíritu descubre las maravillas de Dios y recibe ya a María, sin que ningún ser humano se lo hubiera revelado, como la Madre del Señor.
Y salen a flote todas las virtudes y todas las gracias de las que aquellas almas están dotadas; es la humildad de Isabel para reconocer la grandeza de María, porque Dios solo se revela a los que son humildes de corazón; pero será también la humildad de María que se reconoce pequeña, pero al tiempo reconoce las maravillas que el Señor hace en ella. Y María prorrumpe con el cántico del amor, con el cántico de la acción de gracias, con el cántico a las maravillas que hace el Señor que visita a su pueblo.
Es la visita de María a su prima Isabel, pero es la visita de Dios a su pueblo. Es todo un signo de las maravillas que hace el Señor en nosotros. Dios llega también a nuestra vida, como aquella visita de María en tantos que llegan a nuestra vida, como Dios quiere llegar a los demás a través de la visita que hagamos a los demás, del acercamiento que tengamos a los otros en la humildad y en el amor. Siempre que haya un encuentro de amistad, de amor y de servicio hay una visita de Dios.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Hoy nosotros queremos hacer nuestro el cántico de María porque sentimos que Dios llega a nosotros y cómo se derrama la misericordia de Dios sobre nuestro mundo

Hoy nosotros queremos hacer nuestro el cántico de María porque sentimos que Dios llega a nosotros y cómo se derrama la misericordia de Dios sobre nuestro mundo

1 Samuel 1,24-28; Sal: 1S 2,1.45.6-7.8; Lucas 1,46-56
Es de ser de bien nacidos ser agradecidos. Algo así se suele decir. Cuando recibimos algo de alguien es normal que digamos gracias; cuando nos damos cuenta que no merecemos tales regalos o beneficios, nuestro corazón se llena de agradecimiento y no siempre encontramos las palabras adecuadas para manifestarlo. De cuántas cosas en la vida tenemos que dar gracias; cuánto recibimos de los demás aunque casi no nos demos cuenta; no sabemos ser en ocasiones lo suficientemente agradecidos por lo que recibimos. Se manifiesta así la nobleza de nuestro espíritu.
¿Cómo no iba a cantar María un cántico de acción de gracias al Poderoso que había hecho maravillas en ella, la que se consideraba la más pequeña y la más humildes de las siervas del Señor? El Señor había hecho en ella cosas grandes, por eso siente que su espíritu se hace grande para cantar con toda la fuerza de su amor al Señor. Pequeña y humilde sabe reconocer los dones del Señor y su corazón se llena de alegría, una alegría que nada ni nadie le podrá arrebatar porque quien se siente mirado por el amor del Señor no podrá hacer otra cosa que cantar para alabar a Dios, pero cantar para contagiar de su alegría a cuantos la rodean.
Así se había contagiado Isabel con su presencia y todo eran alabanzas, pero ahora es María la que prorrumpe en el más hermoso cántico que reconoce la misericordia del Señor. Ha llegado la hora del cumplimiento de las promesas y la descendencia de Abrahán y la humanidad toda se podrá sentir envuelta para siempre de la misericordia del Señor. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’, y sentiremos para siempre el auxilio del Señor que tantas veces habíamos invocado.
Ha llegado la hora y un mundo nuevo va a comenzar. Todo se va a transformar con la presencia de Señor que hará dichosos con su misericordia a todos los hombres a pesar de sus sufrimientos y de su pobreza. Todo ha de cambiar, llega el Reino de Dios. Unos valores nuevos han de imponerse por la fuerza del espíritu y del amor para hacer que los hombres sean distintos. No prevalecerán los poderosos ni los que se crean afortunados en sus riquezas porque el amor nos hará entrar en una orbita nueva de paz, de justicia, de amor; la solidaridad y el compartir van a ser norma y estilo del nuevo vivir, la soberbia desaparecerá y los que son pequeños y viven con humildad serán los que van a ser exaltados. Un estilo nuevo de servicio y de generosidad habrá de imponerse en las relaciones entre todos. Así se manifiesta la misericordia del Señor siendo la misericordia y la compasión un nuevo estilo de sentir y de vivir.
María canta agradecida al Señor porque le ha permitido entrar a forma parte de ese camino nuevo cuando ha abierto su corazón a Dios para que Dios en su seno se encarnara y pudiera ser ya para siempre Emmanuel, Dios con nosotros, Dios en medio de nosotros, Dios haciendo nuestro mismo camino pero enseñándonos a seguir sus pasos.
Hoy nosotros, en estas vísperas de la Navidad queremos hacer nuestro ese cántico de María. Sentimos que Dios llega a nosotros y con nosotros también quiere contar. Sentimos cómo se derrama la misericordia de Dios sobre nosotros para quienes nos trae el perdón, y en los que quiere derramar todo su amor. Tenemos que cantar también agradecidos a Dios si en esta navidad ciertamente sentimos que todo ha de cambiar, que un mundo nuevo se tiene que vislumbrar. Haremos que sea verdadera Navidad porque sintamos ciertamente ese amor y esa misericordia que nos inunda y quiere a través nuestro inundar nuestro mundo.
Dispongámonos a celebrar de una manera auténtica nuestra navidad y no nos quedemos en superficialidades ni en luces parpadeantes de un día. Que la luz que Jesús nos trae en Belén sea una luz que ilumine nuestro mundo para siempre. 

jueves, 22 de diciembre de 2016

El cántico de María, agradecida a Dios por las maravillas que en ella se realizan, me está invitando a hacer también un magnificat desde mi vida para reconocer también el don de Dios en mí

El cántico de María, agradecida a Dios por las maravillas que en ella se realizan, me está invitando a hacer también un magnificat desde mi vida para reconocer también el don de Dios en mí

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8abcd; Lucas 1,46-56
¿Sabemos ser agradecidos en la vida? ¿Cuáles son las señales, los signos con los que mostramos nuestra gratitud? La palabra ‘gracias’ tendría que ser una palabra que saliera espontánea de nuestros labios ante cualquier gesto generoso que seamos capaces de apreciar en los demás. Manifiesta la nobleza de nuestro corazón.
Sin embargo reconocemos que no siempre es así, hay ocasiones en que nos cuesta. Ser agradecidos conlleva una gran dosis de humildad para reconocer que lo que recibimos no es por nuestros merecimientos. Hablamos tanto de justicia que creemos que en justicia los demás tienen necesariamente que ser generosos con nosotros. Y eso nos puede hacer soberbios y orgullosos. Hemos de reconocer que en lo que recibimos hay una carga honda de gratuidad por parte de quien nos lo ofrece.
Y esto que nos sucede o nos puede suceder en nuestras relaciones humanas con nuestros semejantes nos sucede en nuestra relación con nuestro Creador, nuestro Padre Dios y el amor misericordioso que El continuamente derrama sobre nosotros. Utilizamos tanto la palabra gracia para referirnos al don de Dios que tenemos el peligro de gastarla y hacerle perder su significado. Gracia es lo gratuito y gratuito es el amor que Dios nos tiene y se manifiesta y derrama sobre nuestra vida de tantas maneras. Es así el amor que Dios nos tiene, no por nuestro merecimiento cuanto estamos tan llenos de pecado sino porque el amor de Dios es primero, como nos dice san Juan en sus cartas.
Me surgen estos pensamientos que guían mi reflexión cuando escuchamos en el evangelio el Cántico de María. Es el cántico de la acción de gracias; es el cántico del reconocimiento de la obra de Dios en María, pero que repercute para toda la humanidad, es el cántico de la humildad de María, pero que manifiesta toda la grandeza de su corazón. Mucho podríamos decir de este cántico de María, el Magnificat como es conocido por todos por su primera palabra en latín.
Se van concatenando los hechos desde el anuncio primero de una buena nueva a Zacarías con la Buena Nueva del Ángel de la Anunciación en Nazaret a María. Allí se manifiesta la pequeña, la humilde esclava del Señor en quien Dios se ha fijado, que ha encontrado gracia ante Dios para hacerla su madre; pero más que en ello, por lo que también da gracias, piensa María en que ha sido escogida por el Señor como un eslabón importante para la salvación de la humanidad.
El sí humilde y confiado de María al misterio de Dios abre las puertas para que se derrame para siempre la misericordia de Dios para toda la humanidad. Una nueva revolución va a comenzar en la medida en que el Reino de Dios avance en medio del mundo, porque todo va a ser nuevo y distinto. Van a ser engrandecidos los humildes, mientras los poderosos serán despojados de sus soberbias; los que nada tienen y viven su vida entre la pobreza y el sufrimiento van a comenzar a vislumbrar un nuevo día, es un aurora de salvación la que se les ofrece, porque todo se va a transformar y comenzará un mundo nuevo donde no habrá ni luto, ni llanto ni dolor, como se proclamará luego en el Apocalipsis.
María canta agradecida a Dios porque ella y a través de ella se va a derramar la gracia de la misericordia divina para crear una humanidad nueva. María se ha comprometido en ese camino, por eso la hemos visto marchar presurosa hasta las montañas donde sabe que alguien la necesita. Cuánto nos enseña María.
Leyendo un comentario sobre este pasaje del evangelio el autor se preguntaba ¿y cómo será el Magnificat que cantes desde tu vida? Es la pregunta con la que quiero terminar y me hago a mi mismo. ¿Cuál es el Magnificat que voy a cantar agradecido a Dios desde mi vida concreta?

martes, 22 de diciembre de 2015

Cantemos un cántico de amor a Dios que derrama su misericordia sobre nosotros con el cántico de María que es el cántico de la misericordia

Cantemos un cántico de amor a Dios que derrama su misericordia sobre nosotros con el cántico de María que es el cántico de la misericordia

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8; Lucas 1,46-56

Del cántico de María podemos decir muchas cosas y podríamos darle muchas denominaciones según la lectura que de él hagamos. Es grande su riqueza porque es grande lo que siente María en su interior por lo que no cesa de cantar y alabar a Dios. Hoy quisiera yo llamarlo el cántico de la misericordia.
María canta agradecida a Dios - ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador’ - porque en las maravillas que en ella está realizando se ven cumplidas todas aquellas antiguas promesas de la misericordia de Dios que se iba a derramar sobre la humanidad.
‘Auxilió a… su pueblo acordándose de la misericordia prometida desde antiguo a favor de Abrahán y su descendencia para siempre’. Se cumple lo prometido por Dios desde los albores de la humanidad. Y cuando dice Abrahán y su descendencia está hablando de aquel pueblo creyente que tuvo su origen en Abrahán nuestro padre en la fe.
La promesa de Dios en el paraíso tras el pecado de Adán es una promesa de misericordia. El hombre había pecado porque en su orgullo y soberbia no solo se había querido apartar del camino de Dios sino que había querido erigirse a si mismo en Dios. ‘Seréis como dioses’, le tienta la serpiente. Pero no quiere Dios que el hombre permanezca en la muerte y en el pecado. Habrá una victoria que será la de la misericordia y el perdón. Anuncia aquel linaje de la mujer, aquel hijo de la mujer que un día aplastaría con su pie la cabeza de la serpiente, aunque quisiera herirle en el calcañal. Es la victoria del amor y de la misericordia.
Ha llegado la hora en que se cumplen las promesas de Dios y no solo para aquel pueblo sino para toda la humanidad. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’, canta María. Dios en su misericordia se ha fijado en los pequeños y en los pobres, vuelve su rostro sobre todos los que sufren las consecuencias del mal y del pecado en este valle de lágrimas y nos ofrece el paño de su consuelo que va a enjugar todas esas lágrimas porque en su misericordia llega el perdón y la gracia, llega el sentido de una nueva vida con la salvación que Dios nos ofrece y que se derrama en nosotros por el hijo de María, Jesús que salvará a todos de sus pecados. Aquel hijo de María que se está gestando en sus entrañas será nuestra vida y nuestra salvación, será la manifestación gloriosa de la misericordia eterna de Dios.
Todo se va a transformar porque la muerte es derrotada por la vida. Los que viven oprimidos por cualquier tipo de esclavitud van a ser liberados, y los pequeños y los humildes van a ser exaltados mientras dispersa a los soberbios de corazón y derriba del trono a los poderosos. La imagen la tenemos en María, la pequeña, la humilde, la que se considera la última y la esclava pero en quien se están realizando maravillas. ‘El poderoso ha hecho obras grandes en mí’, canta María. Es María la que va a ser causa de alegría para muchos y todos van a felicitarla de generación en generación porque acogió a Dios en su vida de tal manera que en ella Dios se hizo carne para que pudiéramos palpar a Dios, sentirnos inundados por su amor, envueltos en el manto de su misericordia.
Cantemos un cántico de amor al Señor con el cántico de María.